La lectura de hoy, en el libro las Lamentaciones (Lamentaciones 2,2.10-14.18-19) es sumamente ilustrativa en estos momentos en que, en especial, el pueblo venezolano nos necesita. La lectura nos presenta un pueblo que reflexiona mirando a los más débiles, niños y lactantes que desfallecen. Un pueblo que sabe que ha seguido a profetas que no tuvieron mirada de verdad y no guiaron por el buen camino no puede sentirse destruido por un Dios vengativo, sino acompañado en el proceso de arrepentimiento en búsqueda de una vida nueva. Y es desde este sufrimiento nace un signo de vida nueva, un grito en la noche que pide levantarse y llevar el corazón a la presencia del Señor.
De toda esta catástrofe que ha dejado más de 1.400 muertos y alrededor de 3.500 heridos, ha de resurgir una vida nueva que parte cuando en el sufrimiento se entrega a Dios. Él siempre está acompañando al que sufre. Cada vez que ocurre una tragedia, aparecen voces que quieren explicar el dolor como si fuera una condena divina. Pero la Palabra de Dios nos enseña otra cosa. Dios nunca mira a las víctimas como culpables. Ante la desgracia, no pregunta: «¿Qué hicieron para merecerlo?», sino que abre un camino de conversión, compasión y responsabilidad. Lo que sí puede darse es que un fenómeno natural se convierta en una tragedia humana debido a decisiones mal tomadas: de cómo construimos, de cómo cuidamos o destruimos la casa común, de cómo se planifican las ciudades, de cómo se protege a los más pobres, de cómo las políticas de extracción, abandono y explotación van dejando territorios más frágiles y comunidades más expuestas.
Por eso, la fe no puede quedarse en una explicación fácil ni en una frase piadosa. La fe verdadera, ante situaciones tan tremendas como esta, se arrodilla para orar a la vez que se levanta para ayudar. Ora por los fallecidos, consuela a los heridos, acompaña a quienes lo perdieron todo y exige que la vida de los pueblos valga más que cualquier interés económico. Ni Venezuela, ni Chile, ni Japón, en donde ha temblado con fuerza estos días, necesitan juicios. Necesitan consuelo y oración. Necesitan manos abiertas. Necesitan mantener los oídos abiertos para escuchar con fuerza y con ternura, que el Dios de las Misericordias está con ellos y con nosotros que nos solidarizamos, despertando en todos el deber sagrado de recordar que somos la familia de Dios y de que, como dice San Pablo, cuando un miembro sufre, sufren todos. Que la Virgen no nos suelte de su mano en medio del dolor que compartimos. ¡Bendecido sábado!
Padre Alfredo.
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