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viernes, 19 de julio de 2019

«La vida y la muerte, una ganancia»... Un pequeño pensamiento para hoy


Cuando alguien acepta la voluntad de nuestro Padre Dios y se hace responsable del mismo mediante un «sí» sin reservas como el de la Virgen María, su salvación, a partir de ese momento, deja de estar a merced de medios externos para depender exclusivamente de la sintonía entre el querer de Dios y la fe que en Él se tiene. A imitación de Cristo, todo discípulo–misionero capaz de percibir los dones y carismas que Dios le brinda y que trata de responder a él con una fidelidad incondicional, participa de este señorío. A esta reflexión nos lleva el trozo del Evangelio que este viernes la liturgia de la palabra de la Misa nos presenta (Mt 12,1-8). Uniéndose a Cristo en la Eucaristía y recibiéndolo en el Sacramento, todo discípulo–misionero renueva su experiencia de apertura y de encuentro con Él, que le prohíbe para siempre «sabatizar», es decir, quedarse atorado en leyes inadmisibles. En el Evangelio de hoy, aparece un gesto muy sencillo y natural de los tiempos de Cristo: arrancar unas espigas u otro fruto, para entretener el hambre. Esta acción no era considerada robo, incluso estaba previsto en la Ley de Moisés: «Si pasas por el sembrado de tu vecino puedes arrancar unas espigas con la mano, pero no deberás usar la hoz en el trigal de tu prójimo» (Dt 23, 5). Los fariseos no reprochan esto a Cristo, sino el haber hecho esto... «¡un sábado!» Los comentaristas de la Ley habían ido añadiendo una gran cantidad de prescripciones, y los fariseos tenían esa mentalidad con la que uno se encuentra a veces. Los apóstoles fueron por eso considerados como gentes de manga ancha que desobedecen porque han sido atrapados en flagrante delito de violación de una regla. 

Pero nosotros, participando en la acción de gracias, en la Eucaristía, que Jesús, Primogénito entre muchos hermanos, dirige al Padre, bebiendo con El «el cáliz de salvación e invocando el nombre del Señor», como dice hoy el salmista (Sal 115 [116]), ajustamos nuestra vida a los compromisos de nuestro bautismo y caminamos con nuestra mirada puesta en el cielo, los pies en la tierra y las manos en el trabajo de cada día bendiciendo al Señor hasta que llegue el día de dejar este mundo. El salmista sabiamente considera que Dios ha sido muy bueno con él y piensa en una ofrenda. Él sabía que los problemas le son comunes a todos los hombres, pero los beneficios muchas veces solo le pertenecen a los que confían en Dios y ven más allá, traspasando las ideas absurdas de los hombres, como el montón de prescripciones que los fariseos habían añadido a la ley esencial del sábado. El salmista se dispone a ofrecer un sacrificio de acción de gracias en el que se beberá el cáliz ritual, la copa de la libación sagrada que es signo de reconocimiento por la liberación (v. 13). En esta circunstancia, el autor sagrado hará pública su acción de gracias, consciente de que incluso cuando se acerca la muerte, el Señor se inclina sobre él con amor. 

Dios no es indiferente al drama de sus criaturas, sino que rompe sus cadenas y las leyes incoherentes para cuidar de sus hijos incluso hasta librarlos de la muerte eterna. El orante salvado de la muerte se siente «amado por el Señor... hijo de su esclava». Esta es una bella expresión oriental que indica que se ha nacido en la misma casa del dueño. El salmista profesa con alegría su pertenencia a la casa de Dios, a la familia de los suyos en el amor y en la fidelidad que trasciende todo, hasta las más absurdas leyes que han creado los hombres; junto con toda la comunidad, da testimonio de la propia fe al sentirse salvado de la muerte y profesa con alegría que pertenece a la casa de Dios, a la familia de las criaturas unidas a Él en el amor y la fidelidad. Su testimonio es para todos nosotros un estímulo para creer y amar al Señor que, al salvarnos de la muerte, nos guía hacia la esperanza y la vida eterna. Ya saben ustedes, mis queridos lectores orantes, que como decía ayer, estos días he pensado mucho en la muerte por los acontecimientos vividos al perder a muchos seres queridos, entre ellos mi padre «que hoy cumple una semana de haber fallecido— y José Adrián —mi sobrinito que murió antier—. Leyendo completo este salmo del que la liturgia hoy nos presenta la segunda parte, encuentro serenidad y aliento para seguir adelante agradeciendo al Señor todo el bien que a través de estos hermanos nuestros que se nos han adelantado, muchos hemos recibido. Pienso en el don de la vida que, con la muerte, no se acaba, sólo se transforma y, desde mi ser de hijo de Dios, entiendo más que, aunque la muerte es dura, sigue siendo preciosa porque remueve las barreras que aún quedan entre Dios y sus hijos, y es la puerta de entrada a una eternidad de perfecta comunión. La muerte no es un castigo, no es destrucción, ni siquiera es una derrota... es «una ganancia» (Flp 1,21). Que María Santísima nos ayude a alcanzar la meta. ¡Bendecido viernes! 

Padre Alfredo.

jueves, 18 de julio de 2019

«El cielo nos espera»... Un pequeño pensamiento para hoy


Tratar a la muerte como parte de la vida es difícil, la realidad de la muerte está presente en nuestra vida cada día y a cada momento. Todos tenemos la certeza de que algún día moriremos. Cada día que pasa vamos aprendiendo a aceptar la muerte como algo que forma parte de nuestra existencia. Esto se logra así, poco a poco, fiándonos de Dios, poniendo en Él nuestra esperanza y nuestra confianza. Los cristianos sabemos que todo no acaba con la muerte. Sabemos que el amor es más fuerte que la muerte. Desde el 6 de mayo que llegué a Monterrey, la tierra que me vio nacer de milagro hace casi 58 años, he palpado la muerte muy de cerca. Han muerto, casi seguidos, familiares y amigos entrañables: Osvaldo Batocletti, el profesor José Hernández Gama, Gerardo, el señor Juan Alfaro y mi padre la semana pasada, y ayer José Adrián mi sobrino. Han muerto también otras personas, familiares y amigos de amigos que tanto aprecio, como la tía de la hermana María Elena, Joel y familia —la tía Dolores— y el tío de los vecinos de Adriana y Mauro y los he podido acompañar. Se ha ido de este mundo gente que queremos. Esto me deja esta mañana de oración, pensando en el apóstol san Pablo que dice: «Para mí la vida es Cristo, y la muerte una ganancia. Pero si viviendo en este cuerpo puedo seguir trabajando para bien de la causa del Señor, entonces no sé qué escoger. Me es difícil decidirme por una de las dos cosas: por un lado, quisiera morir para ir a estar con Cristo, pues eso sería mucho mejor para mí; pero, por otro lado, es más necesario por causa de ustedes que siga viviendo.» (Flp 1,21-24). 

En cada funeral he saludado a mucha gente muy querida y dadas las circunstancias, algunos nos hemos estado viendo muy seguido y nos hemos consolado mutuamente con la seguridad de que cada persona que muere vivirá en la vida eterna según lo que haya elegido previamente en esta vida. Hemos celebrado todos estos funerales de gente buena y hemos comprobado que lo que la Palabra de Dios en el libro de las Lamentaciones dice, es verdad: «Que la misericordia de Dios no termina y no se ha agotado la ternura del Señor; que antes bien, se renueva cada mañana porque grande es su fidelidad» (cf. Lam 3,21-23). El salmo 104 [105] del que tenemos un fragmento en la liturgia del día de hoy empieza diciendo: «Aclamen al Señor y denle gracias» y, esa pequeña frase, es la que me ha hecho recordar a cada uno de estos seres queridos que ya han sido llamados por el Señor. El salmista sigue diciendo: «Entonen en honor del Señor himnos y cantos, celebren sus portentos». Y yo, desde mi pequeñez celebro, repasando estas vidas hermosas, sus portentos en estas personas maravillosas, cuyo recuerdo produce en mi ser de criatura una gran admiración recordando sus cualidades excepcionales y recordando que no estamos dejados de la misericordia de Dios, porque nos acompaña siempre, en el contento y en el dolor; y si mantenemos la fe incluso en las situaciones límite como las que hemos estado viviendo, podremos decir con el salmista esta mañana: «Ni aunque transcurran mil generaciones, se olvidará el Señor de sus promesas». 

