viernes, 25 de septiembre de 2026

«¿Por qué allá sí?... UN PEQUEÑO PENSAMIENTO PARA HOY


Desde que era pequeño, gracias a mis padres, fui entendiendo, al igual que Lalo mi hermano, que la felicidad no se encuentra en las cosas más codiciadas por la humanidad, como es el poder, el placer, las riquezas, los honores, etc. Hoy que veo el texto de la primera lectura (Eclesiastés 1,2-11) me doy cuenta de que hace casi tres mil años después de que se escribiera este texto, el corazón del hombre es el mismo, la esencia humana no ha cambiado, están las mismas luchas, los mismos pecados, los mismos errores, las mismas búsquedas… han cambiado las formas, pero no el fondo. A pesar del paso del tiempo, el Qohelet expresa algunos de los sentimientos más comunes de la sociedad actual: el desencanto, aburrimiento, rutina, insatisfacción, desesperanza… Mucha gente vive así, en la insatisfacción, e incluso en una triste monotonía. Tantas veces vemos cómo nada puede «satisfacer» totalmente al ser humano. Nuestro corazón está hecho para Dios y sólo el encuentro con Él, como decía San Agustín, puede llenar el vacío del corazón: «nuestro corazón estará siempre inquieto hasta que no descanse en Dios».

Ahora que el Señor me permitió pasar poco más de un mes en Indonesia, quedé maravillado de ver cómo estamos viviendo en América, acelerados, peleando, insultando —basta ver los pleitos al conducir— y cómo viven en el lejano Oriente. Yakarta tiene un tráfico como 10 veces peor que Monterrey. ¡Imaginen más de 100 motocicletas seguidas por un buen número de carros esperando que cambie el semáforo y ver cómo sin pelear, sin insultarse, sin meterse a la fuerza, todos avanzan! Las pocas veces que salí a la calle y veía esto pensaba: ¿para qué nos afanamos tanto y andamos en tantas preocupaciones por la vida y, tantas veces, víctimas del estrés en América? ¿vale la pena? Esto se completó al llegar al aeropuerto Haneda de Tokio, en donde multitudes caminaban en silencio —nadie usando el teléfono o hablando en voz alta— y en medio de un orden impresionante. Lo que más me impacta es que se trata allá de un mundo en donde los musulmanes —en Indonesia— y los budistas y sintoístas —en Japón— son la mayoría y los cristianos una minoría casi insignificante.


El evangelio de hoy (Lucas 9, 7-9) cuenta que Herodes sólo quería conocer a Jesús por curiosidad, quería espectáculo y circo, incluso quería presenciar algún milagro. Eso me hace pensar en tantos Herodes disfrazados de cristianos —católicos y protestantes— que no buscan tener un encuentro con Jesucristo, porque tener un encuentro con Cristo es algo muy profundo y comprometedor que transforma la vida y la manera de ser y actuar, es estar dispuesto a que Cristo entre en tu corazón y te cambie la vida. Quizás sea este un buen momento para preguntarnos si realmente hemos dejado entrar los criterios de Cristo, que van más allá de los de Mahoma o Buda en nuestros corazones de «creyentes», aun sabiendo que este encuentro puede poner nuestras vidas patas arriba para darnos una vida nueva y un corazón nuevo que sepa amar, esperar, acompañar, escuchar, tolerar... En la sociedad regiomontana y en muchas más de América, hay curiosidad, hay algunos que buscan lo milagrero y otros para los que Jesucristo ni existe o tiene un mensaje caduco. Pero, no lo puedo negar, aunque sea un número más reducido, como decía Benedicto XVI, hay también muchas personas que «desean ver a Jesús», aunque no se den cuenta a quién están buscando de verdad. Nosotros, los discípulos¬-misioneros de Cristo debemos dar testimonio con nuestra vida de que Cristo es la respuesta a todas nuestras búsquedas. Que la Virgen de la Merced, a quien hoy celebramos, nos ayude. ¡Bendecido jueves sacerdotal y eucarístico!

