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martes, 14 de septiembre de 2021

«Permiso, gracias, perdón»... Tres palabras importantes en un discurso del Papa Francisco


Mi sobrina Irina, felizmente casada con su marido Pablo con quien tiene a su pequeño hijo Juan Pablo, recuerda, en una de sus publicaciones de Facebook, este hermosísimo mensaje del Papa Francisco que ahora yo quiero compartir con ustedes. Son palabras que el Papa Francisco, en su viaje a Polonia en el año 2016, siguiendo con la tradición instaurada en sus días por Juan Pablo II pronunció asomándose a la ventana del arzobispado de Cracovia saludando a los fieles reunidos en la plaza, entre los que se encontraban numerosas parejas de recién casados. Como muchos de ellos lo hablaban o entendían el Santo Padre les  habló en castellano en aquella ocasión.

«Yo, cuando encuentro a uno que se casa… les digo: “¡Estos son los que tienen coraje!” Porque no es fácil formar una familia. No es fácil comprometer la vida para siempre. Hay que tener coraje. Y los felicito, porque ustedes tienen coraje”, dijo.

“A veces me preguntan cómo hacer para que la familia vaya siempre adelante y supere las dificultades. Yo les sugiero que practiquen siempre …tres palabras que expresan tres actitudes…que los pueden ayudar a vivir la vida de matrimonio, porque en la vida de matrimonio hay dificultades: el matrimonio es algo tan lindo tan hermoso, que tenemos que cuidarlo, porque es para siempre. Y las tres palabras son “permiso, gracias, perdón”. Permiso. Permiso: siempre preguntar al cónyuge (la mujer al marido, el marido a la mujer) “¿qué te parece?¿te parece que hagamos esto? Nunca atropellar. Permiso.

La segunda palabra: ser agradecidos. Cuántas veces el marido le tiene que decir a la mujer “gracias”.  Y cuántas veces la esposa le tiene que decir al marido “gracias”. Agradecerse mutuamente. Porque el sacramento del matrimonio se lo confieren los esposos, el uno al otro. Y esta relación sacramental se mantiene con este sentimiento de gratitud. “Gracias”.

Y la tercera palabra es “perdón”, que es una palabra muy difícil de pronunciar. En el matrimonio, siempre –o el marido o la mujer- siempre tiene alguna equivocación. Saber reconocerla y pedir disculpas, pedir perdón, hace mucho bien. Hay jóvenes familias, recién casados, muchos de ustedes están recién casados, otros están por casarse. Recuerden estas tres palabras, que ayudarán tanto a la vida matrimonial: permiso, gracias, perdón.  Repitámoslas juntos: permiso, gracias, perdón. ¡Más fuerte, todos!”

Bueno, todo esto es muy lindo, es muy lindo decirlo en la vida matrimonial. Pero siempre hay en la vida matrimonial problemas o discusiones. Es habitual y sucede que el esposo o la esposa discutan, alcen la voz, se peleen.  Y a veces vuelen los platos.  Pero no se asusten cuando sucede esto. Les doy un consejo: nunca terminen el día sin hacer la paz.

¿Y saben por qué? Porque la guerra fría al día siguiente es muy peligrosa. ¿Y cómo tengo que hacer, padre, para hacer la paz?, puede preguntar alguno de ustedes. No hacen falta discursos. Basta un gesto. Y se acabó. Está hecha la paz.Cuando hay amor, un gesto arregla todo.

Los invito antes de recibir la bendición a rezar por todas las familias aquí presentes: por los recién casados, por los que están casados desde hace tiempo y por los que se van a casar.

Recemos juntos un avemaría, cada uno en su lengua”.

Después de rezar todos juntos el Ave María, el Papa pidió a las parejas, esta vez en italiano, que rezasen por él.»

Discurso del Santo Padre, en Papa Francisco el 29 de julio de 2016. 

viernes, 12 de junio de 2020

ORACIÓN POR LA FAMILIA...

Padre que has manifestado el don maravilloso de tu amor entre nosotros, haz que en esta familia se viva el amor y la paz como signo de tu presencia; que vivamos la comunión ayudándonos mutuamente con comprensión y paciencia; que sintamos tu presencia en las dificultades para enfrentarlas con esperanza, en un ambiente de respeto y armonía; permite Señor que entre nosotros se viva el amor tal como Tú lo has sembrado entre nosotros.

Aleja Padre bueno, todas las actitudes, miradas, pensamientos, maledicencias y palabras que causen dolor, sufrimiento, desunión y distanciamiento en los miembros de esta familia; sana las heridas que al día de hoy siguen causando dolor en nuestros corazones; permite que nuestro proyecto de familia se realice siempre en tu presencia, ayúdanos para que los miembros de esta familia gocemos de salud, colmados por tu amor, revestidos de tu gracia y envueltos en tu paz. Amén.

viernes, 26 de julio de 2019

«Santos Joaquín y Ana, los abuelos de Jesús»... Un pequeño pensamiento para hoy


Cuando los mandamientos se viven con amor, sabiendo que Dios nos los ha dado para que seamos felices, se ven «más deseables que el oro y las piedras preciosas y más dulces que la miel de un panal que gotea» dice hoy el salmista (Sal 18 [19]). Mediante este salmo, entramos en contacto con el alma de Israel, aferrada a la ley divina (la Torah) mediante un amor ardiente y sincero. Para todo judío fervoroso, la ley, lejos de ser una traba minuciosa, una regla legalista y formalista —como lo era para muchos fariseos—, es un verdadero «don de Dios». Por eso el salmista recalca hoy con sus propias palabras que, al revelar al hombre la ley de su ser, Dios hace Alianza con él, para ayudarlo en sus comportamientos vitales: «En los mandamientos de Dios hay rectitud y alegría para el corazón; son luz los preceptos del Señor para alumbrar el camino». En el don de la ley hay algo así como la alegría de las nupcias, ¡es un misterio nupcial! La letanía de cualidades atribuidas a la ley, que desarrolla el escritor sagrado en este salmo, recuerda las cualidades que se dan los enamorados. La mitad de estas cualidades es objetiva, pues definen la ley en sí misma: es perfecta... segura... recta... límpida... pura... justa... Hoy celebramos en la Iglesia la dicha de un matrimonio judío que, viviendo profundamente la ley, es decir, cumpliendo con alegría los mandatos del Señor, recibe un don imponderable: ser los papás de la Santísima Virgen María. Ambos santos, llamados patronos de los abuelos, fueron personas de profunda fe y confianza en Dios que plasmaban los mandamientos en sus vidas educando en el camino de la fe a su hija María, alimentando en ella el amor hacia el Creador y preparándola para su misión escuchando la Palabra. 

El Papa Emérito, Benedicto XVI, un 26 de julio en 2009, resaltó —a través de las figuras de San Joaquín y Santa Ana—, la importancia del rol educativo de los abuelos, que en la familia «son depositarios y con frecuencia testimonio de los valores fundamentales de la vida». Por su parte, en el 2013, cuando el Papa Francisco se encontraba en Río de Janeiro por la Jornada Mundial de la Juventud y coincidiendo su estadía con esta fecha, destacó que «los santos Joaquín y Ana forman parte de esa larga cadena que ha transmitido la fe y el amor de Dios, en el calor de la familia, hasta María que acogió en su seno al Hijo de Dios y lo dio al mundo, nos los ha dado a nosotros. ¡Qué precioso es el valor de la familia, como lugar privilegiado para transmitir la fe!». Es poco lo que sabemos de Joaquín y Ana, es más bien la tradición y algunos escritos antiguos quienes nos hablan de ellos. A la luz de sus vidas, que seguramente fueron tan sencillas y ordinarias como las nuestras, Cristo nos pide que seamos sencillos y sinceros cumpliendo los mandamientos como lo hicieron sus abuelos. San Juan Damasceno afirma que los conocemos por sus frutos: «La bienaventurada Virgen María», ella es el gran fruto que dieron a la humanidad, por eso hoy termino mi reflexión con una oración dirigida a ellos: 

«Insigne y glorioso patriarca San Joaquín y bondadosísima Santa Ana, ¡cuánto es mi gozo al considerar que fueron escogidos entre todos los santos de Dios para dar cumplimiento divino y enriquecer al mundo con la gran Madre de Dios, María Santísima! Por tan singular privilegio, han llegado a tener la mayor influencia sobre ambos, Madre e Hijo, para conseguirnos las gracias que más necesitamos. Con gran confianza recurro a su protección poderosa y les encomiendo todas mis necesidades espirituales y materiales y las de mi familia. Especialmente la gracia particular que confío a su solicitud y vivamente deseo obtener por su intercesión. Como ustedes fueron ejemplo perfecto de vida interior, obténgame el don de la más sincera oración. Que yo nunca ponga mi corazón en los bienes pasajeros de esta vida. Denme vivo y constante amor a Jesús y a María. Obténganme también una devoción sincera y obediencia a la Santa Iglesia y al Papa que la gobierna para que yo viva y muera con fe, esperanza y perfecta caridad. Que yo siempre invoque los santos Nombres de Jesús y de María, y así me salve. Amén» ¡Bendecido viernes acompañados de San Joaquín y Santa Ana! 

Padre Alfredo.

domingo, 14 de julio de 2019

«¡GRACIAS!»... Un pequeño pensamiento para hoy

No puedo hoy empezar mi reflexión ante Dios, ante su Madre Santísima y ante todos mas que con un: «¡GRACIAS!» Y así, con mayúsculas. Cuando ayer veía desde el presbítero en la parroquia del Espíritu Santo una Iglesia que resultó insuficiente para la Misa que cerraba los funerales de mi papá y cuando veía a tantos familiares hasta llegado de otras partes, a tantos amigos de todos colores, edades y sabores, cuando escuchaba los hermosos cantos del coro formado por nuestras hermanas religiosas —consentidas de papá— las Misioneras Clarisas, mis hermanos Misioneros de Cristo a quienes papá también tanto quiso y que nunca me dejaron en estos momentos, a los padres Oblatos de San José que por años y años acompañaron la vivencia de fe de papá, a los demás sacerdotes concelebrantes, a los diáconos, a los Vanclaristas, a las Misioneras Inesianas, a las religiosas de otras congregaciones... Cómo voy a decir «¡GRACIAS!» en nombre de mi madre, siempre fuerte, de mi hermano y su familia, y me convenzo de que ese «¡GRACIAS!» no es solo de nosotros, sino de parte de todos los que estuvimos allí, los que nos acompañaron el día anterior, los que llamaron que no podían estar físicamente presente...

