sábado, 31 de octubre de 2026

«¡Mi vivir es Cristo!»... UN PEQUEÑO PENSAMIENTO PARA HOY


Con la sencillez de san Pablo en la Carta a los Filipenses (1, 18b-26) llegamos al fin de este mes que está cada año marcado por el ROSARIO y el DOMUND. En esta carta san Pablo nos habla desde la prisión. Él es el misionero que está preso, pero que lejos de quejarse, nos regala una de las declaraciones más profundas del Nuevo Testamento: «Para mí la vida es Cristo, y el morir, una ganancia». Esta es una emotiva confesión que nos ofrece tres grandes faros para nuestra espiritualidad cotidiana.

En boca del llamado Apóstol de las Gentes, no son «palabras bonitas». Pablo está en la cárcel y sabe que pueden sacarle de allí para ser ejecutado. La muerte le llevaría con quien ama y sería más cómodo. Se pone en manos de Dios y desde la cárcel da a entender: «Señor, si todavía me necesita tu pueblo, no me niego a seguir trabajando». ¡Mi vivir es Cristo!, ¿quién puede sentirse tan identificado? El amor a Cristo, al trabajo y el servicio fraternal son las pistas por donde se desliza toda vida según Dios.

San Pablo nos deja claro que Jesucristo no es una doctrina, una filosofía ni una simple costumbre; Cristo es su vida misma. Su identidad está tan fusionada con el Señor que la muerte ya no se presenta como un abismo de terror o un final trágico, sino como una «ganancia», el paso definitivo para estar con Él cara a cara. En las vísperas de la fiesta de Todos los santos y del día de los Fieles Difuntos, esta declaración desarma el mayor poder del mundo: el miedo a morir. Quien no teme perder la vida por Cristo es verdaderamente libre. No se trata de un desprecio por el mundo ni de una evasión de la realidad, sino de una esperanza tan sólida que reconfigura el valor del presente. Que la Virgen, al cerrar este mes, nos acompañe. ¡Bendecido sábado!

Padre Alfredo.

viernes, 30 de octubre de 2026

«Donde pueda ser más útil»... Un pequeño pensamiento para hoy


El Evangelio de hoy (Lucas 14, 1.7-11) nos presenta a Jesús observando cómo los invitados buscaban los primeros puestos. Yo creo que él en esas ocasiones recordaba las ocasiones en las que la multitud quería proclamarlo rey y él se retiraba. Porque, a pesar de poder ocupar mucho más que los primeros lugares, como dice san Pablo, se vació de sí mismo y tomó la condición de servidor. Jesús eligió descender por amor, acercarse a todos y compartir nuestra fragilidad. Precisamente por esa humildad fue exaltado por el Padre y permanece, veinte siglos después, como el Maestro que sigue reuniendo a millones de personas. Su grandeza no nació de imponerse, sino de entregarse.

Se cuenta que, durante una comida comunitaria, todos esperaban que el invitado más distinguido ocupara el lugar principal. Sin embargo, al llegar, aquel hombre vio a un anciano que servía las mesas y, en vez de sentarse, tomó una jarra y comenzó a ayudarlo a repartir el agua. Alguien le preguntó por qué no ocupaba el sitio reservado para él, y respondió: «Hoy quiero sentarme donde pueda ser más útil». Ese gesto sencillo cambió el ambiente: los demás dejaron de preocuparse por su lugar y comenzaron también a servir. Así obra la verdadera humildad: no consiste en despreciarse, sino en dejar de colocarse en el centro para descubrir las necesidades de los demás.

El Reino de Dios invierte, por tanto, los criterios del mundo: «Todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido». Para Jesús, los primeros lugares no se conquistan buscando honores, sino amando y sirviendo desde el último rinconcito. Ante todo esto conviene preguntarnos: ¿busco ser reconocido o procuro que otros se sientan acogidos?, ¿quiero tener siempre la razón o sé escuchar?, ¿espero que me sirvan o me adelanto a ayudar? Pidamos a María su intercesión para que nos alcance del Señor un corazón humilde, capaz de servir sin hacer ruido y de amar sin esperar recompensa, porque ante Dios la persona verdaderamente grande es la que hace grande la vida de los demás. ¡Bendecido viernes!

Padre Alfredo.

jueves, 29 de octubre de 2026

«Malos que no son para siempre malos»... UN PEQUEÑO PENSAMIENTO PARA HOY


La primera lectura de la misa de hoy (Efesios 6, 10-20) da la impresión de ser un texto mítico, que utiliza categorías en desuso, pero es que el bien solo puede hacerse libremente, pero la libertad humana no es suficiente, sea por nuestra imperfección inicial o por nuestra inclinación al mal. Incluso muchos que no aceptan la doctrina del pecado original están de acuerdo en que el ser humano actúa muchas veces en contra del deber ser más por debilidad que por mala voluntad. De ahí que San Pablo presente la batalla contra el mal como una lucha espiritual que trasciende nuestra psicología, sin negarla, y requiere poner en juego armas espirituales, como el cinturón de la verdad, la coraza de la justicia, el escudo de la fe, el casco de la salvación, la espada del Espíritu y la Palabra de Dios. Todas estas imágenes bélicas nos hablan de una verdadera batalla, pero que no tiene como enemigo a otros, sino a aquello que nos enemista entre nosotros, y tiene como meta el Evangelio de la paz y la reconciliación. Bien decía el papa Francisco que la Iglesia es un hospital en un campo de batalla.

