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domingo, 27 de enero de 2019

«La palabra de Dios, alegría y luz»... Un pequeño pensamiento para hoy


La Buena Nueva que nos anuncia Jesús en su Evangelio, es siempre un anuncio jubiloso de vida, de libertad, de alegría, de gracia y de salvación (Lc 1,1-4;4,14-21). Si nuestra manera de vivir el seguimiento de Cristo no fuera ésta de la Buena Nueva, estaríamos viviendo otra cosa, pero no el cristianismo. Vivir los principios cristianos con los mandamientos de la manera que los resume el Señor Jesús, no es tristeza sino alegría, no es limitación sino libertad, no es obligación y oscurantismo sino gracia y luz... ¡Alegría en definitiva! Nuestra vida de cristianos, reconoce al Señor Jesús como nuestro Dios y por eso nuestra Misa dominical, tiene el mismo ritmo y sabor que aquella antigua reunión de la que nos hablaba la primera lectura de hoy (Neh 8,2-4.5-6.8-10): también nosotros «escuchamos» la lectura de la Palabra de Dios, también la «explicamos», y también «celebramos» después con alegría un banquete comunitario de acción de gracias.

Dios ilumina nuestras vidas con la alegría, sobre todo con el relumbrar de su palabra contenida en la ley revelada, nos recuerda hoy el autor del salmo 18 (19 en la Escritura Sagrada). Es muy significativo que la ley, en la parte del salmo con la que hoy oramos (Sal 18,8.9.10.15) se presente como luz que ilumina nuestro ser y quehacer. Como el mundo no se ilumina y vive sino por la luz que ilumina y da calor, así nuestras almas, no se desarrollan en la alegría del Señor y no alcanzan su plenitud de vida sino a través de la palabra de Dios y en especial de esa «Palabra» que es Jesucrito: «Luz de luz». Es esa luz la que ilumina la diversidad de dones y carismas que hay en la comunidad, en la cual no todos tenemos ni un mismo papel ni idéntica función (1 Cor 12,12-30). Iluminados por la luz de la palabra, como cristianos, todos hemos sido injertados en el Cuerpo de Cristo por medio del bautismo. Los bautizados somos, no sólo hermanos de Cristo, sino incluso miembros de su Cuerpo y luz para iluminar el mundo que nos rodea. Bajo este aspecto todos tenemos una gran responsabilidad.

En el salmo responsorial, repetimos una frase que, aprendida de memoria, puede ayudarnos a hablar con este Dios amigo, siempre a nuestra vera, y que con sus palabras, nos infunde verdadera vida, luz y alegría que anuncian el gozo de la salvación: «Tú tienes, Señor, palabras de vida eterna». El valor dado por el salmista a la palabra de Dios en esta parte del salmo, es una buena advertencia para nosotros que vivimos en un mundo que a veces quiere envolver las almas en la trsiteza y en la oscuridad. El autor del salmo sabía que esta palabra fundamentaba su vida personal y social. La escuchaba con respeto profundo y la vivía con alegría. Aquí debemos pensar en el valor que conferimos ahora nosotros como discípulos–misioneros a la palabra del Señor que, de una manera solemne, proclamamos, escuchamos y meditamos cada domingo. Esta palabra, siempre viva y actual, es también la luz que guía nuestros pasos en el trajín de este y todos los días para vivir con alegría. Pidamos al Señor, por interseción de María, «Causa de nuestra alegría», que nos conceda esa alegría, esa luz que nos mantenga siempre en pie, felices, contentos, dispuestos a la entrega generosa, optimistas y esperanzados. La alegría de los hijos de Dios, la que nace de un corazón libre, de un corazón enamorado de la palabra. ¡Bendecido domingo!

