domingo, 24 de mayo de 2026

«PENTECOSTÉS, PAZ Y ALEGRÍA PARA EL MUNDO»... Un pequeño pensamiento para hoy


Celebramos este domingo al Espíritu Santo, al Espíritu que no suscita en nosotros sentimientos de turbación, de derrotismo y de tristeza; al Espíritu verdadero que nos conduce a la verdad plena. Celebramos al Espíritu que nos hace penetrar en lo profundo del misterio de Dios y en lo profundo del misterio de la vida, al Espíritu que nos enseña a discernir, a separar la paja del grano. Celebramos al Espíritu que nos muestra lo que conduce a la vida y nos hace diferenciarlo de lo que aleja de ella, al Espíritu que nos hace distinguir lo verdadero de lo falso. Celebramos al Espíritu que nos deja esa rica historia de los santos, que son los hombres y mujeres que se han dejado educar y guiar por Él.  Celebramos al Espíritu que nos une y nos envía al mundo, sediento de paz y de alegría.

Este domingo el Espíritu, la tercera persona de la Santísima Trinidad, alguien personal y no anónimo, se posa de manera personalizada en cada uno de los reunidos en el Cenáculo (Hch 2,1-11), dando a cada uno un don peculiar que les hizo hablar en una lengua distinta para abrir la acción de Dios al mundo entero, respetando la diversidad de lenguas y culturas, pero uniendo a todos con el lenguaje universal del amor, porque como dice san Pablo: «hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo, y todos hemos bebido de un solo Espíritu» (1 Cor 12,3b-7.12-13). Este domingo de Pentecostés, es invitación definitiva y programática para que la Iglesia, nacida de la Pascua, se abra a todos los hombres y mujeres del mundo entero impulsándonos a la fraternidad: a ser testigos de la paz que el Señor nos trae y de la alegría que llena el corazón para darlas a quienes viven a nuestro lado (Jn 20,19-23). 

Sin fraternidad, sin comunidad de amor, la paz se diluye y nuestra predicación iría perdiendo poco a poco la alegría. La fraternidad, que nos trae el Espíritu Divino impulsa la predicación de la alegría. Pidamos a María, que reunida con los Apóstoles en el Cenáculo recibió este Don, que nos ayude a ser el reflejo luminoso del amor de Dios para ser, como decía la Beata María Inés Teresa, «almas pacíficas y pacificadoras» que llenen al mundo de la alegría de los hijos de Dios. Hoy apagamos el Cirio que ha estado encendido durante todas nuestras celebraciones de Pascua y que se mantiene vivo en nuestro corazón para ser, por la acción del Espíritu, luz de las naciones. ¡Bendecida fiesta de Pentecostés!

Padre Alfredo.

sábado, 23 de mayo de 2026

«EL CURSO DAVID NOEL 2026»... Un pequeño pensamiento para hoy


Esta madrugada regresé de Cancún luego de haber vivido unos días maravillosos de formación sacerdotal con casi 60 padres del presbiterio de Monterrey del cual, como Misionero de Cristo formo parte en esta etapa de mi vida. El Señor me permitió impartir la temática y las mesas de trabajo y reflexión de este curso en torno a la Fraternidad Sacramental en los sacerdotes y el don de la amistad. Me siento —a estas alturas de la vida— un poco cansado como todos los participantes porque el vuelo de regreso se retrasó 6 horas. Pero por supuesto, estoy feliz de haber podido servir a mis hermanos acompañándolos con la exposición y estudio de estos temas imprescindibles en nuestra vocación. Este curso anual, en el que ya he participado años y años como receptor, se debe a la iniciativa de nuestro querido y recordado David Noel Ramírez Padilla (+2025), quien fuera rector del Instituto Tecnológico de Estudios Superiores de Monterrey y un ferviente y comprometido católico que veló siempre por el cultivo de la espiritualidad, el estudio, el descanso y la convivencia entre sacerdotes. ¡Gracias infinitas David Noel!