Esta visión sobrenatural sobre los acontecimientos naturales de nuestra historia nos permite comprender que quienes nos parecen malos y sin posibilidad de cambio, en realidad no lo son y en ellos también es posible encontrar la semilla del bien. Por eso en el evangelio de hoy (Lucas 13,31-35) vemos que los fariseos, tradicionales oponentes de Jesús, muestras algún aprecio por Él, cuando le advierten de las aviesas intenciones de Herodes. Este mismo, déspota, adúltero, degenerado y débil, demostraba un cierto deseo de bien en el aprecio que tenía por Juan y el gusto con el que lo escuchaba (Marcos 6, 20), aunque su sola voluntad no fue bastante para salvarlo, precisamente por la debilidad que suponía la falta de asistencia de la gracia.

El que acepta y se deja guiar por la gracia de Dios es capaz de hacer el bien, incluso cuando esto implica consecuencias negativas, como nos enseña hoy Jesús, que no se deja amedrentar, y afirma, frente a las amenazas de muerte, su voluntad de perseverar en su misión de luchar contra el mal —expulsar demonios, las fuerzas que nos tientan— y de hacer el bien —curar—, hasta ese final, que será su propia muerte, y que no será sino la suprema expresión del amor, la entrega libre de la propia vida. Hoy podemos quedarnos con el recuerdo de lo que hace mucho aprendimos la mayoría de nosotros: La voluntad humana es esencial para la realización del bien, pero para ello es necesario que se abra libremente a la gracia, por la que se hace capaz de ver al Señor en los acontecimientos de la historia y en la espera de su venida definitiva. Miremos a la Virgen, a quien llamamos «Refugio de los pecadores» para que ella nos aliente a vencer el mal que a veces quiere anidarse en nuestro corazón y nos ayude a recobrar la gracia de Dios. ¡Bendecido jueves sacerdotal y eucarístico!

Padre Alfredo.

miércoles, 28 de octubre de 2026

«SANTOS SIMÓN Y JUDAS»... Un pequeño pensamiento para hoy


Hoy tenemos la fiesta de uno de los santos más conocidos y venerados de la cristiandad: San Judas Tadeo, a quien celebramos junto a San Simón de quien no conocemos casi nada. Lo cierto es que los dos —aunque uno tenga más seguidores que el otro— fueron elegidos por Jesús tras una noche de profunda oración en el monte, como nos narra el evangelio de hoy (Lucas 6, 12-19). Aunque los Evangelios nos ofrecen pocos detalles de sus vidas, su llamada no fue una coincidencia, sino un acto de amor providencial. Simón era conocido como el Zelote, un hombre apasionado y celoso por sus convicciones humanas, cuyo fuego fue transformado por Cristo en un ardor espiritual para anunciar el Reino. Por su parte, Judas Tadeo, recordado y muy venerado como patrono de las causas difíciles o imposibles, nos dejó en la carta del Nuevo Testamento que se le atribuye,  una exhortación viva a permanecer firmes en la fe y a cuidar el amor de Dios en medio de cualquier prueba.

El testimonio conjunto de estos dos apóstoles, quienes según la tradición predicaron y entregaron su vida juntos en el martirio y que por eso se les celebra juntos, nos recuerda que el seguimiento de Jesús no se trata de buscar la fama o el aplauso del mundo. A menudo, la historia los ha dejado en una aparente discreción frente a figuras más notorias como Pedro o Juan; sin embargo, su fidelidad callada y constante los convirtió en columnas indispensables de la Iglesia. Las lecturas de este día nos aseguran que ya no somos extranjeros, sino miembros de la familia de Dios, edificados sobre el cimiento de los apóstoles, teniendo al mismo Cristo como la piedra angular. La vida de Simón y Judas es la prueba de que el Señor edifica su obra duradera a través de instrumentos sencillos y entregados.

Al celebrar este día, no nos limitemos únicamente a agradecer a San Judas Tadeo que interviene ante Dios por los favores y milagros que socorren nuestras necesidades más difíciles, sino imitemos también el ejemplo de entrega absoluta de estos dos hombres que respondieron a un llamado de Dos como el que a nosotros nos hace. Pidámosle a ambos santos que intercedan por nosotros para que el Señor transforme nuestras debilidades en fortalezas y encienda en nuestros corazones un celo renovado por el Evangelio. Que contando con la ayuda de la Virgen, e inspirados por la valentía de Simón y Judas, estemos dispuestos a ser piedras vivas del gran edificio de la Iglesia, dando testimonio del amor de Dios con nuestras obras cotidianas y una confianza inquebrantable en su misericordia. ¡Bendecido miércoles!

Padre Alfredo.

martes, 27 de octubre de 2026

«Como el granito de mostaza»... Un pequeño pensamiento para hoy


Yo creo que todos o casi todos conocemos el famoso canto del granito de mostaza. Hoy en el evangelio (Lucas 13,18-21) es la imagen que san Lucas nos propone para recordarnos que El Reino es expansión de una nueva conciencia de algo que nace pequeño, como un granito de esta planta tan conocida y utilizada en todo el mundo. no existe un país o una región continental entera donde no se conozca en absoluto. Debido a la globalización, el comercio internacional y la influencia de la comida rápida —como hamburguesas y hot dogs que en los cuatro continentes que conozco los he visto— la mostaza está disponible prácticamente en cualquier supermercado.

Tal vez cuando leemos el evangelio lo que más nos llama la atención es el número de milagros que Jesús realiza como signos extraordinarios que los cristianos de hoy seguimos conociendo a través de los relatos evangélicos: los ciegos ven, los lisiados recuperan la movilidad de sus miembros, a los mudos se les suelta la lengua, a los que el mal mantiene encadenados son liberados y pacificados, los señalados como pecadores, son perdonados. Solo en san Lucas están registrados 23, 6 de los cuales solamente están en ese evangelio. Pero olvidamos que lo esencial es comprender que estos son manifestación del poder de Dios y de la presencia del Reino para animarnos a cambiar de vida y a instalarnos en la nueva perspectiva. Hoy san Lucas no narra uno de esos milagros que llaman la atención, sino que nos recuerda que la expansión del Reino se ha de dar en pequeños milagros que ocurren en el día a día; en la transformación de la diminuta semilla de mostaza en arbusto que cobija nueva vida y de algo más pequeño aún: el hongo microscópico de la levadura que fermenta el pan que nos alimenta. 

En su obra Llama de Amor Viva —Canción 2—, san Juan de la Cruz recurre al granito de mostaza para describir la experiencia mística más íntima de la unión con Dios. San Juan explica que, en el centro del alma purificada, se siente un toque divino que parece un «grano de mostaza muy mínimo, vivísimo y encendidísimo» y detalla que, debido al «gran calor» de ese diminuto grano de amor divino, este comienza a expandirse y dilatarse hacia la periferia del alma, transformándola por completo hasta convertirla en un «inmenso fuego de amor». El granito de mostaza representa así el Reino de Dios establecido en lo más profundo del corazón humano, pequeño en su origen pero infinito en su capacidad de dar fruto y cobijo espiritual cuando vamos haciendo presente a Cristo en los demás. El ejemplo más claro de esto lo tenemos en la Virgen, porque así como la semilla de mostaza es la más pequeña pero se convierte en un refugio para las aves, la vida sencilla de María en Nazaret albergó al Salvador para darlo al mundo entero; por eso buscamos imitarla. ¡Bendecido martes!

Padre Alfredo.

lunes, 26 de octubre de 2026

«Una mística del servicio y de la comunión»... UN PEQUEÑO PENSAMIENTO PARA HOY


Vamos empezando la semana y quiero detenerme, para esta reflexión que comparto, en la primera lectura, tomada de la Carta a los Efesios (Efesios 4, 32 - 5, 8) que nos invita hoy a realizar una transición radical para pasar de las tinieblas a la luz, viviendo en el amor y el perdón tal como Cristo nos amó. El gran teólogo de la espiritualidad y la misión, Juan Esquerda Bifet, nos recuerda constantemente que la vida cristiana no es un simple cumplimiento de normas morales, sino una configuración profunda con el Corazón de Cristo. Para mi padrino Juan, el misterio del amor divino debe asimilarse de tal forma que se convierta en una «mística del servicio y de la comunión». Al pedirnos el apóstol que seamos imitadores de Dios como hijos queridos, nos está llamando a reflejar esa misma ternura y misericordia divina en nuestras comunidades, que ordinariamente son nuestras familias, el grupo de amigos, la escuela, el tr5abajo, el grupo parroquial o el movimiento eclesiástico en el que estamos. No podemos llevar una doble vida; la gracia que recibimos en la oración y en la Eucaristía debe traducirse en un vaciamiento de nosotros mismos para que sea Cristo quien ame, perdone y console a través de nuestra fragilidad.

