
El mundo celebra hoy el día internacional del TDAH —Trastorno de déficit de atención e hiperactividad—. Oficialmente el TDAH es un trastorno del desarrollo caracterizado por dificultades con la concentración, la atención y el control de los impulsos que afectan la vida diaria de la persona. Por lo tanto se trata de un neurotipo diferente. En esencia, la persona que tiene este cerebro divergente se rige por un sistema operativo distinto al del Cerebro Estándar con algunas características que superan a otras. La ciencia estima que hay entre un 2.5 y un 4.4% de personas con esta divergencia. Las personas con TDAH son sumamente distraídas; a veces «viven en la luna» y tienen dificultades para seguir órdenes porque parece que no escuchan cuando se les habla. Son muy inteligentes, generalmente con coeficientes muy altos, pero son desorganizados a morir y nunca saben dónde han dejado sus cosas, pierden todo y son descuidados. Tumban, empujan, quiebran, chocan con los muebles y con frecuencia saltan de una tarea a otra sin terminarla, ya que evitan situaciones que implican un nivel constante de esfuerzo mental.
Una persona con déficit e hiperactividad es impulsiva porque actúa de forma inmediata, sin reflexionar, sin pensar en las consecuencias o en el riesgo o el peligro, ni para sí mismos, ni para los demás. Inquietos con las manos o los pies, poco están sentados en las situaciones que lo requieren hacen todo con mucha pasión. Siempre activos hasta en los lugares en que es inapropiado y hablan y hablan de forma excesiva respondiendo antes de ser formulada completamente una pregunta. Tienen dificultad para esperar su turno y frecuentemente interrumpen conversaciones o temas de estudio y debate. En los deportes destacan por una excesiva actividad motora porque siempre están en continuo movimiento, corren, entrenan mucho, saltan... Con todo esto podemos pensar con certeza que la oración en una persona con TDAH y en general su vivencia de fe y práctica de la religión, puede ser un poco diferente a la de un católico neurotípico. En la Iglesia hay más de un santo neurodivergente aunque ningún santo ha sido reconocido oficialmente como tal. Quienes me conocen de cerca saben que cada día algo tiene que ver conmigo Santa Teresitas del Niño Jesús —o yo con ella—. Descubrí desde hace muchos años, que a veces le costaba concentrarse en la oración y recurría a pequeñas oraciones para superar este obstáculo. También era conocida por su sensibilidad y por haber luchado contra la escrupulosidad en su infancia. Otros santos que, al leer su biografía, me llaman la atención por algo relacionado con esto son San José de Cupertino, San Juan María Vianney —el santo cura de Ars— y Santo Tomás de Aquino.
Aunque los días especiales que el mundo mundial hace sobre enfermedades, trastornos y demás, creados para combatir el estigma social y educar sobre la prevención y acompañamiento de todo esto, no coinciden con las celebraciones de la Iglesia. Me parece una «diocidencia» —coincidencia— que este día internacional del TDAH pueda ser iluminado por el Evangelio de hoy que nos dice que hay que cargar con la cruz que nos toca (Mateo 10,34 al 11,1). Exigirnos una vida auténticamente evangélica, supone afrontar y enfrentar la presencia de cualquier «defecto de fábrica en nosotros». Jesús no ha venido a traer paz sino guerra. ¡Qué extraño suena esto en labios de Jesús, el Príncipe de la paz! Pero son palabras suyas que iluminan para no instalarnos y querer que el mundo cambie para que estemos a gusto quienes tenemos alguna divergencia. El seguimiento de Jesús no puede encontrar impedimento, aunque provoque sufrimiento y trabajo al doble. No es extraño que un cerebro divergente traiga consigo malentendidos, incomprensiones, rechazos. El discípulo no puede llevar una vida distinta a la de su maestro y convertida en un «muro de las lamentaciones» escudándose una y otra vez. En la escala de valores del cristiano no pueden darse razones ajenas al Evangelio. A veces el dolor pasa por nuestra vida. No es definidor de una vida, pero en él puede haber algo de verdad. Etty Hillesum Hillesum, aquella joven intelectual, pensadora y escritora judía neerlandesa, mundialmente conocida por el profundo testimonio que dejó en sus diarios y cartas sobre los horrores de la ocupación nazi en Ámsterdam y que murió asesinada a los 29 años en el campo de concentración de Auschwitz dijo algo que merece la pena señalar en este día para animar a quienes sufren por este trastorno que parece «chistoso» pero que, ciertamente causa dolor: «El dolor no es el lugar de nuestros deseos sino el de nuestra verdad». Con un cerebro neurotípico o con uno divergente la vida es real, es esta que nadie puede arrebatarnos, ni el pecado, ni la depresión, ni la soledad, ni la incomprensión, porque tiene «sabor a cruz» y eso nos acerca al Señor. Que María nos ayude a pasar las cuentas del rosario, aún con distracciones y a mirar a su Hijo en el Sagrario, aunque el vuelo e una mosca nos desconcentre para ser como él dando la vida con amor. ¡Bendecido lunes!
Padre Alfredo.