sábado, 21 de abril de 2018

«¿A quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna»... Un pequeño pensamiento para hoy

En menos de cinco días, han sido asesinados dos sacerdotes en nuestro México lindo y querido; el miércoles, el padre Rubén Alcántara Díaz en Cuautitlán Izcalli y ayer en la tarde el padre Juan Miguel Contreras García en Tlajomulco de Zuñiga, Jalisco. Por supuesto que, estos hechos, no quedan fuera de mis momentos de reflexión. Igual que como sucedía en los tiempos de los primeros cristianos, la vida de quien ha decidido seguir a Cristo transcurre sencillamente, entre la pena y la alegría... en la persecución y en la paz... Hemos de ir caminando en la confianza como aquellos primeros que vivían todo como venido del Señor, aprovechando incluso las persecuciones y el martirio para «edificar», avanzando hacia metas más altas de santidad. Los «hechos» de los apóstoles de aquel y de este tiempo, reproducen los «hechos» de Jesús: ¡Los tullidos andan, los muertos resucitan! (Lc 7,22). La vida surge donde el decaimiento y la muerte parecen hacer su obra. La resurrección de Jesús es de hoy, de ayer y de siempre, continúa y trabaja a la humanidad desde el interior del que se ha dejado seducir por el Señor. 

En el Evangelio, hoy llegamos al final del capítulo 6 de san Juan y nos encontramos con que Jesús, en el texto (Jn 6,60-69) nos dice: «El espíritu es quien da la vida; la carne nada aprovecha». ¿Así, o más claro? Nos encontrarnos situados en el núcleo del evangelio. Jesús habla claro y por eso «desde entonces, muchos de sus discípulos se echaron para atrás y ya no querían andar con él» (Jn 6,66) y dijo a los Doce: «¿También ustedes quieren dejarme? (Jn 6,67) y Pedro respondió: «Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios» (Jn 6,68-69). Esa convicción es la que mantuvo fieles a los primeros miembros de la Iglesia y debe ser la que a nosotros también nos mantenga en pie. Jesús, desde su existencia gloriosa, sigue presente en su Iglesia, la llena de fuerza por su Espíritu y sigue así actuando a través de ella. En medio de momentos de paz, como los que san Lucas describe en la primera lectura de hoy, y también en momentos de dolor y persecución, como tantos que describe el mismo autor sagrado en otros pasajes de su fascinante libro de los Hechos de los Apóstoles. 

Nosotros, gracias a la bondad de Dios, somos de los que han hecho una opción por seguir a Cristo. ¡No le hemos abandonado! Como fruto de cada Eucaristía, en la que acogemos con fe su Palabra en las lecturas y le recibimos a él mismo como alimento de vida en la Comunión, buscamos imitar la actitud de Pedro: «¿A quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna». Los verdaderos discípulos–misioneros no lo abandonaron, aunque en aquel momento inicial pudiera ser que la mayoría no tuviera claro lo que representaba la propuesta de Jesús ni el confesarse seguidores de su proyecto. Jesús vivió con ellos sus más hondas experiencias, se les reveló como Hijo de Dios. Los llenó de elementos que los hicieron comprender la misericordia, movió sus conciencias hacia el bien, les abrió los ojos a una nueva realidad. Cuando Jesús se alejó de ellos para volver al Padre, con el paso de los días se iban maravillando del ser que permanecía vivo entre ellos con más fuerza que antes y se convencieron sin dudar —aún en medio de persecuciones cruentas— que sus palabras eran «Palabra de vida eterna». Hoy y siempre muchas fuerzas contrarias se oponen a la propuesta de Jesús. Ayer, hoy y siempre, algunos perseguirán a sus seguidores, tratarán de llenarlos de temores, buscarán acorralarlos, pero aun matándolos, no lograrán acabar con la raíz de este sueño que siempre retoñará en realidad de la humanidad. El sueño de vivir en justicia y paz con la alegría de compartir lo mucho o lo poco que se tenga; el sueño de mirarnos a los ojos y sentirnos hermanos. El un sueño que no tiene fin ni aun con la pesadilla diaria de la muerte diabólica que tortura y persigue. Hoy es sábado y pienso como cada sábado, de manera muy especial en María, ella también experimentó con Cristo la persecución, ella fue siempre fiel, ella es nuestra Señora de la paz. A ella me viene orarle hoy repitiendo un hermosa oración que encontré por ahí: "Santísima Madre de Dios, nos dirigimos a ti como Madre de la Iglesia, madre de todos los cristianos que sufren y de todas las minorías perseguidas. Te suplicamos, por tu ardiente intercesión, que hagas caer ese muro, los muros de nuestros corazones, y los muros que producen odio, violencia, miedo e indiferencia, entre los hombres y entre los pueblos. Tú, que mediante tu Fiat aplastaste a la serpiente antigua, congréganos y únenos bajo tu manto virginal, protégenos de todo mal, y abre para siempre en nuestras vidas la puerta de la esperanza. Haz que nazca en nosotros y en este mundo la civilización del amor que pende de la cruz y de la resurrección de tu Divino Hijo, Jesucristo, Nuestro Salvador, que vive y reina, inmortal y glorioso, por los siglos de los siglos. Amén. ¡Ofrezcamos como cada sábado, algún regalito especial a María! 

