martes, 25 de septiembre de 2018

«Somos la familia de Dios»... Un pequeño pensamiento para hoy

En este mundo, tan colapsado en tantos sentidos, hay muchos —dirigentes y no— que parecen creer que no tienen amo ni superior, y que pueden actuar «a gusto y a sus anchas», como si no estuviera encima de ellos nadie a quien tuvieran que «rendir cuentas». El libro e los Proverbios nos dice que esto es una ilusión. El que es consciente sabe que ha de rendir cuentas. Si el corazón se pone en manos de Dios, es como agua de riego en sus manos, se deja conducir y dirigir hacia donde Él quiera (Prov 21,1-6.10-13) Para vivir sumergido en Dios y buscar hacer su voluntad hay que ir más allá de las barreras de este mundo —divisiones sociales, políticas, religiosas— y saber que en manos de Dios, todos, reyes y príncipes, pobres y mendigos, hemos de dejarnos conducir por el Señor. De esta manera, como nos recuerda el Evangelio hoy, el que escucha y pone en práctica la palabra de Dios, es madre y hermano de Jesús (Lc 8,19-21). ¡Somos familia de Dios! 

No importa cuán poderoso sea un hombre hoy. Cualquiera de hoy —incluidos los rejegos que dicen «yo no pedí nacer aquí»— pudo haber sido algún faraón de Egipto o a lo mejor el rey de Babilonia. También podía haber sido el César de Roma, o tal vez Alejandro Magno o hasta Napoleón o cualquier otro gran gobernante del futuro, pero nadie reencarna y todos tenemos una misión única e irrepetible que cumplir. Indiferentemente de cuan poderoso se sea o se haya podido ser, nadie puede actuar independientemente de Dios. Y no es el poder o los lazos de la sangre los que proporcionan la comunión con Dios, sino el oír y poner en práctica su palabra, que vivamente es pronunciada por Cristo, «Palabra eterna el Padre». Como bien dice el libro de los Proverbios, «el corazón del rey está en la mano del Señor» (Prov 21,1). Y Dios, con su palabra, va a dirigir cada corazón, así como dirige el curso de un pequeño arroyo que murmura y desciende por la ladera de una montaña. La Iglesia es edificada, a todos los niveles, por la palabra de Dios. Ésta es el alma de la Iglesia, y la Iglesia es su fruto. De la palabra de Dios brota siempre una Iglesia viva que viene a ser familia de Cristo oyendo y guardando esa palabra de Dios en el corazón y poniéndola en práctica en el diario vivir. «La unión de las almas es más sagrada que la de los cuerpos», dice San Ambrosio (Tratado sobre el Evangelio de San Lucas lib. VI,34-38). 

Por esta razón, al decirle a Jesús que su madre y sus hermanos le buscan, Él sabe que nadie mejor que su Madre ha cumplido la Voluntad divina y se ha dejado dirigir hacia donde el Padre Dios ha querido. Ella, a la vez que es reina, Madre de Dios y Madre nuestra, es esclava del Señor, mujer sencilla que oye la palabra de Dios y se pone a su disposición como esclava (Lc 1,38). Fiel discípula que guarda cada palabra que sale de la boca de Dios y la medita en su corazón (Lc 2,19). Misionera que lleva la palabra a Isabel, con un anuncio que la hace tan rica, que desborda en un cántico de alabanza y gratitud que perdurará para siempre (Lc 1,46-55). María es el corazón bueno que nos retrata lo expresado en el libro de los Proverbios: María es el corazón receptivo que abraza la Palabra y lleva su fruto con constancia (Jn 2,5). María es Madre no sólo porque le dio la vida humana, sino también porque oyó y puso en práctica la palabra de Dios. Nosotros pertenecemos a la familia de Jesús según esta nueva visión de la familia que Él amplía poniendo de ejemplo a su Madre: escuchamos la Palabra y hacemos lo posible por ponerla en práctica. Muchos, además, que hemos hecho profesión religiosa o hemos sido ordenados sacerdotes, hemos renunciado de alguna manera a nuestra familia o a formar una propia, para estar más disponibles en favor de esa otra gran comunidad de fe que se congrega en torno a Cristo. Pero todos, sacerdotes, religiosos, solteros o casados, como discípulos–misioneros, buscamos servir a esa «familia extendida» de los creyentes en Jesús, trabajando también para que sea cada vez más amplio el número de los que le conozcan y le amen. Los encomiendo en la casita del Tepeyac, donde Ella, la Madre de Dios y Madre nuestra nos recuerda que si acogemos la palabra del verdadero Dios por quien se vive en el corazón y en el alma, si la contemplamos, si la conservamos, si le dejamos espacio, si intentamos no olvidarla durante el día, si la convertimos en guía de nuestras acciones, su Hijo Jesús nos hará familia y adquiriremos la misma dignidad de Ella, porque lo engendraremos de nuevo para nuestro tiempo. Que la Virgen Morena nos enseñe cómo recibir la Palabra, a darle carne, a hacerla vida. ¡Bendecido martes! 

Padre Alfredo.

lunes, 24 de septiembre de 2018

«¿Por qué equivocamos la dirección de nuestros pasos?»... Un pequeño pensamiento para hoy


Toda «sabiduría humana» deriva, lo sabemos, de la Sabiduría de Dios, puesto que el hombre inteligente, al descubrir una parte de la verdad, participa de alguna manera de la «inteligencia divina». Todos los hombres y mujeres de fe quisiéramos la verdadera sabiduría, para caminar por esta vida sobre seguro, sin equivocar la dirección de nuestros pasos. Tres días, en la Misa diaria, estaremos leyendo unos pasajes del Libro de los Proverbios, hecho de centenares de frases breves, atribuidas a hombres ilustres del Antiguo Testamento que, basándose en la sabiduría divina y la fe en Dios, pero también en el buen sentido y en la experiencia de la vida, nos quieren orientar doctamente en nuestra conducta de cada día. Hoy la liturgia nos invita a reflexionar en unos cuantos versículos del capítulo 3 (Prov 3,27-34) y dan pie a que haga mi pequeña reflexión que será más bien larguita según veo. El libro de «Los proverbios de Salomón», llamado también así porque lo conforman escritos atribuidos, muchos de ellos a este sabio rey, fueron escritos alrededor del 900 a.C. Durante su reinado como rey de Israel, la nación alcanzó su clímax espiritual, política, cultural, y económicamente. Mientras aumentaba la reputación de Israel, también lo hacía la de Salomón. Dignatarios extranjeros de los confines del mundo conocido, viajaban grandes distancias para escuchar hablar al sabio monarca (1 Reyes 4,34). 

Leyendo este libro inspirado, vemos con claridad que el conocimiento humano no es más que la acumulación de hechos en bruto, pero la sabiduría que viene de lo alto es la que da la habilidad de ver a la gente, los eventos, y las situaciones como Dios las ve para buscar lo que Dios quiere. En el Libro de Proverbios, el autor sagrado revela la mente de Dios en asuntos altos y sublimes y también en situaciones comunes, ordinarias, y cotidianas. Parece que ningún tema escapó a la reflexión del autor. Asuntos pertenecientes a la conducta personal, como el carácter, las relaciones sexuales, el alcohol, la bondad; temas que tocan temas sociales como la política, los negocios, la riqueza, la caridad, la ambición, la venganza, la disciplina; y cuestiones que de refieren a situaciones familiares como las deudas, la crianza de los hijos, el carácter de la persona y la bondad están entre muchos otros tópicos tratados en esta rica colección de dichos sabios. Pero, ¡qué pena que el hombre haga a un lado esa búsqueda de la sabiduría divina que es sencilla e ilumina todo su actuar! El mismo Salomón, en determinado momento de su vida, se dejó cautivar por el mundo (1 Re 11,4) e hizo a un lado esa sabiduría que él mismo había pedido a Dios (1 Re 3,9; 2 Cro 1,10). Esto ha hecho ayer un grupo de hinchas de Tigres y Rayados que se enfrentaron ayer poco antes de que se disputara el Clásico Regio en el Estadio Universitario allá en mi natal Sultana del Norte, cuando dos microbuses con aficionados de ambas escuadras se encontró, provocando un enfrentamiento entre ambos grupos, uno de los cuales se lanzó en conjunto contra un solitario fan de uno de los conjuntos, a quien golpearon de forma salvaje hasta dejarlo herido de gravedad, desnudo e inconsciente sobre la carpeta asfáltica. 

El libro de los Proverbios entre lo que hoy nos propone leer dice: «No pienses en hacerle daño a tu prójimo, que ha puesto su confianza en ti. Con nadie entables pleito sin motivo, si no te ha hecho ningún daño» (Prov 3,28-29). ¡Cuántos años han pasado desde que aquello se consignó por escrito y que poco ha entendido el hombre! Cristo, en el Evangelio de hoy (Lc 8,16-18) dice que «nada hay oculto que no llegue a descubrirse, nada secreto que no llegue a saberse o a hacerse público» (Lc 8,17). Un balón debe ser motivo para jugar, para hacer fiesta, para competir sanamente, y resulta que en torno a ello estalla la violencia que deja muy en claro lo que hay en el interior de algunos corazones que brota y se llega a conocer. Pero, ¿qué hace violento a un grupo de personas? ¿Por qué reaccionan así? ¿Qué entienden ellos por pasión? El mundo vive día a día y en todos los ámbitos como si la violencia fuese la norma de nuestra conducta. «Y se corrompió la tierra delante de Dios; y estaba la tierra llena de violencia» (Gn 6,11). Así describe la Biblia la condición del mundo en la antesala del diluvio universal... ¿qué estamos esperando que no entendemos? El apóstol Santiago, a quien leíamos ayer, como el libro de los Proverbios y otras de la Escritura nos cuestionan: «¿De dónde vienen las guerras y pleitos entre nosotros? ¿No es de nuestras pasiones, las cuales combaten en nuestro interior?» (St 4,1). La pasión por dominar, por sobresalir, por imponerse a toda costa, la inconformidad con las ideas de los demás, cierran el corazón y el alma. No puede haber paz en una sociedad irritada, que no tiene la capacidad de tratarse, de soportar y convivir entre si. Nos peleamos por todo y con todos; nos irrita la espera y nos hacemos de mecha corta en nuestro diario vivir. La impaciencia y la ansiedad dominan nuestra sociedad desde los niños hasta los viejos... todo parece conseguirse con gritos, pleitos y protestas y como si fuese poco, los programas de televisión y las Redes Sociales proyectan lo mismo. ¿Cómo podemos esperar una sociedad sosegada regalando armas de juguete a los niños, películas y juegos de guerra? Si seguimos sembrando viento, cosecharemos tempestades. Necesitamos la sabiduría que viene de Dios. «El fruto de justicia se siembra en paz para aquellos que hacen la paz» (St 3,18). El fin de la violencia llega cuando el Evangelio se convierte en una relación de tú a tú con el Señor; cuando el temperamento humano es transformado por aquel que dijo: «La Paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da» (Jn 14,17). Hoy me quedo un rato contemplando en el interior de mi dolido corazón a Nuestra Señora de la Paz. ¡Qué Dios nos bendiga y nos libre de todo mal! Amén. 

