jueves, 18 de junio de 2026

«En el marco de los recuerdos rezo el Padre Nuestro»... Un pequeño pensamiento para hoy


Cuando un matrimonio vive en plenitud su vocación sacramental, la fecha de su aniversario hace revivir en el corazón todo el camino recorrido, sea corto o largo. Mis papás cumplían años de casados el 18 de junio, y el Señor siempre me concedió felicitarlos y agradecerles el testimonio de su perseverancia y fidelidad. No me tocó acompañarlos en sus «Bodas de Plata», pues me encontraba estudiando en Roma. Viví aquella celebración a distancia, cuando todavía era muy difícil comunicarse; sin embargo, en una audiencia llevé a san Juan Pablo II la «Bendición Apostólica» que les envié, y él, con gusto, la bendijo. Pude celebrarles los 30 años de casados en 1991, siendo yo ya sacerdote y, finalmente, el Señor me concedió presidir la misa de sus «Bodas de Oro» en la misma iglesia donde se casaron en 1961: la parroquia de «El Espíritu Santo», a la que pertenecemos y que ha marcado tantas fechas importantes de nuestra vida familiar; allí descansan ahora las cenizas de mi papá. Ellos llegaron a cumplir 59 años de casados, ya con papá muy enfermo, a poco menos de un mes de su retorno a la Casa del Padre. Allí, junto a su lecho, les celebré la misa. Recuerdo que él le dijo a mi mamá: «En lo próspero y en lo adverso, en la salud y en la enfermedad… y ahora es en la enfermedad». Ellos compartieron con un gozo inmenso sus últimos años juntos. A veces se nos perdían a mi hermano y a mí porque se daban sus escapadas; solían contar que la vida era muy diferente cuando se casaron, pero que se seguían amando.

Ahora mamá tiene siete años de viuda. Yo la acompaño lo más que puedo, entre las andanzas de la parroquia, los ires y venires de mi vida ministerial, las diversas encomiendas y los viajes que he de hacer. Sigue firme como un roble y, cada día que pasa, piensa en mi padre. Algunas veces, junto a mí, agradece a papá cada instante compartido, cada beso, cada palabra de amor; y el amor que se tuvieron sigue iluminando sus días. Y es que, todos lo sabemos, no hay despedida para un amor tan grande, porque la gente —como a veces suelo decir— sigue más viva que antes en los recuerdos y en el corazón. Mamá dice que lo siente en cada rincón de nuestra casa, en cada susurro del viento, en cada colibrí que llega y, sobre todo, en cada una de las misas que le celebro en casa o que ella sigue por la T.V. o en su computadora «mágica», que tanto la acompaña y la acerca al mundo de ayer, al de hoy y al de mañana: WhatsApp, Zoom, YouTube y todas las aplicaciones que maneja. Facebook no le gusta mucho; dice que es un «chismógrafo». Yo veo que, a sus 91 años cumplidos, cada día trata de ser fuerte, pero también se permite extrañarlo, seguramente derramar sus lagrimitas y amarlo como si nunca se hubiera ido de su lado. Ojalá muchos matrimonios vivieran como ellos lo hicieron. Creo que ese amor tan intenso que ellos vivieron es, en gran parte, lo que ayuda a mamá a seguir adelante sin él aquí. Lo recuerda en cada paso lento que da, en cada decisión que ha de tomar y en cada alegría que vuelve a sentir cuando lo evocamos juntos, hasta que llegue el día de volver a encontrarnos.

En el marco de este recuerdo me encuentro con el Evangelio de hoy —Mateo 6, 7-15—, donde Jesús nos entrega las siete peticiones del Padrenuestro. Son, por así decirlo, las súplicas de los hijos que hemos sido adoptados para ser amados por el Padre con la misma calidad de amor con que Él amó a Jesús. Decimos: «Santificado sea tu nombre», reconociendo y honrando a nuestro Padre. «Venga a nosotros tu reino», invitándolo a ser parte central de nuestra vida diaria. «Hágase tu voluntad», disponiéndonos a obedecerle en todo tiempo y lugar. «Danos hoy nuestro pan de cada día», rogando que no nos falte el alimento material, ni el alimento de su Palabra y de los sacramentos. «Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden», agradeciendo el perdón recibido y extendiéndolo a los demás miembros de la familia. «No nos dejes caer en tentación», pidiendo la gracia de no hacerlo a un lado en nuestras decisiones y acciones. Finalmente imploramos: «Líbranos del mal», suplicando su protección ante los ataques del maligno. Todo esto lo aprendí también gracias al matrimonio de Alfredo Leonel y Blanca Margarita… ¿Cómo no recordar aquel día de su «sí»? Que la Virgen Santa, que siempre está a nuestro lado, nos ayude a sabernos hijos de Dios e hijos de quienes nos dieron la vida, y a vivir siempre con un corazón agradecido. ¡Bendecido jueves sacerdotal y eucarístico!

