domingo, 5 de abril de 2026

HOMILÍA DEL DOMINGO DE PASCUA 2026.

Uno de los grandes teólogos de nuestros tiempos, el español Juan Esquerda Bifet —mi padrino e ordenación sacerdotal— que ha escrito más de 112 libros centrados principalmente en teología, espiritualidad, misionología y la figura de la Virgen María, tiene uno que se llama Encuentro con Cristo, en el cual anota: «El corazón cristiano que cree sin ver, halla la verdadera paz».  Y antes de afirmar esto escribe: «el acto de fe no puede ser una frase rutinaria. Es un latido del corazón, además de un sí de nuestro entendimiento. Creer con toda el alma esa dirigirse a Cristo para siempre. Esto es una aventura en medio de un mundo, sin fe».  Aunque el hecho de encontrar el sepulcro vacío tiene gran importancia, en sí mismo no es un hecho que pruebe la resurrección de Jesús, sino una especie de contraprueba, un signo según la terminología teológica de Juan: el sudario, ese pañuelo que se anudaba envolviendo la cabeza del difunto, aún enrollado, no revuelto con las vendas, sino de modo diverso en su mismo sitio, y las vendas en el suelo, indicaban que el cadáver de Jesús había desaparecido, pero que no había habido violencia y, por tanto, no había sido robado —se lo hubieran llevado envuelto en el sudario, con vendas y todo lo demás—. Simplemente el evangelista nos cuenta el hecho de que el sepulcro estaba vacío. Incluso María Magdalena, que es la primera en llñegar a la tumba, interpreta el hecho como que alguien «se ha llevado del sepulcro al Señor» y no piensa en primera instancia en la resurrección. Avisa a Pedro y a Juan que corren y ven el sepulcro vacío. De entrada, Pedro y Juan tampoco piensan en resurrección hasta que, en un segundo momento, Juan «vio y creyó». Es enconces cuando el discípulo amado recuerda que «según la Escritura, Jesús debía resucitar de entre los muertos».

También a nosotros, en nuestra turbulenta época histórica que atravesamos en este cambio de época, nos parece que se han llevado al Señor… no sabemos quién ni a qué lugar. Vemos un mundo vacío de la presencia de Dios y también como a María Magdalena, a Pedro o al mismo Juan en un primer momento nos falta la fe de creer que Jesús vive. ¿Cómo es posible creer que Jesús vive en una sociedad tan vacía de su presencia física? ¿Dónde está? ¿cómo encontrarle? Vivimos en una época donde el ser humano parece no solamente haber olvidado a Dios, sino que parece haber olvidado quién es el hombre mismo. Muchas personas se confunden buscando sentido en etiquetas, sensaciones o pertenencias pasajeras. Cuando el hombre olvida qué es hombre —con su dignidad, propósito y responsabilidad— comienza una lucha interior por definirse desde lo externo, desde lo emocional o desde lo imaginado pero sin encontrarse a sí mismo. Pero cuando el ser recuerda que es imagen de Dios, deja de perderse en identidades pasajeras y encuentra su verdadero rostro y su verdadero destino de grandeza.

Al celebrar la resurrección contemplando este pasaje del Evangelio que acabamos de escuchar, quiero invitarles a ir sí, al Resucitado, a Cristo vivo, pero también a Juan, el hombre que «vió y creyó». ¿Quién es ese Juan que ve y cree cuando en realidad no ve nada?  De él quiero señalar dos rasgos: es ese discípulo que en la última cena «estaba a la mesa al lado de Jesús» (Juan 13, 23) y ese mismo discípulo es el que «está junto a la cruz de Jesús…  junto a la madre de Jesús» (Juan 19, 25-26). Juan, quierods hermanos, es el que «está junto a Jesús» en dos momentos clave e la existencia de Cristo y dxe todo hombre: el momento de la «entrega y el servicio» y el «momento de la cruz».

«Estar junto a Jesús» es lo que el hombre necesita para poder entenderse a sí mismo para ver y creer. Estar junto a Jesús en el amor, en la entrega, en el servicio, en el compartir, en el reir con él, en el llorar con él, en el esperar con él. Creer en el Resucitado no es cuestión de teorías o de iluminaciones, sino del modo de estar en la vida. Cuando estamos en la vida al modo de Jesús somos capaces de descubrir su presencia resucitada y resucitadora en tantas personas y en tantos acontecimientos de este mundo que parece vernos como ilusos, atrapados en un sin sentido. Viendo el sepulcro vacío nuestra fe se fortalece, nuestra esperanza nos conforta y nuestra caridad se hace generosa y gratuita. La gracia de comprender la Escritura, y las apariciones de Jesús resucitado, fueron datos determinantes para la fe de la primera comunidad cristiana. Sin esa comprensión, no sabremos nunca quiénes somos y mucho menos, quién es Dios.