Padre Alfredo.


martes, 22 de septiembre de 2026

«ADIÓS INDONESIA... TERIMA KASHI BAGNA!»... Un pequeño pensamiento para hoy


El Evangelio de hoy (Lucas 8, 19-21) nos pone delante una palabra de Jesús que a primera vista puede desconcertarnos: «Mi madre y mis hermanos son estos: los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen». Es que, si no se conoce el corazón de Cristo, se puede pensar pensar que Jesús está dejando de lado los lazos familiares; pero cuando como discípulos–misioneros suyos nos dejamos mirar por Él, descubrimos algo mucho más grande: Jesús no reduce la familia, la ensancha. Nos abre espacio a todos en su corazón misericordioso. Nos recuerda que la verdadera familia de Dios no se construye solamente por la sangre, sino por el amor concreto, por la escucha sincera de la Palabra y por el deseo de vivirla cada día.

Y qué maravilloso es descubrir que el Evangelio no es una idea lejana ni una palabra muerta: el Evangelio acontece. Acontece cuando dejamos entrar a Jesús en nuestra vida, en nuestras comunidades, en nuestras despedidas y encuentros, en nuestra fragilidad y en nuestra alegría. Sé que eso buscamos como bautizados: dejar entrar a Jesús para que Él nos haga familia, como él quiere y como Madre Inés nos enseñó. En la familia de Jesús nadie sobra, nadie queda fuera, nadie vale menos. Por eso estamos llamados a reconocernos pequeños, necesitados de sentarnos juntos a la mesa de la Palabra y a la mesa de la Eucaristía, donde el Señor nos alimenta, nos reúne y nos vuelve a enviar. En estos días he podido agradecer, con mucha emoción en Indonesia, el gozo de ser Familia Inesiana, familia de Manuelita de Jesús —su nombre de pila— y, sobre todo, familia de Jesús, José y María. He sentido que mi casa es el mundo, y que en cada comunidad a la que llego soy recibido como un hermanito que va de paso, discípulo-misionero, invitado a vivir con pasión el Reino que nos hace hermanos. Terima kashi bagna!

Por eso, al llegar al final de estos días, mi corazón se llena de gratitud. Gracias a mi superior general, el padre Carlos, siempre dispuesto a hacer todo por la misión y a mis demás hermanos misioneros de Cristo; a la hermana Rina, que es la superiora de la región de Indonesia, que comprende 11 misiones en Indonesia y una en Vietnam; a tantas hermanas misioneras clarisas y vanclaristas de esta hermosa región; a las hermanas Silvia y Tere por aguantar al «hermanito molón» en esta experiencia misionera; y gracias a tantos seglares que han servido con generosidad: maestros, doctores, enfermeros, trabajadores, cocineros, choferes y tantos rostros buenos que ya se han robado un pedacito de mi corazón misionero. Hoy me pregunto, y los invito a preguntárselo conmigo: ¿de qué manera mi fe se nota en mi capacidad de reconocerme familia con quienes Dios pone en mi camino? ¿Estoy dispuesto a seguir escuchando la Palabra para ser otro Cristo como Madre Inés quería? ¿Qué puedo hacer desde mi responsabilidad y mi ministerio, para que el Reino no sea solo un deseo bonito, sino una realidad concreta? Y junto con ustedes, en esta última Eucaristía aquí en Yakarta, miramos a María, la primera que escuchó la Palabra y la cumplió. Les invito a decirle: «Dulce Madre, no te alejes…». ¡Bendecido martes!

Padre Alfredo.

lunes, 21 de septiembre de 2026

El valor moral hoy y siempre...


A lo largo de la historia, las sociedades humanas han necesitado normas y brújulas invisibles para orientar sus decisiones. Estas guías no están escritas en leyes físicas, sino en la conciencia colectiva e individual: son los valores morales. Un valor moral es una cualidad o principio que le otorga sentido a nuestros actos, permitiéndonos juzgar si una conducta es buena o mala, justa o injusta. Valores como el respeto, la honestidad, la solidaridad y la responsabilidad funcionan como los cimientos que sostienen las relaciones humanas y la paz social. En una época marcada por el individualismo y los cambios constantes, reflexionar sobre el valor moral no es un ejercicio meramente filosófico, sino una necesidad vital. Nos invita a preguntarnos quiénes somos, cómo nos relacionamos con los demás y qué tipo de legado humano queremos construir en nuestra comunidad.