Siendo ya las vísperas de este domingo, quisimos que la Santa Misa para despedir a papá fuera ya la de precepto. Yo no tenía cabeza para ver la liturgia y le pedí a nuestro Señor que me diera mucha luz para que mis lágrimas y mi dolor por la pérdida de mi padre, amigo y compañero de tantísimos años que el Señor me lo dejó, se acomodaran donde debían y pudiera presidir y predicar... ¡Oh sorpresa! Empiezo a escuchar las lecturas de la Misa y todo parecía retratar a papá. Hoy tal vez no pueda decir más, mis lágrimas, sí, se han acomodado muy bien y ahora, repasando la liturgia de la palabra de ayer, salen al revivir estos momentos de Dios en los que la Escritura no dejaba de hablarme no sólo a mí, sino a todos, de papá. De la primera lectura el libro del Deuteronomio lo retrata aquí: «Escucha la voz del Señor, tu Dios, que te manda guardar sus mandamientos y disposiciones escritos en el libro de esta ley. Y conviértete al Señor tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma» (Dt 30,10-14) y recuerdo que cuando nos íbamos a confesar de niños, adolescentes y aún ya jovencitos, papá se formaba antes que nosotros... él como papá nos enseñó a guardar los mandamientos y a buscar el perdón. De la segunda lectura (Col 1,15-20) me quedo con esto: «Él (Cristo) es el principio, el primogénito de entre los muertos, para que sea el primero en todo»... Sí, para él Cristo siempre fue el primero y ahora lo podrá contemplar cara a cara. Y, del Evangelio del buen samaritano (Lc 10, 25-37) ni qué decir: «un samaritano que iba de viaje, al verlo, se compadeció de él, se le acercó, ungió sus heridas con aceite y vino y se las vendó; luego lo puso sobre su cabalgadura, lo llevó a un mesón y cuidó de él. Al día siguiente sacó dos denarios, se los dio al dueño del mesón y le dijo: “Cuida de él y lo que gastes de más, te lo pagaré a mi regreso”... “Anda y haz tú lo mismo”... ¿A cuánta gente no ayudó mi padre si simplemente ahora que estaba enfermo en casa llegaban albañiles, carretoneros, gente pobre, muchos desconocidos para mí y preguntaban por su «amigo don Alfredito», les daba yo sus saludos y me preguntaba desde su lecho de dolor: «¿Le diste algo?» Caí en la cuenta de que en el funeral, el viernes en la tarde y ayer en la Santa Misa, muchos, muchos me hablaban de mi padre como el buen samaritano que estuvo a su lado.

Se me acabó el espacio y no he hablado del salmo responsorial, sobre todo en este año litúrgico en que me he propuesto el profundizar en la riqueza de estos cánticos y poemas de la Sagrada Escritura y es que a propósito quise hoy dejarlo al final, porque quiero cerrar esta reflexión transcribiendo un gran fragmento de este salmo (68 [69]) en el que con lágrimas en mis ojos, brotando como una cascada, en la soledad de esta casita en la que estamos mamá y yo, profundizo lleno de gratitud: «A ti, Señor, elevo mi plegaria, ven en mi ayuda pronto; escúchame conforme a tu clemencia, Dios fiel en el socorro. Escúchame, Señor, pues eres bueno y en tu ternura vuelve a mí tus ojos. Mírame enfermo y afligido; defiéndeme y ayúdame, Dios mío. En mi cantar exaltaré tu nombre, proclamaré tu gloria, agradecido... y recuerdo a papá, cuando en algunas de las noches de hospital, literalmente le gritaba a Dios diciéndole: «¡Ya estoy listo, ven por mí, escúchame Señor, ya quiero ir contigo!» Y lloro más y mis lágrimas parecen no saber detenerse dando gracias a Dios por haberme regalado tantos, tantos años a un pare así, un hombre que me enseñó a ser lo que soy... y ahora el «¡GRACIAS!» en está larguísima reflexión que parece no tener fin como mis lágrimas, es para ti, papá. ¡Dios te lo pague papá y que goces contemplando al Señor que no deja sin recompensa a quien el es fiel!... ¿Bendecido domingo del buen samaritano!

Padre Alfredo.

sábado, 13 de julio de 2019

«Hoy terminan los funerales de mi padre»... Un pequeño pensamiento para hoy

Toda la Sagrada Escritura nos revela el sentido de la vida y de la muerte y nos hace observar lo que Dios tiene preparado para nosotros en la eternidad que se nos ha prometido. Lo primero que debería asombrarnos es que Dios, el eterno por excelencia haya querido compartir nuestra naturaleza humana hasta el grado de sufrir él también la muerte. No obstante, «cuando llegó la plenitud de los tiempos» (Gal 4,4), Jesucristo no vino a suprimir la muerte sino a morir por nosotros. «Se hizo obediente hasta la muerte y muerte de cruz» (Fil.2,8). Y así, el misterio de la cruz, nos enseña que en este mundo vamos de paso hasta dar la vida, hasta entregarla luego de haber sido un pan partido para los demás, un pan partido como el Señor, que se entrega a todos y por todos al Padre. En su vida pública, Jesús se refirió de muchas maneras al momento de la muerte y su tremenda importancia. Cuando murió su amigo Lázaro, ante la profesión de fe de Marta, el Señor dijo: «Yo soy la Resurrección. El que cree en mí, aunque muera vivirá. El que vive por la fe en mí, no morirá para siempre» (Jn l1,25). Hoy me topo de frente con este misterio en la muerte de mi padre. Ayer comenzaron sus funerales que hoy terminan con el sepelio a las 3 de la tarde —en la parroquia del Espíritu Santo a done tantas y tantas veces fue a Misa—, a la hora de la misericordia, a esa hora en la que el Señor le revela a santa Faustina Kowalska: «A la hora de las tres imploren mi misericordia, especialmente por los pecadores; y aunque sea por un brevísimo momento, sumérgete en mi pasión, especialmente en mi desamparo en momento de agonía. Esta es la hora de gran misericordia para el mundo entero. Te permitiré entrar dentro de mi tristeza mortal. En esta hora, no le rehusare nada al alma que me lo pida por los méritos de mi pasión». 

Además, hoy es sábado, el día de la semana dedicado especialmente a María Santísima a quien mi padre tanto amó. El dolor profundo que sentimos por la pérdida de papá, se queda corto ante el sentido de una inmensa gracia que envuelve el momento, gracia que indudablemente es fruto de toda la vida que recorrió en 85 años de la mano de Dios y bajo la sombra de su infinita misericordia, especialmente con su testimonio de fe y de perseverancia en medio del sufrimiento de sus últimos días. La vida de don Alfredo —esa vida que «no se acaba, solo se transforma» (Prefacio I de difuntos)—, libre ya de las trabas del tiempo y del espacio, puede alzarse ahora, vigorosa como el fuego, y atravesar la muralla de la muerte. Se cumple lo que dice la Escritura: «los que confían en el Señor conocerán la verdad y los fieles permanecerán con él en el amor» (Sab 3,9). Sí, hoy, en la continuación del funeral de papá que ayer ha iniciado, y en el que hemos visto, sobre todo en la Misa e anoche, cuanta gente lo quiso, en medio del dolor de la separación cantamos a la vida, porque hay motivos para hacerlo. Ante la enfermedad de papá, agravada y muy complicada en estos últimos días, hemos cantado a la vida, le hemos dado tiempo y dedicación. Muchos se habían anotado para estar a su lado en el hospital y no dejarlo solo. En estos días, cuando la llama parecía apagarse, muchos estábamos a su lado de guardia permanente de cerca con la presencia física y de lejos con la oración que nos acercaba a más y más. ¡Bendita tecnología! Me permitió hablarle a papá, darle la bendición en las vísperas del día de su muerte desde lejos a aquel que muchas veces me había bendecido para iniciar algún viaje misionero, un viaje como uno de tantos que hicimos con él y mi madre, Lalo mi hermano y yo. 

Yo creo que a nadie nos gusta tener a nuestros familiares enfermos, pero a la larga, y creo que así lo podemos decir, es para nosotros una experiencia importante, y una experiencia que nos hace ver nuestra miseria y esa «miseria al servicio de la misericordia», como decía la beata, nos hace dar todo lo que tenemos. Nos hace palpar qué quiere decir ser persona. Nos hace ver que el hombre no será nunca dueño de la vida porque la vida es de Dios y estamos en sus manos. Esto, desde el plano humano, cuesta aceptarlo, pero, es la clave del misterio de la muerte. Es entonces cuando se entienden las palabras del salmo responsorial de hoy (Sal 104 [105]) que me han dado la clave para esta larga y mal entretejida reflexión y que ahora, para terminar, cito textualmente: «Aclamen al Señor y denle gracias, relaten sus prodigios a los pueblos. Entonen en su honor himnos y cantos celebren sus portentos. Del nombre del Señor enorgullézcanse, y siéntase feliz el que lo busca. Recurran al Señor y a su poder y a su presencia acudan». Papá está siendo velado en las Capillas Marianas (Gayoso) y en la sala dedicada a Nuestra Señora de Lourdes. No es casualidad que el cuerpo de este santo varón que convivió con la enfermedad, a veces silenciosa y otras veces con tanto ruido como en sus últimos días, esté tan cobijado por la presencia de María. El ataúd de papá está cerrado porque él así lo pidió, pero dentro, está el hombre sencillo, humilde, generoso, el hombre que siempre se supo pobre para recibir las gracias que Dios da y el cariño de todos, y rico para compartir todo, sea lo material o lo espiritual que Dios le había dado. Que la Virgen, a la que confiamos papá pueda ahora, por la infinita misericordia de Dios, ver y tocar, nos acompañe a todos nosotros que quedamos en este mundo, mientras caminamos «gimiendo y llorando en este valle de lágrimas» también hacia aquella realidad donde la muerte ha sido aniquilada y ya no existen las lágrimas. Dale Señor el descanso eterno y brille para él, la luz perpetua. Descanse en paz, así sea. El alma de mi padre, don Alfredo Leonel Delgado Laurel y el alma de todos los fieles difuntos, por la misericordia de Dios descansen en paz. Amén. ¡Bendecido sábado!

