miércoles, 28 de febrero de 2018

«Un mensaje de conversión esperanzadora»... Un pequeño pensamiento para hoy


Cuando el profeta Jeremías llamó al pueblo al arrepentimiento, éste inventó estratagemas contra él, en lugar de obedecer y buscar la conversión (Jer 18,18-20). De igual manera, el mensaje de conversión al que la Cuaresma llama hoy no es escuchado. El mundo crucifica a Cristo una y otra vez atacando a su Iglesia y hablando contra Él en la tierra, mientras su sangre habla por todos en el cielo. Jeremías había cumplido su deber y lo mismo ha hecho nuestro Salvador. Jeremías había sido implacable en su condenación de las tres clases de oficiales a los que se hace referencia en la primera lectura de hoy: sacerdotes, sabios, y profetas. Y fueron precisamente estos hombres que se mencionan, quienes espolean el plan en contra de Jeremías. Estos enemigos del profeta usaron la estrategia de un ataque deliberado y de no escucharlo después. Pero Jeremías, ante aquel ataque, primero le pide a Dios que lo escuche y después le pide que escuche a sus enemigos. Él creía que el Dios justo vería que ellos estaban mal y enderezaría su camino: "Señor, atiéndeme. Oye lo que dicen mis adversarios. ¿Acaso se paga bien con mal? Porque ellos han cavado una fosa para mí. Recuerda como he insistido ante ti, intercediendo en su favor, para apartar de ellos tu cólera" (Jer 18,19-20). 

Jeremías le pide a Dios que se acuerde que él había orado intercediendo por estos mismos hombres, y había orado por ellos para bien, suplicando que Yahvé apartara de ellos su ira. Este era el bien que él había hecho; él les daba ese bien mientras ellos cavaban un hoyo para su alma. ¡Qué poco entendemos de lo que es el verdadero amor! Un hombre que busca el bien de su pueblo amenazado con ser destruido por su iniquidad, y un pueblo que no entiende nada. Aunque Jeremías vivió hace unos 2600 años, no deja de ser sorprendente esta similitud que podemos encontrar entre su época y la nuestra, su mensaje y el mensaje que nos trae la Cuaresma. Al igual que en la época de Jeremías nosotros también vivimos en un periodo de crisis. Y sinceramente, yo creo que a lo largo de nuestra existencia nunca nos habíamos encontrado con un momento de tanta inestabilidad como el actual. Esta crisis, que abarca la política, la economía y la moral es una crisis de valores que no deja de ser global. Y en algunos lugares va acompañada de guerras, hambres, destrucción, etc. 

Vivimos en mundo convulso donde los conflictos son abundantes y que, en lugar de disminuir, parecen ir en aumento... ¡Hasta afectar, hace unos días, el Santo Sepulcro de Jerusalén! Por si todo ello no fuese suficiente, todos esos problemas van acompañados de una complicación de dimensiones planetarias difícilmente cuantificable, como son todos los aspectos que se relacionan con el medioambiente: la cuestión del calentamiento global, la lluvia ácida, la desforestación, la pérdida de biodiversidad, la escasez de agua, etc. Vivimos en un mundo que necesita desesperadamente un mensaje de conversión esperanzadora. Un mensaje que está a nuestro alcance y que tenemos el inmenso privilegio de poder compartir como discípulos-misioneros. En su Evangelio (Mt 20,17-28), Jesús nos invita a hacernos pequeños para poder, como él, rescatar a esta humanidad que se ha desviado del camino, como aquel pueblo del tiempo de Jeremías. Muchos, que antes eran creyentes, como aquellos sacerdotes, sabios, y profetas del tiempo de Jeremías, se han olvidado de Dios, se han olvidado de lo que ha hecho por ellos. Se han olvidado de las promesas del Señor y lo que es aún peor, se han ido, como aquellas gentes, detrás de otros dioses arrastrando a otros. Es la tentación de todos, como la de la mamá de los hijos de Zebedeo; buscar lugares especiales, puestos, posiciones, ganancias... un huesito. Es Cuaresma y hay mucho por hacer. No tengamos miedo, seamos valientes como Jeremías y, con la ayuda de María, que fue siempre fiel, sigamos -como decía Madre Inés- el camino cuesta arriba hacia la perfección viviendo y compartiendo este mensaje esperanzador de conversión. Por lo pronto casi de inmediato me voy de retiro con mis hermanas Misioneras Clarisas de la Casa Noviciado en Cuernavaca. Me encomiendo y las encomiendo a tus oraciones. ¡Bendecido miércoles!

Padre Alfredo.

martes, 27 de febrero de 2018

«A lo largo de la cuaresma»... Un pequeño pensamiento para hoy

Hoy es al profeta Isaías a quien la Cuaresma nos invita a escuchar: "Lávense y purifíquense; aparten de mi vista sus malas acciones. Dejen de hacer el mal, aprendan a hacer el bien, busquen la justicia, auxilien al oprimido, defiendan los derechos del huérfano y la causa de la viuda... Aunque sus pecados sean rojos como la sangre, quedarán blancos como la nieve..." (cf. 1,10.16-20). ¡Qué manera de hacernos conocer al Dios Santo que todo lo renueva! ¡Un Dios que puede hacer del corazón más reseco y negro, un espacio en donde nazca un amor nuevo y sin fronteras para hacer el bien amando! El pueblo del tiempo de Isaías y el de nuestros tiempos, constantemente debe estar convirtiéndose hacia el Señor, dando acogida a los pobres. Obrar el bien y buscar la justicia, haciendo propia la causa de los pobres, será lo que manifestará si el cristiano de hoy desea verdaderamente volver al Señor, arrepentido de sus pecados siendo congruente con su fe.

Yo creo, sinceramente, que no hay nadie en este mundo que quiera vivir conscientemente con incongruencias o fracturas interiores. Sin embargo, cuando empezamos a reconocer lo que sentimos por dentro, muchas veces nos desilusionados de nosotros mismos porque encontramos muy poca cosa, pero hay que pensar como la beata María Inés que, palpando su propia miseria, le escribe a su director espiritual: "El misterio que más me lleva a fundirme en Jesús es: la comprensión de mi infinita miseria, puesta en parangón con la infinita bondad de Dios. Entonces es cuando mi gratitud, mi confianza y mi amor no tienen límites, y se pasan entre Jesús Eucaristía y mi alma, cosas que no se pueden decir, porque es sumamente difícil explicarlas". Si compartimos esa visión, entonces, el camino de Cuaresma se convierte en un camino de recomposición, de integración de nuestra vida, de modo que todo lo que nosotros hagamos y vivamos esté en armonía con lo que Jesucristo nos va enseñando, aun cuando desde nuestra miseria humana pueda parecernos contradictorio u opuesto a nuestros intereses personales. El testimonio y las palabras de personajes bíblicos como Isaías, nos van iluminando a lo largo de Cuaresma para que no nos quedemos en unos retoques superficiales, sino para que lleguemos hasta la raíz en nuestro camino de Pascua.

Junto a la lectura del profeta Isaías, llega el Señor en el Evangelio de hoy y nos insiste en lo mismo, no se trata de hablar muy bonito o rezar muy melodiosamente, como los doctores de la ley, sino de un testimonio de vida que sea invitación. ¡Qué tremendo escuchar lo que Cristo dice! "no imiten lo que los maestros de la ley hacen, porque dicen pero no hacen, cargan fardos pesados sobre los hombres de los demás pero ellos ni siquiera los mueven con un dedo" (cf. Mt 23,1-12). ¿No nos está pasando a lo mejor a nosotros lo mismo, a pesar de sentirnos discípulos-misioneros de Cristo? A veces a mí como sacerdote no falta quien me diga que predico muy bien, que se muchas cosas... pero eso no basta. Escuchar estas duras palabras me da la oportunidad magnífica de hacer una "revisión de vida" que me lleve a la conversión. Volvamos al Señor y roguémosle con sencillez que nos dé un corazón nuevo. El Señor nos llama a la conversión, ¿qué vamos a hacer? Le vamos a decir con toda el alma como el salmista: "Muéstranos, Señor, el camino de la salvación" (cf. Sal 49). La contemplación del corazón humilde y pobre de María Santísima nos ayudará a seguir el itinerario cuaresmal desde nuestra realidad y comprometernos más y más, para realizar cotidianamente la voluntad del Padre queriendo ser, no solo en Cuaresma sino siempre, servidores de todos con un corazón nuevo. ¡Qué tengas muchas bendiciones en este martes!