En este Domingo la Iglesia nos invita a participar del gozo de la Resurrección del Señor que aquí, en la parroquia, hemos celebrado desde anoche con la solemne Vigilia Pascual que ha coronado nuestras vidas de la alegría de la fe, de la esperanza y del amor. La Pascua que celebramos inaugura un tiempo de gozo muy especial, 50 días de fiesta con un prólogo maravilloso: La Octava de Pascua. Jesucristo ha resucitado como el Primero de muchos, para mostrarnos cual es nuestra verdadera escencia mostrándonos la vida que nos espera y se nos ofrece si con esperanza, damos el paso de la fe. 

Nosotros no hemos tenido la oportunidad de estar en el momento excato de la resurrección de Jesús. Ni Magdalena, ni Pedro, ni Juan, ni los demás apóstoles y las mujeres que les acompañaban estuvieron. Pero el mismo Cristo nos había dicho que son felices los que creen sin ver. Por eso el Señor no da, en primera instancia, pruebas en sentido estricto de la Resurrección, sino sólo signos... Por eso, nuestra única respuesta sintoniza con la fe del discípulo amado, que no vio a Jesús; vio las vendas caídas y el sepulcro vacío, y creyó en Jesús, al que más tarde vería... Al celebrar hoy llenos de alegría al Señor Resucitado, avivemos nuestra fe, acrecentemos nuestra esperanza con María, y dejemos que Cristo Resucitado renueve la fuerza de nuestro Amor.

AMÉN. ¡ALELUYA!

Padre Alfredo.

HOMILÍA DE LA VIGILIA PASCUAL 2026.

«No está aquí; ha resucitado, como lo había dicho». Recalca san Mateo en el relato del Evangelio que esta noche santa hemos escuchado. Cuando Jesús habló por primera vez a los Doce y a las mujeres que les acompañaban, sobre el tema de la cruz y la resurrección, seguramente se preguntaban qué querría decir eso de «resucitar de entre los muertos» (Mc 9,10). En esta Vigilia Pascual, en la cual hemos repasado con calma los textos sagrados (siete lecturas del Antiguo Testamento con sus salmos, la Carta de San Pablo a los Romanos y el Evangelio de san Mateo en el capítulo 28), hemos recordado que Dios «no quiere nuestra muerte», sino que somos «miembros vivos de una descendencia de salvados» que nos alegramos porque Cristo no se ha quedado en el sepulcro. 

La resurrección de Cristo es el salto más decisivo hacia una dimensión totalmente nueva, que no se ha producido nunca jamás en la historia: un salto de un orden completamente nuevo, que nos afecta y que atañe a toda la historia. ¡Imagino la alegría de María, la Madre de Dios y Madre nuestra, por vernos aquí en su casa en esta noche, celebrando que Jesús está vivo! Él pertenece al mundo de los vivos, no al de los muertos; por eso en Latín, el Pregón Pascual repite una y otra vez: «¡Exultet!», haciendo que este himno de gloria celebre el triunfo de Cristo resucitado recordándonos a nosotros que somos pecadores: «¡O felix culpa, quae talem ac tantum meruit habere Redemptorem!» —¡Feliz culpa que mereció tal Redentor! Este Redentor que es el Alfa y la Omega, y que existe no sólo en el ayer, sino también hoy y por la eternidad (cf. Hb 13,8). Pero, ¿qué significa eso de resucitar para nosotros? 

En la última Cena, él había nuevamente anticipado la muerte y la transformó en el don de sí mismo con el deseo de quedarse para siempre. Su resurrección fue como un estallido de luz que inauguró una nueva dimensión del ser, de la vida, de la historia. Pero eso, solamente lo podemos entender mediante la fe y las gracias que el bautismo nos otorga. Por eso el Bautismo forma parte fundamental de la Vigilia pascual. Ya sea celebrando el sacramento o renovándolo con gratitud. El gran estallido de la resurrección nos ha alcanzado en el Bautismo para mantenernos en este mundo como peregrinos de esperanza y anunciadores de una Buena Nueva: ¡El Señor ha resucitado y estamos llenos de gozo!

