domingo, 28 de junio de 2026

«Los hombres de Dios y la cruz»... Un pequeño pensamiento para hoy

Al ver la liturgia de la palabra de la misa de este domingo, resuenan en mi corazón dos ideas centrales luego de meditar en torno a lo leído y son las que quiero compartir en estas líneas, recordando que en cada eucaristía, la palabra de Dios va guiando nuestro ser y quehacer como discípulos–misioneros de Cristo y que cuando comparto esto escrito, ya dio vueltas en mi interior. Si queremos seguir a Jesús, debemos renunciar a nosotros mismos y a lo nuestro, pero a la vez agradecer que en gente buena, en gente sencilla, Él no nos deja, nos regala casa, vestido y sustento. He pensado mucho en mi vida de misionero, en la renuncia que hay que hacer a las seguridades materiales y el camino que hay que hacer cada día con fe, confiando en la generosidad de los demás —la limosna— mientras lucho por abrazar la cruz en las dificultades espirituales y físicas, las críticas, las incomprensiones aún de los más cercanos, las murmuraciones sobre mi condición de vida casi nómada y la soledad —la cruz de cada día—.

En primer lugar quiero invitar a mis 18 lectores a dirigir la mirada a Eliseo, a quien la primera lectura (2 de Reyes 4,8-11. 14-16ª) como el hombre de Dios que va anunciando a su paso lo que Dios le va indicando. Los milagros que realiza y que se relatan en el libro, revelan que se trata de un hombre de Dios. Hoy vemos cómo, precisamente por eso, recibe la bendición de tener gente que se preocupa por él. Es que los hombres de Dios, los misioneros, vivimos así, de la limosna de todos, aunque para algunos, que ven solamente con los ojos del mundo, parezcamos una especie de zánganos que no producimos nada. Pero, para ser un misionero no todo es fácil. Eliseo tuvo momentos difíciles, yo también. Es que el seguimiento supone morir a sí mismo y entrar por el camino de la entrega y el servicio, como hizo Jesús quien también fue rechazado por algunos que no le entendieron, pero él fue fiel a la voluntad del Padre. Hoy me parece un buen domingo para pedir por los hombres de Dios.

La segunda idea gira en torno al desconcertante Evangelio de hoy para la mayoría de los bautizados en un mundo donde reina el confort y la búsqueda de un exagerado bienestar en donde nada sea sacrificio ni dolor.  Jesús nos dirige unas palabras (Mateo 10, 37-42) que a primera vista suenan duras pero señalan el lugar que Dios debe ocupar en la vida del creyente. Cuando en el centro del corazón se coloca a Dios, se comprende el valor de la «cruz» y lo que ello demanda, se aprende a amar mejor a las personas que nos rodean y se le da sentido a la verdadera libertad interior. La cruz no es una búsqueda voluntaria del sufrimiento ni un resignarse pasivamente. Implica una fidelidad a la voluntad del Padre misericordioso que exige perseverancia y entrega. Es el crisol de la verdadera fidelidad. Quien hace a un lado la cruz se encierra en sí mismo termina empobreciéndose; quien está dispuesto a darse a los otros encuentra una alegría más profunda y duradera. Eso lo han experimentado, por ejemplo, todos los que han realizado algún tipo de voluntariado. El seguimiento del Señor implica tomar la cruz, pero también invita a abrir el corazón a una vida más entregada y fecunda. Pidamos a María que nos acompañe en nuestro peregrinar, ella, que obediente a voluntad del Padre, permaneció al pie de la cruz. ¡Bendecido domingo!

Padre Alfredo.

sábado, 27 de junio de 2026

«DIOS Y LAS DECISIONES MAL TOMADAS DEL HOMBRE»... Un pequeño pensamiento para hoy


Todo bautizado, discípulo–misionero de Cristo, ha de estar convencido de que Dios no envía terremotos ni castiga a las comunidades, sino que se manifiesta como una fuente de fortaleza y esperanza en medio del dolor. La mayoría de los líderes espirituales y teólogos, no solo cristianos sino de las distintas religiones existentes, coinciden en que los desastres naturales responden a las leyes de la naturaleza y a la dinámica del planeta. Los terremotos, como los acabamos de vivir en varias partes del mundo, siendo el más devastador el de Venezuela, son fenómenos geológicos causados por el movimiento, fricción y liberación de energía entre las placas tectónicas de la Tierra y nada tienen que ver con el comportamiento humano como un castigo divino. La naturaleza tiene sus propias leyes y Dios, que nos ha hecho libres, respeta su proceso. Dios no castiga a los pueblos con ruinas, muerte y sufrimiento. Él no está del lado de la destrucción, sino del lado de las víctimas; no está en el edificio que cae, sino en las manos que levantan; no está en el miedo que paraliza, sino en la solidaridad que se organiza.

La lectura de hoy, en el libro las Lamentaciones (Lamentaciones 2,2.10-14.18-19) es sumamente ilustrativa en estos momentos en que, en especial, el pueblo venezolano nos necesita. La lectura nos presenta un pueblo que reflexiona mirando a los más débiles, niños y lactantes que desfallecen. Un pueblo que sabe que ha seguido a profetas que no tuvieron mirada de verdad y no guiaron por el buen camino no puede sentirse destruido por un Dios vengativo, sino acompañado en el proceso de arrepentimiento en búsqueda de una vida nueva. Y es desde este sufrimiento nace un signo de vida nueva, un grito en la noche que pide levantarse y llevar el corazón a la presencia del Señor.

