lunes, 15 de junio de 2026

«UNA HERMOSA HERENCIA DEL PAPA FRANCISCO»... Un pequeño pensamiento para hoy

Estos días que pasé en Vilna, la capital de Litunia, recordé muchísimo a nuestro querido Papa Francisco agradeciendo que me haya instituido como Misionero de la Misericordia desde aquel ya un poco lejano 2016. ¡Qué bendición poder dispensar misericordia en cualquier parte del mundo! En esta semana pasada gocé mucho en mis dos confesionarios, el de la Catedral de San Casimiro y en el lugar del congreso mundial de la misericordia... ¡Ayer ya confesé de nuevo en mi parroquia y hoy, por supuesto, también lo haré! El finado Papa instituyó a los Misioneros de la Misericordia con el objetivo de que actuáramos como un signo visible de la disposición de Dios para perdonar, pidiéndonos ser predicadores convincentes y confesores accesibles que transmitieran la alegría del perdón sin barreras ni obstáculos... creo que, desde lo pequeño de mi condición, voy dando respuesta a ello. Recuerdo que Francisco, en una visita que hizo a Bari, en Italia, mencionó que «si queremos ser discípulos de Cristo, si queremos llamarnos cristianos, este es el camino [...] amados por Dios, estamos llamados a amar; perdonados, a perdonar; tocados por el amor, a dar amor sin esperar a que comiencen los otros; salvados gratuitamente, a no buscar ningún beneficio en el bien que hacemos».

Esto me viene porque hoy el Evangelio de San Mateo, del versículo 38 al 42 del capítulo 5, Jesús habla del «ojo por ojo, diente por diente» —principio conocido históricamente como la Ley del Talión— que muchos buscan seguir practicando y que él abolió por completo. Y es que, a primera vista, esto habla de justicia. Sí alguien me hizo algo malo... ¿por qué me debo aguantar? En primer lugar hay que aclarar que esta ley fue diseñada para limitar la venganza y asegurar que el castigo fuera proporcional al crimen y no fuera siempre la muerte como castigo. Por ejemplo, si alguien en una pelea le arrancó el diente al contrincante, el castigo antes de esto era darle muerte a él e incluso a su familia. La Ley del Talión reclamaba: «no, eso no es justo, que le arranquen a él un diente y ya está». Con el tiempo, este principio fue malentendido y mal aplicado por algunos, que lo usaron para justificar la venganza personal. La enseñanza de Jesús cambia el enfoque de la justicia proporcional y la retribución legal a un estándar más alto de amor radical, perdón y no violencia. Aboga por una respuesta de paciencia y aguante en lugar de represalias, aclarando la verdadera intención de la ley y desafiando a sus seguidores a romper el ciclo de violencia respondiendo al mal con el bien.

Esto queda muy bien entendido en el sacramento de la Reconciliación. Si dependiese de la Ley del Talión, por justicia no debiéramos recibir el perdón. Deberíamos ser castigados por nuestros pecados. Pero Dios no es así con nosotros. El perdón que recibimos en la absolución sacramental no es lo que merecemos por justicia. Dios nos perdona porque Él nos ama y así lo quiere. Dios es libre para perdonarnos o no. Estrictamente hablando el perdón de Dios no es algo justo que merezcamos luego de nuestro arrepentimiento. Lo justo a raíz de mi pecado es un castigo. Por eso, si Dios nos perdona, va más allá de lo justo. Su perdón es un regalo, un don, que Él nos quiere amorosamente conceder. Ciertamente, la oportunidad que Dios me da, como Misioneros de la Misericordia para administrar el perdón de Dios a los demás, sobre todo en casos muy graves y de un gran arrepentimiento, me ha permitido experimentar de manera más profunda el amor divino y transmitirlo a quienes se encuentran perdidos o desanimados en cualquier parte en donde esté. Hace 10 años, en aquel 10 de febrero en la Basílica de San Pedro, el Papa Francisco, dirigiéndose a los Misioneros de la Misericordia, antes de recibir la Ceniza, comienzo de la Cuaresma del Año de la Misericordia nos dijo: «Queridos hermanos, que puedan ayudar a abrir las puertas del corazón, a superar la vergüenza, a no huir de la luz. Que sus manos bendigan y vuelvan a levantar a los hermanos y a las hermanas con paternidad; que a través de ustedes la mirada y las manos del Padre se posen sobre los hijos y curen sus heridas» Por eso le pido siempre a la Virgen que, ante el sacramento de la Reconciliación, no me deje inmisericorde y con los brazos cruzados. ¡Bendecido lunes!