El Evangelio de hoy me viene como anillo al dedo diciendo: «Vengan a mí, todos los que están fatigados y agobiados por la carga, y yo los aliviaré. Tomen mi yugo sobre ustedes y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontrarán descanso, porque mi yugo es suave y mi carga, ligera» (Mt 11,28-30) y pensando en el corazón, en los sentimientos, en la vida de quienes nos han dejado en estos días que siento que pasan muy rápido, me quedo meditando en una cosa: Hay un común denominador en la vida de quienes me ha tocado acompañar dando el último adiós... y es que el Señor piensa siempre en todos, pero en especial en los que ocupan el primer lugar en su corazón y en su preocupación: los pequeños y humildes, los que sufren, los enfermos... todos los que están rendidos y agobiados por la enfermedad o por el peso de los años y que han vivido su fe al cien. Es muy cierto que si uno se abandona verdaderamente en Dios, queda, en medio del dolor, que muchas veces —como me ha toda estos meses— es muy profundo, realmente reconfortado, agradecido, colmado de serenidad y de alegría. Termino hoy mi reflexión con una pequeña oración: Oración: «Señor, providencia de los pueblos y luz de nuestras almas que te haz quedado en la Eucaristía y a la vez nos esperas en el cielo, haznos comprender a todos que la vida es un don tuyo y que, aún en medio de las adversidades, eres Tú quien nos diriges atentamente con mociones e impulsos de amor para consolarnos, derrama en nosotros tu inspiración y tu gracia como lo hiciste con María tu Madre, a quien le diste fortaleza para estar al pie de la Cruz»... Dales, Señor, el descanso eterno... y brille para ellos la luz perpetua. ¡Bendecido jueves sacerdotal y eucarístico! 

Padre Alfredo. 

P.D. Los funerales de José Adrián serán en las Capillas Marianas desde hoy a las 8 de la mañana hasta mañana a las 6 de la mañana. Habrá una Misa de Cuerpo Presente hoy 18 de julio a las 8 de la noche en las mismas capillas y mañana, 19 de Julio, habrá una Misa con las cenizas a las 8:30 de la noche en la parroquia de Nuestra Señora de Lourdes.

miércoles, 17 de julio de 2019

«José Adrián ha sido llamado a la Casa del Padre»... Un pequeño pensamiento para hoy

Hoy miércoles es el último día del Triduo de Misas por el eterno descanso de mi padre y, esta mañana, viene a mi mente una pequeña frase que se le atribuye a San Agustín y que dice así: «Una lágrima se evapora, una flor sobre mi tumba se marchita, más una oración por mi alma la recoge Dios». Lo que constituye el núcleo de la esperanza de todo discípulo–misionero de Cristo está presente en cada Eucaristía. En el Triduo de Misas por nuestros difuntos, los católicos anunciamos la muerte del Señor Jesús y celebramos su resurrección esperando su vuelta situándonos en el punto de paso entre nuestro mundo y el Reino de amor y de felicidad que es la tierra prometida de todos los que pasan por Cristo. Son tres Misas porque evocan que Cristo resucitó al tercer día y como anhelamos la resurrección de nuestros difuntos, los encomendamos así. El mismo Cristo nos da invita a celebrar nuestra fe y nos llena de consuelo ante la pérdida de un ser: «Yo soy la puert» (Jn 10,9), «nadie va al Padre, sino por mí» (Jn 14,6). Cristo presente en la Eucaristía reune a todos aquellos que están aún de camino en la tierra y reconocen en él a su Salvador, el camino a la verdad y la vida. Pero el Cristo que nos recibe en la Eucaristía está también en comunión con todos aquellos que ya han dejado este mundo hacia el Padre... 

Retomo este escrito que empecé esta mañana en que me habló mi prima Melvita y «me lancé» —como dice la gente joven— al hospital porque mi sobrinito José Adrián se puso muy grave. Ahora regreso cuando ya él, a las 3 de la tarde, ha sido llamado a la Casa del Padre. Descanse en paz este pequeño guerrero que ha ido al cielo a recoger su corona (cf. 1 Cor 9,25), bueno, en este caso más bien «su copa de campeón», pues a este chiquillo le fascinaba el futbol. De hecho se puede decir que prácticamente espera que llegara su ídolo André-Pierre Gignac, porque unos cuantos minutos después de que André entrara a verlo, dejó de respirar en este mundo para emprender la carrera al cielo. A la luz de este acontecimiento, que se une al último día el Triduo de la misa de mi papá, leo el salmo 102 [103] y dejo al salmista que diga: «Bendice al Señor, alma mía, que todo mi ser bendiga su santo nombre. Bendice al Señor, alma mía, y no te olvides de sus beneficios. El Señor perdona tus pecados y cura tus enfermedades; él rescata tu vida del sepulcro y te colma de amor y de ternura y me quedo en silencio unos momentos. 

Miro el Evangelio de hoy y Con Jesús repito esa sencilla y breve acción de gracias: «¡Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a la gente sencilla! Gracias, Padre, porque así te ha parecido bien» (Mt 11,25-27). Pienso en papá con sus intensos sufrimientos de los últimos meses, él, que tanto le pedía a Dios por José Adrián; y pienso también en el chiquillo inquieto que amaba la vida en medio del dolor causado por un cáncer que lo acompañó cuatro años y cinco meses y me doy cuenta de que las personas sencillas, las de corazón humilde, como el de este anciano y este pequeñito, son las que saben entender los signos de la cercanía de Dios. Lo afirma Jesús, por una parte, dolorido, y por otra, lleno de alegría. Cuántas veces aparece en la Sagrada Escritura esta convicción. A Dios no lo descubren los sabios y los poderosos, porque están demasiado llenos de sí mismos. Sino los débiles, los que tienen un corazón sin demasiadas complicaciones. Entre «estas cosas» que no entienden los sabios está, sobre todo, quién es Jesús y quién es el Padre a quien de alguna manera todos anhelamos ver. Pero la presencia de Jesús en nuestra historia sólo la alcanzan a conocer los sencillos, aquellos a los que Dios se lo revela y doy gracias por el don de la vida de don Alfredo Leonel y del pequeño José Adrián. Seguro que, en su sencillez, estarán los dos uno, abrazando a María y el otro, sentado en su regazo luego de haber dejado este mundo por el que la oración de la Salve nos dice que hemos de pasar como por un valle de lágrimas. Descansen en paz papá y José Adrián. Mis condolencias Francisco, Melva, Frank y David. ¡Bendecido atardecer del miércoles! 

Padre Alfredo.

domingo, 14 de julio de 2019

«¡GRACIAS!»... Un pequeño pensamiento para hoy

No puedo hoy empezar mi reflexión ante Dios, ante su Madre Santísima y ante todos mas que con un: «¡GRACIAS!» Y así, con mayúsculas. Cuando ayer veía desde el presbítero en la parroquia del Espíritu Santo una Iglesia que resultó insuficiente para la Misa que cerraba los funerales de mi papá y cuando veía a tantos familiares hasta llegado de otras partes, a tantos amigos de todos colores, edades y sabores, cuando escuchaba los hermosos cantos del coro formado por nuestras hermanas religiosas —consentidas de papá— las Misioneras Clarisas, mis hermanos Misioneros de Cristo a quienes papá también tanto quiso y que nunca me dejaron en estos momentos, a los padres Oblatos de San José que por años y años acompañaron la vivencia de fe de papá, a los demás sacerdotes concelebrantes, a los diáconos, a los Vanclaristas, a las Misioneras Inesianas, a las religiosas de otras congregaciones... Cómo voy a decir «¡GRACIAS!» en nombre de mi madre, siempre fuerte, de mi hermano y su familia, y me convenzo de que ese «¡GRACIAS!» no es solo de nosotros, sino de parte de todos los que estuvimos allí, los que nos acompañaron el día anterior, los que llamaron que no podían estar físicamente presente...