De toda esta catástrofe que ha dejado más de 1.400 muertos y alrededor de 3.500 heridos, ha de resurgir una vida nueva que parte cuando en el sufrimiento se entrega a Dios. Él siempre está acompañando al que sufre. Cada vez que ocurre una tragedia, aparecen voces que quieren explicar el dolor como si fuera una condena divina. Pero la Palabra de Dios nos enseña otra cosa. Dios nunca mira a las víctimas como culpables. Ante la desgracia, no pregunta: «¿Qué hicieron para merecerlo?», sino que abre un camino de conversión, compasión y responsabilidad. Lo que sí puede darse es que un fenómeno natural se convierta en una tragedia humana debido a decisiones mal tomadas: de cómo construimos, de cómo cuidamos o destruimos la casa común, de cómo se planifican las ciudades, de cómo se protege a los más pobres, de cómo las políticas de extracción, abandono y explotación van dejando territorios más frágiles y comunidades más expuestas.

Por eso, la fe no puede quedarse en una explicación fácil ni en una frase piadosa. La fe verdadera, ante situaciones tan tremendas como esta, se arrodilla para orar a la vez que se levanta para ayudar. Ora por los fallecidos, consuela a los heridos, acompaña a quienes lo perdieron todo y exige que la vida de los pueblos valga más que cualquier interés económico. Ni Venezuela, ni Chile, ni Japón, en donde ha temblado con fuerza estos días, necesitan juicios. Necesitan consuelo y oración. Necesitan manos abiertas. Necesitan mantener los oídos abiertos para escuchar con fuerza y con ternura, que el Dios de las Misericordias está con ellos y con nosotros que nos solidarizamos, despertando en todos el deber sagrado de recordar que somos la familia de Dios y de que, como dice San Pablo, cuando un miembro sufre, sufren todos. Que la Virgen no nos suelte de su mano en medio del dolor que compartimos. ¡Bendecido sábado!

Padre Alfredo.

viernes, 26 de junio de 2026

«¡GRAVÍSIMA CONFUSIÓN!»... Para reír un poco


Un matrimonio decide ir a pasar vacaciones en una playa del Caribe, pero debido a problemas de trabajo, la mujer no pudo viajar con su marido, quedando en darle alcance unos días después. 

Cuando el hombre llegó y se alojó en el hotel, vio con asombro que en la habitación había una computadora con conexión a Internet. Entonces decidió enviar un e-mail a su mujer, pero se equivocó en una letra y sin darse cuenta lo envió a otra dirección… 

El e-mail lo recibe por error una viuda que acababa de salir de la misa del funeral de su esposo, y cuando leyó el correo electrónico gritó y se desmayó instantáneamente. El hijo de la viuda vió a su madre en el  suelo de la Iglesia sin conocimiento y llamó rápido a su médico de cabecera que había asistido al funeral y al sacerdote.

Mientras el médico revisaba a la señora, el padre se acercó para darle la unción de los enfermos y el hijo, mortificado porque su madre recobraba el conocimiento lentamente, tomó el teléfono de su mamá  en cuya pantalla pudo leer…

«Querida esposa: He llegado bien. Probablemente te sorprenda recibir noticias mías por esta vía, pero ahora tienen computadora aquí y puedes enviar mensajes a tus seres queridos. Acabo de llegar y he comprobado que todo está preparado para tu llegada este próximo viernes. Tengo muchas ganas de verte y espero que tu viaje sea tan tranquilo y relajado como ha sido el mío.

No traigas mucha ropa. ¡Aquí hace un calor infernal!»

Ramiro.

«LA FORMACIÓN PERMANENTE EN LA VIDA CONSAGRADA»


La vocación, respuesta del hombre a la llamada de Dios, encierra en su misterio, unas realidades que encienden el corazón que quiere entregar su vida por la causa de Cristo.

En medio de una sociedad profundamente materialista, marcada por el egoísmo y que anega las aspiraciones más nobles del corazón, percibimos que la vocación es una respuesta, a la llamada que Dios hace para seguirlo, que no puede ser pasajera. Aceptar la vocación y perseverar en ella, quiere decir «creer en el amor» (Cfr. 1 Jn 4,16.  Cada uno es «amado y escogido providencialmente por el dueño de la viña» (ESQUERDA BIFET Juan, "Ven y verás", Roma 1993, p. 8). Nuestra vocación es ante todo, una vocación de amor. 

La beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento, supo descubrir esto y trazó un programa para su vida, un programa tan sencillo como esto: «Que mi vida sea un programa de amor. Que mi vida sea un acto de continua oblación» (ARIAS ESPINOSA María Inés Teresa, "Recuerdo de mis santos ejercicios", julio 6-17 de 1941).

Viendo nuestra respuesta vocacional en esta clave de amor, encontraremos siempre motivos más que suficientes para perseverar con alegría. Nuestra vida consagrada debe ser una vida impregnada de amor, porque nos sabemos amados por Dios. El Señor nos llama cada día a reestrenar la gracia de la vocación, a «volver al primer amor» (Cfr. Ap 2,2-5), a reavivar la ilusión de vivir pata él, recordando que «salimos de la mano de Dios, como obra y fruto de su amor» (CASTRILLÓN HOYOS Darío, "Pastores para una nueva evangelización", Madrid 1992, p. 21).

Desde hace algunos años se habla mucho de «formación permanente» y está bastante claro que no se trata de algo nuevo, pero hoy, «en medio de nuestro mundo, en una humanidad dividida por las enemistades y las discordias, en donde el hombre busca desesperadamente en su mayoría, su seguridad existencial en el progreso científico y técnico, en el poder, en el dinero, en la comodidad, esta formación permanente se hace urgente, para que el consagrado no se deje arrastrar por modas o tendencias pasajeras.» (cfr. DELGADO RANGEL Alfredo L. Gpe., M.C.I.U., "Cristo, fundamento del sacerdocio; sacerdote, sacramento de Cristo", manuscrito sin fecha).

