jueves, 23 de julio de 2026

«Los que viven sin ver ni escuchar a Jesús»... UN PEQUEÑO PENSAMIENTO PARA HOY







El Evangelio de hoy (Mateo 13,10-17) seguramente centra la atención de mis 16 lectores en unas palabras desconcertantes que salen de la boca de Jesús: «al que tiene se le dará más y nadará en la abundancia; pero el que tiene poco, aún es poco, se le quitará». Son palabras que se refieren al aumento o disminución de la capacidad para entender el mensaje de Cristo. Unos, como discípulos–misioneros, comprenderán y se alegrarán con esa luz, Jesús los llama «dichosos», porque sus ojos sí ven y sus oídos sí oyen, demostrando un corazón dócil y abierto. Pero los que se endurecen voluntariamente quedarán más confundidos. 

La cuestión para Jesús es sencilla. Él nos pide docilidad, sencillez de corazón, apertura para poder acoger sus palabras y ponerlas en práctica. Aunque es posible que no nos sintamos capacitados para ello o que simplemente hayamos endurecido el corazón. La época actual ha endurecido el corazón de muchos debido a una combinación de factores psicológicos, sociales y tecnológicos que ofuscan la fe. Debido a eso mucha gente no sabe enfocar el dolor, las frustraciones o la soledad. El Señor, en este pasaje, nos dice que la gente oye pero no entiende y mira pero no ve, aclarando con palabras fuertes que no se trata de una incapacidad mental, sino de una decisión del corazón de no querer recibir el mensaje porque mantener el corazón duro evita tener que cambiar de vida o confrontar los propios errores.

La palabra original en griego, que califica ese corazón, sugiere un corazón que se ha vuelto grueso, insensible o «calloso». La familiaridad con las cosas sagradas que muchos católicos viven sin una fe real y profunda adormece la conciencia. La falta de hambre espiritual cierra la puerta a una revelación más profunda del amor de Dios y se queda solamente en cumplir... ¡como uno que cumple una orden, pero sin escuchar con atención lo que se le pide!  Por eso, en nuestra oración, debemos pedir a Dios confiadamente: «Señor, ayúdame, abre mi corazón, haz que vea, haz que oiga para que comprenda lo que quieres decirme». Que María nos ayude a unir nuestro corazón al de Jesús en todos los momentos de nuestra vida, viéndolo y escuchándolo en medio del vaivén del turbulento mundo de hoy. ¡Bendecido jueves sacerdotal y eucarístico!

Padre Alfredo.

MISA EN LA INSIGNE Y NACIONAL BASÍLICA DE GUADALUPE EN EL 45 ANIVERSARIO DEL REGRESO A LA CASA PETERNA DE LA BEATA MARÍA INÉS TERESA DEL SANTÍSIMO SACRAMENTO

miércoles, 22 de julio de 2026

«A la urgencia de la misión como Magdalena, 45 años del retorno a la Casa del Padre»... Un pequeño pensamiento para hoy

Este miércoles la vivencia de nuestra fe nos regala una coincidencia providencial. Mientras la Iglesia entera celebra la fiesta de Santa María Magdalena, en la Familia Inesiana contemplamos con profunda gratitud el 45º aniversario del tránsito al cielo de la Beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento y el pasaje de Juan 20,1-2.11-18 que leemos en la misa de hoy, entrelaza de forma perfecta la vida de estas dos grandes mujeres. Ambas experimentaron un paso radical: de las lágrimas del sepulcro a la urgencia de la misión. Al celebrar a Santa María Magdalena y el legado de la Beata María Inés Teresa, el Señor nos invita a vivir un encuentro transformador con Cristo resucitado que nos impulse a compartir la alegría de la fe en n uestra condición de discípulos–misioneros. Como la Magdalena y la Beata María Inés, estamos llamados a superar nuestros miedos y convertir el dolor en una misión apasionada de evangelización, llevando la luz de la esperanza a todo el mundo.

El Evangelio nos muestra a María Magdalena llorando junto al sepulcro vacío. Su dolor es inmenso porque piensa que le han quitado a su Señor. Muchas veces la vida de la Beata María Inés también estuvo rodeada de noches oscuras, enfermedades y las lógicas dificultades de fundar una obra misionera de gran calibre. El llanto de la Magdalena cesa cuando escucha una sola palabra de los labios de Jesús: «¡María!». Al ser llamada por su nombre, reconoce al Maestro. De igual manera, la Beata María Inés experimentó un encuentro vivo con el Resucitado que transformó su existencia. Por otra parte Jesús le dice a la Magdalena una frase que es desconcertante: «¡No me retengas!» Es que el encuentro con Cristo no es un privilegio para guardarlo de forma egoísta, sino un fuego que exige ser compartido. Esta misma dinámica marcó los 45 años del legado de la Madre Inés. Aunque inició su vida religiosa como Clarisa en el claustro contemplativo, el fuego del Resucitado no le permitió quedarse allí. Escuchó el llamado a edificar una familia misionera y comprendió que contemplación y acción van de la mano. Su amor al Rsucitado presente en la Eucaristía la impulsó a «retener» únicamente el amor de Dios para luego dispersarlo por el mundo entero, enviando evangelizadores a donde Cristo no era conocido.

