domingo, 15 de septiembre de 2019

«Hagamos memoria, hagamos una fiesta»... Un pequeño pensamiento para hoy


El salmo 50 [51], conocido como «el Miserere» (que significa «apiádate» o «ten compasión»), es una de las oraciones más célebres del salterio, el más intenso y repetido salmo penitencial, el canto del pecado y del perdón, la más profunda meditación sobre la culpa y la gracia. Este salmo es la oración del hombre de siempre; pertenece a la historia de la humanidad, no solo a la historia del Oriente hebreo y de la civilización occidental cristiana. Al meditarlo entramos en el corazón del hombre y en el corazón de la historia de la humanidad. Recorre toda la historia de la Iglesia y de la espiritualidad: constituye el esquema interior del libro de «Las Confesiones» de San Agustín; san Gregorio Magno lo comentó ampliamente; es el espejo de la conciencia secreta de los personajes de Dostoievski y una clave de lectura de sus novelas. Famosos pintores lo describieron maravillosamente en sus obras. Sobre todo, es el salmo que ha acompañado las oraciones, las lágrimas, los sufrimientos de tantos hombres y mujeres que en él han encontrado ánimo y claridad en los momentos oscuros y pesados de su vida. Este domingo la Iglesia nos invita a acercarnos a él en el salmo responsorial. A la luz de este salmo, la liturgia de la palabra de este domingo nos invita a pensar en el camino de la conversión del corazón y a agradecer la iniciativa divina de un Dios que es todo misericordia. Él es siempre el primero en tender la mano, en correr en nuestra ayuda, en rescatarnos de nuestra miseria humana. 

El salmista pide a Dios que sea para él —y con él para todos nosotros— gracia, que se interese por quien está mal, por quien se encuentra en dificultad, que nos dé una mano. Es a la vez una especie de adelanto a la experiencia de María que canta: «Señor, tú has mirado la pobreza de tu esclava y me has hecho gracia, me has llenado de tu gracia» (cf. Lc 1,46-55). De entre los 150 salmos, no encontraremos otro que contenga tanta profundidad, belleza y consolación como éste. Desde la primera hasta la última palabra, un binomio maravillosamente evangélico recorre sus entrañas: «confianza–humildad». Este binomio es como un río de vida que atraviesa el salmo de parte a parte cubriendo todo de frescura y esperanza. A pesar de que aparece en él tantas veces el concepto y la palabra pecado —o su equivalente: culpa, iniquidad—simultáneamente se muestra la misericordia de Dios como una realidad mucho más sólida y visible; si la altura del pecado es como la de una montaña, la misericordia del Altísimo es como la altura de la cordillera más encumbrada. Si de los versículos de este bellísimo salmo retiramos la palabra «Dios», y la sustituimos por la palabra «Padre», llegamos fácilmente al corazón mismo del Evangelio, junto a las grandes parábolas de la misericordia del Señor que hoy nos ofrece la liturgia de la palabra en el capítulo 15 de Lucas (Lc 15,1-32), por eso se nos invita a orar con este salmo el día de hoy. 

En el Evangelio que tenemos para este domingo, se describen tres parábolas de la misericordia: la oveja perdida, la moneda perdida y el hijo pródigo. En los tres relatos se repiten los binomios, perdido—encontrado y tristeza—alegría. La lejanía de Dios produce la pérdida y su cercanía ofrece la posibilidad del encuentro. La tristeza por la soledad experimentada lejos de Dios se transforma en alegría tras el encuentro. Es Dios quien toma la iniciativa de buscar al extraviado, simbolizado en la oveja perdida, la moneda o el hijo pródigo. Dios, con su infinita misericordia, es en definitiva el auténtico protagonista de estas tres parábolas. La misericordia de Dios Padre se nos muestra en el Evangelio a través de su Hijo Jesucristo. Cristo es el rostro de la misericordia del Padre. De este modo, Cristo hace visible al mundo la misericordia del Padre y nos invita al arrepentimiento que busca el perdón. Sí, Jesús es el Buen Pastor que busca a sus ovejas y para que entendamos lo que nos quiere decir, añade la parábola de la mujer que pierde una moneda y lo revuelve todo hasta dar con ella. Y, sobre todo, por si todavía estuviera oscura su doctrina de perdón y de amor, expone la parábola del hijo pródigo. Las tres parábolas terminan en fiesta, la fiesta del re-encuentro, la fiesta de la vida nueva, la fiesta de re-estrenarse en la misma sintonía que el autor del salmo 50. ¿Por qué no imitar a Dios poniéndonos en su escuela de la misericordia? ¿Cómo podemos cambiar el corazón, el ánimo, la vida misma para empezar de nuevo? María nos da la clave: reconocernos como somos, pedir la gracia de Dios y lanzarnos a vivir para él. «Se fijó en la pequeñez de su sierva» dice María (Lc 1,48). Es lo mismo que debemos decir nosotros decididos a volver a empezar a vivir... ¡Bendecido domingo! 

Padre Alfredo.

sábado, 14 de septiembre de 2019

«Desde lo más profundo del corazón»... Un pequeño pensamiento para hoy

No hay duda de que Jesús oró con los salmos, y especialmente cantó los salmos del Hallel, ese conjunto de salmos que se canta como parte de la liturgia judía durante determinadas festividades y que empieza con el salmo 112 [113] y termina con el 117 [118]. Según la Misná (La tradición oral judía), el Hallel se cantaba en el templo y en las sinagogas durante el tiempo de la Pascua y las fiestas del Pentecostés, de las cabañas y de la dedicación. Durante la celebración de la Pascua, se recitaba en las casas la primera parte de este Hallel (el Salmo 112 [113], según la escuela de Sammay, o los Salmos 112 y 113 [113 y 114] según la escuela de Hillel) después que se había llenado la segunda copa de vino y explicado el significado de la Pascua. Se concluía el Hallel con la cuarta copa de vino. Los evangelios nos atestiguan que Cristo cantó el Hallel. Hablando de la Última Cena dice el evangelista: «Y cantados los himnos, salieron hacia el monte de los Olivos» (cf. Mt 26,30; Mc 14,26). Jesús celebró y presidió la pascua con sus discípulos según el rito judío. 

El ejemplo de Jesús —afirma en uno de sus escritos monseñor Juan Esquerda Bifet el famoso misionólogo—, al usar los salmos para orar o para exponer su mensaje (Heb 10,5-7; Mt 22,43-45; 26,30; Mc 14,22-24), es una invitación a toda la comunidad eclesial para trasformar todo acontecimiento histórico en alabanza, adoración, gratitud, petición, a la luz de la Pascua. «Los salmos son un resumen de la espiritualidad del Antiguo Testamento. Estos himnos del texto sagrado resumen retazos de vida y de historia salvífica. El hombre asume los acontecimientos de su caminar personal y comunitario (alegría, dolor, triunfo, exilio, muerte...), a la luz de la historia de salvación, para convertirlos en diálogo con Dios (culto, oración) y en compromiso histórico. La dinámica de los salmos se mueve dentro de la esperanza mesiánica, en el contexto de un Dios que ama al hombre y le salva del fatalismo histórico y de las fuerzas de la naturaleza» (Juan Esquerda Bifet, “Caminar en el amor”, p. 38). El estudio profundo del ambiente judío es esencial para comprender rectamente la persona de Jesús. Jesús nació de madre judía, de la casa de David y del pueblo de Israel y su manera de orar con los salmos, abraza a su propio pueblo y al mundo entero. 

¿Cómo no reconocer en los Evangelios, aunque elevados a un plano superior, la palabra evocadora de los profetas, las figuras literarias de los salmistas y los métodos de enseñanza familiares a los rabinos judíos contemporáneos de Jesús? El Evangelio que Jesús predicó en Palestina tiene fuertes raíces judías, muchas de las cuales están en la costumbre judía de orar con los salmos, por eso en cada Celebración Eucarística hay siempre un salmo o un fragmento de estos bellos poemas en el salmo responsorial. El salmo de hoy constituye como «el punto de unión entre el cántico de Ana (1 Sam 2,1-10) y el Magníficat de la Virgen (Lc 1,46-55)». exalta «el nombre del Señor», que, como es bien sabido, en el lenguaje bíblico indica a la persona misma de Dios, su presencia viva y operante en la historia humana. Tres veces, con insistencia apasionada, resuena «el nombre del Señor» en el centro de la oración del salmista. Todo el ser y todo el tiempo el nombre del Señor —«desde que sale el sol hasta su ocaso», dice el salmista (v. 3)— está implicado en todo. Dios quiera que siempre exaltemos su nombre y con ello su amor, su bondad, su misericordia de tal forma que caminemos siempre en su presencia y no nos pase como a esos de los que habla Jesús hoy en el Evangelio que piensan que con decir «Señor, Señor» y no hacen lo que él dice ya están salvados (Lc 6, 43-49). Procuremos que nuestra fe no se nos quede en puras exterioridades, sino que lo que hagamos externamente sea consecuencia de tener a Dios en el corazón, como los salmistas, porque «la boca habla de lo que está lleno el corazón». Hoy que es sábado vale la pena pensar un poco en el corazón más fiel al Señor, el corazón de María y pedirle a ella que nuestra alabanza a Dios no sea solo de palabra, sino que brote de nuestro interior. ¡Bendecido sábado! 

Padre Alfredo.

jueves, 12 de septiembre de 2019

«Alabar al Señor»... Un pequeño pensamiento para hoy


Hoy la liturgia de la Palabra nos coloca como salmo responsorial el último de los salmos, el 150 y quizá para alguno que otro surja una pregunta que yo me hice hace muchos años cuando era seminarista: ¿Por qué son 150 salmos exactamente y no 149 0 151? Los números, y sobre todo la simetría numérica, eran para el hombre antiguo algo muy significativo; así que no es de extrañar que, una vez comenzado el proceso de colección de los salmos los compiladores hayan llegado a concebir la idea de que debían ser 150. ¿Pero qué representa el número 150? nada en particular, pero suena armonioso y los judíos cuidaban mucho eso. Por ese motivo, muy probablemente, se haya llegado a acomodar la colección de la manera en que se hizo en las diferentes versiones. Todo este tiempo litúrgico del ciclo C de la liturgia dominical, he estado haciendo mi oración diaria precisamente partiendo del salmo responsorial de cada día y he compartido con ustedes mi reflexión de cada uno de ellos; así lo haré Dios mediante hasta antes de las Vísperas del primer domingo de Adviento de este año. Cuando vamos al Misal y luego queremos leer el salmo que se cita como responsorial, lo encontramos en la Biblia con el número cambiado: un número más. La diferencia de numeración —ya lo he dicho varias veces— se suscita entre la versión griega del Antiguo Testamento (llamada «Septuaginta» o de los LXX) y el texto hebreo llamado «Texto masorético». 

