lunes, 7 de enero de 2019

«La Navidad no ha terminado»... Un pequeño pensamiento para hoy


Mucha gente piensa que la Navidad se termina con la fiesta de la Epifanía el 6 de enero o el domingo más cercano en que se celebra esta gran solemnidad. No, la Navidad no termina luego de partir la rosca —por cierto, bellísima convivencia anoche en casa de Magda Olea donde para no perder la costumbre... ¡me tocó el Niño!— sino que este tiempo debe seguir celebrándose hasta la fiesta del Bautismo del Señor. La liturgia de la Iglesia señala que en la Iglesia Católica la Navidad no es solo un día, sino una temporada completa que dura desde las primeras vísperas de la Natividad del Señor, el 24 de diciembre, hasta la fiesta del Bautismo del Señor —generalmente el domingo después de la Epifanía—. Este periodo rememora la infancia y la vida oculta de Jesús hasta su manifestación al mundo cuando recibe en el Jordán el bautismo de Juan. El tiempo de Navidad es una continua «epifanía» —manifestación— en la que Jesús, el Hijo de Dios, se va mostrando quién es de niño, adolescente y joven, hasta llegar a ser adulto. 
El salmo 2, que hoy tenemos como salmo responsorial en la Misa del día, nos ayuda a prolongar la fiesta de ayer: «Yo te daré en herencia las naciones». De esta manera nos ayuda a llenarnos de alegría porque el Salvador se ha manifestado a todas las naciones y a henchir nuestro corazón de gozo porque de alguna manera, con esa manifestación del Mesías anhelado a los magos de oriente, hemos vuelto a nacer también nosotros, viajeros temporales en este mundo, a la vida de la gracia: «Hijo mío eres tú, yo te he engendrado hoy». ¡Qué hermosas palabras éstas que podemos aplicarnos a cada uno de nosotros en Cristo! La podemos considerar como raíz de nuestra vida de fe y esencia de nuestro ser de cristianos. Ante Jesús Niño, que del pesebre seguirá creciendo en familia, bajo el cobijo de sus padres hasta llegar al Jordán y ser bautizado por Juan se reafirma en nosotros ese deseo de renacer cada día para que no nos quedemos atorados en las trampas de este mundo. «La vida es tan repetida, tan monótona, tan gris que cada día se parece al anterior, todos obedecen al mismo horario, y la rutina del trabajo inevitable, con la oficina, el papeleo, las visitas y el cansancio de hacer todos los días lo mismo, despojan a la jornada de la alegría de vivir en un mundo nuevo de horizontes limpios y caminos sin fin» (Carlos G. Vallés, «Busco tu rostro», Ed. Sal Terrae, Santander 1989, p. 13). 

Estas palabras de mi admirado sacerdote jesuita Carlos G. Valles, me hacen ir mucho más de cerca al sentido de la prolongación de estos días de Navidad. Es un tiempo maravilloso para re-estrenarse, para ir regresando a la vida ordinaria por un camino nuevo. El Evangelio de hoy (Mt 4,12-17.23-25) nos dice que Jesús «cambia de domicilio»; el Salvador del mundo deja el pueblo donde había vivido hasta ahora y va a habitar a una ciudad más importante. En nuestro globalizado mundo de tanta movilidad, me gusta pensar que Jesús, Él también, debió acostumbrarse a una nueva ciudad, a hacer nuevas relaciones, a cambiar de medio y adoptar otras costumbres. Hoy muchos de nosotros por vocación o por trabajo, nos hemos de mover de un lado a otro. Jesús no cambia de domicilio sin una razón. Es un signo, un gesto que tiene una significación misionera. Galilea era una provincia en la que convivían varias razas, una «feria internacional de gentiles», un camino de invasión, un país abierto por donde pasaban las caravanas que iban hacia el mar. Jesús va a vivir en ese cruce de caminos, como viene a vivir a donde nosotros vamos, y lo hace para evangelizar a muchos de aquellos que viven aún «en las tinieblas y en sombra de muerte» y que esperan la luz. Durante toda su infancia, Jesús vivió en un pueblo bien protegido, Nazaret, al margen de las grandes corrientes humanas de su época: aquel día escogió habitar en Cafarnaúm, donde hay gentes ansiosas y que buscan. Hoy, aunque muchos se autonombren «agnósticos» hay bastante gente así, buscadores de algo que no se dan cuenta que han de buscar a «Alguien». Nosotros sigamos acompañando a José y a María imaginando ver crecer a Jesús junto a ellos, creciendo en gracia, sabiduría y edad y guardando todo esto en el corazón como su Madre (Lc 2,52). ¡Bendecido lunes en que muchos regresan a clases y al trabajo... a la rutina, pero por un camino diferente, como los magos! 

Padre Alfredo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario