Mostrando entradas con la etiqueta Martes. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Martes. Mostrar todas las entradas

martes, 13 de noviembre de 2018

«No estamos hechos en serie, sino en serio para servir»... Un pequeño pensamiento para hoy



Hoy el hombre está muy acostumbrado a las cosas «en serie», aunque no viva muy en «serio». Muchas cosas de las que utilizamos cada día forman parte de una serie de miles o millones de piezas exactamente iguales, elaboradas por máquinas iguales distribuidas por el mundo entero que hacen estas cosas para gentes que, en definitiva, no somos iguales... ¡gracias a Dios! Nosotros, los seres humanos, por gracia divina, no fuimos creados «en serie», somos, cada uno, una obra artesanal salida de la mano de nuestro Creador, de manera que cada uno recibe la gracia de Dios según su estado, su situación y su edad. No podemos copiarnos los unos a los otros porque, para vivir la fe, eso no funciona. Hoy San Pablo le dicta a Tito Pablo una serie de consignas que debe transmitir a diversas clases de personas de su comunidad y, sobre todo, le dice cómo debe comportarse él mismo (Tit 2,1-8.11-14). A los ancianos les dice que sean sobrios, serios y bienpensados, robustos en el amor y la paciencia. A las ancianas, que sean decentes en el porte, no chismosas ni dadas al vino y que den buen ejemplo a todos, a los familiares y a los más jóvenes. A los jóvenes, les dice que tengan ideas justas y se presenten como modelos de buena conducta y a Tito, el obispo de la comunidad, que sea íntegro y sensato, intachable, de manera que nadie pueda achacarle nada. 

Todas estas recomendaciones siguen siendo válidas. Para algunos esto pudiera tratarse de un buen curso de moral elemental y dirían que San Pablo predicaba simplemente un buen humanismo, pero, el creyente, descubre que todo esto es obra de Dios: la gracia, el don gratuito de Dios está ahí en la vida digna, en vivir lo que nos toca, en dar un buen testimonio. En el fondo, Dios quiere, en primer lugar ¡que seamos hombres cabales y no gente en serie! Y, para ello, nos da su gracia, gracias a la cual el discípulo–misionero, que no está hecho en serie, sabe a donde va, está orientado, su conducta tiene un sentido, un objetivo final. Y, para San Pablo, ese objetivo del hombre, que justifica y polariza todos sus esfuerzos, es el encuentro con Jesucristo, que se entregó por nosotros para rescatarnos de todas nuestras faltas, y purificarnos para hacer de nosotros un pueblo elegido, entregado a hacer el bien. Unos a otros, en la comunidad, debemos ser un buen ejemplo, los ancianos para los jóvenes y los jóvenes para los ancianos, los responsables para la comunidad, y todos para la sociedad que nos rodea, de modo que no puedan criticarnos por ninguna conducta inconveniente. Sólo a partir de esa base de las virtudes humanas, podremos avanzar en otros aspectos más elevados y alcanzar la santidad. 

En nuestros tiempos se entiende poco de esto, cualquier lenguaje que suene a algo de «servidumbre» rebaja, para muchos, sociológicamente la condición humana, y lo rechazan. Pero el texto del Evangelio de hoy (Lc 17,7-10), corresponde al tiempo de Jesús, debe ser entendido desde el «anonadamiento de Cristo, siervo de los siervos», pues en otras partes del Evangelio, el Señor nos explica que quien se adhiere a él y entra en el Reino no es solo siervo sino «amigo» e «hijo». Lo que hoy senos tiene que quedar es que el amigo y el hijo, el discípulo­–misionero, siempre estará a la altura del siervo, dispuesto en todo a hacer la voluntad de su Señor. ¡Qué maravilla sentirnos cooperadores de Dios en la gran obra de la Redención! Recuerdo que Santa Teresita decía que ella era «el pincelito de Dios» y todos sabemos que para que el pincel sea un instrumento útil en manos del pintor, ha de subordinar su propia cualidad al uso que de él quiera hacer el artista, y debe estar muy unido a la mano del maestro: si no hay unión, si no secunda fielmente el impulso que recibe, si no está en buen estado, no habrá arte. Roguémosle al Señor, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra dulce Morenita, a quien hoy visitaré en el Tepeyac como cada martes para acercar a muchos —así lo espero— a la misericordia de Dios en el confesionario —la cajita feliz—, que nos conceda la gracia de hacer en todo su voluntad con las cualidades que San Pablo hoy nos recuerda, sabiendo que ese es el único camino que nos mantiene unidos a Cristo para ser, junto con Él, coherederos de la Gloria del Padre y alcanzar, con muchos, cada uno conservando su propio ser, la dicha de llegar a la vida eterna. ¡Bendecido martes! 

Padre Alfredo.

martes, 30 de octubre de 2018

«El sentido cristiano del amor matrimonial»... Un pequeño pensamiento para hoy

La unión del hombre y la mujer en el matrimonio —unión que brota de la ternura y el amor mutuos—, es, para todo católico, el sacramento que habla de la unión de Cristo y la Iglesia. Ya el profeta Oseas, en el Antiguo Testamento (Os 1,3-9), había visto en el sentimiento tan profundo que tenía por Gomer, su mujer —a pesar de su infidelidad tan terrible— un reflejo del amor de Dios a la humanidad; así el matrimonio, con sus alegrías y sus penas, con su parte de traiciones y de perdones, estaba destinado a convertirse en el símbolo más puro de la alianza eterna que Dios había establecido con los hombres. El pasaje, que hoy San Pablo nos ofrece es uno de los mejores textos que ilumina esta doctrina eclesial sobre la Iglesia y el matrimonio (Ef 5,21-33). Partiendo de una situación concreta, común en aquella época, que era la autoridad incondicional del padre de familia, San Pablo ilumina claramente la visión de la pareja humana. Para él, esta autoridad es, ante todo, una autoridad de servicio: el marido tiene que amar a su mujer como a su propio cuerpo, un cuerpo al que alimenta y cuida, como lo hace Cristo con la Iglesia. La Iglesia ha nacido del sacrificio supremo de Cristo en la Cruz, de su exceso de amor, de un amor como debe ser el del esposo por la esposa y viceversa en la unión matrimonial.

No siempre será fácil dar este sentido cristiano al amor, y muchas veces habrá que acudir expresamente al recuerdo y al Espíritu de Cristo para ser capaces de llevar el amor hasta el extremo que Él lo llevó (Ef 5,25-28). Los esposos, son invitados a continuar, en su estado propio, el misterio realizado por Cristo en su Iglesia. Cristo se ha desposado con su Iglesia, se ha vinculado a ella, ha hecho causa común con ella, y nunca se separará de ella... ¡porque la ama! El Señor ha «entregado» su vida por ella, ¡ha muerto por ella para embellecerla! ¡La quiere santa e inmaculada en el amor! ¡Cuida de ella y con ella quiere ser sólo uno, se dan totalmente el uno al otro, para dar a luz al mundo nuevo. Apoyándose en el estado social de la época, San Pablo insiste en la sumisión de la Iglesia a Cristo, porque el «esposo es la cabeza». El Apóstol de las Gentes les da a los Efesios, y con ello a nosotros también, a Cristo y a la Iglesia como modelo de la vivencia del amor. No existe modelo más alto: la relación conyugal y la sexualidad en la pareja, son promovidos a nivel de «sacramento», de signo de gracia, de vía de santidad. Para evitar toda irritación inútil a las parejas «modernas» y a los encarnizados defensores de ideas raras que se quieren infiltrar en nuestra cultura eclesial, bastaría releer estos textos, pensando que en una pareja, desde el punto de vista esencial, no se reparten los papeles en dirección única: marido y mujer han de ser fuente de gracia, y de santidad, el uno para el otro, entregándose y haciendo crecer el amor que empieza como el tamaño de «un granito de mostaza» y debe crecer «como la levadura en la masa».

El amor, en los esposos cristianos, debe crecer en las mismas dimensiones que lo hace el Reino: en extensión, como el grano de mostaza que se transforma en un arbusto en el que vienen a anidar los pájaros y, en intensidad, como la levadura que hace crecer la masa (Lc 13,18-21). el mostacero no puede llegar a ser un árbol grande si no se cuida, si no se abona la tierra en donde está, si no se poda a tiempo; ni ninguna mujer puede llegar a amasar tres medidas de harina si no tiene amor a los que va a alimentar. El amor mutuo exige una tarea que hay que cumplir y que se realiza en un proceso de crecimiento que deja espacio para los demás. Un matrimonio ha de ser fecundo, no sólo o únicamente de forma biológica, sino con una fecundidad que vaya más allá, en donde algunos puedan hacer nido y otros puedan comer. Así como el Reino escatológico es una obra por hacer, un edificio por construir, un proyecto de catolicidad que se ha de realizar progresivamente, el matrimonio también se ha de estar edificando continuamente, teniendo a Cristo y a la Iglesia como modelo. Ese crecimiento que edifica, tanto la relación entre Cristo y la Iglesia, como la de los esposos, es un crecimiento incoercible, que no se puede frenar, porque es la potencia misma de la vida. Así es de maravilloso el amor de Dios y desde Dios, pero se ve poco hoy... ¡Agradezco y admiro a cada uno de los matrimonios cristianos que luchando cada día nos ofrecen la oportunidad de profundizar en este concepto del amor y del Reino! La Virgen y San José los acompañen para que, como el arbolito de mostaza y la levadura que fermenta la masa, sigan creciendo y nos sigan regalando a todos los que vivimos otra vocación, el gozo de entender cómo ama el Señor a su Iglesia. ¡Los bendigo y los encomiendo a todos en la Basílica e Guadalupe esta tarde de martes!

Padre Alfredo.

martes, 23 de octubre de 2018

«Vigilantes»... Un pequeño pensamiento para hoy


Cristo, al venir a este mundo, ha inaugurado un nuevo tipo de humanidad en el que desaparecen las diferencias entre judíos y paganos (Ef 2,12-22). Ha realizado la paz que anunciaron y predicaron los profetas (Is 57,19) y ha venido a establecer la paz entre Dios y la humanidad que se ha constituido en Iglesia por su muerte de cruz (Ef 2,16) y por el don del Espíritu Santo (Ef 2,18) y ha ido llegando hasta los confines del mundo, de manera que hasta algunos pueblos de los más alejados han escuchado y aceptado su mensaje igual que los más cercanos. Gracias al anuncio y testimonio de innumerables misioneros, la Palabra de Dios, la celebración de la Eucaristía y los demás sacramentos; las enseñanzas de los apóstoles y de los profetas; el corazón de muchos se va convirtiendo, conociendo y amando a Cristo, que es la piedra angular del edificio que se edifica en la Iglesia. San Pablo nos recuerda hoy que Cristo es la piedra más importante, sobre la que reposa todo el edificio, garantizando su solidez y ofreciéndosele cohesión y armonía a todos los pueblos que vayan formando parte de la misma. 

Gracias a la tarea misionera de la Iglesia, Dios mismo continúa edificando su pueblo en Cristo (Mc 14,58; Jn 2,19) por el compromiso que abrazan sus apóstoles (Mt 16,17-19). El Apóstol de las gentes nos invita a notar el carácter personalista de esta construcción: se trata de una acción personal de Jesús (cf. Ef 2,21-22), confiada a otras personas (cf. Ef 2,22). San Pablo, en este fragmento de su Carta a los Efesios, habla por primera vez de la participación de todos los fieles en la obra de la edificación que, hasta ese entonces, se había entendido como un privilegio de los apóstoles (1 Cor 3,5-17; 2 Cor 10, 8;12,19; 13,10; Rom 15,20). Además, nos hace notar que la edificación no termina nunca, debido a la diversidad y perennidad de los ministerios, pero siempre bajo el único impulso de Cristo. ¡Y vaya que San Pablo tiene razón! Hay que seguir edificando, pues apenas y un tercio de la humanidad conoce a Cristo, pues se calcula que existan aproximadamente 2,180 millones de personas cristianas en el mundo. La Iglesia es templo y habitáculo, y, sin embargo, está todavía en periodo de construcción. Está sólidamente fundada y establecida y, sin embargo, está siempre por terminar. Es obra personal de Cristo y de Dios, pero no puede avanzar sin la colaboración de todos nosotros como discípulos–misioneros. Acabamos de celebrar el domingo el día del DOMUND, recordando a todos esta tarea que nos ha encargado el Señor hasta que vuelva. 

El tiempo intermedio, hasta el retorno glorioso del Señor, este tiempo que vivimos, el de la Iglesia, exige de nosotros, como misioneros que edifican, una actitud vital: «vigilar»: «Estén listos, con la túnica puesta y las lámparas encendidas» (Lc 12,35-38). El Señor volverá y mientras tanto el discípulo–misionero no puede dormirse en sus laureles porque se ha cansado de edificar y a fin de cuentas hay muchos que creen. El hombre y la mujer de fe debe permanecer alerta siempre, siempre en tensión. Sólo así el discípulo–misionero se asegura la acogida por parte de Jesús cuando vuelva. Sólo así se asegura la comunión con él y con la humanidad entera en el gozo y en el amor. Sólo al siervo vigilante servirá el Señor (cf. Mt 25,1-13; Lc 22, 27; Jn 13,4-5). El Cristiano es alguien que está en alerta constante, siempre presto a la acción misionera, preparado para evangelizar. ¿Estoy yo preparado para dar razón de mi fe en todo instante, vivo como discípulo–misionero en todo momento? Vigilar, en un sentido simbólico aquí, es luchar contra el entorpecimiento, la negligencia, la pereza, el confort, para estar siempre en estado de disponibilidad. «¡Dichosos!» dice el Evangelio de hoy, ¡Dichosos los que esperan vigilantes! Aquellas comunidades, como la de los Efesios, tal vez tenía la impresión de que la venida final del Señor era inminente. Aunque ahora no tengamos esa preocupación, sigue siendo válida la invitación a la vigilancia: tanto para el momento de nuestra propia muerte —que siempre será a una hora imprevista— como para la venida cotidiana del Señor a nuestras vidas, en su palabra, en los sacramentos, en los acontecimientos, en las personas que nos rodean. Si estamos despiertos, podremos aprovechar su presencia. Si estamos adormilados, ni nos daremos cuenta. Pienso en María Santísima, siempre vigilante y misionera, discípula fiel e incansable, a ella Dios mediante la veré en un rato, en su casita del Tepeyac, allí le pediré que me enseñe a esperar como Ella, vigilante sin desfallecer, con premura, anhelando la venida gloriosa «del verdadero Dios por quien se vive». ¡Bendecido martes! 

