domingo, 20 de enero de 2019

«Es cuestión de amar»... Un pequeño pensamiento para hoy

Los cristianos estamos llamados a proclamar el amor del Señor día tras día, nos recuerda el salmista este domingo: «Proclamemos su amor día tras día» dice en el salmo 95 (96 en la Biblia). Esta es la tarea que Cristo nos ha dejado, pues él mismo nos dijo: «El Padre los ama» (Jn 16,27) y a él mismo lo reconocemos como «El Amor de los amores». Los horizontes que el autor del salmo abre, aluden a un mundo lleno de amor, un mundo perfecto y pacificado, en el cual la alabanza toca fácilmente el cielo y el corazón de todos los hombres llenándolos de amor. Pero, ese amor que Dios nos da y que Cristo nos invita a vivir con su propio ejemplo, es un amor que se construye sobre todo en las acciones ordinarias de nuestra vida. Precisamente, el Evangelio de hoy (Jn 2,1-11) nos presenta un acontecimiento en la vida cotidiana de Jesús, su participación en una boda a la que su Madre también ha sido invitada. ¿Cuál es el mejor regalo que se puede dar a una pareja de desposados si no es el amor? Y ese amor, en este caso, se manifiesta en un gesto, en un detalle, en una cuestión extraordinaria en medio de lo ordinario. «Ya no tienen vino», susurró María al oído de su Hijo en medio de la fiesta y eso bastó para mover el corazón amoroso de Jesús a pesar de que había pensado primero en que no había llegado la hora de manifestarse. 

Es que Jesús, no es nunca ajeno a aquello que tenga que ver con el amor, y ese, ese fue el mejor regalo que pudo haber dado a aquellos jóvenes que, en medio del gozo por su unión, no tenían por qué haber vivido ningún jalón de desamor. La grandeza y la divinidad de Jesús no le impidieron estar cerca de las cosas pequeñas de la vida humana de cada día. Esta actitud sería luego criticada por sus enemigos, le llamarán comilón y bebedor pero él guardará en su Sagrado Corazón el gozo de haber santificado con su presencia divina ese acontecimiento crucial en la vida del hombre, bendiciendo así la unión entre un hombre y una mujer hasta hacer de ella el gran sacramento, el símbolo vivo de su propia unión con la Iglesia, la esposa de Cristo sin defecto ni mancha. Hace un año estuve en Caná con un grupo de sacerdotes orando por todos los matrimonios y recordando cuánto nos ama el Señor. Porque aquellos novios habían invitado a Jesús a su fiesta, Jesús pudo ayudarles en aquello que necesitaban, así pedimos en el mismo lugar y sigo ahora aquí rogando al Señor, que todos los matrimonios dejen que Jesús esté presente en sus vidas, en lo cotidiano, para que cada vez que falte de algo, especialmente la alegría, la esperanza, el sentido de la vida, todo aquello que es esencial, Él pueda volver a escuchar a su Madre que dice: «Hagan lo que él les diga», convirtiendo lo insípido de la vida rutinaria en el buen vino. 

Y es que Dios, no solo a los matrimonios, sino a todos, nos cuida, está atento a nuestras necesidades si nosotros le extendemos la invitación a nuestras vidas para derramar amor. Es por eso hermoso el comienzo de la primera lectura de hoy (Is 62,1-5): «Por amor a Sión no me callaré, por amor de Jerusalén no me daré reposo...» Dios se alegra con nosotros, hace fiesta con nosotros si le invitamos, y convierte el agua en vino para darnos la salvación y el vino es para todos, como nos recuerda el «Octavario de la unidad de los cristianos» que desde el día 18 y hasta el 25 estamos celebrando. El Señor, amándonos hasta el extremo, no sólo muere por nosotros en la cruz y derrama toda su sangre para redimirnos. Además nos entrega lo que le era más querido y entrañable, a su propia Madre, para que lo sea también nuestra. Con razón la llamamos «Esperanza nuestra» y «Causa de nuestra alegría. Quien confíe en ella no se verá jamás defraudado. ¡Bendecido domingo! 

Padre Alfredo.

sábado, 19 de enero de 2019

«Elegidos para ser felices»... Un pequeño pensamiento para hoy

La elección que Jesús hace de nosotros para llamarnos a ser sus discípulos–misioneros, es un asunto divino que no tiene explicación humana alguna. Él no nos ha llamado por conveniencia, por guapos —en cualquiera de las acepciones de esta palabra— o porque seamos los mejores. Nos ha elegido por amor para prolongar su misión. «“La misión de Jesús visible en el mundo ya terminó, Él ya acabó su carrera, más se quedó en la Eucaristía hasta la consumación de los siglos», dice la beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento (Lira del Corazón, p. 34). Y es desde la Eucaristía que nos impulsa a cumplir con la tarea que nos ha sido encomendada llevando el Pan de la Eucaristía, de los demás sacramentos y de su Palabra, que «es viva, eficaz y más penetrante que una espada de dos filos» como nos recuerda hoy la Carta a los Hebreos (Hb 4,12-16). 

Esa Palabra contiene su ley, la ley de amor que está comprendida en los mandamientos, esas diez líneas de acción que nos ayudan a extender el amor y la presencia de Dios en el mundo actual. Hoy el salmista nos presenta la belleza de esta ley en la segunda parte del salmo 18 (19 en la Biblia), en una líneas que nos invitan a ver los mandamientos —la Ley— como un lugar de revelación de lo que Dios quiere que vivamos para darle gloria y captar lo grande de su providencia amorosa. Quien vive los mandamientos con sencillez, tiene a Dios y, como dice santa Teresa de Ávila en un escrito que llevaba por registro en su breviario: «Quien a Dios tiene, nada le falta, solo Dios basta». En este mundo, regordeado de materialismo e inmerso en un materialismo asfixiante, Dios no se esconde y, con sus mandamientos, «alumbra el camino» pues él es nuestro «refugio y salvación». 

Así lo entendió Mateo, el hijo de Alfeo, el publicano, elegido por Dios y constituido apóstol cuando escuchó el «sígueme» (Mc 2,13-17) que sigue resonando en el corazón de muchos hoy, como esa Palabra que invita a dejar lo superfluo por seguir al Señor como este pecador arrepentido que, por dinero, traicionaba a su pueblo. Dice el Papa Francisco: «en la vida de la Iglesia, tantos cristianos, muchos santos fueron elegidos de entre lo más bajo… Esa conciencia que los cristianos deberíamos tener —de dónde fui elegido para ser cristiano— debería permanecer toda la vida, quedarse ahí y guardar la memoria de nuestros pecados, la memoria de que el Señor tuvo misericordia de mis pecados y me escogió para ser cristiano, para ser apóstol. Hoy es un buen día para pensar en la elección que Dios ha hecho de nuestras personas para seguirle y es un buen día para agradecer los mandamientos como código seguro para seguirle con felicidad. Es sábado, y como cada sábado miramos de manera especial a María, ella siguió con fidelidad al Señor y por eso la llamamos «feliz», es decir «bienaventurada» todas las naciones (Lc 1,48). Nosotros también sabiéndonos «llamados» y con los mandamientos en la mano, en la boca y el corazón, podemos ser felices y bienaventurados. ¡Bendecido sábado! 

Padre Alfredo.

viernes, 18 de enero de 2019

«El descanso»... Un pequeño pensamiento para hoy


El salmo 77 (78 en la Biblia), es el más largo de todos los himnos nacionales que tenía Israel. En él, el salmista repasa la historia de este pueblo elegido por Dios desde Egipto hasta que se estableció el reino de David. El salmista recuerda el pasado con todo lo que éste ha suscitado, a fin de impulsar al pueblo a ser fiel al Señor. Así, nos topamos hoy en el salmo responsorial con una pequeña parte del mismo (Sal 77, 3 y 4bc. 6c. 74), con una especie de enseñanza para vivir una vida justa y santa. El escrito no sigue con exactitud una cronología histórica, sino que coloca los asuntos históricos como mejor convienen para mostrar la bondad de Dios que nos ha creado y nos ha elegido, creando una especie de cuento pequeño que narra la historia del ingrato Israel y las hazañas que Dios hizo para protegerlo y demostrarle su amor invitándolo a descansar en su presencia. 

La Carta a los Hebreos nos habla hoy del descanso, del descanso del Señor y cómo nuestra vida es una especie de ensayo o entrenamiento en el que debemos ir entendiendo cómo es el descanso del Señor y no el ocio del mundo en la época actual. Mientras que el artesano del siglo XVI encontraba su descanso en el corazón mismo de su trabajo, que era creación y arte, folklore y culto, el obrero y el oficinista de nuestro siglo realiza un trabajo en cadena del que queda excluida toda promoción de este tipo de descanso placentero de disfrutar lo que se hace. Por eso reivindica un ocio que se convierte en pérdida de tiempo y pobreza del auténtico descanso. Ante la imposibilidad de dar una respuesta a esta necesidad del descanso como lo pensó el Creador para nosotros, la civilización occidental, impregnada por el materialismo, ha creado espacios para el descanso que más bien estresan y empobrecen al hombre. Basta ver que los domingos la infinidad de plazas comerciales está llena de gente que va a cansarse y a atiborrarse de ruido. Cuando el descanso se reduce a la ociosidad, cuando se limita exclusivamente al consumo pasivo de ficción o de irrealidad en el «ojalear», como me decía la hermana Angelitos (ojalá pudiera comprar esto, ojalá pudiéramos ir a tal parte, ojalá tuviera más tiempo para del consumo de tiempo), el descanso se convierte en un ocio pesado y aburrido que está muy lejos de responder a lo que debe ser el descanso. 

El «descanso de Dios», de que habla esta página de la Carta a los Hebreos, es todo lo contrario a la inacción, al aburrimiento, a la pasividad, a la pereza: es la felicidad estable y altamente consciente de existir. Entrar en el descanso de Dios, es entablar una relación íntima con el Dios que nos ama de una manera infinita desde la creación del mundo hasta cada día que nos toca vivir. Por eso el salmista, que sabe de esto, valora descansadamente cada parte de la historia que le ha tocado conocer y no quiere ser como aquellos que no supieron descansar en el Señor confiando en él. Viendo esto junto al Evangelio de hoy (Mc 2,1-12), pienso en la fe descansada de aquellos hombres que ayudaron al paralítico a llegar hasta Jesús por un boquete abierto en el techo. Por su parte, el enfermo está completamente descansado a merced de las buenas personas que lo cargan en su camilla, familiares o amigos que perseveran en ayudarle. Como encuentran a Jesús tan ocupado, predicando en la casa, rodeado de tanta gente, hasta el punto de no poder ni verlo ni acercársele, se las ingeniaron para abrir un boquete en el techo y descolgar al paralítico en su camilla, ¡justo a los pies de Jesús! Maravilla tanta fe, tanta determinación y hasta cierta osadía descansadamente. Me quedo con algunas preguntas: ¿A quién ayudamos nosotros descansada y desinteresadamente? ¿a quién llevamos para que se encuentre con Jesús, descanse en él y le libere de su enfermedad, sea cual sea? Que María, en quien descansa la Iglesia como Madre, nos ayude a conocer y entender el valor del descanso en el Señor, que el mundo, con sus prisas y desasosiegos no nos lo va a enseñar. ¡Bendecido viernes y buen descanso para muchos en el fin de semana! 

