domingo, 27 de septiembre de 2026

«LO VERDADERAMENTE IMPORTANTE»... Un pequeño pensamiento para hoy


Todos conocemos —por lo menos en México— este dicho tan repetido que va muy bien al filo del evangelio: «obras son amores y no buenas razones». Desde una perspectiva cristiana, este refrán popular adquiere su máximo significado al expresar que la fe auténtica y el verdadero amor a Dios y al prójimo se demuestran a través de acciones concretas y no mediante discursos, intenciones o justificaciones vacías. Este dicho, profundamente arraigado en la espiritualidad católica por santas como Santa Teresa de Jesús, refleja a la perfección la exigencia evangélica de coherencia entre lo que se profesa y lo que se vive. Y es que la verdadera fe, hoy y siempre, según nos recuerda el evangelio, la viven aquellas personas que saben traducir el evangelio en las obras cada día.

Pero el problema está en si el evangelio que hemos recibido de Jesús responde a nuestro compromiso o se queda solo en las palabras bonitas y profundas que no hablan de una tarea o de un compromiso. Porque puede suceder como lo que pasa con el hijo mayor de la parábola (Mt 28,21-32) que seguramente le ha de haber respondido a su padre con mucha cordialidad para asegurarle que iría a trabajar a la viña y finalmente no fue. Jesús no nos comparte esas parábolas para que le admiremos, sino para que les saquemos jugo y que no seamos como el primero de los hermanos de la parábola de hoy o como el hermano mayor del hijo pródigo… Gente que parece que hace bien y que no quiebra un plato pero que solo vive en la superficie del cumplimiento: ¡cumplo y miento!

En definitiva, el Maestro nos está advirtiendo que lo verdaderamente importante son las obras y no las buenas palabras que se quedan en intenciones que no se cumplen. Ya lo había dicho en otras ocasiones: «No todo el que dice ¡Señor, Señor! entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre» (Mt 7,21). Es un consuelo saber que nuestra salvación depende en gran parte de nosotros mismos; de nuestro compromiso. Es a nosotros a quien Cristo nos invita a que vayamos a trabajar a su viña, a que nos esforcemos por conquistar el Reino.  Nuestra respuesta puede ser muy diversa, como las de los dos hijos de la parábola, pero debemos esforzarnos por responder con una conducta de hechos y no solo de buenas palabras. Que la Virgen nos ampare y nos cuide para vivir siempre en la verdad y no quedarse navegando en mentiras y promesas que nunca se cumplen. ¡Bendecido domingo!

Padre Alfredo.

sábado, 26 de septiembre de 2026

«En manos de los hombres»... Un pequeño pensamiento para hoy


El relato del evangelio de este viernes es muy corto (Lc 9,43b-45) y presenta un contraste muy especial. Por una parte, el evangelista nos habla de la admiración general por todo lo que hacía Jesús, por sus milagros, por sus palabras llenas de bondad que revelaban el amor infinito del Padre. Pero por parte nos presenta el fuerte anuncio de Jesús que expresa con un trágico realismo: ¡Lo van a entregar en manos de los hombres! De alguna manera san Lucas, con esta forma de narrar retrata la realidad de nuestro mundo, el mundo de los seres humanos que es así: la justicia y la bondad no siempre son reconocidas, ni mucho menos. Incluso son perseguidas.

Yo creo que todos hemos escuchado o hemos sido víctimas de la envidia o nos hemos dado cuenta de que algunas veces la bondad y la justicia constituyen un obstáculo para los intereses de personas que van por otros caminos. El Hijo de Dios va a chocar contra el muro del mal, como han chocado tantas veces las personas buenas. Y el Hijo de Dios se niega a distanciarse de estas personas buenas que sufren precisamente por su bondad.

