A esto tengo que añadir que, desde mi llegada a Polonia, hace dos semanas, lo encontré en todas las Iglesias que visité, que obviamente conociéndome, fueron muchas. De hecho le mandé a mi madre varias fotografías de las diversas imágenes, pero, hasta después, me di cuenta de por qué en la nación de San Juan Pablo II, Santa Faustina Kowalska, San Maximiliano Kolbe, San Estanislao de Szczepanów, San Casimiro, San Juan de Kanty, San Estanislao Kostka y San Alberto Chmielowski, su presencia es tan notoria. Resulta que su intensa devoción en Polonia, tiene sus raíces en una de las historias místicas más importantes del país: las apariciones de Radecznica en 1664: El 8 de mayo de 1664, en la aldea de Radecznica, San Antonio se le apareció a un tejedor local llamado Szymon. El santo pidió que se construyera un santuario en una colina y prometió conceder gracias y curaciones a quienes visitaran el lugar. Como parte de las apariciones, se atribuyen propiedades milagrosas a una fuente de agua cercana, atrayendo desde entonces a miles de peregrinos enfermos o con necesidades espirituales. En el sitio de la aparición se construyó la Basílica de San Antonio. Al igual que en el resto del mundo —incluida mi madre a quien todo le encuentra— los polacos veneran a San Antonio como el intercesor para encontrar objetos perdidos.
A la par de esta fiesta, coincide este año la celebración del corazón inmaculado de María, Madre nuestra, luz y compañía en nuestro caminar. Y toca que San Antonio profesaba un grandísimo y profundo amor a la Virgen. La devoción mariana fue un pilar de su fe que quedó plasmado en sus famosos escritos y sermones teológicos. Él se refería a Ella con hermosos títulos: «Estrella luminosa» que guía al creyente hacia Cristo; «Luna llena» por ser perfecta y sin mancha; «Miel en la boca y melodía para los oídos», refiriéndose a lo dulce y consolador de su nombre. En el corazón inmaculado de María, San Antonio aprendió a vivir con mayor sencillez y pureza de corazón. Su vida, según nos comparten sus biógrafos más conocidos, concluyó de forma totalmente mariana, porque, al sentir que llegaba su muerte, pidió ser llevado al convento de Santa María Madre de Dios en Padua. Termino mi escrito ya arriba del tercer avión de este día encomendando mis viaje a San Antonio y pidiéndole a María que sepa mirarla como modelo de fidelidad y seguimiento y, en las incertidumbres de mi vida misionera, que nunca faltan, sepa, como Ella, encontrarme con su Hijo y guardar todo en mi corazón. De esta manera podré seguir el camino al que he sido llamado como misionero: ser constructor del Reino de su Hijo, constructor de ese nuevo reino de paz, de justicia y de amor. ¡Bendecido sábado!
Padre Alfredo.
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