Padre Alfredo.

jueves, 17 de enero de 2019

«No endurezcan su corazón, hoy»... Un pequeño pensamiento para hoy

El salmo 94 (95 en la Biblia), que recitamos casi a diario al inicio del rezo de la Liturgia de las Horas, impregna hoy gran parte de la primera lectura tomada de la Carta a los Hebreos (Hb 3,7-14) para invitarnos a no endurecer el corazón: «Oigamos lo que dice el Espíritu Santo en un salmo: Ojalá escuchen ustedes la voz del Señor, hoy. No endurezcan su corazón...» (Hb 3,7). ¡Vaya que la invitación del escritor sagrado a orar con este salmo cae como anillo al dedo a esta sociedad materialista en la que los discípulos–misioneros de Cristo navegamos y que tiende a endurecer el corazón con su sistema de vida! En los últimos tiempos, el desarrollo del mundo se ha disparado impresionantemente en el campo de la técnica mucho más que en el de la ciencia, que toca mucho más profundamente las fibras del corazón del hombre. Basta ver, como lo comentaba anoche, el campo de la medicina, en el cual la vida se ha logrado prolongar con el uso de aparatos y medicamentos antes inimaginables que alargan la vida, pero no la calidad de la misma. 

«No endurezcan el corazón», dice el salmista en este salmo que mucho tiempo después retoma el autor de la Carta a los Hebreos y que deberíamos retomar cada uno de los hombres de nuestros tiempos, porque el corazón de muchos, incluidos por desgracia algunos creyentes y hasta consagrados, engañado por el pecado, no se asemeja a ese corazón que debe tener el que está lleno de Dios, ya que muchas veces es un corazón inmisericorde, inmoral, sin gentileza; un corazón endurecido por el triunfo globalizado del «yo primero», ese «yo egoísta» que ocupa gran espacio en el interior cuando el hombre no se abre a Dios y a los hermanos. De ahí la importancia de no considerar los salmos y todas las páginas de la Escritura, como simples documentos antiguos y pasados de moda. Son palabras actuales de Dios. Nunca reflexionaremos bastante sobre esto: Dios es nuestro contemporáneo. No debemos buscar a Dios en el pasado sino en el presente, buscando no endurecer el corazón «hoy». Olvidándose de lo que Dios había hecho por ellos, los israelitas olvidaron el «hoy» y endurecieron sus corazones, se les extravió el corazón y por lo tanto no conocieron los caminos de Dios y desertaron del Dios vivo, murmurando de él en lugar de hablar con él y se enfrascaron en su egoísmo añorando la vida de Egipto. Dios se enfadó y no les permitió que entraran en la Tierra prometida. 

Se sabe que la mayoría de los creyentes de hoy no saben orar. Muchos dicen que no tienen tiempo o que no saben cómo. La realidad es que la morada de la oración es el corazón, a donde el orante debe remontarse para encontrarse a sí mismo y acoger el don de los hermanos y por supuesto el don de Dios y ese corazón de muchos, se ha endurecido como el de aquellos israelitas, se ha llenado de «lepra» como el hombre que el Evangelio de hoy se acerca a Jesús buscando ser curado (1,40-45). El corazón de muchos se ha hecho un corazón duro que deja sordos los oídos a la voz de Dios, y ha causado un desvío progresivo hasta perder la fe. Es lo que les pasó a los de Israel. Lo que puede pasar a los creyentes de hoy si no están atentos a la voz del Señor en la oración. Escuchemos con seriedad el aviso: «no endurezcáis vuestros corazones como en el desierto», «oíd hoy su voz». Dios ha sido fiel. Cristo ha sido fiel. Los cristianos debemos ser fieles y escarmentar del ejemplo de los israelitas en el desierto. Es difícil ser cristianos en el mundo de hoy. Puede describirse nuestra existencia en tonos parecidos a la travesía de los israelitas por el desierto, durante tantos años. Los entusiasmos de primera hora —en nuestra vida cristiana, religiosa, vocacional o matrimonial— pueden llegar a ser corroídos por el cansancio o la rutina, o zarandeados por las tentaciones de este mundo que endurece el corazón. Podemos caer en la mediocridad, en la pereza, en la indiferencia, en el conformismo con el mal, en la desconfianza. Incluso podemos llegar a perder la fe. Por eso nos viene bien hoy la invitación de este salmo: ˜No endurezcan el corazón» Nadie está asegurado contra la tentación por eso también hoy vale la pena que, junto a Jesús Eucaristía le digamos a María: «Préstame tu corazón, que quiero uno así para mí, que sea blandito como el tuyo, que lata así, como ese, para Dios y los hermanos. Amén». ¡Bendecido jueves! 

Padre Alfredo

miércoles, 16 de enero de 2019

«Los salmos, la oración, la vida diaria»... Un pequeño pensamiento para hoy


Los salmos contienen toda la doctrina del Antiguo Testamento hecha oración. Son, como dicen algunos grandes autores, Teología rezada. Los salmos, o hablan con Dios, o hablan de Dios, pero en ambos casos son composiciones hechas a partir de una experiencia religiosa del escritor sagrado, es decir, brotan de una «teología vivida» y nos transmiten un coloquio íntimo del hombre con Dios. Hoy la liturgia de la palabra nos ofrece el salmo 104 (105 en la Biblia), el salmo que deja entrever el corazón de un hombre que conoce la Historia Sagrada y cuyas palabras —los primeros quince versículos— fueron entonadas cuando David hizo trasladar el Arca de la Alianza al Monte Sión. La Iglesia toma estos cánticos, poemas y alabanzas porque cada vez que un escritor bíblico narra historias del pasado, nuestra fe se fortalece con sus expresiones y nuestros corazones, a pesar de que a veces sufren por diversas causas, como puede ser la enfermedad, algún problema moral o una cuestión de angustia o ansiedad, se alientan para seguir adelante. ¡Cuánto debe haber ayudado el rezo de los salmos a las primeras comunidades cristianas que no contaban con los escritos del Nuevo testamento que ahora nosotros poseemos! 

Los salmos, entre los primeros cristianos, como entre nosotros, eran utilizados para «aclamar al Señor y darle gracias» como nos recuerda hoy el salmista. Y sabemos que son muchas las causas por las que tenemos que aclamar al Señor y estar agradecidos. Aquellos primeros seguidores de Cristo, hombres y mujeres de fe, recordaban hechos de la vida de Cristo en donde había quedado plasmada esa alabanza y gratitud por hechos no solamente portentosos o aparatosos, sino en la sencillez de pequeños episodios como el que narra el Evangelio de hoy en donde la suegra de Pedro es curada (Mc 1,29-39) en aquella humilde casita de Cafarnaúm que hace más o menos un año tuve la dicha de conocer. La escena de hoy en el Evangelio nos muestra la programación de una jornada entera de Jesús. Cristo va comunicando su victoria contra el mal y la muerte, curando enfermos y liberando a algunos poseídos por el demonio. Pero, en su jornada, se da tiempo para ponerse a rezar a solas con su Padre, y continuar predicando por otros pueblos. No se queda a recoger éxitos fáciles. Él ha venido a evangelizar a todos y eso lo recuerda el pueblo entonando salmos y cánticos inspirados (cf. Ef 5,18-19). 

La recitación de los salmos nos ofrece un ejemplo admirable de cómo se puede conjugar la oración con el trajín de la jornada de cada día. Jesús oraba con los salmos. Estos, junto al Padrenuestro, constituyen el mayor tesoro de oración de la Iglesia. Con ellos oró Jesús en casa, en la sinagoga y en sus momentos de soledad con su Padre. En ellos —dice el Catecismo de la Iglesia (2585-2589,2596-2597) se canta de modo incesante la alabanza de Dios. La escuela de oración de Jesús fue, antes que todo, una vida del día a día en la casa familiar y en la comunidad a la que se entregó luego en Cafarnaúm y en otros lugares. Fue en la vida ordinaria donde aprendió a convivir, a rezar y a trabajar. El pueblo del que formaba parte rezaba mucho —como nuestros padres y abuelos— todos los días, por la mañana, al mediodía y al cerrar la noche. «Desde 2 niño» Jesús aprendió los salmos de memoria. Entre los judíos la madre y la abuela se encargaban de enseñarlos (cf. 2Tim 1,5; 3,15) para que estas oraciones se rezaran de memoria. Ayer, entre la fila de penitentes que recibí de 2 a 6 de la tarde, hubo un señor un poco mayor que me conmovió y me dijo: «soy un pecador, creo que el más grande todos, pero no dejo de orar con mis salmos al levantarme y antes de dormir... son mi tesoro para saberme unido al Señor y no los dejo». La Biblia nos dice que «allí donde está nuestro tesoro está nuestro corazón» (cf. Mt 6,21). Así que hoy, al ver a la suegra de Pedro ya curada y sirviendo al Señor y a todos con alegría, al ver a Jesús en plena actividad y contemplarlo luego en la oración silenciosa de la madrugada pregunto: «¿dónde está tu tesoro y el mío?»: «El Señor nunca olvida sus promesas... ¡Aclamen al Señor y denle gracias, relaten sus prodigios a los pueblos. Entonen en su honor himnos y cantos, celebren sus portentos!» Que el Señor, bajo el cuidado amoroso de su Madre, bendiga nuestro miércoles. 

Padre Alfredo.

martes, 15 de enero de 2019

«Un poquito inferior a los ángeles»... Un pequeño pensamiento para hoy


De una manera muy especial, el autor de la Carta a los Hebreos hace hoy mención del salmo 8 en la primera lectura (Hb 2,5-12) y, enseguida, la Liturgia del día nos lo coloca como salmo responsorial. Este salmo fue compuesto para exaltar la vocación sublime del hombre en la creación. El salmista habla del hombre en general cuando dice que es «un poquito inferior a los ángeles... le diste el mando sobre las obras de tus manos». En la plegaria eucarística IV que hoy vendría bien utilizar, le damos gracias a Dios porque al hombre «le encomendaste el mundo entero para que dominara todo lo creado». Se ve, por la Carta a los Hebreos, que los primeros cristianos aplicaban el salmo a Jesucristo. El Señor Jesús, por su encarnación como hombre, aparece como «un poquito inferior a los ángeles», sobre todo en su pasión y su muerte. Pero ahora ha sido glorificado y se ha manifestado que es superior a los ángeles, coronado de gloria y dignidad, porque Dios lo ha sometido todo a su dominio. Por haber padecido la muerte, para salvar a la humanidad, Dios le ha enaltecido sobre todos y sobre todo.

Mediante su encarnación, el Señor se ha hecho cercano a nosotros. Y Él permanece en el mundo y su historia por medio de la Iglesia, a través de la cual Él continúa pasando entre nosotros y haciendo el bien a todos. Él se dirige a nosotros por medio de su Palabra salvadora para conducirnos por el camino del bien. No podemos estar en su presencia como discípulos descuidados, sino que hemos de saber escuchar y meditar con amor su Palabra para ponerla en práctica. En cada Eucaristía, cuando la Iglesia se reúne en su nombre, Él se convierte en nuestro alimento, Pan de Vida eterna; por medio de esta Eucaristía nosotros entramos en comunión de vida con Cristo, de tal forma que su Iglesia se convierte en un signo creíble del amor misericordioso y salvador de Dios a favor de toda la humanidad. Por eso no podemos reunirnos sólo para dar culto al Señor. Es necesario que aceptemos nuestro compromiso de ser, en Cristo, el «Evangelio viviente» del amor misericordioso del Padre, que se acerca a todas las naciones, no para condenarlas, sino para salvarlas liberándolas de toda esclavitud al autor del pecado y de la muerte. 