Recuerdo una ocasión que ilustra perfectamente este esfuerzo por vivir en la luz y el perdón, inspirada en una de mis vivencias misioneras: «en una pequeña comunidad de misión, un catequista sufrió una grave injusticia y calumnia por parte de un vecino, lo que generó una fuerte tensión en el pueblo. En lugar de buscar venganza o exigir una retribución pública, el catequista pasó toda la noche en oración y al día siguiente se presentó en la casa de su agresor no con reclamos, sino con un pan recién horneado y un abrazo sincero. Ante la sorpresa de todos, el vecino rompió a llorar y pidió perdón; aquel pan no era solo alimento físico, sino el signo visible de un corazón que había decidido "desterrar toda amargura, ira y gritería" para dar paso a la bondad». Esta anécdota nos demuestra que el perdón evangélico no es debilidad, sino la fuerza más revolucionaria del Espíritu Santo actuando en el mundo al que le urge cambiar.

Por eso me llamó la atención esta lectura al otro día de haber reflexionado ayer domingo en el amor a Dios y al prójimo como a uno mismo. ¡Qué tarea tan importante: asumir nuestra identidad como «hijos de la luz» para transformar nuestras relaciones humanas en un mundo que se pierde entre el consumismo que nos ciega al amor! Siguiendo el pensamiento del padre Esquerda podemos grabar en nuestro corazón que la madurez espiritual se alcanza cuando dejamos que la luz de Cristo disipe nuestras propias oscuridades: el egoísmo, las palabras deshonestas y la codicia que fragmentan la fraternidad. Vivir de acuerdo con el Espíritu significa caminar en el amor sacrificial, sabiendo que cada obra de bondad, justicia y verdad es un reflejo de la Pascua en nuestra historia. Que la Santísima Virgen María nos enseñe de manera práctica a ser «epifanías» del amor de su Hijo, para que nuestras vidas sean una ofrenda permanente de aroma agradable a nuestro Padre Celestial. ¡Bendecido lunes!

Padre Alfredo.

domingo, 25 de octubre de 2026

«A DIOS Y AL PRÓXIMO»... Un pequeño pensamiento para hoy


El Evangelio de san Mateo (Mt 22, 34-40) de este domingo nos sitúa ante un escenario de confrontación en el que los fariseos se acercan a Jesús con la intención de ponerlo a prueba y atraparlo enredado en sus propias palabras. Al preguntarle cuál es el mandamiento más grande de la ley, buscaban forzarlo a elegir una norma por encima de cientos de preceptos, 613 para ser exactos, buscando fragmentar su autoridad o acusarlo de descuidar la tradición. Cuánta gente hay ahora entre los creyentes que actúa de manera semejante a aquellos doctores de la ley cuando condiciona la fe a que Dios actúe según sus propios caprichos, o poniéndolo a prueba exigiéndole señales, milagros o respuestas inmediatas para creer en su bondad. Jesús les recuerda que la fe no es un examen que debamos superar a base de ritos vacíos, sino un encuentro personal y transformador con la Verdad que nos libera de nuestras propias rigideces.

La respuesta de Nuestro Señor es contundente y unifica lo que el corazón humano tantas veces intenta separar: amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente, y a tu prójimo como a ti mismo. En esta síntesis perfecta, Jesús nos demuestra que el amor auténtico no se puede fragmentar ni someter a juicios humanos. Es precisamente en esta entrega total donde encontramos un hermoso eco en la doctrina de muchos hombres y mujeres de Dios, como es el caso de la Beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento, quien comprendió que el amor a Dios y el amor al prójimo son dos caras de la misma moneda. Para que «Cristo reine» en el mundo, primero debemos permitir que su amor arrase con nuestro egoísmo en la oración contemplativa, traduciendo ese encuentro en un celo misionero que ve en el hermano sufriente el rostro mismo de Jesús. Madre Inés nos invita a no racionalizar la caridad, sino a vivirla con la sencillez de quien sabe que Dios se juega entero en el servicio diario a los demás.

Por eso el desafío que se nos presenta en el aquí y ahora es dejar de poner a prueba la fidelidad de Dios y empezar a examinar la autenticidad de nuestro propio amor. Toda la ley y los profetas dependen de estos dos mandamientos, lo que significa que nuestras devociones y estructuras carecen de sentido si no nos conducen a una caridad concreta, activa y desinteresada. Yo creo que bien podemos hoy mirar a María la Madre de Dios que tuvo muy claro esta fusión del amor a Dios y del amor al prójimo. Que ella nos alcance de Cristo la gracia de un corazón indiviso, capaz de amar sin reservas, sin condiciones y sin buscar dobles intenciones en nuestro trato con el Creador y con los hermanos. Este domingo pidamos al Señor, por intercesión de la Madre María Inés, que nos transforme en verdaderos testigos de su Reino, para que nuestra vida entera sea una respuesta de amor fiel que disipe cualquier duda y edifique la Iglesia en la más genuina fraternidad. ¡Bendecido domingo!

