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domingo, 7 de junio de 2026

«CORPUS CHRSTI EN DOMINGO»... Un pequeño pensamiento para hoy

¿Otra vez Corpus Christi? Sí, es correcto. Es que el Código de Derecho Canónico, en el canon 1246 establece que el domingo, en el que se celebra el misterio pascual, por tradición apostólica ha de observarse en toda la Iglesia como fiesta primordial de precepto y también los días de Navidad, Epifanía, Ascensión, Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo, Santa María Madre de Dios, Inmaculada Concepción y Asunción, San José, Santos Apóstoles Pedro y Pablo, y, finalmente, Todos los Santos, pero permite que la Conferencia Episcopal de cada zona o nación del mundo, previa aprobación de la Sede Apostólica, pueda suprimir o trasladar a domingo algunas de estas fiestas de precepto. Por eso algunas naciones, como Lituania, han pasado la fiesta del Corpus al domingo. De manera que el jueves lo viví en Polonia, donde se celebra en jueves como en México y ahora aquí. Hemos tenido la misa dentro del congreso internacional que estamos celebrando en torno a la Divina Misericordia y que presidió el arzobispo del lugar concelebrando con él muchos obispos y sacerdotes. Cabe notar que el Arzobispo, es, al igual que el Papa León, estadounidense, aunque su familia es Lituana. Se llama Gintaras Grušas y nació en Washington el 23 de septiembre de 196i, así que como se dice: «¡somos de la edad!». Es un hombre muy preparado, informático, consultor, matemático, teólogo y canonista. Sabe hablar lituano, inglés, italiano, latín y francés. Desde 2013 es Arzobispo Metropolitano de aquí de Vilna —Vilnius— y Presidente de la Conferencia Episcopal de Lituania.

Es tradición que después de la misa de esta festividad se tenga una procesión y hoy no fue la excepción... ¡y vaya que caminamos! En poco más de dos horas y haciendo estaciones en tres altares elegidos de entre las 28 iglesias históricas del centro, recorrimos el casco antiguo de la ciudad —declarado patrimonio de la humanidad por la UNESCO en 1994)

 y pude constatar que Vilna es realmente una de las capitales más limpias, verdes y seguras de Europa. Su Casco Antiguo está muy conservado y destaca por el impecable cuidado de sus calles empedradas, sus fachadas históricas y sus numerosos espacios naturales. Además de una pulcritud impecable, gocé viendo el cielo sin contaminación alguna y sendos parques integrados por todas partes. ¿Por qué los europeos, aunque tiene fama de que no se bañan, tienen la mayoría de sus ciudades impecables? De verdad, en toda la procesión no se vio ni un papel tirado y mucho menos amontonadero de basura...eso sí, hay botes de basura por doquier... ¡igualito que en mi rancho!

Pues nada más y nada menos que, en este fantástico marco europeo, me tocó volver a celebrar esta festividad instituida por el Papa Urbano IV en 1264, encomendándole a Santo Tomás de Aquino un oficio completo, algunos de cuyos himnos y antífonas han pasado a la historia de la liturgia como la expresión teológica más alta de este misterio inefable de la Eucaristía, como el «Tantum Ergo» y el «Adoro te devote», que se pueden escuchar en Youtube. Y, aunque ya comenté el jueves sobre la solemnidad, quiero ahora recordar cómo el descubrir las raíces últimas, culturales y religiosas de este sacramento de la Iglesia, que se retrae a la última cena de Jesús con sus discípulos, nos sirve para hacer comunidad y nos centra en lo que debemos ser: «una copia fiel de Jesús», como decía la beata María Inés. Que María Santísima nos lleve a la Eucaristía, porque todo el deseo de la Madre es llevar a los hijos que Dios le ha dado al conocimiento total de Cristo. Y creo que no tenemos un conocimiento total de Cristo hasta que no descubramos plenamente lo que es la Eucaristía. ¡Bendecido domingo!