Pablo d’Ors, en su libro Biografía de la luz, escribe que «hablar de Dios, suena hoy como algo inoportuno y trasnochado. Pero nuestro olvido de Dios es, el último término, un olvido de nosotros mismos. Para conocernos, hemos de mirar a lo invisible». (Pablo d´Ors, “Biografía de la luz”, Ed. Galaxcia Gutenberg, Barcelona 2021, p. 542). Y es que, dice él mismo: «también se cifra en haber sido testigos de una desaparición, de un soltar la experiencia tangible». (Pablo d´Ors, “Biografía de la luz”, Ed. Galaxcia Gutenberg, Barcelona 2021, p. 542). Ésta es la alegría de la Vigilia pascual. Llenos de gozo, ante la ausencia de Jesús en el sepulcro, hemos podido cantar una vez más el Pregón Pascual celebrando la resurrección como un acontecimiento cósmico, que comprende cielo y tierra, y asocia el uno con la otra. El Resucitado está presente, pero nosotros, distraídos por el amasijo de tantos ruidos, de tantas promesas falsas, de tantas ideologías, de tantas ilusiones, no sabemos distinguirlo. Escuchemos esta noche llenos de júbilo la voz de Jesús que nos vuelve a decir: «¡Dichosos los que creen sin haber visto!» (Jn 20,29). 

Padre Alfredo.


viernes, 3 de abril de 2026

HOMILÍA DEL VIERNES SANTO 2026.

Cada Viernes Santo recordamos el momento más terrible de la pasión de Jesús, que es ciertamente cuando exclama, en el más extremo sufrimiento de la cruz: «Eli, Eli, lemá sabactaní» (Mateo 27,46) —¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?—. Esta es una frase de un salmo, el salmo 22 en el que Israel, doliente, torturado, despreciado a causa de su fe, le grita a Dios su desgracia. Y este grito de oración tiene un significado impresionante en la boca de aquel que es la misma cercanía salvífica de Dios entre los hombres. No es ninguna casualidad que la fe en Dios provenga de este rostro lleno de sangre y heridas que grita con dolor en arameo, su lengua materna: «Eli, Eli, lemá sabactaní» como una expresión de profunda desesperación y dolor de un hombre que conocía bien sus escrituras. Creo que Jesús, verdadero Dios, pero a la vez verdadero hombre, sentía un dolor horrible por estar crucificado, estaba lleno de angustia y recurrió a las escrituras para expresarlo. Era completamente Dios, pero también era una persona normal que estaba siendo torturada hasta la muerte. 

En su libro La misericordia de Dios en tiempos de crisis, Cristóbal Sevilla Anota que «el sufrimiento nos provoca escándalo y, cuando nos encontramos con el Dios que aparece en la Biblia como “compasivo y misericordioso”, nos parece que no es más que una ilusión para dar consuelo».(1)  Pero para Cristo no fue así, el abandono se convierte en él en primer lugar en oración, en un cortísimo diálogo con el Padre que habla de ofrenda, de oblación, de consumación. San Oscar Arnulfo Romero, aquel arzobispo salvadoreño que algunos de ustedes recuerdan que fue acribillado en el Altar en medio de una celebración, en una homilía del año 1978 exclamó: «Qué interlocutor más divino. ¡Cómo es posible que los hombres podamos vivir sin orar! ¡Cómo es posible que el hombre y la mujer puedan pasarse toda su vida sin pensar en Dios! ¡Tener vacía esa capacidad de lo divino y no llenarla nunca!».(2)  Hoy nuevamente vemos al Señor crucificado y es inevitable que pensemos en nuestras vidas complicadas, nuestra sociedad sumergida en cientos de problemáticas, la violencia, la inseguridad, la migración, la pobreza... ¡cuántos de nuestros hermanos llevan cruces que parecen inseparables de su existencia! Debemos detenernos y contemplar que Jesús no constata la ausencia de Dios, sino que la transforma en oración y ofrenda. Si queremos integrar en el Viernes Santo de Jesús el Viernes Santo de nuestra sociedad actual, tenemos que integrar en el grito de Cristo aunque con certeza podemos afirmar que la mayor parte de los que estamos aquí, no participamos de grandes horrores más que como espectadores. 