Padre Alfredo.

lunes, 26 de febrero de 2018

«Misericordiosos como el Padre».... Un pequeño pensamiento para hoy

Ayer domingo entramos en la segunda semana de Cuaresma. Este lunes, mientras muchos se preparan para ir a la escuela o al trabajo iniciando la semana laboral y académica, nuestra reflexión gira en torno a una oración penitencial puesta en labios de Daniel (Dn 9,4-10) y que la liturgia toma como primera lectura de la Misa de hoy. El profeta reconoce la culpa del pueblo elegido y de sus dirigentes. La gente no ha hecho ningún caso de los profetas que Dios les ha enviado: "Nosotros hemos pecado, hemos cometido iniquidades, hemos sido malos, nos hemos rebelado y nos hemos apartado de tus mandamientos y de tus normas" (Dn 9,5). Sin embargo, Daniel nos deja ver que por parte de Dios todo ha sido fidelidad y bondad: "De nuestro Dios, en cambio, es el tener misericordia y perdonar, aunque nos hemos rebelado contra él" (Dn 9,9-10). Todo lo malo pasará gracias a esa bondad y misericordia del Señor y la fe de los fieles perdurará para siempre. El leer y reflexionar esta hermosa y profunda plegaria de Daniel apoyada en la misericordia de Dios, desde mi condición de discípulo-misionero y como sacerdote, me hace no "descorazonarme" cuando contemplo mi miseria, que es inmensa por mis pecados y los del mundo entero, porque, no todo está perdido. 

Sentir el dolor por el mal nos debe situar a mí y a todos los que comparten conmigo estos momentos, en el punto exacto de este camino cuaresmal en el que podemos cambiar el sentido de la marcha y poner en ceros nuevamente el odómetro para empezar de nuevo. Dios misericordioso, bueno y compasivo nos capacita de manera muy directa en estos días de Cuaresma para ir transformando esas actitudes y poner, como decía la beata Madre Inés "nuestra miseria al servicio de la misericordia" sabiéndonos acogidos incondicionalmente por el Dios que nos ama en nuestra pobreza y fragilidad. En el Evangelio de este día (Lc 6,36-38) Jesús nos pide que seamos "misericordiosos", como Él es "misericordioso" con nosotros. La invitación que nos hace se apoya, al igual que la oración de Daniel, sobre esa misericordia de Dios que de una u otra manera todos hemos experimentado especialmente en el tiempo cuaresmal, que nos hace más conscientes de la acción de Dios en nuestro proceso personal y comunitario de conversión. Esto nos permite como decía no "descorazonarnos". 

Si la dirección de la primera lectura de hoy va en relación con Dios, reconociéndonos pecadores y pidiéndole perdón, el pasaje del evangelio nos hace sacar las consecuencias de esto -cosa más incómoda pero fructífera-: Todo ser humano que quiera ser acogido por el Padre, debe trabajar por llegar a tener su misma bondad, compasión y misericordia para con los otros y no sólo de manera externa. Es indispensable que las prácticas cuaresmales del ayuno, la oración y la limosna toquen y permeen nuestra mente y nuestro corazón en el momento de hacer cualquier juicio sobre los demás, porque, con la misma moneda con que midamos, seremos medidos. Así, de esta manera, el programa cuaresmal se concretiza: "sean compasivos... no juzguen... no condenen... perdonen... den". El modelo sigue siendo, como ayer, el mismo Dios: "Sean misericordiosos, como su Padre es misericordioso" (Lc 6,36). Que Dios nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de ser misericordiosos. Que viviendo en comunión de vida con Cristo, nuestro Dios y Señor, podamos ser portadores de su bondad, de su compasión y de su misericordia para todas las personas como María lo fue. ¡Que tengas una semana laboral y académica llena de bendiciones y anhelos de llegar a metas más altas de santidad!

Padre Alfredo.

domingo, 25 de febrero de 2018

«Escuchar a Jesús todo el tiempo»... Un pequeño pensamiento para hoy

Aún conservo el fresco sabor de la Misa que presidí hace unos días en el Monte Tabor, rodeado por mis hermanos participantes en el curso de Renovación Sacerdotal. De por sí puedo ahora afirmar que el monte Tabor es majestuoso por sí mismo, con sus 575 m de alto. En la Biblia aparece siempre como símbolo de majestad (Jer 46,18) y el hecho bíblico que la liturgia de este segundo domingo de Cuaresma nos presenta, me hace verlo con una admiración más especial todavía. La grandiosidad de su cima se llenó con la luz que Cristo irradiaba. Toda la gloria que se ocultaba en la humanidad del Maestro se dejó ver (Mc 9,2-10). Y fue tanto el resplandor, que los apóstoles quedaron extasiados, sin saber con certeza lo que sucedía y a Pedro sólo se le ocurrió decir que allí se estaba muy bien, que lo mejor era hacer tres tiendas para no moverse de aquel lugar del que yo tampoco me quería mover. Aquellos elegidos estaban en la antesala del Cielo, recibían un adelanto de la visión beatífica. El recuerdo de aquello, debe ser, para mí y para todos, un estímulo para los momentos oscuros, cuando la esperanza parece que muere y necesitemos que florezca de nuevo. ¡Por eso nunca olvidaré el haber celebrado la Santa Misa ahí!

Hoy, más que nunca necesitamos que nuestra fe transfigure la realidad en la que vivimos, haciendo que nuestra sociedad pueda ver y oír en lo que somos y hacemos las obras y las palabras de Jesús. Todo discípulo-misionero debe escuchar a Jesús, el Hijo predilecto del Padre, para ser transmisor de su mensaje a este mundo tan descristianizado. Si los cristianos de este siglo XXI no transfiguramos la realidad con los ojos de nuestra fe, con nuestras palabras y con nuestras obras, no esperemos que sean los políticos, o los economistas, o los medios de comunicación, los que la transfiguren... ¡Están muy ocupados, no lo harán! Jesús les pide a los apóstoles escogidos para su transiguración que no se instalen, que no se queden allí, sino que bajen con Él a compartir la realidad. Es la realidad que aún ahora no entiende los designios de Dios que no son casi nunca triunfalistas, basta recordar a Jesús en los brazos de su Madre en la gruta de Belén o en las humildes tareas que ella le encomendaba en la casita humilde de Nazareth. El discípulo que llega a la cima del monte debe también aprender a bajar y continuar la vida, así lo hicieron también Moisés cuando recibió las tablas de la Ley (Ex 34,29) y Abraham cuando obedeció a Dios y no sacrificó a Isaac (Gén 22,1-2.9-13.15-18). 

Cada vez que asistimos a Misa revivimos el prodigio de la presencia de Dios, que desciende a la cima del monte y de quien nosotros podemos guardar su rostro transfigurado en nuestro corazón. Pero la Misa no termina en el templo, hemos de salir al mundo para anunciar a todos lo que hemos contemplado. La Eucaristía es contemplación y compromiso. El Papa Francisco nos recuerda en su mensaje para esta Cuaresma cuál debe ser nuestra actitud: "Cada uno de nosotros está llamado a discernir y a examinar en su corazón si se siente amenazado por las mentiras de los falsos profetas. Tenemos que aprender a no quedarnos en un nivel inmediato, superficial, sino a reconocer qué cosas son las que dejan en nuestro interior una huella buena y más duradera, porque vienen de Dios y ciertamente sirven para nuestro bien". Así, hemos de seguir caminando hacia la Pascua esperando esa fiesta de la Resurrección el Señor y viendo la realidad de cada día con los ojos de la fe. Escuchando a Cristo, como el Padre MIsericordioso nos lo pide: "Éste es mi Hijo amado; escúchenlo" (Mc 9, 7). Así vivió san Pablo, según lo atestigua la segunda lectura, que leemos hoy (Rm 8,31-34), recordándonos que , con un corazón transfigurado por Cristo, vivió única y exclusivamente para Él, aceptando riesgos, persecuciones y demás, con la convicción de que si Dios estaba con él, nadie podría contra él. Apoyados en nuestra fe en Cristo, bajemos de la montaña, vivamos con María firmes y confiados, aunque sean muchas las dificultades por las que tengamos que pasar en esta Cuaresma y siempre. ¡Hoy es Domingo y el Señor nos espera en la Eucaristía!

