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sábado, 15 de junio de 2019

«La importancia del salmo responsorial»... Un pequeño pensamiento para hoy

Todos los días de este año litúrgico, he estado deteniéndome, de una manera más particular, en el salmo responsorial de la Misa de cada día. El salmo de cada Eucaristía, en la liturgia de la Palabra, está puesto para provocar una respuesta de fe en quien escucha la Palabra y así da su asentimiento al diálogo de salvación que Dios realiza en la acción litúrgica. Va en relación con el contenido de la primera lectura, o con el sentido general del tiempo, por ejemplo con salmos mesiánicos en Navidad —«Cantad al Señor un cántico nuevo…»)— o con salmos pascuales, a lo largo de la cincuentena pascual —«La piedra que desecharon los arquitectos…»—. Siempre ha formado parte integrante de la liturgia de la Palabra de forma sencilla. Desde tiempos antiguos, el cantor entonaba un verso o antífona que luego repetían todos los fieles, y así contestaban a cada estrofa. Es el «gradual», como antes lo llamaba la liturgia romana, porque se cantaba desde las gradas o escalones del ambón. Es hermoso dejar que el Señor nos hable y que nosotros respondamos con la antífona.

Algunos de los Padres de la Iglesia, han dejado unos verdaderos tesoros a la Iglesia y a la humanidad, en algunas homilías que parten del salmo que se había cantado o comentando incluso el mismo salmo, versículo a versículo. Así tenemos comentarios a los salmos de San Hilario de Poitiers, una serie de Orígenes, una carta-tratado de San Atanasio para interpretar los salmos, una colección de homilías de San Juan Crisóstomo, o las magníficas narraciones sobre los salmos de san Agustín. Los salmos, inspirados por el Espíritu Santo, para ser salmodiados —es decir cantados— implican siempre la interiorización y el silencio contemplativo incluso cantando. La liturgia es así. Los Padres de la Iglesia —de los que ya mencioné algunos— amaron los salmos y se entretuvieron, paciente, diligentemente, en desgranarlos a los fieles cristianos para que los cantasen junto con Cristo, oyendo a Cristo en los salmos. Por eso son importantísimos para la liturgia y por eso mismo he querido tomar en este año C el salmo como eje de mi reflexión.

Este sábado, la liturgia nos invita a adentrarnos en el salmo 102 [103 en la Biblia] viendo en él un maravilloso poema de profunda sensibilidad lírica y religiosa, un himno a Dios, creador y conservador del universo y de todo lo que en él hay: la naturaleza muda, el reino vegetal, el animal y el hombre, es decir, todas las maravillas y esplendores de la creación, en su diversa y rica manifestación. Se trata de una lección maravillosa de alta teología natural, en la que se descubre la profunda teología de los seres bajo la providencia divina. Es un comentario poético del primer capítulo del Génesis: el mundo inanimado al servicio del mundo viviente, éste al servicio del ser humano, y éste, rey de la creación, al servicio de Dios. En su maravillosa obra se transparenta su grandeza deslumbradora, su magnificencia, su bondad y su poder. Todo es maravilloso —las fuerzas de la naturaleza y los seres vivientes—, porque todo es reflejo del amor de Dios y su sabiduría divina. Después de haber creado el universo dio la vida, y ésta se renueva incesantemente por su soplo conservador. Todo lleva el sello de una finalidad concreta, lo que supone orden, belleza, bondad y armonía. Cada día, después del salmo responsorial, nos acercamos al Evangelio, la predicación del Señor, de esta manera, vemos que el salmo responsorial nos prepara para acoger su mensaje de amor y alcanzar la plena amistad y comunión con Él. Al encontrarnos con el salmo responsorial de cada día, hagámoslo como María, la mujer maravillosa que escuchó siempre la Palabra de Dios y brindó su respuesta a la misma. Hoy que es sábado la recordamos de manera especial dejando que, al contacto con la palabra, digamos como ella: «Hágase en mí según tu palabra»; esta es la actitud, que, como María, debemos de tener y, como ella, vivir en un «sí, cuando debe ser sí y un «no» cuando debe ser no (Mt 5,33-37). ¡Bendecido sábado!