Padre Alfredo.

domingo, 23 de septiembre de 2018

«Un corazón puro»... Un pequeño pensamiento para hoy


¡Cómo me consuela y me llena de firme esperanza el apóstol Santiago en la segunda lectura de la Misa del día de hoy! En medio de un mundo en donde lo que parece brillar más es la violencia, la corrupción, los fraudes, los secuestros, las envidias y las rivalidades, en muchos corazones de hombres y mujeres de fe, está arraigada esa semillita que ha sido depositada por Dios en el corazón desde el bautismo como una luz esperanzadora que puede transformarlo todo. Santiago en el cachito de su carta que hoy escuchamos (St 3,16-4,3) nos dice que «los que tienen la sabiduría que viene de Dios son puros, ante todo. Además son amantes de la paz, comprensivos, dóciles, están llenos de misericordia y buenos frutos, son imparciales y sinceros (St 3,17)... ¡Cuánto se puede transformar el mundo con corazones de este calibre! 

Definitivamente eso es lo que está necesitando el mundo. Lo demás no sirve para gran cosa. Las palabras de tantos discursos de hoy que llegan a través de todos los medios de comunicación y en las redes sociales, están perdiendo su fuerza, nos están acostumbrando a oír palabras y más palabras, cosas y más cosas, promesas y más pro esas sin que a quienes pronuncia todo eso les cale más allá de la dura corteza de sus achatados entendimientos. Vidas, obras, autenticidad. El mundo necesita corazones puros de los cuales se desprenda todo lo demás que hoy dice Santiago. Si pedimos al Señor el regalo de un corazón puro podremos vivir de tal modo el compromiso de nuestro bautismo a cada momento, sin llamar la atención con discursos interminables y prometedores, sino como testigos del mensaje que Cristo trajo a la tierra para salvar a los hombres. El mundo necesita esa «pureza de corazón» que nos han enseñado a vivir los santos, esos santos de verdad cuyos nombres no están todos escritos en los libros oficiales de las canonizaciones, santos de esos que, como dice el Papa Francisco, visten de mezclilla y andan por las calles, santos que vengan a ser como banderas al viento, como símbolos eficaces que llaman, que atraen, que revelan, que transmiten la verdad, el amor y la paz que solamente pueden brotar de un corazón puro. 

Pero al mundo, en general, le encanta discutir de cosas que no vale la pena, como hoy sucede con el grupo de discípulos de Cristo en el Evangelio (Mc 9,30-37). En esta ocasión los «fieles seguidores» discuten sobre quién de ellos ha de ser el primero. Una cuestión en la que no ellos ni el mundo globalizado y materialista de hoy se ponen de acuerdo. Cada uno llega con su propio candidato, o sueña en secreto con ser uno de esos primeros, aunque sea por tres, cuatro o seis años. Esta cuestión puede contagiar hasta a los más sencillos coordinadores de algún grupito parroquial que quieran ser una especie de primer ministro cuyo poder no quieren soltar. La Biblia nos recuerda que Juan y Santiago se atrevieron a pedir, directamente y también a través de su madre, los primeros puestos en ese Reino (Mt 20,21). Es evidente que la ambición y el afán de figurar, dominan fácilmente el horizonte de cualquiera que se haga de vista corta y vea solamente este mundo y la vida desde una lógica tangible. Lo que necesitamos es, como dice Santiago, «un corazón puro» que, además, si está contrito y humillado porque ha fallado y se quiere renovar, será muy del agrado de Dios (Salmo 50). Solo el que viva así, con un corazón puro, podrá decir que en verdad reina, pues en el servicio, en la atención, en los pequeños detalles con el hermano, se podrá realizar auténticamente como persona y estará en disposición de sentarse junto a Cristo en el Reino, como un niño que puede ser abrazado por Él. Qué María Santísima interceda por nosotros, por nuestra vida, por la de cada cristiano, la vea o no a ella como Madre de Dios, para que con este nuevo corazón seamos como una protesta enérgica, un reproche contundente para tanto paganismo como hay en nuestra globalizada sociedad. ¡Feliz domingo! 

Padre Alfredo.

sábado, 22 de septiembre de 2018

«El sembrador, la semilla, la tierra buena»... Un pequeño pensamiento para hoy

Si sabemos mirar con atención las pequeñas cosas de cada día nos damos cuenta de que el mundo tangible nos ofrece muchos signos de la presencia y el poder de Dios, y, a la vez, un anuncio de la resurrección futura. Todos los días millones de semillas se entierran o se dejan caer en la tierra y parecen morir en el zoquete que se hace al regar la tierra en donde están... pero poco a poco, casi sin darse cuenta, la semilla, que parece estar ya muerta, se abre y de ella va brotando una raíz y una plantita. La liturgia de hoy nos hace ir a este símil tanto en la primera lectura (1 Cor 15,35-37.42-49) como en el Evangelio con la parábola del sembrador (Lc 8, 4-15) que Jesús utilizó para expresar el gozo de lo que significa diseminar la Palabra de Dios en tierra buena. Pero, ¿cómo llega esa semilla de la Palabra de Dios a nuestras vidas hoy en día? A mi me llegó nuevamente ayer a través de Magda, Mary Tere, Betty y Alfonso en unos momentos maravillosos de un compartir el alimento material —por cierto riquísimo— y el alimento que brota de conllevar en la vida, como incrustada, la Palabra de Dios. ¡Qué bellos momentos que se fueron como agua, en los que, en una sana convivencia de una comida familiar, pudimos palpar el amor que Dios, con su Palabra, ha sembrado en nuestras vidas y en nuestras familias y que nos urge a darlo! Es que para el cristiano es cosa de ser un poco más fijados en lo que debemos y no en tantos distractores que el exasperado y frenético mundo de hoy nos ofrece. 

Yo creo que hablando de estos asuntos de sembradores y de semillas, la enseñanza de la liturgia del día de hoy no podemos referirla solamente a los oyentes de la Palabra, sino a los sembradores, o sea, todos los discípulos–misioneros, tenemos la tarea de sembrar y a la vez la de recibir la semilla, pero... ¿tenemos semilla buena para sembrar en nuestras conversaciones, en nuestros ratos de convivencia o recreación y no solamente en la hora de la Misa al leer las lecturas directamente? El trabajo de sembrador es un trabajo arduo, abundante, sin medida, sin distinciones, que podrá parecer inútil por el momento, infructuoso y desperdiciado; sin embargo, dice Jesús llegarán los frutos en abundancia y Pablo dice que esos frutos nos llevarán a una vida nueva, que nos llevará al gozo de la resurrección. En el Reino de Dios no existe momento inútil para sembrar ni para recibir la semilla; nada se malgasta, la semilla puede caer en miles de corazones no solamente a la hora de Misa. Seguro que la semilla —símbolo de la Palabra— es capaz de dar frutos abundantes en todos los espacios en donde hay un cristiano que los convierte en «espacio de santificación». Cuando se tiene la buena intención de sembrar, no hay más que un solo motivo que pueda explicar la esterilidad de una semilla echada en la tierra o la ineficacia de la Palabra predicada a tiempo y a destiempo (2 Tim 4,2): la pobreza del suelo que recibe el grano, o en otras palabras, las malas disposiciones de los oyentes. ¿Cuál es mi disposición no sólo al sembrar, sino al ser tierra para recibir la semilla? 

Sabemos que el Reino de Dios no es un «destello estrepitoso y brusco». Su establecimiento y vivencia entre nosotros viene a través de las pequeñas cosas de cada día, se manifiesta en el porfiado aguante de las pruebas y de los fracasos que se presentan, en el gozo de compartir la fe con la familia y los amigos, en la entrega apostólica a la que nos podamos comprometer, en los pequeños y grandes servicios que en el trabajo se puedan dar, en un pequeño regalo desinteresado, en la ayuda a un necesitado... en fin, para mejor sembrar la Palabra del Señor y hacer fructificar en nuestra vida por la semilla que se nos siembra, es necesario, cada día, con perseverancia, tratar de llevar a la práctica lo que ya se ha descubierto de ese Reino porque otro, ha sembrado esa semillita en nosotros. Nosotros, como la semilla al morir, al atravesar como Cristo la puerta de la Pascua, pasaremos a una existencia nueva, transformada, definitiva, para la que estamos destinados. La semilla habrá muerto, pero para dar origen a la espiga o a la planta nueva... ¡Qué hermoso es compartir la vida conllevando la Palabra y haciéndola vida libremente y con sencillez en cada cosa que hacemos mientras estamos en este mundo! Hace poco leí un libro de un sacerdote franciscano, profesor, conferencista, autor de numerosos libros de notable éxito en Brasil y en otros países que se llama Anselmo Fracasso. Quedó ciego a los 18 años, en el seminario, estudió luego Braille y se formó así en Filosofía y Teología. Gran ejemplo de vida y de superación de la adversidad, fue ordenado sacerdote con licencia especial de Roma. El libro que de él leí se titula: «Lo que los ojos no ven» y en él, entre otras cosas afirma: «Hay que sembrar, plantar con amor, en la fe y en la esperanza, sin la menor preocupación por recoger los frutos de la semilla que plantamos. La ansiosa preocupación de ver los resultados de nuestros esfuerzos nos deja afligidos e inseguros». El Evangelio de hoy nos recuerda que «la tierra buena son los que con un corazón noble y generoso escuchan la Palabra, la guardan y dan fruto perseverando»... Así es María, a quien hoy como cada sábado recordamos de manera especial, ella es la primera en escuchar la Palabra y correr presurosa a compartirla en el ir y venir de visitas, pequeños servicios, firmeza ante las dificultades, compañía a los amigos de su Hijo (Lc 1,46-55; Jn 2, 1-11; Jn 19,25-27 Hch 1,14). Sembremos y dejemos que se nos siempre la Palabra de Dios así como ella, en el diario vivir y conforme el Divino Sembrador lo va disponiendo. ¡Bendecido sábado! 

Padre Alfredo.

viernes, 21 de septiembre de 2018

«¡Hay niveles!»... Un pequeño pensamiento para hoy

La Iglesia celebra el día de hoy a San Mateo, el Apóstol y Evangelista, cuya vocación de seguimiento de Cristo constituye uno de los eventos más sobresalientes del ministerio de Nuestro Señor Jesucristo. Su Evangelio es un regalo maravilloso que conecta el Antiguo con el Nuevo Testamento. Por la razón de celebrar a este santo varón, dejamos a un lado momentáneamente la primera carta de san Pablo a los corintios y nos vamos sólo por hoy al capítulo 4 de la carta a los efesios (Ef 4,1-7.11-13) para iniciar este pequeño pensamiento, que es pequeño siempre no por la cantidad de letras o palabras que contiene, sino porque es mi pequeña aportación para que cada día nos encontremos con el Señor y conectemos esta amistad con lo que vivimos cada día. San Pablo empieza hoy diciendo: «Los exhorto a que lleven una vida digna del llamamiento que han recibido» (Ef 4,1). O sea, que todos, que hemos sido llamados por el bautismo a una vocación de seguimiento de Cristo, tenemos que vivir como es digno de ese llamado que hemos recibido. 

