domingo, 30 de agosto de 2026

ORACIÓN PARA ALCANZAR EL SILENCIO


«¡Crea en mis ojos nuevos!, 
tú qué has creado al ciego ojos nuevos
 ¡Cierra mis orejas exteriores 
y ábreme las orejas escondidas!; 
las que escuchan el silencio 
y obedece al Espíritu, a fin de qué, 
por tu Espíritu, yo escuche la palabra del silencio, 
la que sube al corazón y no está escrita; 
la que se mueve en el intelecto 
y no es pronunciada; 
la que es preferida 
por los labios del Espíritu 
y comprendida por el oído incorporeo. 
Océano de piedad, 
comienza a lavarme de la impureza 
de la naturaleza y hazme conforme 
a tus actividades. (1)


(1) El autor es Issac de Nínive quién nació en la región de Beit Katty Qatraye (actual Qatar), a orillas del Golfo Pérsico, en el siglo VII. Vivió como monje y autor espiritual. Fue consagrado obispo de Nínive. Después de cinco meses dimitió y volvió a la vida hermética. Murió de edad avanzada. El decía: «El silencio te iluminará en Dios y te librará de las fantasías de la ignorancia. Te unirá a Dios y te dará un fruto que la lengua no puede describir. Al principio tenemos que esforzarnos para estar en silencio. Pero después, desde el seno de nuestro mismo silencio, nace algo que nos atrae un silencio aún más profundo. Que Dios te dé una experiencia de este “ALGO” que nace del silencio. Si lo practicas, amanecerá en ti».

viernes, 28 de agosto de 2026

«La muchacha de cabeza hueca y el nuevo orden mundial»... Un pequeño pensamiento para hoy


San Juan Bautista es el vocero del Dios para con nosotros; por eso su mensaje de verdad cala en el corazón del rey Herodes. Este monarca retrata mucho del mundo actual: tiene el poder en sus manos, pero vive atrapado en el adulterio, los lujos y las diversiones vanas, pendiente de la aprobación de los demás. Aunque admira a Juan, lo escucha y lo respeta, pero no permite que el mensaje transforme su corazón. Para el Bautista, ante la persona de Jesús todo pierde valor: palacio, riquezas, poder y banquetes. Por ello, el eco de su denuncia inquieta, desestabiliza e incomoda a un poder sostenido por la superficialidad como muchos de los de este mundo. Es admirable como, conociendo un poco como misionero de 4 de los cinco continentes —me falta conocer algo de Oceanía, aunque este país en el que estoy tiene una parte allí, estoy en los límites de Asia aquí en la isla de Java— me encuentro con algunos gobiernos que tienen mucho de superficialidad. No digo nombres, pero es algo que no se necesita mencionar... Como dicen por allí: ¡Lo que se ve no se pregunta!

Volviendo al relato del que me salí para dar la vuelta al mundo en mi pensar en los gobiernos, en medio de la fiesta aparece la hijastra del rey, quien baila encerrada en su propia vanidad. Ella representa la falta de criterio y la superficialidad: posee, seguramente una belleza exterior —el baile luce más con un cuerpo que lo luzca—, pero la muchacha carece de una orientación interior capaz de guiarla hacia una decisión recta. Aunque el rey le ofrece incluso la mitad de su reino como premio, ella elige complacer a su madre. Herodías, por su parte, manifiesta un corazón endurecido, arrogante y vacío, capaz de manipular, cegar y conducir a otros hacia la injusticia al retorcer los planes de Dios. Su objetivo era acallar la voz incómoda de quien invitaba a cumplir la voluntad divina, pero fracasó en su intento.

Hoy en día, el mundo sigue hablando de Herodes, de Herodías e incluso ha dado el nombre de Salomé a aquella bailarina casquivana. Sin embargo, nada de lo que ellos representaban resuena positivamente, pues han quedado en la historia como una escena de opulencia, manipulación y crueldad que raya en el ridículo. En contraste, la voz de Juan sigue resonando con fuerza en la eucaristía, en la liturgia de las horas, en los estudios bíblicos... y nos recuerda que vivir en la verdad exige valentía, libertad interior y fidelidad a Dios. Cristo es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo —nos lo dijo él— y somos dichosos al acercarnos a la mesa de la palabra y de la eucaristía en cada misa. Que María nos ayude a abrir los ojos para elegir lo correcto y aquello que más nos acerque a la verdad, que es su Hijo Jesús. ¡Bendecido sábado!