Padre Alfredo.

martes, 28 de mayo de 2019

«Acción de gracias con los salmos»... Un pequeño pensamiento para hoy


Los salmos son escritos que no nacieron de un día para el otro ya coleccionados, sino piezas poéticas que fueron aglutinándose conforme al uso (el culto, la coronación del rey, la boda real, un nacimiento, una muerte, etc.), conforme al prestigio de sus autores o compiladores (hay salmos atribuidos directamente a David, y otros a la escuela de Córaj, o a la de Asaf, o incluso uno a Salomón) y conforme al género musical (hay salmos rotulados como de un género musical u otro, rótulos que a veces son indescifrables para nosotros). Todo ese conjunto de piezas, que más o menos habría adquirido una cierta unidad estable hacia la época en que se tradujo la versión de los LXX, fue recogido en esta especie de colección de 150 poemas. Nadie sabe si los enumeró el traductor griego; Tal vez por él o por quien haya sido, se hizo con la idea de dividir la colección en 150 piezas para sentar la imagen, muy atrayente, de un número redondo, y que hasta podía convertirse en evocativo. Los números, y sobre todo la simetría numérica, eran para los judíos algo muy significativo. El 15, en hebreo —no en griego— es un numero «sacro», porque se debería formar con la iod y la he, que son las letras iniciales de Yahvé —precisamente por eso los judíos no escriben el 15 como 10+5, es decir iod + he, sino como 9+6 -tet+vav-, para evitar blasfemar sin querer—. Tal vez a quien tradujo le atrajo el número simplemente redondo de 150, pero que una vez sentado pudo evocar esa representación del 15 sobreabundante. 

De entre esa enorme y bella colección, la liturgia toma hoy el salmo 137 [138]. Un salmo de acción de gracias en el que el salmista agradece al Señor que lo ha librado en su aflicción y lo ha renovado en sus fuerzas interiores para seguir en la batalla de la vida. Gracias a sus acentos tan llenos de confianza, la Iglesia canta con él las grandes hazañas realizadas por Dios en su favor, las cuales superan con mucho a las realizadas en la antigüedad con el Pueblo de Israel. Con la misma confianza del salmista, agradecemos ahora nosotros en este tiempo pascual a Jesús, «que está siempre vivo para interceder en nuestro favor» (Hb 7,25). Llenos de gratitud y confianza, a unos días de celebrar la fiesta de la ascensión del Señor, le pedimos que no abandone la obra de sus manos, sino que la lleve a plenitud en todos y en cada uno de nosotros y en la creación entera. Aparentemente, en la perícopa evangélica de hoy (Jn 16,5-11) Cristo abandona a sus apóstoles. Pero Cristo afirma que su partida está cargada de sentido: El vuelve al Padre (Jn 14, 2, 3, 12; 16, 5), porque su misión ha terminado y el espíritu Paráclito será el testigo de su presencia (Jn 14, 26; 15, 26). Jesús compara la misión del Espíritu con la suya; en efecto, no se trata de creer que desde la ascensión ha terminado el reino de Cristo, que ha abandonado la obra que ha hecho en sus seguidores y que ha sido reemplazado por el del Espíritu. Cristo nunca nos ha abandonado, por eso le damos gracias. Lo que ha terminado es el modo de vida terrestre de Cristo, que oculta al Espíritu y el modo de vida del que Él se beneficiará después de su resurrección y que no será ya perceptible por los sentidos, sino solamente por la fe: un modo de vida «transformado por el Espíritu» (Jn 7, 37-39) que hemos de agradecer siempre. 

