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domingo, 16 de junio de 2024

Bendición de las medicinas…

Señor mío, tú qué has dado la inteligencia al hombre
para que pueda penetrar los secretos de la naturaleza,
bendice, te ruego estas medicinas que debo 
tomar para mi salud,
te pido que estas medicinas sirvan para mí bien
y que no dejen ninguna consecuencia
negativa en mi cuerpo.
Te lo pido a ti, Señor mío y Dios mío,
al cual pertenece el reino y la gloria,
por los siglos de los siglos. Amén.

lunes, 11 de febrero de 2019

«Jornada Mundial del Enfermo 2019»... Un pequeño pensamiento para hoy


Hoy la Iglesia, al celebrar la Jornada Mundial del Enfermo nos invita a acercarnos a uno de los salmos más usados en la liturgia, el 103/104. Un poema que nos deja ver, en el corazón agradecido del salmista, una visión de Dios muy superior a la que tenían otras culturas del tiempo. El salmista se sabe amado y creado por Dios junto con todas las obras y prodigios de la naturaleza reconociendo la gran importancia de la doctrina bíblica de la creación que hoy nos presenta el Génesis (Gn 1,1-19) y que marca la diferencia entre el humanismo científico y lo que es pensar cristianamente. El salmo vierte en una bella poesía el esquema general de la creación en esta reflexión del primer libro de la Biblia y quiere agradar a Dios, que es el autor de la vida y quien ha hecho para nosotros todo cuanto conviene. Dios es inmenso y maravilloso y llena de luz nuestras vidas, de esa luz que ilumina nuestro andar por este mundo sellado muchas veces y para muchas personas por la enfermedad.

El autor del salmo no sabía del cúmulo de enfermedades que la ciencia ha ido descubriendo y que además, por diversas causas han ido apareciendo en el mundo. Ni lo sabía ni le interesaba. Él solo entendía de una cosa: que Dios es el creador y el mundo es la criatura, que Dios hace las cosas bien y para el bien de los que ama y que, en medio de todas las sorpresas Dios nos ama entrañablemente. En medio de todo lo que vamos viviendo cada día la creación entera suspira por la glorificación del ser humano, para «participar también ella de la libertad de los hijos de Dios» (Rom 8, 21). La Jornada Mundial del Enfermo, en este día en que celebramos a la Virgen de Lourdes lleva como lema: «Gratis habéis recibido; dad gratis» (Mt 10,8) y que se celebra solemnemente en Calcuta, allá en la India, para recordarnos —como dice el papa Francisco en su mensaje—que los gestos gratuitos de donación, como los del Buen Samaritano, son la vía más creíble para la evangelización. El cuidado de los enfermos requiere profesionalidad y ternura, expresiones de gratuidad, inmediatas y sencillas como la caricia, a través de las cuales se consigue que la otra persona se sienta «querida».

Tanto el salmo, como la primera lectura de hoy nos recuerdan que la vida es un don de Dios —y como advierte san Pablo—: «¿Tienes algo que no hayas recibido?» (1 Co 4,7). Precisamente porque es un don —dice el Papa—, la existencia no se puede considerar una mera posesión o una propiedad privada, sobre todo ante las conquistas de la medicina y de la biotecnología, que podrían llevar al hombre a ceder a la tentación de la manipulación del «árbol de la vida» (cf. Gn 3,24). El Papa eligió Calcuta como el lugar privilegiado este año para la celebración solemne de la jornada porque es la Santa Madre Teresa de Calcuta quien «nos ayuda a comprender que el único criterio de acción debe ser el amor gratuito a todos». Hoy también, cuando veo el Evangelio con aquellos enfermos que le llevaban a Jesús (Mc 6,53-56) pienso en tantos enfermos, los que de alguna manera comparten conmigo el tesoro de la enfermedad en cualquier grado y en cualquier situación y los pongo bajo la mirada consoladora de la Virgen de Lourdes reviviendo aquel 1985 ya muy lejano en el que visité esa hermosa y enigmática gruta en la que permanecí casi estático, admirado, por poco más de siete horas rogando por mi salud y por la de muchos. Hoy mi bendición va, con cariño y admiración, para todos los enfermos, pero en especial a quienes lo dan todo para hacerles la vida más llevadera, rogando que todos busquemos la salud, pero esa salud fundamental al sabernos amados y creados por Dios: la salud del alma que a él le pertenece por entero. ¡Bendecido lunes en esta Jornada Mundial del Enfermo 2019!

Padre Alfredo.
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miércoles, 4 de abril de 2018

«Levántate»... Un pequeño pensamiento para hoy...

¡Qué detallistas son algunos relatos bíblicos como éste del paralítico curado en el libro de los Hechos de los Apóstoles (Hch 3,1-10). La narración nos lleva a encontrarnos a ese pobre hombre en la puerta del templo «La Hermosa», esperando algo, en su condición de mendigo, de aquel que pasara por ahí. Aquel pobre queda hipnotizado por la mirada fija de Pedro y Juan y más se asombra cuando escucha el «¡míranos!» que Pedro le dirige... ¿Qué pensaría en un primer momento? ¿Sabría quiénes eran aquellos dos si siempre lo sentaban en el mismo lugar a pedir limosna? ¿Qué impresión puede sentir un pobre indigente cuando es tocado por alguien como Pedro y Juan? El sentir aquella mano tomando la suya y percibir seguramente «algo especial» que lo incorporaba, a la escucha de las palabras: «No tengo ni oro ni plata, pero te voy a dar lo que tengo: En el nombre de Jesucristo nazareno, levántate y camina» (Hch 3,6) lo hizo enderezarse milagrosamente hasta seguirles dando brincos al Templo, ante la admiración de toda la gente que les rodeaba, tal vez muchos de esos que todos los días pasaban por ahí y lo veían postrado. 