Siendo ya las vísperas de este domingo, quisimos que la Santa Misa para despedir a papá fuera ya la de precepto. Yo no tenía cabeza para ver la liturgia y le pedí a nuestro Señor que me diera mucha luz para que mis lágrimas y mi dolor por la pérdida de mi padre, amigo y compañero de tantísimos años que el Señor me lo dejó, se acomodaran donde debían y pudiera presidir y predicar... ¡Oh sorpresa! Empiezo a escuchar las lecturas de la Misa y todo parecía retratar a papá. Hoy tal vez no pueda decir más, mis lágrimas, sí, se han acomodado muy bien y ahora, repasando la liturgia de la palabra de ayer, salen al revivir estos momentos de Dios en los que la Escritura no dejaba de hablarme no sólo a mí, sino a todos, de papá. De la primera lectura el libro del Deuteronomio lo retrata aquí: «Escucha la voz del Señor, tu Dios, que te manda guardar sus mandamientos y disposiciones escritos en el libro de esta ley. Y conviértete al Señor tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma» (Dt 30,10-14) y recuerdo que cuando nos íbamos a confesar de niños, adolescentes y aún ya jovencitos, papá se formaba antes que nosotros... él como papá nos enseñó a guardar los mandamientos y a buscar el perdón. De la segunda lectura (Col 1,15-20) me quedo con esto: «Él (Cristo) es el principio, el primogénito de entre los muertos, para que sea el primero en todo»... Sí, para él Cristo siempre fue el primero y ahora lo podrá contemplar cara a cara. Y, del Evangelio del buen samaritano (Lc 10, 25-37) ni qué decir: «un samaritano que iba de viaje, al verlo, se compadeció de él, se le acercó, ungió sus heridas con aceite y vino y se las vendó; luego lo puso sobre su cabalgadura, lo llevó a un mesón y cuidó de él. Al día siguiente sacó dos denarios, se los dio al dueño del mesón y le dijo: “Cuida de él y lo que gastes de más, te lo pagaré a mi regreso”... “Anda y haz tú lo mismo”... ¿A cuánta gente no ayudó mi padre si simplemente ahora que estaba enfermo en casa llegaban albañiles, carretoneros, gente pobre, muchos desconocidos para mí y preguntaban por su «amigo don Alfredito», les daba yo sus saludos y me preguntaba desde su lecho de dolor: «¿Le diste algo?» Caí en la cuenta de que en el funeral, el viernes en la tarde y ayer en la Santa Misa, muchos, muchos me hablaban de mi padre como el buen samaritano que estuvo a su lado.

Se me acabó el espacio y no he hablado del salmo responsorial, sobre todo en este año litúrgico en que me he propuesto el profundizar en la riqueza de estos cánticos y poemas de la Sagrada Escritura y es que a propósito quise hoy dejarlo al final, porque quiero cerrar esta reflexión transcribiendo un gran fragmento de este salmo (68 [69]) en el que con lágrimas en mis ojos, brotando como una cascada, en la soledad de esta casita en la que estamos mamá y yo, profundizo lleno de gratitud: «A ti, Señor, elevo mi plegaria, ven en mi ayuda pronto; escúchame conforme a tu clemencia, Dios fiel en el socorro. Escúchame, Señor, pues eres bueno y en tu ternura vuelve a mí tus ojos. Mírame enfermo y afligido; defiéndeme y ayúdame, Dios mío. En mi cantar exaltaré tu nombre, proclamaré tu gloria, agradecido... y recuerdo a papá, cuando en algunas de las noches de hospital, literalmente le gritaba a Dios diciéndole: «¡Ya estoy listo, ven por mí, escúchame Señor, ya quiero ir contigo!» Y lloro más y mis lágrimas parecen no saber detenerse dando gracias a Dios por haberme regalado tantos, tantos años a un pare así, un hombre que me enseñó a ser lo que soy... y ahora el «¡GRACIAS!» en está larguísima reflexión que parece no tener fin como mis lágrimas, es para ti, papá. ¡Dios te lo pague papá y que goces contemplando al Señor que no deja sin recompensa a quien el es fiel!... ¿Bendecido domingo del buen samaritano!

Padre Alfredo.

sábado, 13 de julio de 2019

«Hoy terminan los funerales de mi padre»... Un pequeño pensamiento para hoy

Toda la Sagrada Escritura nos revela el sentido de la vida y de la muerte y nos hace observar lo que Dios tiene preparado para nosotros en la eternidad que se nos ha prometido. Lo primero que debería asombrarnos es que Dios, el eterno por excelencia haya querido compartir nuestra naturaleza humana hasta el grado de sufrir él también la muerte. No obstante, «cuando llegó la plenitud de los tiempos» (Gal 4,4), Jesucristo no vino a suprimir la muerte sino a morir por nosotros. «Se hizo obediente hasta la muerte y muerte de cruz» (Fil.2,8). Y así, el misterio de la cruz, nos enseña que en este mundo vamos de paso hasta dar la vida, hasta entregarla luego de haber sido un pan partido para los demás, un pan partido como el Señor, que se entrega a todos y por todos al Padre. En su vida pública, Jesús se refirió de muchas maneras al momento de la muerte y su tremenda importancia. Cuando murió su amigo Lázaro, ante la profesión de fe de Marta, el Señor dijo: «Yo soy la Resurrección. El que cree en mí, aunque muera vivirá. El que vive por la fe en mí, no morirá para siempre» (Jn l1,25). Hoy me topo de frente con este misterio en la muerte de mi padre. Ayer comenzaron sus funerales que hoy terminan con el sepelio a las 3 de la tarde —en la parroquia del Espíritu Santo a done tantas y tantas veces fue a Misa—, a la hora de la misericordia, a esa hora en la que el Señor le revela a santa Faustina Kowalska: «A la hora de las tres imploren mi misericordia, especialmente por los pecadores; y aunque sea por un brevísimo momento, sumérgete en mi pasión, especialmente en mi desamparo en momento de agonía. Esta es la hora de gran misericordia para el mundo entero. Te permitiré entrar dentro de mi tristeza mortal. En esta hora, no le rehusare nada al alma que me lo pida por los méritos de mi pasión». 

Además, hoy es sábado, el día de la semana dedicado especialmente a María Santísima a quien mi padre tanto amó. El dolor profundo que sentimos por la pérdida de papá, se queda corto ante el sentido de una inmensa gracia que envuelve el momento, gracia que indudablemente es fruto de toda la vida que recorrió en 85 años de la mano de Dios y bajo la sombra de su infinita misericordia, especialmente con su testimonio de fe y de perseverancia en medio del sufrimiento de sus últimos días. La vida de don Alfredo —esa vida que «no se acaba, solo se transforma» (Prefacio I de difuntos)—, libre ya de las trabas del tiempo y del espacio, puede alzarse ahora, vigorosa como el fuego, y atravesar la muralla de la muerte. Se cumple lo que dice la Escritura: «los que confían en el Señor conocerán la verdad y los fieles permanecerán con él en el amor» (Sab 3,9). Sí, hoy, en la continuación del funeral de papá que ayer ha iniciado, y en el que hemos visto, sobre todo en la Misa e anoche, cuanta gente lo quiso, en medio del dolor de la separación cantamos a la vida, porque hay motivos para hacerlo. Ante la enfermedad de papá, agravada y muy complicada en estos últimos días, hemos cantado a la vida, le hemos dado tiempo y dedicación. Muchos se habían anotado para estar a su lado en el hospital y no dejarlo solo. En estos días, cuando la llama parecía apagarse, muchos estábamos a su lado de guardia permanente de cerca con la presencia física y de lejos con la oración que nos acercaba a más y más. ¡Bendita tecnología! Me permitió hablarle a papá, darle la bendición en las vísperas del día de su muerte desde lejos a aquel que muchas veces me había bendecido para iniciar algún viaje misionero, un viaje como uno de tantos que hicimos con él y mi madre, Lalo mi hermano y yo. 