Padre Alfredo.

jueves, 27 de agosto de 2026

«Con las lámparas listas»... UN PEQUEÑO PENSAMIENTO PARA HOY


Estamos en el último de los cinco discursos de Jesús que aparecen en el relato de Mateo, quien nos dice que el Reino de los cielos se asemeja a diez muchachas que toman sus antorchas y salen al encuentro del novio. Para comprender el sentido de esta parábola tan conocida, debemos tener en cuenta las costumbres de las bodas judías. En los desposorios, el esposo ordinariamente era de otro pueblo y no tenía WhatsApp para comunicarse. Alguien tenía que esperar su llegada porque a él le correspondía llevar a la esposa al lugar de la boda pero no sabían a que hora podría llegar. El relato nos cuenta que designaban a unas jóvenes doncellas para que acompañaran al novio danzando hasta el lugar donde estaría la novia. De allí la costumbre de «Las Damas» en las bodas. La mitad de estas mujeres que esperaba al novio para acompañarlo era prudente y la otra mitad era necia —nunca falta esta clase de mujeres... bueno y de hombres necios también—. 

A causa de la tardanza del novio se durmieron y el novio llegó de repente. Las imprudentes se dieron cuenta de que su aceite no alcanzaba y pidieron a las prudentes que les prestaran un poco. El rechazo de las prudentes a compartir su aceite con las necias se argumenta razonablemente: no alcanzará para todas y, aunque se ve que ya había negocios 24/7, tardarían en ir y volver. En el fondo la parábola nos está diciendo que cada uno de nosotros es responsable de su relación con el Esposo de nuestras almas. Cerrar la puerta era algo habitual en las bodas, una forma de evitar que entraran personas no invitadas o incluso ladrones. Acá sucede algo parecido, tienes que tener invitación si no, no entras. No basta entonces tener las lámparas a la mano para cuando el Señor, el Esposo de las almas llegue; éstas deben estar constantemente alimentadas por aceite. 

Estar preparados, entonces, significa estar listos, estar prontos, estar avispados para realizar el proyecto de Dios en nuestra vida que llega de repente cuando alguien nos pide un pequeño favor, cuando somos invitados a ser «todo oídos» para escuchar a alguien, para correr a recibirlo en quien nos visita inesperadamente... pues de otro modo, nuestra luz se apaga. ¿Seguimos manteniendo nuestras lámparas encendidas? Hoy, que es día de San Agustín, día en que yo doy gracias por mi cumpleaños número 65 —¡Ya estoy «cáscara» decía el padre Lorenzo Barrera!»—, Ayúdenme a pedirle a San Agustín que con sus tratados de teología y su intercesión me ayude y nos ayude a todos y que María, como buena mamá, nos proporcione el aceite que necesitamos para mantener la lámpara encendida que nos haga poder ver a Jesús no solo en la eucaristía y en su palabra, sino en los hermanos. ¡Bendecido viernes!

Padre Alfredo.

«Santos, como Cristo es santo»... UN PEQUEÑO PENSAMIENTO PARA HOY


Hoy quiero detenerme, de manera particular en la primera lectura de la misa (1 Cor 1,1-9) y en el salmo responsorial que es el 144. Esta lectura es una fantástica llamada a la esperanza. Pablo agradece al Señor por todos los cristianos que han creído en la Buena Noticia. Se percibe contento, muy contento. Primeramente llama a estos hermanos «santos», porque han invocado el nombre de Jesucristo y han creído en Él. Esto debe constituir también una gran alegría para nosotros, cristianos de hoy, en medio de un mundo que es hostil, que está lleno de heridas y que deja sentir por donde quiera la ausencia de la fe. 

Todos los bautizados hemos de aspirar a una verdadera santidad aunque si echamos un vistazo a nuestro corazón, muchas veces experimentamos nuestras propias debilidades y nos parece inalcanzable ser santos. Pero san Pablo dice que no es santo aquel que es perfecto en virtudes y obras, sino que santo es aquel que invoca el nombre de Cristo con fe y camina fiándose de Dios y su promesa. Si experimentamos hoy nuestra pobreza, nuestra pequeñez, si vemos que nuestros límites nos impiden caminar…no hay que temer, ¡aún podemos ser santos! Porque es así como Dios revela sus misterios, a los pequeños y humildes de corazón que esperan con amor la salvación.

Hoy, con el salmista, podemos proclamar las grandezas de Dios en nuestra vida, en nuestro ser y quehacer, de manera que, desde la realidad que vivimos, podamos narrar al mundo que Dios nos ama y nos llama a ser santos e inmaculados por su amor misericordioso. Alabemos al Señor día tras día, aun cuando nuestro entorno sea cada día más difícil. Aun cuando las pruebas de la vida intenten ahogar nuestra alegría, no dejemos que las dificultades apaguen el fuego vivo del amor que Dios ha puesto en nosotros. Hagamos memoria de Jesucristo, detengámonos un rato largo acompañados de María y demos gracias al Señor por la historia de amor que está haciendo con nosotros y a través de nosotros. ¡Bendecido jueves sacerdotal y eucarístico!