Volvemos a encontrar en el Evangelio de hoy ese deseo de Cristo resucitado, que busca convencer a sus apóstoles de que no busquen ya una presencia física, sino que descubran en la fe la presencia «espiritual» —entendiendo aquí espiritual no solamente como opuesto a físico, sino designando verdaderamente el mundo nuevo animado por Dios; cf. Ez 37, 11-14-20; 39, 28-29—. Hoy es un buen día para agradecer que no estamos solos, que tenemos en nosotros, en cada uno de nosotros, en la realidad de nuestra vida personal, el don, la presencia, la fuerza del Espíritu. Este es un buen día para agradecer el don del Espíritu que nos ha sido dado para ser testigos de Jesucristo. Nuestra oración de hoy, con ayuda de María, ha de ser una oración de gratitud por esta venida a nosotros del Espíritu de Jesús, del Espíritu de Dios que llegará el día de Pentecostés para que fecunde nuestra vida de cada día. Justo es que demos gracias a Dios por la salvación recibida. Salvación corporal de los apóstoles; salvación espiritual del carcelero y su familia en la primera lectura (Hch 16,22-34) y lo hacemos con el Salmo responsorial que podemos orar no sólo en Misa sino en la quietud de nuestro cuarto o en el Templo al calor de la presencia de Jesús en la Eucaristía. ¡Bendecido martes! 

Padre Alfredo.

lunes, 20 de mayo de 2019

«No hagamos ídolos»... Un pequeño pensamiento para hoy


Después de un fin de semana muy agitado, llega para mí este día lunes, un espacio de calma donde me encuentro con la segunda parte del salmo 113 en la liturgia, que en la Biblia, por las cuestiones de las divisiones sálmicas de las que ya he hablado, aparece como el 115. Hace poco alguien me volvía a preguntar: ¿Padre Alfredo, por qué los salmos se citan con dos números de capítulo distinto, uno normal y uno entre paréntesis? ¿cuándo se usa uno y cuándo el otro? Esto me da la oportunidad de aprovechar la calma de esta mañanita para retomar el tema y asomarnos de nueva cuenta al proceso de formación del Salterio (Conjunto de los salmos). La diferencia de numeración se suscita entre la versión griega del Antiguo Testamento —llamada «Septuaginta» o de los LXX— y el texto hebreo llamado «Texto masorético». A nosotros nos ha llegado la numeración griega a través de la versión latina llamada «Vulgata» —la traducción en latín—. Como todos los textos litúrgicos provienen de la organización del texto de esta versión latina, en la liturgia se usa la numeración de ésta, mientras que en todo lo demás, se usa la numeración hebrea. En los dos casos hablamos de 150 salmos, pero hay uniones y divisiones de textos en medio, de modo que no resultan numeraciones homogéneas. 

En la tradición Septuaginta/Vulgata, el Salmo 9 y el 10 del hebreo, forman uno solo, por lo tanto, a partir del salmo 11, todos tienen un número menos que en la numeración hebrea: el 11 es el 10, el 12 es el 11, el 51 es el 50 etc... hasta el salmo 146 —es decir: 147 del hebreo—, que se divide en dos, por tanto la segunda parte del 146 se llama 147, y como el hebreo no divide ese salmo, desde el 148 las dos numeraciones se igualan, y siguen igual hasta el 15... ¡Qué confusión! Pero resulta que hay un problema más en medio: sucede que el salmo griego 113, que debería ser el 114 hebreo, también une dos salmos, el 114 y el 115, así que allí comienza una distancia de dos números en cada salmo, pero enseguida se subsana el problema, porque el griego divide en dos el salmo 116 hebreo —es decir, el 114 griego—, así que de nuevo recobra la diferencia de 1 salmo, que se mantiene hasta el 148 —como ya he dicho—. Por supuesto que, si tenemos dudas, lo único que nos quedará por hacer es ir a la Biblia y mirar a ver qué es lo que concretamente se está queriendo citar. Precisamente en esta mañana serena, aparece en el salmo responsorial el 113 en su segunda parte, que, si lo buscamos en nuestras Biblias, va a ser el 115. En este Salmo, el rey David —a quien se le atribuye— declara cómo las gentes que se hacen un dios de un ídolo terminan volviéndose como esos, sólo algo material, sin ninguna esencia espiritual. 

