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martes, 26 de agosto de 2025

LA MISERICORDIA, LOS SALMOS, EL TIEMPO... Un tema de retiro con los salmos.


El mensaje de la misericordia divina atraviesa toda la Sagrada Escritura. El Antiguo Testamento utiliza para la compasión y la misericordia un mismo término: «rehamîm» que significa vísceras. Esta palabra deriva de rehem, que denota el seno materno, por eso puede aludirse con ella a las entrañas de la persona En sentido figurado expresa un sentimiento íntimo, profundo y amoroso que liga a dos personas. El segundo término es «hesed» que es sinónimo al anterior. Asimismo, existen las palabras «sonhanan» que manifiesta mostrar gracia, ser clemente, «hamal» que expresa compadecer, perdonar y, por último «hus» que significa conmoverse, sentir piedad. Tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, las entrañas de la persona, las vísceras, son tenidas por la sede de los sentimientos. Las entrañas simbolizan la misericordia que brota del corazón. El verbo en griego es «splagchnisomai», que significa literalmente sentir lástima, sentir compasión; es un verbo cargado de misericordia y de  ternura (se le conmueven las entra conmueven las entrañas). 

Más tarde, este vocablo se convirtió en traducción del término propiamente hebreo que ya mencioné: «hesed», o también hen, que ha devenido determinante sobre todo para la caracterización de la misericordia. La misericordia únicamente puede ser entendida tomando también en consideración el concepto bíblico de «corazón» (leb, lebab; kardía) que se relaciona particularmente con las entrañas y por lo mismo con los sentimientos de cercanía, de adhesión, de afectividad. 

En la Biblia, el corazón no designa solo un órgano de importancia vital para el ser humano. Desde un punto de vista antropológico denota el centro de la persona, la sede de los sentimientos y del juicio. La Biblia da un paso más aún y habla teológicamente también del corazón de Dios. Afirma que Dios elige personas a su gusto o según el dictado de su corazón (cf. 1 Sm 13,14; Jr 3,15; Hch 13,22). Habla del corazón divino, que se entristece por el ser humano y sus pecados (cf. Gn 6,6), y dice que Dios pastorea a su pueblo con corazón íntegro (cf. Sal 78,72). 

En el Antiguo Testamento, sobre todo en los salmos, está la prueba que refuta concluyentemente la reiterada afirmación de que el Dios del Antiguo Testamento es un Dios celoso, vengativo e iracundo; antes bien, desde el libro del Éxodo a los Salmos, el Dios del Antiguo Testamento es «clemente y compasivo, paciente y misericordioso» (Sal 145,8; cf. Sal 86,15; 103,8; 116,5). 

El libro de los Salmos, siempre ha suscitado una fuerza de atracción extraordinaria, porque en él se encuentra una amplia gama de sentimientos humanos que se entrecruzan con los sentimientos de Dios: alegría y alabanza, tristeza y angustia, fortaleza y debilidad, victoria y derrota, confianza y desaliento. 

Desde los primeros siglos de la Iglesia, se empezaron a leer los salmos en clave cristológica, considerándolos como la voz del Cristo total, cabeza y cuerpo. El mismo Cristo resucitado, en su aparición a los discípulos, había señalado a los salmos como clave para reconocerlo vivo y operante en la Iglesia: «Estas son las palabras que yo les dije cuando estaba todavía con ustedes: que era necesario que se cumplieran todas las cosas escritas acerca de mí en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos». Entonces les abrió la mente para comprender las Escrituras (Lc 24,44).  

La fascinación por los salmos ha llegado a nuestros días en un tesoro: La Liturgia de las Horas. La misericordia, es una de las características divinas que el libro de los Salmos pone en evidencia. La Iglesia, en el rezo de la Liturgia de las Horas, tiene que alabar con los salmos la inagotable misericordia divina y anunciar a Dios como «Padre compasivo y Padre de todo consuelo» (2 Cor 1,3) que, «rico en misericordia, por el gran amor que nos tuvo, estando nosotros muertos por nuestros pecados nos hizo revivir con el Mesías,  nos resucitó y nos sentó en el cielo.» (Ef 2,4-6). “La misericordia del Señor, llena la tierra” (Sal 32,5). La Iglesia, especialmente a través de los consagrados y de laicos muy comprometidos, ha de narrar la concreta historia del Dios compasivo con los seres humanos, tal como es atestiguada en la Antigua y la Nueva Alianza; y debe presentarla del modo en que Jesús lo hizo en sus parábolas, dando testimonio del Dios que ha revelado definitivamente su misericordia en la muerte y resurrección de Jesús. 

Son muchos los salmos que expresan la misericordia de Dios en todo sentido y en toda dirección. Los salmistas nos hacen ver que toda la creación es fruto del amor de Dios; el universo entero es fruto de su amor. Dios no creo el mundo para Él; lo hizo porque quiso compartir la gloria de su amor misericordioso y las bendiciones del cielo con criaturas semejantes a Él. Lo hizo porque Él es amor. Ya lo decía el Papa Francisco en el título de uno de sus libros: «El nombre de Dios es misericordia». En el libro de los Salmos, y no solamente en el salmo 8 sino en muchos otros, los poetas y cantores nos dicen que no solo creó Dios al mundo, sino que, además, lo mantiene para que nosotros veamos ese amor de Dios en esa naturaleza que se desarrolla; cuando contemplamos una planta, un rosal, un atardecer, un río  y vemos la perfección de la creación aún en los insectos más diminutos, es Dios que nos comunica su amor y su misericordia, manifestándome su grandeza y perfección. 

«Como un olivo frondoso en la Casa de Dios, he puesto para siempre mi confianza en la misericordia del Señor» canta el salmista (Sal. 52, 10). «Porque tu misericordia se eleva hasta el cielo y tu fidelidad hasta las nubes» (Sal. 109, 16). Los salmos reflejan claramente la convicción y la vivencia, por parte del creyente, de la misericordia de Dios. En todos ellos, la misericordia es el hilo conductor. Como muestra podemos ver: el salmo 136, en donde el salmista repite con insistencia: «Su misericordia es eterna»; el 103 (Vg 102=), que habla de la ternura del Padre por sus hijos; el más conocido, el 51 (Vg 50), conocido también como «El Miserere» y por último el 130 (Vg 129) en el que el salmista implora la divina misericordia. 

El salmo 136, no hace teoría de la misericordia de Dios, sino un recorrido de hechos de misericordia por parte de Dios para con su pueblo. El salmista recorre maravillado las manifestaciones concretas de la bondad inconcebible de Dios mientras el pueblo repite a cada estrofa: «porque es eterna su misericordia»: El Creador: “hizo sabiamente los cielos”, “afianzó sobre las aguas la tierra”, “hizo lumbreras gigantes”, “el sol que gobierna el día”, “la luna ”... La liberación de Egipto: “Él hirió a Egipto en su primogénitos”, “Y sacó a Israel de aquel país”, “Con mano poderosa, con brazo extendido”, Él dividió en dos el mar Rojo”, “Y condujo por en medio a Israel”, “Arrojó en él al Faraón”. El Éxodo y todos los episodios hasta asentarse en la tierra promisión y los avatares de su historia: “Guió por el desierto a su pueblo”, “Hirió a reyes famosos, dio muerte a reyes poderosos” “Les dio su tierra en heredad”, “En heredad a Israel su siervo”, “Y nos libró de nuestros opresores”. Acaba el salmista reconociendo que la misericordia de Dios sigue actuando: “Él da alimento a todo viviente” y pide un nuevo agradecimiento “Dad gracias al Dios del cielo/ porque es eterna su misericordia”. 

En razón de la misericordia, todas las vicisitudes del Antiguo Testamento están cargadas de un profundo valor salvífico. La misericordia hace de la historia de Dios con Israel una historia de salvación. Repetir continuamente «eterna es su misericordia», como lo hace el salmo, parece un intento por romper el círculo del espacio y del tiempo para introducirlo todo en el misterio eterno del amor. Es como si se quisiera decir que no solo en la historia, sino por toda la eternidad el hombre estará siempre bajo la mirada misericordiosa del Padre. No es casual que el pueblo de Israel haya querido integrar este Salmo, el grande hallel como es conocido, en las fiestas litúrgicas más importantes. 

Este fue el último salmo que Jesús cantó en unión de sus Apóstoles. Ningún bautizado puede ignorar que la misericordia de Dios está concentrada en Jesucristo. Antes de la creación Dios dispuso darnos su gracia por medio de Jesucristo. Él es nuestra salvación, nuestra gloria para siempre.   

Antes de la Pasión, el Señor oró con este salmo de la misericordia. Lo atestigua San Mateo cuando dice que «después de haber cantado el himno» (26,30), Jesús con sus discípulos salieron hacia el Monte de los Olivos. Mientras instituía la Eucaristía, como memorial perenne de Él y de su Pascua, puso simbólicamente este acto supremo de la Revelación a la luz de la misericordia. En este mismo horizonte de la misericordia, Jesús vivió su pasión y muerte, consciente del gran misterio del amor de Dios que se habría de cumplir en la cruz. Saber que Jesús mismo hizo oración con este salmo, lo hace para nosotros, consagrados, aún más importante y nos compromete a incorporar este estribillo en nuestra oración de alabanza cotidiana: «Eterna es su misericordia». 

Al repasar en nuestra oración de la Liturgia de las Horas las maravillas de Dios en este salmo, le pedimos ser capaces de descubrir en nuestra vida consagrada y en la de nuestros hermanos su infinita misericordia. 

El salmo 103, nos presenta un pecador perdonado que sube al Templo para ofrecer un «sacrificio de acción de gracias», durante el cual hace un relato del favor recibido. Acompañado de una muchedumbre de amigos, a los que invita a tomar parte de su acción de gracias, hace un himno al amor de Dios, al Dios de la Alianza. En este pecador habla todo Israel que ha sido perdonado con «amor» y con «ternura» exquisita.  

Jesús no hará otra cosa que tomar las palabras de este salmo: «con la ternura de un padre con sus hijos»… «Padre nuestro, perdona nuestras ofensas». Y el resultado de este amor, ¡es el perdón! Se puede percibir en estas líneas la parábola del «Hijo pródigo». Se escuchan ya estas palabras: “Amen a sus enemigos, entonces serán hijos del Dios Altísimo, porque Él es bondadoso con los malos». 

La alegría estalla en este salmo. Al recitarlo, uno debe dejarse llevar por su impulso alegre, que invita a todos los ángeles y a todo el cosmos a corear su acción de gracias. Cuando oramos, todo el universo ora en nosotros. ¡Sí, el hombre es grande, él es el cantor del universo! Y, sin embargo, ¡qué frágil es el hombre! como la hierba que florece por la mañana y se marchita por la tarde. La maravilla de este salmo, y de toda la revelación bíblica, es precisamente esta debilidad del hombre que atrae el amor de Dios: Un amor misericordioso, un amor eterno, desde siempre y para siempre. Amor fuerte, poderoso, todopoderoso… más fuerte que la muerte. Amor que suscita una respuesta libre y alegre. La sumisión que Dios quiere no es la de un esclavo que tiembla, sino la de un hijo que es feliz de haber sido perdonado. 