Jesús llamó a los que él quiso, nos llamó a nosotros también. Él llama siempre para estar con él y para enviar, a los llamados, a predicar la Buena Nueva(Cfr. Mc 3,13-14). La vocación, entonces, es «una llamada a compartir la vida de Cristo en un encuentro permanente y una misión totalizante» (DELGADO RANGEL Alfredo L. Gpe., M.C.I.D., "La miseria al servicio de la misericordia", manuscrito sin fecha). El «sígueme» de Jesús, se sigue repitiendo en cada llamada, en cada vocación, y no sólo eso, sino que se va renovando cada día, de tal manera que el que se sabe llamado, ha sido amado por Cristo y debe ir motivado por una respuesta dinámica a la llamada. 

«El amor de Dios nos persigue» (DELGADO RANGEL Alfredo L. Gpe., M.C.I.U., "El pecado, Un ¡no! al amor de Dios”, manuscrito, 1994). Jesús se encuentra con nosotros, nos arrastra, nos cautiva, nos convence y nos va transformando. Por eso la beata María Inés decía: «Quiero transformarme en tu amor, quiero vivir de amor, quiero morir de amor» (ARIAS ESPINOSA María-Inés-Teresa O.S.C., "Ejercicios espirituales", 1943).

En la mirada de  nuestro Señor Jesucristo, «imagen de Dios invisible» resplandor de la gloria del Padre, se percibe la profundidad de ese amor eterno e infinito que toca las raíces del ser. La persona que se deja seducir por él, abandona todo y lo sigue. Como san Pablo considera que todo lo demás es «pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús», ante el cual no duda en tener todas las cosas «por basura para ganar a Cristo». Su aspiración es identificarse con él, asumiendo sus sentimientos y su forma de vida". (Cfr. Vita Consecrata 18). 

Recordando que «el fin de la vida consagrada consiste en la configuración con el Señor Jesús y con su oblación total, es sobre todo a esto a lo que debe aspirar la formación (CENCINI, Amedeo, “¿Creemos de verdad en la formación permanente?”, Santander 2013, p. 36-37). Desde esta perspectiva se entiende que la vocación religiosa auténtica, es una vigorosa experiencia de encuentro con el Padre de las Misericordias en Cristo. Es literalmente una «vivencia». El verdadero religioso, como vemos en la beata María Inés, es un enamorado de Cristo que, como san Pablo, pretende alcanzar a Cristo, porque se sabe previamente alcanzado por él. (Cfr. DELGADO RANGEL, Alfredo L. Gpe., M.C.I.D., "La expresión de un único sí", manuscrito, 1994)

La formación permanente, es el esfuerzo integral que hemos de asumir, con la gracia de Dios, para permanecer dinámicamente fieles a la propia identidad espiritual y eclesial y para ser capaces de adaptamos y responder positivamente, en el nombre del Señor, a las exigencias históricas de la vocación (Cfr. MISIONERAS CLARISAS DEL SANTÍSIMO SACRAMENTO, "Guía de formación", Roma, diciembre de 1997). Se trata de una cuestión de «perseverancia» y «fidelidad», como muchas veces lo he repetido y experimentado. «¿Cómo olvidar que el Señor nos llamó?.. nos llamó por el nombre y no nos dejará jamás. Nadie nos puede suplir ni representar en la llamada que nos hace cada día a seguirle pobre, casto y obediente» (DELGADO RANGEL, Alfredo L. Gpe., M.C.I.D., "Me considero feliz", manuscrito, 1996).

«Ninguna fase de la vida puede ser considerada tan segura y fervorosa como para excluir toda oportunidad de ser asistida y poder tener mayores garantías de "perseverancia" en la "fidelidad", ni existe edad alguna en la que se pueda dar por concluida la completa madurez de la persona» (Vita Consecrata 69). «La vida del presbítero y de la persona consagrada es formación es formación en sí misma» (CENCINI, Amedeo, “¿Creemos de verdad en la formación permanente?”, Santander 2013, p. 37).

Los sacerdotes y los consagrados, debemos tener muy en claro que vivimos en una constante formación, por se habla de formación permanente, el «sígueme» del primer día, se repite cada día y se reafirma en una respuesta de plenitud de entrega que continúa siempre actual. «Nadie deja nunca de sentirse llamado, hay un llamamiento constante en nuestra vida» (DELGADO RANGEL Alfredo L. Gpe., M.C.I.U., "Dos caminos", manuscrito, 1994). La formación permanente nos lleva a permanecer sumergidos en Cristo, en el misterio dramático de su corazón para que día con día, según las etapas de la vida que vayamos atravesando, aprendamos a vibrar de su pasión por hacer la voluntad del Padre que nos ama (Jn 16,27) y por salvar a la humanidad llenándola de vida (Jn 10,10).

La formación permanente no se funda en racionalismos ni en sentimentalismos ni en estados anímicos como muchos, llevados por modas actuales, se dejan llevar. Quizá por esa realidad que muchos viven en la entrega vocacional de vivir así, el «sí» de un día se convierte fácilmente en un «no» que impide seguir respondiendo. «La formación permanente es ante todo gracia que viene de lo alto, cada día, un don cotidiano, seguro, infalible y providencial» (CENCINI, Amedeo, “¿Creemos de verdad en la formación permanente?”, Santander 2013, p. 38). La formación permanente viene a ser una ayuda para no dejamos guiar por nuestro modo de sentir y pensar, sino por los criterios de Cristo. «Mi vida debe ser un espejo en el que se reproduzcan las virtudes de Nuestro Señor» (ARIAS ESPINOSA, María Inés Teresa, "Ejercicios espirituales", 1933). Por eso es una tarea de toda la vida. «No bastan unos años de rutina, es toda una vida la que se compromete por él». (ESQUERDA BIFET Juan, "Encuentro con Cristo", editorial Sígueme, Salamanca 1987).