Yo creo que a nadie nos gusta tener a nuestros familiares enfermos, pero a la larga, y creo que así lo podemos decir, es para nosotros una experiencia importante, y una experiencia que nos hace ver nuestra miseria y esa «miseria al servicio de la misericordia», como decía la beata, nos hace dar todo lo que tenemos. Nos hace palpar qué quiere decir ser persona. Nos hace ver que el hombre no será nunca dueño de la vida porque la vida es de Dios y estamos en sus manos. Esto, desde el plano humano, cuesta aceptarlo, pero, es la clave del misterio de la muerte. Es entonces cuando se entienden las palabras del salmo responsorial de hoy (Sal 104 [105]) que me han dado la clave para esta larga y mal entretejida reflexión y que ahora, para terminar, cito textualmente: «Aclamen al Señor y denle gracias, relaten sus prodigios a los pueblos. Entonen en su honor himnos y cantos celebren sus portentos. Del nombre del Señor enorgullézcanse, y siéntase feliz el que lo busca. Recurran al Señor y a su poder y a su presencia acudan». Papá está siendo velado en las Capillas Marianas (Gayoso) y en la sala dedicada a Nuestra Señora de Lourdes. No es casualidad que el cuerpo de este santo varón que convivió con la enfermedad, a veces silenciosa y otras veces con tanto ruido como en sus últimos días, esté tan cobijado por la presencia de María. El ataúd de papá está cerrado porque él así lo pidió, pero dentro, está el hombre sencillo, humilde, generoso, el hombre que siempre se supo pobre para recibir las gracias que Dios da y el cariño de todos, y rico para compartir todo, sea lo material o lo espiritual que Dios le había dado. Que la Virgen, a la que confiamos papá pueda ahora, por la infinita misericordia de Dios, ver y tocar, nos acompañe a todos nosotros que quedamos en este mundo, mientras caminamos «gimiendo y llorando en este valle de lágrimas» también hacia aquella realidad donde la muerte ha sido aniquilada y ya no existen las lágrimas. Dale Señor el descanso eterno y brille para él, la luz perpetua. Descanse en paz, así sea. El alma de mi padre, don Alfredo Leonel Delgado Laurel y el alma de todos los fieles difuntos, por la misericordia de Dios descansen en paz. Amén. ¡Bendecido sábado!

Padre Alfredo.

P.D. Ustedes perdonarán que hoy sí, hoy sí las páginas no me alcanzan para seguir escribiendo. Gracias, gracias a todos, en nombre de mamá, de mi hermano y su familia y de un servidor. No tenemos palabras para agradecer la cercanía de tantos a nuestras vidas gracias a papá y al legado que nos deja.

viernes, 15 de diciembre de 2017

«Los mandatos de Dios»... Un pequeño pensamiento para hoy


En las palabras que el Señor nos dirige este día en el libro del profeta Isaías hay una amarga queja: «¡Ojalá hubieras obedecido mis mandatos!» (Is 48,18). Todo lo que Dios hace y dice es para nuestro beneficio, pues es el primer interesado en nuestro bienestar, ya lo decíamos ayer, Él es un Padre bueno y cariñoso que nos ama. El conocer todas las enseñanzas divinas debería impulsar a todo discípulo-misionero de Cristo a escuchar al Padre para ser, como decía la beata María Inés: «una copia fiel de Jesús». En el pasaje de la primera lectura de la Misa de hoy, Dios está apenado por la hipocresía del pueblo escogido y su terca negativa a confiar en sus promesas. Aun así, quiere enseñarles por su propio bien. Prevé un período de refinación que llevará a la restitución de un resto fiel que regresará a su tierra y esperará la llegada del Mesías. Dios desea de todo corazón que las gentes restablezcan su relación con él y presten atención a sus mandamientos. La adoración verdadera (en espíritu y en verdad Jn 4,23-24) se basa en la obediencia a los mandamientos. Israel no puede seguir la senda correcta a menos que se le enseñe «el camino que debe seguir» (Is 48,17).

¡Qué exhortación tan sincera les dirige el Señor todopoderoso! (Dt 5,29; Sal 81,13.) En lugar de ir al destierro, los israelitas tienen la oportunidad de disfrutar de una paz tan abundante como el agua de un río (Sal 119,165). Sus actos de justicia podrían ser tan innumerables como las olas del mar (Amós 5,24). Dios, que realmente se interesa por ellos, les muestra amorosamente el camino correcto y los exhorta a andar por él. ¡Cuánto le gustaría que lo escucharan! Yo quiero hablar ahora de una bella mujer que gustó siempre de escuchar al Señor y seguir sus mandamientos. Las vísperas del día 12 fue llamada a la Casa del Padre mi querida María de Jesús, una «mujerona», como dicen en mi tierra cuando alguna señora se distingue en algo y conocida como la señora Cornejo (por el apellido de su esposo quien hace años murió y también recuerdo con cariño y admiración), vivió llena de Dios hasta sus últimos momentos en la tierra. Su paso por el mundo, es un ejemplo de cómo puede alguien vivir obedeciendo los mandatos del Señor en las diversas etapas de la vida... ¡Y vaya que la vida de María de Jesús no fue fácil... pero fue hermosa, porque en todo momento fue para Dios como esposa, madre y apóstol, una mujer de primera línea! 

Seguir los mandamientos de Dios es moverse por la vida «a su ritmo», y no con caprichos o negativas que a nada conducen, como muestra la perícopa del Evangelio de hoy (Mt 11,16-19). Con el ejemplo de aquellas gentes a quienes nada les viene bien, porque ya sea que se comparta con ellos la alegría –tocar la flauta–, o se comparta con ellos el dolor –entonar cantos fúnebres–, puesto que se mantienen siempre indiferentes permaneciendo aislados en su encierro egoísta, Jesús ejemplifica a «esta generación», es decir, a la humanidad entera que, como consecuencia del pecado original, se obstina en rechazar el mensaje de la salvación que viene de parte de Dios, ya sea en la persona del Bautista, o en la Persona misma de Jesucristo. Los últimos años de María de Jesús, que por muchísimo tiempo vivió en Monterrey, los pasó en Guadalajara... hubo que dejar casa, la mayor parte de la familia, amigos, su queridísima Agrupación de Esposas Cristianas, a cambio de un lugar que ofrecía todos los cuidados necesarios hasta los últimos momentos en casa de una de sus hijas. Ella había dado a la Iglesia una hija religiosa y una familia formada en la fe; ahora el Señor, invitándola a obedecer sus mandatos, le pedía dejarlo todo. Ese es el sí no sólo de ella, sino el tuyo y el mío, porque nada nos pertenece y nada podemos hacer sin obedecer los mandatos del Señor, por eso María Santísima, en este tiempo de Adviento y siempre nos dirá: «Hagan lo que él les diga». ¡Cómo quisiera volar hasta Monterrey para acompañar a la familia de esta encantadora dama hoy que será velada allá! Pero, hay que obedecer los mandatos del Señor y Él me tiene ahora aquí, en mi jungla de cemento capitalino, gozoso de poderle servir en un huequito de su plan mientras a mí también me llama a juicio o viene por segunda vez por todos. ¡Ven, Señor Jesús y enséñanos a obedecer los mandatos de tu Padre como tú!