Y no es que con estas palabras el proyecto de Jesús sea presentado por él mismo como una carrera hacia el suicidio. Jesús cuenta con la fuerza y el amor de Dios, que le harán triunfar del odio y la muerte. Pro los discípulos, ofuscados por el miedo no entendían todavía ese lenguaje. ¿Lo entendemos en su totalidad nosotros? ¿Captamos que hemos de seguir los mismos criterios de Cristo aunque seamos entregados a los hombres? Pidamos la intercesión de María para que, como ella, que guardaba en el corazón lo que no entendía inicialmente, para luego rumiarlo y dar el paso, sepamos entender los proyectos de su Hijo Jesús. ¡Bendecido viernes!

Padre Alfredo.

viernes, 25 de septiembre de 2026

«¿QUIÉN ES JESÚS PARA TI?... Un pequeño pensamiento para hoy


Hoy el evangelio (Lc 9,18-22) nos nos hace una pregunta muy personal: ¿quién es Jesús para ti? En el relato de este viernes san Lucas narra que Jesús se había retirado a orar a solas. Él sabe que la gente habla de él, de lo que es y de lo que hace. Hay expectación a su alrededor e incluso entusiasmo por parte de algunos. Sabe que lo que los discípulos y los que le siguen un poco más lejos opinan sobre él pero no concuerda mucho con lo que Jesús sabe de sí mismo y de su Misión. Por eso se nota como un clima general de tensión.

Ante esta situación, Jesús expresa con claridad lo que le preocupa. Quiere que sus discípulos se definan, que tomen una opción y dejen de engañarse con falsas expectativas por cosas que escuchan de allá y de acá. Cuando Pedro responde en nombre de todos, Cristo les ordena guardar un silencio sepulcral y corrige con firmeza la idea que tienen de él. Porque detrás de la confesión de Pedro se esconde todavía la imagen de un Mesías poderoso, guerrero y triunfal. Y esa imagen, definitivamente, no coincide con la manera en que Jesús entiende y lleva adelante su misión.

El anuncio de la pasión es precisamente la corrección a la idea de Mesías que tienen los discípulos y el pueblo en general. Para Jesús el modelo de persona según los planes de Dios para llevar adelante su obra liberadora va a tener que pasar y asumir el fracaso. Pues los poderosos y mucha gente se pondrán en contra. Y no solo se pondrán en contra, sino que incluso le perseguirán hasta darle muerte. Pero este fracaso no será definitivo, sino que será el camino hacia la resurrección, hacia la verdadera liberación y vida. De esta manera Jesús nos recuerda hoy que el Reino no se crea si no asumimos nuestro compromiso de seguirle sabiendo quién es y a qué nos llama. María sí que comprendió muy bien y ella nos puede ayudar. ¡Bendecido viernes!

Padre Alfredo.

jueves, 24 de septiembre de 2026

«¿Por qué allá sí?... UN PEQUEÑO PENSAMIENTO PARA HOY


Desde que era pequeño, gracias a mis padres, fui entendiendo, al igual que Lalo mi hermano, que la felicidad no se encuentra en las cosas más codiciadas por la humanidad, como es el poder, el placer, las riquezas, los honores, etc. Hoy que veo el texto de la primera lectura (Eclesiastés 1,2-11) me doy cuenta de que hace casi tres mil años después de que se escribiera este texto, el corazón del hombre es el mismo, la esencia humana no ha cambiado, están las mismas luchas, los mismos pecados, los mismos errores, las mismas búsquedas… han cambiado las formas, pero no el fondo. A pesar del paso del tiempo, el Qohelet expresa algunos de los sentimientos más comunes de la sociedad actual: el desencanto, aburrimiento, rutina, insatisfacción, desesperanza… Mucha gente vive así, en la insatisfacción, e incluso en una triste monotonía. Tantas veces vemos cómo nada puede «satisfacer» totalmente al ser humano. Nuestro corazón está hecho para Dios y sólo el encuentro con Él, como decía San Agustín, puede llenar el vacío del corazón: «nuestro corazón estará siempre inquieto hasta que no descanse en Dios».

