viernes, 3 de abril de 2026

HOMILÍA DEL VIERNES SANTO 2026.

Cada Viernes Santo recordamos el momento más terrible de la pasión de Jesús, que es ciertamente cuando exclama, en el más extremo sufrimiento de la cruz: «Eli, Eli, lemá sabactaní» (Mateo 27,46) —¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?—. Esta es una frase de un salmo, el salmo 22 en el que Israel, doliente, torturado, despreciado a causa de su fe, le grita a Dios su desgracia. Y este grito de oración tiene un significado impresionante en la boca de aquel que es la misma cercanía salvífica de Dios entre los hombres. No es ninguna casualidad que la fe en Dios provenga de este rostro lleno de sangre y heridas que grita con dolor en arameo, su lengua materna: «Eli, Eli, lemá sabactaní» como una expresión de profunda desesperación y dolor de un hombre que conocía bien sus escrituras. Creo que Jesús, verdadero Dios, pero a la vez verdadero hombre, sentía un dolor horrible por estar crucificado, estaba lleno de angustia y recurrió a las escrituras para expresarlo. Era completamente Dios, pero también era una persona normal que estaba siendo torturada hasta la muerte. 

En su libro La misericordia de Dios en tiempos de crisis, Cristóbal Sevilla Anota que «el sufrimiento nos provoca escándalo y, cuando nos encontramos con el Dios que aparece en la Biblia como “compasivo y misericordioso”, nos parece que no es más que una ilusión para dar consuelo».(1)  Pero para Cristo no fue así, el abandono se convierte en él en primer lugar en oración, en un cortísimo diálogo con el Padre que habla de ofrenda, de oblación, de consumación. San Oscar Arnulfo Romero, aquel arzobispo salvadoreño que algunos de ustedes recuerdan que fue acribillado en el Altar en medio de una celebración, en una homilía del año 1978 exclamó: «Qué interlocutor más divino. ¡Cómo es posible que los hombres podamos vivir sin orar! ¡Cómo es posible que el hombre y la mujer puedan pasarse toda su vida sin pensar en Dios! ¡Tener vacía esa capacidad de lo divino y no llenarla nunca!».(2)  Hoy nuevamente vemos al Señor crucificado y es inevitable que pensemos en nuestras vidas complicadas, nuestra sociedad sumergida en cientos de problemáticas, la violencia, la inseguridad, la migración, la pobreza... ¡cuántos de nuestros hermanos llevan cruces que parecen inseparables de su existencia! Debemos detenernos y contemplar que Jesús no constata la ausencia de Dios, sino que la transforma en oración y ofrenda. Si queremos integrar en el Viernes Santo de Jesús el Viernes Santo de nuestra sociedad actual, tenemos que integrar en el grito de Cristo aunque con certeza podemos afirmar que la mayor parte de los que estamos aquí, no participamos de grandes horrores más que como espectadores. 

No podemos marcharnos en silencio sin tomar en serio estas palabras de Jesús, que nos amonestan precisamente en el Viernes Santo. Esta austera celebración, en la que no se celebra la eucaristía, en la que el altar no tiene mantel, en la que no hay flores... nos invita a mantenernos en una actitud contemplativa de lo que Cristo, el Hijo de Dios, el Mesías Salvador hizo por nosotros para para abrirnos el Reino de los cielos haciendo de su dolor la ofrenda más grande que puede testimoniar lo que debemos ser y hacer. Él había dicho: «Nadie tiene amor más grande, que el que da la vida por sus amigos» (Jn 15,13). Junto a la Cruz estaba María su madre. Ojalá que nuestros ojos y nuestro corazón la miren y que en medio de cada Viernes Santo de la historia, recibamos el misterio pascual del Viernes Santo de Cristo y en él seamos salvados. 

1. Cristóbal Sevilla, “La misericordia de Dios en tiempos de crisis”, Editorial Verbo Divino, Estella 2015, p. 9.
2. Homilía del 13 de agosto de 1978.