Padre Alfredo.

martes, 9 de octubre de 2018

«A los pies de Jesús»... Un pequeño pensamiento para hoy

Después de haber aclarado, en los primeros versículos del primer capítulo de la carta a los Gálatas que no hay otro Evangelio que el de Cristo, San Pablo, en los versículos que nos presenta la primera lectura de la liturgia de hoy (Gál 1,13-24), ese mismo San Pablo apóstol, convencido y enérgico, nos muestra quién es él y con qué fuerza o poder expone la Palabra del Señor Jesús. El Apóstol de las Gentes quiere, con esas palabras, provocar el retorno sincero no solo de los Gálatas, sino también de cada uno de nosotros, a la fidelidad, a la fe en el verdadero Dios por quien se vive. San Pablo se reconoce y se presenta sin hacer a un lado su pasado, nos recuerda cómo era antes de haber encontrado a Cristo, un enemigo empedernido de Jesús, terco en sus convicciones y perseguidor de los discípulos. Aquel día en que se encontró con la luz de Cristo, lo transformó totalmente, reflexionó sobre su conducta y dio un giro total a su vida. Aprendió a leer las Escrituras a la luz de Jesús, Hijo de Dios. Y viéndolo todo bajo esa luz, le pareció distinto, tan distinto que le resultaba evidente y necesario que las cosas cambiaran, y no solo las cosas, sino él mismo. Por eso, por largo tiempo estuvo como María a los pies de Jesús a través de las enseñanzas que recibía de los enviados por el Señor para formarle: «me trasladé a Arabia y después regresé a Damasco. Al cabo de tres años fui a Jerusalén, para ver a Pedro y estuve con él quince días. No vi a ningún otro de los apóstoles, excepto a Santiago, el pariente del Señor» (Gál 1,17-19). 

¡Cómo cambia la vida y las actitudes de una persona cuando deja entrar a Cristo en su vida! La conversión de Pablo y la de todo aquel que se deje alcanzar por el Señor Jesús, es siempre obra personalísima de Dios, que nos ha elegido desde siempre. La beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento decía: «soy un pensamiento de Dios, un latido de su corazón»... «Veo que a Dios no lo puedo engañar; que Él solo conoce a fondo lo que soy» (Carta a Mons. A. Hurtado, Ob. De Tepic., el 6 de junio de 1944). Dios nos muestra a su Hijo Unigénito como aquel que había sido proclamado Señor por toda la tierra y desde ese momento más profundo del encuentro con Él, nuestra vida debe ser repensada, pues, en función del reinado de Cristo todos somos llamados a colaborar como discípulos–misioneros en el plan de salvación de toda la humanidad. El Padre misericordioso nos quiere siempre mostrar a su propio Hijo, Señor del universo, a su Hijo que vivió en esta tierra, que murió y resucitó por nosotros, para hacernos uno con Él y llevarlo a todos con el mismo celo misionero de San Pablo pero sin olvidar que, para darlo a los demás, debemos dejarlo entrar de lleno en nuestro ser, ponernos a sus pies y dejar que Él hable. 

Todo cristiano que se sabe amado y llamo por Cristo, debe saber conjugar dos dimensiones importantísimas en la vida de todo apóstol: la oración y la misión. Eso es palpable en la vida de San Pablo y es lo que el Evangelio de hoy, con la visita de Jesús a la casa de Martha, María y Lázaro, nos quiere enseñar (Lc 10,38-42). La tarea misionera no puede ser buena ni dar frutos si no tiene raíces, si no estamos en contacto con Dios, si no se basa en la escucha de su Palabra. Jesús no desautoriza el amor de Marta, pero sí le da una lección que bien nos vendría a muchos de nosotros hoy: no tiene que vivir en excesivo ajetreo, debe encontrar tiempo para la escucha de la Palabra y la vida de oración. La forma evangelizadora de Jesús no se caracterizó por el activismo ni por un conjunto de obras espectaculares y costosas. Es más, cuando hacía milagros prefería que no lo dijeran a nadie. Su labor se concentró en formar comunidad, en transformar la mentalidad de las personas, en un celebrar los signos del Reino, en rescatar a los marginados y dar a los pequeños un lugar en la comunidad humana. Todo lo hizo con los más modestos medios, como predicador itinerante que encontraba tiempo para orar a su Padre, que ve en lo secreto (Mt 6,6) y para enseñar a los demás a orar (Mt 6,9ss). No pensemos que la labor de los discípulos-misioneros del Señor consiste solamente en un activismo desmedido. O, peor, aún, que hay un encargo de andar urgiendo a los demás para que se conviertan en activistas frenéticos. El evangelio, como vemos en el pasaje de hoy y en la vida de San Pablo, nos invita también a crecer en el silencio, formándonos como oyentes y servidores de la Palabra. Pidamos a la Santísima Virgen María que nos ayude ella, que guardaba la Palabra en su corazón y la meditaba, a que, al encaminarnos presurosos a la misión, no nos dejemos atrapar por el tráfago de la vida que nos quiere hacer correr para todo, sino que podamos concentrarnos en lo que el Maestro nos propone y así, levantarnos de estar a sus pies para ir a la misión. ¡Bendecido martes! Los llevo conmigo en espíritu a la Basílica de la Morenita en el Tepeyac esta tarde. 

Padre Alfredo.

martes, 2 de octubre de 2018

«Ángel de Dios, ángel de mi guarda»... Un pequeño pensamiento para hoy

El día de ayer iniciamos la lectura del libro de Job, que estaremos leyendo hasta el sábado y nos encontramos en él a un modelo admirable de paciencia. Pero hoy, ante unas calamidades —que son más grandes que las de ayer, la enfermedad de la lepra, la hostilidad de sus familiares y amigos— Job sufre una crisis profunda en fe en Dios como la que puede sufrir cualquiera de nosotros (Job 3,1-3.11.16.12-15.17. 20.23), porque ¿quién no se ha visto sin pensarlo o sin planearlo en situaciones tan terrible como esta? En la escena aparecen tres amigos que parece vienen a consolar a este bendito hombre que está sumergido en el dolor, la depresión y la desesperación, pero parece más bien que en lugar de brindarle consuelo lo sumergen más en dudas y hasta lo atacan. Job estuvo siete días en silencio, acompañado de estos amigos, hasta que finalmente prorrumpe en el grito tremendo de rebelión que la lectura de hoy nos presenta. Se le ha derrumbado todo: el apoyo de los suyos, su fe, su concepto de la bondad de Dios. Y se hace la gran pregunta de muchos, la pregunta que dice el Papa Francisco que se vale hacerse: «¿por qué a mí?» El grito de Job es desgarrador, prefiere morir y maldice el día en que nació «¡Maldito el día en que nací, la noche en que se dijo: “Ha sido concebido un varón”! ¿Por qué no morí en el seno de mi madre? ¿Por qué no perecí al salir de sus entrañas o no fui como un aborto que se entierra, una criatura que no llegó a ver la luz? ¿Por qué me recibió un regazo y unos pechos me amamantaron?