Padre Alfredo.

sábado, 6 de junio de 2026

«SER MISERICORDIOSOS A TIEMPO Y A DESTIEMPO»... Un pequeño pensamiento para hoy

Hace unas horas, en un vuelo de la aerolínea polaca LOT llegué a Vilna —Vilnius—  la capital de Lituania, Vilna, para prestar mi servicio como Misionero de la Misericordia, enviado por el Papa en el VI Congreso Apostólico Mundial sobre la Divina Misericordia (WACOM). Vilna es considerada uno de los principales centros de la Divina Misericordia del mundo y estaré aquí hasta el12 de junio, Dios mediante, confesando horas y horas en su preciosa catedral. Este es, como dijo una voluntaria al recibirme en el aeropuerto, «el trabajo más importante del congreso» que tiene como lema «Construir la Ciudad de la Misericordia» con el objetico de ayudar a redescubrir cómo la misericordia de Dios puede transformar la vida urbana contemporánea, marcada muchas veces por el aislamiento, la desilusión y la desconfianza. Mi jefe inmediato en el Vaticano, para esta encomienda, es desde 2016 Monseñor Rino Fisichella —prefecto adjunto del Dicasterio para la Nueva Evangelización—, quien, delegado del Santo Padre con acompañará estos días de gracia. Monseñor Rino nos ha dicho: «Volvamos a experimentar en nuestras vidas cuán misericordioso es Dios con cada uno de nosotros y renovemos nuestro compromiso de construir ciudades que sean, más que nunca, lugares de misericordia». El caso es que aquí estoy, donde Dios quiere, no cabe duda.

Gracias a esa encomienda que en vida me diera el papa Francisco estoy aquí, porque por esa gracia especial he ganado, sin mérito propio alguno, la potestad de absolver incluso los pecados reservados a la Santa Sede, la alegría de transmitir el perdón gratuito de Dios por el mundo entero y, sobre todo, una transformación profunda en mi propio corazón que me hace ver la vida con ojos nuevos cada día. El Señor ha sido muy misericordioso conmigo y sé que la misericordia no se merece... se recibe como regalo inmerecido. Pensando en esto en tantos momentos de soledad fecunda que he tenido en este viaje misionero, me vino a la mente aquella anécdota en torno al gran Napoleón Bonaparte que ilustra tan claramente lo que es la misericordia. La historia cuenta que una vez, la madre de un delincuente arrepentido solicitó a Napoleón el perdón de su hijo, y el emperador dijo que no, porque ya era el segundo delito que cometía este hombre y que la justicia exigía su ejecución. Dicen que la mamá del muchacho le dijo al emperador: «No pido justicia, pido misericordia», y que el emperador de le quedó viendo y le dijo que el joven no merecía misericordia alguna. A lo que la mamá respondió: «Excelencia, , si se la mereciese, no sería misericordia. Y misericordia es todo lo que le pido». El emperador se sintió desarmado y así se salvó la vida de su hijo. ¡Esta es la misericordia!

Cristo es la expresión más clara de la misericordia de Dios, él viene a nuestro encuentro y nos da, sin merecerlo, la gracia de su compasión misericordiosa abajándose a lavarnos los pies. El mundo tiene necesidad de experimentar esta misericordia, por ello, viene muy bien hoy la primera lectura de la misa (2 Tim 4,1-8) en la que san Pablo anima a Timoteo a proclamar la Palabra con insistencia... ¡no te canses aprovecha cualquier oportunidad, no tengas miedo o vergüenza; exhorta, pelea si es necesario; reprocha, lucha, no te calles! «La misericordia no se cansa jamás; cuanto más se da, más queda; cuanto más se ofrece, más se recibe», dejó escrito san Juan Pablo II en Dives in misericordia. Hoy, más que nunca, y sobre todo en las grandes ciudades, estamos más necesitados que nunca de la Divina Misericordia. Vivir abrazados a ella, como santa Faustina Kowalska enseña, significa latir, respirar, amar, sentir y tocar con compasión, dejando que nuestras vidas estén abiertas al dolor ajeno y que nuestras acciones diarias ayuden al prójimo a levantarse: amando lo visible y lo invisible en la vida de quienes nos rodean, acompañando sin juzgar y ofreciendo consuelo. Estoy seguro de que estos días, que viviremos bajo la mirada de Nuestra Señora de Šiluva, patrona de Lituania, marcarán nuestras vidas comprometidas en ser misericordiados y a la vez misericordiosos a tiempo y a destiempo. ¡Bendecido sábado!

Padre Alfredo.

domingo, 16 de abril de 2023

¿Qué es y que hace un Misionero de la Misericordia?...

En el año 2016, cuando se celebró el «Año de la Divina Misericordia», el Papa Francisco me nombró Misionero de la Misericordia. Pero, a unos años de esta tarea, que me ha dado el Santo Padre, hay quienes me siguen preguntando: «¿Qué es y que hace un Misionero de la Misericordia?»

