viernes, 26 de junio de 2026

«MÁS ALLÁ DEL DISFRAZ»... La verdad detrás de los Therians


Corren, brincan, ladran, mugen, pillan, graznan, se desplazan en cuatro extremidades, usan máscaras, colas y otros accesorios que representan animales como perros, lobos, gatos o zorros y recrean comportamientos que, según dicen, son parte de su identidad. Son los “Therians”.

El término «Therian» —abreviatura de therianthrope, del griego therion "bestia" y anthropos "humano"— se aplica a personas que sienten una conexión profunda, espiritual o psicológica con un animal específico llamado theriotipo.

Este fenómeno de comportamiento, en esta era del posmodernismo, ha ganado cada vez más visibilidad a veces marcando tendencia y otras veces de forma silenciosa, pero sobre todo en adolescentes y jovenes se comparten historia y reels en redes sociales como TikTok, aunque tiene sus raíces desde décadas atrás. Las personas con esta preferencia se manifiestan a través de comportamientos, instintos o una forma particular de percibir el mundo. Y es que el pensamiento de los Therians sugiere que el cuerpo es una «prisión» para un alma animal, idea que contradice la unidad sustancial de cuerpo y alma tal y como Dios lo estableció.

En los últimos tiempos, este tema se ha convertido en un movimiento o subcultura en donde la gente narra una identidad «antrozoomórfica» —animal-humana— y construye comunidad alrededor de ello.

Desde los albores de la humanidad ha existido una profunda relación, respetuosa y multifacética, entre los seres humanos y los animales, en la vida cotidiana así como en la cosmovisión espiritual. En las civilizaciones antiguas, como en la civilización egipcia o la azteca, existen representaciones simbólicas de deidades zoomorfas.  En México antiguo, por ejemplo, los mexicas, mayas, toltecas y olmecas ––entre otras culturas–– veneraban el jaguar, el águila real, la serpiente, también el xoloitzcuintle, el ajolote, el quetzal, el colibrí, el murciélago, el zopilote, el venado, el cocodrilo y el conejo; todos estos animales eran considerados sagrados, símbolos de poder, representantes de seres divinos. 

En nuestros días nos toca vivir una época de una grandísima confusión antropológica. No sólo por la rapidez con la que surgen y desaparecen modas culturales, sino porque muchas de ellas comparten un mismo trasfondo: la dificultad creciente del ser humano para aceptar y habitar su propia condición humana. Hoy se ve gente que se viste como perro o como otro animal, adoptando comportamientos como caminar a cuatro patas ––quadrobics–– o usando máscaras. Por eso me parece interesante escribir algo sobre este fenómeno «Therian» que no solo podemos juzgar sólo como una extravagancia juvenil o una curiosidad de redes sociales, sino como un síntoma serio de una crisis más profunda.

Desde la fe, los bautizados comprendemos que el ser humano es imagen y semejanza de Dios, poseedor de una dignidad única que no puede ser moldeada por el deseo. La tendencia de los Therians es una expresión del vacío espiritual que el mundo de hoy vive al expulsar a Dios del ambiente diario y sobre todo del corazón, situación que provoca que el hombre pierda su propósito y busque refugio en el instinto o en la naturaleza. Tratando de conocer un poco más esta cuestión, podemos ir a diversos artículos de distintos autores recordando algunos principios de antropología que son básicos en la vida de todo creyente. 

Este fenómeno de identidad y por ende de comportamiento, no expresa una exaltación de la naturaleza, ni un amor sano por el mundo animal. Expresa, más bien, una renuncia a la identidad humana. Se han hecho virales situaciones en torno a este fenómeno y de un momento a otro se hizo tendencia como una subcultura y más que eso, pues está pasando a ser una moda, es decir, no algo porque pasa efímeramente, sino que llega para quedarse largo tiempo. 

No podemos olvidar que, como cristianos, estamos llamados a vivir como hijos de Dios reconciliados con su naturaleza biológica descubriendo desde pequeños la belleza de ser humanos y recordando que el diseño divino es la verdadera fuente de libertad. Pero, ¿qué revela realmente el fenómeno Therian?

Detrás de esta postura suele haber un cansancio de la responsabilidad que implica ser persona, grandes dificultades para integrar el propio cuerpo, la propia historia y los propios límites, una grave confusión entre lo que siento y lo que soy y una cultura que ha dejado de ofrecer referencias claras sobre la dignidad humana.

No se trata, entonces, de una conquista de libertad. se trata más bien de una huida. No podemos hablar de una afirmación del yo, sino más bien de una disolución del yo. La raíz de este problema está en la pérdida del «quién soy». Durante siglos, el ser humano entendió que su identidad era algo recibido, que debía ser acogido, cuidado y madurado. Hoy se impone la idea de que la identidad debe cambiarse, inventarse sin sujetarse a límites, incluso contra la propia naturaleza. Cuando esto ocurre la verdad deja de ser un punto de apoyo, el cuerpo deja de tener significado, y la identidad se vuelve frágil, inestable y cambiante.

El fenómeno Therian es una expresión extrema de esta lógica: si no hay una verdad sobre el ser humano, entonces cualquier auto-percepción puede reclamar el lugar de identidad. La segunda ley de la termodinámica afirma que todo sistema cerrado tiende al desorden si no recibe energía desde fuera. Esta ley, entendida como analogía, ayuda a comprender lo que sucede hoy en el plano humano y espiritual.

Cuando una persona se cierra a la verdad, a la realidad del cuerpo que Dios le ha dado, a la razón y a la trascendencia, entonces comienza un proceso de entropía espiritual: desorden interior, fragmentación de la identidad, confusión del deseo y pérdida del sentido de la propia dignidad. A la luz de esto podemos afirmar que este fenómeno es, ante todo, un intento desesperado de reorganizar una identidad que ya se ha desestructurado por dentro. La degradación no empieza en lo extraño, sino en lo cotidiano. Nadie llega de golpe a negar su humanidad. Antes suceden pasos silenciosos: se relativiza la verdad, se niega el valor del cuerpo, se elimina el sentido del límite y se pierde la pregunta por el sentido último. Lo que hoy aparece como algo llamativo o chocante es, en realidad, el último eslabón de un proceso largo de empobrecimiento interior. 

Frente a estas corrientes, nuestra fe cristiana no ridiculiza ni desprecia, pero sí discierne y corrige. Y lo hace afirmando algo profundamente liberador: el ser humano no está llamado a rebajarse, sino a plenificarse como hijo de Dios. El creyente proclama que la persona humana posee una dignidad única, el cuerpo tiene un sentido y un lenguaje, la identidad no se improvisa, se descubre y se madura y el corazón humano, hecho para la trascendencia, necesita abrirse a Dios para no desordenarse por dentro. Cristo no vino a decirnos: «sé lo que tú quieras» sino: «sé lo que estás llamado a ser». Eso no oprime; ordena. No confunde; ilumina. No degrada; eleva.

El fenómeno Therian no es motivo de burla, sino de discernimiento y compasión pastoral. Revela una humanidad cansada, desorientada y herida, que al cerrarse a la verdad y a la trascendencia entra en entropía y comienza a deshacerse desde dentro. Nuestra misión como Iglesia es totalmente clara: anunciar con verdad y misericordia que la verdadera libertad no consiste en dejar de ser humano, sino en llegar a serlo plenamente.

Padre Alfredo.

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