¡Qué momentos tan terribles esos en los que la vida parece absurda y detestable! Pero Dios, nunca nos ha dejado solos. Hoy recordamos que todos tenemos un ángel que nos acompaña y que vela por nosotros especialmente en los momentos en que nos sentimos solos y abatidos como Job. La Iglesia celebra hoy a los Santos Ángeles Custodios, esos seres celestiales que nos ayudan a abrazar el plan de nuestra existencia tal como Dios mismo lo diseñó, con un «ministerio» o servicio que ha recibido en la tradición cristiana el nombre de «custodia». Los ángeles, en relación a nosotros, son como hermanos mayores, encargados por el Padre común para conducirnos rumbo a la Patria Celeste. Los ángeles custodios o «ángeles de la guarda», tienen la misión de guiarnos y de apartar de nosotros, en misteriosa medida, los obstáculos del camino. Su «custodia» no consiste en asistirnos y defendernos como lo haría un subalterno, sino en una especie de tutela protectora que se adapta a nuestra libertad humana y que será tanto más eficaz cuanto más nos apoyemos en ella con confianza y buena voluntad. La principal ocupación del ángel de la guarda, nos dice Santo Tomás de Aquino —uno de los más grandes teólogos—, es iluminar nuestra inteligencia: «La guarda de los ángeles tiene como último y principal efecto la iluminación doctrinal» (Suma Teológica I, 113, 2). No hay duda de que cumpliendo esta tarea, hay ángeles buenos que protegen (Dan 6,20-23; 2 Re 6,13-17), que revelan información (Hch 7,52-53; Lc 1,11-20), que guían (Mt 1,20-21; Hch 8,26), que proveen (Gn 21,17-20), y ministran a los creyentes en general (Hb 1,14). Hay muchos más ejemplos de esto en la Escritura. 

Desde el Antiguo Testamento se puede observar cómo Dios se sirve de sus ángeles para proteger a los hombres de la acción del demonio, para ayudar al justo o librarlo del peligro, como cuando Elías fue alimentado por un ángel (1 Re 19,5.) cuya presencia es evidente o en este caso de Job en donde no se explica la acción del ángel de la guarda, pero se percibe cómo es que ayuda a Job a superar la terribilísima adversidad que atraviesa y que parece interminable. En el nuevo Testamento también se pueden observar muchos sucesos y ejemplos en los que se ve la misión de los ángeles: el mensaje a José para que huyera a Egipto, la liberación de Pedro en la cárcel, los ángeles que sirvieron a Jesús después de las tentaciones en el desierto, en fin, son innumerables los pasajes que la Escritura nos brinda sobre su existencia y su misión. Hoy leemos en el Evangelio (Mt 18,1-5.10) que nuestros ángeles custodios «en el cielo, ven continuamente el rostro de nuestro Padre, que está en el cielo» (Mt 18.10). Así, debemos confiar en nuestro ángel de la guarda y pedirle ayuda, pues además de que él nos guía y nos protege, está cerquitita de Dios y le puede decir directamente lo que queremos o necesitamos, porque los ángeles, como nuestros demás hermanos, no pueden conocer nuestros pensamientos y deseos íntimos si nosotros no se los hacemos saber o se los dejamos ver de alguna manera, ya que sólo Dios conoce exactamente lo que hay dentro de nuestro corazón. La beata María Inés Teresa acostumbraba a rezar esta sencilla oración que nos viene bien rezar no solo hoy sino cada día y mejor si lo hacemos bajo el amparo de María, Reina de los Ángeles: «Ángel de Dios, ángel de mi guarda, pues la bondad divina me ha encomendado a tu custodia, ilumíname, guárdame, rígeme y gobiérname. Amén. ¡Bendecido día!

Padre Alfredo.

martes, 25 de septiembre de 2018

«Somos la familia de Dios»... Un pequeño pensamiento para hoy

En este mundo, tan colapsado en tantos sentidos, hay muchos —dirigentes y no— que parecen creer que no tienen amo ni superior, y que pueden actuar «a gusto y a sus anchas», como si no estuviera encima de ellos nadie a quien tuvieran que «rendir cuentas». El libro e los Proverbios nos dice que esto es una ilusión. El que es consciente sabe que ha de rendir cuentas. Si el corazón se pone en manos de Dios, es como agua de riego en sus manos, se deja conducir y dirigir hacia donde Él quiera (Prov 21,1-6.10-13) Para vivir sumergido en Dios y buscar hacer su voluntad hay que ir más allá de las barreras de este mundo —divisiones sociales, políticas, religiosas— y saber que en manos de Dios, todos, reyes y príncipes, pobres y mendigos, hemos de dejarnos conducir por el Señor. De esta manera, como nos recuerda el Evangelio hoy, el que escucha y pone en práctica la palabra de Dios, es madre y hermano de Jesús (Lc 8,19-21). ¡Somos familia de Dios! 

No importa cuán poderoso sea un hombre hoy. Cualquiera de hoy —incluidos los rejegos que dicen «yo no pedí nacer aquí»— pudo haber sido algún faraón de Egipto o a lo mejor el rey de Babilonia. También podía haber sido el César de Roma, o tal vez Alejandro Magno o hasta Napoleón o cualquier otro gran gobernante del futuro, pero nadie reencarna y todos tenemos una misión única e irrepetible que cumplir. Indiferentemente de cuan poderoso se sea o se haya podido ser, nadie puede actuar independientemente de Dios. Y no es el poder o los lazos de la sangre los que proporcionan la comunión con Dios, sino el oír y poner en práctica su palabra, que vivamente es pronunciada por Cristo, «Palabra eterna el Padre». Como bien dice el libro de los Proverbios, «el corazón del rey está en la mano del Señor» (Prov 21,1). Y Dios, con su palabra, va a dirigir cada corazón, así como dirige el curso de un pequeño arroyo que murmura y desciende por la ladera de una montaña. La Iglesia es edificada, a todos los niveles, por la palabra de Dios. Ésta es el alma de la Iglesia, y la Iglesia es su fruto. De la palabra de Dios brota siempre una Iglesia viva que viene a ser familia de Cristo oyendo y guardando esa palabra de Dios en el corazón y poniéndola en práctica en el diario vivir. «La unión de las almas es más sagrada que la de los cuerpos», dice San Ambrosio (Tratado sobre el Evangelio de San Lucas lib. VI,34-38). 

