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viernes, 28 de diciembre de 2018

«EL CATEQUISTA, UNO CON CRISTO Y CON EL HERMANO»

Cualquier experiencia vivida en plenitud no nos deja indiferentes, cala hondo en nuestras vidas y nos transforma. «A medida que las experiencias son profundas y auténticas, las personas quedan transformadas, cambiadas. Es difícil que haga verdadera experiencia quien no está dispuesto a cambiar, así como es difícil cambiar de vida, si no se viven experiencias significativas.» (Alberich, Emilio. “La catequesis en la Iglesia”. Ed. CCS. Madrid. 1991) 

Los que, auténtica y profundamente, han vivido la experiencia del Señor Resucitado resultan transformados. Este acontecimiento les suscita la fe como un dinamismo que brota de la Pascua de Cristo. Ésta es la experiencia de la primera comunidad de Jerusalén. Experiencia cercana y viva que hacía exclamar a los que los veían: «Miren cómo se aman» «¡Miren cómo se aman! Miren cómo están dispuestos a morir el uno por el otro» decía Tertuliano que comentaban los paganos en el siglo II. ¿Dónde encontraban la fuerza de tal amor? En una relación viva y de confianza con el Señor Jesús resucitado. Y esto es así aún hoy. El acontecimiento de la resurrección se hace testimonio por la fe. «¿Por qué son así? ¿Por qué viven de esa manera? ¿Quién los inspira? ¿Por qué están con nosotros?... Este testimonio constituye ya de por sí una proclamación silenciosa…» (Cfr. L.G. nº 21). 

Cuando vivimos en el gozo y la comunión del Cristo resucitado, el egoísmo deja paso al amor. La piedad, esa relación de fe y de confianza entre Dios y nosotros sus hijos, es renovada y se vuelve más viva y sincera. La fidelidad de Cristo da un nuevo impulso al corazón y a la vida. ¡Gracias a su ayuda es que podemos ser su s testigos hacia los que nos rodean! 

Y es ese mismo testimonio el que se hace Palabra en el primer anuncio y en la catequesis. La Verdad gustada, saboreada, conocida y vivida se comunica a otros. Resuena en el corazón de los que la reciben, dejando que ella se encarne en sus propias vidas. Por eso, la experiencia de fe nunca es, del todo, una experiencia de soledad. Está llamada a hacerse eco y a suscitar una adhesión de corazón a la Persona de Jesús, a su Mensaje y a un nuevo estilo de vida. Nuestra fe es, por lo tanto, una experiencia eclesial. 

Los catequistas, como hombres y mujeres de fe, son hombres y mujeres de la Iglesia. Su vida es sostenida y animada por el acontecimiento de la resurrección. Es como si recién regresaran de Jerusalén. Como si hubieran visto la piedra corrida y el sepulcro vacío; como si hubieran escuchado al Señor alentándoles a echar las redes mar adentro, allí donde hay buena pesca; como si hubieran visto las llagas del cuerpo glorificado de Jesús; como si se hubieran quedado mirando al cielo durante la Ascensión del Maestro y como si hubieran recibido al Espíritu Santo estando las puertas cerradas del Cenáculo. 

La fe del catequista no proviene esencialmente de cuánto puedan saber o de cuánto hayan estudiado, ni siquiera de cuán buenos son o de su habilidad metodológica —aunque es muy necesaria—. La fe del catequista es, fundamentalmente, don que Dios otorga gratuitamente, y respuesta que se funda en la certeza de la Resurrección como piedra angular de la Revelación. Ante tantos que, como el etíope de las Escrituras, peregrinan sedientos de una respuesta que dé sentido a su vida, los catequistas no son cristianos que guarden su fe, sino que la entregan a manos llenas. Y, mientras más la comunican, más crecen en esa misma fe, recordando aquello que San Juan Pablo II decía en la encíclica Redemptoris missio, cuando afirmaba que «la misión renueva la Iglesia, refuerza la fe y la identidad cristiana, da nuevo entusiasmo y nuevas motivaciones. ¡La fe se fortalece dándola!» (R Mi nº 2). Su palabra y su vida, la de cada uno de ustedes, se hacen testimonio en la comunidad. Los catequistas deben conocer y profundizar nuestra fe, celebrarla, rezarla, vivirla y comunicarla con toda la fuerza de nuestra vocación de cristianos. Los catequistas hacen de la vivencia de la fe un preciado vínculo con Dios, con nuestros hermanos y consigo mismos. 

«Muchos de nuestros contemporáneos se han alejado de la tradición cristiana y hoy, sin desear volver atrás, prosiguen su camino con la esperanza de redescubrir en toda su novedad y en toda su libertad lo esencial de la fe. Ellos se preguntan: ¿y si fuera cierto todo lo que aquellos hombres escribieron hace veinte siglos y que ha sido tan deformado por el miedo, la violencia y el ansia de poder…?» (Foisson André, “Volver a empezar. Veinte caminos para volver a la fe”, Ed. Lumen Vitae, Bélgica, Contratapa de la edición en español). 

La fe de los catequistas es rica en perseverancia, tesón y esperanza. Los catequistas deben vivir en la serenidad de una fe sin sobresaltos, en la dulzura y en la calma de la fe. Pero eso no excluye que de repente puedan sentir que andan por los desiertos y las noches del alma y tengan que retornar a la fe. No desde el mismo lugar en el que estaban. Regresan después del dolor, el enojo o el desengaño. Vuelven fortalecidos, amando más al Señor Jesús, siguiéndolo más de cerca y con un don renacido para comprender y acompañar a los que están lejos de la fe. Tanto los catequistas de la serenidad como los catequistas del retorno deben saber que es absolutamente cierto lo que aquellos hombres escribieron hace veinte siglos. ¡Creemos que es verdad todo eso! Lo sabemos en la profundidad de nuestro corazón. Por eso, los catequistas buscan estar a los pies del Señor escuchándolo, más allá de los quehaceres del mundo, y saben quedarse junto a la cruz de Jesús, tanto en el arrepentimiento de aquel ladrón como en el enojo de aquel otro. Siempre junto al Señor, aunque volver junto a Él nos cueste la vida. 