Padre Alfredo.

miércoles, 26 de agosto de 2026

Las duras exclamaciones de Jesús que en el Evangelio empiezan con un «¡Ay de ustedes!» no son solamente un grito de condena, sino sobre todo un lamento doloroso de Jesús ante el peligro espiritual en el que vivían los fariseos y maestros de la ley que no abrían su duro corazón a la misericordia de Dios. Desde ayer, en el Evangelio, Jesús expone a quienes cumplen con normas externas muy estrictas —como pagar impuestos de pequeñas hierbas— pero descuidan lo esencial: la justicia, la misericordia y la fidelidad y lo hace con estos «¡Ay de ustedes!» —7 veces lo repite en el Evangelio de Mateo (capítulo 23), aunque algunas traducciones numeran 8 (incluyendo un versículo adicional sobre las viudas).

En esta colección de «ayes», el Señor compara hoy (Mateo 23,27-32) a los escribas y fariseos con «sepulcros blanqueados» que se ven bellos por fuera, pero por dentro están llenos de corrupción. Ayer los comparaba con vasos limpios por fuera pero sucios por dentro. Y es que Cristo, a lo largo del Evangelio enseña que la transformación debe empezar en el interior del corazón y no en una máscara de perfección para impresionar a los demás. Por eso reprende a los líderes que imponían cargas pesadas al pueblo que ellos mismos no movían ni con un dedo, cerrando además el acceso al Reino con su ejemplo negativo. 

A nosotros, estos «Ayes» nos deben alertar, pues son una llamada a revisar posiciones y disposiciones. Escuchar estas duras reprensiones nos deben abrir los ojos ante el pecado de la apariencia, una tentación tan humana y que zancadillea a los bautizados de manera especial. Por fuera buena apariencia ¿y el interior qué? Nos llama el Señor a revisar las actitudes y la vivencia de la tarea de ser misericordiosos como Él. A ver si nuestro corazón no está duro y a revisar qué es lo que abunda en él.  Pues de allí se desborda y empapa la existencia y nuestro mundo de relaciones. Que María no nos deje de acompañar en esta travesía que, con nuestro testimonio de vida no seamos «sepulcros blanqueados». ¡Bendecido miércoles!

Padre Alfredo.

martes, 25 de agosto de 2026

«Los del plato muy limpio por fuera y sucio por dentro»... Un pequeño pensamiento para hoy


Parecería que en el Evangelio de las misas de estos días, los escribas y fariseos «roban cámara». El día de hoy (Mateo 23,23-26) estos hombres engreídos y arrogantes dan pie a que Jesús nos haga una invitación a hacer un examen de nuestro interior, dado que sin darnos cuenta puede ser que algo de lo de ellos está en nosotros. Cristo nos hace un atento llamado a «limpiar» nuestro plato y nuestra copa por dentro para podernos sentar a su mesa, el Banquete del Señor, con la alegría del que tiene una conciencia limpia y un corazón que pone el amor a Dios y al prójimo por encima de todas las cosas.

Los fariseos y los escribas eran personas pertenecientes a dos grupos religiosos y sociales muy importantes. Ellos eran los expertos de la ley en el día a día y se caracterizaban por ser muy piadosos, en su mayoría personas del pueblo —no sacerdotes—. Se distinguían por cumplir la Ley de Moisés a la perfección en su vida diaria y además de las Escrituras, seguían leyes orales —tradiciones de los antepasados— para no arriesgarse a desobedecer a Dios. Jesús solía criticarlos porque cumplían las normas, pero desatendían lo importante: la justicia, la misericordia, la lealtad a Dios. A los ojos de los demás eran perfectos, cumplidores de la ley, escrupulosos; pero a los ojos del Señor no lo eran. En el relato de hoy, Jesús los compara a una copa limpia por fuera, pero sucia por dentro. En otras ocasiones, como veremos mañana, les llamará «sepulcros blanqueados». 

