Siento que, en medio de esta situación de uno y otro sacerdote que deja el ministerio, Dios nos está hablando muy claramente con esta fiesta de San Juan Bautista el precursor de Cristo. Juan es alguien que ni siquiera se consideraba digno de desatar las sandalias del que venía detrás de él (Jn 1,19-27). Él preparó el camino del que habría de venir. Ante esto... ¿por qué pienso que Dios nos está hablando muy claramente? Es que estoy como desenfrenado en una constante reflexión sobre el tema vocacional. Entre otras preguntas que me he hecho desde las 5 de la mañana hasta ahorita en que ya estoy en la Casa Madre en Cuernavaca están estas: ¿Es verdad que no hay vocaciones o no somos precursores de Cristo para que haya vocaciones? ¿Estoy haciendo algo para ayudar a los sacerdotes a vivir su vocación con alegría sin que se pierdan en el sinsentido de la fama ruidosa? ¿Me intereso en cultivar la vocación de quien tiene inquietud de seguir a Cristo? ¿Contrarresto de alguna manera el escándalo que se hace por unos cuantos sacerdotes que dejan el ministerio? ¿Doy a conocer la vida heroica de muchos sacerdotes cercanos a mí?
Ciertamente Juan era tan sólo una voz, pero una voz como las de muchos de nosotros que queremos ser precursores de Jesús promoviendo las vocaciones y cuidando a quienes, como yo, a pesar de viejos, seguimos siendo hombres débiles que necesitamos de vez en cuando un empujoncito que nos ayude a seguir con entusiasmo y no olvidar que la vocación es algo dinámico. La voz de Juan fue una voz que inquietó y despertó a los espíritus dormidos. ¡Hay que despertar esos espíritus dormidos! Tenemos que ser una voz profética que anuncia un nuevo amanecer vocacional. Para cerrar esta reflexión quiero compartir que me he puesto a pensar que tal vez un profeta como Juan no podía morir en una tranquila ancianidad. Si hubiera vivido más sin ser encarcelado por orden de Herodes hubiera sido un anciano por el reino como quiero serlo yo. Que María, que se encaminó presurosa también en esta dinámica de precursora de la llegada de Jesús, nos aliente. ¡Bendecido miércoles!
Padre Alfredo.
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