Padre Alfredo.

P.D. Ustedes perdonarán que hoy sí, hoy sí las páginas no me alcanzan para seguir escribiendo. Gracias, gracias a todos, en nombre de mamá, de mi hermano y su familia y de un servidor. No tenemos palabras para agradecer la cercanía de tantos a nuestras vidas gracias a papá y al legado que nos deja.

jueves, 14 de febrero de 2019

«La bendición del amor de familia»... Un pequeño pensamiento para hoy

Como si el salmista supiera que hoy en la sociedad es el día del amor y de la amistad, nos ofrece en la liturgia de la palabra un salmo bellísimo que enaltece el amor en la familia donde la piedad trae unidad, estabilidad y paz. Al salmo 127/128 le bastan solamente 43 palabras en hebrero para ofrecernos una especie de canción que bendice el amor en el matrimonio y la familia. El cuadro que la composición supone está lleno de amor, de paz, de luz, de serenidad. El salmista nos hace ir a la casa como nido familiar de amor y a la mesa en donde están sentados padre e hijos en donde se abre un horizonte hasta los confines de la ciudad santa, Jerusalén y con ello nos invita a anhelar esto para todas las familias. Precisamente por eso es común escuchar este cántico como salmo responsorial en la celebración de muchas ceremonias de bodas, pues rápidamente entró en la liturgia nupcial sinagogal y eclesial.

La partitura estructural del salmo es claramente visible. Se comienza con una bienaventuranza: «Dichoso el que teme al Señor y sigue sus caminos» y habla de dos árboles emblemáticos en la cultura hebrea que la Iglesia recibe como herencia en su gran significado: la vida y el olivo. La vid es casi la insignia de Isarel (cf Is 5,1-7) y el olivo es emblema de prosperidad en el pueblo judío. La figura de la vid es aplicada por el autor del salmo a la madre de familia, como mujer fecunda y generadora que ama a la prole. Como un viñedo lozano, lleno de grandes racimos, rodeada de sus hijos numerosos en la mesa festiva llena de amor, es expresión de auténtica felicidad y de bienestar. El olivo es imagen de los hijos, llenos también de amor y savia , como lo es precisamente el majestuoso árbol del olivo, entre otras cosas, típico de la vegetación mediterránea de muchos hogares, como también recuerda Eurípides, quien en su obra «Medea» afirma también que «los hijos en la casa son agradables retoños». La bendición del amor familiar la pone el salmista «alrededor de su mesa», es decir, en la intimidad de la casa, extendiendo los efectos de ese amor en la familia «todos los días de tu vida» en una visión misionera del amor familiar que ha de extenderse fuera de casa. La familia, incluso desde aquellos tiempos ancestrales, no era concebida como una célula cerrada en sí misma, sino como una «comunidad de vida y amor» que es fecunda y que trasciende las fronteras del hogar para dar amor. ¡Bendito sea el Señor que en la familia nos deja la esencia del amor de Dios y el amor al prójimo! ¡Así imagino a la Sagrada Familia!

Hoy, por su parte, el libro del Génesis, después de habernos hablado de la creación de Adán, nos habla de la de Eva (Gn 2,18-25). Con un lenguaje lleno de encanto, si ayer eran las manos de un Dios alfarero las que modelaban al hombre, hoy son las de un cirujano las que extraen una costilla de Adán y forman a Eva. Dios es el que ha ideado lo de la compañía y la atracción de los sexos y el amor; que él es quien ha dicho que «no es bueno que el hombre esté solo. Voy a hacerle a alguien como él, para que lo ayude». La mujer tiene el mismo origen que el hombre: las manos creadoras de Dios y así los dos están destinados en el plan de Dios a unirse y ser «una sola carne» y a engendrar vida nueva, el mayor milagro que puede pasar en la creación y la mejor manera de colaborar con el Dios de la vida y del amor. Bendecido jueves y, así, con el salmo 127/128 les digo: ¡Feliz día del amor y la amistad a todas las familias y amigos abrazándoles espiritualmente en mi corazón!

Padre Alfredo.

domingo, 30 de diciembre de 2018

«LA SAGRADA FAMILIA»... Un pequeño pensamiento para hoy


Este domingo, dentro de la octava de Navidad, la Iglesia celebra la solemnidad de la Sagrada Familia. Nos acercamos al portal de Belén a ver a Dios que ha nacido hecho niño y está acostado en un pesebre, y vemos junto a Él a María y a José. De esta manera en este mundo globalizado en el que el tema de la familia es tan delicado y sobre el que se habla tanto para bien y para mal, según el punto de vista y la propia experiencia, la liturgia nos muestra el modelo de todas las familias cristianas: Jesús, José y María: la «Sagrada Familia» de Nazaret. Yo por mi parte no cambiaría por nada del mundo a mi familia de sangre y mi familia extendida, y, como dicen que para muestra basta un botón, me bastaría hablar de estos días que he pasado en Monterrey para corroborar esta afirmación. El salmista canta hoy con el gozo del salmo 83 (84 en la Biblia) la dicha de ser parte de la familia del Señor y de vivir en su casa. Para mí esa casa es sí, el Templo, pero en este templo espiritual, la familia. Y por eso hablo de la familia de sangre y la familia extendida en donde aprendemos y desarrollamos el verdadero amor de Dios, de familia de sangre y de familia de amigos. Bien dice el famoso científico y pensador Gregorio Marañón: «La única medida del verdadero amor es esa capacidad de perdurar», y esa clase de amor se aprende en la familia, como Jesús en su hogar de Nazareth. 

¿Cómo desperdiciar la riqueza de pasar gran parte de estos días en casa mis padres en dónde crecí desde pequeño y de donde salí en 1980 rumbo al Seminario?¿Con qué pago el cariño de mi tía Cecy al traerme a casa a mi llegada? ¿Qué más puede dar tanta alegría que ver contenta a mi tía Amparo y recibir su cariño? ¿Con que pagar a Sofi su cariño de hermana más que de vecina? ¿Cómo no grabar en el corazón la convivencia con la familia Rangel, mi familia de sangre por parte de mi madre en esos momentos maravillosos? ¿con que se puede sustituir el cariño de un amigo como Julián que más que eso es un hermano valiosísimo de tantos y tantos años? ¿Cómo pagar el cariño de familia de Manolo, Carmen, Luis Manuel y Raquelito y el patrocinio de mis andanzas? ¿Cómo no valorar a David y su familia a quienes apenas conocí?¿Con que pudiera sustituir la alegría de anoche en la cena con mi hermano Eduardo y su familia? ¿Qué lograría suplir la llamada de teléfono con mi querida Minerva, recordando a Salomón su esposo, que fue llamado a la casa del Padre antier? ¿Qué puedo decir de la comida con Pilar e Iñigo y la delicia de saberse parte de su familia desde hace casi 30 años? ¿Cómo olvidar la sonrisa de Yuy? ¿Cómo pasar por alto la bendición de la casa de Isaías y Chacha en ese ambiente tan cálido y familiar? ¿Qué puede haber tan deliciosos como el abrazo de Barbara mi sobrina nieta y de su unicornio navideño? ¿Qué puede valer más que el interés de Pablo e Irina de pasar por mí y organizar una reunión tan bonita? ¿Cómo pagar el poder celebrar la Santa Misa por la oportunidad que me dan mis hermanos sacerdotes y misioneros?... Y de seguro mucho se me va de lo hermoso que he vivido en familia estos poquitos días a los que falta otro tanto en esta mi visita a la Sultana del Norte... ¡Viva la familia! La familia de sangre y la familia extendida La familia que hoy saludaré Dios mediante en las Misas de 12:30 en El Rosario (Villa Universidad) y de 20:00 en Salud de los Enfermos (Cortijo del Río). 

La familia de Nazaret se convierte para mí, como para ustedes, en modelo de nuestra propia familia. Ellos nos enseñan cómo vivir, nos descubren la importancia que los que están en nuestro corazón tienen para nosotros. Pero, en medio de mi alegría y gratitud desbordantes, cuando miro cómo están muchas familias hoy en día descubro que ciertamente pasan por dificultades y crisis serias de todo tipo. Para muchos no hay conciencia hoy de la importancia que tiene la familia —ni la de sangre ni la extendida— y tampoco se favorece que crezca esta importancia en la conciencia de las nuevas generaciones. Hoy gran parte de la sociedad y de los gobiernos no valora a los ancianos, ni busca medidas que protejan a los que está en el vientre materno y a los más pequeños. No hay medidas de ayuda a la maternidad, ni a las familias numerosas. No se favorece la conciliación entre el trabajo y la familia. Como sacerdote y misionero traigo a la mente y al corazón a esos papás que sufren a causa de sus hijos y platican conmigo, a matrimonios que rompen con facilidad la convivencia conyugal por cualquier cosa, a mujeres que sufren agresiones por parte de sus maridos, hijos que son maltratados por sus padres y amigos que son despreciados por no tener dinero... Y ante todo esto, la Iglesia nos muestra a la Sagrada Familia de Nazaret como modelo y ayuda para las familias de hoy. Es necesario, hoy especialmente pero también todos los días del año, rezar mucho por las familias, por la propia de sangre —en mi caso la Delgado–Rangel—, por la familia extendida formada por quienes con como hermanos más que amigos y también por las familias que sufren por motivos tan diversos que no acabaría de mencionar. Que María y José, junto con Jesús, ayuden a todos aquellos que tienen serias dificultades familiares. Yo, por mi parte, puedo terminar esta extensa y tal vez para algunos cansada reflexión, diciendo con el salmista: «Escucha mi oración, Señor de los ejércitos; Dios de Jacob, atiéndeme. Míranos, Dios y protector nuestro, y contempla el rostro de tu Mesías». ¡Viva la Sagrada Familia! 

Padre Alfredo. 