La fuerza salvadora, que en vida de Jesús brotaba de él, curando a los enfermos y resucitando a los muertos, se muestra en esta lectura de hoy como una energía pascual que sigue activa incluso hasta nuestros días. Cristo, vivo y resucitado, está presente, aunque invisible, y sigue actuando a través de su comunidad, en concreto a través de los apóstoles, a quienes había enviado a «proclamar el Reino de Dios y a curar» (Lc 9,2). Como muchos de los apóstoles de nuestros días, como muchos discípulos–misioneros, aquellos dos —Pedro y Juan— no tendrán medios económicos, pero sí la participación de la fuerza del Señor. El tiempo de la Pascua, y más aún estos días de la «Octava de Pascua» no son un mero recuerdo. La Pascua es curación, salvación y vida hoy y aquí para nosotros. El Señor Resucitado sigue vivo y actuante a través de su Iglesia, cuando proclama la Palabra salvadora y celebra sus sacramentos, en especial la Eucaristía. Es interesante que «el lisiado» del relato, es mencionado con el nombre genérico de «un hombre». Es una figura representativa del pueblo que se encuentra postrado por la enfermedad y la marginación, por la tristeza y la desolación. San Lucas emplea esta misma descripción para el pueblo pobre de Israel (Lc 5, 17-26; 7, 22; 14, 13.21). Aquel pobrecillo hombre contrasta con la magnificencia del templo y con el nombre de la puerta principal, "Hermosa", donde todos los días pedía limosna. 

También a nosotros nos puede pasar que experimentemos alguna vez la parálisis del mendigo y la desesperanza de los dos discípulos de Emaús de los que el mismo Lucas nos habla el Evangelio de hoy (Lc 24,13-35); enfermedades que nos pueden afectar, y que en Pascua el Señor quiere curar, si le dejamos. Muchos cristianos, jóvenes y mayores, experimentamos en la vida, como los dos de Emaús, momentos de desencanto y depresión. A veces por circunstancias personales. Otras, por la visión deficiente que la misma comunidad puede ofrecer. El camino de Emaús puede ser muchas veces nuestro camino. Viaje de ida desde la fe hasta la oscuridad, y ojalá de vuelta desde la oscuridad hacia la fe. Cuántas veces nuestra oración ha sido esa de: «Quédate con nosotros, porque ya es tarde y pronto va a oscurecerse nuestra vida» (Lc 24,29). La Pascua no es para los perfectos: fue Pascua también para el paralítico del templo y para los discípulos desanimados de Emaús. Estos dos relatos de Lucas, quieren ayudarnos a que conectemos la Misa con la presencia viva del Señor Jesús reconociéndolo en la Palabra, en la Eucaristía y en la Comunidad. Mientras ustedes leen esto, mi querida comunidad, yo estoy en algún aeropuerto o voy volando, pues como les dije, estos días primeros de la Pascua estaré en Roma convocado junto a muchos hermanos sacerdotes por el Santo Padre en la tarea que tenemos asignada por él como Misioneros de la Misericordia y además trabajando unos días en la vida y obra de la Beata María Inés Teresa en ese caminito hacia su canonización, que, esperamos, no tarde tanto en llegar. ¡Encomiéndenme en Misa compartiendo la alegría de la fe con María como aquellos primeros discípulos lo hacían! Que tengan un bendecido miércoles de la Octava de Pascua.

Padre Alfredo.

domingo, 4 de febrero de 2018

«¡Ay de mí si no predico el Evangelio!»... Un pequeño pensamiento para hoy


Yo creo que todos tenemos la experiencia de sentir que la vida pasa volando y muchas veces no es más que una pelotera de cosas, alegrías, angustias, esperanzas, cansancios, ilusiones y sufrimientos que se suceden ininterrumpidamente y sin tiempo casi para profundizar en cada cosa y situación. Y todo eso envuelto en la vorágine del tiempo y de la sociedad que nos arrastra sin dejarnos apenas para pensar ni disfrutar lo que vamos viviendo. Yo mismo puedo ver cómo pasa el tiempo tan de prisa... ¡El tiempo vuela! Ayer acabó el curso de actualización sacerdotal y en dos o tres días habrá que volver a la selva de cemento de mi adorada CDMX. Apenas pasa una cosa y ya aparece algo nuevo que vivir y enfrentar en el horizonte. Echamos la mirada atrás y vemos el tiempo pasado que siempre se va demasiado aprisa. Por eso a san Pablo le urge evangelizar, por eso al apóstol de las gentes no le alcanza el tiempo para sembrar la semilla del Reino: «¡Ay de mi si no predicara el Evangelio!» (1Cor 9,16-19.22-23). Nos ha tocado vivir en un mundo que, metido en un ritmo enloquecedor de actividad, ha perdido el sentido del silencio, de la reflexión, de la contemplación, de la oración... del Evangelio. Si no nos movemos con la prisa de san Pablo, el panorama que se presenta para las generaciones más jóvenes será aún peor. Algunos sondeos hechos entre nuestros adolescentes y jóvenes, muestra que muchos son incapaces de entender quién es Cristo y qué hizo por nosotros.

No es difícil advertir que la prisa del mundo va como de rayo en el campo de la tecnología y sus derivados, pero va tan de carrera que se lleva de encuentro tantos valores que han quedado grabados en el Evangelio y que a nosotros nos toca traducir para este mundo que nos toca evangelizar. Varios factores en esta crisis parecen invencibles, pero no lo son. Pienso, por poner un ejemplo, en esos proyectos educativos nefastos, que recogen en materia pedagógica, y sobre todo en el campo de la sexualidad, la llamada «ideología de género», y desechan sistemáticamente los métodos y proyectos anteriores, bien sólidos y fundamentados, simplemente por considerarlos pasados de moda. Al respecto me viene ahora algo que escribió mi admirado Benedicto XVI hace tiempo, antes de ser Papa en su libro «La sal de la tierra»: «La ideología de género es la última rebelión de la creatura contra su condición de creatura... con la ideología de género el hombre moderno pretende librarse incluso de las exigencias de su propio cuerpo: se considera un ser autónomo que se construye a sí mismo; una pura voluntad que se autocrea y se convierte en un dios para sí mismo». ¡Ay de mí, ay de nosotros, si no predicamos el Evangelio a esta sociedad que se despista entre teorías absurdas que disuelven la dignidad del hombre alejándolo del pensamiento inicial de Dios!