Ahora que el Señor me permitió pasar poco más de un mes en Indonesia, quedé maravillado de ver cómo estamos viviendo en América, acelerados, peleando, insultando —basta ver los pleitos al conducir— y cómo viven en el lejano Oriente. Yakarta tiene un tráfico como 10 veces peor que Monterrey. ¡Imaginen más de 100 motocicletas seguidas por un buen número de carros esperando que cambie el semáforo y ver cómo sin pelear, sin insultarse, sin meterse a la fuerza, todos avanzan! Las pocas veces que salí a la calle y veía esto pensaba: ¿para qué nos afanamos tanto y andamos en tantas preocupaciones por la vida y, tantas veces, víctimas del estrés en América? ¿vale la pena? Esto se completó al llegar al aeropuerto Haneda de Tokio, en donde multitudes caminaban en silencio —nadie usando el teléfono o hablando en voz alta— y en medio de un orden impresionante. Lo que más me impacta es que se trata allá de un mundo en donde los musulmanes —en Indonesia— y los budistas y sintoístas —en Japón— son la mayoría y los cristianos una minoría casi insignificante.

El evangelio de hoy (Lucas 9,7-9) cuenta que Herodes sólo quería conocer a Jesús por curiosidad, quería espectáculo y circo, incluso quería presenciar algún milagro. Eso me hace pensar en tantos Herodes disfrazados de cristianos —católicos y protestantes— que no buscan tener un encuentro con Jesucristo, porque tener un encuentro con Cristo es algo muy profundo y comprometedor que transforma la vida y la manera de ser y actuar, es estar dispuesto a que Cristo entre en tu corazón y te cambie la vida. Quizás sea este un buen momento para preguntarnos si realmente hemos dejado entrar los criterios de Cristo, que van más allá de los de Mahoma o Buda en nuestros corazones de «creyentes», aun sabiendo que este encuentro puede poner nuestras vidas patas arriba para darnos una vida nueva y un corazón nuevo que sepa amar, esperar, acompañar, escuchar, tolerar... En la sociedad regiomontana y en muchas más de América, hay curiosidad, hay algunos que buscan lo milagrero y otros para los que Jesucristo ni existe o tiene un mensaje caduco. Pero, no lo puedo negar, aunque sea un número más reducido, como decía Benedicto XVI, hay también muchas personas que «desean ver a Jesús», aunque no se den cuenta a quién están buscando de verdad. Nosotros, los discípulos¬-misioneros de Cristo debemos dar testimonio con nuestra vida de que Cristo es la respuesta a todas nuestras búsquedas. Que la Virgen de la Merced, a quien hoy celebramos, nos ayude. ¡Bendecido jueves sacerdotal y eucarístico!

Padre Alfredo.

miércoles, 23 de septiembre de 2026

El Señor nos sigue convocando y enviando... UN PEQUEÑO PENSAMIENTO PARA HOY


Hoy regresé a la «Sultana del Norte» luego de haber salido desde el 7 de agosto. Llegué luego de 30 horas de camino en un vuelo de Yakarta (Indonesia) que tuvo dos cambios de avión, uno en Tokio (en el aeropuerto de Haneda en Japón) y otro en Houston. Yo no sufro del «Jet lag» porque me dicen que tengo un marcapasos circadiano sumamente sólido y rígido. Algunos psicólogos y psiquiatras me han explicado que mi cuerpo sabe exactamente cuándo resetearse y que no importa en qué parte del mundo esté, mi alarma biológica interna está tan bien consolidada que no se desestabiliza fácilmente con los cambios de luz externos. Me dicen que es un rasgo genético poco común pero muy eficiente. El caso es que llegué a mediodía a comer a casa de mi madre; a las 6 de la tarde celebré misa con ella como suelo hacerlos los miércoles porque es mi Day Off y nos fuimos luego a cenar.