Llamamos valor a la cualidad que ostenta todo objeto que en sí mismo representa una preferibilidad, una superioridad. Se dice sencillamente que valor es «lo que vale»; pero para que una cosa valga necesita un reconocimiento. Por ejemplo, el oro tiene valor porque toda la humanidad ha reconocido que vale. Diríamos entonces que «valor es lo que vale para el hombre, y vale para lo que tenga significación en su vida». Hablar de valor, entonces, es hablar de dignidad humana. El valor moral es la mediación objetiva de la moralidad. Se integra de dos dimensiones: la realidad ética y la referencia religiosa, que en nuestro caso es hablar de una referencia cristiana.


a) REALIDAD ÉTICA

El valor moral cristiano, en cuanto realidad ética genérica, dice relación a la construcción normativa de lo humano. En la realización ideal de lo humano es donde reside el constitutivo del valor moral. Es decir, el valor moral dice relación a «promover a todos los hombres y a todo el hombre» (PP 14 de S.S. Pablo VI).
El valor moral se da en un proceso histórico y no como una realidad abstracta. Ya decíamos que la moral es una ciencia eminentemente práctica. 

Se da, además, como un dinamismo siempre creciente y no como la repetición de algo previamente dado. «La moral se vive». Yo creo que todos nos hemos hecho estas preguntas: ¿Qué somos? ¿De dónde venimos? ¿Hacia dónde vamos? En todo hombre existe la sensación de vivir, de vivir para algo, y en razón de algo. La idea que cada hombre tiene de lo que es, de su origen, de su destino, lo lleva a buscar una cierta manera de actuar, a un modo de vivir conforme a un valor moral.

El valor moral se presenta como una liberación de cada hombre y de todos los hombres y como un despliegue de humanidad que lleva al mismo hombre al desarrollo de su creatividad y a establecer un compromiso de hacer siempre una nueva humanidad.


b) REFERENCIA RELIGIOSA-CRISTIANA

El constitutivo específico del valor moral cristiano es Cristo, en cuanto que es interiorizado en el vivir de cada creyente. Este cristocentrismo del constitutivo del valor moral cristiano puede ser expresado de diverso modo. De hecho han existido formas diferentes de exponer el horizonte religioso de la ética cristiana. Algunos ejemplos son los siguientes:

La forma como cada hombre ordena los valores en su vida, obedece a su reconocimiento de las dignidades que representan estos valores. A la manera en como el hombre ordena los valores le llamamos «jerarquización»; así, hablamos de la «jerarquización de valores».

La jerarquización de valores, conforme a la moral, no permanece en un plano reflexivo, sino que se manifiesta en forma práctica y concreta. Hay en filosofía una ciencia, a parte de la ética o de la moral en teología, que estudio los valores y se llama axiología. No nos ocuparemos de ella, pero conviene saber que existe. Esta ciencia filosófica se plantea con sentido metódico y proyección abierta, la búsqueda de las esencias y de las variantes de los valores, para conocer, a través de ellas, otro sendero que conduzca a mejorar nuestra concepción de lo humano.

Los valores se van viviendo según la convicción moral de la persona, por eso, quien no tiene y vive una auténtica moral bien cimentado, será casi imposible que tenga una adecuada jerarquización de valores.

° El ejercicio de la caridad.
° La búsqueda del establecimiento del Reino de Dios.
° La imitación de Cristo.
° La realización del Cuerpo Místico de Cristo.
° El seguimiento de Cristo en sus diversas formas.

El valor moral va haciendo que el hombre ordene en su vida una serie de valores que regidos por la moral van marcando su caminar. Que los hombres vivan diversos valores y los consideren en manera diversa no quiere decir que se pierda la universalidad del valor moral, sino que este se realiza en valores concretos que el hombre va realizando en su diario vivir y a los cuales les va dando un cierto precio.

Padre Alfredo.