Actualmente se usa una expresión que dice: «¡Hay niveles!», un término habla de una posición que se ocupa en la sociedad. ¿Pero, cuál es nuestro nivel al haber sido convocados por Cristo como lo fue san Mateo? ¿Cuál es nuestro nivel en la sociedad como católicos? Tenemos que vivir en un nivel acorde con la posición que tenemos en Cristo, no propiamente en el mundo. En Filipenses 1,27 el mismo san Pablo nos dice: «Lo que importa es que ustedes lleven una vida digna del Evangelio de Cristo, para que tanto si voy a verlos como si estoy ausente, oiga de ustedes que se mantienen firmes en un mismo espíritu y luchan acordes por la fe del Evangelio». Y en Colosenses 1,10 el Apóstol nos exhorta diciendo: «Lleven una vida digna del Señor y de su total agrado, produciendo frutos en toda clase de buenas obras y creciendo en el conocimiento de Dios». Además, san Pablo en la primera carta a los tesalonicenses, señala hacia su propia vida como un ejemplo del andar del cristiano: «Ustedes son testigos, y Dios también, de cuán santa, justa e irreprochablemente nos comportamos con ustedes los creyentes» (1 Tes 2,10). El entender quienes somos, porque hemos sido llamados, es el fundamento de este andar con dignidad que nos da la calidad de «llamados y enviados». Un digno andar delante de Dios estará marcado siempre por humildad y mansedumbre, no con un deseo insistente de defender nuestros propios derechos o de avanzar en nuestras metas, sino de dejarlo todo por él, como lo hizo Mateo. 

Jesús, en el Evangelio, al pasar junto al puesto de recaudación de Mateo —a quien Marcos y Lucas llaman «Leví»— le invita a seguirle (Mt 9,9-13). Mateo, que sin duda había visto y oído predicar en varias ocasiones a Jesús, se decide a abandonar su puesto y a seguirle definitivamente lleno de gozo. Como hará en otra ocasión Zaqueo (Lc 19,1-10), le invita, junto con varios compañeros recaudadores de impuestos como él, a comer a su casa. Desde entonces la casa de Mateo será la escogida por Jesús para descansar en Cafarnaúm de sus recorridos apostólicos en Galilea... ¡Hay niveles! Después de la resurrección y ascensión de Jesús, San Mateo permanece algún tiempo con los otros apóstoles en Palestina y, bajo la dirección de Pedro, Mateo con los demás apóstoles catequiza a los nuevos cristianos que por centenares y millares, recordando los milagros y las enseñanzas de Jesús, se presentan a pedir el bautismo y recibir orientación de nueva vida, agrupándose entre sí formando el primer núcleo de la Iglesia. Acostumbrado a redactar esquemáticamente los datos de su antigua aduana, expone en estilo breve, en su Evangelio, los hechos que él mismo había presenciado y con gran detenimiento recoge parábolas y discursos del Señor, especialmente los de Galilea, anotando en multitud de pasajes de su vida, desde la genealogía y nacimiento virginal hasta su pasión y muerte, los lugares de los profetas del Antiguo Testamento en que ya lo anunciaban. Mateo deja claro en sus escritos, que Jesús es el verdadero Mesías prometido a los patriarcas y a los profetas. Su libro se convierte en el primer evangelio, escrito en hebreo, o mejor dicho en arameo, la lengua popular que usó Jesucristo, traducido muy pronto al griego y probablemente ampliado, que es el que hoy conocemos, reconocido por la Iglesia como inspirado por el Espíritu Santo. Este corto escrito de sólo 28 capítulos, ha sido la delicia de predicadores y catequistas durante 20 siglos en todos los continentes. San Mateo es el único evangelista que comienza su evangelio con la genealogía de Jesús (Mt 1,1-18). Usa 5 veces el nombre de «María» (1,16.18.20;2,11;13,55) y 9 veces el título de «Madre» (1,18;2,11.13.14.20.21;12,46.47;13,55) para designar a la madre de Jesús... «¡Hay niveles!» Este es un signo de la importancia que el evangelista da a la Virgen María, la Madre de Jesús y Madre nuestra; y esto habla de la importancia que debemos darle nosotros también en nuestras vidas si queremos conservar el nivel de seguidores del Señor, discípulos–misioneros como san Mateo. ¡Bendecido viernes! 

Padre Alfredo.

jueves, 20 de septiembre de 2018

«Jesús siempre enseña»... Un pequeño pensamiento para hoy

Desde tiempos remotos en la historia de la humanidad, ha habido una gran cantidad de líderes, ilustradores y pensadores. Pienso en Sócrates, que enseño unos 40 años; Plantón que lo hizo por 50 años más o menos y Aristóteles que nos dejó 40 años de erudición también. Sumado los tres, nos dan unos 130 años. No obstante, las enseñanzas e influencias de estos importantes pensadores y de muchos otros, no se comparan a las enseñanzas de nuestro Señor Jesucristo que aleccionó solamente tres años en su vida pública y a pesar del poco tiempo de su ministerio, tanto su enseñanza como su influencia en el medio humano aún se mantiene vigente, viva y actual. No se puede negar que la persona de Cristo es única en la historia de la humanidad, es tan cierto que Gandhi al referirse a Jesucristo afirmó: «No sé de nadie que haya hecho más por la humanidad que Jesús». Con razón la historia está marcada con un antes y un después de Cristo, lo que hace de su persona y sus enseñanzas algo único y extraordinario que no tiene comparación alguna. Y es que hay algo más, ninguno de esos líderes que por años y años han enseñado a la humanidad, ha resucitado, el único es el Señor Jesús, verdadero Dios y verdadero Hombre, que ha estado con nosotros siempre. 

En la página de hoy de la primera carta a los corintios (1 Cor 15,1-11), San Pablo da testimonio precisamente de esta verdad básica de la fe cristiana: que Cristo Jesús resucitó. Y la expone a modo de un credo breve: «Les recuerdo el Evangelio que yo les prediqué y que ustedes aceptaron y en el cual están firmes», ese Evangelio que los Corintios acogieron: «que Cristo murió, que fue sepultado y que resucitó al tercer día...» Y va enumera una serie de apariciones del Resucitado, algunas narradas también por los Evangelios y otras, no. Como esa que dice de los «quinientos hermanos reunidos, la mayoría de los cuales viven todavía y otros ya murieron». También la de él, cuando era un perseguidor y se consideraba «como un aborto», cuando se le apareció en el camino de Damasco. Esto es lo que predica la Iglesia, la enseñanza de Jesús no solo de tres años, sino de siempre. Y lo que le han transmitido a él a partir de Cristo es también lo que él y los demás van proclamando en todas las comunidades en una enseñanza que no acabará sino hasta que se clausuren los siglos y vivamos ya en la eternidad. La comunidad cristiana va prolongando las enseñanzas del Maestro anunciando que Jesús ha resucitado y sigue vivo, y que nosotros también estamos destinados a la vida, como nuestra cabeza y nuestro guía, nuestro Señor Jesucristo. 

Y esa enseñanza que Jesús nos ha dejado, tiene como punto de partida un mensaje que es básico en su predicación: la importancia de la misericordia, de la compasión y del perdón. A Él no le importa nuestro pasado, por muy tenebroso que sea; Él se compadece de nosotros y sólo le importa el que nos dejemos encontrar y que recibamos su misericordia y su perdón. Si Él se junta con pecadores; si Él acude a banquetes no es porque quiera dejarse dominar por el pecado, o porque quiera pasarse la vida embriagándose; Él, por todos los medios, y acudiendo a todos los ambientes, busca al pecador para salvarle, como nos deja ver hoy San Lucas (Lc 7,36-50). Y la Iglesia —es decir nosotros, como discípulos–misioneros— no ha de tener miedo de ir a todos los ambientes del mundo, por muy cargados de maldad que se encuentren, para llamar a todos a la conversión y a la unión plena con Dios. A espaldas de aquella pecadora que el Evangelio nos presenta sólo hay una realidad: el pecado. Y en su horizonte sólo hay una promesa: la tristeza, la desesperación, el vacío. Pero en su presente se hace encontradizo Cristo, el rostro humano de Dios que «le enseña» desde su realidad. Luego será ella quien nos enseñará cómo actúa Dios cuando se abre el corazón y la misma vida al amor de Dios. Nunca debemos permitir que la desconfianza en Dios, por nuestra miseria que es inmensa, tome prisionero nuestro corazón, pues entonces habríamos matado en nosotros toda esperanza de conversión y de salvación. La misericordia del Señor es eterna y es siempre escuela de salvación porque Cristo vive. Cristo nos enseña a través de esta mujer cuyo nombre ni sabemos, y ella misma nos enseña también, pero nos enseña sobre Cristo, por eso podemos decir que la enseñanza del Señor no terminará jamás. No sabemos nada de esa mujer anónima. No sabemos si siguió a Cristo dentro del grupo de las mujeres o qué fue de ella... pero podemos estar seguros de que aprendió mucho y de que a partir de aquel día su vida cambio definitivamente y se convirtió en maestra de la misericordia, de la compasión y del perdón de Dios. También a ella la salvó Aquel que salvó a la adúltera, a Pedro, a Zaqueo, y a tantos más. Que Dios nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de aprender siempre de las enseñanzas de Cristo, para que, así, todos, aún los más grandes pecadores, habiendo recibido mucho, porque hemos amado mucho, podamos alcanzar la Salvación que el Señor nos ofrece a todos. ¡Bendecido jueves sacerdotal y eucarístico en el que el Señor nos enseña un día más! 

Padre Alfredo.

miércoles, 19 de septiembre de 2018

Unos días en «La Trapa» IV...

La vida pasa tan rápido como los días aquí. Escribo estas lineas cuando ya es de noche. El silencio, después de la oración de Completas en esta capilla que encierra un aire especial, toma un tinte de espera, sí, de espera del nuevo día, pero, de espera también de ese día sin ocaso que en algún momento, siempre inesperado, llegará. Todo pasa y, como dice Nuestra Madre la beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento, el único que permanece como realidad, es Jesús. Sea de noche o sea de día, él es nuestra única realidad: «La única realidad eres tú, Jesús» repetía la beata. Ese Jesús que, como dice la Escritura: «es el mismo ayer, y hoy, y siempre» (Hb 13,8).

Vamos siempre por caminos impredecibles, muchas veces hasta inimaginables y casi siempre a tientas, andando a tientas y agarrados de la fe, que nos va ayudando a ver, entre penumbras muchas veces, el camino que Dios va trazando y que hay que seguir conforme a su voluntad. Al terminar la oración de Completas, que las monjas rezan aquí a oscuras, se ilumina la imagen de la Dulce Morenita, la Madre del verdadero Dios por quien se vive, a quien hoy, que es martes, no fui a ver a su casita del Tepeyac para pasar mis cuatro horas en la cajita feliz restaurando la gracia perdida en tantas almas y devolviendo, al mismo tiempo, la felicidad al corazón que se ha despistado y se ha alejado de los designios de Dios. Pero, desde aquí, al verla en esta imagen llena de luz, dirigida su mirada hacia su Hijo, entre la lobreguez de la noche que empieza, sentí que me dio su bendición y me pareció oír su diáfana voz que me dijo: «Haz lo que Él te diga» (Jn 2,5).

Y es entonces, que, antes de ir al lecho y escribir estas líneas que van brotando del alma y del corazón, quiero decirle a mi Dios como Samuel, cuando él era casi un niño, aunque sea yo ya un pobre hombre de 57 años recién cumplidos: «¡Habla, Señor, que tu siervo escucha!» (1 Sam 3,10). Ha terminado un día más en la abadía y un día más de mi vida. Por lógica natural me acerco, como todos los que vamos cumpliendo años y más años, al encuentro con el «Señor de la Eternidad». Sabes, Señor... ¡No quiero llegar a ti con las manos vacías! ¿Me permites que antes de dormir haga la misma trampilla que hizo santa Teresita?: «Por tus manos en las mías y ya está!» Voy, Señor, de veras, voy!