En la vida consagrada no basta con ser ya de votos perpetuos para sentirse «formado». Todos necesitamos de los diversos medios de la formación permanente que, de por sí, ya los conocemos: la oración como encuentro con Cristo especialmente en la Eucaristía, la Palabra de Dios, los sacramentos, la profundización en la doctrina sobre vida religiosa, la doctrina sacerdotal para los que somos sacerdotes o nos preparamos a serlo, la dirección espiritual, la vida de sacrificio y entrega, la vida fratena en comunidad, el amor a María, el compromiso misionero, el conocimiento cada vez más profundo y la vivencia del carisma de nuestros fundadores. «Se necesita una formación permanente que abarque los niveles de espiritualidad, cultura teológica y humana, metodología pastoral, convivencia en la comunidad, etc.» (ESQUERDA BIFET Juan, "Te hemos seguido", Biblioteca de autores cristianos, Madrid 1996, p. 52).

Hablamos, entonces, de una formación continua que se lleva a cabo como «un proceso global de renovación que abarca todos los aspectos de la persona del religioso y el conjunto del instituto mismo» (“Orientaciones sobre la formación en los institutos religiosos”, # 68). Esta formación permanente no es cosa fácil, que se pueda realizar en un día, es todo un proceso que requiere de mucho esfuerzo —ascética— y por supuesto, de la gracia de Dios —mística— y que empieza desde las primeras etapas de la formación inicial que prepara a la ordenación sacerdotal o a la profesión perpetua. 

Luego esa formación continúa en el día a día del ministerio, en la vida común, en el servicio desinteresado, en la disponibilidad a la misión, etc. La formación no se puede cerrar en un paréntesis juvenil, sino que tiene que estar abierta a todo el arco existencial, hasta alcanzar el máximo de disponibilidad en la fase final de la existencia. Por eso la muerte forma parte importante del proceso de formación continua, porque hay que prepararse de manera individual y comunitaria al momento de la muerte. La muerte es el punto más elevado del proceso de identificación con la pasión de Cristo por Dios y por los hombres.

Hemos de pensar siempre que nuestra vida, tanto en el ministerio como en la vida consagrada, es larga y dificultosa, porque se trata de responder a una misión muy grande. El éxito de la tarea misionera de nuestra vocación depende, en mucho, de la calidad de formación permanente que tengamos. Porque «no puede darse un solo momento en el que el Padre no se ha movido por aquel gran deseo de formar en cada uno de nosotros, el corazón de su amado Hijo.» (CENCINI, Amedeo, “¿Creemos de verdad en la formación permanente?”, Santander 2013, p. 43)

A mayor formación humana, espiritual, apostólica, intelectual, en el propio carisma, mayor será lo que una diócesis, un instituto o una familia religiosa ofrezcan a la Iglesia y al mundo. «La vida se confía al hombre como un tesoro que no se debe malgastar, como un talento a negociar. El hombre debe rendir cuentas de ella a su Señor» ("Evangelium vitae", # 52).

La falta de la formación permanente no se podrá suplir con nada, ni con el fervor, ni con un gran corazón, ni con talento, ni con amplios planes de conquistas de almas, y ciertamente su ausencia se dejará sentir en una mundanización de los miembros, en una vida seca, áspera, sin frutos. Nadie puede ser santo si no se mantiene en este estado de formación permanente. Dicen que San Francisco de Sales, al llegar a Chablais, infestado de Calvinistas, dijo: «Esto está en manos de los protestantes porque nosotros hemos rezado el breviario pero no hemos aumentado nuestro saber». 

Los santos y los fundadores, en general, vivieron siempre reconcentrados en la formación permanente. «Imitar a los santos, no es copiar un ideal; no es copiar a los santos. Significa, siguiendo su ejemplo, dejarse conducir, como ellos, por un Otro adonde tú no querrías ir, dejar que el amor te configure desde dentro con la forma en que trasciende toda formas, significa precisamente llegar a ser un original, no una copia» (JACQUES MARITAIN, “Frontiere della poesia”, Brescia 1981, p. 104). De hecho, en mi caso concreto, como Misionero de Cristo, he podido ver algunos de los libros en los que la Beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento, sostuvo su formación permanente y la de nuestra Familia Inesiana. Su Biblia de estudio estaba más que gastada. En algunos de sus escritos deja ver la importancia que la formación permanente y la autoformación tenía para ella: 

«El estudio principal para todo misionero es la Sagrada Escritura. Allí se han forjado los santos; de allí han sacado toda su ciencia, como un santo Tomás y un San Buenaventura». (Carta colectiva de mayo de 1974). «Los cursos intensivos siguen en su apogeo; me van a costar muchísimo, que sólo Dios sabe cómo va a proveer a sus pagos, pero espero en Dios que se aprovechan con ganas y, poco a poco, vayamos ganando cultura y, con ella, almas para Dios». (Carta del 26 de diciembre de 1954). «Cada misionero tome muy en cuenta la autoformación, que se adquiere, ante todo, en la oración recogida y silenciosa, ya sea al pie del Sagrario o en algún otro sitio; y en la lectura de seleccionados libros, empezando por la Sagrada Escritura, decretos conciliares, y de aquellos otros que nos renueven, tanto en lo espiritual y religioso, como en lo humanístico, social y pedagógico». (Carta circular del 8 de diciembre de 1969).

