El amor auténtico, cuando nace del corazón y viene respaldado por Dios puede compararse con un fuego que no destruye, sino que transforma. Un fuego que nos quema y nos ayuda a dejar atrás el egoísmo abriendo espacio para la generosidad y el compartir con libertad. Eso también se aprende en las pequeñas situaciones de cada día sobre todo en las discusiones entre familiares y amigos porque se cimientan sobre una base de confianza preexistente y afecto genuino. A diferencia de los debates formales o las negociaciones institucionales —donde suelen primar los intereses estratégicos y las posturas rígidas—, el espacio seguro de la amistad permite desarmar el ego, hablar con honestidad y, al mismo tiempo, escuchar con empatía real. En última instancia, estas conversaciones demuestran que la verdadera paz no surge de la ausencia de desacuerdos, sino de la voluntad compartida de comprender y ser comprendido. La sonrisa, en medio de todo esto, nos recuerda que a veces convertimos algo pequeño en un gran conflicto, cuando podríamos responder con más paciencia y menos empeño en llevar siempre la razón. Si el amor de hermanos y amigos orientara siempre nuestros deseos y nuestras decisiones importantes, cambiarían nuestras relaciones y, poco a poco, también el mundo que compartimos para llevarlo a la paz.
Pero es verdad que no se trata de esperar a que los demás hermanos y amigos den el primer paso: podemos empezar escuchando sin interrumpir, respetando las diferencias y ofreciendo ayuda sin buscar nada a cambio. Nuestros días de descanso y convivencia entre amigos sacerdotes casi llegan a su fin. Solamente nos queda el día de mañana en Madrid, a donde llegaremos en un rato desde este aeropuerto de Milán. ¡Cómo valoro a los amigos! Porque la verdadera amistad es el primer territorio donde se entrena y se construye la paz que luego vamos dando a los demás. Una vez más nos hemos dado cuenta de que ser amigos no es coincidir en todo, sino aprender a abrazar nuestras diferencias con respeto, paciencia y un corazón dispuesto a escuchar, a reír, a cantar y a rezar con y por el otro. Que la Virgen nos ayude a que nuestra amistad siga creciendo en gestos concretos y el deseo enorme de seguir creciendo juntos compartiendo el don del sacerdocio. ¡Bendecido jueves sacerdotal y eucarístico!
Padre Alfredo.


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