Pero los catequistas no son personas solas, Los catequistas se saben parte de la comunidad eclesial que, desde los primeros tiempos, vive la fe en comunidad. Quizá la nota más característica de la vida de los primeros cristianos era cómo sabían quererse entre sí. Esta será la señal por la que serán reconocidos por los paganos. Procuraban llevar a la práctica el mandato de Jesús: «ámense los unos a los otros como Yo los he amado» (cf. Jn 13,34-36). Ésta es la herencia que nos han dejado, y la que nosotros deberemos trasmitir a los que vengan después. No se trata de hacer catequesis como filantropía o de una ayuda humanitaria sin más. Los catequsitas son auténticos cristianos de comunidad, que están dispuestos —como dice Tertuliano— a dar la vida por los demás. 

Ya hace mucho tiempo, la Iglesia subrayó la dimensión comunitaria de la Catequesis. La comunidad como fuente, lugar y meta ha situado el ministerio catequístico bajo el signo eclesial de la koinonía. Los catequistas se inician en la fe de la comunidad y allí maduran sus opciones de vida, haciéndose testigos de esa misma fe. No constituyen un simple grupo de la parroquia. Somos la voz y el gesto de la fe de la comunidad. A ustedes Cristo les ha delegado la misión del anuncio. 

Pero la verdadera «catequista» es la comunidad misma. La Palabra del Señor se hace eco en la profunda experiencia de fe que viven sus miembros. Y el eco no puede callarse. Una vez vivida la experiencia de la fe, ella resuena en todo el espacio catequístico, que es la comunidad eclesial. Resuena y se propaga suscitando la fe naciente de los que se acercan y fortaleciendo la fe más madura de sus integrantes. 

La Iglesia toda posee la función profética y la ha delegado en algunas personas que son especialmente llamadas a anunciar la Buena Noticia de Jesús. Toda delegación supone una simple entrega de la tarea en sí misma, pero nunca es una entrega de la responsabilidad contenida en esa tarea. Si la comunidad eclesial se despreocupara de su función profética, se desnaturalizaría. No sería quien está llamada a ser. La catequesis no es, por lo tanto, un ámbito cerrado y reservado a unos pocos «especialistas» del anuncio. Esta dimensión comunitaria de la catequesis, la Iglesia la deposita de una manera particular en ustedes, no como personas aisladas que nada tienen que ver entre sí o que incluso llegan a criticarse o a juzgarse unas a otras, sino como una parte importante de la comunidad eclesial que «viven en la caridad, sin humana parcialidad y que son irreprochables en el amor. (cfr. San Clemente Romano, Carta a los Corintios, 50, 1). 

Los catequistas forman una comunidad que, junto a sus pastores, perciben el hambre de comunión que experimenta el hombre de hoy, atrapado en el individualismo de una sociedad del éxito, del consumo y de la soledad en medio de la masificación. Los catequistas proponen al catecúmeno la fe de la comunidad cristiana, como experiencia global en la que quedan entramadas la fe vivida en el testimonio y en la sana convivencia; la fe conocida a través de toda la función profética, en sus diversas formas, y la fe celebrada en la liturgia con la comunidad. Así, el grupo de catequistas debe ser como si se tomara una pequeña muestra para ver cómo anda la Iglesia. 

En el grupo de catequistas «el fuerte protege al débil, el débil respeta al fuerte; el rico da al pobre, el pobre da gracias a Dios por haberle deparado quien remedie su necesidad. El sabio manifiesta su sabiduría no con palabras, sino con buenas obras; el humilde no da testimonio de si mismo, sino deja que sean los demás quienes lo hagan. El que es casto en su cuerpo no se gloría de ello, sabiendo que es otro quien le otorga el don de la continencia. (cfr. San Clemente Romano, Carta a los Corintios, 36). De esta manera es que se puede elaborar y difundir una catequesis, diferenciada y común a la vez, que sabe integrar, en un delicado equilibrio, lo específico de cada persona en su singularidad irrenunciable y lo esencial como propuesta generalizada a todos. 

La experiencia de fe de cada catequista es siempre única e intransferible. La misma fe de su catequista y de su comunidad en una experiencia distinta y absolutamente original. En esta experiencia la persona realiza una secuencia de actos valorativos, desde la simple apreciación de los valores evangélicos, que la comunidad creyente y testimonial le propone, hasta la encarnación de esos valores en su proyecto de vida. 

La catequesis, tal como la hemos concebido tradicionalmente en el proceso evangelizador, se dirige a quienes ya creen y sigue el orden de la exposición. En cambio, cuando una comunidad creyente propone su fe, sigue el camino inverso: no el de la exposición lógica, sino el camino del descubrimiento. Para entrar en esta lógica, hay que pasar de la experiencia de fe vivida por una comunidad a la enunciación de los objetos de la fe expresados en el Credo. El «Amén» de una comunidad creyente y testimonial suscita la fe del nuevo creyente. Porque, como dice la Didaché: «Todo profeta que predica la verdad, si no cumple lo que enseña es un falso profeta». (Didaché o Enseñanza de los Doce Apóstoles, 11, 1-12). 

