martes, 3 de noviembre de 2026

«LOS MISMOS SENTIMIENTOS DE CRISTO»... Un pequeño pensamiento para hoy


Quiero fincar mi reflexión de este martes en el trocito de la carta del apóstol san Pablo a los Filipenses (2, 5-11) que nos brinda la liturgia de la palabra de la misa de hoy y en la que brilla una frase: «Tengan ustedes los mismos sentimientos de Cristo». Cuán cierto es que este es el camino más directo hacia la verdadera grandeza. Aquí se nos revela el misterio más grande de nuestra fe: el Dios del universo que decide bajarse, hacerse pequeño y venir no a ser servido, sino a servir. Para entender esto, viene a mi memoria un pequeño chiste: «Se cuenta que un hombre muy rico y orgulloso llegó al cielo. San Pedro lo recibió y lo llevó a ver su nueva casa. Pasaron frente a mansiones hermosas, pero san Pedro siguió de largo y lo detuvo frente a un tejabán destartalado. El hombre, indignado, le dijo: "¿Cómo es posible? ¡Yo era un hombre de gran estatus en la Tierra!". San Pedro, con mucha paz, le respondió: "Lo siento, hijo, pero hicimos lo mejor que pudimos con los materiales que nos enviaste». 

A veces nos pasamos la vida construyendo un ego gigante en la Tierra, olvidando que en el Reino de Dios los materiales que valen son el amor y la sencillez, el «tener los mismos sentimientos de Cristo». Esto conecta profundamente con una historia real de santa Teresa de Calcuta. Cuentan que en una ocasión, mientras ella limpiaba las llagas de un hombre moribundo en las calles de la India, un periodista la observaba con asco y le dijo: «Yo no haría eso ni por un millón de dólares» y que Madre Teresa, sin dejar de atender al enfermo, lo volteó a ver a los ojos y le respondió diciéndole, sonriendo: «Por un millón de dólares yo tampoco lo haría. Lo hago gratis por amor a Cristo». Ella entendió perfectamente lo que san Pablo nos quiere enseñar hoy.

De esta lectura podemos rescatar algunas ideas clave para nuestra vida diaria. Ideas que en muchos santos, como san Martín de Porres, a quien hoy celebramos: Jesús no se aferró a su categoría de Dios, se despojó de sí mismo; seguirlo significa soltar el orgullo, las ganas de tener siempre la razón y la necesidad de pasar por encima de los demás. El Rey de reyes asumió la condición de siervo y, en un mundo que nos empuja a competir y a buscar el poder, el cristiano ha de encontrar su verdadera dignidad poniéndose de rodillas para lavar los pies de sus hermanos. Dios exaltó a Cristo sobre todas las cosas porque se humilló por amor; o sea que cuando aprendemos a bajarnos y a ser humildes, no quedamos derrotados; es Dios mismo quien se encarga de levantarnos y darnos su paz. Con ayuda de María santísima el imitar a Cristo será más fácil. ¡Bendecido martes!

Padre Alfredo.

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