El más conocido de todos los salmos, junto con el 23 (Vg 22) del Buen Pastor, es sin duda alguna el número 51 (Vg 50), que está dedicado a David. El pecado del rey (2 Sam 11.12), que hizo matar a Urías para tomar a su mujer Betsabé, y el arrepentimiento admirable de David, son el símbolo del “mal” y del “perdón”. El grito de arrepentimiento que se expresa aquí es de gran pureza; este pecador se siente desgraciado únicamente por su pecado, por la ofensa a Dios. El pecado no está abandonado a sus remordimientos, él está “ante alguien” que lo ama. Todo se origina en el amor. Veinte verbos en imperativo se dirigen hacia Dios en esta alabanza. Y cada uno indica que Dios va a obrar en favor del penitente para “borrar”, “lavar”, “absolver”, “purificar”, “renovar”… 

Para hacer comprender la maravilla del perdón de Dios, Jesús “inventó” la parábola del “Hijo pródigo”, y espontáneamente utilizó expresiones de este Salmo 50: “he pecado contra el cielo y contra ti”… Al instituir el Bautismo: “lávame, quedaré más blanco que la nieve”. 

El salmista sabe dónde están las raíces profundas del mal. Él se sentía aplastado por el peso de los determinismos. Consciente del mal que había hecho, el rey David —a quien se atribuye este Salmo— se sentía incapaz de realizar la reparación tan deseada. Por eso pide la intervención de Dios. Descubre que la raíz del pecado, antes que la culpabilidad personal, está en la misma condición humana: “en la culpa nací, pecador me concibió mi madre”… 

El verdadero arrepentimiento es el que agrada a Dios. No es Dios quien gana al reconocer nuestro mal, el pecado es una autodestrucción. Los que salimos ganando somos nosotros cuando, como David, somos perdonados y recibidos con el amor del Padre en comunión. Lo que Dios quiere, dice el salmo, es que tengamos un corazón nuevo, una vida nueva. Por eso, cuando la vida del hombre vuelve a embellecerse, puede estar feliz y cantar en acción de gracias. El sacramento de la Penitencia nos hace redescubrir la alegría del perdón y la celebración festiva de la misericordia de Dios. 

El salmo 130, es uno de los «salmos penitenciales» de la liturgia. La súplica del autor inspirado, está angustiada de pena y humildad. “Desde lo más profundo te invoco, Señor”. El reconocimiento del propio pecado se une a la confiada seguridad de alcanzar el perdón divino. “En el Señor se encuentra la misericordia”. Por tanto, su rehabilitación espiritual sólo depende de la misericordia infinita de su Dios, y así es como él, confiado en su bondad, implora perdón y protección para él y para su pueblo. 

Los sentimientos de profunda humildad contrastan con la ciega esperanza en la misericordia divina. El salmista, lejos de sentirse abandonado de Dios, se apoya en la conciencia de su propia indignidad, para acercarse al Señor, es decir, él no se siente para nada alejado de su Dios, por esa razón toma fuerzas de su debilidad para acercarse confiadamente al que le puede rehabilitar en su vida espiritual. Los atributos y las promesas divinas le dan pie para fundar su esperanza: «Mi alma espera en el Señor, y yo confío en su Palabra» exclama. 

El salmista se siente desbordado en un abismo de inquietudes y de pesares; por eso, desde lo profundo de su aflicción se dirige a su Dios para que le preste auxilio, rehabilitándolo en su vida de amistad con Él. En realidad, su esperanza está en su misericordia y su prontitud al perdón, pues si no olvida los pecados y los guarda cuidadosamente en su memoria, reteniendo la culpabilidad de los hombres; “¿quién podrá subsistir?”, ¿quién podrá subsistir o mantenerse incólume ante su tribunal? Nadie puede hacer frente a las exigencias de la justicia divina; “Pero en ti se encuentra el perdón, para que seas temido”.  Pero la medida con que trata a sus siervos no es la de la justicia, sino la de la extrema indulgencia; “Mi alma espera en el Señor, y yo confío en su palabra. Como el centinela espera la aurora, espere Israel al Señor”, invitándoles así a un temor reverencial basado en el agradecimiento del que ha sido perdonado; “Él redimirá a Israel de todos sus pecados” 

Basado en esta indulgencia del Señor, el consagrado, al recitar este salmo, unido a los sentimientos del salmista, espera en Él con impaciencia y ansiedad más que los centinelas por la aparición de la aurora para ser relevados de su puesto de vigilancia; “Mi alma espera en el Señor, y yo confío en su palabra”. En esta espera ansiosa, el salmista nos representa a todos como colectividad, vejado por pueblos opresores y ansiosos de redención. La serenidad e indulgencia del Señor dan confianza al pueblo elegido para pedir su plena rehabilitación a pesar de sus numerosas iniquidades. 

Teresa de Ávila, la gran mística de la Iglesia, no teme reconocerse pecadora, pone toda su confianza en la misericordia del Señor y reza; “Ay de mí, Creador mío, que si quiero dar disculpa, ninguna tengo! ¡Ni tiene nadie la culpa sino yo! Porque si os pagara algo del amor que me comenzasteis a demostrar, no habría podido yo amar a nadie más que a Vos, y vuestro amor me hubiera librado de todos mis pecados. Mas ya que no lo merecí ni tuve esta dicha, válgame ahora Señor, vuestra misericordia (Vida 4, 4) y más adelante agrega; Muchas veces he pensado espantada de la gran bondad de Dios y se ha regalado mi alma de ver su gran magnificencia y misericordia (Vida 4, 10). “He contado todo esto para que se vea la gran misericordia de Dios y mi ingratitud” (Vida 8, 4). Consideremos —dice la santa— la gran misericordia y paciencia de Dios (VI Moradas 10, 4), ¡Oh, Dios mío, misericordia mía!, ¿qué haré para que no deshaga yo las grandezas que Vos hacéis conmigo? (Exclamaciones 1).,¡Oh, qué grandísima misericordia y qué favor que no podemos nosotros merecer! ¡Y que los mortales olvidemos todo esto! Acordaos Vos, Dios mío, de tantas miserias y mirad nuestra flaqueza, pues de todo sois sabedor (Exclamaciones 7). Sea su nombre bendito que en todo tiempo tiene misericordia con todas sus criaturas (Cta 440, 1)”. 

Casi al final de su vida en este mundo, la beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento escribe dirigiéndose a sus hijas Misioneras Clarisas (y en ellas a todos nosotros) un largo párrafo en una carta que me atrevo a compartir ahora: «Y nosotras, ¿cómo somos misericordiosas? ¿Vemos con amor de madre a las almas pecadoras para que, por nuestro sacrificio, nuestra oración, ellas se acerquen a Dios, y tengan la dicha y la paz, de vivir en su gracia? ¿Aprovechamos todas las circunstancias para hablar a quienes se nos acercan, de esta infinita misericordia? El alma misericordiosa se asemeja un tanto a la luz, que la baña con sus rayos; y no se mancha, al contrario, sale de allí más límpida y radiante, porque ha obrado un acto de misericordia, aun cuando aquella alma a la que se ha acercado sea un lodazal de pecados graves. Qué gloria para Jesús el rescatar una alma para él. ¡Le hemos costado tanto! Es la más grande gloria que le podemos dar en la tierra, ya que él dejó su cielo con el fin de rescatar al hombre caído y abrirle las puertas al cielo. Éste es también, como cooperadoras con Cristo, en su plan de salvación. No seamos tacañas, hijas. El tiempo es corto; la eternidad sin fin. Sólo este tiempo tenemos para darle gloria. Que él nos conceda llegar a la muerte pudiendo decir como san Pablo: “He continuado mi carrera, he conservado la fe etc. etc.,  no me resta sino recibir la corona que el justo Juez me ha de dar, etc.” Con qué seguridad, y a la vez audacia, dice esto el apóstol de los gentiles. Nosotras diríamos, si tenemos la certeza de haber cumplido todo lo que él ha querido de nosotras, no me resta más que recibir la corona que su infinita misericordia me tiene preparada desde la eternidad». (Abril 16, 1980).

“Paciente y misericordioso” es el binomio que a menudo aparece en la recitación de los salmos para describir la naturaleza de Dios que la beata capta totalmente. Su ser misericordioso se constata concretamente en tantas acciones de la historia de la salvación donde su bondad prevalece por encima del castigo y la destrucción. Los salmos, en modo particular, destacan esta grandeza del proceder divino: «Él perdona todas tus culpas, y cura todas tus dolencias; rescata tu vida del sepulcro, te corona de gracia y de misericordia» (103,3-4). De una manera aún más explícita, otro salmo testimonia los signos concretos de su misericordia: «Él Señor libera a los cautivos, abre los ojos de los ciegos y levanta al caído; el Señor protege a los extranjeros y sustenta al huérfano y a la viuda; el Señor ama a los justos y entorpece el camino de los malvados» (146,7-9). Por último, he aquí otras expresiones del salmista: «El Señor sana los corazones afligidos y les venda sus heridas. […] El Señor sostiene a los humildes y humilla a los malvados hasta el polvo» (147,3.6). Así pues, la misericordia de Dios no es una idea abstracta, sino una realidad concreta con la cual Él revela su amor, que es como el de un padre o una madre que se conmueven en lo más profundo de sus entrañas por el propio hijo. Vale la pena recordar que, como dijimos al principio de nuestra reflexión, se trata realmente de un amor “visceral” proveniente desde lo más íntimo como un sentimiento profundo, natural, hecho de ternura y compasión, de indulgencia y de perdón. Un amor que se entretiene y “pierde el tiempo en mí” que me ha llamado porque con su infinita misericordia me da nueva vida.  

Viene a mi mente, una pequeña historia que ilustra claramente lo que quiero decir con este “pierde el tiempo en mí”: «Un día un caballero de edad avanzaba iba paseando por la playa cuando vio a un chico que se dedicaba a levantar estrellas de mar de la arena, para devolverlas al agua. Al notar que había cientos —o miles— de estrellas de mar por levantar, el señor con educación sonrió mientras se acercaba al entusiasta rescatista: —Oye, muchacho —dijo con tono compasivo. —No pierdas tu tiempo. Hay demasiadas. Jamás podrás marcar una diferencia. El muchacho lo miró, sosteniendo una estrella de mar en la palma de su mano, y de repente la arrojó con fuerza de vuelta al océano: Para esta, ¡sí que marqué una diferencia! —exclamó, y luego siguió con su misión.» 

Es muy probable que en ocasiones sintamos que Dios pierde el tiempo con nosotros, que el poco o mucho esfuerzo que hacemos de nada vale. Oiremos algunas vocecillas que parecen gritar en tono burlón: “Déjalo ya. No podrás cambiar las cosas. ¿Qué diferencia habrá, después de todo?”. Cuando lleguen esas voces de duda, escuchemos a los salmistas y recordemos que no podemos hacerlo todo, pero sí podemos hacer algo. Cada estrella de mar, cuenta. 