«¿Dónde me coloco yo en el banquete?... UN PEQUEÑO PENSAMIENTO PARA HOY


Hoy el evangelio nos invita a contemplar lo que Jesús puede hacer en una persona que se decide a seguirlo: Mateo, el hombre cuyo oficio no era nada agradable para sus contemporáneos. Era servidor de Roma, cobrando impuestos para una nación opresora. Mateo desempañaba su oficio en una ciudad donde nuestro Señor iba con frecuencia, Cafarnaún. Como tantos otros, habría oído hablar de Jesús. Lo más sorprendente para él fue ser llamado por aquel Maestro para ser uno de los suyos. Nos lo cuenta él mismo y nos dice que su reacción fue levantarse, seguirlo y luego hacer un banquete y nada más, porque él no hace un relato de lo suyo. El objetivo de su evangelio es destacar la obra de Cristo no su propia vida.

Por eso su biografía y demás detalles carecen de importancia para él. Pero contarnos del banquete, eso sí fue importante. Mateo dice que había gente importante, fariseos y publicanos, y otros que pasaban por pecadores; «chusma» decimos en México para referirnos a mucha gente de todo tipo. La sorpresa de los que se sentían «importantes» debió de ser grande al verse en medio de gente de lo ordinario y algo más. Por eso, seguramente molestos, preguntaron a los discípulos por qué el Maestro se juntaba con gente de todo tipo. Como siempre, Jesús tiene palabras muy claras. Su respuesta debió dejarlos muy sorprendidos. Para ello cita a Oseas: «Misericordia quiero y no sacrificios». Y aquí está lo importante de por qué Mateo nos cuenta que hizo un banquete:

Tener misericordia es parecerse a Dios que tiene un corazón donde todos caben sin distinción de raza, de color, de edades o condición de vida. Su persona no entiende de clasificaciones humanas, pero si hay que hacerlas les recuerda un principio elemental, que el médico está para curar a los enfermos. Los sanos no necesitan de él. Les ha e quedar claro que la tarea principal del Maestro de Nazareth es buscar a los pecadores y sanarlos y todos estamos incluidos en esa condición de necesitados. Cristo ha venido a acoger a todos, especialmente a aquellos que más lo necesitamos. Por eso conviene que al recordar este evangelio cada uno de nosotros nos preguntemos: ¿Dónde me coloco yo en el banquete? ¿Me siento necesitado de Jesús? Me identifico solamente como un invitado o más bien me involucro tanto como María, que en un banquete no solo se sentó a la mesa, sino que atendió a los convidados haciendo que descubrieran quien era Jesús. ¡Bendecido lunes!

Padre Alfredo.

domingo, 20 de septiembre de 2026

«Algunos no tiene la culpa de haber sido encontrados tarde»... Un pequeño pensamiento para hoy

El evangelio de este domingo (Mt 20,1-16) nos ofrece la parábola de los obreros de la viña, una de las más significativas en torno al misterio del Reino de Dios. Es una parábola que nos puede recordar, en su resultado final, la parábola del hijo pródigo, porque en el fondo se quiere hablar de la misma persona: Dios. A él podemos verlo como un padre que espera a su hijo y le ofrece misericordia, o como patrón de una viña que busca obreros durante todo el día. Y aquí aparece lo primero que conviene reflexionar: Dios no se cansa de salir a buscarnos. Él sale temprano, sale al mediodía, sale cuando ya parece tarde, y sale incluso cuando nosotros pensamos que ya no vale la pena. Si la Iglesia fuera una oficina humana, quizá habría un letrero que dijera: «Se reciben discípulos–misioneros de Cristo de 9 a 7; pero como la Iglesia no es el edificio, sino la viña del Señor, parece que el horario es más amplio que el de una panadería por ejemplo, porque la misericordia de Dios no cierra ni por inventario.

La salvación de los hombres no funciona con los criterios de este mundo. ¿Se acuerdan que un día escribí algo sobre la lógica de Dios, que es tan diferente de la nuestra? «Mis caminos no son sus caminos» (Is 55). Todo en esta parábola parece ser desconcertante y a la vez original. La justicia estricta, con sus cargas pesadas y absurdas, queda subordinada a la misericordia o la generosidad. El dueño de la viña es generoso con todos, a nadie le ha pagado mal. No hay rebajas, pero hay caridad. Así funciona el Reino, no el mundo, y así se hace justicia de una forma absolutamente distinta a la de cualquier otra institución. El trabajo «de sol a sol» en aquellos tiempos era de doce horas, que se dividían habitualmente de tres en tres. Supongamos que de 6 de la mañana a 6 de la tarde. Los primeros jornaleros fueron contratados a las 6 de la mañana, y los últimos, a las 5 de la tarde, la undécima hora. Es muy posible que aquellos hombres no merecieran ese jornal desde el punto de vista de la justicia simple o productiva, pero desde la bondad de Dios han recibido gratuitamente lo que necesitaban, porque Dios no llega nunca tarde. 