La multiculturalidad que vivimos hoy, incluso en colonias como las nuestras de la Prohogar y la Euskadi, se manifiesta como verdadero emergente de un mundo globalizado y en permanente cambio y sincronía. La mayoría de los catecúmenos que recibimos en nuestra Escuela de Catequesis parroquial, no provienen ya de familias integradas, e incluso algunos llegan provenientes de familias más que disfuncionales. La poderosa mediación de las nuevas tecnologías de la información y de la comunicación disuelve las fronteras y provoca la convivencia de diversas costumbres aún en nuestro pequeño mundo. Esta diversidad cultural y de ideología, va de la mano de una profunda diversidad religiosa. 

La diversidad como una de las expresiones más reiteradas de la multiculturalidad es, ciertamente, uno de los desafíos más repetidos hoy a nuestro ministerio catequístico. ¿Cómo los ve la gente? ¿Qué piensan los papás o tutores de los catequistas de los niños de hoy? ¿Cómo los ven como grupo? Este es un desafío que se presenta como realidad de la vida social en la que estamos inmersos y que ustedes, como catequistas deben conocer y valorar: la educación, la política, la economía, la evangelización. Todo esto se convierte, en no pocas ocasiones, en reclamo a la equidad y demanda respuestas justas y creativas. Este desafío asume distintas perspectivas. La diversidad es amplia y variada en sí misma. 

En otros tiempos, en los cuales la socialización religiosa y la cultural se identificaban, las personas llegaban a los procesos catequísticos en situaciones de fe más similares. Hoy, cuando la religiosidad de los padres, tutores y maestros ya no constituye el modelo único a transmitir, los niños, jóvenes y adultos llegan a la catequesis desde caminos diversos y reclaman, explícita o calladamente, itinerarios diversos que les hablen de unidad y que les dediquen tiempo en un testimonio de vida de familia espiritual. En una carta de San Ignacio de Antioquía a San Policarpo de Esmirna, gran evangelizador, hablándole de los catecúmenos y del grupo de creyentes le escribe: «Llévalos a todos sobre ti, como a ti te lleva el Señor. Sopórtalos a todos con espíritu de caridad, como siempre lo haces. Dedícate continuamente a la oración. Pide mayor sabiduría de la que tienes. Mantén alerta tu espíritu, pues el espíritu desconoce el sueño. Háblales a todos al estilo de Dios. Carga sobre ti, como perfecto atleta, las enfermedades de todos. Donde mayor es el trabajo, allí hay rica ganancia. (San Ignacio de Antoquía, Carta a san Policarpo de Esmirna, 1,1-4). 

El mundo de hoy cree muchas veces que la tolerancia es respuesta suficiente ante la diversidad. Si el grupo de catequistas asume esta postura, estaría realizando una interpretación liberal donde todo vale en un aparente pacifismo sin compromiso y sin diálogo con aquél que piensa o es diferente. A veces centrados en cuestiones que tienen que ver con la organización o con la cantidad de los que vienen o no vienen, ¿advierten que la diversidad los desafía hoy a ser diversos? ¿O siguen queriendo uniformar y cerrar su propuesta con rígidos monólogos, sin permitirse entre ustedes mismos la creatividad de la escucha y del diálogo? 

Una buena formación de catequesis propicia el diálogo. Sus reuniones no deben ser espacios de discursos magistrales, sino de intercambio de experiencias, de esa experiencia de vivir en Cristo. San Policarpo de Esmirna —me voy siempre a los primeros tiempos de la Iglesia— escribiendo a los Filipenses les dice: «Manténganse firmes e inquebrantables en la fe amando a los hermanos, queriéndose unos a otros, unidos en la verdad, estando atentos unos al bien de los otros con la dulzura del Señor, no despreciando a nadie. Cuando puedan hacer bien a alguien, no se echen atrás, (…). Sométanse unos a otros y procuren que su conducta entre los gentiles sea buena, así verán con sus propios ojos que se portan honradamente; entonces los podrán alabar y el nombre del Señor no será blasfemado a causa de ustedes. ¡Porque ay de aquel por cuya causa ultrajan el nombre del Señor! (San Policarpo de Esmirna, Carta a los Filipenses, 9,1 -11, 4) 

Los catequistas deben echar mano de su vocación para el diálogo y para la diversidad. Les basta volver la mirada y el corazón hacia Jesús catequista. Él advierte la diversidad de sus Apóstoles y de las mujeres que le acompañaban, la considera y la incluye en su propuesta. Llama la atención y conmueve la originalidad de cada diálogo. Nicodemo, la samaritana, el recaudador de impuestos, los niños, los enfermos, los pecadores, el joven rico… A todos los incluye. Nadie queda afuera del anuncio. Con todos ellos entabla un diálogo único y personal. 

Jesús animaba a los apóstoles a echar las redes mar adentro. Resulta sencillo imaginarlo junto al mar de Tiberíades remedando nudos y asegurando la fortaleza de la red. Que alcance para todos, que todos se beneficien con la pesca compartida. Esta y otras escenas evangélicas, son las que deben inspirar a los catequistas. Se enseña y se construye en red. 

«Son necesarios los tejedores de redes, es decir, gente que dedique tiempo y esfuerzos a abrir espacios comunes de colaboración con otros individuos y entidades… Ser tejedor de redes requiere tesón y esperanza, pues todo diálogo y toda colaboración suponen una dedicación añadida al trajín de cada día; suponen apertura al otro valorando su identidad y estilo, requieren creatividad y tiempo para poner en marcha formas nuevas de trabajo común.» (Cfr. Soberón, Leticia, “No basta ser uno mismo. Perfil del tejedor de redes”, RIIAL, 2002). 