P.D. ¡Amy Lozano! Échale ganas... somos familia.

martes, 25 de septiembre de 2018

«Somos la familia de Dios»... Un pequeño pensamiento para hoy

En este mundo, tan colapsado en tantos sentidos, hay muchos —dirigentes y no— que parecen creer que no tienen amo ni superior, y que pueden actuar «a gusto y a sus anchas», como si no estuviera encima de ellos nadie a quien tuvieran que «rendir cuentas». El libro e los Proverbios nos dice que esto es una ilusión. El que es consciente sabe que ha de rendir cuentas. Si el corazón se pone en manos de Dios, es como agua de riego en sus manos, se deja conducir y dirigir hacia donde Él quiera (Prov 21,1-6.10-13) Para vivir sumergido en Dios y buscar hacer su voluntad hay que ir más allá de las barreras de este mundo —divisiones sociales, políticas, religiosas— y saber que en manos de Dios, todos, reyes y príncipes, pobres y mendigos, hemos de dejarnos conducir por el Señor. De esta manera, como nos recuerda el Evangelio hoy, el que escucha y pone en práctica la palabra de Dios, es madre y hermano de Jesús (Lc 8,19-21). ¡Somos familia de Dios! 

No importa cuán poderoso sea un hombre hoy. Cualquiera de hoy —incluidos los rejegos que dicen «yo no pedí nacer aquí»— pudo haber sido algún faraón de Egipto o a lo mejor el rey de Babilonia. También podía haber sido el César de Roma, o tal vez Alejandro Magno o hasta Napoleón o cualquier otro gran gobernante del futuro, pero nadie reencarna y todos tenemos una misión única e irrepetible que cumplir. Indiferentemente de cuan poderoso se sea o se haya podido ser, nadie puede actuar independientemente de Dios. Y no es el poder o los lazos de la sangre los que proporcionan la comunión con Dios, sino el oír y poner en práctica su palabra, que vivamente es pronunciada por Cristo, «Palabra eterna el Padre». Como bien dice el libro de los Proverbios, «el corazón del rey está en la mano del Señor» (Prov 21,1). Y Dios, con su palabra, va a dirigir cada corazón, así como dirige el curso de un pequeño arroyo que murmura y desciende por la ladera de una montaña. La Iglesia es edificada, a todos los niveles, por la palabra de Dios. Ésta es el alma de la Iglesia, y la Iglesia es su fruto. De la palabra de Dios brota siempre una Iglesia viva que viene a ser familia de Cristo oyendo y guardando esa palabra de Dios en el corazón y poniéndola en práctica en el diario vivir. «La unión de las almas es más sagrada que la de los cuerpos», dice San Ambrosio (Tratado sobre el Evangelio de San Lucas lib. VI,34-38). 

Por esta razón, al decirle a Jesús que su madre y sus hermanos le buscan, Él sabe que nadie mejor que su Madre ha cumplido la Voluntad divina y se ha dejado dirigir hacia donde el Padre Dios ha querido. Ella, a la vez que es reina, Madre de Dios y Madre nuestra, es esclava del Señor, mujer sencilla que oye la palabra de Dios y se pone a su disposición como esclava (Lc 1,38). Fiel discípula que guarda cada palabra que sale de la boca de Dios y la medita en su corazón (Lc 2,19). Misionera que lleva la palabra a Isabel, con un anuncio que la hace tan rica, que desborda en un cántico de alabanza y gratitud que perdurará para siempre (Lc 1,46-55). María es el corazón bueno que nos retrata lo expresado en el libro de los Proverbios: María es el corazón receptivo que abraza la Palabra y lleva su fruto con constancia (Jn 2,5). María es Madre no sólo porque le dio la vida humana, sino también porque oyó y puso en práctica la palabra de Dios. Nosotros pertenecemos a la familia de Jesús según esta nueva visión de la familia que Él amplía poniendo de ejemplo a su Madre: escuchamos la Palabra y hacemos lo posible por ponerla en práctica. Muchos, además, que hemos hecho profesión religiosa o hemos sido ordenados sacerdotes, hemos renunciado de alguna manera a nuestra familia o a formar una propia, para estar más disponibles en favor de esa otra gran comunidad de fe que se congrega en torno a Cristo. Pero todos, sacerdotes, religiosos, solteros o casados, como discípulos–misioneros, buscamos servir a esa «familia extendida» de los creyentes en Jesús, trabajando también para que sea cada vez más amplio el número de los que le conozcan y le amen. Los encomiendo en la casita del Tepeyac, donde Ella, la Madre de Dios y Madre nuestra nos recuerda que si acogemos la palabra del verdadero Dios por quien se vive en el corazón y en el alma, si la contemplamos, si la conservamos, si le dejamos espacio, si intentamos no olvidarla durante el día, si la convertimos en guía de nuestras acciones, su Hijo Jesús nos hará familia y adquiriremos la misma dignidad de Ella, porque lo engendraremos de nuevo para nuestro tiempo. Que la Virgen Morena nos enseñe cómo recibir la Palabra, a darle carne, a hacerla vida. ¡Bendecido martes! 

Padre Alfredo.

lunes, 27 de agosto de 2018

«Familia de Dios y familia de sangre»... Un pequeño pensamiento para hoy


Dicen los estudiosos de la Biblia que las dos cartas de san Pablo a los Tesalonicenses son las primeras epístolas escritas por él, hacia el año 51... y al mismo tiempo los primeros textos del Nuevo Testamento. En esta fecha, veinte años después de la muerte de Jesús, las vivencias en torno a Cristo eran divulgadas oralmente, pero no habían sido aún redactadas tal como las conocemos actualmente con certeza de que son inspiradas por Dios como autor principal. Hoy lunes empezamos la lectura de la segunda carta que el Apóstol de las Gentes dirigió a los fieles de Tesalónica (2 Tes 1,1-5.11-12). Pablo conoce la creciente constancia en la fe de aquellas primeras familias creyentes que, como dicen otras partes del Nuevo Testamento, se convertían a la fe y vivían plenamente su compromiso bautismal desde los padres y abuelos, hasta los más pequeños, que juntos eran bautizados y crecían en el amor mutuo y en la caridad (Hch 16,15; 16,33; 18,8; 1Cor 1,16); para infundirles ánimo san Pablo les dice que siente el deber de dar gracias a Dios por esa bendición y, a la vez, el orgullo de verlos perseverar. ¡Qué esperanza tan grande se veía ayer en el rostro del Santo Padre que, como san Pablo, camina como heraldo de la Buena Nueva en medio de un mundo que se debate entre el bien y el mal desde aquella horrible situación que se dio en la primera familia que habitó la tierra con la muerte del primer ser humano, Abel, en manos de su hermano Caín! Todos recordamos aquella trágica escena que se da en el seno de la primera familia de la humanidad, que nos deja ver que el odio, la envidia y los celos lo carcomen todo (Gn 4,1-7; Hb 11,4). 

Sancho Panza, en el Quijote, decía que: «Cada uno es como Dios lo hizo, y un poco peor», pero sabemos que Cristo viene y nos llena de esperanza para ser un poco mejores que ayer. El Papa Francisco, como Pablo, entiende que la persecución y la perseverancia son una prueba del justo juicio de Dios, que quiere hacerlos dignos de su reino (2 Tes 1,5), y esa persecución es la que vive hoy la familia de Dios y la familia de sangre. Pero, lo que importa a todo apóstol, en todos los tiempos y lugares, es que la fe y la vida cristiana no se debiliten ante las dificultades que los rodean y que en ocasiones pueden venir, incomprensiblemente, de la familia o de la misma Iglesia. El Papa Francisco dijo ayer que «Dios quiere que cada familia sea un faro que irradie la alegría de su amor en el mundo»... ¡y cuánto la necesitamos! «Nadie dice que esto sea fácil» dijo el Papa, afirmando: «Ustedes lo saben mejor que yo». Mientras que el mundo tiende a exagerar lo más grande posible lo negativo que en la familia de Dios —la Iglesia— y en la institución familiar tradicional — fruto de la unión matrimonial del hombre y de la mujer— pueda existir, el Papa, entonando en Irlanda ayer desde temprana hora un gran mea culpa en el que enumera todos los errores de la Iglesia católica, invocó la misericordia de Dios y se mostró esperanzado en la familia, en la familia de Dios y en la familia de sangre, para transformar el mundo. 

Ayer, en Irlanda, el Papa Francisco exclamó: «El matrimonio cristiano y la vida familiar manifiestan toda su belleza y atractivo si están anclados en el amor de Dios, que nos creó a su imagen, para que podamos darle gloria como iconos de su amor y de su santidad en el mundo. Padres y madres, abuelos y abuelas, hijos y nietos: todos llamados a encontrar la plenitud del amor en la familia. La gracia de Dios nos ayuda todos los días a vivir con un solo corazón y una sola alma. ¡También las suegras y las nueras!» El Papa asegura que las familias ofrecen los mejores antídotos contra el odio, los prejuicios y la venganza que envenenan las vidas de las personas y de las comunidades, ya que «las familias generan paz, porque enseñan el amor, la aceptación y el perdón. El Evangelio de hoy (Mt 23,13-22) nos presenta a un Jesús triste e indignado. Un Jesús que explota en su tristeza con una exclamación que en griego «Quai!» (¡Ay!), no significa una maldición, sino que expresa más bien un profundo dolor, una indignación, una amenaza profética. Nadie puede ni debe cerrar a los hombres el Reino de los cielos. Con las personas normales, por débiles y pecadoras que sean, Jesús no se suele mostrar tan duro. Pero sí, con los guían al pueblo. Los que tenemos alguna responsabilidad en la vida de la familia o en el campo de la educación o en la comunidad eclesial (Sacerdotes, padres, madres, religiosos, maestros...), tenemos una gran obligación de dar ejemplo a los demás, de no hacer divisiones entre lo que enseñamos y lo que hacemos, de no ser exigentes con los demás y tolerantes con nosotros mismos, de no ser como los hipócritas, que presentan por fuera una fachada, pero por dentro son otra cosa. Las acusaciones de Jesús nos las hemos de aplicar a nosotros que debemos buscar la gloria de Dios en la familia de Dios y en cada familia de sangre, si perdemos el tiempo en inútiles discusiones de palabras, en estar criticando, en sumergirnos en la desesperanza de la queja, si dejamos que se mate el espíritu con una casuística y condenación exagerada no habrá más que hacer. Aunque mi reflexión ya es de por sí bastante larga, quiero terminar con la oración que el Papa pronunció allá en ese hermoso país que Dios, hace tiempo, me concedió conocer y palpar en el la vida eclesial que tiene sed de ser lo que los católicos debemos ser: «Dios, Padre nuestro, somos hermanos y hermanas en Jesús, tu Hijo, una familia, en el Espíritu de tu amor. Bendícenos con la alegría del amor. Haznos pacientes y bondadosos, amables y generosos, acogedores de aquellos que tienen necesidad. Ayúdanos a vivir tu perdón y tu paz. Protege a todas las familias con tu cuidado amoroso, Especialmente a aquellos por los que ahora te pedimos: («Pensemos especialmente en todas las queridas familias», pidió el Papa). Incrementa nuestra fe, fortalece nuestra esperanza, protégenos con tu amor, haz que seamos siempre agradecidos por el regalo de la vida que compartimos. Te lo pedimos, por Jesucristo nuestro Señor, Amén. María, madre y guía, ruega por nosotros. San José, padre y protector, ruega por nosotros. San Joaquín y Santa Ana, rueguen por nosotros. San Luis y Santa Celia Martin, rueguen por nosotros». ¡Bendecido lunes! 

