Mostrando entradas con la etiqueta Madre. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Madre. Mostrar todas las entradas

viernes, 10 de mayo de 2019

«Por el día de las madres»... Un pequeño pensamiento para hoy

Hoy en México —desde donde escribo— y en otros países, se celebra el día de las madres y, de entrada, me encuentro con la belleza del salmo 116 [117]), el salmo más pequeño de los 150 que están en la Biblia y que se hace grande en este día especial por su invitación a vivir de fe, esperanza y amor universal y por acercarnos a la maternidad de Dios. Porque, como siempre se nos ha enseñado, Dios es Padre y Madre y, para entender esto, basta acercarnos a la Sagrada Escritura desde nuestra experiencia en cuanto a la presencia del cuidado materno que hemos tenido cada uno y pensar en ese don especial de dar vida. Las mujeres han sido creadas con unos dones especiales para ser y vivir esta misión maravillosa de la maternidad que los hombres no tenemos. Esta misión de ser madre, no se reduce exclusivamente a lo biológico, sino, también a todos los cuidados que se prodigan y que brotan de una sensibilidad especial que ha sido puesta por Dios en toda mujer. Por eso siento que podemos celebrar este día con el salmista cuando dice, refiriéndose a ese amor divino: «Porque grande es su amor hacia nosotros y su fidelidad dura por siempre». 

En el original de este salmo —en hebreo— el texto del salmo se limita solamente a 17 palabras en cada una de las cuales se descubren las bendiciones del Señor y su amor incondicional por las naciones. Con lazos de eternidad Dios se compromete con su pueblo como una madre, porque «yo soy el que soy» o, como dice el profeta Oseas: Dios es el pino siempre verde que alimenta las raíces de su pueblo para que sean tan firmes como el monte Líbano. (cf. Os 14,5) y así es una mamá. La Biblia pone también en boca de Dios: «Como uno a quien su madre consuela, así yo los consolare» (Is 66,13). Quiero compartir hoy una reflexión que me encontré y que he adaptado en este rato de oración, para dar gracias por el don de la maternidad que es reflejo de este amor incondicional que Dios nos tiene: «Se requiere alguien para el puesto de «mamá». Para este puesto se necesita que la solicitante afortunada realice y coordine las siguientes funciones: Acompañante, consejera, directora, administrativa, agente de compras, enfermera, cocinera, decoradora, limpiadora, chofer, supervisora del cuidado de los niños, trabajadora social, psicóloga y organizadora de recreaciones. La solicitante debe tener una auto-motivación ilimitada y el más fuerte sentido de responsabilidad si quiere tener éxito en este trabajo. Debe ser independiente y con iniciativa, capaz de trabajar aisladamente y sin supervisión. Ser eficiente en el manejo de personas de todas las edades y apta para trabajar en condiciones de estrés durante largos períodos, si fuera necesario. También debe contar con la flexibilidad suficiente para hacer un gran número de tareas conflictivas al mismo tiempo sin cansarse y con la adaptabilidad para manejarse sin problemas en los distintos cambios del desarrollo de la vida de los hijos, incluyendo emergencias y crisis serias. Debe ser capaz de comunicarse acerca de un sin número de asuntos con gente de todo tipo, incluyendo: burócratas, maestros de escuela, médicos, dentistas, trabajadores, comerciantes, adolescentes y niños y estar preparada para seguir ejerciendo siendo abuela y bisabuela. 

Debe ser competente en los oficios arriba mencionados, sana, creativa y extrovertida para alentar y ayudar al desarrollo físico y emocional de los miembros de la familia. Debe tener imaginación, sensibilidad, calor, amor y comprensión, ya que será la responsable del bienestar mental y emocional de los demás miembros de la familia. Su horario de trabajo será simplemente todo el tiempo en que permanezca despierta, así como turnos de veinticuatro horas cuando sea necesario. No hay salario o sueldo fijo, el gasto será negociado de vez en cuando. Se le puede requerir que consiga un segundo trabajo además del que se anuncia ahora, para ayudar al sostenimiento de casa. El puesto no ofrece ninguna vacación garantizada, ni siquiera por enfermedad o largo servicio. No hay seguro de vida o por accidentes. Tampoco se ofrece compensación alguna»... Y, ¿cuántas han tomado este puesto? Conozco muchas, y le doy gracias a Dios por esas mamás que, con su infinito amor, han tomado el empleo, pues solo ellas pueden pasar por todo lo anterior y mucho más con tal de que sus hijos se encuentren bien. Con toda mi admiración y cariño para cada una de las mamás, ofrezco hoy todo mi día en gratitud. Pido por las mamás vivas y difuntas y pienso que esta tarea, que trasciende más allá de lo que este escrito que me encontré dice, es tan valiosa, que... hasta el mismo Dios quiso tener una. ¡Bendecido viernes y feliz día de las madres a quienes viven esta hermosa vocación! 

Padre Alfredo.

martes, 15 de agosto de 2017

«La asunción de María a los cielos»... Un pequeño pensamiento para hoy

¡Feliz fiesta de la asunción de María a los Cielos! Yo creo que lo mejor y más significativo de este día, en que recordamos que la Santísima Virgen fue llevada a los cielos y que es dogma de fe, está contenido en el relato del Evangelio que la liturgia nos propone: El Magníficat (Lc 1,39-56). Este cántico maravilloso que nos ha quedado como el testamento de la Madre de Dios, quien acepta, con fe, el proyecto salvífico de Dios.. Es lo que Ella nos diría como compendio de su experiencia de Hija predilecta del Padre, Madre de Cristo, Madre nuestra y Esposa fiel del Espíritu Santo. El Catecismo de la Iglesia Católica nos dice que «la Asunción de la Santísima Virgen constituye una participación singular en la Resurrección de su Hijo y una anticipación de la resurrección de los demás cristianos» (Nº. 966). ¡Qué esperanza tan hermosa!

La Virgen fue llevada a los alto de los cielos para gozar por siempre de la contemplación de Dios que es, sobre todo, fuente de alegría y de salvación. En el Magníficat Ella nos dice: «Se alegra mi espíritu en Dios mi salvador» (Lc 1,47). Para Ella Dios es Amor sin límites: Su misericordia se derrama de generación en generación (Lc 1,50) porque Él ha derribado del trono a los poderosos y enaltecido a los humildes (Lc 1,52). María —como queda consignado en este maravilloso cántico— es una mujer perpetuamente «enamorada de Dios». Esa es la fuerza que impulsa la teología de la asunción de María. Ella ha sido llevada al cielo y nos enseña que si se cuenta con Dios en la vida, todo es posible. Ella, con su asunción, nos enseña que Dios es la fuerza de los que no son nada en esta sociedad siempre instalada, de los que no tienen nada en este mundo materialista, de los que, como Ella, no depositan su confianza en los poderes pasajeros, sino que se enamoran perpetuamente de los planes de Dios.

Sabemos que la Asunción de María en cuerpo y alma al cielo es un Dogma de nuestra fe católica, expresamente definido por el Papa Pío XII, una verdad de obligatoria creencia para todo Católico. Por el Dogma de la Asunción sabemos que María, «terminado el curso de su vida terrena, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial» (de la Bula que declara el Dogma de la Asunción el 1-11-1950). No sabemos si la Santísima Virgen murió o no. La Iglesia celebra que su cuerpo no quedó sometido a la corrupción del sepulcro y que ha sido ya glorificado. EN sus Notas Íntimas, la beata María Inés escribe: «Ir al Cielo con Ella (María) en raudo vuelo, es para mi alma cuestión de un instante».¡Vayamos es espíritu al cielo para celebrarla! Un buen día de entre semana para ir a Misa y dar gracias por el regalo de María. En Costa Rica y en otras naciones hoy es «Día de las Madres» y por algo será hoy... ¡Felicidades a todas las mamás! Feliz fiesta de la asunción de María este martes 15 de agosto de 2017.

Padre Alfredo.

martes, 31 de mayo de 2016

«EN EL CORAZÓN DE LA IGLESIA, CON MARÍA REINA»... Un tema mariano de reflexión


El Evangelio, en realidad, nos presenta muy pocos aspectos de la vida de María Santísima, la Madre Dios y Reina del Cielo, en su vida terrena. Allí, entre algunos renglones de los evangelistas, nos encontramos a la Virgen creyente que, evangelizada antes de que naciera el Evangelio de Dios, trae, hasta nuestros días, el amor de su Hijo “pan partido”. 

