sábado, 26 de enero de 2019

«Cantemos al Señor un canto nuevo»... Un pequeño pensamiento para hoy


El salmo 95 del salterio (96 en la Escritura), es considerado por excelencia el salmo que exalta la realeza del Señor, pues incluye la importante afirmación: «¡Reina el Señor!» (v.10) y lo hace invitándonos a todos a reconocerlo dándole gloria y alabanza: Cantemos —3 veces lo repite—... proclamemos... anunciemos... De esta manera estamos ante un himno que afirma la soberanía y el reinado de nuestro Dios no sólo en medio de su pueblo sino en todo el mundo. Este tipo de salmos eran utilizados por el pueblo para celebrar el poder divino en un ambiente festivo. El autor debe haber sido un adorador que reconoce el poder divino que no cuida solamente de Israel, sino que trasciende las fronteras del pueblo elegido y tiene repercusiones internacionales. El pueblo de Dios, reunido en Asamblea, es quien recibe del salmista la invitación a cantar un cántico nuevo: Dios es Señor y Soberano del mundo, de las naciones y del universo entero.

De acuerdo con esta visión teológica del compositor sagrado, el salmo afirma que el Señor es el Dios del poder y de la gloria, de la honra y de la santidad y por eso cada día, hay que entonar un canto nuevo, un canto que se hace con nuestro ser y quehacer, un canto que brota de la ofrenda de lo que somos y de lo que hacemos cada día. Bien decía la beata madre María Inés Teresa frases como éstas: «Procuraré, en cualquiera ocupación que Dios quiera colocarme, hacer de mi vida un himno. Este ha sido siempre un deseo vehemente de mi corazón» (Ejercicios Espirituales de 1943) ... «Quiero que mi vida entera sea un himno. Que mis obras todas sean un himno de alabanza, de gratitud, de adoración, a la Santísima Trinidad» (Estudios y meditaciones) ... «Mi vida será un himno en mi adhesión a su Voluntad adorable en todo lo que Él disponga de mí, sea penoso o agradable» (Ejercicios Espirituales de 1943) ... «Siempre me ha gustado hacer de mi vida un himno no interrumpido de amor y gratitud; pero como quiero que sus notas, su armonía, su sonoridad tome proporciones colosales, me gusta servirme de todas las criaturas, sin excluir a la hermana naturaleza, que tan hermosos servicios presta a mi amor, pues la capacidad de este pobre y miserable corazón no puede contener todo lo que quisiera para su Dios» (Experiencias espirituales).

Los que amamos a Dios, los que escuchamos su voz y nos comprometemos a vivir conforme al Evangelio, entonamos cada día un canto nuevo y podremos tal vez ser tildados de locos, de ilusos, de soñadores. Sin embargo sólo quien en verdad vive unido a Dios y comprometido en la salvación de todas las personas, podrá hacer suyo el camino de Cristo y entonar el canto nuevo sin quedarse en una utilización del Evangelio para el propio provecho, sino saliendo al encuentro de los hermanos para hacerles cercana la alabanza, el poder y el amor de Dios y para manifestar al mundo la misericordia divina no sólo con palabras, sino con la propia entrega, con obras que le ayuden a recobrar una vida más digna. Ojalá y el mundo, que muchas veces busca sólo dignidades o aplausos humanos no apague nuestro canto. ¡Qué locura!, una locura como la de Cristo (Mc 3,20-21). Roguémosle al Señor que nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de no acallar nuestro canto nuevo cada día y de hacer nuestra la Misión que el Padre le confió a su Hijo Jesús; que nos conceda amar a nuestro prójimo no sólo para hablarle de Dios, sino para manifestárselo desde una vida convertida en un signo del amor, de la misericordia y de la cercanía, de la entrega y del perdón que Dios ofrece a todo el mundo y que se expresa en el canto de la vida misma. ¡Bendecido sábado!

Padre Alfredo.

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