Hoy, motivada por la New Age y el relativismo tan tremendo que vivimos, mucha gente carga ídolos, obras de manos de hombres, que nada tienen que ver con nuestro Dios: pulseritas rojas, ojos de venado, piedritas de diversos colores, colguijes, dijes, amuletos y demás. El salmista afirma que los que tienen estas costumbres, confiando ídolos, terminan por hacerse iguales a ellos: «de piedra» y, aunque tienen oídos, ya no pueden escuchar la voz de Dios; tienen ojos, pero se les dificulta reconocer las maravillas de Dios y ya no ven con claridad lo que es bueno y lo que es malo; y se vuelven mudos para hablar con Dios o para compartir de lo maravilloso que es Él y Su Palabra. Por eso en la sociedad actual vemos mucha gente así, con un corazón duro, materializado, lejano de bondad de Dios de la que el salmista nos habla. Ídolo es todo aquello que ocupa en el corazón el lugar reservado para Dios. Incluso las cosas buenas pueden llegar a convertirse ídolos: el amor, el trabajo, las vacaciones, el descanso, la salud, la belleza, el confort, el objeto al cual se aficiona uno, las ideas o las opciones a las cuales se atribuye un valor «absoluto». Una característica del ídolo es ser «vano»... algo ¡vacío! y, a la larga, decepcionante... incapaz de dar realmente lo que se le pide. Cuando se pide lo absoluto, la plenitud, la felicidad perfecta, a cosas relativas, frágiles, mortales, materiales... un día llega forzosamente la decepción. Entonces el ídolo se revela vano, como dice la primera lectura hoy (Hch 14,5-18). Pidamos hoy al Señor, por intercesión de su Madre Santísima, que nos ayude a no darles mayor importancia a las cosas que la que tienen, a no convertir lo bueno que la vida nos ofrece en ídolos. Que el Señor nos ayude a saber apoyarnos sólo en Él, como lo hizo María, como lo han hecho los santos y como lo ha hecho tanta gente buena como Osvaldo Batocletti y el profesor José Hernández Gama, estos dos católicos maravillosos, cuyos funerales celebré antier y ayer. Y conste que hoy me alargué por volver a explicar la división de los salmos en el Salterio. ¡Bendecido lunes! 

Padre Alfredo.

jueves, 7 de febrero de 2019

«El salmo responsorial»... Un pequeño pensamiento para hoy


El Libro de los Salmos es un libro de la Sagrada Escritura para ser recitado allí donde estemos: en el Templo, en casa, en la oficina, en un hotel, viajando, etc. Y así ha sido durante miles y miles de años tanto para judíos como para todas las denominaciones cristianas. Las palabras del Rey David, de Salomón y de los otros autores sagrados nos han acompañado en las buenas y en las malas. Es posible encontrar el Libro de los Salmos impreso en los más variados formatos y tamaños, no solamente como parte de la Sagrada Escritura sino en presentación aparte, desde los de bolsillo hasta grandes ediciones y en formato digital. Cada día, la Iglesia elige parte de alguno de ellos para recitarlo en la Santa Misa como parte esencial de la Liturgia de la Palabra. La recuperación del salmo responsorial es un fruto de la reforma litúrgica del Concilio Vaticano II y esto ha hecho posible también la reaparición de la figura del salmista, uno de los más estimados oficios litúrgicos al servicio de la palabra de Dios en la asamblea que poco a poco —aunque parezca que la Iglesia avanza en algunos aspectos muy lentamente— va recuperando su lugar, pues en muchos lugares «¡por cuestión práctica malamente!» no se distingue entre quien lee la lectura y el salmo y aún no se le da la debida importancia a este último, a veces recitándolo con la misma tonadita de siempre, haciendo que se le de poca importancia. 