Padre Alfredo.

domingo, 14 de octubre de 2018

«Sueños»... Un pequeño pensamiento para hoy


Cada domingo, los católicos nos reunimos alrededor del altar para celebrar nuestra fe. Celebramos el amor de Dios, que se nos da en la mesa de la Palabra y en la mesa de la Eucaristía, según nos indica la Instrucción General del Misal Romano. Tanto la Palabra, como la Eucaristía, se hacen, cada ocho días en especial, alimento para nuestras vidas. Cada domingo comulgamos el Cuerpo de Cristo, pero primero, es necesario escuchar la palabra de Dios y dejar que llegue hasta el fondo de nuestra vida. Es la palabra de Dios la que nos cambia, la que nos llama y nos hace capaces de seguir a Jesús. Muchos de ustedes saben que me encanta leer, y leer no solamente la Biblia, sino todo lo referente a ella y muchas otras cosas más. Entre mis lecturas favoritas, por muchos años, han estado los libros del cardenal Carlo María Martini, quien por muchos años fuera arzobispo de Milán, hasta que murió el 31 de agosto de 2012. Un gran hombre, un gran jesuita, eminente biblista y excelente obispo; un gran regalo para la Iglesia y para el mundo del que mucho aprendí y sigo aún aprendiendo al leer sus obras, algunas de las cuales he comentado en el blog —lecturaymusicaparaelalma.blogspot.com—. 

Hace unos años, allá por los 90´s, en el transcurso de uno de los sínodos sobre Europa, tuvieron mucho eco lo que él llamó «mis tres sueños». Uno de sus sueños que se refería a la Palabra de Dios viene ahora a mi mente al leer de nueva cuenta la partecita tan corta de la carta a los Hebreos que la Liturgia de la Palabra nos pone hoy como segunda lectura (Heb 4,12-13): «Sueño que la Biblia se convierta en el libro del futuro para el continente europeo, especialmente para los jóvenes». Junto a esto, me viene también el recordar unas palabras de la teóloga española Dolores Aleixandre, esa religiosa del Sagrado Corazón, teóloga y licenciada en filología bíblica que soñó también algo que tiene que ver con la mesa de la palabra y nos dice: «Sucederá aquel día que en la Iglesia se escucharán con alegría las voces nuevas de los que llevaban tantos siglos de silencio: la voz de los pobres y la voz de los pequeños, la voz de los que saben amar, la voz de las mujeres, la voz de los laicos». En su reflexión, Dolores Aleixandre nos invita, desde la Palabra de Dios, a «soltar lo accesorio» y buscar lo esencial, el Evangelio y la «buena nueva» que, a la luz de la Palabra, la visita de Dios permanente en nuestras vidas, nos trae y dice: «Quiero “místicos en la plaza” o en el café, más “expertos en humanidad” cercanos de la gente». El Papa Francisco, en una de sus audiencias (23 de octubre de 2013) decía a la multitud: «No tengamos miedo a ser santos. Todos estamos llamados a la santidad, que no consiste en hacer cosas extraordinarias, sino en dejar que Dios obre en nuestras vidas con su Espíritu, en confiar en su acción que nos lleva a vivir en la caridad, a realizar todo con alegría y humildad, para mayor gloria de Dios y bien del prójimo». 

Estos días, en Roma, se celebra el «Sínodo sobre los jóvenes». En la homilía de la Misa de apertura, el Papa Francisco, pidió poner este tiempo de gracia bajo la materna protección de la Virgen María y exclamó: «Que ella, mujer de la escucha y la memoria, nos acompañe a reconocer las huellas del Espíritu para que, “sin demora” (cf. Lc 1,39), entre los sueños y esperanzas, acompañemos y estimulemos a nuestros jóvenes para que no dejen de profetizar. Y es que, como dice esta lectura de hoy que junto al libro de la Sabiduría (Sap 7,7-11) y al Evangelio de Marcos (Mc 10,17-30) constituyen el alimento de la Palabra que hoy domingo recibimos: «La Palabra de Dios es viva, eficaz y más penetrante que una espada de dos filos. Llega hasta lo más íntimo del alma, hasta la médula de los huesos y descubre los pensamientos e intenciones del corazón» (Heb 4,12). Esta afirmación del autor de la carta a los Hebreos es una buena síntesis del papel de la Palabra en la vida del discípulo–misionero de Cristo y, por tanto, en la vida de la comunidad (en la liturgia). A nosotros, como también a la comunidad a la que iba dirigida la carta, la Palabra debe estimularnos a tener una existencia cristiana según Jesús nos a tantos jóvenes «amodorraos» que fueron bautizados, que de pequeñitos fueron al cetcismo, que hicieron su Primera Comunión y que se han esfumado de la escena eclesial. El Papa Francisco sueña con que esa Palabra, que siempre la tenemos a nuestro alcance (en la lectura pública y particular de la Biblia que los jóvenes ahora pueden traer en su Smartphone). Me quedo con unas palabras suyas que pronunció en el 2014 y que me invitan a soñar a mí también y a seguir orando por el éxito de este Sínodo y por tantos y tantos jóvenes que «un poco adormilados» en la vivencia de su fe, son esperanza del futuro de la Iglesia: «No es posible oír esta Palabra y permanecer en el propio lugar, quedarse bloqueados en las propias costumbres. Ella nos empuja a vencer el egoísmo que tenemos en el corazón para seguir con decisión aquel Maestro que ha dado la vida por sus amigos». ¡Bendecido domingo celebrando a siete nuevos santos en la Iglesia: San Pablo VI, San Óscar Romero, San Francesco Spinelli, San Nunzio Sulprizio, Vincenzo Romano, Santa María Katharina Kasper y Santa Nazaria Ignacia March Mesa! 