Padre Alfredo.

sábado, 20 de enero de 2018

«Somos familia»... Un pequeño pensamiento para hoy


Comenzamos nuestra meditación en este da con un texto del segundo libro de Samuel que nos habla de una nueva época para la monarquía del pueblo de Israel. David será ahora el rey que el pueblo anhela. Él consolidará el reino uniendo las tribus del norte y del sur en un solo pueblo. La primera lectura de la Misa de hoy nos muestra la nobleza de David, de quien Dios mismo dio testimonio diciendo: «Encontré a David, hijo de Jesé, un hombre conforme a mi corazón, que cumplirá todo lo que yo quiero» (Hch. 13,22). David ha sido elegido por Dios, pero, al igual que todo ser humano, este hombre está envuelto en debilidades y fallas, pero abriga en su corazón una serie de sentimientos nobles y profundos en los que el amor se destaca y está por encima del odio y la venganza, del rencor y la traición, del egoísmo y la ambición que pueden proporcionar el poder, el lujo y el confort al que un mandatario puede acceder. A David no sólo le alegra el verse libre de su enemigo y con el éxito de la victoria y del poder, sino que derrama lágrimas de cocodrilo por la pérdida de sus amigos, de los que fueron para él sus íntimos, su familia, y además canta un himno de alabanza ensalzando la grandeza, el valor y la fuerza de sus valientes amigos y del pueblo de Israel.   

El texto seleccionado para el día de hoy, nos invita a reflexionar y examinar nuestros propios sentimientos. ¿Cómo reaccionamos ante los ataques de los demás —algunos hechos de manera inconsciente y otros muy bien pensados—? ¿Cómo reaccionamos ante las tragedias y fracasos de los demás —cercanos o lejanos—? ¿Somos capaces de amar, reconociendo las aptitudes, cualidades y dones de los que comparten la vida con nosotros? ¿Nos alegramos del triunfo de nuestros familiares y amigos? «El amor no lleva cuentas del mal; no se alegra de la injusticia, sino que goza con la verdad (1Cor 13,5-7)»... ¡Pero qué difícil es esto! Hasta Nuestro Señor pasó por una situación embarazosa porque sus familiares más cercanos no creían en él y lo juzgaban medio loco. El pequeñísimo texto del evangelio de hoy nos lo muestra. Sus familiares quieren llevárselo de vuelta a Nazaret, «pues decían que estaba loco». Puedo imaginar el sufrimiento de la Virgen María, y la contrariedad que debía sentir en medio de los parientes y amigos «incómodos», sin embargo, Ella no perdía la paz y seguía apoyando y confiando en el Hijo que acompañará hasta la cruz. El texto parece que los parientes llevan a la Madre sin que Ella sospeche de que lo que quieren es presionar más al Hijo y obligarle a recluirse de nuevo en Nazaret, tal y como había vivido 30 años en que lo veían como un joven ordinario antes de ser bautizado por Juan en el río Jordán.

Cada uno de nosotros ha llegado a este mundo, luego de ser «un pensamiento de Dios, un latido de su corazón» (Beata María Inés Teresa) y «no como fruto de la casualidad» (Benedicto XVI) para realizar una misión que ha de ser única e irrepetible, porque únicos e irrepetibles somos cada uno de nosotros. Si nos aferramos a Dios y no nos soltamos de su mano, nada ni nadie podrá apartarnos —por completo— de cumplir la voluntad del Padre. Ese es el alimento y la pasión del discípulo-misionero enamorado de Cristo, por lo que estará dispuesto hasta a dar la vida. Ante el testimonio de David y el modelo de vida que nos pone Jesús, como verdadero Dios y verdadero Hombre, yo que quedo con dos preguntas: ¿Me siento «familia de Jesús», lo imito en todo lo que en mi humanidad es posible «copiarle»? ¡Busco a Dios con el entusiasmo de David, aunque el vivir en Dios me acarre problemas y conflictos aún con los más cercanos? ¡Bendecido día!

Padre Alfredo.

domingo, 31 de diciembre de 2017

«La Sagrada Familia y el último día del año»... Un pequeño pensamiento para hoy

La fe, nos recuerda el Catecismo de la Iglesia Católica, «es una adhesión personal del hombre a Dios que se revela. Comprende una adhesión de la inteligencia y de la voluntad a la Revelación que Dios ha hecho de sí mismo mediante sus obras y palabras» (CEC 176). De esta fe, al celebrar hoy la fiesta de la Sagrada familia, hacemos referencia en la liturgia de la Palabra a Abraham, el padre de todos los creyentes, precisamente por su capacidad de escucha atenta a Dios y por someterse libremente a la palabra escuchada, como nos recuerda san Pablo. Abraham, al ponerse en camino sin saber exactamente hacia dónde dirigirse y estar dispuesto a sacrificar a su hijo Isaac, da su asentimiento con todo su ser a Dios que se revela (cf Dei Verbum 5). La fe es un don de Dios, un obsequio que ilumina la razón abriéndole horizontes amplios y profundos de manera que ésta puede llegar ahí donde por sí sola no puede ni alcanza. (Cf. Fides et Ratio 16). También la Sagrada Familia de Nazareth ha de vivir con fe los planes divinos. Sin duda alguna ni María ni José comprenden del todo lo que Dios quiere, pero los dos guardan dentro de su corazón y meditan lo que el Señor dispone, viviendo en las sombras de la noche como aquel primer peregrino que salió de su tierra sin saber qué rumbo había de tomar. María y José se adhieren al beneplácito de Dios dejando en un segundo plano los deseos personales, los propios gustos y criterios, adhiriendo por completo sus vidas al Padre misericordioso aprendiendo a prescindir de sí mediante un acto pleno de abandono y confianza, fundados en Él que es la verdad misma que no puede ni engañarse ni engañarnos. 

El Padre Eterno ha querido que su Hijo Jesús formara parte de una familia natural para participar de algún modo misterioso de la gran familia humana. María y José, acogiendo al Divino Niño como un don venido de lo alto, y acompañándole en su crecimiento integral como verdadero hombre (cfr. Lc 2,52) son modelo de aquel amor responsable y generoso que los padres, como partícipes del poder creador de Dios, han de ofrecer a sus hijos. Esto es importante sobre todo en el mundo de hoy, en el que «el papel de la familia en la edificación de la cultura de la vida es determinante e insustituible.» (Evangelium Vitae, 92). Toda familia está llamada a esto a lo largo de la vida de sus miembros, desde el nacimiento hasta la muerte. La familia es verdaderamente el santuario de la vida (Centesimus annus nº 39). La vida del ser humano, en toda familia, es un continuo caminar en la fe. Para nosotros, como lo fue para Abraham, para Sara y para la Sagrada Familia de Nazaret, caminar en la fe significa poner por encima de nuestra jerarquía de valores a Dios, cumplir su voluntad a través de las manifestaciones concretas y puntuales que se nos van presentando en el ser y quehacer de cada día a lo largo de cada año.

Hoy llegamos al final del 2017 y es justo que, en medio de tantas situaciones conflictivas que nuestro globalizado mundo vive, demos gracias por tantas familias sanas, bien constituidas, instruidas en su fe católica y conscientes de su misión dentro de la Iglesia, donde sigue floreciendo la vida cristiana, esperanza de un bendecido 2018 y de muchos años venideros más. En el clima de Navidad, y cerrando la Octava, celebramos a la Familia que formaron en Nazaret María, José y Jesús. La fiesta además resulta aleccionadora y estimulante para nuestra vida de familia y comunidad en las vísperas de un año nuevo. La Familia de Nazaret aparece este último día del año como una lección para las nuestras. Este domingo nos acercamos a esta Familia Sagrada con infinito respeto. En ella encontramos la plenitud de la comunión interpersonal y del pacto conyugal y de las relaciones entre padres e hijo. La Sagrada Familia nos invita a revisar el clima de amor, comprensión y comunicación en nuestra propia familia o en nuestra comunidad. Ciertamente muchos padres cristianos y muchos abuelos ven que ya no tienen ningún tipo de influencia sobre sus hijos o nietos, pero en cambio son apreciados en la comunidad cristiana o en cualquier otra asociación y no dejan de ser fecundos, no dejan de «hacer familia» trabajando por el bien de los demás. No tienen una familia destrozada; la tienen enriquecida y fecunda en toda la comunidad. El mundo de hoy hace difícil la comunión, pero la Navidad nos invita a que en verdad la fe, la esperanza y la caridad empiecen este 2018 por casa, por estar experimentando en esta Navidad la cercanía del amor de Dios. No es la simple suma de uno, más uno, más uno lo que hace la familia... la familia es mucho más. Y, si no, miren ésta de José, María y Jesús. Nada falta ni sobra. Una familia con Dios en pleno centro. El 2018 tendrá el color que le demos las familias cristianas de sangre y de fe. ¡Feliz Año Nuevo! 

Padre Alfredo.

jueves, 9 de marzo de 2017

Y TU FAMILIA... ¿CÓMO ES?

Si miramos a nuestro alrededor, nos damos cuenta de que no todas las familias son iguales, ni tienen las mismas costumbres, ni llevan el mismo caminar, ni se han formado de la misma manera.

En efecto, hay ciertas familia que, por ejemplo, nunca se preocupan por el progreso y educación de sus hijos. Otras dan más importancia a las costumbres de sus antepasados y no están dispuestas a cambiar; un cambio para ellas significa acabar con la vida de familia. Mientras que, por otra parte, hay unas que siempre están buscando innovar.