Al ver a estos hombres una y otra vez estos días en que hacemos una lectura continuada del Evangelio de San Mateo, uno se pregunta: ¿De qué sirve el aparentar una cosa si luego somos otra muy distinta? ¿A quién pretendemos engañar? Nunca debemos olvidar que lo más importante son las cosas del alma. Madre Inés lo recuerda cuando dice: «La cultura, claro, ayuda, pero es lo de menos. Lo principal es el espíritu, la vida de amor que se viva en nuestro Señor, haciendo siempre su santísima voluntad, no solamente cuando nos agradan los sucesos, los acontecimientos que esos de por sí son fáciles de aceptar, sino de manera especial todo lo que es doloroso, sabiendo encontrar en cada uno de mis hermanos a Cristo nuestro Señor. La misa tiene sentido, la misa es solemne, no cuando los cantos son hermosos o hacemos las posturas correctas, De nada nos aprovechará si estamos lejanos de nuestros hermanos. Nuestros actos externos deben ser reflejo de nuestro interior, tiene que haber unidad entre lo que somos y lo que los demás ven de nosotros. Pidamos a la Virgen su ayuda para lograr el ser coherentes. ¡Bendecido martes!

Padre Alfredo.

lunes, 24 de agosto de 2026

«¡VEN Y VERÁS!»... Un pequeño pensamiento para hoy


Celebramos la fiesta de San Bartolomé y por ello nos trasladamos al Evangelio que la misa marca para celebrarlo. Dejamos por unos momentos a San Mateo y nos vamos a un pequeño fragmento del Evangelio de San Juan (Juan 1,45-51). Este texto evangélico trata del encuentro con Cristo de parte de dos apóstoles: Felipe y Natanael o Bartolomé (que es el mismo). Los distintos escritores de la Biblia, inspirados por Dios, usaron la forma con la que cada uno conocía o prefería nombrar al apóstol. Juan optó por su nombre personal «Natanael», mientras que los autores de los sinópticos Mateo, Marcos y Lucas popularizaron su patronímico «Bartolomé» —hijo de Tolmai (bar-Tôlmay)—. Con el paso de los siglos, la tradición cristiana mantuvo ambos nombres separados en los textos según el Evangelio que se leyera, consolidando la costumbre de nombrarlo de las dos maneras aunque los estudiosos modernos confirman que se trata de la misma persona.

Felipe y Bartolomé eran dos discípulos aventajados que profundizaban en el sentido pleno de las Escrituras. Descubrieron con prontitud los rasgos de identidad del mesías en Jesús de Nazaret. Los dos tenían integrado en su esperanza a un Mesías lleno de bondad, aún más, la plena bondad. La bondad desde la antigüedad judía se atribuye a Dios, que es rico, grande en este atributo, lo muestra y con ella guía al pueblo rescatado, su mano es bondadosa, muestra su bondad en su misericordia y en el perdón. El «Ven y verás» que mueve el corazón del apóstol en cuestión, es ahora una invitación a que vayamos al Evangelio a conocer más a Jesús y a seguirle con la misma pasión de la Beata María Inés que en su Testamento Espiritual nos abre los ojos y el corazón diciéndonos: «Que nunca, nunca nos salgamos, ni se salgan —aunque yo no viva— del espíritu del Evangelio, el que debemos practicar con tanto amor».

Como Bartolomé, todos necesitamos de una experiencia viva de Jesús. Aunque normalmente la vida cristiana comience con el anuncio que nos llega a través de uno o varios testigos que nos dicen: «¡Ven y verás!», es importante llegar pronto a una relación personal con Jesús. La franqueza de este israelita intachable lleva al Señor a alabarlo en voz alta abriendo un diálogo que acaba por conquistar el corazón del nuevo discípulo. Jesús conoce la vida íntima de Bartolomé y la nuestra. Su llamada nos recuerda la libertad de Dios, que sorprende nuestras expectativas apareciendo precisamente donde no lo esperábamos, a veces en nuestra tranquilidad, debajo de una higuera o aquí en Yakarta al hacer una Lectio Divina como me acaba de suceder. Si nos dejamos conquistar por Jesús, llegaremos a ver «cosas mayores». Pero eso hay que reconocerlo, como María, que confesó ante todos que el Señor hizo cosas grandes en Ella, por eso le pedimos que nos ayude a estar atentos al «¡Ven y verás!». ¡Bendecido lunes!

Padre Alfredo.

domingo, 23 de agosto de 2026

«LOS ENCARGADOS DE LAS LLAVES»... Un pequeño pensamiento para hoy


La primera lectura de este domingo (Isaías 22, 19-23) nos presenta la imagen de la llave confiada a Eliaquín. Un signo de autoridad puesta al servicio del pueblo, porque en el antiguo Oriente, el mayordomo no era el rey, pero gobernaba la «casa» con la autoridad total del rey en su ausencia. Llevaba la llave literal y metafóricamente sobre el hombro como signo de su cargo. Él decidía quién entraba a ver al monarca, administraba los tesoros reales y cuidaba de la casa. Su autoridad era incuestionable, pero siempre subordinada al verdadero rey. En el Evangelio (Mateo 16, 13-20), hemos visto que Jesús entrega a Pedro una misión semejante. Jesús, el legítimo heredero del trono de David y Rey del Universo, está instituyendo su propia «casa», que es la Iglesia. Y al igual que los antiguos reyes davídicos, nombra a un mayordomo, a un vicario: Pedro. Las llaves que recibe Pedro no lo convierten en el dueño de la Iglesia —el dueño sigue siendo Cristo—, pero sí lo constituyen en el administrador supremo, el garante de la unidad y el custodio de la verdad.