Padre Alfredo.

Aquí puedes ver la película de «Tres Monjes Rebeldes»:

Unos días en «La Trapa» III...

¡Qué bien se está en la Trapa! Y qué bien se está siempre en un ambiente donde Dios puede ocupar todos los espacios. Desde ayer compartimos el momento de tomar los alimentos el padre Pepe y yo con el padre Octavio, un sacerdote salesiano de 40 años de ordenado que viene aquí a visitar a su hermana que es monja y a dar unas conferencias, él además de sacerdote y religioso es psicólogo.

La hermana del padre Octavio está aquí desde 1974, cuando recién habían llegado a este pintoresco lugar las primeras monjas venidas de Francia para fundar este monasterio. Dice que su hermana ingresó aquí por culpa de él, pues desde que era seminarista en Tlaquepaque, Jalisco, su tierra natal, a donde llegó a los 13 años de edad, le llamaron la atención los trapenses porque leyó esa «saga» fascinante del trapense M. Raymond : «Tres monjes rebeldes», «La familia que alcanzó a Cristo» e «Incienso Quemado». En una visita que hizo a su familia —en aquel entonces los seminaristas no iban tan seguido a sus casas—, llevaba sus libros, y cuando su hermana le pidió algo para leer le prestó «Incienso Quemado» y a su hermana le encantó. Él quería conocer una Trapa y cuando se le presentó la oportunidad le platicó a su hermana. —¿Pero es qué todavía estos existen?—le preguntó su hermana con curiosidad. Él le platicó que iría a Michoacán a un lugar llamado Ciudad Hidalgo. A su regreso le platicó y ella quedó fascinada. ¡Todos somos pescadores de hombres cuando hemos encontrado al Señor!... ¡Soy pescador de hombres y no lo debo olvidar!

Qué dura es a veces la vida, pero que bendición tener al Señor para vivir este desierto del mundo. Me queda claro que quien busca al Señor en el tiempo de hoy, va contracorriente. No escribiré ni describiré aquí los encuentros que cada día de estos tenemos con el padre Ceferino (Juan Carlos Liardi) como he hecho en otros años en mis Ejercicios Espirituales. Ahora quiero meditar y guardar muchas cosas en el corazón, como lo hacía María, por eso me viene el escribir estas otras cosas. Tengo casi todo el día para mí con el Señor de la mano y Él quiere que piense hacia dónde voy y hacia donde llevo la barquita de mi vida. Estoy seguro que quiero seguir siendo un «pescador de hombres», eso sí que me queda claro. ¡María, la «Estrella de los mares», será siempre guía segura hacia el banco de pesca que me tiene preparado el Señor!

Padre Alfredo.

Nota: Cada título de los libros de la Saga de Raymond, en esta entrada, lleva directamente al enlace para descargarlo en formato PDF o para leerlo en línea.

http://www.diplox.com/focolog/pdf/0_647d44f43cb64ac8771e1b5962d9a886M901.pdf  

«La caridad no se puede enterrar»... Un pequeño pensamiento para hoy


¡Mitad de semana ya y más de la mitad de septiembre! El tiempo vuela y hoy llegamos a este día que en CDMX nos recuerda dos de los terremotos más terribles que en esta selva de cemento se han sentido (1985 y 2017). Hoy habrá simulacro, pero a este padrecito no le tocará participar, pues estaré en Cuernavaca, precisamente en la Casa Madre de nuestra «Familia Inesiana» que tantos daños sufrió y en donde un edificio completito tuvo que ser derribado debido a los daños irreparables que sufrió. El amor, expresado en la caridad concretizada en mil maneras diversas, ha levantado a CDMX y a tantos lugares más del mundo no solo de terremotos terribles, sino de tantas otras situaciones que, por la fuerza de la naturaleza o por la necedad del hombre, han causado estragos impresionantes. Hoy San Pablo, como si quisiera solidarse con nosotros en este recuerdo, nos ofrece en la primera lectura de Misa el hermoso «Himno a la Caridad» (1Co 12,31-13,13): «La caridad es paciente, no busca su interés... no se irrita, no es envidiosa... es servicial. Todo lo cree. Todo lo espera. Todo lo soporta...» Con estas expresiones el Apóstol de las Gentes nos remite a Cristo, que ha realizado todo esto a la perfección y que sigue inspirando tantos y tantos corazones que sería imposible contar. ¡Pienso simplemente en tanta gente que al instante nos ayudó a la reconstrucción de nuestra amada «Casa Madre» y de tantos con los que compartí esos momentos inolvidables entre los escombros de los edificios derrumbados de esta Metrópoli Azteca. 

Estos acontecimientos, que suceden de vez en vez son para los discípulos–misioneros de Cristo escuela viva de teología que nos hacen ver el «valor» esencial de nuestra religión que no se queda solamente en un aspecto «doctrinal», de «conocimiento intelectual», sino que trasciende inmediatamente al «amor-caridad». Todo este conjunto de corazones actuando desinteresadamente con amor, tiene siempre un mayor grado de gracia que un gran teólogo de corazón cenceño, e incluso mayor que cualquiera que hiciera milagros, nos recuerda san Pablo en esta que es una de las páginas más bellas de sus escritos. Hablar lenguas y predicar es interesante. Vaticinar el futuro y conocer a fondo la esencia de las cosas es admirable. Repartir limosnas es sumamente meritorio, pero hacer todo esto y más, por amor, es lo que le da el verdadero sentido a nuestro diario acontecer. Incluso la fe y la esperanza, las otras dos virtudes «teologales», con ser tan importantes, lo son menos que el amor, porque todo lo pasará, menos el amor, que durará para siempre. Si amamos desinteresadamente, es que hemos llegado a la madurez, dejando atrás las cosas de la niñez. La solidaridad que se vive en esos momentos que luego quedan grabados en el alma para siempre, nos hacen ver que todo lo demás, fuera del amor —por muy bien que hablemos y por mucha sabiduría que creamos tener— es «un metal que resuena o unos platillos que aturden». 

¡Qué sabio es Dios al permitirnos vivir todo esto! Es que como su amor, no hay otro, y a ese tenemos que tender. Pero el hombre de hoy al poco rato, en general olvida estos acontecimientos. Esos días las filas para ir a la cajita feliz a recibir la gracia del perdón, eran mucho más largas que hoy y así pasa siempre. Cuando el agua nos llega al cuello corremos solidarios sacando de las entrañas el amor que ha sido sembrado en nosotros desde nuestro bautismo, pero luego, el mundo parece volvernos a atrapar y aquella caridad y aquel amor se guardan nuevamente hasta que llegue el momento de romper el cristal porque hay una emergencia. San Lucas, con el episodio de hoy en el que los niños invitan con su música a otros niños a vibrar con ellos en sus juegos de alegría o de tristeza, nos recuerda la solidaridad que debemos mostrar en el juego de la vida que todos jugamos. La comparación de los dos grupos de niños es expresiva: ni con música alegre ni con canciones tristes consiguen unos que los otros colaboren. Cuando no se ama al estilo que nos recuerda San Pablo, que es el mismo de Cristo, se encuentran con facilidad excusas para permanecer con el corazón desentendidamente frío y hoy, a un año de aquel devastador terremoto, muchos damnificados, con su corazón aún trémulo, reclaman que las ayudas por parte de quienes se habían comprometido aún no llegan. En algunos lugares las obras prácticamente no han comenzado o las ayudas dejaron ya de llegar. ¡Hay mucho por hacer siempre! La caridad no se puede enterrar en ningún momento, porque si se entierra ésta, se inhuma el alma. Solamente quien tiene en su corazón el don del amor perpetuo, puede confiar y esperar siempre. María es así, Ella es la «Madre del Amor Hermoso», dice una vieja advocación muy poco utilizada y recurriendo a Ella podemos mantener vivo este maravilloso don. ¡Bendecido miércoles! 

Padre Alfredo.

martes, 18 de septiembre de 2018

«Unidad en la diversidad»... Un pequeño pensamiento para hoy

La división siempre ha sido una amenaza que está latente en todo grupo humano, no solo de la Iglesia, sino en los pueblos, en las familias, en los grupos de amigos. Hay una frase muy famosa que señala: «divide y vencerás». En nuestra visión desde la fe, esa es la incansable tarea del acérrimo enemigo de Cristo, de la Iglesia y de cada uno de nosotros... «divide y vencerás». Leyendo la primera carta a los corintios nos vamos dando cuenta de que los cristianos de aquel lugar no estaban exentos de esta terrible situación, y como en nuestra época, estaban divididos. Para dar respuesta a esta situación concreta Pablo desarrolla el tema del «Cuerpo de Cristo», que es uno de los más ilustrativos que el Apóstol nos presenta para hablar de la Iglesia (1 Cor 12,12-24.27-31). El Apóstol recurre a la explicación de cómo nuestro cuerpo forma un todo, aunque tiene muchos miembros y todos los miembros, no obstante su pluralidad, no forman más que un solo cuerpo en el que Cristo, que es la cabeza, es el «unificador», Él conduce a la unidad y nos hace llegar a ser «un solo cuerpo», el suyo y, un cuerpo, es portador de vida. 

El padre Juan Esquerda Bifet —a quien tanto admiro y leo— comentando en muchos de sus libros este y otros pasajes de la Escritura, nos recuerda que esta expresión «ustedes son el cuerpo de Cristo», significa para cada discípulo–misionero que debe, junto con el resto de la comunidad de creyentes, ser la «visibilidad» de Cristo, el signo de su presencia actual en el mundo. Nosotros somos su «rostro», nosotros somos sus «manos», nosotros somos su «corazón». El se hace visible y puede actuar a través de nuestra conducta, puede servir a través de nuestras manos, puede amar a través de nuestros corazones. Y no se puede ser parte de este cuerpo que es la Iglesia sin pensar en los demás. Cada uno por su parte, en la gran diversidad que existe —Apóstoles, profetas, maestros, médicos, desde su identidad, va cooperando para construir una comunidad viva y dinámica que no sepa de fronteras sino sólo de amor y amor del bueno, que es el que vive al estilo de Cristo. Esto me deja pensando en la misma línea de ayer, si en la Iglesia —parroquia, comunidad religiosa, diócesis, familia, grupo de amigos— actuamos unidos en la construcción del Cuerpo de Cristo: sacerdotes, religiosos y laicos, hombres y mujeres, niños y adultos, jóvenes y mayores. ¿O cada uno va por su lado, sin colaborar en la comunidad? ¿Será que entendemos y explotamos las cualidades o los ministerios que tenemos y que no sólo no para provecho nuestro, o para el bien común? 