En algunas familias se exagera tanto la autoridad del padre o de la madre, que se ve a cada uno como un amo y jefe del hogar, más que como padre y/o madre. Algunas veces los papás están divorciados y se crea un grave conflicto en el desarrollo de los hijos, que son quienes pagan las consecuencias incluso llegando a ser hasta unos desadaptados en la sociedad, envidiando y criticando a quienes viven en una familia bonita e integrada. Por otra parte, hay familias disfuncionales que a pesar de lo que viven, son felices y transmiten ese gozo de vivir.

Hay familias en las que se vive el «machismo» en todo su esplendor y hay otros en que la mujer está tan liberada que, ejerciendo un impresionante «matriarcado» en el que todo controla, no tiene tiempo para las cosas de la casa. Otras veces la familia es una especie de «hotel» en donde no hay más convivencia que la vida en el mismo lugar, mientras que hay otras que también parecen un hotel, pero porque ahí hay espacio para todo el que llegue, haciéndoles parte de la vida diaria como «familia extendida».

Para algunas familias lo más importante es la posición social que se ocupa —aunque sea en apariencia y todo se deba.— ¡hasta las colegiaturas de los hijos! que quieren que estudien en el colegio más destacado de la comarca o en la mejor universidad.

Hay algunas familias muy integradas y organizadas en las cuales cada uno de los miembros sabe muy bien cuál es su papel. Los hijos mayores ayudan con los menores y saben agradecer la entrega de los padres. Hay otras en donde nadie sabe de nadie y los hijos buscan dejar el nido lo más antes posible.

Hay familias en las que los padres se preocupan por dar una formación integral a los hijos y junto con ellos van descubriendo, unidos a Dios, el sentido de la vida haciendo de su hogar una imitación de la casita de Nazaret en donde aún se reza el rosario. Hay familias que no fallan a Misa Dominical compartiendo el gozo de la fe y hay familias en donde no creen en nada ni en nadie, es más... ¡ni en ellos mismos!

Hay familias formadas por parejas unidas solamente por la ley civil o viviendo en unión libre, con y sin hijos y hay familias, también con hijos o sin ellos, que dejan sentir con alegría el gozo de haber sido establecidos en el sacramento del matrimonio por la Iglesia.

Hay familias reducidas, formadas solamente por los padres y los hijos y hay otras más amplias donde otros parientes viven bajo el mismo techo. Se da el caso de algunas familias en las cuales la servidumbre entra a formar parte del círculo familiar, como es el caso tan tradicional de las «nanas». Hay familias formadas por estilos de esos de «convivencia moderna» donde todo hay, hasta perros y gatos, pero menos la esencia de la familia.

Hay familias que disfrutan de comodidades, a veces exageradas y excesivas, y otras que apenas pueden vivir, o carecen de lo necesario. En unas trabajan el padre y la madre por necesidad y en algunas trabaja también la madre porque no quiere estar metida en la casa todo el día. Hay algunas familias en las que los hijos menores también tienen que trabajar en un subempleo, como la venta de periódicos, flores en las esquinas o limpiando parabrisas. En unas falta trabajo y en otras sobra el ocio.

Hay familias en las que todo se comparte, la oración, el deporte, la convivencia, la alegría de vivir.  Hay familias con mascotas y sin ellas. Hay familias que viven en pobreza y en falta de dignidad y otras en donde se ve el problema del desorden perpetuo y el descuido que dan pie a hijos drogadictos y alcohólicos.

Hay familias que acompañan a cada uno de sus miembros en las diversas etapas de sus vidas y otras en donde los miembros se encierran egoístamente. Unas familias dan mucha libertad a los hijos y otras son más restrictivas. En fin, cada familia tiene lo suyo. Habrá otras familias tan peculiares, con estilos de vida tan particulares que no están descritos en ninguno de los tipos que menciono aquí...

Y tu familia, ¿cómo es?

viernes, 14 de octubre de 2016

ORACIÓN POR LA FAMILIA*...


Haz, Señor que en nuestra casa, siempre se hable de ti
y busquemos crecer juntos en la fe;
que nadie esté solo
ni en la indiferencia ni en el aburrimiento;
que los problemas de los otros no sean
desconocidos o ignorados,
que pueda entrar quien tiene necesidad
y sea bienvenido.

Señor Jesús,
que en nuestra casa sea importante el trabajo,
pero no más importante que la alegría;
que la comida sea el momento
de gozo y de conversación;
que el descanso sea paz del corazón y del cuerpo;
que la riqueza mayor sea estar unidos.

Señor Jesús, que en nuestra casa,
el más débil sea el centro de la atención;
que el más pequeño y el más anciano
sean los más queridos;
que el mañana no nos de miedo,
porque Tú siempre estás cerca;
que cada gesto esté lleno de significado;
que te demos gracias por todo lo que la vida
nos ofrece y tu amor nos da.

Señor Jesús,
que nuestra casa sea el lugar de encuentro
como en tu casa de Nazareth
con María y José,
en armonía con todos,
como Tú con el Padre y el Espíritu Santo. Amén.

*Florencio Armando Colín Cruz,
Obispo Aux. de la Arq. de México.

miércoles, 17 de agosto de 2016

LETTERA APOSTOLICA* in forma di Motu Proprio con cui si istituisce il Dicastero per i Laici, la Famiglia e la Vita...


La Chiesa, madre premurosa, ha sempre, lungo i secoli, avuto cura e riguardo per i laici, la famiglia e la vita, manifestando l’amore del Salvatore misericordioso verso l’umanità. Noi stessi, avendo questo ben presente in ragione del Nostro ufficio di Pastore del gregge del Signore, ci adoperiamo prontamente a disporre ogni cosa perché le ricchezze di Cristo Gesù si riversino appropriatamente e con profusione tra i fedeli.

A tal fine, provvediamo sollecitamente a che i Dicasteri della Curia Romana siano conformati alle situazioni del nostro tempo e si adattino alle necessità della Chiesa universale. In particolare, il Nostro pensiero si rivolge ai laici, alla famiglia e alla vita, a cui desideriamo offrire sostegno e aiuto, perché siano testimonianza attiva del Vangelo nel nostro tempo e espressione della bontà del Redentore.

Pertanto, dopo avere accuratamente valutato ogni cosa, con la Nostra autorità Apostolica istituiamo il Dicastero per i Laici, la Famiglia e la Vita, che sarà disciplinato da speciali Statuti. Competenze e funzioni finora appartenuti al Pontificio Consiglio per i Laici e al Pontificio Consiglio per la Famiglia, saranno trasferiti a questo Dicastero dal prossimo 1° settembre, con definitiva cessazione dei suddetti Pontifici Consigli.

Quanto stabilito desideriamo che abbia valore ora e in futuro, nonostante qualsiasi cosa contraria.
In Roma, presso San Pietro, sotto l’anello del Pescatore, 15 agosto 2016, nella solennità dell’Assunzione della Beata Vergine Maria, Giubileo della Misericordia, anno IV del Nostro Pontificato.

FRANCESCO

* Copia dell'originale latino

jueves, 23 de junio de 2016

¿POR QUÉ LA IGLESIA NO ACEPTA EL MATRIMONIO IGUALITARIO?... Algunas consideraciones

La Iglesia, remontándose a la razón humana, a la Sagrada Escritura y a toda la tradición, sigue insistiendo y defendiendo que el matrimonio es la unión conyugal de un hombre y de una mujer, orientada a la ayuda mutua y a la procreación y educación de los hijos.

La palabra «matrimonio» procede del latin y tiene varias raíces: «matrimonium», con origen en los términos matrem (madre) y monium (calidad de): Matris munium puede ser otra de las raíces, que proveniente de dos palabras del latín: matris (madre) y munium (gravamen o cuidado), viniendo a significar «cuidado de la madre», en tanto se consideraba que la madre era la que contribuía más a la formación y crianza de los hijos. Otra posible derivación provendría de matreum muniens (idea de defensa y protección de la madre), implicando la obligación del hombre hacia la madre de sus hijos. De manera que es evidente la necesidad de la complementariedad sexual para su existencia. Desde el punto de vista jurídico-formal, en los inicios, el matrimonio fue considerado siempre como la unión legal de dos personas de sexo diferente, Es frecuente hoy en día la unión de parejas que forman un hogar sin estar casadas, lo cual se conoce como concubinato. Además de eso, existen nuevas leyes que aprueban al matrimonio con la unión de dos personas con el mismo sexo, porque últimamente, según criterios derivados de encuestas sociológicas hechas solamente en ciertos colectivos, resulta que ha de llamarse matrimonio a la institución social que, de cualquier forma, constituya la forma reconocida para fundar una familia. 

Para la Iglesia y para todo hombre y mujer de fe firme, en lo teológico, el matrimonio es la unión del hombre y la mujer dirigida al establecimiento de una plena comunidad de vida y amor. Así, en la Iglesia Católica, el matrimonio no es una institución meramente «convencional» ni es el resultado de un acuerdo o pacto social. El matrimonio tiene un origen más profundo. Se basa en la voluntad creadora de Dios. Dios une al hombre y a la mujer para que formen «una sola carne» (Mc 10,8) y puedan transmitir la vida humana: «Sean fecundos y multiplíquense y llenen la tierra» (Gn 1,28; 9,7). Es decir, el matrimonio es una institución natural, cuyo autor es, en última instancia, el mismo Dios. Jesucristo, al elevarlo a la dignidad de sacramento, no modifica la esencia del matrimonio; no crea un matrimonio nuevo sólo para los católicos frente al matrimonio natural que sería para todos. El matrimonio sigue siendo el mismo, pero para los bautizados es, además, un sacramento.