Al recitar los salmos, resulta impresendible pensar en María, la Madre de Misericordia que nos acompaña en el camino de paz y del perdón. Decía un anciano sacerdote: «Si encontramos cerrada a cal y canto la puerta del cielo por el castigo que merecen nuestros pecados, la Virgen ayudará a sus devotos a saltar por la ventana». Y concluía con gran énfasis: «Sí, hermanos, ¡la Virgen es la ventana del cielo!» 

Sí, en la vida de todo bautizado que va en busca de la misericordia, resulta imprescindible la presencia de María, de su inmensa ternura maternal; porque el Señor, que conoce el corazón de carne que nos ha dado, nos ha dejado a su Madre para que fuese también nuestra Madre. Por eso la ha formado tan cercana, tan hermosa y tan llena de ternura. Y esta criatura excepcional que es María se ha identificado tanto con la misericordia divina que casi no podemos distinguir ambas.  

María se ha impregnado tanto de la misericordia divina que se ha “misericordializado”. No como una puerta de escape ante la justicia divina sino como una ventana para que Dios extienda sus brazos misericordiosos hacia nosotros. Es la misericordia divina que recala en su corazón y lo rebosa para regar y fecundar la aridez del corazón humano. Y así los discípulos de Jesús e hijos de María vemos su rostro tal como nos lo describe Jan Dobraczy-siski en su libro “Encuentros con la Señora” sobre el santo icono de la virgen de Czestochowa: «Esta cara no tenía la altivez del rostro de Juno, ni la soberbia del de Minerva, ni la sensualidad de Venus. Los dioses romanos tenían rasgos muy humanos, llenos de pasiones... No era así la cara de la Señora; en Ella cada cuál podía encontrar un rasgo querido, amable. Tenía algo más que bondad, algo más que una inmensa paz; un elemento que atraía a quien la miraba y hacía que se recordara siempre con nostalgia». 

CUESTIONARIO. 

·         ¿Qué ha sido en tu vida, la Divina Misericordia? 

·         ¿Hasta cuándo el Señor fue para mí un Dios desconocido? 

·         ¿Cómo entiendes la misericordia de Dios en los salmos? 

·         ¿Encuentras diferencias entre amor y misericordia de Dios? 

·         ¿En qué consisten? 

·         ¿Encuentras alguna relación entre misericordia y perdón? 

·         ¿Hay alguna característica sin la cual no hay misericordia? ¿Cuál? 

·         Entre amor y misericordia de Dios ¿Cuál de las dos la sientes más cercana a ti? 

·         ¿Cómo podemos vivir mejor la misericordia de Dios con ayuda de los salmos? 

Padre Alfredo.

sábado, 7 de junio de 2025

«LA BONDAD Y LA MISERICORDIA DEL SEÑOR»... (Tema para retiro espiritual).


«Tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida y habitaré en la casa del Señor por años sin término» (Sal 23,6). 

En la Sagrada Escritura, encontramos a los profetas, a los salmistas, a muchos otros elegidos de Dios, a Jesús y sus apóstoles y a la santísima Virgen María alabando, implorando, anunciando y adorando la Divina Misericordia, en cada momento. Leyendo, meditando y estudiando la Biblia, vemos que la misericordia de Dios, ha estado «desde siempre» para nosotros. Hace algunos años celebramos un jubileo extraordinario de la misericordia concluyendo apenas el Año de la Vida Consagrada que, como afirmó el Papa Francisco en la homilía de la Misa de la clausura de aquel festejo de los consagrados el día de la Presentación del Señor: «como un río, confluye ahora en el mar de la misericordia, en este inmenso misterio de amor que estamos experimentando con el Jubileo extraordinario». Ahora estamos celebrando un jubileo ordinario, este de 2005 centrado en la esperanza. Es precisamente la esperanza la que nos lleva a dejarnos abrazar por la misericordia de Dios porque, como dice la Carta a los Romanos «la esperanza, no defrauda» (Rm 5,5).

Queremos tener como fin de nuestro retiro, experimentar la misericordia de Dios para con nosotros llenos de esperanza, que, como bautizados, debemos ser portadores de ese don para llevarlo a toda la humanidad, portadores de esa misericordia que salva y que los salmistas exaltan de una manera maravillosa en la Sagrada Escritura. «La esperanza, —afirma el recién fallecido papa Francisco en la bula Spes non confundit con la declaraba este año santo—, efectivamente nace del amor y se funda en el amor que brota del Corazón de Jesús traspasado en la cruz: «Porque si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más ahora que estamos reconciliados, seremos salvados por su vida» (Rm 5,10). Y su vida se manifiesta en nuestra vida de fe, que empieza con el Bautismo; se desarrolla en la docilidad a la gracia de Dios y, por tanto, está animada por la esperanza, que se renueva siempre y se hace inquebrantable por la acción del Espíritu Santo.

Es hermoso pensar, en este día de retiro, que Dios está siempre dispuesto a mantener ese pacto de amor que inició en el Bautismo con cada uno de nosotros a pesar de nuestras miserias y pecados y que nunca es tarde para reestrenar su amor, porque la esperanza, además de que no defrauda, es, como lo sabemos, lo último que muere. Dios espera que nunca disminuya la confianza de sus hijos y de sus hijas consagrados a Él en el bautismo que nos ha convertido, además, en sus discípulos-misioneros. 

Al iniciar nuestra reflexión, le pedimos al Señor, la esperanza de los afligidos y la esperanza de quienes en él confían. Le pedimos que acepte y acoja nuestra condición de pecadores, que, habiendo sido llamados por él a la vida de la gracia, nos acogemos a su compasión y sobre todo a su misericordia, que es infinita. Le pedimos al Señor, que muestra su poder sobre todo en el perdón y en la misericordia, que derrame en nosotros su gracia, para que, caminando en esperanza al encuentro de sus promesas, como caminó David y los otros autores de los salmos, alcancemos los bienes que nos tiene reservados.  

¿Qué quiere decir «misericordia»? Hay dos dimensiones fundamentales en el concepto de «misericordia». El primero es el que se expresa en la palabra griega «eleos», es decir la «misericordia» como actitud de compasión hacia la miseria del prójimo, un corazón atento a las necesidades de los demás. Un corazón que se conmueve y se abaja. Pero, junto a ésta surge otra acepción, ligada a la palabra judía «rahamim», que tiene su raíz en el «regazo materno», es decir, indica el amor materno de Dios. 

¿Qué es esta misericordia? San Bernardo la explicaba diciendo que Dios no nos ama porque somos buenos o bellos, sino que lo que nos hace buenos y bellos es su amor, el amor materno de Dios. En las dos acepciones surge una idea fundamental que llena de esperanza el corazón humano, es decir, Dios está dispuesto a acogernos y a comenzar de nuevo con cada uno, independientemente de la historia, del pasado, de la experiencia de alejamiento e infidelidad. 

¿Cómo definía el Papa Francisco —hoy de feliz memoria— la Misericordia? En «Misericordiae Vultus», en el n° 2 decía: «Siempre tenemos necesidad de contemplar el misterio de la misericordia. Es fuente de alegría, de serenidad y de paz. Es condición para nuestra salvación. Misericordia: es la palabra que revela el misterio de la Santísima Trinidad. Misericordia: es el acto último y supremo con el cual Dios viene a nuestro encuentro. Misericordia: es la ley fundamental que habita en el corazón de cada persona cuando mira con ojos sinceros al hermano que encuentra en el camino de la vida. Misericordia: es la vía que une Dios y el hombre, porque abre el corazón a la esperanza de ser amados para siempre no obstante el límite de nuestro pecado». 

Los santos son expertos en la misericordia, en este amor sin límites. San Juan Pablo II relata en su biografía: «A menudo en mi vida he pedido a sor Faustina Kowalska que me haga comprender la misericordia de Dios. Y cuando visité Paray-le-Monial, me impresionaron las palabras que Jesús dijo a santa Margarita María de Alacoque: “Si crees, verás el poder de mi corazón”». Él mismo, en vida y poco antes de morir, recomendó la invocación «Jesús, en ti confío» «Es un sencillo pero profundo acto de confianza y de abandono al amor de Dios —aseguraba el santo— Constituye un punto de fuerza fundamental para el hombre, pues es capaz de transformar la vida». 

La beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento, tiene innumerables frases en las que expresa su definición de misericordia. Me basta pensar en estas frases que mucho conocemos: «Soy un pensamiento de Dios, porque desde toda la eternidad pensó en darme el ser; y ya me veía tal cual soy, con mis defectos y mis cualidades, mis promesas y mis inconstancias, mi confianza y mi amor, y con todas mis miserias... Ya sabía que le daría mucho trabajo, y ya había resuelto ejercitar en mí el más hermoso de sus atributos: su misericordia. Ya, desde toda la eternidad, había resuelto escogerme para él, y precisamente en su orden seráfica. ¡Oh, sí! Qué delicioso sentirme un pensamiento de Dios.» (EE 1941, f. 804) 

«En las inevitables pruebas y dificultades de la existencia, como en los momentos de alegría y entusiasmo, confiarse al Señor infunde paz en el ánimo, induce a reconocer el primado de la iniciativa divina y abre el espíritu a la humildad y a la verdad», afirmaba San Juan Pablo II, quien también decía: «En el corazón de Cristo encuentra paz quien está angustiado por las penas de la existencia; encuentra alivio quien se ve afligido por el sufrimiento y la enfermedad; siente alegría quien se ve oprimido por la incertidumbre y la angustia, porque el corazón de Cristo es abismo de consuelo y de amor para quien recurre a El con confianza». 

Por su parte, San Pablo llama a Dios «Padre de las misericordias» (2 Cor 1, 1-7) y eso es algo que podemos ver desde el Antiguo Testamento. En algunos de los salmos, vemos su infinita compasión por los hombres, algunos de los salmistas, entonando esas hermosas alabanzas, manifiestan saberse entrañablemente amados por Él. En muchas frases de los salmos, Dios insiste constantemente en esta verdad: Dios es infinitamente misericordioso y se compadece de los hombres, de modo particular de aquellos que sufren la miseria más profunda, el pecado. En una gran variedad de términos e imágenes —para que los hombres lo aprendamos bien—, la Sagrada Escritura nos enseña que la misericordia de Dios es eterna, es decir, sin límites en el tiempo, como dice el Salmo 100: «Porque es eterna su misericordia»; es inmensa, sin limitación de lugar ni espacio; es universal, pues no se reduce a un pueblo o a una raza, y es tan extensa y amplia como lo son las necesidades del hombre. 

La misericordia supone haber cumplido previamente con la justicia, y va más allá de lo que exige esta virtud. «La misericordia es en realidad el núcleo central del mensaje evangélico, es el nombre mismo de Dios, el rostro con el que Él se ha revelado en la antigua Alianza y plenamente en Jesucristo, encarnación del Amor creador y redentor», afirmaba el papa Benedicto XVI. 