Padre Alfredo.

sábado, 24 de octubre de 2026

«La beatificación de la madre Inés Teresa Arias, un don memorable del Papa Benedicto XVI a México»... HOMILÍA DEL CARDENAL ÁNGELO AMATO


Hace unos días estuve en Roma, en concreto en las oficinas del Dicasterio de las Causas de los Santos y recordé con inmenso cariño y gratitud al cardenal Angelo Amato, quien fuera prefecto de ese dicasterio de 2008 a 2018 y a quien le tocó, como delegado del papa Benedicto XVI, proclamar beata a la Madre María Inés Teresa del Santísimo Sacramento. Yendo a mis archivos me di cuenta de que nunca publiqué la homilía que pronunció aquel día memorable y por eso la quiero ahora compartir, con un recuerdo especial de este hombre extraordinario que tanto apreció la figura de la beata como sendero para ir a Cristo a quien debemos todos seguir.

Homilía del cardenal Angelo Amato, representante del Papa Benedicto XVI, en la beatificación de la madre María Inés Teresa Arias, Basílica de Guadalupe, 21 de abril:

«Eminencia, Señor Nuncio, Excelencias, Autoridades religiosas, civiles y militares, queridas Hermanas Misioneras Clarisas del Santísimo Sacramento queridos fieles:

1. Es especialmente emocionante para mí celebrar la Eucaristía en este lugar bendito, donde, en el lejano 1531, la Santa Virgen de Guadalupe ha dejado sus huellas de paraíso, hablando a Juan Diego y haciendo florecer milagrosamente las rosas de invierno. La aparición de María en la sacra colina del Tepeyac fue para México y para la América Latina un signo prodigioso de protección maternal. Y desde aquel momento Nuestra Señora de Guadalupe no ha cesado de conceder a sus hijos gracias y favores para consolarles y animarles en el camino fatigoso de la vida.

La misión especial de María ha sido la de conducir a los bautizados a Cristo Rey, haciendo florecer mártires y santos, que han sido testigos heroicos del Evangelio de la vida, de la verdad, de la justicia y de la paz. La Madre María Inés Teresa del Santísimo Sacramento es uno de estos testigos heroicos, que ha puesto todas sus energías de la naturaleza y de la gracia al servicio del reino de Cristo, según el lema: «Es urgente que Cristo reine».

La gran imagen de la beatificación muestra con gran sensibilidad artística a Nuestra Señora de Guadalupe que, sonriendo, llena de rosas las manos de la Madre María Inés, significando las muchas gracias espirituales concedidas a ella para la santificación propia y para la valiente empresa de la fundación de dos congregaciones religiosas misioneras. De hecho, fue la dulce Morenita la que transformó una monja de clausura en apóstola y misionera del Evangelio. Fue el amor mariano guadalupano el que infundió en su corazón el ansia de llevar a toda la humanidad a Cristo Eucaristía y su Corazón misericordioso.

2. La beatificación de hoy es otro don que el Santo Padre Benedicto XVI hace a la Iglesia y a todo el pueblo mexicano. Hace un mes el Papa llegó a esta noble tierra y se sintió feliz de estar entre ustedes. Con esta visita deseaba estrechar la mano a todos los mexicanos, de dentro y de fuera de vuestra tierra, para apoyarles y agradecerles su fidelidad a la fe católica y su amor a Cristo Rey y a la Iglesia.

El Papa ama vuestra noble patria. A ella ha venido como peregrino para alentarles a ser firmes en la esperanza. Los mexicanos son un pueblo fuerte, un «pueblo que tiene valores y principios, que cree en la familia, en la libertad, en la justicia, en la democracia y en el amor a los demás». Ustedes son un pueblo joven, acogedor, creativo, religioso, con una gran historia de civilización. Ustedes merecen superar todas las dificultades para vivir serenamente en la solidaridad y en la concordia. La visita del Santo Padre ha sido una inyección de ánimo para un futuro de paz, de concordia y de bienestar.

Parecen dirigidas a vuestra Iglesia y a vuestra nación las palabras con las cuales, en la liturgia de la palabra de hoy, el profeta Isaías glorifica a Jerusalén: «Levántate, llénate de luz, porque viene tu luz, la gloria del Señor» (Is 60, 1-2).

La fe en Dios, la esperanza en su providencia eficaz, la caridad ardiente son los rayos de aquel sol deslumbrante que es el amor inmenso de Dios, que orienta las mentes y calienta los corazones para cumplir el bien y no el mal, para caminar por la vía de la concordia y no de la división.

3. La beatificación de la madre María Inés Teresa del Santísimo Sacramento es también un reconocimiento de la Iglesia a una mujer, que ha encarnado ejemplarmente las mejores cualidades humanas y espirituales de su pueblo, dignificándolo con la heroicidad de sus virtudes y difundiendo el perfume de la santidad, hecha de fe profunda, de esperanza firme, de caridad inmensa.

