miércoles, 16 de septiembre de 2026

«DOS MANERAS DE MIRAR»... Un pequeño pensamiento para hoy


Muchos pasajes del evangelio me hacen encontrarme con la beata María Inés y esta escena del evangelio de la misa de hoy (Lc 7,36-50) no es la excepción. El relato nos pone delante de dos maneras de mirar: la de Simón, el fariseo, encerrado en el juicio y seguro de su propia rectitud, y la de aquella mujer pecadora que se acerca a Jesús con lágrimas, arrepentimiento y amor. Simón ve una falta y se escandaliza; Jesús ve un corazón herido que busca perdón. En esta escena, de la que muy bien pudiéramos formar parte, comprendemos que sólo Dios conoce el fondo del corazón y que no nos corresponde condenar al prójimo ni reducirlo a su pasado. Todos caminamos sobre la misma tierra frágil, todos llevamos heridas escondidas y todos necesitamos que la misericordia del Señor nos alcance, nos levante y nos enseñe a mirar con más compasión.

Madre Inés vivió esta enseñanza con profunda humildad. Como se sabía pequeña y necesitada de la gracia, no miraba a nadie desde arriba; había aprendido que quien ha sido levantado por Dios no puede pisotear el polvo del hermano. Su humildad no era debilidad, sino verdad interior: reconocía que todo bien viene del Señor y que nadie puede presumir de santidad si antes no se deja purificar por el amor de Cristo. Por eso su vida no se gastó en criticar ni señalar, sino en servir, contagiar alegría y llevar alivio espiritual. Su ejemplo nos recuerda que la misericordia sana, reconcilia y abre caminos donde la soberbia sólo deja heridas. Cuando una persona se sabe amada y perdonada por Dios, se vuelve más paciente, más cercana y capaz de sostener al que tropieza.

El problema de Simón, en esta escena evangélica, no era ver el pecado de aquella mujer sino no reconocer el suyo. Ella, en cambio, se acerca a Jesús sin justificarse, confiando en que su misericordia es más grande que todos sus pecados. Sus lágrimas hablan de arrepentimiento, pero también de esperanza; sus gestos muestran que el amor verdadero nace cuando el alma descubre que no ha sido rechazada, sino acogida. También nosotros necesitamos acercarnos así al Señor: sin máscaras, sin excusas, con la certeza de que Él puede transformar la culpa en paz y la vergüenza en gratitud. Pidamos a la Virgen María que nos enseñe a mirar como mira Jesús: con verdad y ternura, con claridad y misericordia. Y que el Señor nos conceda un corazón humilde para pedir perdón, limpio para no juzgar y agradecido para amar mucho, porque mucho hemos sido perdonados. ¡Bendecido jueves sacerdotal y eucarístico!

Padre Alfredo.

«Tocamos la flauta y no han bailado, cantamos canciones tristes y no han llorado»... UN PEQUEÑO PENSAMIENTO PARA HOY


Estos días, en los que comparto con nuestras hermanas Misioneras Clarisas de la región de Indonesia —que comprende las comunidades de Indonesia y Vietnam— el evangelio de san Lucas ilumina cada día de nuestro andar, y hoy creo que ilumina también un aniversario más de la Independencia de México. No es casulaidad que el pasaje del capítulo 7 que tenemos para la misa (Lc7,31-35) nos hable de una generación que critica tanto la austeridad de Juan el Bautista como la cercanía de Jesús, actuando como niños caprichosos en la plaza pública. Al pensar desde lejos en este aniversario de la independencia en el contexto actual, este pasaje me ofrece una profunda luz crítica y analítica sobre nuestra realidad social y política en México. La metáfora de los niños que tocan la flauta y nadie baila, o que cantan lamentos y nadie llora, retrata una profunda indiferencia afectiva y social que vive la sociedad actual ante una compleja acumulación de crisis sociales, económicas e institucionales que afectan directamente la vida diaria

Al igual que en la cita, la sociedad actual en México vive un descontento que parece ser ya crónico, donde las propuestas de cambio se descartan inmediatamente aún por el mismo gobierno que se unde en su propio lodo y las tragedias nacionales, que son terribles, a veces se normalizan, perdiendo la capacidad de indignación o de empatía real por la mayoría de las gentes atrapadas en el sin sentido del consumismo desaforado que intenta a como dé lugar, distraer a todos. El pasaje muestra cómo los líderes de la época buscaban pretextos para desacreditar: a Juan lo llamaban endemoniado y a Jesús, glotón y borracho. En el México contemporáneo, esto se refleja en la polarización política que no evalúa el fondo de las acciones o propuestas de los ciudadnos para el país. La Independencia no puede ser para los católicos de hoy solo un evento histórico para romper con una corona extranjera, sino un proyecto continuo para construir una nación justa que ha costado, a lo largo de los años, mucha sangre derramada. El reto es grande, lo sé, pero también sé que no es imposible.