Padre Alfredo.

domingo, 2 de septiembre de 2018

«Docilidad a la Palabra»... Un pequeño pensamiento para hoy


Santiago nos dice en la segunda lectura de hoy (St 1,17-18.21-22.27) algo que es vital para todo discípulo–misionero de Cristo: «Acepten dócilmente la palabra que ha sido sembrada en ustedes y es capaz de salvarlos. Pongan en práctica esa palabra y no se limiten a escucharla, engañándose a ustedes mismos». Ese «acepten dócilmente» debería calarnos hasta lo más profundo y llevarnos a hacer este domingo un examen de conciencia en torno a todo lo relacionado con la palabra de Dios en nuestras vidas. Si algo falta en el mundo de hoy es «docilidad» y falta en todos los ambientes, por desgracia hasta dentro de la Iglesia. La docilidad es la virtud que nos lleva a hacer lo que se nos manda o aconseja tranquilamente sin violentarnos, ni oponerle resistencia, y la que hace fácil que se nos enseñe y podamos aprender. Es la predisposición para aceptar las indicaciones que recibimos para encaminarnos hacia el bien. Para el cristiano la docilidad debe ser una palabra clave. El Papa Francisco dice que «recibiendo con docilidad la Palabra de Dios se llega a la bondad, a la paz y a la mansedumbre» (9 de mayo de 2017). Para el discípulo–misionero ser dócil no es ser una especia de marioneta o títere caprichosamente movido por el querer de un extraño; es, en primer lugar, saberse amado y guiado por Dios. 

El hombre y mujer de fe saben que no son el Señor del mundo y no les corresponde plasmar sus decisiones en el acontecer de la historia al margen de Dios, sino que someten tranquilos su inteligencia y su voluntad a Dios. Somos dóciles cuando aceptamos el querer divino con paz gozosa, cuando no nos sentimos forzado o abrumados ante una voluntad inapelable a la que debemos someternos. Los planes de Dios para cada uno de nosotros marcan un ideal. Por la fe vamos descubriendo con docilidad la divina Voluntad en el acontecer cotidiano y decidimos cumplirla, esperando siempre lo mejor, a impulsos de la caridad. La docilidad a la palabra de la que nos habla hoy Santiago, nos lleva necesariamente a la práctica de la prudencia y de la humildad, porque la actitud dócil es la que está abierta al aprendizaje a la corrección, al consejo, a aceptar que otros saben más que nosotros y que pueden y deben enseñarnos y nosotros debemos dejarnos enseñar sin resistirnos como fieras. La liturgia de hoy nos dice que hay que ser dóciles a la Palabra y estar abiertos, para saber discernir y no «ser rígidos» sin sentido, como lo eran esos fariseos y escribas que se acercan a Jesús para discutir de algo totalmente baladí (Marcos: 7,1-8.14-15.21-23). Para nosotros el primer paso en el camino de la docilidad es acoger la Palabra para luego abrir el corazón y conocer la Palabra y lo que en ella el Señor nos quiere decir sin quedarnos en la superficie y, para eso, como hombres y mujeres de fe, es muy importante captar lo que los mandamientos de la ley de Dios nos marcan para vivir en docilidad al Señor. 