Nosotros también, como los escuchas de Jesús en el Evangelio (Mc 1,21-28) nos quedamos «asombrados de sus palabras» y atrapados por su autoridad. Esa autoridad que va más allá incluso de lo que sus contemporáneos pudieran pensar, pues Jesús no es un rabí cualquiera, es el Hijo de Dios. Pero, es increíble que después de dos mil años todavía haya quienes ponen en duda la palabra del Maestro pensando que puede ésta ser confundida con cualquier otra enseñanza del mundo que ahora hace una mezcolanza con el New Age colocándolo a la par de Buda o de Krishna. La palabra de Jesús es poderosa y eficaz porque es Palabra de Dios que no solo instruye, sino que sana y libera. Es por ello que la lectura asidua de la Escritura ayuda no solo a conocer a Jesús y su doctrina, sino que ejerce un poderoso influjo en nuestra salud espiritual —a veces incluso física— liberándonos de ataduras y frustraciones. Ojalá todos, conscientes del gran amor que nos tiene Dios preguntándonos con el salmista: «¿Qué es el hombre, para que de él te acuerdes?» hagamos del encuentro con la Palabra un hábito cotidiano y como María la guardemos en el corazón y la pongamos en práctica. ¡Bendecido martes recordándolos en la Basílica ante la Morenita del Tepeyac! 

Padre Alfredo. 

P.D. Hoy quiero felicitar de manera muy especial a Esthela, la causante —junto con Jaqui— de que estas mal hilvanadas líneas que llamo «un pequeño pensamiento» —no por la extensión sino porque es mi granito de arena— lleguen hasta ustedes y no terminen como antes en el basurero, porque antes de su invitación a compartir mis reflexiones, hacía mi oración escrita y la borraba o la tiraba. Ahora muchos comparten mi ratito de oración y creo que, como a mí, les ayuda esto a saborear la Palabra de Dios en cada Misa. Y es que Esthela cumple años hoy... ¡Dios te guarde muchos años Esthela y mil gracias por ser una hermana para este padrecito andariego!

lunes, 14 de enero de 2019

«Su inmensa gloria ven todos los pueblos»... Un pequeño pensamiento para hoy


Durante las primeras nueve semanas del Tiempo Ordinario proclamaremos el Evangelio de san Marcos, que se lee en primer lugar entre los tres sinópticos, haciendo caso a los estudiosos actuales que sitúan a Marcos como el evangelio más antiguo y del que dependen en buena parte los otros dos, Mateo y Lucas. Se podría decir, por tanto, que Marcos es el inventor de ese género literario tan provechoso que se llama «Evangelio». Un género que no es tanto historia, ni novela, sino «buena noticia». Este Evangelio pudo ser escrito en los años 60s, o, si hacemos caso de los papiros descubiertos en el Qumran, incluso antes. En él, Jesús, desde el principio, se considera ser el término de todo el Antiguo Testamento. Marcos nos deja claro que el tiempo fijado por Dios para cumplir sus promesas ha llegado. Una nueva era comienza. Abraham, Moisés, David, los Profetas, las alabanzas y premoniciones de los salmistas... no eran más que una preparación: «Se ha cumplido el tiempo y el Reino de Dios ya está cerca. Conviértanse y crean en el Evangelio» (Mc 1,14-20). De hecho, la conciencia que posee Jesús de su vinculación privilegiada con el Padre misericordioso que nos llama a la conversión, está presente en todas las páginas del Evangelio. Si se rehúsa admitir la divinidad de Jesús, no sólo se tendrán que romper algunas páginas molestas... sino que toda la trama del Evangelio quedaría rota. Estamos apenas en el inicio del Evangelio... y he aquí que Jesús se rodea de cuatro hombres, que no van a dejarle nunca más, y que veremos siempre a su alrededor. Son éstos más importantes para Él, que el entusiasmo de las gentes; es ya la Iglesia que se va preparando para «que caigan ante Dios todos los dioses» como había proclamado el salmista (Sal 96 —97 en la Biblia—) y nos va llamando a seguir a Jesús. 

Por su parte, el autor del salmo responsorial de hoy, aunque reconoce el gobierno universal del Señor en el tiempo presente, anticipa una venida del Señor para juzgar la tierra. La imagen de la presencia del Señor puede ser, de hecho, esa venida en donde el Señor llegará para establecer su reinado: «Reina el Señor, alégrese la tierra». ¡Qué sorpresa y qué alegría deben haber sentido aquellos primeros seguidores de Cristo al haber sido llamados por el Mesías que Juan anunciaba apenas iniciando su ministerio público! Aquella llamada llegaba cargada de una esperanza para ellos y para todo el pueblo, un cambio de vida, una transformación. Por eso la Iglesia inserta hoy el salmo 96 (97) que entre sus temas toca el de la eliminación de la maldad y la destrucción de los rebeldes en la era escatológica que los profetas anunciaron. Dios llama, y llama no solo a aquellos hombres, sino nos llama a todos para establecer la justicia en el mundo, esa justicia que empieza dentro del corazón del que se sabe amado y llamado. 

La meditación de este salmo nos puede ayudar a robustecer nuestra fe abriéndonos los ojos para ver que la victoria del Señor ya ha llegado —aunque en un «ya» pero todavía «no»— en este reino que se va estableciendo velado bajo apariencias humildes que ocultan la gloria de toda realidad celestial mientras seguimos en la tierra. La victoria de este Dios anunciado por el salmista ha llegado porque Cristo ha llegado; Él ha andado los caminos del hombre y ha hablado nuestro lenguaje; Él ha gustado nuestra miseria y ha llevado a cabo su redención; Él ha encontrado la muerte, esa que todos experimentamos y ha restaurado la vida. Nosotros, llamados también por Cristo, como aquellos primeros discípulos, para ser también misioneros como ellos, hemos de gozar viviendo en sueño y profecía la victoria final de Cristo que devolverá la tierra entera al Creador. Entonces todos lo verán y todos entenderán el amor de Dios; la humanidad se unirá y todos los hombres reconocerán la majestad del Señor abrazados en su amor. Ese día —nos va diciendo Cristo en el Tiempo ordinario de la liturgia que hoy iniciamos— es ya nuestro en la fe y en la esperanza, por eso cantamos con el salmista: «Su inmensa gloria ven todos los pueblos». ¡Bendecido lunes y bienvenidos todos al Tiempo Ordinario! 

Padre Alfredo.

domingo, 13 de enero de 2019

«El Bautismo del Señor»... Un pequeño pensamiento para hoy

Ayer algunos de los comerciantes y prestadores de servicios que conozco, mientras hacía el recorrido sabatino para visitar a algunos enfermos de la comunidad, me decían: «¡padrecito, esto está muerto, es que la gente está muy gastada!»... Incluso en la lavandería hay poco trabajo, me dijo Mauricio. En los aparadores de las tiendas de ropa es el tiempo de las rebajas. Se ponen a la venta por aquí y por allá artículos que «no salieron» durante el período navideño que hoy se cierra. Incluso en el Mall más cercano quitaron el árbol el 6 en la noche y cambiaron los letreros navideños por un sin fin de motivaciones para que la gente siga comprando hasta con descuentos del 70%. Los discípulos–misioneros, en medio de todo esto, corremos el mismo peligro que los comerciantes, que después de la Navidad nos desinflemos y volvamos de nuevo a la rutina malbaratando lo que hemos logrado. La cuesta de enero a veces cuesta mucho subirla, sin embargo, es ahora cuando tiene que notarse que la Navidad ha servido para algo en nuestras vidas. Hemos llegado al final del Tiempo de Navidad, que sin duda ha pasado muy deprisa. Hemos acudido varios días consecutivos al templo. Y así estamos ante esta fiesta del Bautismo del Señor, puerta de su vida pública y que a nosotros, litúrgicamente, nos sitúa ya en los umbrales del Tiempo Ordinario. 

La liturgia de este día del Bautismo del Señor nos aposta un hermoso salmo responsorial tomado del salmo 103 (104 en la Biblia). El salmista celebra con un acento sublime y conmovedor, las misericordias de Dios en una serie de frases que respiran un gran espíritu de fe y de esperanza alabando a Dios por la creación y en nombre de toda la creación como un eco sublime de la narración de la Creación y, como diría de este salmo el célebre geógrafo, astrónomo, humanista, naturalista y explorador prusiano Alejandro de Humboldt (1769-1859): «es una brizna del mundo dibujado en pocos rasgos. Todo está invadido de un carácter sublime que ajusta y conmueve». Con este salmo Dios nos invita a fijar nuestros ojos en su obra creadora, pero especialmente en el elegido, en el amado, en el Mesías, en Jesús, que hoy es bautizado en el Jordán. Hay que mirar, dentro de la obra de la creación, al predilecto, al bienamado. Sobre él ha descendido el Espíritu Santo. Se ha posado en el Hijo de Dios hecho hombre. Se han abierto los cielos. El Padre eterno ha hablado: «Tú eres mi Hijo, el predilecto; en ti me complazco» (Lc 3,15-16.21-22). 

Hemos celebrado, en estos días, que Jesús nació en Belén, pero lo importante para la primitiva Iglesia era que fue dado a conocer en el Jordán. Allí lo presentó Juan, también llamado el Bautista. Hace un año estuve en el Jordán renovando las promesa bautismales con un grupo de sacerdotes escuchando el «acuérdate del bautismo que recibiste, que se hizo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» mientras recibía el agua que corre por el Jordán llegando al lugar por entre las minas antipersona que se han ido desenterrando dejando espacio para pasar y llegar hasta el río. Jesús inició su ministerio humildemente allí, entre aquellos que en aquel momento rodeaban a Juan y suplicaban el bautismo. Pedirlo era signo de sumisión, de obediencia y, en su caso, de implorar para nosotros, los que en verdad vamos cargados de pecado, el favor divino. Tal era la magnitud del gesto, que fue preciso que la Santísima Trinidad se hiciera visible para algunos, no todos y de la misma manera. Fue como una solemne Epifanía. Inicio para la humanidad entera del proyecto de Salvación que culminaría en el Calvario y ya venía anunciándose desde antiguo. Es importante en este día caer en la cuenta de que el bautismo de Juan no era como nuestro bautismo y, aunque el día propio para recordar nuestro bautismo es la noche de la Vigilia Pascual, hoy es un buen día para recordarlo, porque aunque nuestro bautismo no es igual que éste, pues es un sacramento, cuando nosotros fuimos bautizados, también Dios dijo de nosotros lo que dijo de Jesús en el día de su bautismo: «Este es mi hijo, el predilecto». Dejemos por tanto atrás todo aquello que es contrario a este nombre de hijos de Dios y no malbaratemos la Navidad, vivamos cada día, en este Tiempo Ordinario que comenzamos, con la alegría de sabernos amados por Dios Padre y bajo la mirada de María que, seguramente, desde lejos y sin afán alguno de protagonismos, fue siguiendo los pasos de Jesús. ¡Bendecido domingo en esta fiesta del Bautismo del Señor! 