El Evangelio nos dice que María Magdalena corrió a decirle a los discípulos la frase que cambió la historiade la humanidad: «¡He visto al Señor!». Por esto, la Iglesia la aclama como la Apóstol de los Apóstoles. Podemos afirmar, con certeza, que Madre María Inés Teresa fue, en nuestro tiempo, una verdadera sucesora de ese espíritu de la Magdalena. Su vida entera clamó: «¡He visto al Señor y urge que él reine!» Su carisma misionero y su sonrisa constante —que los testigos describían como el reflejo de la Pascua— fueron el anuncio vivo de que la muerte ha sido vencida. Su promesa solemne a la Virgen de Guadalupe de «hacerla amar por el mundo entero» nació de esa misma certeza pascual. Al igual que Santa María Magdalena y la Beata María Inés, dejémonos transformar por la voz de Jesús que a nosotros también nos llama por nuestro nombre. Salgamos de nuestros propios sepulcros de miedo, tibieza o tristeza, y corramos a anunciar con nuestra vida la alegría de la Resurrección. Que junto a la Virgen, a María Magdalena y la Beata María Inés Teresa alcancemos el ser, por la gracia del Resucitado, misioneros incansables de la bondad y el amor de Dios. ¡Bendecido miércoles!

Padre Alfredo.

martes, 21 de julio de 2026

«Olivia Trejo Solorio, una vida de entrega con convicción»... VIDAS CONSAGRADAS QUE DEJAN LA HUELLA DE CRISTO XCIII


Toda persona consagrada está llamada a anticipar la victoria de Dios sobre la muerte ya en los días de su existencia terrena, pues, animada por la gracia del Espíritu, vive aquí abajo anticipando lo que
será la vida futura. 

La vida religiosa es la concreción del deseo de estar con Cristo en una unión que se prepara en este mundo y llega a su plenitud en el cielo. Así fue la vida en este mundo de la hermana Olivia Trejo Solorio, una mujer de una búsqueda constante de la voluntad de Dios entre los vaivenes que toda existencia terrena puede tener.

Olivia Trejo Solorio nació el 19 de julio de 1946 en Celaya, Guanajuato, un lugar pintoresco del centro de México mundialmente famoso por su tradicional cajeta artesanal elaborada con leche de cabra, ganándose el título de la «Capital de la Cajeta"» o la «Ciudad más dulce del mundo». Allí mismo fue bautizada el 15 de agosto de aquel mismo año. Siendo todavía muy pequeña, su familia emigró a los Estados Unidos instalándose en California, en donde recibió la educación elemental.

Fue en esas tierras californianas en donde Olivia escuchó la voz del Señor y respondió a su llamado ingresando a la congregación de las Misioneras Clarisas del Santísimo Sacramento el 27 de diciembre de 1964 iniciando su formación como postulante. La Beata María Inés Teresa había fundado en Los Ángeles una guardería que hasta la fecha da un gran servicio a los hijos pequeños de inmigrantes de varias naciones y cuyos recursos económicos son limitados. Allí los pequeños van aprendiendo a convivir siguiendo los protocolos que una sociedad, formada por múltiples culturas, ha de seguir. Los niños aprenden, además, sus primeras palabras en inglés.

El 8 de diciembre de 1965, esta hermana, que se distinguió desde joven, entre otras cosas, por su refinada educación, dio un paso más convencida de que Dios le llamaba a conocer más a fondo la vida consagrada en el estilo trazado por la Beata María Inés Teresa iniciando su noviciado para hacer su primera profesión religiosa como religiosa Misionera Clarisa dos años después, el 8 de diciembre de 1967 y luego consagrarse definitivamente el 8 de septiembre de 1974.

Sus primeros años como religiosa los vivió allí esa región de Estados Unidos donde estudió enfermería,. En 1977 fue enviada a la región de México en donde se especializó en Espiritualidad. En 1980 regresó a California y continuó estudiando para obtener el diploma de Bachelor in Arts y su acreditación como maestra.

Allá mismo hizo estudios especializados para enseñar a adultos con problemas de aprendizaje. Siendo, en aquellos tiempos, una de las primeras hermanas en alcanzar ese grado de preparación.