Me doy cuenta, que uno no puede uno dejar de hablar de la Virgen Madre en todo tiempo. En el solo Magnificat, que publica su propia experiencia de Dios, pudiera quedarse uno días enteros haciendo una profunda reflexión. ¡Con razón los santos no se cansan de hablar de ella! Basta ver la vasta doctrina de la beata María Inés Teresa y darse cuenta cómo está impregnada de esa presencia mariana.

La Virgen, experta en el Dios al que ha dado cobijo en su seno, nos habla al corazón acerca de su Hijo y de sus amores desde el momento de la anunciación, que fue posible gracias a su fe, iniciando y recorriendo un camino durante el cual crece su Hijo a la par de la oscuridad en su corazón. La presentación de Jesús niño en el templo es, en este proceso de crecimiento, un signo premonitorio de una vía aún más dolorosa. María tendrá que convivir en casa con un Hijo que se sabe de Dios, pero que le está sujeto por un tiempo. 

El distanciamiento entre Jesús y María es palpable, luego de que el Mesías dejó el hogar para tener el reino como tarea de por vida; Jesús eligió como familia propia a los oyentes de Dios, en presencia de su Madre (la primera entre todos) y sus hermanos (dígase primos y demás familiares). Y antes de morir, y sin pedirle consentimiento,  la dejó cuidando del discípulo más amado y de todos nosotros. En su última aparición dentro del Nuevo Testamento María se queda compartiendo esperas y oraciones con los apóstoles; la comunidad de creyentes es la meta de su peregrinar.

Semejante aventura personal de fe ha convertido a la Santísima Virgen María en la mejor pedagoga para la infancia: la de Jesús, la de la fe incipiente de los discípulos, la de la comunidad cristiana... la de san Luis María Griñón de Montfort, la de san Juan Pablo II, la de la beata María Inés Teresa, la de su santita predilecta santa Teresita, y la nuestra. María está allí, como «Reina y Madre» donde haya de nacer el Salvador, donde se precise cuidar sus primeros pasos viéndolo crecer. En realidad, entonces, es acercándose a María como se puede vivir la llamada “infancia espiritual”, porque al ver a María tan de cerca, se entiende que hay que hacerse como niños para entrar el Reino de los Cielos (Mt 18,3).

Sí, María encuentra un lugar para quedarse y reinar allí donde haya de nacer la fe en el corazón de los discípulos, aunque sea a costa de anticipar el día del Señor y su gloria. Quienes quieran seguir más de cerca a Jesús hoy, necesitan tener a María como reina de sus corazones si quieren, curándose de su curiosidad, convertirse en creyentes. María pertenece reina allí donde nace y crece la iglesia llena siempre de miedos y de esperanzas, allí donde la iglesia vibra en oración y entre la koinonía de los apóstoles. Huérfana de María, no podría, una iglesia que se sabe enviada al mundo, soportar la espera del Espíritu sin perder la esperanza. Por esta y muchas razones a ella se le llama «Reina».

Hoy, la Iglesia del tercer milenio, sigue encontrando en ella una memoria activa y materna que le recuerda y le hace efectiva su fe y su esperanza. San Juan Pablo II hablaba, en su documento "Pastores Gregis" de “María, «memoria» de la Encarnación del Verbo en la primera comunidad”. (PG 14).

Para María, nuestra vida en Cristo sigue siendo su primera y principal preocupación, de manera que cada uno llegue a ser «otro Cristo». Para ella, cada uno somos un hijo «único» en el que ella quiere reinar y ver a su Hijo Jesús. La Iglesia de hoy se siente siempre, como la de siempre, invitada a recurrir a María para encontrar allí el eco de todo el evangelio. En la "Veritatis Splendor", san Juan Pablo II anotaba: “María, acogiendo y meditando en su corazón acontecimientos que no siempre puede comprender, se convierte en el modelo de todos aquellos que escuchan la palabra de Dios y la cumplen” (VS 120).

La actitud de todo creyente de nuestros días respecto a María como reina, ha de ser de la de dependencia de un vasallo que, al mismo tiempo, es hijo. Vivir en comunión de vida con ella como dice san Juan Pablo II: “dejándola entrar en todo el espacio de la vida interior” (Rma 45). Eso quiere hacer la Iglesia cuando la recuerda coronada por la Santísima Trinidad, orando, meditando, contemplando y buscando imitar la excelencia de la Reina de los Cielos para seguir trabajando en nuestro proceso de configuración con Cristo en la misión universal a la que hemos sido llamados.

La misión de la Iglesia, acompañada por María Reina, es nuestra misión y en medio de esta Iglesia, Jesús Eucaristía nos hace dirigir la mirada hacia su Madre, que está pendiente de que no falte el «vino bueno» o vino nuevo de las promesas mesiánicas, que es fruto de “la hora”, es decir, del misterio pascual siempre actualizado de su Hijo Jesús.

El sacrificio u «oblación pura» que se prefiguraba en el Antiguo Testamento y que se ofrecería en medio de todos los pueblos, según la profecía de Malaquías (Ml 1,11), es ahora la Eucaristía. Todos los pueblos formamos el único pueblo de Dios. El agua de la vida nueva en el Espíritu, que brota del corazón traspasado de Cristo, contemplado por su Madre en la Cruz, es el Espíritu Santo, el mismo que ha hecho posible la formación del cuerpo y la sangre de Cristo en el seno de María. El mismo que ahora hace posible a la Iglesia, que el pan y el vino  se conviertan en el cuerpo y sangre del Señor, inmolado en sacrificio y hecho comunión para alimentar a su pueblo hasta que se clausuren los siglos y comience la eternidad. María Reina cuida de cada uno de los vasallos de su Hijo para que sean fieles a su tarea de conquistar el mundo para Él hasta el último momento y sean misioneros de alma, vida y corazón. 

Santa Teresita del Niño Jesús, la santita predilecta de Madre Inés, ya en los últimos momentos de su vida, es encontrada por su médico trenzando dos coronas para adornar una estatua de la Virgen a la que llamaba: “La Virgen de la Sonrisa”. Él se muestra consternado por el mal estado en que ve a la santita. El pulmón izquierdo de santa Teresita estaba ya enteramente invadido por la tuberculosis. Teresita se ahogaba, ya no podía hablar sino con frases entrecortadas y sin embargo, dirigiéndose a la estatua exclama: “¡Mamá!... Me falta el aire de la tierra, ¿cuándo me dará Dios el aire del cielo? Y sin dejar su buen humor, refiriéndose al aire que le falta para respirar dice: ¡Ah!, nunca ha sido esto tan escaso! Su cariño a la Virgen se veía recompensado con una paz inexplicable. Tersita había tenido la delicadeza de decirle tiempo antes a la Virgen: “¡María, si yo fuese la Reina del cielo y Tú fueras Teresa, quisiera ser Teresa para que Tú fueras la Reina del Cielo!” (Oración 21).

Dice la beata María Inés: “Id primero a María, ¡que al fin Madre!, y ella sabrá admirablemente preparar en vuestro favor el Corazón de su Hijo Jesús; luego acompañados de ella id a él, que, ya ganado su Corazón, os acogerá con ternuras indecibles, porque sus entrañas de misericordia se desharán en vuestro favor, primero en consideración y por amor a su Madre a quien nada puede negar, y luego, porque sois el precio de su sangre divina” (CINCO CUADERNITOS f. 476).

Hay dos textos del Nuevo Testamento que tocan la figura de María y quiero referirme a ellos ahora para cerrar esta reflexión: Gálatas 4,4 y Apocalipsis 12,1-18.

En el texto de Gálatas, san Pablo confiesa que Dios ha enviado a su Hijo, nacido de mujer. El texto afirma la condición humana, frágil (cfr. lb 14,1), del Hijo de Dios; nada dice sobre el modo de hacerse hombre; ni la ausencia de varón evoca la concepción virginal de Jesús ni la mención de «mujer» obliga a negarla. San Pablo, en sus cartas, no habla de María e ignora la concepción virginal de Jesús. Aquí algo interesante es la frase: «La plenitud de los tiempos», porque esta plenitud se concreta en la concepción virginal de Cristo por obra del Espíritu Santo en el seno de María, y esto invita a discernir «los signos de los tiempos» (Mt 16,3) en la historia de la Iglesia hasta nuestros días. María, como Reina y Madre, sigue acompañando a la Iglesia e incentivándola a vivir como comunidad de hijos, de creyentes y de vasallos.