Padre Alfredo.

miércoles, 6 de diciembre de 2017

«El banquete celestial»... Un pequeño pensamiento para hoy

El capítulo 25 del libro del profeta Isaías, contiene una descripción muy detallada de la destrucción del mundo en la «Segunda Venida del Señor» y del comienzo de Su reino glorioso, por eso la liturgia del tiempo de Adviento la toma para este miércoles. El pasaje de hoy (Is 26,6-10) está dentro del llamado «apocalipsis de Isaías» (capítulos 24-27 de su libro), en los que el profeta se refiere en nombre de Dios a la realidad escatológica, que abarca los acontecimientos últimos de esta vida temporal. El Señor —dice Isaías— preparará en el monte de Sión un banquete de bendiciones para los justos y destruirá a la muerte para siempre. Los justos reconocerán al Señor como su Dios, y proclamarán: «Aquí está nuestro Dios, de quien esperábamos que nos salvara. Alegrémonos y gocémonos...», pues el Señor ha de reinar sobre todos los pueblos (24, 23) para poner fin a los nacionalismos y fronteras que ha puesto el hombre. Este texto es para repasar y meditar frase por frase para llenarnos de esperanza. El autor sueña con un futuro, que cree real, en el que el Supremo Juez de la historia inaugurará, con un banquete que será eterno, su verdadero reinado en los cielos y en la tierra, es decir, en todo el universo. ¿Cuándo tendrá lugar? El escritor sólo sabe que se trata de un futuro.

Cuando en nuestro lenguaje hablamos de «un banquete», nos referimos a algo mucho más que una buena comida y Jesús, para todos, prepara un banquete sustancioso.  Saber que llegará el día de un banquete eterno en donde todos los males desaparecen, desaparece el drama de una historia desquiciada y el drama de toda lágrima en tantos ojos humanos que, alrededor del mundo sufrían y siguen sufriendo hoy. Esta lectura de la Misa del día de hoy, complementa relevantemente el tema central del evangelio (Mt 15,29-37). La promesa de vida de Dios que se dirige a todos y promete una plenitud que es gozo, liberación de todo mal, ternura, amor del bueno, espléndido «banquete» al que están invitados todos los pueblos (25. 6-8a) sin excluir a los judíos (v. 8b), es imagen de la liberación gozosa de la era mesiánica. El Señor, en ese banquete ¬—como en la multiplicación de los panes— es un generoso anfitrión que nos ofrece los mejores manjares y los más exquisitos licores, y los ofrece a todo el mundo sin excluir a nadie.

Y para colmo de la dicha, este gran anfitrión nos hace «un regalo inapreciable»: aniquilar de forma definitiva la muerte y, con ella, su cortejo de sufrimientos y de lágrimas. El Señor ha aniquilado la muerte: «muriendo destruyó nuestra muerte, y resucitando restauró la vida», «porque en la muerte de Cristo nuestra muerte ha sido vencida y en su resurrección hemos resucitado todos». Por eso, esperando la Segunda Venida de Cristo, los primeros miembros de la Iglesia primitiva celebraban el «dies natalis» de los mártires: el día de su muerte era el día de su nacimiento a la gloria. ¿Y quién sino el Señor puede enjugar las lágrimas de todos los hombres? Realmente, «Aquí está nuestro Dios, de quien esperábamos que nos salvara. Alegrémonos y gocémonos...» Es bueno que el día de hoy, dentro de este caminar del tiempo de Adviento, a la luz de la liturgia de la Palabra de la Misa de este miércoles, hagamos un canto de agradecimiento junto a todos aquellos que han experimentado en sus vidas la presencia del «Buen Pastor» que prepara para todos una mesa (salmo 23), un banquete, una fiesta en donde María Santísima, los santos, los ángeles y todos aquellos que nos han precedido y que han llegado ya a la Patria Celestial, nos esperan en ese banquete de manjares exquisitos para vivir «en la casa del Señor por años sin término». ¡Bendecido miércoles!

Padre Alfredo.

sábado, 25 de noviembre de 2017

«La vida eterna»... Un pequeño pensamiento para hoy


Mi pequeño pensamiento para hoy —que parece no ser nada pequeño porque no se sintetizar— en torno al Evangelio, se abre con la pregunta que hacen los saduceos —que no creen en la resurrección de los muertos— a Jesús (Lc 20,27-40). Le proponen un caso exagerado sobre la ley del levirato —si un varón moría sin descendencia, uno de sus hermanos tenía que casarse con la viuda para perpetuar su nombre en los hijos que tuvieran (Dt 25,5-10)—: Si la mujer queda viuda siete veces, ¿Qué ocurrirá en la otra vida? ¿De cuál de todos sus esposos será la mujer? Es una cuestión para dejar a Jesús sin palabras. Pero, en primer lugar, nuestro Señor critica esta visión tan pobre de pensar que el mundo futuro será como el de aquí. La vida definitiva, aunque es prolongación de esta, no puede ser reproducirla sin más. Es una vida totalmente nueva que podemos esperar, pero nunca describir o explicar. Por un lado, el «cielo» es una novedad que nos espera para toda una eternidad, y por otro, una dimensión en la que se dará cumplimiento pleno a nuestras aspiraciones más profundas. Para explicar esto, Cristo se apoya en la Escritura (Ex 3,6). Dios no es un Dios de muertos sino de vivos. Es el Dios de la historia. Su nombre lleva huellas históricas: Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob... En él todos están vivos. Fuente inagotable de vida, Dios no vive rodeado de muertos. La muerte no puede destruir el amor y la fidelidad de Dios. Dios contempla llenos de vida a nuestros difuntos, acogiéndolos en su amor.

Nuestra fe es fe en el Dios vivo y resucitador. Es fe que no nos deja encerrarnos en lo finito e inmediato. Es fe que nos mantiene en vela, anhelando el futuro interminable. La fe del discípulo-misionero es confianza en Dios, que hace posible lo que parece imposible; que cumple sus promesas, a veces por caminos desconocidos y «extraños» para nosotros. Es fe que resucita a los muertos. Y por cierto, me parece una «Diosidencia» maravillosa que esté haciendo mi reflexión, con este texto, pensando en mi querida Conchita Martín del Campo, que en la madrugada del día de ayer fue llamada a la Casa del Padre luego de una larga enfermedad que, entre visita y visita, fui viéndola abrazar como regalo de Dios para alcanzar la vida eterna. A lo largo de años y meses fui acompañando de vez en cuando a la señora Conchita con un cariño y gratitud de hijo adoptivo —porque así, como hijo, me hizo sentir siempre, desde jovencillo— despertándome una admiración profunda. ¿Cómo vivir la fe en el lecho del dolor? Lo vi en Conchita. ¿Cómo tener una visión adelantada del cielo? Lo vi en Conchita. ¿Cómo ver de lejos o de cerca esta cita ineludible llamada muerte? Lo vi en Conchita. Mi última visita en octubre, dándole la comunión, me mostró, en su lecho de dolor, la antesala del cielo.

Hoy, al ir terminando el año litúrgico, el Evangelio nos propone este texto sobre la resurrección de los muertos y la «vida eterna». Los que creemos en Jesús, creemos que Dios no abandona a nuestros difuntos, que estos no son seres etéreos que vagan por mundos desconocidos o iguales al nuestro, como algunos quieren hacer creer a la gente hoy. Morir no es perderse, sino vivir, como dijo santa Teresita: «¡No muero, entro en la vida!» Morir es entrar en la vida de Dios, en su vida para siempre, transformados por su amor. La muerte nos sumerge en una nueva forma de comunión que atraviesa las fronteras del espacio y el tiempo, porque «el amor no pasa nunca» (1Cor 13,8). Sin embargo, la fe no nos ahorra ese dolor que produce la pérdida de aquellos a quienes amamos. Pienso ahora en mi querido profesor José Hernández, el esposo de Conchita, también visitado por Dios en la enfermedad, y lo encomiendo a María, como me encomiendo yo y los encomiendo a todos, porque a Ella, la excelsa Madre de Dios, nos acompaña sobre todo en esos momentos de sentimientos encontrados. Pienso en lo que la Virgen le prometió a santa Matilde y con esto cierro mi reflexión hoy que es sábado dedicado a María Santísima: «A todos los que piadosamente me sirven, les asisto fidelísimamente, como Madre piadosísima. Les consuelo y amparo».

