Uno de los grandes teólogos de nuestros tiempos, el español Juan Esquerda Bifet —mi padrino e ordenación sacerdotal— que ha escrito más de 112 libros centrados principalmente en teología, espiritualidad, misionología y la figura de la Virgen María, tiene uno que se llama Encuentro con Cristo, en el cual anota: «El corazón cristiano que cree sin ver, halla la verdadera paz». Y antes de afirmar esto escribe: «el acto de fe no puede ser una frase rutinaria. Es un latido del corazón, además de un sí de nuestro entendimiento. Creer con toda el alma esa dirigirse a Cristo para siempre. Esto es una aventura en medio de un mundo, sin fe». Aunque el hecho de encontrar el sepulcro vacío tiene gran importancia, en sí mismo no es un hecho que pruebe la resurrección de Jesús, sino una especie de contraprueba, un signo según la terminología teológica de Juan: el sudario, ese pañuelo que se anudaba envolviendo la cabeza del difunto, aún enrollado, no revuelto con las vendas, sino de modo diverso en su mismo sitio, y las vendas en el suelo, indicaban que el cadáver de Jesús había desaparecido, pero que no había habido violencia y, por tanto, no había sido robado —se lo hubieran llevado envuelto en el sudario, con vendas y todo lo demás—. Simplemente el evangelista nos cuenta el hecho de que el sepulcro estaba vacío. Incluso María Magdalena, que es la primera en llñegar a la tumba, interpreta el hecho como que alguien «se ha llevado del sepulcro al Señor» y no piensa en primera instancia en la resurrección. Avisa a Pedro y a Juan que corren y ven el sepulcro vacío. De entrada, Pedro y Juan tampoco piensan en resurrección hasta que, en un segundo momento, Juan «vio y creyó». Es enconces cuando el discípulo amado recuerda que «según la Escritura, Jesús debía resucitar de entre los muertos».
También a nosotros, en nuestra turbulenta época histórica que atravesamos en este cambio de época, nos parece que se han llevado al Señor… no sabemos quién ni a qué lugar. Vemos un mundo vacío de la presencia de Dios y también como a María Magdalena, a Pedro o al mismo Juan en un primer momento nos falta la fe de creer que Jesús vive. ¿Cómo es posible creer que Jesús vive en una sociedad tan vacía de su presencia física? ¿Dónde está? ¿cómo encontrarle? Vivimos en una época donde el ser humano parece no solamente haber olvidado a Dios, sino que parece haber olvidado quién es el hombre mismo. Muchas personas se confunden buscando sentido en etiquetas, sensaciones o pertenencias pasajeras. Cuando el hombre olvida qué es hombre —con su dignidad, propósito y responsabilidad— comienza una lucha interior por definirse desde lo externo, desde lo emocional o desde lo imaginado pero sin encontrarse a sí mismo. Pero cuando el ser recuerda que es imagen de Dios, deja de perderse en identidades pasajeras y encuentra su verdadero rostro y su verdadero destino de grandeza.
Al celebrar la resurrección contemplando este pasaje del Evangelio que acabamos de escuchar, quiero invitarles a ir sí, al Resucitado, a Cristo vivo, pero también a Juan, el hombre que «vió y creyó». ¿Quién es ese Juan que ve y cree cuando en realidad no ve nada? De él quiero señalar dos rasgos: es ese discípulo que en la última cena «estaba a la mesa al lado de Jesús» (Juan 13, 23) y ese mismo discípulo es el que «está junto a la cruz de Jesús… junto a la madre de Jesús» (Juan 19, 25-26). Juan, quierods hermanos, es el que «está junto a Jesús» en dos momentos clave e la existencia de Cristo y dxe todo hombre: el momento de la «entrega y el servicio» y el «momento de la cruz».
«Estar junto a Jesús» es lo que el hombre necesita para poder entenderse a sí mismo para ver y creer. Estar junto a Jesús en el amor, en la entrega, en el servicio, en el compartir, en el reir con él, en el llorar con él, en el esperar con él. Creer en el Resucitado no es cuestión de teorías o de iluminaciones, sino del modo de estar en la vida. Cuando estamos en la vida al modo de Jesús somos capaces de descubrir su presencia resucitada y resucitadora en tantas personas y en tantos acontecimientos de este mundo que parece vernos como ilusos, atrapados en un sin sentido. Viendo el sepulcro vacío nuestra fe se fortalece, nuestra esperanza nos conforta y nuestra caridad se hace generosa y gratuita. La gracia de comprender la Escritura, y las apariciones de Jesús resucitado, fueron datos determinantes para la fe de la primera comunidad cristiana. Sin esa comprensión, no sabremos nunca quiénes somos y mucho menos, quién es Dios.
En este Domingo la Iglesia nos invita a participar del gozo de la Resurrección del Señor que aquí, en la parroquia, hemos celebrado desde anoche con la solemne Vigilia Pascual que ha coronado nuestras vidas de la alegría de la fe, de la esperanza y del amor. La Pascua que celebramos inaugura un tiempo de gozo muy especial, 50 días de fiesta con un prólogo maravilloso: La Octava de Pascua. Jesucristo ha resucitado como el Primero de muchos, para mostrarnos cual es nuestra verdadera escencia mostrándonos la vida que nos espera y se nos ofrece si con esperanza, damos el paso de la fe.
Nosotros no hemos tenido la oportunidad de estar en el momento excato de la resurrección de Jesús. Ni Magdalena, ni Pedro, ni Juan, ni los demás apóstoles y las mujeres que les acompañaban estuvieron. Pero el mismo Cristo nos había dicho que son felices los que creen sin ver. Por eso el Señor no da, en primera instancia, pruebas en sentido estricto de la Resurrección, sino sólo signos... Por eso, nuestra única respuesta sintoniza con la fe del discípulo amado, que no vio a Jesús; vio las vendas caídas y el sepulcro vacío, y creyó en Jesús, al que más tarde vería... Al celebrar hoy llenos de alegría al Señor Resucitado, avivemos nuestra fe, acrecentemos nuestra esperanza con María, y dejemos que Cristo Resucitado renueve la fuerza de nuestro Amor.
AMÉN. ¡ALELUYA!
Padre Alfredo.