Padre Alfredo. 

miércoles, 17 de junio de 2026

«No para lucirnos ante los demás, sino para agradar a Dios... UN PEQUEÑO PENSAMIENTO PARA HOY


En una de sus homilías, el recordado papa Benedicto XVI señaló que, en el seguimiento del Señor, la verdadera recompensa no es la admiración de los demás, sino la amistad con Dios y la gracia que de ella brota: una gracia que da paz y fortaleza para hacer el bien, amar incluso a quien no lo merece y perdonar a quien nos ha ofendido. Hoy, cuando Jesús en el Evangelio —Mt 6, 1-6.16-18— nos invita a obrar para la gloria de Dios y agradar al Padre, recuerdo estas sabias palabras, que iluminan el sentido de nuestro compromiso de fe. Ése es el sentido de nuestra vida y nuestro honor: agradar al Padre y complacer a Dios. Ése es el testimonio que Cristo nos dejó.

A veces, incluso dentro de la Iglesia, la falta de rectitud de intención resulta grave cuando se manifiesta en acciones como la oración, el ayuno o la limosna, pues son actos de piedad y caridad que deben realizarse por amor a Dios y no para aparentar. Sin embargo, sabemos que en todas partes hay personas que buscan lucirse y presentarse con orgullo como las más santas, perfectas o correctas. En el fondo, desean apropiarse de pequeños grupos o conversaciones, movidas por intereses personales, ideas teológicas equivocadas o teorías conspirativas, con tal de ocupar el primer lugar y llamar la atención. Son como moscas en la sopa: pueden arruinar cualquier momento. También pueden convertirse en una verdadera dificultad para un párroco, un coordinador de grupo o un superior religioso, porque esas actitudes tóxicas dañan la sinodalidad en la Iglesia.

Por eso conviene atender con seriedad lo que hoy dice el Maestro: «Cuiden de no practicar su justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario, no tendrán recompensa de su Padre celestial» (Mt 6, 1). ¿Cómo podríamos agradar a Dios si buscamos, ante todo, ser vistos viviendo de apariencias y quedar bien delante de los demás? No se trata de escondernos para que nadie nos vea, sino de orientar nuestras buenas obras, primero y directamente, hacia Dios, buscándolo como «la única recompensa», como decía la beata María Inés. No importa, ni es malo, que otros nos vean; al contrario, nuestro testimonio coherente puede edificarlos. Lo verdaderamente importante es que, a través de nuestras acciones, veamos a Dios y caminemos hacia Él. Que la Virgen, siempre activa y contemplativa, nos ayude. ¡Bendecido miércoles!

Padre Alfredo.

martes, 16 de junio de 2026

«Cuando llueve, llueve para todos»... UN PEQUEÑO PENSAMIENTO PARA HOY


Cuando llueve, llueve para todos, solemos decir. Con la misma lógica deberíamos de decir que cuando hay pan, hay pan para todos; pero aquí la lógica se desquebraja y se esfuma la solidaridad pensando que en esto del sustento cada uno debe arreglárselas como pueda. Jesús trae a colación esta cuestión de la lluvia en el Evangelio de hoy (Mt 5,43-48) para recordarnos que en las actitudes que hemos de tener con los demás no tenemos que estar haciendo distinción alguna o buscando preferencias. Jesús está hablándonos del amor que debe envolver nuestra vida como característica de los creyentes y que ha de ser como la razón de ser de lo que hacemos o del trato que tengamos con los demás. Por eso ese no podemos ir por el camino de las exclusividades ni tenemos que actuar con la Ley del Talión, esa del «ojo por ojo y diente por diente».

El Señor, en el Evangelio nos propone algo que rompe muchos esquemas, nos pide una renovación muy profunda de nuestras actitudes y de la manera que tengamos de tratar a los demás. Porque nos está hablando de un amor que ha de tener una categoría universal. Jesús viene a romper aquel esquema de que solo hemos de amar a los amigos, que solo vamos a responder con amor cuando nos hayan ofrecido amor. La regla económica de la oferta y la demanda no aplica en esta cuestión. El Señor es claro. No podemos seguir actuando según los parámetros antiguos que se asoman en el Antiguo Testamento.

En este fragmento del Evangelio que hoy contemplamos, Jesús nos pide una de las cosas más difíciles desde el punto de vista humano... nos pide amar a los que nos provocan daño, a los que nos odian, a los que nos persiguen, cuando nuestro instinto natural sería totalmente contrario. Cristo ofrece una serie de razones para justificar su aseveración, recordando que el Padre celestial hace salir el sol para malos y buenos, y manda lluvia sobre justos e injustos, porque es misericordioso. ¡Qué difícil! Pero qué alivio cuando eso se puede hacer realidad. Es que si sólo amamos y tratamos a nuestros amigos, haremos algo que no tiene ningún mérito, porque, lo realmente difícil, es lo contrario. Que la Virgen nos ayude, Ella, la llena de gracia. ¡Bendecido martes!

Padre Alfredo.

lunes, 15 de junio de 2026

«UNA HERMOSA HERENCIA DEL PAPA FRANCISCO»... Un pequeño pensamiento para hoy

Estos días que pasé en Vilna, la capital de Litunia, recordé muchísimo a nuestro querido Papa Francisco agradeciendo que me haya instituido como Misionero de la Misericordia desde aquel ya un poco lejano 2016. ¡Qué bendición poder dispensar misericordia en cualquier parte del mundo! En esta semana pasada gocé mucho en mis dos confesionarios, el de la Catedral de San Casimiro y en el lugar del congreso mundial de la misericordia... ¡Ayer ya confesé de nuevo en mi parroquia y hoy, por supuesto, también lo haré! El finado Papa instituyó a los Misioneros de la Misericordia con el objetivo de que actuáramos como un signo visible de la disposición de Dios para perdonar, pidiéndonos ser predicadores convincentes y confesores accesibles que transmitieran la alegría del perdón sin barreras ni obstáculos... creo que, desde lo pequeño de mi condición, voy dando respuesta a ello. Recuerdo que Francisco, en una visita que hizo a Bari, en Italia, mencionó que «si queremos ser discípulos de Cristo, si queremos llamarnos cristianos, este es el camino [...] amados por Dios, estamos llamados a amar; perdonados, a perdonar; tocados por el amor, a dar amor sin esperar a que comiencen los otros; salvados gratuitamente, a no buscar ningún beneficio en el bien que hacemos».

Esto me viene porque hoy el Evangelio de San Mateo, del versículo 38 al 42 del capítulo 5, Jesús habla del «ojo por ojo, diente por diente» —principio conocido históricamente como la Ley del Talión— que muchos buscan seguir practicando y que él abolió por completo. Y es que, a primera vista, esto habla de justicia. Sí alguien me hizo algo malo... ¿por qué me debo aguantar? En primer lugar hay que aclarar que esta ley fue diseñada para limitar la venganza y asegurar que el castigo fuera proporcional al crimen y no fuera siempre la muerte como castigo. Por ejemplo, si alguien en una pelea le arrancó el diente al contrincante, el castigo antes de esto era darle muerte a él e incluso a su familia. La Ley del Talión reclamaba: «no, eso no es justo, que le arranquen a él un diente y ya está». Con el tiempo, este principio fue malentendido y mal aplicado por algunos, que lo usaron para justificar la venganza personal. La enseñanza de Jesús cambia el enfoque de la justicia proporcional y la retribución legal a un estándar más alto de amor radical, perdón y no violencia. Aboga por una respuesta de paciencia y aguante en lugar de represalias, aclarando la verdadera intención de la ley y desafiando a sus seguidores a romper el ciclo de violencia respondiendo al mal con el bien.

Esto queda muy bien entendido en el sacramento de la Reconciliación. Si dependiese de la Ley del Talión, por justicia no debiéramos recibir el perdón. Deberíamos ser castigados por nuestros pecados. Pero Dios no es así con nosotros. El perdón que recibimos en la absolución sacramental no es lo que merecemos por justicia. Dios nos perdona porque Él nos ama y así lo quiere. Dios es libre para perdonarnos o no. Estrictamente hablando el perdón de Dios no es algo justo que merezcamos luego de nuestro arrepentimiento. Lo justo a raíz de mi pecado es un castigo. Por eso, si Dios nos perdona, va más allá de lo justo. Su perdón es un regalo, un don, que Él nos quiere amorosamente conceder. Ciertamente, la oportunidad que Dios me da, como Misioneros de la Misericordia para administrar el perdón de Dios a los demás, sobre todo en casos muy graves y de un gran arrepentimiento, me ha permitido experimentar de manera más profunda el amor divino y transmitirlo a quienes se encuentran perdidos o desanimados en cualquier parte en donde esté. Hace 10 años, en aquel 10 de febrero en la Basílica de San Pedro, el Papa Francisco, dirigiéndose a los Misioneros de la Misericordia, antes de recibir la Ceniza, comienzo de la Cuaresma del Año de la Misericordia nos dijo: «Queridos hermanos, que puedan ayudar a abrir las puertas del corazón, a superar la vergüenza, a no huir de la luz. Que sus manos bendigan y vuelvan a levantar a los hermanos y a las hermanas con paternidad; que a través de ustedes la mirada y las manos del Padre se posen sobre los hijos y curen sus heridas» Por eso le pido siempre a la Virgen que, ante el sacramento de la Reconciliación, no me deje inmisericorde y con los brazos cruzados. ¡Bendecido lunes!

Padre Alfredo.

domingo, 14 de junio de 2026

«¿Iglesia para clientes o para creyentes?»... Un pequeño pensamiento para hoy


Siempre ha existido la tentación de ver a la Iglesia solamente como el lugar al que se acude solamente a recibir... ¡a consumir! La mayoría de los bautizados acuden para solicitar un servicio, para pedir alguno de los sacramentos, solicitar un sacerdote para ir a ver un enfermo o acudir a una funeraria. Esto muestra una actitud pasiva en la fe de la mayoría de los que se dicen católicos y donde el creyente —en su mayoría no practicante— solo busca recibir beneficios —ayuda, apoyo, bendiciones— sin cuestionarse en la necesidad de participar activamente en la edificación de la comunidad eclesial. Cuánta gente —de la poca que cumple con el precepto dominical— va a misa cada ocho días solamente para «cumplir» haciendo oídos sordos a lo demás que tenga que ver con la vivencia de la fe. Hay quienes acuden al confesionario solo porque se van a casar o porque van a ser padrinos sin pensar que Dios tiene un proyecto del Reino de Dios para establecerlo en su corazón, en su familia, en su entorno. Este domingo, luego de venir impregnado por la vivencia del 6° Congreso Apostólico de la Divina Misericordia en Vilnius, me topo con este Evangelio que desde el capítulo 9, en el versículo 36 hasta el capítulo 10 en el versículo 8 me cuestiona sobre esta situación.

Estoy convencido de que los consumidores desgastan a la Iglesia, consumen sobre todo la vida de los sacerdotes sin importarles quién es ese hombre, que necesita, cómo puedo vivir en sinodalidad con él construyendo la comunidad eclesial. Los consumidores de Iglesia sienten que por el hecho de ser bautizados tienen ganado un sin fin de derechos sin absolutamente ninguna obligación. No cumplen con el precepto dominical de la participación en misa, pero echan pestes si el sacerdote no va a ver a su enfermo al otro extremo de la ciudad o no es capaz de dejar la misa de la parroquia para ir a la funeraria en donde nadie contesta, nadie comulga y el difunto no se paraba ni por mal pensamiento en la Iglesia. Jesús, en el Evangelio de este domingo quiere «apretar las tuercas» diciendo: «La cosecha es mucha y los trabajadores pocos. Rueguen, por lo tanto, al dueño de la mies que envíe trabajadores a sus campos». Con estas palabras, Cristo nos llama a analizar nuestros corazones y ver las razones que nos llevan a ser solamente «consumidores» y no «trabajadores» en la Iglesia. Somos tramposos. Cuando escuchamos este Evangelio pensamos: ¡Eso es para los sacerdotes! ¡Necesitamos sacerdotes! Sí, claro, de eso no hay duda. 

Pero tampoco hay duda de que la llamada a ser trabajadores es para todo bautizado. Lo expreso con una vivencia muy clara: Aquí en Monterrey, por ejemplo, por cada 10,000 habitantes hay un sacerdote... ¿Podrá el sacerdote atender todo lo que la gente quiere consumir de la Iglesia? Nuestra actitud al formar parte de la iglesia deber ser la de saberse trabajadores y no solamente consumidores. ¿De que grupo eclesial formas parte? ¿En qué grado de la Escuela Bíblica estás? ¿Qué ministerio o servicio desarrollas en tu comunidad? ¿A qué sacerdote te acercas para ver en qué puedes colaborar para mantener viva y fresca tu fe? ¿Cuánto tiempo has dado de servicio como catequista de niños, adolescentes, jóvenes o adultos? ¿De cuántos enfermos estás al pendiente? Saberse miembro de la Iglesia como trabajador implica reordenar prioridades, o sea dejar atrás el egoísmo, la indiferencia y la dureza de corazón para dar lugar y espacio a mi parroquia no solo como consumidor. Hoy que vivimos en medio de un desierto de incertidumbre, de cansancio y de superficialidad, Dios sigue pidiendo trabajadores. Recuerdo que en Turín, Italia, en donde estuve por última vez, hace ya un buen tiempo, hay una imagen de la Virgen llamada «Madonna dei Lavoratori» —Nuestra Señora de los Trabajadores—, yo creo que hacia Ella podemos alzar nuestra mirada este domingo y pedirle que nos ayude a responder al llamado de su Hijo Jesús que quiere necesitar de nuestro «Cuenta conmigo». ¡Bendecido domingo!

Padre Alfredo.

sábado, 13 de junio de 2026

«UN VIAJE ACOMPAÑADO POR SAN ANTONIO DE PADUA»... Un pequeño pensamiento para hoy


Mi día empezó hoy a las 2:30 a.m., porque debía estar en el aeropuerto de Vilnus a las 4 para volar a Amsterdam en un vuelo de casi tres horas. De allí tardé poco menos de 11 horas hasta mi querida «Selva de Cemento» —CDMX— de donde en un rato continuaré a Monterrey y mientras escribo mi reflexión. Desde temprano me he encomendado a San Antonio de Padua, a quien la Iglesia celebra hoy invitándonos a reflexionar sobre la predicación, el verdadero sentido de la fe y la oración a la luz de este hombre maravilloso que conocido como el «Doctor Evangélico» y el «Taumaturgo». Y me he encomendado a él porque la historia nos dice que fue un viajero y misionero incansable. Se sabe que su vida estuvo marcada por constantes traslados entre Portugal, Marruecos, Francia e Italia, motivados por su vocación religiosa. A decir verdad murió fuera de su patria, pues aunque es conocido como San Antonio de Padua y allí se venera, él es originario de Portugal.

A esto tengo que añadir que, desde mi llegada a Polonia, hace dos semanas, lo encontré en todas las Iglesias que visité, que obviamente conociéndome, fueron muchas. De hecho le mandé a mi madre varias fotografías de las diversas imágenes, pero, hasta después, me di cuenta de por qué en la nación de San Juan Pablo II, Santa Faustina Kowalska, San Maximiliano Kolbe, San Estanislao de Szczepanów, San Casimiro, San Juan de Kanty, San Estanislao Kostka y San Alberto Chmielowski, su presencia es tan notoria. Resulta que su intensa devoción en Polonia, tiene sus raíces en una de las historias místicas más importantes del país: las apariciones de Radecznica en 1664: El 8 de mayo de 1664, en la aldea de Radecznica, San Antonio se le apareció a un tejedor local llamado Szymon. El santo pidió que se construyera un santuario en una colina y prometió conceder gracias y curaciones a quienes visitaran el lugar. Como parte de las apariciones, se atribuyen propiedades milagrosas a una fuente de agua cercana, atrayendo desde entonces a miles de peregrinos enfermos o con necesidades espirituales. En el sitio de la aparición se construyó la Basílica de San Antonio. Al igual que en el resto del mundo —incluida mi madre a quien todo le encuentra— los polacos veneran a San Antonio como el intercesor para encontrar objetos perdidos. 