Ante todo, el Misionero de la Misericordia es eso: «un misionero», un hombre que representa al Santo Padre como Misionero de la Misericordia a través de la predicación y del sacramento de la reconciliación en nuestra área y en el país donde nos encontremos, según seamos requeridos. Esto implica estar disponible más frecuentemente para la atención de las personas en el sacramento de la reconciliación y en la dirección espiritual o consejos. Además, los Misioneros de la Misericordia tenemos que estar muy bien preparados y actualizados en todo lo referente al tema de la Misericordia y lo que el Papa Francisco busca en su papado.

Por otra parte, hay una serie de pecados que solamente el Vaticano tiene autoridad para perdonar, los Misioneros de la Misericordia tenemos autoridad para perdonarlos en nombre de Dios. Por ejemplo: la profanación de la Santa Eucaristía, ordenación de un obispo sin aprobación del Santo Padre, violación del secreto de confesión, complicidad en casos de adulterio, pecados de laicos contra sacerdotes y viceversa, ataques —violencia física, secuestro o insultos— contra el Papa, sacerdotes, obispos, religiosos/as, laicos consagrados o personal de la Iglesia.

En el mundo somos unos 800 distribuidos en casi todos los países de la faz de la tierra. En México somos 7.

Ser Misionero de la Misericordia es una gran bendición, porque eso me ayuda a ser un sacerdote más misericordioso, a ser compasivo con cada persona que acude a mi y a poder orar por cada caso en particular. Esta tarea me brinda una oportunidad grane para predicar sobre este tema a nivel local, nacional e internacional e impartir el sacramento de la reconciliación en todas partes.

Durante un encuentro, en aquel 2016, el Papa Francisco nos dijo: «Ser Misionero de la Misericordia es una responsabilidad que se les ha confiado porque requiere de ustedes que sean en primera persona testigos de la cercanía de Dios y de su forma de amar. No a nuestra manera, siempre limitada y a veces contradictoria, sino a su manera de amar y a su manera de perdonar que es, precisamente, la misericordia.»

El Papa, en las diversas ocasiones en que nos hemos reunido con él, después del Año de la Misericordia, nos ha recordado lo importante que es el papel del confesor. «Ante nosotros hay una persona "desnuda", y también una persona que no sabe hablar y no sabe qué decir... con la vergüenza de ser un pecador, y tantas veces no consigue decirlo. No lo olvidemos: ante nosotros no está el pecado, sino el pecador arrepentido...Una persona que siente el deseo de ser aceptada y perdonada... Por lo tanto, no estamos llamados a juzgar, con actitud de superioridad, como si estuviéramos inmunes del pecado.»

También nos ha advertido que se puede hacer mucho daño a un alma si no se escucha con corazón de padre, con el corazón de la Madre Iglesia. «Ser confesor —según el corazón de Cristo— equivale a cubrir al pecador con el manto de la misericordia para que no se avergüence más, para que recupere su dignidad y sepa dónde se encuentra.»

El Papa Francisco, al darnos este nombramiento, nos ha puesto como figuras a imitar y santos protectores de nuestro ministerio a san Pío de Pietralchina y a san Leopoldo Mandic. El Miércoles de Ceniza del 2016, cuando nos instituyó nos dijo: «Los acompaño en esta aventura misionera dejandoles el ejemplo de dos santos ministros del perdón de Dios, San Leopoldo y San Pío.... Les ayudarán. Cuando sientan el peso de los pecados que les confiesan y las limitaciones de su persona y sus palabras, confíen en la misericordia que sale al encuentro de todos con amor y no conoce fronteras.»

Además de esto recuerdo siempre la bendición personal que en la Basílica Romana de Santa María la Mayor, antes de que yo partiera para África, al día siguiente de aquel encuentro y en la cual me dijo: «Confiesa mucho, perdona mucho». También tengo en mi mente el encuentro personal con él en el 2018, cuando era yo confesor en la Basílica de Guadalupe en México, cuando me preguntó sobre las horas que gastaba en el confesionario y me habló de la grandeza de este ministerio.

Finalmente puedo compartir, en esta breve explicación, que los Misioneros de la Misericordia somos un signo vivo de bienvenida del Padre Celestial para aquellos que buscan el perdón de Dios. Somos facilitadores de encuentros humanos de liberación para hacer que muchos católicos, sobre todo los más alejados, renueven su compromiso a través del sacramento de la Reconciliación. Con este nombramiento, luego de ser elegidos para este ministerio especial, los Misioneros de la Misericordia debemos ser inspiradores predicadores de la Misericordia de Dios, heraldos del gozo del perdón, confesores que damos la bienvenida con compasión y amor a los penitentes que lleguen a nosotros, especialmente en las situaciones más difíciles.