El Evangelio que hoy leemos, nos presenta a Jesús, luego de haber librado en la sinagoga a un hombre de un «espíritu inmundo», tomando de la mano a la suegra de Simón en su propia casa, para sanarla (Mc 1,29-39), es decir, nos muestra a Jesús que no solamente está en el Templo, sino en medio de nuestra vida cotidiana buscando devolver la condición original, la salud plena, la integridad total de nuestro ser a quien por algo la ha perdido, como puede ser, entre otras cosas, la enfermedad. Más tarde —dice el Evangelio— enterados de lo sucedido, muchos se agolparon a la puerta de la casa donde estaba Jesús esperando retomar la condición original y saludable con la que fueron creados. Todos vieron confirmadas sus esperanzas. Y el demonio del mal les abandonaba para siempre. No sé cómo me tomen algunos esta reflexión, pero creo que hoy a muchos nos vendría bien dejarnos tocar por la mano de Jesús y recobrar el sentido original de la condición humana, sea por una u otra cosa. La suegra de Pedro y mucha gente encontró en Jesús a alguien que los liberaba del mal y los centraba para servir a los demás con alegría. El mismo Jesús tiene conciencia de que esa liberación del mal es parte fundamental de su misión. Él «tomó nuestras flaquezas y cargó con nuestras debilidades» (Mt 8,17). ¡Quiere llegar a todos! El «vámonos a otra parte, que para eso he venido» (Mc 1,38) del Evangelio de hoy, lo dice todo... dejemos que Jesús venga a nosotros, a nuestras vidas, a nuestras ideologías y dejémosle que nos toque, para sanar lo que hay de enfermo y herido en nuestra condición humana. Como Jesús, en oración, podemos aprender y ayudarnos unos a otros a re-aprender esos valores, actitudes, criterios y comportamientos: los que están de acuerdo con la mente de Dios. Hoy nosotros, como discípulos¬–misioneros, tenemos que decir con san Pablo: «¡Ay de mí si no predico el Evangelio!» Te deseo un domingo lleno de bendiciones y de gozo por proclamar el Evangelio con tu testimonio de vida.

Padre Alfredo.

sábado, 12 de agosto de 2017

El cuidado de un enfermo terminal...


A lo largo de 28 años de vida sacerdotal, me ha tocado, muchas veces y entre otras cosas por el ministerio, asistir y acompañar a enfermos que están ya en etapa terminal o que han sido desahuciados. Creo que no debemos engañar a un hermano enfermo si está cerca de la muerte, porque no estaría bien decirle que todo marcha bien y que no hay por que preocuparse. La beata María Inés Teresa era muy consciente de esto y de hecho pidió que a ella misma no le ocultaran nada con respecto a su salud. Pero, en este tema, no debemos olvidar que es de vital importancia el que seamos misericordiosos con el enfermo, ya que se trata de un tiempo en que él mismo debe aprovechar para prepararse al encuentro con el Señor que ha tenido la delicadeza —como decía san Alberto Hurtado— de darle esa oportunidad. Los últimos días de vida del enfermo terminal, cuando está consciente, pueden ser decisivos para la vida eterna, ya que es un tiempo muy favorable para recibir los Sacramentos de la Reconciliación, la Unción de los enfermos y el viático (la Comunión ante la muerte inminente).

Me ha tocado conocer algunos casos en que la gente realmente prepara las maletas para su viaje a la vida eterna, y se alistan para el momento que Dios lo disponga,.Algunos casos han quedado grabados en mi corazón dejándome una gran enseñanza sobre el viaje final hacia la eternidad en la que no habrá llano ni dolor (Ap 21,4).

Para los hombres y mujeres de fe, parte de esta preparación la constituye el sacramento de la Unción de los Enfermos. No podemos dejar de lado este sacramento que se debe recibir tan pronto se sepa que llega la visita inesperada de Dios en la enfermedad, especialmente si lo diagnosticado es grave, recordando que este Sacramento no es para dejarse hasta que el paciente esté en coma, sino para ponerse en las manos de Dios y expresar la apertura a su voluntad, incluida por supuesto, la esperanza de la curación y fortalecerse para llevar la cruz de la enfermedad con fe y generosidad.

Es necesario, cuando se tiene un enfermo terminal en casa o se le acompaña en alguna institución especial para el caso, sensibilizarse y, por consiguiente, asegurar la mejor asistencia posible al enfermo sin hacer de su cuidado una rutina que se quede solamente en el plano humano, sin sobrenaturalizarlo. Hay que ayudar al enfermo a valorar, en el plano humano y sobre todo en el espiritual, el sufrimiento que le asemeja a Cristo crucificado por la salvación del mundo. Mantener al párroco o a un sacerdote cercano a la familia, al tanto de la situación del enfermo para que constantemente esté pidiendo por él y pedir a religiosas sus oraciones. Buscar que un Ministro Extraordinario de la Comunión le lleve la Eucaristía. De manera especial rezar con el enfermo —si su condición lo permite— el Santo Rosario y otras devociones.

El Papa Francisco, dice que: «Como santa Bernadette —a quien se le apareció la Virgen en Lourdes— estamos bajo la mirada de María». El Papa cuenta que «la humilde muchacha de Lourdes cuenta que la Virgen, a la que llamaba "la hermosa Señora", la miraba como se mira a una persona. Estas sencillas palabras describen la plenitud de una relación. Bernadette, pobre, analfabeta y enferma, se siente mirada por María como persona. La hermosa Señora le habla con gran respeto, sin lástima. Esto nos recuerda que cada paciente es y será siempre un ser humano, y debe ser tratado en consecuencia. Los enfermos, como las personas que tienen una discapacidad incluso muy grave, tienen una dignidad inalienable y una misión en la vida y nunca se convierten en simples objetos, aunque a veces puedan parecer meramente pasivos, pero en realidad nunca es así».

San Pablo dice: «Tengo por cierto que las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse» (Rm 8,18), y unos versículos después: «Porque en la esperanza fuimos salvados» (Rm 8,24). Cuando tenemos un enfermo terminal a nuestro lado, comprendemos con más claridad que las circunstancias dolorosas del tiempo en que vivimos nos van acercando vertiginosamente a su final; son advertencias apremiantes del cielo, para que fortalezcamos y reavivemos nuestra esperanza. El tiempo es corto y, muy pronto, llegará el fin de todos los llantos, clamores y dolores del presente, vivamos esta magnífica esperanza que es prenda de la salvación y acompañemos a nuestros hermanos enfermos que viven su etapa terminal en este mundo mientras se llega el día en que «ya no habrá muerte, ni llanto ni dolor... porque el mundo viejo ha pasado» (Ap 21,4).

Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U.

domingo, 16 de julio de 2017

«La hermana Parti»... Vidas consagradas que dejan la huella de Cristo XII.

Hoy es día de la Virgen del Carmen, quiero recordar a una mujer maravillosa que conocí hace muchos años cuando ella ya estaba entrada en años y cuyo buen estado de su corazón, le permitió llegar a la edad de casi 106 años. Conviví con ella en muchísimas ocasiones, incluso hasta casi el final de su vida en la «Casa del Tesoro» en Guadalajara. Me refiero a la hermana Sor María del Carmen de la Pasión, mejor conocida como «La hermana Parti». 