Padre Alfredo.

sábado, 24 de febrero de 2018

«Una realidad siempre actual»... Un pequeño pensamiento para hoy


En el Antiguo Testamento, Moisés actúa como el mediador entre Dios y el pueblo. Como mediador de la alianza que se ha hecho con Dios, Moisés exhorta al pueblo de Israel a obedecer las leyes y los decretos que se han establecido. Israel se compromete a ser el pueblo de Dios, aceptando las cláusulas que ha fijado Yahvé. La primera lectura de hoy, tomada del libro del Deuteronomio toca este tema y nos presenta esas cláusulas que se deben cumplir (Dt 26,16-19): Yahvé será su Dios; Israel debe andar por sus caminos; todo el pueblo tiene que guardar las leyes, mandamientos y decretos establecidos; Israel estará siempre atento a la voz del Señor. Así, Israel se comprometía a guardar los mandamientos y obedecer la voz de Yahvé y Yahvé se comprometía a ser el Dios de Israel y hacer de Israel una nación especial y un pueblo exaltado, más que todas las naciones del mundo (Dt 26,19). Años más tarde, el Señor, nuestro Dios, declaró por medio de Jeremías que él había escogido a Israel pero que Israel no escuchó (Jer 13,11). Después de la conquista de la tierra de Canaán, Israel abandonó su relación especial con el Señor y violó los mandamientos. Por causa de su apostasía Israel abandonó su posición exaltada entre las naciones. Pero el mensaje profético declara que la rebeldía de Israel no iba a durar para siempre, porque Yahvé levantaría una nueva generación de israelitas que sería fiel a los mandamientos. Esta nueva generación iba a continuar la misión del pueblo de Dios entre las naciones (Is 60,1-62; 66,7-22).

La alianza que Dios ha establecido con el pueblo de su propiedad es una realidad siempre actual. El Deuteronomio ha insistido fuertemente sobre este valor (Dt 26, 16-18; cf. Dt 5, 3; 6, 10-13). Cuando nos encontramos con pasajes bíblicos como éste, no se trata de una economía de salvación antigua. En cada uno de nosotros, vuelve a activarse el drama del desierto con sus beneficios y sus murmuraciones, sus bendiciones y sus alternativas. A cada uno nos corresponde escoger entre el amor procedente de Dios y la tentación del olvido (cf. Dt 6, 12). La vida feliz y la gloria (Dt 26,19) son la recompensa prometida por Dios a quienes le sirven y le obedecen (cf. 26,16). El discípulo-misionero no puede dar razón de su fe sino poniendo de manifiesto en su comportamiento, la referencia a un acontecimiento original que es la gratuidad de la elección que Dios nos hecho en Jesucristo, lugar de la nueva alianza y cumplimiento de la promesa. En ese sentido la Eucaristía tiene un significado: llama a cada uno de los participantes a vivir los acontecimientos de su vida en actualización de Jesucristo, del que es memorial. Les exige la misma fidelidad a la voluntad de Dios que los antepasados.

En este sentido, es que las prácticas penitenciales de la Cuaresma tienen una importancia irremplazable en nuestra vida. La Cuaresma nos ayuda a volver a los mandamientos, a tomar conciencia de nuestra condición de pueblo, propiedad del Señor. Este pueblo, del que por iniciativa divina formamos parte, es el cuerpo místico de Cristo, es la sociedad que formamos los cristianos y su Cabeza, es la Iglesia. A ella se aplican esas palabras que en otro tiempo fueron dichas a Israel y que la Iglesia proclama en la liturgia de la palabra de este sábado: "Hoy has oído al Señor declarar que él será tu Dios... Hoy el Señor te ha oído declarar que tú serás el pueblo de su propiedad... Él te elevará en gloria, renombre y esplendor, por encima de todas las naciones que ha hecho y tú serás un pueblo consagrado al Señor, tu Dios, como él te lo ha prometido". Si nos hemos comprometido a vivir "según el estilo de Dios", necesitamos esta revisión constante que la Cuaresma nos propone por lo menos cada año, una especie de examen general de nuestra adhesión al llamado. El evangelio de hoy nos pone delante un ejemplo muy concreto de este estilo de vida que Dios quiere de nosotros. Jesús nos presenta su programa: amar incluso a nuestros enemigos (Mt 5,43-48). Vamos finalizando apenas la primera semana de cuaresma, pidamos a María Santísima, hoy que es el día semanal especialmente dedicado a ella, que nos ayude a ser conscientes de esta elección y a corresponder amando. ¡Bendecido y muy mariano sábado!

Padre Alfredo.

viernes, 23 de febrero de 2018

«No debemos bajar la guardia»... Un pequeño pensamiento para hoy

Un nuevo día y otro viernes más para terminar casi para todos la semana laboral y académica mientras la Cuaresma sigue avanzando. Cada día de este tiempo privilegiado del Año Litúrgico, tenemos la oportunidad maravillosa de realizar las obras que propone la Iglesia para ayudarnos en nuestro proceso de conversión: oración, limosna y ayuno. Hoy viene en nuestra ayuda, para motivarnos, el profeta Ezequiel, quien en la primera lectura nos recuerda algo muy importante: "Si el pecador se arrepiente de los pecados cometidos, pone en práctica los mandamientos y practica la rectitud y la justicia, ciertamente vivirá y Dios no se acordará de los delitos que cometió; vivirá a causa de la justicia que practicó" (cf. Ez 18,21-22). No debemos bajar la guardia, sino seguir trabajando para llegar a metas más altas y alcanzar la dicha de celebrar la Pascua con una nueva vida. Dios nos está dando la oportunidad: "¿Acaso quiero yo la muerte del pecador, dice el Señor, y no más bien que enmiende su conducta y viva?" (Ez 18,23).

Así, gracias al profeta Ezequiel, en la primera lectura de hoy, captamos con más claridad cómo es que la salvación depende de la conducta de cada uno de los miembros de la comunidad eclesial. Dios no lleva cuenta del pasado (ni ajeno, ni propio), ni de los delitos en los que uno hubiera incurrido. Ni las obras buenas del pasado valen si las niega la actitud actual del creyente. El encanto de la conducta actual lo dicta la conversión de un corazón que se prepara en la Cuaresma con un espíritu de conversión para reblandecerse y ser nuevo viviendo el espíritu de la misericordia de Dios. La vivencia de la Cuaresma es a la vez un proceso personal y comunitario, pues si cada uno de los que formamos la Iglesia nos entregamos a vivirla con intensidad, los frutos se verán en toda la comunidad. Por su libertad interior, el hombre puede, en todo momento, convertirse y orientar su vida tal como él quiere. Ezequiel nos recuerda también que hay que estar atentos y no dar marcha atrás en este proceso de conversión, porque las consecuencias pueden ser fatales: "Cuando el justo se aparta de su justicia, comete la maldad y muere" (Ez 18,26).

La perícopa evangélica que San Mateo nos presenta en el Evangelio de hoy, está en perfecta sintonía con esto (Mt 5,20-26). Mateo insiste en la reconciliación, que es un un elemento vital en la Cuaresma: En las comunidades de aquella época, había muchas tensiones entre grupos radicales con tendencias diferentes, sin diálogo. Nadie quería ceder ante el otro. San Mateo ilumina esta situación con palabras de Jesús sobre la reconciliación que piden acogida y comprensión. ¡Por esto, hayb que aprovechar la Cuaresma y buscar la reconciliación lo más pronto posible, tanto con Dios como con los hermanos. La materia a revisar es sencilla, Jesús nos la recuerda hoy y otros de estos días de Cuaresma en diversos textos que nos tienen que dejar pensando: No matar (Mt 5,21), no cometer adulterio (Mt 5,27), no jurar en falso (Mt 5,33), amar al prójimo y odiar al enemigo (Mt 5,43) y otras citas más. ¿Cómo voy viviendo mi Cuaresma? ¿Voy caminando a metas más altas de santidad? ¿A dónde me están llevando las prácticas cuaresmales como la abstinencia de carne el día de hoy? Que María Santísima nos ayude a seguir avanzando hasta alcanzar de su mano una vida nueva en la Pascua que llegará ya muy pronto, porque hoy todo va de prisa. ¡Bendecido viernes!

Padre Alfredo.

jueves, 22 de febrero de 2018

«La Cátedra de San Pedro»... Un pequeño pensamiento para hoy


Hoy estamos celebrando en la Iglesia unan fiesta muy particular que, por su importancia, interrumpe —por así decir— el ritmo que llevamos en el tiempo de la Cuaresma. Se trata de la celebración de «La Cátedra de San Pedro». Todos sabemos que de entre los Apóstoles, San Pedro es a quien el Señor eligió como depositario o guardián del tesoro de Cristo y su enseñanza para transmitirla a todos los confines de la tierra. La palabra «cátedra» significa «asiento o trono» y es la raíz de la palabra catedral, la iglesia donde un obispo tiene la sede desde donde el predica, enseña y gobierna su diócesis. En Roma, en la Basílica de San Pedro en Roma, se encuentra, al fondo una sede que fue donada por Carlos el Calvo al Papa Juan VIII en el siglo IX, con motivo de su viaje a Roma para su coronación como emperador romano de occidente. Este trono se conserva como una reliquia, obra de Gian Lorenzo Bernini construida entre 1656 y 1665. La silla de madera —que se ve en lo alto— está decorada con un relieve representando la «traditio clavum» o «entrega de las llaves» que hace referencia al Evangelio de hoy (Mt 16,13-19). El trono se apoya sobre cuatro grandes estatuas que representan a cuatro doctores de la Iglesia: San Agustín, San Ambrosio, San Atanasio y San Juan Crisóstomo. Por encima de la sede hay un sol de alabastro rodeado de ángeles que enmarca una vidriera en la que está representada una paloma como símbolo del Espíritu Santo. 