Los catequistas deben ser hombres y mujeres con un fuerte sentido de pertenencia. Aman la comunidad porque en ella han encontrado ellos primero al mismo Jesús vivo y presente entre todos. Al mismo tiempo, saben que una comunidad nunca ha de estar encerrada entre las cuatro paredes de un templo. La comunión que intentan vivir en cada comunidad cristiana es para la misión. «La comunión es misionera y la misión es para la comunión» dice el documento Christi Fideles Laici (ChL 32). Porque el amor se entrega, se abre, se multiplica, se expresa, crece y se hace fecundo. El amor verdadero, el que viene de Dios que es amor, nunca permanece encerrado en un grupito selecto o dividido. El amor verdadero no puede quedarse quieto y se hace misión… No le alcanza la quietud de los que se aman. Se pone en camino, sale a la búsqueda, acompaña, recibe y envía. 

Recurran a las nuevas tecnologías que vienen en su ayuda para hacerlos catequistas tejedores de redes, que no piensan sólo en ellos mismos o en su pequeño grupito, sino que hacen comunidad como «nodos» de una gran red, donde circulan los saberes, las intuiciones, los interrogantes y las reflexiones catequéticas de todos unidos. La propuesta es simple. Hoy hay innumerables comunidades de catequistas que tienen algún espacio virtual: redes sociales, blogs, sitios, … Todos ellos son «portales de verdad y de fe; nuevos espacios para la evangelización.» (Del Mensaje para la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, Benedicto XVI, 2013). Se trata sencillamente de entretejer esos espacios en una red virtual que los haga compartir y, al mismo tiempo, los mantenga unidos a muchos otros hermanos catequistas de otras comunidades. 

Habitar el espacio virtual, manteniéndonos abiertos a la riqueza de los otros para poder recibir de ellos y, al mismo tiempo, disponibles a sus necesidades para brindarles lo que cada uno tiene. Los detalles y las precisiones ya los irán pensando juntos. Ahora se trata, simplemente, de renovar un «sí» de cada uno y de todos como comunidad para saber dar y un «sí» humilde para saber recibir. 

Recordemos, antes de terminar, que María, la Madre de Dios, la que pronunció el «sí» que más ha resonado en la Iglesia, es la primera catequista, la anunciadora del misterio. Con su actitud catequística sale, después de haber escuchado la Palabra y de haberla recibido en su corazón a llevar a Cristo en su vientre, que despierta en Isabel la captación del anuncio que surge de quien lleva dentro: Jesús. 

Así es el proceso que cada catequista debe vivir, supone una escucha de la Palabra en el contexto en que esta resuena. La Palabra recibida es proclamada, la Palabra proclamada en el contexto donde viene a iluminar termina por ser celebrada: «Mi alma canta la grandeza del Señor y mi espíritu se alegra en Dios mi salvador porque ha mirado la humildad de su sierva» (Lc 1,46-48). 

Ella viene al encuentro de cada catequista para llenar sus corazones de este don maravilloso. Quiero invitarlos a renovar ese don descubriendo cómo el Señor les ha llamado personalmente junto a María, a anunciar la Palabra. La vocación catequística, es el llamado personal y comunitario a anunciar la Palabra, la presencia del Espíritu y el don profético que se encierra en este ministerio. 

Alfredo Leonel Guadalupe
Delgado Rangel,
M.C.I.U.

jueves, 9 de junio de 2016

LOS ARTÍCULOS DE LA FE DE LA IGLESIA CATÓLICA...

Las enseñanzas de la Iglesia Católica, están extraídas con toda fidelidad de la Biblia y de la Tradición, son expuestas por el Magisterio y forman lo que llamamos un cuerpo de doctrina. Es importante destacar su coherencia y fidelidad a través de los siglos. La doctrina católica no ha variado en 2000 años, aunque sí ha evolucionado incorporando los conocimientos nuevos que la ciencia aporta. Con gran prudencia ha sabido aplicar sus principios inmutables a circunstancias nuevas manteniéndose completa e integral. La doctrina de la Iglesia no solamente propone una serie de verdades, sino que desde el principio ha enseñado a la humanidad a vivir de esas verdades aplicándolas a la vida diaria. Y no solamente eso, sino que también proporciona al hombre los medios para vivir dichas verdades conocidas como los Artículos de la fe católica..

Los Artículos de la fe católica (En griego, arthron; en latín, articulus, articulación) son estas verdades sobrenaturales reveladas tal como las contenidas en el Símbolo o Credo de los Apóstoles. Los términos no fueron usados por los Padres o por los escritores eclesiásticos en la Alta Edad Media. San Bernardo y Ricardo de San Víctor los usaron, y éste los aplicó a las verdades que tienen a Dios por objeto y tan explícitamente establecidas que requieren asentimiento. Para Santo Tomás de Aquino, el artículo de fe es cualquier verdad sobrenatural revelada que sea distinta en sí misma de otras verdades pero a las que se une para formar un todo orgánico de enseñanza cristiana.

Así, los artículos del Credo anuncian verdades que en sí mismas son distintas unas de otras pero todas son partes de un sumario completo de verdades que han sido reveladas para ayudarnos a ganar nuestro fin último. Son para la teología cristiana lo que los principios fundamentales para al ciencia. No toda verdad revelada es un artículo de fe, ni los teólogos concuerdan en lo que constituye una verdad un artículo de fe. Algunos limitarían estos artículos al contenido del Credo de los Apóstoles. Otros dicen que cada verdad definida por la Iglesia, o de otra manera explícitamente propuesta para nuestra creencia, es un artículo de fe. Los Artículos de la fe católica son las verdades principales o primarias que son la base de otras verdades reveladas o principios.