Pero conviene recordar que Pedro es un hombre que tiene debilidades y fortalezas. Es débil porque es cobarde, niega a Jesús y luego llora amargamente. Pero es fuerte, porque es arrojado y audaz. La elección que Jesús hace de él, no procede de sus cualidades personales sino del amor que el Señor le tiene. Los Evangelios muestran sus debilidades, sus miedos y hasta sus negaciones, pero también su energía y su ardor. Ante el mundo que le rodea, sabe que hay amenazas, pero busca oportunidades. Lo que en definitiva le sostiene, es la fe en Cristo. Jesús, en este encuentro con los suyos, interrogándoles sobre quién creen que es él y designando a Pedro como el responsable de las llaves, nos enseña que toda comunidad, incluida por supuesto la comunidad eclesial, no se construye sobre la perfección de los hombres, sino sobre la confesión de que Jesús es el Mesías y el Hijo de Dios. Esa es la roca que permanece firme a través de los siglos.

Cada domingo es un día de gracia, porque nos damos cuenta de que, en el bautismo, el Señor nos ha entregado «las llaves». Nosotros no somos el dueño de la casa, pero hemos de cuidar la misión que se nos ha confiado y estamos llamados a edificar nuestra vida, nuestra vida sobre esa misma roca. No sobre nuestras seguridades, nuestros éxitos o nuestras fuerzas, sino sobre Cristo. A él lo escuchamos en la mesa de palabra y lo recibimos en la mesa e la Eucaristía. Que María santísima nos ayude a trabajar nuestras debilidades, a hacer crecer nuestras fortalezas, a aprovechar las oportunidades y a vencer, con la gracia del mismo Cristo, las amenazas que se puedan presentar. ¡Bendecido domingo!

Padre Alfredo.

sábado, 22 de agosto de 2026

«Bunda Maria, la Reina de todo lo creado»... UN PEQUEÑO PENSAMIENTO PARA HOY


En todo el mundo católico, la Virgen María, pro ser la Madre de Dios, ocupa un lugar preponderante. Me he encontrado con la sorpresa —yo que indignamente soy párroco de «Nuestra Señora del Rosario en San Nicolás— de que aquí en Indonesia la advocación mariana más profundamente venerada e históricamente célebre es Tuan Ma «Madre María o Nuestra Señora del Rosario», ubicada en Larantuka, en la isla de Flores —donde está temblando mucho y tenemos dos comunidades de la Familia Inesiana—. Su culto destaca por la famosa procesión de la Semana Santa, una tradición de más de cinco siglos arraigada en el archipiélago. Además de esta advocación, los obispos de Indonesia declararon a Santa María de la Asunción «Bunda Maria» como la patrona oficial del país, generando múltiples santuarios de peregrinación en islas como Java y Sumatra. Aquí en casa por supuesto además de Nuestra Señora de Guadalupe está una imagen de «Bunda Maria» a la entrada. Hoy celebramos a la Virgen como María Reina. María es Reina por ser Madre de Jesús, Rey del Universo. Esta fiesta, instituida por el Papa Pío XII en 1954 tiene un carácter muy especial. 

El Evangelio de San Lucas nos presenta a María, como una jovencita de Nazaret, un pueblo minúsculo de Israel. En esa muchacha de aquel pueblecito lejano, alejada de los focos del mundo, se posó la mirada del Señor, que la había elegido para ser la madre de su Hijo. La historia de la Virgen es la historia de un Dios que, como digo muchas veces, siempre sorprende. Ella se deja sorprender ante el anuncio del Ángel, no oculta su admiración. Es el asombro de ver que Dios quiere hacerse hombre, y que la ha elegido precisamente a ella, para ser su madre. La expresión, “llena de gracia”, tan familiar para el pueblo cristiano, es un saludo de gran profundidad, porque le recuerda la grandeza de su vocación: Ella ha sido elegida para ser la Madre de Dios y por ello ha sido preservada del pecado original en el instante mismo de su Concepción. La "llena de gracia" es el nombre que Dios mismo le da para indicar que desde siempre y para siempre es la amada, la escogida para acoger el don más precioso, Jesús, el amor encarnado de Dios.