No podemos marcharnos en silencio sin tomar en serio estas palabras de Jesús, que nos amonestan precisamente en el Viernes Santo. Esta austera celebración, en la que no se celebra la eucaristía, en la que el altar no tiene mantel, en la que no hay flores... nos invita a mantenernos en una actitud contemplativa de lo que Cristo, el Hijo de Dios, el Mesías Salvador hizo por nosotros para para abrirnos el Reino de los cielos haciendo de su dolor la ofrenda más grande que puede testimoniar lo que debemos ser y hacer. Él había dicho: «Nadie tiene amor más grande, que el que da la vida por sus amigos» (Jn 15,13). Junto a la Cruz estaba María su madre. Ojalá que nuestros ojos y nuestro corazón la miren y que en medio de cada Viernes Santo de la historia, recibamos el misterio pascual del Viernes Santo de Cristo y en él seamos salvados. 

1. Cristóbal Sevilla, “La misericordia de Dios en tiempos de crisis”, Editorial Verbo Divino, Estella 2015, p. 9.
2. Homilía del 13 de agosto de 1978.

Padre Alfredo.


jueves, 2 de abril de 2026

HOMILÍA DEL JUEVES SANTO 2026.

El Jueves Santo es el día de la Institución de la Eucaristía, del sacramento del Orden y del mandamiento del amor. El Maestro, sabiendo que ya estaba acerca su hora, se reunió con sus discípulos para celebrar la Última cena. Seguramente ellos no captaron en el momento lo que estaba sucediendo. Jesús tomó pan en sus manos y dijo: «Este es mi cuerpo, que será entregado por ustedes»; y después tomó vino y dijo: «Esta es mi sangre, que será derramada por todos ustedes». Más tarde entenderán a la luz de la resurrección y darán continuidad perpetua a aquel acto de amor maravilloso con el don del sacerdocio que recibieron en esta Bendita Cena.

En este ambiente de aquella cena tan particular, Jesús ofrece el mandamiento del amor que debe permanecer siempre vivo: «Les doy un mandamiento nuevo: que se amen los unos a los otros como yo los he amado». El Evangelio de hoy nos narra cómo Jesús se levantó de la mesa, se ciñó una toalla y se puso a lavar los pies a sus discípulos diciéndoles que ellos habrían de hacer lo mismo. Esta acción, que solamente hacían los esclavos o los criados, será ahora tarea de todos: «Lo que yo, que soy el Maestro, acabo de hacer con ustedes háganlo entre ustedes mismos». Todos en la Iglesia, tenemos esa tarea de amar, porque este es el sello distintivo del discípulo–misionero.

Hoy rememoramos la institución de la Eucaristía, junto con el establecimiento del sacerdocio y la conjunción del modo imperativo del verbo amar. EL relato evangélico que hemos escuchado nos muestra que señal de quien vive de la Eucaristía, es el servicio a la humanidad, como el Maestro. La condición de servidumbre que el gesto de lavar los pies implicaba en la cultura de Jesús y que los discípulos rechazaban tan visceralmente… suele quedar muy dulzona en una simple representación. Pero... ¿Qué significa asumir el servicio al modo de Jesús sin reconocimientos, sin descanso, sin recompensa, sin fotografías, solo confiando en que hacemos lo que Jesús nos marcó? Este Jueves Santo no vivamos el lavatorio de los pies como algo meramente teatral desde un ámbito sentimental. Recibamos este amor «hasta el extremo» y dejemos que él nos renueve y transforme: «Lávanos, «Señor, no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza.»

El célebre monje benedictino Anselm Grün en su libro Las obras de misericordia da la clave para la vivencia de este mandamiento que bien puede ser aplicado por todos: «en el modo en que nos comportamos con el ser humano se hace visible, en última instancia, nuestra relación con Jesucristo, independientemente de qué creamos o no en Cristo, o de qué en el hermano o la hermana reconozcamos o no a Cristo».(1) 

Que la Virgen Madre, que seguramente vivió con intensidad este tríptico de gracia, nos acompañe para que con ella, podamos acompañar a Jesús en esta noche de vela agradeciendo que se ha quedado en la Eucaristía y que nos ha dejado a los sacerdotes para hacerle presente y conducirnos en el amor.

(1) Anselm Grün, “Las obras de misericordia” 2a ed., Ed. Sal Terrae, Basauri 2009.

Padre Alfredo.

Jueves Santo 2026.


HOMILÍA DEL MIÉRCOLES SANTO 2026.