Es en el Catecismo del Concilio de Trento (p. 1, c. 1, q. 4), donde las verdades del Credo de los Apóstoles son llamadas “Artículos”, por una especie de símil utilizada frecuentemente por nuestros antepasados; pues según los miembros del cuerpo están divididos por articulaciones (articuli), así también en la profesión de fe cualquier cosa que ha de ser creída por nosotros distinta y separadamente de cualquier otra cosa, la llamamos apropiada y oportunamente un artículo.

Según una antigua tradición, atestiguada ya por San Ambrosio de Milán (340-397) se acostumbra enumerar doce artículos del Credo, simbolizando con el número de los doce apóstoles el conjunto de la fe apostólica.

Hablando del Credo o Símbolo de los Apóstoles, se pueden destacar doce artículos que son:

1. Creo en Dios, Padre todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra.
2. Creo en Jesucristo, su Único hijo, Nuestro Señor.
3. Creo que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, nació de Santa María Virgen.
4. Creo que padeció bajo el poder de Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y sepultado.
5. Creo que descendió a los infiernos, al tercer día resucitó de entre los muertos.
6. Creo que subió a los cielos, y está sentado a la derecha de Dios, Padre todopoderoso.
7. Creo que desde allí ha de venir a juzgar a los vivos y muertos.
8. Creo en el Espíritu Santo.
9. Creo en la Santa Iglesia Católica.
10. Creo en la comunión de los santos.
11. Creo en el perdón de los pecados.
12. Creo en la resurrección de la carne y la vida eterna.

Tradicionalmente en el Catecismo se estudian los Artículos de la fe católica en catorce apartados: los siete primeros pertenecen a la Divinidad, y los otros siete, a la santa Humanidad de nuestro Señor Jesucristo, Dios y Hombre verdadero.

Los que pertenecen a la Divinidad son:

1. Creer en un solo Dios todopoderoso.    
2. Creer que es Padre.    
3. Creer que es Hijo.    
4. Creer que es Espíritu Santo.    
5. Creer que es Criador.    
6. Creer que es Salvador.    
7. Creer que es Glorificador.

Los que pertenecen a la santa Humanidad son:

1. Creer que nuestro Señor Jesucristo, en cuanto hombre, fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo.    
2. Creer que nació de Santa María Virgen, siendo ella Virgen antes del parto, en el parto y después del parto.    
3. Creer que recibió muerte y pasión por salvar a nosotros, pecadores.    
4. Creer que descendió a los infiernos, y sacó las ánimas de los santos Padres, que estaban esperando su santo advenimiento.    
5. Creer que resucitó al tercero día de entre los muertos.    
6. Creer que subió a los Cielos y está sentado a la diestra de Dios Padre todopoderoso.    
7. Creer que vendrá a juzgar a los vivos y a los muertos. A los buenos para darles gloria porque guardaron sus santos Mandamientos, y a los malos pena perdurable porque no los guardaron.

Alfredo Delgado, M.C.I.U.

domingo, 3 de enero de 2016

«LAS OBRAS DE MISERICORDIA»... Para practicarlas en el Año Jubilar y siempre


Tener «Misericordia» (Miser= miseria. Cordia=corazón), significa sentir con el otro sus miserias y necesidades, y –como consecuencia de ese compasión (sentir con) – ayudarlo, auxiliarlo.Las obras de misericordia son acciones caritativas mediante las cuales ayudamos a nuestro prójimo en sus necesidades corporales y espirituales (cf Is 58, 6-7: Hb 13, 3). 

En la descripción del Juicio Final que el mismo Jesucristo nos da en el Evangelio de San Mateo, hay una especie de lista sobre cómo mostrar nuestro amor al prójimo en algunos aspectos materiales?: «Tuve hambre y me dieron de comer; tuve sed y me dieron de beber; forastero y me recibieron en su casa; sin ropas y me vistieron; enfermo y me visitaron; en la cárcel y fueron a verme». (Mt. 25, 35-36).

Basado en este texto bíblico, que nos sirve de guía en nuestro amor al prójimo, la Iglesia nos ha dado un listado bastante completo. La Iglesia nos enseña que hay catorce obras de misericordia: siete son corporales y siete espirituales.

Obras de misericordia corporales: 

1) Visitar a los enfermos
2) Dar de comer al hambriento
3) Dar de beber al sediento
4) Dar posada al peregrino
5) Vestir al desnudo
6) Visitar a los presos
7) Enterrar a los difuntos

Obras de misericordia espirituales: 

1) Enseñar al que no sabe
2) Dar buen consejo al que lo necesita
3) Corregir al que se equivoca
4) Perdonar al que nos ofende
5) Consolar al triste
6) Sufrir con paciencia los defectos del prójimo
7) Rezar a Dios por los vivos y por los difuntos.

Las obras de misericordia corporales, en su mayoría, salen de esa lista hecha por el Señor en su descripción del Juicio Final en el texto que ya he citado de Mateo 25. Las obras de misericordia Corporales hechas con la más noble de las intenciones agradan al Corazón de Jesús inmensamente. Sin embargo, es igualmente importante practicar las Obras de Misericordia Espirituales.

La lista de las obras de misericordia espirituales, la ha elaborado la Iglesia tomando cada una de otros textos que están a lo largo de la Sagrada Escritura y de actitudes y enseñanzas del mismo Cristo: el perdón, la corrección fraterna, el consuelo, soportar el sufrimiento, etc.

Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U.

miércoles, 2 de diciembre de 2015

Los mandamientos de la Iglesia...