Este texto sagrado nos recuerda que la palabra de Dios es siempre viva y actual y por eso hoy nos confronta con la inmadurez de una generación que prefiere la queja al compromiso y que solamente se presenta con la piel del espectador que solo critica en la «plaza pública» —las redes sociales— y transita hacia una ciudadanía resignada ante los daños del narcotráfico y de otros males más. El versículo final de la escena nos recuerda que la verdad y la justicia no se miden por el ruido de las descalificaciones ni por los espectáculos al estilo del circo romano, sino por sus frutos tangibles. La madurez de nuestra soberanía solo se puede alcanzar, cuando seamos capaces de reconocer lo que edifica a la nación, sin importar de qué sector provenga, priorizando el bien común sobre el sectarismo y los pleitos entre partidos de uno u otro color. La Independencia se alcanzó en aquella lucha presidida por el estandarte con la Guadalupana, señal de que nuestro Padre Dios nos quiere libres. Que ella nos ayude a alcanzar del Señor la verdadera y duradera libertad. ¡Bendecido miércoles y viva México!

Padre Alfredo.

martes, 15 de septiembre de 2026

«A los pies de la cruz con María, la madre valiente»... UN PEQUEÑO PENSAMIENTO PARA HOY


Muchas veces me he preguntado por qué casi todas las mujeres que aparecen en los evangelios cerca de Jesús se llaman María como su Madre. He llegado a pensar que quizá sea para que no olvidemos que la Virgen, aun siendo la Inmaculada, comparte con nosotros mucho de lo que somos y vivimos. Ella no supo que había sido concebida sin pecado; vivió como nosotros dejándose sorprender por Dios. Desde esta certeza imagino la escena del Evangelio de hoy (Jn 19,25-27) y los invito a volver allí, con el corazón abierto para ponernos al pie de la cruz y dejarnos bañar por la sangre redentora de Jesús.

Todos habían huido llenos de miedo y también de dolor para no presenciar aquel escarnio: el Maestro, el Amigo, el Hijo, estaba allí agonizando en la cruz. Pero su Madre y algunas cuantas valientes permanecían firmes, con los ojos fijos en el rostro sangrante de Cristo y atentas, junto a Juan, a sus últimas palabras. La Virgen, el discípulo amado y aquellas mujeres valientes nos enseñan que el amor verdadero no abandona en la hora oscura. A los pies de la cruz María nos acoge también a nosotros en nuestros dolores y nos recibe con la ternura de su corazón generoso.

¿Puede haber dolor más grande que el de la Virgen, quien sufrió tanto por decirle «sí» a Dios? Me vienen a la mente tantos momentos de dolor que ella vivió: la incertidumbre ante la reacción de José por el embarazo, el camino difícil hacia Belén, el nacimiento de su Hijo en un pesebre maloliente, la angustia ante la amenaza de Herodes, la huida a Egipto sin mapas ni GPS… y, finalmente, el estar al pie de la cruz. Por eso es la Virgen de los Dolores: porque cualquiera de nuestros dolores cabe en el corazón de María, ese corazón atravesado por una espada más profunda que la incomprensión, la enfermedad, la soledad y tantas otras heridas que atraviesan el nuestro. Recurramos siempre a ella; no nos dejará solos y, lo más hermoso, nos llevará a su Hijo Jesús. ¡Bendecido martes!

