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sábado, 24 de diciembre de 2022

Oración para bendecir la mesa de Noche Buena


Bendice, Señor, nuestra mesa en esta noche de Luz.

Quienes vamos a cenar celebrándote, 

sabemos que la fiesta eres Tú que nos invitas a nacer siempre de nuevo.

 

Gracias por el pan y el trabajo, por la generosidad y la esperanza.

Llena nuestra mesa de fuerza y ternura para ser personas justas, 

llena de paz nuestras vidas y que la amistad y la gratitud alimenten cada día del año.

 

Tú eres bendición para nosotros, por eso, 

en esta noche fraterna, bendice la tierra toda, bendice nuestro país.

Bendice esta familia y esta mesa.

Bendícenos a cada uno de los que estamos aquí.

Amén.

domingo, 9 de enero de 2022

ORACIÓN PARA REZAR CUANDO SE GUARDAN LAS DECORACIONES DE NAVIDAD...


Señor Jesús, hoy hemos guardado todos nuestros adornos navideños.

Estamos entrando en el Tiempo Ordinario,

y nuestra casa se ve «ordinaria» de nuevo, también.

Pero Señor, Tú sabes y nosotros sabemos que nuestra casa tiene un secreto.

En el fondo, todas nuestras decoraciones navideñas todavía están aquí.

La bendición de la Navidad está siempre con nosotros,

mantenida en los lugares profundos y tranquilos de la casa.

Y Señor, nuestras vidas también se volverán ordinarias,

pero Tú sabes que cada uno de nosotros tiene la gracia del bautismo.

La gracia que nos dio está siempre con nosotros,

en los lugares profundos y tranquilos de nuestra alma.

Que vivamos la gracia de la Navidad todos los días, aunque sin todos los adornos:

que siempre demos generosamente,

recibamos regalos con agradecimiento,

recibamos a otros y estudiemos tu vida.

Haz de nuestra casa un hogar con la Navidad en su centro,

y de nuestras almas un hogar donde Jesús siempre mora.

Amén.

lunes, 23 de diciembre de 2019

PARA PEDIR POSADA EN FAMILIA EL 24 DE DICIEMBRE EN LA NOCHE...


Les presento una forma muy bonita de pedir la posada que creo vendrá muy bien para la última posada en la noche del 24 para hacerla en casa:


Lectura del Santo Evangelio según san Lucas: 

«Sucedió que por aquellos días salió un edicto de César Augusto ordenando que se empadronase todo el mundo. Este primer empadronamiento tuvo lugar siendo gobernador de Siria Cirino. Iban todos a empadronarse, cada uno a su ciudad. Subió también José desde Galilea, de la ciudad de Nazaret, a Judea, a la ciudad de David, que se llama Belén, por ser él de la casa y familia de David, para empadronarse con María, su esposa, que estaba encinta. Y sucedió que, mientras ellos estaban allí, se le cumplieron los días del alumbramiento, y dio a luz a su hijo primogénito, le envolvió en pañales y le acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en el alojamiento.» (Lc 2,1-7)

PRIMERA PETICIÓN:

AFUERA:
En el nombre del cielo,
os pido posada,
pues no puede andar, mi esposa amada.

ADENTRO:
Aquí no es mesón,
sigan adelante,
yo no puedo abrir,
no sea algún tunante.

SEGUNDA PETICIÓN:

Pensemos ahora en todos aquellos que se negaron a recibir a los santos peregrinos debido a los peligros que podían tener ante gente desconocida en una época que, como en la nuestra, había muchos robos y asaltos. Seguramente la mayoría ni siquiera saldrían para ver de qué se trataba. Pidamos por todos los indiferentes que no hospedan a Jesús en sus corazones.

Señor, que sigamos haciendo el bien y buscando la justicia, aunque veamos que muchos nos cierran las puertas sin que haya posada para los portadores de Cristo así como no la hubo para José y María. Fortalece nuestra esperanza sabiendo que al final, como dice San Pablo: «Todo contribuye par el bien de los que aman a Dios» (Rm 8,28).

AFUERA:
Venimos rendidos,
desde Nazareth,
yo soy carpintero,
de nombre José.

ADENTRO:
No me importa el nombre,
déjenme dormir,
pues que ya les digo,
que no hemos de abrir.

TERCERA PETICIÓN:

Tengamos presentes a todos aquellos que necesitan de nosotros, ya que el ayudar causa molestia y pide renuncia a nuestros intereses personales, desde dar tiempo hasta desprendernos de algo que nos gusta o dar una ayuda económica.

Pidámosle a Dios que nos ayude como individuos y como familia a estar abiertos a las necesidades ajenas, aunque nos cueste sacrificio ayudar o servir.

AFUERA:
Posada te pide,
amado casero,
por solo una noche,
la Reina del cielo.

ADENTRO:
Pues si es una reina,
quien lo solicita,
como es que de noche,
anda tan solita.

CUARTA PETICIÓN:

Pensemos en María, Reina del Cielo, la más santa entre todas las mujeres, escogida por Dios como Madre de su Hijo y su transitar por el camino. Al tocar de puerta en puerta era vista como una de tantas, que incluso se convertiría en molestia para algunos.

Pidámosle a Dios que en todo momento reconozcamos a María como Madre de Dios y madre nuestra, como Reina del cielo y colaboradora de la obra redentora del Señor.

AFUERA:
Mi esposa es María,
es Reina del cielo,
y Madre va a ser,
del Divino Verbo.

ADENTRO:
Eres tú José,
tu esposa es María,
entren peregrinos,
no los conocía.

QUINTA PETICIÓN:

Vivamos la alegría de María y José, al ser recibidos por una familia sencilla que les brindó un espacio y un pesebre para el Divino Niño que habrá de llegar.

Gracias Jesús, José y María, por la gente que recibe al peregrino, que sostiene al débil, que apoya al enfermo y al desvalido. Gracias por el que colabora en el esfuerzo de los demás para disminuir su fatiga.

AFUERA:
Dios pague señores,
vuestra caridad,
y os colme el cielo,
de felicidad.

ADENTRO:
Dichosa la casa,
que alberga este día,
a la Virgen pura,
la hermosa María.

ENTRADA DE LOS PEREGRINOS:

Señor Dios, que esta fiesta que conmemoramos en esta noche tan especial, avive nuestra esperanza de ser de aquellos a quienes Cristo Jesús, juez de vivos y muertos colocará a su derecha diciendo: «pasen benditos de mi Padre a mi derecha; vengan a la fiesta eterna que mi Padre ha preparado para ustedes, porque estaba cansado del camino y me recibieron».

TODOS:
Entren santos peregrinos, peregrinos,
reciban este rincón,
que aunque es pobre la morada, la morada,
os la doy de corazón.
Cantemos con alegría, alegría,
todos al considerar,
que Jesús, José y María, y María,
nos vinieron hoy a honrar.

miércoles, 18 de diciembre de 2019

«ADMIRABILE SIGNUM»... Carta Apostólica del Papa Francisco sobre el significado y el valor del Nacimiento (Belén o pesebre)


1. El hermoso signo del pesebre, tan estimado por el pueblo cristiano, causa siempre asombro y admiración. La representación del acontecimiento del nacimiento de Jesús equivale a anunciar el misterio de la encarnación del Hijo de Dios con sencillez y alegría. El belén, en efecto, es como un Evangelio vivo, que surge de las páginas de la Sagrada Escritura. La contemplación de la escena de la Navidad, nos invita a ponernos espiritualmente en camino, atraídos por la humildad de Aquel que se ha hecho hombre para encontrar a cada hombre. Y descubrimos que Él nos ama hasta el punto de unirse a nosotros, para que también nosotros podamos unirnos a Él.

Con esta Carta quisiera alentar la hermosa tradición de nuestras familias que en los días previos a la Navidad preparan el belén, como también la costumbre de ponerlo en los lugares de trabajo, en las escuelas, en los hospitales, en las cárceles, en las plazas... Es realmente un ejercicio de fantasía creativa, que utiliza los materiales más dispares para crear pequeñas obras maestras llenas de belleza. Se aprende desde niños: cuando papá y mamá, junto a los abuelos, transmiten esta alegre tradición, que contiene en sí una rica espiritualidad popular. Espero que esta práctica nunca se debilite; es más, confío en que, allí donde hubiera caído en desuso, sea descubierta de nuevo y revitalizada.

2. El origen del pesebre encuentra confirmación ante todo en algunos detalles evangélicos del nacimiento de Jesús en Belén. El evangelista Lucas dice sencillamente que María «dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre, porque no había sitio para ellos en la posada» (2,7). Jesús fue colocado en un pesebre; palabra que procede del latín: praesepium.

El Hijo de Dios, viniendo a este mundo, encuentra sitio donde los animales van a comer. El heno se convierte en el primer lecho para Aquel que se revelará como «el pan bajado del cielo» (Jn 6,41). Un simbolismo que ya san Agustín, junto con otros Padres, había captado cuando escribía: «Puesto en el pesebre, se convirtió en alimento para nosotros» (Serm. 189,4). En realidad, el belén contiene diversos misterios de la vida de Jesús y nos los hace sentir cercanos a nuestra vida cotidiana.

Pero volvamos de nuevo al origen del belén tal como nosotros lo entendemos. Nos trasladamos con la mente a Greccio, en el valle Reatino; allí san Francisco se detuvo viniendo probablemente de Roma, donde el 29 de noviembre de 1223 había recibido del Papa Honorio III la confirmación de su Regla. Después de su viaje a Tierra Santa, aquellas grutas le recordaban de manera especial el paisaje de Belén. Y es posible que el Poverello quedase impresionado en Roma, por los mosaicos de la Basílica de Santa María la Mayor que representan el nacimiento de Jesús, justo al lado del lugar donde se conservaban, según una antigua tradición, las tablas del pesebre.