Padre Alfredo.

viernes, 20 de abril de 2018

«¡Qué importante es el «sí» que Dios nos pide!»... Un pequeño pensamiento para hoy


La fiesta de la conversión de San Pablo se celebra el 25 de enero, pero, como en el tiempo de Pascua leemos el libro de los Hechos, hoy nos topamos con el capítulo noveno (Hch 9,1-20) en donde se narra de la conversión de Saulo de Tarso. Como la mayoría sabemos, camino a Damasco este brillante personaje fue enviado al suelo por el mismo Jesús a través de una luz del cielo cegándolo por espacio de tres días (Hch 9,3-9). Saulo permaneció en casa de un judío llamado Judas, sin comer ni beber. El cristiano Ananías, por petición de Cristo, fue al encuentro de Saulo, quien recuperó la vista y se convirtió, accediendo al bautismo, recibiendo el nombre de Pablo y predicando sobre el Hijo de Dios. Así, el antiguo perseguidor se convirtió en apóstol y fue elegido por Dios como uno de sus principales instrumentos para la conversión del mundo. Como ya me he detenido en este «Gigante de la misión» precisamente el 25 de enero, hoy reflexiono ayudado de Ananías, que aparece en este relato como una especie de actor secundario. Me llama la atención que, cuando lo llama el Señor, sin saber para qué, responde sin vacilar diciendo: «Aquí estoy, Señor» (Hch 9,10; cf. 1 Sam 3,10). Seguro que Ananías se ha de haber quedado, como decimos «con los ojos cuadrados» cuando supo que se trataba de aquel Saulo que se dedicaba a perseguir a los cristianos. Sin embargo, en una obediencia «dialogada» (Hch 9,13-14) le hizo caso al Señor y se dirigió a la casa de Judas. 

¡Qué importante es el «sí» que Dios nos pide!, aunque de momento no entendamos lo que quiere y el por qué o para qué. Indiscutiblemente que al ver a Ananías he pensado en el «sí» de Cristo, enviado por el Padre (Jn 6,57), en el «sí» de María (Lc 1,38) y en el de tantos que, como «actores secundarios» de una historia o de una misión, se han dejado llevar de la mano de Cristo. Por la imposición de las manos de Ananías, Pablo recobró la vista recibiendo la gracia del Espíritu Santo (Hch 9,17-18). Cristo también es un enviado para abrir los ojos no a uno, como en el caso de san Pablo, sino el de todos. «Qué todos te conozcan y te amen» dice Madre Inés en el «sí» que también ella ha pronunciado al haber sido llamada. El Hijo de Dios se hizo hombre, carne y sangre de nuestra raza, en el seno de María Virgen, por obra del Espíritu Santo para abrirnos los ojos al amor del Padre. Jesús dice «Nadie viene al Padre si no es por mí» (Jn 14,16). La lectura y meditación del Evangelio que la liturgia de la palabra nos propone para hoy (Jn 6,53-60), nos abre los ojos para ver y valorar que quien se alimenta de Jesús en la Eucaristía hace suya la Encarnación y la Redención que Dios nos ofrece en Cristo Jesús compartiendo con nuestro «sí» su misión. Como Ananías, como María, no somos los actores principales, por eso si no nos alimentamos de Él no tendremos vida en nosotros, pues sólo aquel que lo coma vivirá por Él y podrá sostener el «sí», ya que sólo Él es el verdadero Pan del cielo que nos da vida, y Vida eterna. 

Pienso hoy, en mi reflexión, en mi respuesta al llamado que Dios me ha hecho y con el que me ha invitado a ser su discípulo– misionero yendo al encuentro de Cristo, no sólo para escucharle, no sólo para reconocerlo como nuestro Dios por medio de la fe, no sólo para arrodillarme y suplicarle que me socorra en mis necesidades, sino para hacerme uno con Él y entonces pienso en el «sí» de cada uno de los que lee mis mal hilvanados «pequeños pensamientos». Por ahora termino mi reflexión pensando en Fidel, un señor que anoche ungí con el óleo de los enfermos en el hospital de «La Raza» y que me hizo reflexionar en dos cosas: Primero, me recordó el «sí» de mi muy querida Almita (Almaminta) esa incansable misionera de Villa Universidad, brazo derecho en la parroquia de «Nuestra Señora del Rosario» por tantos años y mamá de varios de nuestros hermanos Vanclaristas (mamá de Joel González, coordinador nacional en México, a quien muchos conocen). Una mujer que vive un «sí» callado a la voluntad de Dios en una condición de salud que la tiene postrada y sin hablar en cama. Allí en «La Raza» la vi por primera vez en esas condiciones y percibí su respuesta a esa a veces «extraña» voluntad de Dios. Segundo, yo no iba a ver a Fidel, sino a Antonio, pero, al terminar de ungir a este papá de una de las personas de la parroquia, una señora, la esposa de Fidel, me llamó para que lo visitara. Al ver a Fidel, me vio y me dijo con voz serena y ayudado del oxigeno para respirar: «Aquí estoy, acompañando a Cristo»... ¿Qué más se puede decir? ¡Bendecido viernes ya de lleno en el ministerio sacerdotal aquí en la parroquia de Fátima en la vuelta a la realidad de cada día! 