Todos los católicos, llamados sin excepción a ser discípulos y misioneros del Señor en un solo cuerpo que es la Iglesia, además de los 10 mandamientos, tenemos que cumplir con los mandamientos de la Iglesia, que son cinco y que muchas veces por ignorancia o por otros motivos, se hacen con facilidad a un lado. Los mandamientos de la Iglesia nos recuerdan qué es lo mínimo que un católico debe de cumplir para el bien de su alma y para vivir su compromiso bautismal en comunidad.

Estos cinco mandamientos, se sitúan en la línea de una vida moral referida a la vida litúrgica y que se alimenta de ella. El carácter obligatorio de estas leyes positivas, promulgadas por la autoridad de la misma Iglesia, tiene por fin garantizar a los fieles lo indispensable en el espíritu de oración y en el esfuerzo moral, en el crecimiento del amor de Dios y del prójimo en la comunidad eclesial. Los mandamientos de la Iglesia son:

1. Participar plena, consciente y activamente en misa entera los domingos y fiestas de precepto. 
Este mandamiento exige a los fieles participar en la celebración eucarística, en la que se reúne la comunidad cristiana, el día en que conmemora la Resurrección del Señor, y en aquellas principales fiestas litúrgicas que conmemoran los misterios del Señor, la Virgen María y los santos. 

2. Confesar los pecados mortales al menos una vez al año, y en peligro de muerte, y si se ha de comulgar. 
Este mandamiento recuerda a los católicos la necesidad de tener una debida preparación para la Eucaristía mediante la recepción del sacramento de la Reconciliación, que continúa la obra de conversión y de perdón del Bautismo.

3. Comulgar por Pascua de Resurrección. 
Este mandamiento garantiza un mínimo en la recepción del Cuerpo y la Sangre del Señor en relación con el tiempo de Pascua, origen y centro de la liturgia cristiana.

4. Ayunar y abstenerse de comer carne cuando lo manda la Santa Madre Iglesia. 
Con este mandamiento, la Iglesia marca los tiempos de ascesis y de penitencia que nos preparan para las fiestas litúrgicas; el ayuno y la abstinencia contribuyen a hacernos adquirir el dominio sobre nuestros instintos y la libertad del corazón.

5. Ayudar a la Iglesia en sus necesidades. 
Este mandamiento señala la obligación de ayudar, cada uno según su capacidad, a subvenir a las necesidades materiales de la Iglesia en la entrega del diezmo y demás ofrendas que se solicitan para diversas causas relacionadas con la evangelización.

Alfredo Delgado, M.C.I.U.

martes, 30 de octubre de 2012

NUEVA EVANGELIZACIÓN... ¿Y ahora qué hay que hacer?


Ahora que ha terminado el Sínodo de la Nueva Evangelización la Iglesia debe asumir con renovado impulso la misión de llevar el Evangelio a todos con un nuevo ardor, con nuevas expresiones y con un nuevo método, esa es la «novedad» que nos ha traído este importantísimo acontecimiento dentro del «Año de la Fe», esa es la «NUeva Evangelización» que hay que emprender.

¿Cómo hemos de vivir los católicos la vocación misionera que recibimos en el bautismo y que ha acrecentado en nosotros mismos la fe? ¿Qué tendremos que hacer como discípulos y misioneros frente a los cambios sociales y culturales de nuestro tiempo? ¿Hacia dónde lleva el Espíritu hoy a nuestras diócesis, nuestras parroquias, nuestras instituciones? ¿Cómo debe ser el sacerdote, el consagrado, el laico de la Nueva Evangelización?

Sabemos que no es fácil dar razón de nuestra fe ante una situación tan cambiante cada día y en medio de un contexto que, respecto al pasado, presenta muchos rasgos nuevos, pero también críticos que modifican la percepción de nuestro mundo. Benedicto XVI en "Porta Fidei" dice que "mientras que en el pasado era posible reconocer un tejido cultural unitario, ampliamente aceptado en su referencia al contenido de la fe y a los valores inspirados por ella, hoy no parece que sea ya así en vastos sectores de la sociedad, a causa de una profunda crisis de fe que afecta a muchas personas" (n. 2).

«Jesucristo es el mismo, ayer, hoy y por los siglos» (Hb 13,8), eso lo sabemos y lo entendemos todos, pero, el mundo no es el mismo hoy que ayer. Los católicos tenemos que dar una respuesta adecuada a las necesidades de los hombres y de los pueblos de hoy para promover una cultura más profundamente arraigada en el Evangelio, descubriendo «el hombre nuevo» (Ef 4,24), que está en nosotros gracias al Espíritu que nos ha sido dado por Jesucristo y por el Padre.

Las transformaciones sociales y culturales, están modificando considerablemente la percepción que el hombre tiene de sí mismo y del mundo, generando repercusiones también sobre su modo de creer en Dios. Hoy hay mucha gente desorientada y confundida en todo aquello que nos ha sido transmitido sobre el sentido de la vida y algunos han llegado al abandono de la fe. La situación de debilidad, disminución, privatización, reducción y falta de empeño en la transmisión de la fe a las nuevas generaciones no se ha adaptado a su forma de ser y de pensar. Por ello, la Iglesia necesita re-novar, hacer «nueva» su evangelización. Benedicto XVI nos ha puesto la muestra al lanzar el "YOUCAT", ese resumen maravilloso del Catecismo de la Iglesia Católica dirigido a los jóvenes con lenguaje a su altura y condición. El Papa dice en el prólogo a los jóvenes: "Estudiad el catecismo con pasión y perseverancia. Sacrificad vuestro tiempo para ello. Estudiadlo en el silencio de vuestra habitación, leedlo de dos en dos; si sois amigos, formad grupos y redes de estudio, intercambiad ideas por Internet. En cualquier caso, permaneced en diálogo sobre vuestra fe".