Padre Alfredo.


jueves, 2 de abril de 2026

HOMILÍA DEL JUEVES SANTO 2026.

El Jueves Santo es el día de la Institución de la Eucaristía, del sacramento del Orden y del mandamiento del amor. El Maestro, sabiendo que ya estaba acerca su hora, se reunió con sus discípulos para celebrar la Última cena. Seguramente ellos no captaron en el momento lo que estaba sucediendo. Jesús tomó pan en sus manos y dijo: «Este es mi cuerpo, que será entregado por ustedes»; y después tomó vino y dijo: «Esta es mi sangre, que será derramada por todos ustedes». Más tarde entenderán a la luz de la resurrección y darán continuidad perpetua a aquel acto de amor maravilloso con el don del sacerdocio que recibieron en esta Bendita Cena.

En este ambiente de aquella cena tan particular, Jesús ofrece el mandamiento del amor que debe permanecer siempre vivo: «Les doy un mandamiento nuevo: que se amen los unos a los otros como yo los he amado». El Evangelio de hoy nos narra cómo Jesús se levantó de la mesa, se ciñó una toalla y se puso a lavar los pies a sus discípulos diciéndoles que ellos habrían de hacer lo mismo. Esta acción, que solamente hacían los esclavos o los criados, será ahora tarea de todos: «Lo que yo, que soy el Maestro, acabo de hacer con ustedes háganlo entre ustedes mismos». Todos en la Iglesia, tenemos esa tarea de amar, porque este es el sello distintivo del discípulo–misionero.

Hoy rememoramos la institución de la Eucaristía, junto con el establecimiento del sacerdocio y la conjunción del modo imperativo del verbo amar. EL relato evangélico que hemos escuchado nos muestra que señal de quien vive de la Eucaristía, es el servicio a la humanidad, como el Maestro. La condición de servidumbre que el gesto de lavar los pies implicaba en la cultura de Jesús y que los discípulos rechazaban tan visceralmente… suele quedar muy dulzona en una simple representación. Pero... ¿Qué significa asumir el servicio al modo de Jesús sin reconocimientos, sin descanso, sin recompensa, sin fotografías, solo confiando en que hacemos lo que Jesús nos marcó? Este Jueves Santo no vivamos el lavatorio de los pies como algo meramente teatral desde un ámbito sentimental. Recibamos este amor «hasta el extremo» y dejemos que él nos renueve y transforme: «Lávanos, «Señor, no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza.»

El célebre monje benedictino Anselm Grün en su libro Las obras de misericordia da la clave para la vivencia de este mandamiento que bien puede ser aplicado por todos: «en el modo en que nos comportamos con el ser humano se hace visible, en última instancia, nuestra relación con Jesucristo, independientemente de qué creamos o no en Cristo, o de qué en el hermano o la hermana reconozcamos o no a Cristo».(1) 

Que la Virgen Madre, que seguramente vivió con intensidad este tríptico de gracia, nos acompañe para que con ella, podamos acompañar a Jesús en esta noche de vela agradeciendo que se ha quedado en la Eucaristía y que nos ha dejado a los sacerdotes para hacerle presente y conducirnos en el amor.

(1) Anselm Grün, “Las obras de misericordia” 2a ed., Ed. Sal Terrae, Basauri 2009.

Padre Alfredo.

Jueves Santo 2026.


HOMILÍA DEL MIÉRCOLES SANTO 2026.

Hace unas horas, en la basílica de Nuestra Señora del Roble, la mayoría de los sacerdotes diocesanos y religiosos de Monterrey, renovamos nuestras promesas sacerdotales en la Misa en la que también se consagran los Óleos y el Santo Crisma para este año. Esta celebración, en la que siempre algunos de ustedes están presentes, nos perpetúa el hecho de que somos comunidad y que, quienes traen y presentan los Óleos, nos recuerdan que somos ungidos para ponernos al servicio de la unidad fraterna de nuestra parroquia, que se funda en su cabeza que es Cristo representado por los obispos y sacerdotes y vive de la fuerza que de él procede.  Ser miembros de la Iglesia no puede reducirse a un pequeño mundo de domingo añadido a nuestro mundo de los días laborales, de estudio o de otras ocupaciones. Ser miembros de la Iglesia es ser «ungidos» unidos a Cristo, pues este nombre —Χριστός (Christós)— significa «El ungido». 