Moisés, desde el Antiguo Testamento, invitaba al pueblo a vivir esa docilidad al Señor. Así nos lo enseña la primera lectura de hoy: «Ahora, Israel, escucha los mandatos y preceptos que te enseño, para que los pongas en práctica y puedas así vivir y entrar a tomar posesión de la tierra que el Señor. Dios de tus padres, te va a dar» (Dt 4,1-2.6-8). María santísima, por su docilidad al Señor, a su palabra, a su voluntad, contribuyó eficazmente a la misión de Jesucristo sin hacer mucho ruido. No destacó ante la gente de su tiempo haciendo cosas llamativas o extraordinarias a la vista de todos ni se opuso al plan de salvación. Fue sencillamente la madre del Maestro, autor de tantos prodigios. Su vida discurrió entre la vida ordinaria de cada, en una de tantas aldeas de Israel, inadvertida junto a su esposo y luego viuda, aceptando la voluntad de Dios como él esperaba, su vida de esposa y Madre fue dócil. Su fidelidad a Dios, desde que recibió el anuncio del ángel la concepción del Hijo de Dios, se apoyó en la fe y en la docilidad, y por eso nos ha quedado como modelo nítido para siempre. Por intercesión de la Madre de Dios pidamos este domingo ser dóciles a esa Palabra leyendo la Biblia cada día y reflexionando juntos en ella cada domingo que nos reunimos para celebrar la Eucaristía. Me encomiendo a sus oraciones porque esta noche entro a Ejercicios Espirituales en la Trapa de Ciudad Hidalgo, Michoacán. No se si la entrega de mis reflexiones —que de todas maneras haré cada día como siempre— será regular o no, hasta el sábado 7 que regrese, porque no tengo idea de si en ese bellísimo monasterio haya señal de Internet. Pero eso sí, les puedo asegurar, queridos lectores, que los llevo conmigo en el corazón ¡Feliz domingo! 

Padre Alfredo.

miércoles, 24 de enero de 2018

«Tener un buen oído»... Un pequeño pensamiento para hoy

El capítulo 7 del segundo libro de Samuel, versículos 4-17, constituye un pasaje esencial de la lectura, del estudio y de la meditación de la Biblia. Este pasaje, que hoy la liturgia nos propone como primera lectura, es un fragmento tan rico, que difícilmente puede pasar desapercibido, pues nos muestra los planes maravillosos que Dios tiene para toda la humanidad, incluido por supuesto David, tú y yo. La vida había cambiado para David, ya no era un pastorcillo ni un prófugo, era el rey asentado en su casa y no en una cueva, como mucha de la gente de su tiempo. Como soberano tenía ahora una casa de cedro que, en realidad, para aquellos tiempos era un palacio que había sido construido por Hiram rey de Tiro. Dios había premiado la fidelidad y fe de David, colocándolo en un lugar de prominencia en donde finalmente tenía paz, después de tanto tiempo que su vida estuvo en peligro. En medio de aquella abundancia, David pensó en Dios y en donde estaba el arca mientras el moraba en una casa de cedro, una gran diferencia con muchos gobernantes de hoy que ya estando en el poder, se olvidan de Dios (Dan 4,30). David era un hombre conforme al corazón de Dios que obedecía, que tenía en alta estima la palabra de Dios y que tenía el Arca de la Alianza profundamente en su corazón y por eso quería edificarle un espacio digno para tenerla.

La tienda de reunión —también conocida como tabernáculo— donde estaba el Arca de la Alianza, se adaptaba perfectamente al pueblo de Israel mientras estaban en el desierto, porque se movían constantemente. Ahora Israel estaba asegurado en la tierra y el arca del pacto estaba en Jerusalén (2 de Sam 6,17), David pensaba que sería mejor y más apropiado construir un templo que reemplazara el tabernáculo, pero Dios no dejará a David edificarle una casa (cf. 1 Cro 17,14). Y no es que a Dios no le agradó el deseo de David que había en su corazón (1 Re 8,18). Dios no rechazo la idea de David, simplemente la aplazó porque él no sería la persona indicada para hacerla, ya que David era más bien un guerrero (1 Cro 28,3) y fue llamado para unificar la nación y apacentar a Israel y no a construir un templo (v. 7). Cuando llegue el tiempo que se construya un templo será por la iniciativa de Dios, el que decide es Dios, el que tiene toda iniciativa es el Señor. David pensaba edificarle una casa a Dios y es más bien Dios quien le edifica una casa, la casa de David de donde nacerá el Mesías Salvador. ¡Qué bueno que David tuvo oídos para escuchar al Señor y obedecerle! (cf. Mc 4,23).