Padre Alfredo.

sábado, 12 de enero de 2019

«Estamos finalizando el tiempo de Navidad»... Un pequeño pensamiento para hoy


Estamos finalizando la Navidad, una época que hemos vivido como experiencia del amor que Dios nos tiene, y convicción de que, como nacidos de Dios, somos sus hijos, hermanos de Cristo Jesús y hermanos los unos de los otros, un tiempo litúrgico que debe dejarnos como consecuencia una actitud más positiva y una opción más clara por estos valores cristianos, empeñándonos más decididamente en la lucha contra el mal en nuestra vida. Mientras que a la vez trabajamos y rezamos para que los demás también venzan al mal en sus vidas. Terminada la Navidad, el día de mañana, con la fiesta del Bautismo del Señor, no puede seguir como antes nuestra vida. Tiene que notarse más esperanza en nuestro ser y quehacer. Más alegría en nuestra existencia. Más confianza en Dios y más amor al hermano en nuestra condición de discípulos–misioneros del Rey que ha nacido para nuestra salvación porque no hemos vivido este tiempo sólo como algo que se repite cada año. Cualquier empeño humano que no sea puramente mecánico da de sí lo suficiente para colmar la propia vida y la de los demás, llevándolas a metas más altas de santidad. 

Hemos celebrado el nacimiento y la manifestación de Cristo al mundo. ¿De verdad lo dejaremos irrumpir en nuestra propia vida y en la vida de nuestros hermanos, en nuestra familia, en nuestras comunidades, para liberarnos con la Buena Noticia del reinado del Padre Misericordioso en su Hijo Jesús? La persona de Juan el Bautista, sus palabras en la primera lectura (1 Jn 5,14-21) y en el Evangelio de hoy (Jn 3,22-30), nos invitan a ir cerrando este ciclo de Navidad para que Cristo entre y se manifieste en nuestra propia vida y en la de los hermanos plenamente dejando, como recompensa alegrarnos con la voz del esposo, con la voz del «Amigo». Por esta razón en el salmo responsorial de hoy, apoyados con el salmo 149 repetimos: «El Señor es amigo de su pueblo». Este salmo tardío, es un himno que en este penúltimo día de la Navidad, nos invita a entonar cánticos y a danzar en honor de nuestro Dios, nuestro Hacedor, nuestro Rey, nuestro Amigo. El Señor nos llevará de victoria en victoria —como decía Santa Teresita del Niño Jesús— hasta el triunfo definitivo producido por esa amistad, que será el del Cordero y el de la Esposa, que ya desde este «Valle de lágrimas» —como dice la Salve—, canta los elogios de su Hacedor, de su Rey, de su Amigo que ha venido a traerle la salvación. 

El Bautista emplea hoy (Jn 3,22-30) la hermosa y antigua imagen del esposo que recibe a la novia. El esposo es este Hacedor, este Rey, este Amigo: Jesús. La gente que acude a Él es el nuevo Israel, la amada esposa anunciada por los profetas. Son los tiempos de las bodas del Mesías con su pueblo, y Juan se alegra al escuchar el eco de su voz, como el amigo del novio, que lo acompaña, que lo asiste y que es testigo de su alianza de amor. Como amigo del esposo, el Bautista se contenta con que el novio ocupe el lugar principal, crezca en respeto y consideración entre los suyos y realice plenamente su misión redentora. Esta actitud de Juan es modélica para nosotros. Como él, también nosotros debemos hacer que Jesús sea conocido y mamado por todos; que Cristo crezca en el amor y en la fe que le deben los suyos, que ocupe el primer lugar en las vidas de todos aquellos a quienes se proclame el Evangelio, en el diario vivir de quienes conformen las comunidades cristianas. El día de hoy, bajo la mirada de María con José ya en Nazareth, contemplando al joven que está a punto de dejar el hogar materno para lanzarse a la conquista del mundo para el Reino, es, para ir cerrando la Navidad, una lección de humildad ante el Señor Jesús a quien no podemos suplantar con nuestros intereses personales de poder o de honor. La fe de Juan Bautista es ejemplar para todo discípulo–misionero; un modelo a seguir para todo aquel que quiera ser testigo fiel de Cristo en el mundo. Él aceptó sin reservas su papel de testigo que conduce a los demás al Mesías, permaneciendo siempre fiel al plan salvífico de Dios, a pesar de la inclinación de sus propios discípulos a dejarse influir por sentimientos humanos egoístas. Juan no ha dudado ni un momento en disminuir, en ocultarse hasta desaparecer, con tal de que Jesús, el Mesías, crezca, resplandezca con toda su luz y sea aceptado y creído por los otros. Así, con esa actitud, regresemos nosotros al Tiempo Ordinario cuya llegada, es inminente ya. ¡Bendecido sábado! 

Padre Alfredo.

viernes, 11 de enero de 2019

«EL TRIGO MEJOR QUE SACIA EL HAMBRE»... Un pequeño pensamiento para hoy


El famoso poeta francés Paul Claudel (1868-1955) decía que el salmo que más le gustaba era el salmo 147, que hoy nos propone la liturgia como salmo responsorial. El poeta confesaba: «me gusta repetirlo a mí mismo y desgranar versículo por versículo en lo momentos de beatitud y recogimiento». Estamos, el día de hoy, ante un salmo que la liturgia —siguiendo la versión griega de «Los Setenta» y la latina de «La Vulgata»— ha partido en dos, de manera que hoy rezamos con la segunda parte de este salmo, que es a la que Claudel se refiere. Es un salmo que nos habla del pan: «con su trigo mejor sacia tu hambre» y para el cristiano, ese trigo que cae a la tierra es Cristo, a quien hemos recibido esta Navidad en nuestros corazones como alimento que sacia nuestra hambre de justicia y de paz. Carecer de ese «Pan de Vida» que es Jesús en nuestra vida, es carecer de la vida misma. Sólo consumiéndolo a Él, recibimos el sustento que preserva nuestra vida, por eso cuando estaba entre nosotros «las muchedumbres acudían a oírlo y a ser curados de sus enfermedades» (Lc 5,12-16). 

La Fe nos «abre a Dios», a ese «Pan de Vida» que hace que nuestra salvación y el éxito de nuestra vida los confiemos a Él, al Hijo de Dios. El Padre nos ha concedido la vida eterna, y esta vida eterna está en su Hijo a quien amamos, adoramos y recibimos en la Eucaristía. «Quien tiene al Hijo, tiene la vida; quien no tiene al Hijo no tiene la vida» nos recuerda hoy San Juan en su Primera Carta (1 Jn 5,5-13). El que cree en el «Pan de Vida», vence al mundo y tiene la vida eterna. Nosotros, ciertamente, estamos entre los que creen en Jesús «Pan de Vida», «Trigo molido», «Trigo mejor que sacia toda hambre», y lo reconocemos como el Enviado y el Hijo de Dios. Por eso hemos celebrado la Navidad con alegría y fe cristiana. Pero ciertamente deberían ser más claras las consecuencias de esta fe en Él. ¿Podemos decir que estamos venciendo al mundo y haciendo que se «Trigo mejor» llegue a todos? ¿Vamos venciendo al mal que hay en nosotros y en el mundo con el alimento que da la vida? ¿Participamos con éxito en la gran batalla entre el bien y el mal fortalecidos con ese Pan? El que en verdad ha vencido al mundo es Cristo Jesús (Jn 16,33). Nosotros, si somos seguidores suyos, deberíamos estar ya participando de la misma victoria y muy bien alimentados. Del creer o no creer en Cristo «Pan de Vida» depende algo fundamental: participar en su victoria y tener vida en nosotros. 

Si creemos en Cristo, deberíamos sentir ya dentro de nosotros la vida que él nos comunica. Sobre todo cuando le recibimos como alimento de vida en la Eucaristía: «quien come mi Carne y bebe mi Sangre, tiene la vida eterna» (cf Jn 6,51-58). La bendición de la vida eterna no es prometida solamente al hecho de seguir el ejemplo de Cristo, sino a comer y beber su Carne y su Sangre, o, en otras palabras, a incorporar a Cristo en nosotros: y la promesa no es para cuando se recibe únicamente su ejemplo o su doctrina, sino también y por supuesto su persona, su Carne, su Sangre; y por tanto, a Él mismo, al que contemplamos ahora en una imagen de un pequeño niño envuelto en pañales, que muere por nosotros y se hace un sacrificio en la Eucaristía por nosotros. El que a pesar de la mala situación actual que atraviesa el mundo con tanta destrucción ecológica, por tantas guerras, por tantas divisiones, sigue creyendo que merece la pena seguir apostando la vida por el «Pan de Vida» que nos alimenta. Ése que piensa así, vence al mundo, al sistema del mundo, aunque aparentemente el mundo le desprecie... Aguantar, resistir ahora, es nuestra fuerza, nuestra victoria. Resistiendo, manteniéndonos fieles, nuestra fe vence al mundo, a este sistema mundializado porque el Señor, al haberse encarnado entre nosotros y convertirse en nuestro «Pan de Vida» nos ha confiado sus proyectos. Roguémosle a Él, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, que ahora con José lo contemple en el pesebre, que nos conceda la gracia de vivir con fidelidad y que nos ha de llevar a amar a nuestro prójimo con una verdadera lealtad al Evangelio vivido hasta sus últimas consecuencias haciendo que ese «Trigo mejor» alimente a todos. Amén. ¡Bendiciones en este viernes! 

Padre Alfredo.

jueves, 10 de enero de 2019

«No es mi problema»... Un pequeño pensamiento para hoy


No se por qué, pero viendo estas líneas del salmo 71 (72 en la Biblia) que hemos recitado varios días como salmo responsorial: «De la opresión rescatará a los pobres, pues estima su vida muy valiosa», me vino a la mente esta fábula que les comparto: «Un pobre ratoncito vagabundo llegó a una casa rica y mirando por un agujero de la pared vio a un hombre entregando un paquete a una mujer. Rápidamente, sintiéndose hambriento pensó: "¿qué tipo de comida podrá haber allí? Y se imaginó un suculento queso. Se le hizo agua la boca de pensar que sería de sus preferidos. Pero quedó aterrorizado cuando descubrió que se trataba de una ratonera. Entonces, se fue al patio de la casa a advertir a todos: "¡Hay una ratonera en la casa, una ratonera!" La gallina, que estaba buscando lombrices en la tierra, cacareó y le dijo: "¡Discúlpame, entiendo que sea un problemón para ti, pero a mí no me perjudica en nada, ni me molesta!" Y el ratoncito se entristeció pero siguió corriendo buscando ayuda, llegó hasta el cordero y le dijo: "¡hay una ratonera en la casa!" "¡ Discúlpame, pero no veo nada que me afecte, yo como pasto. ¡Quédate tranquilo! !Estás en mis oraciones!" El ratoncito se fue hasta donde estaban las vacas y le dijeron: “¿Qué dices, una ratonera?, qué risa, ¿qué nos puede pasar? Entonces el pobre ratón se volvió a la casa, cabizbajo y abatido, para encarar solo el peligro de la ratonera. 