Por esta razón, al decirle a Jesús que su madre y sus hermanos le buscan, Él sabe que nadie mejor que su Madre ha cumplido la Voluntad divina y se ha dejado dirigir hacia donde el Padre Dios ha querido. Ella, a la vez que es reina, Madre de Dios y Madre nuestra, es esclava del Señor, mujer sencilla que oye la palabra de Dios y se pone a su disposición como esclava (Lc 1,38). Fiel discípula que guarda cada palabra que sale de la boca de Dios y la medita en su corazón (Lc 2,19). Misionera que lleva la palabra a Isabel, con un anuncio que la hace tan rica, que desborda en un cántico de alabanza y gratitud que perdurará para siempre (Lc 1,46-55). María es el corazón bueno que nos retrata lo expresado en el libro de los Proverbios: María es el corazón receptivo que abraza la Palabra y lleva su fruto con constancia (Jn 2,5). María es Madre no sólo porque le dio la vida humana, sino también porque oyó y puso en práctica la palabra de Dios. Nosotros pertenecemos a la familia de Jesús según esta nueva visión de la familia que Él amplía poniendo de ejemplo a su Madre: escuchamos la Palabra y hacemos lo posible por ponerla en práctica. Muchos, además, que hemos hecho profesión religiosa o hemos sido ordenados sacerdotes, hemos renunciado de alguna manera a nuestra familia o a formar una propia, para estar más disponibles en favor de esa otra gran comunidad de fe que se congrega en torno a Cristo. Pero todos, sacerdotes, religiosos, solteros o casados, como discípulos–misioneros, buscamos servir a esa «familia extendida» de los creyentes en Jesús, trabajando también para que sea cada vez más amplio el número de los que le conozcan y le amen. Los encomiendo en la casita del Tepeyac, donde Ella, la Madre de Dios y Madre nuestra nos recuerda que si acogemos la palabra del verdadero Dios por quien se vive en el corazón y en el alma, si la contemplamos, si la conservamos, si le dejamos espacio, si intentamos no olvidarla durante el día, si la convertimos en guía de nuestras acciones, su Hijo Jesús nos hará familia y adquiriremos la misma dignidad de Ella, porque lo engendraremos de nuevo para nuestro tiempo. Que la Virgen Morena nos enseñe cómo recibir la Palabra, a darle carne, a hacerla vida. ¡Bendecido martes! 

Padre Alfredo.

martes, 18 de septiembre de 2018

«Unidad en la diversidad»... Un pequeño pensamiento para hoy

La división siempre ha sido una amenaza que está latente en todo grupo humano, no solo de la Iglesia, sino en los pueblos, en las familias, en los grupos de amigos. Hay una frase muy famosa que señala: «divide y vencerás». En nuestra visión desde la fe, esa es la incansable tarea del acérrimo enemigo de Cristo, de la Iglesia y de cada uno de nosotros... «divide y vencerás». Leyendo la primera carta a los corintios nos vamos dando cuenta de que los cristianos de aquel lugar no estaban exentos de esta terrible situación, y como en nuestra época, estaban divididos. Para dar respuesta a esta situación concreta Pablo desarrolla el tema del «Cuerpo de Cristo», que es uno de los más ilustrativos que el Apóstol nos presenta para hablar de la Iglesia (1 Cor 12,12-24.27-31). El Apóstol recurre a la explicación de cómo nuestro cuerpo forma un todo, aunque tiene muchos miembros y todos los miembros, no obstante su pluralidad, no forman más que un solo cuerpo en el que Cristo, que es la cabeza, es el «unificador», Él conduce a la unidad y nos hace llegar a ser «un solo cuerpo», el suyo y, un cuerpo, es portador de vida. 

El padre Juan Esquerda Bifet —a quien tanto admiro y leo— comentando en muchos de sus libros este y otros pasajes de la Escritura, nos recuerda que esta expresión «ustedes son el cuerpo de Cristo», significa para cada discípulo–misionero que debe, junto con el resto de la comunidad de creyentes, ser la «visibilidad» de Cristo, el signo de su presencia actual en el mundo. Nosotros somos su «rostro», nosotros somos sus «manos», nosotros somos su «corazón». El se hace visible y puede actuar a través de nuestra conducta, puede servir a través de nuestras manos, puede amar a través de nuestros corazones. Y no se puede ser parte de este cuerpo que es la Iglesia sin pensar en los demás. Cada uno por su parte, en la gran diversidad que existe —Apóstoles, profetas, maestros, médicos, desde su identidad, va cooperando para construir una comunidad viva y dinámica que no sepa de fronteras sino sólo de amor y amor del bueno, que es el que vive al estilo de Cristo. Esto me deja pensando en la misma línea de ayer, si en la Iglesia —parroquia, comunidad religiosa, diócesis, familia, grupo de amigos— actuamos unidos en la construcción del Cuerpo de Cristo: sacerdotes, religiosos y laicos, hombres y mujeres, niños y adultos, jóvenes y mayores. ¿O cada uno va por su lado, sin colaborar en la comunidad? ¿Será que entendemos y explotamos las cualidades o los ministerios que tenemos y que no sólo no para provecho nuestro, o para el bien común? 

San Lucas nos narra hoy un hecho que solamente en su Evangelio está (Lc 7,11-17) y que nos muestra cómo es que Cristo, que es la cabeza, se preocupa del resto del cuerpo que es la Iglesia que ha fundado y que es «sacramento universal de salvación» que tiene las puertas abiertas para todos. Este pasaje, tan divino y humano, en el que San Lucas se explaya en uno de sus temas preferidos, la compasión y la misericordia, nos pone en contacto con la más auténtica misión de Jesús —la cabeza— y la Iglesia —su cuerpo—: El Señor vino a compartir nuestras alegrías y tristezas, nuestras angustias y esperanzas. El dolor, que se expresa en los millones de crucificados de nuestra historia. La soledad de los que descartados van solos por la vida. Nuestra misión, en continuidad con la de Jesús, en este cuerpo del que formamos parte, es la de comunicar vida. La caridad, la compasión, la cercanía, la amistad, la buena voluntad, ejercidas con misericordia, deben unirnos a todos. Pero reconociendo siempre que la gracia de salvación es don de Dios. Es solamente él quien nos puede volver a la vida. Y esta gracia se pide desde la fe, la confianza, el amor. Y la viuda de Naím se deja querer unida a Cristo que le dice «¡No llores!». Y el joven se deja querer cuando Cristo le dice: «Joven, yo te lo mando: Levántate!». «¡El Señor ha hecho en mí maravillas!» expresa María en el Magnificat, «¡el Señor es grande y Poderoso!». Sí, Dios todo lo puede, él puede lograr la unidad en la diversidad para que, como él, que es nuestra cabeza, «pasemos por este mundo haciendo el bien» (cf. Hch 10,38). ¡Bendecido martes! Los encomiendo a los pies de la Virgen Morena en el Tepeyac esta tarde. ¡Felicidades a mi hermano Lalo y Yoyina mi cuñada en su 31 aniversario de matrimonio! 