María del Carmen Ruíz Zaragoza nació en Cotija, Michoacán, México, en el año 1909. Allí en esa tierra que constantemente recordaba a lo largo de su vida religiosa, realizó sus estudios básicos. Estudió la carrera de Enfermería en la Universidad de San Luis Potosí, con la especialidad en Obstetricia, la que practicó algún tiempo antes de entrar al Convento.

La historia de «La hermana Parti» es muy singular, empezado por el hecho de que las fechas exactas de su nacimiento y de su bautismo nunca se supieron con exactitud, debido a que los archivos de aquellos años fueron incendiados durante las revueltas de la revolución mexicana. Sólo existen certificados con unos cuantos testimonios en los que ha quedado confirmada la fecha de su nacimiento. El único libro de archivos que en el pueblo se pudo rescatar, fué el del libro de confirmaciones, así que de ella se conserva el acta de su confirmación.

María  del Carmen ingresó a la congregación de las Misioneras Clarisas en 1950 en Cuernavaca. Apenas terminado su noviciado, fue destinada a la casa de Puebla, en donde continuó estudios de Normal. Allí le fue encomendada la dirección de la Escuela Primaria de la Colonia de Analco, una escuelita que apoyaba  la Universidad Femenina del Puebla. Ella, apoyada por otras maestras seglares vivió se entregó con todo su amor a la atención de niños pobres, porque esa era la finalidad de esa escuela, ayudar a los más necesitado. Trabajó allí, combinando todo con su vida de oración y mortificación, hasta el año de 1971. Muchos de sus ex-alumnos de aquellos años, la recordarán siempre con cariño y con una inmensa gratitud.  Incluso se sabe que algunos, cuando se enteraron de su muerte, dejaron correr las lágrimas. 

Al concluir su misión educativa en Puebla, fue trasladada a Huatabampo, Sonora. Allá continuó con la misma labor educativa, pero ahora en la escuela primaria  del Colegio Sonora. Ejerció el magisterio también en Monterrey. Estuvo también durante varios periodos de su vida en la comunidad de Guadalajara realizando otro tipo de tareas además de vivir plenamente su vida consagrada con una alegría sensacional que contagiaba. Luego fue cambiada a Cuernavaca para volver a ejercer ahí la enfermería, en el dispensario médico que, hasta la fecha, tiene esa comunidad. En la Casa Madre, extendió sus servicios hasta la atención de las hermanas enfermas,  llamando la atención el hecho de que no se eximía de las labores domésticas que siempre se requieren en una comunidad religiosa. También durante algunos años, fue dedicada a misiones populares en distintos estados de la República. Le gustaba mucho trabajar en los diversos apostolados de la Iglesia y se preparaba con entusiasmo para lo que fuera.

Pero... ¿Dé dónde viene eso de llamarla «La hermana Parti»? Ella misma lo contaba con sencillez y llena de risa. Resulta que cuando era una joven religiosa, para salir a la calle era común que las religiosas no utilizaran el hábito, pues debido a la persecución religiosa, que había hecho estragos en la Iglesia, el gobierno no autorizaba el uso de sotanas y hábitos por las calles. Así que si había necesidad de salir por algo, ella —con la misma sencillez que conservó hasta el final de sus días— preguntaba a la beata María Inés: —Nuestra Madre: ¿nos vamos a ir así o de «particulares» (refiriéndose a la ropa de seglar). Y Nuestra Madre la beata María Inés se reía y le decía: —De «particulares» sor Carmen. 

Es más, las hermanas contemporáneas de la hermana Carmen, cuentan que un día, dado que era muy común que cuando se dirigían a elle le decían «Parti» —y que algunas personas pensaban que así se llamaba—, Madre Inés, en un momento de conferencia que estaba dando a sus hijas religiosas les dijo: —Ya no le estén diciendo a la hermana Carmen «Parti», ella se llama Carmen. Y dirigiéndose a la hermana Carmen le dijo: — Y tú «Parti», no dejen que te digan... «Party». La beata se dio cuenta de que ella también le decía así de cariño. Toda la comunidad se echó a reír y ya no hubo remedio, sor Carmen siguió siendo cariñosamente conocida como «La Parti». Con sencillez recordaba y contaba ella misma aquella anécdota, hasta exagerar con gracia el saberse muy querida por la Beata Madre Fundadora. En una carta que la beata le dirigió en 1971 le decía: «Gracias hija, por tus sentimientos de adhesión y buena disposición para lo que la obediencia pida de ti. Sé que Carmelita siempre está dispuesta y esto es para una Madre el mejor regalo que puede recibir».

Dotada por el Señor con muchas cualidades humanas y con un serio y profundo espíritu de piedad, la hermana Carmen transmitía en pequeños y grandes, con mucha sencillez, el gozo de su vocación. Siempre conservó esa característica de una simpatía especial y muy natural en ella, aún para comunicar sus experiencias espirituales. Le encantaba la poesía y el canto. A la primera invitación o insinuación que le pedía un canto o una recitación, para complacer a sus hermanas de comunidad o a alguna otra persona, reaccionaba con sencillez y alegría. Donde estaba «La hermana Parti» estaba la alegría. Esto lo hizo incluso hasta cuando ya estaba postrada en cama y con la voz muy débil.

Especialmente en sus últimos años de vida, a pesar de que la salud se le iba con rapidez, siempre se mantuvo de buen humor,  tratando de participar en la vida comunitaria, rezando y «haciendo rezar» a quien se le pusiera enfrente, sin quejarse de lo que ella pudiera estar sufriendo y consciente siempre de ser una mujer consagrada a Dios. La última etapa de su vida la pasó en la «Casa del Tesoro» en Guadalajara, como dije al inicio. La gente que la había conocido de años atrás allí mismo en Guadalajara, preguntaba siempre por ella y algunas se iban llorando y se alegraban de haberla visto todavía con vida. Allí, el 25 de marzo de 2003, celebró sus Bodas de Oro como consagrada. A estas alturas de la vida, evangelizaba de una forma muy sencilla haciendo separadores con pequeños recortes que ella misma hacía como podía y juntaba latas vacías, para hacer lapiceras, botecitos para guardar clips, etc... ¡Hay quienes conservan aún esos presentes que con tanto cariño y sencillez les hizo!