Cada vez que recitamos los salmos, en la recitación de la Liturgia de las Horas, en el salmo responsorial de Misa y especialmente aquellos que hacen mención de la misericordia infinita de Dios, advertimos la necesidad de detenernos, de levantar los ojos al cielo, y acordarnos de que no somos los amos del mundo y de la vida. Tenemos que contemplar el cielo, las montañas, el mar; sentir la fuerza del viento, la voz de las grandes aguas como aquellos hombres que se dejaban inundar por el amor de Dios.

Cómo le gustaba a la beata María Inés Teresa sentirse pequeña —como en realidad somos— en el gran universo que Dios ha creado y sigue creando y vivificando en cada instante rodeándonos de su misericordia, como canta el salmista cuando dice: «al que espera en el Señor, le rodea la misericordia» (Sal 32,10). Tenemos que aprender a clamar a Dios como lo hace el salmista a Dios en el Salmo 5: «Escucha, oh Señor, mis palabras; Considera mi gemir, estate atento a la voz de mi clamor, Rey mío y Dios mío, Porque a ti oraré. Oh Yahvé, de mañana oirás mi voz; de mañana me presentaré delante de ti, y esperaré». Los salmistas son un ejemplo de pecadores que supieron agradar a Dios por medio de su arrepentimiento y su dependencia de Dios. 

Vivimos cada vez más en medio de cosas artificiales hechas por nosotros, y eso cambia lentamente nuestra percepción de la realidad y de nosotros mismos. Sin darnos cuenta, nos olvidamos de dónde estamos y de quiénes somos; perdemos el sentido de nuestra verdadera dimensión: a veces nos sentimos omnipotentes, mientras no lo somos; a veces nos sentimos impotentes, mientras no lo somos. Como el profeta Amós nos recuerda, somos como una brizna de hierba, es cierto, pero nuestro corazón es capaz de infinito. Somos, como dice la beata María Inés, «la nada pecadora». Es cierto, pero podemos preguntarnos al recitar los salmos «¿por qué?», y sentir dentro de nosotros un vínculo misterioso, a veces doloroso, con Aquel que creó el mundo, el sol, la luna, las estrellas. «La misericordia del Señor —como dice el salmista— llega hasta el cielo, su fidelidad hasta las nubes» (Sal. 36, 6). 

De todas las criaturas —que, a su manera, son más humildes y obedientes al Creador que nosotros— los seres humanos somos los únicos que reconocemos , y a veces sentimos, que esta omnipotencia de Dios, esta incomprensible magnitud, es solamente amor y amor misericordioso, tierno, compasivo, como el de una madre por sus hijos, pequeños y frágiles. Somos los únicos en darnos cuenta de que toda la creación gime y sufre como si tuviera dolores de parto. Y nos damos cuenta, como dice el salmista, que «los ojos del Señor están fijos sobre sus fieles, sobre los que esperan en su misericordia» (Sal. 33, 18). 

El siglo XX que hemos dejado a nuestras espaldas, fue en muchos aspectos una centuria terrible; y el siglo XXI, que con el atentado terrorista del 11 de septiembre de 2001 contra el World Trade Center de Nueva York se inició con un golpe de timbal de augurios nada buenos, no promete hasta el momento ser mejor. El siglo XX conoció dos brutales sistemas totalitarios, dos guerras mundiales —de las cuales solo la segunda causó entre cincuenta y setenta millones de muertos—, genocidios y asesinatos en masa de millones y millones de personas, campos de concentración y muchos horrores más. El siglo XXI ha comenzado marcado por la amenaza de un terrorismo despiadado, injusticias que claman al cielo, niños víctimas de abusos y condenados al hambre y la inanición, millones y millones de desplazados y refugiados, crecientes persecuciones de cristianos; a ello se suman devastadoras catástrofes naturales en forma de terremotos, erupciones volcánicas, tsunamis, inundaciones, sequías, etc. Todo ello y muchos hechos más son «signos de los tiempos».  

A la vista de esta situación, a muchos de nuestros contemporáneos —incluso familiares y amigos cercanos— les resulta difícil hablar de un Dios omnipotente y al mismo tiempo justo y misericordioso porque han perdido la esperanza. ¿Dónde estaba y dónde está cuando todo esto ocurría y ocurre? ¿Por qué lo permite, por qué no interviene? Todo este sufrimiento injusto, preguntan algunos, ¿no representa el argumento más serio en contra de un Dios omnipotente y misericordioso? 

De hecho, el sufrimiento de los inocentes se convirtió durante la Modernidad en la roca del ateísmo (Georg Büchner); la única disculpa para Dios, llegó a afirmarse, es que no existe (Stendhal). Dada la verdaderamente diabólica irrupción del mal, en ocasiones se prolonga la pregunta de este modo: ¿no habría que negar a Dios para mayor gloria de Dios (Odo Marquard)? 

El sufrimiento en el mundo es probablemente el argumento de mayor peso del ateísmo moderno que nos rodea y que impregna muchos ambientes de desesperanza. A él se añaden otras cuestiones que han tenido su repercusión. Han ocasionado que en la actualidad, para muchos, según piensan, Dios no exista; al menos, numerosas personas viven como si Dios no existiera. La mayoría de ellas parecen incluso poder vivir muy bien sin él, al menos no peor que la mayoría de los cristianos. Esto ha transformado la índole de la pregunta por Dios. Pues si Dios no existe o se ha tornado irrelevante para muchos, entonces protestar contra él no tiene ya sentido. Las preguntas: «¿Por qué todo este sufrimiento?» y «¿Por qué tengo que sufrir yo?», llevan más bien a enmudecer, hacen que la gente se quede sin palabras.  

De ahí que no solo cristianos creyentes, sino también muchas personas reflexivas y despiertas con otras convicciones reconozcan que el mensaje de la muerte de Dios, muy al contrario de lo que esperaba Nietzsche, no conlleva la liberación del ser humano. Allí donde la fe en el Dios misericordioso se volatiliza, allí quedan un vacío y un frío atroces. Sin Dios estamos por completo —y además sin salida— a merced de los destinos y azares del mundo y de las tribulaciones de la historia. Sin Dios no hay ya instancia alguna a la que apelar, no existe ya esperanza alguna en un sentido último y una justicia definitiva. ¡Qué sabios eran los salmistas, al reconocer, aún en medio de las guerras, de las divisiones, de los atropellos y abusos, de las catástrofes naturales, del vacío y del pecado, la infinita misericordia de Dios! Al leer y recitar muchos de los salmos, podemos percibir que la dignidad absoluta del ser humano únicamente es posible si existe Dios y si este es el Dios de la Misericordia y de la gracia.

San Juan Pablo II nos legó la profecía de que este es el tiempo de la misericordia. Él fue quien dedicó a la Divina Misericordia el segundo domingo de Pascua, y murió en la víspera de ese domingo.  

El Papa Francisco, en su Bula Misericordiae Vultus, en el número 12 expresaba: «La Iglesia tiene la misión de anunciar la misericordia de Dios... En nuestro tiempo, en el que la Iglesia está comprometida en la nueva evangelización, el tema de la misericordia exige ser propuesto una vez más con nuevo entusiasmo y con una renovada acción pastoral. Es determinante para la Iglesia y para la credibilidad de su anuncio que ella viva y testimonie en primera persona la misericordia. Su lenguaje y sus gestos deben transmitir misericordia para penetrar en el corazón de las personas y motivarlas a reencontrar el camino de vuelta al Padre.» Por eso, en esta reflexión que nos incumbe, le suplicamos con el salmista: «Vuélvete, Señor, rescata mi vida, sálvame por tu misericordia» (Sal. 6, 5). 

Cuando vemos el uso de la palabra «misericordia» en los salmos, debemos estar claros, para no confundir los sentimientos y entender que ser misericordioso no consiste en tener un corazón compasivo sin pasar a la práctica, tampoco en realizar alguna obra de misericordia de vez en cuando sin enfrentarnos a las causas concretas del sufrimiento y de las injusticias; si lo hiciésemos así, estaríamos en una actitud paternalista y sobreprotectora que, los autores de los salmos, no confunden. Dice el salmista: «A ti, Señor, la misericordia. Porque tú retribuyes a cada uno según sus acciones» (Sal. 66, 20). 

Para ser misericordiosos, es necesario primero, interiorizar el sufrimiento ajeno, es decir, dejar entrar en mis entrañas y en mi corazón el sufrimiento del otro y la esperanza que tiene de salir de él para hacerlo mío. Es algo que me duele a mí. En segundo lugar ese sentimiento ya hecho mío, provoca en mí una reacción que me lleva a ser activo y comprometido, me lleva a actuaciones concretas orientadas a aliviar y quitar ese sufrimiento. Soy uno con los otros, su dolor es el mío, su sufrimiento es el mío, sus esperanzas son las mías y suplico al Señor no solo pensando en mí, sino sabiéndome parte de una humanidad que —utilizando una de las palabras que el Papa Francisco inventó— se sabe «misericordeada» por Dios y le dice con el salmista lleno de esperanza: «¡Manifiéstanos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación!» (Sal. 85, 8). 

Vivir la misericordia es lo primero y principal de todo bautizado A lo largo de la vida tendremos que hacer muchas cosas, muchas oraciones y celebraciones, muchas fiestas por nuestra fe... pero la misericordia debe ser el eje transversal de la vida de todo bautizado: debemos dejarnos amar por Dios, sentir su misericordia en todos los momentos de nuestra existencia como hijos de Dios y la misericordia hacia los demás ha de configurar nuestra manera de vivir, de mirar a las personas y al mundo desde nuestro vivir según la vocación específica que hayamos adoptado. Nuestra manera de vivir la vida en el seguimiento de Cristo, al estilo de Madre Inés, si formamos parte de la Familia Inesiana, por ejemplo, ha de pasar por practicar la misericordia o no seremos Inesianos. Digamos con el salmista: «¡Qué bueno es el Señor! Su misericordia permanece para siempre, y su fidelidad por todas las generaciones.» (Sal. 100, 5). 

María santísima recapitula en el magníficat la entera historia de la salvación describiéndola como una historia de la compasión divina. «Su misericordia —la de Dios— con sus fieles, continúa de generación en generación» (Lc 1,50). Ella «goza del favor de Dios» (Lc 1,30). Esto quiere decir: por sí misma no es nada en absoluto, todo lo que es se lo debe a la infinita misericordia del Señor. Ella no es más que la «sierva del Señor» (Lc 1,38). La gloria no le pertenece a ella, sino en exclusiva a Dios, para quien nada hay imposible (cf. Lc 1,37s). De ahí que María cante: «Proclama mi alma grandeza del Señor, mi espíritu festeja a Dios mi salvador... Porque el Poderoso ha hecho proezas, su nombre es santo». Ella es por completo recipiente y nada más que humilde instrumento de compasión divina. 

