La vocación, respuesta del hombre a la llamada de Dios, encierra en su misterio, unas realidades que encienden el corazón que quiere entregar su vida por la causa de Cristo.
En medio de una sociedad profundamente materialista, marcada por el egoísmo y que anega las aspiraciones más nobles del corazón, percibimos que la vocación es una respuesta, a la llamada que Dios hace para seguirlo, que no puede ser pasajera. Aceptar la vocación y perseverar en ella, quiere decir «creer en el amor» (Cfr. 1 Jn 4,16. Cada uno es «amado y escogido providencialmente por el dueño de la viña» (ESQUERDA BIFET Juan, "Ven y verás", Roma 1993, p. 8). Nuestra vocación es ante todo, una vocación de amor.
La beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento, supo descubrir esto y trazó un programa para su vida, un programa tan sencillo como esto: «Que mi vida sea un programa de amor. Que mi vida sea un acto de continua oblación» (ARIAS ESPINOSA María Inés Teresa, "Recuerdo de mis santos ejercicios", julio 6-17 de 1941).
Viendo nuestra respuesta vocacional en esta clave de amor, encontraremos siempre motivos más que suficientes para perseverar con alegría. Nuestra vida consagrada debe ser una vida impregnada de amor, porque nos sabemos amados por Dios. El Señor nos llama cada día a reestrenar la gracia de la vocación, a «volver al primer amor» (Cfr. Ap 2,2-5), a reavivar la ilusión de vivir pata él, recordando que «salimos de la mano de Dios, como obra y fruto de su amor» (CASTRILLÓN HOYOS Darío, "Pastores para una nueva evangelización", Madrid 1992, p. 21).
Desde hace algunos años se habla mucho de «formación permanente» y está bastante claro que no se trata de algo nuevo, pero hoy, «en medio de nuestro mundo, en una humanidad dividida por las enemistades y las discordias, en donde el hombre busca desesperadamente en su mayoría, su seguridad existencial en el progreso científico y técnico, en el poder, en el dinero, en la comodidad, esta formación permanente se hace urgente, para que el consagrado no se deje arrastrar por modas o tendencias pasajeras.» (cfr. DELGADO RANGEL Alfredo L. Gpe., M.C.I.U., "Cristo, fundamento del sacerdocio; sacerdote, sacramento de Cristo", manuscrito sin fecha).
Jesús llamó a los que él quiso, nos llamó a nosotros también. Él llama siempre para estar con él y para enviar, a los llamados, a predicar la Buena Nueva(Cfr. Mc 3,13-14). La vocación, entonces, es «una llamada a compartir la vida de Cristo en un encuentro permanente y una misión totalizante» (DELGADO RANGEL Alfredo L. Gpe., M.C.I.D., "La miseria al servicio de la misericordia", manuscrito sin fecha). El «sígueme» de Jesús, se sigue repitiendo en cada llamada, en cada vocación, y no sólo eso, sino que se va renovando cada día, de tal manera que el que se sabe llamado, ha sido amado por Cristo y debe ir motivado por una respuesta dinámica a la llamada.
«El amor de Dios nos persigue» (DELGADO RANGEL Alfredo L. Gpe., M.C.I.U., "El pecado, Un ¡no! al amor de Dios”, manuscrito, 1994). Jesús se encuentra con nosotros, nos arrastra, nos cautiva, nos convence y nos va transformando. Por eso la beata María Inés decía: «Quiero transformarme en tu amor, quiero vivir de amor, quiero morir de amor» (ARIAS ESPINOSA María-Inés-Teresa O.S.C., "Ejercicios espirituales", 1943).
En la mirada de nuestro Señor Jesucristo, «imagen de Dios invisible» resplandor de la gloria del Padre, se percibe la profundidad de ese amor eterno e infinito que toca las raíces del ser. La persona que se deja seducir por él, abandona todo y lo sigue. Como san Pablo considera que todo lo demás es «pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús», ante el cual no duda en tener todas las cosas «por basura para ganar a Cristo». Su aspiración es identificarse con él, asumiendo sus sentimientos y su forma de vida". (Cfr. Vita Consecrata 18).