A nosotros, como Iglesia Católica, nos llegó la numeración griega a través de la versión latina llamada la «Vulgata». Como todos los textos litúrgicos provienen de la organización del texto en la Vulgata, en la liturgia se usa la numeración septuaginta —vulgata—, mientras que en todo lo demás, se usa la numeración hebrea. En los dos casos hay 150 salmos, pero hay uniones y divisiones de textos en medio, de modo que no resultan numeraciones homogéneas, pero siempre hay 150 salmos porque la segunda parte del 146 se llama 147, y como el hebreo no divide ese salmo, desde el 148 las dos numeraciones se igualan, y siguen igual hasta el 150, por eso para el salmo de hoy no hay doble numeración. El salterio termina con este salmo 150, un salmo que nos invita a una apremiante alabanza: «Que todo ser viviente alabe al Señor». Puesto que todo viene de Dios, todos los cristianos lo alabamos. Dios está en el corazón del mundo, dándole el ser a todo viviente y realizando su empresa suprema en la constante construcción de la Iglesia, pueblo de Dios que camina hacia su encuentro definitivo con Aquel a quien le rinde alabanza: «¡Todo fue creado por él y para él! ¡A él la gloria y la alabanza!» (Rm 11,36). 

Alabamos plenamente al Señor cuando vamos entendiendo que esa alabanza no es algo que se queda atorado en la teoría o en el hermoso acomodo de un poema, sino que se concretiza en la vida y en la relación que tenemos con los demás en este mundo, los de cerca y los de lejos, los que sentimos cerca y los que no piensan como nosotros. Hoy Jesús, en el Evangelio nos ayuda a entender como es esta alabanza que rendimos a Dios (Lc 6,27-38). Alabamos a Dios no solo cuando hacemos cosas agradables para nosotros o para los que nos caen bien, sino también cuando amamos a los enemigos... alabamos a Dios dándonos a los que nos agradecen, pero también cuando hacemos el bien a los que os odian... alabamos a Dios bendiciendo con cariño a los nuestros, pero también cuando bendecimos a los que os maldicen y oramos por los que nos injurian... alabamos a Dios cuando estamos contentos con los compartimos en fraternidad pero también cuando presentamos la otra mejilla al que nos pega... alabamos a Dios cuando damos un regalo a quien queremos mucho pero también cuando amamos al que nos quita la capa y le dejamos también la túnica... Hoy el salmista y Jesús el Señor nos invitan a concretizar la alabanza a Dios para que no se quede en palabras o frases bonitas, sino en acciones que, cambiando los harapos de nuestro egoísmo por el magnífico vestido de la generosidad, le entregan todo, lo fácil y lo difícil, lo bonito y lo no tanto, como un regalo para darle gloria. Que la Virgen María nos ayude este día y siempre a alabar al Señor así, de esta manera, que es la que a él le agrada. ¡Bendecido jueves sacerdotal y eucarístico! 

Padre Alfredo.

miércoles, 11 de septiembre de 2019

«Bienaventurados»... Un pequeño pensamiento para hoy


Un trocito del salmo 144 [145] basta para ver cómo el salmista celebra las grandes obras del Señor que lo manifiestan con todos sus atributos. El Señor es un Rey justo y poderoso, a la vez que es bondadoso y lleno de misericordia hacia todas sus criaturas. En el idioma original en el que este salmo fue escrito, que es el hebreo, está compuesto con una estructura «alfabética», de manera que las ideas que el autor —que se supone es David— se yuxtaponen bastante libremente, sin una conexión lógica demasiado aparente y menos al traducir esto al español. Para hablarnos de las perfecciones de Dios, el salmista toma ideas y sentencias de otros salmos y los va organizando en un poema que exalta a la vez la grandeza de Yahvé y su cercanía a nosotros. Esta es la visión que querrá luego Cristo que tengamos del Padre, una visión que nos haga ver a la vez su grandeza insondable y su misericordia; su trascendencia y su providencia que es más atenta y cuidadosa que la que tiene con los pájaros del cielo y los lirios del campo (Mt 6,25-34). No hay duda de que muchas veces formularía su enseñanza valiéndose de salmos como este para acercarnos más a nuestro Padre Dios. 

Con Cristo podemos leer, meditar y saborear este salmo —que es el salmo responsorial de hoy— para bendecir, alabar y ensalzar al Padre celestial en sus perfecciones y en sus obras prodigiosas, de las cuales, el ser humano, es la máxima expresión, por eso la Palabra de Dios nos invita hoy, en la primera lectura, a revestirnos del hombre nuevo (Col 3,1-11), el hombre sencillo que, sin quedarse atrapado por el mundo, puede contemplar a la vez esa grandeza y esa bondad misericordiosa de nuestro Dios. Las bienaventuranzas, que el Evangelio de hoy nos ofrece en la versión de San Lucas (Lc 6,20-26), nos trazan precisamente la forma en la que debemos vivir para poder gozar de todos esos atributos divinos que el autor del salmo 144 [145] nos ofrece. 

En este mundo, los hombres y las mujeres de fe, deben caminar hacia la felicidad plena con un corazón sencillo y transparente, con hambre y sed de justicia, soportando el peso del camino con mansedumbre experimentando siempre al Padre Dios cercano, muy cercano. ¿Qué pasaría si tomáramos en serio las bienaventuranzas pensando en los atributos de Dios, especialmente su atenta providencia y misericordia para con nosotros y acertáramos a vivir sin tanto afán de cosas, con más limpieza interior, más atentos a los que sufren, sembrando y construyendo paz y con una confianza más grande en Dios? ¿Seríamos más felices o menos?... ¡Pero qué pregunta ésta última! Bien que lo sabemos, nos basta ver a María de Nazaret en su Magníficat en las que esos atributos de Dios resaltan. Él derriba a los potentados y enaltece a los humildes, Él sacia a los hambrientos y a los ricos los despide vacíos... Si nos dejamos de estarnos viendo tanto a nosotros mismos y vemos más a los demás, entenderemos al salmista y al evangelista más fácil. ¡Bendecido miércoles” 

Padre Alfredo.

martes, 10 de septiembre de 2019

«El Señor es bueno»... Un pequeño pensamiento para hoy


Hoy empiezo mi reflexión con una antigua fábula de un autor desconocido: Un martillo, un tornillo y un trozo de lija decidieron organizar una reunión para discutir algunos problemas que habían surgido entre ellos. Las tres herramientas, eran amigas, pero solían tener peleas a menudo y era urgente acabar con las disputas. A pesar de su buena disposición pronto surgió un problema: chocaban tanto que ni siquiera eran capaces de acordar quién tendría el honor de dirigir el debate. En un inicio el tornillo y la lija pensaron que el mejor candidato era el martillo, pero en un santiamén cambiaron de opinión. El tornillo explicó sus motivos y dijo: —Mira, pensándolo bien, martillo, no debes ser tú el que dirija la asamblea ¡Eres demasiado ruidoso, siempre golpeándolo todo! Lo siento, pero no serás el elegido—. El martillo se exasperó muchísimo porque se sentía perfectamente capacitado para el puesto de moderador y lleno de rabia contestó: —Pues si yo no puedo, tú tampoco tornillo, eres un inepto y sólo sirves para girar y girar sobre ti mismo como un tonto—. Al tornillo le pareció fatal lo que dijo el martillo, se sintió tan furioso que, por unos segundos, el metal de su cuerpo se calentó y se volvió de color rojo. A la lija le pareció una situación muy cómica y le dio un ataque de risa que, desde luego, no sentó nada bien a los otros dos. El tornillo, muy irritado, le increpó: —¿Y tú de qué te ríes lija? Ni en sueños pienses que tú serás la presidenta. Eres muy áspera y acercarse a ti es muy desagradable porque raspas. No te mereces un cargo tan importante y me niego a darte el voto—. El martillo estuvo de acuerdo y sin que sirviera de precedente, le dio la razón: —¡yo también me niego!—. La cosa se estaba poniendo muy pero que muy fea y estaban a punto de pelear. Por suerte, algo inesperado sucedió: en ese momento crucial… ¡entró el carpintero! 

Al notar su presencia, las tres herramientas enmudecieron y se quedaron quietas como estacas. Desde sus puestos observaron cómo, ajeno a la discusión, colocaba sobre el suelo varios trozos de madera de pino y se ponía a fabricar una hermosa mesa. Como es natural, el carpintero necesitó utilizar diferentes utensilios para realizar el trabajo: el martillo para golpear los clavos, el tornillo para hacer agujeros, y el trozo de lija para dejarla lustrosa la mesa que quedó fantástica, y al caer la noche, el carpintero se fue a dormir. En cuanto reinó el silencio en la carpintería, las tres herramientas se juntaron para charlar, pero esta vez con tranquilidad y una actitud mucho más positiva. El martillo fue el primero en alzar la voz: —Amigos, estoy avergonzado por lo que sucedió esta mañana. Nos hemos dicho cosas horribles que no son ciertas—. El tornillo también se sentía mal y le dio la razón. —Es cierto, hemos discutido echándonos en cara nuestros defectos cuando en realidad todos tenemos virtudes que merecen la pena—. La lija también estuvo de acuerdo y exclamó: —los tres valemos mucho y los tres somos imprescindibles en esta carpintería ¡Miren qué mesa tan hermosa hemos construido entre todos gracias al carpintero!—. Tras esta reflexión, se dieron un fuerte abrazo de amistad. Formaban un gran equipo y jamás volvieron a tener problemas entre ellos. 

¿Por qué hoy esta fábula? Es que el salmo 144 [145] me trae, al leerlo, esa imagen de Dios que, como el carpintero de la fábula, toma de cada uno de nosotros lo que somos y lo que hacemos y no nos mete en competencia, sino en colaboración. La inmensa bondad del Señor, su gloriosa majestad, su poder, su grandeza hace que quiera disponer de cada una de nuestras cualidades, de cada uno de nuestros dones para construir, con nuestra colaboración, su obra. El Señor nos llama como llamó a los Apóstoles (Lc 6,12-19), según nos narra el Evangelio de hoy y nos llamó para colaborar en su obra a pesar de nuestras diferencias tan notorias. «Bueno es el Señor para con todos y su amor se extiende a todas sus creaturas», dice el salmista y por eso canta la grandeza del Señor que «es bueno con todos». Con Cristo, y bajo la mirada siempre bondadosa de María, podemos leer y meditar este salmo para dar gracias al Señor por su bondad. ¡Bendecido martes! 

Padre Alfredo.

lunes, 9 de septiembre de 2019

«La roca firme»... Un pequeño pensamiento para hoy


Consciente de su humana debilidad, el autor del salmo 61 [62] sabe que no puede poner ni la confianza, ni la esperanza, en alguien que, como humano, es igual que Él. Su confianza está puesta en el Señor, Él es su esperanza al mismo tiempo que es su refugio, sólo Dios es apoyo firme, por eso, en una sencilla oración, se exhorta a sí mismo a la calma, invita a su propia alma a estar sosegada y serena en Dios, refugio y salvación seguros. Enriquecido y feliz por esta experiencia de fe que vive, por este descubrimiento de Dios como fuente de paz interior en medio de las pruebas de la vida que nunca faltan, el salmista hace una invitación a otros a que le confíen sus preocupaciones y sus personas al Señor. Este salmo nos ofrece una oración de un calibre tremendo a la vez que nos invita a situarnos en silencio ante el Señor. En las pruebas de la vida, que todos tenemos, solamente si ponemos nuestra esperanza y nuestra confianza en Dios, acallando nuestra desesperación, nuestras ansias y nuestra angustia, es como saldremos adelante. «Cada uno de nosotros —escribe Benedicto XVI—, cuando se queda en silencio, no sólo necesita sentir los latidos de su corazón, sino también, más en profundidad, el pulso de una presencia fiable, perceptible con los sentidos de la fe, y sin embargo mucho más real: la presencia de Cristo, corazón del mundo» (Benedicto XVI 1 de junio de 2008). 