Siempre inquieta por ir buscando cumplir la voluntad de Dios, hizo un alto en su vida como Misionera Clarisa, experimentando en 1987, un año especial de discernimiento para ver si podía incorporarse al Instituto de Notre Dame,  una congregación religiosa dedicada en exclusiva a la educación, haciendo una experiencia de vida en esa congregación para regresar, convencida de su vocación de Misionera Clarisa al año siguiente viviendo en plenitud su carisma y entregándose con los dones que Dios le concedió.

Así vivió por muchos años hasta que en Roma, el Señor la vio madura para celebrar las Bodas del Cordero.

Que el Señor le haya regalado a la hermana Olivia el gozo de contemplar su rostro en la eternidad.

Padre Alfredo.


«La familia de Jesús, una familia que trasciende los lazos de sangre»... UN PEQUEÑO PENSAMIENTO PARA HOY

En el evangelio de hoy (Mt 12,46-50) nos topamos con unas preguntas retóricas de Jesús: «¿Quién es mi madre?» «¿Quiénes son mis hermanos?» Son dos preguntas que lejos de suponer un cierto menosprecio a su familia y, sobre todo a su Madre, quieren significar —en relación con la primera lectura (Miq 7,14-15.18-20)—, que solamente la fe y el emor constituyen la verdadera familia de , la familia que trasciende los lazos de sangre y, que, por ende, debe ser también la base de la fraternidad humana deseada por Dios.

El mejor ejemplo de esto es precisamente María, la siempre fiel, la mujer que dio un «Sí» incondicional a un Dios que le pedía no ya una fe inquebrantable, sino su propia vida y la vida de su pueblo, Israel. Con ella y en Ella, como Madre que escucha la Palabra y la pone en práctica, Dios se hace presente entre nosotros de una manera nueva, increíble diría yo. El Dios Siempre fiel se hace uno de nosotros y nace así una nueva familia, un nuevo pueblo «que hace la voluntad del Padre»

Jesús, con la respuesta que da a estas preguntas que hace alguien de quien no sabemos nada, nos invita a formar parte de la verdadera familia de los hijos de Dios, la Iglesia, que construye el Reino desde una fraternidad inquebrantable que nace de la fe y del amor y va más allá de los lazos de sangre. Ciertamente es un exigente compromiso en el que no bastan solo nuestras fuerzas, pero también una consoladora esperanza y una unidad que hemos de vivir con un tinte familiar con María. ¡Bendecido martes!

Padre Alfredo.

«Theresia Sri Mudjiati, una mujer consagrada que supo cosechar»... VIDAS CONSAGRADAS QUE DEJAN LA HUELLA DE CRISTO XCII

En la Lira del Corazón, hace muchos años, la Beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento escribió: «Mi tarea penosa, la de sembrar en el dolor, llena de lágrimas ya terminó, ahora me toca segar contigo en la alegría, y llena de júbilo santo poseerte eternamente...»

El camino de la vida consagrada, suele presentarse como un campo de cultivo exigente. El esfuerzo se realiza con lágrimas en los ojos. La vida de seguimiento de Cristo está llena de alegría que fortalece al alma para sembrar la Palabra de Dios en los campos del mundo, pero la tarea implica también sacrificios, pérdidas y el dolor que todos, en algún momento, debemos transitar. La tarea muchas veces es penosa, por las dificultades que se van presentando, pero ciertamente que ninguna cosecha nace sin antes haber enterrado una semilla en la oscuridad del suelo.

El 3 de febrero de 2016, hace ya 20 años, fue llamada a la Casa del Padre, en Indonesia, la hermana Misionera Clarisa Theresia Sri Mudjiati. Theresia dejó este mundo en la casa de Ngawi en este país en donde la Iglesia católica local cuenta con una fuerte labor de la Familia Inesiana. La sede en Ngawi funge como el noviciado oficial de las Misioneras Clarisas en Indonesia. Allí, además de encontrarse el espacio dedicado a la formación espiritual y académica de las jóvenes indonesias que aspiran a consagrar su vida al carisma inesiano, hay una ardua labor misionera de las hermanas que, fieles al legado de su fundadora, brindan asistencia social y acompañamiento espiritual en las comunidades de la región.

El Señor bendijo a la hermana Theresia con la cruz de una larga y penosa enfermedad, pues durante más de dos años, los últimos de su vida, sufrió las consecuencias de una embolia cerebral. Esta enfermedad la llevó con serenidad y paz, preparándose cada día al encuentro del Esposo convencida, como toda alma consagrada a Dios, que el dolor nunca tiene la última palabra. Nada es en vano. La enfermedad en el consagrado y en general en todo bautizado, es el agua que prepara la tierra para un fruto extraordinario. La promesa final es la transformación radical del sufrimiento en gozo. 