Las Fuentes Franciscanas narran en detalle lo que sucedió en Greccio. Quince días antes de la Navidad, Francisco llamó a un hombre del lugar, de nombre Juan, y le pidió que lo ayudara a cumplir un deseo: «Deseo celebrar la memoria del Niño que nació en Belén y quiero contemplar de alguna manera con mis ojos lo que sufrió en su invalidez de niño, cómo fue reclinado en el pesebre y cómo fue colocado sobre heno entre el buey y el asno»[1]. Tan pronto como lo escuchó, ese hombre bueno y fiel fue rápidamente y preparó en el lugar señalado lo que el santo le había indicado. El 25 de diciembre, llegaron a Greccio muchos frailes de distintos lugares, como también hombres y mujeres de las granjas de la comarca, trayendo flores y antorchas para iluminar aquella noche santa. Cuando llegó Francisco, encontró el pesebre con el heno, el buey y el asno. Las personas que llegaron mostraron frente a la escena de la Navidad una alegría indescriptible, como nunca antes habían experimentado. Después el sacerdote, ante el Nacimiento, celebró solemnemente la Eucaristía, mostrando el vínculo entre la encarnación del Hijo de Dios y la Eucaristía. En aquella ocasión, en Greccio, no había figuras: el belén fue realizado y vivido por todos los presentes[2].

Así nace nuestra tradición: todos alrededor de la gruta y llenos de alegría, sin distancia alguna entre el acontecimiento que se cumple y cuantos participan en el misterio.

El primer biógrafo de san Francisco, Tomás de Celano, recuerda que esa noche, se añadió a la escena simple y conmovedora el don de una visión maravillosa: uno de los presentes vio acostado en el pesebre al mismo Niño Jesús. De aquel belén de la Navidad de 1223, «todos regresaron a sus casas colmados de alegría»[3].

3. San Francisco realizó una gran obra de evangelización con la simplicidad de aquel signo. Su enseñanza ha penetrado en los corazones de los cristianos y permanece hasta nuestros días como un modo genuino de representar con sencillez la belleza de nuestra fe. Por otro lado, el mismo lugar donde se realizó el primer belén expresa y evoca estos sentimientos. Greccio se ha convertido en un refugio para el alma que se esconde en la roca para dejarse envolver en el silencio.

¿Por qué el belén suscita tanto asombro y nos conmueve? En primer lugar, porque manifiesta la ternura de Dios. Él, el Creador del universo, se abaja a nuestra pequeñez. El don de la vida, siempre misterioso para nosotros, nos cautiva aún más viendo que Aquel que nació de María es la fuente y protección de cada vida. En Jesús, el Padre nos ha dado un hermano que viene a buscarnos cuando estamos desorientados y perdemos el rumbo; un amigo fiel que siempre está cerca de nosotros; nos ha dado a su Hijo que nos perdona y nos levanta del pecado.

La preparación del pesebre en nuestras casas nos ayuda a revivir la historia que ocurrió en Belén. Naturalmente, los evangelios son siempre la fuente que permite conocer y meditar aquel acontecimiento; sin embargo, su representación en el belén nos ayuda a imaginar las escenas, estimula los afectos, invita a sentirnos implicados en la historia de la salvación, contemporáneos del acontecimiento que se hace vivo y actual en los más diversos contextos históricos y culturales.

De modo particular, el pesebre es desde su origen franciscano una invitación a “sentir”, a “tocar” la pobreza que el Hijo de Dios eligió para sí mismo en su encarnación. Y así, es implícitamente una llamada a seguirlo en el camino de la humildad, de la pobreza, del despojo, que desde la gruta de Belén conduce hasta la Cruz. Es una llamada a encontrarlo y servirlo con misericordia en los hermanos y hermanas más necesitados (cf. Mt 25,31-46).

4. Me gustaría ahora repasar los diversos signos del belén para comprender el significado que llevan consigo. En primer lugar, representamos el contexto del cielo estrellado en la oscuridad y el silencio de la noche. Lo hacemos así, no sólo por fidelidad a los relatos evangélicos, sino también por el significado que tiene. Pensemos en cuántas veces la noche envuelve nuestras vidas. Pues bien, incluso en esos instantes, Dios no nos deja solos, sino que se hace presente para responder a las preguntas decisivas sobre el sentido de nuestra existencia: ¿Quién soy yo? ¿De dónde vengo? ¿Por qué nací en este momento? ¿Por qué amo? ¿Por qué sufro? ¿Por qué moriré? Para responder a estas preguntas, Dios se hizo hombre. Su cercanía trae luz donde hay oscuridad e ilumina a cuantos atraviesan las tinieblas del sufrimiento (cf. Lc 1,79).

Merecen también alguna mención los paisajes que forman parte del belén y que a menudo representan las ruinas de casas y palacios antiguos, que en algunos casos sustituyen a la gruta de Belén y se convierten en la estancia de la Sagrada Familia. Estas ruinas parecen estar inspiradas en la Leyenda Áurea del dominico Jacopo da Varazze (siglo XIII), donde se narra una creencia pagana según la cual el templo de la Paz en Roma se derrumbaría cuando una Virgen diera a luz. Esas ruinas son sobre todo el signo visible de la humanidad caída, de todo lo que está en ruinas, que está corrompido y deprimido. Este escenario dice que Jesús es la novedad en medio de un mundo viejo, y que ha venido a sanar y reconstruir, a devolverle a nuestra vida y al mundo su esplendor original.

5. ¡Cuánta emoción debería acompañarnos mientras colocamos en el belén las montañas, los riachuelos, las ovejas y los pastores! De esta manera recordamos, como lo habían anunciado los profetas, que toda la creación participa en la fiesta de la venida del Mesías. Los ángeles y la estrella son la señal de que también nosotros estamos llamados a ponernos en camino para llegar a la gruta y adorar al Señor.

«Vayamos, pues, a Belén, y veamos lo que ha sucedido y que el Señor nos ha comunicado» (Lc 2,15), así dicen los pastores después del anuncio hecho por los ángeles. Es una enseñanza muy hermosa que se muestra en la sencillez de la descripción. A diferencia de tanta gente que pretende hacer otras mil cosas, los pastores se convierten en los primeros testigos de lo esencial, es decir, de la salvación que se les ofrece. Son los más humildes y los más pobres quienes saben acoger el acontecimiento de la encarnación. A Dios que viene a nuestro encuentro en el Niño Jesús, los pastores responden poniéndose en camino hacia Él, para un encuentro de amor y de agradable asombro. Este encuentro entre Dios y sus hijos, gracias a Jesús, es el que da vida precisamente a nuestra religión y constituye su singular belleza, y resplandece de una manera particular en el pesebre.

6. Tenemos la costumbre de poner en nuestros belenes muchas figuras simbólicas, sobre todo, las de mendigos y de gente que no conocen otra abundancia que la del corazón. Ellos también están cerca del Niño Jesús por derecho propio, sin que nadie pueda echarlos o alejarlos de una cuna tan improvisada que los pobres a su alrededor no desentonan en absoluto. De hecho, los pobres son los privilegiados de este misterio y, a menudo, aquellos que son más capaces de reconocer la presencia de Dios en medio de nosotros.

Los pobres y los sencillos en el Nacimiento recuerdan que Dios se hace hombre para aquellos que más sienten la necesidad de su amor y piden su cercanía. Jesús, «manso y humilde de corazón» (Mt 11,29), nació pobre, llevó una vida sencilla para enseñarnos a comprender lo esencial y a vivir de ello. Desde el belén emerge claramente el mensaje de que no podemos dejarnos engañar por la riqueza y por tantas propuestas efímeras de felicidad. El palacio de Herodes está al fondo, cerrado, sordo al anuncio de alegría. Al nacer en el pesebre, Dios mismo inicia la única revolución verdadera que da esperanza y dignidad a los desheredados, a los marginados: la revolución del amor, la revolución de la ternura. Desde el belén, Jesús proclama, con manso poder, la llamada a compartir con los últimos el camino hacia un mundo más humano y fraterno, donde nadie sea excluido ni marginado.

Con frecuencia a los niños —¡pero también a los adultos!— les encanta añadir otras figuras al belén que parecen no tener relación alguna con los relatos evangélicos. Y, sin embargo, esta imaginación pretende expresar que en este nuevo mundo inaugurado por Jesús hay espacio para todo lo que es humano y para toda criatura. Del pastor al herrero, del panadero a los músicos, de las mujeres que llevan jarras de agua a los niños que juegan..., todo esto representa la santidad cotidiana, la alegría de hacer de manera extraordinaria las cosas de todos los días, cuando Jesús comparte con nosotros su vida divina.

7. Poco a poco, el belén nos lleva a la gruta, donde encontramos las figuras de María y de José. María es una madre que contempla a su hijo y lo muestra a cuantos vienen a visitarlo. Su imagen hace pensar en el gran misterio que ha envuelto a esta joven cuando Dios ha llamado a la puerta de su corazón inmaculado. Ante el anuncio del ángel, que le pedía que fuera la madre de Dios, María respondió con obediencia plena y total. Sus palabras: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,38), son para todos nosotros el testimonio del abandono en la fe a la voluntad de Dios. Con aquel “sí”, María se convertía en la madre del Hijo de Dios sin perder su virginidad, antes bien consagrándola gracias a Él. Vemos en ella a la Madre de Dios que no tiene a su Hijo sólo para sí misma, sino que pide a todos que obedezcan a su palabra y la pongan en práctica (cf. Jn 2,5).