«Él es mi roca firme y mi refugio» dice el salmista invitándonos a dirigir nuestra mirada a la acción providente y misericordiosa del Señor. Así lo hizo Cristo hasta el último momento de su existencia terrena invitándonos a imitarle: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu». Siguiendo el ejemplo de Cristo y en estrecha unión con Él, debemos aprender ese abandono y confianza en el Padre en todo momento. Actuando de esta manera, podemos hacer nuestro este salmo para celebrar los frutos maravillosos de esta confianza filial en Dios y para exhortar a nuestros compañeros de ruta en casa, en el grupo, en la parroquia, a vivir en esta confianza. San Juan Pablo II, en una de sus catequesis, invitaba a todo el pueblo de Dios a fijarse en el símbolo de estabilidad y seguridad que utiliza el salmista: la «roca», es decir, el salmista encuentra en Dios su fortaleza y su baluarte de protección. ¿En dónde está puesta mi confianza? ¿En dónde busco esa fortaleza y ese baluarte de protección? 

La beata madre María Inés Teresa del Santísimo Sacramento, en una de sus cartas, dirigidas a su familia misionera escribe: «La confianza en Dios todo lo puede. Un misionero debe de vivir penetrado de confianza en Él; y confiar, precisamente, cuando todo parece perdido. Es una gloria inmensa la que damos entonces a Dios. No le privemos nunca de esta dicha» (Carta colectiva del 14 de marzo de 1963, f. 525). Y el salmista dice, dirigiéndose también a una comunidad: «Confía siempre en Él, pueblo mío, y desahoga tu corazón en su presencia, porque sólo en Dios está nuestro refugio». Volviendo a San Juan Pablo II, en aquella misma catequesis del 10 de noviembre de 2004 afirmaba: «Si fuéramos más conscientes de nuestra caducidad y de nuestros límites como criaturas, no escogeríamos el camino de la confianza en los ídolos, ni organizaríamos nuestra vida según una jerarquía de pseudo-valores frágiles e inconsistentes. Optaríamos más bien por la otra confianza, la que se centra en el Señor, manantial de eternidad y de paz. Sólo Él «tiene el poder»; sólo Él es manantial de gracia; sólo Él es plenamente justo, pues paga «a cada uno según sus obras» (Cf. Sal 61,12-13)». ¡Cuántas veces recurriría María a este salmo desde el silencio de su corazón! Ella, a través de su sí nos enseña en quién ha puesto su confianza y por qué quiere que Dios, con su poder y gloria, llegue a todos los hombres. A ella pidámosle que nos ayude a centrar nuestra vida y nuestro corazón en la «Roca» firme, que es el Señor. ¡Bendecido lunes, iniciando una nueva semana laboral y académica! 

Padre Alfredo.

domingo, 8 de septiembre de 2019

«La gloria de Dios»... Un pequeño pensamiento para hoy


«Haz, Señor, que tus siervos y sus hijos, puedan mirar tus obras y tu gloria». Esta es la frase con la que se cierra el salmo responsorial de este domingo, el salmo 89 [90]. Isaías 43,7 dice que Dios nos creó «para su gloria». En contexto con otros versos, puede decirse que el hombre «glorifica» a Dios porque a través del hombre, la gloria de Dios puede ser vista en cosas tales como el amor, la música, el heroísmo, la belleza, etc., cosas pertenecientes a Dios que nosotros llevamos en «vasos de barro» (2 Cor 4,7). Somos los vasos que «contienen» la gloria de Dios. Todas las cosas que somos capaces de hacer y de ser, encuentran su fuente en nuestro Dios. Su gloria es revelada en la mente del hombre a través del mundo material en muchas formas, y con frecuencia de diferentes maneras para diferentes personas en el mismo ser y quehacer del hombre. Somos nosotros, los hombres y mujeres de Dios quienes con nuestras acciones, podemos mostrar la gloria y las obras de Dios a la humanidad entera. En la actualidad, el telescopio espacial Hubble, ese telescopio que orbita en el exterior de la atmósfera, en órbita circular alrededor del planeta Tierra a 593 kilómetros sobre el nivel del mar, con un período orbital entre 96 y 97 minutos, ha confirmado la magnitud de la gloria de Dios. Los científicos del Hubble dicen que se calcula que la galaxia de la Vía Láctea, de la cual nuestra tierra y nuestro sol son tan sólo una pequeña partícula, es sólo una de las más de 200 mil millones de galaxias similares. ¡Cómo no percibir lo enorme y extensa que es la creación de Dios! Y sin embargo, su gloria se muestra en la pequeñez del ser humano. 

Químicamente —creo que ya lo he comentado alguna que otra vez—, el cuerpo humano se compone sólo de varios elementos en distintas cantidades. Aunque los cálculos varían, consta de 65% de oxígeno, 18% de carbono, 10% de hidrógeno, 3% de nitrógeno, 1% de fósforo, 0.5% de calcio, 0.35% de potasio, 0.25% de azufre, 0.15% de sodio, 0.15% de cloro, 0.05% de magnesio y cantidades minúsculas de otros elementos. El precio de todo esto es entre uno y 15 dólares. Además, la mayoría de estos compuestos hacen agua, ya que tenemos 75% de agua en nuestro ser. Sin embargo, el ser humano no es sólo la materia que lo forma; es también su historia, su vida y sus actos, todos consecuencia de su mente y su conciencia, productos no materiales. No se puede valorar a una persona sólo por su costo monetario. Desde la fe, un ser humano no puede tener un precio calculable. No es sólo materia, sino una pieza de la creación de Dios única e irrepetible. El reto, para el hombre de hoy y de siempre, es entender desde la fe, como es que alguien tan pequeño en medio de esta inmensa creación de Dios, puede mostrar su gloria más que tantas cosas más que hay en la obra maravillosa de la creación. Y es al hombre, a este ser diminuto, a quien Dios le invita a mostrar su gloria de una manera muy particular e incomprensible para muchos: «El que no carga su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo... cualquiera de ustedes que no renuncie a todos sus bienes, no puede ser mi discípulo» (Lc 14,25-33). Es la debilidad y la unión con Cristo en la Cruz, lo que muestra al mundo la gloria de Dios. Los demás seres del universo son huella o vestigio de Dios; pero no su imagen y su gloria, tampoco son sujetos de gracia y de amor. Como recuerda el Concilio, el hombre «es la única criatura terrestre a la que Dios ha amado por ella misma» (GS 24) y es, a la vez, la única criatura que puede unirse al mismo Dios para llevar la Cruz. 

Con razón san Ireneo dice: «La gloria de Dios es el hombre viviente» (Adversus haereses, 4, 20, 7). Al cargar la cruz de cada día, rinde culto a Dios como a único Señor y muestra su gloria al mundo, así, el hombre es soberanamente libre y es de verdad «él mismo», que ha sido hecho a imagen y semejanza de Dios. Hablar de la gloria de Dios significa hablar de la majestad, la riqueza y la vida que Dios manifiesta al hombre, dándosele en su historia e invitándolo a ser, como Jesús, imagen (Eikon) perfecta del Padre misericordioso, y por eso todo el quehacer del hombre consiste en irse pareciendo, cada vez más, a Jesucristo que desde la Cruz nos redimió. Nadie como María —de quien hoy celebramos en la Iglesia su cumpleaños—, que renunciado a todo lo propio para dejar actuar sólo a Dios, muestra con gran claridad la gloria de Dios. Al colaborar con su cuerpo se convierte en la Madre del Señor; al cooperar con su espíritu, en su Sierva. Y la Sierva deviene Madre, y la Madre deviene Esposa: cada perspectiva que se cierra abre otra nueva, cada vez más allá. No sólo quiere lo que Dios quiere, sino que le confía su sí para que le de forma y transforme. Desde el momento en el que ha dicho sí, su vida tiene la forma consciente y explícita de ese sí que muestra la gloria de Dios y del que dependerá todo lo demás. Que Ella nos ayude a irradiar la gloria de Dios. ¡Bendecido domingo! 

Padre Alfredo.

sábado, 7 de septiembre de 2019

«Discurso del Papa a obispos, clero, religiosos, catequistas de Mozambique»... Una llamada a no detenerse


La Catedral de la Inmaculada Concepción fue el escenario del encuentro que el Papa Francisco tuvo con los obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas, consagrados, seminaristas, catequistas y animadores de las distintas áreas de pastoral en Mozambique este pasado jueves 5 de septiembre, segundo día de su viaje pastoral a África, que también le llevará a Madagascar y Mauricio. Madagascar y Mauricio. El viaje se lleva a cabo desde el pasado día 4 y concluirá el 10 de septiembre.

El Santo Padre reflexionó sobre diversos aspectos de la vocación. En su discurso pronunciado en portugués, con algunos añadidos espontáneos, el Papa destacó que nos guste o no «tenemos que salir de los lugares importantes, solemnes; tenemos que volver a los lugares donde fuimos llamados, donde era evidente que la iniciativa y el poder eran de Dios». Me parece que es un discurso que nos viene bien a todos en este tiempo de crisis de fe, de valores y de identidad que el mundo católico atraviesa y por eso, en esta entrada, lo comparto tal cual:

«Queridos hermanos obispos, queridos sacerdotes, religiosas, religiosos y seminaristas, queridos catequistas y animadores de comunidades cristianas, queridos hermanos y hermanas, ¡buenas tardes!

Agradezco el saludo de bienvenida de Mons. Hilário en nombre de todos vosotros. Con afecto y gran reconocimiento, os saludo a todos. Sé que habéis hecho un gran esfuerzo para estar aquí. Juntos, queremos renovar la respuesta al llamado que una vez hizo arder nuestros corazones y que la Santa Madre Iglesia nos ayudó a discernir y confirmar con la misión.

Gracias por vuestros testimonios, que hablan de las horas difíciles y los desafíos serios que vivís, reconociendo límites y debilidades; pero también admirándoos de la misericordia de Dios. Me alegró escuchar de la boca de una catequista decir: “Somos una Iglesia insertada en un pueblo heroico”, que sabe de sufrimientos, pero mantiene viva la esperanza. Con ese sano orgullo por vuestro pueblo, que invita a renovar la fe y la esperanza, queremos renovar nuestro “sí”. ¡Qué feliz es la Santa Madre Iglesia al escucharos manifestar el amor del Señor y la misión que os ha dado! ¡Qué contenta está de ver vuestro deseo de volver siempre al «amor primero» (Ap 2,4)!

Pido al Espíritu Santo que os dé siempre la lucidez de llamar a la realidad con su nombre, la valentía de pedir perdón y la capacidad de aprender a escuchar lo que Él quiere decirnos.

Queridos hermanos y hermanas, nos guste o no, estamos llamados a enfrentar la realidad tal como es. Los tiempos cambian y debemos reconocer que a menudo no sabemos cómo insertarnos en los nuevos escenarios; podemos soñar con las “cebollas de Egipto” (cf. Nm 11,5), olvidando que la Tierra Prometida está adelante y no atrás, y en ese lamento por los tiempos pasados, nos vamos petrificando. Nos vamos, momificando. No es buena cosa un Obispo, un sacerdote, incluso un catequista, momificado. No, no es bueno. En lugar de profesar una Buena Nueva, lo que anunciamos es algo gris que no atrae ni enciende el corazón de nadie. Esa es la tentación.