Padre Alfredo.

jueves, 19 de abril de 2018

«El dinamismo de la Pascua»... Un pequeño pensamiento para hoy


¡Qué increíble es el dinamismo de la Pascua! Gracias a la resurrección de Jesucristo y al ánimo que este hecho extraordinario sembró en el corazón de aquellos primeros discípulos–misioneros, la Buena Nueva se extendió con una rapidez increíble. El mandato que Cristo había dado a los Apóstoles de llevar el Evangelio a todos los rincones de la tierra bautizando a todos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo (Mt 28,19; Mc 16,15; Lc 24,47-48) alentó a gente como el diácono Felipe (Hch 8, 26-40) que sin perder tiempo convertirá a un etíope, un alto funcionario de la Reina de Etiopía y a pocos días de la resurrección del Señor Jesús, habrá ya un cristiano que seguramente se hará discípulo–misionero en las tierras donde ahora está Sudán, al sur del río Nilo, en pleno corazón del África... ¿Qué harían estos hombres y mujeres maravillosos, los primeros cristianos con aquel entusiasmo si estuvieran ahora? Ayer en dos horas y media ya estaba en Holanda después de haberme despedido de la Ciudad Eterna en Italia, esperé poco más de una hora el avión que me traería a la tierra a donde la Virgen Morena, también llena del gozo de la resurrección de su Hijo que es de ayer, de hoy y de siempre, vino a sembrar la fe y ya estoy en mi México lindo y querido, recibiendo la triste noticia de que le fue arrebatada la vida a un sacerdote en Cuautitlán Izcalli dentro del Templo en el que se encontraba. No conocí al padre Rubén Alcántara Díaz, pero como si lo conociera... ¡Es un hermano en el sacerdocio y en la fe! 

Así ha de ser hecha realidad la promesa de la evangelización de América, de África y de otros continentes. ¡Cómo dice un canto muy conocido: «Entre persecuciones la Iglesia nació, bañada en sangre de mártires»! Y ciertamente, desde aquellos primeros tiempos, todo aquel que se lanza a cumplir el mandato del Señor, es un mártir en potencia, como Esteban a quien le fue arrebatada la vida o como Felipe, que se arriesga a ir más allá traspasando fronteras y culturas ¡Anoche, en Amsterdam pensaba: ¡Cuántos misioneros holandeses hace tantos años salían de estas tierras hoy descristianizadas a llevar la Buena Nueva a tantos y tantos lugares alejados del mundo! ¡El número de misioneros que Holanda dio es incontable! Pero... ¿dónde está ahora nuestro fervor y nuestra valentía, no la de unos cuantos sino la de todos como aquellos primeros consagrados y laicos? Mientras avanzaba por los pasillos larguísimos de ese fenomenal aeropuerto de Schiphol, se cruzaban ante mis ojos las conocidísimas marcas de vestidos, bolsos, perfumes, relojes y demás artilugios que cautivando la mirada de miles de viajeros parecen seducirnos en el que es el quinto aeropuerto con más tiendas de calidad en el mundo como diciendo: «¡Yo te haré feliz»! Cuando más bien tantos y tantos cristianos que pasamos por el lugar deberíamos dejarnos cautivar por la alegría y el dinamismo interior de los Hechos de los Apóstoles que leemos en el mundo entero en estos días y mostrarlo al mundo... ¡un verdadero dinamismo pascual que sí hace feliz! Aquel etíope atendió de buen grado al comentario que el catequista Felipe le ofreció sobre el fragmento de Is 53... ¡iba de viaje! La dificultad de aquel converso para comprender el texto desde la óptica cristiana refleja probablemente uno de los problemas de interpretación cristiana del Antiguo Testamento en la comunidad primitiva: «¿De quién dice eso el profeta: de sí mismo o de otro?». Sin embargo, la catequesis, la «doctrina apostólica» (Hch 2,42) ayuda a encontrar un significado cristiano en los textos más significativos del Antiguo Testamento. Y Felipe, como tantas veces había hecho Jesús, ofrece a su discípulo una catequesis itinerante que desemboca en el bautismo, de la misma manera que el camino de los discípulos de Emaús (Lc 24,13-35) había terminado en la eucaristía y el etíope queda, como aquellos dos de Emaús, lleno de alegría: «¡Con razón nuestro corazón ardía!» (Lc 24,32) . 

Los gestos sacramentales que en la Iglesia realizamos, realizan lo que la palabra proclama: el etíope recibe el bautismo porque ha acogido antes, en su corazón, con la sencillez de quien escucha, la palabra de Dios, y nace a la nueva vida cristiana. Pero su camino toma un nuevo sentido y su vida cambia aún antes de recibir el bautismo... ¡sólo por el encuentro con un cristiano! El ser y quehacer de aquel hombre toma un sentido de alegría porque ha encontrado la plenitud de la salvación de Dios oyendo hablar de Cristo Jesús. Todos los que escuchan con atención la Palabra de Dios, se dejarán alcanzar por Jesús, como el etíope, como los de Emaús, como la Magdalena, como los primeros cristianos, los santos de ayer y de hoy, como con los pasajeros que sin conocer traté de dejarles algo del gozo de Dios ayer y hoy... nosotros somos testigos del Resucitado con una sonrisa, un pequeño gesto de caridad, una orientación al que no conoce la lengua o el lugar... «Nadie puede venir a mí si el Padre, que me ha enviado, no le atrae» dice Jesús (Jn 6,44-52). En los profetas está escrito: «Serán todos enseñados por Dios mismo». Sin entrar en ninguna controversia, Jesús afirma buenamente que el papel de la «gracia» es de iniciativa divina y el papel de la «libertad», es correspondencia humana... ¡Sí, hasta dar la vida o arriesgarse a que nos la arrebaten! Bendecido jueves acompañando a Jesús en la Eucaristía. 