Parece que la reaparición del ministerio del salmista está lejos todavía de ser una realidad plena en el acontecer diario de nuestras comunidades celebrantes. La escasa valoración del salmo responsorial, que en muchos lugares es sustituido sistemáticamente por otro canto cualquiera, significa un empobrecimiento de toda la Liturgia de la Palabra que, también a través del salmo resposorial, va dirigiendo nuestra vivencia de fe. Hoy la liturgia, por ejemplo, nos presenta el salmo 47/48 (2-3a.3b-4.9.10-11), una cántico en el que el salmista simplemente describe con sencillez la grandeza de Dios y su valor para ser bendecido. Este autor sagrado conecta esta bendición con un lugar: Jerusalén, descrita como la ciudad de nuestro Dios, en su monte santo. La idea de Jerusalén como un monte santo es una manera de pensar que provoca contraste con otro monte santo: el Monte Sinaí. Sinaí era tan santo que una cerca mantenía al pueblo de Dios apartado de él, so pena de muerte (Ex 19,12-13). El Nuevo Testamento desarrolla está comparación y contraste entre el Monte Sinaí y el Monte de Sion (Jerusalén) en Gálatas 4,24-26 y Hebreos 12,18-24. Esto nos recuerda que aunque el salmista en verdad tenía en mente la ciudad literal e histórica de Jerusalén, él también fue llevado por la inspiración del Espíritu Santo para también ver la idea de la ciudad de Jerusalén, la ciudad de Dios, la Nueva Jerusalén (Ap 3,12 y 21,2). Los dos aspectos no se cancelan el uno al otro; se complementan, como muchas otras cosas en nuestra vida espiritual.

El salmo responsorial, aunque pequeño y repetido algunos días, este espacio que representa una meditación colectiva tras la lectura en la Misa diaria y entre las dos lecturas en el domingo debe tener su lugar «importante» no sólo en la Misa dominical, sino cada día, y a nosotros, discípulos—misioneros de Cristo, nos toca cuidar que éste no deje de ser proclamado y testimoniado junto con las demás lecturas bíblicas y el Evangelio, como nos propuso al comienzo de su pontificado el Papa Francisco: «Los cristianos tienen el deber de anunciarlo sin excluir a nadie, no como quien impone una nueva obligación, sino como quien comparte una alegría, señala un horizonte bello, ofrece un banquete deseable. La Iglesia no crece por proselitismo sino por atracción» (EG 15). ¡Con cuánta alegría recitaría María Santísima y el mismo Jesús los salmos! El estar en «el templo» condujo al salmista a considerar la misericordia de Dios. En muchas maneras el mismo templo testificaba hacia el pacto de amor de Dios para con su pueblo. Hoy nosotros recitamos la mayor parte de los salmos en este espacio sagrado en cada Celebración Eucarística. ¿Cómo nos conecta el salmo responsorial con la misericordia de Dios en esta época actual? ¡Bendecido jueves buscan orar con salmos y cánticos ante Jesús Eucaristía en adoración!

Padre Alfredo.

miércoles, 16 de enero de 2019

«Los salmos, la oración, la vida diaria»... Un pequeño pensamiento para hoy


Los salmos contienen toda la doctrina del Antiguo Testamento hecha oración. Son, como dicen algunos grandes autores, Teología rezada. Los salmos, o hablan con Dios, o hablan de Dios, pero en ambos casos son composiciones hechas a partir de una experiencia religiosa del escritor sagrado, es decir, brotan de una «teología vivida» y nos transmiten un coloquio íntimo del hombre con Dios. Hoy la liturgia de la palabra nos ofrece el salmo 104 (105 en la Biblia), el salmo que deja entrever el corazón de un hombre que conoce la Historia Sagrada y cuyas palabras —los primeros quince versículos— fueron entonadas cuando David hizo trasladar el Arca de la Alianza al Monte Sión. La Iglesia toma estos cánticos, poemas y alabanzas porque cada vez que un escritor bíblico narra historias del pasado, nuestra fe se fortalece con sus expresiones y nuestros corazones, a pesar de que a veces sufren por diversas causas, como puede ser la enfermedad, algún problema moral o una cuestión de angustia o ansiedad, se alientan para seguir adelante. ¡Cuánto debe haber ayudado el rezo de los salmos a las primeras comunidades cristianas que no contaban con los escritos del Nuevo testamento que ahora nosotros poseemos! 