A la par de esta fiesta, coincide este año la celebración del corazón inmaculado de María, Madre nuestra, luz y compañía en nuestro caminar. Y toca que San Antonio profesaba un grandísimo y profundo amor a la Virgen. La devoción mariana fue un pilar de su fe que quedó plasmado en sus famosos escritos y sermones teológicos. Él se refería a Ella con hermosos títulos: «Estrella luminosa» que guía al creyente hacia Cristo; «Luna llena» por ser perfecta y sin mancha; «Miel en la boca y melodía para los oídos», refiriéndose a lo dulce y consolador de su nombre. En el corazón inmaculado de María, San Antonio aprendió a vivir con mayor sencillez y pureza de corazón. Su vida, según nos comparten sus biógrafos más conocidos, concluyó de forma totalmente mariana, porque, al sentir que llegaba su muerte, pidió ser llevado al convento de Santa María Madre de Dios en Padua. Termino mi escrito ya arriba del tercer avión de este día encomendando mis viaje a San Antonio y pidiéndole a María que sepa mirarla como modelo de fidelidad y seguimiento y, en las incertidumbres de mi vida misionera, que nunca faltan, sepa, como Ella, encontrarme con su Hijo y guardar todo en mi corazón. De esta manera podré seguir el camino al que he sido llamado como misionero: ser constructor del Reino de su Hijo, constructor de ese nuevo reino de paz, de justicia y de amor. ¡Bendecido sábado!

Padre Alfredo.

viernes, 12 de junio de 2026

MENSAJE DEL SANTO PADRE LEÓN XIV A LOS SACERDOTES EN OCASIÓN DE LA JORNADA POR LA SANTIFICACIÓN SACERDOTAL [Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, 12 de junio de 2026]


Queridos hermanos sacerdotes:

En el día en el que la Iglesia contempla el Corazón traspasado de su Señor, del que brota una fuente inagotable de paz y unidad para todo el género humano, dirijo sobre todo a mí mismo y a todos ustedes las palabras que Dios dirigió al pueblo de Israel: «Sean santos, porque yo, el Señor su Dios, soy santo» (Lv 19,2; cf. 1 P 1,16). Esta llamada divina atraviesa los siglos, resonando también hoy con fuerza para todo creyente y, con exigencia particular, para nosotros sacerdotes. La santidad no es una opción entre tantas ni un ideal abstracto; tiene que ver con la identidad misma de cada persona que quiere participar en la vida del Resucitado.

Santidad y participación en el misterio de Cristo

Dios nos invita a participar de su misma santidad. Cuando nos llama a ser santos porque Él es santo, nos indica el camino a seguir: dejarnos modelar según su Corazón. Y para nosotros, queridos hermanos, esta llamada es particularmente radical. El Señor prometió: «Les daré pastores según mi corazón, que los apacentarán con ciencia y prudencia» (Jr 3,15). La santidad que se nos pide es un abandono confiado: dejarnos transformar por su Santo Espíritu. Sin embargo, precisamente aquí surge la gran paradoja de nuestra vida sacerdotal: estamos llamados a participar de la misma santidad de Dios, pero llevamos este tesoro en vasijas de barro (cf. 2 Co 4,7), somos limitados e imperfectos, a menudo estamos marcados por debilidades y cansancios, a veces por heridas. ¿Cómo puede un corazón humano, tan vulnerable, responder a una llamada tan alta? El sacerdote vive esta tensión, pero sabe dónde encontrar paz: en el costado abierto del Señor Jesús.

Un camino de unión

La unión de nuestro corazón con el Corazón de Cristo no es una experiencia reservada a unos cuantos elegidos, sino un camino sacramental, eucarístico, que se realiza en lo cotidiano. Queridos hermanos, en la Ordenación hemos sido configurados con Cristo, pero es necesario reavivar siempre en nosotros el don de la gracia por medio de la celebración cotidiana de la Eucaristía, de la oración, de la meditación de la Palabra de Dios y del servicio humilde a los hermanos y hermanas. Permanecemos unidos a Cristo en todo: en lo que hacemos y en lo que nos sucede cotidianamente. La santidad, entonces, en vano buscada con esfuerzos aislados, se revelará por lo que es: correspondencia a la gracia que nos precede, nos sostiene y nos transfigura. No existen, en efecto, compartimentos estancos en nuestra humanidad. La oración, el ministerio, las relaciones, el cansancio, las alegrías y los fracasos, incluso el tiempo aparentemente perdido o el amor que parece malgastado, todo se vuelve un lugar privilegiado de la revelación de Dios y de su amor infinito.

