martes, 3 de noviembre de 2026

«LOS MISMOS SENTIMIENTOS DE CRISTO»... Un pequeño pensamiento para hoy


Quiero fincar mi reflexión de este martes en el trocito de la carta del apóstol san Pablo a los Filipenses (2, 5-11) que nos brinda la liturgia de la palabra de la misa de hoy y en la que brilla una frase: «Tengan ustedes los mismos sentimientos de Cristo». Cuán cierto es que este es el camino más directo hacia la verdadera grandeza. Aquí se nos revela el misterio más grande de nuestra fe: el Dios del universo que decide bajarse, hacerse pequeño y venir no a ser servido, sino a servir. Para entender esto, viene a mi memoria un pequeño chiste: «Se cuenta que un hombre muy rico y orgulloso llegó al cielo. San Pedro lo recibió y lo llevó a ver su nueva casa. Pasaron frente a mansiones hermosas, pero san Pedro siguió de largo y lo detuvo frente a un tejabán destartalado. El hombre, indignado, le dijo: "¿Cómo es posible? ¡Yo era un hombre de gran estatus en la Tierra!". San Pedro, con mucha paz, le respondió: "Lo siento, hijo, pero hicimos lo mejor que pudimos con los materiales que nos enviaste». 

A veces nos pasamos la vida construyendo un ego gigante en la Tierra, olvidando que en el Reino de Dios los materiales que valen son el amor y la sencillez, el «tener los mismos sentimientos de Cristo». Esto conecta profundamente con una historia real de santa Teresa de Calcuta. Cuentan que en una ocasión, mientras ella limpiaba las llagas de un hombre moribundo en las calles de la India, un periodista la observaba con asco y le dijo: «Yo no haría eso ni por un millón de dólares» y que Madre Teresa, sin dejar de atender al enfermo, lo volteó a ver a los ojos y le respondió diciéndole, sonriendo: «Por un millón de dólares yo tampoco lo haría. Lo hago gratis por amor a Cristo». Ella entendió perfectamente lo que san Pablo nos quiere enseñar hoy.

De esta lectura podemos rescatar algunas ideas clave para nuestra vida diaria. Ideas que en muchos santos, como san Martín de Porres, a quien hoy celebramos: Jesús no se aferró a su categoría de Dios, se despojó de sí mismo; seguirlo significa soltar el orgullo, las ganas de tener siempre la razón y la necesidad de pasar por encima de los demás. El Rey de reyes asumió la condición de siervo y, en un mundo que nos empuja a competir y a buscar el poder, el cristiano ha de encontrar su verdadera dignidad poniéndose de rodillas para lavar los pies de sus hermanos. Dios exaltó a Cristo sobre todas las cosas porque se humilló por amor; o sea que cuando aprendemos a bajarnos y a ser humildes, no quedamos derrotados; es Dios mismo quien se encarga de levantarnos y darnos su paz. Con ayuda de María santísima el imitar a Cristo será más fácil. ¡Bendecido martes!

Padre Alfredo.

lunes, 2 de noviembre de 2026

«Que brille para ellos la luz perpetua»... Un pequeño pensamiento para hoy


Dice san Gregorio de Niza: «No debemos llorar por la muerte, sino asombrarnos ante el misterio de la transformación humana.» Estas palabras, que de alguna manera inspiran uno de los prefacios de la Liturgia de Difuntos, tocan la fibra más sensible y, a la vez, más esperanzadora de nuestra fe. En este día en que recordamos a todos nuestros fieles difuntos, no celebramos el final de un camino, sino la continuidad de la existencia bajo una luz nueva. Frente al misterio de la muerte, el mundo suele experimentar miedo, vacío o desesperación. Por una parte sabemos que es natural sentir dolor ante la separación física de quienes amamos; Jesús mismo lloró ante la tumba de su amigo Lázaro, porque la fe no nos inmuniza contra la tristeza, sino que la dota de un propósito divino. No miramos las tumbas y los nichos como muros o cajitas de piedra infranqueable, sino como puertas que se abren hacia la eternidad.