Padre Alfredo.

Nota: Adaptación de un artículo publicado en El Pregonero.

lunes, 25 de abril de 2022

¿Qué nos dijo el Santo Padre a los Misioneros de la Misericordia este 25 de abril de 2022?

En el tercer encuentro con los 450 sacerdotes y religiosos Misioneros de la Misericordia, llamados a ser en el mundo un signo concreto de la misericordia de Dios, el Papa Francisco nos propuso como inspiración la figura bíblica de Rut, premiada por su generosidad y misericordia desinteresada hacia su anciana suegra Noemí. 

Como Misioneros de la Misericordia «perdonen siempre» con generosidad, no guarden «el perdón en el bolsillo» y procuren que quienes se encuentren con ustedes «cambien sus sentimientos» hacia Dios. Tengan «siempre a mano el manto de la misericordia» como los hijos para Noé, «para envolver con su calor a todos los que se acerquen a ustedes para ser perdonados», sepan «ofrecer consuelo a los que están tristes y solos» como Isaías y sean «generosos como Rut, porque sólo así el Señor los reconocerá como sus fieles ministros». Esta es la exhortación que el Papa Francisco nos hizo a los misioneros reunidos en el Aula Pablo VI por tercera vez desde nuestro nombramiento inicial en 2016 en el marco del Jubileo de la Misericordia.

Tras las meditaciones dedicadas a las figuras de Noé y del profeta Isaías, en el centro de los encuentros de 2016 y 2018, en esta tercera cita —la del 2020 se saltó por la pandemia—, al final del encuentro organizado desde el sábado por el Consejo Pontificio para la Promoción de la Nueva Evangelización, el Papa nos ha propuesto, como inspiración para nuestro ministerio de misioneros, la figura bíblica de Rut, «la mujer moabita que, a pesar de venir de un país extranjero, entra de lleno en la historia de la salvación», por su generosidad desinteresada y su misericordia hacia su anciana suegra Noemí.

El Santo Padre nos reiteró a los misioneros que nuestro ministerio es el «más cercano a mi corazón: ser un instrumento eficaz de la misericordia de Dios». Y que su número aumenta cada año, pero espera que pueda crecer más, e invita a los obispos a «identificar a los sacerdotes santos, misericordiosos, dispuestos a perdonar, para que se conviertan en auténticos misioneros de la Misericordia». Y agradeció al arzobispo Rino Fisichella, presidente del Dicasterio para la Nueva Evangelización, después de su saludo introductorio, porque los Misioneras de la Misericordia «fue una invención suya», porque «vio la necesidad de presencia de ustedes en la Iglesia» para perdonar «sin pasar por tantos tramites».

Subrayó que había querido incluir a los Misioneros en la nueva constitución apostólica sobre el Praedicate Evangelium de la Curia Romana, «porque son un instrumento privilegiado en la Iglesia de hoy, y no son un movimiento que existe hoy y no existirá mañana» y porque «la evangelización se lleva a cabo en particular mediante el anuncio de la misericordia divina».

El Papa nos recordó que Rut, presentada en la Biblia como bisabuela de David, era «una pobre muchacha de origen modesto» que «enviudó muy joven y vivió en un país extranjero que la consideraba una intrusa y ni siquiera digna de solidaridad». La suya era una de las peores condiciones de la cultura de su tiempo: parecía no tener futuro por ser viuda y sin hijos, «marginada, sin apoyo ni defensa». Y decide seguir ligada a su suegra Noemi, que «es viuda, ha perdido a sus dos hijos y es demasiado mayor para tener más». Tras emigrar a la tierra de Moab, decidió regresar a Belén, su país de origen, y tuvo que afrontar un largo y agotador viaje. Noemi, subrayó el Papa Francisco, «siente que Dios no ha sido amable con ella» y ya no quiere que la llamen por su nombre, que significa «mi dulzura», sino Mara, que significa «amarga». A pesar de todo, Rut «decide unir su vida a la de su suegra», diciéndole «sólo la muerte me separará de ti». «Palabras verdaderamente generosas y sobre todo valientes"»comentó el Papa, «porque el futuro que afronta Rut no es ciertamente sereno».