Por eso el óleo bendito está presente en los sacramentos de la Iglesia: en su aplicación antes del bautismo, como «óleo de los catecúmenos», nos recuerda que el que se va a bautizar es una persona que se arma para la gran lucha de la vida en el drama de la historia junto a los demás miembros de la Iglesia. Los atletas que luchaban en la arena romana ungían su cuerpo con aceite con el fin de qué estuviese flexible, elástico, vigoroso, ágil, no reseco. En la unción de los enfermos, como «óleo de los enfermos», se hace medicina de Dios. La unción que después del bautismo se aplica con el Santo Crisma, así como el uso de este crisma en la confirmación y en la ordenación sacerdotal, nos recuerda la unción de los sacerdotes de los profetas y de los reyes. Ungidos, marcados y sellados por el Espíritu del Señor para servir y hacer el bien, experimentamos en nosotros lo que vaticinaba el profeta Isaías: «El Espíritu del Señor está sobre mí porque me ha ungido» (Is 61,1; cfr. Lc 4,18-19).

En el evangelio que escuchamos hace unos momentos, se recalca de nuevo la traición de Judas cuando Jesús quiere celebrar la Pascua de despedida de los suyos, como signo entrañable de amistad y comunión. Judas, para este momento, ya ha concertado la traición pidiendo a cambio de la entrega de Jesús treinta monedas —el precio de un esclavo, según Ex 21,32—. En puertas de celebrar el misterio de la Pascua del Señor, junto a la admiración contemplativa de su entrega podemos aprender una lección. El dinero, que para muchos se ha convertido, como dice Georg Simmel, pionero de la microsociología y la sociología urbana en su libro Filosofía del dinero, en un medio absoluto, «se convierte en fin psicológico absoluto para la mayoría de los seres humanos».(1)  Y se termina amándolo por sí mismo. Hoy muchos, como Judas, no dudan en negar a Jesús con tal de tener dinero, olvidando el fin para el que se debe buscar. Hoy quisa valga la pena quedarnos con unas preguntas: ¿Nos sabemos «ungidos», para llevar la unción de Jesús a los demás? ¿Nos hemos hecho tan amigos del dinero que olvidamos su fin y lo hacemos medio absoluto de nuestra felicidad? ¿Soñamos con ser ricos traicionando a Jesús?

(1) Georg Simmel, “Filosofía del dinero”, Título original: «PHILOSOPHÍE DES GELDES» Ed. Duncker & Humblot, Berlin 195, p. 236.

Padre Alfredo,

Miércoles Santo 2026.

lunes, 30 de marzo de 2026

HOMILÍA DEL MARTES SANTO 2026.

El pasaje del Evangelio de Juan que acabamos de leer, describe la última cena de Pascua de Jesús con sus discípulos, un relato que presenta por un lado la traición de Judas y por otro la negación de Pedro. Estos dos hombres parecen grandes amigos de Jesús; Pedro era uno de los tres que Jesús siempre tomaba en cuenta en los momentos importantes y Judas era «el encargado de la bolsa». Pero las posibilidades de perversión del corazón humano son realmente muchas. Ciertamente, de entrada, no podemos justificar ni a uno ni a otro... ¡No estábamos allí! Pero los pasajes evangélicos que vendrán a continuación nos hablarán del arrepentimiento de Pedro que lloró amargamente luego de darse cuenta de lo que hizo y de la actitud de Judas, cuyo garrafal error no fue sencillamente haber entregado a Jesús, sino no ver el amor, que de todas formas ahí estaba y ahí siguió siempre, porque el amor de Dios que se encarna en Jesús es permanente e irrevocable.