Así, la festividad litúrgica de la Cátedra de San Pedro, que se celebra cada 22 de febrero, subraya el singular ministerio que el Señor confió a Pedro como jefe de los apóstoles, para confirmar y guiar a la Iglesia en la unidad de la fe. En esto consiste el llamado «ministerium petrinum» (ministerio petrino), ese servicio peculiar que el obispo de Roma —el Papa— está llamado a rendir a todo el pueblo cristiano. Esta misión, que se continúa en la Iglesia en cada Papa que está al frente de la Iglesia en cada época, no se basa en prerrogativas humanas, sino en Cristo mismo como piedra angular de la comunidad eclesial. La Santa Sede, suyo concepto se remonta al banco de madera de un pescador — y representada ahora en esta silla que cuelga bajo la imagen del Espíritu Santo—, nos habla de la Iglesia como la más alta autoridad moral en todo el mundo actual, ya que, como sabemos, hasta los no cristianos prestan atención a las palabras del Papa sobre la paz, migración, protección climática y otros temas. La Iglesia celebra hoy, con esta fiesta, el elevado servicio del servidor de los siervos de Dios. La Iglesia católica es una, gracias al Papa, a quien el Concilio Vaticano II denomina su cabeza visible.

La pregunta que hoy aparece en el Evangelio, y que en presencia del pastor elegido para guiar al rebaño —como lo demuestra la acción de Pedro en la primera lectura 1 Pe 5,1-4— que reza: «Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?» (Mt 16, 15), va dirigida a cada uno de nosotros y es la misma que el Papa en turno, en su nombre, nos pudiera hacer. En cada uno de los sucesores de Pedro, hemos de descubrir a Jesús y hemos de dejarnos descubrir más y mejor siempre que nos dejemos amar más por Él. ¿Quién es para ti el Papa? ¿Ves en él al representante de Cristo que nos enseña en su nombre? ¿Rezas por el ministerio petrino del Papa para que siga trabajando por la unidad de la Iglesia? Ojalá podamos siempre descubrir en el Papa que es en el nombre de Jesús que él, como su «vicario» en la tierra, enseña, cuida, une y dirige la Iglesia. Por eso la fiesta de hoy es el reconocimiento de que Jesús quiere hacer de la Iglesia una comunidad en torno a Él en donde Pedro es la piedra fundamental. De nada vale el asiento, la cátedra, la sede, si no hay una comunidad viva en torno al Papa. De nada vale el templo, por muy bello que se adorne, si no hay hombres y mujeres que, como discípulos–misioneros, lleven a Jesús a la calle, a la vida, al ser y quehacer de cada día.

Por eso, recemos hoy por el sucesor de Pedro, el Papa Francisco, para que reciba la fuerza y la inspiración del Espíritu Santo en todo momento y siga guiando la barca que el pescador de Galilea recibió como encargo del propio Cristo. Que la Santísima Virgen, Madre de la Iglesia, cuya figura materna une a toda la comunidad católica bajo el cuidado pastoral del Santo Padre, nos ayude a renovar nuestra misión de llevar a Jesús a toda la humanidad para que por todos sea conocido y amado. No olvidemos que estamos en Cuaresma, y que es un tiempo especial que nos invita a trabajar en nuestra conversión y en un volver a empezar a vivir con metas más altas de santidad. ¡Bendecido jueves sacerdotal coronado con esta fiesta de «La Cátedra de San Pedro»!

Padre Alfredo.

miércoles, 21 de febrero de 2018

«Jonás y mi camino cuaresmal»... Un pequeño pensamiento para hoy

El libro de Jonás, en la Biblia, es una "parábola", un género literario que vemos usado frecuentemente por Jesús y la gente de su cultura. En él se narra una historia ficticia para ilustrar una lección. Ciertamente sabemos por diversos testimonios de la historia universal y de la arqueología, que Nínive (el lugar que este libro -y Jesús más adelante- menciona) fue una ciudad muy importante que era en realidad una especie de metrópoli que abarcaba tres pequeñas ciudades amuralladas: la propia ciudad de Nínive, Cala y Khorsabad. Nínive, la mas grande, se convirtió en la capital, y por eso toda esa zona fue conocida por su nombre. A este lugar, que es un valle fecundo, fue enviado por Dios el profeta Jonás (Jon 3,1-10) a predicar la urgencia de la conversión de sus habitantes, ya que Nínive era una gran ciudad, no solo en tamaño sino también en maldad. La ciudad era culpable de una gran cantidad de pecados sociales y, a causa de ello, atrajo el juicio de Dios. En los libros de Amós y Oseas, encontramos que el motivo por el cual Dios trajo el juicio sobre el pueblo se debió al aparatoso lujo de sus costumbres, a la inmoralidad sexual y al desenfreno en. La embriaguez. Los habitantes de esta gran metrópoli de aquellos años se habían entregado a la idolatría; su crueldad y brutalidad hacia sus enemigos era incalificable, además de la flagrante inmoralidad que predominaba en la ciudad. Así que estos pecados que caracterizaron a la gran ciudad de Nínive y orillaron a Dios a actuar de esta manera, de forma que Dios envía a su profeta, a su misionero.

Esta orden que Dios da a Jonás, nos muestra que Iglesia debe ser siempre misionera, enviada a los paganos para que proclame el mensaje de Dios a todos aquellos que, como los ninivitas, han quedado atrapados por las seducciones del mundo. Leyendo estas líneas de la Sagrada Escritura, escritas tantos y tantos años atrás, como discípulos-misioneros por el bautismo, cada uno debe preguntarse: ¿Cómo puedo ser yo mismo, especialmente durante esta cuaresma, portador de la Palabra de Dios para que mis hermanos no-creyentes se conviertan y crean? ¿Cuál puede ser, aquí y ahora, mi manera de proclamar la "buena nueva", en mi familia, en mis relaciones humanas, en mi lugar de trabajo? En el lenguaje fuerte de los profetas, la frase: “Dentro de cuarenta días... Nínive será destruida", equivale a decir en nuestros días: conviértanse ya, empiecen a hacer penitencia ahora mismo, el reino de Dios está cerca... ¡es urgente!... mañana o dentro de un mes, será demasiado tarde!

En el Evangelio de hoy (Lc 11,29-32), Jesús repite estas palabras. De los cuarenta días de esa cuaresma que me ha sido dada, ha pasado ya una semana, el miércoles de la semana pasada recibíamos la ceniza que nos era impuesta. ¿Qué he hecho de estos siete primeros días de la cuaresma? ¿Sigo encontrando, tal vez, buenas excusas para no empezar este camino de conversión que todos necesitamos?, ¿he avanzado un poco más en mi camino de fe en cuanto a la relación con Dios en la oración?, ¿He estado realizando mis pequeños sacrificios con espiritu de conversión?, ¿he ayudado un poco más a los que más necesitan? Todavía nos quedan 33 días para la Pascua. No hay tiempo que perder. La cuaresma no es un espectáculo, no es algo que se queda en un signo exterior que nos fue impuesto y se borró el mismo miércoles de ceniza. La cuaresma es tarea interna, real, cuyo signo se ve claramente en nuestro ser y quehacer misionero que crece y se concretiza en obras que responden al llamado que Dios nos hace para ser hombres y mujeres nuevos. Pidamos a la Santísima Virgen María que nos ayude a ver nuestros frenos, nuestros atoros, nuestras excusas -si los hay- para hacerlos a un lado y vivir nuestro caminito cuaresmal, de manera que cuando celebremos la resurrección de su Hijo Jesús, su Palabra y su presencia Eucarística nos encuentren nuevos. ¡Bendecido miércoles! Y yo aquí, casual, disfrutando de la amistad de Mike, Fátima y sus hijos en mi day off de esta semana en Metepec compartiendo en familia este andar cuaresmal cumpliendo la promesa de visitarlos que les hice hace más de un año. 