Padre Alfredo.

miércoles, 18 de abril de 2018

«¿Cómo pagar al Señor tantas bendiciones?»... Un pequeño pensamiento para hoy



Este es mi último día en Roma, por esta vez puedo decir que, agradecido con nuestro Señor, regreso a mi querida «selva de cemento» con el corazón lleno de gratitud. Vine convocado por el Papa junto con mis demás hermanos sacerdotes que poniendo nuestro granito de arena colaboramos como misioneros de la misericordia en el Consejo de la Nueva Evangelización y puedo decir que me voy lleno del Señor, luego también de haber estado trabajando un poquito en la promoción de la causa de canonización de Nuestra Madre la beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento, cuyo mausoleo me ofreció varios momentos de oración muy especiales en estos días. Llegué a Roma desde el día 4 casi a media noche y he gozado día tras días de las bondades de nuestras hermanas Misioneras Clarisas con finos detalles de la Madre General Martha Gabriela y de cada una de ellas en Garampi y en La Casita, empezando por la hermana Susana a quien me unen lazos de familia y amistad de años y años y hasta las acompañé a su visita a Loreto (La Basílica de la Santa Casa de Nazareth) y a saludar a la Madre Julia a Pisoniano. Saludé al Santo Padre el Papa Francisco dos veces y recibí su bendición. Platiqué con Monseñor Rino Fisichella y Monseñor Octavio Ruiz; cené una noche con el padre Erick Leal que me llenó de su entusiasmo juvenil; pasé ayer un rato muy agradable con el Gobernador del Estado de la Ciudad del Vaticano, Monseñor Giuseppe Bertello con quien me unen ya muchos años de amistad y, por si fuera poco, cada día de estos tuve el privilegio de gozar a mi padrino Monseñor Juan Esquerda aprendiendo momento tras momento de su ser y quehacer como misionero incansable. ¿Cómo pagar al Señor tantas bendiciones inmerecidas?

Nuestro Buen Dios nunca se deja ganar en generosidad y conforme va pasando la vida, más y más, agranda nuestros corazones a las dimensiones de su proyecto universal de salvación para que el Evangelio sea proclamado hasta los últimos confines de la tierra. El Papa nos recordaba a los misioneros de la misericordia el pasado martes, que no somos poseedores privilegiados de una gracia especial que nos ha confiado, sino responsables de que la misericordia del Señor llegue hasta los rincones más alejados del planeta. La palabra de Dios hoy nos recuerda que «los que se habían dispersado iban por todas partes anunciando la Buena Nueva de la Palabra» (Hch 8,1-8) y repartiendo el «Pan de Vida». ¡Cómo resuenan hoy en mi pobre corazón las palabras de Jesús: «Yo soy el pan de vida... El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí no tendrá nunca sed»! (Jn 6,35-40 ¡Qué ganas de volver a reestrenarme en mi sacerdocio y en mi vocación como misionero! ¡Cuánto hay por hacer para que muchos tengan este «Pan», sobre todo quienes viven una vida devaluada por la depresión, la ansiedad, la tristeza, la agresividad o la injusticia de hoy! 

Mientras yo tengo la riqueza de este gozo que no termino de agradecer, se que muchos se quedan en el materialismo; muchos ignoran aún el proyecto de Jesús; muchos renuncian a la grandeza de la libertad de los hijos de Dios, y con ello a su crecimiento en la fe y en la vocación de seguimiento de Cristo. El Padre nos ha destinado, a sus discípulos–misioneros, a esta vida eterna que su Hijo Jesucristo alimenta con su eucaristía. Somos discípulos–misioneros de Cristo por voluntad del Padre y Cristo mismo no nos dejará de lado. Su misión en la tierra es no perder nada de lo que el Padre le ha dado sino, al contrario, darle vida eterna por la resurrección. En nuestros tiempos la vida de los seres humanos se agota y se pierde en bienes de consumo, caprichos sin sentido, placeres momentáneos. Cristo nos ofrece llevar a la plenitud nuestra existencia si abrimos nuestro corazón a la misericordia, haciéndonos capaces de compartir lo que tenemos, no solo el pan, sino todo lo que somos y hacemos en su nombre. A la profunda angustia de un mundo que se debate entre guerras, rencores y competencias inútiles; Dios ha respondido mostrándome su amor de Padre dando a mi corazón el deseo de seguir más fielmente a Jesús, de conocerlo, de amarlo, de tenerlo como Señor, y hacerlo amar del mundo entero. Ahora soy más consciente de que depende de mí el caminar y no estancarme; es decir, el orar, el profundizar su Palabra, el darlo y recibirlo verdaderamente como Pan de Vida, el dispensar su misericordia con bondad en el confesionario —la cajita feliz—, el celebrar los sacramentos con más devoción, el valorar más las pequeñas acciones de cada día en mi ser y quehacer sacerdotal. ¡Qué tarea tan comprometedora me dejan estos quince días que pasaron como agua, para ver cuán generosa está siendo mi respuesta a la tarea de ser un misionero de la misericordia! Que la resurrección de Cristo llene de amor mi corazón y el de cada uno de ustedes y que, bajo la mirada amorosa de su Madre, trabajemos y por supuesto yo el primero, para que todos le conozcan y le amen... ¡Recen, recen mucho por mi conversión para que sepa absolver, perdonar y restaurar en nombre del Señor...! Amén.