La lectura del Evangelio de hoy (Jn 21,15-19), me cae como anillo al dedo luego de la experiencia de estos días, y no dudo que a mis hermanos que vivieron el curso les suceda lo mismo. Jesús, al igual que a Pedro y a cada uno de los apóstoles y discípulos, se acerca a nosotros tal como somos y estamos para dialogar y confiarnos su misión, Él se abaja hasta nuestro suelo y desde ahí nos invita al «seguimiento» que se reestrena cada día. Parecería que Jesús se ha adaptado a Pedro, en vez de que Pedro se adaptara a Jesús. Eso ha hecho con nosotros en estos días. El texto narra un encuentro, el largo diálogo que mantuvieron Jesús y Pedro en medio de una comida. El contenido del diálogo nos muestra la misericordia de Dios como su gran amor por los discípulos y el mundo. Ambos, hablan de amor, de amistad, de perseverancia y fidelidad. 

Junto al encargo que el Maestro le ha dado a Pedro y que ya desempeña al frente de sus hermanos, olvidando el pasado le invita a una confesión de amor. El Señor requiere el amor de Pedro por tres veces. Luego del interrogatorio en este clima de sencillez, Simón Pedro comprende que a Jesús le basta su amor pobre, el único del que es capaz y le responde: «Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te quiero». El Pasaje evangélico nos enseña que el amor y el seguimiento de Cristo no son estáticos; se renuevan cada día y nos exigen un corazón dispuesto a aprender y a crecer constantemente. Sin la formación permanente, eso sería imposible de lograr. "Ayúdenme a darle gracias a Dios nuestro Señor por habernos regalado este tiempo de gracia contemplando el mar, que siempre me habla en especial de la misericordia de Dios. Para mí hasta el Padrenuestro de siempre, sabe especial en el mar. Que los frutos y los beneficios espirituales recibidos fructifiquen en el ser más amigos de Cristo, más amigos entre nosotros y en hacerle muchos amigos a Dios. Qué María santísima nos lo alcance de su Hijo Jesús. ¡Bendecido viernes!

Padre Alfredo.

jueves, 21 de mayo de 2026

¡Ánimo!... UN PEQUEÑO PENSAMIENTO PARA HOY


Creo que en estos días de Pascua, con la lectura de los Hechos de los Apóstoles, nos hemos dado cuenta bastante bien de quién es San Pablo, un hombre extraordinario, un hombre santo y muy culto que hablaba griego, que era judío pero ciudadano romano. En el plano humano y ante las acusaciones que en las lecturas de estos días ha venido enfrentando, las ventajas que tenía nos hacen ver en él un misionero de temple. En un mundo en el que aún no se hablaba de globalización, él había hecho que el Evangelio gracias a su visión global de su actividad a lo largo de un extenso territorio. Su formación griega le había preparado para tener esa perspectiva cristiana cósmica permitiéndole presentar una defensa de sí mismo y de su ministerio misionero.

San Pablo llega feliz a Jerusalén porque ha visto la acogida que la predicación del Evangelio ha tenido entre los gentiles y como éstos han abrazado la fe, pero su felicidad se ensombrece al ver la hostilidad de su propio pueblo, el pueblo judío, el pueblo elegido al que perteneció Jesús, el Cristo, a quien él predica. Esa hostilidad lo lleva a la cárcel, pero Pablo, inteligente y dotado de la sabiduría de Dios, saca provecho de esta situación y hace valer su ciudadanía romana para que su vida y misión no termine en Jerusalén sino que llegue a Roma, capital del Imperio. En el pasaje que nos narra la primera lectura de hoy (Hch 22,30;23,6-11), esta postura se enriquece en su corazón gracias a su relación con Cristo, con quien había tenido el sorprendente encuentro que cambió su vida. 

Ese mismo Cristo es el que había dicho en el Evangelio: «Sean sagaces como serpientes y sencillos como palomas» (Mt 10,16), advirtiéndonos de los peligros que hemos de afrontar —ovejas entre lobos—. Esta expresión significa combinar la prudencia y sabiduría para evitar riesgos, con la integridad, inocencia y nobleza de corazón. Es lo que hace este gran apóstol cuando sus hermanos intentan acorralarlo para empujarlo a la muerte. Su entrega valiente y generosa se ve recompensada por el mismo Señor que se le presentó en la intimidad de la noche para decirle: «¡Ánimo!, como has dado testimonio de mí en Jerusalén, así debes darlo también en Roma». Además de admirar a san Pablo por todo esto, hemos de acogernos como él siempre a Dios que también a nosotros nos dirá: ¡Ánimo! Que la Virgen santísima nos acompañe y nos aliente a ser valientes como Pablo y sobre todo, como u Hijo Jesús.

Padre Alfredo.

SI EL SACERDOTE...

SI EL SACERDOTE... 

Si es gordo, lo quieren flaco.