En el viaje a Belén, cada día Rut tiene que ir en busca de comida para vivir, y no es fácil. El Papa Francisco se pregunta: «¿era correcto que la joven Rut, que seguramente habría encontrado otro marido en Moab, se atara a su suegra? Rut», aclara la Biblia, «confió en Dios y actuó por un gran afecto hacia su anciana suegra, que de otro modo habría quedado sola y abandonada». Y será recompensada: «mientras está espigando —recordó el Pontífice— se encuentra con Booz, un noble rico que está bien dispuesto hacia ella. Él reconoce que su generosidad hacia su suegra le confiere una dignidad tal que ya no debe ser considerada como una extranjera, sino como una parte plena del pueblo de Israel».

La pobre mujer extranjera, obligada a buscar el alimento diario, es recompensada por su fidelidad y bondad con abundantes regalos. Las palabras del Magnificat, que María pronuncia, se anticipan en la vida de Rut: «Ha levantado a los humildes [...] ha colmado de bienes a los hambrientos».

El Papa Francisco destacó la gran lección para nosotros: «Rut no es hija de Abraham por sangre», sigue siendo «todavía moabita y así se llamará siempre», pero «su fidelidad y generosidad le permiten entrar con todos los derechos en el pueblo de Israel». En efecto, «Dios no abandona a los que se confían a Él, sino que sale a su encuentro con un amor que recompensa más allá de todo deseo».

Rut revela los rasgos de la misericordia cuando no deja sola a Noemi, sino que comparte con ella su futuro; cuando no se contenta con permanecer cerca de ella, sino que comparte su fe y la experiencia de formar parte de un nuevo pueblo; cuando está dispuesta a superar todos los obstáculos para seguir siendo fiel. Lo que obtenemos es realmente el rostro de la misericordia manifestado en la compasión y el compartir.

La figura de Ruth, nos explicó el Papa, «es un icono de cómo podemos superar las muchas formas de exclusión y marginación que acechan a nuestro comportamiento». En los cuatro capítulos del breve libro emerge «la confianza en el amor de Dios que alcanza a todos» y se revela «que Dios conoce la belleza interior de las personas» aunque no tengan todavía la fe del pueblo elegido, está atento «a sus sentimientos, especialmente a la fidelidad, la lealtad, la generosidad y la esperanza» que hay en el corazón de las personas «cuando son puestas a prueba». Ser generoso, subraya el Papa, «se manifiesta como la opción justa y valiente que nunca debe fallar en nuestra existencia sacerdotal».

El Pontífice nos señaló también que «en el libro de Rut Dios nunca habla», sino que «se comunica precisamente a través» de la joven viuda. «Cada gesto de bondad hacia Noemí, que se consideraba "amargada por Dios", se convierte en el signo tangible de la cercanía y la bondad del Señor». A través de su figura, para el Papa Francisco, «también nosotros estamos invitados a captar la presencia de Dios en la vida de las personas». No es un camino fácil, pero «Dios se pone en marcha para revelar su amor».

Nos corresponde a nosotros, a través de nuestro ministerio de Misioneros de la Misericordia, dar voz a Dios y mostrar el rostro de su misericordia. Depende de nosotros. «Una persona que se encuentra con uno de ustedes debe cambiar, debe cambiar los sentimientos, los pensamientos que Dios ... "Ahora, con este misionero, he entendido, he sentido quién es Dios"».

No olvidemos nunca —subrayó el Santo Padre— que Dios no actúa en la vida cotidiana de las personas con actos impactantes, sino «de manera silenciosa, discreta y sencilla», y se manifiesta «a través de personas que se convierten en sacramento de su presencia». La invitación que el Papa nos hace a los Misioneros de la Misericordia es «alejar de ustedes toda forma de juicio» y anteponer siempre «la voluntad de comprender a la persona que tenéis delante».

«Nunca te detengas en un solo detalle —afirmó—, sino mira la totalidad de su vida. ¡Es una vida que se arrodilla para pedir perdón! ¿Y quién soy yo para no perdonar? «Pero, el canon tal dice esto, que lo otro, no puedo...». Cállate. Tienes a una mujer o a un hombre frente a ti pidiendo perdón, y tú tienes el perdón en el bolsillo. ¿Se quedará en el bolsillo? ¿O la dará su generosidad? «Pero, que no, que hay que ser precisos en el perdón...». No: no eres apto para ser un misionero de la misericordia. Ve a un monasterio cartujo y reza por tus pecados.

«Dios no se detiene en las apariencias», nos recordó el Papa Francisco, «y si juzgara sólo por las faltas, probablemente nadie se salvaría». Pero, ¿quién de nosotros no tiene alguna? No es así como se expresa la misericordia. El Misionero de la Misericordia sabe mirar en el corazón de una persona, donde se esconde el deseo, el anhelo de volver al Padre y a su casa.