Padre Alfredo.

martes, 20 de febrero de 2018

«El silencio y la Palabra»... Un pequeño pensamiento para hoy

Durante la Cuaresma y siempre, uno de los principales pilares en donde se sostiene la vida espiritual del cristiano es la Palabra Dios. Isaías hoy la compara a la lluvia y a la nieve (Is 55,10-11) para hablarnos de su fuerza salvadora. Porque no hemos sido salvados solamente por la sangre y el sacrificio de Cristo. La palabra de Dios es un alimento necesario a nuestras vidas, de hecho en la Misa de habla de "la mesa de la palabra y la mesa de la Eucaristía". Quien deja entrar la palabra como alimento de sus vidas, ha entrado a formar parte de su Pueblo. Este es el mensaje que nos quiere dar Isaías hoy. El profeta conoce bien la eficacia callada y profunda del agua y de la nieve. Empapan, fecundan, hacen germinar la tierra para que de semilla y se pueda confeccionar el pan que nos alimenta. La palabra de Dios no se queda en las nubes, sino que encaja en lo más profundo del ser humano, nuestra mente y nuestro corazón. En su Hijo, esa palabra ha venido a encarnarse. Dios, para quien todos viven (Mc 20,38) ha tomado en serio la palabra que juró a Abrahám, Isaac y Jacob. A nosotros, los hijos de la promesa, nos dio su Palabra hecha carne y hueso, como testamento definitivo de su amor.  Aquí radica toda la fuerza salvadora de nuestra fe. Cristo viene a infundir un nuevo sentido y razón de vivir a los que reciben esta Palabra.

En cuaresma, en concreto el día de hoy, la Palabra que se hizo carne y habitó entre nosotros (Jn 1,14) nos invita a orar al Padre con una sencillez que, en medio de un mundo que todo lo complica, es de verdad, impresionante. En este privilegiado tiempo de conversión, podemos valorar más lo que es el silencio, para comprender más cada palabra de esta oración, saliendo de lo mecánico y repetitivo, y encontrndonos con el sentido filial y solidario que tiene esta oración para todo cristiano. Benedicto XVI, en una de sus audiencias de los miércoles (7 de marzo de 2012) comenta este pasaje evangélico diciendo: "Un corazón atento, silencioso, abierto, es más importante que muchas palabras. Dios nos conoce en la intimidad, más que nosotros mismos, y nos ama: y saber esto debe ser suficiente... todos nosotros casi conocemos a Dios sólo de oídas y cuanto más abiertos estamos a su silencio y a nuestro silencio, más comenzamos a conocerlo realmente. Así como en el silencio, la lluvia y la nieve que han caído haciendo ruido, hacen su tarea en la tierra para que la semilla crezca, germine y de fruto; así en silencio hay que dejar actuar a Dios en nuestros corazones. Es necesario el silencio exterior (oído, vista) e interior (memoria, imaginación) para escuchar dejar que la palabra de Dios excave un espacio interior en lo profundo de nosotros mismos y permanezca haciendo efecto. Así como los ojos, al apagar la luz de repente, se van acostumbrando progresivamente a la oscuridad y comienzan a ver en lo negro de la noche, de la misma manera el alma del creyente comienza a escuchar a Dios en medio del silencio y se dirige a Él con pocas, pero profundas palabras, como Jesús al Padre. 

Cuando se hace el hábito del silencio, nos damos cuenta de que experimentamos a Dios de una manera muy particular y descubrimos que habla mucho más de lo que nos pensábamos y habla directo al corazón. Hagamos esta cuaresma el ejercicio del silencio para experimentar a Dios como Padre, como nos lo enseña Jesús en esta sencilla y profunda oración del Padrenuestro. No tengamos pánico a estar en medio del silencio. La beata María Inés, en una de sus cartas colectivas escribía: "Para ser almas contemplativas en la acción, en el apostolado, necesitamos enseñarnos a guardar el silencio, tan necesario para una íntima comunicación con Dios, medio eficacísimo, y casi único para superar los obstáculos que se interponen en nuestro caminar hacia él, para saber cumplir fielmente nuestros deberes, para saberlo amar, como él quiere ser amado" (Carta Colectiva del 19 de febrero de 1980).  La Virgen María siempre será ejemplo de un silencio dinámico y no estático para hablar y escuchar al Padre, por eso María es llamada con el titulo conciliar de hija predilecta del Padre que acoge con fe la palabra de Dios. Que ella nos ayude a vivir el silencio cuaresmal, ese silencio que hace espacio en el corazón para orar al Padre, como Jesús nos enseñó. ¡Bendiciones para este martes!

Padre Alfredo.  

lunes, 19 de febrero de 2018

«Los mandamientos y las obras de misericordia»... Un pequeño pensamiento para hoy


¿Me creerán si les digo que no escuché la alarma sísmica ni sentí el sismo de esta madrugada? Cuando estoy despierto estoy medio atarantado, pero cuando estoy dormido estoy completamente atarantado. Ciertamente con más de 2,080 réplicas del sismo del viernes pasado, sigue temblando; nada extraordinario diría yo, porque así es siempre, lo que pasa es que con la tecnología cada vez más moderna, los movimientos se perciben más, aunque sean muy leves. Pero ¿qué tiene que ver esto con mi meditación del día de hoy? El Evangelio de hoy nos habla del juicio final (Mt 25,31-46), donde nuestros corazones serán expuestos ante Dios para ver si fueron fríos como el hielo o calientes como el fuego; duros como el diamante o blandos, como el talco mineral, según hayamos vivido las obras de misericordia. Pero, situaciones como los que ahora hemos estado viviendo, con tanto temblor, nos ayuda a darnos cuenta de que siempre hemos de esperar ese día, porque no solamente en un temblor, sino en una convivencia familiar, como aquellos que en Oaxaca murieron por la caída de un helicóptero sobre ellos, llegaron al final de su existencia. Eso no fue el juicio final, pero sí el término en esta tierra para gran parte de dos familias.

Con las obras de misericordia, Cristo nos resume lo que nuestra vida debe ser: una búsqueda constante de la santidad buscando ser, como dice la beata María Inés Teresa, "una copia fiel de Jesús" que pasó por el mundo haciendo el bien (Hch 10,38). Estas cosas que nos dice Jesús, era ya enseñanzas del libro del Levítico que seguramente había escuchado y meditado desde pequeño y que se pueden resumir en esto: "Sean santos, porque Yo el Señor, su Dios, soy Santo" (Lev 19,2). Jesús dirá: "sean perfectos como su Padre es perfecto" (Mt 5,48). De ese modo, entendemos que los mandamientos, de los que nos habla la primera lectura de hoy (Lev 19,1-2.11-18) No hurtarás... No mentirás... No explotarás a tu prójimo... No cometerás injusticias. No calumniarás... No habrá odio en tu corazón... No te vengarás... No guardarás rencor... no pueden ser tomados a la ligera como mucha gente de nuestro hoy los ve. El discípulo-misionero tiene que examinar, más allá de las palabras del Levítico y de Mateo, el estilo de relación que vive con Dios y con el prójimo: ¿cuál es mi forma concreta de vivir los mandamientos? ¿Si el juicio final llega de repente o si me topo con la muerte inesperadamente que va a encontrar el Señor en mí?

Estamos en Cuaresma y hemos de pensar en todo esto de manera más intensa, aunque donde vivas no tiemble ni se caigan helicópteros... porque en este tiempo debemos valorar con más intensidad lo que vale una vida que se va pareciendo a la de Cristo, cuya pasión, muerte y resurrección es la máxima lección de amor que Él nos ha dejado y que debe convertirse en el método que tenemos que seguir alcanzar la salvación. Cada vez que damos un paso viviendo las obras de misericordia según los mandamientos, se hacen realidad las palabras del Evangelio de hoy: "Vengan, benditos de mi Padre" (Mt 25,34). Que nuestro corazón no se enfríe con la maldad, la rutina o la apatía que vemos extendiéndose como plaga a nuestro alrededor, sino que despierte y se caliente en este tiempo bendito que es la Cuaresma y descubramos cada día la oportunidad de afianzarnos en la práctica de los mandamientos y en el darse en las obras de misericordia. Porque, después de todo, uno corre el peligro de sentirse exento de muchas cosas diciendo no he matado, ni he robado, no le hago ningún mal a nadie. Pero ¿se he amado suficientemente?... ¿he sido misericordioso?... Entre los títulos con los que coronamos a la virgen María está el de "Madre del Amor misericordioso". Ella es la Madre de Cristo, la Madre de Dios. Sin duda que Dios quiso escogerse una Madre adornada especialmente de la cualidad o virtud que a Él lo define. Por eso María debió vivir intensamente el amor a los mandamientos y la práctica de la misericordia en grado elevadísimo. Ella ha sido la única creatura capaz de un amor perfecto y puro que se hace donación, sin sombra de egoísmo o desorden. Porque sólo Ella ha sido inmaculada; y por eso sólo Ella ha sido capaz de amar a Dios, su Hijo, como Él merecía y quería ser amado. Ella nos ayudará a perseverar en este camino cuaresmal. ¡Bendecido lunes y a darle en el trabajo y el estudio!