Al final del cuarto Evangelio, María, que figura al comienzo de la historia neotestamentaria de la salvación, asume una importante posición en su punto culminante. Pues Jesús, desde la cruz, confía a Juan a María como madre y, a la inversa, confía a María a su discípulo Juan como hijo (cf. Jn 19,26s). Esta escena está llena de profundo significado. Juan es el discípulo al que ama Jesús (cf. Jn 19,26); en este Evangelio es tenido por arquetipo del discípulo. Esto significa que Jesús, en Juan, le confía a María todos los discípulos como hijos y, a la inversa, a todos ellos les confía a María como madre. Estas palabras de Jesús pueden ser entendidas como su testamento, como su última voluntad; con ello dice algo que es vinculante y decisivo para el futuro de la Iglesia: Hay que recurrir a María, Madre de Misericordia que nos dirá siempre:  «Hagan lo que Él les diga» (Jn 2,5). 

Vamos rezando con el salmo 136:   

ETERNA ES SU MISERICORDIA 

Dad gracias al Señor porque es bueno: porque es eterna su misericordia.  

Dad gracias al Dios de los dioses: porque es eterna su misericordia.  

Dad gracias al Señor de los señores: porque es eterna su misericordia.  

Sólo él hizo grandes maravillas: porque es eterna su misericordia.  

Él hizo sabiamente los cielos: porque es eterna su misericordia.  

Él afianzó sobre las aguas la tierra: porque es eterna su misericordia.  

Él hizo lumbreras gigantes: porque es eterna su misericordia.  

El sol que gobierna el día: porque es eterna su misericordia.  

La luna que gobierna la noche: porque es eterna su misericordia. 

Dad gracias al Dios del cielo: Porque es eterna su misericordia. 

Para terminar este encuentro, dejémonos cuestionar por estas preguntas: 


• Hasta ahora ¿qué tan importante ha sido la vivencia de la misericordia en mi vida? 

• ¿Soy misericordioso en la práctica o me quedo con un corazón compasivo? 

• Según los textos bíblicos de los salmos y según los comentarios expuestos, ¿cuál o qué es el núcleo de mi vida en el seguimiento de Cristo? 

Padre Alfredo.

 

viernes, 22 de abril de 2022

III Encuentro Mundial de los Misioneros de la Misericordia en Roma...

Roma será sede del III Encuentro Mundial de los Misioneros de la Misericordia desde mañana 23 hasta el 25 de abril de este año de 2022. Nuestro encuentro tiene por lema: «El Misionero de la Misericordia: signo de acogida» y se prevé que asistamos más de 400 Misioneros de todo el mundo para participar en las diferentes iniciativas organizadas por el Consejo Pontificio para la Promoción de la Nueva Evangelización, entre ellas, la Misa del Domingo de la Divina Misericordia y la Audiencia especial con el Papa Francisco.

Este evento, organizado por el Consejo Pontificio para la Promoción de la Nueva Evangelización, estaba previsto inicialmente para la primavera del año 2020, pero debido a las medidas para contener la pandemia del Covid-19 no fue posible realizarlo. Ahora, este Dicasterio Vaticano encargado de gestionar y animar las actividades de los que somos Misioneros de la Misericordia, puso en marcha esta iniciativa en cuanto le fue posible.

Los Misioneros de la Misericordia somos sacerdotes que prestamos un servicio importante a la Iglesia, especialmente como ministros del Sacramento de la Reconciliación en casos especiales e incluso en los lugares donde la presencia de católicos es más limitada, pues algunos de nosotros recorren muchos kilómetros para llegar a las distintas comunidades. De hecho, los participantes procedemos de una gran variedad de países, como Argentina, Brasil, Colombia, Costa Rica, México, Venezuela, Líbano, Filipinas, India y Vietnam. También hay una presencia importante de África: Nigeria, Mali, Malawi, Kenia, Costa de Marfil, Ghana, Guinea y Camerún. En particular, hay algunos sacerdotes de Ucrania, para los que se obtuvo un visado especial para salir del país. Estos sacerdotes proceden de las regiones del oeste de Ucrania: la provincia de Chmel'nyc'kyj, la provincia de Chernivci, la región de Ternopil y Hnizdychiv en la provincia de Lviv. Un gran número de participantes vienen de Estados Unidos y de diversos países de Europa.

El Papa Francisco ha dicho que «ser misionero de la misericordia es una responsabilidad que nos confía porque se nos pide ser en primera persona testimonio de la cercanía de Dios y de su modo de amar». Los Misioneros de la Misericordia tenemos como misión perdonar algunos pecados reservados a la Sede Apostólica. Esto es que además de poder perdonar el pecado del aborto, los Misioneros de la Misericordia podemos absolver los pecados de profanación de las especies —hostias y vino consagrado— de la Eucaristía robándolas o guardándolas para algún propósito sacrílego, el uso de la fuerza física contra el Romano Pontífice, la absolución de un cómplice en un pecado contra el sexto mandamiento —por ejemplo si un sacerdote tiene relaciones sexuales con una mujer o con otro hombre, luego lo confiesa y lo absuelve de ese pecado— y la violación del secreto de confesión.

Los Misioneros de la Misericordia estamos llamados a ser «artífices de un encuentro cargado de humanidad, predicadores convincentes de la misericordia, anunciadores de la alegría del perdón, confesores accesibles, amables y compasivos». Cada uno los Misioneros de la Misericordia hemos sido nombrados de forma exclusiva por el Papa y cada uno hemos recibido, por separado, «la facultad para perdonar los pecados reservados». 

El Encuentro de estos días, después de la bienvenida de Monseñor Rino Fisichella, Presidente del Dicasterio, incluirá una mañana de «talleres», en los que los Misioneros, según su lengua, podremos encontrarnos y compartir experiencias y prácticas pastorales desarrolladas durante la pandemia. Entre otras actividades, los Misioneros de la Misericordia participaremos en la Concelebración Eucarística del Domingo de la Divina Misericordia, presidida por el Santo Padre, el 24 de abril a las 10:00 horas, en San Pedro, y tendremos una audiencia con el Papa el lunes 25.

Entre los ponentes de las diversas conferencias que se ofrecerán durante los días del Encuentro destacan: el Cardenal Raniero Cantalamessa, Predicador de la Casa Pontificia y el Padre Damián Guillermo Astigueta, Profesor Titular de la Facultad de Derecho Canónico de la Pontificia Universidad Gregoriana.

Padre Alfredo.

* LA FOTOGRAFÍA QUE AQUÍ APARECE ES DEL ENCUENTRO DEL AÑO 2018.

sábado, 6 de junio de 2020

«EL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS Y LA DIVINA MISERICORDIA»... Un tema de retiro

Inspirados en las palabras que nuestro Señor Jesucristo, señalando con el dedo su Corazón le dijo a Santa Margarita María de Alacoque: «Mira este Corazón que tanto ha amado a los hombres y a cambio no recibe de ellos más que ultrajes y desprecio. Tú, al menos, ámame», iniciamos esta reflexión para estar con Él y así conocerlo, amarlo y servirlo más y mejor. Quisiera que nuestra reflexión fuera un tiempo de encuentro con Dios principalmente en la oración y en el silencio para dejar que Él nos hable de Corazón a corazón. El Papa Francisco, en una sus homilías, nos da la pauta para comenzar nuestra meditación. Él afirma: «Jesús no vino a conquistar a los hombres como los reyes y los poderosos de este mundo, sino que vino a ofrecer amor con mansedumbre y humildad. Así se definió a sí mismo: “Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón” (Mt 11, 29)... descubramos cada vez más y que nos envuelva la fidelidad humilde y la mansedumbre del amor de Cristo, revelación de la misericordia del Padre. Podemos experimentar y gustar la ternura de este amor en cada estación de la vida: en el tiempo de la alegría y en el de la tristeza, en el tiempo de la salud y en el de la enfermedad y la dificultad.» (Papa Francisco, Cf Homilía 27 de junio de 2014).

La devoción al Corazón de Jesús ha existido desde los primeros tiempos de la Iglesia, desde que se meditaba en el costado y el Corazón abierto de Jesús, de donde salió sangre y agua. La piedad popular valoriza mucho los símbolos, y el Corazón de Jesús es el símbolo por excelencia de la misericordia de Dios; pero no es un símbolo imaginario, es un símbolo real, que representa el centro, la fuente de la que ha brotado la salvación para la humanidad.

De ese Corazón nació la Iglesia y por ese Corazón se abrieron las puertas del Cielo. Para los miembros de la Familia Inesiana, esta devoción es vital, pues somos hijos de un corazón que depositó toda su confianza en el Sagrado Corazón de Jesús. Para la beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento, el amor y la devoción al Sagrado Corazón es algo vital en la vida. En una de sus cartas apunta: «No olviden hijos que, el Sagrado Corazón de Jesús ha sido para nuestra familia misionera ayuda, sostén, amor, fidelidad, amparo, etc. Sigamos confiando en él, sobre todas las cosas.» (Carta a las hermanas de Africa, Roma, abril 30 de 1973). Leyendo muchos de los escritos de la beata, se percibe que todo en ella gira entorno al amor de Cristo, o sea, de su Corazón. Ella vivía «de corazón a corazón» en los intereses de Cristo para amarle y hacerle amar y le decía: «Déjame vivir y morir en tu amante Corazón» (Lira del Corazón). De hecho su jaculatoria preferida era «Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío».

El corazón de nuestro Redentor, simboliza y expresa su amor misericordioso hacia toda la humanidad, porque significa la caridad sobrenatural y recíproca, que difunde, por medio de su Espíritu, en nuestros corazones. Pero esta caridad recíproca está polarizada por el ejercicio del primer mandamiento. Amamos a los hombres por amor del hombre Jesús, el Hijo de Dios. El segundo mandamiento está finalizado totalmente por el primero, que es mayor (cf. Mt 22, 38). Y este primer mandamiento se refiere inseparablemente al amor debido al Hijo y al Padre, que son uno (Jn 10, 30) en el Espíritu. El que me ama, dice Jesús, ama al Padre (cf. Jn 14, 9). Y así, el mismo Cristo quiere que amemos a los hombres por amor suyo y del Padre (cf. Jn 8, 42; 14, 21). Jesús se presenta a sí mismo como el modelo de este triple amor. Nadie nunca amó a su prójimo como él lo ha hecho. Del Sagrado Corazón de Jesús, brota su amor misericordioso por el género humano, que se transforma en Divina Misericordia al contacto con sus miserias, pobrezas, carencias y necesidades, para remediarlas y darle la salvación.

La imagen del Sagrado Corazón, nos recuerda fundamentalmente el amor de Jesucristo hacia los hombres, el amor del Verbo encarnado hacia los hijos de Dios, a pesar de nuestra pequeñez: «porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3,16). La beata María Inés Teresa, en sus escritos anota: «¡Cuán miserable es este pequeño corazón mío! No obstante, así lo ama Nuestro Señor... el Corazón de Jesús se desborda» (Experiencias Espirituales).