Los salmos, entre los primeros cristianos, como entre nosotros, eran utilizados para «aclamar al Señor y darle gracias» como nos recuerda hoy el salmista. Y sabemos que son muchas las causas por las que tenemos que aclamar al Señor y estar agradecidos. Aquellos primeros seguidores de Cristo, hombres y mujeres de fe, recordaban hechos de la vida de Cristo en donde había quedado plasmada esa alabanza y gratitud por hechos no solamente portentosos o aparatosos, sino en la sencillez de pequeños episodios como el que narra el Evangelio de hoy en donde la suegra de Pedro es curada (Mc 1,29-39) en aquella humilde casita de Cafarnaúm que hace más o menos un año tuve la dicha de conocer. La escena de hoy en el Evangelio nos muestra la programación de una jornada entera de Jesús. Cristo va comunicando su victoria contra el mal y la muerte, curando enfermos y liberando a algunos poseídos por el demonio. Pero, en su jornada, se da tiempo para ponerse a rezar a solas con su Padre, y continuar predicando por otros pueblos. No se queda a recoger éxitos fáciles. Él ha venido a evangelizar a todos y eso lo recuerda el pueblo entonando salmos y cánticos inspirados (cf. Ef 5,18-19). 

La recitación de los salmos nos ofrece un ejemplo admirable de cómo se puede conjugar la oración con el trajín de la jornada de cada día. Jesús oraba con los salmos. Estos, junto al Padrenuestro, constituyen el mayor tesoro de oración de la Iglesia. Con ellos oró Jesús en casa, en la sinagoga y en sus momentos de soledad con su Padre. En ellos —dice el Catecismo de la Iglesia (2585-2589,2596-2597) se canta de modo incesante la alabanza de Dios. La escuela de oración de Jesús fue, antes que todo, una vida del día a día en la casa familiar y en la comunidad a la que se entregó luego en Cafarnaúm y en otros lugares. Fue en la vida ordinaria donde aprendió a convivir, a rezar y a trabajar. El pueblo del que formaba parte rezaba mucho —como nuestros padres y abuelos— todos los días, por la mañana, al mediodía y al cerrar la noche. «Desde 2 niño» Jesús aprendió los salmos de memoria. Entre los judíos la madre y la abuela se encargaban de enseñarlos (cf. 2Tim 1,5; 3,15) para que estas oraciones se rezaran de memoria. Ayer, entre la fila de penitentes que recibí de 2 a 6 de la tarde, hubo un señor un poco mayor que me conmovió y me dijo: «soy un pecador, creo que el más grande todos, pero no dejo de orar con mis salmos al levantarme y antes de dormir... son mi tesoro para saberme unido al Señor y no los dejo». La Biblia nos dice que «allí donde está nuestro tesoro está nuestro corazón» (cf. Mt 6,21). Así que hoy, al ver a la suegra de Pedro ya curada y sirviendo al Señor y a todos con alegría, al ver a Jesús en plena actividad y contemplarlo luego en la oración silenciosa de la madrugada pregunto: «¿dónde está tu tesoro y el mío?»: «El Señor nunca olvida sus promesas... ¡Aclamen al Señor y denle gracias, relaten sus prodigios a los pueblos. Entonen en su honor himnos y cantos, celebren sus portentos!» Que el Señor, bajo el cuidado amoroso de su Madre, bendiga nuestro miércoles. 