Padre Alfredo.

martes, 17 de abril de 2018

«A dar el Pan de Vida»... Un pequeño pensamiento para hoy

Empiezo mi reflexión con unas palabras de mi padrino el padre Esquerda: «Las palabras de Jesús son siempre “pan de vida”, como expresión de sí mismo, hecho oblación y “pan de vida” en la Eucaristía», ya que toda esta semana estaremos leyendo el capítulo 6 del Evangelio de san Juan y profundizando así en lo maravilloso que es tener fe reconociendo a Jesús alimento de nuestras vidas. Gracias a esa fe interpretamos claramente a Jesús como el Pan de la vida, el que nos da fuerza para vivir. El Señor, ahora Glorioso y Resucitado, se nos da él mismo como alimento de vida. Aquella gente del evangelio, sin saberlo bien, nos dan pistas para nuestra reflexión. Podemos decir como ellos, en nombre propio y de toda la humanidad: «danos siempre de este Pan». Y no sólo en el sentido inmediato del pan humano, sino del Pan verdadero que es Cristo mismo. Pero como católicos no nos podemos conformar con saciarnos nosotros de ese Pan, «católico» significa «universal», así que debemos «distribuir» ese Pan a los demás: debemos anunciar a Cristo como el que sacia todas las hambres que podamos sentir los humanos. Debemos conducir a todos los que podamos, con nuestro ejemplo y testimonio, a la fe en Cristo y a la Eucaristía. El pan que baja del cielo y da vida al mundo, aunque para eso tengamos nosotros que perder la vida. 

Esteban, el protagonista de la lectura de ayer, lo sigue siendo hoy, esta vez en su testimonio final del martirio dando la vida por llevar el «Pan de vida» a los demás. Delante del Sanedrín en pleno, pronuncia con entereza un largo discurso, del que sólo escuchamos aquí el final. Es admirable el ejemplo de Esteban, este joven diácono. Y admirable en general el cambio de la primera comunidad cristiana a partir de la entrega de su vida. Esteban da testimonio de Cristo Resucitado y Victorioso. Celebramos su fiesta en Navidad, pero la lectura de hoy nos lo sitúa muy coherentemente en el clima de la Pascua. También nosotros, en la Pascua que estamos celebrando de este 2018, estamos invitados a dar el «Pan de vida» y no solo a recibirlo, o sea, a estar dispuestos a experimentar en nosotros la persecución o las fatigas del camino evangélico, e imitar a Esteban como discípulos–misioneros no sólo en los momentos dulces, sino también en la entrega a la muerte y en el perdón de los que no entienden que ese es el verdadero Pan que da la vida. Estamos llamados a vivir el doble movimiento de la Pascua, que es muerte y vida. Las dificultades nos pueden venir cuando con nuestras palabras y nuestras obras somos testigos de la verdad, que siempre resulta incómoda a alguien. Como el discurso de Esteban. O cuando nosotros mismos nos cansemos o sentimos la tentación de abandonar el seguimiento de Cristo y la repartición del pan de su palabra y su misericordia. Entonces es cuando podemos recordar como estímulo el valiente ejemplo de Esteban. 

Ciertamente que nos toca vivir una época nada fácil a la hora de dar testimonio como cristianos de nuestra adhesión a Jesús, pero creo que no lo tenemos más difícil que Esteban y esos primeros cristianos y que otros muchos que vinieron después. Y hay tanta gente que nos espera con el Pan de Vida... Y es que solo Jesús es el pan que sacia y que le da sentido a nuestra existencia. Tener la vida no significa sólo gozarla de un modo egoísta y por un tiempo determinado; la vida es como un fruto que los demás deben disfrutar, pues, junto con ellos, estaremos trabajando para que todos vivan con mayor dignidad y se encaminen, también con nosotros, a la posesión de los bienes definitivos que Dios nos ofreció por medio de su propio Hijo, que vino a alimentar nuestra fe, a levantar nuestra esperanza y a hacer arder nuestros corazones con el fuego de su amor y que Esteban y muchos han sabido valorar. Alimentémonos de Cristo para poder alimentar al mundo, convertidos en pan de vida. Que Dios nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, convertirnos, por nuestra unión verdadera a Cristo, en un auténtico alimento de vida eterna para el hombre de nuestro tiempo, hasta que finalmente estemos, junto con Él, sentados a la diestra de Dios Padre todopoderoso. Amén. ¡Bendecido martes! 