Para comprender esta transformación, podemos mirar la misma creación de Dios. Si una pequeña oruga se encerrara en su capullo pensando que es el fin del mundo, se perdería la maravilla de convertirse en mariposa. Su antigua forma de vida termina, pero solo para dar paso a una existencia mucho más plena, libre y hermosa. Así acaece con el cristiano: dejamos este cuerpo terrenal, limitado por el tiempo y la enfermedad, para revestirnos de una vida imperecedera. Por eso hoy celebramos una certeza que no se basa en una ilusión, sino en un hecho histórico y espiritual: la Resurrección de Jesús. Él venció a la muerte para asegurarnos que nuestro destino final no es el polvo, sino la gloria. San Pablo nos lo recuerda con claridad: si nuestra esperanza en Cristo fuera solo para esta vida, seríamos los más desdichados. Pero Cristo ha resucitado, y en Él, nosotros también viviremos.

Pero… ¿qué significa esto para nuestro día a día? Sabemos que nuestros seres queridos que han partido no han desaparecido en la nada; habitan ahora en los brazos del Padre, donde ya no hay llanto, ni dolor, ni luto o están el Purgatorio de camino al Cielo. Cada buena obra, cada gesto de amor y cada oración que sembramos en esta tierra son las semillas de la vida eterna que nos van alcanzando la contemplación plena y definitiva de Dios. La muerte no destruye el amor, porque el amor es lo único que nos llevamos al otro lado. Los cristianos sabemos manejar el miedo a nuestro propio final porque sabemos quién nos espera al final del trayecto. Renovemos bajo el amparo de María, Madre del verdadero Dios por quien se vive nuestra confianza en las promesas de Jesús. Que cuando nos toque experimentar la despedida de un ser querido, o cuando reflexionemos sobre nuestra propia partida, repitamos con fuerza en el corazón: la vida no se destruye, se transforma; no se apaga, sino que se enciende en la eternidad. Que brille para nuestros difuntos la luz eterna. ¡Bendecido lunes! 

Padre Alfredo.

 

domingo, 1 de noviembre de 2026

«EN EL DÍA DE TODOS LOS SANTOS»... Un pequeño pensamiento para hoy


Celebramos este domingo el inicio de noviembre y con ello la Solemnidad de Todos los Santos. Un día diseñado no solo para admirar a unos pocos héroes inalcanzables sino una invitación a contemplar, como nos dice el libro del Apocalipsis, a «una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, raza, pueblo y lengua». (Ap 7,2-4. 9-14). En esa multitud están los santos conocidos, esos a quienes les pedimos su intercesión pero sobre todo están los santos anónimos, «los santos de la puerta de al lado», como decía el papa Francisco: padres y madres de familia, jóvenes y niños, ancianos, adolescentes que desgastaron su vida por los demás, personas como nosotros que transmitieron la fe con paciencia, enfermos que ofrecieron su dolor en silencio, hombres y mujeres que supieron amar con limpieza de corazón en medio de un mundo complejo. 

El Evangelio de hoy, tomado del capítulo 5 de san Mateo, es de todos conocido porque es el que proclama las Bienaventuranzas. Estas que no son un conjunto de normas difíciles de cumplir ni un elogio al sufrimiento sino el autorretrato de Jesucristo y, por lo tanto, el mapa de la verdadera y auténtica felicidad. Cuando Jesús dice “bienaventurados los pobres de espíritu, los que lloran, los mansos, los que tienen hambre y sed de justicia» está cambiando por completo la lógica del mundo de aquel entonces y del de hoy. El mundo nos machaca insistentemente que la felicidad está en el tener, en el poder, en el éxito rápido y en el no sufrir a costa de lo que sea. Jesús, en cambio, nos asegura que la plenitud humana nace de la humildad, de la confianza absoluta en Dios y de la capacidad de amar y entregarse a los demás. Los santos entendieron muy bien esto. No podemos imaginarlos como personas perfectas ni exentas de caídas, porque no son ángeles, pero fueron en esta tierra hombres y mujeres que, al reconocer su fragilidad, dejaron que la gracia de Dios transformara sus vidas. Aprendieron a levantarse una y otra vez y a mantener el corazón encendido. 