Nos encontramos en esta catedral, dedicada a la Inmaculada Concepción de la Virgen María, para compartir como familia lo que nos pasa. Como familia que nació en ese “sí” que María le dijo al ángel. Ella, ni por un momento miró hacia atrás. Es el evangelista Lucas quien nos narra estos acontecimientos del inicio del misterio de la Encarnación. Quizás en su modo de hacerlo encontremos respuestas a las preguntas que hoy habéis hecho. Un Obispo, un sacerdote, la hermana catequista… ¡Los seminaristas no habéis hecho! Quizás podamos descubrir también el estímulo necesario para responder con la misma generosidad y premura de María.

San Lucas va presentando en paralelo los acontecimientos vinculados a san Juan Bautista y a Jesucristo; quiere que en el contraste descubramos aquello que se va apagando del modo de ser de Dios y de vincularse con Él en el Antiguo Testamento, y el nuevo modo que nos trae el Hijo de Dios hecho hombre. De un modo en el Antiguo Testamento, se va abajando, y de un nuevo modo que trae Jesús.

Es evidente que en ambas anunciaciones, en la de San Juan Bautista y en la de Jesús, hay un ángel. Pero, en una, la aparición se da en Judea, en la ciudad más importante: Jerusalén; y no en cualquier lugar, sino en el templo y, dentro de él, en el Santo de los Santos; el ángel se dirige a un varón, y sacerdote. Por el contrario, el anuncio de la Encarnación es en Galilea, la más alejada y conflictiva de las regiones, en una pequeña aldea, Nazaret, en una casa y no en una sinagoga o lugar religioso, y se hace a una laica, y mujer. ¿Qué ha cambiado? Todo. ¡Cambió todo! Y, en ese cambio, está nuestra identidad más profunda.

Vosotros preguntabais qué hacer con la crisis de identidad sacerdotal, cómo luchar contra ella. A propósito, lo que voy a decir relativo a los sacerdotes es algo que todos —obispos, catequistas, consagrados, seminaristas— estamos llamados a cultivar y desarrollar.

Frente a la crisis de identidad sacerdotal, quizás tenemos que salir de los lugares importantes, solemnes; tenemos que volver a los lugares donde fuimos llamados, donde era evidente que la iniciativa y el poder eran de Dios. Ninguno de nosotros fue llamado a un lugar importante. Ninguno.

A veces sin querer, sin culpa moral, nos habituamos a identificar nuestro quehacer cotidiano como sacerdotes con ciertos ritos, con reuniones y coloquios donde el lugar que ocupamos en la reunión, en la mesa o en el aula es de jerarquía; nos parecemos más a Zacarías que a María. «Creo que no exageramos si decimos que el sacerdote es una persona muy pequeña: la inconmensurable grandeza del don que nos es dado para el ministerio nos relega entre los más pequeños de los hombres.

El sacerdote es el más pobre de los hombres –sí, el sacerdote es el más pobre de los hombres– si Jesús no lo enriquece con su pobreza, el más inútil siervo si Jesús no lo llama amigo, el más necio de los hombres si Jesús no lo instruye pacientemente como a Pedro, el más indefenso de los cristianos si el Buen Pastor no lo fortalece en medio del rebaño.

Nadie más pequeño que un sacerdote dejado a sus propias fuerzas; por eso nuestra oración protectora contra toda insidia del Maligno es la oración de nuestra Madre: soy sacerdote porque Él miró con bondad mi pequeñez (cf. Lc 1,48)» (Homilía en la Misa Crismal, 17 de abril de 2014).

Volver a Nazaret puede ser el camino para afrontar la crisis de identidad. Jesús llama, después de la resurrección, a regresar a Galilea para encontrarlos. Volver a Nazareth, a la primera llamada. Volver a Galilea para resolver la crisis de identidad. Volver a Nazaret para renovarnos como pastores-discípulos-misioneros.

Vosotros mismos expresabais cierta exageración en la preocupación por generar recursos para el bienestar personal, por “caminos tortuosos” que muchas veces terminan privilegiando actividades con una retribución garantizada y generan resistencias a entregar la vida en el pastoreo cotidiano.

La imagen de esta sencilla doncella en su casa, en contraste con toda la estructura del templo y de Jerusalén, puede ser el espejo donde miremos nuestras complicaciones y afanes, que oscurecen y dilatan la generosidad de nuestro “sí”.

Las dudas y la necesidad de explicaciones de Zacarías desentonan con el “sí” de María que sólo requiere saber cómo se va a dar todo lo que le suceda. Zacarías no puede superar el afán de controlarlo todo, no puede salir de la lógica de ser y sentirse el responsable y autor de lo que suceda. María no duda, no se mira a sí misma: se entrega, confía. Es agotador vivir el vínculo con Dios como Zacarías, como un doctor de la ley: siempre cumpliendo, siempre creyendo que la paga es proporcional al esfuerzo que haga, que es mérito mío si Dios me bendice, que la Iglesia tiene el deber de reconocer mis virtudes y esfuerzos.

No podemos correr tras aquello que redunde en beneficios personales; nuestros cansancios deben estar más vinculados a «nuestra capacidad de compasión (¿tengo capacidad de compasión?), son tareas en las que nuestro corazón es “movido” y conmovido. Hermanos y hermanas: la Iglesia pide capacidad de compasión.

Nos alegramos con los novios que se casan, reímos con el bebé que traen a bautizar; acompañamos a los jóvenes que se preparan para el matrimonio y a las familias; nos apenamos con el que recibe la unción en la cama del hospital, lloramos con los que entierran a un ser querido» (Homilía Misa en la Misa Crismal, 2 abril 2015).

Entregamos minutos y días en pos de esa madre con SIDA, ese pequeño que quedó huérfano, esa abuela a cargo de tantos nietos o ese joven que ha venido a la ciudad y está desesperado porque no encuentra trabajo. «Tantas emociones... Si tenemos el corazón abierto, esta emoción y tanto afecto fatigan el corazón del Pastor.

Para nosotros, sacerdotes, las historias de nuestra gente no son un noticiero: nosotros conocemos a nuestro pueblo, podemos adivinar lo que les está pasando en su corazón; y el nuestro, al compadecernos (al padecer con ellos), se nos va deshilachando, se nos parte en mil pedacitos, se conmueve y hasta parece comido por la gente: “Tomad, comed”. Esa es la palabra que musita constantemente el sacerdote de Jesús cuando va atendiendo a su pueblo fiel: “Tomad y comed, tomad y bebed...”.

Y así nuestra vida sacerdotal se va entregando en el servicio, en la cercanía al pueblo fiel de Dios... que siempre, siempre cansa» (ibíd.). Hermanos y hermanas: la proximidad cansa. Siempre cansa. La proximidad al santo pueblo de Dios. La proximidad cansa. Es bello encontrar sacerdotes, una hermana, un catequista que se cansa con la proximidad.

Renovar el llamado muchas veces pasa por revisar si nuestros cansancios y afanes tienen que ver con cierta “mundanidad espiritual”, «por la fascinación de mil propuestas de consumo que no nos podemos quitar de encima para caminar, libres, por los senderos que nos llevan al amor de nuestros hermanos, a los rebaños del Señor, a las ovejitas que esperan la voz de sus pastores» (Homilía en la Misa Crismal, 24 marzo 2016); renovar el llamado pasa por elegir, decir sí y cansarnos por aquello que es fecundo a los ojos de Dios, que hace presente, encarna, a su Hijo Jesús. Que en este sano cansancio encontremos la fuente de nuestra identidad y felicidad. La proximidad cansa. Este cansancio es la santidad.

Que nuestros jóvenes descubran eso en nosotros, que nos dejamos “tomar y comer”, y que sea eso lo que los lleva a preguntarse por el seguimiento de Jesús, que deslumbrados por la alegría de una entrega cotidiana no impuesta sino madurada y elegida en el silencio y la oración, ellos quieran dar su “sí”.

Tú, que te lo preguntas o ya estás en camino de una consagración definitiva, has descubierto «que la ansiedad y la velocidad de tantos estímulos que nos bombardean hacen que no quede lugar para ese silencio interior donde se percibe la mirada de Jesús y se escucha su llamado. Mientras tanto, te llegarán muchas propuestas maquilladas, que parecen bellas e intensas, aunque con el tiempo solamente te dejarán vacío, cansado y solo.

No dejes que eso te ocurra, porque el torbellino de este mundo te lleva a una carrera sin sentido, sin orientación, sin objetivos claros, y así se malograrán muchos de tus esfuerzos. Más bien busca esos espacios de calma y de silencio que te permitan reflexionar, orar, mirar mejor el mundo que te rodea, y entonces sí, con Jesús, podrás reconocer cuál es tu vocación en esta tierra» (Exhort. ap. Christus vivit, 277).

Este juego de contrastes que plantea el evangelista Lucas, culmina en el encuentro de las dos mujeres: Isabel y María. La Virgen visita a su prima mayor y todo es fiesta, baile y alabanza. Hay una parte de Israel que ha entendido el cambio profundo, vertiginoso del proyecto de Dios: por eso acepta ser visitada, por eso el niño salta en el vientre. En una sociedad patriarcal, por un instante, el mundo de los hombres se retira, enmudece como Zacarías.

Hoy también nos ha hablado una catequista, una mujer mozambiqueña que nos ha recordado que nada les hará perder su entusiasmo por evangelizar, por cumplir con su compromiso bautismal. Vuestra vocación es evangelizar. La vocación de la Iglesia es evangelizar. La identidad de la Iglesia es evangelizar. No hacer proselitismo. El proselitismo no es evangelización. El proselitismo no es cristiano. Nuestra vocación es evangelizar. La identidad de la Iglesia es evangelizar.

En ella están todos los que salen al encuentro de sus hermanos: los que visitan como María, los que al dejarse visitar aceptan gustosos que el otro los transforme al regalarle su cultura, sus modos de vivir la fe y de expresarla.

La inquietud que expresas nos devela que la inculturación siempre será un desafío, como este “viaje” entre estas dos mujeres que quedarán mutuamente transformadas por el encuentro, el diálogo y el servicio. «Las Iglesias particulares deben fomentar activamente formas, al menos incipientes, de inculturación.

Lo que debe procurarse, en definitiva, es que la predicación del Evangelio, expresada con categorías propias de la cultura donde es anunciado, provoque una nueva síntesis con esa cultura. Aunque estos procesos son siempre lentos, a veces el miedo nos paraliza demasiado. Si dejamos que las dudas y temores sofoquen toda audacia, es posible que, en lugar de ser creativos, simplemente nos quedemos cómodos y no provoquemos avance alguno y, en ese caso, no seremos partícipes de procesos históricos con nuestra cooperación, sino simplemente espectadores de un estancamiento infecundo de la Iglesia» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 129).

La “distancia” entre Nazaret y Jerusalén se acorta, se hace inexistente por ese “sí” de María. Porque las distancias, los regionalismos y particularismos, el estar constantemente construyendo muros atentan contra la dinámica de la encarnación, que ha derribado el muro que nos separaba (cf. Ef 2,14). Vosotros que habéis sido testigos —al menos los mayores— de divisiones y rencores que terminaron en guerras, tenéis que estar siempre dispuestos a “visitaros”, a acortar las distancias. La Iglesia de Mozambique está invitada a ser la Iglesia de la Visitación.

