Hoy el Evangelio (Mateo 8,23-27) nos lleva al mar, este regalo de Dios que es símbolo de la vida, tan fascinante y tan tremenda. El relato de este día nos narra que los discípulos están en una barca y Jesús con ellos. El mar se encrespa —como la vida, tantas veces— y parece que no hay salida: «Señor, ¡sálvanos, que perecemos!» El Maestro va tranquilo. Parece que duerme. Pero escucha la voz de los suyos, la voz de su pueblo, la voz de los que le interpelan porque Dios siempre escucha, siempre atiende, siempre acompaña. Y el mar se calma. Y con ello la vida. Es que todo es cuestión sólo de fe. Porque todo es posible para el que cree.
¿Qué nos depara el mar de la vida para esta segunda mitad del año que mañana iniciamos? No lo sé ni yo ni ustedes. Vivimos a la sorpresa de Dios, porque, como decía el recordado Papa Francisco: «Nuestro Dios es el Dios de las sorpresas: viene y hace siempre nuevas las cosas [...] y nos pide docilidad a su novedad». Quiero cerrar el mes y con él este primer semestre compartiendo una oración con cada uno de ustedes que tienen la paciencia y el arrojo de leerme: «Padre misericordioso, hoy cierro el mes de junio con un corazón agradecido. Gracias por tu fidelidad, por ser mi refugio y por no soltarme de la mano en ningún momento. Te pido perdón por mis dudas y fallas. Dejo en tus manos los proyectos que quedaron pendientes y los sueños que aún esperan. Me dispongo a iniciar la segunda mitad del año con fe y alegría renovada. Bendice el mes que comienza, guarda a mi familia, a mis amigos, a mi comunidad, a mi parroquia y guíame en cada paso. Que mi vida siga alineada a tus propósitos de la mano de María. Amén.» ¡Bendecido martes!
Padre Alfredo.
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