La formación permanente, por tanto abarca todas las áreas de nuestro existir. «Ninguno puede estar exento de aplicarse al propio crecimiento humano y religioso; como nadie puede tampoco presumir de sí mismo y llevar su vida con autosuficiencia» (CASTRILLÓN DE HOYOS Darío, "Pastores para una nueva evangelización", Madrid 1992, p. 76).

Dentro de este tema de la formación permanente, merece un apartado especial el tiempo que se dedica a la autoformación, porque la formación permanente será, seguramente, llevada a cabo sí, en la vida ordinaria pero ayudándose de diversos medios que estarán al alcance de cada uno en el lugar y circunstancia en donde esté. La autoformación es crucial para el sacerdote y para todo consagrado, porque fomenta la adaptabilidad a cambios rápidos, desarrolla la autonomía, mejora la empleabilidad y el rendimiento al permitir el aprendizaje a su propio ritmo conforme a etapa de la vida que atraviese, y fortalece la confianza y la independencia, siendo un motor de crecimiento personal y profesional continuo en un mundo en constante evolución. 

La autoformación es crucial porque fomenta la adaptabilidad a cambios rápidos, desarrolla la autonomía, mejora la empleabilidad y el rendimiento al permitir el aprendizaje a tu propio ritmo, y fortalece la confianza y la independencia, siendo un motor de crecimiento personal y profesional continuo en un mundo en constante evolución. Termino esta reflexión con la esperanza de que sea útil, o por lo menos no estorbe en este proceso de formación. El Padre Celestial quiere que  seamos santos como él es santo. Ruego a la santísima Virgen María que a cada uno nos de luz, nos haga comprender la necesidad de formamos en todo tiempo y lugar y que viendo a Jesucristo y a tantos santos fundadores, vivamos cada día sin tedio y sin rutina inútil, viviendo y perseverando con sencillez y entrega fiel.

Algunos puntos de reflexión biblica:

Iniciativa de Cristo en la llamada: Jn 15,16.
La vocación es un don de Dios: Mc 3, 13s; Mt 9,38; 6,65.
Consagración y misión: Le 4,18; Jn 10,36.

Padre Alfredo.

«¿CÓMO ACTUAMOS ANTE LAS PRUEBAS?... Un pequeño pensamientop para hoy


Después de una visita relámpago a nuestra querida Casa Madre, cuna de la espiritualidad inesiana, por una junta de suma trascendencia en el camino de la obra de Madre Inés, voy, acompañado de Sylvia —coordinadora mundial de Van Clar— de regreso a «La Sultana del Norte». Antes de compartir mi reflexión aprovecho para decir que hay quienes me dicen que por qué a Monterrey no le digo «Selva de Cemento» como a la Ciudad de México. La verdad ese título lo merece únicamente mi querida CDMX porque nació cuando yo estaba e misión en esta bellísima tierra azteca. Monterrey es mi tierra natal, y es una megalópolis que quiero mucho y que de por sí, han de dispensar, tiene los edificios más altos de América Latina y montones de emblemáticos espacios de la arquitectura moderna. Me gusta más para ella el título de «La Ciudad de las Montañas», un poco menos afrentoso que el tradicional. 

Pero bueno, quiero volver más bien centrarme en el texto de El texto del segundo libro de los Reyes —capítulo 25, versos del 1 al 4— en el que, situándolo dentro de un contexto más amplio como es todo el capítulo 25 e incluso todo este libro completo, encontramos que no se trata de un libro histórico, aunque los hechos que se relatan en él sean hechos históricos, sino más bien de una reflexión teológica que muestra el significado espiritual de los hechos acaecidos. ¿Por qué esto? La historia de la Salvación que camina a la par de todo el resto de acontecimientos de la humanidad, se lee a la luz de la Alianza entre Dios y el pueblo de Israel. Los hechos que se narran son consecuencia del comportamiento del pueblo que ha sustituido al Dios de la Alianza por una serie de dioses a su medida. La infidelidad y la idolatría son los pecados que han roto la Alianza con Yahvé, y que, hasta la fecha, son la causa de la ruina del hombre.

En el texto de hoy, el rey de Babilonia sitia Jerusalén, Sedequías rey de Judá, había desoído las advertencias y el modo de proceder propuesto por Jeremías, es apresado y torturado. Dentro de este mismo período se destruyen los símbolos del poder religioso y político:  el templo construido por Salomón y el palacio real. Casi nada queda del reino de Judá. La mayoría de sus habitantes sufre el exilio en Babilonia, durante 70 años, pero el invasor «dejó una parte de la gente pobre del país como viñadores y cultivadores», quisa olvidados por ser de poca importancia. Eso hizo que ellos mantuvieran viva la promesa del pacto de Dios. El pueblo exiliado se fue purificado a través de los años fuera de su tierra. El pueblo fue entendiendo la dolorosa consecuencia de alejarse de Dios. Los judíos en el exilio aprendieron una lección y por eso lo traigo a colación. Porque nosotros, en las diversas pruebas que experimentamos en la vida, como las de aquel pueblo... ¿Cómo actuamos? ¿Crecemos en las pruebas? ¿Nos comportamos con el valor de los que se quedaron? Que la Virgen nos ayude. ¡Bendecido viernes!

Padre Alfredo.

«RENOVAR EL DESEO DE SEGUIR A JESÚS»... HORA SANTA 44.


Monitor:
La exposición solemne de la Sagrada Eucaristía nos ofrece la oportunidad de reflexionar en oración sobre el llamado de Jesús a seguirle en una vida más fiel re-estrenando el «sí». Este momento de oración nos brinda la oportunidad de ser más conscientes de la presencia de Cristo en medio de su pueblo y nos invita a una comunión espiritual con Él. 

Se hace la exposición del Santísimo de la forma tradicional.