Si es viejo, lo quieren joven.

Si es feo, no les agrada.

Si es guapo, es una lástima.

Si es alegre y chistoso, lo quieren serio.

Si es negro, lo quieren blanco

Si es muy simpático, lo critican por eso.

Si es observante, lo llaman puritano.

Si fuma, es vicioso.

Si no fuma, no es hombre.

Si canta mal, sobra tema para burlarse.

Si canta muy bien, es un vanidoso.

Si es suave, lo quieren de más carácter.

Si es serio, lo critican de áspero.

Si predica mucho, es un rollo.

Si predica poco, no se ha preparado.

Si habla en voz alta, regaña.

Si lo hace en tono natural, nadie lo puede oír.

Si tiene coche, anda buscando lujos.

Si anda a pie, no está a la altura de los tiempos.

Si visita a sus feligreses, le gusta el chisme.

Si se queda en la parroquia, no se interesa por la gente.

Si solicita ayuda, es un limosnero.

Si no organiza eventos sociales, no hay vida parroquial.

Si los organiza, es un politiquero.

Si tarda al confesar, le gusta el cotilleo.

Si despacha rápido la confesión, rehuye los problemas.

Si es puntual en misa, su reloj está adelantado.

Si empieza tarde la misa, hace perder el tiempo a todos.

Si arregla la iglesia, está malgastando el dinero.

Si no le hace nada a la iglesia, no cuida la Casa de Dios.

Si es joven, le falta experiencia.

Si es viejo, ya debe retirarse

Y... si los trasladan, enferma o muere... ¿quién ocupará su lugar?

Hace tiempo ya me compartieron este escrito y yo lo guardé en mis archivos como una curiosidad, de esas que dicen verdades de forma fogosa. Me tropecé con él cuando Fray Cesar me mandó este canto y hoy lo comparto con ustedes para pedirles oren por sus sacerdotes, los que son amigos y los que no lo son tanto. 

Pídanle a Jesús Sacramentado, cada día y en especial cada jueves por su santificación. 

No me olviden tampoco a mi. 

Padre Alfredo.

sábado, 25 de abril de 2026

«ORACIÓN POR LOS SACERDOTES Y SEMINARISTAS» compuesta por la Beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento.

¡Oh Jesús!, anonadado en la Eucaristía para ser el horno de caridad de la Iglesia Católica y la fuerza de las almas, te ofrecemos nuestras oraciones, acciones y sufrimientos en favor de tus sacerdotes, y a fin de que se extienda cada día más el reinado de tu Sacratísimo Corazón, vuelve a nosotros por medio de tus sacerdotes y dígnate seguir derramando, sobre ellos, las olas vivificantes de tu amor infinito.

Jesús, Salvador del mundo; santifica a tus sacerdotes y seminaristas.
Jesús, Salvador del mundo; santifica a tus sacerdotes y seminaristas.
Jesús, Salvador del mundo; santifica a tus sacerdotes y seminaristas.


domingo, 5 de abril de 2026

HOMILÍA DEL DOMINGO DE PASCUA 2026.

Uno de los grandes teólogos de nuestros tiempos, el español Juan Esquerda Bifet —mi padrino e ordenación sacerdotal— que ha escrito más de 112 libros centrados principalmente en teología, espiritualidad, misionología y la figura de la Virgen María, tiene uno que se llama Encuentro con Cristo, en el cual anota: «El corazón cristiano que cree sin ver, halla la verdadera paz».  Y antes de afirmar esto escribe: «el acto de fe no puede ser una frase rutinaria. Es un latido del corazón, además de un sí de nuestro entendimiento. Creer con toda el alma esa dirigirse a Cristo para siempre. Esto es una aventura en medio de un mundo, sin fe».  Aunque el hecho de encontrar el sepulcro vacío tiene gran importancia, en sí mismo no es un hecho que pruebe la resurrección de Jesús, sino una especie de contraprueba, un signo según la terminología teológica de Juan: el sudario, ese pañuelo que se anudaba envolviendo la cabeza del difunto, aún enrollado, no revuelto con las vendas, sino de modo diverso en su mismo sitio, y las vendas en el suelo, indicaban que el cadáver de Jesús había desaparecido, pero que no había habido violencia y, por tanto, no había sido robado —se lo hubieran llevado envuelto en el sudario, con vendas y todo lo demás—. Simplemente el evangelista nos cuenta el hecho de que el sepulcro estaba vacío. Incluso María Magdalena, que es la primera en llñegar a la tumba, interpreta el hecho como que alguien «se ha llevado del sepulcro al Señor» y no piensa en primera instancia en la resurrección. Avisa a Pedro y a Juan que corren y ven el sepulcro vacío. De entrada, Pedro y Juan tampoco piensan en resurrección hasta que, en un segundo momento, Juan «vio y creyó». Es enconces cuando el discípulo amado recuerda que «según la Escritura, Jesús debía resucitar de entre los muertos».

