Gracias a esa encomienda que en vida me diera el papa Francisco estoy aquí, porque por esa gracia especial he ganado, sin mérito propio alguno, la potestad de absolver incluso los pecados reservados a la Santa Sede, la alegría de transmitir el perdón gratuito de Dios por el mundo entero y, sobre todo, una transformación profunda en mi propio corazón que me hace ver la vida con ojos nuevos cada día. El Señor ha sido muy misericordioso conmigo y sé que la misericordia no se merece... se recibe como regalo inmerecido. Pensando en esto en tantos momentos de soledad fecunda que he tenido en este viaje misionero, me vino a la mente aquella anécdota en torno al gran Napoleón Bonaparte que ilustra tan claramente lo que es la misericordia. La historia cuenta que una vez, la madre de un delincuente arrepentido solicitó a Napoleón el perdón de su hijo, y el emperador dijo que no, porque ya era el segundo delito que cometía este hombre y que la justicia exigía su ejecución. Dicen que la mamá del muchacho le dijo al emperador: «No pido justicia, pido misericordia», y que el emperador de le quedó viendo y le dijo que el joven no merecía misericordia alguna. A lo que la mamá respondió: «Excelencia, , si se la mereciese, no sería misericordia. Y misericordia es todo lo que le pido». El emperador se sintió desarmado y así se salvó la vida de su hijo. ¡Esta es la misericordia!
Cristo es la expresión más clara de la misericordia de Dios, él viene a nuestro encuentro y nos da, sin merecerlo, la gracia de su compasión misericordiosa abajándose a lavarnos los pies. El mundo tiene necesidad de experimentar esta misericordia, por ello, viene muy bien hoy la primera lectura de la misa (2 Tim 4,1-8) en la que san Pablo anima a Timoteo a proclamar la Palabra con insistencia... ¡no te canses aprovecha cualquier oportunidad, no tengas miedo o vergüenza; exhorta, pelea si es necesario; reprocha, lucha, no te calles! «La misericordia no se cansa jamás; cuanto más se da, más queda; cuanto más se ofrece, más se recibe», dejó escrito san Juan Pablo II en Dives in misericordia. Hoy, más que nunca, y sobre todo en las grandes ciudades, estamos más necesitados que nunca de la Divina Misericordia. Vivir abrazados a ella, como santa Faustina Kowalska enseña, significa latir, respirar, amar, sentir y tocar con compasión, dejando que nuestras vidas estén abiertas al dolor ajeno y que nuestras acciones diarias ayuden al prójimo a levantarse: amando lo visible y lo invisible en la vida de quienes nos rodean, acompañando sin juzgar y ofreciendo consuelo. Estoy seguro de que estos días, que viviremos bajo la mirada de Nuestra Señora de Šiluva, patrona de Lituania, marcarán nuestras vidas comprometidas en ser misericordiados y a la vez misericordiosos a tiempo y a destiempo. ¡Bendecido sábado!
Padre Alfredo.
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