La salvación es asequible a todos, pero ciertamente no es una bagatela. A la hora de llegar ante «la Puerta», no bastará con declararse amigos de Jesús: «Hemos comido y hemos bebido contigo, y has enseñado en nuestras plazas»... La puerta se abrirá para todos aquellos que hayan obrado el bien y buscado la justicia, que hayan sido solidarios, compasivos y misericordiosos, aun a costa de sacrificios. Dios no excluye a nadie, pero quedarán fuera quienes no quieran entrar por esa puerta angosta.
Recuerdo una de las frases más emotivas del Papa Francisco tocante a este tema. La pronunció en el rezo del Ángelus del 21 de agosto de 2016 y quiero compartirla ahora con ustedes, mis queridos siete lectores para cerrar la reflexión: «Quisiera hacerles una propuesta: pensemos ahora, en silencio, por un momento, en las cosas que tenemos dentro de nosotros y que nos impiden atravesar la puerta: mi orgullo, mi soberbia, mis pecados. Y luego, pensemos en la otra puerta, aquella abierta de par en par por la misericordia de Dios que al otro lado nos espera para darnos su perdón». Que la Virgen Santísima nos ayude a dar la medida para poder entrar por la puerta, que es angosta. ¡Bendecido martes!
Padre Alfredo.
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