La Beata María Inés Teresa —cuyo proceso de beatificación es de los más cortos en la Iglesia— nació en una familia cristiana, el 7 de julio 1904 en Ixtlán del Río, México. En 1924, ante la ya inminente persecución religiosa en México, durante la celebración de un Congreso Eucarístico Nacional de una importancia relevante, ella se sintió totalmente atraída por Jesús, a cuyo amor misericordioso se consagró como víctima de holocausto en 1926, cuando la persecución ya había comenzado. En medio de plena guerra cristera, sintiendo el llamado del Señor, busca la manera de consagrarse como religiosa pero la dura situación del país y la muerte de su hermano Eustaquio, la llevan a posponer su deseo hasta encontrar la manera de irse como inmigrante a los Estados Unidos e ingresar, en Los Ángeles California al al Monasterio de Clarisas del «Ave María», un monasterio mexicano exiliado allá por unos años. Allá, ante una imagen de la Virgen de Guadalupe que hoy se conoce como «La Virgen de la Promesa», ella vive una fuerte experiencia espiritual de la que nace su obra contemplativa misionera, que la Santa Sede autoriza hace 75 años, luego de que ella viviera 16 años en el convento de clausura. La primera de sus obras es la fundación de las Misioneras Clarisas del Santísimo Sacramento, más tarde nace Van-Clarny en seguida los Misioneros de Cristo para la Iglesia Universal y después todo el resto de la Familia Inesiana: Grupo Sacerdotal amigos de Madre Inés, Misioneras Inesianas y Familia Eucarística, que, con carisma eucarístico, sacerdotal, mariano, misionero y alegre, hacen presente a Cristo y a la Iglesia en el mundo. Su vida fue un himno de alabanza, para la gloria de Dios y la salvación de las almas. Luego de establecer misiones en todos los continentes, murió en Roma el 22 de julio de 1981 y fue beatificada el 21 de abril de 2012 por el cardenal Angelo Amato en representación del Papa Benedicto XVI en la Basílica de Guadalupe de Ciudad de México.
Yo tuve la dicha de conocerla y estar a su lado varias veces antes y después de ingresar al seminario. Guardo un recuerdo muy especial de su mirada que irradiaba el gozo de «vivir para Cristo». De hecho fue su testimonio quien me llevó a tomar la decisión de escribirle para manifestarle que quería ser Misionero de Cristo. A través de una llamada telefónica y después en documento escrito, recibí su carta de admisión. Su vida misionera fue el reflejo del mandato que nos da Jesús en el Evangelio que hoy se lee en su fiesta, tomado de San Juan, del 9 al 17: amar sin medida y llevar la alegría del Evangelio a todos los rincones del mundo. con su lema «Oportet Illun Regnare» —«Es urgente que Cristo reine» 1 Cor 15,25—, Madre Inés entendió que este amor debe vivirse con una confianza audaz y que para permanecer en Él, es indispensable alimentar la vida espiritual, especialmente en la Eucaristía. Con una vida sencilla y alegre, siempre de la mano de María —¡Vamos María!— demostró que cuando un alma confía en Dios y se convierte en apóstol, su vida florece en frutos de santidad y evangelización en una Iglesia de puertas abiertas. ¡Bendecido lunes rogando a la Beata María Inés que interceda por nosotros!
Padre Alfredo.
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