Y la exhortación con la que el Papa Francisco se despidió es: «Tengan siempre a mano el manto de la misericordia, para envolver con su calor a quienes se acerquen a ustedes para ser perdonados». Luego ofrece consuelo «a los que están tristes y solos». Y, por último, «sean generosos como Rut, porque sólo así el Señor los reconocerá como sus fieles ministros». Dejando el discurso preparado, finalmente nos relató un diálogo con un confesor:

«Pero, Padre, usted sabe que, en este mundo moderno, con tantas cosas extrañas, tantos pecados nuevos, nunca se sabe, porque lo perdono, pero que tal vez mañana vuelva a pedir otro perdón». ¿Y qué le sorprende? La misma pregunta que Pedro había hecho al Señor, y la respuesta: setenta veces siete. Siempre. Siempre el perdón. No lo pospongas. «No, que tengo que consultar con el moralista...»: no lo pospongas. Hoy. «No, no sé si estás convencido». Pero mira, una persona que te pide perdón, ¿quién eres tú para preguntarle si está convencido o no? Les tomas la palabra y les perdonas. Y perdona, siempre. Por favor, perdona siempre. Con el perdón de Cristo no se juega, no se bromea.

P. Alfredo

sábado, 23 de abril de 2022

Tres cosas que el Papa Francisco dice de los Misioneros de la Misericordia...


El papa Francisco desarrolla en tres puntos, las esperanzas que pone en los confesores para que puedan ser de verdad Misioneros de la Misericordia:

1 – La maternidad de la Iglesia. Antes de nada deseo recordaros que en este ministerio estáis llamados a expresar la maternidad de la Iglesia. La Iglesia es Madre porque siempre genera nuevos hijos en la fe; la Iglesia es Madre porque nutre la fe; y la Iglesia es Madre también porque ofrece el perdón de Dios, regenerando a una nueva vida, fruto de la conversión. No podemos correr el riesgo de que un penitente no perciba la presencia materna de la Iglesia que lo acoge y lo ama. Si faltara esta percepción, debido a nuestra rigidez, sería un daño grave en primer lugar para la fe misma, porque impediría al penitente considerarse incluido en el Cuerpo de Cristo. Además, limitaría mucho su sentirse parte de una comunidad. En cambio, nosotros estamos llamados a ser expresión viva de la Iglesia que, como Madre, acoge a quien se acerque a ella, sabiendo que a través de ella es incluido en Cristo. Al entrar en el confesonario, recordemos siempre que es Cristo quien acoge, es Cristo quien escucha, es Cristo quien perdona, es Cristo quien da paz. Nosotros somos sus ministros, y siempre necesitamos ser perdonados por Él primero. Por lo tanto, sea cual sea el pecado que se confiese — o que la persona no se atreve a decir pero con que lo dé a entender es suficiente— cada misionero está llamado a recordar la propia existencia de pecador y a ofrecerse humildemente como «canal» de la misericordia de Dios. Y, os confieso fraternalmente que para mí es una fuente de alegría la confesión del 21 de septiembre del 53, que reorientó mi vida. ¿Qué me dijo el sacerdote? No lo recuerdo. Recuerdo una sonrisa, y luego no sé qué pasó. Pero es acoger como padre…

2 – El corazón del penitente Otro aspecto importante es saber ver el deseo de perdón presente en el corazón del penitente. Es un deseo fruto de la gracia y de su acción en la vida de las personas, que permite sentir la nostalgia de Dios, de su amor y de su casa. No nos olvidemos de que es precisamente este deseo el que se encuentra en el inicio de la conversión. El corazón se dirige a Dios reconociendo el mal realizado, pero con la esperanza de obtener el perdón. Y este deseo se refuerza cuando se decide en el corazón cambiar de vida y no querer pecar más. Es el momento en que uno se confía a la misericordia de Dios, y se tiene plena confianza en que nos entienda, nos perdone y nos sostenga. Concedamos gran espacio a este deseo de Dios y de su perdón; hagamos que emerja como una verdadera expresión de la gracia del Espíritu que mueve a la conversión del corazón. Y aquí recomiendo entender no sólo el lenguaje de la palabra, sino también el de los gestos. Si alguien viene a confesarse es porque siente que hay algo que debería quitarse pero que tal vez no logra decirlo, pero tú comprendes.. y está bien, lo dice así, con el gesto de venir. Primera condición. Segunda, estar arrepentido. Si alguien viene a ti es porque querría no caer en estas situaciones, pero no se atreve a decirlo, tiene miedo de decirlo y después no puedo hacerlo. Pero si no puede hacerlo, ad impossibilia nemo tenetur. Y el Señor entiende estas cosas, el lenguaje de los gestos. Los brazos abiertos, para entender lo que está en el corazón que no puede ser dicho o dicho así ... un poco es la vergüenza... me entendéis. Vosotros recibís a todos con el lenguaje con el que pueden hablar.