Padre Alfredo. 

lunes, 14 de septiembre de 2026

«Besar la cruz para establecer la paz»... UN PEQUEÑO PENSAMIENTO PARA HOY


En Indonesia —que en estos días es mi casa— hoy se preconiza a Cristo crucificado con la fiesta de «La Exaltación de la Santa Cruz» que en México celebramos el 3 de mayo. Especialmente en Bandung, la capital de la provincia de Java Occidental, en done está la «Gereja Katolik Paroki Salib Suci» —Parroquia de la Santa Cruz—, un templo católico histórico vinculado a la presencia de la Orden de la Santa Cruz —Canónigos Regulares de la Orden de la Santa Cruz, OSC—. La presencia de estos religiosos, conocidos en algunos países como «crucíferos» se remonta al 9 de febrero de 1927 con la llegada de los tres primeros misioneros holandeses: el P. Jacobus Hubertus Gomans, el P. Yohannes de Rooy y el P. Marinus Nilessen quienes arribaron a las entonces Indias Orientales Neerlandesas y establecieron su centro de actividades en Bandung. En un país de mayoría musulmana, no podemos pensar en festividades de la Santa Cruz asociadas a la cultura popular o la construcción como ocurre en América Latina. La comunidad católica de la zona se concentra en una fiesta dando gracias a Dios por la redención de Cristo que une a todos los habitantes del mundo como un solo pueblo receptor de la salvación a pesar de las fronteras que el hombre multiplica dada vez más.

Cuando Juan Pablo II visitó estas islas del sudeste asiático, allá por 1989, voló de Indonesia a Timor Oriental, que en aquel entonces era una provincia indonesia. Al aterrizar en la isla —una zona bajo un fuerte conflicto y ocupación militar en ese momento—, Juan Pablo II besó una cruz colocada en la tierra y la apretó contra el suelo en lugar de besar, como ordinariamente lo hacía en los viajes, directamente el suelo. Este acto fue ampliamente interpretado como un símbolo de amor, respeto y profunda cercanía con el dolor y los padecimientos de una población que sufría por la búsqueda de una independencia pacífica que se alcanzó 2002. Aquel gesto de San Juan Pablo, de un simple beso a una cruz, trajo como consecuencia una relación entre Indonesia y Timor Oriental que hasta el día de hoy es sorprendentemente cordial, positiva y pragmática, con grandes ventajas políticas y de imagen internacional para las dos naciones.

El mensaje teológico del sufrimiento de Cristo en la Cruz todo lo abraza. San Juan Pablo II explicó, en aquella ya lejana visita, que el sufrimiento de los pueblos encuentra sentido en la Cruz de Cristo, la cual no es un símbolo de derrota permanente, sino el camino hacia la resurrección y la reconciliación. Exhortó a los habitantes a no responder al odio con odio y a ver la cruz como un recordatorio de que las fuerzas del amor y la justicia terminan venciendo las pruebas más difíciles. Este gesto histórico dejó claro al mundo que los cristianos no adoramos ni exaltamos una cruz vacía, sino en ella al crucificado. Pero hay que explicarlo nuevamente con acciones concretas como esta de aquel beso inolvidable, porque occidente ha hecho muchas veces de la cruz «un adorno» en los cuellos, muñecas y orejas de creyentes y no creyentes y eso distorsiona el amor. No exaltamos la cruz en la fiesta de hoy, sino al crucificado a cuyo pie estaba su Madre, la Magdalena, Juan y deberíamos estar cada uno de nosotros. Pidamos a la Virgen que nos ayude a comprender. ¡Bendecido lunes!

Padre Alfredo.

domingo, 13 de septiembre de 2026

«La hermana Anneke, la primera Misionera Clarisa indonesia»... VIDAS CONSAGRADAS QUE DEJAN LA HUELLA DE CRISTO XCIV

Desde hace casi un mes estoy en Indonesia, un país que es un mosaico vibrante de fe profunda, hospitalidad abrumadora y asombrosa diversidad cultural. Tierra de contrastes y armonía en un ambiente de minoría cristiana y  mayoría musulmana; periferia de las grandes ciudades sedienta de esperanza. Aquí la Iglesia es joven, dinámica y está llena de rostros sonrientes que viven on entusiasmo el valor de la acogida haciendo destacar la calidez y el respeto. Espacio geográfico y teológico de quienes reciben al misionero no como a un extraño, sino como a un hermano enviado por Dios.

Aquí, en una ciudad histórica de nombre Mojokerto, ubicada en la provincia de Java Oriental, aproximadamente a 50 kilómetros al suroeste de Surabaya, nació en 1936 una niña de nombre Anna Clara, quien ahora es recordada como la primera mujer indonesia que ingresó a la comunidad de Misioneras Clarisas del Santísimo Sacramento. Su nombre completo era Anna Clara (Anneke) Ong Gwat Lwa Nio y nació el 27 de abril 1936. Hija menor de Gregorius Ong Lien Giok y Dymphina Tio Kiong Ay Nio tuvo siete hermanos.