Así es el Dios de Jesús, así es el Dios de la salvación. Todos los jornaleros pudieron llevar a sus casas el pan de cada día, unos por justicia y otros por generosidad. Pero eso no acontece más que en el que por encima de la justicia helada de los hombres, se mueve en la misericordia de la salvación, del perdón y de la solidaridad. Hay una pequeña fábula que quiero compartir: «Una vez, un sembrador tenía dos sacos de trigo; uno grande, lleno desde temprano, y otro pequeño, casi vacío, que encontró al caer la tarde. Cuando llegó la noche, puso semilla en los dos campos. El vecino le dijo: “¿Por qué gastas semilla en ese terreno que llegó tarde?” Y el sembrador respondió: “Porque la tierra no tiene la culpa de haber sido encontrada al final del día; si recibe semilla, también puede dar fruto”». Tal vez así mira Dios nuestra vida: no sólo contando las horas trabajadas, sino mirando el hambre que traemos, la esperanza que nos queda y el fruto que todavía podemos dar. Y bueno... tal vez tampoco fue justo que los novios de Caná quedaran bien con un vino que no habían comprado —¡saludaron con sombrero ajeno!—, pero bastó la voz de María que serenamente dijera: «Hagan lo que él les diga». ¡Bendecido domingo!

Padre Alfredo.

sábado, 19 de septiembre de 2026

«Aquí se queda un pedazo de mi corazón»... Un pequeño pensamiento para hoy


Aquí en Indonesia la gente siembra mucho. ¡Cómo agradezco a Dios el viaje que hice de Surabaya hasta aquí a Yakarta en tren! Me basta cerrar los ojos para volver a contemplar la hermosura de los arrozales junto con los campos de maíz y de hortalizas. Aquellos extensos campos fueron como una catequesis silenciosa: cada espacio hablaba de manos pacientes, de jornadas humildes, de sudor escondido y de una esperanza que no hace ruido, pero que sostiene la vida. Esos campos me hablaban de esfuerzo, pero sobre todo de confianza en el futuro: se siembra porque se espera; se deposita la semilla en la tierra porque se cree que, a su tiempo, dará fruto.

El evangelio de hoy (Lc 8,4-15) nos recuerda que no toda semilla llega a dar fruto: unas caen en el camino y los pájaros se las comen; otras encuentran piedras que entorpecen su crecimiento; otras quedan sofocadas por las zarzas que les roban la fuerza y la sazón. Allá en El Tigre, en nuestra misión de Michoacán en México, después de sembrar, los campesinos vuelven a sus campos cada mañana a mirar la tierra aparentemente vacía y que precisamente porque no se ve nada, hay que cuidar más la semilla. Así sucede también con la Palabra de Dios: muchas veces trabaja en silencio, escondida en lo profundo del corazón. Y, sin embargo, a pesar de esas pérdidas y esperas, la parábola de hoy nos entrega un mensaje profundamente esperanzador: la semilla dará abundante cosecha cuando sea acogida con fe y alegría por los pobres, los pequeños y los pecadores, por todos aquellos que saben abrir el corazón a la Palabra de Dios.

Ayer, cuando terminé mi última conferencia, me pedían una palabra, no pensé decir más de lo que dije: «aquí se queda un pedazo de mi corazón». Creo que lo que tenía que decir lo he dicho en cada misa y en cada conferencia que he dictado a este último grupo inesiano. Sé que, empezando por mí, hemos acogido la Palabra con humildad, porque conocemos qué clase de tierra somos, cómo la tratamos, cómo la cuidamos y cómo la defendemos. Sembramos un cuerpo humano, un cuerpo terreno, hecho de la tierra que ha querido consagrarse a Dios; y sabemos que la fuerza del Espíritu lo hace fructificar como cuerpo espiritual, hasta llegar a ser imagen de Cristo. Quiero orar y decirle al Señor: Mira nuestra gratitud por estos días y aumenta en nosotros el deseo sincero de acoger la semilla de tu Palabra. Haz que esta simiente sea también sembrada en los surcos de toda la humanidad. Que nuestras vidas proclamen con fidelidad la Palabra divina y el mensaje de Madre Inés, junto con María, para que tengamos siempre un corazón abierto a la palabra de vida y de salvación. ¡Bendecido sábado!