Junto a María, en una actitud de protección del Niño y de su madre, está san José. Por lo general, se representa con el bastón en la mano y, a veces, también sosteniendo una lámpara. San José juega un papel muy importante en la vida de Jesús y de María. Él es el custodio que nunca se cansa de proteger a su familia. Cuando Dios le advirtió de la amenaza de Herodes, no dudó en ponerse en camino y emigrar a Egipto (cf. Mt 2,13-15). Y una vez pasado el peligro, trajo a la familia de vuelta a Nazaret, donde fue el primer educador de Jesús niño y adolescente. José llevaba en su corazón el gran misterio que envolvía a Jesús y a María su esposa, y como hombre justo confió siempre en la voluntad de Dios y la puso en práctica.

8. El corazón del pesebre comienza a palpitar cuando, en Navidad, colocamos la imagen del Niño Jesús. Dios se presenta así, en un niño, para ser recibido en nuestros brazos. En la debilidad y en la fragilidad esconde su poder que todo lo crea y transforma. Parece imposible, pero es así: en Jesús, Dios ha sido un niño y en esta condición ha querido revelar la grandeza de su amor, que se manifiesta en la sonrisa y en el tender sus manos hacia todos.

El nacimiento de un niño suscita alegría y asombro, porque nos pone ante el gran misterio de la vida. Viendo brillar los ojos de los jóvenes esposos ante su hijo recién nacido, entendemos los sentimientos de María y José que, mirando al niño Jesús, percibían la presencia de Dios en sus vidas.

«La Vida se hizo visible» (1Jn 1,2); así el apóstol Juan resume el misterio de la encarnación. El belén nos hace ver, nos hace tocar este acontecimiento único y extraordinario que ha cambiado el curso de la historia, y a partir del cual también se ordena la numeración de los años, antes y después del nacimiento de Cristo.

El modo de actuar de Dios casi aturde, porque parece imposible que Él renuncie a su gloria para hacerse hombre como nosotros. Qué sorpresa ver a Dios que asume nuestros propios comportamientos: duerme, toma la leche de su madre, llora y juega como todos los niños. Como siempre, Dios desconcierta, es impredecible, continuamente va más allá de nuestros esquemas. Así, pues, el pesebre, mientras nos muestra a Dios tal y como ha venido al mundo, nos invita a pensar en nuestra vida injertada en la de Dios; nos invita a ser discípulos suyos si queremos alcanzar el sentido último de la vida.

9. Cuando se acerca la fiesta de la Epifanía, se colocan en el Nacimiento las tres figuras de los Reyes Magos. Observando la estrella, aquellos sabios y ricos señores de Oriente se habían puesto en camino hacia Belén para conocer a Jesús y ofrecerle dones: oro, incienso y mirra. También estos regalos tienen un significado alegórico: el oro honra la realeza de Jesús; el incienso su divinidad; la mirra su santa humanidad que conocerá la muerte y la sepultura.

Contemplando esta escena en el belén, estamos llamados a reflexionar sobre la responsabilidad que cada cristiano tiene de ser evangelizador. Cada uno de nosotros se hace portador de la Buena Noticia con los que encuentra, testimoniando con acciones concretas de misericordia la alegría de haber encontrado a Jesús y su amor.

Los Magos enseñan que se puede comenzar desde muy lejos para llegar a Cristo. Son hombres ricos, sabios extranjeros, sedientos de lo infinito, que parten para un largo y peligroso viaje que los lleva hasta Belén (cf. Mt 2,1-12). Una gran alegría los invade ante el Niño Rey. No se dejan escandalizar por la pobreza del ambiente; no dudan en ponerse de rodillas y adorarlo. Ante Él comprenden que Dios, igual que regula con soberana sabiduría el curso de las estrellas, guía el curso de la historia, abajando a los poderosos y exaltando a los humildes. Y ciertamente, llegados a su país, habrán contado este encuentro sorprendente con el Mesías, inaugurando el viaje del Evangelio entre las gentes.

10. Ante el belén, la mente va espontáneamente a cuando uno era niño y se esperaba con impaciencia el tiempo para empezar a construirlo. Estos recuerdos nos llevan a tomar nuevamente conciencia del gran don que se nos ha dado al transmitirnos la fe; y al mismo tiempo nos hacen sentir el deber y la alegría de transmitir a los hijos y a los nietos la misma experiencia. No es importante cómo se prepara el pesebre, puede ser siempre igual o modificarse cada año; lo que cuenta es que este hable a nuestra vida. En cualquier lugar y de cualquier manera, el belén habla del amor de Dios, el Dios que se ha hecho niño para decirnos lo cerca que está de todo ser humano, cualquiera que sea su condición.

Queridos hermanos y hermanas: El belén forma parte del dulce y exigente proceso de transmisión de la fe. Comenzando desde la infancia y luego en cada etapa de la vida, nos educa a contemplar a Jesús, a sentir el amor de Dios por nosotros, a sentir y creer que Dios está con nosotros y que nosotros estamos con Él, todos hijos y hermanos gracias a aquel Niño Hijo de Dios y de la Virgen María. Y a sentir que en esto está la felicidad. Que en la escuela de san Francisco abramos el corazón a esta gracia sencilla, dejemos que del asombro nazca una oración humilde: nuestro “gracias” a Dios, que ha querido compartir todo con nosotros para no dejarnos nunca solos.

Dado en Greccio, en el Santuario del Pesebre, 1 de diciembre de 2019.

Francisco.

[1] Tomás de Celano, Vida Primera, 84: Fuentes franciscanas (FF), n. 468.

[2] Cf. ibíd., 85: FF, n. 469.

[3] Ibíd., 86: FF, n. 470.

sábado, 12 de enero de 2019

«Estamos finalizando el tiempo de Navidad»... Un pequeño pensamiento para hoy


Estamos finalizando la Navidad, una época que hemos vivido como experiencia del amor que Dios nos tiene, y convicción de que, como nacidos de Dios, somos sus hijos, hermanos de Cristo Jesús y hermanos los unos de los otros, un tiempo litúrgico que debe dejarnos como consecuencia una actitud más positiva y una opción más clara por estos valores cristianos, empeñándonos más decididamente en la lucha contra el mal en nuestra vida. Mientras que a la vez trabajamos y rezamos para que los demás también venzan al mal en sus vidas. Terminada la Navidad, el día de mañana, con la fiesta del Bautismo del Señor, no puede seguir como antes nuestra vida. Tiene que notarse más esperanza en nuestro ser y quehacer. Más alegría en nuestra existencia. Más confianza en Dios y más amor al hermano en nuestra condición de discípulos–misioneros del Rey que ha nacido para nuestra salvación porque no hemos vivido este tiempo sólo como algo que se repite cada año. Cualquier empeño humano que no sea puramente mecánico da de sí lo suficiente para colmar la propia vida y la de los demás, llevándolas a metas más altas de santidad. 

Hemos celebrado el nacimiento y la manifestación de Cristo al mundo. ¿De verdad lo dejaremos irrumpir en nuestra propia vida y en la vida de nuestros hermanos, en nuestra familia, en nuestras comunidades, para liberarnos con la Buena Noticia del reinado del Padre Misericordioso en su Hijo Jesús? La persona de Juan el Bautista, sus palabras en la primera lectura (1 Jn 5,14-21) y en el Evangelio de hoy (Jn 3,22-30), nos invitan a ir cerrando este ciclo de Navidad para que Cristo entre y se manifieste en nuestra propia vida y en la de los hermanos plenamente dejando, como recompensa alegrarnos con la voz del esposo, con la voz del «Amigo». Por esta razón en el salmo responsorial de hoy, apoyados con el salmo 149 repetimos: «El Señor es amigo de su pueblo». Este salmo tardío, es un himno que en este penúltimo día de la Navidad, nos invita a entonar cánticos y a danzar en honor de nuestro Dios, nuestro Hacedor, nuestro Rey, nuestro Amigo. El Señor nos llevará de victoria en victoria —como decía Santa Teresita del Niño Jesús— hasta el triunfo definitivo producido por esa amistad, que será el del Cordero y el de la Esposa, que ya desde este «Valle de lágrimas» —como dice la Salve—, canta los elogios de su Hacedor, de su Rey, de su Amigo que ha venido a traerle la salvación. 

El Bautista emplea hoy (Jn 3,22-30) la hermosa y antigua imagen del esposo que recibe a la novia. El esposo es este Hacedor, este Rey, este Amigo: Jesús. La gente que acude a Él es el nuevo Israel, la amada esposa anunciada por los profetas. Son los tiempos de las bodas del Mesías con su pueblo, y Juan se alegra al escuchar el eco de su voz, como el amigo del novio, que lo acompaña, que lo asiste y que es testigo de su alianza de amor. Como amigo del esposo, el Bautista se contenta con que el novio ocupe el lugar principal, crezca en respeto y consideración entre los suyos y realice plenamente su misión redentora. Esta actitud de Juan es modélica para nosotros. Como él, también nosotros debemos hacer que Jesús sea conocido y mamado por todos; que Cristo crezca en el amor y en la fe que le deben los suyos, que ocupe el primer lugar en las vidas de todos aquellos a quienes se proclame el Evangelio, en el diario vivir de quienes conformen las comunidades cristianas. El día de hoy, bajo la mirada de María con José ya en Nazareth, contemplando al joven que está a punto de dejar el hogar materno para lanzarse a la conquista del mundo para el Reino, es, para ir cerrando la Navidad, una lección de humildad ante el Señor Jesús a quien no podemos suplantar con nuestros intereses personales de poder o de honor. La fe de Juan Bautista es ejemplar para todo discípulo–misionero; un modelo a seguir para todo aquel que quiera ser testigo fiel de Cristo en el mundo. Él aceptó sin reservas su papel de testigo que conduce a los demás al Mesías, permaneciendo siempre fiel al plan salvífico de Dios, a pesar de la inclinación de sus propios discípulos a dejarse influir por sentimientos humanos egoístas. Juan no ha dudado ni un momento en disminuir, en ocultarse hasta desaparecer, con tal de que Jesús, el Mesías, crezca, resplandezca con toda su luz y sea aceptado y creído por los otros. Así, con esa actitud, regresemos nosotros al Tiempo Ordinario cuya llegada, es inminente ya. ¡Bendecido sábado! 