Padre Alfredo.

domingo, 14 de junio de 2026

«¿Iglesia para clientes o para creyentes?»... Un pequeño pensamiento para hoy


Siempre ha existido la tentación de ver a la Iglesia solamente como el lugar al que se acude solamente a recibir... ¡a consumir! La mayoría de los bautizados acuden para solicitar un servicio, para pedir alguno de los sacramentos, solicitar un sacerdote para ir a ver un enfermo o acudir a una funeraria. Esto muestra una actitud pasiva en la fe de la mayoría de los que se dicen católicos y donde el creyente —en su mayoría no practicante— solo busca recibir beneficios —ayuda, apoyo, bendiciones— sin cuestionarse en la necesidad de participar activamente en la edificación de la comunidad eclesial. Cuánta gente —de la poca que cumple con el precepto dominical— va a misa cada ocho días solamente para «cumplir» haciendo oídos sordos a lo demás que tenga que ver con la vivencia de la fe. Hay quienes acuden al confesionario solo porque se van a casar o porque van a ser padrinos sin pensar que Dios tiene un proyecto del Reino de Dios para establecerlo en su corazón, en su familia, en su entorno. Este domingo, luego de venir impregnado por la vivencia del 6° Congreso Apostólico de la Divina Misericordia en Vilnius, me topo con este Evangelio que desde el capítulo 9, en el versículo 36 hasta el capítulo 10 en el versículo 8 me cuestiona sobre esta situación.

Estoy convencido de que los consumidores desgastan a la Iglesia, consumen sobre todo la vida de los sacerdotes sin importarles quién es ese hombre, que necesita, cómo puedo vivir en sinodalidad con él construyendo la comunidad eclesial. Los consumidores de Iglesia sienten que por el hecho de ser bautizados tienen ganado un sin fin de derechos sin absolutamente ninguna obligación. No cumplen con el precepto dominical de la participación en misa, pero echan pestes si el sacerdote no va a ver a su enfermo al otro extremo de la ciudad o no es capaz de dejar la misa de la parroquia para ir a la funeraria en donde nadie contesta, nadie comulga y el difunto no se paraba ni por mal pensamiento en la Iglesia. Jesús, en el Evangelio de este domingo quiere «apretar las tuercas» diciendo: «La cosecha es mucha y los trabajadores pocos. Rueguen, por lo tanto, al dueño de la mies que envíe trabajadores a sus campos». Con estas palabras, Cristo nos llama a analizar nuestros corazones y ver las razones que nos llevan a ser solamente «consumidores» y no «trabajadores» en la Iglesia. Somos tramposos. Cuando escuchamos este Evangelio pensamos: ¡Eso es para los sacerdotes! ¡Necesitamos sacerdotes! Sí, claro, de eso no hay duda. 

Pero tampoco hay duda de que la llamada a ser trabajadores es para todo bautizado. Lo expreso con una vivencia muy clara: Aquí en Monterrey, por ejemplo, por cada 10,000 habitantes hay un sacerdote... ¿Podrá el sacerdote atender todo lo que la gente quiere consumir de la Iglesia? Nuestra actitud al formar parte de la iglesia deber ser la de saberse trabajadores y no solamente consumidores. ¿De que grupo eclesial formas parte? ¿En qué grado de la Escuela Bíblica estás? ¿Qué ministerio o servicio desarrollas en tu comunidad? ¿A qué sacerdote te acercas para ver en qué puedes colaborar para mantener viva y fresca tu fe? ¿Cuánto tiempo has dado de servicio como catequista de niños, adolescentes, jóvenes o adultos? ¿De cuántos enfermos estás al pendiente? Saberse miembro de la Iglesia como trabajador implica reordenar prioridades, o sea dejar atrás el egoísmo, la indiferencia y la dureza de corazón para dar lugar y espacio a mi parroquia no solo como consumidor. Hoy que vivimos en medio de un desierto de incertidumbre, de cansancio y de superficialidad, Dios sigue pidiendo trabajadores. Recuerdo que en Turín, Italia, en donde estuve por última vez, hace ya un buen tiempo, hay una imagen de la Virgen llamada «Madonna dei Lavoratori» —Nuestra Señora de los Trabajadores—, yo creo que hacia Ella podemos alzar nuestra mirada este domingo y pedirle que nos ayude a responder al llamado de su Hijo Jesús que quiere necesitar de nuestro «Cuenta conmigo». ¡Bendecido domingo!