Seguro Judas no buscaba a Jesús como Dios, Judas buscaba prestigio, éxito, publicidad en el mundo... ¡Qué privilegio ser de los doce y asegurarse un futuro! Pero ese futuro no llegaba, Jesús dejaba que los suyos gastaran el dinero como su amiga María en perfumes caros. En Judas no había trascendencia, no había sentido. El sociólogo y filósofo alemán Hartmut Rosa, figura clave de la «nueva teoría crítica"» y conocido por analizar la «aceleración social», dice que una de las razones de nuestra hambruna temporal, es que damos mayor valor a la vida en la tierra, que a la vida después de la muerte. Si no creemos en esta, tenemos que vivir aquí y ahora, y el tiempo se acaba.(1)

La única manera de prevenir el buscar quedarnos instalados en este mundo —como parece ser que Judas quería— es reconocer nuestras faltas y llorar como Pedro para sumergirse en el amor de Jesús Preparemos nuestros corazones junto a María santísima, que en silencio y siempre fiel, seguía los últimos momentos de su Hijo Jesús, para entrar con él en este Triduo Pascual, durante el cual recordaremos todo lo que Jesús tuvo que sufrir por nosotros para que nos quedara claro lo que es el Amor. Con razón a la Virgen se le llama: «Madre del Amor Hermoso».

(1) Tania Sánchez, “Filosofía para todos los días”, Ed. Paidós, Ciudad de México 2025, pp. 86-87.

Padre Alfredo.
Martes Santo 2026.

HOMILÍA DEL LUNES SANTO 2026

La historia de la unción en Betania va mucho más allá de un simple recuerdo. Hemos de ver en el gesto de María algo permanente, simbólico y modélico, pues parece adelantarse al momento de querer ir a embalsamar el cuerpo inerte de Cristo luego de que muera.

Juan nos cuenta que, por la unción, toda la casa se llenó de la fragancia del perfume (Jn 12,3). Eso nos recuerda una frase de san Pablo: «Porque somos para Dios permanente olor de Cristo» (2 Cor 2,15). Cristo se irá a la derecha del Padre, pero nosotros, a pesar de nuestra miseria, de nuestra pequeñez y a veces de nuestra aparente ineptitud, le haremos presente. En nuestro testimonio de vida su presencia se esparcirá como el perfume de María, por toda nuestra casa común que es el mundo.

Junto a María, en esta escena conmovedora, se encuentra Judas, que se convertirá en el cómplice de la muerte: respecto a Jesús, primeramente, y también, luego, respecto a sí mismo. A esa unción contrapone él el cálculo de la pura utilidad, el materialismo, el costo de aquella fina loción. Pero, detrás de eso, aparece algo más profundo: Judas no era capaz de atender, de escuchar efectivamente a Jesús, y de aprender de él una nueva concepción de la salvación del mundo y de Israel. A pesar de estar junto al Maestro se había entrenado muy poco para prestarle atención. A veces puede haber gestos que parecen hablar de atención, pero no lo son. 

Qué diferente del gesto de Judas el de María, que gastó tal vez sus ahorros en un perfume caro para Jesús. La destacada filósofa, mística y activista francesa Simone Weil, tiene un libro que se llama «A la espera de Dios». En él dice que a veces pensamos que una persona pone atención porque frunce las cejas, contiene la respiración o contrae los músculos, pero en el fondo no prestan realmente atención, solo hacen eso, «contraen los músculos».(1)  Podemos pensar en el rostro de María que tal vez levantó las cejas desde el suelo para ver a Jesús en señal de cariño y pensemos también en el rostro de Judas que tal vez solamente frunció el ceño como signo de desilusión sin atender a nada. 

Dejémonos mirar por la Virgen, ella ve si fruncimos el ceño como Judas o su levantamos la mirada desde abajo para ver también nosotros a Jesús. 