En la Familia Inesiana recordamos cómo nuestras hermanas de la Región de Indonesia, con fraternal solicitud estuvieron en todo momento al pendiente de ella, sobre todo en estos últimos días de su agonía y en esos momentos en que iba ya a recibir el premio de los que en esta vida han dejado todo para seguir a Cristo Esposo.

Llegar al momento de la cosecha junto a lo divino, implica, en toda comunidad religiosa, que el dolor, el cansancio, la enfermedad, se disipa para dar paso a una alegría que no es pasajera, sino profunda y permanente. Al final de la vida, luego de un largo periodo de sufrimiento, el júbilo santo viene a recordarnos que el propósito de haber sostenido la marcha en los días oscuros era alcanzar una comunión eterna en el descanso definitivo al estilo de Dios, que no es quietismo infecundo sin más, sino intercesión por quienes siguen en la tierra gracias a la comunión de los santos. La muerte fue, para la hermana Theresia, el abrazo que reparó cada herida causada por la enfermedad y la certeza de que todo lo sembrado en el dolor florece para siempre en un amor que ya nada puede marchitar.

Que María Santísima, Madre del Verdadero Dios por quien se vive, nos alcance a todos el don de la perseverancia en la fe y en la vocación.

Padre Alfredo.

«La gente buena y santa en nuestro camino»... Un pequeño pensamiento para hoy

No hay duda alguna de que Dios quiere de nosotros un corazón humilde, un corazón agradecido y tierno; equitativo, misericordioso y compasivo; un corazón equilibrado, sacrificado, atento a las enseñanzas, precavido para no desviarse del camino. Para no salirnos del sendero, el Señor, en su infinita misericordia, nos pone junto a personas buenas y santas para guiarnos y cuidarnos en la vida. Estos compañeros de camino nos inspiran a hacer el bien y a mantenernos firmes en la fe. En mi caminar por la vida, el Señor ha puesto mucha gente de esta clase: mis padres, Lalo mi hermano,  las tías Celina (†) y Angélica, la madre Juanita, la Beata María Inés, la madre Teresa Botello (†), el señor arzobispo Rafael Bello (†), San Juan Pablo II, el beato Eduardo Pironio, mis padrinos los monseñores Juan Esquerda y Juan José Hinojosa (†) y mucha gente más que he dejado huella, pero hoy quiero hablar de uno de mis amigos del alma que, con una sutileza increíble y un humor extraordinario, a sus casi 90 años, rejuvenece mi espíritu en un instante y lo eleva al gozo de sentirme amado y llamado por Dios a vivir plenamente mi vocación sacerdotal–religiosa–misionera. Me refiero al padre Abundio.

Abundio calca perfectamente en su ser y quehacer lo que Miqueas nos deja en herencia en la primera lectura de hoy (Miq 6,1-4.6-8) Este profeta, según podemos ver en este trozo de la Escritura, es un maestro por antonomasia, que, con pocas palabras y con el mejor modo de hacerse entender, nos enseña mucho. En primer lugar nos enseña que es de Dios de donde procede siempre y solamente el bien; luego nos muestra que es Dios mismo quien ha devuelto la libertad de hijos a todos y que espera siempre una respuesta, no para engrandecerle a él, sino para perfeccionarnos nosotros y ser lo que debemos ser porque libremente elegimos seguirle. Finalmente nos recuerda que la repuesta que nos pone con alegría ante él, esta forjada de humildad reconociendo a nuestro excelso Señor como quien da sentido a lo que somos y hacemos. ¡Cuánto aprendo del padre Abundio con solo mirarlo, con sentir su cariño de padre y de hermano, con sus consejos y con su testimonio de una vida cargada de años —con los achaques correspondientes— y marcada por una portentosa fidelidad y perseverancia!

¿Haz pensado en las personas buenas y santas que Dios ha puesto en tu vida comenzando con nuestras familias, ya sean biológicas o no? Podemos guardar recuerdos maravillosos, conmovedores e inolvidables de familiares y amigos que, en diversas circunstancias de la vida nos han acercado o regresado a Dios. Hay recuerdos que quizá desearíamos olvidarlos sin importar a qué categoría pertenezcan, pero los que vienen de gente de bien, representan la mano activa o de Dios en nuestras vidas. Desde que llegamos a este mundo, como peregrinos que vamos de paso, recibimos bendiciones y más bendiciones de estas personas que Dios pone en nuestro camino. Sus vidas nos inspiran, nos enseñan a perseverar y nos muestran caminos concretos de santidad. A través ellos Dios nos concede ayuda, consuelo y fuerza para seguir su voluntad. No olvidemos que junto a ellos nos acompaña María, los santos, la Iglesia por la comunión de los santos. ¡Bendecido lunes!

Padre Alfredo.