Padre Alfredo.

martes, 11 de septiembre de 2018

«El Señor es amigo de su pueblo»... Un pequeño pensamiento para hoy


San Pablo nos presenta hoy, en la primera lectura (1 Cor 6,1-11) el desordenado mundo en medio del cual vivían los cristianos en la cosmopolita ciudad porteña de Corinto. Aunque la lista de pecados que el Apóstol de las gentes menciona y que excluyen del reino de Dios, no deba entenderse como una denuncia detallada de los vicios de todos los corintios, él relaciona la situación en que se encuentran ahora quienes forman la comunidad creyente con la que tenían cuando todavía eran paganos. Todos han sido bautizados, pero es una pena que sigan viviendo como cuando eran paganos y eso no puede ser. Por eso san Pablo no se limita a decir que, puesto que están bautizados, deben comportarse como hombres nuevos y ya, sino que les hace observar más bien esa nueva realidad de vida en la que han sido introducidos gratuitamente «en el nombre del Señor Jesucristo y por medio del Espíritu de nuestro Dios» (1 Cor 16,11). Pese a su conducta, el bautismo es una realidad que sigue subsistiendo en ellos, como en tanta gente de hoy que, bautizada, vive de una manera disoluta. Todo bautizado ha sido purificado, santificado y justificado por el agua del bautismo, y vivir en contradicción con esta nueva realidad constituye el nuevo absurdo del pecado en el cristiano de ayer y de nuestros tiempos en donde siempre convive el trigo y la cizaña (Mt 13,24). Hoy es 11 de septiembre. Y, ¿quién puede olvidar aquel 11 de septiembre de 2001 cuando el mundo cambió para siempre? El terrible ataque terrorista contra las Torres Gemelas del World Trade Center, corazón financiero de Nueva York en los Estados Unidos, supuso un antes y un después en la historia contemporánea. Desde Pearl Harbor, en 1941, ningún enemigo externo se había aventurado a lanzar un ataque de grandes proporciones en suelo estadounidense y causar una hecatombe como esa: cuatro aviones conducidos por terroristas y terroríficos pilotos suicidas, destruyeron miles de vidas.


Películas y documentales como «United 93», «La célula de Hamburgo», «Fahrenheit 9/11», «The Falling Man», «9-11 in Plane Site», «Zeitgeist: The Movie», «World Trade Center», «The Guys», «El coraje de todos», « En algún lugar de la memoria», «Tan fuerte, tan cerca», «La noche más oscura» o «My Name Is Khan» presentan todos los aspectos que rodean aquel impresionante y de verdad «increíble» acontecimiento que la humanidad nunca podrá olvidar. Incluso el padre Pepe, que regresa hoy a África, me dice que volar en este día pasando por la emblemática Nueva York —que no conozco— es mucho más barato por aquellos de las «superticiones» que paralizan a muchos. Los recuerdos del peor ataque terrorista de los últimos tiempos en pleno corazón de Estados Unidos todavía estremecen al mundo entero. Las apocalípticas escenas de gente corriendo para escapar de una densa nube de humo y escombros quedaron grabadas en las mentes de toda una generación. Escenas apocalípticas, algunas veces vistas en ciencia ficción, se hicieron realidad a medida que la gente absorta observaba —gracias a la instantaneidad de los medios de comunicación actuales— la devastación de cuerpos destrozados y víctimas mutiladas. Se perdieron miles de vidas de personas no solo de Estados Unidos y el resto de América, sino de todos los continentes. Un sorprendente número de gente pensó inmediatamente en Dios a medida que observaba en vivo aquel holocausto en Nueva York, en el Pentágono, y en Pensilvana. Algunos noticieros comentaban: «Dios ha hecho que esta nación y el mundo entero se ponga de rodillas».


La basta mayoría de personas alrededor del globo terráqueo, no ha olvidado el hecho, pero ha olvidado el valor de la vida, de la historia y, muchos cristianos, han olvidado enlazar aquel hecho aciago con la realidad, a la luz de las Escrituras (cf. Is 55,8-9). La razón es que casi todos se dejan pronto contagiar por las ideas del mundo, que es siempre frío y vicioso, un mundo que no se sujeta en general a la voluntad de Dios (Rm 8,7-8). Hoy casi todos se encuentran cautivados por el «dios» que está detrás de esta visión mundanizada (2 Co 4,3-4; Jn 8,44); y, sin dejarse transformar por el Espíritu de Dios (2 Co 3,17-18) casi nadie puede hacer una lectura desde el corazón de Dios que nos quiere seguir hablando haciéndonos ver que él nunca nos dejará. El Evangelio de hoy narra que «toda la gente procuraba tocar a Jesús, porque salía de él una fuerza muy especial» (Lc 6,12-19) esa fuerza que sólo puede brotar de Dios. Necesitamos preguntarnos a nosotros mismos, que hemos sido llamados por Cristo, de la misma manera en que llamó a los Apóstoles, cómo deberíamos ver esta tragedia 17 años después. ¿Qué nos dicen las Escrituras? ¿Qué me dice la fe? ¿Hacia dónde va mi vida? El mundo no olvida la tragedia, pero olvida a Aquel que nos libró de una guerra que se veía venir de inmediato. El mundo no olvida aquella matanza y de otras donde más de 7,000 personas han sido asesinadas trágicamente por los terroristas, pero ¿cuántos han sido los que han condenado abiertamente el asesinato de más de un millón de bebés al año por madres crueles, doctores y enfermeras? ¿Estamos preocupados por los millones apresados y asesinados en la China Comunista y por las prohibiciones a las prédicas y conversión a Cristo en muchas tierras islámicas? ¿Nos preocupamos por aquellos aún no conocen a Cristo y no tienen el consuelo de su amor? A mí el recuerdo del 9/11 y las enérgicas palabras de san Pablo me dejan temblando en medio de un mundo que ha caído en el pecado y en el que «la tragedia ajena» es parte de la vida de cada día junto a tantos vicios que enturbian la mente y el corazón del bautizado. El recuerdo de aquel evento me llama al arrepentimiento y a la conversión (Lc 13,1-5). Hoy es martes, voy a la Basílica a dispensar, bajo la mirada amorosa de la Madre, la misericordia de Dios a quien la quiera buscar anhelando ser «lavados, consagrados y justificados en el nombre del Señor Jesucristo» reiniciando un camino de amor, de paz y de buena voluntad (cf. 1 Tes 5,15). He sido larguísimo, pero no puedo terminar sin dar gracias a Dios por la visita —Muy de Dios— del padre Pepe, este misionero incansable que si ha entendido y ha sabido leer lo que el Señor nos dice en su Palabra y en el mundo actual. Vuela el 9/11 lleno de fe y portador de esperanza con una sonrisa que contagia y que nos deja ver que, como dice hoy el salmista (Sal 149), a pesar de todos los pesares, «el Señor es amigo de su pueblo». ¡Bendecido martes!


