Ahora mamá tiene siete años de viuda. Yo la acompaño lo más que puedo, entre las andanzas de la parroquia, los ires y venires de mi vida ministerial, las diversas encomiendas y los viajes que he de hacer. Sigue firme como un roble y, cada día que pasa, piensa en mi padre. Algunas veces, junto a mí, agradece a papá cada instante compartido, cada beso, cada palabra de amor; y el amor que se tuvieron sigue iluminando sus días. Y es que, todos lo sabemos, no hay despedida para un amor tan grande, porque la gente —como a veces suelo decir— sigue más viva que antes en los recuerdos y en el corazón. Mamá dice que lo siente en cada rincón de nuestra casa, en cada susurro del viento, en cada colibrí que llega y, sobre todo, en cada una de las misas que le celebro en casa o que ella sigue por la T.V. o en su computadora «mágica», que tanto la acompaña y la acerca al mundo de ayer, al de hoy y al de mañana: WhatsApp, Zoom, YouTube y todas las aplicaciones que maneja. Facebook no le gusta mucho; dice que es un «chismógrafo». Yo veo que, a sus 91 años cumplidos, cada día trata de ser fuerte, pero también se permite extrañarlo, seguramente derramar sus lagrimitas y amarlo como si nunca se hubiera ido de su lado. Ojalá muchos matrimonios vivieran como ellos lo hicieron. Creo que ese amor tan intenso que ellos vivieron es, en gran parte, lo que ayuda a mamá a seguir adelante sin él aquí. Lo recuerda en cada paso lento que da, en cada decisión que ha de tomar y en cada alegría que vuelve a sentir cuando lo evocamos juntos, hasta que llegue el día de volver a encontrarnos.
En el marco de este recuerdo me encuentro con el Evangelio de hoy —Mateo 6, 7-15—, donde Jesús nos entrega las siete peticiones del Padrenuestro. Son, por así decirlo, las súplicas de los hijos que hemos sido adoptados para ser amados por el Padre con la misma calidad de amor con que Él amó a Jesús. Decimos: «Santificado sea tu nombre», reconociendo y honrando a nuestro Padre. «Venga a nosotros tu reino», invitándolo a ser parte central de nuestra vida diaria. «Hágase tu voluntad», disponiéndonos a obedecerle en todo tiempo y lugar. «Danos hoy nuestro pan de cada día», rogando que no nos falte el alimento material, ni el alimento de su Palabra y de los sacramentos. «Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden», agradeciendo el perdón recibido y extendiéndolo a los demás miembros de la familia. «No nos dejes caer en tentación», pidiendo la gracia de no hacerlo a un lado en nuestras decisiones y acciones. Finalmente imploramos: «Líbranos del mal», suplicando su protección ante los ataques del maligno. Todo esto lo aprendí también gracias al matrimonio de Alfredo Leonel y Blanca Margarita… ¿Cómo no recordar aquel día de su «sí»? Que la Virgen Santa, que siempre está a nuestro lado, nos ayude a sabernos hijos de Dios e hijos de quienes nos dieron la vida, y a vivir siempre con un corazón agradecido. ¡Bendecido jueves sacerdotal y eucarístico!
Padre Alfredo.
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