¿Quién era la Madre María Inés Teresa del Santísimo Sacramento (1904 – 1981)? Manuela de Jesús Arias Espinosa, que después en la vida religiosa tomó el nombre de María Inés Teresa del Santísimo Sacramento, fue una joven valiente. Para poder realizar su sueño de vida consagrada, debió alejarse de México y emigrar a los Estados Unidos. En aquella época, de hecho, se tenía el temor continuo de la persecución contra la Iglesia. En el país las religiosas vivían en condiciones precarias y no aceptaban aspirantes a la vida consagrada. Así, en 1929, Manuelita fue a Los Ángeles, California, y entró en las Clarisas Sacramentarias del monasterio del Ave María, como monja de clausura.

Se distinguió enseguida por su carácter abierto, sencillo y sereno. Era generosa en el trabajo, ferviente en la oración, humilde, sacrificada y siempre dispuesta a la ayuda. A propósito de su humildad, los testigos del proceso cuentan un episodio, que sucedió cuando las Clarisas habían regresado a México. Sor María Inés, como sacristana, había adornado el altar de un modo que no gustó a la abadesa, la cual le castigó severamente, obligándole a comer tres días en el suelo. La Beata aceptó la corrección con serenidad y después abrazó a la abadesa y le pidió perdón. Esta actitud de humildad y de resignación le acompañó en toda su vida. En todo caso la abadesa reconoció la actitud edificante de su joven hermana, vislumbrando en ella madera de santa.

Más tarde, el carácter abierto y dinámico, propio de la vida activa, impulsó a nuestra Beata a desear un apostolado, que pudiera desempeñarse también fuera del monasterio, en una auténtica misión evangelizadora, para difundir el mensaje de Cristo en tierras lejanas. Este sueño se realizó en 1945 en Cuernavaca, con seis religiosas provenientes del Ave María. Estas Misioneras clarisas del Smo. Sacramento unían la vida contemplativa con la activa, bajo la protección de la Santísima Virgen de Guadalupe. La nueva congregación floreció rápidamente con nuevas vocaciones y fundaciones, no sólo en varias ciudades de México, sino también en Japón, California, Texas, Costa Rica, Sierra Leona, Indonesia, además de en España, Irlanda, Corea, Nigeria, Italia. Con un celo grandísimo la Madre María Inés, como madre general, dirigía sus obras y sus hijas primero desde México y después desde Roma, donde murió en olor de santidad en 1981 (mil novecientos ochenta y uno).

4. El carisma vivido por Madre Inés y transmitido a sus discípulas es el ansia misionera, realizada con la catequesis, con el testimonio y sobre todo con una auténtica missio ad gentes. La Madre Inés fue una misionera infatigable. En su vida emprendió 44 (cuarenta y cuatro) viajes, 19 (diecinueve) intercontinentales y 25 (veinticinco) internacionales, que comprendían 92 (noventa y dos) visitas a varios países. Acompañaba personalmente a las hermanas que marchaban a tierras lejanas y desconocidas. Con una fuerza extraordinaria ella misma hacía fatigosos viajes en tren, barco y avión para poder socorrer a las propias hermanas misioneras.

De esta vocación nacieron, además de las Misioneras Clarisas del Santísimo Sacramento, los Misioneros de Cristo para la Iglesia Universal. A estas dos congregaciones se une el movimiento Van-Clar, formado por laicos que tienen como fin vivir el santo Evangelio mediante la práctica de las promesas bautismales en el propio ambiente familiar, profesional, social y eclesial según el lema: «Vivir por Cristo».

Nadie duda de la gran actualidad de este carisma misionero. Hoy, en América Latina y en toda la Iglesia, es urgente la evangelización, no solo como primer anuncio a los que no conocen el Evangelio, sino también como nueva propuesta de la palabra de Dios a los que la han olvidado y descuidado y que llevan una existencia lejana de la verdad de la palabra de Jesús y de los sacramentos salvíficos de la Iglesia.

En la liturgia de la palabra de hoy San Pablo afirma: «Si proclamas con tus labios que “Jesús es el Señor”, y crees en tu corazón que Dios lo ha resucitado de entre los muertos, te salvarás» (Rm 10, 10). Pero después el apóstol se pregunta: «¿Cómo creerán en uno del que no han oído hablar? ¿Cómo oirán hablar sin nadie que lo anuncie? ¿Y cómo lo anunciarán si no han sido enviados? Como está escrito: ¡Qué bellos son los pies de los que llevan el alegre anuncio del bien!» (Rm 10, 14-15).

La Iglesia necesita misioneros y el deseo de nuestra Beata fue precisamente la de dar a la Iglesia misioneros del Evangelio. Todo en perfecta sintonía con la conclusión de los Obispos latinoamericanos reunidos en la quinta Conferencia del CELAM en Aparecida, en Brasil (2007). Para los pastores de vuestro continente, los signos de los tiempos piden la promoción de una evangelización, que sea un retorno a Cristo, centro del Cristianismo. La Iglesia latinoamericana ha decidido ser iglesia misionera, animando a los fieles a vivir como auténticos «Discípulos y Misioneros de Cristo Jesús para que nuestros pueblos tengan vida en Él». Este nuevo impulso a la misión y a la evangelización, implica para todos, pastores y fieles, el compromiso de crecer en la fe para ser luz del mundo y sal de la tierra. A este respecto el Santo Padre Benedicto XVI (dieciséis) ha escrito: «He leído con especial interés las palabras que exhortan a dar prioridad a la Eucaristía y a la santificación del día del Señor [...], como también las que expresan el deseo de potenciar la formación de los fieles».