No puede ser parte del problema de las competencias, menosprecios y divisiones de unos con otros, sino puerta de solución, espacio donde sea posible el respeto, el intercambio y el diálogo. La pregunta formulada sobre qué hacer ante un matrimonio interreligioso nos desafía en esta tendencia asentada que tenemos a la fragmentación, a separar en vez de unir. Como también lo es el vínculo entre nacionalidades, entre razas, entre los del norte y los del sur, entre comunidades, sacerdotes y obispos.

Es el desafío porque, hasta desarrollar «una cultura del encuentro en una pluriforme armonía», se requiere «un proceso constante en el cual cada nueva generación se ve involucrada. Es un trabajo lento y arduo que exige querer integrarse y aprender a hacerlo». Es el requisito necesario para la «construcción de un pueblo en paz, justicia y fraternidad», para «el desarrollo de la convivencia social y la construcción de un pueblo donde las diferencias se armonicen en un proyecto común» (ibíd., 220-221).

Así como María fue a la casa de Isabel, como Iglesia tenemos que aprender el camino frente a nuevas problemáticas, buscando no quedar paralizados por una lógica que enfrenta, divide, condena. Poneos en camino y buscad una respuesta a estos desafíos pidiendo la asistencia segura del Espíritu Santo. Él es el Maestro para mostrar los nuevos caminos a transitar.

Reavivemos entonces nuestro llamado vocacional, hagámoslo bajo este magnífico templo dedicado a María, y que nuestro “sí” comprometido proclame las grandezas del Señor, alegre el espíritu de nuestro pueblo en Dios, nuestro Salvador (cf. Lc 1,46-47). Y llene de esperanza, paz y reconciliación a vuestro país, a nuestro querido Mozambique.

Os pido que, por favor, recéis y hagáis rezar por mí. Que el Señor os bendiga y la Virgen Santa os cuide.

Gracias».

«Como el genio de la lámpara»... Un pequeño pensamiento para hoy

Hay mucha gente que piensa que Dios es como el genio de la lámpara, dispuesto a concedernos cualquier deseo, pero no es así. Nuestras oraciones deben estar de acuerdo con la voluntad de Dios. Por eso, no escucha a quienes piden cosas como sacarse la lotería o ganar una apuesta en el casino, ni a quienes oran motivados por malos deseos queriendo que a otros les vaya mal. Santiago previene contra este mal uso de las oraciones: «Piden, y sin embargo no reciben —dice él—, porque piden con un propósito malo, para gastarlo en los deseos vehementes que tienen de placer sensual» (St 4,3). Fijémonos en lo que Dios dijo en cierta ocasión a quienes le servían con hipocresía: «Aunque hagan muchas oraciones, no escucho; sus mismas manos se han llenado de derramamiento de sangre» (Is 1,15). La Biblia dice sin rodeos: «El que aparta su oído de oír la ley... hasta su oración es cosa detestable» (Pr 28,9). A Dios hay que hablarle desde la transparencia de nuestro corazón, ya que entrar en contacto con él no exige que salgamos de nuestra condición de hombres, ya que Dios ha entrado en la historia haciéndose palabra de hombre, de un hombre pequeño. 

En el salmo responsorial de este día, tomado del salmo 53 [54], el salmista, con toda sencillez, sabe que puede pedirle a Dios lo que percibe que Dios sí le puede dar. Él implora: «Sálvame, Dios mío, por tu nombre; con tu poder defiéndeme. Escucha, Señor, mi oración y a mis palabras atiende». El Padre Celestial siempre escucha nuestras oraciones, pero a veces parece que no las contesta porque tal vez no lo haga de la manera o en el momento que nosotros queremos. Debemos estar dispuestos a someter nuestra voluntad a la suya, y tener fe en que él sabe lo que es mejor para nosotros, lo que nos conviene que nos dé o solucione. El Padre Celestial nos ama y siempre tratará de ayudarnos a aprender y a progresar a medida que dé respuesta a nuestras oraciones. Así, en este salmo y en otros más, descubrimos que Dios ha ofrecido contestar las oraciones de sus hijos —aquellos que lo han recibido en sus vidas y quienes lo buscan y lo siguen)—. La base de nuestra esperanza en ser escuchados está en el carácter mismo de Dios; mientras más lo conocemos, más aptos somos para confiar en Él y pedirle. Jean-Pierre Longeat, en su libro «Veinticuatro horas de la vida de un Monje» dice algo muy cierto: «La oración es el lugar privilegiado para despojarse de una voluntad orientada hacia uno mismo y consiste finalmente en tornarse disponible para que en nosotros se cumpla la voluntad de Dios sin que sepamos cómo ni podamos intervenir más que confiando amorosamente en él». 

El autor del salmo, que muy probable haya sido el rey David, sabe que parece que Dios se esconde muchas horas del día, y por eso no lo considera ausente. Si Dios no estuviera cerca suyo, atento a su oración, ¿qué sentido tendría dirigirle la palabra suplicándole? Y si no existiera una comunión de mutuo amor con Dios, ¿por qué habría que pedirle algo? El escritor sagrado no puede negarlo, sabe que Dios está ahí con él, aunque sus ojos no lo vean, sus oídos no lo escuchen y su corazón no lo sienta. Él está convencido de quién es Dios y qué hace Dios, por eso exclama: «El Señor Dios es mi ayuda, él, quien me mantiene vivo. Yo te agradeceré, Señor, tu inmensa bondad conmigo». A la luz de este salmo, agradezcamos con María, hoy que es sábado dedicado a ella, el regalo que Dios nos ha hecho al darnos la oportunidad de orar dialogando con él. Con este salmo, pongamos nuestra confianza en Dios, que es quien nos da la fuerza para seguir con el programa de crecimiento espiritual de nuestras vidas. ¡Bendecido sábado! 

Padre Alfredo.

viernes, 6 de septiembre de 2019

«Encontrar a Jesús en los salmos»... Un pequeño pensamiento para hoy


Cuentan que San Agustín decía que cuando leía los salmos y no encontraba a Cristo, su lectura le parecía «sosa e insípida». En cambio, si lo descubría, su lectura se convertía en «sabrosa y embriagadora». Jesús usó los Salmos en muchos momentos de su existencia terrenal, estuvo íntimamente familiarizado con los Salmos y oraba y cantaba con ellos y como es verdadero Dios y verdadero hombre, completamente Dios y completamente hombre. Por tanto, él conoce las experiencias de los salmistas, y él mismo es el Dios descrito como Rey en quien podemos tomar refugio. Los salmos, a la vez, nos muestran el gran panorama de la vida cristiana: desde las experiencias en la cima de las montañas, hasta en los caminos del valle de sombra de muerte. 

El breve salmo 99 [100], que es un himno de alabanza y de acción de gracias, en su sencillez, presenta tanto las palabras de la revelación bíblica comunes a los salmos que hablan de la comunidad de los hijos de Dios: alegría, pueblo, rebaño, nombre del Señor, bondad, misericordia, fidelidad, así como los verbos empleados para el culto que Israel rendía a Dios: aclamar, servir, reconocer; entrar (por las puertas del templo), alabar, bendecir. Este es el salmo responsorial de hoy que recitamos en comunidad, y la comunidad de los hombres y mujeres de fe, está invitada, desde aquellos vetustos tiempos, a alabar y dar gracias a Dios con el canto de alabanza. Ante todo, es común entre los creyentes de aquellos tiempos —por el testimonio de los salmos— y los de hoy, la alegría entre el pueblo, que experimenta la bondad del Señor presente en la vida cotidiana de sus fieles. Dios acompaña la vida de la comunidad como a su rebaño e Israel profesa su pertenencia a Dios: «Somos suyos, su pueblo y ovejas de su rebaño» (v 3b); en el futuro, la bondad misericordiosa del Señor se manifestará a las naciones que le serán fieles y confiarán sólo en él: «Su fidelidad por todas las edades» (v 5). 

El Señor Jesús, a quien el Evangelio de hoy nos lo presenta como «el esposo» (Lc 5, 33-39), en su infinita misericordia nos hace suyos, nosotros somos su pueblo, el rebaño que apacienta y que conduce con amor a disfrutar del «vino nuevo». Él hace que entremos por las puertas de su templo con himnos de acción de gracias y cantos de alabanza. Él concede a todos responder a tanto amor y tanta bondad con un servicio vivido con alegría que nos hace sentirnos felices cuando nos dedicamos a nuestros hermanos, especialmente a los más pobres y necesitados. Su fidelidad dura por siempre; él hace que podamos bendecir y alabar siempre su nombre glorioso. Que Dios nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de saber reconocernos pecadores, la necesidad de ayunar de tanto estorbo para que acompañamos a Cristo, «el esposo» donde realmente está que es en la Eucaristía. ¡Bendecido viernes! 

Padre Alfredo.

jueves, 5 de septiembre de 2019

«Fiel a sus promesas el Mesías anhelado nos envía»... Un pequeño pensamiento para hoy

Alguien me preguntaba en estos días, que por qué muchas veces, cuando comento algún salmo, lo relaciono con Cristo. Ha que recordar que cuando Cristo iba de camino con los discípulos de Emaús les dijo: «Estas son aquellas palabras mías que les hablé cuando todavía estaba con ustedes: "Es necesario que se cumpla todo lo que está escrito en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos acerca de mí".» Unos 500 años antes de Cristo, un remanente de los judíos había regresado a Jerusalén del exilio que habían vivido en Babilonia. Vinieron curados de su idolatría, y se pusieron a reconstruir los muros y el Templo de Jerusalén esperando la llegada del Mesías. Su regreso fue el cumplimiento de una profecía (Isaías 44,28) y ellos estaban gozosos. El salmo 97 [98] que hoy la Misa nos ofrece como salmo responsorial, muestra ese gozo con el que el salmista invita a Israel, a las naciones paganas y a toda la naturaleza a ensalzar al Señor que los ha liberado y enviará al Mesías. 

Hay una carta escrita por San Atanasio (296-373) en la que trata el asunto de la interpretación de los Salmos desde nuestra fe cristiana. El santo nos dice con claridad que los Salmos hablan notoriamente de Cristo y su obra. La carta es bastante larga —la pueden encontrar en Internet— y en esta le dice entre otras cosas: «Si bien dedicas tu tiempo a toda la Escritura santa, tienes, sin embargo, con mayor frecuencia el libro de los Salmos entre las manos, tratando de comprender el sentido que cada uno esconde. Te felicito, pues tengo idéntica pasión por los Salmos, como la tengo por la Escritura entera... Toda nuestra Escritura hijo mío, tanto del Antiguo Testamento como del Nuevo, está, tal como está escrito, inspirada por Dios y es útil para enseñar (2 Tm 3,16). Pero el libro de los Salmos, si se reflexiona atentamente, posee algo que merece una especial atención... Prácticamente cada salmo remite a los profetas. Sobre la venida del Salvador, y de que aquel que debía venir, sería Dios... El que abre el libro de los Salmos recorre, con la admiración y el asombro acostumbrados, las profecías sobre el Salvador contenidas ya en los restantes libros». 