Luego de haber vivido su infancia y juventud en una familia muy unida y católica, a inicios de la década de los 60 llegó a trabajar en el Hospital San Vicente de Paul en Surabaja como laboratorista. Allí conoció a las Misioneras Clarisas, un grupito de religiosas mexicanas pioneras de la misión de la Familia Inesiana en Indonesia. De aquel encuentro surgió su vocación religiosa y desde el primer momento de su respuesta al llamado vocacional, decidió entregarse por completo a Dios, convirtiéndose, como he dicho, en la primera vocación surgida de esta tierra de misión.

Su ingreso a la congregación fue marcado con un gesto de la misericordia de Dios muy especial, pues fue recibida por la fundadora, la Beata María Inés Teresa Arias, quien providencialmente se encontraba en Indonesia haciendo una visita maternal a sus hijas misioneras en aquellos días 1962. Hay una extensa crónica de la Beata en donde narra su visita. En una carta previa, que había escrito en Cuernavaca, un año antes, el 27 de enero de 1961 a las hermanas de la misión de Indonesia, la madre les decía: «A ver cuando es posible que podamos abrir nuestro noviciado. Podríamos empezar con las aspirantes (porque tendrán que hacer aspirantado como en Japón) en la casa en donde viven ahora. Creo se podría hacer lugar, ¿verdad?». 

En noviembre de 1962, a su regreso de Indonesia y Japón, la Beata preguntó por la perseverancia de la hemana Ana Clara: «¿Y las aspirantitas de Indonesia? ¡ah cuánto pienso en ellas! Sobre todo en Anneke, a quien tuve el gusto de conocer y tratar, siendo la primogénita en aquella también amada misión de ¡muchas esperanzas, de muchos anhelos! Que llegue a la meta, y sea fiel a Dios en el tiempo; para que lo sean en la eternidad». ¡Por algo la hermana Ana Clara se sintió siempre acompañada por ella! En ese mismo mes, Madre Inés escribe a sus hijas de Indonesia recomienda que estudie español: «Que mi pequeña Anneke siga estudiando el español y el piano, para que pronto pueda tocar a nuestro Señor en la capilla. ¿Ya engorda? ¿Se siente bien? Más bien se sentirá cuando tenga una hermanita ¿verdad? Le dicen que la saludo cordialmente».

El 12 de enero de 1963 Ana Clara (Anneke)  inició su postulantado y, un año después, inició su noviciado. Hay una carta de enero 29 de 1964 en la que la Beata María Inés anota: «Creo que no voy a poder contestarle aparte a Anneke; ya me la imagino que hermosa se ha de ver con su santo hábito. La ví en la revista que me mandaron, con su bata de enfermera; y a todas esas hijas también con Mons. Alibrandi, a quien ya destinaron, según supe a Beirut». Desde su juventud, Anna Clara se caracterizó por asumir con plena responsabilidad cada tarea a ella confiada. Siendo todavía novicia, comenzó su tarea de secretaria del Yayasan Panti Bagija en Madiun (1964-1975), una fundación para la gestión del apostolado de salud de las Misioneras Clarisas en Indonesia, labor que terminó hasta 1975.

A la par de esto recibió su formación inicial en la comunidad de Biliton, allí mismo en Madiun, donde luego emitió su primera profesión el 15 de julio 1967. Seis años más tarde en la Casa Regional, que está en Surabaya. pronunció sus votos perpetuos. 

Reconociendo el don que Dios había depositado en ella, en 1975 su congregación la destinó a Roma para que realizara estudios en la Pontificia Universidad Urbaniana, donde se especializó en la Teología Pastoral para las Misiones, formación que concluyó en 1978 y regresó a Indonesia para desempeñar diversas funciones de liderazgo, entre ellas: presidenta del Yayasan Panti Bagija (1980-2002), vicaria regional (1978-1984), superiora regional (1984-1990), secretaria regional (1990-1996) y nuevamente vicaria regional (1996-2002). Mientras fungía como secretaria de la región celebró sus Bodas de Plata el 16 de julio 1991 en Madiun.