Padre Alfredo.

viernes, 18 de septiembre de 2026

«DISCÍPULOS AGRADECIDOS EN COMUNIÓN Y CAMINO SIEMPRE SIRVIENDO»... Un pequeño pensamiento para hoy


Casi llego al final de estos días maravillosos que he pasado en este hermoso archipiélago del sudeste asiático y mi corazón se llena de gratitud por el camino compartido con dos grupos de 30 misioneras clarisas indonesias, ya que entre ellas solamente hay una costarricense que está en la casa de Vietnam. La reflexión y la gracia de Dios que nos ha acompañado en esta «Experiencia Inesiana» que antes había vivido solamente en México. No me parece casualidad que para iluminar el cierre de esta experiencia inesiana y renovar nuestra misión en medio del mundo, aparezca el evangelio de hoy (Lc 8,1-3) regalándonos un ícono luminoso de seguimiento y servicio: aquellas mujeres que caminaban con Jesús que me recuerdan a estas hermanitas consagradas con las que he compartido la mayoría de las conferencias que he impartido en esta isla de Java. El texto nos dice que a Jesús lo acompañaban los Doce, y también algunas mujeres: María Magdalena, Juana, Susana y muchas otras que «les servían con sus bienes». En ellas contemplamos no solo una imagen de la vida consagrada, sino también una llamada para todos los bautizados: caminar cerca del Señor, poner la vida al servicio del Reino y sostener la esperanza allí donde Dios nos ha sembrado.

Este pasaje rompe esquemas y nos regala tres claves fundamentales para la Iglesia de hoy: Primero, ser discípulos agradecidos, porque todos hemos experimentado de algún modo el amor transformador y sanador de Jesús. Segundo ser discípulos-misioneros en comunión y camino, porque Jesús incorpora a su comunidad a hombres y mujeres que anuncian juntos el Reino. Y tercero, servidores concretos que sostienen la misión con lo que son y con lo que tienen. Y pongo en tercer lugar esto no porque se ad e menor importancia, sino que, al contrario, quiero detenerme más en esta clave ya que el «servir» —diakonia— es el mismo término que Jesús usa para definir su propia misión, y por eso no pertenece solo a él o a algunos cuantos: es vocación de todo cristiano. También mi misión como sacerdote aquí en Indonesia en este viaje misionero que casi termino, me ha permitido contemplar esta verdad con especial fuerza: comunidades sencillas, familias, jóvenes, Vanclaristas y consagradas que, desde la discreción de la vida cotidiana, hacen visible el rostro cercano, materno y servicial de la Iglesia indonesia.

El mundo y la Iglesia nos necesitan a todos. Cada uno en su comunidad, en su trabajo, en su familia o en su misión cotidiana con la tarea de sostener el Evangelio no solo con recursos materiales, sino con una fe encendida, humilde y perseverante que contagie. Que el testimonio de María Magdalena, Juana y Susana, junto con el espíritu misionero de la beata María Inés, nos ayude a seguir caminando con Jesús y a reconocerlo vivo en los pueblos que servimos. Desde mi propia experiencia sacerdotal en Indonesia, donde tantas veces la fe crece en medio de la sencillez, la diversidad y el diálogo paciente, les digo: ¡seamos testigos de Resucitado y colaboremos con el compromiso misionero que recibimos en el bautismo a sostener con esperanza nuestro entorno formado por quienes esperan —a veces sin saberlo de una manera concreta— la llegada del Reino. «Oportet Illum Regnare»... ¡No lo olvidemos! Que María, la primera discípula, guíe nuestros pasos para que el anhelo de Madre Inés, de que todos conozcan y amen a Jesús, se haga realidad. ¡Bendecido viernes!