Padre Alfredo.
Lunes Santo 2026.
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Simone Weil, “A la espera de Dios”, (1942) [ePub], p. 50. El texto literal dice: «Muy a menudo se confunde la atención con una especie de esfuerzo muscular. Si se dice a los alumnos: “Ahora vais a prestar atención”, se les ve fruncir las cejas, retener la respiración, contraer los músculos. Si pasado un par de minutos se les pregunta a qué están prestando atención, no serán capaces de responder. No han prestado atención a nada. Simplemente, no han prestado atención, han contraído los músculos.»

domingo, 29 de marzo de 2026

HOMILÍA DEL DOMINGO DE RAMOS 2026

Queridos hermanos:

Hemos iniciado nuestra celebración en la plaza unidos a la muchedumbre de discípulos que acompañaron al Señor en su entrada en Jerusalén. Como ellos, nosotros también ensalzamos con nuestras palmas al Señor. En esta procesión recordamos que Cristo es nuestro Rey: profesamos su realeza fundada en su misericordia. Celebrándolo a él, nos llenamos de esperanza como peregrinos en esta tierra que juntos, en sinodalidad, atravesamos hasta nuestra eterna que es la Jerusalén celestial. 

Este Domingo nos abre las puertas de la Semana Santa que envuelve los días en los que el Señor Jesús se dirige hacia la culminación de su vida terrena. Él va a Jerusalén para cumplir las Escrituras y para ser colgado en la Cruz, el trono desde el cual reinará por los siglos, atrayendo a sí a la humanidad de todos los tiempos ofreciendo a todos el don de la redención. Sabemos por los evangelios que Jesús se había encaminado hacia Jerusalén con los doce, y que poco a poco se había ido sumado a ellos una multitud creciente de peregrinos como recordamos al inicio de nuestra celebración.

La liturgia de la palabra de este día, une a la procesión de los Ramos la lectura de la pasión de Nuestro Señor en el Evangelio, este año tomada de san Mateo que recalca la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén como el cumplimiento de las profecías mesiánicas, destacando su naturaleza humilde y su identidad como rey servidor antes de entrar en su pasión.

El crítico literario alemán más importante de la primera mitad del siglo XX, el filósofo Walter Benjamin, dice en su libro El Narrador, que «cuanto más olvidado de sí mismo está el que escucha, tanto más profundamente se imprime en él lo escuchado» (1).  Yo espero que hayamos escuchado con atención para que se imprima en nuestros corazones el sello de la Pasión que nos lleve a tomar la decisión de acoger al Señor y de seguirlo hasta el final, haciendo de su Pascua de muerte y resurrección el sentido mismo de nuestra vida de cristianos. 

Pidámosle a la Virgen, la Madre que escuchaba y guardaba las cosas en el corazón, que nos ayude a abrir nuestros corazones para que, siguiendo a su Hijo en su Pasión, nos convirtamos en auténticos peregrinos que no solo aplaudan a Cristo como la muchedumbre que luego lo dejó, sino que caminemos a su lado en todo tiempo y lugar.

Padre Alfredo,
Domingo de Ramos 2026. 
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1.   Walter Benjamín, “El Narrador”, Ed. LibroDOT.com [PDF], p. 6.

domingo, 8 de marzo de 2026

TERCER DOMINGO DE CUARESMA Y EL MENSAJE DE CUARESMA DEL PAPA LEÓN XIV

Preparando la homilía para este domingo, me vino la idea —inspiración, confío— de unir algunos fragmentos del mensaje de Cuaresma del papa León XIV con la liturgia de la palabra de la misa. El papa inicia su mensaje recordándonos que «todo camino de conversión comienza cuando nos dejamos alcanzar por la Palabra y la acogemos con docilidad de espíritu. Existe —dice el papa— un vínculo entre el don de la Palabra de Dios, el espacio de hospitalidad que le ofrecemos y la transformación que ella realiza. Por eso, me vino muy bien este domingo, con la lectura del Evangelio de la Samaritana como una ocasión más que propicia para escuchar la voz del Señor y renovar la decisión de seguir a Cristo, recorriendo con Él el camino que sube a Jerusalén, donde se cumple el misterio de su pasión, muerte y resurrección.