A la par de sus responsabilidades en el gobierno regional del instituto, prestó su servicio como analista en el laboratorio del hospital de Madiun (1966-1975), colaboró en el equipo de formadoras, impartió clases en el noviciado (1978-1982).  y fue la responsable de la reconstrucción del hospital «Santa Clara» (1997-2002). En 2003 fue destinada a la comunidad de Yakarta, donde continuó su misión como ecónoma local (2003-2009), vicaria local (2009-2012) y responsable de la administración de la Casa de Oración Santa María de Guadalupe» hasta el día en que recibió la cruz de la enfermedad. Aquí en esta casa de Yakarta, en donde escribo ahora esto, le festejaron sus Bodas de Oro el 7 de agosto de 2016 y luego, poco antes de morir, el 15 de junio 2026, festejó su 60º aniversario de una vida marcada por la fidelidad y el amor.

Quienes compartierin la vida comunitaria con ella, en las diversas casas a la que fue destinada, tanto en las comunidades de Indonesia como en la casa general de Roma, la recuerdan como un alma de oración: una hermana buena y a la vez firme, cercana y siempre dispuesta a dar lo mejor de sí. 

Como la hermana mayor de esta región, buscó no solamente quedarse con el gozo de haber sido la primogénita y de haber tenido un trato muy directo y lleno de afecto con la Beata María Inés, sino que buscó ser siempre un buen ejemplo para las más jóvenes con su vida, con su palabra, sus obras y su testimonio de vida. 

Bendecida por Dios con una memoria prodigiosa, mantuvo el cultivo de ese don hasta su edad avanzada. De esta manera, se convirtió en una auténtica crónica viviente que conservaba cada recuerdo, persona y acontecimiento con absoluta precisión destacando no solo por eso, sino por su sencillez y humildad; reconociendo con madurez sus limitaciones y pidiendo, con total confianza,  ayuda a sus hermanas, la cual siempre agradecía con una sincera sonrisa. En sus últimos años quienes la conocían, tanto hermanas como vanclaristas, amigos y bienhechores, la veían como una dulce abuelita: siempre dispuesta a acoger a todos, con el don de escuchar con paciencia. Destacó durante toda su vida religiosa por ser una persona meticulosa en el cuidado de sus relaciones, manteniendo siempre un vínculo cercano con las familias, amigos de la congregación, los bienhechores y los sacerdotes, quienes la respetaban y admiraban sinceramente.

Pocos días después de celebrar sus 60 años de profesión religiosa, Anna Clara comenzó a sentir molestias digestivas y como su estado no mejoraba, la llevaron al hospital donde los médicos le diagnosticaron una infección bacteriana en el estómago y cálculos biliares, sumados a la afección cardíaca que padecía desde hacía tiempo.

Tras varios días ingresada en el hospital de Yakarta, debido al estado de su estómago que ya no pudo recibir nutrientes, le hicieron un procedimiento para que todas sus necesidades nutricionales y terapéuticas se satisficieran a través de la vena central. Luego, contando con su consentimiento y la autorización médica, fue trasladada a Madiun para que continuara su tratamiento en el hospital de las Misioneras Clarisas porque las hermanas, llenas de gratitud por su testimonio de vida y su entrega, querían que Anneke estuviera rodeada de más hermanas y se sintiera en casa, sin dejar de recibir la mejor atención médica. El trayecto en ambulancia duró doce horas durante las cuales estuvo acompañada en todo momento por el equipo médico y por algunas de las religiosas. Sus expresiones de gratitud hacia la congregación y sus hermanas fueron constantes, y manifestó con claridad que ofrecía y soportaba todo aquel sufrimiento con alegría por el bien de la región, de su congregación y de la Iglesia universal.

En su mensaje de agradecimiento a Dios por sus sesenta años de vida consagrada había expresado: «Virgen María, nunca me dejas sola ni un instante, ni siquiera un segundo, siempre me cubres con tu manto maternal, en la alegría y en la tristeza, especialmente durante mi enfermedad. Guíame y enséñame a amar a tu divino Hijo por encima de todas las cosas y alcánzame que un día pueda regresar contigo a la Casa del Padre junto con los ángeles y todos los santos».

Poco a poco su estado de salud se fue deteriorando y su corazón se debilitó cada vez más; sin embargo. su serenidad y su entrega se fortalecieron. Finalmente, el lunes 13 de julio de 2026, a las 14:30 (hora local), con el mismo amor que la acompañó desde su juventud y rodeada del afecto de sus familiares y hermanas, la hermana Anna Clara entregó su alma al Creador. 