Hace unas horas, en la basílica de Nuestra Señora del Roble, la mayoría de los sacerdotes diocesanos y religiosos de Monterrey, renovamos nuestras promesas sacerdotales en la Misa en la que también se consagran los Óleos y el Santo Crisma para este año. Esta celebración, en la que siempre algunos de ustedes están presentes, nos perpetúa el hecho de que somos comunidad y que, quienes traen y presentan los Óleos, nos recuerdan que somos ungidos para ponernos al servicio de la unidad fraterna de nuestra parroquia, que se funda en su cabeza que es Cristo representado por los obispos y sacerdotes y vive de la fuerza que de él procede.  Ser miembros de la Iglesia no puede reducirse a un pequeño mundo de domingo añadido a nuestro mundo de los días laborales, de estudio o de otras ocupaciones. Ser miembros de la Iglesia es ser «ungidos» unidos a Cristo, pues este nombre —Χριστός (Christós)— significa «El ungido». 

Por eso el óleo bendito está presente en los sacramentos de la Iglesia: en su aplicación antes del bautismo, como «óleo de los catecúmenos», nos recuerda que el que se va a bautizar es una persona que se arma para la gran lucha de la vida en el drama de la historia junto a los demás miembros de la Iglesia. Los atletas que luchaban en la arena romana ungían su cuerpo con aceite con el fin de qué estuviese flexible, elástico, vigoroso, ágil, no reseco. En la unción de los enfermos, como «óleo de los enfermos», se hace medicina de Dios. La unción que después del bautismo se aplica con el Santo Crisma, así como el uso de este crisma en la confirmación y en la ordenación sacerdotal, nos recuerda la unción de los sacerdotes de los profetas y de los reyes. Ungidos, marcados y sellados por el Espíritu del Señor para servir y hacer el bien, experimentamos en nosotros lo que vaticinaba el profeta Isaías: «El Espíritu del Señor está sobre mí porque me ha ungido» (Is 61,1; cfr. Lc 4,18-19).

En el evangelio que escuchamos hace unos momentos, se recalca de nuevo la traición de Judas cuando Jesús quiere celebrar la Pascua de despedida de los suyos, como signo entrañable de amistad y comunión. Judas, para este momento, ya ha concertado la traición pidiendo a cambio de la entrega de Jesús treinta monedas —el precio de un esclavo, según Ex 21,32—. En puertas de celebrar el misterio de la Pascua del Señor, junto a la admiración contemplativa de su entrega podemos aprender una lección. El dinero, que para muchos se ha convertido, como dice Georg Simmel, pionero de la microsociología y la sociología urbana en su libro Filosofía del dinero, en un medio absoluto, «se convierte en fin psicológico absoluto para la mayoría de los seres humanos».(1)  Y se termina amándolo por sí mismo. Hoy muchos, como Judas, no dudan en negar a Jesús con tal de tener dinero, olvidando el fin para el que se debe buscar. Hoy quisa valga la pena quedarnos con unas preguntas: ¿Nos sabemos «ungidos», para llevar la unción de Jesús a los demás? ¿Nos hemos hecho tan amigos del dinero que olvidamos su fin y lo hacemos medio absoluto de nuestra felicidad? ¿Soñamos con ser ricos traicionando a Jesús?

(1) Georg Simmel, “Filosofía del dinero”, Título original: «PHILOSOPHÍE DES GELDES» Ed. Duncker & Humblot, Berlin 195, p. 236.

Padre Alfredo,

Miércoles Santo 2026.

lunes, 30 de marzo de 2026

HOMILÍA DEL MARTES SANTO 2026.

El pasaje del Evangelio de Juan que acabamos de leer, describe la última cena de Pascua de Jesús con sus discípulos, un relato que presenta por un lado la traición de Judas y por otro la negación de Pedro. Estos dos hombres parecen grandes amigos de Jesús; Pedro era uno de los tres que Jesús siempre tomaba en cuenta en los momentos importantes y Judas era «el encargado de la bolsa». Pero las posibilidades de perversión del corazón humano son realmente muchas. Ciertamente, de entrada, no podemos justificar ni a uno ni a otro... ¡No estábamos allí! Pero los pasajes evangélicos que vendrán a continuación nos hablarán del arrepentimiento de Pedro que lloró amargamente luego de darse cuenta de lo que hizo y de la actitud de Judas, cuyo garrafal error no fue sencillamente haber entregado a Jesús, sino no ver el amor, que de todas formas ahí estaba y ahí siguió siempre, porque el amor de Dios que se encarna en Jesús es permanente e irrevocable.