Aquella misma noche —sigo con la fábula— se escuchó un ruido como el de una ratonera agarrando su víctima. La mujer de la casa corrió a ver qué había en la ratonera. Pero, en la obscuridad, no vio que la trampa había agarrado la cola de una víbora venenosa. ¡La víbora la mordió! Su marido la llevó de inmediato al hospital donde fue atendida, pero luego volvió a casa con fiebre. Nada mejor que un buen caldo de gallina. El hombre entonces tomó el cuchillo y fue a buscar al principal ingrediente: la gallina. Como la enfermedad de la mujer con cedía, amigos y vecinos vinieron a verla y para ofrecerles algo de comer, tubo que matar un cordero. Pero la mujer no resistió, y terminó por morir. Muchas personas asistieron al funeral. El pobre hombre, muy triste y agradecido por la solidaridad, resolvió matar a las vacas para darle de comer a todos». Cristo ha venido para rescatar a los pobres, a los que están angustiados, a los que tienen que sortear una serie de peligros y, muchas veces, hay quienes se pueden hacer desentendidos ante las situaciones de los demás porque no les afecta —como el robo y desabasto de gasolina que el que no tiene coche pensará: «¿Y a mí qué?»—, pero, cuando alguien se sienta ajeno a los problemas, debe pensar dos veces lo que vaya a decir o el cómo vaya a reaccionar. Debemos confiar en el Señor que vela por el necesitado, por el sencillo, por el pobre. Dice el salmista: «tu siervo saldrá en defensa de tus pobres y regirá a tu pueblo justamente. En todas las casas pueden necesitar una ratonera... ¡y todos los integrantes corren peligro! 

Me remito ahora a la primera lectura de hoy (1 Jn 4,19-5,4) que dice: «Si alguno dice: “Amo a Dios” y aborrece a su hermano, es un mentiroso, pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve». Nuestra actitud hacia los hermanos es el test de nuestra actitud hacia Dios. El examen de conciencia que Juan nos propone en su carta nos afecta a todos en la vida de cada día: sólo podremos afirmar que amamos a Dios si amamos al hermano, que está a nuestro lado, al pobre, al necesitado, al que sufre, al que tal vez hoy le puedo dar un aventón para ahorrar gasolina... Y termino mi reflexión, este jueves eucarístico y sacerdotal con un trocito del Evangelio de hoy (Lc 4,14-22), dejando que Cristo nos cuestione: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para llevar a los pobres la buena nueva, para anunciar la liberación a los cautivos y la curación a los ciegos, para dar libertad los oprimidos y proclamar el año de gracia del Señor». Las lecturas bíblicas, incluido por supuesto el salmo responsorial, no las hacemos para enterarnos de lo que sucedió hace dos mil años. Sino para captar lo que Dios nos está queriendo decir con ellas hoy y aquí a nosotros. ¡Bendiciones! 

Padre Alfredo.

miércoles, 9 de enero de 2019

Un Iglesia sin fronteras...

Cuando el Verbo de Dios se hizo hombre y puso su morada entre nosotros (cf. Jn 1,1ss), realizó una serie de cosas con un carácter de «signo salvador». Milagros, curaciones, exorcismos, sanaciones, instrucciones, oraciones, etc., pero sobre todo lo que hizo, hay algo que destaca y permanece, que sigue creciendo y envolviendo al mundo: «La Iglesia».

Su obra salvadora, debía permanecer a través de los siglos y extenderse hasta los últimos rincones de la tierra. Cristo es el misionero por excelencia y por eso fundó la Iglesia, para mantenerse así a nuestro lado por siempre en un signo visible y sanador.

Esta Iglesia de Cristo, llamada a permanecer en la unidad, es la que subsiste en la Iglesia Católica, gobernada por el sucesor de san Pedro y por los demás obispos en comunión con él (cf. Lumen Gentium 7).

En la Iglesia hay distintas vocaciones, diferentes carismas, diversas tareas que desarrollar, pero hay una llamada común que se dirige a todos y guía el trabajo de todos: «La Iglesia es por naturaleza misionera y cada bautizado es, por lo tanto, un misionero». De esta manera podemos decir que la Iglesia está llamada a ser «católica», es decir «universal». Una Iglesia que abarque el mundo entero, que llegue a todos, una Iglesia llamada a ser «una Iglesia sin fronteras».

Conscientes de este llamado, todos los miembros de la Iglesia debemos de lanzarnos a la tarea evangelizadora, sea con el ejemplo, con la predicación, con la presencia de la misma Iglesia perseguida y llena del entusiasmo floreciente... ¡Una Iglesia así, sin fronteras, es tarea y conquista de todos! Somos parte de una Iglesia sin fronteras que nos invita a pensar y actuar, a vivir y comprometernos con nuestra vocación misionera poniendo en juego nuestra condición de discípulos–misioneros evangelizadores, creados por Dios para vivir así, sin fronteras, como una gran familia, la familia de los hijos de Dios.

La inmensa mayoría cristiana, y por lo mismo la inmensa mayoría de los habitantes de naciones católicas como México, son laicos, o sea «fieles cristianos —que no son sacerdotes ni religiosos— que por el bautismo forman parte del Pueblo de Dios y ejercen en la Iglesia y en el mundo la misión que les corresponde como profetas, sacerdotes y reyes» (cf. C.L. 9).

Los laicos deben de impregnar el mundo del olor a Cristo, «viven en un continuo intercambio con los demás miembros de la humanidad dándole sentido a la fraternidad en el gozo de una igual dignidad buscando fructificar junto con los demás el inmenso tesoro recibido en herencia. A cada uno, el Espíritu del Señor les da múltiples carismas y los invita a tomar parte en diferentes ministerios y encargos» (cf. C.L. 20).

La misma condición de esta inmensa mayoría de los miembros de la Iglesia que son laicos —también llamados seglares—, los debe llevar a una constante preocupación por presentar el rostro de Cristo a una humanidad sumergida en situaciones complejas que reclaman el florecimiento de una nueva civilización del amor» (cf. C.L. 56). Pero tristemente esta inmensa mayoría piensa que su vida cristiana está completa con el solo hecho de cumplir con el precepto de la asistencia a la Misa Dominical y eso a veces, puesto que en las encuestas más recientes se revela que menos del 10 % de los católicos asisten a Misa los domingos.

Por mucho tiempo se pensó que los únicos que tenían el privilegio y el deber de mostrar el rostro de Cristo al mundo eran los sacerdotes y los religiosos; que solamente ellos eran capaces de ser misioneros. ¡Qué equivocación y qué comodidad!... Todo en manos de los padrecitos y las monjitas pensando que a ellos les toca, que son los que pueden estar preparados, que los seglares no tienen tiempo y miles de ideas más. «Los laicos están en primera línea de la vida de la Iglesia» nos recuerda el Papa Francisco constantemente.

Vivimos el tiempo en la Iglesia del lanzamiento de los seglares. Hay que vivir con un corazón «sin fronteras» dándose cuenta de que la Iglesia, sin la colaboración de la inmensa mayoría de sus miembros no puede vivir. Cada 5 minutos un católico de América Latina deja la Iglesia Católica para convertirse al protestantismo. ¿Nos vamos a quedar con los brazos cruzados?

Todos somos misioneros, hay mucho que hacer, no se puede dejar a un lado este deber. Vale la pena que cada uno dedique tiempo y energías a compartir la fe. San Pablo, el gran apóstol nos dice: «Predicar el Evangelio no es para mí ningún motivo de gloria; es más bien un deber que me incumbe: Y ¡ay de mí si no predicara el Evangelio!» (1 Cor 9,16).

En definitiva, somos misioneros, tenemos que salir más allá de las cuatro paredes de nuestra casa. María, la Estrella de la evangelización, la misionera que con su caridad sencilla y humilde fue a servir a Isabel, nos contempla y nos asiste, Ella nos reúne en la Iglesia en torno a su Hijo, esperanzados en el Adviento, gozosos en Navidad, iluminados en el Tiempo Ordinario, adoloridos en Cuaresma y llenos de gloria en la Pascua... ¡Hay mucho que hacer como misioneros sin fronteras!

Padre Alfredo.

Siglas:
L.G. Lumen Gentium, Vaticano II.
C.L. Christifideles Laici, Juan Pablo II.

«Si Dios nos ha amado tanto...»... Un pequeño pensamiento para hoy


Los cantores del Antiguo Testamento entendían el salmo 71 (72 en la Biblia) con el que estamos orando en estos días como salmo responsorial, como un salmo con un sentido mesiánico directo: una vez traspuesto el primer sentido típico de un primitivo salmo real, se fue aplicando cada vez más al personaje misterioso que llevaría a cabo los felices augurios que se pronosticaban al rey terreno y que ninguno de los reyes que iban teniendo era capaz de plenificar... el molde les quedaba bastante grande. Así, este salmo desde los principios del cristianismo fue considerado como referido a Cristo, por eso lo cantamos en estos días. Este salmo ha alcanzado su cumplimiento con el primer advenimiento de Jesús a la tierra para inaugurar su reinado de justicia, de amor y de paz mostrándonos como debe ser el amor, pero el amor según el diseño del Padre (1 Jn 4,11-18); pero el horizonte de este bello salmo no ha quedado circunscrito a la primera venida de Cristo que estamos celebrando en Navidad, ya que nosotros también caminamos, al igual que los fieles del Antiguo Testamento, hacia la gloriosa venida del Mesías al que ahora contemplamos como un niño pequeño envuelto en pañales custodiado por su Madre María y por José su esposo. 

Creemos que este chiquillo recostado en el pesebre es el Mesías, es nuestro Dios por la fe. Pero toda decisión de fe, lo sabemos, implica el amor, puesto que obliga a una conversión que no puede ser más que don de sí. Gracias a la fe, la contemplación del misterio de la Navidad posee una doble dimensión, vertical y horizontal. La primera nos hace tomar conciencia de que el Niño-Dios es amor, de que efectivamente el Padre nos ha amado hasta el punto de enviarnos a su Hijo y de que quiere establecer su morada en nosotros. Esto forma parte de nuestra profesión esencial de fe (v.15). Esta fe nos lleva a una dimensión horizontal amando a nuestros hermanos como nosotros somos amados por Dios. El amor que profesamos a nuestros hermanos, y que se hace tan visible en la Navidad, no es, para el creyente, tan solo un sentimiento natural que brota espontáneamente de una necesidad afectiva muy humana... ni tampoco un reflejo que bastaría con dejar que se manifestase en unos regalitos que se intercambian en estas épocas... Ese amor es un «deber»: debemos amarnos unos a otros porque esto viene de Dios: «Si Dios nos ha amado tanto, debemos también nosotros...» No podemos por menos de hacer como Dios. Se trata de un amor absoluto, infinito, universal... como el de Dios que se manifiesta en Cristo ante quien «se postrarán todos los reyes y todas las naciones». 

El amor de Dios —nos queda más que claro— lo hemos conocido en que «nos envió a su Hijo como Salvador del mundo» y además en que «nos ha dado de su Espíritu» para amarnos unos a otros aunque el viento que sopla en este mundo azotado por las guerras, las diferencias raciales, las discriminaciones y la violencia intra y extra familiar llegue con una tremenda fuerza contraria (cf Mc 6,45-52). Si vivimos en el amor que nos comunica Dios, ya no tendremos miedo a esa clase de vientos, ya que Cristo ha venido hacia nosotros, hemos nacido de él, y actuaremos en nuestra vida como sus discípulos–misioneros que no se mueven por miedo sino por amor y así caminan hacia Él. Como los discípulos, nosotros también vamos de sorpresa en sorpresa. Ellos no acaban de entender lo que pasó con los panes, y en seguida son testigos de cómo Jesús camina sobre las aguas, sube a su barca y domina las fuerzas cósmicas haciendo amainar el recio viento del lago. Nosotros somos testigos de muchas cosas más. El evangelio de hoy nos muestra que Dios siempre está con nosotros, que «viendo nuestros esfuerzos» por alcanzar la orilla, Él, Rey y Señor de nuestras vidas, se pone en camino para rescatarnos y llevarnos al puerto seguro de la paz y la justicia. Es importante darnos cuenta del esfuerzo que estaban haciendo los discípulos y del que podemos seguir haciendo nosotros. Dios nos pide simplemente cooperar a su gracia, que no es otra cosa que hacer lo que está en nuestras manos, con la confianza puesta en que él mismo completará la obra y nos sacará de la crisis causada por tantos vientos. Por ello, nunca nos podemos sentir ni solos ni defraudados, las ventoleras de esta vida nos sirven para crecer y para aprender a confiar totalmente en Dios. ¡Bendecido miércoles! 