60 años parecen pocos cuando se piensa en la eternidad, pero en la tierra hablan de toda una vida gastada en favor de Cristo y de la Iglesia. Como el grano de trigo que cae en tierra buena y muere para dar fruto esta generosa misionera entregó su vida en la tierra para volar a la eternidad a los 90 años de edad. Con el corazón lleno de gratitud sin hacer a un lado el dolor de la separación física, las hermanas acompañaron a esta hermana cuya fe inquebrantable y dulzura la llevaron a alcanzar su meta final, el abrazo definitivo con el Padre Misericordioso. 

¡Querida hermana Anna Clara Mariani Winantea, que el Buen Dios te conceda, como premio al final de la carrera en esta tierra, por su infinita misericordia, contemplar su rostro!

Padre Alfredo.

sábado, 12 de septiembre de 2026

«Un cristiano no puede envenenar su corazón»... UN PEQUEÑO PENSAMIENTO PARA HOY

Uno de los libros más transcendentales del Antiguo Testamento es el Eclesiástico, cuyo autor hebreo se conoce como el Sirácida, por eso es llamado también «Sirácide». Se le llama «Eclesiástico» debido a su por su amplitud de temas sapienciales, catequéticos, teológicos. Durante siglos solamente se conoció el texto griego, hasta que paulatinamente, primero en una antigua sinagoga del El Cairo, y después en Qumrán y en Massada, fue apareciendo el texto hebreo y se ha reconstruido en su totalidad. Este domingo la liturgia de la palabra nos muestra una parte de este libro maravilloso (Eclesiástico 27,33-28,9) en la que aparece una serie de sentencias sapienciales, que consisten en una exhortación al perdón recalcando que hay que desterrar sobre todo el rencor y la ira que hacen tanto daño al corazón no del otro, sino de quien los anida en su corazón y da espacio a la venganza. 

Lo anterior contrasta con la segunda lectura de este domingo, que tiene una connotación escatológica inigualable que nos centra en el kerygma, en la proclamación de la muerte y resurrección del Señor, que es lo que da sentido a nuestro paso por este mundo y que, contrario al rencor y a la ira que se pueda llevar en el corazón, el cristiano no puede envenenar su corazón con el deleite del egoísmo por la venganza. El cristiano tiene que afrontar un reto que es el desvivirse por los demás sin guardar ninguna cosa que reconcoma el corazón.

El rencor y la cólera que no salen del corazón destruyen a la persona: Ciegan el alma y aniquilan la esperanza guardando cosas y más cosas de un pasado caduco que no vale la pena guardar. El evangelio de hoy (Mt 18,21-35) one el dedo en la llaga y nos mueve a reconocer que Dios no es vengativo ni rencoroso. Creo que nos bastaría recordar cuántas veces Dios ha tenido paciencia con nosotros, cuántas veces nos ha esperado mientras vivíamos encerrados en nuestras propias cuentas, cuántas veces Dios ha vuelto a empezar conmigo cuando yo ya había dejado de creer en mí mismo. Cuántas veces su misericordia fue más grande que mi pecado. Solo así se puede dar paso al perdón acompañado del olvido y no de raciones de cólera o rencor. María no guardó rencor con los verdugos de su Hijo Jesús... ¿quién soy yo para guardar rencor, a veces de cosas tan insignificantes? Hay que recordar: «setenta veces siete». ¡Bendecido domingo!

Padre Alfredo.

«Católicos y musulmanes y el dulce nombre de María»... UN PEQUEÑO PENSAMIENTO PARA HOY


Para un católico, pronunciar el nombre de María no es simplemente recordar a un personaje del pasado; es invocar una presencia viva, un refugio seguro y un modelo perfecto de vida cristiana. Aquí en Indonesia hay tres santuarios emblemáticos en los que la gente expresa su viva devoción mariana: El de Medan en Sumatra, dedicado a Nuestra Señora de la Salud, el de Yogyakarta con la gruta de Lourdes más antigua de Indonesia a donde acuden tanto católicos como musulmanes y el de Ambarawa, en Java Central. A ellos acuden miles de indonesios porque mucha gente celebra con profunda devoción este día del «Dulce nombre de María», que mezcla la herencia litúrgica de los misioneros europeos con la rica vida comunitaria de una cultura que conserva una honda reverencia por los nombres sagrados.