Ante una agresiva cultura anticristiana y un vacío relativismo religioso, la Iglesia latinoamericana reafirma la novedad del Evangelio, que está bien enraizado en la historia de su pueblo. Más que en las estructuras, los obispos insisten en las personas, en el testimonio de «hombres y mujeres nuevos, que encarnen la tradición religiosa católica y la novedad del Evangelio, como discípulos y misioneros de su reino, protagonistas de vida nueva para América Latina».

Los obispos exhortan a mirar el rostro de Cristo, para que, iluminados por la luz del Resucitado, los bautizados puedan contemplar el mundo y la historia de sus pueblos con ojos pascuales, reflejando el gozo de ser discípulos de Cristo Rey, camino, verdad y vida (Jn 16, 4). De hecho, es el Evangelio la buena noticia de la dignidad de cada persona humana, de la preciosidad de la vida, del bien incalculable de la familia, del respeto de la naturaleza, de la distribución justa de los bienes. Es hora, por tanto, de volver a la escuela de Cristo, para aprender de él la lección de una vida buena y feliz, también en esta tierra.

5. Y es un gran don de la divina Providencia la celebración de hoy, que presenta la glorificación de una Consagrada latinoamericana, que ha encarnado este proyecto misionero de los Obispos, mediante su vocación a la santidad y a la misión.

La nueva Beata nos invita a todos, y en primer lugar a sus Hijas espirituales, a volver a encender la llama de la misión, de la missio ad gentes, de la llamada a la conversión y al bautismo, que purifica el ser humano del pecado revistiéndolo de la gracia divina. Las Misioneras Clarisas del Smo. Sacramento deben ser las primeras en esta renovada obra de apostolado.

Pero esta expansión misionera debe brotar de un corazón imbuido del amor de Jesús, que nos dice: «Permaneced en mi amor. [...] Este es mi mandamiento: que se amen los unos a los otros como yo les he amado [...]. Esto les mando: que se amen los unos a los otros» (Jn 15, 9-17). La misión es expresión de amor a Cristo y a la Iglesia.

La Madre María Inés fue una mujer enteramente concentrada en el amor misericordioso de Cristo eucarístico y en la obediencia a la Iglesia y a sus pastores. El magisterio de la Iglesia era la brújula que guiaba sus proyectos misioneros, bajo la protección de Nuestra Señora de Guadalupe, estrella de la evangelización.

El heroísmo de su fe si manifestaba en una esperanza que era confianza plena en la presencia providente de Dios. Su mirada se dirigía al cielo y su corazón estaba anclado en el corazón sacratísimo de Jesús, de quien provenía su energía y entusiasmo apostólico.

Su vida extraordinariamente virtuosa estuvo adornada por una sonrisa perenne. En sus apuntes encontramos este propósito: «Una sonrisa cuando se quiera manifestar molestia; sonreír siempre, incluso cuando esta sonrisa nos duela más. No me cuesta mucho esto, pues desde el inicio de mi vida espiritual, he trabajado mucho para conseguir este equilibrio de carácter».

La beatificación de hoy es la fiesta de la santidad, pero también la fiesta de la alegría, porque los santos son la sonrisa de Dios en nuestra tierra.

+ Angelo Cardenal Amato.

viernes, 23 de octubre de 2026

«Sin olvidar el camino de pequeñez y confianza»... UN PEQUEÑO PENSAMIENTO PARA HOY


La palabra que hoy se proclama en el evangelio (Lucas 12, 54-59) es un llamado urgente a despojarnos de la soberbia que busca englobar a la sociedad para abrazar la verdadera grandeza que nace del mundo atrapado en la prisa, el ruido y la autosuficiencia, donde constantemente se nos exige ser los más fuertes, los más sabios o los más influyentes para ser validados. Sin embargo, el mensaje del Evangelio rompe por completo estos esquemas terrenales y nos invita, en el último día de nuestro viaje a Europa a volvernos pequeños. El Señor no busca corazones llenos de sí mismos, sino almas dóciles y sedientas de su gracia, recordándonos que los misterios más profundos del Reino de los Cielos permanecen ocultos a los ojos de los orgullosos y se revelan con absoluta claridad a los humildes y sencillos de corazón.