3 – La vergüenza del penitente Quisiera, por último, recordar un elemento del que no se habla mucho, pero que es, por el contrario, determinante: la vergüenza. No es fácil ponerse frente a otro hombre, incluso sabiendo que representa a Dios, y confesar el propio pecado. Se siente vergüenza tanto por lo que se ha cometido, como por tener que confesarlo a otro. La vergüenza es un sentimiento íntimo que incide en la vida personal y que exige por parte del confesor una actitud de respeto y de ánimo. Muchas veces la vergüenza te deja mudo y.... El gesto, el lenguaje del gesto. Desde las primeras páginas, la Biblia habla de la vergüenza. Después del pecado de Adán y Eva, el autor sagrado observa de inmediato: «Se les abrieron los ojos a los dos y descubrieron que estaban desnudos; y entrelazaron hojas de higuera y se las ciñeron» (Gen 3, 7). Le primera reacción de esta vergüenza es la de esconderse delante de Dios (cf. Gén 3, 8-10). Hay otro pasaje del Génesis que me llama la atención, y es la historia del arca de Noé. Todo lo conocemos, pero rara vez se recuerda el episodio en el que él se emborrachó. Noé en la Biblia se considera un hombre justo; sin embargo, no está exento de pecado: su estar ebrio nos hace darnos cuenta de lo mucho que él también era débil, hasta el punto de menoscabar su dignidad, que la Escritura 3 expresa con la imagen de la desnudez. Dos de sus hijos, sin embargo, toman el manto y lo cubren para restituirle la dignidad de padre (cf. Gén 9, 18-23). Este pasaje me hace decir lo importante que es nuestro papel en la confesión. Frente a nosotros hay una persona «desnuda», con su debilidad y sus límites, con la vergüenza de ser un pecador, y muchas veces sin lograr decirlo. No lo olvidemos: frente a nosotros no hay pecado, sino el pecador arrepentido, el pecador que quisiera no ser así, pero no puede. Una persona que siente el deseo de ser acogida y perdonada. Un pecador que promete que ya no quiere alejarse de la casa del Padre y que, con las pocas fuerzas que le quedan, quiere hacer de todo para vivir como hijo de Dios. Por lo tanto, no estamos llamados a juzgar, con un sentimiento de superioridad, como si nosotros fuésemos inmunes al pecado; al contrario, estamos llamados a actuar como Sem y Jafet, los hijos de Noé, que tomaron una manta para salvaguardar al propio padre de la vergüenza. Ser confesor, según el corazón de Cristo, equivale a cubrir al pecador con la manta de la misericordia, para que ya no se avergüence y para que pueda recobrar la alegría de su dignidad filial y pueda saber dónde se encuentra. No es, pues, con el mazo del juicio que lograremos llevar a la oveja perdida al redil sino con la santidad de vida que es principio de renovación y de reforma en la Iglesia. La santidad se nutre de amor y sabe llevar sobre sí el peso de los más débiles. Un misionero de la misericordia lleva siempre sobre sus hombros al pecador, y lo consuela con la fuerza de la compasión. Y el pecador que va allí, la persona que va allí, encuentra a un padre. Vosotros habéis escuchado, yo también he oído, a mucha gente que dice: «No, yo no voy más, porque fui una vez y el cura me vareó, me regañó mucho, o fui y me hizo preguntas un poco oscuras, de curiosidad». Por favor, esto no es el buen pastor, este es el juez que cree que tal vez no ha pecado, o es el pobre enfermo que fisgonea con preguntas. A mí me gusta decirle a los confesores: si no se la acoge con el corazón de padre, no vayas al confesonario, mejor haz otra cosa. Porque se puede hacer mucho daño, mucho mal, a un alma si no se cumple con el corazón de un padre, con el corazón de la Madre Iglesia. Hace unos meses hablando con un sabio cardenal de la curia romana sobre las preguntas que algunos sacerdotes hacen en la confesión, él me dijo: «Cuando una persona comienza y veo que quiere tirar algo fuera, y me doy cuenta, le digo: ¡Comprendo!, ¡Esté tranquilo! ". Y hacia adelante. Esto es un padre”.