El Corazón de Jesús se presenta, así, como una parte viva de su divino Cuerpo y como símbolo de ese Amor, pues tradicionalmente se ha identificado el órgano del corazón como el lugar donde reside el sentimiento del amor: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu fuerza» (Dt 6,5).

Cuando hablamos del Sagrado Corazón de Jesús, hablamos de un corazón de carne, que nos recuerda que Dios se hizo hombre y que vivió entre nosotros como uno de tantos: «Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos» (Flp 2,6-7). Por esta razón, habitualmente, ese corazón aparece herido, para recordarnos que Jesús, no sólo nos amó, sino que también sufrió y murió por nosotros: «Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz» (Flp 2,7-8).

En los Evangelios encontramos diversas referencias al Corazón de Jesús. En el Evangelio de San Mateo, Cristo dice: «Venid a mí todos los que están afligidos y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad mi yugo y aprended de mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontraréis vuestro alivio».

En el Evangelio de San Juan, encontramos la imagen del costado abierto de Cristo en la cruz, del que mana sangre y agua, al ser traspasado por la lanza del soldado: «Pero al llegar a Jesús, como lo vieron ya muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados le atravesó el costado con una lanza y al instante salió sangre y agua» (Jn 19,33-34) —sangre y agua, los dos rayos que caracterizan la imagen de la Divina Misericordia, uno rojo y otro blanco—. Así, pues, junto con la Cruz, el Corazón de Jesús constituye uno de los principales emblemas del don más precioso que Dios ha concedido a los hombres: su infinita misericordia. San Juan testimonia de hecho aquello que vio en el Calvario, o sea que un soldado, cuando Jesús ya estaba muerto, le atravesó el costado con la lanza, y enseguida brotó sangre y agua y reconoció en aquel signo, aparentemente casual, el cumplimiento de las profecías: del corazón de Jesús, Cordero inmolado sobre la cruz, brota la misericordia y la vida para todos los hombres.

La palabra misericordia, tiene su origen en dos palabras del latín: «miserere», que significa tener compasión, y «cor», que significa corazón. Ser misericordioso es tener un corazón compasivo. La misericordia, junto con el gozo y la paz, son efectos del amor. Y por eso al contemplar el Sagrado Corazón de Jesús pensamos inmediatamente en su infinita misericordia. Dice la beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento: «Eternamente cantaré las misericordias del Señor para conmigo, pues me ha colmado de ellas, con ellas me ha precedido desde antes de venir a este mundo, y durante mi vida me has seguido a todas partes, haciéndomelas sentir en un día memorable, exquisitamente tiernas, inmensamente grandes, desbordantes de amor…» (Misericordias Domini in aternum cantabo).

De esta manera, podemos ver con claridad que el Sagrado Corazón de Jesús es la fuente de la Divina Misericordia y, por tanto, las devociones al Sagrado Corazón de Jesús y a la Divina Misericordia son absolutamente inseparables, pues comparten un mismo centro: el amor y la misericordia insondables del Corazón de Cristo. Por eso muchos santos y beatos han experimentado ese amor y misericordia del Corazón de Jesús y, además, recibido la gracia y la misión de ser canales vivos de ese amor y de esa misericordia.

Del Corazón de Jesús fluye un Amor Misericordioso. Así, santa Faustina Kowalska dirá: «Oh, Jesús, es a través de tu Corazón Compasivo, como a través de un cristal, que los rayos de la Divina Misericordia llegan a nosotros» (Diario # 1533), mientras que santa Margarita, refiriéndose a una de sus apariciones dirá: «Se hallaba expuesto el Santísimo Sacramento, Jesucristo, mi Amado, se presentó delante de mí todo resplandeciente y transparente como el cristal. Con sus cinco llagas brillantes, como cinco soles, y despidiendo rayos de luz de todas partes, pero, sobre todo, de su adorable pecho, que parecía un horno encendido; y, habiéndose abierto, me descubrió su amante y amable Corazón».

En sus revelaciones, el Sagrado Corazón de Jesús manifiesta que es menester revelar su Corazón cuando el mundo se enfría en el amor y que es como un último remedio. Así le dirá a santa Margarita que la revelación de su Corazón es como un último esfuerzo de su amor en estos últimos siglos, para calentar a un mundo frío e intentar salvar las almas que se pierden, y, también, como una fuente abundante de bendiciones y un medio seguro de calmar la justicia divina y de alcanzar misericordia de Dios. A santa Faustina le dirá: «Deseo que mi Misericordia sea conocida y venerada; le doy a la humanidad la última tabla de salvación, es decir, el refugio en Mi Misericordia» (Diario n° 998).

En su encíclica sobre el Sagrado Corazón «Haurietis Aquas» (Beberéis aguas) el venerable Papa Pío XII nos recuerda que del Corazón de Jesús fluyen grandes corrientes de agua y salvación, y constata con pesar: «Cuántos hermanos sedientos, en busca de agua, van a las fuentes falsas: “han cambiado el agua cristalina de la fuente, por los charcos sucios” (Jeremias 2,13)». El profeta Zacarías, ciertamente nos recuerda que sólo existe una fuente abierta de salvación: «Aquel día habrá una fuente abierta para la casa de David y para los habitantes de Jerusalén, para lavar el pecado y la impureza. Aquel día extirparé de esta tierra los nombres de los ídolos y el espíritu de impureza los quitaré de esta tierra» (Zacarias 13,1-2). Y esa fuente abierta de salvación es el Corazón Traspasado de Cristo Jesús, de donde brotan sangre y agua, para nuestra liberación del pecado y la purificación de todas nuestras inmundicias.

La misericordia de Jesús, como podemos ver, no es solo un sentimiento de su corazón, porque como decía Benedicto XVI en su encíclica «Deus Caritas est» «Los sentimientos van y vienen. La sensación puede ser una maravillosa chispa inicial, pero no es la totalidad del amor». La miserocrdia de Jesús es más, es una fuerza que brota de su Sagrado Corazón y da vida, ¡vida que resucita al hombre! Nos lo dice el Evangelio de San Lucas, en el episodio de la viuda de Naím (Lc 7,11-15): Jesús acompañado de sus discípulos está llegando justamente a esa ciudad, un pueblo de Galilea, en el momento en el que llevaban a enterrar al hijo único de una mujer viuda.

La mirada de Jesús se fijó inmediatamente en la mujer que lloraba desconsolada. Dice san Lucas: «Al verla, el Señor se conmovió». Esta «compasión» es el amor de Dios por el hombre, es la misericordia, o sea la actitud del Sagrado Corazón de Jesús en contacto con la miseria humana, con nuestra indigencia, con nuestro sufrimiento, con nuestra angustia.

El término bíblico «compasión» evoca las entrañas maternas: de hecho, la madre experimenta una reacción exclusivamente suya frente al dolor de los hijos. Y ¿cuál es el fruto de este amor? ¡Es la vida! Jesús dice a la viuda: «¡No llores!», luego llamó al muchacho muerto y lo despertó como de un sueño.

Movidos por el Espíritu Santo dirijamos nuestra mirada hacia el Sagrado Corazón de Jesús bajo su aspecto de Misericordia, y recordemos siempre que la devoción a la Divina Misericordia fluye del Sagrado Corazón. Cuando miramos fijamente al Sagrado Corazón de Jesús, aparece ante nuestros ojos María, la Madre de Jesús y Madre nuestra, señalándonos su Inmaculado Corazón. Un corazón que arde de amor divino y que es modelo del nuestro, un corazón que rodeado de rosas blancas nos muestra su pureza total y que atravesado por una espada nos invita a vivir el sendero del dolor y de la alegría que brota de este amante Corazón de Jesús.

Padre Alfredo.

jueves, 13 de febrero de 2020

«Oración para obtener la Divina Misericordia»... Oraciones de mi padre V.

¡Oh Dios de gran misericordia!
bondad infinita, hoy toda la humanidad clama,
desde el abismo de su miseria, a tu misericordia,
 a tu compasión, ¡oh Dios!,
y grita con la potente voz de la miseria:
¡Dios indulgente, 
no rechaces la oración de los desterrados de esta tierra!

¡Oh, Señor, bondad inconcebible!,
que conoces perfectamente nuestra miseria 
y sabes que por nuestras propias fuerzas
no podemos ascender hasta Ti.
Te imploramos nos anticipes tu gracia
y que multipliques incesantemente 
tu misericordia en nosotros,
para que cumplamos fielmente
tu santa voluntad
a lo largo de nuestras vidas
y a la hora de la muerte.

Que la omnipotencia de tu misericordia
nos proteja de las flechas de los enemigos
de nuestra salvación,
para que con confianza, como tus hijos,
esperemos tu última venida,
ese día que sólo Tú conoces.
Y, a pesar de toda nuestra miseria,
esperamos recibir todo lo que Jesús nos ha prometido,
porque Jesús es nuestra esperanza:
a través de tu corazón misericordioso,
como a través de una puerta abierta,
entramos en el cielo.

¡Oh, misericordioso Jesús! Tu bondad es infinita 
y los tesoros de tu gracia inagotables.
Yo confío eternamente en tu misericordia.
Y me consagro eternamente a Ti
para vivir bajo los rayos de tu gracia y amor
que botaron de tu Santísimo Corazón en la cruz.
Yo deseo propagar tu misericordia
por medio de las obras espirituales 
y corporales de misericordia,
especialmente convirtiendo a los pecadores,
consolando a los pobres, afligidos
y enfermos ayudándolos.

Pero Tú me vas a proteger
como tu propiedad y tu gloria,
pues yo temo todo de mi debilidad
y espero todo de tu gran misericordia.
Que toda la humanidad conozca
el abismo incomprensible de tu gran misericordia,
y ponga toda la esperanza en ella
y la alabe por toda la eternidad. Amén.

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sábado, 3 de agosto de 2019

«Que te alaben, Señor, todos los pueblos»... Un pequeño pensamiento para hoy

La súplica, la alabanza, el deseo de glorificar a Dios por parte de quien ha saboreado el haberle conocido, la gratitud por los beneficios recibidos y el anhelo de permanecer en la bendición del Señor, son movimientos espirituales que brotan espontáneamente del corazón y cristalizan en la oración. Hoy el autor del salmo 66 [67] nos da muestra de ello con una oración armónica que ha compuesto por inspiración del mismo Dios. El autor sagrado se remite a Dios con humildad tomando como base el texto de la antigua bendición sacerdotal (Num 6,23-27) y pidiéndola al Señor como una gracia. Él, agradecido por los beneficios que Dios le ha concedido, no piensa solamente en él, sino que contempla que la bendición vivificante dada de lo alto y la luminosa complacencia de Yahvé, se posa sobre todos y nos deja un salmo que es comprensible para todos los pueblos. Mirando a Israel, todo orante agradecido podrá conocer la bondad de Dios, que da a conocer a todos el camino de la salvación. 