Padre Alfredo.

sábado, 13 de junio de 2026

«UN VIAJE ACOMPAÑADO POR SAN ANTONIO DE PADUA»... Un pequeño pensamiento para hoy


Mi día empezó hoy a las 2:30 a.m., porque debía estar en el aeropuerto de Vilnus a las 4 para volar a Amsterdam en un vuelo de casi tres horas. De allí tardé poco menos de 11 horas hasta mi querida «Selva de Cemento» —CDMX— de donde en un rato continuaré a Monterrey y mientras escribo mi reflexión. Desde temprano me he encomendado a San Antonio de Padua, a quien la Iglesia celebra hoy invitándonos a reflexionar sobre la predicación, el verdadero sentido de la fe y la oración a la luz de este hombre maravilloso que conocido como el «Doctor Evangélico» y el «Taumaturgo». Y me he encomendado a él porque la historia nos dice que fue un viajero y misionero incansable. Se sabe que su vida estuvo marcada por constantes traslados entre Portugal, Marruecos, Francia e Italia, motivados por su vocación religiosa. A decir verdad murió fuera de su patria, pues aunque es conocido como San Antonio de Padua y allí se venera, él es originario de Portugal.

A esto tengo que añadir que, desde mi llegada a Polonia, hace dos semanas, lo encontré en todas las Iglesias que visité, que obviamente conociéndome, fueron muchas. De hecho le mandé a mi madre varias fotografías de las diversas imágenes, pero, hasta después, me di cuenta de por qué en la nación de San Juan Pablo II, Santa Faustina Kowalska, San Maximiliano Kolbe, San Estanislao de Szczepanów, San Casimiro, San Juan de Kanty, San Estanislao Kostka y San Alberto Chmielowski, su presencia es tan notoria. Resulta que su intensa devoción en Polonia, tiene sus raíces en una de las historias místicas más importantes del país: las apariciones de Radecznica en 1664: El 8 de mayo de 1664, en la aldea de Radecznica, San Antonio se le apareció a un tejedor local llamado Szymon. El santo pidió que se construyera un santuario en una colina y prometió conceder gracias y curaciones a quienes visitaran el lugar. Como parte de las apariciones, se atribuyen propiedades milagrosas a una fuente de agua cercana, atrayendo desde entonces a miles de peregrinos enfermos o con necesidades espirituales. En el sitio de la aparición se construyó la Basílica de San Antonio. Al igual que en el resto del mundo —incluida mi madre a quien todo le encuentra— los polacos veneran a San Antonio como el intercesor para encontrar objetos perdidos. 

A la par de esta fiesta, coincide este año la celebración del corazón inmaculado de María, Madre nuestra, luz y compañía en nuestro caminar. Y toca que San Antonio profesaba un grandísimo y profundo amor a la Virgen. La devoción mariana fue un pilar de su fe que quedó plasmado en sus famosos escritos y sermones teológicos. Él se refería a Ella con hermosos títulos: «Estrella luminosa» que guía al creyente hacia Cristo; «Luna llena» por ser perfecta y sin mancha; «Miel en la boca y melodía para los oídos», refiriéndose a lo dulce y consolador de su nombre. En el corazón inmaculado de María, San Antonio aprendió a vivir con mayor sencillez y pureza de corazón. Su vida, según nos comparten sus biógrafos más conocidos, concluyó de forma totalmente mariana, porque, al sentir que llegaba su muerte, pidió ser llevado al convento de Santa María Madre de Dios en Padua. Termino mi escrito ya arriba del tercer avión de este día encomendando mis viaje a San Antonio y pidiéndole a María que sepa mirarla como modelo de fidelidad y seguimiento y, en las incertidumbres de mi vida misionera, que nunca faltan, sepa, como Ella, encontrarme con su Hijo y guardar todo en mi corazón. De esta manera podré seguir el camino al que he sido llamado como misionero: ser constructor del Reino de su Hijo, constructor de ese nuevo reino de paz, de justicia y de amor. ¡Bendecido sábado!