La primera lectura de este domingo muestra cómo el pueblo se enfrenta a Moisés a consecuencia de la sed que padecen en el desierto. Su reacción revela que prefieren la esclavitud con el estómago lleno antes que la libertad envuelta en incertidumbre. Esta manera de reaccionar no deja de ser un reflejo del miedo que siempre trae consigo la vida cuando el horizonte se muestra especialmente árido. Sin embargo, desde ese abismo de ansiedad, frustración y absoluta desconfianza es desde donde se experimenta, como el pueblo de Israel, que Dios no mira desde la distancia, sino que se acerca y nos escucha.

Dios mismo, en este bellísimo libro del Éxodo, —nos recuerda el papa— «se había revelado a Moisés desde la zarza ardiente, muestra de que la escucha es un rasgo distintivo de su ser: “Yo he visto la opresión de mi pueblo, que está en Egipto, y he oído los gritos de dolor” (Ex 3,7). La escucha del clamor de los oprimidos es el comienzo de una historia de liberación, en la que el Señor involucra también a Moisés, enviándolo a abrir un camino de salvación para sus hijos reducidos a la esclavitud», aunque estos hijos rebeldes, como mucha de la gente que nos rodea, no quiera escuchar.

Dios se manifiesta y precisamente en lo que nos parece estéril, difícil o inaccesible, como una roca. Pero Dios no es un mago que elimina el obstáculo, Él, escuchando nuestro clamor,  es una fuente que surge desde dentro mismo de la situación y aún de entre la roca . Porque Dios es la fuente de agua viva que, como promete a la samaritana del Evangelio de hoy, brota desde nuestra dureza y nos impulsa a abrazar el futuro con una esperanza activa.

En la segunda lectura de este domingo, san Pablo quiere trasmitir qué efecto produce en el ser humano el amor de Dios. Y para llevar a cabo su propósito, recurre a lo que Dios mismo ha realizado a través de Jesucristo. El Apóstol hace ver que toda la iniciativa  parte de Él; es decir, está en las manos de Dios. Y aunque a priori cueste un poco entenderlo desde nuestros cálculos mentales, la muerte de Jesús en la cruz es la máxima expresión visible de ese amor que Dios siente —sin hacer excepción alguna— por toda la humanidad. Por ello, lo ocurrido en la cruz se convierte en la acción indiscutible de nuestra paz con Él.

En Cuaresma, de una manera muy particular, hemos de avanzar contemplando en la Cruz nuestra comunión con el Señor, porque la cruz de Cristo nos hace descubrir el valor del sacrificio, del ayuno, de la penitencia. El papa León, en su reflexión, nos recuerda también que el ayuno no es solamente un dejar de comer, sino que debe incluir también otras formas de privación destinadas a hacernos adquirir un estilo de vida más sobrio, ya que « sólo la austeridad hace fuerte y auténtica la vida cristiana», porque eso nos hace no querer hacer a un lado la cruz. Bien dice la Venerable Madeleine Delbrêl que «para adquirir la nacionalidad cristiana, hay que haber sufrido al menos un poquito» (16 de octubre de 1954).

El Santo Padre nos invita a vivir una forma de abstinencia muy concreta y a menudo poco apreciada: «La de abstenerse de utilizar palabras que afectan y lastiman a nuestro prójimo». El Papa dice: «Empecemos a desarmar el lenguaje, renunciando a las palabras hirientes, al juicio inmediato, a hablar mal de quienes están ausentes y no pueden defenderse, a las calumnias. Esforcémonos, en cambio, por aprender a medir las palabras y a cultivar la amabilidad: en la familia, entre amigos, en el lugar de trabajo, en las redes sociales, en los debates políticos, en los medios de comunicación y en las comunidades cristianas. Entonces, muchas palabras de odio darán paso a palabras de esperanza y paz».