El texto del Apocalipsis, donde aparece la mujer vestida de sol que logra dar a luz mientras es acosada por el dragón, es un escrito, como todos los del Apocalipsis, confuso; porque, desde hace años, el descubrimiento de la biblioteca de Qumrán ha contribuido a entender que la mujer es figura de un resto fiel de Israel, del que se esperaba diera a luz al Mesías (1 QH 3,7-12); el autor del Apocalipsis ve cumplido ese nacimiento el día de pascua; la mujer parece ser más bien símbolo de la comunidad, más bien celestial que terrena; pero una lectura acomodaticia ha permitido entenderla referida a la Madre de Jesús como Reina que es, precisamente, figura de la Iglesia peregrina, que camina hacia el encuentro definitivo con Cristo resucitado en el más allá para ganar la corona. María, precediendo a la Iglesia, ya ha llegado a esta realidad escatológica, final que es fruto de la redención de Cristo y ha recibido la corona.

Mientras nos encaminamos hacia ese final, la Reina de cielos y tierra va con nosotros acompañándonos en los misterios de la vida, que son los mismos de su Hijo: Gozo, luz, dolor y gloria; todo se entremezcla en la vida del creyente. Son los misterios del santo Rosario, que alientan nuestro ir y venir de cada día. Es el mismo rosario de la Virgen decía san Juan Pablo II: “Los recuerdos de Jesús, impresos en su alma, la han acompañado en todo momento, llevándola a recorrer en el pensamiento los distintos episodios de su vida junto al Hijo. Han sido aquellos recuerdos los que han constituido, en cierto sentido, el rosario que Ella ha recitado constantemente en los días de su vida terrenal”. María Inmaculada y asunta a los cielos y coronada allá en lo alto, es «la gran señal» para la Iglesia peregrina: “Mirándola a ella conocemos la fuerza transformadora que tiene la Eucaristía. En ella vemos el mundo renovado por el amor”. (EdE 62)

1. ¿Me ayuda esta reflexión a encontrar un propósito para crecer en mi amor a María?
2. ¿Cómo puedo enamorarme más de María y hacer que reine en mi corazón buscando cosas concretas que me ayuden a ello?
3. ¿Cómo resumiría la experiencia Eucarística y Mariana de mi vida?
4. ¿Qué podré dar a los demás de mi amor a María
4. ¿Con qué cosas de cada día puedo coronar a María?

Alfredo Delgado, M.C.I.U.

martes, 1 de septiembre de 2015

Van-Clar nació del corazón misionero de la Beata María Inés Teresa…

Hace algunos años todavía, en la Iglesia, los seglares no tenían una parte tan importante en la misión como ahora. Hablar de Iglesia era hablar del clero y de los religiosos; los laicos parecían alejados de todo dinamismo y responsabilidad en el pueblo de Dios. Hubo hasta épocas en las que se llegó incluso a escribir que los seglares se parecían a los corderos de la fiesta de la candelaria: ¡Se les bendice y se les esquila!

En los primeros tiempos de la Iglesia, se entendía que la Iglesia eran todos los bautizados, y que todos tenían un papel importantísimo en la vida y actividad de la Iglesia. El desconocido autor de la Carta a Diogneto, escrita quizá a finales del siglo II, escribe: “Los cristianos no se distinguen de los demás hombres ni por su tierra, ni por su lengua, ni por sus costumbres. En efecto, en lugar alguno establecen ciudades exclusivas suyas, ni usan lengua extraña, ni viven un género de vida singular… siguiendo los usos de cada región en lo que se refiere al vestido y a la comida y a las demás cosas de la vida, se muestran viviendo un tenor de vida admirable y, por confesión de todos, extraordinario… Para decirlo con brevedad, lo que es el alma en el cuerpo, eso son los cristianos en el mundo”[1]. Atenágoras, allá por el año 177 escribe: “Entre nosotros fácilmente podréis encontrar gentes sencillas, artesanos y viejezuelas, que si de palabra no son capaces de mostrar con razones la utilidad de su religión, muestran con las obras que han hecho una elección buena”[2]. Orígenes, sin duda alguna, el más profundo, original y audaz de los padres de la Iglesia anteriores a San Agustín, hablando de la expansión misional del cristianismo, hace mucha referencia a los seglares, que recorrían los pueblos y ciudades anunciando la Buena Nueva.[3]

En realidad, los primeros cristianos, en su mayoría, eran laicos, y así se fue desarrollando el cristianismo; hay que recordar aquel célebre capítulo 12 de la Primera carta a los Corintios, con aquello de “Son el Cuerpo de Cristo y miembros (cada uno) en parte”[4]. Los primeros cristianos tenían claro que la Iglesia eran todos. Con el tiempo, diversas concepciones y pensamientos fueron invadiendo a la Iglesia, y quizá por un equivocado concepto de santidad se fue relegando a los seglares a ser solamente campo de acción apostólica, pero no apóstoles. Esta situación casi se perpetuó en la Iglesia y duró siglos. Es hasta el Concilio Vaticano II en que por primera vez en la Iglesia el laicado se convierte en tema conciliar con el capítulo 4 de la “Lumen Gentium” y con el “Decreto sobre el apostolado de los seglares”. Sin embargo, durante todo ese tiempo, no faltaron en la Iglesia hombres y mujeres santos que con gran visión fueron recordando al mundo que la Iglesia somos todo el conjunto de bautizados y que todos estamos llamados a evangelizar.

Es el caso de Nuestra Madre fundadora, la Beata María Inés Teresa Arias, que muchos años antes del concilio Vaticano II sintió ese interés por los seglares y su trabajo evangelizador en la Iglesia. Basta recordar aquel escrito que se cree haya realizado en 1929 titulado: “A mis queridas compañeras de la Acción Católica”, en donde entre otras dice: “ Es por esto, pudiera decir «un sacerdocio seglar», si se me permite la expresión… somos «obreros de la viña del Señor»… Él nos escogió, y ¿para qué? ¿Para que nos retirásemos a un convento, para que nos consagrásemos a Él exclusivamente? No, nos escogió, sencillamente, para trabajar en su viña”[5].

La Beata parecía haberse adelantado al Concilio Vaticano II, que dirá: “Los seglares, fieles cristianos que, por estar incorporados a Cristo mediante el bautismo, constituidos en pueblo de Dios y hechos partícipes a su manera de la función sacerdotal, profética y real de Cristo, ejercen en la parte que les toca la misión de todo el pueblo cristianos en el mundo y en la Iglesia”[6]. Cuando en aquel 1929, la Beata utiliza la expresión «sacerdocio seglar» y dice «si se me permite la expresión». En el Concilio la encontraremos infinidad de veces en la Lumen Gentium, en la Apostólicam Actuositatem, en Ad Gentes, en Presbiterorum Ordinis.

Aún antes de ingresar al convento del “Ave María”, “solía siempre ofrecerse en la Misa diaria y celebrar junto con el sacerdote la Misa, humildemente recogida, en actitud de adoración, penetrada hondamente de su papel en ese gran sacrificio”[7]; decía ella que cuando era seglar, vivía constantemente en un Nazareth. Manuelita de Jesús, como se llamaba en el mundo la Beata María Inés, era una jovencita como muchas de su edad. Había sido educada en el seno de una familia sumamente cristiana, de tal manera que aprendió a vivir el compromiso bautismal del laico en toda su plenitud.

Ya siendo religiosa, alentaba a los miembros de su familia a vivir intensamente el compromiso cristiano. Son testimonio de esto los escritos que dirigió a sus sobrinos Luisito, el 19 de marzo de 1943 y a su sobrina María Balbina, “la Nena”, el 8 de diciembre de 1945, con ocasión de su Primera Comunión donde les invita a vivir enamorados de la Eucaristía y les recuerda los deberes de cristianos. O aquel otro que hace a su hermana Teresita sobre el valor de la oración en el que le dice: “Si todos los días tengo para mis amistades, tiempo sobrado, que dedicarles ¿no tendré cada día para mi buen Jesús, mi tierno Padre, una media hora cuando menos, que gastar con Él, en íntima comunicación, de corazón a corazón?… Seré alma de Oración para aprender a vivir santamente en sociedad”[8]. Está también aquel otro que escribe, a su misma hermana Teresita antes de que contrajera matrimonio en el que le habla de la grandeza del sacramento que va a recibir[9].