¿Por qué no podemos imaginar nuevos instrumentos y nuevas palabras que hagan audible y comprensible la palabra de la fe en los nuevos desiertos de este mundo globalizado? ¡Por qué no podemos reavivar el fervor de la fe y del testimonio entre los jóvenes? ¿Por qué no buscamos ir redescubriendo la alegría de creer, y el entusiasmo en la comunicación de la fe para que las nuevas generaciones se sientan gozosas de ser miembros vivos de la Iglesia? ¿Por qué no aprovechamos el «Año de la Fe» para recuperar energías, reafirmar la voluntad de creer y refrescarnos en el contacto con la Sagrada Escritura? ¿Por qué no somos creativos y nos ingeniamos nuevas formas, nuevas expresiones y nuevos métodos para  vivir la fe y transmitirla?

Para responder a todas estas interrogantes y seguramente a muchas más en el contexto de cada uno, recurrimos a la «Nueva Evangelización» que nos impulse a anunciar adecuadamente el Evangelio en los nuevos escenarios con audacia misionera, para hacernos presentes en el tejido social. Ahora es el tiempo de la creatividad para transmitir la fe a través de todos los medios en una
renovada modalidad de anuncio, sobre todo para quienes viven en contextos de secularización, sin excluir de ello a los mismos países de tradición cristiana. Por eso el Santo Padre Benedicto XVI, ha creado el Pontificio Consejo para la Promoción de la Nueva Evangelización, en donde ha insertado ahora todo lo referente a la catequesis para que que el anuncio de Cristo llegue a todos.

La Nueva Evangelización es trabajar arduamente para que toda la Iglesia, dejándose regenerar por la fuerza del Espíritu Santo, se presente al mundo contemporáneo con un impulso misionero capaz de promover la vivencia de la fe con un renovado entusiasmo.

En síntesis, el corazón de la nueva evangelización está en el mandato misionero del Señor Jesucristo, que nos envía al mundo una vez más como discípulos y misioneros, para que nos dejemos guiar por el Espíritu Santo, como los primeros cristianos, que, junto a María, con su oración, con su testimonio de vida, con su predicación, hicieron crecer la semilla que Cristo dejó depositada al fundar la Iglesia.

¿Y ahora qué hay que hacer? Esto es lo que hay que hacer. Impulsados por el Señor, de la mano de María y alentados por el testimonio de los santos y beatos, que, como la Madre María Inés, buscaron siempre formas nuevas de conquistar el mundo para Cristo.

El éxito de lo que hagamos en el dinamismo de la «Nueva Evangelización» dependerá de la oración, de la búsqueda y crecimiento de la santidad personal y del compromiso misionero de muchos. Quiero terminar recordando unas palabras del beato Juan Pablo II —que fue quien introdujo este término— refiriéndose a la recristianización de Europa: «en nuestros días, como en toda época, en la Iglesia, se necesitan heraldos del Evangelio expertos en humanidad, que conozcan a fondo el corazón del hombre de hoy, participen de sus gozos y esperanzas, de sus angustias y tristezas, y al mismo tiempo sean contemplativos, enamorados de Dios. Para esto se necesitan nuevos santos.» Y añadía: «Los grandes evangelizadores de Europa han sido los santos. Debemos suplicar al Señor que aumente el espíritu de santidad en la Iglesia y nos mande nuevos santos para evangelizar al mundo de hoy.» (Discurso al Simposio del Consejo de la Conferencia Episcopal de Europa, 11-X-1985).

LA NUEVA EVANGELIZACIÓN... Un Sínodo misionero

El 26 octubre por la mañana en la Oficina de Prensa de la Santa Sede ha tenido lugar la presentación del Mensaje de la XIII Asamblea General Ordinaria del Sinodo de los Obispos dedicado al tema “La nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana”.

El mensaje nos recuerda el pasaje evangélico de Juan que narra el encuentro de Jesús con la samaritana en el pozo (Jn 4,4-42), imagen del hombre contemporáneo con un cántaro vacío, el hombre y la mujer de hoy que tiene sed y nostalgia de Dios, y hacia el que la Iglesia debe dirigirse para hacerle presente al Señor. Y como la samaritana, quien encuentra a Jesús no puede hacer otra cosa que convertirse en testigo del anuncio de salvación y esperanza del Evangelio.

Mirando de una manera más concreta al contexto de la nueva evangelización, este Sínodo nos ha recordado la necesidad de reavivar la fe que corre el riesgo de oscurecerse en los contextos culturales actuales, también frente al debilitamiento de la fe en muchos bautizados. "El encuentro con el Señor, que revela a Dios como amor, sucede sólo en la Iglesia como forma de comunidad acogedora y experiencia de comunión; desde aquí, entonces, los cristianos pasan a ser sus testigos en otros lugares", dice el mensaje.

Para evangelizar —lo sabemos todos los bautizados— hay que estar, ante todo, evangelizados y vivir en un proceso constante de conversión. Conscientes del hecho de que el Señor es la guía de la historia y que, por tanto, el mal no tendrá la última palabra, la Nueva Evangelización nos llama a vencer el miedo con la fe y a mirar el mundo con sereno coraje porque, aunque éste está lleno de contradicciones y retos, sigue siendo el mundo que Dios ama. Por consiguiente, el Sínodo no nos deja nada de pesimismo sino nuevos retos: la globalización, la secularización y los nuevos escenarios de la sociedad, migraciones, dificultades y sufrimientos que deben ser oportunidad de una tarea continua de evangelización. Porque no se trata de encontrar nuevas estrategias como si el Evangelio hubiera que difundirlo como un producto de mercado, sino de redescubrir los modos con los que las personas se acercan a Jesús.