La parábola del sembrador, que este día nos propone la liturgia como Evangelio del día, nos arroja luz sobre este tema. La parábola ilustra la manera en que los hombres reciben el mensaje de Dios y explica la necesidad de tener «buen oído», o sea, disposición de escuchar la Palabra con corazón humilde y con deseos de saber la verdad y obedecerla. Si queremos que la semilla dé el fruto más abundante, hay que estar atentos a seguir lo que Dios quiere, aunque a veces no entendamos e incluso queramos darle de más, como David, que quería edificarle una casa. Y lo primero que hay que hacer es escuchar la Palabra de Dios, guardarla en el corazón para meditarla como María (cf. Lc 2,19), acogerla todos los días, preservarla contra las manos del maligno, e irla cuidando todos los días, hasta que dé su fruto. Hay que dar el cien por ciento de los frutos que Dios quiere de nosotros, así estaremos más cercanos a la felicidad y se hará su voluntad en nuestras vidas. Creo que vale la pena terminar la reflexión de este día con una oración: «Señor, tú vienes cada día a la tierra de mi alma dispuesto a sembrar tu mensaje de salvación en ella. Ayúdame a escucharte, a aceptar tu Palabra, a configurar mi vida con ella. Concédeme ser tierra buena que produzca fruto abundante por saber acoger y trasmitir tu gracia obedeciendo tu voluntad. Amén. ¡Que tengas un bendecido miércoles!

Padre Alfredo.

sábado, 14 de octubre de 2017

«La dicha de María»... Un pequeño pensamiento para hoy

Seguimos meditando el evangelio de san Lucas, en la sección que nos va presentando a Jesús caminando hacia Jerusalén (9,51-19,28). Este camino es un tanto una especie de itinerario geográfico, pero que también, tiene un tinte teológico muy propio de este evangelista. EL señor ha decidido caminar hacia la ciudad santa sabiendo los acontecimientos que se producirán allá. El camino de Jesús es también el camino que ha de recorrer todo discípulo-misionero que quiera vivir por él, con él y en él, por eso va presentando los requisitos para andar por él. San Lucas nos presenta un texto en el que se alaba a los que escuchan la Palabra (11,27-28). Para ello, Lucas yuxtapone dos bienaventuranzas, la de una mujer y la de Jesús. Una mujer valiente, desafiando la cultura de su tiempo, levantando la voz como no le tocaba nunca hacerlo a ninguna mujer, que de por sí no debía hablar en público, exclama: «¡Dichosa la mujer que te llevó en su seno y cuyos pechos te amamantaron!» (Lc 11,28). Así, como hija de su cultura, y en nombre de muchos, alaba el seno y los pechos de María de Nazareth, signo de maternidad (Gn 49,25).

Cuando esta mujer desconocida, termina aquel cumplido, Jesús eleva su voz tal vez más alto que la suya y expresa que la dicha de María no se fundamenta tanto en la maternidad biológica como en la escucha de la Palabra de Dios y su puesta en práctica (Lc 1,38. 45; 2, 19,51). La Virgen María, a quien la Iglesia venera con especial devoción cada semana en sábado desde hace siglos, aparece así, este día de hoy, como modelo de todo discípulo-misionero. La verdadera felicidad de quien quiera seguir a Jesús y vivir para él, no está en títulos, cargos, parentescos o posesiones. Para nosotros, hombres y mujeres de fe, escuchar y leer la Palabra —como María— nos va dando pistas para recorrer el camino de la existencia. Hacer una lectura creyente de la Palabra en nuestro día a día, nos hace vivir de forma diferente, porque nos da claves de sentido para el camino, y confiere a nuestra vida un horizonte, una meta. María no es alabada y querida por el solo hecho físico de llevar a Jesús en el seno y alimentarlo, sino por algo infinitamente más grande: Escuchar la Palabra, cumplir la voluntad de Dios y perseverar en ella todos los días de su vida.