Recordando que «el fin de la vida consagrada consiste en la configuración con el Señor Jesús y con su oblación total, es sobre todo a esto a lo que debe aspirar la formación (CENCINI, Amedeo, “¿Creemos de verdad en la formación permanente?”, Santander 2013, p. 36-37). Desde esta perspectiva se entiende que la vocación religiosa auténtica, es una vigorosa experiencia de encuentro con el Padre de las Misericordias en Cristo. Es literalmente una «vivencia». El verdadero religioso, como vemos en la beata María Inés, es un enamorado de Cristo que, como san Pablo, pretende alcanzar a Cristo, porque se sabe previamente alcanzado por él. (Cfr. DELGADO RANGEL, Alfredo L. Gpe., M.C.I.D., "La expresión de un único sí", manuscrito, 1994)
La formación permanente, es el esfuerzo integral que hemos de asumir, con la gracia de Dios, para permanecer dinámicamente fieles a la propia identidad espiritual y eclesial y para ser capaces de adaptamos y responder positivamente, en el nombre del Señor, a las exigencias históricas de la vocación (Cfr. MISIONERAS CLARISAS DEL SANTÍSIMO SACRAMENTO, "Guía de formación", Roma, diciembre de 1997). Se trata de una cuestión de «perseverancia» y «fidelidad», como muchas veces lo he repetido y experimentado. «¿Cómo olvidar que el Señor nos llamó?.. nos llamó por el nombre y no nos dejará jamás. Nadie nos puede suplir ni representar en la llamada que nos hace cada día a seguirle pobre, casto y obediente» (DELGADO RANGEL, Alfredo L. Gpe., M.C.I.D., "Me considero feliz", manuscrito, 1996).
«Ninguna fase de la vida puede ser considerada tan segura y fervorosa como para excluir toda oportunidad de ser asistida y poder tener mayores garantías de "perseverancia" en la "fidelidad", ni existe edad alguna en la que se pueda dar por concluida la completa madurez de la persona» (Vita Consecrata 69). «La vida del presbítero y de la persona consagrada es formación es formación en sí misma» (CENCINI, Amedeo, “¿Creemos de verdad en la formación permanente?”, Santander 2013, p. 37).
Los sacerdotes y los consagrados, debemos tener muy en claro que vivimos en una constante formación, por se habla de formación permanente, el «sígueme» del primer día, se repite cada día y se reafirma en una respuesta de plenitud de entrega que continúa siempre actual. «Nadie deja nunca de sentirse llamado, hay un llamamiento constante en nuestra vida» (DELGADO RANGEL Alfredo L. Gpe., M.C.I.U., "Dos caminos", manuscrito, 1994). La formación permanente nos lleva a permanecer sumergidos en Cristo, en el misterio dramático de su corazón para que día con día, según las etapas de la vida que vayamos atravesando, aprendamos a vibrar de su pasión por hacer la voluntad del Padre que nos ama (Jn 16,27) y por salvar a la humanidad llenándola de vida (Jn 10,10).
La formación permanente no se funda en racionalismos ni en sentimentalismos ni en estados anímicos como muchos, llevados por modas actuales, se dejan llevar. Quizá por esa realidad que muchos viven en la entrega vocacional de vivir así, el «sí» de un día se convierte fácilmente en un «no» que impide seguir respondiendo. «La formación permanente es ante todo gracia que viene de lo alto, cada día, un don cotidiano, seguro, infalible y providencial» (CENCINI, Amedeo, “¿Creemos de verdad en la formación permanente?”, Santander 2013, p. 38). La formación permanente viene a ser una ayuda para no dejamos guiar por nuestro modo de sentir y pensar, sino por los criterios de Cristo. «Mi vida debe ser un espejo en el que se reproduzcan las virtudes de Nuestro Señor» (ARIAS ESPINOSA, María Inés Teresa, "Ejercicios espirituales", 1933). Por eso es una tarea de toda la vida. «No bastan unos años de rutina, es toda una vida la que se compromete por él». (ESQUERDA BIFET Juan, "Encuentro con Cristo", editorial Sígueme, Salamanca 1987).