San Lucas nos narra hoy un hecho que solamente en su Evangelio está (Lc 7,11-17) y que nos muestra cómo es que Cristo, que es la cabeza, se preocupa del resto del cuerpo que es la Iglesia que ha fundado y que es «sacramento universal de salvación» que tiene las puertas abiertas para todos. Este pasaje, tan divino y humano, en el que San Lucas se explaya en uno de sus temas preferidos, la compasión y la misericordia, nos pone en contacto con la más auténtica misión de Jesús —la cabeza— y la Iglesia —su cuerpo—: El Señor vino a compartir nuestras alegrías y tristezas, nuestras angustias y esperanzas. El dolor, que se expresa en los millones de crucificados de nuestra historia. La soledad de los que descartados van solos por la vida. Nuestra misión, en continuidad con la de Jesús, en este cuerpo del que formamos parte, es la de comunicar vida. La caridad, la compasión, la cercanía, la amistad, la buena voluntad, ejercidas con misericordia, deben unirnos a todos. Pero reconociendo siempre que la gracia de salvación es don de Dios. Es solamente él quien nos puede volver a la vida. Y esta gracia se pide desde la fe, la confianza, el amor. Y la viuda de Naím se deja querer unida a Cristo que le dice «¡No llores!». Y el joven se deja querer cuando Cristo le dice: «Joven, yo te lo mando: Levántate!». «¡El Señor ha hecho en mí maravillas!» expresa María en el Magnificat, «¡el Señor es grande y Poderoso!». Sí, Dios todo lo puede, él puede lograr la unidad en la diversidad para que, como él, que es nuestra cabeza, «pasemos por este mundo haciendo el bien» (cf. Hch 10,38). ¡Bendecido martes! Los encomiendo a los pies de la Virgen Morena en el Tepeyac esta tarde. ¡Felicidades a mi hermano Lalo y Yoyina mi cuñada en su 31 aniversario de matrimonio! 

Padre Alfredo.

lunes, 17 de septiembre de 2018

«Señor, yo no soy digno»... Un pequeño pensamiento para hoy

San Pablo, en la lectura continuada que estamos haciendo de la Primera Carta a los Corintios, nos interroga hoy sobre algo importantísimo: ¿Somos coherentes entre lo que celebramos en el sacramento de la Eucaristía y lo hacemos vida? ¿La comunión que se establece entre la Eucaristía y nuestro actuar se traducen en el día a día en un compartir fraterno y solidario con los que más nos necesitan? (1 Cor 11,17-26). ¡Qué difícil debe haber sido para San Pablo conducir aquella primera comunidad corintia de creyentes para librarles de todo tipo de desviación en la que, atraídos por la vaciedad de un mundo multicultural y totalmente secularizado —como el nuestro— les cerraba muchas veces los ojos y el corazón! Y es que, cuando el creyente «se mundaniza» como dice el Papa Francisco, pierde piso y piensa que vive y «cumple» con Dios celebrándolo, sin pensar en el hermano, sobre todo en el más pobre y necesitado. El Apóstol les abre los ojos para enfrentar una desviación que se está produciendo en la comunidad. ¿Cómo es posible que los que tienen más no compartan con los que tienen menos y así sientan que han celebrado una Eucaristía fructífera? San Pablo les habla claro: «¿Qué quieren que les diga? ¿Qué los alabe?». Lo que se celebra en cada Eucaristía en la que los discípulos–misioneros participamos, siguiendo el mandato de Cristo, debe de llevarnos a celebrarlo también en la vida, en un compromiso que es siempre de caridad y que se expresa en una serie de obras de misericordia (Mt 25) que no debemos nunca olvidar, sólo eso nos hará bienaventurados (Mt 5) y hará que haya una conexión con lo que celebramos sin romper con la vida práctica. 

En estas palabras de San Pablo, en las que nos topamos, además, con el testimonio más antiguo (año 57) de las palabras de Jesús en la última cena —palabras que han quedado consignadas en el Evangelio (Mt 26 y Lc 22) y que claramente el Apóstol no considera suyas, sino herencia de Cristo— nos encontramos con que la celebración de la Eucaristía no es simplemente un hecho externo de un recuerdo de algo que aconteció, sino el encuentro vivo con Cristo: «cada vez —dice San Pablo— que ustedes comen de este pan y beben de este cáliz, proclaman la muerte del Señor, hasta que vuelva» (1 Cor 11,26. Respuesta II en el momento de la consagración de la celebración de la Eucaristía). Cada vez que celebramos la Eucaristía, el Cristo del Evangelio está presente con nosotros. Esta es su «Presencia Real». Cuando celebramos la Eucaristía, hacemos memoria de la Pascua de Cristo y ésta se hace presente en el aquí y ahora: el sacrificio que Cristo ofreció de una vez para siempre en la cruz, permanece siempre actual (cf Hb 7,25-27): «Cuantas veces se renueva en el altar el sacrificio de la cruz, en el que "Cristo, nuestra Pascua, fue inmolado" (1Co 5, 7), se realiza la obra de nuestra redención» (LG 3. Catecismo de la Iglesia Católica 1364). Una asamblea «dispersa» porque cada uno va a lo suyo, una asamblea que se encierra en su individualismo, sin pensar en los demás, da un contratestimonio de Jesucristo. Celebrar el «cuerpo de Cristo» no puede ser sólo respetar las especies sacramentales en una liturgia impecable, sino también prestar atención a los hermanos, y cuidar muy particularmente ese signo del «Cuerpo de Cristo» que da o no da nuestra «asamblea». 

El Evangelio de hoy (Lc 7,1-10) nos deja ver de cerca a un centurión, que era uno de aquellos gentiles cuya hambre religiosa no se saciaba con la sabiduría de los filósofos y diosecillos que el mundo pagano le presentaba. Era temeroso de Dios, profesaba la fe en el Dios único, tomaba parte en el culto judío, pero no había pasado definitivamente al judaísmo. Buscaba la salvación de Dios. Su fe en el Dios único, su amor y su temor de Dios lo manifestaba en el amor al pueblo de Dios y en la solicitud por la sinagoga que él mismo había edificado. Sus sentimientos se expresaban en obras. Eso mismo nos ha pasado en algunos lugares de nuestras misiones en África, en donde musulmanes y no creyentes nos han donado terrenos para los Templos o nos han ayudado a construirlos. ¿Es que ellos pueden ver más allá de nosotros las necesidades de los hermanos? El centurión fue a pedir, no algo para él, sino para «un criado muy querido» (Lc 7,2) y le dice a Jesús esas palabras que nosotros hemos de pronunciar siempre antes de acercarnos a recibir a Jesús Eucaristía: «yo no soy digno de que tú entres en mi casa... con que digas una sola palabra y mi criado quedará sano» (cf. Lc 7,6-7). Si el contacto con Cristo no nos lleva a pensar en el hermano, en el amigo, en el vecino, en el pobre, en el solo... ¿a dónde nos puede llevar? Que María Santísima nos lleve a amar de veras a Jesús Eucaristía y a celebrar dignamente cada encuentro del Señor en el Sacramento. San Juan Pablo II afirma que «la piedad del pueblo cristiano ha visto siempre un profundo vínculo entre la devoción a la Santísima Virgen y el culto a la Eucaristía... María guía a los fieles a la Eucaristía» (R.M.44). ¡Bendecido lunes! 

Padre Alfredo.

domingo, 16 de septiembre de 2018

«En un aniversario más de la Independencia de México»... Un pequeño pensamiento para hoy

La fe que los discípulos–misioneros de Cristo hemos recibido como don desde nuestro bautismo, supone fidelidad y compromiso con lo que creemos y sobre todo confianza en Aquel en quien creemos. Nadie debería decir nunca de un buen cristiano que tiene fe cristiana, pero que esa fe no se proyecta en obras cristianas, en concreto en las llamadas «obras de misericordia» (Mt 25, 31-46). Ni tampoco nadie tendría que decir de cualquiera de nosotros que tenemos fe, pero que nuestras obras contradicen nuestra fe. Si no vivimos en el dinamismo que implica la fe y que gira en torno en el amor de Dios en nuestra propia vida, no podemos decir que tenemos fe. Cuántas veces podemos encontrarnos con gente que presume de que tiene mucha fe, pero las evidencias —sin criticar o juzgar— muestran que esa fe no se nota en la vida de cada día. Leyendo la segunda lectura de hoy (St 2,14-18), nos damos cuenta de que la fe verdadera es confesar a Jesús, reconocerle como Mesías, y a la vez seguirle, haciendo como Él, que «pasó por el mundo haciendo el bien» (Hch 10,38) y dando la vida por amor hasta la entrega total (cf. (Ga 2,16.19-21). Esto es lo que Padre quiere de todo aquel que se considere discípulo–misionero de su Hijo. Que no pensemos ni vivamos al estilo del mundo, huyendo del sufrimiento y buscando el confort, sino que vivamos nuestra fe expresada en una entrega hasta el extremo. 

La Sagrada Escritura nos habla de hombres y mujeres de fe que marcaron la historia bíblica y a la vez la historia del mundo, como el caso de Isaías, que lleno de fe logra superar tantas y tantas adversidades de parte de sus adversarios (Is 50,5-9). Isaías nos muestra, no solamente en el segmento que la liturgia nos presenta hoy, sino en todo él, que una de las características que marcan la vida de los hombres que transforman y marcan la historia es que, por la fe, tienen una visión más amplia de lo que hoy su presente les muestra a pesar de ver un cúmulo de calamidades, desventuras y ataques que se atraviesan en su vida. Hoy en México celebramos un aniversario más de la Independencia, así que pienso en mi patria chica —porque mi casa es el mundo— y voy a la historia de la independencia para recordar que a la cabeza de aquellos acontecimientos iba un estandarte de la Virgen de Guadalupe, un estandarte de la Madre de Dios que a aquellos hombres y mujeres valientes les recordaba la fe inquebrantable de María que les hacía ver un futuro, una independencia, un camino de libertad hacia la paz duradera. Y ese caminar no fue fácil ni estuvo libre de adversidades. Basta pensar en los Domínguez (Miguel y su famosa esposa doña Josefa Ortiz de Domínguez), que prestaban su casa para las juntas donde se iniciaba la estrategia para alcanzar aquella libertad tan ansiada. Este matrimonio tuvo que creer mirando un México libre y dueño de su propia tierra esperando poco más de 11 años para que aquel sueño se hiciera realidad. 

La vivencia de un aniversario más de este hecho histórico que marca un antes y después, debe llevar a los católicos de México a seguir caminando en la fe abriendo los corazones al presente para sentirse interpelados hacia el futuro de esta nación, cada vez más y más descristianizada debido a la influencia del vertiginoso consumismo que hace que se quede todo para la mayoría, en una fiesta del exterior celebrada con banderitas y adornitos «made in China» y cervezas y otras viandas importadas de Europa sin acordarse de agradecer a Dios el don precioso de la libertad. ¡Anoche ni una cuarta parte del Templo estaba ocupada en la Misa por la Patria! Los ideales propuestos por la Independencia se nos presentan hoy con un nuevo rostro, en situaciones mucho más complejas que en quellos días. Así como Jesús, en el Evangelio de hoy (Mc 8,27-35) le pregunta a sus Apóstoles «quién dice la gente que es Él» (cf. Mc 8,27) y los escucha; a nosotros nos pregunta también como a ellos: «Y ustedes, ¿quién dicen que soy?» (Mc 8,29). En medio de un México conformado hoy por una sociedad bastante diversa y plural, ¿que podemos decir de Cristo los hombres y mujeres de fe? ¿Qué podemos aportar, desde nuestra mirada de fe, en la reconstrucción de un futuro común al que nos acaban de invitar nuestros obispos en el «Plan de la Iglesia Católica para la Construcción de la Paz»? Cristo pide, al que quiera ir detrás de Él, que cargue su cruz y le siga y nos dice hoy claramente que, si verdaderamente tenemos fe, podemos comprender, desde la lógica de Dios lo que significa seguirle hoy mismo: «El que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará» (Mc 8,35). Pidamos este domingo al Señor, con el estandarte de Santa María de Guadalupe, que nos dé la valentía de confesarle como el Señor, el Mesías y que no nos escandalicemos de Él como hizo Pedro, para vivir en nuestra propia vida, en la Patria chica o la Patria inmensa de nuestra casa común, ese amor de Dios, para que nuestra fe no sea una fe muerta, sino una fe auténtica que nos conduzca hacia la Patria eterna, nuestra casa de verdad. ¡Feliz domingo y felices fiestas patrias a los mexicanos de nacimiento y de corazón! 