Jesús presenta a su Madre santísima como modelo de felicidad porque escuchó e hizo vida la Palabra de Dios y no porque todo le saliera bien o fuera color de rosa. A veces puede suceder que el discípulo-misionero sienta que le agobia el mucho trabajo, el estrés, el sueldo raquítico que hay que estirar cada mes, los plazos del pago del carro, la casa y los electrodomésticos que aún no van ni a la mitad pagados... Se sufre muchas veces porque no se entiende la actitud de ese «Hijo» que se entrega completamente a su Padre Dios y parece que nos abandona en el momento más difícil. Pero, todo esto y mucho más, vivió la Virgen Madre, añadiendo el aparente abandono de Dios al arrebatarle al Hijo cuyo nacimiento tan solemnemente había sido anunciado hace años. Ella elegida por Dios, escuchaba la Palabra y la ponía en práctica. Viene bien que este sábado, ante alguna imagen de la Virgen hacerte una serie de preguntas como éstas: ¿Cómo escucho cada día la Palabra que me propone el Señor a través de la Liturgia? ¿Dejo que permee mi corazón y lo transforme? ¿Consigo descubrir la Palabra viva de Dios en mi vida? ¿Cómo vivo la devoción a María, la madre de Jesús cuando estoy solo? ¡Bendecido sábado, cargado del gozo de haber celebrado ayer en nuestra comunidad parroquial de Fátima, el cierre del Año Jubilar del Centenario de sus apariciones en Portugal!

Padre Alfredo.

domingo, 16 de julio de 2017

El domingo y la Palabra... Un pequeño pensamiento para hoy

Si algo abunda en el mundo en el que vivimos, son las palabras, ya sea escritas —como tantas que comparto yo cada día— hablada, cantadas —en cualquier sentido— o pensadas. Los medios de comunicación han hecho que abunden y sobreabunden tanto, que a veces de tantas palabras que nos llegan nos confunden y nos quedamos sin entender mucho de lo que se dice o se lee.

Cada domingo nos congregamos como comunidad de creyentes a escuchar la Palabra de Dios, esa «Palabra» que debe ocupar el lugar más central y privilegiado que puede existir en nuestra comunidad de hombres y mujeres de fe. Pero, ¿si captamos lo que la Palabra de Dios quiere decirnos?

La Liturgia de la Palabra es esencial en la Misa dominical. Es al Señor a quien hay que leer y escuchar. La homilía es una conversación familiar en torno a esa Palabra, pero, si no estamos atentos a las lecturas de la Misa, poco harán las palabras del predicador en nuestro corazón. Hay que pedir a la Virgen María, la «mujer de escucha», que nos ayude a estar atentos a esta parte de la celebración. Además hoy es 16 de julio, día de la Virgen del Carmen. ¡Felicidades a todos y todas las que llevan el nombre de Carmen.

Es domingo y es día de ir a escuchar la Palabra que el «Divino Sembrador» quiere poner en nuestro corazón. ¡Vamos a Misa!

Padre Alfredo.

viernes, 22 de enero de 2016

«SAGRARIOS DEL ABSOLUTO»... vivir nuestro compromiso bautismal

Dios es principio de vida. Ha creado el mundo como semilla y ha confiado a la humanidad, representada por Adán y Eva, la gran tarea de conseguir que esa semilla se convierta en árbol fecundo. Así, la humanidad está llamada a colaborar con el Dios de la vida. 

Hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios. Por revelación de Jesús sabemos que Dios es amor, familia trinitaria y comunidad de amor infinito (Padre, Hijo y Espíritu Santo). Tomando a este Dios como fundamento, tenemos que vivir intensamente el amor formando la comunidad de los creyentes. Hombres y mujeres bautizados somos una especie de sagrarios del Absoluto. Aún teniendo una naturaleza débil y limitada, nos podemos abrir al infinito en búsqueda de realización total. Hemos de ser imitación de Cristo, por eso cada día que pasa, al vivir nuestro compromiso bautismal, hemos de purificar el corazón, este es el gran sueño de Dios, la gloria de Dios es el hombre en plenitud, decía san Ireneo.

Dios quiere siempre que triunfe la vida basada en su misericordia. Él nos eligió para vivir en el amor y ser misericordiosos como Él. Nosotros, que hemos sido llamados por Dios gracias al bautismo y a una vocación específica, estamos llamados antes que nada a ser discípulos y misioneros de Cristo.