El Salmista sabe que por su infinita misericordia y compasión, el Señor cuida de todos. de Dios. En este salmo, el autor piensa en todos, suplica y agradece no solamente en su nombre sino en nombre de los mejores santos y los peores pecadores que pueden unirse con él en este cántico. Desde esa misericordia de Dios él expresa su deseo de ser bendecido y con él todo el pueblo seguro de que el amor de Dios hacia nosotros es así de grande. El que el rostro glorioso y alegre de Dios resplandezca sobre el hombre es el regalo más grande que uno pudiera tener. El saber que mientras Dios nos ve, está complacido y no debido a lo que somos, o lo que hemos hecho, sino por lo que somos: sus hijos. El salmista se sitúa en esta condición de hijo pero se sabe también hermano de todos, por eso exclama: «Que conozca la tierra tu bondad y los pueblos tu obra salvadora». Él quiere que todos lleguen a gozar de lo que él ya disfruta: vivir en la presencia de Dios cada día agradeciendo su bendición y con ello todos los beneficios que vienen de lo alto. El salmista tiene un panorama hermoso en mente. No solamente piensa en Jerusalén, no sólo en Judea, no solo todo Israel, no únicamente todo el Medio Oriente, no solamente todo el mundo Mediterráneo, no solamente su continente o hemisferio, sino en toda la tierra. Dios quiere que tengamos el mismo sentir y la misma visión. Su misericordia y su bendición son para toda la tierra. 

Pero el salmista espera también, que ese amor de Dios sea correspondido: «Las naciones con júbilo te canten... Que nos bendiga Dios y que le rinda honor el mundo entero». Pero el hombre es egoísta, se encierra muchas veces en sí mismo y no ve más allá, se enreda en sí mismo, en su soberbia, en sus vanidades, en su pecado... como Herodes, de quien hoy nos habla el Evangelio, un hombre débil, libertino y bastante más que se deja llevar por los criterios del mundo y termina hasta mandando decapitar a Juan el Bautista para cumplir un capricho de Herodías quien, también envuelta por la mundanidad que a todos puede torcer el corazón, le aconseja a su hija que pida en una charola la cabeza de Juan (Mt 14,1-12). ¡Qué poca visión se tiene si se deja al pecado adueñarse de la mente y del corazón! ¡Qué diferencia abismal entre Juan el Bautista y Herodes y los suyos! Juan tomó el camino certero del que habla el salmista. Quien se decida por anunciar el Evangelio como testigo del mismo, trabajando para que, conforme al designio salvador de Dios, llegue a todos la misericordia y la bendición, encontrará grandes dificultades, que tendrá que padecer por el mismo Evangelio. Teniendo a Dios de nuestra parte, como el autor del salmo responsorial de hoy, podemos estar seguros, como seguramente lo estuvo Juan el Bautista, de que es nuestra la herencia que el Señor ha prometido a los que le aman y le hacen amar del mundo entero. Hoy que es sábado, roguémosle al Señor, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, que nos conceda la gracia de ser fieles y valientes en el testimonio de la Palabra, proclamada y vivida por nosotros, y que Él nos ha confiado para hacerla llegar como único camino de salvación a toda la humanidad. ¡Bendecido sábado! 

Padre Alfredo.

martes, 30 de julio de 2019

«El Señor es compasivo y misericordioso»... Un pequeño pensamiento para hoy


El salmo 102 [103] es un salmo que condensa todas las vibraciones de la ternura humana, y las transfiere a los espacios divinos. De una manera muy especial, el autor sagrado, conmovido por la benevolencia divina y levantando en alto el estandarte de la gratitud exclama: «El Señor es compasivo y misericordioso, lento para enojarse y generoso para perdonar». Ciertamente que no hay otra palabra que mejor defina a Dios que esta: «misericordia»; ella expresa admirablemente los rasgos fundamentales del rostro divino. Es, además, hija predilecta del amor y hermana de la sabiduría; nace y vive entre el perdón y la ternura. Estas dos palabras que utiliza el salmista, entrañablemente emparentadas —compasión y misericordia— sintetizan la riqueza viviente de este salmo de sabor muy evangélico. El autor del salmo, se mete en las entrañas mismas de Dios, esto es, de la misericordia divina, y, después de desmenuzar todos los tejidos constitutivos, va sacando a la luz los mecanismos e impulsos que mueven el corazón de Dios: «Como un padre es compasivo con sus hijos, así es de grande su misericordia. 

Así como un padre es compasivo con sus hijos, así es compasivo el Señor con quien lo ama, pues bien sabe él de lo que estamos hechos y de que somos barro, no se olvida». Habiendo modelado al hombre entre sus dedos con un poquito de barro, el Señor conoce perfectamente la madera y el misterio que hay en el ser humano, Él sabe que éste desea mucho y puede poco. La razón le dice una cosa, y la emoción, otra. Lucha por agradar al otro, y no lo consigue. Se esfuerza por vivir en armonía con todos y frecuentemente vive en conflicto. Largos años brega para ser humilde y equilibrado y no puede. Su mente es una prisión en la que se siente encerrado, y le es imposible salir de ese cerco. Sin poder comprenderse, desconocido para sí mismo, en posesión de una existencia y una personalidad que él no las escogió, nacido para morir, sin poder actuar como él desearía, sin saber qué hacer consigo mismo mueve la compasión y la ternura —en una palabra, la misericordia— de su Hacedor. Hoy el salmo responsorial me hace pensar en los sentimientos que inevitablemente surgen en el corazón de Dios, cuando se asoma al barro humano. Por eso ante la contemplación de la miseria humana, no surge en el corazón de Dios sino solamente compasión y misericordia. Y no podía ser de otra manera porque Él nos conoce mejor que nosotros a nosotros mismos, y por eso nos comprende y perdona más fácilmente que nosotros a nosotros mismos. De esto deducimos ¡qué sabio y realista es el contenido de la enseñanza de Jesús! 

Dios siembra en nuestras vidas buena semilla: el trigo. Pero hay alguien —el maligno, el diablo— que siembra de noche la cizaña, nos recuerda el Evangelio de hoy (Mt 13,36-43). Pero Dios tiene una paciencia que le llega hasta el final de los tiempos. Hasta entonces, estará esperando, compasivo y misericordioso, que suceda lo que a nuestros ojos resulta absolutamente imposible: que la cizaña se convierta en trigo. Como el dueño del campo espera el tiempo de la cosecha para arrancar la cizaña. Hoy el salmo y el Evangelio me invitan a aprender mucho de esa compasión y misericordia de Dios. Estas van intrínsecamente unidas con su ilimitada capacidad para perdonar, para acoger, para amar, para recrear lo que el mismo hombre ha destrozado. Veo la mirada de la Virgen en una imagen grande del rostro de la Guadalupana que está en la sala de la casa de mi madre y le digo: alcánzame de tu Hijo Jesús la gracia de que mis ojos se vuelvan siempre hacia el prójimo con una mirada de amor para verlos como me ven tu Hijo y tú a mi, con mi miseria y mi pequeñez, más allá de la indignidad de mi vida, de mis circunstancias, de mis máscaras, de mis pecados y de mis orgullos y sufrimientos! Ayúdame, Madre, a ver al prójimo como quiere tu Hijo que lo vea, con mirada compasiva y misericordiosa para que pueda amarlo como tu Hijo y tú me aman a mí, con compasión y misericordia que tanto me conmueve en la liturgia de hoy. Amén. ¡Bendecido martes! 

Padre Alfredo.

domingo, 19 de mayo de 2019

«Compasión y misericordia»... Un pequeño pensamiento para hoy

El salmo 144 (145 en la numeración hebrea de nuestras Biblias) constituye una alabanza continua a Dios por sus obras. El salmista, este V domingo de pascua nos recuerda que Dios es un rey eterno y universal que derrama su compasión y su misericordia sobre todo ser viviente. Dios es visto como rey, y se habla entonces en estas líneas de su reinado y de su gobierno. Con su infinita misericordia, Dios es quien protege a los necesitados, elimina a los malvados y nutre a todas las criaturas por su compasión. Cuando fue compuesto este salmo, según se sabe, el pueblo de Israel se encontraba sin monarquía, es por eso por lo que Dios es visto, más que nunca, como auténtico monarca del pueblo y Señor universal. Todos son sus fieles y participan de su alabanza; el salmista, inspirado por Dios al escribir esta alabanza, no hace distinciones entre sacerdotes y fieles, entre gente noble y gente sencilla, como hacen los otros himnos de alabanza. Que hermoso y que valioso es recordar, con ayuda del escritor sagrado, que el Señor es grande, compasivo y misericordioso, bondadoso para con todo el mundo, sus obras son obras de amor y él está siempre cerca de los que lo invocan. Sus acciones son calificadas de grandezas, proezas, hazañas, favores, gloria, majestad. 

Por eso la piedad cristiana, y sobre todo la piedad judía, lo han convertido en el salmo por excelencia. Los judíos rezan este salmo dos veces al día: al final de la plegaria litúrgica de la mañana (shaharit) y al inicio de la plegaria litúrgica del mediodía (minhah). Hay quienes, sencillamente, lo han calificado de «colección de jaculatorias»; de hecho, muchos de sus versículos, tienen sentido por sí mismos y pueden ser utilizados como breve oración personal a lo largo de nuestra jornada cotidiana. La liturgia de las horas reserva este salmo para el Oficio de lectura del domingo de la III semana y también para las Vísperas del viernes de la IV semana. La divinidad y la realeza de Dios se manifiestan en la resurrección de Jesús, ante la cual surge la acción de gracias confiada de la comunidad cristiana que se une a la alabanza de toda la creación. Me he querido detener hoy en la explicación de este salmo porque leer sus 21 versículos como oración del día es una delicia y hoy, que es domingo, tal vez haya un tiempo para leerlo y meditarlo serenamente, especialmente este día en que el Evangelio (Jn 13,31-33.34-35) no encuentra mejor expresión para que Jesús manifieste toda su ternura a sus discípulos–misioneros. Él, que cuando hablaba a su Padre le decía: «Abba» (papito querido), llama a sus discípulos: «hijitos». 

Este día, no encuentra el Señor palabras más adecuadas para expresar la profundidad y fuerza de sus relaciones y sentimientos con los suyos, porque él está siempre lleno de compasión y misericordia. No podía Jesús mandarnos amar, si no hubiera dejado en claro que, con su compasión y misericordia, nos ha amado él primero. Ni nos podría exigir el amor, si no nos diera antes la capacidad para realizarlo. ¿Cómo podríamos nosotros amar con un corazón de piedra? Sólo Dios puede cambiar nuestro corazón de piedra en un corazón de carne. Dios, con la liturgia de la palabra de este domingo, nos capacita para amar amándonos. Al discípulo–misionero, en medio de este mundo desgarrado por las guerras, las envidias, las rivalidades; en este mundo tan golpeado por el consumismo, el relativismo y el materialismo, no se le reconocerá sólo por sus rezos, sus leyes, sus dogmas, sus ritos, sino por la vivencia de su compasión y misericordia al estilo de su Maestro. Un auténtico católico de nuestros días y de siempre, no será el más sabio, el más piadoso, el más mortificado, el más influyente, sino el que más ama con compasión y misericordia. Ese estilo de amor es nuestra marca viva, es nuestra pasión. Y si hacemos la señal de la cruz para identificarnos, es porque la cruz es el signo del amor más grande, el verdadero amor cristiano. « No hay palabras para explicar esto —decía la beata María Inés Teresa—, ni para razonar con ellas, únicamente hay abundancia de lágrimas para sentirlo, para agradecerlo, para gustarlo, para tratar de derramarlo por el mundo entero» (Ejercicios Espirituales de 1962), por eso, con el salmista y de la mano de María, que entre sus títulos tiene el de «Virgen Misericordiosa», cantamos con el salmista: «Bendeciré al Señor eternamente. Aleluya». ¡Bendecido domingo!