Padre Alfredo.

domingo, 18 de febrero de 2018

«Las tentaciones»... Un pequeño pensamiento para hoy


Mi reflexión sobre la Palabra de Dios la hago hoy, de madrugada, desde el aeropuerto de Monterrey, al regreso de un viaje relámpago que empezó ayer mediodía para bendecir la unión matrimonial de Ernesto y Jessica Daniela recordando, junto con ustedes, que hemos iniciado el miércoles pasado la Cuaresma. El Evangelio del primer domingo de este tiempo privilegiado de conversión, nos habla de las tentaciones de Jesús. De una manera muy breve, san Marcos explica que Jesús fue tentado, que superó las propuestas del Maligno, y empezó a anunciar el reino de Dios (Mc 1,12-15), pero, no nos dice nada respecto a la materia en la que Jesús fue tentado. ¿Cuáles fueron las tentaciones de Cristo? Por el relato paralelo en los otros evangelistas las conocemos bien (Mt 4,1-1 1 y Lc, 4,1-12) y pudiéramos afirmar que todas las tentaciones de Jesús pueden resumirse tal vez en una sola: "Ya que eres hijo de Dios, ¿por qué no utilizas tu poder para implantar tu reino? ¿Por qué no te vales de tu omnipotencia y te ahorras trabajo y sufrimiento?" Pero sabemos que este no es el estilo de Dios. Jesús, que es verdadero Dios y verdadero hombre, renuncia a su poder y se lanza a predicar el amor de su Padre entre su gente, de pueblo en pueblo y de persona en persona, con sencillez y sin grandes pavoneos. Dios no ha querido salvarnos desde una posición de superioridad espectacular, sino desde la humildad y sencillez de Jesús, Verbo Encarnado. Nuestro Dios nos salva poniéndose a nuestra altura en todo, menos en el pecado pero incluso en la tentación, porque fue tentado como lo somos nosotros. 

San Pedro explica el gesto de Jesús en el segmento de su carta que leemos hoy: "Con este Espíritu (el de Dios) fue a proclamar su mensaje a los espíritus encarcelados que en un tiempo habían sido rebeldes, cuando la paciencia de Dios aguardaba…" (1 Pe 3,18-22). La tarea encomendada a Jesús, es una misión redentora. Bastante lejos de él queda toda imagen de un Dios temible y tirano, que oprima, controle y juzgue inhumanamente. A tanta gente que hoy critica nuestra religión por ser opresora -según ellos-, bastaría con explicarles bien el Evangelio para que vieran que el mensaje de Jesús es todo lo contrario de la esclavitud. Dios nos libera de muchos poderes que no tienen nada de humanitarios y amables. San Pedro habla de espíritus prisioneros, almas encadenadas por la rebeldía. ¿Cuántas personas de hoy viven así? Esclavas, atadas no sólo por las obligaciones, la pobreza o la opresión de unos cuantos, sino por el sutil y engañoso poder del mal que actúa casi sin que nos demos cuenta. En el fondo, lo que nos encarcela el alma, son esas tendencias que nos encierran en nosotros mismos: la autosuficiencia, la vanidad, el miedo, la soberbia y la desconfianza; la pereza, la impaciencia, la rabia, la envidia y la tristeza; en una palabra, el egoísmo. Todo esto nos divide y crea barreras provocando conflictos y malentendidos, y en último extremo hasta violencia. El problema es que muchas veces no reconocemos ese o aquel mal que, como un cáncer oculto, crece galopantemente en la sociedad actual que globaliza todo, incluso el pecado.

Después del pecado de Adán y Eva, la situación de vida del hombre se deterioró y el ser humano ya no pudo realizarse como hijo de Dios.  Caín asesinó a su hermano Abel, y la gente siguió haciendo mal.  En su deseo para vivir como Dios, el ser humano trató de asaltar el cielo edificando la torre de Babel. Entonces Dios decidió que tenía que corregirnos.  Envió el diluvio y salvó a Noé y a su familia.  Con su bendición, estableciendo una alianza expresada en el arcoíris -cuyo significado hoy algunos han desvirtuado-, la humanidad tiene un nuevo arranque (Gn 9,8-15). Mucho tiempo después viene Jesús a asumir todo este mal y lo carga sobre sí mismo. Su bautismo, dice san Pedro, nos limpia espiritualmente. Un baño del Espíritu Santo nos purifica hasta el fondo. Y nos hace vivir de forma nueva, con la alegría y la libertad propias de los hijos de Dios, de quienes se saben infinitamente amados por él. Esta es mi reflexión para este primer domingo de Cuaresma, mientras recuerdo el monte de las tentaciones donde apenas hace unos cuantos días estuve en Tierra Santa. La historia asume que se trata del Monte Cuarantania, un monte de aprox. 366 mts. de altura, localizado a 11 km. al noroeste de Jericó -la que se considera la ciudad más antigua del mundo- en Cisjordania, Palestina y al que uno asciende en teleférico. Desde ahí se contempla todo el valle y se entiende la tentación que el enemigo pone a Cristo para mostrarle que con su poder lo puede todo. Cada vez que recitamos el Padrenuestro decimos: "¡No nos dejes caer en la tentación!" y cada vez que oramos con el Avemaría repetimos: "Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte". Es que la tentación estará presente siempre, al acecho; pero también la compañía de María estará, para ayudarnos a ser fieles a Jesús e imitarlo en el triunfo contra las encerronas del enemigo. ¡Que tengas un bendecido domingo y que a Ernesto y Jessica, que hace unas horas han formado una nueva familia, Dios los colme de una dicha abundante que nadie les pueda arrebatar!

Padre Alfredo.

sábado, 17 de febrero de 2018

«Seguir al Señor en esta Cuaresma»... Un pequeño pensamiento para hoy

Este sábado iniciamos nuestra meditación, nuevamente, como ayer, con el libro de Isaías, que hoy nos hace una invitación preciosa: ser generosos y compartir (Is 58,9-14). Dios es generoso por naturaleza. Cada vez que lo invocamos, nos responde generosamente. Me llama la atención, leyendo y meditando la primera lectura del día de hoy, que el Señor, siempre bueno y compasivo, nos invita a dar al hambriento no solo el pan material, la comida que alimenta el cuerpo; sino también el pan de la esperanza, el pan del hambre de fe, el pan de amor, el pan de una sonrisa, el pan de un gesto de compasión, el pan de la compañía en la soledad y a ver que el auténtico creyente de hoy es todo aquel que tiene hambre de paz, hambre de perdón y que sabe que solamente en Dios a través de los hombres y mujeres de Dios será saciado.

Dios se preocupa siempre de cada uno de nosotros, porque, como aprendimos en el catecismo desde pequeñitos: "Es un padre bueno y cariñoso que nos ama". Nosotros, en su nombre y enviados por Él, hemos de ver por el hambriento y por el que sufre. Dios se preocupa de cada uno de nosotros, y nosotros, a su vez debemos preocuparnos de los demás. Nuestra oración cuaresmal, es importantísima dentro de este dinamismo, y no se puede perderse ni sucumbir ante los ruidos del mundo. Dios quiere nuestra oración, y para ello debemos entrar en su descanso, en su paz, en su silencio, porque la oración nos hará llegar al corazón de aquellos que nos necesitan, alcanzando, a la vez, el corazón de Dios. Él nos ha elegido a cada uno no por ser sabios, ni por ser más o mejores que nadie; nos llamó simplemente porque quiso, como lo hizo con Leví (Mateo) al sacarlo de su mesa de cobrador de impuestos y hacerlo su discípulo-misionero" diciéndole "sígueme" (Lc 5,27-32). Jesús, en el Evangelio de hoy, llama a este hombre, que es un simple cobrador de impuestos. El llamado que Dios nos hace puede llegar en el momento menos pensado. Leví (Mateo), está sentado a su mesa y aparentemente no piensa sino en cumplir bien su oficio y sacarle jugo. El Señor llega y al verlo y escuchar el "sígueme", no puede prever el paso inesperado de un llamado que iba a cambiar su vida. Con esto Dios muestra su soberanía en el llamado. 

Dios llama a quién quiere y cuando quiere. Bajo este punto de vista se puede comparar el momento del llamado al de la muerte. El Señor, por la muerte llama a cada hombre al ir a la vida eterna, en el instante que ha fijado. Jesús pudo haber escogido entre muchos otros que estaban ahí -seguro éste no era el único que estaba cobrando impuestos o pagándolos- pero lo llamo a él. Así nos llama a cada uno de nosotros en esta Cuaresma para que sigamos un camino de conversión que nos lleve a seguirlo. Jesús ya sabe que cada uno de nosotros, al haber llegado el miércoles pasado a recibir la ceniza, se sabe amado por Dios y llamado a una vida de seguimiento como discípulo-misionero de Cristo. El "arrepiéntete y cree en el Evangelio" que escuchamos, es el mismo "sígueme" del Señor, que sabe que queremos y necesitamos ir detrás de Él para cambiar de vida, para dar un nuevo rumbo, para tomar caminos que nos lleven a vivir la paz, la esperanza y la misericordia. Hoy le pedimos al Señor, junto a María Santísima -recordando que cada sábado la honramos de manera especial- que quite de nosotros, el yugo que nos pesa, que nos oprime y que no nos deja soltar la mesa a la que estamos atados o el escritorio en el que estamos instalados; en otras palabras, el confort en el que estamos acomodados. Él nos llama a dejar nuestros intereses para seguirle en un camino de conversión esperando que le respondamos como Leví (Mateo) y trabajemos en sus intereses. ¡Bendecido sábado en nuestro camino Cuaresmal!

