Todos conocemos la pintura de la Divina Misericordia. La hemos visto con los rayos que emanan del corazón de Jesús representando la Sangre —rayo rojo, sangre de redención que limpia las culpas. — y el Agua —rayo pálido, gracia que imparte vida nueva al alma cansada—. El primer Domingo de la Misericordia se celebró en Vilna el 28 de abril de 1935 coincidiendo con el domingo posterior a la Pascua. La imagen del Jesús Misericordioso se exhibió públicamente por primera vez en la galería de la famosa Puerta de la Aurora —Ostra Brama, de la que hablaré mañana Dios mediante— porque Jesús mismo lo pidió así expresamente a través de las revelaciones a Santa Faustina. Él solicitó que esta fiesta se instituyera el primer domingo posterior a la Resurrección. Y esto tiene un gran sentido, porque el Triduo Pascual —Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo— revela el amor supremo de Dios. La misericordia es la manifestación de ese amor hacia los pecadores. La Octava prolonga el gozo de la Pascua y la Misericordia cierra con broche de oro. En el año 2000, durante la canonización de Santa Faustina Kowalska, San Juan Pablo II oficializó esta fecha para toda la Iglesia, estableciendo la celebración a nivel universal uniendo el triunfo de Cristo sobre la muerte con el perdón y el refugio para las almas. Por eso Vilna es conocida como «La ciudad de la misericordia».
Hay que decir que tal vez la imagen más popular de la Divina Misericordia no es esta, sino la que en 1943 pintara el artista Adolf Hyła en Cracovia, como exvoto —promesa o manda— por haber sobrevivido a la guerra. Esta versión muestra a Jesús mirando fijamente al espectador y se ha ido haciendo viral a nivel mundial por las gracias concedidas a través de ella, propiciando que sus reproducciones se hayan extendido por todo el mundo, convirtiéndose en la imagen más conocida de la Divina Misericordia. Esta otra imagen es venerada en la capilla del convento de las Hermanas de la Madre de Dios de la Misericordia en el Santuario de la Divina Misericordia en Cracovia junto a la tumba de santa Faustina, en donde estuve hace una semana. Bueno, pues dentro de este maravilloso marco de «misericordia» se clausura este magno congreso en el día en que la Iglesia contempla el sagrado corazón de Jesús traspasado por la lanza de donde brota sangre y agua. En el Evangelio de esta fiesta (Mt 11,25-30) Jesús nos introduce en su escuela de humildad y mansedumbre que, lejos de implicar despreocupación o pasividad, enseña a vivir desde la sabiduría del corazón. Como Hijo amado del Padre nos acoge en su corazón. Hoy se cierra este encuentro de mi miseria con la misericordia del Señor en este lugar santo y mañana, antes del amanecer, emprendo mi regreso a Monterrey. Sin que la carga sea suprimida, con todo lo aquí vivido, estoy seguro que para Diego, para Josaphat, para Cristian, para Juan Pablo y todos los demás sacerdotes que misericordiamos en estas tierras bálticas, se hace más llevadera. Sin que el yugo desaparezca, no se lleva nunca en solitario, sino que es sobrellevado por Cristo, sosteniendo nuestro «sí». ¡Bendecido viernes, fiesta del Sagrado Corazón!
Padre Alfredo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario