domingo, 16 de agosto de 2026

«Hermanos unos de otros sin distinción alguna... UN PEQUEÑO PENSAMIENTO PARA HOY


El pensamiento de este domingo lo comparto desde el aeropuerto de Doha la capital de Qatar, el «Doha Hamad International» considerado el aeropuerto más hermoso del mundo, a donde he volado hace unas 6 horas con dos hermanas Misioneras Clarisas para hacer conexión a Yakarta, la capital de Indonesia a donde vamos a dar unos cursos y talleres a miembros de nuestra Familia Inesiana en ese país. El aeropuerto es simplemente «espectacular». Una construcción hiper moderna en medio del desierto, con grandes árboles en su jardín interior llamado «The Orchard», un sin fin de tiendas de lujo, restaurantes e incontables musalas —o musallás, en árabe مصلى—, esas salas de rezo adaptada para las oraciones en los aeropuertos. Aquí la ausencia de todo signo cristiano es totalmente ausente. Cristo, muchas veces, como en estos países árabes, está escondido en la vida de misioneros y un número muy reducido de cristianos y como diría san Pablo en Colosenses 3,3 viven «una vida escondida con Cristo en Dios».

Aquí viene muy bien el núcleo del mensaje de Jesús en el Evangelio de este domingo (Mateo 15,21-28) que es una llamada a sentirnos hermanos unos de otros para actuar en consecuencia desde el amor, que es el corazón de la identidad cristiana. El relato, que destaca por la referencia que Jesús hace «a los perritos», empieza desde la perspectiva judía de aquellos tiempos que levantaba una barrera que impedía ir al encuentro de «los gentiles», los que no pensaban igual. Las palabras de Jesús, duras al principio como una piedra, no son suyas, sino de la teología oficial judía. Los discípulos querían quitarse de encima a la mujer que inoportuna y Jesús les dio una lección majestuosa. Hoy sucede lo mismo en estas naciones musulmanas de la península arábiga, bañados por el golfo pérsico e impregnados por una doctrina que hace menos a los cristianos. Cristo rompió con aquella forma de pensar en este encuentro en el que la cananea, comparándose con los perritos que comen de lo que cae de la mesa de los amos, tocó el corazón misericordioso de Cristo que transformó una forma de pensar y de vivir.

Después de tantos años, parecería que en el corazón del ser humano sigue habiendo un instinto de división, un miedo a aceptar al que es distinto, una cierta incapacidad para mirarnos desde el respeto, el diálogo y la fraternidad. ¡Qué gran lección nos da también la mujer! Ella se comportó mejor que los judíos, fue más que una hija de Israel, una pagana capaz de mover el mundo y llegarse al corazón de Dios. Jesús sabe, como experiencia personal que en realidad «ha sido enviado para salvar a todos». Jesús muestra quién es y qué ha venido a hacer: llamar a todos, salvar a todos. La fe de la cananea fue capaz de mover montañas y eso, precisamente, no ocurría ni en la religión ni en la patria de Jesús. La lección está dada. El demonio de la incomprensión, de la incomunicación, de la inhumanidad entre pueblos y religiones ha de ser expulsado. El reino de la salvación debe llegar a todos aunque aún ahora, después de siglos, las religiones extremistas nos separen. Que el encuentro con el Dios de Jesús, que hoy se me revela en este lugar tan lejano a mi tierra natal, abra mi corazón para ser más misionero y me haga ver, en verdad y con implicaciones reales, que todos somos hermanos en Cristo.

Padre Alfredo.

sábado, 15 de agosto de 2026

«ORACIÓN A LA VIRGEN DEL ROBLE»... Patrona de Monterrey y su arquidiócesis


Haz virgen del Roble, 
que no pierda nunca la esperanza en ti 
y la confianza en la voluntad de Dios, 
haz que tenga fortaleza y paciencia y no desespere.
También pido tu auxilio 
para hacer una buena persona, 
por ello te pido no me abandones nunca, 
que tu ejemplo esté presente en mi vida 
y el amor que siento hacia ti aumente cada día.
Madre santísima de Roble, cúbrenos con tu manto



«LA ASUNCIÓN DE MARÍA: PRONTITUD, PEQUEÑÉZ Y SERVICIO»... Un pequeño pensamiento para hoy


Este año celebro la solemnidad de la Asunción de María a los cielos con mis hermanas Misioneras Clarisas de las casas de Roma: La Casita —la casa general donde están los restos de nuestra Beata Madre fundadora— y Garampi —la casa de peregrinos que acoge a mi padrino Mons. Juan Esquerda desde hace muchos años y que me recibe todas las veces que vengo a esta querida Ciudad Eterna. Y es un gusto venir y contemplar en estas santas mujeres y por supuesto en mi padrino, el gozo de la prisa del servicio misionero y el canto de la pequeñez de nuestras vidas que se consagran al Señor. Quiero pensar hoy en tantos consagrados y consagradas que, alrededor del mundo, vamos camino al Cielo de la mano de María que se nos adelanta asegurándonos que allá, por la infinita misericordia de nuestro Dios, llegaremos como Ella.

Tanto la prisa del servicio como el canto de la pequeñez, relucen en el Evangelio de este día de fiesta (Lucas 1,39-56). Este relato de san Lucas nos regala el encuentro de dos madres y el canto más hermoso de la Escritura: «El Magníficat». María no se queda mirándose a sí misma tras el anuncio del ángel, sino que se levanta y se encamina presurosa a la montaña para servir a su prima Isabel. Esta actitud de María define la esencia de la vida consagrada. La prisa de la Virgen no es ansiedad; es la urgencia del amor que no puede guardarse el don que ha recibido de lo alto. Nuestra vocación de misioneros nació de un encuentro con el Señor que nos puso en camino hacia los demás como María. Al igual que ella, nuestra misión es llevar a Cristo en el silencio del corazón y derramarlo en el servicio alegre de una misión marcada por el «Oportet Illum Regnare» —porque debe Él reinar— que nos recuerda la segunda lectura (1 Cor 15,20-27a). Cuando María llega con Isabel, portadora de Jesús en su vientre, proclama su alma la grandeza del Señor. Ella no canta sus propias virtudes, sino la fidelidad de Dios que ha mirado la pequeñez de su sierva. 

Esta fiesta, por lo tanto, me recuerda que la vida religiosa florece cuando se vive desde la humildad, desde la pequeñez, desde la aceptación de la propia miseria. Dios no hace grandes obras en los soberbios, sino en los corazones que se reconocen pequeños y necesitados de su gracia y ponen su miseria —como dice madre Inés— al servicio de su misericordia. Por eso este día, año con año, me alienta para que cuando el cansancio o la rutina quieran apagar mi alegría de consagrado, vaya al Magníficat y recuerde con María las maravillas que el Poderoso ha hecho en mi historia personal y en la de todos los consagrados. Contemplemos hoy a la Madre y Hermana mayor en la Iglesia —como nos ayuda a verla el Apocalipsis 11,19a;12,1.3-6a.10ab): «Asunta al cielo». Que ella sea siempre el faro de nuestra vida. Que nos enseñe a servir con prisa evangélica, a orar con profunda humildad y a mantener los ojos fijos en la meta del cielo. No caminamos solos. La misma que fue asunta a la gloria nos acompaña en cada jornada. ¡Bendecido sábado, fiesta de la Asunción de María!

Padre Alfredo.

P.D. Felicito a todos mis hermanos y amigos sacerdotes que hoy, en especial en la arquidiócesis de Monterrey, celebran su aniversario de ordenación sacerdotal. ¡Ad multos annos vivant!

viernes, 14 de agosto de 2026

«EL SELLO DE LA ALIANZA»... Un pequeño pensamiento para hoy


Al leer una y otra vez la primera lectura del día de hoy (Ezequiel 16,1-15.60.63), impresiona la fuerza tan expresiva que lleva la narración, los matices y la acción apasionada de Dios en todo el desarrollo. Este relato de Ezequiel nos confronta con la cruda realidad de la historia compartida de muchas parejas que no han captado que el matrimonio no nace de la perfección de dos seres idílicos, sino del encuentro de dos vulnerabilidades que Dios decide abrazar. Así como Jerusalén fue recogida del abandono en su nacimiento, cada matrimonio tiene un origen bendecido por una gracia que le precede; los esposos no se unen porque son perfectos, sino porque han sido amados primero por Dios que los acompaña en las diferentes etapas de la vida —en el entusiasmo de la juventud, en la madurez de los compromisos y en los momentos de fragilidad—.

El Señor, en cada matrimonio, sella con los esposos una alianza que transforma la debilidad en dignidad real. Dios invita a los esposos a volver siempre al primer amor, a reconocer que la belleza y la fuerza de su unión no provienen de sus propias fuerzas, sino de un compromiso sagrado y gratuito que sostiene sus vidas desde el principio. Pero, a medida que el tiempo transcurre y el matrimonio alcanza estabilidad, prosperidad o reconocimiento, surge el peligro latente que llevó a Jerusalén a la perdición: la soberbia de creer que el éxito es un logro exclusivamente humano. El texto profético denuncia con dolor cómo la riqueza, el esplendor y los dones recibidos pueden transformarse en armas de doble filo si los esposos olvidan de dónde los rescató el Señor, cayendo en la ingratitud, el desprecio mutuo y la infidelidad a la promesa original. El pecado en el matrimonio muchas veces no comienza con grandes rupturas, sino con el sutil orgullo de la autosuficiencia. 

El esplendor de la vida matrimonial es un don prestado que requiere de un buen aderezo de humildad diaria para no prostituir la confianza ni traicionar al Amor que los unió. Creo que si todos los matrimonios cristianos le echaran un buen vistazo a esta fidelidad conyugal y reflexionaran el hecho de que es una bendición, entenderían que la cuestión fundamenta no es ser mágicamente perfectos, sino dejar que sea la fidelidad de Dios la que sane y bendiga. Al final del camino, el perdón no es el premio al esfuerzo humano, sino la obra maestra de un Dios fiel que abraza la fragilidad de los esposos para recordarles que, por encima de cualquier caída, el amor siempre tiene la última palabra. Como el matrimonio, la historia de salvación es en esencia una historia de amor. No somos nosotros los que nos transformamos en buenos ciudadanos de este mundo, es Dios quién con visión va haciendo su obra en nosotros como la hizo en san Maximiliano Kolbe, porque Dios es fiel. ¡Bendecido viernes!

Padre Alfredo.

jueves, 13 de agosto de 2026

«Dios nos perdona todo a todos, nos perdona siempre, y nunca nos pasa factura»... UN PEQUEÑO PENSAMIENTO PARA HOY


No sé cuántas veces he venido al aeropuerto de Madrid-Barajas que es el cuarto aeropuerto en lo que se refiere a carga de pasajeros europeos y uno de los más grandes y mejor comunicados del mundo. Barajas se inauguró al tráfico aéreo en 1931 y desde entonces no ha dejado de crecer. Es uno de los pocos aeropuertos que cuenta con transporte público directo. su buena ubicación hace posible que se pueda acceder tanto por metro como por tren, lo que hace que sea uno de los espacios aéreos mejor comunicados de Europa, junto con el Aeropuerto de Heathrow en Londres. Esta vez estoy aquí para conectar a Roma y salir de allí, el domingo 16, a Yakarta, en Indonesia.

Mientras espero mi conexión viendo pasar por enfrente de mí a trabajadores, pilotos, azafatas, policías, empresarios, familias y turistas; aprovecho la oportunidad para hacer un rato de oración y contemplando el ir y venir de tanta gente —casi 6,5 millones de personas pasaron por aquí en julio— agradezco al Señor que seamos agraciados por la misericordia sin límites de nuestro Dios. Y es que la parábola de este jueves, en el Evangelio (Mateo 18,21–19, 1) habla de la inmensidad de la donación de Dios que se entrega a sí mismo a nosotros, entre otras formas, en la del perdón generoso que trata de infundir alegría al que es perdonado. Pienso en esa belleza de nuestra fe cristiana que es el saber que Dios no nos perdona sólo una o dos veces; sino cada vez que acudimos a Él con pureza de corazón y rectitud de intención, buscando el perdón a toda velocidad, como la gente que veo correr aquí para que el avión no los deje.  

El Señor nos enseña que el perdón que recibimos de nuestro Padre Dios conlleva una responsabilidad: extender esa misma gracia a los demás. ¿Cuánta de esta gente conocerá a Dios y será consciente del perdón que nos otorga? Así como recuerdo las tantas veces que he pisado este aeropuerto desde 1984, quiero recordar las acciones de Dios —a lo que nos invita el salmista hoy—, para que reconozcamos las infinitas veces en que hemos sido perdonados. Si Dios nos perdona todo a todos, nos perdona siempre, y nunca nos pasa factura. Que la Virgen María, que también fue viajera para ir a Belén, a Ain Karem, a Egipto y a Nazareth, nos acompañe en el viaje por este mundo, buscado el perdón de Dios hasta llegar al Cielo, nuestro destino final. ¡Bendecido jueves eucarístico y sacerdotal! 

Padre Alfredo.

martes, 11 de agosto de 2026

El Cristo que muchas veces desconcierta... Un pequeño pensamiento para hoy


Muchas ves las palabras de Jesús en el Evangelio son desconcertantes. Así parece ser este martes en el evangelio de la misa en el que san Mateo (18,1-5.10.12-14) nos narra cómo Jesús desconcierta a su audiencia al poner a los niños como ejemplo invirtiendo por completo los valores de estatus, poder y grandeza de la sociedad de su época. En el contexto histórico del siglo I, los niños no eran cuidado e idealizados como hoy, cuando incluso hoy muchos adultos se pasan, cumpliendo caprichos innecesarios.  Los niños, en aquellos tiempos, carecían de derechos legales, estatus social y valor económico. Al colocarlos en el centro y ponerlos de ejemplo para trabajar en un proceso de conversión, Jesús rompe las expectativas de sus discípulos. 

En la cultura grecorromana y judía, la grandeza se medía por la autoridad, los títulos y la pureza ritual. De repente el Señor afirma que los últimos en la escala social son los primeros. Él, con sus predicaciones sencillas, desafía la ambición de los discípulos. Acordémonos que los seguidores más cercanos de Jesús discutían sobre quién sería el más importante en su reino. Jesús les responde que para entrar en él hay que convertirse y hacerse pequeños, redefiniendo así el concepto de grandeza: Ser grande en el Reino de Dios no significa dominar a otros, sino servir y carecer de pretensiones. Los pequeños son, ciertamente, los niños, pero también toda persona vulnerable: quien sufre pobreza, soledad, enfermedad, exclusión, migración forzada, etc. Hacia ellos, Dios nos invita a dirigir una mirada nueva llena de amor.