Esta fiesta tan importante, que aunque caiga en domingo celebramos, nos recuerda con mucha intensidad que la santidad es un llamado para todos, no un privilegio de unos pocos porque Dios no hace acepción de personas. Que bueno que una vez al año la Iglesia nos recuerde que la santidad de todos los días consiste en hacer lo ordinario de manera extraordinaria. Demos gracias por el triunfo del plan de Dios en tantos hermanos nuestros que ya gozan de la eternidad. Mañana recordaremos a nuestros fieles difuntos con un toque de nostalgia, pero hoy debe primar la esperanza. La meta de nuestra vida es el Cielo… ¡y nos espera! Saber a tantos santos y beatos allí, nos demuestra que el camino es posible. Ellos no están lejos; nos acompañan con su intercesión y nos alientan en nuestras fatigas diarias. Pidámosle hoy al Señor, por intercesión de la Reina de todos los santos y de todos ellas, que nos conceda la gracia de no conformarnos con una vida gris y mediocre. Que nos atrevamos a apuntar alto, guiados por la luz de las Bienaventuranzas, para que un día podamos unirnos a ellos en el banquete eterno. ¡Bendecido domingo!

Padre Alfredo.

sábado, 31 de octubre de 2026

«¡Mi vivir es Cristo!»... UN PEQUEÑO PENSAMIENTO PARA HOY


Con la sencillez de san Pablo en la Carta a los Filipenses (1, 18b-26) llegamos al fin de este mes que está cada año marcado por el ROSARIO y el DOMUND. En esta carta san Pablo nos habla desde la prisión. Él es el misionero que está preso, pero que lejos de quejarse, nos regala una de las declaraciones más profundas del Nuevo Testamento: «Para mí la vida es Cristo, y el morir, una ganancia». Esta es una emotiva confesión que nos ofrece tres grandes faros para nuestra espiritualidad cotidiana.

En boca del llamado Apóstol de las Gentes, no son «palabras bonitas». Pablo está en la cárcel y sabe que pueden sacarle de allí para ser ejecutado. La muerte le llevaría con quien ama y sería más cómodo. Se pone en manos de Dios y desde la cárcel da a entender: «Señor, si todavía me necesita tu pueblo, no me niego a seguir trabajando». ¡Mi vivir es Cristo!, ¿quién puede sentirse tan identificado? El amor a Cristo, al trabajo y el servicio fraternal son las pistas por donde se desliza toda vida según Dios.

San Pablo nos deja claro que Jesucristo no es una doctrina, una filosofía ni una simple costumbre; Cristo es su vida misma. Su identidad está tan fusionada con el Señor que la muerte ya no se presenta como un abismo de terror o un final trágico, sino como una «ganancia», el paso definitivo para estar con Él cara a cara. En las vísperas de la fiesta de Todos los santos y del día de los Fieles Difuntos, esta declaración desarma el mayor poder del mundo: el miedo a morir. Quien no teme perder la vida por Cristo es verdaderamente libre. No se trata de un desprecio por el mundo ni de una evasión de la realidad, sino de una esperanza tan sólida que reconfigura el valor del presente. Que la Virgen, al cerrar este mes, nos acompañe. ¡Bendecido sábado!

Padre Alfredo.

viernes, 30 de octubre de 2026

«Donde pueda ser más útil»... Un pequeño pensamiento para hoy


El Evangelio de hoy (Lucas 14, 1.7-11) nos presenta a Jesús observando cómo los invitados buscaban los primeros puestos. Yo creo que él en esas ocasiones recordaba las ocasiones en las que la multitud quería proclamarlo rey y él se retiraba. Porque, a pesar de poder ocupar mucho más que los primeros lugares, como dice san Pablo, se vació de sí mismo y tomó la condición de servidor. Jesús eligió descender por amor, acercarse a todos y compartir nuestra fragilidad. Precisamente por esa humildad fue exaltado por el Padre y permanece, veinte siglos después, como el Maestro que sigue reuniendo a millones de personas. Su grandeza no nació de imponerse, sino de entregarse.