CANTO INICIAL:
«ESTÁS AQUÍ»

Estás aquí, aunque no te pueda ver, 
pues escondes tu gloria y majestad. 
Estás aquí, revestido solamente del amor, 
bajo la forma de un pan. 

Con sencillez, te me vienes a entregar 
y en mi interior, vas haciendo maravillas, 
corazón con corazón, en profunda comunión, 
me haces templo de la Santa Trinidad (2). 

Ven y cena conmigo, ven y mora en mi hogar, 
ven y nunca me dejes, pues sin ti me moriría, 
me haz herido con tu amor, ven y mora en mi interior, 
de ti quiero comulgar señor (2) .


Presidente: Dios mío, yo creo, espero, adoro y te amo. 
Todos: Te pido perdón, por los que no creen, ni esperan, no te adoran, y no te aman. 
(3 veces)

Lector: (Si está presente un sacerdote o un diácono, a ellos corresponde hacer esta lectura)

Del Evangelio según san Marcos (1, 14-20)
Después de que Juan fue entregado, Jesús marchó a Galilea; y proclamaba la Buena Nueva de Dios: Decía: «El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; conviértanse y crean en la Buena Nueva». Bordeando el mar de Galilea, vio a Simón y a su hermano Andrés, lanzando las redes en el mar, pues eran pescadores. Jesús les dijo: «Vengan conmigo, y los haré pescadores de hombres. Ellos, al instante, dejando las redes, le siguieron. Caminando un poco más adelante, vio a Santiago, el de Zebedeo, y a su hermano Juan; estaban también en la barca arreglando las redes; y al instante los llamó. Y ellos, dejando a su padre en la barca con los jornaleros, se fueron tras él».

Momentos de silencio.

Lector 1: El Evangelio que hemos escuchado nos presenta la vocación de los primeros cuatro apóstoles. En esta Hora Santa, este texto se convierte para nosotros en una llamada a reflexionar sobre nuestra propia vocación a la imitación de Cristo. ¿Cómo hemos vivido el «sí» que le dimos al Señor cuando nos invitó a seguirlo?
 
Lector 2: La vocación de los apóstoles nos muestra tres elementos: Primero la llamada por Jesús: «vengan conmigo». Después la respuesta de los llamados: «inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron.» Por
último, la misión para la que son llamados: «yo los haré pescadores de hombres».
 
Lector 1: Toda vocación es iniciativa de Dios, es elección por gracia, porque Dios elige a los que
Él quiere. Él, como a aquellos primeros seguidores, nos llamó a nosotros también y, respondiendo a su llamada, hemos ido detrás de él en una vocación específica.

Lector 2: Somos conscientes de que esa llamada personal no se dirigió solamente al grupo inicial de los apóstoles y los discípulos, o al círculo más amplio de los primeros hombres y mujeres que interactuaron con Cristo para establecer el reino de Dios. La llamada se dirige también a cada uno de nosotros, sea hombre o mujer, sacerdote, consagrado o laico.

Lector 1: En nuestro bautismo fuimos llamados a la imitación de Cristo como sacerdotes, profetas y reyes. Y desde entonces, Dios repite y renueva su llamada muchas veces y de muchas maneras. Hoy, a través de este Evangelio, Dios nos hace conscientes de que vuelve a dirigir su llamada a cada uno de nosotros esperando que reestrenemos nuestra respuesta. 

Lector 2: Dios espera de cada uno de nosotros una respuesta renovada. Por eso hay que preguntarnos: ¿Estamos nosotros siempre abiertos y atentos para sus llamadas, para sus inspiraciones y exigencias? Cada día, de nuevo, tenemos que dar nuestra respuesta a la llamada de Dios, aun cuando no la entendamos, aun
cuando nos cueste aceptarla. 
 
Momentos de silencio.

CANTO.
«SEÑOR A QUIÉN IREMOS»

SEÑOR, ¿A QUIÉN IREMOS?
TU TIENES PALABRAS DE VIDA
NOSOTROS HEMOS CREÍDO
QUE TÚ ERES EL HIJO DE DIOS.

Soy el pan que os da la vida eterna,
el que viene a mi no tendrá hambre,
el que viene a mí no tendrá sed,
así ha hablado Jesús.

No busquéis el alimento que perece,
sino aquel que perdura eternamente;
el que ofrece el hijo del hombre,
que el Padre os ha enviado.

Pues si yo he bajado del cielo,
no es para hacer mi voluntad,
sino la voluntad de mi Padre,
que es dar al mundo la vida.

El que viene al banquete de mi cuerpo,
en mí vive y yo vivo en él;
brotará en él la vida eterna,
y yo lo resucitaré.

Lector 1:  Señor y Amigo, Jesús adorable en la Hosta Santa: he aquí a tus hermanos, que te buscan...; tus íntimos, que te llaman con insistencia en tu custodia, Te ruegan, pues, que les permitas hablar contigo más ampliamente, como debes haber hablado con aquellos primeros seguidores.

Lector 2: Mira que somos nosotros también hijos de María tu Madre santísima; somos, pues, tus hermanos pequeñitos, los colmados de tus gracias, los cercanos, los que como aquellos discípulos caminamos junto a Ti.

Lector 1: Recuerda, ¡oh Rey de amor!, que según tus propios designios, es ésta la hora de gracia por excelencia, ya que en ella ofreciste confiar tus secretos, en retorno de las confidencias de tus consoladores y amigos...; confidencias recíprocas que labrarán la eterna intimidad entre tu Corazón y los nuestros. Ayúdanos a renovar el deseo de seguirte.

Momentos de silencio.

Celebrante: Dios escoge aquellos a quienes Él quiere, oremos al Señor para que envíe trabajadores a sus campos:

Todos: Señor, confiamos en ti.