Padre Alfredo.

viernes, 16 de febrero de 2018

TESTIMONIOS VOCACIONALES DE ALGUNOS ESPAÑOLES QUE VALE LA PENA VER...

«EL VERDADERO SENTIDO DEL AYUNO»... Un pequeño pensamiento para hoy


¡Cuánto necesitamos una relación personal con Cristo para entender el sentido de las prácticas de la Cuaresma! La primera lectura que hoy nos presenta la liturgia de la Palabra, tomada de Isaías (Is 58,1-9), nos presenta la verdadera razón de ser del ayuno, una de las prácticas de este tiempo privilegiado de conversión. En la Sagrada Escritura éste es el tratado más detallado sobre el tema. Si nosotros como discípulos-misioneros de Cristo no aplicamos la práctica del ayuno correctamente, no pasará de ser algo meramente humano que tal vez ayude a adelgazar a algunos o a llenar de ira a otros por el hambre que causa. En este capítulo 58 de Isaías, el Señor aclara que el pueblo no ha estado aplicando la ley del ayuno correctamente. El Señor plantea algunas preguntas para dar la explicación de lo que verdaderamente es esta práctica ancestral que se presenta como ley o mandato: "Me dicen todos los días: '¿Para qué ayunamos, si tú no nos ves? ¡Para qué nos mortificamos, si no te das por enterado? Es que el día en que ustedes ayunan encuentran la forma de hacer negocio y oprimen a sus trabajadores. Es que ayunan, sí, para luego reñir y disputar, para dar puñetazos sin piedad" (Is 58,3s).

Algunas gentes del tiempo de Cristo, y entre ellos cierto número de fariseos y escribas, cuya vivencia religiosa era "cumplidora" pero más fría que el hielo, ayunaban para impresionar a otros, para el debate y para otros propósitos malvados en lugar de lo que debía ser y critican a Jesús cuestionándole sobre el tema, como nos lo narra el Evangelio de hoy (Mt 9,14-15). Nosotros, que hemos leído este Evangelio y sus paralelos una y otra vez, sabemos que sin el espíritu apropiado, el ayuno, en la vida de cualquier creyente si se hace solamente desde el plano humano, sin sobrenaturalizarlo, da como resultado únicamente el hambre, la irritabilidad y la contención, a veces hasta ofendiendo a quien no ayuna. El afligir a alguien, lamentándose y diciéndole: "¡Estoy ayunando para ti, para que te corrijas!" puede ser tan ofensivo como darle un puñetazo en la cara. De otra manera, si nuestro ayuno a favor de alguien se hace en secreto y con humildad, entonces sí el Señor intervendrá en mi propia conversión y en la del hermano. "El ayuno que yo quieto de ti es éste, dice el Señor: Que rompas las cadenas injustas y levantes los yugos opresores; que liberes a los oprimidos y rompas todos los yugos; que compartas tu pan con el hambriento y abras tu casa al pobre sin techo; que vistas al desnudo y no des la espalda a tu propio hermano" (Is 58,6-7).

Jesús afirma que esta privación alimenticia, este rito de penitencia que la Iglesia adopta para la Cuaresma, no encaja con los modos y tiempos mesiánicos que se caracterizan por la alegría y gloria del Reino que ya se ha empezado a establecer. El esposo mesiánico que nos trae la alegría de la salvación nos muestra un tipo de ayuno en el que esa práctica nos lleve a practicar la misericordia con el hermano. Si nuestro ayuno quiere ser expresión religiosa de una fe que practicamos, deberá traducirse en servicio misericordioso a los cercanos y a los necesitados. Si me quito el pan de la boca, porque ayuno, es porque lo voy a dar al que no lo tiene -sea pan material o espiritual el que le dé- y solo así esta privación voluntaria de alimento tendrá sentido de ofrenda y como gesto será escuchado como plegaria y limosna (ofrenda). La vivencia de la Cuaresma, con estos signos que la marcan -ayuno, oración y limosna- es un acontecimiento que se vive día a día y que de ninguna manera impone un cumplimiento meramente formal antes de la misericordia para con el prójimo A la luz de la Palabra de hoy hay que revisar la clase de ayuno y abstinencia que practicamos. No se trata solamente de dejar de desayunar o almorzar, o de dejar de comer carne a la fuerza, sino que esto vaya acompañado de obras que den felicidad al que está a mi lado o al necesitado, que está triste y espera que el Reino se establezca en él también. Pidámosle a la Santísima Virgen que, en su sencillez y austeridad de vida, nos ayude a ser persistentes en vivir el ayuno y la abstinencia como debe ser. ¡Que Dios bendiga nuestras prácticas cuaresmales en este bendecido día en el que de por sí, como cada viernes, recordamos la pasión de Cristo en su entrega por salvarnos!

Padre Alfredo.

jueves, 15 de febrero de 2018

«Esta tarde con la Samaritana»... Hora Santa 33. Para orar en el tiempo de Cuaresma


Se inicia la Hora Santa con la Exposición del Santísimo mientras se canta.

CANTO DE ENTRADA:
«En Jesús puse toda mi esperanza»

EN JESÚS PUSE TODA MI ESPERANZA,
ÉL SE INCLINÓ HACIA MÍ,
Y ESCUCHÓ MI CLAMOR,
Y ESCUCHÓ MI CLAMOR...

Me sacó de la fosa fatal,
del fango cenagoso;
asentó mis pies sobre la roca,
mis pasos consolidó...

En Jesús puse toda mi esperanza...

Puso en mi boca un canto nuevo,
una alabanza a nuestro Dios,
muchos verán y creerán,
y en Jesús confiarán...

En Jesús puse toda mi esperanza...

Ministro: Creemos en ti, Jesús, Señor de la Eucaristía. Tú nos diste a beber agua viva para que no nos falte nunca el don de tu Espíritu y la experiencia de tu Amor. 
Todos: Padre Nuestro, Ave María, Gloria.

Ministro: Creemos en ti, Jesús, Señor de la Eucaristía. De tus labios, el pedir de beber, es una declaración de amor divino, que ofreces, en la samaritana, a todos los pueblos.
Todos: Padre Nuestro, Ave María, Gloria.

Ministro: Creemos en ti, Jesús, Señor de la Eucaristía. Por el agua del bautismo hemos sido convertidos en tus hermanos menores para adorarte en espíritu y en verdad.
Todos: Padre Nuestro, Ave María, Gloria

Ministro:  Padre Santo, Tú permites a tus hijos experimentar tu misericordia cuando encontramos a tu Hijo, Jesucristo a quien ahora adoramos. Permítenos escuchar en esta Hora Santa su voz, que nos anuncia tu compasión y tu amor. Haz que en estos momentos lo encontremos, de corazón a corazón, para que apague nuestra sed de vida y para que viviendo con alegría nos parezcamos más a él, que vive y reina contigo, en la unidad del Espíritu Santo, por los siglos de los siglos.
Todos: Amén.

Monitor: Conocer a Dios es el fundamento para poder amarlo de verdad, porque nadie ama a quien no conoce, escuchemos ahora la experiencia de la samaritana. Nos ponemos de pie.

LECTURA DE LA PALABRA DE DIOS:

Del evangelio según san Juan.                                                                        (Jn 4, 5-18)

En aquel tiempo, llegó Jesús a un pueblo de Samaria, llamado Sicar, cerca del campo que dio Jacob a su hijo José. Ahí estaba el pozo de Jacob. Jesús, que venía cansado del camino, se sentó sin más en el brocal del pozo. Era cerca del mediodía. Entonces llegó una mujer de Samaria a sacar agua y Jesús le dijo: «Dame de beber». (Sus discípulos habían ido al pueblo a comprar comida). La samaritana le contestó: «¿Cómo es qué tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?». Jesús le dijo: «Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, tú le pedirías a él, y él te daría agua viva». La mujer le respondió: «Señor, ni siquiera tienes con qué sacar agua y el pozo es profundo, ¿cómo vas a darme agua viva? ¿Acaso eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, del que bebieron él, sus hijos y sus ganados?» Jesús le contestó: «El que bebe de esta agua vuelve a tener sed. Pero el que beba del agua que yo le daré, nunca más tendrá sed; el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un manantial capaz de dar la vida eterna». La mujer le dijo: «Señor, dame de esa agua para que no vuelva a tener sed ni tenga que venir hasta aquí a sacarla». Él le dijo: «Ve a llamar a tu marido y vuelve». La mujer le contestó: «No tengo marido». Jesús le dijo: «Tienes razón en decir: ‘No tengo marido’. Has tenido cinco, y el de ahora no es tu marido. En eso has dicho la verdad». Palabra del Señor.