En la defensa a ultranza de la institución matrimonial como fue diseñada desde el plan de Dios, la Iglesia «no gana nada». No obtiene ningún beneficio. No aumenta su poder, ni su influencia, ni incrementa la cantidad de donativos que pueda recibir. Al contrario, se expone al escarnio público por parte de algunos colectivos muy influyentes y al rechazo de sus posiciones por parte de sectores importantes de población. Si a pesar de este costo, la Iglesia sigue insistiendo en su mensaje, es que algo muy serio está en juego. Lo que está en juego, en este caso como en cualquier otro en el que la Iglesia alza la voz, es el respeto a la dignidad de la persona humana y a la verdad sobre el hombre. El sujeto de derechos es la persona, no una peculiar orientación sexual. Para la Iglesia y por lo tanto, en la Iglesia, el matrimonio no es cualquier cosa; no es cualquier tipo de asociación entre dos personas que se quieren, sino que es la íntima comunidad conyugal de vida y amor abierta a la transmisión de la vida; comunidad conyugal y fecunda que sólo puede establecerse entre un hombre y una mujer. Por otra parte, no se puede privar a los niños del derecho a tener padre y madre, del derecho a nacer del amor fecundo de un hombre y de una mujer, del derecho a una referencia masculina y femenina en sus años de crecimiento. La Iglesia considera que la relación sexual es una expresión de amor entre un hombre y una mujer, que se dan el uno al otro totalmente. Dicha entrega debe ser sostenida por Dios, que le da a los esposos la gracia de amarse como Él los ama, ser fieles y mantenerse unidos hasta que la muerte los separe.

Como madre y maestra, la Iglesia se preocupa por todos sus hijos, quiere que estén lo mejor posible, y si percibe que corren algún riesgo, se los advierte. Este es el caso del llamado «matrimonio igualitario». La Iglesia no reconoce el tipo de uniones homosexuales como matrimonios porque no quiere que nadie sufra los daños que este tipo de unión suele provocar: daños a la salud física, psicológica y espiritual. La Iglesia Católica, sin olvidar la maternidad espiritual a la que está llamada. dedica un amoroso cuidado maternal a los homosexuales que se acercan viviendo en castidad y para ellos, y los que están en búsqueda de vivir en gracia, las puertas están siempre abiertas. En el Catecismo de la Iglesia Católica se enseña que las relaciones homosexuales «no pueden recibir aprobación» (CEC 2357), pero también enseña que los homosexuales «deben ser acogidos con respeto, compasión y delicadeza. Se evitará todo signo de discriminación injusta» (CEC 2358). Cuando el Papa Francisco dijo: «Si una persona gay se acerca a Dios y tiene buena voluntad, ¿quién soy yo para criticar?», no estaba aprobando la relación homosexual, sino invitando a los homosexuales a acercarse a Dios, y a experimentar la dicha y la paz de amoldar su vida a la divina voluntad.

La Iglesia no odia a los homosexuales, los ama, y sufre si ellos sufren, por eso es que precisamente se opone a que las uniones entre homosexuales reciban el nombre de «matrimonio». A la Iglesia le duele tanto el hombre como la mujer. Le preocupa lo que vaya a ser de cada uno. En definitiva, no se lava las manos ante la suerte de lo humano, aunque esta defensa sea incomprendida y acarree críticas. La Iglesia no teme hablar con la verdad, aunque ya sabe que, como dice el dicho, «la verdad no peca, pero incomoda«, y en ciertos casos no sólo incomoda, sino enfurece. Ni modo, no hay para dónde hacerse, porque la Iglesia recibió la misión de ser profeta de Aquél que dijo: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida» (Jn 14,6), aunque lo que diga no sea «políticamente correcto» y sea tomado a mal por mucha gente. A un sacerdote católico le escupieron participantes de una marcha del orgullo gay. Un padre de familia que pidió ser avisado cuando en la escuela dieran lecciones de homosexualidad, para no enviar a su hijo, fue arrestado. Una maestra que se negó a leer un cuento gay a los niños de guardería, fue despedida. Los centros de adopción son presionados para dar prioridad a parejas homosexuales que desean adoptar niños. Negocios relacionados con bodas (pastelerías, florerías, salones, etc.), cuyos dueños se han negado a dar servicio a bodas gay han sido multados y/o clausurados... ¿es qué no tenemos todos libertad para estar de acuerdo con algo o no? 

Los homosexuales de nuestros tiempos  exigen tolerancia pero son, en su mayoría, intolerantes. Hay quienes —sobre todo colectivos gays y lésbicos— se quejan de que la Iglesia no se pone al día, que no se moderniza, que su pensamiento es retrógrada, que no es democrática, que no toma en cuenta las encuestas como otras iglesias. Es que la Iglesia Católica no se manda sola. La Iglesia Católica es consciente de que es depositaria del tesoro de la fe que le encomendó el que la fundó: Cristo, y sabe que debe mantenerse fiel a Él y a nadie más. La Iglesia Católica no está para darle gusto a las masas o colectivos; no es política, ni agente de relaciones públicas; no busca caer bien o quedar bien para ganar público. La Iglesia, como he dicho, es madre y maestra. Lo que le interesa es acoger y encaminar amorosamente a todos sus hijos a la salvación, y si para eso hace falta exhortarlos, los exhorta, y si hace falta decirles para su bien algo que no les guste oír, se los dice.

A la unión legal de un hombre con una mujer (sexos diferentes) se le ha llamado siempre «Matrimonio». Los contrayentes adquieren la condición de Familia y de esta manera perpetúan la especie humana por medio de la procreación. La familia tradicional es la célula básica y el soporte vital de nuestra sociedad. Por lo tanto, la unión de dos hombres o de dos mujeres (con sexos iguales y que no pueden procrear entre si) nunca podrá ser matrimonio, por esa rotunda imposibilidad física y biológica de transmitir la vida. Y cabe aclarar que a estas parejas masculinas o femeninas yo las respeto absolutamente y las acompaño espiritualmente si lo piden, pero, llamar Matrimonio a lo que hablando con propiedad, nunca ha sido, no es, ni puede ser algo correcto.

La cosa, entonces, no es como algunos medios de comunicación han planteado, ni por un conservadurismo que la hace aferrarse neciamente a tradiciones arcaicas, ni porque odie a los homosexuales. Lo que la Iglesia propone tiene siempre dos razones: ser fiel a lo que dice la Palabra de Dios, y buscar lo que pueda ayudar al ser humano a ser verdaderamente libre, pleno, feliz, encaminándolo a su salvación.

Un barco transatlántico que navegaba en medio de una noche oscura, de pronto avistó a lo lejos una luz que parecía avanzar directo hacia él. El capitán envió de inmediato un mensaje: «Están en ruta de colisión con nuestra nave, cambien de rumbo». Le contestan: «No. Más bien ustedes deben cambiar su rumbo». El capitán vuelve a insistir y los otros también. Luego de intercambiar varios mensajes en los que nadie cedía, el capitán, exasperado, escribió: «Estoy transmitiendo desde el buque de su majestad, ¡les ordeno que cambien de rumbo!». Y le contestan: «¡Cambie usted de rumbo! Nosotros estamos transmitiendo desde el faro del puerto...»

Me dio risa esta anécdota que encontré en un artículo y comparto con ustedes, pero plantea algo muy cierto: lo que está sólidamente asentado no puede moverse, hacerse para otro lado, cambiar. La Iglesia Católica es como ese faro del puerto. Además, el principio de no contradicción de Aristóteles dice claramente: una cosa no puede ser y no ser al mismo tiempo lo que es. Y el matrimonio, para el hombre y la mujer de fe, en el seno de la Iglesia, no puede ser, al mismo tiempo clara y rotundamente, lo que no es: porque la Palabra de Dios lo rechaza; porque no santifica ni da vida; porque causa daños físicos, psicológicos y espirituales; porque donde se ha legalizado se ha atentado contra la libertad de conciencia y de expresión, porque como se opone a la voluntad de Dios, pone a los involucrados, en grave riesgo de perder su salvación.

Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U.

Nota: Este artículo está tomado de diversas fuentes del Catecismo de la Iglesia, de la Sagrada Escritura, de la Tradición y el Magisterio de la Iglesia y de algunos artículos de Internet de blogs serios.

GUARDIANES, TALENTOS Y VIDA... Amor y justicia en el matrimonio

La omisión del amor y de la justicia es el gran pecado de nuestros tiempos y de siempre. «Acaso soy el guardián de mi hermano?» (Gn 4,9), pregunta Caín al Señor apenas en los inicios de la creación. Se ven letreros que hablan del amor o ropa con corazones... ¿pero, cómo se vive el amor en nuestro mundo actual? Se hacen marchas, protestas, reclamaciones en favor de la justicia, pero en las cosas pequeñas de cada día... ¿cómo se promueve la vida de justicia? Estas dos cosas, bien sabemos los creyentes, se empiezan a vivir en la familia, que es fruto de la unión de un hombre y una mujer que son llamados a compartir su ser.

En el Nuevo Testamento, la parábola de los talentos (Mateo 25,14-30, Lucas 19,12-28) es siempre una invitación a reivindicar la eficacia del amor y la justicia bien entendida. No se trata de ver el pragmatismo de una eficacia inmediata, pero sí es la responsabilidad por los efectos profundos de nuestras acciones. No basta tener buenas intenciones para amar o para ser justos.

Cada vez somos testigos de menos celebraciones de matrimonio en nuestros templos. Muchos de nuestros hermanos y amigos, llenos de talentos, dones y cualidades que el Señor les dio para compartirlos, se contentan con irse a vivir juntos para evitar compromisos de amor y de justicia y buscan solamente pasar un tiempo juntos. Un matrimonio de nuestra época —de esta era de la postmodernidad en la que impera el pragmatismo— no puede buscar solamente compartir la vida con buenas intensiones para dividir gastos o pasar el rato sin la bendición de Dios. En la unión matrimonial, tanto el hombre como la mujer son llamados a establecer esta unión para ser «guardianes» el uno del otro y buscarse cada día compartiendo en amor y justicia el conjunto de talentos que Dios ha dado, tanto al hombre como a la mujer. El amor no puede ser auténtico en una pareja si no vive el uno para el otro como guardián y si cada uno no desentierran los talentos que Dios les dio y los multiplican.

Con demasiada frecuencia se desconoce, por parte del creyente, que el matrimonio y la familia son un proyecto de Dios que invita al hombre y a la mujer, creados por amor, a realizar su proyecto de amor y justicia en fidelidad hasta la muerte. El hombre y la mujer, siendo imagen y semejanza de Dios que es amor, son invitados a vivir en el matrimonio el misterio de la comunión. Hombre y mujer son llamados al amor en la totalidad de su cuerpo y de su espíritu en una vida de compromiso justo, compartiendo lo que son, lo que hacen y lo que tienen.

Los esposos, para vivir el amor y la justicia, deben cultivarse, prepararse, organizarse, discernir. No se pueden refugiar en la frágil y muy debilitada moral de la época, que se queda muchas veces en buenas intenciones. Hay que tomarse en serio e invertir los talentos para que se multipliquen en los hijos.