Padre Alfredo.

jueves, 2 de noviembre de 2017

«DÍA DE TODOS LOS FIELES DIFUNTOS»... Un pequeño pensamiento para hoy

Celebrar a nuestros fieles difuntos es celebrar la esperanza de «un cielo nuevo y una tierra nueva» (Ap 21,1), destino definitivo del viaje que emprendemos desde esta tierra, cuando llegamos luego de haber empezado a existir como un pensamiento de Dios —como dice Madre Inés—. Ese cielo nuevo y esa tierra nueva es el espacio eterno «donde veremos al Señor cara a cara» (1 Cor 13,12). Yo creo que todos vamos haciendo nuestro acervo de nombres de quienes se nos han adelantado y van ya en ese camino avanzado, «el purgatorio», o han llegado ya al destino final, «el cielo». No es casualidad que, después de haber celebrado ayer la fiesta de «Todos los Santos», celebremos hoy a nuestros fieles difuntos. ¡Es que vamos de camino y anhelamos ser santos para llegar al cielo! Para orar por ellos, la liturgia de hoy propone tres esquemas diferentes para celebrar la Misa con diversas lecturas de la Sagrada Escritura, entre ellas los pasajes evangélicos de Mateo 25,31-46 sobre las obras de misericordia; el de Juan 6,51-58 sobre el Pan de Vida y la resurrección en el último día; y el pasaje de Lucas 23,44-46.50.52-53;24,1-6 sobre la resurrección de Jesucristo nuestro Señor. 

Todos estos pasajes tienen que ver con la muerte y la vida eterna. Ciertamente que la muerte es una de las experiencias más radicales y más conmovedoras de nuestra vida humana. En nuestra cultura, cada vez más materialista, es frecuente ignorarla como realidad para más bien tomarla con un tono de broma para alejarla. La muerte, sin embargo, continúa siempre aquí no como una «calaverita», sino como una realidad de nuestra existencia que está en la vida y en la muerte, en las manos de Dios. Son las manos del Padre Dios las que siempre esperan al ser humano, también más allá de la muerte, que nunca es tampoco un castigo que Dios impone o una mala suerte que Dios permite. La muerte es un acontecimiento de nuestra existencia que se tiene que presentar como realidad de nuestro ser humano. Somos seres limitados, finitos, débiles. Con todo, santa Teresita del Niño Jesús, antes de morir exclamó: «No muero, entro en la vida». Es que cuando el discípulo-misionero se impregna de la vida de Jesucristo para vivir como él, queda convencido de que la vida no puede terminar nunca. Es una vida que brota del amor de Dios, y el amor no muere. Nuestro Dios es el Dios de la vida en el que tenemos vida eterna, vida que no termina (Juan 6,37-40). Cuando se está convencido de que «la vida no termina, solo se transforma», como dice uno de los prefacios de difuntos, uno no puede tener miedo a dejar la vida terrenal. Puede incluso entregarla libremente como Cristo. Darla incluso a favor de sus enemigos (Rm 5,5-11). Es ese gesto de amor el que nos da la certeza de que nuestra esperanza no nos engaña. 

Nuestra esperanza no es sólo para un más allá, sino que nos da ya un anticipo de la verdadera vida, que es amor. Cuando amamos, estamos venciendo a la muerte y experimentando que la muerte no puede nada contra el que ama. Al celebrar este día a nuestros fieles difuntos, celebremos esa salvación en la que ya han entrado nuestros queridos difuntos llamados a estar con Dios, con María, con los santos. Darnos este jueves un espacio de tiempo para orar, nos permitirá relacionarnos con ellos y descubrirlos vivos y actuantes. Hoy, aunque no los veamos, están mucho más presentes que cuando vivían, pues no tienen las limitaciones del tiempo, del espacio, del cuerpo. Ahora con Cristo, son una presencia pura que irrumpe en nuestra existencia y transforma nuestra soledad y nuestra congoja. Que ellos intercedan ante el Señor, con María santísima, para que un día nos reunamos todos en la casa del Padre. Dales, Señor, el descanso eterno y brille para ellos la luz perpetua. Descansen en paz, así sea. Que las almas de todos los fieles difuntos, por la misericordia de Dios descansen en paz. Amén. 

Padre Alfredo.

viernes, 27 de octubre de 2017

«Ver, juzgar, actuar»... Un pequeño pensamiento para hoy

Hoy empiezo mi reflexión haciendo mención de dos versículos de la primera lectura de la liturgia de hoy, que está tomada de la carta de san Pablo a los Romanos y que dice: «¡Pobre de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo, esclavo de la muerte? ¡La gracia de Dios, por medio de Jesucristo, nuestro Señor!» (Rm 8,24-25). Y es que ayer en la mañana recibí la noticia de que dos personas, de alguna manera cercanas a mí, fueron llamadas a la Casa del Padre. En California murió Alan, uno de nuestros aspirantes a Van-Clar –de 23 años de edad– luego de una ardua lucha contra el cáncer que empezó en la piel y se siguió por otras partes consumiendo su joven vida en pocos meses. Acá en Ciudad de México murió Germán, uno de nuestros valiosos colaboradores en la pastoral parroquial de Fátima –de 83 años–. Dos vidas, dos entregas, dos llamados, dos testigos, dos discípulos-misioneros que experimentaron en plenitud, cada uno en su realidad, el gozo de vivir por Cristo, con Él y en Él hasta alcanzar la gracia de la perseverancia final.

Nuestra existencia es prestada y cada vida se va entretejiendo, al menos, con tres actitudes básicas y constantes: ver, juzgar y actuar. El evangelio de la liturgia de hoy nos lo recuerda (Lc 12,54-59) y nos muestra que es importante ver y saber lo que vemos mientras estamos en este mundo: «¿Por qué no interpretan entonces los signos del tiempo presente? ¿Por qué, pues, nos juzgan por ustedes lo que les conviene hacer ahora?» (Lc 12,56-57). No todo lo visible llegamos a verlo y casi nada es evidente e inequívoco en esta vida, porque el dato puro no mueve la historia ni los sueños ni las decisiones. Vamos viviendo a la sorpresa de Dios y siendo lo que interpretamos viendo, juzgando y actuando. La vida pasa tan de prisa como para Alan en sus 23 o para Germán en sus 83... «Se hace camino al andar» dice el poeta y el cantante, y ese camino se construye decidiendo momento a momento. De nada sirven 10, 15, 70 o 100 años de ver e interpretar si no hay arrojo para llevar el Evangelio a la práctica. A Germán lo vi por penúltima vez en una reunión de consejo de pastoral parroquial, lleno de entusiasmo y dando sus sabios consejos de una persona entrada en años; nuestro último encuentro fue en el hospital y él ya sin hablar, días antes de morir. Alan, por su parte, estaba preparando su viaje a África, colaborando en las ventas para recaudar fondos en la parroquia de Santa Rosa de Lima, en donde el grupo de Van-Clar de Maywood se reúne; por aquí y por allá han quedado algunas fotos como muestra de su entusiasmo por la misión.

Cuantos proyectos de tanta gente se quedan en nada porque al final no se atreven a dar un paso, tomar una decisión, decir sí o no en lugar de dejarse llevar por la vida. Germán y Alan han concluido su andar en esta tierra y «la gracia» los ha llamado a la vida eterna. Sabemos que, como dice san Pablo, Cristo es el único que libera de las ataduras de la muerte, el único que nos saca de las tinieblas y del sufrimiento y nos lleva a la luz y a la alegría de la vida eterna. Así que ante este testimonio tan grande y valioso de Alan y Germán sólo podemos decir: «Te damos gracias, Señor, por tantos beneficios concedidos a nuestros hermanos Alan y Germán y por otros tantos beneficios que, a través de ellos, has dejado a muchos». Si sabemos distinguir y aceptar la voluntad de Dios como ellos, alcanzaremos el fin último del cristiano que es la santidad. Descansen en paz estos hermanos nuestros y que el Espíritu de Cristo invada nuestro corazón para que libres de toda inclinación al pecado, podamos experimentar la Vida Eterna desde aquí y ahora como María, como los santos, como muchos hermanos en la fe que se nos han adelantado. ¡Bendecido viernes!

Padre Alfredo.

jueves, 6 de julio de 2017

«Rosario Franco Vizcarra»... Vidas consagradas que dejan la huella de Cristo VII.