Padre Alfredo.

miércoles, 9 de enero de 2019

«Si Dios nos ha amado tanto...»... Un pequeño pensamiento para hoy


Los cantores del Antiguo Testamento entendían el salmo 71 (72 en la Biblia) con el que estamos orando en estos días como salmo responsorial, como un salmo con un sentido mesiánico directo: una vez traspuesto el primer sentido típico de un primitivo salmo real, se fue aplicando cada vez más al personaje misterioso que llevaría a cabo los felices augurios que se pronosticaban al rey terreno y que ninguno de los reyes que iban teniendo era capaz de plenificar... el molde les quedaba bastante grande. Así, este salmo desde los principios del cristianismo fue considerado como referido a Cristo, por eso lo cantamos en estos días. Este salmo ha alcanzado su cumplimiento con el primer advenimiento de Jesús a la tierra para inaugurar su reinado de justicia, de amor y de paz mostrándonos como debe ser el amor, pero el amor según el diseño del Padre (1 Jn 4,11-18); pero el horizonte de este bello salmo no ha quedado circunscrito a la primera venida de Cristo que estamos celebrando en Navidad, ya que nosotros también caminamos, al igual que los fieles del Antiguo Testamento, hacia la gloriosa venida del Mesías al que ahora contemplamos como un niño pequeño envuelto en pañales custodiado por su Madre María y por José su esposo. 

Creemos que este chiquillo recostado en el pesebre es el Mesías, es nuestro Dios por la fe. Pero toda decisión de fe, lo sabemos, implica el amor, puesto que obliga a una conversión que no puede ser más que don de sí. Gracias a la fe, la contemplación del misterio de la Navidad posee una doble dimensión, vertical y horizontal. La primera nos hace tomar conciencia de que el Niño-Dios es amor, de que efectivamente el Padre nos ha amado hasta el punto de enviarnos a su Hijo y de que quiere establecer su morada en nosotros. Esto forma parte de nuestra profesión esencial de fe (v.15). Esta fe nos lleva a una dimensión horizontal amando a nuestros hermanos como nosotros somos amados por Dios. El amor que profesamos a nuestros hermanos, y que se hace tan visible en la Navidad, no es, para el creyente, tan solo un sentimiento natural que brota espontáneamente de una necesidad afectiva muy humana... ni tampoco un reflejo que bastaría con dejar que se manifestase en unos regalitos que se intercambian en estas épocas... Ese amor es un «deber»: debemos amarnos unos a otros porque esto viene de Dios: «Si Dios nos ha amado tanto, debemos también nosotros...» No podemos por menos de hacer como Dios. Se trata de un amor absoluto, infinito, universal... como el de Dios que se manifiesta en Cristo ante quien «se postrarán todos los reyes y todas las naciones». 

El amor de Dios —nos queda más que claro— lo hemos conocido en que «nos envió a su Hijo como Salvador del mundo» y además en que «nos ha dado de su Espíritu» para amarnos unos a otros aunque el viento que sopla en este mundo azotado por las guerras, las diferencias raciales, las discriminaciones y la violencia intra y extra familiar llegue con una tremenda fuerza contraria (cf Mc 6,45-52). Si vivimos en el amor que nos comunica Dios, ya no tendremos miedo a esa clase de vientos, ya que Cristo ha venido hacia nosotros, hemos nacido de él, y actuaremos en nuestra vida como sus discípulos–misioneros que no se mueven por miedo sino por amor y así caminan hacia Él. Como los discípulos, nosotros también vamos de sorpresa en sorpresa. Ellos no acaban de entender lo que pasó con los panes, y en seguida son testigos de cómo Jesús camina sobre las aguas, sube a su barca y domina las fuerzas cósmicas haciendo amainar el recio viento del lago. Nosotros somos testigos de muchas cosas más. El evangelio de hoy nos muestra que Dios siempre está con nosotros, que «viendo nuestros esfuerzos» por alcanzar la orilla, Él, Rey y Señor de nuestras vidas, se pone en camino para rescatarnos y llevarnos al puerto seguro de la paz y la justicia. Es importante darnos cuenta del esfuerzo que estaban haciendo los discípulos y del que podemos seguir haciendo nosotros. Dios nos pide simplemente cooperar a su gracia, que no es otra cosa que hacer lo que está en nuestras manos, con la confianza puesta en que él mismo completará la obra y nos sacará de la crisis causada por tantos vientos. Por ello, nunca nos podemos sentir ni solos ni defraudados, las ventoleras de esta vida nos sirven para crecer y para aprender a confiar totalmente en Dios. ¡Bendecido miércoles! 

Padre Alfredo.

lunes, 7 de enero de 2019

«La Navidad no ha terminado»... Un pequeño pensamiento para hoy


Mucha gente piensa que la Navidad se termina con la fiesta de la Epifanía el 6 de enero o el domingo más cercano en que se celebra esta gran solemnidad. No, la Navidad no termina luego de partir la rosca —por cierto, bellísima convivencia anoche en casa de Magda Olea donde para no perder la costumbre... ¡me tocó el Niño!— sino que este tiempo debe seguir celebrándose hasta la fiesta del Bautismo del Señor. La liturgia de la Iglesia señala que en la Iglesia Católica la Navidad no es solo un día, sino una temporada completa que dura desde las primeras vísperas de la Natividad del Señor, el 24 de diciembre, hasta la fiesta del Bautismo del Señor —generalmente el domingo después de la Epifanía—. Este periodo rememora la infancia y la vida oculta de Jesús hasta su manifestación al mundo cuando recibe en el Jordán el bautismo de Juan. El tiempo de Navidad es una continua «epifanía» —manifestación— en la que Jesús, el Hijo de Dios, se va mostrando quién es de niño, adolescente y joven, hasta llegar a ser adulto. 
El salmo 2, que hoy tenemos como salmo responsorial en la Misa del día, nos ayuda a prolongar la fiesta de ayer: «Yo te daré en herencia las naciones». De esta manera nos ayuda a llenarnos de alegría porque el Salvador se ha manifestado a todas las naciones y a henchir nuestro corazón de gozo porque de alguna manera, con esa manifestación del Mesías anhelado a los magos de oriente, hemos vuelto a nacer también nosotros, viajeros temporales en este mundo, a la vida de la gracia: «Hijo mío eres tú, yo te he engendrado hoy». ¡Qué hermosas palabras éstas que podemos aplicarnos a cada uno de nosotros en Cristo! La podemos considerar como raíz de nuestra vida de fe y esencia de nuestro ser de cristianos. Ante Jesús Niño, que del pesebre seguirá creciendo en familia, bajo el cobijo de sus padres hasta llegar al Jordán y ser bautizado por Juan se reafirma en nosotros ese deseo de renacer cada día para que no nos quedemos atorados en las trampas de este mundo. «La vida es tan repetida, tan monótona, tan gris que cada día se parece al anterior, todos obedecen al mismo horario, y la rutina del trabajo inevitable, con la oficina, el papeleo, las visitas y el cansancio de hacer todos los días lo mismo, despojan a la jornada de la alegría de vivir en un mundo nuevo de horizontes limpios y caminos sin fin» (Carlos G. Vallés, «Busco tu rostro», Ed. Sal Terrae, Santander 1989, p. 13). 

Estas palabras de mi admirado sacerdote jesuita Carlos G. Valles, me hacen ir mucho más de cerca al sentido de la prolongación de estos días de Navidad. Es un tiempo maravilloso para re-estrenarse, para ir regresando a la vida ordinaria por un camino nuevo. El Evangelio de hoy (Mt 4,12-17.23-25) nos dice que Jesús «cambia de domicilio»; el Salvador del mundo deja el pueblo donde había vivido hasta ahora y va a habitar a una ciudad más importante. En nuestro globalizado mundo de tanta movilidad, me gusta pensar que Jesús, Él también, debió acostumbrarse a una nueva ciudad, a hacer nuevas relaciones, a cambiar de medio y adoptar otras costumbres. Hoy muchos de nosotros por vocación o por trabajo, nos hemos de mover de un lado a otro. Jesús no cambia de domicilio sin una razón. Es un signo, un gesto que tiene una significación misionera. Galilea era una provincia en la que convivían varias razas, una «feria internacional de gentiles», un camino de invasión, un país abierto por donde pasaban las caravanas que iban hacia el mar. Jesús va a vivir en ese cruce de caminos, como viene a vivir a donde nosotros vamos, y lo hace para evangelizar a muchos de aquellos que viven aún «en las tinieblas y en sombra de muerte» y que esperan la luz. Durante toda su infancia, Jesús vivió en un pueblo bien protegido, Nazaret, al margen de las grandes corrientes humanas de su época: aquel día escogió habitar en Cafarnaúm, donde hay gentes ansiosas y que buscan. Hoy, aunque muchos se autonombren «agnósticos» hay bastante gente así, buscadores de algo que no se dan cuenta que han de buscar a «Alguien». Nosotros sigamos acompañando a José y a María imaginando ver crecer a Jesús junto a ellos, creciendo en gracia, sabiduría y edad y guardando todo esto en el corazón como su Madre (Lc 2,52). ¡Bendecido lunes en que muchos regresan a clases y al trabajo... a la rutina, pero por un camino diferente, como los magos! 