Artículo tomado de Semilla Cristiana.com

viernes, 22 de abril de 2022

III Encuentro Mundial de los Misioneros de la Misericordia en Roma...

Roma será sede del III Encuentro Mundial de los Misioneros de la Misericordia desde mañana 23 hasta el 25 de abril de este año de 2022. Nuestro encuentro tiene por lema: «El Misionero de la Misericordia: signo de acogida» y se prevé que asistamos más de 400 Misioneros de todo el mundo para participar en las diferentes iniciativas organizadas por el Consejo Pontificio para la Promoción de la Nueva Evangelización, entre ellas, la Misa del Domingo de la Divina Misericordia y la Audiencia especial con el Papa Francisco.

Este evento, organizado por el Consejo Pontificio para la Promoción de la Nueva Evangelización, estaba previsto inicialmente para la primavera del año 2020, pero debido a las medidas para contener la pandemia del Covid-19 no fue posible realizarlo. Ahora, este Dicasterio Vaticano encargado de gestionar y animar las actividades de los que somos Misioneros de la Misericordia, puso en marcha esta iniciativa en cuanto le fue posible.

Los Misioneros de la Misericordia somos sacerdotes que prestamos un servicio importante a la Iglesia, especialmente como ministros del Sacramento de la Reconciliación en casos especiales e incluso en los lugares donde la presencia de católicos es más limitada, pues algunos de nosotros recorren muchos kilómetros para llegar a las distintas comunidades. De hecho, los participantes procedemos de una gran variedad de países, como Argentina, Brasil, Colombia, Costa Rica, México, Venezuela, Líbano, Filipinas, India y Vietnam. También hay una presencia importante de África: Nigeria, Mali, Malawi, Kenia, Costa de Marfil, Ghana, Guinea y Camerún. En particular, hay algunos sacerdotes de Ucrania, para los que se obtuvo un visado especial para salir del país. Estos sacerdotes proceden de las regiones del oeste de Ucrania: la provincia de Chmel'nyc'kyj, la provincia de Chernivci, la región de Ternopil y Hnizdychiv en la provincia de Lviv. Un gran número de participantes vienen de Estados Unidos y de diversos países de Europa.

El Papa Francisco ha dicho que «ser misionero de la misericordia es una responsabilidad que nos confía porque se nos pide ser en primera persona testimonio de la cercanía de Dios y de su modo de amar». Los Misioneros de la Misericordia tenemos como misión perdonar algunos pecados reservados a la Sede Apostólica. Esto es que además de poder perdonar el pecado del aborto, los Misioneros de la Misericordia podemos absolver los pecados de profanación de las especies —hostias y vino consagrado— de la Eucaristía robándolas o guardándolas para algún propósito sacrílego, el uso de la fuerza física contra el Romano Pontífice, la absolución de un cómplice en un pecado contra el sexto mandamiento —por ejemplo si un sacerdote tiene relaciones sexuales con una mujer o con otro hombre, luego lo confiesa y lo absuelve de ese pecado— y la violación del secreto de confesión.

Los Misioneros de la Misericordia estamos llamados a ser «artífices de un encuentro cargado de humanidad, predicadores convincentes de la misericordia, anunciadores de la alegría del perdón, confesores accesibles, amables y compasivos». Cada uno los Misioneros de la Misericordia hemos sido nombrados de forma exclusiva por el Papa y cada uno hemos recibido, por separado, «la facultad para perdonar los pecados reservados». 

El Encuentro de estos días, después de la bienvenida de Monseñor Rino Fisichella, Presidente del Dicasterio, incluirá una mañana de «talleres», en los que los Misioneros, según su lengua, podremos encontrarnos y compartir experiencias y prácticas pastorales desarrolladas durante la pandemia. Entre otras actividades, los Misioneros de la Misericordia participaremos en la Concelebración Eucarística del Domingo de la Divina Misericordia, presidida por el Santo Padre, el 24 de abril a las 10:00 horas, en San Pedro, y tendremos una audiencia con el Papa el lunes 25.

Entre los ponentes de las diversas conferencias que se ofrecerán durante los días del Encuentro destacan: el Cardenal Raniero Cantalamessa, Predicador de la Casa Pontificia y el Padre Damián Guillermo Astigueta, Profesor Titular de la Facultad de Derecho Canónico de la Pontificia Universidad Gregoriana.

Padre Alfredo.

* LA FOTOGRAFÍA QUE AQUÍ APARECE ES DEL ENCUENTRO DEL AÑO 2018.