Estos escritos, son solamente una pequeña muestra que nos hace ver que la Beata entendía perfectamente la misión de los laicos en la Iglesia, aún en aquella época en la que poco se escuchaba hablar del apostolado de los seglares y de su compromiso misionero en la Iglesia. La Madre entiende que la misión del laico va en esa doble vertiente de la edificación de la Iglesia en el mundo y la inspiración cristiana del orden temporal. Todo seglar, sabemos nosotros, por los mismos dones que le han sido conferidos por Cristo mediante su incorporación sacramental en la Iglesia, se convierte en un testigo e instrumento operante que no necesita ningún mandato especial para realizar esta tarea, sino que está capacitado para ello desde su consagración bautismal. La Beata había visto este compromiso bautismal en sus padres. Don Eustaquio Arias, era un hombre de profunda oración que se entendía muy bien con Dios, Doña María, su madre, era un alma apostólica que socorría al pobre y necesitado. Nunca disociaron su vida como ciudadanos de su vida como cristianos, sus asuntos temporales nunca fueron ajenos a su vida de fe.

Cuando la Beata ve realizados sus anhelos de la fundación misionera, quedan ya establecidas las bases de lo que será Van-Clar, un movimiento de misioneros laicos con el mismo espíritu y espiritualidad de los miembros de la congregación y misioneros en la misma línea que ellas, misioneros de vanguardia. Desde el 22 de junio de 1951, al ser aprobadas las Misioneras Clarisas del Santísimo Sacramento, nace Van-Clar, porque la formación de las vanguardias misioneras es uno de los fines que la Madre establece. Al ser aprobadas las Constituciones de las Hermanas, en 1953, el 5 de enero, es aprobado Van-Clar por la autoridad de la Iglesia. La Beata María Inés, consciente de ese compromiso bautismal, ofrece al mundo la posibilidad de que laicos de todos los niveles, de diversas edades y distintas clases puedan vivir el ideal misionero compartiendo su fe. Aquello era algo nuevo y tal vez por eso haya sido difícil empezar, los llamó “Van-Clar”, Vanguardias Clarisas.

Y vaya que para aquellos años podemos pensar que era un grupo vanguardista, es el tiempo de la acción católica pero solamente como un apostolado para la jerarquía. Ella, una religiosa, se atreve a pensar que el mandato misionero dirigido a todo cristiano se hará realidad en laicos enviados a dar testimonio de vida cristiana. Los primeros grupos no llevaban propiamente el nombre de Van-Clar, pero eran, como el de California, una especie de club misionero en donde los miembros tomaban conciencia de su participación en la misión de la Iglesia. Precisamente, se conservan varias cartas de las que la Beata dirigía a este grupito de California, que en la actualidad sigue renovando su compromiso y con el cual he compartido momentos hermosos en su renovación de compromiso en diciembre pasado. Entre otras cosas les dice: “Sin duda todas las que forman este nuevo club misionero tendrán la suficiente energía, el suficiente amor por salvar cada día más almas… Son ustedes aquellas jóvenes que desde la eternidad Jesucristo las amó y destinó para el cielo, practicando aquí en la tierra el apostolado misionero… En el corazón Sacratísimo de Jesús deposito esta obra apostólica misionera para que la llene de amor y bendiciones. María Santísima sea su protectora y guía”[10].

Desde aquellos tiempos se empezaba a estrechar el lazo entre las religiosas y los seglares para sostener la obra misionera. Una carta de la Madre al mismo grupo de Los Ángeles nos ilustra: “Profundamente agradecida a todas y cada una de las personas que integran ese Círculo Misional por su eficiencia en el apostolado que se han propuesto y por su bondad hacia mis religiosas residentes en esa ciudad de los Ángeles, así como por la solicitud caritativa y amorosa que han tenido a bien desplegar por nuestras incipientes misiones en Japón, ofrecemos diariamente el tributo de nuestras oraciones”[11]. Todos los días, en nuestras casas de Misioneras Clarisas y Misioneros de Cristo, en el rezo del Santo Rosario, tenemos un recuerdo especial para nuestros hermanos Vanclaristas.

El fin esencial de Van-Clar queda establecido por la Madre y se traduce en vivir el Santo Evangelio mediante la práctica del compromiso bautismal en el propio ambiente familiar, profesional, cultural, social, eclesial, para que mediante su testimonio de vida de fe, esperanza y amor como discípulos-misioneros, los Vanclaristas (como son llamados sus miembros), descubran a Cristo a los demás. Su lema “Vivir para Cristo” los impulsa a ser misioneros de vanguardia en todo tiempo y lugar cumpliendo, ante todo, la voluntad de Dios como discípulos de Jesucristo. Ya desde 1958 la Sierva de Dios alentaba a los misioneros seglares así: “Sé por la Madre Teresa que han aumentado en número y… en santidad; que han aprendido a hacer la voluntad de Dios con alegría, ya que solamente así encontraremos siempre la paz y la santidad”[12].

La Madre fue descubriendo que los laicos son Iglesia, que son discípulos-misioneros  y que tienen que actuar como protagonistas en la Iglesia. Ella fue buscando la manera de dar al mundo cristianos seglares apostólicos y contemplativos, hombres y mujeres que apasionados por Cristo pasen por este mundo dejando su huella identificada con la huella de Cristo.

En el verano de 1966, se elaboraron los primeros estatutos que habrían de guiar el estilo de vida del grupo. La Madre quería que sus seglares, al igual que las Misioneras Clarisas, estuvieran siempre unidos a la Sede de Pedro y que quedara por escrito todo lo referente a sus obligaciones, organización, apostolado y demás. Se reunió con un grupo de hermanas y elaboraron algo pequeño que contenía, en unas cuantas páginas, la esencia de lo que vendría a ser el movimiento en sí. No se trataba de alentar a hombres y mujeres que de forma aislada y sin organización dedicaran sus tiempos libres al Señor, era tarea ardua que habría de venir a plasmarse después en los estatutos que conocemos y que se fueron enriqueciendo con las aportaciones, sobre todo de los mismos Vanclaristas, de quienes en octubre de 1971, en un consejo general especial consultivo, la Madre pidió participación y sugerencias. Los miembros del grupo harían un compromiso, renovable, de dar testimonio de vida cristiana. Ese compromiso se renovará cada año para dejarlo grabado en el corazón; con el tiempo, algunos lo harán de forma permanente, pero siempre renovando públicamente cuando les sea posible.

La Beata, como fundadora, estableció además, que se tuvieran asambleas periódicas para que los diversos grupos, que iban naciendo en varios de los lugares donde las Misioneras Clarisas estaban trabajando, intercambiaran experiencias, rezaran juntos, convivieran y se ayudaran. En las asambleas de los años 1970 y 1971 se dieron muchas aportaciones y se vio de una manera viva la vida de los vanclaristas. Ese año en una carta ella anota: “Ojalá los chicos se vean cada vez más responsables de su papel de vanclaristas verdaderos y fórmales la conciencia de que ante todo deben dar testimonio de Cristo con su vida recta, limpia. Urge tanto que la juventud actual comprenda esto…”[13].

Ella había encontrado corazones que sintonizaran con el suyo y sus ideales entre los seglares. En una carta escribe: “Con cuánta gratitud debe el vanclarista vivir su vida de dar testimonio de que Cristo ha venido al mundo. Por su vida cristiana, pero verdaderamente cristiana, evitando todo pecado mortal y aún venial y así poder de verdad sembrar y ser instrumento de Cristo no sólo cuando van a misiones, sino siempre, ya que la principal misión del vanclarista es dar testimonio de vida cristiana”[14], y siempre quiso que sus hijas Misioneras Clarisas se interesaran por Van-Clar. A ellas les dice en una carta: “Felicito a todas las hijas que trabajan con los grupos de Van-Clar, y a cuantas otras hermanas cooperan en este hermoso apostolado, Dios nuestro Señor nos ayude a seguirlo intensificando, con gran espíritu de servicio, de amor al prójimo, de entrega, pero… en un espíritu de humildad, de oración, de constante unión con Dios. De verdad que se ve la bendición divina en este hermosísimo apostolado”[15]; de tal manera que no puede haber una Misionera Clarisa o un Misionero de Cristo que no quiera saber nada de Van-Clar, o que se ponga celoso de ellos; somos hermanos, hijos de una misma Madre, una mujer sin fronteras y de un gran corazón. Ella nos dice: “Mucho les encargo el que traten de imbuirse más y más de lo que es Van-Clar, en que consiste su trabajo y del bien que está llamado a realizar en el mundo”[16].

Para que estos grupos de misioneros seglares caminaran siempre en el espíritu y espiritualidad que la Madre misma había recibido por inspiración de Dios, fue nombrando a algunas de sus hijas Misioneras Clarisas y las fue preparando para que fueran las que velaran por sus hijos seglares, les dió el título, en aquel entonces, de “Orientadoras”. Constantemente les animaba y alentaba a cumplir con esa hermosa misión de hacer de los grupos verdaderas comunidades de vida cristiana y de cada uno de los Vanclaristas un discípulo-misionero que aceptando la ley de Cristo, como norma de comportamiento, se hiciera modelo de realización del hombre en el mundo, extendiendo el Evangelio con su sola presencia.