Padre Alfredo.

sábado, 5 de enero de 2019

«Alabemos al Señor, todos los hombres»... Un pequeño pensamiento para hoy


El salmo 99 (100 en la Escritura) es uno de los salmos más hermosos de la Sagrada Escritura y hoy, la liturgia de la palabra nos lo asienta como «salmo responsorial». Es uno de los salmos que la Liturgia de las Horas nos propone rezar como invitatorio al iniciar el día. Este salmo, que es un poema, es una gran exhortación a la alabanza, un buen llamado a la gratitud y un reclamo decidido de fidelidad al Señor. Abundan en él los imperativos y las invitaciones destacando tres de las características fundamentales e indispensables de nuestro Dios que es nuestro Rey: La bondad, la misericordia y la verdad, que se manifiestan con virtud singular y pertinencia a través de las generaciones, por eso cuando lo recitamos lo sentimos «muy nuestro». Yo aún recuerdo el gozo con el que se entonaba algunas de las mañanas, sobre todo en días de fiesta y solemnidades en mi época de seminario al iniciar el rezo de Laudes, como invitando a los futuros sacerdotes a subrayar la urgencia y necesidad de las alabanzas y el reconocimiento del Señor. 

El salmo 99, en este contexto del tiempo de Navidad en el que estamos, nos transmite cuatro invitaciones directas a quienes nos acercamos a Jesús a contemplarlo en el pesebre: Nos llama a cantar a Dios con alegría, a servirle con gozo, a acercarnos a él con regocijo y a reconocer con humildad que sólo él, el pequeño niño envuelto en pañales, es el Señor que merece toda la alabanza. Imagino la alegría con la que los pastorcitos se acercaron al pesebre convirtiéndose de inmediato en los primeros misioneros que fueron a contar lo que habían visto y oído, haciendo realidad lo que el «sígueme» (Jn 1,43) significa para todo aquel que —como dice el Papa Emérito Benedicto XVI— «se ha dejado alcanzar por Cristo». Por cierto, Benedicto XVI describe de una manera maravillosa esta cercanía y tarea misionera de los pastores en el primer tomo de su trilogía de «Jesús de Nazareth», esos libros que todo creyente deberíamos de leer. 

El relato de la vocación de los primeros discípulos, que iniciamos el pasado 3 de enero (Jn 29-34), continúa hoy con el llamamiento de Felipe y el de Natanael (Jn 1,43-51) subrayando precisamente el «sígueme». La mirada humana de estos dos discípulos, basta, como en el caso de los pastores, para ver la humanidad de Cristo y, a pesar de la falta de comprensión total, la divinidad de aquel pequeño. Necesitamos la fe para leer la mesianidad de Cristo en determinados signos como el que se describe en el versículo 48 del Evangelio de hoy y los que irán apareciendo a lo largo de la vida de Cristo (cf. Jn 2,11; 2,23; 4,54). Pero sólo la verdadera fe, la fe sencilla, puede leer el signo por excelencia, la humillación y la glorificación del Hijo del hombre en su misterio pascual (Jn 2,18-21; 8,28; 3,12-15) y cantar, como el salmista, la bondad y la eterna misericordia de nuestro Dios. Los ángeles, en el relato evangelico que hoy tenemos, suben y bajan sobre el Hijo del hombre (v. 51), y son los ángeles que, como cuando anunciaron el gozo del nacimiento del Mesías a los pastores, sin duda indican el doble movimiento del misterio pascual: en efecto, ¿quién puede subir a los cielos sino Aquel que ha bajado de allí? (Jn 3, 13). Es preciso que hoy, sábado, el día de la semana dedicado para honrar a la Madre de Dios, nos acerquemos al «Divino Niño» y dejemos que, desde el regazo de su Madre o recostado en el pesebre, nos mire y nos diga: «¡Sígueme... te conozco!». Él nos conoce con su corazón y nos lleva más allá, hasta la visión de la fuente, donde todo se vuelve posible, porque todo está bañado en Dios, por eso «bendigámoslo, porque es eterna su misericordia y su fidelidad nunca se acaba». ¡Bendecido sábado! 

Padre Alfredo.

viernes, 4 de enero de 2019

«La justicia divina»... Un pequeño pensamiento para hoy

La insistencia de la Liturgia en el salmo 97 (98 en la Biblia), hoy nuevamente como salmo responsorial, me lleva a pensar en la esperanza del pueblo del Antiguo Testamento en la llegada de un Mesías que llegara a establecer un reino de justicia sobre la tierra y la realización de este sueño en Cristo, nacido para que vivamos precisamente en justicia y santidad. El Hijo de Dios, la Majestad del cielo, el Rey de reyes y Señor de señores, nuestro Creador, dejó de lado su exaltada posición junto a su Padre en el cielo y vino a esta tierra cargada de pecado, y asumió nuestra naturaleza caída haciéndose semejante en todo a nosotros, menos en el pecado (Flp 2,7). Esta Majestad, el Rey de reyes, el Príncipe del cielo, fue rechazado por su propio pueblo, a quienes quiso librar de la esclavitud de la injusticia. Y él se humilló a sí mismo hasta la cruz. ¡Jesús no solo murió por nosotros, él murió en una cruz, en medio de dos ladrones sufriendo nuestra injusticia! Él, que había enseñado en el sermón de la montaña de un modo claro y conciso: «Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán hartos» (Mt 5, 6). San Juan Pablo II, en una de sus catequesis enseña: «El Verbo se hizo carne, y "carne" ("sarx") indica precisamente el hombre en cuanto ser corpóreo (sarkikos), que viene a la luz mediante el nacimiento "de una mujer" (cf. Gál 4, 4). En su corporeidad, Jesús de Nazaret, como cualquier hombre, ha experimentado el cansancio, el hambre y la sed. Su cuerpo era pasible, vulnerable, sensible al dolor físico. Y precisamente en esta carne ("sarx"), fue sometido Él a torturas terribles, para ser, finalmente, crucificado: "Fue crucificado, murió y fue sepultado".» (Catequesis del 3 de febrero de 1988). Así, Cristo nos enseña que no puede existir amor sin justicia. En Cristo encontramos la verdadera justicia fundada en el amor, que «rebasa» la justicia al estilo humano. Cristo viene a enseñarnos que, si se tambalea la justicia, la auténtica justicia, también el amor corre peligro. 

Jesucristo es el verdadero «Justo», él es el cordero que quita el pecado del mundo, el Cordero pascual de nuestra redención, que se inmoló como sacrificio perfecto en su Sangre e instituyó como sacramento la noche del Jueves Santo. Así, su Iglesia puede celebrar todos los días, en la Santa Misa y en los demás sacramentos, el memorial de la justicia divina en la pasión, muerte y gloriosa resurrección del Señor, para prolongar su presencia entre nosotros y su acción salvadora, siempre justa, hasta el final de los tiempos. Quien vive según la justicia es justo, como él, Jesús, es justo (cf. 1 Jn 3, 7-10), porque él es justo como el Padre misericordioso lo es. Así, el autor del salmo 97 reconoce y celebra el señorío del Justo Juez sobre todo el mundo. EL Mesías anunciado y esperado, que se encarna en Cristo, es celebrado en su señorío sobre todo el mundo. Cristo, a quien estos días contemplamos en un niño pequeñito que las imágenes nos recuerdan, es el Rey de la justicia y de la paz y merece la honra y gloria como Rey de todo lo creado. El mar, los ríos, los mares, toda la creación alaba a Dios y espera en su justicia... los problemas ecológicos que el mundo globalizado vive hoy, indican que el salmista tiene razón. 

La alabanza gozosa del salmista está enfocada en que el Salvador viene para juzgar la tierra. Esta es la esperanza del cristiano. Jesús ha venido y, según el Apocalipsis, cundo venga por segunda vez va a instituir la justicia para siempre en un mundo nuevo donde reine ésta acompañada de todas las demás virtudes. Es de notarse cómo el salmista combina los hechos de Dios en la historia pasada, la alabanza del presente y la esperanza futura. Y en esta esperanza, la justicia y la rectitud son importantes. Hoy muchas naciones gritan por justicia anhelando un régimen que pueda lograr la justicia, pero, los creyentes no podemos quedarnos cortos anhelando solamente una justicia al estilo de los gobiernos del mundo, sino que debemos aspirar a alcanzar la justicia al estilo de Dios haciendo todo lo posible para que se establezca ya. Vale la pena ir al corazón sereno de José y María junto al pesebre para entender esto bien fijando los ojos en Jesús, como después lo hizo Juan (Jn 1,35-42) señalando a Jesús como el Cordero de Dios. Hay que dejarse enseñar por José, por María, por Juan y así entenderemos la clase de justicia que el Señor quiere para su pueblo. Y hoy, hoy si es 4, ayer me cuatrapeé y en WhatsApp puse: «Jueves 4». ¡Bendecido viernes a todos desde mi Selva de Cemento! 

Padre Alfredo.

jueves, 3 de enero de 2019

«Un canto nuevo»... Un pequeño pensamiento para hoy

En la Navidad, el Dios hecho Hombre nos ha traído la gran noticia de que somos hijos en el Hijo, y de que somos hermanos los unos de los otros, pero, también es una época que nos recuerda que los hijos deben abandonar el estilo del mundo o del diablo, para hablar más claramente, renunciando al pecado para buscar vivir como vivió Jesús a quien ahora contemplamos como un pequeño niño indefenso y recostado en un pesebre. Al mundo de hoy no le gusta hablar de este tema del pecado, porque considera, por desgracia, que nada es pecado, pero no hace falta que se hable de fallos enormes y escandalosos para describir el pecado, también es pecado el conjunto de pequeñas y infidelidades que se dan en una vida cada vez más materialista y menos humana con una generosidad bastante pobre y con poca claridad en un estilo de vida que no se puede definir. La Navidad nos invita a marcar un alto, a hacer una revisión y a entonar, con nuestra vida, como dice el salmista (Sal 97 —98 en la Biblia—) «un canto nuevo». Bien dicen por allí que si uno ve la vida con ojos nuevos... «otro gallo te cantara». Esa expresión de «otro gallo te cantara» me hace pensar en los maestros que a sus alumnos más rejegos les dicen: «si estudiaras un poco más... otro gallo te cantara», o en alguien mustio a quien le dicen: «si fueras más simpático con la gente... otro gallo le cantara»... habría: «un canto nuevo». 