Cada uno de nosotros, al ser creador por un Dios tan providente y misericordioso, llega a esta tierra colmado de dones talentos. Los dones vienen de Dios, que los da gratis. Los talentos son habilidades naturales y son heredados de los padres. Quiero recordar ahora a la hermana Rosario Franco Vizcarra, una extraordinaria y sencilla Misionera Clarisa que conocí en Monterrey y que traté por muchos años con muchos dones y talentos entre los que destacaba una gran capacidad para el dibujo. ¡Era un gozo disfrutar en Monterrey de los frisos que hacía para animar a la comunidad, tanto religiosa como del colegio Isabel La Católica!

La Hna. Rosario nació en Sinaloa en 1932. Ingresó con las Misioneras Clarisas en 1957. La mayor parte de su vida religiosa y misionera la ofrendó en el campo de la educación ejerciendo diligentemente su labor entre niños y adolescentes de diversas partes dedicándose de lleno a esa tarea formativa con cariño y esmero. ¡La recuerdo siempre con ánimo alegre contando sus anécdotas con la sonrisa siempre dibujada en su cara, no obstante sus limitaciones, durante sus últimos años de magisterio debido a la artritis, que por mucho tiempo la atacó. Casi creo volver ahora sus manitas encogidas por la enfermedad y haciendo el esfuerzo para colorear sobre el pellón los dibujos o letras que había trazado. Dice el Concilio Vaticano II que «la caridad con que amamos a Dios y al prójimo es la única santidad que cultivan todos los que, guiados por el Espíritu Santo, siguen a Cristo en cualquier estado de vida y profesión a la que han sido llamados (LG 41, 42). En la hermana Rosario pude ver en vivo esa caridad, al no negarse a realizar aquellos trabajos que quedaban sensacionales y que, quienes los llegaron a ver, no me dejarán mentir.

La recuerdo también ya mayor, en su silla de ruedas y llena de gozo, por poder servirle al Señor preparando algunos catecúmenos adultos que anhelaban recibir los sacramentos de iniciación o para su ingreso a la Iglesia Católica.

Once años de su vida religiosa los pasó en Costa Rica, ejerciendo su apostolado educativo en las comunidades de Guanacaste, Santo Domingo de Heredia y Quepos; posteriormente regresó a México para integrarse a la comunidad de Huatabampo, Sonora, donde estuvo cinco años.  Sus últimos treinta años de vida consagrada los pasó en la comunidad de Monterrey en donde era muy querida por la comunidad y por muchos de los Vanclaristas, ya que por un tiempo estuvo como asesora de Van-Clar Matrimonios de la colonia Cuauthémoc. La caridad bendecida por la obediencia la llevaron durante algún tiempo —según cuentan las hermanas— a atender con gran cariño y gratitud a su abuelita, quien hizo para ella las veces de madre y a quien llamaba cariñosamente: «Mi madrecita, la Nina».
El Señor compartió con ella, en su desposorio en la vida consagrada, esa su cruz del sufrimiento de la enfermedad aceptada y padecida con paciencia, pese al dolor que produce la artritis deformante que poco a poco la fue dejando imposibilitada para caminar y para valerse por sí misma en la ejecución de cosas de tipo práctico, sin embargo, como comentaba, eso no fue obstáculo para seguir realizando cuanto le era posible, y resultara de utilidad para la comunidad, como el dibujar frisos, preparar Horas Santas, moniciones para celebraciones litúrgicas, etc.

Cada alma que sabe echar mano de los dones y talentos recibidos, es una bendición. El testimonio de alegría y aceptación de la voluntad de Dios en la hermana Rosario, unido a los méritos redentores de Nuestro Señor Jesucristo, estuvo presente en la vida misionera de esta alma generosa que pasó sus últimos momentos en este mundo hospitalizada por varios días, hasta que el 21 de agosto de 2006, Dios la llamó, seguramente para celebrar el el cielo lo Fiesta de Santa María Reina, que se celebra al día siguiente.

Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U.

martes, 11 de octubre de 2011

Tío Chacho, esa eterna juventud...


El instinto de conservación y la falta de fe, hacen a mucha gente tener horror al envejecimiento irremediable. Hemos hecho como sociedad un mito de la juventud. «Juventud, divino tesoro» dijo el poeta, y perder la juventud muchos lo consideran un drama. Da pena ver a personas maduras y post-maduras, intentar defenderse de la calvicie, de las canas, de las arrugas, de la flacidez... ¡Claro que no logran engañar a nadie y menos detener el tiempo, porque el tiempo pasa de prisa!

Hace un año que tío Chacho nos dejó para regresar a la Casa Paterna. Sus cenizas fueron depositadas en un cementerio marino en la bahía de San Francisco y nos recuerdan nuestra fragilidad. Su vida se fue acabando poco a poco en una larga vida que no restó un sólo día a su avanzada edad según los planes que Dios tenía y que fueron siendo camino de santificación para él y para su inigualable esposa, amiga y compañera, la queridísima tía Rebeca.

La edad de tío Chacho puso la justa medida en lo que Dios le pedía. La enfermedad le fue acercando,—de la mano de tía Rebeca— más y más a Dios, nuestro último fin. La última vez que lo vi, unos cuantos meses antes de su muerte, era ya un anciano que casi no se podía mover y que hablaba con mucha dificultad. La entereza de tía Rebeca, a su lado, en el momento de recibir la unción, luego de confesarse, me dejó ver con claridad que los que nos van ganando en años llevan ventaja a muchos de los frágiles muchachos de última generación. Los dos fueron viviendo su realización plena en la unión matrimonial, en lo próspero y en lo adverso; en la salud y en la enfermedad y uno y otro, como toda gente mayor, fueron llegando a la meta del amor compartido hasta que la muerte da una nueva visión a ese amor.

San Pablo, en una de sus cartas a los corintios escribe: "Por eso no nos desanimamos. Al contrario, mientras nuestro exterior se va destruyendo, nuestro hombre interior se va renovando día a día. La prueba ligera y que pronto pasa, nos prepara para la eternidad una riqueza de gloria tan grande que no se puede comparar. Nosotros, pues, no nos fijamos en lo que se ve, sino en lo invisible, ya que las cosas visibles duran un momento y las invisibles son para siempre." (2 Cor 4,16-18)

No escribo todo esto con el afán de que nos resignemos mansamente a lo inevitable, como es la muerte o el envejecimiento. Escribo, por el contrario, porque pienso en tío Chacho como un anciano gozoso que fue llamado por Dios y porque pienso en la fortaleza de tía Rebeca, heroica como las grandes mujeres de la Biblia. A lo largo de los años las canas y arrugas de los dos, fueron transformando sus rostros y la incapacidad para moverse de tío Chacho fue transformando su cuerpo hasta quedar como el de Cristo bajado de la cruz. Todo se fue convirtiendo en ellos dos en signos del gozoso llamado de Dios a hacer su voluntad. Y las enfermedades y achaques que se le fueron multiplicando y complicando a él le decían lo mismo a tía Rebeca y a todos: la meta está siempre cerca. Pronto el vería a Dios. 

Vivimos normalmente un determinado número de años, habiendo sufrido, como todo mundo, pocas o muchas enfermedades pasajeras. De repente un buen día, descubrimos con pena que tenemos azúcar, o cáncer, o artritis, o alta presión, o esclerosis y ese cuerpo tan fiel, tan duradero, tan útil, se empieza a desmoronar irremediablemente. Y después de muchos o pocos cuidados, en un plazo más o menos corto, morimos... caemos fulminados por un paro cardíaco o perecemos víctimas de un accidente fatal.