Padre Alfredo.

sábado, 15 de septiembre de 2018

«Stabat Mater»... Un pequeño pensamiento para hoy

El «Stabat Mater» del italiano Giovanni Battista Pergolesi —uno de los músicos más importantes del barroco— es una de las más célebres composiciones religiosas de la historia. Esta obra, concertada para soprano, contralto y orquesta, se convirtió en la más editada e impresa en el siglo XVIII, y fue adaptada o arreglada por muchos otros compositores, entre otros el famosísimo Juan Sebastián Bach. La letra del «Stabat Mater» —«Estaba la Madre», en latín— es una secuencia medieval del gregoriano datada en el siglo XIII y atribuida a varios autores, entre los que se encuentran como más probables el papa Inocencio III y el franciscano Jacopone da Todi. Se trata de una plegaria meditada sobre el sufrimiento de la Virgen María durante la crucifixión de su Hijo y hoy, por ser día de «Nuestra Señora de los Dolores» amanecí escuchando esta hermosa pieza. Esta memoria litúrgica dedicada a María en su dolor a los pies de la Cruz, se celebra en este día 15 porque el 14 —con excepción de México y algunas otras naciones— se celebra la fiesta de la Exaltación de la Cruz. En este día, la liturgia pone, después del salmo responsorial, esta bella secuencia para la Misa y como himno de Laudes en la Liturgia de las Horas, con una de las traducciones más hermosas que se han hecho al español de la misma, la de Lope de Vega, en el siglo XVI. Y más de doscientos compositores famosos, además de Pergolesi (como se puede comprobar en youtube, en iTunes, Spotify y otros medios) le han puesto música. 

Mi admirado sacerdote, periodista y escritor José Luis Martín Descalzo (27 de agosto de 1930—11 de junio de 1991) tiene una oración que es bellísima también y que hoy quiero compartirles, aunque seguramente ya la habrán encontrado escrita en alguna otra parte: «En todas las esquinas de la vida, Tú lo sabes , Señora, nos espera el dolor, los hijos muertos, la angustia del salario que no llega, el puñetazo cruel de la injusticia, la violencia y la guerra, el horrible vacío de tantas soledades, los infinitos ríos del llanto de los hombres. ¿Y a quién acudir sino a tu lado, Virgen experta en penas, sabia en dolores, maestra en el sufrir, conocedora de todas las espadas? Por el cansancio del camino a Belén te pedimos por todos los cansados. Por el frío de la cueva y la noche de Navidad, acuérdate de los que tienen hambre. Por el dolor del Hijo que perdiste en el templo, ayuda a tantos padres que pierden a sus hijos por los más turbios caminos, Por los años de oscura pobreza en Nazaret, da un más ancho salario de amor a tantos hombres que ven cómo decrecen sus salarios. Por el largo silencio de tus años de viuda, acompaña a tantos y tantos solitarios. Por la angustia de ver perseguido a Jesús, no abandones a tantos que la injusticia aplasta. Por las horas terribles del Calvario y la sangre, siéntate cada tarde al borde de la cama de todos los que viven muertos sin salud y sin fuerzas. Tú, que sabes de espadas, Virgen Madre de los dolores, pon en tu corazón a cuantos tienen el alma destrozada. Amén». 

En medio del proceso vertiginoso de secularización, que caracteriza a gran parte del mundo contemporáneo, como lo veo en esta descristianizada selva de cemento en la que ahora estoy sembrado, es muy importante que los discípulos–misioneros fijemos la mirada la Virgen Dolorosa y captemos el significado de su entrega hasta el pie de la Cruz y más allá, con los primeros discípulos en la espera del Espíritu, que vendrá a dar nueva luz, nuevo impulso y valor a los primeros seguidores de Cristo. Este día podemos acompañar a María en su vivencia de un profundísimo dolor, el tormento de una madre que ve a su amado Hijo incomprendido, acusado, abandonado por los temerosos apóstoles, flagelado por los soldados romanos, coronado con espinas, escupido, abofeteado, caminando descalzo debajo de un madero astilloso y muy pesado hacia el monte Calvario, donde finalmente presenció la agonía de su muerte en una cruz, clavado de pies y manos... ¿Pero, qué no lo ve así ahora Ella? Cuando el mundo, incluso el de los llamados «creyentes» lo ha tratado de la misma manera, sacándolo de la vida social del diario andar; este mundo que camina sin estar adherido a la Cruz del Redentor y sin ton ni son, adorando ídolos por aquí y por allá, como dice San Pablo en la primera lectura de hoy (1 Cor 10,14-22). María, llena de dolor, sufre al ver en estos días a la Iglesia de su Hijo lacerada. ¡Son demasiadas espadas que hoy atraviesan el corazón: las guerras, el hambre, las marginaciones, los abusos, las apostasías que se suman a tantas otras heridas del Cuerpo Místico de Cristo! Y María es la Madre de la Iglesia, de esta Iglesia amada que nos pide, mirándola a Ella, «con la espada atravesada en el alma» (Lc 2,33-35) como nos recuerda el Evangelio de hoy, a que dirijamos nuestra mirada hacia Ella que, con lágrimas en los ojos nos invita a que actuemos con cordura, convocándonos a todos sus hijos junto a la cruz , en lo alto del Calvario, para hacernos escuchar el tierno mensaje de tu Hijo que agoniza de amor por nosotros y dice: «Mujer, ahí tienes a tus hijos... Hijos, ahí tienen a su Madre» (cf. Jn 19,26). ¡Bendecido sábado y felices fiestas patrias a la asolada nación que ansía la verdadera libertad, aquella del corazón, como María! 

Padre Alfredo.

viernes, 14 de septiembre de 2018

«Ay de mí si no predico el Evangelio»... Un pequeño pensamiento para hoy


Cada vez que leo, medito y estudio el pasaje que la primera lectura de la liturgia de hoy nos ofrece (1 Cor 9,16-19.22-27) y que para mí es una de los más densos de las cartas de San Pablo, no deja de impactarme la manera en que el Apóstol de las Gentes nos explica detalladamente que la predicación del Evangelio no es para él materia de gloria personal, pues le precisa el llamamiento de Dios, le impulsa su conciencia ligada al cumplimiento de su deber y, sobre todo ello, le impele el fuego que lleva dentro de su corazón a favor de la salvación de todos los hombres y de la gloria del Señor Jesucristo: «No tengo por qué presumir de predicar el Evangelio, puesto que ésa es mi obligación. ¡Ay de mí, si no anuncio el Evangelio! Si yo lo hiciera por propia iniciativa, merecería recompensa; pero si no, es que se me ha confiado una misión» (1 Cor 9,16). El Apóstol entiende que la predicación es el principal medio para la difusión de la Buena Nueva y, por lo tanto para él y para todo discípulo–misionero de Cristo es una necesidad: «¡Ay de mí, si no anuncio el evangelio!» Junto a la celebración de los sacramentos, teniendo a la Eucaristía como centro, la predicación es la responsabilidad primordial de la Iglesia. Está intrínsecamente vinculada al encargo que Cristo nos ha dejado: «Vayan por todo el mundo y anuncien la Buena Nueva a toda la creación» (Mc 16,15). 

El mandato del Señor —que San Pablo ha captado a la perfección— va íntimamente unido con nuestra identidad de cristianos, pues no se puede ser un discípulo–misionero de Jesucristo y renunciar a continuar la misión de llevar la Buena Nueva al mundo. La salvación que Dios quiere seguir obrando en todas las generaciones depende de que hombres y mujeres de todas las épocas, de toda condición y cultura, nos comprometamos con este mensaje y lo sintamos como una urgencia por hacer llegar a todos los rincones de la tierra el Evangelio. Con razón almas como la de la beata María Inés Teresa, impregnadas del celo misionero por llevar a Cristo a todos, sienten esa urgencia misionera: «¿No quieres servirte de mí, como un instrumento para tu gloria, para llevar a tantas almas tu Santo Evangelio, y con él la comprensión de tu bondad, de tu caridad, de tu ternura, de tu amor infinitamente misericordioso, de todo lo que Tú sabes hacer en favor de un alma que espera y confía en Ti?» (Notas íntimas). La «urgencia misionera» de cada uno de nosotros es importantísima, pues si nosotros con nuestra palabra y testimonio de vida, impulsados por «las dos alas de la oración y el sacrificio» como dice la misma beata María Inés, no nos atrevemos a anunciar que el Señor padeció, murió y resucitó por nosotros, ¿quién lo anunciará? Escribiendo a San Ignacio de Loyola, San Francisco Xavier, el patrono de los misioneros le dice: «En estos lugares, cuando llegaba, bautizaba a todos los muchachos que no eran bautizados; de manera que bauticé una grande multitud de infantes que no sabían distinguir la mano derecha de la izquierda. Cuando llegaba en los lugares, no me dejaban los muchachos ni rezar mi Oficio, ni comer, ni dormir, sino que los enseñase algunas oraciones. Entonces comencé a conocer por qué de los tales es el reino de los cielos» (Cartas 4 y 5 de San Francisco Xavier a San Ignacio de Loyola). 

Pero, dice Jesús hoy en el Evangelio de hoy que «un ciego no puede guiar a otro ciego» (Lc 6,39-42). No se puede ayudar a otra persona a llegar a Jesús si primero no se ha identificado uno con Él. Al que trate de hacer eso se le califica de hipócrita, porque no lo llevará a Jesús, sino a sí mismo, a sus ideas, a sus criterios, acariciando al orgullo, sonriéndole con condescendencia al pecado del proselitismo y pretendiendo cubrir con una crema el cáncer de la vanidad. Es obvio que si alguien es ciego y quiere conducir a otro por un camino tortuoso como el que nos ofrece el mundo, lo llevará seguramente a un hoyo (Lc 6,39). Los falsos maestros conducen a sus seguidores al desastre o la muerte. El «¡Ay de mí!» de San Pablo, expresa que él está convencido de que Jesús vivió lo que enseñó y eso le impulsa a «hacerse esclavo de todos para ganarlos a todos» (1 Cor 9,19). Él sabe que Cristo fue rechazado por su amor y ministerio para con la gente porque les hablaba tan claro como muestra el Evangelio de hoy. El Apóstol sabe que los seguidores de Jesús, experimentarán el mismo trato en el mundo caído. Cuando nosotros como creyentes imitamos cuestiones de nuestra cultura que no convienen o buscamos el ser aceptados totalmente por ella haciendo a un lado lo esencial que sabemos que tenemos que vivir, estamos frente a un verdadero signo de que no nos hemos ido modelando bajo las enseñanzas de Jesús en su Evangelio. El cristianismo del Nuevo Testamento nunca ha sido socialmente aceptado como tal. ¡Al mundo egoísta le resulta incómodo el autosacrificio y el amor desprendido! Nos concierta prestar atención y reflexionar hoy el espeso mensaje de estas dos lecturas y nos conviene hacerlo con los ojos bien abiertos, viendo a María, la primera evangelizadora. ¡Bendecido viernes! 