El autor del salmo 97 —que ayer también la liturgia de la palabra nos presentaba— hace un canto de alabanza para el amor redentor invitando a una nueva canción hacia el misterio escondido desde siglos y generaciones. Conviene que al iniciar el año nuevo, cantemos una canción nueva, muy diferente de lo que hemos cantado el año anterior. Si la gracia de Dios, con el recuerdo del nacimiento del Salvador, puso un corazón nuevo en nuestros pechos, bien se puede poner una nueva canción en nuestra boca. Una nueva canción que cante la alabanza de Dios, en la consideración de las maravillas que ha obrado con su venida. El Redentor, envuelto en pañales, ha superado todas las dificultades en el camino de nuestra redención y dará la vida gobernando el orbe entero y estableciendo la rectitud y la justicia como norma de vida, cumpliendo así las profecías y promesas del Antiguo Testamento que el salmista bien conoce. Si este es nuestro caso también, el canto nuevo vendrá a superar las cancioncillas ligeras de la vanidad y la soberbia que el globalizado mundo actual ofrece en diversos artistas y grupos de K-pop o reguetón (como BTS, EXO, EarthGang, Superorganism, BlackPink, Red Velvet, INFINITE y más que, en todo el mundo y entonando canciones, ciertamente con música bonita y cautivante pero difíciles idiomas e ideas de asumir, sin que se sepa además lo que se está diciendo), con auténticas canciones de alegría y acción de gracias que pueden brotar, no de un grupito de moda que pronto pasará y será sustituido por otro conjuntito, sino de una vida que celebra, no a los artistas de moda que pronto se diluyen en el mundo del consumismo, sino la alabanza del Redentor. 

El salmo 97, que ayer y hoy tenemos como salmo responsorial, ha sido cumplido por Jesús que vino a salvar a todos los hombres. Jesús es ese Dios amorosamente perfecto y perfectamente justo, misericordioso cuando corrige y cambia la vida del pecador. Además de ser una bella poesía, es uno de los llamados salmos de entronización o salmos de la realeza de Yahvé exaltando al Señor como Rey. «Cantemos al Señor un canto nuevo» con una vida que cada día y en las cosas pequeñas de la rutina, estalle en un canto. Pero no cualquier cancioncilla producto de modas pasajeras, sino con un auténtico cántico que cada día sea nuevo. Dios es creador y ha hecho al hombre creativo. Hoy el salmista nos presenta un gran desafío a los cristianos que en estos días vamos volviendo a las tareas ordinarias. Yo, por mi parte, en unas horas más, luego de la Misa de 9 en el Espíritu Santo y un desayuno en casa de mis padres, regreso a CDMX entonando, sí, un canto nuevo cuya letra y música, muchos de ustedes me han ayudado a componer para alabar a Dios por su infinita bondad y misericordia. ¡Bendecido jueves cantando ese canto nuevo acercándonos a Jesús Eucaristía con María y José, como lo hicieron los pastorcitos de Belén! 

Padre Alfredo.

miércoles, 2 de enero de 2019

«Reivindico mi Navidad»... Un pequeño pensamiento para hoy


¿Qué por qué escribo tan tarde ayer y hoy? ¿Alguna vez se han levantado un poco más tarde? Es que estoy de vacaciones en casa de mis padres, acá en la Sultana del Norte (Monterrey) y mañana regreso a mi Selva de Cemento. Estos días he hecho cosas muy diferentes trajinando de acá para allá y por lógica... de allá para acá —gracias a Manolo, Carmen, Luis Manuel y Raquelito— y hoy me viene compartir —aún en pijamas y sin rasurar, pero ya rezado—, algunas de éstas. Ha sido un gusto compartir tantos momentos con la familia y los amigos, primero los que he podido ver aquí en casa, como los Delgado-Landa, Paco y Gloria, Sofi, los Garza-Saucedo —hoy tenemos cena con ellos y los Díaz— y los que llegarán —de seguro— el día de hoy. ¡Gracias Cecy por la cena de anoche! He pasado momentos inolvidables en casa de Pilar conversando rico y comiendo igual; en casa de mi hermano Eduardo (Lalo) con él, Gloria (Yoyina) y su descendencia, disfrutando de las ocurrencias de Bárbara mi sobrina nieta y de todos nosotros... ¡qué por algo, la «huerca fregada» —como se suele decir por acá— es así. ¡Qué delicia el pavo de Pilar y ese relleno peruano que cautivó más de un estómago en casa de Lore en el Año Nuevo! Qué rico reunirme en algunos restaurantes de la comarca, para compartir la plática sabrosa y degustar la rica comida regia con los Rangel, con mi tía Amparo, con el doctor Porfirio, Gloria y Jessica y ayer con mi tía Susana, Leo, Pepe y sus hijos —¡dice mi tía que se vayan bien abrigados!—. Partir la rosca de Reyes—prematuramente porque no estaré el 6— y que le toque a uno el «Divino Niño de los tamales» no tiene precio y, dentro de la providencia del Señor ,augura un viajecito para traer los tamales de CDMX y comerlos con todos en febrero, como comenté ayer al llegar de Misa de 5 y con el pequeño niñito —medio curiosillo por cierto— que me salió de la rebanada que hasta cirugía le había hecho. 

¡Qué bonita ocasión de estos días de Navidad gracias a Mons. Pedro Agustín que me permitió venir! Que rendidores días que quisiera haberlos hecho de 72 horas para visitar a algunos enfermitos más, aunque pude ver a Conchita Ramírez la mamá de mi entrañable amigo Víctor Segovia en el hospital y admiré nuevamente esa alegría característica de Víctor ahora cuidando a su mamá. Que gusto ver a Beto Hernández cuando fui a visitar a mi querido profesor José Hernández Gama quien, desde su camita, ofrece todos dolores y sufrimientos con esa sonrisa tan especial que habla de aceptación y fe y que sencillamente... ¡llena de alegría a este «hermanito del 61» como me llama cariñosamente la Madre Marthita! Qué alegría, por otra parte, gozar de la vocación sacerdotal a mis anchas, presidiendo y concelebrando la Santa Misa en la parroquia del Rosario —en San Nicolás— en donde fue mi Cantamisa hace miles de años para abrazar esta vez a algunos de mis hermanos Misioneros de Cristo de esta comunidad de Monterrey y a tanta gente tan querida que forma parte de mi gran familia extendida. Qué gracia tan grande volver a la parroquia de Guadalupe Salud de los Enfermos —en Cortijo del Río— para concelebrar con el padre Julián —que muchos saben que es como mi hermano el de en medio (así lo quieren mis padres)— ¡Gracias padre Juan Martín, un gusto saludarte! Y qué regalazo volver a mi parroquia de origen, el Espíritu Santo, en donde viven mis papás y saludar al padre Flore, al padre Víctor y concelebrar con mi padrino Mons. Ignacio Loth Vaquera la Misa de fin de año. Hoy saludaré a mis hermanas Misioneras Clarisas y a mis queridos «compadres Novelo» como llaman mis papás a este maravilloso matrimonio que me ha visto desde que di mis primeros pasos en medio de sus juntas del Movimiento Familiar Cristiano. 

Pero, todo se entremezcla. ¡Qué dolor humano escuchar a mi queridísima Minerva dándome la noticia de la llamada que el Padre Celestial hizo a mi querido Salomón para dejar este mundo! Y, qué gozo, a la vez, por saber que un hombre tan lleno de bondad y otras virtudes, ha dejado las peripecias de este mundo para caminar al encuentro del Dios misericordioso en donde no habrá ya pena ni dolor, en donde no habrá necesidad de diálisis y en donde las rodillas vacilantes ya no darán lata... ¡cómo quiera volar ahora mismo a Los Ángeles y abrazar cada uno de estos días a Minerva a quien tanto le debo en mi vida y en mi vocación y decirle a sus hijos nuevamente lo que ellos saben que su papá significó para este padrecito. ¡Cómo me hubiera gustado poder acompañar a Eliseo por la muerte de su hermana María de Jesús por quien como por Salomón, pedí ayer en Misa de 5! El día último del año recé con Joel ante el nicho en donde están las cenizas de Almita y ese mismo día había saludado a Panchis, recordando a esta maravillosa mujer que esté año nos dejó... ¡Qué hermosa mi Navidad, qué maravillosos días de vacaciones que contrastan con un mundo que potencía hasta la náusea lo que llama «tolerancia» y que de ello no tiene nada, sino «feísmo», «chabacanería» y «vacío» ante la vulgaridad y el mal gusto que acampan a sus anchas por nuestras ciudades, alimentados por un ejército al servicio de los vaivenes de la moda y de las ideologías que van y vienen. Yo reivindico en estas vacaciones mi Navidad con todos mis recuerdos, mi imaginario. Los ratos que me hicieron enamorarme de ella en esta vez. Los huecos que en muchos años nadie podrá rellenar jamás sino el pequeño Niño de Belén. Reivindico el gozo de la familia al ver nuevamente las fotos y los videos, los momentos de oración, los valiosos momentos en soledad, los abrazos incendiados, la inocencia de Bárbara, la sonrisa de la gente al salir de Misa. Los espacios que han amansado nuevamente el sabor maravilloso que nos deja el nacimiento del Salvador y todo lo que alumbra esos agujeros negros de la inhumana sociedad en que vamos convirtiendo como cómplices nuestro mundo que puede ser tan sencillo... risas, alegría, esperanza, lágrimas, conversaciones, miradas azules o castañas... todo me lo llevo en una Navidad inclusiva... la mía. Y, con el salmista —según el Salmo Responsorial de hoy 97 (98 en la Biblia) digo en esta extensísima y mal hilvanada reflexión: «Cantemos al Señor un canto nuevo, pues ha hecho maravillas... Una vez más ha demostrado Dios su amor y su lealtad... Que todos los pueblos y naciones aclamen con júbilo al Señor»... ¡Y han de dispensar!