Este camino de pequeñez y confianza absoluta encuentra un reflejo perfecto en la vida de una de las santas más cercanas a nosotros: Santa Teresa del Niño Jesús, esta Doctora de la Iglesia que revolucionó la espiritualidad a través de su célebre «Caminito». Esta joven carmelita comprendió con asombrosa lucidez que la santidad no consiste en realizar hazañas heroicas ni poseer una erudición deslumbrante, sino en dejarse llevar por el amor de Dios en lo cotidiano, en «lo pequeño» de cada día. En la sencillez de sus deberes diarios y en la silenciosa aceptación de sus enfermedades, Teresita aprendió a ofrecer cada pequeño instante como una ofrenda de alabanza. Su vida nos enseña que el abandono en las manos del Padre transforma lo ordinario en extraordinario, demostrándonos que la verdadera fortaleza reside en reconocer nuestra propia fragilidad para permitir que la gracia divina actúe plenamente en nosotros.

Al concluir este viaje de amigos sacerdotes, renuevo junto a los padres con los que he compartido estos días, el compromiso de encarnar esta infancia espiritual en mi propia realidad de pastor y servidor del pueblo de Dios manteniendo abierto un espacio para la mansedumbre en el trato con los demás. Al terminar estas andanzas, el Buen Dios nos extiende una invitación reconfortante: acudir a Él cuando estemos cansados y agobiados para encontrar el verdadero descanso en su sagrado corazón. Que a ejemplo de Santa Teresita y creciendo en el amor a María, a quien hemos contemplado en su imagen de Nuestra Señora de la Almudena, tengamos la valentía de buscar la santidad a través de los pequeños gestos de caridad, la escucha atenta y el servicio humilde, sabiendo con certeza que, ante los ojos del Creador, el amor con el que realizamos nuestras acciones es lo único que verdaderamente permanece para la eternidad. ¡Bendecido viernes!

Padre Alfredo.

jueves, 22 de octubre de 2026

«Amigos que construyen la paz»... Un pequeño pensamiento para hoy


Varias veces he comentado que hay partes del evangelio que son desconcertantes y la perícopa de hoy (Lucas 12, 49-53) es una de estas. A veces, defender lo que creemos justo nos obliga a tomar posturas que incluso puedan llegar a provocar diferencias con familiares y amigos. Porque una convivencia auténtica no se construye ocultando lo que pensamos o defendiendo posturas para quedar bien, sino diciendo la verdad con respeto y escuchando a quien ve las cosas de otra manera. La paz no consiste en que todos pensemos de la misma manera en todo y para todos ni en evitar cualquier desacuerdo que se pueda suscitar. La cuestión no es ganar todas las discusiones, sino cuidar las sanas relaciones y las personas mientras buscamos entendernos para llegar a un acuerdo. Bien dice el papa León que los conflictos no se solucionan dominando al otro mediante las armas, sino a través de la diplomacia, el diálogo y el abandono de la carrera armamentista y la amenaza nuclear.

El amor auténtico, cuando nace del corazón y viene respaldado por Dios puede compararse con un fuego que no destruye, sino que transforma. Un fuego que nos quema y nos ayuda a dejar atrás el egoísmo abriendo espacio para la generosidad y el compartir con libertad. Eso también se aprende en las pequeñas situaciones de cada día sobre todo en las discusiones entre familiares y amigos porque se cimientan sobre una base de confianza preexistente y afecto genuino. A diferencia de los debates formales o las negociaciones institucionales —donde suelen primar los intereses estratégicos y las posturas rígidas—, el espacio seguro de la amistad permite desarmar el ego, hablar con honestidad y, al mismo tiempo, escuchar con empatía real. En última instancia, estas conversaciones demuestran que la verdadera paz no surge de la ausencia de desacuerdos, sino de la voluntad compartida de comprender y ser comprendido. La sonrisa, en medio de todo esto, nos recuerda que a veces convertimos algo pequeño en un gran conflicto, cuando podríamos responder con más paciencia y menos empeño en llevar siempre la razón. Si el amor de hermanos y amigos orientara siempre nuestros deseos y nuestras decisiones importantes, cambiarían nuestras relaciones y, poco a poco, también el mundo que compartimos para llevarlo a la paz. 

Pero es verdad que no se trata de esperar a que los demás hermanos y amigos den el primer paso: podemos empezar escuchando sin interrumpir, respetando las diferencias y ofreciendo ayuda sin buscar nada a cambio. Nuestros días de descanso y convivencia entre amigos sacerdotes casi llegan a su fin. Solamente nos queda el día de mañana en Madrid, a donde llegaremos en un rato desde este aeropuerto de Milán. ¡Cómo valoro a los amigos! Porque la verdadera amistad es el primer territorio donde se entrena y se construye la paz que luego vamos dando a los demás. Una vez más nos hemos dado cuenta de que ser amigos no es coincidir en todo, sino aprender a abrazar nuestras diferencias con respeto, paciencia y un corazón dispuesto a escuchar, a reír, a cantar y a rezar con y por el otro. Que la Virgen nos ayude a que nuestra amistad siga creciendo en gestos concretos y el deseo enorme de seguir creciendo juntos compartiendo el don del sacerdocio. ¡Bendecido jueves sacerdotal y eucarístico!

Padre Alfredo.