Al hacer la organización de Van-Clar, ella misma determinó, con ayuda de sus consejeras, que la Superiora General de las Misioneras Clarisas fuera la dirigente general de Van-Clar y que fuera asistida por una hermana a la que llamó “Coordinadora general de Van-Clar”. En 1973, le envía a dicha coordinadora general una carta en la que le dice: “Y a esto está llamado también Van-Clar, a enrolar misioneros seglares que vivan el espíritu de Cristo, que se apasionen por Él, que den testimonio de Él con su vida, sus ejemplos, su cristianismo, y que, de allí derive una vida mejor: la Sacerdotal y la Religiosa… para llevar por el mundo entero el nombre Augusto de Dios, su amor y su misericordia, y enseñar a todos los hombres que: Dios es amor, que es Hermano, y es Padre y es Amigo, y nos ama infinitamente porque nos ha dado todo, nos amó hasta el fin”[17].

La Beata fue haciendo, de manera personal y a través de consejos, de cada uno de los grupos, verdaderas comunidades de hombres y mujeres convertidos personalmente al Evangelio por una decisión libre y consciente; los grupos se fueron desarrollando no de una manera masificada, sino como comunidades cristianas vivas, de las cuales algunos de los que estamos aquí, ahora como Misioneros de Cristo o Misioneras Clarisas, guardamos gratos recuerdos de la vivencia de la fraternidad, de la práctica de la acción misionera, de la vivencia litúrgica y de la invitación que constantemente se nos hacía a dar testimonio de vida cristiana en el lugar donde nos encontráramos.

Nuestra Madre fundadora, la Beata María Inés Teresa, captó plenamente el anhelo del Concilio Vaticano II y fue impulsando a los grupos a vivir la comunión en la Palabra, en la Eucaristía como centro y en el servicio misionero como discípulos muy amados de Cristo. ¿Quién no recuerda la hermosa vivencia de Semana Santa en misión que ahora tantos y tantos grupos y comunidades en la Iglesia lo viven apenas como algo nuevo? Ella invitaba a cada una de las hijas Misioneras Clarisas a entusiasmarse por Van-Clar, en una carta les dice: “Dios quiera y en todas las casas, cada una vea este apostolado como algo muy del Instituto y comprenda todo el bien que se puede hacer, haciendo que los seglares también trabajen por el bien de sus hermanos, con espíritu alegre y sencillo. Pero… cuidado, no olviden que, para que el Vanclarista se desarrolle sobrenaturalmente, ante todo tiene que ser la Misionera Clarisa, alma de oración, de sacrificio, llena de amor a Dios”[18]. En el año de 1974 la Sierva de Dios, en una colectiva anota: “Yo quisiera, y les pido que de manera especial, todas las superioras, tanto regionales, como locales, tomen verdadero empeño en ello, ya que es un apostolado muy de nuestros tiempos y sumamente necesario; del cual además, se pueden sacar buenas vocaciones para nuestro Instituto y para el sacerdocio”[19].

Y el Señor escuchó y tomó en cuenta el deseo de aquel corazón que quería darle vocaciones para el servicio de la Iglesia. Ahora, muchas de las asesoras de los grupos fueron Vanclaristas y ahí el Señor les llamó. Y que decir de los Misioneros de Cristo, si las primeras vocaciones, y podemos decir, el eco primero de la fundación, resonó en los corazones de sus hijos Vanclaristas. ¿Cómo no iba a hablar el Señor en ese ambiente de Dios que la Beata, con consejos, y a través de sus hijas infundía. En una carta a un grupo de vanclaristas les recomienda: “… Mucho les encargo su testimonio personal, hagan un ratito de meditación aunque sea corto, para que Dios los ayude siempre y el rezo del santo rosario, pidiéndole a la Santísima Virgen que los ayude. Ya verán que la vida es más llevadera cuando Cristo es nuestro compañero. Traten, ustedes se convencerán de ello”[20]. Sabemos que también con el tiempo, fue naciendo en algunas de nuestras hermanas Vanclaristas, el deseo de consagrarse a Dios en el mundo como Misioneras Inesianas, agrupadas como instituto secular. Están además nuestros hermanos Sacerdotes y seminaristas diocesanos que viviendo el espíritu y espiritualidad de nuestra familia misionera se integran a nosotros en el Grupo Sacerdotal Madre Inés trabajando activamente en sus diócesis y estudiando en diversos seminarios. Estoy seguro que, Familia Eucarística, la más reciente de las ramas de esta Familia Misionera, dará a la Iglesia también vocaciones de especial consagración. En una carta hablando la Besta María Inés de los Misioneros de Cristo escribe: “Espero que se sientan con la obligación de llevar más, y más, para que, como ellos se vayan formando en la santidad propia de su estado, y luego, a los que Dios elija para llevar al altar y consagrarlo su sacerdote, pueda él mismo, unido a las Misioneras Clarisas, continuar fomentando el ciento por uno, esas vocaciones juveniles de laicos santos, que tanto necesita la Iglesia de hoy”[21]

Para ella, los Vanclaristas siempre fueron parte de la familia, sabía que la Iglesia necesita seglares comprometidos para sembrar el bien por todas partes y que cada uno de los Vanclaristas formaba parte de lo que ella llamó: “El brazo derecho de la Congregación”. Realmente los sentía así: “Un saludo cordial para cada uno de ustedes en quienes tenemos cifradas grandes esperanzas y apoyo para nuestras labores misionales en las que desde siempre han tomado parte generosamente”[22]. Su apostolado quedaría definido más por el ser y la misión, antes que la acción. Que los otros vean en sus obras a Cristo y a la Iglesia y alcancen la salvación. Ella gozaba cuando sus hijos Vanclaristas le escribían y contaban lo que hacían. A sus hijas Misioneras Clarisas les participaba también del gozo. En una carta escribe: “En las referencias que me hacen hijas, del trabajo de Van-Clar, ¿qué más les diré? Que me llena de alegría el saber que ese hermoso apostolado se va intensificando”[23]. Las felicitaba: “Mis felicitaciones por lo hermoso que siguen trabajando los grupos de Van-Clar”[24].

Con sencillez y alegría, los Vanclaristas fueron captando lo que la Madre quería, sobre todo lo que Dios le pedía para ellos. En el capítulo general de 1973, los Estatutos de Van-Clar se ampliaron y enriquecieron con aportaciones que los Vanclaristas, en la asamblea del mismo año, prepararon para enviar al capítulo. No solo esta vez, sino siempre, la Madre les consultó. Para el capítulo de 1979 les dice: “Queridos Vanclaristas, les participo de este acontecimiento ya que Ustedes son parte de nuestra familia misionera y participan tanto de los gozos como esperanzas, tristezas, etc… de nuestra querida Congregación… si tuvieran algunas sugerencias para el capítulo pueden ustedes enviarlas para ser estudiadas por él”[25].

La Beatas veía con gozo que los grupos crecían y se desarrollaban en ese espíritu y espiritualidad que ella deseaba. Se les impulsaba a encontrar en la Eucaristía la fortaleza para ser discípulos-misioneros de primera línea. Santa María de Guadalupe, el alma del alma de la Familia Inesiana, acompañará siempre a cada uno de los Vanclaristas que al pecho, al hacer su compromiso misionero, llevarán una cruz sin Cristo, como deseando que ese mismo Cristo, hijo de María, se forme en ellos. La Madre anota en una carta: “En todas partes va creciendo el grupo de Van-Clar, y aquí, (Los Ángeles), ya se empieza a hacer alguna conquista. Dios siga su obra”[26].

Cómo gozaba la beata compartiendo en los grupos. No se pueden olvidar aquellos 25 años de la Congregación de los que tantos de nuestros hermanos hermanos Vanclaristas guardan el recuerdo en su corazón de la Madre que se interesa por cada uno de sus hijos Vanclaristas. Yo en lo personal la recuerdo en los XV años del grupo de Van-Clar de Monterrey en 1979: alegre, sencilla, cercana, juvenil, disponible para cada uno de los Vanclaristas.