Padre Alfredo.

viernes, 12 de junio de 2026

MENSAJE DEL SANTO PADRE LEÓN XIV A LOS SACERDOTES EN OCASIÓN DE LA JORNADA POR LA SANTIFICACIÓN SACERDOTAL [Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, 12 de junio de 2026]


Queridos hermanos sacerdotes:

En el día en el que la Iglesia contempla el Corazón traspasado de su Señor, del que brota una fuente inagotable de paz y unidad para todo el género humano, dirijo sobre todo a mí mismo y a todos ustedes las palabras que Dios dirigió al pueblo de Israel: «Sean santos, porque yo, el Señor su Dios, soy santo» (Lv 19,2; cf. 1 P 1,16). Esta llamada divina atraviesa los siglos, resonando también hoy con fuerza para todo creyente y, con exigencia particular, para nosotros sacerdotes. La santidad no es una opción entre tantas ni un ideal abstracto; tiene que ver con la identidad misma de cada persona que quiere participar en la vida del Resucitado.

Santidad y participación en el misterio de Cristo

Dios nos invita a participar de su misma santidad. Cuando nos llama a ser santos porque Él es santo, nos indica el camino a seguir: dejarnos modelar según su Corazón. Y para nosotros, queridos hermanos, esta llamada es particularmente radical. El Señor prometió: «Les daré pastores según mi corazón, que los apacentarán con ciencia y prudencia» (Jr 3,15). La santidad que se nos pide es un abandono confiado: dejarnos transformar por su Santo Espíritu. Sin embargo, precisamente aquí surge la gran paradoja de nuestra vida sacerdotal: estamos llamados a participar de la misma santidad de Dios, pero llevamos este tesoro en vasijas de barro (cf. 2 Co 4,7), somos limitados e imperfectos, a menudo estamos marcados por debilidades y cansancios, a veces por heridas. ¿Cómo puede un corazón humano, tan vulnerable, responder a una llamada tan alta? El sacerdote vive esta tensión, pero sabe dónde encontrar paz: en el costado abierto del Señor Jesús.

Un camino de unión

La unión de nuestro corazón con el Corazón de Cristo no es una experiencia reservada a unos cuantos elegidos, sino un camino sacramental, eucarístico, que se realiza en lo cotidiano. Queridos hermanos, en la Ordenación hemos sido configurados con Cristo, pero es necesario reavivar siempre en nosotros el don de la gracia por medio de la celebración cotidiana de la Eucaristía, de la oración, de la meditación de la Palabra de Dios y del servicio humilde a los hermanos y hermanas. Permanecemos unidos a Cristo en todo: en lo que hacemos y en lo que nos sucede cotidianamente. La santidad, entonces, en vano buscada con esfuerzos aislados, se revelará por lo que es: correspondencia a la gracia que nos precede, nos sostiene y nos transfigura. No existen, en efecto, compartimentos estancos en nuestra humanidad. La oración, el ministerio, las relaciones, el cansancio, las alegrías y los fracasos, incluso el tiempo aparentemente perdido o el amor que parece malgastado, todo se vuelve un lugar privilegiado de la revelación de Dios y de su amor infinito.

El sacerdote que tiene un corazón íntegro, sencillo y puro es contemplativo en la acción, misericordioso, fiel en la prueba y alegre en la entrega de sí. El mundo tiene una gran necesidad de pastores que no ofrezcan sólo palabras o programas, sino el testimonio vivo de un corazón reconciliado, difundiendo el buen olor de la santidad de Cristo. Una vida sacerdotal sólida y configurada con el Corazón de Jesús es signo creíble de unidad, de paz y de misericordia. Así, en un tiempo marcado por divisiones y miedos, podemos ser constructores de paz, testigos de la ternura del Buen Pastor, que sabe reunir al que está extraviado y sanar al que está herido, y nuestro celo no es agitación, sino el desbordamiento de un amor que «es éxtasis, es salida, es donación, es encuentro» (Francisco, Carta enc. Dilexit nos, 28).  