También a nosotros, en nuestra turbulenta época histórica que atravesamos en este cambio de época, nos parece que se han llevado al Señor… no sabemos quién ni a qué lugar. Vemos un mundo vacío de la presencia de Dios y también como a María Magdalena, a Pedro o al mismo Juan en un primer momento nos falta la fe de creer que Jesús vive. ¿Cómo es posible creer que Jesús vive en una sociedad tan vacía de su presencia física? ¿Dónde está? ¿cómo encontrarle? Vivimos en una época donde el ser humano parece no solamente haber olvidado a Dios, sino que parece haber olvidado quién es el hombre mismo. Muchas personas se confunden buscando sentido en etiquetas, sensaciones o pertenencias pasajeras. Cuando el hombre olvida qué es hombre —con su dignidad, propósito y responsabilidad— comienza una lucha interior por definirse desde lo externo, desde lo emocional o desde lo imaginado pero sin encontrarse a sí mismo. Pero cuando el ser recuerda que es imagen de Dios, deja de perderse en identidades pasajeras y encuentra su verdadero rostro y su verdadero destino de grandeza.

Al celebrar la resurrección contemplando este pasaje del Evangelio que acabamos de escuchar, quiero invitarles a ir sí, al Resucitado, a Cristo vivo, pero también a Juan, el hombre que «vió y creyó». ¿Quién es ese Juan que ve y cree cuando en realidad no ve nada?  De él quiero señalar dos rasgos: es ese discípulo que en la última cena «estaba a la mesa al lado de Jesús» (Juan 13, 23) y ese mismo discípulo es el que «está junto a la cruz de Jesús…  junto a la madre de Jesús» (Juan 19, 25-26). Juan, quierods hermanos, es el que «está junto a Jesús» en dos momentos clave e la existencia de Cristo y dxe todo hombre: el momento de la «entrega y el servicio» y el «momento de la cruz».

«Estar junto a Jesús» es lo que el hombre necesita para poder entenderse a sí mismo para ver y creer. Estar junto a Jesús en el amor, en la entrega, en el servicio, en el compartir, en el reir con él, en el llorar con él, en el esperar con él. Creer en el Resucitado no es cuestión de teorías o de iluminaciones, sino del modo de estar en la vida. Cuando estamos en la vida al modo de Jesús somos capaces de descubrir su presencia resucitada y resucitadora en tantas personas y en tantos acontecimientos de este mundo que parece vernos como ilusos, atrapados en un sin sentido. Viendo el sepulcro vacío nuestra fe se fortalece, nuestra esperanza nos conforta y nuestra caridad se hace generosa y gratuita. La gracia de comprender la Escritura, y las apariciones de Jesús resucitado, fueron datos determinantes para la fe de la primera comunidad cristiana. Sin esa comprensión, no sabremos nunca quiénes somos y mucho menos, quién es Dios.

En este Domingo la Iglesia nos invita a participar del gozo de la Resurrección del Señor que aquí, en la parroquia, hemos celebrado desde anoche con la solemne Vigilia Pascual que ha coronado nuestras vidas de la alegría de la fe, de la esperanza y del amor. La Pascua que celebramos inaugura un tiempo de gozo muy especial, 50 días de fiesta con un prólogo maravilloso: La Octava de Pascua. Jesucristo ha resucitado como el Primero de muchos, para mostrarnos cual es nuestra verdadera escencia mostrándonos la vida que nos espera y se nos ofrece si con esperanza, damos el paso de la fe. 

