Y bueno, pues en este penúltimo día de confesiones, celebramos la fiesta de San Bernabé. A la luz de esta fiesta viene a mi mente y a mi corazón, el contemplar a Jesús, que envía a sus discípulos a anunciar el Evangelio, a salir, a llevar la salvación. Me atrevo a decir que si un discípulo se queda quieto y no sale a dar lo que recibió en el bautismo... ¡no será nunca un verdadero discípulo–misionero de Jesús!, le falta salir de sí mismo para llevar algo de bien a los demás... ¿Tú qué haces para llevar la alegría del Evangelio? El recorrido del discípulo de Jesús es ir más allá para llevar esa buena noticia al mismo tiempo que recorre el camino interior, la ruta dentro de sí, el sendero que lleva al Señor todos los días en la oración, en la meditación, en el encuentro con él en eucaristía. El camino del seguimiento de Cristo es gratuito porque nosotros hemos recibido la salvación gratuitamente, por pura gracia. Ninguno la hemos comprado y nadie la merecemos de por sí. Es pura gracia del Padre en Jesucristo. Es triste encontrar bautizados e incluso comunidades cristianas, ya sean parroquias, congregaciones religiosas o diócesis, que se olvidan de salir, olvidando que la vida del cristiano no es para sí mismo, sino para los demás, como lo fue la vida de Jesús, la de San Bernabé y la de tantos santos, beatos, venerables, siervos de Dios y cristianos de todos colores y sabores.
Mientras estamos de camino en esta vida en nuestra condición de peregrinos, que vamos sembrando la misericordia a nuestro paso con la alegría del Evangelio, no falta quien, de lejos o incluso de cerca, nos riñe, nos critica, nos acusa, nos dice que de qué nos sirve rezar y predicar. Pero son muchos más los que reclaman nuestro amor, nuestra escucha, nuestra atención; los que mendigan una palabra de aliento, un poco de nuestro tiempo, algo de compañía, una mano amiga, una oración solidaria… Como san Bernabé, hemos de ser dóciles al Espíritu Santo, que nos llena del amor de Dios, y a seguir el camino de Jesús, misericordiando, perdonando y haciendo el bien. Que con María a nuestro lado brille en nosotros la justicia de los hijos de Dios y que viéndolo, una multitud considerable se adhiera al Señor. Hace rato un sacerdote lituano me platicaba de lo impactado que estuvieron anoche en Catedral por la cantidad de conversiones que se dieron en las confesiones. Los misioneros de la misericordia no paramos. Anoche fueron casi cuatro horas dispensando la alegría del perdón. Creo que entonces puedo concluir que las largas horas en el concesionario producen frutos. ¡Bendecido jueves sacerdotal y eucarístico!
Padre Alfredo.
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