Se cuenta que, durante una comida comunitaria, todos esperaban que el invitado más distinguido ocupara el lugar principal. Sin embargo, al llegar, aquel hombre vio a un anciano que servía las mesas y, en vez de sentarse, tomó una jarra y comenzó a ayudarlo a repartir el agua. Alguien le preguntó por qué no ocupaba el sitio reservado para él, y respondió: «Hoy quiero sentarme donde pueda ser más útil». Ese gesto sencillo cambió el ambiente: los demás dejaron de preocuparse por su lugar y comenzaron también a servir. Así obra la verdadera humildad: no consiste en despreciarse, sino en dejar de colocarse en el centro para descubrir las necesidades de los demás.

El Reino de Dios invierte, por tanto, los criterios del mundo: «Todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido». Para Jesús, los primeros lugares no se conquistan buscando honores, sino amando y sirviendo desde el último rinconcito. Ante todo esto conviene preguntarnos: ¿busco ser reconocido o procuro que otros se sientan acogidos?, ¿quiero tener siempre la razón o sé escuchar?, ¿espero que me sirvan o me adelanto a ayudar? Pidamos a María su intercesión para que nos alcance del Señor un corazón humilde, capaz de servir sin hacer ruido y de amar sin esperar recompensa, porque ante Dios la persona verdaderamente grande es la que hace grande la vida de los demás. ¡Bendecido viernes!

Padre Alfredo.

jueves, 29 de octubre de 2026

«Malos que no son para siempre malos»... UN PEQUEÑO PENSAMIENTO PARA HOY


La primera lectura de la misa de hoy (Efesios 6, 10-20) da la impresión de ser un texto mítico, que utiliza categorías en desuso, pero es que el bien solo puede hacerse libremente, pero la libertad humana no es suficiente, sea por nuestra imperfección inicial o por nuestra inclinación al mal. Incluso muchos que no aceptan la doctrina del pecado original están de acuerdo en que el ser humano actúa muchas veces en contra del deber ser más por debilidad que por mala voluntad. De ahí que San Pablo presente la batalla contra el mal como una lucha espiritual que trasciende nuestra psicología, sin negarla, y requiere poner en juego armas espirituales, como el cinturón de la verdad, la coraza de la justicia, el escudo de la fe, el casco de la salvación, la espada del Espíritu y la Palabra de Dios. Todas estas imágenes bélicas nos hablan de una verdadera batalla, pero que no tiene como enemigo a otros, sino a aquello que nos enemista entre nosotros, y tiene como meta el Evangelio de la paz y la reconciliación. Bien decía el papa Francisco que la Iglesia es un hospital en un campo de batalla.

Esta visión sobrenatural sobre los acontecimientos naturales de nuestra historia nos permite comprender que quienes nos parecen malos y sin posibilidad de cambio, en realidad no lo son y en ellos también es posible encontrar la semilla del bien. Por eso en el evangelio de hoy (Lucas 13,31-35) vemos que los fariseos, tradicionales oponentes de Jesús, muestras algún aprecio por Él, cuando le advierten de las aviesas intenciones de Herodes. Este mismo, déspota, adúltero, degenerado y débil, demostraba un cierto deseo de bien en el aprecio que tenía por Juan y el gusto con el que lo escuchaba (Marcos 6, 20), aunque su sola voluntad no fue bastante para salvarlo, precisamente por la debilidad que suponía la falta de asistencia de la gracia.

El que acepta y se deja guiar por la gracia de Dios es capaz de hacer el bien, incluso cuando esto implica consecuencias negativas, como nos enseña hoy Jesús, que no se deja amedrentar, y afirma, frente a las amenazas de muerte, su voluntad de perseverar en su misión de luchar contra el mal —expulsar demonios, las fuerzas que nos tientan— y de hacer el bien —curar—, hasta ese final, que será su propia muerte, y que no será sino la suprema expresión del amor, la entrega libre de la propia vida. Hoy podemos quedarnos con el recuerdo de lo que hace mucho aprendimos la mayoría de nosotros: La voluntad humana es esencial para la realización del bien, pero para ello es necesario que se abra libremente a la gracia, por la que se hace capaz de ver al Señor en los acontecimientos de la historia y en la espera de su venida definitiva. Miremos a la Virgen, a quien llamamos «Refugio de los pecadores» para que ella nos aliente a vencer el mal que a veces quiere anidarse en nuestro corazón y nos ayude a recobrar la gracia de Dios. ¡Bendecido jueves sacerdotal y eucarístico!