Los Papas de los últimos tiempos lo han expresado con claridad al hacerse presentes en aquellos lugares donde se recibe a personas migrantes, en los centros penitenciarios o en residencias de personas en situación de calle. En sus actitudes Cristo nos sigue hablando y recordando que para sentirse convertidos no basta con admirar la pequeñez, la vulnerabilidad o la pobreza. Los niños no definen su condición por un estatus, por ocupar un puesto especial o por saber que traen una ropa cara de marcas finas y oler a perfumes finos... sólo seremos fieles a Dios y al Evangelio si olemos a oveja decía el Papa Francisco, si vivimos poniendo en el centro a la pequeñez y luchamos para dotar a todo ser humano de derechos y de dignidad. Allí donde una persona vulnerable como un niño es acompañada, es donde el Reino de Dios puede empezarse a hacerse visible. La Virgen la humilde sierva del Señor, sabe muy bien de todo esto. Dejémonos enseñar por ella. ¡Bendecido martes!

Padre Alfredo.

lunes, 10 de agosto de 2026

«QUE EL CORAZÓN NO SE QUEDE DESENTENDIDAMENTE FRÍO»... Un pequeño pensamiento para hoy


Me quiero detener hoy en el texto de san Pablo (2 Cor Corintios 9,6-10) que liturgia de la palabra señala para la fiesta de san Lorenzo a quien hoy celebramos. Y es que me llama la atención —comentaba con uno de los padres— que no habla de martirio, de derramamiento de sangre ni de persecución o claramente de martirio, como como lo hace Pablo en otras de sus cartas. Aquí el Apóstol de las gentes habla de generosidad. Y es que el martirio, es triunfo del mártir por su generosidad. «A mí nadie me quita la vida —había dicho Cristo (Jn 10,18)— yo la doy porque quiero». En realidad, entonces, no se es mártir solamente por ser asesinado por defender la fe; mártir es el testigo que, con su vida y su palabra da testimonio de la fe en Cristo porque ha sido generoso hasta el extremo.

San Lorenzo fue mártir por profesar, testificar y vivir su fe. Era diácono, y fiel a su vocación, atendía —por encargo especial del Papa san Sixto II— a los necesitados. Ese fue el servicio de su vida. Servicio realizado desde la generosidad. La generosidad, dice san Pablo, produce frutos en quien es generoso. Por lo tanto, el ser generoso beneficia no solo al que recibe la ayuda, sino al que la ofrece. Por allí leí que «La generosidad es desprenderse de la semilla para recibir el premio de la cosecha, que multiplica el valor de la semilla». Hoy, en una misa especial —y qué san Lorenzo me perdone porque le cambié el nombre por la emoción y le puse Lázaro— pude ver de cerca y en vivo, en una capillita de Tlalpan, en donde concelebré la santa misa, esa generosidad en un sacerdote —cuyo nombre omito porque no le pedí permiso de compartirlo— que se consagró de una manera especial al Señor para seguir dando vida y vida en abundancia con generosidad en su ministerio sacerdotal y misionero. Cada vez que veo estos testimonios, como el de este sacerdote, el de san Lorenzo y el de muchos más, me pregunto por el nivel de mi generosidad. 

Creo que esto es algo que todos deberíamos de preguntarnos en el examen diario de conciencia al llegar al final del día, aunque no nos espere una parrilla para achicharrarnos en defensa de la fe como al diácono Lorenzo, cuyo servicio que hizo con tanta dedicación y caridad, lo llevó hasta ofrecer su vida. Que él, bajo la mirada dulce de María, nos alcance fortaleza ante las pruebas, ayuda en nuestras necesidades económicas o laborales y un corazón generoso para ayudar a los más necesitados, inspirados por su amor a los pobres. Cómo me gusta este himno de Vísperas, compuesto por el padre José Luis Blanco Vega S.J. y que se reza en las Vísperas del lunes de la I semana del Tiempo Ordinario en la Liturgia de las Horas en el que rezamos: «Qué mi corazón no se me quede desentendidamente frío». ¡Bendecido lunes y que nuestro corazón se mantenga cálido y no frío para ser generosos hasta dar la vida!

Padre Alfredo.

P.D. ¡Felicidades a todos los diáconos en su día, especialmente a los de nuestra parroquia :Juanito y Paco!