Invocar el «Dulce Nombre de María» se asocia directamente en las familias indonesias a momentos en los que se busca consuelo, paz o protección frente a las dificultades cotidianas, meditando en las virtudes marianas más apreciadas por la idiosincrasia local: la humildad —kerendahan hati—, la obediencia —ketaatan— y la constancia en la fe —iman—. Pero aquí en este bellísimo archipiélago del sudeste asiático, el nombre de María también es profundamente respetado en la tradición islámica. En especial, tengo entendido que en la isla de Flores las festividades marianas llegan a integrar a vecinos de distintas creencias en un espíritu de armonía comunitaria.

Curiosamente, la liturgia de hoy nos regala un pasaje del Evangelio de san Lucas que nos habla de construcción de casas, de árboles y de frutos (Lc 6,43-49). Y es que si miramos con los ojos de la fe, nos damos cuenta de que nadie ha encarnado mejor estas palabras de Jesús que la Santísima Virgen: «No hay árbol bueno que produzca frutos malos, ni árbol malo que produzca frutos buenos. Cada árbol se conoce por sus frutos». María es el árbol bueno por excelencia; el fruto de su vientre es Jesús, la salvación del mundo. Su nombre refleja la pureza de su corazón y nos recuerda que también estamos llamados a cuidar el nuestro, para que nuestras palabras y acciones den gloria a Dios. Que ella interceda por nosotros para no ser cristianos superficiales; que al pronunciar su nombre encontremos esperanza, paz y alegría, y que su ejemplo nos mueva a ser árboles que den buen fruto y casas bien edificadas sobre la roca de la Palabra de Dios. ¡Bendecido sábado! 

Padre Alfredo.

viernes, 11 de septiembre de 2026

«QUE LA COMUNIDAD NO QUEDE INCOMPLETA»... Un pequeño pensamiento para hoy


Es sorprendente cómo inicia el Evangelio de la misa de hoy (Lc 6,39-42) y cómo resuena en estos días tan especiales de la Experiencia Inesiana que estamos viviendo en Yakarta: «¿Acaso puede un ciego guiar a otro ciego?» Escuchar estas palabras de Cristo en el silencio de la Eucaristía nos lleva, de inmediato a un momento de reflexión profunda. El Señor, con una pregunta tan sencilla y profunda, nos invita a encender la luz de la verdad en los rincones más oscuros de nuestro corazón y de nuestra convivencia. Es fácil caer en la tentación de pensar que esa ceguera está en los demás; sin embargo, Cristo nos conduce esta mañana —empezando por mí— a mirar hacia adentro.

Cada uno de nosotros es necesario dentro de una comunidad —sea familia, trabajo, grupo, amigos, presbiterio o vida consagrada—. Sin la aportación de lo que yo soy y de lo que hago, la comunidad queda incompleta. Es verdad que nadie es indispensable, pero en el trabajo en equipo todos contamos. Nos acompañamos unos a otros al encuentro con Cristo y al servicio de los hermanos. Entonces surge una pregunta importante: ¿qué pasa si nos convertimos en guías ciegos y al querer corregir el camino del hermano terminamos llevándolo al hoyo de la amargura, del desánimo o de la división? No podemos permitir que nuestra vida interior se apague; porque, si la oración personal y comunitaria, la misa y la adoración, los momentos de comida y de recreo o de convivencia en familia, se vuelven algo mecánico, la guía que podremos ofrecer será la de un ciego que guía a otro ciego.

Jesús nos advierte de este peligro para recordarnos dónde está la verdadera fuente de nuestra luz. En nuestra vida de discípulos–misioneros de Cristo, a veces sentimos el peso del cansancio, de la rutina y de la fragilidad humana. En estos días compartidos con nuestra Familia Inesiana en Indonesia, al recorrer el Testamento Espiritual de la Madre María Inés, Jesús nos habla con dulzura y nos dice: «No cargues con el peso de ser la luz del mundo por tus propias fuerzas; déjame ser el colirio de tus ojos con mi misericordia y compasión; déjame ser tu luz». Dejémonos guiar también por la Madre de Jesús, la Virgen de la mirada dulce y del corazón confiado. Que ella nos acompañe siempre y nos enseñe a guiar a los demás con la ternura que cada hermano necesita. ¡Bendecido viernes!