Como si fuera de adrede, celebrando hoy a san Pío de Pietrelcina, me encuentro frente a un evangelio en el que Jesús «envía» a los discípulos (Lc 9,1-6) y en él me doy cuenta de que lo primero que el Señor nos pide tener en cuenta para seguirlo y ser enviados es poner nuestra confianza en el Padre de las Misericordias que es el que acompaña y sostiene nuestra misión. Jesús pide a los suyos una pobreza tal que no es un mero despojo exterior, sino la condición para una auténtica libertad interior. No llevar nada significa no poner la confianza en las propias seguridades, medios o apoyos humanos, sino depender únicamente de la fuerza de la Palabra y de la providencia del Padre. La libertad del misionero nace de esta desnudez: quien nada posee ni a nada se apega, nada tiene que perder y queda enteramente disponible para el servicio del Reino. 

Lo segundo que veo es la necesidad de sanar lo herido del corazón humano desde el envío que anuncia la dinámica del Reino. Cuando Cristo nos llama a dejarlo todo y no depender de nada para entrarle de lleno a la tarea misionera, nos lleva a poner nuestra mirada, nuestra palabra y nuestra vida en las personas, porque es entonces cuando comprendemos que la misión nace del kerygma, de la gracia divina y de la cercanía. Pero ciertamente Jesús nos pide que respetemos los tiempos de cada uno. Tal vez por eso hace referencia al gesto de «sacudirse el polvo de los pies» (v. 5) como respuesta a la incomprensión o el rechazo, continuando la marcha sin perder la paz. Mi regreso de la misión en Indonesia me recuerda que el Señor nos sigue convocando y enviando a ponernos en marcha, sin miedo a nuestras debilidades, libres para estar, escuchar, abrazar, curar y comunicar la alegría del Evangelio. Que María, a quien conocemos como la «Estrella de la Evangelización» nos guie para que nos dejemos enviar con libertad. ¡Bendecido miércoles!

Padre Alfredo.

martes, 22 de septiembre de 2026

«ADIÓS INDONESIA... TERIMA KASHI BAGNA!»... Un pequeño pensamiento para hoy


El Evangelio de hoy (Lucas 8, 19-21) nos pone delante una palabra de Jesús que a primera vista puede desconcertarnos: «Mi madre y mis hermanos son estos: los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen». Es que, si no se conoce el corazón de Cristo, se puede pensar pensar que Jesús está dejando de lado los lazos familiares; pero cuando como discípulos–misioneros suyos nos dejamos mirar por Él, descubrimos algo mucho más grande: Jesús no reduce la familia, la ensancha. Nos abre espacio a todos en su corazón misericordioso. Nos recuerda que la verdadera familia de Dios no se construye solamente por la sangre, sino por el amor concreto, por la escucha sincera de la Palabra y por el deseo de vivirla cada día.

Y qué maravilloso es descubrir que el Evangelio no es una idea lejana ni una palabra muerta: el Evangelio acontece. Acontece cuando dejamos entrar a Jesús en nuestra vida, en nuestras comunidades, en nuestras despedidas y encuentros, en nuestra fragilidad y en nuestra alegría. Sé que eso buscamos como bautizados: dejar entrar a Jesús para que Él nos haga familia, como él quiere y como Madre Inés nos enseñó. En la familia de Jesús nadie sobra, nadie queda fuera, nadie vale menos. Por eso estamos llamados a reconocernos pequeños, necesitados de sentarnos juntos a la mesa de la Palabra y a la mesa de la Eucaristía, donde el Señor nos alimenta, nos reúne y nos vuelve a enviar. En estos días he podido agradecer, con mucha emoción en Indonesia, el gozo de ser Familia Inesiana, familia de Manuelita de Jesús —su nombre de pila— y, sobre todo, familia de Jesús, José y María. He sentido que mi casa es el mundo, y que en cada comunidad a la que llego soy recibido como un hermanito que va de paso, discípulo-misionero, invitado a vivir con pasión el Reino que nos hace hermanos. Terima kashi bagna!