Leyendo y meditando el salmo responsorial de hoy, vemos que el Señor ha sido fiel a su promesa al sacarnos de las tinieblas y trasladarnos a la luz admirable del reino de su Hijo. Este envío del Mesías, ha sido la culminación de las obras victoriosas de Yahvé. Su salvación se nos ha hecho posible mediante la redención. Por eso, nuestra aclamación y canto jubiloso hace que vayamos a los salmos que ya anunciaban su llegada. En la misión que este Mesías salvador, tan esperado deja, a sus discípulos–misioneros, la lectura, estudio y meditación de los salmos nos anima a seguir remando mar adentro como lo hicieron los Apóstoles y sin olvidar que el resultado de la pesca será escatológico, vislumbrando algunas veces los efectos de la pesca desde dentro de este mundo. Así, con ayuda de este salmo y muchos más, los pasajes del Evangelio como el de hoy (Lc 5,1-11), se entienden con más claridad. A la luz de este salmo 97 [98], es fácil captar que ser «pescadores de hombres» no puede ser una actividad que cambio a los hombres de prisión, sino que es dar libertad de ídolos, de ideologías, de opresiones y vivir gozosos como aquel pueblo que había sido liberado del exilio. Pidamos a María Santísima, que seguro oró con los salmos, que nos ayude a ser pescadores de hombres para ayudar a liberar a este mundo del pecado que lo oprime y esclaviza. ¡Bendecido jueves sacerdotal y eucarístico! 

Padre Alfredo.

miércoles, 4 de septiembre de 2019

«Gratitud por la bondad de nuestro Dios»... Un pequeño pensamiento para hoy


Los cuentitos infantiles son siempre muy ilustrativos, me acabo de encontrar uno que queda muy bien para mi tema de reflexión del día de hoy y con esto empiezo: «Había una vez un pulpo que no tenía muchos amigos porque era muy tímido, un día, intentado cazar una ostra, sus tentáculos se liaron, y por más que intentaba zafarse, no podía desliarse y empezó a pedir ayuda a los pulpos, calamares, camarones y peces de alrededor. Nadie le hacía caso, excepto un pececito que le ayudó a desenredarse. Esta era una buena oportunidad de hacer un amigo, pero tímidamente le dio las gracias y se marchó. Un par de días después, mientras el pulpo descansaba, vio un gran pez que buscaba comida y hambriento perseguía a aquel pececito que le había ayudado; entonces el pulpo reaccionó rápidamente, pero el pez con hambre, al darse cuenta, quiso comerse a ambos, pero, de repente, sintió un gran picor, es que el gran pez era alérgico al pulpo. Cuando este pez se fue, todos felicitaron al pulpo, aquel pez que ayudó al pulpo contó que nunca había conocido a nadie tan agradecido para ponerse en peligro como gratitud, y todos se hicieron amigos de este pulpo tan tímido. El pulpo fue alabado por todos por el heroico acto que había cometido, su nombre se hizo famoso y todo por querer mostrar gratitud... ¡Qué gran regalo le hizo el pececillo aquel al ayudarle a librarse!»

A la luz de esta pequeña historia, pienso esta mañana, escribiendo desde el aeropuerto de Monterrey despidiendo al padre Pepe que va de regreso a la misión en África, en cuánto es lo que tenemos que agradecer a nuestro Dios, el Amigo —así, con mayúsculas— que nunca falla, que nos ha dado tanto y que nos ha librado de tantas situaciones que nos quieren atrapar, por eso al igual que el salmista podemos decir: «Siempre te daré gracias, Señor, por lo que has hecho conmigo. Delante de tus fieles proclamaré todo lo bueno que eres» (Sal 51 [52]). Este salmo, que es el salmo responsorial de hoy, muestra cómo la suerte espiritual y material del salmista está pendiente de la benevolencia divina. ¡Cuánto hay que agradecer a Dios su bondad que nos ha librado de tantas cosas mundanas que nos quieren atrapar! Hay que agradecerle a nuestro Dios con gracia, con alegría, con emoción y pasión por tanto, tanto que nos da. D ahí que bien podemos vivir cada momento y cada quehacer como una acción de gracias al Señor, que no nos deja. Los que así viven, siempre agradecidos, siempre alabando al Señor, son «como verde olivo en la casa del Señor». Y para que podamos ser tan verdes olivos, debemos vivir una vida de fe, de gratitud y de santa confianza en Dios y en su bondad. 

El Evangelio de hoy nos muestra la bondad del Señor en un milagro pequeñito, quizá muy insignificante, algo que puede pasar inadvertido: la curación de la suegra de Pedro (Lc 4,38-44) pero en su sencillez, tiene gran riqueza y los sinópticos lo ponen al comienzo porque sirve de guía para interpretar los demás milagros que siguen. Es otra prueba de la victoria de Jesús, que es siempre bueno, sobre el espíritu del mal; por eso Lucas lo presenta como un exorcismo; Jesús conmina a la fiebre: «mandó con energía a la fiebre». La suegra de Pedro tenía mucha fiebre. Jesús inclinándose sobre ella le ordenó a la fiebre que saliera de ella y se le quitó. La mujer se levantó de inmediato y se puso a servirlos. La bondad del Señor ve por todo: cuerpo y alma. Jesús libera a la persona para que pueda actuar con el mismo espíritu que le hace decir a Él: «Yo no he venido para ser servido, sino para servir» (Mc 10,45). Por eso el signo de la curación es el ponerse a servir. Es la reacción inmediata de la mujer, que, agradecida por la bondad de Jesús, se levanta y se pone a servirles, demostrando con su gesto que la curación ha sido completa e instantánea y que la mueve un profundo y sincero agradecimiento. De esta forma, la suegra de Pedro se convierte en un modelo anticipado de los auténticos discípulos–misioneros de Jesús y de la actitud característica de la comunidad cristiana, tal como Jesús lo estableció: «El que quiera ser importante sea su servidor; y el que quiera ser primero sea el siervo de todos» (Mc 10,45; Mt 20, 18). Pidamos, por la intercesión de María Santísima, que supo ver siempre y agradecer la bondad del Señor, que nos ayude a ser también nosotros agradecidos por la bondad del Señor en nuestras vidas. ¡Bendecido y lluvioso miércoles en Monterrey!

Padre Alfredo.

martes, 3 de septiembre de 2019

«La bondad de nuestro Dios»... Un pequeño pensamiento para hoy

La Sagrada Escritura nos enseña que «Dios es bueno». La bondad del Creador se extiende a todas y cada una de las criaturas, pero este bien no llega en igual grado a todas. En general es así: “Tu justicia es como los montes de Dios; tus juicios son como profundo abismo. «Jamás dejó de dar testimonio de sí mismo haciendo el bien —dice el libro de los Hechos—, dándoles lluvias del cielo y estaciones fructíferas, llenando sus corazones de sustento y de alegría» (Hch 14,17). La bondad de Dios es evidente en toda su creación y obras. El libro del Génesis, en su primer capítulo nos dice: «Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera...» (Gn 1,31) Su bondad está disponible para nosotros sin importar nuestra condición social en la vida, y aunque no seamos dignos de ella. San Mateo, en el capítulo 5 dice: «...Que hace salir su sol sobre malos y buenos, y que hace llover sobre justos e injustos» (Mt 5,45) Y leemos en el salmo 145,9 que «Bueno es el Señor para con todos, y su misericordia está sobre todas sus obras». Cuando el hombre abre su corazón a Dios, en la fe y en la oración; cuando siente que sus soledades interiores quedan inundadas por la presencia del Señor; cuando percibe que su indigencia queda contrarrestada por la bondad de Dios; cuando el hombre experimenta vivamente que ese Señor, que llena y da solidez, además de todopoderoso, es también todo bondad; que Dios es «su» Dios, el Señor es «su» Padre; y que su Padre lo ama, lo envuelve, lo compenetra y lo acompaña, entonces se siente seguro. 

Este es el tema del salmo 26 [27] que el salmista nos deja hoy para meditar: El Señor es bueno, su bondad es inmensa y cuando uno se pone bajo el cuidado de su bondad, a nada ni a nadie hay que temer, porque «el Señor es la defensa de mi vida». El salmista nos invita a contemplar la bondad del Señor, se siente de tal manera arropado por esa bondad divina, de tal manera cohesionado interiormente, de tal manera partícipe de la omnipotencia divina, y por lo mismo, invencible, que no siente miedo alguno, no le afectan los insultos ni le alcanzan los dardos, nada lo hiere, nada lo lastima; se siente libre, libre de los males y la adversidad. Gracias a la bondad de Dios, el mal puede ser vencido y esa bondad, para todo discípulo–misionero de Cristo, queda manifestada en el mismo Señor. Con su bondad, Jesús libera a toda la persona del mal, a veces le cura de su enfermedad, otras de su posesión maligna, otras de su muerte, y sobre todo, de su pecado llenando de luz su vida (Lc 4,31-37), por eso lo que el autor del salmo responsorial de hoy dice, nos viene muy bien: «Lo único que pido, lo único que busco es vivir en la casa del Señor toda mi vida, para disfrutar las bondades del Señor y estar continuamente en su presencia». 

Hoy el mundo vive con la mente sumergida en ideologías que no permiten descubrir la bondad de Dios. El peligro de la violencia crece en una espiral incontenible. El salmista, con estas bellas expresiones del salmo 26 [27], nos exhorta a que no caigamos fascinados por el monstruo de las falsas bondades mundanas, sino que profundicemos en la bondad del Señor y vivamos en su presencia. Nuestra meta, como creyentes, como hombres y mujeres de fe, debe ser mostrarle la bondad de Dios a los que nos rodean todos los días. El Papa Emérito, Benedicto XVI, el 14 de agosto de 2008, en las Vísperas de la asunción de María a los cielos afirmaba que «la Virgen María a través de su peregrinación de fe y caridad sobre la tierra, revela en su persona el verdadero rostro de la Iglesia, esposa y sierva del Señor y que a través de la fe, se puede ver a María misma como la Madre de Dios en quien se refleja la bondad de Dios». Pidámosle a ella, en este día y siempre, que nos acompañe y junto a ella, sintamos muy nuestras las palabras del salmista: «La bondad del Señor espero ver en esta misma vida. Ármate de valor y fortaleza y en el Señor confía». ¡Bendecido martes! 

Padre Alfredo.

lunes, 2 de septiembre de 2019

«Hoy mismo»... Un pequeño pensamiento para hoy


Cada día que pasa el Señor nos da la oportunidad de vivir un nuevo hoy. El pasado ha quedado atrás súbitamente, no podemos cambiar lo que haya ocurrido y el futuro está por venir y lo que está por suceder es un misterio. Si en cambio pensamos en el hoy, seremos mucho más felices y daremos gloria y alabanza al Señor en el instante, por eso este día, el salmista con el salmo 95 [96] nos invita a cantar al Señor «un canto nuevo». Este salmo es, pudiéramos decir, un salmo corto, y hoy la liturgia nos lo propone completo como salmo responsorial. El salmista nos invita a cantarle al Señor que reina con esplendor y majestad, con poder y belleza desde lo alto del cielo. Con este salmo la Iglesia nos invita a alabar y a cantarle a Cristo un nuevo canto, el canto de hoy, es decir, la alabanza que este día y no ayer ni mañana, le debemos rendir con nuestro ser y quehacer. «Mañana empiezo la dieta». «La próxima semana le hablaré a mi mamá». «Cuando me gradúe tendré tiempo para hacer ejercicio». «Cuando tenga vacas te regalaré un queso»... Todas estas promesas de futuro y muchas más que se pueden cruzar por nuestra mente y por nuestro corazón, pueden ser incluso la excusa perfecta para no actuar hoy y para no vivir el momento. 