Padre Alfredo.

jueves, 17 de septiembre de 2026

«DOS MANERAS DE MIRAR»... Un pequeño pensamiento para hoy


Muchos pasajes del evangelio me hacen encontrarme con la beata María Inés y esta escena del evangelio de la misa de hoy (Lc 7,36-50) no es la excepción. El relato nos pone delante de dos maneras de mirar: la de Simón, el fariseo, encerrado en el juicio y seguro de su propia rectitud, y la de aquella mujer pecadora que se acerca a Jesús con lágrimas, arrepentimiento y amor. Simón ve una falta y se escandaliza; Jesús ve un corazón herido que busca perdón. En esta escena, de la que muy bien pudiéramos formar parte, comprendemos que sólo Dios conoce el fondo del corazón y que no nos corresponde condenar al prójimo ni reducirlo a su pasado. Todos caminamos sobre la misma tierra frágil, todos llevamos heridas escondidas y todos necesitamos que la misericordia del Señor nos alcance, nos levante y nos enseñe a mirar con más compasión.

Madre Inés vivió esta enseñanza con profunda humildad. Como se sabía pequeña y necesitada de la gracia, no miraba a nadie desde arriba; había aprendido que quien ha sido levantado por Dios no puede pisotear el polvo del hermano. Su humildad no era debilidad, sino verdad interior: reconocía que todo bien viene del Señor y que nadie puede presumir de santidad si antes no se deja purificar por el amor de Cristo. Por eso su vida no se gastó en criticar ni señalar, sino en servir, contagiar alegría y llevar alivio espiritual. Su ejemplo nos recuerda que la misericordia sana, reconcilia y abre caminos donde la soberbia sólo deja heridas. Cuando una persona se sabe amada y perdonada por Dios, se vuelve más paciente, más cercana y capaz de sostener al que tropieza.

El problema de Simón, en esta escena evangélica, no era ver el pecado de aquella mujer sino no reconocer el suyo. Ella, en cambio, se acerca a Jesús sin justificarse, confiando en que su misericordia es más grande que todos sus pecados. Sus lágrimas hablan de arrepentimiento, pero también de esperanza; sus gestos muestran que el amor verdadero nace cuando el alma descubre que no ha sido rechazada, sino acogida. También nosotros necesitamos acercarnos así al Señor: sin máscaras, sin excusas, con la certeza de que Él puede transformar la culpa en paz y la vergüenza en gratitud. Pidamos a la Virgen María que nos enseñe a mirar como mira Jesús: con verdad y ternura, con claridad y misericordia. Y que el Señor nos conceda un corazón humilde para pedir perdón, limpio para no juzgar y agradecido para amar mucho, porque mucho hemos sido perdonados. ¡Bendecido jueves sacerdotal y eucarístico!

Padre Alfredo.

miércoles, 16 de septiembre de 2026

«Tocamos la flauta y no han bailado, cantamos canciones tristes y no han llorado»... UN PEQUEÑO PENSAMIENTO PARA HOY


Estos días, en los que comparto con nuestras hermanas Misioneras Clarisas de la región de Indonesia —que comprende las comunidades de Indonesia y Vietnam— el evangelio de san Lucas ilumina cada día de nuestro andar, y hoy creo que ilumina también un aniversario más de la Independencia de México. No es casulaidad que el pasaje del capítulo 7 que tenemos para la misa (Lc7,31-35) nos hable de una generación que critica tanto la austeridad de Juan el Bautista como la cercanía de Jesús, actuando como niños caprichosos en la plaza pública. Al pensar desde lejos en este aniversario de la independencia en el contexto actual, este pasaje me ofrece una profunda luz crítica y analítica sobre nuestra realidad social y política en México. La metáfora de los niños que tocan la flauta y nadie baila, o que cantan lamentos y nadie llora, retrata una profunda indiferencia afectiva y social que vive la sociedad actual ante una compleja acumulación de crisis sociales, económicas e institucionales que afectan directamente la vida diaria