El Corazón de Cristo es el corazón de los santos

La respuesta a la vocación a ser santos no está tanto en el esfuerzo de ascesis y perfección, que es necesario, sino en la adhesión confiada al amor revelado en el Corazón traspasado de Jesús. El apóstol Juan nos hace contemplar el costado abierto del Crucificado (cf. Jn 19,34), donde Dios nos muestra definitivamente cómo Él es santo: no en la distancia inaccesible de una perfección separada, sino en un amor que se entrega hasta hacerse herir y que puede, por tanto, ser manantial de misericordia y de vida. El Sagrado Corazón de Jesús es la imagen por excelencia del amor de Dios: un amor omnipotente precisamente porque es capaz de hacerse vulnerable, de cambiar el dolor en gracia, el sufrimiento en esperanza.

Ese Corazón bendito, por tanto, es el “lugar” en el que la santidad se muestra como proximidad y ternura. La santidad del sacerdote entonces puede manifestarse en la cercanía humilde y valiente, en el ser de todos y para todos, manteniendo abierta la puerta del redil para que muchos puedan entrar y encontrar alimento y descanso (cf. Jn 10,9). Por eso, se nos pide una relación con Dios que no nos aleje de los hombres, sino que nos acerque a todos, que forje corazones pacientes, tiernos, capaces de cercanía, de compasión y de escucha. Así, por medio de la unión de nuestro corazón imperfecto con el Corazón traspasado de Jesús, se realiza nuestro camino de santidad. Ya no vivimos nosotros, sino que Cristo vive en nosotros (cf. Ga 2,20). Una tal santidad no se vive en soledad. Cuiden la fraternidad sacerdotal: búsquense, escúchense, sosténganse. El sacerdote que se aísla, lentamente se apaga; el sacerdote que camina con los hermanos crece. Nos lo recuerda san Agustín: «¿Cómo evitaremos estar en tinieblas? Amando a los hermanos. ¿En qué se prueba que amamos la fraternidad? En que no rasgamos la unidad, en que mantenemos la caridad» (Homilía sobre la Segunda Carta de San Juan a los Partos II, 3).

Queridos sacerdotes, renueven cada día su “aquí estoy” ante el Corazón traspasado de Cristo. Entréguense totalmente a Él, para que puedan amar a su pueblo con el mismo amor con el que Él lo ama. Y recuerden con alegría, como le gustaba repetir al santo Cura de Ars, que «el sacerdocio es el amor del corazón de Jesús» (cf. Benedicto XVI, Carta para la convocación del Año Sacerdotal [16 junio 2009]: AAS 101 [2009], 569). Este amor es prenda y garantía de que nada de nosotros se perderá, si todo lo nuestro lo entregamos y ofrecemos. Les encomiendo a todos y a cada uno a la Virgen María, Madre de los sacerdotes. Ella, que conservó en su corazón el misterio del Hijo, nos enseñe a conservar y a hacer latir en nosotros el Corazón de Cristo, Salvador del mundo.

12 de junio de 2026, Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús.

Leon XIV.


 


LEÓN PP. XIV

«PORTADORES DE MISERICORDIA»... Un pequeño pensamiento para hoy


Hace rato acabo de terminar la última confesión en Vilna —Vilnius—, justo unos minutos antes de la misa de la clausura del congreso. Nunca antes cruzó por mi mente el que un día estaría en el epicentro de peregrinación internacional de la Divina Misericordia. Cada pasada que daba de Catedral al lugar del congreso, hacía una «escala técnica» para orar ante el lienzo original de Jesús de la Divina Misericordia —pintado según las revelaciones de Santa Faustina Kowalska—. No siempre tenía oportunidad de rezar allí la coronilla y, cuando lo hice, no eran las 3 de la tarde, pero... ¡en algún lugar del mundo serían las 3:00 p.m.! —eso pensaba y me unía a ese lugar—. Esta imagen se remonta a una visión de Santa Faustina Kowalska el 22 de febrero de 1931 en Płock, Polonia. En ella, Jesús le pidió que pintara un cuadro exactamente como lo veía, con la inscripción «Jesús, en Ti confío». La creación del cuadro se le confió al artista Eugeniusz Kazimirowski, supervisado por Santa Faustina y su confesor, el Beato Michał Sopoćko. El pintor la terminó en 1934 buscando que la imagen reflejara fielmente la visión de Santa Faustina. Cuando la obra estuvo terminada, Santa Faustina lloró porque la imagen no lograba capturar la belleza divina que había presenciado. Sin embargo, el Señor le reveló que la verdadera grandeza del cuadro no residía en la técnica artística, sino en la gracia que derramaría sobre quienes la veneraran. 