¿Cuál es el plan que Dios tiene para mí? Tengo que ubicarme y encontrarlo, yo tengo un espacio en el Corazón de Jesús para que mi corazón se vaya tras Él. Todo en mi, debe estar ordenado hacia el fin último. Debo disponerme siempre a preferir lo que más y mejor conduce al fin, sin dejarme llevar por los afectos naturales. Debo entregarme totalmente a la voluntad de Dios, a pesar de los límites personales: salud, edad, lugar concreto de vida, vocación específica, situación actual, etcétera, recordando que desde el bautismo todos somos misioneros. Dede nuestro bautismo, el Señor nos llamó para estar con él y para enviarnos a predicar (Mc 3,13-14). En nuestra respuesta vocacional específica —sea cual sea nuestra vocación— la misión no se puede entender simplemente en sentido geográfico, sino que llega a los areópagos modernos, los nuevos mundos y los fenómenos sociales y culturales que están sedientos de Dios.

Nuestro ser de misioneros exige que tengamos una relación personal con el que nos llamó a ser sus discípulos y a quien hemos de anunciar, una unión de corazón a corazón que se renueve día a día impregnando nuestras vidas de su misericordia. “Todos nosotros, hijos de la Iglesia, estamos llamados a caminar en la vida cristiana con un renovado impulso.”[1]

Nuestra vocación de oyentes y seguidores del Señor, se sostiene en el compartir la comida del Señor en su Palabra y en su Eucaristía principalmente. El mismo que nació en «Belén», que significa: «La casa del pan», nos reúne especialmente el Domingo, así como cada día, para comer con él como lo hacía con sus discípulos. Al llamarnos, Dios quiso establecer con nosotros un parentesco espiritual y místico. Nos llamamos en la fe «hermanos» y «hermanas» en Cristo, y cada vez que nos acercamos al Señor en su Eucaristía y en su Palabra le decimos: «Dame de beber».[2]

En la Sagrada Escritura, para designar la vocación, misión o inspiración de algún personaje, se emplea muchas veces una frase en tono de solemnidad: «Entonces fue dirigida la palabra de Dios a...»[3] En cada Eucaristía, en esos momentos de cielo de contemplación del misterio de la celebración de la Santa Misa, cada bautizado es un elegido, un alma de caridad, de paz, de reconciliación, de comunidad que escucha la Palabra y se fortalece con la Eucaristía para ser «pan partido» para el mundo, signo viviente de la misericordia de Dios.

Todo bautizado es frágil, lo sabemos. Somos creyentes que «llevamos este tesoro en vasos de barro, frágil y quebradizo; para que se reconozca que la grandeza del poder que se ve en nosotros es de Dios y no nuestra.»[4] Por eso necesitamos de la Eucaristía y de la Palabra que siempre nos sostendrán.

Y hay alguien vital en todo esto, alguien que vivió de la Palabra y de la Eucaristía para mantener el «Sí»: ¡María Santísima!, la humilde sierva del Señor, la joven de Nazareth, dichosa por escuchar la palabra de Dios y vivirla[5]. Ella hizo la Eucaristía en su vientre para nosotros. Amasó el Pan que ahora nos alimenta.

Dejemos en el corazón unas palabras de la beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento, que nos ayuden a valorar el don que recibimos en La Palabra y la Eucaristía y aumenten en nosotros la confianza en la infinita misericordia del Señor:

“Mi alma reboza en estos momentos de agradecimiento; de paz; ¡Que bien se vive con Jesús! ¡Cuán bueno ha sido siempre para mí! Cómo quisiera empezar de nuevo una vida santa, no a medias... tenemos que ser santos con la santidad de él, no con nuestra falsa santidad adquirida, ¿o no es así? Entonces me apropio sus méritos infinitos y los ofrezco al Padre Celestial; ofrezco a él mismo, a Jesús, como rescate de mi propia santificación. Y ahorita me siento, de veras enamorada, toda de Dios. Que él haga de mí lo que quiera”.[6]



[1] ECCLESIA DE EUCARISTÍA # 60.
[2] Jn 4,10.
[3] Cf. Jer 1,4 y 11; Lc 3,2 como casos típicos y que decir de María Santísima en varias ocasiones en su vida.
[4] Cf. 2 Cor 4,7.
[5] Lc 11,27-28.
[6] Carta a su director espiritual, Cuernavaca, agosto 8 de 1950.