El sacerdote que tiene un corazón íntegro, sencillo y puro es contemplativo en la acción, misericordioso, fiel en la prueba y alegre en la entrega de sí. El mundo tiene una gran necesidad de pastores que no ofrezcan sólo palabras o programas, sino el testimonio vivo de un corazón reconciliado, difundiendo el buen olor de la santidad de Cristo. Una vida sacerdotal sólida y configurada con el Corazón de Jesús es signo creíble de unidad, de paz y de misericordia. Así, en un tiempo marcado por divisiones y miedos, podemos ser constructores de paz, testigos de la ternura del Buen Pastor, que sabe reunir al que está extraviado y sanar al que está herido, y nuestro celo no es agitación, sino el desbordamiento de un amor que «es éxtasis, es salida, es donación, es encuentro» (Francisco, Carta enc. Dilexit nos, 28).  

El Corazón de Cristo es el corazón de los santos

La respuesta a la vocación a ser santos no está tanto en el esfuerzo de ascesis y perfección, que es necesario, sino en la adhesión confiada al amor revelado en el Corazón traspasado de Jesús. El apóstol Juan nos hace contemplar el costado abierto del Crucificado (cf. Jn 19,34), donde Dios nos muestra definitivamente cómo Él es santo: no en la distancia inaccesible de una perfección separada, sino en un amor que se entrega hasta hacerse herir y que puede, por tanto, ser manantial de misericordia y de vida. El Sagrado Corazón de Jesús es la imagen por excelencia del amor de Dios: un amor omnipotente precisamente porque es capaz de hacerse vulnerable, de cambiar el dolor en gracia, el sufrimiento en esperanza.

Ese Corazón bendito, por tanto, es el “lugar” en el que la santidad se muestra como proximidad y ternura. La santidad del sacerdote entonces puede manifestarse en la cercanía humilde y valiente, en el ser de todos y para todos, manteniendo abierta la puerta del redil para que muchos puedan entrar y encontrar alimento y descanso (cf. Jn 10,9). Por eso, se nos pide una relación con Dios que no nos aleje de los hombres, sino que nos acerque a todos, que forje corazones pacientes, tiernos, capaces de cercanía, de compasión y de escucha. Así, por medio de la unión de nuestro corazón imperfecto con el Corazón traspasado de Jesús, se realiza nuestro camino de santidad. Ya no vivimos nosotros, sino que Cristo vive en nosotros (cf. Ga 2,20). Una tal santidad no se vive en soledad. Cuiden la fraternidad sacerdotal: búsquense, escúchense, sosténganse. El sacerdote que se aísla, lentamente se apaga; el sacerdote que camina con los hermanos crece. Nos lo recuerda san Agustín: «¿Cómo evitaremos estar en tinieblas? Amando a los hermanos. ¿En qué se prueba que amamos la fraternidad? En que no rasgamos la unidad, en que mantenemos la caridad» (Homilía sobre la Segunda Carta de San Juan a los Partos II, 3).

Queridos sacerdotes, renueven cada día su “aquí estoy” ante el Corazón traspasado de Cristo. Entréguense totalmente a Él, para que puedan amar a su pueblo con el mismo amor con el que Él lo ama. Y recuerden con alegría, como le gustaba repetir al santo Cura de Ars, que «el sacerdocio es el amor del corazón de Jesús» (cf. Benedicto XVI, Carta para la convocación del Año Sacerdotal [16 junio 2009]: AAS 101 [2009], 569). Este amor es prenda y garantía de que nada de nosotros se perderá, si todo lo nuestro lo entregamos y ofrecemos. Les encomiendo a todos y a cada uno a la Virgen María, Madre de los sacerdotes. Ella, que conservó en su corazón el misterio del Hijo, nos enseñe a conservar y a hacer latir en nosotros el Corazón de Cristo, Salvador del mundo.

12 de junio de 2026, Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús.

Leon XIV.


 


LEÓN PP. XIV