Un miembro de Van-Clar vive su testimonio de vida cristiana en el ambiente natural de familia, colegio, trabajo, sociedad y amistades; con su vida de discípulo-misionero, da testimonio claro y valiente de la fe que profesa actuando con criterios evangélicos en todo; predica la Buena Nueva dando un buen consejo, un criterio, conclusiones que Cristo daría. La tierra de misión primera del Vanclarista es su ambiente, su vida diaria, el lugar donde la Providencia lo ha colocado. Para poder realizar su fin, la Beata, con aportaciones de los mismos hermanos Vanclaristas y escuchando sus deseos, dejó, a parte de los Estatutos, una guía, la “Guía del Vanclarista”, un pequeño librito de espiritualidad profunda y condensada para que el Vanclarista, según su condición, haga vida, más fácilmente su lema: “Vivir para Cristo” echando mano de las virtudes que debe desarrollar y que son los que pide la Madre Fundadora: Alegría, sencillez, caridad, confianza, lealtad, veracidad, generosidad, abnegación y celo apostólico. La Madre escribe: “Cuanta alegría me causa el saber de nuestros grupos de Van-Clar, que tan buen testimonio están dando al mundo en que viven, sirviendo de modelos para otros jóvenes que deseen también caminar más unidos a Cristo y a sus hermanos, en esa fraternidad, que hace la amistad pura, sin desvíos”[27].

Y que decir de aquellos que por diversas razones se encuentran solos o en lugares donde antes hubo casas de la Familia Inesiana. La Beata les inculcaba que en donde quiera eran Vanclaristas y que si no se podía de otra manera, renovaran su compromiso misionero delante de Dios y a solas. Cuando hace ya algunos años, la casa de Acapulco se cerró temporalmente por primera vez, los Vanclaristas siguieron caminando. La Beata en ese entonces da testimonio de ello en una carta colectiva: “Me maravilla, así como dicen que también a los padres y al Señor Obispo, (están maravillados), el que, sin estar ya nosotras en ese puerto, nuestros chicos y chicas sigan portándose a la altura de su vocación… son chicos y chicas muy buenos”[28]. Y ahora que esa casa se ha vuelto a cerrar, por diversas circunstancias de la vida, los Vanclaristas siguen caminando igual, llenos del espíritu y espiritualidad que la Beata anheló para cada uno como discípulo-misionero del Señor.

A algunos de nuestros hermanos Vanclaristas, ya el Señor les ha llamado a la casa paterna. A la Beata le tocó ver que algunos se le adelantaron en este camino y en una ocasión, en la muerte de una Vanclarista escribe: “Su generosa entrega en el apostolado del dolor, ha sido y será para todos un testimonio constante de la vida de Cristo, pues estamos seguras que para ella el lema “Vivir para Cristo” fue pleno, absoluto, y ahora lo ha consumado en una feliz eternidad. Adelante queridos Vanclaristas, Dios nos quiere optimistas, trabajadores, generosos en nuestra entrega, vale la pena vivir así y luchar porque los demás lo vivan también ya que la realidad eterna que nos espera es sublime”[29].

Pocos meses antes de morir, la Madre sigue llevando en el corazón a sus hijos Vanclaristas, los sabe parte de la familia misionera por ella fundada y escribe en una colectiva: “Felicito también a los grupos de México que, con frecuencia, según se los permiten sus ocupaciones, han acudido a lugares pobres, a impartir, con la catequización, juntamente con nuestros queridos Vanclaristas, que saben darse en verdad a Dios, entregando su trabajo y cansancio en bien de sus hermanos; todos recibirán un premio grande, tanto en la tierra como en el cielo. Y a propósito de Vanclaristas, cómo quisiera que en las naciones en donde por causas especiales no se ha podido establecer, ya de una vez se decidan a hacerlo. El trabajo es empezar, aunque sea con uno o dos; ellos y ellas llamarán a otros compañeros, y así, Dios nos concederá formar hombres y mujeres verdaderamente cristianos, que den ejemplo de pureza, y sean verdaderos testigos de Cristo. Gracias a Dios son muchos los que así obran, y se saben dar a sus hermanos, sin escatimar sacrificio. Los felicito con toda mi alma, y les ruego les hagan saber que todos los días los encomiendo a Dios y que los llevo en el corazón para darlos a Él”[30].

En el corazón de la Beata, siempre hubo un espacio para cada uno de sus hijos. Los Vanclaristas son nuestros hermanos, son parte importantísima de nuestra Familia Inesiana y nos necesitamos mutuamente para completar lo que Nuestra Madre la Beata María Inés espera de nuestra familia misionera. Son nuestros hermanos, son nuestros amigos. A algunos de los otros miembros de la Familia Inesiana nos toca estar de forma más directa con Van-Clar. Revivamos en cada uno el deseo de Nuestra Madre la Sierva de Dios, alentemos a los grupos a que de forma dinámica hagan vida los ideales de nuestra fundadora y ayudemos a nuestros hermanos Vanclaristas a que cada uno de los grupos sea motivo de credibilidad para el mundo, de que Cristo vive, y de que quien le sigue quiere vivir para Él hasta que sus huellas queden totalmente identificadas, bajo la mirada dulce de María, con aquel que pasó por el mundo haciendo el bien.

Alfredo Delgado, M.C.I.U.

[1]VIVES José, S.I., Los Padres de la Iglesia, Editorial Herder, Barcelona 1988, p.p. 67-68.

[2]VIVES José, S.I., Los Padres de la Iglesia, Editorial Herder, Barcelona 1988, p. 90.

[3]Cfr. VIVES José, S.I., Los Padres de la Iglesia, Editorial Herder, Barcelona 1988, p. 327.

[4]1 Cor. 12,27.

[5]ARIAS ESPINOSA María-Inés-Teresa, A mis queridas compañeras de la Acción Católica, 1929.

[6]Lumen Gentium 31,1.

[7]DELGADO RANGEL Alfredo Leonel Guadalupe, M.C.I.U., La Espiritualidad sacerdotal en la Madre María-Inés, Roma, 1985.

[8]ARIAS ESPINOSA María Inés Teresa, A mi hermanita María Teresa de Jesús, 15 de octubre de 1936.

[9]ARIAS ESPINOSA María Inés Teresa, A la Teresita Mía, 15 de enero de 1942.

[10]ARIAS ESPINOSA María Inés Teresa, Carta al Club Misionero de California, 13 de diciembre de 1955.

[11]ARIAS ESPINOSA María Inés Teresa, Carta al Círculo Misional, 31 de marzo de 1956.

[12]ARIAS ESPINOSA María Inés Teresa, Carta al Círculo Misional, 29 de mayo de 1958.

[13]ARIAS ESPINOSA María Inés Teresa, Carta a una Hermana Misionera Clarisa, 7 de diciembre de 1971.

[14]ARIAS ESPINOSA María Inés Teresa, Carta, 7 de diciembre de 1971.

[15]ARIAS ESPINOSA María Inés Teresa, Carta Colectiva, 23 de abril de 1971.

[16]ARIAS ESPINOSA María Inés Teresa, Carta, Enero de 1974.

[17]ARIAS ESPINOSA María Inés Teresa, Carta a la Coord. Gral. de Van-Clar, 24 de junio de 1973.

[18]ARIAS ESPINOSA María Inés Teresa, Carta Colectiva, 30 de octubre de 1971.

[19]ARIAS ESPINOSA María Inés Teresa, Carta Colectiva, Enero de 1974.

[20]ARIAS ESPINOSA María Inés Teresa, Carta a un grupo de Van-Clar, Enero 27 de 1972.

[21]ARIAS ESPINOSA María Inés Teresa, Carta, 2 de julio de 1980.

[22]ARIAS ESPINOSA María Inés Teresa, Carta del 2 de abril de 1974.

[23]ARIAS ESPINOSA María Inés Teresa, Carta Colectiva, Enero de 1974.

[24]ARIAS ESPINOSA María Inés Teresa, Carta, 3 de agosto de 1973. (ú 8 de agosto).

[25]ARIAS ESPINOSA María Inés Teresa, Carta a Van-Clar, 12 de junio de 1979.

[26]ARIAS ESPINOSA María Inés Teresa, Carta, 1978.

[27]ARIAS ESPINOSA María Inés Teresa, Carta, 2 de julio de 1980.

[28]ARIAS ESPINOSA María Inés Teresa, Carta, Enero de 1979.

[29]ARIAS ESPINOSA María Inés Teresa, Carta sobre la muerte de una vanclarista, 27 de enero de 1972.

[30]ARIAS ESPINOSA María Inés Teresa, Carta Colectiva, 3 de febrero de 1981.

martes, 29 de mayo de 2012

Coronación de María... La maternidad

Estamos por concluir el mes de mayo, mes mariano por excelencia y mes en que nuestra sociedad celebra a las madres de familia.