Padre Alfredo.

lunes, 16 de abril de 2018

«Disponibles a la misión en la Caridad»... Un tema de retiro



Los gestos de la vida de cada bautizado, van hablando del deseo de servir a la misión. En el estilo de vida misionera que formula la beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento en la familia misionera que ella fundó, se es misionero desde que se llega y se comienza la formación inicial en cualesquiera de las ramas que integran esta obra misionera; se es misionero en la cocina, en el estudio, en la celebración de la Misa y en la oración; se es misionero en nuestro propio país y en el extranjero; se es misionero a tiempo y a destiempo. Anunciamos el mensaje cristiano con fuerza y con urgencia todos los miembros de la Familia Inesiana, solteros y casados, consagrados, clérigos y laicos, invitando a todos a un encuentro del que se tiene experiencia y del que se pueden constatar huellas en la vida de cada hermano. Se es misionero porque los propios hermanos de casa y la gente de fuera puede leer el Evangelio en cada uno y en cada una.

Se es misionero más por las obras y palabras sencillas que por discursos elaborados. Cada gesto, cada actitud, cada palabra de aliento, cada respuesta generosa es un servicio de misión. No hay quien resista a un gesto de humildad y de caridad. El papa Benedicto XVI, cuando estaba al frente de la Iglesia decía: “Es, pues, un deber urgente para todos anunciar a Cristo y su mensaje salvífico. «¡Ay de mí -afirmaba san Pablo- si no predicara el Evangelio! (1 Co 9, 16). En el camino de Damasco había experimentado y comprendido que la redención y la misión son obra de Dios y de su amor. El amor a Cristo lo impulsó a recorrer los caminos del Imperio romano como heraldo, apóstol, pregonero y maestro del Evangelio, del que se proclamaba "embajador entre cadenas" (Ef 6, 20). La caridad divina lo llevó a hacerse "todo a todos para salvar a toda costa a algunos" (1 Co 9, 22)».

Así, nuestro diario vivir se hace un caminar en servicio misionero, servicio a Jesucristo «Camino, Verdad y Vida» (Jn 14,6), servicio sencillo en búsqueda de la Verdad que se hace actitud de diálogo y de anuncio en cualquier lugar. La Iglesia se hace presente en cada uno de nosotros en cualquier parte en donde estemos, dentro y fuera de casa, en esta nación y en la otra, en español y en inglés para hacer presente a Cristo, porque sólo en Él se encuentra la verdad plena que hace libres a los hombres.[1] Como misioneros, vamos aprendiendo cada día a buscar la Verdad y a que reine esta Verdad, eso supone un encuentro personal de Cristo. A cada momento anunciamos el evangelio comunicando a los demás los planes salvíficos de Dios en Jesucristo.

A ningún misionero le puede ser indiferente el hecho de que millones de almas todavía no sepan cuánto les ha amado Dios, de aquí se entiende el ansia misionera de Madre Inés y de tantos santos misioneros como ella. Por eso necesitamos misioneros empapados de esa actitud de servicio a la verdad en sencillez de vida. Cada uno de nosotros ha de ser un custodio de la Verdad, por eso requerimos de tiempo de oración, de contemplación, de escucha a la Verdad, que es el mismo Cristo que suplica al Padre: «Santifícalos en la verdad» (Jn 17,17). La audacia de la beata María Inés, y en general, la audacia de los santos, se basa en esta búsqueda de la verdad por encima de la propia flaqueza humana. La única riqueza de estas almas generosas fue saberse amadas entrañablemente por Dios. La actitud de santo Tomás, quien después de haber llegado casi al final de la Suma Teológica, decide no escribir más, es fruto de una iluminación que le hace ver la limitación de su pobreza. Desde entonces, sus escritos le parecen menos importantes que la búsqueda de la Verdad. Los gestos y las escasas palabras de los santos, son siempre un reflejo de su búsqueda de la Verdad. No se sienten santos, sino que sencillamente transmiten a los demás lo que ellos sienten acerca de Cristo, Camino Verdad y Vida.

Muchas tragedias psicológicas, espirituales y apostólicas nacen de no vivir en la verdad, de hacer cosas a escondidas al margen de lo que Cristo quiere, de no buscar sintonizar con sus planes. Con justa razón María santísima diría a cada uno lo mismo que dijo en Caná: «Hagan lo que Él les diga» (Jn 2,5). Para el que busca la Verdad sólo Cristo y la obediencia a Él da sentido a cada cosa y a cada acontecimiento. La eficacia apostólica depende de la capacidad de amar la Verdad, lo demás será solamente ruido, espectáculo que hoy emociona y que mañana se olvida.

Y ese servicio misionero, es un servicio de amor, un servicio de caridad. «Contemplando la experiencia de san Pablo, comprendemos que la actividad misionera es respuesta al amor con el que Dios nos ama. Su amor nos redime y nos impulsa a la missio ad gentes; es la energía espiritual capaz de hacer crecer en la familia humana la armonía, la justicia, la comunión entre las personas, las razas y los pueblos, a la que todos aspiran» (cf. Deus caritas est, 12). La caridad del misionero se expresa en una renuncia de saber estar dispuesto a dejarlo todo por la misión. El amor de Dios que ha descubierto el misionero, no es para guardarlo en el propio corazón, sino para transformarlo en un corazón sin fronteras que tiene urgencia de llevar el anuncio. Una comunidad que tenga fronteras en el corazón, de esas que se hacen por el egoísmo, la soberbia, las amistades particulares y la cerrazón, sería una «secta» o una enfermedad mortal. Quien se sabe misionero de verdad, vive inmerso en la caridad en ese grito que le hace exclamar: «¡Ay de mí si no evangelizara» (1 Cor 9,16).