Dios nos sorprende siempre, rompe nuestros esquemas, pone en crisis nuestros proyectos, y nos dice: fíate de mí, no tengas miedo, déjate sorprender, sal de ti mismo y sígueme. Él espera que nos dejemos sorprender: en la sencillez, en la humildad de nuestra vida. Ahí quiere manifestarse. Contemplando a María Reina podemos reconocer nuestro destino verdadero, nuestra vocación más profunda: ser amados, ser transformados por el amor, por la belleza de Dios. Dios ha puesto su mirada de amor sobre cada uno de nosotros, con nombre y apellidos. De la misma manera que a María, Él nos ha elegido antes de la creación del mundo, para ser santos e inmaculados en el amor y para ser también nosotros reyes desde el bautismo al estilo de Jesús y al de ella, a quien le pedimos interceda ante el Señor. ¡Bendecido sábado!

Padre Alfredo.

jueves, 20 de agosto de 2026

«SOMOS INESIANOS, PEREGRINOS DE ESPERANZA»... La herencia del Año Santo 2025.


El Año Jubilar 2025, celebrando como cada 25 años, la Redención, marcó para todos los miembros de nuestra Familia Inesiana un imperativo a la hora de hablar como misioneros en nuestras distintas opciones vocacionales, del presente y del futuro de nuestro ser y quehacer. Este imperativo ha sido «la esperanza». Un imperativo que sintoniza perfectamente con lo que el lema de este año santo nos estampó en el corazón: «Peregrinos de Esperanza». Y es que no debemos olvidar que somos peregrinos y que este jubileo ha sido una invitación a ser conscientes de ello. Vamos andando en este mundo en peregrinación, tanto física como espiritual, viviendo la fe en el camino y buscando acercarnos a Dios y a los demás en caridad. Pero somos peregrinos de esperanza. Y esta esperanza se entiende como la certeza del amor de Dios, la capacidad de superar las tribulaciones y de construir un futuro de paz y fraternidad que nos ha de llevar a metas altas de santidad, pasando por el mundo haciendo el bien como Cristo, que se encarnó para salvarnos (cf. Hb 10,38).

A todos los que estamos aquí en este planeta, como hombres y mujeres de fe, nos consta que es mucho más lo que se puede alcanzar y lo que está por venir, que lo que nuestros ojos apenas pueden ver. El mundo en el que somos misioneros, necesita de esperanza; mucha más esperanza en lo que somos, en lo que hacemos y en lo que vivimos, recordando que hemos sido tocados de un corazón sin fronteras —la Beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento— que, hasta el último aliento de vida, se mantuvo inmerso en la esperanza.

Por encima de todas las pequeñas esperanzas que nos proponen las utopías y las diversas ideologías que en nuestra época van y vienen, los Inesianos, a imitación de nuestra fundadora, ciframos nuestra esperanza en Dios, que es el único que nos puede salvar. 

Es de todos conocido que el mundo actual, caracterizado por el auge del individualismo, el relativismo y un enfoque en lo material en el que la influencia y práctica del cristianismo han disminuido significativamente, resultando en un menor apego a los valores esenciales y a las sólidas enseñanzas e implicando un desplazamiento de lo religioso de la esfera pública a la privada, sufre una pérdida de referentes morales y un vacío espiritual. 

La secularización ha hecho a un lado instituciones y aspectos de la vida que antes estaban vinculados a la religión al hacerlos ahora parte del ámbito civil, causando que la religión pierda su preeminencia pública. 

Nos movemos, como ciudadanos de una sociedad globalizada, en medio de una confusión de orden jerárquico de los valores morales. Sobre todo nuestros adultos jóvenes, los jóvenes y los adolescentes, experimentan una desorientación en los valores y principios básicos que antes eran proporcionados por la fe, lo que ha generado inseguridad y un vacío existencial. La dificultad de educar en la fe ha llevado, sobre todo a los niños, a aprender sus valores de fuentes alternativas como los teléfonos celulares y las redes sociales, en lugar de la familia.

El individualismo y el relativismo, que tanto denunció el papa Benedicto XVI, de feliz memoria, en su brillante encíclica «Spe Salvi» han hecho que la tendencia de la vida de las personas se desplace hacia un individualismo que va degenerando en la «beatificación del antojo», donde todo se percibe como incierto y sin una validez única. 

Por su parte, el predominio del materialismo, va marginando los valores espirituales y la presencia de Dios en la sociedad en favor de un enfoque centrado en lo material, lo que puede ser impulsado por los medios de comunicación y las lógicas del mercado. Si bien este concepto se aplica especialmente a Europa Occidental y a América, la descristianización coexiste con un leve crecimiento del cristianismo en algunas regiones, de África, el llamado «continente de la esperanza» y de Asia.