Padre Alfredo.

sábado, 5 de enero de 2019

«Alabemos al Señor, todos los hombres»... Un pequeño pensamiento para hoy


El salmo 99 (100 en la Escritura) es uno de los salmos más hermosos de la Sagrada Escritura y hoy, la liturgia de la palabra nos lo asienta como «salmo responsorial». Es uno de los salmos que la Liturgia de las Horas nos propone rezar como invitatorio al iniciar el día. Este salmo, que es un poema, es una gran exhortación a la alabanza, un buen llamado a la gratitud y un reclamo decidido de fidelidad al Señor. Abundan en él los imperativos y las invitaciones destacando tres de las características fundamentales e indispensables de nuestro Dios que es nuestro Rey: La bondad, la misericordia y la verdad, que se manifiestan con virtud singular y pertinencia a través de las generaciones, por eso cuando lo recitamos lo sentimos «muy nuestro». Yo aún recuerdo el gozo con el que se entonaba algunas de las mañanas, sobre todo en días de fiesta y solemnidades en mi época de seminario al iniciar el rezo de Laudes, como invitando a los futuros sacerdotes a subrayar la urgencia y necesidad de las alabanzas y el reconocimiento del Señor. 

El salmo 99, en este contexto del tiempo de Navidad en el que estamos, nos transmite cuatro invitaciones directas a quienes nos acercamos a Jesús a contemplarlo en el pesebre: Nos llama a cantar a Dios con alegría, a servirle con gozo, a acercarnos a él con regocijo y a reconocer con humildad que sólo él, el pequeño niño envuelto en pañales, es el Señor que merece toda la alabanza. Imagino la alegría con la que los pastorcitos se acercaron al pesebre convirtiéndose de inmediato en los primeros misioneros que fueron a contar lo que habían visto y oído, haciendo realidad lo que el «sígueme» (Jn 1,43) significa para todo aquel que —como dice el Papa Emérito Benedicto XVI— «se ha dejado alcanzar por Cristo». Por cierto, Benedicto XVI describe de una manera maravillosa esta cercanía y tarea misionera de los pastores en el primer tomo de su trilogía de «Jesús de Nazareth», esos libros que todo creyente deberíamos de leer. 

El relato de la vocación de los primeros discípulos, que iniciamos el pasado 3 de enero (Jn 29-34), continúa hoy con el llamamiento de Felipe y el de Natanael (Jn 1,43-51) subrayando precisamente el «sígueme». La mirada humana de estos dos discípulos, basta, como en el caso de los pastores, para ver la humanidad de Cristo y, a pesar de la falta de comprensión total, la divinidad de aquel pequeño. Necesitamos la fe para leer la mesianidad de Cristo en determinados signos como el que se describe en el versículo 48 del Evangelio de hoy y los que irán apareciendo a lo largo de la vida de Cristo (cf. Jn 2,11; 2,23; 4,54). Pero sólo la verdadera fe, la fe sencilla, puede leer el signo por excelencia, la humillación y la glorificación del Hijo del hombre en su misterio pascual (Jn 2,18-21; 8,28; 3,12-15) y cantar, como el salmista, la bondad y la eterna misericordia de nuestro Dios. Los ángeles, en el relato evangelico que hoy tenemos, suben y bajan sobre el Hijo del hombre (v. 51), y son los ángeles que, como cuando anunciaron el gozo del nacimiento del Mesías a los pastores, sin duda indican el doble movimiento del misterio pascual: en efecto, ¿quién puede subir a los cielos sino Aquel que ha bajado de allí? (Jn 3, 13). Es preciso que hoy, sábado, el día de la semana dedicado para honrar a la Madre de Dios, nos acerquemos al «Divino Niño» y dejemos que, desde el regazo de su Madre o recostado en el pesebre, nos mire y nos diga: «¡Sígueme... te conozco!». Él nos conoce con su corazón y nos lleva más allá, hasta la visión de la fuente, donde todo se vuelve posible, porque todo está bañado en Dios, por eso «bendigámoslo, porque es eterna su misericordia y su fidelidad nunca se acaba». ¡Bendecido sábado! 

Padre Alfredo.