Por eso, al llegar al final de estos días, mi corazón se llena de gratitud. Gracias a mi superior general, el padre Carlos, siempre dispuesto a hacer todo por la misión y a mis demás hermanos misioneros de Cristo; a la hermana Rina, que es la superiora de la región de Indonesia, que comprende 11 misiones en Indonesia y una en Vietnam; a tantas hermanas misioneras clarisas y vanclaristas de esta hermosa región; a las hermanas Silvia y Tere por aguantar al «hermanito molón» en esta experiencia misionera; y gracias a tantos seglares que han servido con generosidad: maestros, doctores, enfermeros, trabajadores, cocineros, choferes y tantos rostros buenos que ya se han robado un pedacito de mi corazón misionero. Hoy me pregunto, y los invito a preguntárselo conmigo: ¿de qué manera mi fe se nota en mi capacidad de reconocerme familia con quienes Dios pone en mi camino? ¿Estoy dispuesto a seguir escuchando la Palabra para ser otro Cristo como Madre Inés quería? ¿Qué puedo hacer desde mi responsabilidad y mi ministerio, para que el Reino no sea solo un deseo bonito, sino una realidad concreta? Y junto con ustedes, en esta última Eucaristía aquí en Yakarta, miramos a María, la primera que escuchó la Palabra y la cumplió. Les invito a decirle: «Dulce Madre, no te alejes…». ¡Bendecido martes!

Padre Alfredo.

lunes, 21 de septiembre de 2026

El valor moral hoy y siempre...


A lo largo de la historia, las sociedades humanas han necesitado normas y brújulas invisibles para orientar sus decisiones. Estas guías no están escritas en leyes físicas, sino en la conciencia colectiva e individual: son los valores morales. Un valor moral es una cualidad o principio que le otorga sentido a nuestros actos, permitiéndonos juzgar si una conducta es buena o mala, justa o injusta. Valores como el respeto, la honestidad, la solidaridad y la responsabilidad funcionan como los cimientos que sostienen las relaciones humanas y la paz social. En una época marcada por el individualismo y los cambios constantes, reflexionar sobre el valor moral no es un ejercicio meramente filosófico, sino una necesidad vital. Nos invita a preguntarnos quiénes somos, cómo nos relacionamos con los demás y qué tipo de legado humano queremos construir en nuestra comunidad.

Llamamos valor a la cualidad que ostenta todo objeto que en sí mismo representa una preferibilidad, una superioridad. Se dice sencillamente que valor es «lo que vale»; pero para que una cosa valga necesita un reconocimiento. Por ejemplo, el oro tiene valor porque toda la humanidad ha reconocido que vale. Diríamos entonces que «valor es lo que vale para el hombre, y vale para lo que tenga significación en su vida». Hablar de valor, entonces, es hablar de dignidad humana. El valor moral es la mediación objetiva de la moralidad. Se integra de dos dimensiones: la realidad ética y la referencia religiosa, que en nuestro caso es hablar de una referencia cristiana.


a) REALIDAD ÉTICA

El valor moral cristiano, en cuanto realidad ética genérica, dice relación a la construcción normativa de lo humano. En la realización ideal de lo humano es donde reside el constitutivo del valor moral. Es decir, el valor moral dice relación a «promover a todos los hombres y a todo el hombre» (PP 14 de S.S. Pablo VI).
El valor moral se da en un proceso histórico y no como una realidad abstracta. Ya decíamos que la moral es una ciencia eminentemente práctica. 

Se da, además, como un dinamismo siempre creciente y no como la repetición de algo previamente dado. «La moral se vive». Yo creo que todos nos hemos hecho estas preguntas: ¿Qué somos? ¿De dónde venimos? ¿Hacia dónde vamos? En todo hombre existe la sensación de vivir, de vivir para algo, y en razón de algo. La idea que cada hombre tiene de lo que es, de su origen, de su destino, lo lleva a buscar una cierta manera de actuar, a un modo de vivir conforme a un valor moral.