Padre Alfredo.

miércoles, 28 de octubre de 2026

«SANTOS SIMÓN Y JUDAS»... Un pequeño pensamiento para hoy


Hoy tenemos la fiesta de uno de los santos más conocidos y venerados de la cristiandad: San Judas Tadeo, a quien celebramos junto a San Simón de quien no conocemos casi nada. Lo cierto es que los dos —aunque uno tenga más seguidores que el otro— fueron elegidos por Jesús tras una noche de profunda oración en el monte, como nos narra el evangelio de hoy (Lucas 6, 12-19). Aunque los Evangelios nos ofrecen pocos detalles de sus vidas, su llamada no fue una coincidencia, sino un acto de amor providencial. Simón era conocido como el Zelote, un hombre apasionado y celoso por sus convicciones humanas, cuyo fuego fue transformado por Cristo en un ardor espiritual para anunciar el Reino. Por su parte, Judas Tadeo, recordado y muy venerado como patrono de las causas difíciles o imposibles, nos dejó en la carta del Nuevo Testamento que se le atribuye,  una exhortación viva a permanecer firmes en la fe y a cuidar el amor de Dios en medio de cualquier prueba.

El testimonio conjunto de estos dos apóstoles, quienes según la tradición predicaron y entregaron su vida juntos en el martirio y que por eso se les celebra juntos, nos recuerda que el seguimiento de Jesús no se trata de buscar la fama o el aplauso del mundo. A menudo, la historia los ha dejado en una aparente discreción frente a figuras más notorias como Pedro o Juan; sin embargo, su fidelidad callada y constante los convirtió en columnas indispensables de la Iglesia. Las lecturas de este día nos aseguran que ya no somos extranjeros, sino miembros de la familia de Dios, edificados sobre el cimiento de los apóstoles, teniendo al mismo Cristo como la piedra angular. La vida de Simón y Judas es la prueba de que el Señor edifica su obra duradera a través de instrumentos sencillos y entregados.

Al celebrar este día, no nos limitemos únicamente a agradecer a San Judas Tadeo que interviene ante Dios por los favores y milagros que socorren nuestras necesidades más difíciles, sino imitemos también el ejemplo de entrega absoluta de estos dos hombres que respondieron a un llamado de Dos como el que a nosotros nos hace. Pidámosle a ambos santos que intercedan por nosotros para que el Señor transforme nuestras debilidades en fortalezas y encienda en nuestros corazones un celo renovado por el Evangelio. Que contando con la ayuda de la Virgen, e inspirados por la valentía de Simón y Judas, estemos dispuestos a ser piedras vivas del gran edificio de la Iglesia, dando testimonio del amor de Dios con nuestras obras cotidianas y una confianza inquebrantable en su misericordia. ¡Bendecido miércoles!

Padre Alfredo.

martes, 27 de octubre de 2026

«Como el granito de mostaza»... Un pequeño pensamiento para hoy


Yo creo que todos o casi todos conocemos el famoso canto del granito de mostaza. Hoy en el evangelio (Lucas 13,18-21) es la imagen que san Lucas nos propone para recordarnos que El Reino es expansión de una nueva conciencia de algo que nace pequeño, como un granito de esta planta tan conocida y utilizada en todo el mundo. no existe un país o una región continental entera donde no se conozca en absoluto. Debido a la globalización, el comercio internacional y la influencia de la comida rápida —como hamburguesas y hot dogs que en los cuatro continentes que conozco los he visto— la mostaza está disponible prácticamente en cualquier supermercado.