Padre Alfredo.

domingo, 28 de abril de 2019

«La misericordia del Señor es eterna»... Un pequeño pensamiento para hoy

«La misericordia del Señor es eterna. Aleluya», canta la Iglesia entera hoy en el salmo responsorial (Sal 117 [118]) que, como ya sabemos, es el salmo pascual por excelencia que con un tono de fiesta nos invita a hacer nuestra la exclamación del salmista. Para comprender a fondo la verdad de estas palabras, este domingo hemos de dejar que la liturgia entera nos guíe al corazón del acontecimiento salvífico, que une la muerte y la resurrección de Cristo a nuestra existencia y a la historia del mundo. Este prodigio del conocimiento y profundización de la misericordia divina, cambia radicalmente el destino de quien se deja llenar todo su ser por lo que brota del corazón de Jesús. Jesús muestra sus manos y su costado, es decir, señala las heridas de la Pasión, sobre todo la herida de su corazón, fuente de la que brota la gran ola de misericordia que se derrama sobre la humanidad. De ese corazón, santa Faustina Kowalska vio salir dos haces de luz que deseaban iluminar al mundo entero: «Estos dos haces —le explicó un día Jesús mismo— representan la sangre y el agua». (Diario 132). En ese mismo diario de la santa polaca a quien le debemos el gozo de la celebración de este domingo de la Divina Misericordia, se encuentrasn otras frases que vale al pena leer y reflexionar junto a la liturgia de este día que cierra la Octava de Pascua: «Hija mía, di que soy el Amor y la Misericordia en persona» (Diario, 374); «prepararás al mundo para mí última venida» (Diario 429); «habla al mundo de mi misericordia… es señal de los últimos tiempos después de ella vendrá el día de la justicia. Todavía queda tiempo que recurran, pues, a la fuente de mi misericordia» (Diario 848); «habla a las almas de esta gran misericordia mía, porque está cercano el día terrible, el día de mi justicia» (Diario 965); «estoy prolongándoles el tiempo de la misericordia, pero ay de ellos si no reconocen este tiempo de mi visita» (Diario 1160); «antes del día de la justicia envío el día de la misericordia» (Diario 1588); «quien no quiera pasar por la puerta de mi misericordia, tiene que pasar por la puerta de mi justicia”. (Diario 1146).

La misericordia divina llega a los hombres a través del corazón de Cristo que después de haber sido crucificado, ha resucitado y se ha quedado con nosotros para siempre. La luz de la misericordia divina, que el Señor quiso volver a entregar al mundo mediante el carisma de sor Faustina, ilumina el camino de cada discípulo–misionero. Cristo Resucitado nos enseña que «el hombre no sólo recibe y experimenta la misericordia de Dios, sino que está llamado a “usar misericordia” con los demás: "Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia" (Mt 5, 7)» (Dives in misericordia, 14). Y nos señala, además, los múltiples caminos de la misericordia, que no sólo perdona los pecados, sino que además sale al encuentro de todas las necesidades de cada hombre y de cada mujer que le sabe descubrir, amar, seguir y anunciar. Jesús, el Cristo Resucitado y presente en la Eucaristía se inclina sobre todas las miserias humanas, tanto materiales como espirituales. Tanto los creyentes como los no creyentes pueden admirar en el Cristo humillado y sufriente, crucificado para luego resucitar, una solidaridad sorprendente, que lo une a nuestra condición humana más allá de cualquier medida imaginable. La cruz, incluso después de la resurrección del Hijo de Dios, «habla y no cesa nunca de decir que Dios Padre es absolutamente fiel a su eterno amor por el hombre. (...) Creer en ese amor significa creer en la misericordia» (Dives in misericordia, 7).

El domingo, la Pascua semanal, el día que dedicamos a Cristo, o mejor dicho, el día que Cristo Resucitado, presente en nuestra vida los siete días de la semana, nos muestra su cercanía de un modo especial, nos da su Espíritu, nos comunica su paz, nos envía a anunciar la misericordia y celebra nuestra fe. Cierto que la Pascua es el corazón del año. Pero para el verdadero discípulo–misionero, cada domingo es Pascua y cada día es domingo. Por eso cada día es Pascua, es «el día que ha hecho el Señor, el día en que actuó el Señor». Cada día, para nosotros que caminamos por este mundo de la mano de María, Madre de Misericordia, es día de victoria y alabanza, de regocijo y acción de gracias, día de ensayo de la resurrección final conquistando al pecado, que es la muerte, y abriéndose a la alegría, que es la eternidad. Cada día hay revuelo de ángeles y alboroto de mujeres en torno a la tumba vacía porque la misericordia se extiende sobre toda la tierra: ¡Cristo ha resucitado! Creer en Cristo Resucitado ya siempre será así: sentirse atraído por su divina misericordia y desde allí experimentar que Cristo vive en uno mismo para darse a los demás. Yo hoy renuevo mi compromiso de ser fiel a ese encargo que me ha dado el Papa Francisco de ser uno de sus Misioneros de la Misericordia y tratar de esparcirla por donde quiera que pase. No puedo olvidar que él, de manera personal, me dio la bendición para llevarla en su nombre. ¡Bendecido domingo de la misericordia!

Padre Alfredo.

domingo, 24 de febrero de 2019

«El Señor es compasivo y misericordioso»... Un pequeño pensamiento para hoy


Este domingo quisiera quedarme con una frase el salmo 102 [103] que hoy nos ofrece la liturgia de la palabra como salmo responsorial y que incluso es el estribillo que repetimos: «El Señor es compasivo y misericordioso». Es que ambas palabras pueden llegar a ser, y a menudo lo son de hecho, suplantadas por fuerzas enemigas más que adversarias en nuestra sociedad que cada día es más técnica y más fría —cruel, inhumana, despiadada, impía, inclemente, feroz, etc.—. No reparamos en que compasión y la misericordia —clemente, caritativo, magnánimo, sensible, bondadoso, etc.— reflejan la ternura de Dios Padre, que inclina el oído hacia los hijos que le gritan y gimen con paciencia, como David en la primera lectura de hoy (1 Sam 26,2.7-9.12-13.22-23) elevando el incienso de su oración a la espera de que, de su divina misericordia, llegue la victoria sobre la prueba. Sabemos que la sociedad en que vivimos carece en la mayoría de sus campos de clemencia y misericordia. Muchas cifras figuran latentes, pero reales, exhibiendo los graves problemas de la emigración, del desahucio de muchos enfermos abandonados, la negación de créditos por los bancos a quienes realmente los necesitan, el comportamiento despótico de muchos que pusieran solucionar problemas, la conducta tiránica y el desdén opresor de no pocos, la prepotencia incluso de algunos que hasta dentro de la Iglesia abusan de su condición de poder... 

En la Biblia se habla no solamente en este salmo sino muchas veces de la compasión y de la misericordia de Dios, que se han manifestado plenamente en Jesús que nos invita a ver la vida con una visión diferente, muy diferente de la que la lógica del mundo ofrece (Lc 6,27-38). Hoy por eso se nos invita a profundizar en el significado de estas dos palabras: «compasión y misericordia». La palabra compasión proviene del latín —de con patire— y significa «padecer con», haciendo referencia a quien comparte los sentimientos de otro, sabiendo ponerse en su lugar. El término hebreo es «jesed» —por eso el grupo musical católico se llama así— y se refiere a quien hace el bien a otro, le ayuda o le perdona, después de haberlo pensado y tomado una decisión. No es solo un sentimiento, algo que queda en mi interior, sino que siempre es algo práctico, una acción a la que no estoy obligado en favor de otro. Por su parte la palabra misericordia también viene del latín —de miserum cor— y hace referencia a quien tiene un «corazón clemente». El término usado en hebreo es «rejamîm», que en singular designa el vientre materno y en plural las entrañas y se traduce en acogida, ternura, paciencia, ayuda. Los judíos creían que este vínculo está situado en lo más profundo del hombre, en sus vísceras. Algo hemos heredado nosotros, que también hablamos de un amor entrañable o de un odio visceral. 

A menudo, en diversos textos de la Sagrada Escritura estas dos palabras van unidas para hablar de Dios: «Acuérdate, Señor, de que tu ternura y tu compasión son eternos» (Sal 24 [25],6); «Señor, no me cierres tus entrañas, que tu amor y tu lealtad me guarden siempre» (Sal 39 [40],12); «Te desposaré conmigo en justicia y en derecho, en amor y en ternura» (Os 2,21)… Y, por supuesto, en el texto del salmo responsorial de hoy: «Él Señor es compasivo y misericordioso» (Sal 102 [103],8). Que el Señor es compasivo y misericordioso denota que el amor a Dios y el amor al prójimo van de la mano. «Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Lev. 19, 18): he ahí el mandamiento con que se cumple toda la Ley (cf. Rm 13, 3). Y como nadie ama al otro ni se ama a sí mismo si no ama a Dios, por eso dice el Señor que de esos dos mandamientos pende la Ley entera y los profetas (cf. Mt 23, 37-40). Primero al prójimo a quien vemos y nos parece que tenemos más próximo, aunque sea de entrada un enemigo, porque de no ser así, ¿cómo decir que amamos a Dios a quien no vemos si no amamos al prójimo a quien vemos aunque nos caiga gordo o sea feíto, o nos haya hecho algo?... Urge, pues, que este domingo, al participar en nuestra Eucaristía dominical, dirijamos nuestra mirada a María, recibiendo la misericordia de su Hijo que, para nosotros, es redención. Les invito a decirle a ella antes de iniciar nuestra Misa de hoy: María, Madre de misericordia, cuida de todos para que no se haga inútil la cruz de Cristo, para que el hombre no pierda el camino del bien, no pierda la conciencia del pecado y crezca en la esperanza en Dios, «rico en misericordia» (Ef 2, 4), para que haga libremente las buenas obras que él le asignó (cf. Ef 2, 10) y, de esta manera, toda su vida sea «un himno a su gloria» (Ef 1, 12). ¡Wow, qué de mucho he escrito hoy, mil perdones!... ¿Será que soy uno de los misioneros de la misericordia y el tema me cala? ¡Bendecido domingo para todos! 

Padre Alfredo.