Padre Alfredo.

martes, 4 de septiembre de 2018

«Con la misma autoridad de Cristo»... Un pequeño pensamiento para hoy

¡Qué consciente está san Pablo de que es el Espíritu de Dios el que lo guía! El Apóstol sabe que todo lo ha recibido de Dios. Hoy Pablo insiste en que no busca ni pretende recurrir a la sabiduría humana para quedarse en palabras bonitas que con eso le ganan adeptos (1 Cor 2,10-16). Es desde esta convicción que el Apóstol de las gentes quiere iluminar la mente y el corazón de aquellos primeros cristianos para llenarlos del fuego que Cristo vino a traer a la tierra. Sabemos que para todo predicador, si se sabe discípulo–misionero de Cristo, no hay nada más estéril que la retórica que no va más allá, porque, a la larga, según la fe por la que creemos, no son nada más las muchas palabras las que pueden y transformar un corazón, sino la pasión por Cristo y la forma de vivirla. ¡Cuántas cosas ininteligibles empiezan a clarificarse en el alma cuando se empiezan a mirar desde los ojos de Jesús!, porque hay campos en los que la fe tiene razones con las que no cuenta la sabiduría humana. «EL hombre —dice san Pablo— no puede comprender las cosas del Espíritu de Dios si no se deja iluminar por el Espíritu» (1 Cor 2,14). Y yo me pregunto: ¿Qué pasa hoy con todos los que hemos sido destinados a ser luz de un Espíritu para los demás? ¿Por qué hoy hay muchos que quisieran darle lecciones a Dios? 

Hoy el Evangelio (Lc 4,31-37) insiste en que la gente quedaba maravillada —como decía el Evangelio de ayer— de las enseñanzas de Jesús «porque hablaba con autoridad» (Lc 4,36) y no con esa autoridad de alguien que tiene o se ha adjudicado algún poder humano, sino la autoridad de alguien que sabe que es enviado por su Padre para volver a sembrar la semilla de la misericordia divina que había sido opacada por quienes se sentían amos y señores de una sabiduría que, presentada en principio como venida del cielo, se había encuadrado en una serie de múltiples preceptos que más que darle gloria y alabanza al Señor. Los situaba a ellos como los inquisidores de un sistema que, en nombre de Dios, asfixiaba a quienes en realidad sí querían vivir su fe conducidos por el Espíritu. Las obras de Jesús demostraban de forma concreta la misericordia que se revelaba en su autoridad en su enseñanza (Lc 4,32) y en los exorcismos que hacía (Lc 4,36). 

Por su infinita misericordia y actuando movido por el Espíritu —el mismo que el día de su bautismo se había posado en forma de paloma sobre él (Mt 3,16)—, Jesús viene a sanar la mente y el corazón de muchos, expulsando demonios, curando leprosos, devolviendo la vista a los ciegos, haciendo caminar a los paralíticos y dando de comer a muchos. «Y su fama se extendió por todos los lugares de la región» (Lc 4,37) hasta llegar a nuestro aquí y ahora, porque ese mismo Jesús del Evangelio, ese Jesús que hablaba con autoridad, es el mismo que llega a nosotros en la Eucaristía para sanar nuestras mentes y nuestros corazones; para expulsar a los demonios del egoísmo, de la vanidad y de la soberbia, que se pegan provenientes de cierta clase de aparente sabiduría del mundo. San Pablo por eso dice que nosotros debemos «poseer el modo de pensar de Cristo (1 Cor 2,16). Pienso ahora en muchos santos y beatos como Juan Pablo II, Giana Beretta Mola, María de Jesús Sacramentado Venegas, Miguel Agustín Pro, Rafael Arnaiz y claro, María Inés Teresa del Santísimo Sacramento por supuesto; todos ellos muy cercanos a nosotros en el tiempo, conscientes de ser instrumentos del Señor, que guiados por el Espíritu Santo nos siguen hablando con la misma autoridad de Cristo, llevándonos a él como María de Nazareth y con su misma autoridad que nos dice: «Hagan lo que él les diga» (Jn 2,5). ¡Bendecido martes! 

Padre Alfredo.

martes, 28 de agosto de 2018

«Gracias a la vida, gracias a mi Padre Dios»... Un pequeño pensamiento para hoy

A lo largo de la historia, ha habido varias ocasiones en que se ha anunciado la inminente llegada del fin del mundo. La primera fecha que yo recuerdo es de cuando era niño y escuchaba que el mundo terminaría en 1975. Solamente los Testigos de Jehová han intentado poner fecha para el fin del mundo desde 1780 y se han equivocado más de 30 veces. La última fecha es en 2975, cuando ya no nos tocará ver nada desde aquí. San Pablo, en la primera lectura de hoy (2 Tes 2,1-3.14-17) que no se dejen perturbar fácilmente al respecto. Estamos en las manos de Dios y Jesús mismo nos dijo que no sabemos ni el día ni la hora (cf. Mt 25,13). Vale para nosotros el consejo de Pablo: «manténganse firmes y conserven la doctrina que les hemos enseñado», «Dios nos ha amado y nos ha dado gratuitamente un consuelo eterno y una feliz esperanza», y nos da fuerzas «para toda clase de obras buenas y de buenas palabras». O sea, hay mucho que agradecer por la vida y la fe, y bastante que hacer todavía, antes del final. Hay mucha gente que se imagina que el fin del mundo está a la vuelta de la esquina, y eso, la verdad, puede ser o no. A veces nos imaginamos que solamente ahora, en la actualidad, nuestros tiempos son turbulentos, los usos y costumbres cambiantes y provocadores de oposiciones entre las distintas maneras de comportarse y que eso lleva al caos que inevitablemente hará al mundo colapsar. En todas las épocas, desde que la Iglesia nació, fundada por Cristo, ésta ha conocido miles de cambios y montones de oposiciones a nuestro estilo de ver la vida y de vivir la vida. Jesús, en su tiempo, fue un factor de evolución de las costumbres de sus correligionarios judíos y con eso muchos veían ya el fin venir, mientras que otros, como algunos fariseos y escribas, se queban enfrascados en dar importancia a cosas insignificantes, poco importantes ante la llegada de Dios, que no sabemos cuando acontecerá y descuidar las que verdaderamente valen la pena, las que están en el interior (Mt 23,23-26). Pero, estos defectos que Jesús exhibe en el Evangelio de hoy no eran exclusivos de los fariseos de hace dos mil años. También los podemos tener nosotros... ¿En qué se nos va la vida? 

