En la cultura grecorromana y judía, la grandeza se medía por la autoridad, los títulos y la pureza ritual. De repente el Señor afirma que los últimos en la escala social son los primeros. Él, con sus predicaciones sencillas, desafía la ambición de los discípulos. Acordémonos que los seguidores más cercanos de Jesús discutían sobre quién sería el más importante en su reino. Jesús les responde que para entrar en él hay que convertirse y hacerse pequeños, redefiniendo así el concepto de grandeza: Ser grande en el Reino de Dios no significa dominar a otros, sino servir y carecer de pretensiones. Los pequeños son, ciertamente, los niños, pero también toda persona vulnerable: quien sufre pobreza, soledad, enfermedad, exclusión, migración forzada, etc. Hacia ellos, Dios nos invita a dirigir una mirada nueva llena de amor.
Los Papas de los últimos tiempos lo han expresado con claridad al hacerse presentes en aquellos lugares donde se recibe a personas migrantes, en los centros penitenciarios o en residencias de personas en situación de calle. En sus actitudes Cristo nos sigue hablando y recordando que para sentirse convertidos no basta con admirar la pequeñez, la vulnerabilidad o la pobreza. Los niños no definen su condición por un estatus, por ocupar un puesto especial o por saber que traen una ropa cara de marcas finas y oler a perfumes finos... sólo seremos fieles a Dios y al Evangelio si olemos a oveja decía el Papa Francisco, si vivimos poniendo en el centro a la pequeñez y luchamos para dotar a todo ser humano de derechos y de dignidad. Allí donde una persona vulnerable como un niño es acompañada, es donde el Reino de Dios puede empezarse a hacerse visible. La Virgen la humilde sierva del Señor, sabe muy bien de todo esto. Dejémonos enseñar por ella. ¡Bendecido martes!
Padre Alfredo.