Para algunos, incluso gente cercana a nosotros, los misioneros pudiéramos parecer como simples entusiastas que cada mes de octubre celebran el mes de las misiones y nada más. Porque inclusive es triste ver que muchos, incluso consagrados, ya no quieren desinstalarse de este ámbito atractivo y comodón que la tecnología actual nos brinda en las grandes ciudades y que difícilmente llega a las pequeñas y alejadas comunidades a donde pocos quieren ir. 

Benedicto XVI, el gran teólogo y misionero de los últimos tiempos, en esa obra maestra de la Esperanza que ya he mencionado: —Spes Salvi—, afirma que «a lo largo de su existencia, el hombre tiene muchas esperanzas, más grandes o más pequeñas, diferentes según los periodos de su vida. A veces —dice el papa— puede parecer que una de estas esperanzas lo llena totalmente y que no necesita de ninguna otra. En la juventud puede ser la esperanza del amor grande y satisfactorio; la esperanza de cierta posición en la profesión, de uno u otro éxito determinante para el resto de su vida» (Spe salvi 30).  

Esas esperanzas, sin embargo, no bastan, sobre todo porque los humanos —aunque no todos sean hiperactivos como habemos alguno que otro— tenemos un corazón inquieto en el que muchos obstáculos impiden lograr lo que deseamos. 

Nosotros nos hemos dejado alcanzar por Cristo. En Él tenemos un referente para no quedar atrapados en un simple optimismo de una u otra reunión internacional que no deje eco en el corazón. Entre la esperanza cristiana y el optimismo hay una gran diferencia. ¡No son iguales! El optimismo pasa y la única y auténtica esperanza para todos los creyentes es la cruz de nuestro Señor Jesucristo que permanece y que nosotros hemos abrazado. Si es verdad que muchas diócesis, instituciones, familias misioneras, congregaciones —incluso muchas comunidades contemplativas—, están viviendo momentos difíciles, por la escasez de vocaciones y por falta de compromiso por parte de los seglares, hemos de reconocer y agradecer el don de la fidelidad, de la perseverancia y el espíritu de confianza en Dios que está presente en la Iglesia.

Solo en Dios podemos llegar a vislumbrar esa gran esperanza. Benedicto XVI nos lo dice: «Esta gran esperanza solo puede ser Dios, que abraza el universo y que nos puede proponer y dar lo que nosotros por sí solos no podemos alcanzar. De hecho, el ser agraciado por un don forma parte de la esperanza. Dios es el fundamento de la esperanza; pero no cualquier dios, sino el Dios que tiene un rostro humano y que nos ha amado hasta el extremo, a cada uno en particular y a la humanidad en su conjunto» (Spe salvi, n. 31). 

Cuando nuestra amada fundadora, la Beata María Inés Teresa fundó la Familia Inesiana, con nuestras hermanas Misioneras Clarisas, pilares de lo que somos y hacemos, lo hizo llena de esperanza en un mundo que parecía muerto a la esperanza. La época estaba marcada principalmente por la Segunda Guerra Mundial, el Holocausto y las consecuencias de la Gran Depresión, incluyendo la pobreza y el desempleo que persistieron. Ataques aéreos, hambrunas, así como el inicio de la Guerra Fría y la amenaza de la energía atómica envolvían la faz e la tierra en la desesperanza. Es en ese tiempo en el que ella, llena de esperanza funda nuestra familia misionera.

Pero eso no es todo. Años antes, México había sufrido también un tiempo marcado, para muchos, con desesperanza: la persecución cristera. Una época que se veía como interminable y parecía acabar con la fe de un pueblo que, cobijado por el manto de la Guadalupana, se debatía en la lucha cristera mientras que los templos estaban cerrados y las columnas de la vivencia de la fe, iban al exilio. Se estima que entre 250 mil y 300 mil personas murieron durante la Guerra Cristera (1926-1929) en la que solamente tres obispos permanecieron ocultos en el país: Pascual Orozco y Jiménez, José María González y Valencia y san Rafael Guizar y Valencia, que fue el único que pudo mantener abierto un seminario oculto en la clandestinidad.

En medio de todo esto, la Beata María Inés Teresa, llena de esperanza, buscó la manera de responder al llamado que Dios le hacía para consagrar su vida como religiosa e ingresó a una comunidad de Clarisas exiliada en Los Ángeles, California, en 1929. Su experiencia de persecución y exilio la llevó a mantener viva la esperanza para dedicarse a cumplir la voluntad de Dios con alegría, aún en medio del sufrimiento. 