Todos conocemos la pintura de la Divina Misericordia. La hemos visto con los rayos que emanan del corazón de Jesús representando la Sangre —rayo rojo, sangre de redención que limpia las culpas. — y el Agua —rayo pálido, gracia que imparte vida nueva al alma cansada—. El primer Domingo de la Misericordia se celebró en Vilna el 28 de abril de 1935 coincidiendo con el domingo posterior a la Pascua. La imagen del Jesús Misericordioso se exhibió públicamente por primera vez en la galería de la famosa Puerta de la Aurora —Ostra Brama, de la que hablaré mañana Dios mediante— porque Jesús mismo lo pidió así expresamente a través de las revelaciones a Santa Faustina. Él solicitó que esta fiesta se instituyera el primer domingo posterior a la Resurrección. Y esto tiene un gran sentido, porque el Triduo Pascual —Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo— revela el amor supremo de Dios. La misericordia es la manifestación de ese amor hacia los pecadores. La Octava prolonga el gozo de la Pascua y la Misericordia cierra con broche de oro. En el año 2000, durante la canonización de Santa Faustina Kowalska, San Juan Pablo II oficializó esta fecha para toda la Iglesia, estableciendo la celebración a nivel universal uniendo el triunfo de Cristo sobre la muerte con el perdón y el refugio para las almas. Por eso Vilna es conocida como «La ciudad de la misericordia». 

Hay que decir que tal vez la imagen más popular de la Divina Misericordia no es esta, sino la que en 1943 pintara el artista Adolf Hyła en Cracovia, como exvoto —promesa o manda— por haber sobrevivido a la guerra. Esta versión muestra a Jesús mirando fijamente al espectador y se ha ido haciendo viral a nivel mundial por las gracias concedidas a través de ella, propiciando que sus reproducciones se hayan extendido por todo el mundo, convirtiéndose en la imagen más conocida de la Divina Misericordia. Esta otra imagen es venerada en la capilla del convento de las Hermanas de la Madre de Dios de la Misericordia en el Santuario de la Divina Misericordia en Cracovia junto a la tumba de santa Faustina, en donde estuve hace una semana. Bueno, pues dentro de este maravilloso marco de «misericordia» se clausura este magno congreso en el día en que la Iglesia contempla el sagrado corazón de Jesús traspasado por la lanza de donde brota sangre y agua. En el Evangelio de esta fiesta (Mt 11,25-30) Jesús nos introduce en su escuela de humildad y mansedumbre que, lejos de implicar despreocupación o pasividad, enseña a vivir desde la sabiduría del corazón. Como Hijo amado del Padre nos acoge en su corazón. Hoy se cierra este encuentro de mi miseria con la misericordia del Señor en este lugar santo y mañana, antes del amanecer, emprendo mi regreso a Monterrey. Sin que la carga sea suprimida, con todo lo aquí vivido, estoy seguro que para Diego, para Josaphat, para Cristian, para Juan Pablo y todos los demás sacerdotes que misericordiamos en estas tierras bálticas, se hace más llevadera. Sin que el yugo desaparezca, no se lleva nunca en solitario, sino que es sobrellevado por Cristo, sosteniendo nuestro «sí». ¡Bendecido viernes, fiesta del Sagrado Corazón!