Tal vez cuando leemos el evangelio lo que más nos llama la atención es el número de milagros que Jesús realiza como signos extraordinarios que los cristianos de hoy seguimos conociendo a través de los relatos evangélicos: los ciegos ven, los lisiados recuperan la movilidad de sus miembros, a los mudos se les suelta la lengua, a los que el mal mantiene encadenados son liberados y pacificados, los señalados como pecadores, son perdonados. Solo en san Lucas están registrados 23, 6 de los cuales solamente están en ese evangelio. Pero olvidamos que lo esencial es comprender que estos son manifestación del poder de Dios y de la presencia del Reino para animarnos a cambiar de vida y a instalarnos en la nueva perspectiva. Hoy san Lucas no narra uno de esos milagros que llaman la atención, sino que nos recuerda que la expansión del Reino se ha de dar en pequeños milagros que ocurren en el día a día; en la transformación de la diminuta semilla de mostaza en arbusto que cobija nueva vida y de algo más pequeño aún: el hongo microscópico de la levadura que fermenta el pan que nos alimenta. 

En su obra Llama de Amor Viva —Canción 2—, san Juan de la Cruz recurre al granito de mostaza para describir la experiencia mística más íntima de la unión con Dios. San Juan explica que, en el centro del alma purificada, se siente un toque divino que parece un «grano de mostaza muy mínimo, vivísimo y encendidísimo» y detalla que, debido al «gran calor» de ese diminuto grano de amor divino, este comienza a expandirse y dilatarse hacia la periferia del alma, transformándola por completo hasta convertirla en un «inmenso fuego de amor». El granito de mostaza representa así el Reino de Dios establecido en lo más profundo del corazón humano, pequeño en su origen pero infinito en su capacidad de dar fruto y cobijo espiritual cuando vamos haciendo presente a Cristo en los demás. El ejemplo más claro de esto lo tenemos en la Virgen, porque así como la semilla de mostaza es la más pequeña pero se convierte en un refugio para las aves, la vida sencilla de María en Nazaret albergó al Salvador para darlo al mundo entero; por eso buscamos imitarla. ¡Bendecido martes!

Padre Alfredo.

lunes, 26 de octubre de 2026

«Una mística del servicio y de la comunión»... UN PEQUEÑO PENSAMIENTO PARA HOY


Vamos empezando la semana y quiero detenerme, para esta reflexión que comparto, en la primera lectura, tomada de la Carta a los Efesios (Efesios 4, 32 - 5, 8) que nos invita hoy a realizar una transición radical para pasar de las tinieblas a la luz, viviendo en el amor y el perdón tal como Cristo nos amó. El gran teólogo de la espiritualidad y la misión, Juan Esquerda Bifet, nos recuerda constantemente que la vida cristiana no es un simple cumplimiento de normas morales, sino una configuración profunda con el Corazón de Cristo. Para mi padrino Juan, el misterio del amor divino debe asimilarse de tal forma que se convierta en una «mística del servicio y de la comunión». Al pedirnos el apóstol que seamos imitadores de Dios como hijos queridos, nos está llamando a reflejar esa misma ternura y misericordia divina en nuestras comunidades, que ordinariamente son nuestras familias, el grupo de amigos, la escuela, el tr5abajo, el grupo parroquial o el movimiento eclesiástico en el que estamos. No podemos llevar una doble vida; la gracia que recibimos en la oración y en la Eucaristía debe traducirse en un vaciamiento de nosotros mismos para que sea Cristo quien ame, perdone y console a través de nuestra fragilidad.

Recuerdo una ocasión que ilustra perfectamente este esfuerzo por vivir en la luz y el perdón, inspirada en una de mis vivencias misioneras: «en una pequeña comunidad de misión, un catequista sufrió una grave injusticia y calumnia por parte de un vecino, lo que generó una fuerte tensión en el pueblo. En lugar de buscar venganza o exigir una retribución pública, el catequista pasó toda la noche en oración y al día siguiente se presentó en la casa de su agresor no con reclamos, sino con un pan recién horneado y un abrazo sincero. Ante la sorpresa de todos, el vecino rompió a llorar y pidió perdón; aquel pan no era solo alimento físico, sino el signo visible de un corazón que había decidido "desterrar toda amargura, ira y gritería" para dar paso a la bondad». Esta anécdota nos demuestra que el perdón evangélico no es debilidad, sino la fuerza más revolucionaria del Espíritu Santo actuando en el mundo al que le urge cambiar.