Quiero compartir con ustedes algunas ideas que me gustaría fueran en especial para todas las mamás que lean esto. El día 31 de mayo se corona a la Virgen Madre y sabemos que, todas las mamás, merecen junto a ella una corona.

Quiero partir para esta reflexión, del texto evangélico de san Lucas 11,27-28 en donde una mujer levanta la voz para que se oiga más que la voz de Jesús y grita a los cuatro vientos: ¡Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te criaron". Realmente un «Hijo» así... ¡Qué madre debía tener! De seguro aquella mujer pensó en lo feliz que sería si pudiera ser ella esa madre dichosa y quizá muchas mamás pusieran pensar lo mismo.

Creo que toda mamá puede sentir aquella dicha, pero si se completa el texto: "Dichosos más bien los que oyen la Palabra de Dios y la cumplen". Sí, María es dichosa por ser la Madre de Dios pero lo es más por ser la primera que vive a la escucha de la Palabra. Ella ha escuchado la Palabra, la ha conservado en su corazón y la ha vivido profundamente. Por eso aunque durante la vida terrena no fueron ahorrados a María ni la experiencia del dolor, ni el cansancio del trabajo, ni el claroscuro de la fe. A aquella mujer del pueblo, que un día prorrumpió en alabanzas a Jesús exclamando: «Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te alimentaron», el Señor le responde así. Era el elogio de su Madre, de su fiat, del hágase sincero, entregado, cumplido hasta las últimas consecuencias, que no se manifestó en acciones aparatosas, sino en el sacrifico escondido y silencioso de cada jornada, como suele ser la vida de cada mamá.

Jesús pasó muchos años de su vida «en familia», junto a su Madre y san José creciendo como los demás niños, desarrollándose como todo adolescente, cuestionándose y preparándose como todo joven... aprendiendo a vivir.

Bien podemos desplegar las alas de la imaginación para pensarnos la vida de María como la de toda mamá, recordando aquello que dice también el Evangelio: "Su madre conservaba todo esto en su corazón". A María, como a toda mamá, le debía hacer mucha ilusión ver a Jesús aprender a caminar, crecer y llenarse de sabiduría. Me la imagino viendo en su Hijo la capacidad de estudiar y trabajar y contemplando al mismo tiempo la proximidad que aquel joven tendría con su Padre Dios. Veo también a aquella mujer fuerte que, al cabo de treinta años de haber recibido a su pequeño, le ve partir al anuncio del Reino. La veo feliz en Caná y profundamente conmovida en el Calvario al pie de la Cruz.

María, como toda mujer que ha recibido por encargo esa vocación de ser madre, vivió profundamente identificada con las ilusiones y sufrimientos de su Hijo a quien cuidó cuando fue necesario, aceptó cuando no terminaba de entenderlo y acompañó sin ser protagonista de su vida hasta recibirlo en sus brazos bajado de la Cruz, para estrenarse desde allí en la ardua tarea de seguir siendo Madre, pero ahora de los discípulos, de los creyentes, de la Iglesia.

María es ahora coronada como Reina, pero es coronada por ser Madre, por estar atenta a la Palabra y ponerla en práctica desde su condición de dar vida. Aquella historia que comenzó en Belén cuando envolvía al pequeño en pañales, se hizo vocación de totalidad en la entrega sin condiciones. La Madre, unida con Jesús por los lazos de la sangre y de la fe, ahora queda unida con la fuerza de esos mismos lazos a cada uno de nosotros que queremos vivir la Buena Nueva que su Hijo inauguró.

Que todas las mamás se sientan coronadas en María por su "Sí" al llamado del Señor cuando Él mismo les invitó a vivir esta hermosa vocación y que todas se sientan dichosas porque buscan escuchar la Palabra para ponerla en práctica. ¡Felicidades a todas las mamás!

Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U.

sábado, 19 de mayo de 2012

Lo que la beata Madre Inés diría y haría hoy...

Ahora que han pasado días, casi un mes, de haber vivido la solemne beatificación de Madre Inés, viene a mi mente aquel pasaje evangélico típico de este tiempo de Pascua que nos habla de los discípulos de  Emaús (Lucas 24, 13-35). Allí Jesús acompaña a aquellos dos hombres y los interroga haciéndoles una pregunta: "¿De qué venían discutiendo por el camino?" Pienso ahora en la nueva beata y la siento lanzándonos, luego de su beatificación, una pregunta en ese mismo tono que la de Jesús a sus discípulos: ¿En qué se les va la vida? Sí, creo que al igual que el Señor Resucitado, ella nos interrogaría sobre la conversación que tenemos con la vida misma que se nos ha dado y que ella moldeó con un estilo peculiar al modo de Cristo y del cual nos ha querido contagiar.

Si pudiéramos escuchar nuevamente la voz de la beata María Inés, aquella voz tan ordinaria, tan sencilla, seguramente nos hablaría, en primer lugar, de la necesidad de la oración para sostener la vida diaria de la misión, cosa que ella tuvo siempre por conocida: "Desde mi conversión, —escribe a su director espiritual— el atractivo más grande de mi alma ha sido la oración, la contemplación. Mi vivir desde entonces fue Cristo; la oración fue mi más grande alegría, mi pan cotidiano y constante, mi todo... Desde en casa de mis padres mi vida era plenamente contemplativa, pues me pasaba de 8 a 9 horas diarias en oración exclusiva". (Carta al padre Rafael Martínez del Campo, S.J. el 5 de septiembre de 1950).

La beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento, siempre tan actual, nos hablaría ahora de la necesidad de velar con nuestra oración por la imagen deformada en los rostros de tantos hermanos y hermanas desfigurados por el hambre y por las promesas políticas que nunca llegan a cumplirse. Ella nos invitaría a hacer de la oración una mina de la que se pudiera sacar «oro» para acuñar monedas y comprar almas de niños angustiados y maltratados, almas de jóvenes que enfrentan la violencia diaria e indiscriminada, almas de muchos  adultos que están cansados y agobiados porque no encuentran acogida en ninguna parte, almas de quienes hoy viven sin las mínimas condiciones de una vida digna y además sin el consuelo de saber que hay un Dios que los cobija y acompaña y que da la vida eterna (cf. V.C. 75).

Probablemente, esta maravillosa mujer, vendría a preguntarnos si estamos de verdad interesados por las cosas del Padre como Jesús y si como él buscamos pasar por el mundo haciendo el bien salvando almas: "Le daré almas, —se proponía con fervor en todo un programa de vida— innumerables almas" (Carta a su director espiritual en enero de 1949). "Las almas, —solía decir en sus conferencias— cuestan mucho, solo se conquistan a base de sacrificio y abnegación... él no se cansará de llamarlas, de atraerlas con la fuerza irresistible de su humildad, de hacerlas suyas derrochando generosidad y amor..." (Carta a su director espiritual el 16 de febrero de 1949).

Madre Inés nos hablaría de ecología y del tema de la globalización; estaría al día en el tema de la nueva evangelización y de la misión permanente en América Latina, nos daría conferencia sobre los más recientes documentos del Magisterio de la Iglesia, nos compartiría recetas para evitar el resfriado y para fortalecer los huesos y nos enviaría e-mails con presentaciones de power point... porque esa era ella, siempre actual, siempre madre, siempre amiga. Para ella no había imposibles ni tragedias, sino problemas qué resolver: "Techamos ya 25 celdas individuales, 9 baños, 7 W.C. y 2 guardarropas; no sé verdaderamente cómo pudimos con esto, nunca hemos tenido una entrada grande, fuerte; ahora estamos levantando la enfermería, y no pude pagar la raya de los albañiles; apenas nos quedamos con un peso y centavos." (Carta a su director espiritual el 29 de julio de 1949).

A ella no le gustaría que nos detuviéramos por el camino a discutir por cosas accesorias o a tristear por algo que hemos perdido, ella no tuvo tiempo de teorizar: "Me avisaron que nuestra buena vaquita tiene aftosa. Si Dios nos la quita, de pronto no tomarán leche las hijas, porque está tan pobre la comunidad, que no podrá comprar 15 litros o más diarios de leche. Él sabrá lo que hace" (Carta del 15 de agosto de 1949). Beata Madre Inés nos invitaría a mirar hacia el futuro con la confianza puesta en Dios para afrontar los desafíos a su estilo, con audacia responsable porque ese fue su estilo de vivir evangélicamente. Profecía y martirio diario, palabra y vida, acción y contemplación, tensión entre la pasión, muerte y resurrección abrazado todo en una síntesis que se nos ofrece como programa para vivir la nueva evangelización en este tercer milenio: Padre, me pongo en tus manos; me entrego a tu amor, a tu bondad, a tu generosidad, haz de mí lo que tú quieras".