Finalmente voy al Evangelio, en este hermosísimo pasaje de la Samaritana que ocurre junto a un pozo, cosa que no es ninguna casualidad; y porque se trata, nada más y nada menos, que del pozo de Jacob: todo un símbolo de la tradición y de la Ley. El papa nos recuerda que en la Escritura, se subraya el ayuno, unido a la Ley. Por ejemplo —afirma el papa—, «cuando se narra en el libro de Nehemías que el pueblo se reunió para escuchar la lectura pública del libro de la Ley y, practicando el ayuno, disponiéndose a la confesión de fe y a la adoración, con el fin de renovar la alianza con Dios (cf. Ne 9,1-3).

Además, el hecho de que la conversación gire en torno al agua nos pone sobre la pista de que nos encontramos ante un texto —y no hay que olvidar que estamos en el Evangelio de Juan— que busca transmitirnos un mensaje de nuevo nacimiento, es decir, un nuevo comienzo por medio del Espíritu.

Así, el Evangelio de este tercer domingo de Cuaresma, nos indica que este comenzar de nuevo se hace realidad en la samaritana: esa mujer cuya vida estuvo marcada por incesantes búsquedas frustradas y naufragios afectivos, y que acabó viciando su relación con Dios como inevitable resultado de tantos desencantos. Su existencia y su vivencia de lo religioso estaban inmersas en un pozo de aguas muertas, o dicho de otra manera, en un caudal estancado que ya no servía siquiera para refrescar en el bochorno más pesado.

Sin embargo, precisamente desde esa sequedad y estancamiento es desde donde Jesús va a tomar la iniciativa. Su ofrecimiento de una nueva búsqueda para descubrir un agua distinta no solo sorprende y destantea a la samaritana, sino que poco a poco le va haciendo salir de su superficialidad y le hace sentir sed de profundidad espiritual. Así se desarrolla un diálogo maravilloso entre Jesús y esta mujer. De hecho el Santo Padre enfatiza, en este mensaje de Cuaresma, que la conversión a la que estamos llamados no se alcanza solos, sino en una invitación «a la calidad del diálogo, a la capacidad de dejarse interpelar por la realidad y de reconocer lo que realmente orienta el deseo, tanto en nuestras comunidades eclesiales como en la humanidad sedienta de justicia y reconciliación».

Por ello, esta mujer no necesitará el cántaro. Porque una vez que ha comprendido que todo lo que llevaba buscando durante tanto tiempo se encuentra en su interior, ese cántaro se ha convertido en un peso y un estorbo que es preciso dejar atrás. Fray Luis de Granada, en uno de sus sermones de Cuaresma, nos dice que el hecho de dejar el cántaro supone «la valentía de salir corriendo a predicar la gloria de Cristo el Señor». Y es que el cántaro simboliza todo aquello que nos ata a una religiosidad vacía e idólatra, que nos aleja del Dios vivo que es capaz de transformarlo todo. Recuerdo, viendo esto de «una religiosidad vacía e idólatra» que dice el Papa, cómo monseñor Santiago Cavazos, cuando era yo un muchacho ya decido a ingresar al seminario nos decía: «La Iglesia, si sigue así, enfriándose lentamente, se va a convertir en una Iglesia de “cumplimiento”, y la palabra cumplimiento tiene dos partes: “cumplo” y “¡miento!”, así irá viniendo a menos. Nosotros tendremos mucho qué hacer». 

Que durante este tiempo de Cuaresma seamos mendicantes de esa «agua viva» que nos propone Jesús en el Evangelio de hoy. Que tengamos el coraje de dejar nuestros cántaros a un lado y nos dejemos embriagar con la frescura de este mensaje que el Papa termina así: «Queridos hermanos, pidamos la gracia de vivir una Cuaresma que haga más atento nuestro oído a Dios y a los más necesitados. Pidamos la fuerza de un ayuno que alcance también a la lengua, para que disminuyan las palabras que hieren y crezca el espacio para la voz de los demás. Y comprometámonos para que nuestras comunidades se conviertan en lugares donde el grito de los que sufren encuentre acogida y la escucha genere caminos de liberación, haciéndonos más dispuestos y diligentes para contribuir a edificar la civilización del amor.»

¡Que la Virgen, siempre dócil a cada llamada del Señor, nos ayude!

Padre Alfredo.