Por eso me llamó la atención esta lectura al otro día de haber reflexionado ayer domingo en el amor a Dios y al prójimo como a uno mismo. ¡Qué tarea tan importante: asumir nuestra identidad como «hijos de la luz» para transformar nuestras relaciones humanas en un mundo que se pierde entre el consumismo que nos ciega al amor! Siguiendo el pensamiento del padre Esquerda podemos grabar en nuestro corazón que la madurez espiritual se alcanza cuando dejamos que la luz de Cristo disipe nuestras propias oscuridades: el egoísmo, las palabras deshonestas y la codicia que fragmentan la fraternidad. Vivir de acuerdo con el Espíritu significa caminar en el amor sacrificial, sabiendo que cada obra de bondad, justicia y verdad es un reflejo de la Pascua en nuestra historia. Que la Santísima Virgen María nos enseñe de manera práctica a ser «epifanías» del amor de su Hijo, para que nuestras vidas sean una ofrenda permanente de aroma agradable a nuestro Padre Celestial. ¡Bendecido lunes!

Padre Alfredo.

domingo, 25 de octubre de 2026

«A DIOS Y AL PRÓXIMO»... Un pequeño pensamiento para hoy


El Evangelio de san Mateo (Mt 22, 34-40) de este domingo nos sitúa ante un escenario de confrontación en el que los fariseos se acercan a Jesús con la intención de ponerlo a prueba y atraparlo enredado en sus propias palabras. Al preguntarle cuál es el mandamiento más grande de la ley, buscaban forzarlo a elegir una norma por encima de cientos de preceptos, 613 para ser exactos, buscando fragmentar su autoridad o acusarlo de descuidar la tradición. Cuánta gente hay ahora entre los creyentes que actúa de manera semejante a aquellos doctores de la ley cuando condiciona la fe a que Dios actúe según sus propios caprichos, o poniéndolo a prueba exigiéndole señales, milagros o respuestas inmediatas para creer en su bondad. Jesús les recuerda que la fe no es un examen que debamos superar a base de ritos vacíos, sino un encuentro personal y transformador con la Verdad que nos libera de nuestras propias rigideces.

La respuesta de Nuestro Señor es contundente y unifica lo que el corazón humano tantas veces intenta separar: amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente, y a tu prójimo como a ti mismo. En esta síntesis perfecta, Jesús nos demuestra que el amor auténtico no se puede fragmentar ni someter a juicios humanos. Es precisamente en esta entrega total donde encontramos un hermoso eco en la doctrina de muchos hombres y mujeres de Dios, como es el caso de la Beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento, quien comprendió que el amor a Dios y el amor al prójimo son dos caras de la misma moneda. Para que «Cristo reine» en el mundo, primero debemos permitir que su amor arrase con nuestro egoísmo en la oración contemplativa, traduciendo ese encuentro en un celo misionero que ve en el hermano sufriente el rostro mismo de Jesús. Madre Inés nos invita a no racionalizar la caridad, sino a vivirla con la sencillez de quien sabe que Dios se juega entero en el servicio diario a los demás.

Por eso el desafío que se nos presenta en el aquí y ahora es dejar de poner a prueba la fidelidad de Dios y empezar a examinar la autenticidad de nuestro propio amor. Toda la ley y los profetas dependen de estos dos mandamientos, lo que significa que nuestras devociones y estructuras carecen de sentido si no nos conducen a una caridad concreta, activa y desinteresada. Yo creo que bien podemos hoy mirar a María la Madre de Dios que tuvo muy claro esta fusión del amor a Dios y del amor al prójimo. Que ella nos alcance de Cristo la gracia de un corazón indiviso, capaz de amar sin reservas, sin condiciones y sin buscar dobles intenciones en nuestro trato con el Creador y con los hermanos. Este domingo pidamos al Señor, por intercesión de la Madre María Inés, que nos transforme en verdaderos testigos de su Reino, para que nuestra vida entera sea una respuesta de amor fiel que disipe cualquier duda y edifique la Iglesia en la más genuina fraternidad. ¡Bendecido domingo!

Padre Alfredo.