Padre Alfredo.

lunes, 31 de diciembre de 2018

«¡Adiós 2018... bienvenido 2019!»... Un pequeño pensamiento para hoy


Se considera que un año es un ciclo, el cual comprende un período desde un inicio hasta un fin que el calendario marca, y aunque la vida no se termina cuando el reloj muestra la medianoche del treinta y uno de diciembre, sí es la clausura de un período de la vida que merece cierta reflexión. Hoy ha llegado ese día, estamos en las últimas horas del año 2018. Es un excelente día para elevar al Señor, con el salmista (Salmo 95 —96 en la Biblia—), un canto de gratitud y de alabanza por el regalo del tiempo, el hoy y el ayer que el Señor na da dado y prepararnos a recibir el futuro que el mismo Dios nos depara. Al terminar este año hay que dar gracias por el don de la fe, que nos ha hecho reconocer en un pequeño niño recostado en el pesebre, a la Palabra con la que Dios creó todo cuanto existe (Jn 1,1-18). El evangelio nos muestra a Jesús como punto de referencia único de la historia. Hoy podemos hablar de que todo nuestro tiempo en este 2018 que terminamos y siempre, en la vida humana y en la fe, tiene un único centro y criterio: Jesús. 

Este es un día para dar gracias por la vida y el amor, que hemos podido proclamar, como asegura hoy el cantor del salmo: «día tras día». Es un día para ofrecer al Niño de Belén cuanto hicimos en este año, el trabajo que pudimos realizar, las cosas que pasaron por nuestras manos y lo que con ellas pudimos construir. Es un día para presentarnos ante el pesebre con las personas que a lo largo de estos doce meses tuvimos a nuestro lado, las amistades nuevas, los antiguos que conocimos, los más cercanos a nosotros y los que están más lejos, los que nos dieron su mano y aquellos a los que pudimos ayudar, con los que compartimos la vida, el trabajo, el dolor y la alegría y los que tenemos lejos en la distancia pero cerca en el corazón. Es un día también para acercarnos al Nacimiento a pedir perdón por el tiempo perdido, por el dinero mal gastado, por las palabras inútiles y el amor desperdiciado. Es un día para dejarnos ver por María y José junto al pequeñito Niño que llora envuelto en pañales en el regazo de su Madre y pedir perdón por las obras vacías, por los encargos mal hechos, por los momentos sin entusiasmo. Es un día para acercarse y besar al Niño Dios y suplicarle, en una oración que escuche nuestras plegarias por un mundo mejor con el deseo de renovar el corazón y re-estrenarlo en el Año Nuevo. Es un día para pedir a Dios, en presencia de la Sagrada Familia, por cada una de nuestras familias y de todas las que conocemos. Es un día para alabarle, para bendecirle, para glorificarle. 

A pocas horas de iniciar el 2019, pienso en la agenda que ya me prometió Lalo mi hermano y que aún está sin estrenar y le presento estos días al Niño Dios seguro de que Él sabes si llegaré a vivirlos y cómo los viviré en mi tarea y conquista de cada día. Hoy contemplo el Nacimiento al pie del árbol de Navidad en casa de mis padres, en esta casita en donde pasé tantos años de mi infancia y le bendigo por este regalo que me da de cerrar este año aquí —hace como 20 años que no pasaba Año Nuevo con ellos— y de celebrar, junto a mi familia de sangre esta noche, el regalo de la fe y la esperanza, el amor y la paz, la confianza y la alegría, la fuerza y la prudencia, la claridad y la sabiduría y tantas cosas más. Quiero vivir cada día del Año que está por llegar con optimismo y bondad, llevando por doquier, como misionero andariego, un corazón lleno de comprensión, de escucha y de conciliación. En medio de tantas fiestas que se suscitan en el mundo esta noche, la última del 2018 y la primera del 2019, aquí estamos nosotros, ustedes y yo, otros cuantos entre los millones y millones de habitantes del mundo, un reducido grupo de creyentes, de hombres y mujeres de fe que seguramente acudiremos al Templo para participar de la «Mesa del Señor» y cerrar el año. Yo celebraré la Misa de fin de Año a las 7 de la tarde en el Espíritu Santo, mi parroquia de origen, el lugar en donde mis padres se casaron, en donde fui bautizado, en donde acudí cada domingo a Misa por años y años con Lalo mi hermano y mis papás, en donde hice mis votos perpetuos y me ordené de diácono y eso me emociona. Luego concelebraré Dios mediante a las 9 de la noche con mis hermanos Misioneros de Cristo en la parroquia de Nuestra Señora del Rosario en San Nicolás, en donde celebré por primera vez la Eucaristía... Hermoso día, último día del año que me recuerda que somos ciudadanos de un mundo siempre sometido a cambios espectaculares dentro y fuera de nuestro ser, cambios que si los sabemos valorar en un recuento como el que podemos hacer el último día del año, deben significar, como cada año hasta hoy, un motivo de esperanza, de ilusión, de expectación por lo que el Buen Dios nos traerá. ¡Adiós 2018... bienvenido 2019! 

Padre Alfredo.

sábado, 29 de diciembre de 2018

«La profecía de Simeón»... Un pequeño pensamiento para hoy


Los textos de los dos primeros capítulos del evangelio de san Lucas, llamados «evangelios de la infancia», están, en gran parte, confeccionados por comentarios recogidos del autor y montados sobre afirmaciones proféticas del Antiguo Testamento, pues la fe ha visto en los primeros hechos de la vida de Cristo entre nosotros, el cumplimiento de las profecías mesiánicas del Antiguo Testamento. Se ha cumplido lo que anunciaban los profetas, los oráculos, los salmistas: el Mesías ha venido a salvarnos, a redimirnos, a traernos vida nueva. La Iglesia nos invita a que «cantemos la grandeza del Señor» con el salmista (Sal 95 —96 en la Biblia) porque Cristo es la presencia salvadora de Dios en medio de su pueblo y para ser llevado a todas las naciones: «... que le cante al Señor toda la tierra... su grandeza anunciemos a los pueblos; de nación en nación, sus maravillas». Los antiguos signos de esta presencia ya iniciada hace tiempo en Israel, son nuevos y definitivos: María santísima es la nueva arca de la alianza, a su paso es reconocida la llegada del Señor a toda la tierra, «...hay gran esplendor en su presencia y lleno de poder está su templo».

En el texto evangélico que leemos hoy (Lc 2,22-35) , atestigua esto Simeón —y lo atestiguará de igual manera Ana— en el día de la presentación del Niño Jesús al templo en el día de la purificación de María. Simeón —y Ana de la misma manera por supuesto— personifica la espera de Israel cumplida plenamente en esta llegada del Señor al templo. Un ofrecimiento que inaugura una nueva liturgia, un nuevo culto verdaderamente agradable al Padre: el de la obediencia, el de la fidelidad a toda prueba. En el marco oficial del templo, en donde se entonaban salmos como el que hoy tenemos, y en el rito legal de la presentación, Jesús, desde su condición de niño recién nacido, expresa su ofrecimiento al Padre, la ofrenda de su persona y de su vida que inaugura su sacrificio: ¡Jesús nació para morir por nosotros! Cristo es ofrecido como Hijo fiel al Padre que en todo cumplirá su voluntad ofrecido por María, Madre y Corredentora. Así, a la vez que el texto evangélico de hoy atestigua el cumplimiento de la esperanza de Israel, anuncia ya el cumplimiento de la misión redentora de Cristo según acostumbra a hacer san Lucas en estos primeros capítulos: Cristo aparece como luz de las naciones, salvador de todos los pueblos; pero también como un pequeño niño que será «signo que provocará contradicción, para que queden al descubierto los pensamientos de todos los corazones» (Lc 2,34). María recibirá junto a José estas palabras junto a la premonición de que «una espada de dolor» le atravesará el alma. Un espada que sin duda es la pasión y muerte de Cristo. 

Celebrar la Navidad con Cristo es contemplar todo esto como un regalo llegado de lo alto. ¿Aceptamos esa espada que pone el dedo en la llaga del amor? ¿No se queda esta época solo en lucecitas de colores que crispan, en comidas que causan muchas veces indigestión o en vistosos regalos que hay que ir a cambiar por algo que guste? ¿Aceptamos y vivimos la Navidad desde esta perspectiva que hiere al corazón —como al de María— que ama a Cristo? Porque bien sabemos que, «sin dolor, —como dicen por ahí— no hay amor». Habrá dolor sin amor —y ciertamente lo hay— pero no hay amor sin dolor; no puede haberlo en esta etapa de la vida que nos toca vivir aquí en la tierra. Vivir la Navidad es implantar el amor que el pequeño Niño nos ha traído en el propio corazón, reduciendo progresivamente el egoísmo, arrinconándolo hasta aniquilarlo —como Simeón y Ana— cuando acabemos de dar la vida con amor. El mismo Cristo, que hoy es presentado en el templo, dirá mucho más adelante: «A mí nadie me quita la vida, yo la doy porque quiero» (Jn 10,18). Y, en esto del amor al estilo del Niño de Belén, es cuestión de estar empezando siempre. ¡Bendecido sábado junto a María, José y el Niño! 

