Cada uno de nosotros es necesario dentro de una comunidad —sea familia, trabajo, grupo, amigos, presbiterio o vida consagrada—. Sin la aportación de lo que yo soy y de lo que hago, la comunidad queda incompleta. Es verdad que nadie es indispensable, pero en el trabajo en equipo todos contamos. Nos acompañamos unos a otros al encuentro con Cristo y al servicio de los hermanos. Entonces surge una pregunta importante: ¿qué pasa si nos convertimos en guías ciegos y al querer corregir el camino del hermano terminamos llevándolo al hoyo de la amargura, del desánimo o de la división? No podemos permitir que nuestra vida interior se apague; porque, si la oración personal y comunitaria, la misa y la adoración, los momentos de comida y de recreo o de convivencia en familia, se vuelven algo mecánico, la guía que podremos ofrecer será la de un ciego que guía a otro ciego.
Jesús nos advierte de este peligro para recordarnos dónde está la verdadera fuente de nuestra luz. En nuestra vida de discípulos–misioneros de Cristo, a veces sentimos el peso del cansancio, de la rutina y de la fragilidad humana. En estos días compartidos con nuestra Familia Inesiana en Indonesia, al recorrer el Testamento Espiritual de la Madre María Inés, Jesús nos habla con dulzura y nos dice: «No cargues con el peso de ser la luz del mundo por tus propias fuerzas; déjame ser el colirio de tus ojos con mi misericordia y compasión; déjame ser tu luz». Dejémonos guiar también por la Madre de Jesús, la Virgen de la mirada dulce y del corazón confiado. Que ella nos acompañe siempre y nos enseñe a guiar a los demás con la ternura que cada hermano necesita. ¡Bendecido viernes!
Padre Alfredo.