Es cierto que los días tienen solamente 24 horas y que no podemos hacer todo lo que quisiéramos. Pero seguro que este es el momento de Dios, el tiempo que él nos está concediendo vivir. Este es el momento de analizar cuáles son mis prioridades para darles la importancia que requieren y, como debemos suponerlo, Dios y sus intereses van primero. Escribiendo en uno de sus ratos de meditación, la beata María Inés Teresa apunta: «Todos los intereses de Jesús han sido siempre, y lo serán con su gracia, el blanco de todas mis obras y oraciones; es lo que más poderosamente me mueve para mortificarme, vencerme y orar» (Consejos y reflexiones). Por eso el hoy es tan importante, y por eso el canto debe de ser nuevo, porque cada día hay una nueva manifestación del reinado del Señor en nuestras vidas. Tenemos siempre muchas cosas nuevas que celebrar, muchos regalos que Dios nos da y por lo tanto debemos de tener un nuevo canto para cada mañana que regresa, y para cada tarde que cae. Cada día trae algo nuevo, como hoy por ejemplo, que el Evangelio del día nos trae una novedad, y esta novedad está en el evangelio de san Lucas, ya que después de la lectura continua de los evangelios de Marcos y de Mateo, abordamos este lunes el evangelio según san Lucas, que nos conducirá hasta el fin de noviembre —de la 22ª a la 34ª semana del tiempo ordinario—. Jesús, que va viviendo cada momento como con un canto nuevo que glorifica a su Padre, nos habla del «hoy» (Lc 4,16-30). 

«Hoy mismo se ha cumplido este pasaje de la Escritura, que ustedes acaban de oír» le dice al grupo de gente que escucha su primera predicación en la sinagoga de Nazareth. Jesús aparece como el Enviado de Dios, su Ungido, el lleno del Espíritu. Y aparece también como el que anuncia la salvación a los pobres, a los cautivos, a los ciegos, a los oprimidos en el «hoy». «Hoy mismo se ha cumplido este pasaje de la Escritura». Es lo que pasa cada día en nuestra escucha y meditación de la Sagrada Escritura. No se nos invita a ir a la Escritura —como sucede en la Misa de cada día— para que nos enteremos de lo que pasó, que eso lo solemos saber ya, sino porque Dios quiere renovar su gracia salvadora, la del Antiguo Testamento y la del Nuevo Testamento, «hoy», aquí y ahora, para nosotros. Es lo que nuestra meditación personal debe buscar: actualizar en nuestras vidas lo que Dios nos ha dicho en su Historia de Salvación. Por eso hoy entonamos un nuevo canto, como María que en el hoy, en el momento en que está visitando a Isabel, en el momento en que llega, portadora de Cristo para llevar su gracia, entona un nuevo canto: el Magnificat (Lc 1,46-55). ¿Cuál es tu nuevo canto para hoy? ¡Bendecido lunes! 

Padre Alfredo.

domingo, 1 de septiembre de 2019

«Humildad»... Un pequeño pensamiento para hoy

Hay salmos que, por su difícil composición, hacen que no sea del todo fácil hacer un comentario o simplemente comprender el sentido de lo que a nosotros, discípulos–misioneros de Cristo nos quieren decir luego de tantos siglos de haber sido escritos. Ante un salmo como el que la liturgia de hoy domingo nos pone como responsorial (Sal 67 [68], no puede uno evitar sino estar gustoso de que el Señor siempre alcanza la victoria para el que es humilde y se reconoce pequeño ante él. La grandeza de Dios no solamente es definida por los triunfos tipo militares que muchos de los pasajes del Antiguo Testamento nos presentan; la magnificencia de Dios también es vista en su compasivo cuidado y preocupación por los humildes, por los débiles y necesitados. El nombre de Yahvé está conectado con lo que el humilde necesita. Los huérfanos necesitan un Padre, allí está Yahvé. Las viudas necesitan un defensor, Dios está allí. 

Este salmo está colocado en la liturgia de la palabra de este domingo en donde el tono de la reflexión gira en torno a la humildad porque nos habla de los pequeños, de los que se saben necesitados del Señor y eso da pie a que comprendamos con más claridad lo que es la humildad ya que, en el complicado mundo en el que vivimos, nos hace bien reflexionar más en este tema. La humildad, sencillamente, es la verdad, la justicia con que nos vemos a nosotros mismos con nuestras cualidades y nuestros defectos. Humilde es quien desvía de sí mismo sus intereses personales y los dirige hacia los demás; humilde es aquel que es capaz de salir de sí mismo e ir al encuentro de los demás, el que no se siente el centro de todo el que sabe prestar atención y ponerse en el lugar del otro. La humildad es la base de la empatía y es indispensable para cualquier tipo de relación humana estable, sea en el noviazgo, en el matrimonio, en la familia, en el trabajo, en una comunidad religiosa, en el grupo parroquial... en todo. La humildad es una ley del Reino de los Cielos, una virtud que Cristo predica a lo largo de todo el Evangelio. La beata María Inés Teresa, escribiendo sobre este tema nos dice: «Yo nada puedo Señor, una y mil veces he comprobado que soy la fragilidad y la miseria misma. Pero si yo soy la fragilidad, tú eres el poder; si soy la miseria, tú eres la santidad; y ¿qué no puede esperar una vil criaturilla, si con humildad pide al Dios omnipotente y misericordioso que la crió?» (Ejercicios Espirituales de 1933). 

El humilde todo lo espera de Dios y se sabe en el último lugar, el que invita Cristo a tomar en el Evangelio de hoy (Lc 14,1.7-14). No podemos negar que estamos viviendo en un mundo que valora la competencia y el éxito, ocupando «el lugar de honor» sobre todo y sobre todos los demás, donde hay muy poco espacio para los débiles y para quienes son incapaces de avanzar. Es bueno hoy escuchar a Jesús diciéndonos esto: «El que se engrandece a sí mismo, será humillado; y el que se humilla, será engrandecido». Así, a la luz de este Evangelio, es mucho mas fácil entender este salmo 67 [68] para caer en la cuenta de que es hora de ser audaces y confiar en que se puede transformar el mundo desde la humildad, no buscando ser protagonistas sino sólo humildes discípulos y misioneros de Cristo. La humildad es condición indispensable para alcanzar un lugar en el Reino de Dios. El mismo san Lucas, que hoy nos regala este pasaje evangélico, nos habla del Magnificat de María, donde ella cantó que «Dios hizo valentía con su brazo, que dispersó a los soberbios del pensamiento de su corazón, que quitó los poderosos de los tronos y levantó á los humildes, que a los hambrientos colmó de bienes y a los ricos los despidió vacíos» (Lc 1,51-53). Que ella, la humilde María nos siga enseñando a ser humildes. ¡Bendecido domingo! 

Padre Alfredo.

sábado, 31 de agosto de 2019

«Agradecido y con alegría»... Un pequeño pensamiento para hoy


Hoy termina un mes más de nuestro paso por esta tierra. Para mí ha sido un mes de muchas bendiciones, el 4 el día del Santo Cura de Ars y mi aniversario sacerdotal; el 6 la transfiguración; el 15 la asunción de María a los cielos y el 22 su fiesta como Reina; el 28 mi cumpleaños y el viaje express de 10 días a Los Ángeles para los Ejercicios Espirituales de mis hermanas Misioneras Clarisas de las casas de California y que ayer concluyó con una animada reunión con algunos Vanclaristas de los diversos grupos. Allá disfruté del gozo de la Eucaristía cada día en la Casa Regional en Santa Ana; la Misa con la comunidad de Gardena y el regalo de ver a Minerva para comer en su casa en compañía de las hermanas; el festejo del cumpleaños con Peggy y Ana un día y con Los Ortiz y los Castro el otro; la alegría de saludar a Carmen; el encuentro con René y Abby y con sus hijos ya muy grandes, el compartir con Norma en esa rica plática que nos deja el reto de ir a metas más altas de santidad; la comida con Axel y Sandra recordando anécdotas de la misión de África agradeciendo a todos nuestros hermanos de Van-Clar Maywood; la visita al hermano Agustín en el monasterio de Prince of Peace y la sentida celebración de la Misa en ese santo lugar; las vistas del mar en Ocean Side, Corona y Newporth Beach... yo creo que si revisamos nuestras vidas, en medio de los sufrimientos y dolores que siempre hay en este «valle de lágrimas», encontramos también días maravillosos que llenan el corazón de gratitud a Dios y a los que nos rodean. ¡Gracias a todos!, a los que aquí menciono y a los demás que viven en mi corazón. 

La liturgia de hoy, en la Misa, nos pone el salmo 97 [98] como salmo responsorial con un estribillo que me viene muy bien en este día: «Cantemos al Señor con alegría». En este mes, luego del doloroso camino de julio, puedo destacar que si hay un tiempo para la oración silenciosa, para la meditación y para profundizar en el dolor, la soledad, el duelo, la cruz.... hay un tiempo también para la oración de aclamación y de acción de gracias! Paul Claudel (6 de agosto de 1868–23 de febrero de 1955), el célebre diplomático y poeta francés (1868–1955), considerado como el más grande representante del catolicismo francés en la literatura moderna, escribe sobre este salmo que medita: «¿Qué canto, oh Dios mío, podemos inventar al compás de nuestro asombro? El ha roto todos los velos. Se ha mostrado. Se ha manifestado tal como es a todo el mundo. La misma caridad, la misma verdad, todo semejante, a lo que quiso con Israel, ¡helo aquí, doquier, brillando a los ojos de todo el mundo! ¡Tierra, estremécete! ¡Que oiga en tus profundidades el grito de todo un pueblo que canta y que llora y que patalea! ¡Adelante, todos los instrumentos! ¡Adelante la cítara y el salmo! ¡Adelante, la trompeta en pleno día con sonido claro, y esta trompeta, la otra, muy bajo, como un hormigueo de trompetas que yo creía escuchar durante la noche! ¡Adelante el mar, para sumirme! ¡Adelante, la redondez de la tierra como un canasto que se sacude! ¡Ríos, aplaudid, y que se alisten las montañas, porque ha llegado el momento en que Dios va a "juzgar" a la tierra! ¡Ha llegado el día del rayo del sol, y de la radiante nivelación de la justicia!"». Yo, luego de repasar los 31 días de este agosto, me uno a él. 

Recordar con alegría y gratitud no es solo algo sentimental y pasivo. Es dar gracias a Dios por todos los dones que nos ha dado y por la capacidad que tenemos de multiplicarlos en el compartir. Nunca sabremos a ciencia cierta si los dones que nos dio el Señor los hemos multiplicado mucho o poco (Mt 25,14-30), el Señor no espera cantidades que se puedan calcular con medidas de peso y valor... él espera que lo demos todo, que multipliquemos lo mucho o lo poco que tenemos y que nos ha venido de él. Y yo creo que, cuando compartimos, como el Señor me ha permitido verlo este mes, el corazón se llena de gozo. El siervo perezoso, de esta hermosa parábola de los talentos, es acusado, no de haber malgastado su talento o robado el dinero de su amo, sino de no haberlo hecho fructificar... No sabemos cuántos años nos quedan de vida y cuándo seremos convocados a examen. Pero todos deseamos que el examinador, el Juez, nos pueda decir las palabras que él guarda para los que se han esforzado por vivir según sus caminos: «Te felicito, siervo bueno y fiel. Puesto que has sido fiel en cosas de poco valor, te confiaré cosas de mucho valor. Entra a tomar parte en la alegría de tu señor». Nuestra vida es para multiplicar los talentos, para darse, para compartir en la alegría de ser hijos de Dios, por eso María se encamina presurosa al encuentro de Isabel, por eso ella descubre que falta el vino, por eso se queda al pie de la Cruz hasta que su Hijo es bajado de allí, por eso acompaña a los apóstoles... ¡Bendecido sábado! 