Seguro Judas no buscaba a Jesús como Dios, Judas buscaba prestigio, éxito, publicidad en el mundo... ¡Qué privilegio ser de los doce y asegurarse un futuro! Pero ese futuro no llegaba, Jesús dejaba que los suyos gastaran el dinero como su amiga María en perfumes caros. En Judas no había trascendencia, no había sentido. El sociólogo y filósofo alemán Hartmut Rosa, figura clave de la «nueva teoría crítica"» y conocido por analizar la «aceleración social», dice que una de las razones de nuestra hambruna temporal, es que damos mayor valor a la vida en la tierra, que a la vida después de la muerte. Si no creemos en esta, tenemos que vivir aquí y ahora, y el tiempo se acaba.(1)

La única manera de prevenir el buscar quedarnos instalados en este mundo —como parece ser que Judas quería— es reconocer nuestras faltas y llorar como Pedro para sumergirse en el amor de Jesús Preparemos nuestros corazones junto a María santísima, que en silencio y siempre fiel, seguía los últimos momentos de su Hijo Jesús, para entrar con él en este Triduo Pascual, durante el cual recordaremos todo lo que Jesús tuvo que sufrir por nosotros para que nos quedara claro lo que es el Amor. Con razón a la Virgen se le llama: «Madre del Amor Hermoso».

(1) Tania Sánchez, “Filosofía para todos los días”, Ed. Paidós, Ciudad de México 2025, pp. 86-87.

Padre Alfredo.
Martes Santo 2026.

HOMILÍA DEL LUNES SANTO 2026

La historia de la unción en Betania va mucho más allá de un simple recuerdo. Hemos de ver en el gesto de María algo permanente, simbólico y modélico, pues parece adelantarse al momento de querer ir a embalsamar el cuerpo inerte de Cristo luego de que muera.

Juan nos cuenta que, por la unción, toda la casa se llenó de la fragancia del perfume (Jn 12,3). Eso nos recuerda una frase de san Pablo: «Porque somos para Dios permanente olor de Cristo» (2 Cor 2,15). Cristo se irá a la derecha del Padre, pero nosotros, a pesar de nuestra miseria, de nuestra pequeñez y a veces de nuestra aparente ineptitud, le haremos presente. En nuestro testimonio de vida su presencia se esparcirá como el perfume de María, por toda nuestra casa común que es el mundo.

Junto a María, en esta escena conmovedora, se encuentra Judas, que se convertirá en el cómplice de la muerte: respecto a Jesús, primeramente, y también, luego, respecto a sí mismo. A esa unción contrapone él el cálculo de la pura utilidad, el materialismo, el costo de aquella fina loción. Pero, detrás de eso, aparece algo más profundo: Judas no era capaz de atender, de escuchar efectivamente a Jesús, y de aprender de él una nueva concepción de la salvación del mundo y de Israel. A pesar de estar junto al Maestro se había entrenado muy poco para prestarle atención. A veces puede haber gestos que parecen hablar de atención, pero no lo son. 

Qué diferente del gesto de Judas el de María, que gastó tal vez sus ahorros en un perfume caro para Jesús. La destacada filósofa, mística y activista francesa Simone Weil, tiene un libro que se llama «A la espera de Dios». En él dice que a veces pensamos que una persona pone atención porque frunce las cejas, contiene la respiración o contrae los músculos, pero en el fondo no prestan realmente atención, solo hacen eso, «contraen los músculos».(1)  Podemos pensar en el rostro de María que tal vez levantó las cejas desde el suelo para ver a Jesús en señal de cariño y pensemos también en el rostro de Judas que tal vez solamente frunció el ceño como signo de desilusión sin atender a nada. 

Dejémonos mirar por la Virgen, ella ve si fruncimos el ceño como Judas o su levantamos la mirada desde abajo para ver también nosotros a Jesús. 

Padre Alfredo.
Lunes Santo 2026.
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Simone Weil, “A la espera de Dios”, (1942) [ePub], p. 50. El texto literal dice: «Muy a menudo se confunde la atención con una especie de esfuerzo muscular. Si se dice a los alumnos: “Ahora vais a prestar atención”, se les ve fruncir las cejas, retener la respiración, contraer los músculos. Si pasado un par de minutos se les pregunta a qué están prestando atención, no serán capaces de responder. No han prestado atención a nada. Simplemente, no han prestado atención, han contraído los músculos.»