Su deterioro físico fue muy acelerado luego de haberle celebrado sus 100 años de vida en una fiesta sencilla, rodeada del cariño de las hermanas religiosas, los Vanclaristas y muchos de sus familiares y amigos. Poco a poco se fue apagando hasta el punto de que ya no pudo emitir ningún sonido, agotándose sus fuerzas hasta el máximo. Ella, que siempre había gozado de mucha salud, al final de sus días, vio llegar la  aparición de la insuficiencia renal y pulmonar, que se abrazaron al desgaste normal de su cuerpo por la avanzada edad. 

El día 7 de marzo de 2014, entregó su alma al Señor, rodeada del cariño de las hermanas de la comunidad que, con cantos y oraciones la acompañaron en sus últimos momentos de dolor para despertarse a la alegría del feliz encuentro con su Dios. Ya Nada la ataba a las cosas de la tierra, le esperaba la felicidad eterna y la corona de gloria que mereció por su fidelidad en sus 65 años de vida consagrada.

P. Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U.

jueves, 6 de julio de 2017

«LA FUERZA DEL MISIONERO ESTÁ EN SABER VIVIR A LA ESPERA»... Enfermedad, ancianidad y misión X.


¡Cómo agradezco al Señor que me haya concedido esta gracia de compartir esta serie de reflexiones! ¡Cómo agradezco también el regalo de compartir la fe con quienes llevan la cruz de la enfermedad, de la ancianidad u otra clase de debilidad para que esa fe se haga más fuerte y más firme en mi corazón de padre, de hermano, de amigo y en la de cada uno de ustedes! 

En la reflexión anterior hablé de la Eucaristía, que es la Acción de Gracias por excelencia. Es deber nuestro, ser agradecidos. Gracias por su paciencia al leer estas reflexiones. Gracias a quienes me facilitaron el material necesité. Gracias a tanta gente que ora por todos los enfermos, incluido yo por supuesto, en diversas partes del mundo.

Con esta reflexión, más breve que las anteriores, cierro este ciclo de reflexiones en torno a la enfermedad, la ancianidad y la misión que tenemos como bautizados. Ahora, creo yo, después de leer estas reflexiones, nos damos cuenta de que el Señor ilumina nuestro propósito de re-estrenar cada día la vida, con su Palabra, aceite que mantendrá encendido en nuestros corazones el deseo de mantenernos despiertos para esperar al Esposo de nuestras almas, viviendo día a día a la sorpresa de Dios.

Nada es casualidad en este mundo, todo es «dioscidencia» como dice Dennis, una buena amiga y excelente comadre, mamá de un sacerdote que es mi ahijado. ¡Que hermoso nos ha hablado san Pablo en estos días. ÉL ahora nos dice: «Lo que Dios quiere de ustedes es que se santifiquen» (1 Tes 4,3).

Pienso ahora en aquel Evangelio de las Vírgenes Prudentes (Mt 25,1-13). Esas damas de honor de la novia, jóvenes no casadas, vírgenes que esperaban a la entrada de la casa de la novia la llegada del esposo. El evangelista nos dice que eran diez, cinco eran necias, pues no traían aceite suficiente, y cinco eran prudentes, pues fueron previsoras y cautas. Unas y otras se durmieron, pues no sabían cuanto podría durar la espera. Pero, cuando a medianoche se oyó la voz: «Ya llega el esposo» (Mt 25,6), sólo las que habían llevado el aceite de reserva estaban preparadas para salir a su encuentro.

Dios habla al corazón, y nos enseña que no basta haber iniciado el camino que nos lleva a Cristo Esposo: es preciso mantenernos en él. con un alerta continuo, porque la tendencia del que sufre, del que está enfermo, del que experimenta el dolor o la ancianidad, es la de suavizar la entrega que lleva consigo la vocación cristiana específica que vive.

Casi sin darnos cuenta, al menor descuido se introduce en el alma el deseo de hacer compatible el seguir de cerca de Cristo con un ambiente flojo, despreocupado en el campo espiritual. Cuantos cristianos de nuestros tiempos, incluso sanos y gozando de sus plenas facultades, se han volcado al confort y a la comodidad, perdiendo el espíritu de sacrificio; muchos de los consagrados incluso, al iniciar el camino vocacional, están llenos de buen espíritu, pero se cansan pronto, y no llegan despiertos y con aceite suficiente para recibir al Esposo.

¡Qué pena! Si no estamos atentos en la espera, el Señor nos encontrará sin el brillo de las buenas obras, dormidos y con la lámpara apagada, sin aceite de reserva. El aceite que puede mantener nuestras lámparas encendidas es la Palabra de Dios, Palabra que alienta y conforta, Palabra que cuestiona y corrige, Palabra que abre los ojos y el corazón para despertar y contemplar a Jesús. Ese aceite es La Eucaristía, centro de la vida del Cristiano. Ese aceite es el amor a María, la primera en creer. Ese aceite es la oración.

Al concluir estas reflexiones, cada uno habremos de ser muy sinceros con Dios y con sí mismos, para estar abiertos a sus requerimientos, combatiendo toda tentación. Quien le quiera sacar la vuelta al sacrificio, a la abnegación, a la abyección; quien se deje llevar solamente por ansias de satisfacciones personales; quien sucumba ante la tentación de hacer a una lado la cruz, no encontrará las fuerzas necesarias para darse todo a Dios y salvar almas, muchas almas, infinitas almas.

El Señor, al terminar esta serie de reflexiones, nos pide perseverancia y fidelidad en el amor, en lo próspero y en lo adverso, en la salud y en la enfermedad; porque Él es el Esposo de cada alma. Hay que empezar una nueva vida, sin desánimos, sin desaliento. Cuando el discípulo-misionero pierde la actitud de espera, cede al pecado venial y deja que se enfríe la esperanza de la llegada del Esposo, se queda a oscuras; sin luz para sí mismo y para los demás. Cuando se va dejando a un lado el espíritu de mortificación y se descuida la oración…, la luz se debilita y termina por apagarse. 

No está el gozo de la vocación cristiana en haber comenzado –incluso con mucho fervor– a vivir la fe, sino en perseverar, en recomenzar una y otra vez. El deseo de amar siempre más a Cristo, la lucha contra los defectos y flaquezas recomenzando una y otra vez, mantendrá la lámpara encendida aunque sea tiempo de dormir. El aceite de la vasija, Palabra, Eucaristía, María, oración, etc., no permitirá que se apague el brillo de la vocación de hijos de Dios y hermanos en Cristo, que debe lucir siempre en nuestras vidas, hasta el último momento.