En la vida consagrada no basta con ser ya de votos perpetuos para sentirse «formado». Todos necesitamos de los diversos medios de la formación permanente que, de por sí, ya los conocemos: la oración como encuentro con Cristo especialmente en la Eucaristía, la Palabra de Dios, los sacramentos, la profundización en la doctrina sobre vida religiosa, la doctrina sacerdotal para los que somos sacerdotes o nos preparamos a serlo, la dirección espiritual, la vida de sacrificio y entrega, la vida fratena en comunidad, el amor a María, el compromiso misionero, el conocimiento cada vez más profundo y la vivencia del carisma de nuestros fundadores. «Se necesita una formación permanente que abarque los niveles de espiritualidad, cultura teológica y humana, metodología pastoral, convivencia en la comunidad, etc.» (ESQUERDA BIFET Juan, "Te hemos seguido", Biblioteca de autores cristianos, Madrid 1996, p. 52).
Hablamos, entonces, de una formación continua que se lleva a cabo como «un proceso global de renovación que abarca todos los aspectos de la persona del religioso y el conjunto del instituto mismo» (“Orientaciones sobre la formación en los institutos religiosos”, # 68). Esta formación permanente no es cosa fácil, que se pueda realizar en un día, es todo un proceso que requiere de mucho esfuerzo —ascética— y por supuesto, de la gracia de Dios —mística— y que empieza desde las primeras etapas de la formación inicial que prepara a la ordenación sacerdotal o a la profesión perpetua.
Luego esa formación continúa en el día a día del ministerio, en la vida común, en el servicio desinteresado, en la disponibilidad a la misión, etc. La formación no se puede cerrar en un paréntesis juvenil, sino que tiene que estar abierta a todo el arco existencial, hasta alcanzar el máximo de disponibilidad en la fase final de la existencia. Por eso la muerte forma parte importante del proceso de formación continua, porque hay que prepararse de manera individual y comunitaria al momento de la muerte. La muerte es el punto más elevado del proceso de identificación con la pasión de Cristo por Dios y por los hombres.
Hemos de pensar siempre que nuestra vida, tanto en el ministerio como en la vida consagrada, es larga y dificultosa, porque se trata de responder a una misión muy grande. El éxito de la tarea misionera de nuestra vocación depende, en mucho, de la calidad de formación permanente que tengamos. Porque «no puede darse un solo momento en el que el Padre no se ha movido por aquel gran deseo de formar en cada uno de nosotros, el corazón de su amado Hijo.» (CENCINI, Amedeo, “¿Creemos de verdad en la formación permanente?”, Santander 2013, p. 43)
A mayor formación humana, espiritual, apostólica, intelectual, en el propio carisma, mayor será lo que una diócesis, un instituto o una familia religiosa ofrezcan a la Iglesia y al mundo. «La vida se confía al hombre como un tesoro que no se debe malgastar, como un talento a negociar. El hombre debe rendir cuentas de ella a su Señor» ("Evangelium vitae", # 52).
La falta de la formación permanente no se podrá suplir con nada, ni con el fervor, ni con un gran corazón, ni con talento, ni con amplios planes de conquistas de almas, y ciertamente su ausencia se dejará sentir en una mundanización de los miembros, en una vida seca, áspera, sin frutos. Nadie puede ser santo si no se mantiene en este estado de formación permanente. Dicen que San Francisco de Sales, al llegar a Chablais, infestado de Calvinistas, dijo: «Esto está en manos de los protestantes porque nosotros hemos rezado el breviario pero no hemos aumentado nuestro saber».