Padre Alfredo.

viernes, 30 de agosto de 2019

«Santa Rosa de Lima y la alabanza al Señor»... Un pequeño pensamiento para hoy


Santa Rosa de Lima (20 de abril de 1586 - 24 de agosto de 1617) es la primera santa americana canonizada, que una mujer nació de ascendencia española en la capital de Perú en 1586 hija de don Gaspar de Flores y María de Oliva. La pequeñita fue bautizada con el nombre de Isabel, pero, por la frescura e su rostro, se le llamaba comúnmente «Rosa», y ése fue el único nombre que le impuso en la Confirmación el arzobispo de Lima, Santo Toribio de Mogrovejo. Desde la adolescencia Rosa optó por seguir a Jesús con pasión ardiente haciendo de su vida una alabanza entrando a formar parte de la Tercera Orden dominicana y teniendo como modelo y guía espiritual a santa Catalina de Siena. Entregada al cuidado de los pobres y a los trabajos ordinarios que una chica desempeña cotidianamente en la casa, se impuso un régimen de vida austero marcado por una extraordinaria penitencia. A los veintitrés años se encerró en una celda de apenas dos metros cuadrados, que mandó a su hermano construir en el jardín de su casa y de la que sólo salía para ir a las funciones religiosas. Y es precisamente en esta estrecha prisión voluntaria donde transcurrió la mayor parte de sus días en contemplación, en intimidad con su Señor. Como a santa Catalina de Siena, también a ella se le concedió la gracia mística de participar físicamente en la pasión de Jesús, al que eligió como su Esposo, y durante 15 años tuvo que atravesar la dura experiencia interior de la ausencia de Dios, ese sufrimiento del espíritu que san Juan de la Cruz, el reformador del Carmelo, llama la «noche oscura». 

Tal vez no se conozca mucho de la vida de Santa Rosa de Lima, pero, se puede afirmar que su vida fue, una vida escondida que, en medio de una extrema austeridad impuesta por ella misma, la llevó, como digo, a hacer de su intimidad con Dios, una alabanza viviente para darle gloria al Señor. El mensaje que sigue comunicando a los devotos que la invocan como protectora, está bien expresado en uno de los misteriosos mensajes que recibió del Señor: «Que sepan todos —le confió Jesús— que la gracia sigue a la tribulación; entiendan que sin el peso de las aflicciones no se llega a la cumbre de la gracia; comprendan que en la medida en que crece la intensidad de los dolores, aumenta la de los carismas. Ninguno se equivoque ni se engañe; esta es la única y verdadera escalera hacia el paraíso y, fuera de la cruz, no hay otra vía por la que se pueda subir al cielo». Su breve existencia —murió de 32 años— estuvo marcada por innumerables pruebas y sufrimientos, pero al mismo tiempo estuvo totalmente impregnada por el amor a Cristo. La liturgia de este día de fiesta nos regala el salmo 148. De esta manera, la Iglesia nos invita a considerar que Santa Rosa sabe que no puede alabar ella sola al Señor, sino que se dirige a todo el orbe, implicando a toda la creación en la salmodia común. 

También nosotros somos invitados a unirnos a este inmenso coro, convirtiéndonos en portavoces explícitos de toda criatura y alabando a Dios en las dos dimensiones fundamentales de su misterio. Por una parte, debemos adorar su grandeza trascendente, por otra, hemos de reconocer, como lo hizo Santa Rosa de Lima, su bondad condescendiente, puesto que Dios está cercano a sus criaturas y viene especialmente en ayuda de su pueblo, como afirma el salmista refiriéndose al pueblo que alaba al Señor: «El pueblo que ha gozado siempre familiaridad con él». Frente al Creador omnipotente y misericordioso hemos de alabarlo, ensalzarlo y celebrarlo al estilo de esta Santa, de la que se puede decir perfectamente que en ella se manifestó la potencia de la gracia divina: cuanto más débil es el hombre y confía en Dios, tanto más encuentra en él su consuelo y experimenta la fuerza renovadora de su Espíritu. Santa Rosa, con su vida hecha alabanza, nos exhorta a vivir en el abandono humilde y confiado en el Señor. La alabanza constante se origina en un corazón lleno de amor hacia Dios como el de ésta, la primar santa de nuestro continente. Ella, sostenida por una intensa piedad eucarística y mariana, encontró el tesoro, la perla fina (Mt 13,44-46) ... ¡lo que vale la pena! Por eso el día de hoy le pido a Santa Rosa y a María Santísima, que nos ayuden a hacer de nuestras vidas una alabanza continua, que iluminen a todos y de esa manera caminemos, alabando cada instante de nuestro paso por este mundo, al Señor. ¡Bendecido viernes! 

Padre Alfredo. 

P.D. En algunos países a Santa Rosa se le celebra el 23 de agosto.

jueves, 29 de agosto de 2019

Para entender mejor la vocación sacerdotal...

Los documentos de la Iglesia nos recuerdan que el sacerdote, como ministro ordenado, es sacramento de Cristo (cf. P.O. 2,6,12). Esto deriva de la llamada a compartir la realidad y la vida de Cristo Sacerdote, y exige del hombre que ha sido llamado a esta vocación, ser un «signo transparente» de su misericordia. 

Jesús llamó a los que quiso y vinieron donde él: «instituyó doce, para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar» (Mc 3,13-14). Una llamada a compartir la vida de Cristo en un encuentro permanente y una misión totalizante. 

El «sígueme» de Jesús, se fue repitiendo en diversas circunstancias (Jn 1,43; Mt 19,21; Mc 10,21). Es un llamado y una invitación a entablar una relación permanente y definitiva con él: «Vengan y los haré pescadores de hombres» (Mt 4,19). 

La respuesta a ese llamado e invitación se resume en un seguimiento a modo de relación personal y de estreno definitivo de la vida como amistad con Cristo: “Dejando las redes... al instante dejando la barca y a su padre le siguieron» (Mt 4,20-22); «nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido» (Mt 19,27). 

Ese «sígueme» continúa siempre actual en la historia de la Iglesia. Cristo sigue llamando y encuentra siempre quiénes responden generosamente a su mirada y a su voz. La vocación es don e iniciativa suya: «No me han elegido ustedes a mí, sino que yo los he escogido a ustedes» (Jn 15,16). 

Aventurarse a ser sacerdote de Cristo, es cuestión de responder con toda la vida; es cuestión de decidirse a correr la misma suerte de Cristo. Una vocación de ponerse en marcha, una misión totalizante y universal. Nuestras pobres limitaciones se convierten en la expresión del sacerdocio de Cristo. «Fue crucificado en razón de su flaqueza, pero está vivo por la fuerza de Dios sobre ustedes... ¿No reconocen que Jesucristo está en ustedes?» (2 Cor 13,4-5). 

Nadie puede exigir el carisma del ministerio. La vocación es iniciativa de Dios. Basta con que el Señor dé su gracia... y nosotros colaboramos. Es don de Dios recibir la vocación y los carismas sacerdotales: «Por la gracia de Dios soy lo que soy, y la gracia que me confirió no resultó vana, antes me he afanado más que todos ellos, pero no yo, sino la gracia de Dios conmigo» (1 Cor 15,10-11). 

El reconocimiento de la propia pequeñez, de la propia «miseria», es el secreto del santo y del apóstol. Este reconocimiento fue la fuerza del publicano para orar humildemente (cf. Lc 18,13) y fue la fuerza de San Pablo para evangelizar al mundo grecorromano (cf. Rm 7,15; 1 Cor 1,26-29; 1 Cor 15,9-10). Fue la fuerza de la «llena de gracia» (Lc 1,28) que consideró su nada como centro de las predilecciones divinas: «Ha puesto los ojos en la humildad de su esclava» (Lc 1,48). Este reconocimiento de la propia miseria, lo vemos también en los Santos Padres. «El sacerdote ha de reconocer que es un hombre, un hombre mortal que lleva en sí el peso de la carne» dice San Agustín. 

La beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento, nos presenta en sus escritos un trozo que explica esto muy bien: «Quisiera hacer a mi Dios una ofrenda de todas las naciones y para su conquista no tengo mas que mi miseria puesta al servicio de su misericordia, pero se la doy de corazón, con la convicción plena de que Él es poderoso para obrar maravillas» (Notas Íntimas p. 96). 

Dios nos ama tal como somos, con tal que nos esforcemos honradamente por mejorar. La seguridad del sacerdote debe estribar precisamente en que no se apoya en sí mismo porque conoce su miseria, su pequeñez, su nada. EL sacerdote no tiene otra seguridad que la gracia de Dios. La «roca» es Cristo.  «El sacerdote es escogido por Cristo como como una “cosa”, sino como una “persona” (P.D.V. 25). Dios nos conoce muy bien. Él ve lo que somos, mira nuestra disposición. La persona del sacerdote se compone de muchos y muy variados elementos, Dios los conoce todos y cada uno y así nos ha querido llamar. 

La dignidad del sacerdocio es muy grande, sin comparación sobre nada, es la dignidad de ser el mismo Cristo en la tierra en el aquí y ahora de nuestro tiempo. Por todo esto pudiéramos preguntarnos: ¿Quién podrá sentirse digno de recibir el sacerdocio conociendo su propia persona? Ciertamente que no hay hombre ni criatura alguna —ni los ángeles, ni la Santísima Virgen María en toda su pureza y santidad— que pueda merecer, en verdad, tamaña dignidad de constituirse en el instrumento y representante de Cristo en la obra de la redención entre los hombres. Nadie es digno de ese don, a todos nos queda grande. La vocación sacerdotal no se da a nadie como premio de sus merecimientos, sino que se la recibe siempre como un don inmerecido de Dios para el bien de todos. «Dios ha escogido a los necios para confundir a los fuertes» (1 Cor 1,27). 

La vocación sacerdotal consiste en el llamado generoso y gratuito del mismo Cristo. El Señor busca a cada persona a la que quiere llamar, sin ahorrar esfuerzos y ocasiones. La dignidad sacerdotal —de la que tanto se habla— se traduce en un camino concreto y exigente, que parte de reconocer la propia miseria y que nada tiene que ver con ventajas humanas. Quien quiere ser sacerdote de verdad, busca la salvación de todos y no tiene tiempo de detenerse en tonterías. 

Cristo ama con todo el peso del amor y con todas las consecuencias. Dios otorga el don divino de la vocación sacerdotal según sus secretos y designios y en un acto de suprema misericordia y predilección, de tal manera que nadie puede rehusarse y eludir las exigencias de un auténtico llamado. Así, quien no es consciente de su propia miseria, difícilmente entenderá lo que es ser sacerdote. 

Padre Alfredo.