Lector 1: Tal como Tú llamaste a Abraham para ser padre de muchas naciones, inspira a muchos jóvenes a responder a tu llamada.

Todos: Señor, confiamos en ti.

Lector 1: Tal como Tú llamaste a Moisés, tendiendo las multitudes de Jetro, proporciona pastores dignos a tu pueblo en nuestro día.

Todos: Señor, confiamos en ti.

Lector 1: Tal como Tú llamaste a Aarón para servirte en tu templo, llama a los hombres para que sirvan a tu Iglesia en la imagen de Cristo.

Todos: Señor, confiamos en ti.

Lector 1: Tal como hablaste para despertar a Samuel con tu llamada, abre los oídos de tus elegidos.

Todos: Señor, confiamos en ti.

Lector 1: Tal como cada Sumo Sacerdote fue elegido entre los hombres, así llama a los hombres para ofrecer el santo y vivo sacrificio.

Todos: Señor, confiamos en ti.

Lector 1: Tal como Eliseo fue ungido por el profeta Elías, dales a los que llamas fuerza para seguirte sin voltear atrás.

Todos: Señor, confiamos en ti.

Lector 1: Tal como llamaste a los Apóstoles para ser embajadores de Cristo, así envíanos predicadores fervientes para fortificar nuestros espíritus.

Todos: Señor, confiamos en ti.



CANTO.
«EL SEÑOR ES MI FUERZA».

El Señor es mi fuerza,
mi roca y salvación. (bis)

1. Tú me guías por sendas de justicia, me enseñas la verdad.
Tú me das el valor para la lucha, sin miedo avanzaré

2. Iluminas las sombras de mi vida, al mundo das la luz.
Aunque pase por valles de tinieblas, yo nunca temeré.

3. Yo confío el destino de mi vida, al Dios de mi salud.
A los pobres enseñas el camino, su escudo eres Tú.

4. El Señor es la fuerza de su pueblo, su gran libertador.
Tú le haces vivir en confianza, seguro en tu poder.

Monitor: Preparémonos a recibir la bendición del Señor.
(En este momento nos ponemos todos de rodillas para recibir la bendición con el Santísimo Sacramento).

Ministro: Nos diste, Señor, el Pan del Cielo
Todos: Que en sí contiene todas las delicias.

Ministro: Oh Dios que bajo este admirable sacramento del Altar, nos dejaste el memorial de tu pasión, te pedimos nos concedas venerar de tal manera los sagrados misterios de tu Cuerpo y de tu sangre, que experimentemos constantemente en nosotros el fruto de tu redención. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

(Si está presente un sacerdote, éste dará la bendición del forma acostumbrada).

Ultimas oraciones:

Bendito sea Dios
Bendito sea su santo nombre
Bendito sea Jesucristo verdadero Dios y verdadero Hombre
Bendito sea el Santo Nombre de Jesús
Bendito sea su sacratísimo corazón
Bendita sea su preciosísima sangre
Bendito sea Jesucristo en el santísimo Sacramento del altar
Bendito sea el Espíritu Santo Consolador
Bendita sea la gran Madre de Dios: María santísima
Bendita sea su santa e inmaculada concepción
Bendita sea su gloriosa Asunción
Bendito sea el nombre de María: Virgen y Madre
Bendito sea san José su castísimo esposo
Bendito sea Dios en sus ángeles y en sus santos.

CANTO FINAL.
«EL ALFARERO».

1. Gracias quiero darte por amarme
gracias quiero darte yo a ti señor
hoy soy feliz porque te conocí
gracias por amarme a mi también

Yo quiero ser señor amado
como el barro en manos del alfarero
toma mi vida hazla de nuevo
yo quiero ser un vaso nuevo

2. Te conocí y te amé
te pedí perdón y me escuchaste
si te ofendí perdóname señor
pues te amo y nunca te olvidare

3. Yo quiero ser señor amado
como el barro en manos del alfarero
toma mi vida hazla de nuevo
yo quiero ser un vaso nuevo

«MÁS ALLÁ DEL DISFRAZ»... La verdad detrás de los Therians


Corren, brincan, ladran, mugen, pillan, graznan, se desplazan en cuatro extremidades, usan máscaras, colas y otros accesorios que representan animales como perros, lobos, gatos o zorros y recrean comportamientos que, según dicen, son parte de su identidad. Son los “Therians”.

El término «Therian» —abreviatura de therianthrope, del griego therion "bestia" y anthropos "humano"— se aplica a personas que sienten una conexión profunda, espiritual o psicológica con un animal específico llamado theriotipo.

Este fenómeno de comportamiento, en esta era del posmodernismo, ha ganado cada vez más visibilidad a veces marcando tendencia y otras veces de forma silenciosa, pero sobre todo en adolescentes y jovenes se comparten historia y reels en redes sociales como TikTok, aunque tiene sus raíces desde décadas atrás. Las personas con esta preferencia se manifiestan a través de comportamientos, instintos o una forma particular de percibir el mundo. Y es que el pensamiento de los Therians sugiere que el cuerpo es una «prisión» para un alma animal, idea que contradice la unidad sustancial de cuerpo y alma tal y como Dios lo estableció.

En los últimos tiempos, este tema se ha convertido en un movimiento o subcultura en donde la gente narra una identidad «antrozoomórfica» —animal-humana— y construye comunidad alrededor de ello.