Nosotros no hemos tenido la oportunidad de estar en el momento excato de la resurrección de Jesús. Ni Magdalena, ni Pedro, ni Juan, ni los demás apóstoles y las mujeres que les acompañaban estuvieron. Pero el mismo Cristo nos había dicho que son felices los que creen sin ver. Por eso el Señor no da, en primera instancia, pruebas en sentido estricto de la Resurrección, sino sólo signos... Por eso, nuestra única respuesta sintoniza con la fe del discípulo amado, que no vio a Jesús; vio las vendas caídas y el sepulcro vacío, y creyó en Jesús, al que más tarde vería... Al celebrar hoy llenos de alegría al Señor Resucitado, avivemos nuestra fe, acrecentemos nuestra esperanza con María, y dejemos que Cristo Resucitado renueve la fuerza de nuestro Amor.

AMÉN. ¡ALELUYA!

Padre Alfredo.

HOMILÍA DE LA VIGILIA PASCUAL 2026.

«No está aquí; ha resucitado, como lo había dicho». Recalca san Mateo en el relato del Evangelio que esta noche santa hemos escuchado. Cuando Jesús habló por primera vez a los Doce y a las mujeres que les acompañaban, sobre el tema de la cruz y la resurrección, seguramente se preguntaban qué querría decir eso de «resucitar de entre los muertos» (Mc 9,10). En esta Vigilia Pascual, en la cual hemos repasado con calma los textos sagrados (siete lecturas del Antiguo Testamento con sus salmos, la Carta de San Pablo a los Romanos y el Evangelio de san Mateo en el capítulo 28), hemos recordado que Dios «no quiere nuestra muerte», sino que somos «miembros vivos de una descendencia de salvados» que nos alegramos porque Cristo no se ha quedado en el sepulcro. 

La resurrección de Cristo es el salto más decisivo hacia una dimensión totalmente nueva, que no se ha producido nunca jamás en la historia: un salto de un orden completamente nuevo, que nos afecta y que atañe a toda la historia. ¡Imagino la alegría de María, la Madre de Dios y Madre nuestra, por vernos aquí en su casa en esta noche, celebrando que Jesús está vivo! Él pertenece al mundo de los vivos, no al de los muertos; por eso en Latín, el Pregón Pascual repite una y otra vez: «¡Exultet!», haciendo que este himno de gloria celebre el triunfo de Cristo resucitado recordándonos a nosotros que somos pecadores: «¡O felix culpa, quae talem ac tantum meruit habere Redemptorem!» —¡Feliz culpa que mereció tal Redentor! Este Redentor que es el Alfa y la Omega, y que existe no sólo en el ayer, sino también hoy y por la eternidad (cf. Hb 13,8). Pero, ¿qué significa eso de resucitar para nosotros? 

En la última Cena, él había nuevamente anticipado la muerte y la transformó en el don de sí mismo con el deseo de quedarse para siempre. Su resurrección fue como un estallido de luz que inauguró una nueva dimensión del ser, de la vida, de la historia. Pero eso, solamente lo podemos entender mediante la fe y las gracias que el bautismo nos otorga. Por eso el Bautismo forma parte fundamental de la Vigilia pascual. Ya sea celebrando el sacramento o renovándolo con gratitud. El gran estallido de la resurrección nos ha alcanzado en el Bautismo para mantenernos en este mundo como peregrinos de esperanza y anunciadores de una Buena Nueva: ¡El Señor ha resucitado y estamos llenos de gozo!

Pablo d’Ors, en su libro Biografía de la luz, escribe que «hablar de Dios, suena hoy como algo inoportuno y trasnochado. Pero nuestro olvido de Dios es, el último término, un olvido de nosotros mismos. Para conocernos, hemos de mirar a lo invisible». (Pablo d´Ors, “Biografía de la luz”, Ed. Galaxcia Gutenberg, Barcelona 2021, p. 542). Y es que, dice él mismo: «también se cifra en haber sido testigos de una desaparición, de un soltar la experiencia tangible». (Pablo d´Ors, “Biografía de la luz”, Ed. Galaxcia Gutenberg, Barcelona 2021, p. 542). Ésta es la alegría de la Vigilia pascual. Llenos de gozo, ante la ausencia de Jesús en el sepulcro, hemos podido cantar una vez más el Pregón Pascual celebrando la resurrección como un acontecimiento cósmico, que comprende cielo y tierra, y asocia el uno con la otra. El Resucitado está presente, pero nosotros, distraídos por el amasijo de tantos ruidos, de tantas promesas falsas, de tantas ideologías, de tantas ilusiones, no sabemos distinguirlo. Escuchemos esta noche llenos de júbilo la voz de Jesús que nos vuelve a decir: «¡Dichosos los que creen sin haber visto!» (Jn 20,29). 

Padre Alfredo.