Padre Alfredo.

jueves, 11 de junio de 2026

«NO PODEMOS QUEDARNOS QUIETOS»... Un pequeño pensamiento para hoy


Ya casi terminan mis andanzas misioneras en estas tierras de la lejana Europa Báltica. Lituania, junto con Letonia y Estonia, forman el grupo de los países bálticos, conocidos por este nombre debido a que comparten la costa del mar báltico. Estos tres países formaron parte de la Unión Soviética hasta su disolución, siendo tres de las 15 repúblicas que formaron parte de la URSS y se independizaron. Lituania fue la primera en abandonar la URSS en 1990. Y a pesar de qué según la historia esta fue la última nación pagana de Europa, en la edad media adoptó el catolicismo y se alineó culturalmente con Roma y el resto de occidente, marcando un destino nuevo, de tal manera que la religión católica, hasta el día de hoy, sigue siendo el pilar de la identidad lituana. Durante el imperio ruso se intentó imponer la iglesia rusa, pero como una forma de resistencia cultural, los lituanos siguieron conservando el catolicismo; después, en la época de adhesión a la Unión Soviética, el catolicismo fue duramente perseguido, pero se mantuvo. Hay alrededor de 65 iglesias en la ciudad de Vilnius que es la capital y todas se mantienen activas. Aunque solamente en algunas se ve la presencia de jóvenes, pues con en todo el mundo, las nuevas ideologías envuelven a muchos adolescentes y jóvenes alejándolos de la fe.

Y bueno, pues en este penúltimo día de confesiones, celebramos la fiesta de San Bernabé. A la luz de esta fiesta viene a mi mente y a mi corazón, el contemplar a Jesús, que envía a sus discípulos a anunciar el Evangelio, a salir, a llevar la salvación. Me atrevo a decir que si un discípulo se queda quieto y no sale a dar lo que recibió en el bautismo... ¡no será nunca un verdadero discípulo–misionero de Jesús!, le falta salir de sí mismo para llevar algo de bien a los demás... ¿Tú qué haces para llevar la alegría del Evangelio? El recorrido del discípulo de Jesús es ir más allá para llevar esa buena noticia al mismo tiempo que recorre el camino interior, la ruta dentro de sí, el sendero que lleva al Señor todos los días en la oración, en la meditación, en el encuentro con él en eucaristía. El camino del seguimiento de Cristo es gratuito porque nosotros hemos recibido la salvación gratuitamente, por pura gracia. Ninguno la hemos comprado y nadie la merecemos de por sí. Es pura gracia del Padre en Jesucristo. Es triste encontrar bautizados e incluso comunidades cristianas, ya sean parroquias, congregaciones religiosas o diócesis, que se olvidan de salir, olvidando que la vida del cristiano no es para sí mismo, sino para los demás, como lo fue la vida de Jesús, la de San Bernabé y la de tantos santos, beatos, venerables, siervos de Dios y cristianos de todos colores y sabores.

Mientras estamos de camino en esta vida en nuestra condición de peregrinos, que vamos sembrando la misericordia a nuestro paso con la alegría del Evangelio, no falta quien, de lejos o incluso de cerca, nos riñe, nos critica, nos acusa, nos dice que de qué nos sirve rezar y predicar. Pero son muchos más los que reclaman nuestro amor, nuestra escucha, nuestra atención; los que mendigan una palabra de aliento, un poco de nuestro tiempo, algo de compañía, una mano amiga, una oración solidaria… Como san Bernabé, hemos de ser dóciles al Espíritu Santo, que nos llena del amor de Dios, y a seguir el camino de Jesús, misericordiando, perdonando y haciendo el bien. Que con María a nuestro lado brille en nosotros la justicia de los hijos de Dios y que viéndolo, una multitud considerable se adhiera al Señor. Hace rato un sacerdote lituano me platicaba de lo impactado que estuvieron anoche en Catedral por la cantidad de conversiones que se dieron en las confesiones. Los misioneros de la misericordia no paramos. Anoche fueron casi cuatro horas dispensando la alegría del perdón. Creo que entonces puedo concluir que las largas horas en el concesionario producen frutos. ¡Bendecido jueves sacerdotal y eucarístico!

Padre Alfredo.

miércoles, 10 de junio de 2026

«Vi su sonrisa y me llamó la atención, por eso vine a confesarme»... UN PEQUEÑO PENSAMIENTO PARA HOY