Hay un dicho en latín que dice: «Frater qui adiuvatur a fratre, quasi civitas firma», es decir: «El hermano ayudado por su hermano es tan fuerte como una ciudad amurallada». No olvidemos que los cristianos bautizados somos familia en la fe, una comunidad que atiende a san Pablo que hoy nos dice: «Vivan como conviene, para agradar a Dios» (1 Tes 4,1).

Amemos y protejamos nuestra comunidad eclesial con nuestra ofrenda de la enfermedad, con nuestro testimonio en la ancianidad, con nuestra firmeza en medio de la debilidad. Cada bautizado es muy valioso, cada uno, sano o enfermo, joven o anciano, fuerte o débil, tiene su lamparita, cada uno trae su aceite de reserva. Tal vez los discípulos-misioneros enfermos, ancianos y débiles son quienes traen más aceite, porque ayudan diariamente con su oración a todos los miembros de la Iglesia a mantenerse firmes en la espera; porque el Esposo llegará sin avisar.

Si la comunidad de creyentes vive así, viene también María, la Virgen que iluminando el andar, con la lámpara más potente que todas las que podamos imaginar, nos introducirá en el banquete de bodas, en el Amor sin medida y sin fin, cuando llegue el momento justo. Estemos pues preparados… porque no sabemos ni el día, ni la hora (Mt 25,13).

Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U.

ALGO DE BIBLIOGRAFÍA QUE PUEDE SER ÚTIL

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“Juan Pablo II, ese desconocido”,
Ed. Planeta,
Barcelona 19984.

Valentina Alazraki,
“En nombre del amor, Juan Pablo II, memoria de un hombre santo”, 
Ed. Planeta,
México 2006.

Stanislaw Dziwisz – Czeslaw Drazek – Renato Buzzonetti – Angelo Comastri,
“Dejadme ir a la Casa del Padre, (La fuerza en la debilidad de Juan Pablo II”,
Ed. San Pablo ,
México, 2006.

«LA FUERZA DEL MISIONERO ESTÁ EN EL AMOR A MARÍA Y A LA EUCARISTÍA»... Enfermedad, ancianidad y misión IX.


He escrito en la reflexión anterior, del tema de la Cruz, y ahora viene a mi mente un himno latino, que evidencia el vínculo entre la cruz y la Eucaristía , es el Ave verum. Una obra compuesta en el siglo XIII para acompañar la elevación de la Hostia en la Santa Misa. Se presta ahora para que piense en la elevación de Cristo en la cruz, porque en el momento de la Consagración ya no se permite tocar música alguna durante la Celebración Eucarística. Son apenas cinco versos, cargados sin embargo de mucho contenido:

Ave verum corpus natum de Maria Virgine
Vere passum, immolatum in cruce pro homine
Cuius latus perforatum fluxit aqua et sanguine
Esto nobis praegustatum mortis in examine
O Iesu dulcis, o Iesu pie, o Iesu fili Mariae!

¡Salve, verdadero cuerpo nacido de María Virgen! 
Verdaderamente atormentado e inmolado en la cruz por el hombre.
De tu costado traspasado brotó agua y sangre.
Sé para nosotros prenda en el momento de la muerte.
¡Oh Jesús dulce, oh Jesús piadoso, oh Jesús, hijo de María!

Quiero invitarles, en esta reflexión, a detenernos un poco en este himno. El primer verso proporciona la clave para comprenderlo todo. Berengario de Tours ( c. 1000 – 1088) fue un religioso y teólogo francés que negó por mucho tiempo la realidad de la presencia de Cristo en el signo del pan, reduciéndola a una presencia simbólica, cuestión de la que al final de su vida se arrepintió y murió dentro de la fe y dogmas de la Iglesia. Para quitar todo pretexto a esta herejía el canto afirma, en las primeras líneas, la identidad total entre el Jesús de la Eucaristía y el de la historia. El cuerpo de Cristo presente en el altar es definido «verdadero» (verum corpus) para distinguirlo de un cuerpo puramente «simbólico» e incluso del cuerpo «místico» que es la Iglesia. Todas las expresiones siguientes en este hermoso canto, se refieren al Jesús terrenal: nacimiento de María, pasión, muerte, traspasamiento del costado. El autor se detiene en este punto; no menciona la resurrección porque ésta podría hacer pensar en un cuerpo glorificado y espiritual, y por lo tanto no lo suficientemente «real».

Hoy la teología ha vuelto a una visión más equilibrada de la identidad entre el cuerpo histórico y el eucarístico de Cristo, e insiste en el carácter sacramental, no material —si bien real y sustancial— de la presencia de Cristo en el sacramento del altar. 

Pero, aparte de esta diferente acentuación, permanece intacta la verdad de fondo afirmada por el himno. El Jesús nacido de María en Belén es el mismo que «pasó haciendo el bien a todos» ( Hch 10,38) y es el mismo que murió en la cruz y resucitó al tercer día. Ese Cristo es el mismo que está presente hoy en el mundo, acompañando al que sufre, al que está solo, al que está enfermo. La Eucaristía es el modo inventado por Dios para ser para siempre el «Emmanuel», Dios-con-nosotros. ¡Cuántos enfermos se sienten confortados con el Pan del Cielo! ¡Cuántos ministros ordinarios y extraordinarios recorren el mundo llevando a Jesús para dar consuelo y para fortalecer tantos corazones!

La presencia de Jesús en la Eucaristía no es una garantía y una protección sólo para la Iglesia, sino para todo el mundo. ¡Dios está con nosotros!. «Dios ha reconciliado al mundo consigo en Cristo, no tomando en cuenta las transgresiones de los hombres» dice san Pablo, a quien constantemente hemos recurrido estos días (2Co 5,19). Cristo viene al mundo entero, no a una parte; a todos los hombres, no a un solo pueblo. Dios está con nosotros: Esto es que Dios está de parte del hombre, es su amigo y aliado contra las fuerzas del mal. Es el único que personifica todo y en especial el frente del bien contra el frente del mal. Esto ha dado la fuerza a mucha gente como Dietrich Bonhoeffer (1906 – 1945), el pastor protestante y teólogo luterano que, como líder religioso alemán, participó en el movimiento de resistencia contra el nazismo. Bonhoeffer,, fue arrestado y encarcelado. Mientras estaba preso fue acusado de pretendidamente haber formado parte en los complots planeados por miembros de la Abwehr (Oficina de Inteligencia Militar) para asesinar a Adolf Hitler y por esa razón fue finalmente ahorcado. En la cárcel y en espera de la sentencia de muerte escribió: «Envueltos de maravilla por fuerzas amigas esperamos con calma lo que ocurra. Dios está con nosotros en la noche y en la mañana, estará con nosotros cada nuevo día». 