Desde los albores de la humanidad ha existido una profunda relación, respetuosa y multifacética, entre los seres humanos y los animales, en la vida cotidiana así como en la cosmovisión espiritual. En las civilizaciones antiguas, como en la civilización egipcia o la azteca, existen representaciones simbólicas de deidades zoomorfas.  En México antiguo, por ejemplo, los mexicas, mayas, toltecas y olmecas ––entre otras culturas–– veneraban el jaguar, el águila real, la serpiente, también el xoloitzcuintle, el ajolote, el quetzal, el colibrí, el murciélago, el zopilote, el venado, el cocodrilo y el conejo; todos estos animales eran considerados sagrados, símbolos de poder, representantes de seres divinos. 

En nuestros días nos toca vivir una época de una grandísima confusión antropológica. No sólo por la rapidez con la que surgen y desaparecen modas culturales, sino porque muchas de ellas comparten un mismo trasfondo: la dificultad creciente del ser humano para aceptar y habitar su propia condición humana. Hoy se ve gente que se viste como perro o como otro animal, adoptando comportamientos como caminar a cuatro patas ––quadrobics–– o usando máscaras. Por eso me parece interesante escribir algo sobre este fenómeno «Therian» que no solo podemos juzgar sólo como una extravagancia juvenil o una curiosidad de redes sociales, sino como un síntoma serio de una crisis más profunda.

Desde la fe, los bautizados comprendemos que el ser humano es imagen y semejanza de Dios, poseedor de una dignidad única que no puede ser moldeada por el deseo. La tendencia de los Therians es una expresión del vacío espiritual que el mundo de hoy vive al expulsar a Dios del ambiente diario y sobre todo del corazón, situación que provoca que el hombre pierda su propósito y busque refugio en el instinto o en la naturaleza. Tratando de conocer un poco más esta cuestión, podemos ir a diversos artículos de distintos autores recordando algunos principios de antropología que son básicos en la vida de todo creyente. 

Este fenómeno de identidad y por ende de comportamiento, no expresa una exaltación de la naturaleza, ni un amor sano por el mundo animal. Expresa, más bien, una renuncia a la identidad humana. Se han hecho virales situaciones en torno a este fenómeno y de un momento a otro se hizo tendencia como una subcultura y más que eso, pues está pasando a ser una moda, es decir, no algo porque pasa efímeramente, sino que llega para quedarse largo tiempo. 

No podemos olvidar que, como cristianos, estamos llamados a vivir como hijos de Dios reconciliados con su naturaleza biológica descubriendo desde pequeños la belleza de ser humanos y recordando que el diseño divino es la verdadera fuente de libertad. Pero, ¿qué revela realmente el fenómeno Therian?

Detrás de esta postura suele haber un cansancio de la responsabilidad que implica ser persona, grandes dificultades para integrar el propio cuerpo, la propia historia y los propios límites, una grave confusión entre lo que siento y lo que soy y una cultura que ha dejado de ofrecer referencias claras sobre la dignidad humana.

No se trata, entonces, de una conquista de libertad. se trata más bien de una huida. No podemos hablar de una afirmación del yo, sino más bien de una disolución del yo. La raíz de este problema está en la pérdida del «quién soy». Durante siglos, el ser humano entendió que su identidad era algo recibido, que debía ser acogido, cuidado y madurado. Hoy se impone la idea de que la identidad debe cambiarse, inventarse sin sujetarse a límites, incluso contra la propia naturaleza. Cuando esto ocurre la verdad deja de ser un punto de apoyo, el cuerpo deja de tener significado, y la identidad se vuelve frágil, inestable y cambiante.

El fenómeno Therian es una expresión extrema de esta lógica: si no hay una verdad sobre el ser humano, entonces cualquier auto-percepción puede reclamar el lugar de identidad. La segunda ley de la termodinámica afirma que todo sistema cerrado tiende al desorden si no recibe energía desde fuera. Esta ley, entendida como analogía, ayuda a comprender lo que sucede hoy en el plano humano y espiritual.

Cuando una persona se cierra a la verdad, a la realidad del cuerpo que Dios le ha dado, a la razón y a la trascendencia, entonces comienza un proceso de entropía espiritual: desorden interior, fragmentación de la identidad, confusión del deseo y pérdida del sentido de la propia dignidad. A la luz de esto podemos afirmar que este fenómeno es, ante todo, un intento desesperado de reorganizar una identidad que ya se ha desestructurado por dentro. La degradación no empieza en lo extraño, sino en lo cotidiano. Nadie llega de golpe a negar su humanidad. Antes suceden pasos silenciosos: se relativiza la verdad, se niega el valor del cuerpo, se elimina el sentido del límite y se pierde la pregunta por el sentido último. Lo que hoy aparece como algo llamativo o chocante es, en realidad, el último eslabón de un proceso largo de empobrecimiento interior. 

Frente a estas corrientes, nuestra fe cristiana no ridiculiza ni desprecia, pero sí discierne y corrige. Y lo hace afirmando algo profundamente liberador: el ser humano no está llamado a rebajarse, sino a plenificarse como hijo de Dios. El creyente proclama que la persona humana posee una dignidad única, el cuerpo tiene un sentido y un lenguaje, la identidad no se improvisa, se descubre y se madura y el corazón humano, hecho para la trascendencia, necesita abrirse a Dios para no desordenarse por dentro. Cristo no vino a decirnos: «sé lo que tú quieras» sino: «sé lo que estás llamado a ser». Eso no oprime; ordena. No confunde; ilumina. No degrada; eleva.

El fenómeno Therian no es motivo de burla, sino de discernimiento y compasión pastoral. Revela una humanidad cansada, desorientada y herida, que al cerrarse a la verdad y a la trascendencia entra en entropía y comienza a deshacerse desde dentro. Nuestra misión como Iglesia es totalmente clara: anunciar con verdad y misericordia que la verdadera libertad no consiste en dejar de ser humano, sino en llegar a serlo plenamente.

Padre Alfredo.