El valor moral se presenta como una liberación de cada hombre y de todos los hombres y como un despliegue de humanidad que lleva al mismo hombre al desarrollo de su creatividad y a establecer un compromiso de hacer siempre una nueva humanidad.


b) REFERENCIA RELIGIOSA-CRISTIANA

El constitutivo específico del valor moral cristiano es Cristo, en cuanto que es interiorizado en el vivir de cada creyente. Este cristocentrismo del constitutivo del valor moral cristiano puede ser expresado de diverso modo. De hecho han existido formas diferentes de exponer el horizonte religioso de la ética cristiana. Algunos ejemplos son los siguientes:

La forma como cada hombre ordena los valores en su vida, obedece a su reconocimiento de las dignidades que representan estos valores. A la manera en como el hombre ordena los valores le llamamos «jerarquización»; así, hablamos de la «jerarquización de valores».

La jerarquización de valores, conforme a la moral, no permanece en un plano reflexivo, sino que se manifiesta en forma práctica y concreta. Hay en filosofía una ciencia, a parte de la ética o de la moral en teología, que estudio los valores y se llama axiología. No nos ocuparemos de ella, pero conviene saber que existe. Esta ciencia filosófica se plantea con sentido metódico y proyección abierta, la búsqueda de las esencias y de las variantes de los valores, para conocer, a través de ellas, otro sendero que conduzca a mejorar nuestra concepción de lo humano.

Los valores se van viviendo según la convicción moral de la persona, por eso, quien no tiene y vive una auténtica moral bien cimentado, será casi imposible que tenga una adecuada jerarquización de valores.

° El ejercicio de la caridad.
° La búsqueda del establecimiento del Reino de Dios.
° La imitación de Cristo.
° La realización del Cuerpo Místico de Cristo.
° El seguimiento de Cristo en sus diversas formas.

El valor moral va haciendo que el hombre ordene en su vida una serie de valores que regidos por la moral van marcando su caminar. Que los hombres vivan diversos valores y los consideren en manera diversa no quiere decir que se pierda la universalidad del valor moral, sino que este se realiza en valores concretos que el hombre va realizando en su diario vivir y a los cuales les va dando un cierto precio.

Padre Alfredo.

«¿Dónde me coloco yo en el banquete?... UN PEQUEÑO PENSAMIENTO PARA HOY


Hoy el evangelio nos invita a contemplar lo que Jesús puede hacer en una persona que se decide a seguirlo: Mateo, el hombre cuyo oficio no era nada agradable para sus contemporáneos. Era servidor de Roma, cobrando impuestos para una nación opresora. Mateo desempañaba su oficio en una ciudad donde nuestro Señor iba con frecuencia, Cafarnaún. Como tantos otros, habría oído hablar de Jesús. Lo más sorprendente para él fue ser llamado por aquel Maestro para ser uno de los suyos. Nos lo cuenta él mismo y nos dice que su reacción fue levantarse, seguirlo y luego hacer un banquete y nada más, porque él no hace un relato de lo suyo. El objetivo de su evangelio es destacar la obra de Cristo no su propia vida.

Por eso su biografía y demás detalles carecen de importancia para él. Pero contarnos del banquete, eso sí fue importante. Mateo dice que había gente importante, fariseos y publicanos, y otros que pasaban por pecadores; «chusma» decimos en México para referirnos a mucha gente de todo tipo. La sorpresa de los que se sentían «importantes» debió de ser grande al verse en medio de gente de lo ordinario y algo más. Por eso, seguramente molestos, preguntaron a los discípulos por qué el Maestro se juntaba con gente de todo tipo. Como siempre, Jesús tiene palabras muy claras. Su respuesta debió dejarlos muy sorprendidos. Para ello cita a Oseas: «Misericordia quiero y no sacrificios». Y aquí está lo importante de por qué Mateo nos cuenta que hizo un banquete:

Tener misericordia es parecerse a Dios que tiene un corazón donde todos caben sin distinción de raza, de color, de edades o condición de vida. Su persona no entiende de clasificaciones humanas, pero si hay que hacerlas les recuerda un principio elemental, que el médico está para curar a los enfermos. Los sanos no necesitan de él. Les ha e quedar claro que la tarea principal del Maestro de Nazareth es buscar a los pecadores y sanarlos y todos estamos incluidos en esa condición de necesitados. Cristo ha venido a acoger a todos, especialmente a aquellos que más lo necesitamos. Por eso conviene que al recordar este evangelio cada uno de nosotros nos preguntemos: ¿Dónde me coloco yo en el banquete? ¿Me siento necesitado de Jesús? Me identifico solamente como un invitado o más bien me involucro tanto como María, que en un banquete no solo se sentó a la mesa, sino que atendió a los convidados haciendo que descubrieran quien era Jesús. ¡Bendecido lunes!

Padre Alfredo.

domingo, 20 de septiembre de 2026

«Algunos no tiene la culpa de haber sido encontrados tarde»... Un pequeño pensamiento para hoy

El evangelio de este domingo (Mt 20,1-16) nos ofrece la parábola de los obreros de la viña, una de las más significativas en torno al misterio del Reino de Dios. Es una parábola que nos puede recordar, en su resultado final, la parábola del hijo pródigo, porque en el fondo se quiere hablar de la misma persona: Dios. A él podemos verlo como un padre que espera a su hijo y le ofrece misericordia, o como patrón de una viña que busca obreros durante todo el día. Y aquí aparece lo primero que conviene reflexionar: Dios no se cansa de salir a buscarnos. Él sale temprano, sale al mediodía, sale cuando ya parece tarde, y sale incluso cuando nosotros pensamos que ya no vale la pena. Si la Iglesia fuera una oficina humana, quizá habría un letrero que dijera: «Se reciben discípulos–misioneros de Cristo de 9 a 7; pero como la Iglesia no es el edificio, sino la viña del Señor, parece que el horario es más amplio que el de una panadería por ejemplo, porque la misericordia de Dios no cierra ni por inventario.

La salvación de los hombres no funciona con los criterios de este mundo. ¿Se acuerdan que un día escribí algo sobre la lógica de Dios, que es tan diferente de la nuestra? «Mis caminos no son sus caminos» (Is 55). Todo en esta parábola parece ser desconcertante y a la vez original. La justicia estricta, con sus cargas pesadas y absurdas, queda subordinada a la misericordia o la generosidad. El dueño de la viña es generoso con todos, a nadie le ha pagado mal. No hay rebajas, pero hay caridad. Así funciona el Reino, no el mundo, y así se hace justicia de una forma absolutamente distinta a la de cualquier otra institución. El trabajo «de sol a sol» en aquellos tiempos era de doce horas, que se dividían habitualmente de tres en tres. Supongamos que de 6 de la mañana a 6 de la tarde. Los primeros jornaleros fueron contratados a las 6 de la mañana, y los últimos, a las 5 de la tarde, la undécima hora. Es muy posible que aquellos hombres no merecieran ese jornal desde el punto de vista de la justicia simple o productiva, pero desde la bondad de Dios han recibido gratuitamente lo que necesitaban, porque Dios no llega nunca tarde. 