Al igual que en la cita, la sociedad actual en México vive un descontento que parece ser ya crónico, donde las propuestas de cambio se descartan inmediatamente aún por el mismo gobierno que se unde en su propio lodo y las tragedias nacionales, que son terribles, a veces se normalizan, perdiendo la capacidad de indignación o de empatía real por la mayoría de las gentes atrapadas en el sin sentido del consumismo desaforado que intenta a como dé lugar, distraer a todos. El pasaje muestra cómo los líderes de la época buscaban pretextos para desacreditar: a Juan lo llamaban endemoniado y a Jesús, glotón y borracho. En el México contemporáneo, esto se refleja en la polarización política que no evalúa el fondo de las acciones o propuestas de los ciudadnos para el país. La Independencia no puede ser para los católicos de hoy solo un evento histórico para romper con una corona extranjera, sino un proyecto continuo para construir una nación justa que ha costado, a lo largo de los años, mucha sangre derramada. El reto es grande, lo sé, pero también sé que no es imposible.

Este texto sagrado nos recuerda que la palabra de Dios es siempre viva y actual y por eso hoy nos confronta con la inmadurez de una generación que prefiere la queja al compromiso y que solamente se presenta con la piel del espectador que solo critica en la «plaza pública» —las redes sociales— y transita hacia una ciudadanía resignada ante los daños del narcotráfico y de otros males más. El versículo final de la escena nos recuerda que la verdad y la justicia no se miden por el ruido de las descalificaciones ni por los espectáculos al estilo del circo romano, sino por sus frutos tangibles. La madurez de nuestra soberanía solo se puede alcanzar, cuando seamos capaces de reconocer lo que edifica a la nación, sin importar de qué sector provenga, priorizando el bien común sobre el sectarismo y los pleitos entre partidos de uno u otro color. La Independencia se alcanzó en aquella lucha presidida por el estandarte con la Guadalupana, señal de que nuestro Padre Dios nos quiere libres. Que ella nos ayude a alcanzar del Señor la verdadera y duradera libertad. ¡Bendecido miércoles y viva México!

Padre Alfredo.

martes, 15 de septiembre de 2026

«A los pies de la cruz con María, la madre valiente»... UN PEQUEÑO PENSAMIENTO PARA HOY


Muchas veces me he preguntado por qué casi todas las mujeres que aparecen en los evangelios cerca de Jesús se llaman María como su Madre. He llegado a pensar que quizá sea para que no olvidemos que la Virgen, aun siendo la Inmaculada, comparte con nosotros mucho de lo que somos y vivimos. Ella no supo que había sido concebida sin pecado; vivió como nosotros dejándose sorprender por Dios. Desde esta certeza imagino la escena del Evangelio de hoy (Jn 19,25-27) y los invito a volver allí, con el corazón abierto para ponernos al pie de la cruz y dejarnos bañar por la sangre redentora de Jesús.

Todos habían huido llenos de miedo y también de dolor para no presenciar aquel escarnio: el Maestro, el Amigo, el Hijo, estaba allí agonizando en la cruz. Pero su Madre y algunas cuantas valientes permanecían firmes, con los ojos fijos en el rostro sangrante de Cristo y atentas, junto a Juan, a sus últimas palabras. La Virgen, el discípulo amado y aquellas mujeres valientes nos enseñan que el amor verdadero no abandona en la hora oscura. A los pies de la cruz María nos acoge también a nosotros en nuestros dolores y nos recibe con la ternura de su corazón generoso.

¿Puede haber dolor más grande que el de la Virgen, quien sufrió tanto por decirle «sí» a Dios? Me vienen a la mente tantos momentos de dolor que ella vivió: la incertidumbre ante la reacción de José por el embarazo, el camino difícil hacia Belén, el nacimiento de su Hijo en un pesebre maloliente, la angustia ante la amenaza de Herodes, la huida a Egipto sin mapas ni GPS… y, finalmente, el estar al pie de la cruz. Por eso es la Virgen de los Dolores: porque cualquiera de nuestros dolores cabe en el corazón de María, ese corazón atravesado por una espada más profunda que la incomprensión, la enfermedad, la soledad y tantas otras heridas que atraviesan el nuestro. Recurramos siempre a ella; no nos dejará solos y, lo más hermoso, nos llevará a su Hijo Jesús. ¡Bendecido martes!

Padre Alfredo.