Padre Alfredo.

jueves, 13 de septiembre de 2018

«¿Comerse al mundo?»... Un pequeño pensamiento para hoy

¡Cuánta razón tiene San Pablo al afirmar: «Todo me es lícito, mas no todo conviene: todo me es lícito, mas no todo edifica!» (1 Cor 10,23). La primera lectura del día de hoy (1 Cor 8,1-13) nos presenta una de esas situaciones en las cuales hay que callar a los derechos legítimos que se tienen para hacer algo, porque es necesario comprender que, en última instancia, es la caridad misericordiosa la que debe imponerse en la convivencia con los hermanos en la comunidad, ya que entre ellos puede haber algunos escrupulosos que se sienten mal ante casos como el que se presenta hoy en este trocito de la Escritura. En aquellos tiempos en que San Pablo escribe estas indicaciones, los sacrificios que se ofrecían en los santuarios de las diversas creencias religiosas eran generalmente —como sucedía también entre los judíos— animales que se sacrificaban, y, lo que sobraba del animal inmolado, era lo que se vendía en el mercado. Por eso es que algunos plantean al Apóstol de las Gentes la cuestión de si al comer aquella carne, de la ofrecida a los ídolos, no se estarían comprometiendo con los «falsos dioses» a los que se había entregado parte de aquel animal. San Pablo, recordando que Cristo había dicho que no es lo que viene de fuera lo que contamina al hombre (Mt 15,15). 

San Pablo, como enseñante y predicador del pueblo cristiano, es incomparable y desciende hasta estos detalles que, para nosotros, parecen no tener complicación alguna. Si la cuestión del problema es «la pureza», él nos enseña, al hablarle así a los corintios, que es la misericordia para con el universo entero la que debe ir por delante. Y que esa misericordia para con todos, incluidos los escrupulosos, es la llama que inflama el corazón de amor hacia toda la creación, hacia los hombres, los animales y todo lo creado. San Pablo dice que siendo misericordiosos, se vive la caridad y se es capaz de tolerar, de escuchar, de ver lo mejor que hay que hacer para que no se pierda el hermano que tiene poco formada la conciencia. Por esto, la misericordia, acompañada de una «exquisita caridad», se debe aplicar en todo momento tanto sobre los seres desprovistos de la palabra, sobre los indecisos, como sobre los enemigos de la verdad o sobre aquellos que son incipientes en la fe, para que sean guardados y purificados. Una misericordia inmensa y sin medida nace en el corazón caritativo del hombre, a imagen de Dios. 

Nuestro Señor, en el Evangelio de hoy (Lc 6,27-38), nos deja una tarea que, si se ve solamente con los ojos humanos, parece imposible. Amar a nuestros enemigos, hacer el bien a aquellas personas que nos aborrecen, bendecir a quienes nos maldigan, orar por los que nos difaman, no juzgar, no condenar, perdonar, dar hasta la túnica a aquellos que sólo nos piden el manto, dar sin esperar a cambio. Puede parecer difícil de lograrlo, porque la sociedad globalizada y materialista en la que vivimos, identificada más bien con el «pisa antes de que te pisen», «pellizca antes de que te pellizquen», «métete antes que el otro», «no te dejes», «si no te habla ni te metas», «tú empuja», «si te hizo algo busca a ver como te vengas», quiere programar al hombre para que sea todo lo contrario a lo que Jesús enseña. Hoy se busca ser competitivo a como de lugar, admirado en la sociedad aunque sea por apariencias, parecer los más fuertes, como decía aquel panorámico de una institución educativa de mucho prestigio: «Te preparamos para que te comas al mundo»... Así todo el planteamiento de Jesús que hoy escuchamos y lo que San Pablo nos dice, parece no tener cabida en nuestra manera de ser y de comportarnos. Muchos cristianos, al igual que mucha gente de hoy van mutilados, heridos, traicionados por el mundo, de manera que se hace muy difícil tratar a los demás como queremos ser tratados. Hay que voltear a ver a María, «la Mujer», ella, que tiene claro lo que es una relación sana y pura con el Señor y con los hermanos, amigos y enemigos, de manera que puede estar serena en las buenas y en las malas, sin hacer cosas que escandalicen sino mostrando sólo su caridad misericordiosa, esa que pregunta en el Tepeyac: «¿Qué no estoy aquí que soy tu Madre? Hoy, a la luz del Espíritu Santo que a Ella la cubrió con su sombra y mirando a Jesús en la Eucaristía, «manso y humilde de corazón», podemos, si queremos dejarnos transformar y así, en medio de este mundo con escrupulosos por un lado y egoístas por otro, dar esa medida generosa, apretada y rebosante que el mundo espera recibir. Porque «con la misma medida que midamos, seremos medidos» (cf Lc 6,38). ¡Feliz jueves eucarístico y sacerdotal! 

Padre Alfredo.

miércoles, 12 de septiembre de 2018

Unos días en la Trapa II...

Las monjas de la abadía «Madre de Dios», como los trapenses de todos los monasterios de la Orden, se levantan más que temprano, pues a las 4:35 ya están en la Capilla recitando «Las Vigilias«, que en el caso nuestro equivale al llamado «Oficio de Lecturas», que antes se rezaba sólo de madrugada y que hoy, por bondad de la Iglesia para los que nos muy madrugadores, se puede rezar a cualquier hora del día. Yo escribo esta al anochecer de este lunes 3 de septiembre de 2018.

Cada monasterio de monjas trapenses, tiene por capellán un padre trapense, y, en este caso, el capellán siempre es un monje de la abadía de «Azul», en Argentina, de quienes les dejo, al final de esta entrada, un video para que conozcan esa comunidad de monjes. El capellán celebra diariamente la Santa Misa e imparte otros sacramentos. Vive en el mismo monasterio pero en un lugar aparte denominado: «Capellanía». 

En el caso de este monasterio, el capellán es el padre trapense Juan Carlos Leardi, llamado Ceferino en la vida religiosa. El padre tiene 10 años en esta tarea que le han asignado y siempre está disponible, según se le solicite con anticipación y no tenga otros compromisos, para dar Ejercicios Espirituales, retiros y conferencias aquí en el monasterio o fuera de él.

A nosotros nos ha dado hace un rato una charla, y así será cada día, hablándonos de «El sacerdote, pastor como Cristo y enviado por Él». 

El silencio que se respira aquí es fenomenal y permanece todo el día, que hoy, en general, ha sido nublado y bastante lluvioso al atardecer. Con razón la beata María Inés decía: «Les encargo especialmente el silencio… ya saben hijos, cuanto le desagradan al Señor las faltas de silencio. Cómo, es imposible que tengamos vida interior, ni que adelantemos en la virtud, si estamos continuamente hablando con las criaturas y a veces haciendo de todo recreación» (Carta colectiva a las comunidades de Cuernavaca, Puebla y México, en Enero 24 de 1959).

Hoy he podido recitar todas las horas litúrgicas con un sabor muy especial. Los trapenses rezan siete veces al día y con un estilo muy especial que incluye más salmos y cánticos que la Liturgia de las Horas ordinaria. He disfrutado en medio del silencio el rezo del Santo Rosario en soledad con María, en la preciosa y acogedora capilla que preside un Cristo crucificado —como marca la liturgia—que pende del techo, y una bella imagen —réplica de la original— de la dulce Morenita del Tepeyac, que no me deja nunca.

Ahora el día ha terminado con el rezo de Completas a las 7:50 de la tarde. ¡Gracias, Señor!

Padre Alfredo.

Unos días en «La Trapa» I...

Llegamos a este bellísimo lugar, «La Trapa» de la Abadía «La Madre de Dios» en Cd. Hidalgo, un pintoresco lugar de México enclavado entre las llamadas «Mil Cumbres» del bello estado de Michoacán. En varias entradas estaré compartiendo mis reflexiones de estos días en que estuvimos el padre José Radilla y un servidor en Ejercicios Espirituales. Escribo esto al amanecer del día 3 de septiembre de 2018.

No es la primera vez que vengo, sino más bien puedo decir que hace mucho que no venía. Recuerdo aquí allá por los años 90's unos Ejercicios Espirituales que nos impartió un monje trapense, el padre Francisco O.C.S.O., unos ejercicios que marcaron mi vida en aquel tiempo de joven sacerdote, metido de lleno en la misión y con un grupito de Misioneros de Cristo. Tiempo después regresé para dar Ejercicios, con nun tema Eucarístico a un grupito de formandos de nuestro Instituto. Algunos de ellos son ya sacerdotes y otros han seguido un buen camino en otras vocaciones. Conservo aún algunos de los Ejercicios que he dado y, entre ellos, están estos que dí en «La Trapa». Las otras visitas que he hecho a este santo lugar han sido de retiro, de paseo y de pasada alguna que otra, pero ya hace más de 15 años que no pasaba por aquí.

La Orden Cisterciense de la Estricta Observancia (O.C.S.O. por su nombre oficial, en latín, Ordo Cisterciensis Strictioris Observantiae), conocida como «Orden de la Trapa», es una orden monástica católica, cuyos miembros son popularmente conocidos como trapenses. Tienen como regla la de San Benito, la cual aspiran seguir sin lenitivos. Nacen como una ramificación de la Orden del Císter, que a su vez se originó de la Orden de San Benito. «Trapenses» es el nombre popular para los miembros de esta Orden porque remonta sus orígenes a las reformas introducidas (1664) de Armand Jean le Bouthillier de Rance (1626 - 1700) en el monasterio de «La Trapa», cerca de Seez, en Francia. Él hizo hincapié en la dimensión penitencial de la vida monástica - poca comida, nada de carne, el trabajo manual duro y estricto silencio. Con el tiempo estas medidas fueron adoptadas por otros monasterios cistercienses. Un miembro influyente de esta Orden fue el escritor Thomas Merton. Los monjes y las monjas trapenses visten un hábito blanco con escapulario negro y tienen cerca de 70 abadías en todo el mundo.

Hoy vengo aquí con ellos en circunstancias sumamente diferentes a las de aquellas ocasiones, y como digo, acompañado por el padre Pepe, que más bien debo decir que vengo porque él me invitó, y monseñor Pedro Agustín me lo concedió. ¡Para mí un regalo de cumpleaños, que acabo de celebrar!

Me hago al llegar una serie de preguntas de las cuales sólo unas cuantas plasmo aquí: ¿Qué quiere el Señor de mí a estas alturas? ¿Por qué en medio de lo que interiormente vivo, el buen Dios, que siempre vela por mí, me trae a «La Trapa»? ¿Hacia dónde me lleva el Señor con este regalo que me da? ¿Cuál será el tema de estos Ejercicios Espirituales?

Sólo él sabe lo que estoy viviendo y lo que éste pobre corazón anhela a pesar de su ruindad y su miseria. Es el momento de decir como Nuestra Madre Fundadora la beata María Inés: «Padre, me pongo en tus manos, haz de mí lo que tú quieras». Desde ayer, a la hora en que las monjas abrieron la puerta de la abadía para recibirnos, hay algo nuevo en mí. ¡Se respira aquí el aire de Dios!

Padre Alfredo.