Los santos y los fundadores, en general, vivieron siempre reconcentrados en la formación permanente. «Imitar a los santos, no es copiar un ideal; no es copiar a los santos. Significa, siguiendo su ejemplo, dejarse conducir, como ellos, por un Otro adonde tú no querrías ir, dejar que el amor te configure desde dentro con la forma en que trasciende toda formas, significa precisamente llegar a ser un original, no una copia» (JACQUES MARITAIN, “Frontiere della poesia”, Brescia 1981, p. 104). De hecho, en mi caso concreto, como Misionero de Cristo, he podido ver algunos de los libros en los que la Beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento, sostuvo su formación permanente y la de nuestra Familia Inesiana. Su Biblia de estudio estaba más que gastada. En algunos de sus escritos deja ver la importancia que la formación permanente y la autoformación tenía para ella:
«El estudio principal para todo misionero es la Sagrada Escritura. Allí se han forjado los santos; de allí han sacado toda su ciencia, como un santo Tomás y un San Buenaventura». (Carta colectiva de mayo de 1974). «Los cursos intensivos siguen en su apogeo; me van a costar muchísimo, que sólo Dios sabe cómo va a proveer a sus pagos, pero espero en Dios que se aprovechan con ganas y, poco a poco, vayamos ganando cultura y, con ella, almas para Dios». (Carta del 26 de diciembre de 1954). «Cada misionero tome muy en cuenta la autoformación, que se adquiere, ante todo, en la oración recogida y silenciosa, ya sea al pie del Sagrario o en algún otro sitio; y en la lectura de seleccionados libros, empezando por la Sagrada Escritura, decretos conciliares, y de aquellos otros que nos renueven, tanto en lo espiritual y religioso, como en lo humanístico, social y pedagógico». (Carta circular del 8 de diciembre de 1969).
La formación permanente, por tanto abarca todas las áreas de nuestro existir. «Ninguno puede estar exento de aplicarse al propio crecimiento humano y religioso; como nadie puede tampoco presumir de sí mismo y llevar su vida con autosuficiencia» (CASTRILLÓN DE HOYOS Darío, "Pastores para una nueva evangelización", Madrid 1992, p. 76).
Dentro de este tema de la formación permanente, merece un apartado especial el tiempo que se dedica a la autoformación, porque la formación permanente será, seguramente, llevada a cabo sí, en la vida ordinaria pero ayudándose de diversos medios que estarán al alcance de cada uno en el lugar y circunstancia en donde esté. La autoformación es crucial para el sacerdote y para todo consagrado, porque fomenta la adaptabilidad a cambios rápidos, desarrolla la autonomía, mejora la empleabilidad y el rendimiento al permitir el aprendizaje a su propio ritmo conforme a etapa de la vida que atraviese, y fortalece la confianza y la independencia, siendo un motor de crecimiento personal y profesional continuo en un mundo en constante evolución.
La autoformación es crucial porque fomenta la adaptabilidad a cambios rápidos, desarrolla la autonomía, mejora la empleabilidad y el rendimiento al permitir el aprendizaje a tu propio ritmo, y fortalece la confianza y la independencia, siendo un motor de crecimiento personal y profesional continuo en un mundo en constante evolución. Termino esta reflexión con la esperanza de que sea útil, o por lo menos no estorbe en este proceso de formación. El Padre Celestial quiere que seamos santos como él es santo. Ruego a la santísima Virgen María que a cada uno nos de luz, nos haga comprender la necesidad de formamos en todo tiempo y lugar y que viendo a Jesucristo y a tantos santos fundadores, vivamos cada día sin tedio y sin rutina inútil, viviendo y perseverando con sencillez y entrega fiel.
Algunos puntos de reflexión biblica:
Iniciativa de Cristo en la llamada: Jn 15,16.
La vocación es un don de Dios: Mc 3, 13s; Mt 9,38; 6,65.
Consagración y misión: Le 4,18; Jn 10,36.