En los últimos años, he visto la dificultad, para muchos bautizados, de aceptar la mediación de la Iglesia para vivir la fe. Hay gente que con facilidad acepta a Dios y a Cristo, pero no a la Iglesia porque olvidan que la Iglesia es: Cristo presente entre nosotros. Es en la Iglesia y a través de la Iglesia, que Dios que viene hacia la humanidad para salvarla, llamándonos con su revelación, santificándonos con su gracia, sosteniéndonos con su ayuda constante, en los pequeños y en los grandes combates de la vida diaria. Por eso afirmamos que la Iglesia es el cuerpo de Cristo. Dudar de la Iglesia, de su origen divino, de la eficacia salvadora de su predicación y de sus sacramentos, es dudar de Dios mismo, es no creer plenamente en la realidad de la venida del Espíritu Santo para encontrarnos con el Cristo total. Por eso hay que señalar que la comunidad eclesial es la plenitud de las esperanzas, la guía que nos conduce hacia la realización, porque nos hace presente el amor del Padre y por eso se afirma que es instrumento universal de la salvación.
Este 29 de junio la Iglesia Católica celebra a San Pedro y San Pablo juntos porque ambos apóstoles son considerados «columnas de la Iglesia» gracias a su determinante labor evangelizadora en los primeros años del cristianismo. Sobre ellos descansa el peso del rebaño de Cristo que peregrina en el mundo como si de columnas de un edificio se tratase. Sin ellos, sin su testimonio de vida, sin su entrega, el «edificio» se vendría abajo. Con ellos, siempre hay equilibrio. Así lo declara San Agustín en uno de sus sermones: «El día de hoy es para nosotros sagrado, porque en él celebramos el martirio de los santos apóstoles Pedro y Pablo… Es que ambos eran en realidad una sola cosa aunque fueran martirizados en días diversos» (San Agustín, Sermón 295). Ellos son la columna, pero cada uno de nosotros somos piedras que colaboran en la construcción de este edificio. Celebremos esta fiesta de la mano de María sintiéndonos para vital de la Iglesia y encomendando en especial al Papa León XIV. ¡Bendecido lunes!
Padre Alfredo.
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