«No sabemos —escribió San Juan Pablo II, a quien también hemos recurrido tanto en estos días— qué acontecimientos nos reservará el milenio que está comenzando, pero tenemos la certeza de que éste permanecerá firmemente en las manos de Cristo, el “Rey de Reyes y Señor de los Señores" (Ap 19,16)» (Cf. Novo millennio ineunte).

Siguiendo con este himno, tras el saludo inicial, viene la invocación: «Esto nobis praegustatum mortis in examine», que traducido sería «Sé para nosotros, oh Cristo, prenda y anticipo de vida eterna en la hora de la muerte». Ya el mártir Ignacio de Antioquía llamaba a la Eucaristía «medicina de inmortalidad», o sea, remedio a nuestra mortalidad. En la Eucaristía tenemos «la prenda de la gloria futura»: «et futurae gloriae nobis pignus datur». 

Algunas investigaciones recientes, han revelado un hecho extraño: hay, entre los creyentes, personas que creen en Dios, pero que no creen en una vida para el hombre después de la muerte. ¿Pero cómo se puede pensar algo así? Cristo, dice la Carta a los Hebreos, murió para procurarnos «una redención eterna» (Hb 9,12), ¡no temporal, sino eterna! Se objeta, para sostener eso, que nadie ha vuelto jamás del más allá para asegurarnos que existe de verdad y que no se trata sólo una piadosa ilusión. ¡Pero esto no es cierto! Hay uno que cada día vuelve del más allá para asegurarnos y renovar sus promesas si sabemos escucharle. Aquél hacia el cual estamos encaminados, nos sale al encuentro en la Eucaristía, para darnos una muestra (praegustatum!) del banquete final del reino.

Debemos gritar al mundo esta esperanza, para ayudarnos a nosotros mismos y a los demás, a vencer el horror que nos provoca la enfermedad y la muerte, y reaccionar al sombrío pesimismo que flota en nuestra sociedad. Se multiplican los diagnósticos desesperados sobre el estado del mundo: «un hormiguero que se desmorona», «un planeta que agoniza» «un mundo que se extingue»... La ciencia traza con detalles cada vez mayores el posible escenario de la disolución final del cosmos. «Se enfriará la tierra y los demás planetas, se enfriará el sol y las demás estrellas, se enfriará todo... Disminuirá la luz y aumentarán en el universo los agujeros negros... La expansión un día se agotará y comenzará la contracción y al final se asistirá al colapso de toda la materia y de toda la energía existente en una estructura compacta de densidad infinita. Ocurrirá entonces el Big Crunch o gran implosión, y todo volverá al vacío y al silencio que precedió a la gran explosión o Big Bang, de hace quince mil millones de años...» sostienen algunas teorías. 

Nadie sabe si las cosas se desarrollarán verdaderamente así o de otra forma. En cambio la fe nos asegura que, aunque así fuera, no será ese el final total. Dios no ha reconciliado al mundo consigo para abandonarlo después a la nada; no ha prometido permanecer con nosotros hasta el fin del mundo para después retirarse, solo, en su cielo, cuando este fin acontezca. «Con amor eterno te he amado», aseguró Dios al profeta en las Sagradas Escrituras (Jr 31,3), y las promesas de «amor eterno» de Dios, no son como las del hombre. 

Prosiguiendo idealmente la meditación del «Ave verum», el autor del también hermoso himno «Dies irae», eleva a Cristo una abrasadora oración que en ninguna otra reflexión, como en ésta, podemos hacer nuestra: «Recordare, Iesu pie, quod sum causa tuae viae: ne me perdas illa die»: «Acuérdate, oh buen Jesús, que por mí subiste a la cruz: no permitas que me pierda en ese día». «Quaerens me sedisti lassus, redemisti crucem passus: tantus labor non sit cassus»: «Al buscarme, te sentaste un día cansado en el pozo de Siquem y subiste a la cruz para redimirme: que tanto dolor no sea malgastado». 

El «Ave verum» se cierra con una exclamación dirigida a la persona de Cristo: «O Iesu dulcis, o Iesu pie». Estas palabras nos presentan una imagen exquisitamente evangélica de Cristo: el Jesús «dulce y piadoso», esto es, clemente, compasivo, que no parte la caña quebrada y no apaga la mecha mortecina (Cf. Mt 12,20). El Jesús que un día dijo: «Aprendan de mi, que soy manso y humilde de corazón» (Mt 11,29). La Eucaristía prolonga en la historia la presencia de este Jesús. 

La última invocación del Ave verum evoca la persona de la Madre: «O Iesu filii Mariae». Dos veces es recordada, en el breve himno, la Virgen María: al principio y al final. Por lo demás, todas las exclamaciones finales del himno son una reminiscencia de las últimas palabras de la Salve Regina: «O clemens, o pia, o dulcis virgo Maria»: «oh clemente, oh pía, oh dulce Virgen María». La insistencia en el vínculo entre María y la Eucaristía no responde a una necesidad sólo devocional, sino también teológica. Nacer de María fue, en tiempo de los Padres, el argumento principal contra el docetismo, herejía que negaba la realidad del cuerpo de Cristo. Coherentemente, este mismo nacimiento, atestigua ahora la verdad y realidad del cuerpo de Cristo presente en la Eucaristía.

San Juan Pablo II, que vivió siempre amando a María y martirizado por los alfilerazos del dolor y de la enfermedad muchos años de su vida, concluye su carta apostólica «Mane nobiscum Domine», remitiéndose precisamente a las palabras del himno: «El Pan eucarístico que recibimos —escribe el santo Papa— es la carne inmaculada del Hijo: “Ave verum corpus natum de Maria Virgine”. Este Papa nos recordó que a María se la descubre partiendo de Jesús. «Repasando los pasos y gestos, meditando los discursos y documentos de Juan Pablo II, se constata su afecto a María como fuente de inspiración que caracterizaba su camino en el seguimiento de Jesús» (Stanislaw Dziwisz – Czeslaw Drazek – Renato Buzzonetti – Angelo Comastri, “Dejadme ir a la Casa del Padre, La fuerza en la debilidad de Juan Pablo II”, Ed. San Pablo, México, 2006, p. 178).