Padre Alfredo.

martes, 8 de enero de 2019

«Multiplicar la paz y la justicia»... Un pequeño pensamiento para hoy


¡Qué anhelo tan grande tiene hoy el salmista (Salmo 71 —72 en la Escritura—) de que florezca la paz y la justicia era tras era! Cualquiera de nosotros, como discípulos–misioneros del «Rey de justicia y de paz» interesados por el resto de nuestros semejantes, nos hemos planteado en más de una ocasión esta pregunta: ¿Qué puedo hacer para que haya justicia y paz y con esto mejorar el mundo? En la actualidad, raro es el día en que las noticias no nos incitan a cuestionarnos sobre este tema que nos deja otras interrogantes: ¿cómo puede tanta gente seguir llevando un estilo de vida tan desinteresado cuando hay tanta gente muriendo de hambre y cuando los habitantes de una nación se matan entre sí? ¿Qué se puede hacer ante una situación en donde el color de la piel o la carencia de pasaporte es un estigma que conduce a la muerte? Y la respuesta no suele ser otra que una desconsoladora confesión de impotencia: ¿Qué puedo hacer yo frente a problemas de una injusticia de tales dimensiones que atentan contra la paz exterior y la paz del alma? Por eso muchos razonamos de la siguiente manera: «¡No estoy en condiciones de arreglar nada»!... ¡Falaz razonamiento! 

Aunque cueste creerlo, hay que contestar que sí, que sí estamos en posibilidades de hacer algo. Cristo vino a este mundo, el Rey de la paz y de la justicia se encarno y ciertamente no me pide que logre detener todas las guerras, solo que siembre un poco de amor a mi alrededor, como dice san Juan hoy en su primera carta (1 Jn 4,7-10); no me exige que calme la necesidad de todos los hambrientos, tan sólo que destine una buena parte de mí, de lo que soy, de lo que hago y de lo que tengo a quienes lo necesiten; nadie me obliga a consolar a los millones de seres que necesitan apoyo, únicamente se me pide que ame, que sea un poco de alivio para cuantos están cerca de mí. Nada más me puede exigir el que nació en un pesebre y creció pobre en Nazareth, pero tampoco nada menos. Y con estas acciones conseguiremos hacer recapacitar a los que nos contemplan y quizá cunda el ejemplo multiplicando los panes y los peces (Mc 6,34-44). Dios ha «encarnado» su amor. Ha dado su Hijo al mundo para que a nadie falte la paz y la justicia. Jesús es el amor de Dios por todos. Es el Hijo único, entregado. Único. Entregado. No guardado para sí. Dado. ¿Y yo? ¿De qué soy capaz de privarme, por amor? ¿De qué modo concreto traduzco en obras mi amor por la paz y la justicia? 

En el Evangelio que la liturgia de hoy nos presenta con la escena de la multiplicación de los panes, la invitación del Maestro a que den de comer al pueblo desconcierta por completo a los discípulos. Su bolsa contiene doscientos denarios, en caso de decidirse para comprar pan. Pero Jesús les pregunta por sus propias provisiones, por lo que tienen, por lo que es de ellos, a lo que responden decididos: «quedan cinco panes y dos peces». Naturalmente, los discípulos saben que no pueden saciar al pueblo, como les encarga Jesús: «Denles ustedes de comer». La mirada de ellos y por supuesto también la nuestra, debe dirigirse a Jesús. Los discípulos están ante el pueblo con las manos vacías y ellos tienen algo, poco, pero como se dice: «algo es algo». Jesús puede alimentar a la multitud con eso poco. Así también estamos ahora nosotros delante del mundo, con lo poquito que somos, que hacemos y tenemos, pero podemos entregarlo a Jesús para que él lo multiplique y sacie el hambre de la multitud. Los discípulos —como muchas veces nosotros hoy— se reconocen incapaces de remediar la necesidad. No pueden hacer nada si no interviene el Señor. Sólo pueden reconocer su apuro. Pero esto es necesario, si sólo a los pobres y a los débiles se da el Reino de Dios vamos bien. Dios quiere seguir alimentando a los demás, llevarles la paz y la justicia, por medio de nuestras escasas provisiones. El pan de la paz y la justicia, sólo se multiplicará cuando se multiplique la solidaridad. El papel de la Eucaristía es exactamente éste: hacer crecer la solidaridad en la oración, en el sacrificio por los otros, en el dar lo poquito o lo mucho, haciendo comunión con los hermanos que estén a mi lado, sin distinción de género, de clase y de color. Por eso la eucaristía será siempre una multiplicación de los panes que harán justicia para que reine la paz. Los encomiendo esta tarde en la Basílica, confesando a los pies de la Morenita del Tepeyac ¡Bendecido martes! 

Padre Alfredo.

lunes, 7 de enero de 2019

«La Navidad no ha terminado»... Un pequeño pensamiento para hoy


Mucha gente piensa que la Navidad se termina con la fiesta de la Epifanía el 6 de enero o el domingo más cercano en que se celebra esta gran solemnidad. No, la Navidad no termina luego de partir la rosca —por cierto, bellísima convivencia anoche en casa de Magda Olea donde para no perder la costumbre... ¡me tocó el Niño!— sino que este tiempo debe seguir celebrándose hasta la fiesta del Bautismo del Señor. La liturgia de la Iglesia señala que en la Iglesia Católica la Navidad no es solo un día, sino una temporada completa que dura desde las primeras vísperas de la Natividad del Señor, el 24 de diciembre, hasta la fiesta del Bautismo del Señor —generalmente el domingo después de la Epifanía—. Este periodo rememora la infancia y la vida oculta de Jesús hasta su manifestación al mundo cuando recibe en el Jordán el bautismo de Juan. El tiempo de Navidad es una continua «epifanía» —manifestación— en la que Jesús, el Hijo de Dios, se va mostrando quién es de niño, adolescente y joven, hasta llegar a ser adulto. 
El salmo 2, que hoy tenemos como salmo responsorial en la Misa del día, nos ayuda a prolongar la fiesta de ayer: «Yo te daré en herencia las naciones». De esta manera nos ayuda a llenarnos de alegría porque el Salvador se ha manifestado a todas las naciones y a henchir nuestro corazón de gozo porque de alguna manera, con esa manifestación del Mesías anhelado a los magos de oriente, hemos vuelto a nacer también nosotros, viajeros temporales en este mundo, a la vida de la gracia: «Hijo mío eres tú, yo te he engendrado hoy». ¡Qué hermosas palabras éstas que podemos aplicarnos a cada uno de nosotros en Cristo! La podemos considerar como raíz de nuestra vida de fe y esencia de nuestro ser de cristianos. Ante Jesús Niño, que del pesebre seguirá creciendo en familia, bajo el cobijo de sus padres hasta llegar al Jordán y ser bautizado por Juan se reafirma en nosotros ese deseo de renacer cada día para que no nos quedemos atorados en las trampas de este mundo. «La vida es tan repetida, tan monótona, tan gris que cada día se parece al anterior, todos obedecen al mismo horario, y la rutina del trabajo inevitable, con la oficina, el papeleo, las visitas y el cansancio de hacer todos los días lo mismo, despojan a la jornada de la alegría de vivir en un mundo nuevo de horizontes limpios y caminos sin fin» (Carlos G. Vallés, «Busco tu rostro», Ed. Sal Terrae, Santander 1989, p. 13). 

Estas palabras de mi admirado sacerdote jesuita Carlos G. Valles, me hacen ir mucho más de cerca al sentido de la prolongación de estos días de Navidad. Es un tiempo maravilloso para re-estrenarse, para ir regresando a la vida ordinaria por un camino nuevo. El Evangelio de hoy (Mt 4,12-17.23-25) nos dice que Jesús «cambia de domicilio»; el Salvador del mundo deja el pueblo donde había vivido hasta ahora y va a habitar a una ciudad más importante. En nuestro globalizado mundo de tanta movilidad, me gusta pensar que Jesús, Él también, debió acostumbrarse a una nueva ciudad, a hacer nuevas relaciones, a cambiar de medio y adoptar otras costumbres. Hoy muchos de nosotros por vocación o por trabajo, nos hemos de mover de un lado a otro. Jesús no cambia de domicilio sin una razón. Es un signo, un gesto que tiene una significación misionera. Galilea era una provincia en la que convivían varias razas, una «feria internacional de gentiles», un camino de invasión, un país abierto por donde pasaban las caravanas que iban hacia el mar. Jesús va a vivir en ese cruce de caminos, como viene a vivir a donde nosotros vamos, y lo hace para evangelizar a muchos de aquellos que viven aún «en las tinieblas y en sombra de muerte» y que esperan la luz. Durante toda su infancia, Jesús vivió en un pueblo bien protegido, Nazaret, al margen de las grandes corrientes humanas de su época: aquel día escogió habitar en Cafarnaúm, donde hay gentes ansiosas y que buscan. Hoy, aunque muchos se autonombren «agnósticos» hay bastante gente así, buscadores de algo que no se dan cuenta que han de buscar a «Alguien». Nosotros sigamos acompañando a José y a María imaginando ver crecer a Jesús junto a ellos, creciendo en gracia, sabiduría y edad y guardando todo esto en el corazón como su Madre (Lc 2,52). ¡Bendecido lunes en que muchos regresan a clases y al trabajo... a la rutina, pero por un camino diferente, como los magos! 

Padre Alfredo.

domingo, 6 de enero de 2019

«Epifanía»... Un pequeño pensamiento para hoy

Epifanía es el otro nombre que recibe la Navidad. Es el nombre que le dieron las iglesias orientales desde el principio. Si la Navidad, que es una fiesta de origen latino, alude al nacimiento: «La Palabra se hizo carne y puso su morada entre nosotros» (Jn 1,14a), Epifanía significa «manifestación» y sugiere la idea de alumbramiento o de dar a luz: «y hemos visto su gloria, gloria propia del Hijo del Padre, lleno de gracia y de verdad» (Jn 1,14b). Por consiguiente, la metáfora bíblica de esta fiesta es la luz: «la gloria del Señor que amanece sobre Jerusalén», «la revelación a todas las naciones del misterio escondido», «la estrella de los magos que vienen de oriente»... Este es el auténtico significado de la fiesta que celebramos hoy. Pero, como tantas otras, y quizás más que ninguna otra, esta fiesta, llamada más comúnmente «Día de Reyes» se ha deslucido y ha sido comercializada y degradada. ¿Si vieran la cantidad de puestos que abarrotan las calles aledañas a la parroquia? ¿Si compartieran con nosotros el ruidazo día y noche de la venta de discos piratas a todo lo que da? En los puestos hay de todo lo que se puedan imaginar y con atracciones para chicos y grandes, porque hay desde juguetes llamativos de última generación, hasta un repertorio de bebidas alcohólicas que envidiaría el barman más famoso del mundo.