¿Por qué será que el mundo vive tanta confusión, especialmente en este campo del matrimonio, del amor, de la justicia, de la familia, del ejercicio de la sexualidad? ¿Por qué se habla de brindar el sagrado nombre de «matrimonio» a uniones de convivencia que bien pudieran tener otro nombre? Hoy están muy en boga las encuestas y las entrevistas a personas más o menos famosas para que eso de pautas a seguir. Aparecen en el radio, en la televisión, en el periódico y no se diga en Internet. Imaginen que ahora estos personajes famosos fueran interrogados con preguntas como estas: ¿Qué es para ti el matrimonio? ¿Por qué crees que el matrimonio es la unión de un hombre y una mujer? ¿Qué es lo que más le importa a la sociedad de hoy de la vida matrimonial? ¿Cómo piensas llenar tu vida matrimonial o cómo la llevas si ya la vives? ¿Qué sentido tiene para ti el tiempo en la vida matrimonial? ¿Qué crees tú que le pueda esperar a un mundo sin niños?

El hombre y la mujer de fe, saben que la vida matrimonial la diseñó Dios invitando al hombre y a la mujer a compartir los talentos que ha recibido. Cualidades, bienes, posibilidades... deben conocerlos y reconocerlos como dados por Dios para compartirlos en un tiempo diseñado por Dios —hasta que la muerte los separe— para poner en juego esos talentos: comunidad de vida y amor en la familia, actividad profesional, responsabilidad de casados, vida de unión espiritual como pareja con Dios.

El hombre y mujer, en la relación matrimonial no pierden su libertad; en justicia saben que esa libertad es parte de los dones que Dios regaló a cada uno y la deben conservar como un tesoro. Cada uno de los dos es libre: sus decisiones y sus actos seguirán siendo fruto de la libertad. Libremente llegan ante al altar a comprometerse a multiplicar sus talentos en la vocación matrimonial. Se les pedirá  cuentas de cómo lleven su unión conyugal pero cada día recibirán la fuerza de lo alto para crecer en el amor y en la justicia. La última instancia nos será el gusto egoísta, el bienestar materialista o la propia comodidad. La última instancia será la voluntad de Dios que los ha unido y los ha invitado a trabajar con amor y en justicia sus talentos como matrimonio, en la edificación de una sociedad de más amor y más justicia.

Para acrecentar en el matrimonio tanto el amor como la justicia, tiene mucho que ver también aquel otro principio del Evangelio: «El que guarde su vida, la perderá, y el que pierda su vida, la encontrará» (Mateo 10,39; Mateo 16,25; Marcos 8,35; Lucas 9,24; Lucas 17,33).

¿A que llama entonces Dios al matrimonio a un hombre y una mujer?

.- A vivir conforme a la moral del evangelio.
.- A trabajar unidos por establecer una comunidad de vida y amor.
.- A hacer de la vida un servicio justo del uno para el otro y juntos para los demás.
.- A salir del propio egoísmo dando la vida por el otro.

Eso es ganar otros cinco, tres o un talento más. Eso es ganar la vida.

Que cada matrimonio de hoy, bien fundamentado en el amor y la justicia, sea una invitación para todas las parejas —unidas por la Iglesia o no— a vivir amándose alertas y vigilantes en la justicia. Que no se dejen vencer por la comodidad, por la pereza, por la rutina. Que no los impregne el pragmatismo de sentir que se tiene valor como persona sólo si se es útil económicamente para el otro. Que no busquen su realización si no es respetando la vocación que han recibido de lo alto. Que no se dejen enredar por modas pasajeras y criterios que llegan de culturas ajenas a la fe. Que muestren al mundo que los talentos se multiplican en una vida ordinaria y de sencillez, ayudando a quien lo necesita, apoyando al que está  triste, alentando al que está  deprimido.

Una última cosa en esta reflexión. Que cada matrimonio abra su corazón a María. Ella les dará la clave para invertir y multiplicar los talentos recibidos. Ella los guiará  en su unión matrimonial para «perder» la vida en la entrega de amor y justicia al otro. Ella, que estuvo presente en las boda de Caná, sabrá de sus necesidades, Ella los alentará cada día para ser, de todo corazón, el uno, guardián del otro.

Alfredo Delgado, M.C.I.U. 

sábado, 18 de junio de 2016

HACE 56 AÑOS SE CASARON MIS PADRES... ¡Gracias por su testimonio de amor!

Hace 56 años mis padres, Alfredo y Blanca, se juraron vivir para siempre en el amor que se tienen como esposos. Esa fidelidad y perseverancia en el amor, lo sabemos, es fruto de la gracia de Dios y del re-estreno diario que hacen de ese amor. La gracia propia que se recibe en el sacramento del matrimonio no es estática, sino que fluye diariamente en un dinamismo que, en ellos dos, ha continuado viva años y años. Esa gracia siempre ha estado presente en mis padres y se ha manifestado según la voluntad de Dios y en una vida de familia en la Iglesia.

Ayer, acomodando unos libros en la Biblioteca de la casita de Alfredo y Blanca, dimos con el periódico "El Norte" del 19 de junio de 1960, en el que aparece la foto de los novios y la crónica que ahora copio tal cual: 

«Ayer, a la una de la tarde, en el Templo del Espíritu Santo, de manos del Sr. Pbro. don Salvador Martínez, recibieron la bendición nupcial la guapa y gentil Srta. Blanca Margarita Rangel Montoya y el Sr. Alfredo Leonel Delgado Laurel.

La encantadora novia entró al sagrado recinto del brazo de su señor padre el Sr. Gerónimo Rangel González, luciendo una hermosa creación de primavera (que ella misma diseñó). Siguiendo en la comitiva el novio del brazo de su señora madre doña Dora H. Laurel Vda. de Delgado y la corte de amor integrada por las guapas señoritas Elida Ayala G., María Luisa Ayala G., Sylvia Iga, Loretta Frech, Rosamagda Guajardo, Guadalupe Fernández, Rosa González y Cristian González. Las madrinas fueron las señoritas Romelia Yolanda Delgado L., de anillos; Teresita González Lozano, de ramo; Delia Sánchez Laurel, de arras; Guadalupe Fernández, de libro; Olga Peña González, de Rosario; Rosamagda Guajardo, de guantes y Ernestina Laurel de abanico. Marcela Medina, de aretes, Ana María Treviño, de pañuelo, la Sra. Margarita Valdez Vda. de Bernal, de cake; Martha Elsa Villarreal de copas y Melva Sánchez Laurel, de álbum.

Después de la ceremonia de bendición de arras y anillos, los novios escucharon la Misa de Velación estando cerca de ellos sus padres el Sr. Gerónimo Rangel González y la Sra. Dora H. Laurel Vda. de Delgado, así como sus padrinos los señores Nicolás Martínez y Sra., Joel B. García y Sr. Hugo Garza y Sra., Celestino Pineda y Sra., Alejandro Garza Galván y Sra., y los padrinos de cojines Sr. Raúl Treviño y Srta. Amelia Chavarría.

A la hora del Santo Evangelio, el Sr. José Juan Delgado Laurel y la Srta. Angélica Azucena Rangel Montoya, colocaron sobre los hombros de los contrayentes el simbólico lazo de unión.

CEREMONIA CIVIL

En la residencia de la novia, el pasado día once se celebró la ceremonia civil ante el Oficial Primero del Registro Civil Sr. Enrique Barrera Leal, formando como padrinos y testigos los señores Ildefonso Treviño y Sra., Eugenio Llanos y Sra., Julián Morales y Sra., José Sánchez González y Sra., Silvestre Peña González y Sra., Sr. Merced G. Rangel y Sra. y Mario Chejade y Sra.

Después de la ceremonia religiosa se efectuó un brindis familiar en la residencia de la familia Rangel, donde la feliz pareja recibió las felicitaciones de sus amistades y familiares.

Más tarde los novios salieron en placentero viaje de luna de miel a la capital de la República y el puerto de Acapulco y otras poblaciones del sur del país."

En una sociedad como la nuestra en que ahora se le da tanto valor al yo, a lo individual, al «ego» como dicen muchos, vemos cómo, cuando se vive de amor y se destila amor... hay unidad, hay entrega, caridad, cooperación y una actitud de protegerse y cuidarse mutuamente por años, quinquenios y décadas. El matrimonio es la base para una familia plena; y es un lugar privilegiado en donde se aprenden los valores morales, espirituales y el buen uso de la libertad, es la primera escuela de valores y el primer centro de catequesis para la niñez; es la iglesia doméstica donde aprendemos a orar, es decir, a conversar con Dios y a amar con perseverancia y fidelidad. Es lo que Alfredo y Blanca nos han heredado en vida a Eduardo mi hermano y a mí.

Un corazón enamorado es un corazón siempre despierto, ilusionado, incandescente; un corazón que sabe vivir día a día a la sorpresa de Dios; un corazón que anhela siempre dar calor en una fecundidad espiritual que sigue dando vida. 

Gracias por enseñarnos con su matrimonio que el amor verdadero es una decisión, no un sentimiento. Gracias por enseñarnos que el amor entre un hombre y una mujer puede mantenerse siempre fresco y durar hasta la muerte. Gracias por enseñarnos que el amor de esposos es fiel y como tal es constancia en lo próspero y en lo adverso; en la salud y en la enfermedad. Gracias por enseñarnos que el esposo y la esposa busca en el otro no algo para disfrutar, sino alguien a quien hacer feliz. Gracias por mostrarnos que el amor matrimonial nunca puede estar ocioso y Gracias por enseñarnos en familia a amar a Dios sobre todas las cosas con un amor total y totalizante y a valorar el significado del «Sí» como el que dio María en unión de José en la casita de Nazareth en torno siempre a Jesús.

Hoy, tanto Alfredo como Blanca, rememoran y renuevan aquel compromiso que hicieron aquel 18 de junio de 1960.

«Oh Dios, Señor del universo, 
que al principio creaste 
al hombre y a la mujer 
e instituiste el vínculo conyugal; 
bendice y confirma el amor de mis padres
y el de todos los matrimonios, 
para que expresen siempre 
en su vida, el sacramento 
que celebraron y re-estrenan cada día en la fe. 
Por Jesucristo nuestro Señor». Amén