Este es el celo misionero de los santos, es el celo de santa Teresita la Doctora de la Iglesia que abarca todo el universo, es el celo de san Rafael Guizar y Valencia, es el celo de Madre Inés, que quiere también abarcar todo el futuro histórico «hasta que se clausuren los siglos y comience la eternidad». Para el misionero de verdad, no hay más que amor que se derrama de un corazón sin fronteras.

Hacer amar al amor es la insignia del misionero que ha probado algo de la vida de intimidad con Cristo. Caridad sin fronteras es la ascética del que anuncia el evangelio. La caridad hace que el misionero haga caso omiso de la lógica y prudencia del ambiente. Él predica a tiempo y a destiempo,[2] sin temer a nada ni a nadie porque no tiene nada que perder. La caridad del misionero aprovecha cualquier circunstancia para evangelizar, porque sabe que este es un regalo que Dios le da para salvar almas, muchas almas y no un trabajo que realiza como quien cumple una simple obligación o una función que no le compromete a nada. Las prisas psicológicas en las celebraciones y en los apostolados son exponentes de carencia de caridad para la misión.

Basta pensar en el saludo gozoso de María a Isabel, que llenó de gozo salvífico y santificó a Juan el Bautista[3] para entender lo que es la caridad misionera, la caridad pastoral. Es el gozo contagioso de la misión que da sentido a las renuncias del apóstol y abre siempre nuevos espacios para la evangelización.

Se vive la caridad cuando se tiene conocimiento de la propia pobreza y pecado, cuando se experimenta la tarea de amar sinceramente a cada persona tal cual es, cuando uno se inclina por ver el lado positivo de las cosas, cuando se coopera positivamente en las iniciativas buenas de todos. Se vive la caridad también cuando se resiste a oír una crítica, cuando se rechaza el odio y la envidia de un corazón dividido, cuando se evita el sentido trágico de la vida, cuando no se favorece ni se aplaude a quien se sabe que va por malos caminos. Se vive la caridad cuando se arriesga todo por el anuncio del evangelio, cuando uno no se deja llevar por complejos de resentimiento, cuando se ayuda con soluciones prácticas y factibles a los problemas que van surgiendo, cuando se es principio de unidad para toda la comunidad. El saludo de María, que santificó al precursor, iba acompañado de un gesto de caridad. Ella se había encaminado presurosa movida por el amor. La caridad de donación no tiene fronteras geográficas si no las tiene tampoco en el corazón del misionero. Pero no hay que olvidar que la capacidad de darse o capacidad de amar, nace de la capacidad de reflexión, de silencio, de contemplación, de sufrimiento. Para pedir un favor, para recibir dirección espiritual, para encontrar consejo, hay que buscar a un apóstol que tenga tiempo para orar, porque seguro, vivirá la caridad de donación y nos dará el tiempo y la atención necesarios.

La caridad es donación porque es desposorio con la vida de Cristo, «Yo me ocuparé de tus intereses y tú te ocuparás de los míos» decía Madre Inés. Así, esa caridad que es donación, va siempre acompañada de un compromiso personal y misionero que quiere —como dice el Papa Francisco— primerear. La caridad busca el bien del hermano incluso dando la propia vida en sacrificio y victimación continua. Amor verdadero y concreto que brota del desposorio con el Señor cuando se comparte el mismo cáliz. La caridad misionera auténtica, que es caridad de donación, llegará a su máximo exponente cuando el misionero sepa morir en el surco, en momentos de aparente fracaso y cruz, de actitud de bienaventuranza o de reaccionar amando.

La formación en la caridad pastoral o en el celo apostólico, que también así le pudiéramos llamar, es punto clave en todo el proceso de formación del misionero. Su ascética o espiritualidad específica es la de hacerse disponible para dar la vida por los demás. La caridad es la fuente de toda actuación y de toda actitud.

Veamos ahora algo de lo que la beata María Inés teresa del Santísimo Sacramento dice tocante a la caridad:

«Si estudiamos la vida de cualquier santo, encontraremos que fue hombre o mujer de oración, de vida interior, lleno de humildad, que vivió la mortificación, las privaciones, las penalidades permitidas por Dios en la paz y la alegría. No hay uno solo que haya llegado a la santidad, ni en los tiempos antiguos, ni lo llegará en los modernos: buscándose a sí mismo, en el egoísmo, en la vanidad, en la crítica, en las faltas de caridad. ¿Verdad que esto sería imposible?»

«Los institutos se fundaron para dar gloria a Dios, para salvarle almas, para alcanzar más eficazmente la propia santificación y la de los demás, mediante la oración, el sacrificio oculto, el apostolado la caridad, la obediencia y el espíritu y práctica de la pobreza. Si esto en una casa no se realizara, ¿tendría razón de ser? Estoy segura que ustedes mismos me contestarían que no».

«Quiero terminar hijos, recomendándoles su unión y caridad. Que jamás vaya a haber en ese pequeño grupo (o grande, cuando sean más los misioneros), ni rivalidades, ni envidias, ni celos, ni si tu, ni yo; sino solamente Cristo reinando entre ustedes. Y, Cristo crucificado por amor a ustedes, a cada uno de ustedes. El día que cada uno de nosotros entendamos esto, que armonía, que paz, que alegría y facilidad en vivir unidos todos en nuestro pequeño instituto».