En medio de todo ese mercantilismo, el gran ausente del «Día de Reyes» es precisamente el Rey, el Mesías, el Salvador, el Misionero del Padre. El que brilla por su ausencia en este amontonamiento mercantil es Jesús, no se si porque el mismo Mateo que cuenta el relato se explaya mucho (Mt 2,1-12) o porque las figuras de Melchor, Gaspar y Baltazar, son mucho más taquilleras que el pequeño Niño de Belén. Lo cierto es que el anhelo el salmista (Salmo 71 —72 en la Biblia) «Que te adoren, Señor, todos los pueblos», aún no está muy lejos de hacerse realidad. Han llegado hasta el pesebre los magos de oriente —los reyes magos— cargados de oro, incienso y mirra y así Mateo muestra que en Jesucristo se cumplen las profecías sobre la manifestación de Dios como rey de Israel, rey universal y luz de los pueblos paganos. Así acerca el evangelista el nacimiento del Salvador a todas las naciones, que reconocen ante el recién nacido, la universalidad de su reino. Desde el pesebre, el amor de Cristo hace universal al hombre, lo hace misionero. Profunda y anchamente universal y misionero, por eso, la Eucaristía que celebramos, es el sacramento eficaz de la unidad universal en el amor sin límites de Cristo que llega a todas las naciones de la tierra. «Ante él —profetiza el salmista— se postrarán todos los reyes y todas las naciones».

Y llegaron los reyes, los magos de oriente a postrarse ante el Mesías esperado, abriendo sus cofres repletos de aquellos dones; eran la riqueza de la tierra de donde procedían acompañados por el testimonio de su fe en la realeza y en la divinidad de aquel niño que, no obstante, debía morir para salvar a la humanidad. Aquellos presentes deben haber sorprendido a María y a José, sobre todo por el simbolismo que encerraban, porque seguramente un velo ensombreció sus rostros asociando la mirra con la espada predicha por Simeón días antes. A Mateo le encantaban los magos y es que la historia de ellos es la historia de nosotros. Todos somos viajeros, todos somos residentes temporales que nos acercamos al pesebre y hemos de regresar a nuestro diario vivir «por otro camino» como los magos (Mt 2,12), que regresaron así y seguramente ya no volvieron a ser los mismos, se hicieron discípulos–misioneros. Se regresaron por «otro camino», el que es un «camino angosto» (Mt 7,13-14) y un «camino de justicia» (Mt 21,32), como dirá en su mismo evangelio san Mateo. Adoremos nosotros al pequeño Niño de Belén y preguntémonos: ¿Qué regalo espera Dios de nosotros? ¡Bendecido día de la Epifanía del Señor!

Padre Alfredo.

sábado, 5 de enero de 2019

«Alabemos al Señor, todos los hombres»... Un pequeño pensamiento para hoy


El salmo 99 (100 en la Escritura) es uno de los salmos más hermosos de la Sagrada Escritura y hoy, la liturgia de la palabra nos lo asienta como «salmo responsorial». Es uno de los salmos que la Liturgia de las Horas nos propone rezar como invitatorio al iniciar el día. Este salmo, que es un poema, es una gran exhortación a la alabanza, un buen llamado a la gratitud y un reclamo decidido de fidelidad al Señor. Abundan en él los imperativos y las invitaciones destacando tres de las características fundamentales e indispensables de nuestro Dios que es nuestro Rey: La bondad, la misericordia y la verdad, que se manifiestan con virtud singular y pertinencia a través de las generaciones, por eso cuando lo recitamos lo sentimos «muy nuestro». Yo aún recuerdo el gozo con el que se entonaba algunas de las mañanas, sobre todo en días de fiesta y solemnidades en mi época de seminario al iniciar el rezo de Laudes, como invitando a los futuros sacerdotes a subrayar la urgencia y necesidad de las alabanzas y el reconocimiento del Señor. 

El salmo 99, en este contexto del tiempo de Navidad en el que estamos, nos transmite cuatro invitaciones directas a quienes nos acercamos a Jesús a contemplarlo en el pesebre: Nos llama a cantar a Dios con alegría, a servirle con gozo, a acercarnos a él con regocijo y a reconocer con humildad que sólo él, el pequeño niño envuelto en pañales, es el Señor que merece toda la alabanza. Imagino la alegría con la que los pastorcitos se acercaron al pesebre convirtiéndose de inmediato en los primeros misioneros que fueron a contar lo que habían visto y oído, haciendo realidad lo que el «sígueme» (Jn 1,43) significa para todo aquel que —como dice el Papa Emérito Benedicto XVI— «se ha dejado alcanzar por Cristo». Por cierto, Benedicto XVI describe de una manera maravillosa esta cercanía y tarea misionera de los pastores en el primer tomo de su trilogía de «Jesús de Nazareth», esos libros que todo creyente deberíamos de leer. 

El relato de la vocación de los primeros discípulos, que iniciamos el pasado 3 de enero (Jn 29-34), continúa hoy con el llamamiento de Felipe y el de Natanael (Jn 1,43-51) subrayando precisamente el «sígueme». La mirada humana de estos dos discípulos, basta, como en el caso de los pastores, para ver la humanidad de Cristo y, a pesar de la falta de comprensión total, la divinidad de aquel pequeño. Necesitamos la fe para leer la mesianidad de Cristo en determinados signos como el que se describe en el versículo 48 del Evangelio de hoy y los que irán apareciendo a lo largo de la vida de Cristo (cf. Jn 2,11; 2,23; 4,54). Pero sólo la verdadera fe, la fe sencilla, puede leer el signo por excelencia, la humillación y la glorificación del Hijo del hombre en su misterio pascual (Jn 2,18-21; 8,28; 3,12-15) y cantar, como el salmista, la bondad y la eterna misericordia de nuestro Dios. Los ángeles, en el relato evangelico que hoy tenemos, suben y bajan sobre el Hijo del hombre (v. 51), y son los ángeles que, como cuando anunciaron el gozo del nacimiento del Mesías a los pastores, sin duda indican el doble movimiento del misterio pascual: en efecto, ¿quién puede subir a los cielos sino Aquel que ha bajado de allí? (Jn 3, 13). Es preciso que hoy, sábado, el día de la semana dedicado para honrar a la Madre de Dios, nos acerquemos al «Divino Niño» y dejemos que, desde el regazo de su Madre o recostado en el pesebre, nos mire y nos diga: «¡Sígueme... te conozco!». Él nos conoce con su corazón y nos lleva más allá, hasta la visión de la fuente, donde todo se vuelve posible, porque todo está bañado en Dios, por eso «bendigámoslo, porque es eterna su misericordia y su fidelidad nunca se acaba». ¡Bendecido sábado! 

Padre Alfredo.

viernes, 4 de enero de 2019

«La justicia divina»... Un pequeño pensamiento para hoy

La insistencia de la Liturgia en el salmo 97 (98 en la Biblia), hoy nuevamente como salmo responsorial, me lleva a pensar en la esperanza del pueblo del Antiguo Testamento en la llegada de un Mesías que llegara a establecer un reino de justicia sobre la tierra y la realización de este sueño en Cristo, nacido para que vivamos precisamente en justicia y santidad. El Hijo de Dios, la Majestad del cielo, el Rey de reyes y Señor de señores, nuestro Creador, dejó de lado su exaltada posición junto a su Padre en el cielo y vino a esta tierra cargada de pecado, y asumió nuestra naturaleza caída haciéndose semejante en todo a nosotros, menos en el pecado (Flp 2,7). Esta Majestad, el Rey de reyes, el Príncipe del cielo, fue rechazado por su propio pueblo, a quienes quiso librar de la esclavitud de la injusticia. Y él se humilló a sí mismo hasta la cruz. ¡Jesús no solo murió por nosotros, él murió en una cruz, en medio de dos ladrones sufriendo nuestra injusticia! Él, que había enseñado en el sermón de la montaña de un modo claro y conciso: «Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán hartos» (Mt 5, 6). San Juan Pablo II, en una de sus catequesis enseña: «El Verbo se hizo carne, y "carne" ("sarx") indica precisamente el hombre en cuanto ser corpóreo (sarkikos), que viene a la luz mediante el nacimiento "de una mujer" (cf. Gál 4, 4). En su corporeidad, Jesús de Nazaret, como cualquier hombre, ha experimentado el cansancio, el hambre y la sed. Su cuerpo era pasible, vulnerable, sensible al dolor físico. Y precisamente en esta carne ("sarx"), fue sometido Él a torturas terribles, para ser, finalmente, crucificado: "Fue crucificado, murió y fue sepultado".» (Catequesis del 3 de febrero de 1988). Así, Cristo nos enseña que no puede existir amor sin justicia. En Cristo encontramos la verdadera justicia fundada en el amor, que «rebasa» la justicia al estilo humano. Cristo viene a enseñarnos que, si se tambalea la justicia, la auténtica justicia, también el amor corre peligro. 

Jesucristo es el verdadero «Justo», él es el cordero que quita el pecado del mundo, el Cordero pascual de nuestra redención, que se inmoló como sacrificio perfecto en su Sangre e instituyó como sacramento la noche del Jueves Santo. Así, su Iglesia puede celebrar todos los días, en la Santa Misa y en los demás sacramentos, el memorial de la justicia divina en la pasión, muerte y gloriosa resurrección del Señor, para prolongar su presencia entre nosotros y su acción salvadora, siempre justa, hasta el final de los tiempos. Quien vive según la justicia es justo, como él, Jesús, es justo (cf. 1 Jn 3, 7-10), porque él es justo como el Padre misericordioso lo es. Así, el autor del salmo 97 reconoce y celebra el señorío del Justo Juez sobre todo el mundo. EL Mesías anunciado y esperado, que se encarna en Cristo, es celebrado en su señorío sobre todo el mundo. Cristo, a quien estos días contemplamos en un niño pequeñito que las imágenes nos recuerdan, es el Rey de la justicia y de la paz y merece la honra y gloria como Rey de todo lo creado. El mar, los ríos, los mares, toda la creación alaba a Dios y espera en su justicia... los problemas ecológicos que el mundo globalizado vive hoy, indican que el salmista tiene razón. 

La alabanza gozosa del salmista está enfocada en que el Salvador viene para juzgar la tierra. Esta es la esperanza del cristiano. Jesús ha venido y, según el Apocalipsis, cundo venga por segunda vez va a instituir la justicia para siempre en un mundo nuevo donde reine ésta acompañada de todas las demás virtudes. Es de notarse cómo el salmista combina los hechos de Dios en la historia pasada, la alabanza del presente y la esperanza futura. Y en esta esperanza, la justicia y la rectitud son importantes. Hoy muchas naciones gritan por justicia anhelando un régimen que pueda lograr la justicia, pero, los creyentes no podemos quedarnos cortos anhelando solamente una justicia al estilo de los gobiernos del mundo, sino que debemos aspirar a alcanzar la justicia al estilo de Dios haciendo todo lo posible para que se establezca ya. Vale la pena ir al corazón sereno de José y María junto al pesebre para entender esto bien fijando los ojos en Jesús, como después lo hizo Juan (Jn 1,35-42) señalando a Jesús como el Cordero de Dios. Hay que dejarse enseñar por José, por María, por Juan y así entenderemos la clase de justicia que el Señor quiere para su pueblo. Y hoy, hoy si es 4, ayer me cuatrapeé y en WhatsApp puse: «Jueves 4». ¡Bendecido viernes a todos desde mi Selva de Cemento! 