Al final, de una manera u otra, todos morimos. Nadie absolutamente escapará de la muerte. Es la realidad más irrefutable del mundo. Desde que somos concebidos en el vientre de nuestra madre, somos por definición, mortales. La muerte es el trance definitivo de la vida. Ante ella cobra todo su realismo la debilidad e impotencia del hombre. ¡Un misterio!
El gran San Ignacio de Antioquía, anciano y camino al martirio, avanzaba gozoso al encuentro con Dios y escribe a los romanos: "Mi amor está crucificado y ya no queda en mí el fuego de los deseos terrenos; únicamente siento en mi interior la voz de una agua viva que me habla y me dice: «Ven al Padre. No encuentro ya deleite en el alimento material ni en los placeres de este mundo»".

¡Qué maravilla llegar a comprender que la muerte es el inicio de la verdadera vida y que todo esto, en medio del sufrimiento y del dolor, del gozo y de la alegría, de la sorpresa y la esperanza, no ha sido sino un ensayo, un camino, una invitación sean los años que sean!

Tío Chacho ya perseveró y descansó. ¡Dale Señor el descanso eterno y brille para él la Luz Perpetua! Descansó aquel chiquillo travieso, descansó aquel adolescente inquieto, descansó el joven aventurero, el esposo providente, el padre fiel, el hermano, el primo, el tío, el amigo; descansó de las luchas y fatigas de esta vida y ahora, bajo la mirada consoladora de María, ve la luz para siempre, sin sombras de muerte, sin tinieblas de angustias, dudas o ignorancias esperando la llegada, algún día, de tía Rebeca y de todos los demás para contemplar juntos la luz total de contemplar la gloria de Dios en todo su esplendor, en la consumación del amor perfecto y eterno que ese si es «La Eterna Juventud».

Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U.

domingo, 20 de febrero de 2011

Tía Reyna voló al cielo...

"Las almas de los justos están en las manos de Dios
y no los alcanzará ningún tormento".
Sab 3,1-9


Corrían los primeros minutos del sábado pasado cuando Reyna Ayala dejó este mundo luego de una enfermedad que le acompañó por un buen tiempo. "Tía Reyna", como me enseñaron mis papás a llamarle desde muy pequeño, era la comadre entrañable de mi mamá que, motivada por mi misma madre, se adentró a vivir su vocación de esposa, madre y apóstol cristiano en la "Agrupación de Esposas Cristianas" desde hace mucho tiempo.

Son muchas, muchísimas las cosas que recuerdo de esta maravillosa mujer, casada con "mi tío Samuel" (también tío de cariño y ferviente y comprometido miembro de la Iglesia Metodista) y madre de Samuelín, Carmina y la Chata. Fueron 82 años de una larga vida en la que no pude ver otra cosa que no fuera el rostro de una mujer feliz que destilaba caridad y justicia. Sí, podemos decir que esa fue una característica especial en ella: dar a cada uno lo que le corresponde y eso, acompañado de mucho amor. Así lo puede testimoniar la familia, los "sobrinos" como yo, los compadres, los chicos y chicas que se asistían en su casa, los vecinos, en fin...

De muy pequeño, era la vecina de al lado, con todas las buenas características que una vecina excepcional pueda tener. Mujer de temple y a la vez alegre, con una carcajada que para mí será siempre inolvidable y que invitaba a reír con ganas. Sencilla y generosa, ¡siempre dio y se dio con alegría! Entre las amigas de mi madre era conocida como "la comadre Reyna"

Tanto ellos, como nosotros, nos cambiamos de aquella calle de Torreón, en la colonia Chapultepec y las relaciones cordiales y de familia siguieron siendo las mismas, o quizá, más profundas. Los hijos tomamos rumbos diferentes y los compadres siguieron su mismo camino de compartir la vida en la plática alegre, las visitas mutuas, el café y la tarea hermosa de vivir para Cristo con una vida serena y llena de Dios. ¡Era sabrosa la plática con tío Samuel y tía Reyna!

Hace algunos años le diagnosticaron un cáncer en el estómago que no diezmó para nada su fe, vivió alegremente llena de esperanza obedeciendo a los médicos, siguiendo tratamientos y visitando frecuentemente el hospital. En los últimos meses, aunque ella no lo decía, sí lo decían los demás con un cierto aire de dolor: "¡Se le ve muy cansada!"

Ahora ella ya no está cansada, ella goza, estoy seguro que ha "volado" al cielo porque su vida fue un cumplir la voluntad de Dios realizándose plenamente en lo que Dios le había encomendado. El Señor me permitió acompañarle en el último adiós en la Misa Exequial en la que muchísima gente participó con fe, agradeciendo los infinitos beneficios que Dios concedió a tía Reyna y a muchos y muchas a través de ella, la mujer justa y llena de caridad. La Virgen la llevó de su mano al cielo, era sábado el día del funeral.

¡Qué hermoso es desgastar la vida así... dándose! Descanse en paz tía Reyna.

Alfredo Delgado, M.C.I.U.

domingo, 27 de septiembre de 2009

Tía Celina partió al cielo...


"Urge que Él reine"
27 de septiembre de 2009


"¡Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a la gente sencilla! Gracias, Padre, porque así te ha parecido bien." (Mt 11,25).
 



Queridos familiares y amigos:


El viernes 24, casi al terminar el día, el Padre Misericordioso entregó a mí tía Celina Montoya la corona de la victoria llevándola con Él.

La tía Celina es quien crió a mi mamá y a sus hermanos desde que mi abuela fue llamada a la patria celestial cuando mi madre tenía 11 años de vida, siendo mamá la mayor de cuatro hermanos de los que tía Celina se hizo cargo. El 20 de noviembre próximo cumpliría 92 años y fue, de verdad, una mamá y una abuela para la familia.

Ingresó por primera vez en su vida a un hospital el pasado mes de junio, pues se cayó debido a que su cadera se deshizo, según informaron los médicos que la trataban. Ni en el hospital ni en casa expresó alguna queja. Cuando la visité en el hospital su primera pregunta fue: ¿Freddie ya comiste?

Se distinguió en su vida por vivir una consagración total al Señor en pobreza, castidad y obediencia, como si fuera una religiosa pero dentro del hogar. Siempre prudente y alegre, sirvió incansablemente a varias de las generaciones de nuestra familia sin pedir absolutamente nada a cambio. Nunca le escuchamos una queja, un mal comentario, una reclamación, ni nada por el estilo.

No dejó nada material en este mundo, porque nunca anheló nada, nunca pidió nada. Algunas y algunos de ustedes me han escuchado quizá platicar de algún hecho de su vida en alguna conferencia o plática. Una mujer excepcional.

Entre sus últimas palabras y que han quedado grabadas, destacan el expresar que ella fue inmensamente feliz y una recomendación que nos hizo de ser siempre muy agradecidos con Dios porque Él nos ha socorrido mucho. ¡A todos los quiero por igual! ¡Mucho! exclamó.

El martes pasado, en una ceremonia muy emotiva que el Señor nos permitió realizar allí en su lecho, recibió el viático, (la última comunión), apretando entre sus manos un Rosario bendito por el Santo Padre porque diario lo rezaba (decía que no nos podemos perdonar no rezar el Santo Rosario) y dando la paz a cada uno de los sobrinos y sobrinos nietos que estábamos presentes; incluso al hermano David, seminarista Misionero de Cristo que me acompañó, le dio, entre una voz que se entrecortaba y se iba apagando, sus consejitos sobre obediencia y fidelidad. Siempre tenía con ella una reliquia de Nuestra Madre Fundadora y preguntó: ¿Cómo va lo de la Madre?

Estoy seguro de que en cada una de nuestras familias de sangre, hay personas maravillosas como la tía Celina, que dejan recuerdos que nos acompañarán y alentarán siempre. Gente buena y llena de Dios que va dejando el dulce olor de Cristo.

Mi mamá me pide les agradezca a todos y a todas sus oraciones, su presencia y sus llamadas telefónicas durante la enfermedad de mi tía y ahora. El sábado pasado celebramos sus funerales en un ambiente de paz y gratitud por una vida tan larga y tan ejemplar. Ayer domingo en la Catedral, fue la Misa en que se recibieron condolencias de amigos y familiares. ¡Dios les pague!

Su amigo que se encomienda y envía en gratitud la bendición sacerdotal,


Freddie, M.C.I.U.