Contemplando esta ausencia de «la racita», como suelo decirle a los adolescentes y jóvenes, me viene esta pregunta: ¿Qué propuestas sociales y culturales pretenden ocupar el lugar de Dios en el corazón de estas criaturas? ¿Por qué de niños ellos y ellas gozan el catecismo y luego de teenagers se van? Creo, en primer lugar, que es natural que un estudiante en una sociedad anticristiana y secular enfrente desafíos a su propia fe que inevitablemente provoquen preguntas escépticas de todo tipo. Una mamá me decía en estos días que su hijo dejó de ir a misa al entrar a la high school y le dijo que no volvería a misa porque él no está tonto como para estar oyendo siempre lo mismo. ¿Qué tipo de sermones reciben estos muchachos en sus parroquias? En la mayoría de los casos, ha habido una falla de nosotros los sacerdotes en las homilías y más particularmente en la programación y acompañamiento para adolescentes y jóvenes. Dondequiera que he impartido charlas, conferencias, y sermones, «la racita» se queja de que las preguntas que plantean no reciben respuesta. No quiero pensar que hay sacerdotes que dejan el cerebro en la sacristía para salir a predicar con un espiritualismo ajeno a ellos.
Creo que el Evangelio de hoy (Mt 5,17-19) viene muy «ad hoc» porque nos recuerda que Jesús busca que podamos ser fieles al proyecto de Dios desde la perspectiva del Reino. Por eso nos impulsa a crecer y madurar en la fe, a no quedarnos en ese falso espiritualismo que no pone los pies en la tierra y a veces ni siquiera los ojos en el cielo sino simplemente en sentimientos que van y vienen. Jesús nos invita a no quedarnos en un mero cumplimiento sino a vivir en plenitud lo que creemos. A encarnar en nuestra humilde realidad cotidiana el amor de Dios nos convertimos, como dice el Papa León: «en una Biblia viviente». Yo creo que es hora de descruzar los brazos y apoyar a los sacerdotes para desarrollar nuestras potencialidades y capacidades poniéndolas al servicio de los adolescentes y jóvenes que ml que bien, son siempre la esperanza de un futuro mejor. Para enseñarles, no podemos seguir con las mismas homilías aburridas y a veces sosas. Nuestras ideas, puestas a la luz de la Palabra y del Sagrario para preparar nuestros sermones, se convierten de inmediato en acciones. Pero si la cosa está aburrida y sin cuerpo, si el predicador no le pone «enjundia» como decimos en Monterrey... ¿qué verán de interesante nuestros adolescentes y jóvenes? Se fabricarán un «jesucito» a su manera, como dice el padre Van Troi. Que la Virgen, que está más ocupada que nosotros, nos ayude. ¡Bendecido martes desde Lituania!
Padre Alfredo.
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