No me bastaría ni siquiera un día entero, para compartir con ustedes tantos testimonios y anécdotas de aquellas dos épocas de la vida de Madre Inés en los que la esperanza se hizo siempre presente. 

Ciertamente no quiero hacer un intrincado y extenso escrito sobre la esperanza. Quiero más bien invitarles a no apartar nuestra mirada de la vida y e la obra de la Beata María Inés para vivir como ella, no en el simple entusiasmo pasajero de algo que se consume como una llamarada de petate, sino en esperanza, en esa esperanza que, como dice San Pablo en la carta a los Romanos: no defrauda (Rm 5,5).

Somos esperanza en el mundo desde la normalidad de nuestra vida de familia con la fraternidad, el complemento de las diversas expresiones de nuestro carisma en los diferentes miembros en su forma de ser, la disponibilidad para la misión y viviendo la evangelización donde la Iglesia nos llama, compartiendo nuestra espiritualidad de sacerdotes, de consagrados y de laicos al estilo inesiano. Y el Señor, recordemos, «no abandonará a todos los que esperan en él» (Florecillas de san Francisco nº. 287; cf. Sal 33,23). 

Nuestra Madre fundadora, fue una mujer que con convicción firme, esperó siempre en el Señor. En una carta colectiva escribe: «Alguien me dice que me promete confiar en Dios… contra toda esperanza ¡magnífico! es algo que me da tanta alegría. La confianza en Dios todo lo puede» (Carta colectiva de Marzo 14 de 1963). 

Las distintas esperanzas humanas, que inspiran las actividades diarias de todos los miembros de nuestra familia inesiana, corresponden, desde que el Señor estableció su reinado, al anhelo de felicidad que Dios ha puesto en el corazón de cada uno de nosotros que hemos sido llamados y confiamos en Dios (f. Catecismo de la Iglesia católica, nº. 1818). Dice Nuestra Madre: «La esperanza es una virtud obligatoria; radica en el espíritu, pero irradia en todo el ser» (Ejercicios Espirituales de 1933).

Y por otra parte afirma: «La confianza en Dios es precisamente la esperanza, pues, como confiamos en él, esperamos lo que nos ha prometido». Ella recomienda en una carta: «Confiemos siempre en Dios, aun sobre toda esperanza y… triunfaremos en todo. El es infinitamente misericordioso».  

Ante esto podemos preguntarnos en sintonía con Madre Inés: ¿Cuáles son mis esperanzas?, ¿a dónde tiende mi corazón misionero? «Dile a Cristo —escribe la beata María Inés— que, aunque toques y no te conteste, aunque pidas y no te dé, aunque busques y no encuentres, en él confías y que confías en él contra toda esperanza, y que aún cuando estuvieras sentada en sombras de muerte en él esperarías. Es esta esperanza, esta confianza lo que deleita su corazón». 

Para terminar, quiero invitarles a contemplar con los ojos de la esperanza a la Santísima Virgen, vestida de Guadalupana que habló a la Beata María Inés y la llenó de esperanza ante una realidad que ella aún desconocía: «Si entra en los designios de Dios servirte de ti para las obras de apostolado...». Ella, en ese entonces, era una religiosa de clausura en el exilio... ¿qué podía hacer? Pensando en aquella escena, creo que todos podemos experimentar interiormente la serena certeza de que la esperanza cristiana, nuestra esperanza, es cierta. No es vano producto de una ilusión quimérica o la proyección ilusa de un ideal inalcanzable. Nuestra esperanza es cierta. Es, como dice la Carta a los Hebreos, ancla del alma, segura y firme (Hb 6,19). Segura y firme dice, es decir cierta.

Por tanto, no debemos olvidar que la Virgen santísima, santa María de Guadalupe, alma del alma de nuestra familia misionera, es modelo de nuestra esperanza. Y una esperanza cierta, sin la cual nuestra fe se convertiría en simple ideología y nuestra caridad en una solidaridad intrascendente. A fines del siglo XIX un poeta francés, Charles Péguy decía: «La esperanza es la pequeña de la casa, insignificante en apariencia y que apenas cuenta, pero sin la cual ni la fe ni la caridad se sostendrían».  Cerremos nuestra reflexión recordando que el Catecismo de la Iglesia Católica nos dice que la esperanza es la virtud teologal por la que aspiramos al Reino de los cielos y a la vida eterna como felicidad nuestra, poniendo nuestra confianza en las promesas de Cristo y apoyándonos no en nuestras fuerzas, sino en los auxilios de la gracia del Espíritu Santo.  Eso es lo que hizo Madre Inés.

Padre Alfredo, M.C.I.U.


Roma, octubre de 2025.
Encuentro Internacional de la Familia Inesiana.
Año Jubilar de la Encarnación.