Monitor: Guardemos un momento de silencio para la oración y el diálogo personal con el Señor.

CANTO DE MEDITACIÓN:
«LA SAMARITANA»

La tarde era un puñado
de luz y de sudores,
el sol llegaba fuerte
y Jesús sintió sed.
Él llegaba cansado,
de andar por los caminos
y una mujer del pueblo,
le pidió de beber.

ERA SAMARITANA
Y NO SABÍA DÓNDE ESTABA
EL REMEDIO PARA LA SED
ERA SAMARITANA
Y NO SABÍA QUE JESÚS
ES EL CAMINO HACIA LA FE.

Jesús le dijo a aquella
que le negaba el agua,
Si tú me conocieras
no tendrías más sed.
Porque el tiempo se acerca
en que toda la gente,
para calmar sus ansias,
beberán de mi ser.

ERA SAMARITANA...

Su vida estaba turbia
y se estaba dando cuenta,
que aquel con quien hablaba
veía en su interior.
Se fue corriendo al pueblo
y le dijo a los vecinos
en un hombre sediento,
encontré al salvador.

ERA SAMARITANA...

Lector: En el marco de la Cuaresma hacemos nuestra Hora Santa ayudados por el testimonio de la samaritana con su «¡Dame de beber!» (Jn 4, 7), palabras que nos llevan a meditar en la pasión de Dios por toda la humanidad anhelando suscitar en nuestros corazones el deseo del don del «agua que brota para la vida eterna» (Jn 4, 14) y que hace de los cristianos «adoradores verdaderos» capaces de orar al Padre «en espíritu y en verdad» (Jn 4, 23). ¡Sólo esta agua que brota de la Eucaristía puede apagar nuestra sed de bien, de verdad y de belleza! Sólo esta agua, que nos da el Hijo, irriga los desiertos del alma inquieta e insatisfecha, «hasta que descanse en Dios», según las célebres palabras de san Agustín.

Se puede hacer el siguiente canon semitonado:

Dame de beber,
Dame de beber,
Dame de beber,
Dame de beber, Jesús.

Momentos de silencio.

Lector: Jesús se presenta ante la samaritana no sólo como la fuente de agua viva, sino como Alguien que nos hace ser «un manantial capaz de dar la vida eterna». Si me acerco a Él, se remedia mi sed, y como discípulo–misionero puedo dar a los demás agua viva; puedo ayudarles a salir de su sed, de su soledad, de su amargura, de su depresión y desolación, para que lleguen a la tierra prometida. Jesús hizo ver a la mujer samaritana que llevaba ya cinco maridos, y que con quien en ese momento convivía, no era su legítimo esposo. Esto es lo que hace el agua de Cristo desde su presencia Eucarística: nos invita a ver con más claridad nuestros pecados para irnos a lavar en el pozo del sacramento de la Reconciliación. Por ello la Cuaresma nos exige lavarnos de tantas manchas que se nos pegan por el camino. En este tiempo privilegiado de conversión, somos invitados a lavar las manchas del pecado y a iniciar una nueva vida.

Se puede hacer el siguiente canon semitonado:

Lávame Señor,
Lávame Señor,
Lávame Señor,
Lávame Señor, Jesús.

Momentos de silencio.

Lector: Nosotros también, como la Samaritana, nos encontramos a Jesús en el pozo, pero ahora ese pozo es la Custodia en donde adoramos desde el silencio de nuestro corazón su presencia, para convertirnos, para beber paz, perdón, serenidad y fortaleza, que nos ayuden a continuar luchando en este desierto de la vida. De manera que a la luz de este relato encontramos que la Cuaresma es un tiempo especial para acercarnos a este pozo eucarístico y adorar calladamente desde lo profundo de nuestro ser pidiendo un nuevo corazón. Sólo bebiendo de esta agua, los sacerdotes y consagrados podrán dar de beber a las almas, los esposos podrán permanecer fieles, sobrellevarse y amarse. los hermanos podrán estar en paz interiormente y convivir en paz en familia. Sólo estando en silencio algunos momentos ante Cristo, los que quieran vivir la Cuaresma encontrarán sabiduría, prudencia y fortaleza para vivir este tiempo de oración, ayuno y limosna.

Se puede hacer el siguiente canon semitonado:

Conviérteme hacia ti,
Conviérteme hacia ti,
Conviérteme hacia ti,
Conviérteme hacia ti, Jesús.

Momentos de silencio.

Monitor: Oremos en espíritu y en verdad a nuestro Padre Dios, fuente de toda vida y misericordia, y digámosle:

R/ Señor, sacia nuestra sed.

1.Por la Iglesia, para que nos acerque a la misericordia de Dios y sea ella la que, como madre y maestra siempre nos dé de beber de la fuente de vida eterna, oremos.

2. Por los pastores de la Iglesia, para que estén siempre disponibles a dar de beber a quienes acuden al pozo del confesionario y puedan escucharlos con paciencia y comprensión, oremos.

3. Por los gobernantes y por los partidos políticos, para que busquen la fuerza del espíritu desde la oración y tomen buenas decisiones ante los problemas de los que más sufren en nuestra sociedad, oremos.

4. Por los niños, adolescentes y jóvenes, para qué sintiéndose verdadera comunidad de la Iglesia de Jesucristo, lleguen a ser fuente de agua viva para todos los sedientos, a través de la vocación específica que elijan, oremos.

5. Por todos nosotros y nuestra comunidad, para qué en la búsqueda de la renovación de nuestras vidas, durante esta Cuaresma, aprendamos a vivir según el espíritu de Jesús, oremos.

Ministro: Padre, muéstranos nuevos caminos hacia ti y hacia los hermanos y que sepamos encontrarnos fraternalmente unos a otros como tú te encuentras con nosotros, en Jesucristo nuestro Señor. Amén

CANTO PARA LA BENDICIÓN:
«OH BUEN JESUS YO CREO FIRMEMENTE»

OH BUEN JESUS YO CREO FIRMEMENTE
QUE POR MI BIEN ESTAS EN EL ALTAR.
QUE DAS TU CUERPO Y SANGRE JUNTAMENTE
AL ALMA FIEL EN CELESTIAL MANJAR.

Pequé, Señor, ingrato he venido;
infiel te fui, confieso mi maldad;
Contrito ya, perdón, Señor te pido,
eres mi Dios, apelo a tu bondad (bis).

OH BUEN JESUS...

¡Oh Buen Pastor, amable y fino amante!
Mi corazón se abraza en fino ardor,
si te olvidé, hoy juro que constante,
he de vivir tan solo en tu amor (bis).

OH BUEN JESUS...

Ministro: Nos diste Señor, el pan del cielo.
Todos: Que contiene en sí todo deleite

OREMOS: Oh Dios, que en este sacramento admirable nos dejaste el memorial de tu pasión, te pedimos nos concedas venerar de tal modo los sagrados misterios de tu Cuerpo y de tu Sangre, que experimentemos constantemente en nosotros el fruto de tu redención. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. R. /Amén.

Aclamaciones finales:
*Bendito sea Dios. *Bendito sea su santo nombre. *Bendito sea Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre. *Bendito sea el nombre de Jesús. *Bendito sea su sacratísimo Corazón. *Bendita sea su preciosísima Sangre. *Bendito sea Jesús en el Santísimo Sacramento del altar. *Bendito sea el Espíritu Santo Paráclito. *Bendita sea la gran Madre de Dios, María Santísima. *Bendita sea su santa e inmaculada Concepción. *Bendita sea su gloriosa Asunción. *Bendito sea el nombre de María, Virgen y Madre. *Bendito sea San José, su castísimo esposo. *Bendito sea Dios en sus ángeles y en sus santos. Amén.

CANTO FINAL:
«MI PENSAMIENTO ERES TÚ»

Mi pensamiento eres Tú, Señor (3v). Mi pensamiento eres Tú.

Porque Tú me has dado la vida. Porque Tú me has dado el existir.
Porque Tú me has dado cariño, me has dado amor. (bis)

Mi fortaleza eres Tú, Señor ( 3v). Mi fortaleza eres Tú.
Mi alegría eres Tú, Señor (3v). Mi alegría eres Tú.

Mi esperanza eres Tú, Señor (3v). Mi esperanza eres Tú.