Es de todos los creyentes sabido que de Jesús tenemos la plenitud de la revelación. Él es la palabra de Dios que se ha hecho hombre y que viene a nosotros para darnos a conocer quién es el Padre misericordioso y cómo nos ama. Él nos enseña que este Dios que es bueno y cariñoso espera de nosotros una respuesta de amor, manifestada en el cumplimiento de lo que nos pide vivir: «si me aman, guardarán mis mandamientos» (Jn 14,15). En el evangelio de hoy tomado de San Mateo en el capítulo cinco, del versículo 17 al 19, Jesús enseña que no vino a anular la ley, sino darle plenitud. El sacramento de la reconciliación refleja perfectamente este espíritu: porque ciertamente, no se trata de descartar las leyes, aún las que vienen desde el Antiguo Testamento, sino de vivirlas con amor, sanando las faltas y restaurando nuestra relación con Dios. Claro que me viene hablar de esto porque casi toda la semana, he pasado largas horas en la catedral de Vilnus y en el lugar donde se desarrolla el congreso apostólico internacional de la Divina Misericordia confesando; dispensando misericordia a tanta gente que llega del mundo entero a un congreso como éste. Pero es curioso, desde antes de venir no faltó quien me dijera: ¡siéntate a confesar en tu parroquia! Y claro que lo hago, la gente lo sabe, a tiempo y a destiempo y en cualquier espacio, pero no puedo olvidar que tengo un compromiso dictado por el Papa como misionero de la misericordia para recorrer el mundo llevando perdón y viendo el gozo de las almas que se reconcilian con Dios.

Volviendo al evangelio de quisiera destacar cómo el escritos sagrado nos recuerda que Jesús lleva los mandamientos más allá de la simple obediencia externa, buscando la transformación del corazón. En la confesión, no sólo se numeran errores, sino que se busca el arrepentimiento sincero, queriendo alcanzar un cambio interior. La reconciliación nos devuelve el estado de gracia, fortaleciéndonos para evitar el mal y obrar en justicia y caridad viviendo la alegría del Evangelio. Justamente ayer una de las personas que se acercó a confesarse en inglés me dijo que estaba pensando en el suicidio pero vio el anuncio del congreso y que su parroquia estaba organizando una peregrinación para venir. La verdad no recuerdo si me dijo que era de Londres o de Edimburgo, de la Florida o Samoa, porque se ha acercado tanta gente que confundo luego los lugares y claro un poco los idiomas también. Esta persona salió del confesionario totalmente nueva, sintiéndose escuchada atendida, perdonada por ese Jesús, por ese Señor de la Misericordia. Cuando pienso en quienes me critican por estar lejos y no en mi Monterrey del alma, pienso ciertamente que quisa Dios hubiera puesto otros sacerdotes en el camino de estas persona,s pero a la vez me queda la interrogante: ¿porque yo Señor?, ¿por qué de repente alguna gente cuando se acerca me dice: vi su sonrisa y me llamó la atención, por eso vine a confesarme?

La verdad siempre me ha gustado confesar y confesarme. Es una gracia que Dios concede. Y las experiencias que en torno a este sacramento he vivido en diferentes lugares de la faz de la tierra, han sido, muchas de ellas, impresionantes de verdad. De alguna manera, en el confesionario, tanto quien confiesa como quien se acerca a recibir la absolución, entiende que la ley de Dios no es un conjunto de normas pasadas de moda que tenemos que seguir viviendo a regañadientes, sino un camino de amor, de verdad, de misericordia, de conversión y salvación eterna. En estos tiempos, donde en cualquier parte del mundo reina la confusión, donde se llama bien al mal y se desprecia la voluntad de Dios, Jesús en el confesionario nos recuerda que su Evangelio es eterno, que sus mandamientos no caducan, ni envejecen, sino dan la paz interior, Jesús, a través del sacerdote, aunque sea tan miserable y vagabundo como yo, eleva los mandamientos, los lleva el corazón, los hace vida. Y por eso no basta con acercarse y decir: no robo, no mato y nada más... Debemos ser puros de corazón, cuidar los ojos, ser fieles en la mente y en el alma. Que María santísima nos ayude a entender a los confesores y a amar más este regalo de la misericordia divina. No dejen de orar por los Misioneros de la Misericordia que vamos por el mundo repartiendo perdón. Por eso, aunque critiquen, hablen y respinguen algunos, no tengo miedo de ser diferente, de ser uno de estos sacerdotes que sin mérito alguno puede perdonar, incluso los pecados reservados a la santa sede. Eso me ayuda a buscar ser fiel a Cristo en esta vida, para ganar la eternidad, no sólo para mí, sino para todos los que se acerquen al confesionario. ¡Bendecido miércoles!

Padre Alfredo.