El mensaje de este Sínodo mira a la familia como lugar natural de la evangelización e insiste en que la institución familiar debe ser sostenida por la Iglesia, la política y la sociedad. Dentro de la familia, se resalta el papel especial de las mujeres y se recuerda la situación dolorosa de los divorciados y vueltos a casar: aunque se reconfirma la disciplina sobre al acceso a los sacramentos, se insiste en que no están abandonados por el Señor y que la Iglesia es la casa que acoge a todos. El mensaje cita también la vida consagrada como testimonio del sentido ultraterrenal de la existencia humana, y las parroquias como centros de evangelización; recuerda la importancia de la formación permanente para los sacerdotes y los religiosos e invita a los laicos (movimientos y nuevas realidades eclesiales) a evangelizar permaneciendo en comunión con la Iglesia. La nueva evangelización acoge favorablemente la cooperación con las otras Iglesias y comunidades eclesiales, también ellas movidas por el mismo espíritu de anuncio del Evangelio. Se presta particular atención a los jóvenes, en una perspectiva de escucha y de diálogo para recuperar, y no mortificar, su entusiasmo.

El mensaje que brota del Sínodo invita también al diálogo de distintas maneras: con la cultura, que necesita una nueva alianza entre fe y razón; con la educación; con la ciencia que cuando no encierra al hombre en el materialismo se convierte en una aliada de la humanización de la vida; con el arte; con el mundo de la economía y el trabajo; con los enfermos y los que sufren; con la política, a la cual se pide un compromiso desinteresado y transparente del bien común; con las otras religiones.

En particular, el Sínodo insiste en que el diálogo interreligioso contribuye a la paz, rechaza el fundamentalismo y denuncia la violencia contra los creyentes. El mensaje recuerda las posibilidades que ofrecen el Año de la Fe, la memoria del Concilio Vaticano II y del Catecismo de la Iglesia Católica. Por último, indica dos expresiones de la vida de fe, especialmente significativas para la nueva evangelización: la contemplación, donde el silencio permite acoger mejor la Palabra de Dios, y el servicio a los pobres, para reconocer a Cristo en sus rostros.

Todas las Iglesias de las distintas regiones del mundo hemos tenido fijos los ojos en este Sínodo y a cada una de ellas se nos deja un mensaje lleno de palabras de aliento para el anuncio del Evangelio: a las Iglesias de Oriente para que puedan practicar la fe en condiciones de paz y de libertad religiosa; a la Iglesia de África para que desarrolle la evangelización en el encuentro con las antiguas y las nuevas culturas, haciendo después un llamamiento a los gobiernos para que cesen los conflictos y la violencia. A los cristianos de América del Norte, que viven en una cultura con muchas expresiones lejanas del Evangelio, para que miren a la conversión, a ser abiertos para acoger a los emigrantes y refugiados. A la Iglesia de América Latina, para que viva la misión permanente, de manera que pueda hacer frente a los desafíos del presente como la pobreza, la violencia, también en las nuevas condiciones de pluralismo religioso. A la Iglesia en Asia, aun cuando es una pequeña minoría a menudo relegada al margen de la sociedad y perseguida, para que se anime y se mantenga firme en la fe. A Europa, marcada por una secularización agresiva y herida por regímenes pasados, para que mantenga viva esa cultura humanística capaz de dar rostro a la dignidad de la persona y a la construcción del bien común que vea las dificultades del presente como un reto. Finalmente a Oceanía se le pide que sienta de nuevo el compromiso de anunciar el Evangelio.

Con este Sínodo, la «Iglesia universal» (eso queremos significar cuando decimos «Iglesia católica»), ha sentido resonar en su corazón el mandato de Jesús a sus apóstoles: “Vayan y hagan discípulos de todos los pueblo [...]. Sepan que yo estoy con ustedes, todos los días, hasta el fin del mundo” (Mt 28, 19-20). La misión de la Iglesia es católica, es decir, no se dirige a un territorio en concreto, sino que sale al encuentro de la pliegues más oscuros del corazón de nuestros contemporáneos, para llevarlos al encuentro con Jesús, el Viviente que se hace presente en nuestras comunidades.

Todos los bautizados debemos sentirnos agradecidos  por el don recibido de este Sínodo sobre la Nueva Evangelización y dirigir nuestro canto de alabanza unidos a María: “Proclama mi alma la grandeza del Señor [...] Ha hecho obras grandes por mí” (Lc 1, 46.49). Esas palabras salidas de los labios de María deben ser también las nuestras en estos momentos: el Señor ha hecho realmente grandes cosas a través de los siglos por su Iglesia en los diversos rincones del mundo y nosotros lo alabamos, con la certeza de que no dejará de mirar nuestra pobreza para desplegar la potencia de su brazo incluso en nuestros días y sostenernos en el camino de la nueva evangelización.

La figura de María nos orienta en el camino. Este camino, como nos ha dicho Benedicto XVI, podrá parecer una ruta en el desierto; sabemos que tenemos que recorrerlo llevando con nosotros lo esencial: el don del Espíritu Santo, la cercanía de Jesús, la verdad de su Palabra, el pan eucarístico que nos alimenta, la fraternidad de la comunión eclesial y el impulso de la caridad. Es el agua del pozo la que hace florecer el desierto y como en la noche en el desierto las estrellas se hacen más brillantes, así en el cielo de nuestro camino resplandece con vigor la luz de María, la Estrella de la nueva evangelización a quien, confiados, nos encomendamos.