En este video vemos a la comunidad de monjas trapenses de esta abadía de «La Madre de Dios»:

»Porque este mundo que vemos es pasajero»... Un pequeño pensamiento para hoy


En la vida de la cosmopolita Corinto, como en la sociedad globalizada de hoy, se mezclaban —como he mencionado ya varias veces en estos días— diversas ideas filosóficas y religiosas en un mundo que relativizaba todo para no meterse en problemas —algún parecido con la realidad no es mera coincidencia—. San Pablo está preocupado por la formación de aquellos primeros cristianos, pues no quiere que la llegada de la fe a sus vidas sea solamente una «llamarada de petate». Se trata de una comunidad de creyentes en medio de la civilización griega en una época en que estaba en el más profundo desconcierto en todos los campos, incluido el de la sexualidad. Las posturas iban de extremo a extremo: había quienes iban proclamando desde el desprecio del cuerpo y de la sexualidad hasta el más pleno desenfreno. En esta confusión, San Pablo defiende simultáneamente la grandeza y la indisolubilidad del matrimonio y el valor del celibato, queriendo dar derecho de ciudadanía a un estado nuevo, ese del celibato por el Reino, al lado de un estado de vida ya conocido y considerado, entonces, como única posibilidad: el matrimonio. San Pablo considera que, según las enseñanzas de Cristo, matrimonio y celibato son complementarios porque en los dos, se ha de hacer una opción por Cristo y su Evangelio (1 Cor 7,25-31). 

El Apóstol de las gentes pide a todos —solteros, casados, viudos— que, cada uno en su estado, se dedique a hacer el bien, a trabajar por el Reino, sobre todo teniendo en cuenta —como era la opinión de la época— que el retorno del Señor era inminente. San Pablo habla desde una realidad que conoce muy bien, él ya sabe que la mayoría se casan —su alto concepto del matrimonio lo expresa sobre todo en el capítulo 5 de Efesios— y que algunos han ya enviudado, mientras que otros, como él mismo, han optado por el celibato para dedicar todas sus energías a la evangelización. En el fondo, el Apóstol nos está invitando a todos a una sana «indiferencia». Les dice a los Corintios que continúen en el estado en que se encontraban cuando se convirtieron: que no abandonen el matrimonio o el celibato, sino que, cada uno como está, luche por cumplir la voluntad de Dios trabajando en favor del Reino, porque urge aprovechar el tiempo presente y no hay que desperdiciarlo. Todos sabemos que debemos de dar a las personas, a las cosas y a los acontecimientos, el lugar que les corresponde porque hay valores e ideales que marcan nuestra condición de cristianos en cualquiera que sea nuestro estado de vida. Cada uno en su situación personal, ha de comprometerse a vivir los valores del evangelio de Cristo, que hoy nos los presenta San Lucas en las bienaventuranzas (Lc 6,20-16), teniendo en cuenta los valores más inmediatos y sobre todo los superiores, que dan sentido más pleno a todo lo que hacemos. Los casados, con su vida de amor y de educación de sus hijos. Los que han optado por el celibato, desde el carisma propio y la misión recibida en la Iglesia. Todos buscando ser fieles a Cristo para ser «dichosos» como signos creíbles de la existencia de Dios y el establecimiento del Reino en medio del mundo. 

Las bienaventuranzas, como nos las presenta San Lucas son distintas un poco de las de san Mateo, que son ocho (Mt 5,3-12). Aquí son cuatro bienaventuranzas y cuatro que podemos llamar malaventuranzas o lamentaciones. San Mateo las presenta en tercera persona: «de ellos» es el Reino dice, mientras que San Lucas en segunda: «suyo» es el Reino. Lo importante de las bienaventuranzas en San Lucas, es captar que Jesús llama «bienaventurados, felices y dichosos» a los pobres, a los que sufren —pasan hambre—, a los que lloran y a los que son perseguidos por causa de su fe. Con esto contrasta el «ay» de otras cuatro clases de personas: los ricos, los que están saciados, los que ríen —en tono de burla, claro— y los que son adulados por el mundo. Estos «ayes» se parecen a las antítesis que el mismo San Lucas pone en labios de María de Nazaret en su Magníficat: Dios derriba a los potentados y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos (Lc 1,46-55). Esto es también como el desarrollo que el mismo Lucas nos presenta de lo que había anunciado Jesús en su primera homilía de Nazaret: Dios le ha enviado a los pobres, a los cautivos, a los ciegos y a los oprimidos (Lc 4,18). A mi de todo esto me queda hoy que, según nuestro propio estado de vida, al leer y reflexionar esta Palabra de Dios, en nuestra vida de casados, o de célibes, o de viudos, hay que cuestionarnos si hemos hecho de veras una opción «por Dios» y si la consideración de «la vida eterna» está presente en nuestras acciones y decisiones de cada día... «porque este mundo que vemos es pasajero» (1 Cor 7,31). ¡Bienaventurado, feliz y dichoso miércoles! 

Padre Alfredo.

martes, 11 de septiembre de 2018

«El Señor es amigo de su pueblo»... Un pequeño pensamiento para hoy


San Pablo nos presenta hoy, en la primera lectura (1 Cor 6,1-11) el desordenado mundo en medio del cual vivían los cristianos en la cosmopolita ciudad porteña de Corinto. Aunque la lista de pecados que el Apóstol de las gentes menciona y que excluyen del reino de Dios, no deba entenderse como una denuncia detallada de los vicios de todos los corintios, él relaciona la situación en que se encuentran ahora quienes forman la comunidad creyente con la que tenían cuando todavía eran paganos. Todos han sido bautizados, pero es una pena que sigan viviendo como cuando eran paganos y eso no puede ser. Por eso san Pablo no se limita a decir que, puesto que están bautizados, deben comportarse como hombres nuevos y ya, sino que les hace observar más bien esa nueva realidad de vida en la que han sido introducidos gratuitamente «en el nombre del Señor Jesucristo y por medio del Espíritu de nuestro Dios» (1 Cor 16,11). Pese a su conducta, el bautismo es una realidad que sigue subsistiendo en ellos, como en tanta gente de hoy que, bautizada, vive de una manera disoluta. Todo bautizado ha sido purificado, santificado y justificado por el agua del bautismo, y vivir en contradicción con esta nueva realidad constituye el nuevo absurdo del pecado en el cristiano de ayer y de nuestros tiempos en donde siempre convive el trigo y la cizaña (Mt 13,24). Hoy es 11 de septiembre. Y, ¿quién puede olvidar aquel 11 de septiembre de 2001 cuando el mundo cambió para siempre? El terrible ataque terrorista contra las Torres Gemelas del World Trade Center, corazón financiero de Nueva York en los Estados Unidos, supuso un antes y un después en la historia contemporánea. Desde Pearl Harbor, en 1941, ningún enemigo externo se había aventurado a lanzar un ataque de grandes proporciones en suelo estadounidense y causar una hecatombe como esa: cuatro aviones conducidos por terroristas y terroríficos pilotos suicidas, destruyeron miles de vidas.


Películas y documentales como «United 93», «La célula de Hamburgo», «Fahrenheit 9/11», «The Falling Man», «9-11 in Plane Site», «Zeitgeist: The Movie», «World Trade Center», «The Guys», «El coraje de todos», « En algún lugar de la memoria», «Tan fuerte, tan cerca», «La noche más oscura» o «My Name Is Khan» presentan todos los aspectos que rodean aquel impresionante y de verdad «increíble» acontecimiento que la humanidad nunca podrá olvidar. Incluso el padre Pepe, que regresa hoy a África, me dice que volar en este día pasando por la emblemática Nueva York —que no conozco— es mucho más barato por aquellos de las «superticiones» que paralizan a muchos. Los recuerdos del peor ataque terrorista de los últimos tiempos en pleno corazón de Estados Unidos todavía estremecen al mundo entero. Las apocalípticas escenas de gente corriendo para escapar de una densa nube de humo y escombros quedaron grabadas en las mentes de toda una generación. Escenas apocalípticas, algunas veces vistas en ciencia ficción, se hicieron realidad a medida que la gente absorta observaba —gracias a la instantaneidad de los medios de comunicación actuales— la devastación de cuerpos destrozados y víctimas mutiladas. Se perdieron miles de vidas de personas no solo de Estados Unidos y el resto de América, sino de todos los continentes. Un sorprendente número de gente pensó inmediatamente en Dios a medida que observaba en vivo aquel holocausto en Nueva York, en el Pentágono, y en Pensilvana. Algunos noticieros comentaban: «Dios ha hecho que esta nación y el mundo entero se ponga de rodillas».


La basta mayoría de personas alrededor del globo terráqueo, no ha olvidado el hecho, pero ha olvidado el valor de la vida, de la historia y, muchos cristianos, han olvidado enlazar aquel hecho aciago con la realidad, a la luz de las Escrituras (cf. Is 55,8-9). La razón es que casi todos se dejan pronto contagiar por las ideas del mundo, que es siempre frío y vicioso, un mundo que no se sujeta en general a la voluntad de Dios (Rm 8,7-8). Hoy casi todos se encuentran cautivados por el «dios» que está detrás de esta visión mundanizada (2 Co 4,3-4; Jn 8,44); y, sin dejarse transformar por el Espíritu de Dios (2 Co 3,17-18) casi nadie puede hacer una lectura desde el corazón de Dios que nos quiere seguir hablando haciéndonos ver que él nunca nos dejará. El Evangelio de hoy narra que «toda la gente procuraba tocar a Jesús, porque salía de él una fuerza muy especial» (Lc 6,12-19) esa fuerza que sólo puede brotar de Dios. Necesitamos preguntarnos a nosotros mismos, que hemos sido llamados por Cristo, de la misma manera en que llamó a los Apóstoles, cómo deberíamos ver esta tragedia 17 años después. ¿Qué nos dicen las Escrituras? ¿Qué me dice la fe? ¿Hacia dónde va mi vida? El mundo no olvida la tragedia, pero olvida a Aquel que nos libró de una guerra que se veía venir de inmediato. El mundo no olvida aquella matanza y de otras donde más de 7,000 personas han sido asesinadas trágicamente por los terroristas, pero ¿cuántos han sido los que han condenado abiertamente el asesinato de más de un millón de bebés al año por madres crueles, doctores y enfermeras? ¿Estamos preocupados por los millones apresados y asesinados en la China Comunista y por las prohibiciones a las prédicas y conversión a Cristo en muchas tierras islámicas? ¿Nos preocupamos por aquellos aún no conocen a Cristo y no tienen el consuelo de su amor? A mí el recuerdo del 9/11 y las enérgicas palabras de san Pablo me dejan temblando en medio de un mundo que ha caído en el pecado y en el que «la tragedia ajena» es parte de la vida de cada día junto a tantos vicios que enturbian la mente y el corazón del bautizado. El recuerdo de aquel evento me llama al arrepentimiento y a la conversión (Lc 13,1-5). Hoy es martes, voy a la Basílica a dispensar, bajo la mirada amorosa de la Madre, la misericordia de Dios a quien la quiera buscar anhelando ser «lavados, consagrados y justificados en el nombre del Señor Jesucristo» reiniciando un camino de amor, de paz y de buena voluntad (cf. 1 Tes 5,15). He sido larguísimo, pero no puedo terminar sin dar gracias a Dios por la visita —Muy de Dios— del padre Pepe, este misionero incansable que si ha entendido y ha sabido leer lo que el Señor nos dice en su Palabra y en el mundo actual. Vuela el 9/11 lleno de fe y portador de esperanza con una sonrisa que contagia y que nos deja ver que, como dice hoy el salmista (Sal 149), a pesar de todos los pesares, «el Señor es amigo de su pueblo». ¡Bendecido martes!


Padre Alfredo.