Padre Alfredo.

jueves, 10 de septiembre de 2026

«Ser misericordiosos es una decisión valiente»... UN PEQUEÑO PENSAMIENTO PARA HOY


La misericordia atraviesa todo el evangelio de san Lucas de manera explícita e implícita, porque expresa así el corazón mismo de la enseñanza de Jesús. Al final del pasaje de hoy (Lc 6,27-38), el Señor nos invita a imitar al Padre, cuyo amor no distingue entre buenos y malos, sino que abraza a todos sin medida. Esta invitación resume el evangelio entero: no juzgar, no condenar, perdonar de corazón y dar con generosidad. 

San Lucas nos muestra de esta manera a un Dios que no nos espera con una libreta de notas para castigarnos, sino con los brazos abiertos para recibirnos. Ser misericordiosos no es un sentimiento pasajero ni una debilidad: es una decisión valiente. Significa mirar al hermano con los ojos de Cristo, dejar a un lado el juicio, no condenarlo por sus errores y acompañarlo con un corazón compasivo, caminando a su paso. Porque, si somos sinceros, a veces, en las prisas de cada día nos parecemos a aquel señor que le decía a Dios: «Señor, dame paciencia… ¡pero dámela ya!». Y el Señor, con infinita ternura, nos va enseñando que la paciencia, como la misericordia, no se improvisa: se aprende amando.

Por eso hoy Jesús nos recuerda que la medida que usemos con los demás será la que Dios use con nosotros. Pidamos esta mañana la gracia de mirar el mundo con los ojos de Cristo, reflejo de la misericordia del Padre, para ser canales de su amor y constructores de paz en un mundo que tanto la necesita. Que la Virgen Madre, cuya mirada se cruzó tantas veces con la de Jesús, nos ayude a entender que la misericordia no es debilidad, sino la fuerza del amor divino que reconstruye y da vida a la comunidad de discípulos misioneros de Cristo. ¡Bendecido jueves sacerdotal y eucarístico!

Padre Alfredo.

miércoles, 9 de septiembre de 2026

«Desde el sermón del llano... UN PEQUEÑO PENSAMIENTO PARA HOY


El Evangelio el breve relato de san Lucas sobre las bienaventuranzas (Lc 6,20-26). A diferencia de san Mateo, Lucas presenta solo cuatro y sitúa este discurso en un terreno plano, conocido como el «Sermón del llano», no en la montaña a la que hace referencia Mateo. Además, utiliza términos muy concretos, como «pobres» y «hambrientos», poniendo el acento en la realidad social inmediata. A Dios no podemos separarlo de nuestro diario vivir.

Como bautizados, hemos de reconocer que la pobreza y el hambre también atraviesan la vida ordinaria de todo cristiano. Todos necesitamos de Dios y acudimos a su misericordia desde nuestra propia fragilidad. Por eso, las bienaventuranzas no pueden quedarse en una hermosa enseñanza: han de convertirse en una propuesta concreta de vida. Su lectura y meditación nos plantean, como discípulos–misioneros de Cristo en el siglo XXI, llamados a continuar la obra de Madre Inés, preguntas profundas: ¿cuáles son nuestros valores?, ¿qué actitudes apreciamos de verdad?, ¿qué criterios orientan nuestras decisiones? ¿Creemos realmente que los criterios de Jesús son aquellos desde los cuales hemos de optar y decidir?

No se trata simplemente de preguntarnos si somos buenos o malos; el discernimiento cristiano es más fino y exigente: ¿cómo miramos a nuestros hermanos de comunidad? ¿Es nuestra mirada la de Jesús, capaz de descubrir en el otro su hambre y su sed? Solo desde ahí podremos releer las bienaventuranzas en nuestra vida diaria. Ya casi al final de su vida, el 16 de abril de 1980, en una carta colectiva, Madre María Inés destacaba que «para entrelazar bien los eslabones de las bienaventuranzas, debemos dejar que el Espíritu Santo suelde, por decir así, un eslabón con el otro, para poder vivir a lo divino, sobrepasando todo lo terrestre, todo lo mundano para llegar a las alturas donde se encuentra Dios». Pongamos todo en manos de María: ella, sabiéndose pobre y hambrienta del amor de Dios, puede ayudarnos a imitar a Jesús y a ser verdaderamente bienaventurados. ¡Bendecido miércoles!

Padre Alfredo.