Así es el Dios de Jesús, así es el Dios de la salvación. Todos los jornaleros pudieron llevar a sus casas el pan de cada día, unos por justicia y otros por generosidad. Pero eso no acontece más que en el que por encima de la justicia helada de los hombres, se mueve en la misericordia de la salvación, del perdón y de la solidaridad. Hay una pequeña fábula que quiero compartir: «Una vez, un sembrador tenía dos sacos de trigo; uno grande, lleno desde temprano, y otro pequeño, casi vacío, que encontró al caer la tarde. Cuando llegó la noche, puso semilla en los dos campos. El vecino le dijo: “¿Por qué gastas semilla en ese terreno que llegó tarde?” Y el sembrador respondió: “Porque la tierra no tiene la culpa de haber sido encontrada al final del día; si recibe semilla, también puede dar fruto”». Tal vez así mira Dios nuestra vida: no sólo contando las horas trabajadas, sino mirando el hambre que traemos, la esperanza que nos queda y el fruto que todavía podemos dar. Y bueno... tal vez tampoco fue justo que los novios de Caná quedaran bien con un vino que no habían comprado —¡saludaron con sombrero ajeno!—, pero bastó la voz de María que serenamente dijera: «Hagan lo que él les diga». ¡Bendecido domingo!

Padre Alfredo.

sábado, 19 de septiembre de 2026

«Aquí se queda un pedazo de mi corazón»... Un pequeño pensamiento para hoy


Aquí en Indonesia la gente siembra mucho. ¡Cómo agradezco a Dios el viaje que hice de Surabaya hasta aquí a Yakarta en tren! Me basta cerrar los ojos para volver a contemplar la hermosura de los arrozales junto con los campos de maíz y de hortalizas. Aquellos extensos campos fueron como una catequesis silenciosa: cada espacio hablaba de manos pacientes, de jornadas humildes, de sudor escondido y de una esperanza que no hace ruido, pero que sostiene la vida. Esos campos me hablaban de esfuerzo, pero sobre todo de confianza en el futuro: se siembra porque se espera; se deposita la semilla en la tierra porque se cree que, a su tiempo, dará fruto.

El evangelio de hoy (Lc 8,4-15) nos recuerda que no toda semilla llega a dar fruto: unas caen en el camino y los pájaros se las comen; otras encuentran piedras que entorpecen su crecimiento; otras quedan sofocadas por las zarzas que les roban la fuerza y la sazón. Allá en El Tigre, en nuestra misión de Michoacán en México, después de sembrar, los campesinos vuelven a sus campos cada mañana a mirar la tierra aparentemente vacía y que precisamente porque no se ve nada, hay que cuidar más la semilla. Así sucede también con la Palabra de Dios: muchas veces trabaja en silencio, escondida en lo profundo del corazón. Y, sin embargo, a pesar de esas pérdidas y esperas, la parábola de hoy nos entrega un mensaje profundamente esperanzador: la semilla dará abundante cosecha cuando sea acogida con fe y alegría por los pobres, los pequeños y los pecadores, por todos aquellos que saben abrir el corazón a la Palabra de Dios.

Ayer, cuando terminé mi última conferencia, me pedían una palabra, no pensé decir más de lo que dije: «aquí se queda un pedazo de mi corazón». Creo que lo que tenía que decir lo he dicho en cada misa y en cada conferencia que he dictado a este último grupo inesiano. Sé que, empezando por mí, hemos acogido la Palabra con humildad, porque conocemos qué clase de tierra somos, cómo la tratamos, cómo la cuidamos y cómo la defendemos. Sembramos un cuerpo humano, un cuerpo terreno, hecho de la tierra que ha querido consagrarse a Dios; y sabemos que la fuerza del Espíritu lo hace fructificar como cuerpo espiritual, hasta llegar a ser imagen de Cristo. Quiero orar y decirle al Señor: Mira nuestra gratitud por estos días y aumenta en nosotros el deseo sincero de acoger la semilla de tu Palabra. Haz que esta simiente sea también sembrada en los surcos de toda la humanidad. Que nuestras vidas proclamen con fidelidad la Palabra divina y el mensaje de Madre Inés, junto con María, para que tengamos siempre un corazón abierto a la palabra de vida y de salvación. ¡Bendecido sábado!

Padre Alfredo.