Padre Alfredo.

jueves, 3 de enero de 2019

«Un canto nuevo»... Un pequeño pensamiento para hoy

En la Navidad, el Dios hecho Hombre nos ha traído la gran noticia de que somos hijos en el Hijo, y de que somos hermanos los unos de los otros, pero, también es una época que nos recuerda que los hijos deben abandonar el estilo del mundo o del diablo, para hablar más claramente, renunciando al pecado para buscar vivir como vivió Jesús a quien ahora contemplamos como un pequeño niño indefenso y recostado en un pesebre. Al mundo de hoy no le gusta hablar de este tema del pecado, porque considera, por desgracia, que nada es pecado, pero no hace falta que se hable de fallos enormes y escandalosos para describir el pecado, también es pecado el conjunto de pequeñas y infidelidades que se dan en una vida cada vez más materialista y menos humana con una generosidad bastante pobre y con poca claridad en un estilo de vida que no se puede definir. La Navidad nos invita a marcar un alto, a hacer una revisión y a entonar, con nuestra vida, como dice el salmista (Sal 97 —98 en la Biblia—) «un canto nuevo». Bien dicen por allí que si uno ve la vida con ojos nuevos... «otro gallo te cantara». Esa expresión de «otro gallo te cantara» me hace pensar en los maestros que a sus alumnos más rejegos les dicen: «si estudiaras un poco más... otro gallo te cantara», o en alguien mustio a quien le dicen: «si fueras más simpático con la gente... otro gallo le cantara»... habría: «un canto nuevo». 

El autor del salmo 97 —que ayer también la liturgia de la palabra nos presentaba— hace un canto de alabanza para el amor redentor invitando a una nueva canción hacia el misterio escondido desde siglos y generaciones. Conviene que al iniciar el año nuevo, cantemos una canción nueva, muy diferente de lo que hemos cantado el año anterior. Si la gracia de Dios, con el recuerdo del nacimiento del Salvador, puso un corazón nuevo en nuestros pechos, bien se puede poner una nueva canción en nuestra boca. Una nueva canción que cante la alabanza de Dios, en la consideración de las maravillas que ha obrado con su venida. El Redentor, envuelto en pañales, ha superado todas las dificultades en el camino de nuestra redención y dará la vida gobernando el orbe entero y estableciendo la rectitud y la justicia como norma de vida, cumpliendo así las profecías y promesas del Antiguo Testamento que el salmista bien conoce. Si este es nuestro caso también, el canto nuevo vendrá a superar las cancioncillas ligeras de la vanidad y la soberbia que el globalizado mundo actual ofrece en diversos artistas y grupos de K-pop o reguetón (como BTS, EXO, EarthGang, Superorganism, BlackPink, Red Velvet, INFINITE y más que, en todo el mundo y entonando canciones, ciertamente con música bonita y cautivante pero difíciles idiomas e ideas de asumir, sin que se sepa además lo que se está diciendo), con auténticas canciones de alegría y acción de gracias que pueden brotar, no de un grupito de moda que pronto pasará y será sustituido por otro conjuntito, sino de una vida que celebra, no a los artistas de moda que pronto se diluyen en el mundo del consumismo, sino la alabanza del Redentor. 

El salmo 97, que ayer y hoy tenemos como salmo responsorial, ha sido cumplido por Jesús que vino a salvar a todos los hombres. Jesús es ese Dios amorosamente perfecto y perfectamente justo, misericordioso cuando corrige y cambia la vida del pecador. Además de ser una bella poesía, es uno de los llamados salmos de entronización o salmos de la realeza de Yahvé exaltando al Señor como Rey. «Cantemos al Señor un canto nuevo» con una vida que cada día y en las cosas pequeñas de la rutina, estalle en un canto. Pero no cualquier cancioncilla producto de modas pasajeras, sino con un auténtico cántico que cada día sea nuevo. Dios es creador y ha hecho al hombre creativo. Hoy el salmista nos presenta un gran desafío a los cristianos que en estos días vamos volviendo a las tareas ordinarias. Yo, por mi parte, en unas horas más, luego de la Misa de 9 en el Espíritu Santo y un desayuno en casa de mis padres, regreso a CDMX entonando, sí, un canto nuevo cuya letra y música, muchos de ustedes me han ayudado a componer para alabar a Dios por su infinita bondad y misericordia. ¡Bendecido jueves cantando ese canto nuevo acercándonos a Jesús Eucaristía con María y José, como lo hicieron los pastorcitos de Belén! 

Padre Alfredo.

miércoles, 2 de enero de 2019

«Reivindico mi Navidad»... Un pequeño pensamiento para hoy


¿Qué por qué escribo tan tarde ayer y hoy? ¿Alguna vez se han levantado un poco más tarde? Es que estoy de vacaciones en casa de mis padres, acá en la Sultana del Norte (Monterrey) y mañana regreso a mi Selva de Cemento. Estos días he hecho cosas muy diferentes trajinando de acá para allá y por lógica... de allá para acá —gracias a Manolo, Carmen, Luis Manuel y Raquelito— y hoy me viene compartir —aún en pijamas y sin rasurar, pero ya rezado—, algunas de éstas. Ha sido un gusto compartir tantos momentos con la familia y los amigos, primero los que he podido ver aquí en casa, como los Delgado-Landa, Paco y Gloria, Sofi, los Garza-Saucedo —hoy tenemos cena con ellos y los Díaz— y los que llegarán —de seguro— el día de hoy. ¡Gracias Cecy por la cena de anoche! He pasado momentos inolvidables en casa de Pilar conversando rico y comiendo igual; en casa de mi hermano Eduardo (Lalo) con él, Gloria (Yoyina) y su descendencia, disfrutando de las ocurrencias de Bárbara mi sobrina nieta y de todos nosotros... ¡qué por algo, la «huerca fregada» —como se suele decir por acá— es así. ¡Qué delicia el pavo de Pilar y ese relleno peruano que cautivó más de un estómago en casa de Lore en el Año Nuevo! Qué rico reunirme en algunos restaurantes de la comarca, para compartir la plática sabrosa y degustar la rica comida regia con los Rangel, con mi tía Amparo, con el doctor Porfirio, Gloria y Jessica y ayer con mi tía Susana, Leo, Pepe y sus hijos —¡dice mi tía que se vayan bien abrigados!—. Partir la rosca de Reyes—prematuramente porque no estaré el 6— y que le toque a uno el «Divino Niño de los tamales» no tiene precio y, dentro de la providencia del Señor ,augura un viajecito para traer los tamales de CDMX y comerlos con todos en febrero, como comenté ayer al llegar de Misa de 5 y con el pequeño niñito —medio curiosillo por cierto— que me salió de la rebanada que hasta cirugía le había hecho. 

¡Qué bonita ocasión de estos días de Navidad gracias a Mons. Pedro Agustín que me permitió venir! Que rendidores días que quisiera haberlos hecho de 72 horas para visitar a algunos enfermitos más, aunque pude ver a Conchita Ramírez la mamá de mi entrañable amigo Víctor Segovia en el hospital y admiré nuevamente esa alegría característica de Víctor ahora cuidando a su mamá. Que gusto ver a Beto Hernández cuando fui a visitar a mi querido profesor José Hernández Gama quien, desde su camita, ofrece todos dolores y sufrimientos con esa sonrisa tan especial que habla de aceptación y fe y que sencillamente... ¡llena de alegría a este «hermanito del 61» como me llama cariñosamente la Madre Marthita! Qué alegría, por otra parte, gozar de la vocación sacerdotal a mis anchas, presidiendo y concelebrando la Santa Misa en la parroquia del Rosario —en San Nicolás— en donde fue mi Cantamisa hace miles de años para abrazar esta vez a algunos de mis hermanos Misioneros de Cristo de esta comunidad de Monterrey y a tanta gente tan querida que forma parte de mi gran familia extendida. Qué gracia tan grande volver a la parroquia de Guadalupe Salud de los Enfermos —en Cortijo del Río— para concelebrar con el padre Julián —que muchos saben que es como mi hermano el de en medio (así lo quieren mis padres)— ¡Gracias padre Juan Martín, un gusto saludarte! Y qué regalazo volver a mi parroquia de origen, el Espíritu Santo, en donde viven mis papás y saludar al padre Flore, al padre Víctor y concelebrar con mi padrino Mons. Ignacio Loth Vaquera la Misa de fin de año. Hoy saludaré a mis hermanas Misioneras Clarisas y a mis queridos «compadres Novelo» como llaman mis papás a este maravilloso matrimonio que me ha visto desde que di mis primeros pasos en medio de sus juntas del Movimiento Familiar Cristiano. 

Pero, todo se entremezcla. ¡Qué dolor humano escuchar a mi queridísima Minerva dándome la noticia de la llamada que el Padre Celestial hizo a mi querido Salomón para dejar este mundo! Y, qué gozo, a la vez, por saber que un hombre tan lleno de bondad y otras virtudes, ha dejado las peripecias de este mundo para caminar al encuentro del Dios misericordioso en donde no habrá ya pena ni dolor, en donde no habrá necesidad de diálisis y en donde las rodillas vacilantes ya no darán lata... ¡cómo quiera volar ahora mismo a Los Ángeles y abrazar cada uno de estos días a Minerva a quien tanto le debo en mi vida y en mi vocación y decirle a sus hijos nuevamente lo que ellos saben que su papá significó para este padrecito. ¡Cómo me hubiera gustado poder acompañar a Eliseo por la muerte de su hermana María de Jesús por quien como por Salomón, pedí ayer en Misa de 5! El día último del año recé con Joel ante el nicho en donde están las cenizas de Almita y ese mismo día había saludado a Panchis, recordando a esta maravillosa mujer que esté año nos dejó... ¡Qué hermosa mi Navidad, qué maravillosos días de vacaciones que contrastan con un mundo que potencía hasta la náusea lo que llama «tolerancia» y que de ello no tiene nada, sino «feísmo», «chabacanería» y «vacío» ante la vulgaridad y el mal gusto que acampan a sus anchas por nuestras ciudades, alimentados por un ejército al servicio de los vaivenes de la moda y de las ideologías que van y vienen. Yo reivindico en estas vacaciones mi Navidad con todos mis recuerdos, mi imaginario. Los ratos que me hicieron enamorarme de ella en esta vez. Los huecos que en muchos años nadie podrá rellenar jamás sino el pequeño Niño de Belén. Reivindico el gozo de la familia al ver nuevamente las fotos y los videos, los momentos de oración, los valiosos momentos en soledad, los abrazos incendiados, la inocencia de Bárbara, la sonrisa de la gente al salir de Misa. Los espacios que han amansado nuevamente el sabor maravilloso que nos deja el nacimiento del Salvador y todo lo que alumbra esos agujeros negros de la inhumana sociedad en que vamos convirtiendo como cómplices nuestro mundo que puede ser tan sencillo... risas, alegría, esperanza, lágrimas, conversaciones, miradas azules o castañas... todo me lo llevo en una Navidad inclusiva... la mía. Y, con el salmista —según el Salmo Responsorial de hoy 97 (98 en la Biblia) digo en esta extensísima y mal hilvanada reflexión: «Cantemos al Señor un canto nuevo, pues ha hecho maravillas... Una vez más ha demostrado Dios su amor y su lealtad... Que todos los pueblos y naciones aclamen con júbilo al Señor»... ¡Y han de dispensar!

Padre Alfredo.