Padre Alfredo.

viernes, 28 de diciembre de 2018

«Los santos Inocentes»... Un pequeño pensamiento para hoy

Hay gente que quisiera que algunos pasajes del Evangelio fueran como una especie de crónica destinada a informar acontecimientos y, si son espectaculares, mejor. Algo así sucede con lo referente a la celebración que dentro de la Navidad el día de hoy se conoce como «La fiesta de los santos Inocentes». La realidad es que, cuando las páginas del Nuevo Testamento se escribieron, Cristo ya había muerto y resucitado y la comunidad cristiana había repensado el Antiguo Testamento en clave cristiana a la luz de las enseñanzas del Señor, comprendiendo que Cristo había realizado lo que antes había sido anunciado por Dios. Por lo menos desde el sigo VI, la Iglesia celebra esta fiesta, venerando, en el tiempo de Navidad, a los santos Inocentes. El evangelista, para presentar a Cristo desde sus primeros días en relación con su misión de «Salvador», echa mano de los llamados «midrash» — (​ en hebreo, מדרש‎ (explicación), término hebreo que designa un método de exégesis de un texto bíblico, dirigido al estudio o investigación)— que le proporcionaba la comunidad acerca de Cristo en relación al Antiguo Testamento. Por eso, en nuestra liturgia no faltan nunca los salmos, parte de este Antiguo Testamento iba dirigiendo la mirada de la primitiva comunidad cristiana al encuentro con Cristo como el Mesías. 

El salmo 123 (124 en la Biblia), nos ofrece hoy, en el contexto de esta fiesta, un salmo de devoción al rey de reyes por cada una de sus intervenciones en la vida del salmista, que reconoce haberse visto beneficiado de su fidelidad y confianza en su salvador al ser librado de cada una de las circunstancias que se le presentaban para lograr establecer una realidad que sorprendería a cada uno de sus enemigos, porque ellos siempre están esperando intimidar a los escogidos de Dios. El autor del salmo asgura que, cuando la confianza del creyente no se encuentra en el hombre, sino en la intervención divina, siempre se le dará una bofetada —muchas veces con guante blanco— al enemigo, no solamente para dejarlo avergonzado, sino para demostrarle que solamente el Padre celestial tiene control supremo de todas las cosas. Yahvé no dejará que los enemigos de sus elegidos descarguen su furor ni que las aguas les lleguen hasta el cuello para demostrar su poder en medio de circunstancias que parecen imposibles de sortear para los hijos de Dios, en las que solo el rey de reyes les puede librar. Así, de esta forma, el relato de los santos Inocentes toma un sentido impresionante. Hay gente que se queda viendo el relato de los santos Inocentes ( Mt 2,13-18), solamente —como ya he dicho— como una crónica amarillista y piensa en miles de niños descabezados. La realidad es que... ¿cuántos niños pudiera haber en poblados tan pequeñitos como aquellos de aquel entonces formados por unas cuantas familias? Así, no es el hecho de la multitud de muertos sino el significado de lo que esto representa para nosotros como discípulos–misioneros de Cristo. San José nos ofrece, en este relato, un testimonio bien claro de respuesta decidida ante la llamada de Dios. En él nos sentimos identificados cuando hemos de tomar decisiones en los momentos difíciles de nuestra vida y desde nuestra fe: «Se levantó, tomó de noche al Niño y a su Madre, y se retiró a Egipto» (Mt 2,14). 

Santa Teresa Benedicta de la Cruz —mejor conocida entre nosotros por su nombre de pila: Edith Stein— quien murió mártir, víctima de los nazis en Aushwitz, escribe sobre este acontecimiento de los santos Inocentes: «No muy lejos del primer mártir [Esteban] se encuentran las “flores martyrum”, las tiernas flores que fueron arrancadas antes que pudieran ofrecerse como víctimas. La piedad popular ha creído siempre que la gracia se adelantó al proceso natural y concedió a los niños inocentes la comprensión de lo que sucedería con ellos para hacerles capaces de entregarse libremente y asegurarse así el premio de los mártires. Sin embargo, ni aún así pueden equipararse al confesor consciente que con heroísmo se compromete en la causa de Cristo. Ellos se asemejan más bien a los corderos que, en su indefensa inocencia, “son llevados al matadero” (Is 53,7; Hch 8,32). De este modo son la imagen de la pobreza más extrema. No poseen más riqueza que su vida. Y ésta también se les quita, sin que ellos opongan resistencia. Ellos rodean el pesebre para indicarnos cuál es la mirra que hemos de ofrecer al Niño Dios: quien quiera pertenecerle totalmente, tiene que entregarse a Él sin reservas y abandonarse a la voluntad divina como esos niños». Este es el sentido que debemos comprender en el relato. La celebración de hoy debe hacernos a nosotros también tomar al Niño con su madre, a este Dios que se nos hace cercano, compañero de camino, reforzando nuestra fe, esperanza y caridad. Y que nos hace salir de noche hacia Egipto, invitándonos a no tener miedo ante nuestra propia vida, que con frecuencia se llena de noches difíciles de iluminar. ¡Bendecido día de los santos Inocentes y este es el último «pequeño pensamiento» largo que envío, en adelante serán solo de 10 renglones! 

P. Alfredo. 

P.D. ¡Inocentes para siempre!... (aquí deben reír). «Un pequeño pensamiento para hoy» seguirá siendo más o menos del mismo tamaño, a veces más largo a veces un poquitito más corto. Mi capacidad de síntesis no es tan buena, como se han dado cuenta y choca con la capacidad de análisis de la realidad. Aprovecho para decirles que aparece en Facebook (Alfredo Delgado Rangel) y en Twitter (@alfredodelgador).

jueves, 27 de diciembre de 2018

«Vio y creyó»... Un pequeño pensamiento para hoy

Ayer, contemplando a Jesús niño en el pesebre, recién nacido, a través del martirio de San Esteban, evocábamos el valor de la Redención y la cruz de Cristo. Hoy la liturgia de la palabra nos invita a meditar en la Resurrección, a través del testimonio de San Juan, Apóstol y evangelista. Y es que celebrar la Navidad no es para quedarnos en el «Jesusito, niñito Dios». La fiesta misma de Navidad no es un infantilismo, sino una cuestión de fe, y sólo la vida de fe nos permitirá interpretar y superar los «signos» materiales del Nacimiento, para acceder al «misterio» que se esconde detrás de este niño recostado en un pesebre. El salmista de hoy (Salmo 96, —97 en la Biblia—), habla de Dios porque no puede imaginarse al mundo sin Dios, noción suficiente para apuntalar un seguimiento comprometido del Salvador cuyo nacimiento no es un sueño, un fruto de la imaginación. San Juan en su primera carta nos dice: «Esta vida se ha hecho visible y nosotros la hemos visto y somos testigos de ella. Les anunciamos esta vida, que es eterna, y estaba con el Padre y se nos ha manifestado a nosotros» (1 Jn,1-4). Esta vida eterna que estaba junto al Padre —esta Palabra de vida— mediante la cual Dios se expresa a sí mismo, de una manera absoluta, perfecta, se manifestó, se hizo visible. 

No es de extrañar que el salmo responsorial de la Misa de hoy nos invite insistentemente: «alégrense, justos, con el Señor... Amanece la luz para el justo y la alegría para los rectos de corazón». Para los que se saben amados y salvados por Dios todo es luz y gozo, alegría del corazón en esta Navidad. Al mirar al recién nacido, nos comprometemos a arrancarnos de nosotros mismos y a ponernos en vanguardia de la lucha para hacer crecer en nosotros al hombre nuevo y construir la nueva humanidad que hoy es buscada inútilmente por muchos caminos equivocados. Nuestra alegría está en el Señor, Él nos anima a despertar en nosotros la esperanza, a no dudar, a estar ciertos, porque él ha puesto ya en nosotros y en el mundo la alegría, la justicia, la paz y el amor universal sin límites. Así, al contemplar al pequeño que en el pesebre está envuelto en pañales, no hemos de pensar sólo en la entrañable escena del Divino Niño que nace adorado por pastores y magos. Ese Niño es el que con su muerte pascual nos conseguirá la salvación y la vida. La Navidad, cuando se profundiza, nos lleva necesariamente hasta la Pascua. 

La fiesta del apóstol y evangelista san Juan, celebrada en este tiempo hermoso de la Navidad, nos hace percatarnos de que estos días no se trata sólo de cantar villancicos, ver los adornos de luces e intercambiar regalos, degustar las tradicionales comidas de estos días y gozar de la peña familiar o con amigos. Que todo eso estará bien para quienes se toman en serio su fe de cristianos, si corre parejo con una actitud de un compromiso serio con el Señor, para llevar su Palabra a quienes no la han escuchado o recibido, para testimoniar su amor entre los humildes, los pobres y los sencillos. Todo como lo hicieron los apóstoles. En esta Navidad, la figura ejemplar de Juan el evangelista es un llamado a nuestra responsabilidad de cristianos. Por eso insisto en que no basta cantar y gozarse ante el pesebre; en que no se trata sólo de contemplar la belleza y la ternura de la Navidad, cuando el Hijo de Dios reposa dormido y confiado recostado en el pesebre o en el regazo de su joven madre, la virgen María. Hemos de convertirnos en heraldos, por la vida y por la palabra, del Verbo de Dios hecho ser humano, cuyo nacimiento celebramos en ocho días de fiesta —la octava de Navidad— como si fuera un solo día. Ser «discípulo amado de Jesús» como Juan, es ser experto en el tema de la Navidad. Sabremos descubrir los signos de Jesús resucitado e interpretar los rumores de la Resurrección si vivimos bien la Navidad. Así, como narra hoy el Evangelio (Jn 20,2-9), donde los demás ven contraindicaciones, nosotros veremos síntomas, huellas, signos. Donde otros veían un robo: «Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto», el discípulo amado «vio y creyó» como hacemos nosotros al contemplar a Jesús niño: «vemos y creemos». ¡Bendecido jueves contemplando a Jesús en la Eucaristía! 

Padre Alfredo.