La recién beatificada, fue una mujer de vida, de una vida muy intensa en tono pascual, una mujer de espíritu emprendedor y magnánimo que vivió siempre en presencia de Dios dando vida a su alrededor, una mujer que imitando a aquellos primeros discípulos del Resucitado contagió a los que le rodearon a vivir en sintonía con Él.

¿Qué vamos discutiendo por el camino? ¿En qué se nos va la vida? ¿Qué planes y proyectos tenemos? ¿En dónde está nuestra confianza? Bastará mirar la vida de esta sencilla mujer con esa sonrisa atrayente para darse cuenta de dónde está la clave: "Yo me ocuparé de tus intereses Jesús mío y tú te ocuparás de los míos".

Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U.

martes, 10 de mayo de 2011

Ser Madre en el día de hoy... ¡una misión insustituíble!

Todo hombre y toda mujer comienza a serlo en las entrañas de su madre

El día de las Madres, lo sabemos todos, toca en profundidad los sentimientos hasta de los más fríos corazones y en este día hacemos, en todas partes de México y otras naciones, un homenaje a la mujer que nos trajo al mundo con expresiones de respeto y de cariño. Quiero hacer, sobre todo, en este momento en que la figura de la mujer como madre ha perdido su brillo, un homenaje especial a las "mamás modernas".

Parece como que intencionalmente el mundo de hoy se quiere empeñar en quitar el brillo especial que tiene la maternidad y acabar con eso, con la chispa de vida y esperanza de la que es portadora toda Madre que ha engendrado una vida nueva. Todos hemos oído hablar en la radio o en T.V., entre las noticias del narco, de la perspectiva del género, según la cual los roles respectivos de mujeres y varones no tienen que ver con la base biológica de nuestro ser.

En esa perspectiva de género se trata de mirar con desconfianza la función maternal de la mujer como si la condición materna de la mujer fuera una especie de estereotipo impuesto por la cultura machista ¡Qué pena que eso haga que la maternidad pierda su brillo! Existe una ideología feminista muy extendida que reivindica presuntos derechos sexuales y reproductivos de la mujer, promueve la anticoncepción y el aborto en toda la faz de la tierra y hasta hay mujeres que han ganado una muy buena suma de dinero por prestar su vientre para engendrar "hijos ajenos" de personas famosas que nunca les darán a esos pequeños razón de su mamá.

Cada día, en las diversas tareas del diario quehacer de los diversos trabajos, se ven figuras de mujeres masculinizadas maldiciendo la maternidad como si fuera una carga insoportable de la que habría que liberarse. Y no me refiero al caso de mamás "heroicas" que tienen que trabajar para ser "padre y madre" a la vez y que merecen todo nuestro respeto y admiración. Los avances de la ciencia y de la técnica, nos hacen ver ahora, más que nunca, un conocimiento más profundo y preciso sobre los mecanismos biológicos que dan origen a la vida y sabemos que la vida no puede llegar sin la colaboración de la maternidad de la mujer.

En muchos espacios del mundo actual se busca descolocar la imagen de la madre respecto del contexto familiar. No se trata de ser madre de cualquier manera, sino que hablo de ser madre de familia donde podamos identificar a la mujer con la figura del hogar, de la solidaridad, de la preocupación sana, que hace que la familia se mantenga unida y pueda seguir adelante a pesar de las muchas dificultades que por donde quiera se presentan.

Cierto que hay que reconocer el papel fundamental que desempeñan las mamás de hoy en la vida cotidiana y reconocer el valor del trabajo de muchas mujeres en la sociedad. Nuestras mamás modernas deben hacerse presentes en las realidades temporales, aportando su ser propio de mujeres para participar con el hombre en la transformación de la sociedad, pero su trabajo no puede, ni debe, ser reducido solamente a la satisfacción de necesidades económicas innecesarias que se van creando cada día en más cantidad en nuestra sociedad de consumo, sino un instrumento de construcción de la nueva sociedad: la civilización del amor.

Por eso, en este Día de las Madres, sería bueno mirar cómo volver a descubrir esa imagen auténtica de la maternidad, cómo recuperar esa maternidad que debe "brillar" para decir que ser Madre es una verdadera bendición. La maternidad es una bendición, una vocación y una misión que se le ha otorgado a la mujer que es quien puede dar a la humanidad lo que nadie puede dar.

Nosotros, como misioneros, bendecimos continuamente a la mujer como madre. Al rezar el Ave María agradecemos la bendición de la Madre de Dios y el regalo del fruto bendito se vientre, que es Jesús. Con ello estamos bendiciendo la vocación materna de la mujer y este es un dato fundamental para toda la humanidad en este tiempo también.

Volviendo al renglón de la maternidad biológica, y en otros, se ha criticado fuertemente la postura de la Iglesia católica que procura ser fiel al mensaje del Evangelio, al Magisterio y la Tradición. Se ataca fuertemente las declaraciones del Papa, de los Obispos acerca del aborto y de la eutanasia, sobre el amor y la auténtica sexualidad, sobre la fidelidad matrimonial y sobre el divorcio, sobre las relaciones prematrimoniales y extramaritales.

Tenemos que ser imparciales y preguntarnos: ¿Qué desearía el Señor de una mamá moderna? ¿Qué espere flores en este día para recordar su irreemplazable misión? ¿Qué deje este campo y valore más otros que cualquier otro ser humano puede desempeñar? ¿Que valore y se sienta felizmente realizada por tener una misión que es es insustituible e irremplazable?

Toda Madre de familia que ame y defienda a capa y espada su maravillosa vocación, podrá entender lo que quiero decir. Yo preguntaría hoy a las mamás modernas: ¿Si mañana tú, como mamá, ya no estubieras con los tuyos qué desearías que ellos te ofrecieran: regalos, flores, velas,... o el hecho de que se mantengan firmes en la fe aquellos a quienes te has esforzado por enseñar los criterios del amor, de la paz, de la unidad, de la gracia, de la esperanza, del amor al trabajo, de la generosidad y de tantas cosas más para las cuales estás capacitada para dar y formar? ¿Qué esperarías de tus hijos: cosas materiales o que la raíz de los principios que has sembrado en su corazón se manifieste en frutos de congruencia y caridad que hagan un mundo cada día mejor?

Admiro a muchas de estas mamás modernas que han asumido muy bien su papel y las felicito en su día. Gracias por su valioso testimonio de como se puede conjugar la maternidad con el trabajo dentro y fuera de casa, el desgaste, la entrega, la oración, la paciencia, la confianza, el descanso... en fin: gracias por su testimonio de esposas, madres y apóstoles. Pienso que María de Nazareth, si viviera hoy, sería tal vez como muchas de ustedes en el diario ir y venir, mujeres heroicas de sonrisa constante y sonante.

Pidámosle al Señor que conceda a todas las mamás, especialmente a las mamás modernas, congruencia y que alcancen a comprender todas, que la mejor forma en que pueden vivir su matarnidad es haciénodose "pan partido" que se entrega, como Jesús, a migajas a sus hijos. ¡Feliz día de las Madres!

Alfredo Delgado, M.C.I.U.

Oración en el día de las Madres...

Señor Jesús:

Gracias por las madres que nos has dado.
Los más nobles sentimientos que tenemos,
los sembró en nosotros nuestra madre:
la fe, la honestidad, el amor al trabajo.

Señor Jesús:
En esta hora de retos y desafíos,
las mamás necesitan de tu ayuda:
para atender a la casa y al trabajo,
para hacer de padre y madre,
para educar en los valores cristianos,
para defenderse de la tentación,
para no caer en el pecado.

Señor Jesús:
Que también ellas luchen por la justicia
y que confíen en el Dios de los pobres:
El Dios que quiere pan en todas las mesas
y paz en todos los hogares;
el Dios que destruye el poder corrompido
y protege a los indefensos y humillados.

Señor Jesús:
Ilumina la vida de nuestras madres.
Premia sus desvelos y trabajos.
Da paz a las madres ya difuntas…
Bendice a todos los hogares.
Y que los hijos sean siempre
gloria y corona de las madres.

Señor Jesús:
Que la Virgen Madre las llene de fortaleza.

Señor Jesús:
Que la Virgen María siga siendo
modelo de todas las madres.

Amén.