En agosto de 2004, poco menos de un año antes de morir, san Juan Pablo II viajó al santuario mariano de Lourdes como un Papa enfermo, que quiso dar fuerza y esperanza a todos los hombres y mujeres también enfermos como él, y le pidió a la Virgen que le enseñara a quedarse con ella cerca de las numerosas cruces que hay en el mundo. Muchas veces pidió a la Virgen alrededor del mundo, la fuerza del cuerpo y del espíritu para cumplir hasta el final la misión que le había sido confiada por su Hijo Jesús. Desde que volvió a Roma de su primer viaje a México, siempre tuvo sobre su escritorio una imagen de la Virgen de Guadalupe, Madre del verdadero Dios por quien se vive.

Y ¿qué decir del amor entrañable de la beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento a la Virgen María? Bastará recorrer algunos de sus escritos para dejar que ella misma nos hable: «Todo este trabajo espiritual lo haré en unión de mi Madre del cielo; Ella seguirá siendo mi guía, mi consejera, mi amiga y mi Madre» (Ejercicios Espirituales de 1941). «Vayamos a nuestra Madre del Cielo para que ella nos enseñe y nos guíe» (Escrito sin fecha). «Que María santísima sea nuestra guía en el peregrinar en esta tierra, para que, guiadas por su mano, lleguemos con menos tropiezos al cielo» (Carta colectiva de marzo de 1978). «A Jesús por María, es el camino más corto, más dulce y más seguro… ¿Qué harías tú Madre mía, si estuvieras en mi lugar?... A todos les sugiero, les suplico esta dependencia habitual de María…» (Carta colectiva de marzo de 1963). «Gracias Madre por tu FIAT, gracias en mi nombre y en el de todas las criaturas, hasta las irracionales, de las inanimadas, porque tú eres Reina de todas; por Ti las crió el Altísimo, por Ti hizo tan hermosa la naturaleza; por Ti visitó las praderas y pobló los espacios y los mares; por Ti, por tu FIAT, hizo todo lo que existe”. “¡Qué grande eres Madre! ¡Cómo me siento feliz y dichosa de que Dios te haya escogido para que lo revistieras de nuestra pobre humanidad! Y escogiéndote a Ti por Madre suya, te hace también mi Madre, con lo que llega al colmo mi dicha» (Notas Íntimas).

San Pablo, con cierta reverencia, nos dice que Cristo vino a este mundo, «nacido de Mujer» (Gal 4,4), así llama Jesús a su Madre. En el misterio de Cristo, ella, su Madre, está presente ya antes de la creación del mundo y si en medio de la noche del dolor, de la enfermedad, del sufrimiento, buscamos a María, encontraremos necesariamente a Jesús. El antídoto para todos los daños que causa la ansiedad, la depresión y la soledad al hombre de hoy, es desarrollar un corazón más confiado en el Señor, un corazón como el de María, a quien le podemos suplicar siguiendo aquel canto: «Préstame tu corazón Virgen María, para hospedar a Jesús en este día». María Santísima, dice san Bernardo, vivió un martirio en el alma muy especial: «Por ventura no fueron peores que una espada aquellas palabras que atravesaron verdaderamente tu alma y penetraron hasta la separación del alma y del espíritu: "Mujer, ahí tienes a tu Hijo" (Jn 19,26)? ¡Vaya cambio! Se te entrega a Juan en sustitución de Jesús, al siervo en sustitución del Señor, al discípulo en lugar del Maestro, al hijo de Zebedeo en lugar del Hijo de Dios, a un simple hombre en sustitución del Dios verdadero. ¿Cómo no habrían de atravesar tu alma, tan sensible, estas palabras, cuando aun nuestro pecho, duro como la piedra o el hierro, se parte con solo recordarlas? No os admiréis, hermanos, de que María sea llamada mártir en el alma. Que se admire el que no recuerde haber oído como Pablo pone entre las peores culpas de los gentiles el carecer de piedad. Nada más lejos de las entrañas de María, y nada más lejos debe estar de sus humildes servidores» (San Bernardo, Sermón en el domingo de la infraoctava de la Asunción, 14-15: Opera omnia, edición cisterciense, 5 [1968], 273-274).

Me parece un regalo especial que el documento de «Aparecida», fruto de la V Conferencia del CELAM, que es la última que ha habido, nos diga lo siguiente casi al final del documento: «Nos ayude la compañía siempre cercana, llena de comprensión y ternura, de María Santísima… Que nos enseñe a salir de nosotros mismos en camino de sacrificio, amor y servicio, como lo hizo en la visitación a su prima Isabel, para que, peregrinos en el camino, cantemos las maravillas que Dios ha hecho en nosotros conforme a su promesa» (n. 553).

Ahora termino esta reflexión mal hilvanada. Todo tiempo es un tiempo de gracia y con la ayuda de María, cada uno, en la visita inesperada de Dios en la enfermedad o en la ancianidad, recibimos un nuevo impulso para ofrecerlo todo reconociendo cada vez más en la Eucaristía la fuente y la cumbre de toda nuestra vida de bautizados. La beata Madre Inés nos invita a ver a María y a contemplarla con Jesús, el Pan de Vida entre sus manos para decirle «que abogue por nosotros, que pida interiormente a su Hijo una mirada de compasión… y que nos permita imprimir a todos en su manita, un ardiente beso, del que salgamos transformados, cambiados por completo» (Ejercicios Espirituales de 1941) .

Concluyamos volviendo al himno que ha dado pie a mi reflexión. El signo más claro de la unidad entre Eucaristía y misterio de la cruz, es que nosotros podemos ahora emplear las palabras del Ave verum, sin cambiar una sílaba, para saludar a Cristo, a quien en la Eucaristía lo veremos elevado ante nosotros. Humildemente, por ello les invito a unirse a mí y proclamar en voz alta, con conmovida gratitud y en nombre de todos los hombres redimidos por Cristo:

¡Salve, verdadero cuerpo nacido de María Virgen! 
Verdaderamente atormentado e inmolado en la cruz por el hombre.
De tu costado traspasado brotó agua y sangre.
Sé para nosotros prenda en el momento de la muerte.
¡Oh Jesús dulce, oh Jesús piadoso, oh Jesús, hijo de María!

Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U.