«Ojalá que cada una de nuestras comunidades fuera un hornito de caridad en que todos se honraran a porfía viviendo en alegría y sencillez, haciéndose cada uno responsables de la unidad que debe reinar en ellos. Sí, hijos, nuestra vida común debe convertirse no en nuestro verdugo sino en un trampolín que nos ayude a ir más rápido hacia él».

«Ojalá que cada misionero fuera un ángel de bondad... ¿Verdad que nos gustaría que cada uno de nuestros hermanos lo fuera? Pues empecemos cada uno y así llegaremos a serlo todos y llevaremos a nuestros hermanos con nuestro ejemplo, a Dios y como "la caridad no puede permanecer inactiva", llevaremos la bondad y el amor que vivamos en nuestra vida fraterna, no sólo a quienes nos rodean y con quienes tratamos directamente, sino que nuestra caridad abarcará a todos los confines de la tierra».

«No olviden, hijos, que para vivir en paz y en unión con Dios, no hay como la caridad».

«Si quieren que Dios los bendiga siempre, tengan siempre mucha caridad... Sepan disculpar y tener en cuenta que también tienen que tener sus defectos, deficiencias, por lo mismo que son criaturas. ¿Verdad que queremos que nuestras casitas tan queridas sean un consuelo para el corazón de Jesús? Pues no critiquen y jamás consientan, hijos, en una crítica. Los bendice su madre».

«Pero no olviden hijos que, las vocaciones se logran ante todo: con una vida de verdadero testimonio de Cristo. Y, esto no se dará, si los miembros, en cada casa, no vivieran íntimamente unidos en esa caridad divina que todo lo perdona, que todo lo disimula, que pronto olvida, etc. etc. Qué bueno sería que, con bastante frecuencia los misioneros leyéramos esas grandiosas epístolas de san Pablo. Si quieren verdaderamente agradarme, hijos, léanlas, medítenlas mucho, mucho, pidiendo al Espíritu Santo su ayuda para comprenderlas y practicarlas. Dios se los pague».

«Para una persona educada es tan fácil la caridad. ¡Sólo le basta con sobrenaturalizar sus acciones! Eso de levantar la voz, de gritarse... ¡qué mal suena! A mí me hace la impresión de placeritos... Un misionero en todo tiempo y lugar es y debe ser siempre...muy educado, muy caritativo: volver bien por mal, y... como dijo nuestro Señor: poner la mejilla derecha a quien me hiriere en la izquierda. Cuando hagamos esto... vaya que habremos logrado bastante en la perfección. Y esto, sin ruido, sin sentirnos heroicos. ¡Cuántas ganancias incalculables, estamos dejando pasar! ¡El tiempo se nos va! Lo que no hicimos en el momento presente... en cada uno de nuestros momentos... ¿quién lo puede recuperar? Por favor hijos, no los desaprovechen. son oro molido».

«Que no se pierda ese espíritu de trabajo y de entrega, que estemos llenos de caridad y sepamos soportarnos mutuamente... y Dios nuestro Señor nos bendecirá abundantemente».

«Les encargo continúen con esa unión, caridad, comprensión, disimulo de pequeñas debilidades, ayudándose mutuamente con sugerencias y alientos a que jamás se rompa la unión, ya que, de mañana y tarde, y de un día para otro, tenemos que vernos unos a otros con ojos nuevos, no recordando más lo que nos haya desagrado, ya que esto sucederá, pues somos humanos, y solamente en el cielo estaremos sin defecto».

«Que nuestra vida venga a ser cada día más del agrado de Dios nuestro Señor. Jamás se permitan críticas, comentarios desfavorables que lleven a despreciar a alguien, o a estimarlo menos. Mediten con amor también las epístolas de san Pablo referentes a la caridad. Sigan hijos, viviendo con alegría y entusiasmo su vida religiosa que es tan hermosa, y así lograrán salvar muchas almas, y atraer a otros a imitar nuestra propia vida. Pero si hubiera desunión y crítica, no se logrará nada. De la aceptación de la voluntad de Dios depende la gloria que le demos, y él tiene derecho a esperar toda gloria de sus hijos y ministros».

Por otra parte, las citas bíblicas sobre la caridad que pueden iluminar nuestra reflexión son innumerables. Al llegar la plenitud de los tiempos, Jesús, enviado del Padre, hace de la caridad el mandamiento nuevo (cf Jn 13, 34). Amando a los suyos «hasta el fin» (Jn 13, 1), manifestando el amor del Padre que ha recibido y nos deja como fruto del amor entre ambos, al Espíritu Santo. Amándose unos a otros, los discípulos imitan el amor de Jesús que reciben también en ellos. San Pablo, en el capítulo 13 de la Primera Carta a los Corintios, nos deja todo un tratado en el llamado: «Himno a la Caridad». Están también estas: Jn 15,12-14.17; Jn 13,35: 1 Jn 4,7-8.11-12.19-21; 1 Jn 5,1; Rm 15,5; Ef 5,2; Jn 13,13-17; Hb 13,16.

Padre Alfredo.


[1] Cf. Jn 1,17 y Jn 8,3.
[2] Cf. 2 Tim 4,2.
[3] Ver Lc 1,44.