Yo hoy le doy gracias a Dios porque cumplo un año más de vida (57 nada más). He vivido en este mundo 20805 horas, más o menos unas 499320 horas. Y tal vez, cuando uno celebra su «cumple» como se dice mucho hoy, uno deba preguntarse: ¿En qué se me ha ido todo este titipuchal de tiempo? ¿Qué es lo que más me ha apasionado en todo este tiempo? ¿Qué logros he conseguido? ¿Cómo se ha desarrollado mi fe? ¿Qué metas he cumplido y cuáles quedan por alcanzar? ¿Qué es lo que más me ha costado en la vida?... y por lo menos yo me doy cuenta de que es el viaje hacia el encuentro con Dios lo que más me gratifica. Estoy agradecido a la vida en este seguir aprendiendo a ver tantos destellos del amor de Dios en cada tramo del sendero y a dar espacio en mi alma, en mi corazón, en mi razón a ese amor para enfrentar la muerte —cuando llegue porque Dios así lo ha querido—, de pie, como un valiente, no por mis armas o por tanto que he aprendido según yo, sino lleno de confianza en la misericordia de Dios que es infinita. Estoy agradceido con la vida porque me da la oportunidad de darle un constante espacio al amor en una una vida muy bendecida por Dios con unos padres excelentes, un hermano que vale oro, una cuñada que es como mi hermana y unas sobrinas —más Pablo por supuesto (el esposo de mi sobrina Irina)— que son una maravilla junto al piloncito de mi familia de sangre más cercana, la tremenda —como su nombre lo indica— Bárbara, mi sobrina nieta. Camino acompañado por todos ustedes, mi familia, mis amigos, mis hermanos en el ministerio, los miembros de mi valiosa familia misionera fundada por la beata María Inés que ha colmado mi vida espiritual de fe, esperanza y amor en el Creador, tantos amigos de los muchos lugares en donde he vivido y desarrollado la tarea misionera que tanto me llena y que tanto reclama mi conversión del día a día. Voy por la vida de la mano de todos ustedes pensando en el cielo, allá, donde no habrá muerte, ni lágrimas —sino solo de amor y gratitud tal vez—, ni tristezas, ni temor, porque el amor que en estos 57 años de vida empiezo a calar, allá impera eternamente. Y aquí estoy, muy bendecido en estos días que, como en los cumpleaños de cada uno de ustedes, son siempre de fiesta al estilo de cada quien. El sábado tuve la sopresa de la Misa y el regalazo del Ramillete Espiritual de la Adoración Nocturna aquí en la parroquia, el domingo los momentos bellísimos con excelentes amigos y Vanclaristas en ¨La Marquesa» contemplando la naturaleza estupenda y cautivadora que Dios nos da y además el jueves estreno frigobar. 

Y junto a todo esto también le doy las gracias a nuestro Padre Dios por los momentos en mi vida cuando me ha pedido que ocupe un sitio más atrás de donde yo me había yo sentado lleno de soberbia y de la vanidad del mundo que se nos pega También agradezco los momentos cuando he pensado que debía guardar distancia de algo o de alguien y me ha pedido acercarme para ser lo que debo ser, un reflejo de su amor y misericordia pidiendo perdón a quienes he herido, fastidiado o lastimado a veces sin querer y otras, sumergido en la condición del más grande pecador, como diría aquel... sin querer queriendo. Así, llego a mis 57 años diciendo gracias y también perdón a Dios y a todos. Hoyrenuevo mi fe porque creo en un Dios que no solo hoy 28 de agosto, sino cada día que pasa, levanta mi alma hacia Él con un corazón que sige caminando en la ardua tarea de la conversión y que hoy, por primera vez en mi vida, se ve bendecido por ir al rato a la Basílica de Guadalupe como mi mejor regalo para gastar 4 horas de estas que se añaden a las que he vivido y que son de las mejor gastadas en el confesionario, la cajita feliz, dando vida bajo la mirada amorosa de la Morenita que me alcanzó el milagro de nacer —algunos saben que nací de milagro—, la vida que viene de Dios y es para darla, la vida de abundancia que Jesús prometió cuando dijo: «A mí nadie me quita la vida, yo la doy porque quiero (Jn 10,18). ¡Feliz y bendecido martes para todos! 

Padre Alfredo.

martes, 21 de agosto de 2018

«La verdadera riqueza»... Un pequeño pensamiento para hoy


Dinero, poder, poderío y primacía sobre los demás, son factores que no es que garanticen en sí la felicidad ni para el que los posee o ejerce ni tampoco para quienes según se beneficien o sufran con aquellos. Se ve que en el contexto de la primera lectura de hoy —seguimos leyendo las profecías de Ezequiel— a la región de Tiro le iba aparentemente bastante bien y aquel pueblo —personificado por su reyezuelo— se burlaba de la desgracia de Israel. Ezequiel habla en nombre de Dios (Ez 28,1-10), para mostrarnos que Tiro puede haber servido de instrumento en manos de Dios para castigar medicinalmente a su pueblo, pero que el instrumento, al haberse vuelto altanero, precioso y orgulloso —me acordé de una canción que dice así— va a recibir la paga de su jactancia. Está tan satisfecho de su poder y de sus riquezas y de su sabiduría, que no ve lo que se le viene encima: «te hundirán en la fosa, morirás con muerte ignominiosa». Y entonces, cuando esté a punto de morir ¿se atreverá a decir «soy dios» delante de sus asesinos? 

Estos versículos del libro del profeta Ezequiel, constituyen, por tanto, el canto de la soberbia humana que, cuando las cosas le salen más que bien y tiene algún poder, dice: «soy dios». ¡Pero qué pronto desiste de esa vergonzosa actitud cuando la enfermedad, la crisis interna, la familia, los negocios o los desastres llegan de improviso! No somos dioses; somos unos pobres seres llenos de miseria que hemos recibido el don de pensar y de ser libres, y que malgastamos buena parte de nuestras facultades en fáciles idolatrías momentáneas. El mundo siempre ha tenido que soportar «pequeños dioses» que quieren engañar a los demás y se engañan a sí mismos, y es aquí en donde entra la reflexión de Jesús con sus discípulos sobre el apego al dinero y las riquezas del Evangelio de hoy (Mt 19,23-30): la ambición del dinero, del poder y del dominio sobre los demás, es un factor que no se aviene con el desprendimiento que libera al espíritu y alcanza la verdadera felicidad. Leyendo estos trozos de Ezequiel y de Mateo, el Señor nos enseña que el dinero no cierra las puertas del cielo y del amor, pero la idolatría o apego al mismo sí que las clausura. Es muy fácil perder de vista el horizonte de la vida eterna cuando uno se queda atrapado por lo material cuyo valor monetario es siempre diverso según los tiempos y las culturas, pero, igual de esclavizante. 

Hoy hay muchos metales que valen más que el oro, como el platino, por el que se paga más de 38,290 dólares por kilo, o el rodio, cuyo precio por kilo anda en los 46.516 dólares. ¿Por qué pensar en el verdadero valor de la vida hasta tener la suerte de llegar a viejos, o cuando de repente llegue de sorpresa alguna enfermedad incurable? Los que creemos, confiamos y seguimos a Cristo no podemos buscar, de modo egoísta, nuestros propios intereses, nuestra felicidad en lo material sin importarnos el que, por lograrla, tengamos, incluso, que pisotear los derechos de los demás, o denigrarlos en su personalidad. Todo pasa, lo único que conservaremos es nuestro sello de bautizados con el premio valioso de ser doscípulos–misioneros de Cristo. Al final, «cuando llegue la renovación», sólo será digno de crédito el amor con que hayamos vivido y tratado a los demás. De lo contrario, a pesar de que hubiésemos llegado a ser dueños del mundo entero, nuestro fracaso sería irremediable. La Virgen canta a los cuatro vientos su gozo de que el Señor la ha visto pobre y proclamará su alegría por ello a todas las naciones (Lc 1,48). En Ella entendemos el valor de la verdadera riqueza... la riqueza del encuentro con el Señor para hacer su voluntad, cosa que no es muy fácil que digamos, pero, «para Dios todo es posible». ¡Bendecido martes! Además de las hermanas que están en Ejercicios y terminan mañana, hoy tenemos retiro para las comunidades de Garampi y La Casita... ¡Nos encomendamos! 

Padre Alfredo.