martes, 11 de agosto de 2026

El Cristo que muchas veces desconcierta... Un pequeño pensamiento para hoy


Muchas ves las palabras de Jesús en el Evangelio son desconcertantes. Así parece ser este martes en el evangelio de la misa en el que san Mateo (18,1-5.10.12-14) nos narra cómo Jesús desconcierta a su audiencia al poner a los niños como ejemplo invirtiendo por completo los valores de estatus, poder y grandeza de la sociedad de su época. En el contexto histórico del siglo I, los niños no eran cuidado e idealizados como hoy, cuando incluso hoy muchos adultos se pasan, cumpliendo caprichos innecesarios.  Los niños, en aquellos tiempos, carecían de derechos legales, estatus social y valor económico. Al colocarlos en el centro y ponerlos de ejemplo para trabajar en un proceso de conversión, Jesús rompe las expectativas de sus discípulos. 

En la cultura grecorromana y judía, la grandeza se medía por la autoridad, los títulos y la pureza ritual. De repente el Señor afirma que los últimos en la escala social son los primeros. Él, con sus predicaciones sencillas, desafía la ambición de los discípulos. Acordémonos que los seguidores más cercanos de Jesús discutían sobre quién sería el más importante en su reino. Jesús les responde que para entrar en él hay que convertirse y hacerse pequeños, redefiniendo así el concepto de grandeza: Ser grande en el Reino de Dios no significa dominar a otros, sino servir y carecer de pretensiones. Los pequeños son, ciertamente, los niños, pero también toda persona vulnerable: quien sufre pobreza, soledad, enfermedad, exclusión, migración forzada, etc. Hacia ellos, Dios nos invita a dirigir una mirada nueva llena de amor.

Los Papas de los últimos tiempos lo han expresado con claridad al hacerse presentes en aquellos lugares donde se recibe a personas migrantes, en los centros penitenciarios o en residencias de personas en situación de calle. En sus actitudes Cristo nos sigue hablando y recordando que para sentirse convertidos no basta con admirar la pequeñez, la vulnerabilidad o la pobreza. Los niños no definen su condición por un estatus, por ocupar un puesto especial o por saber que traen una ropa cara de marcas finas y oler a perfumes finos... sólo seremos fieles a Dios y al Evangelio si olemos a oveja decía el Papa Francisco, si vivimos poniendo en el centro a la pequeñez y luchamos para dotar a todo ser humano de derechos y de dignidad. Allí donde una persona vulnerable como un niño es acompañada, es donde el Reino de Dios puede empezarse a hacerse visible. La Virgen la humilde sierva del Señor, sabe muy bien de todo esto. Dejémonos enseñar por ella. ¡Bendecido martes!

Padre Alfredo.

lunes, 10 de agosto de 2026

«QUE EL CORAZÓN NO SE QUEDE DESENTENDIDAMENTE FRÍO»... Un pequeño pensamiento para hoy


Me quiero detener hoy en el texto de san Pablo (2 Cor Corintios 9,6-10) que liturgia de la palabra señala para la fiesta de san Lorenzo a quien hoy celebramos. Y es que me llama la atención —comentaba con uno de los padres— que no habla de martirio, de derramamiento de sangre ni de persecución o claramente de martirio, como como lo hace Pablo en otras de sus cartas. Aquí el Apóstol de las gentes habla de generosidad. Y es que el martirio, es triunfo del mártir por su generosidad. «A mí nadie me quita la vida —había dicho Cristo (Jn 10,18)— yo la doy porque quiero». En realidad, entonces, no se es mártir solamente por ser asesinado por defender la fe; mártir es el testigo que, con su vida y su palabra da testimonio de la fe en Cristo porque ha sido generoso hasta el extremo.

San Lorenzo fue mártir por profesar, testificar y vivir su fe. Era diácono, y fiel a su vocación, atendía —por encargo especial del Papa san Sixto II— a los necesitados. Ese fue el servicio de su vida. Servicio realizado desde la generosidad. La generosidad, dice san Pablo, produce frutos en quien es generoso. Por lo tanto, el ser generoso beneficia no solo al que recibe la ayuda, sino al que la ofrece. Por allí leí que «La generosidad es desprenderse de la semilla para recibir el premio de la cosecha, que multiplica el valor de la semilla». Hoy, en una misa especial —y qué san Lorenzo me perdone porque le cambié el nombre por la emoción y le puse Lázaro— pude ver de cerca y en vivo, en una capillita de Tlalpan, en donde concelebré la santa misa, esa generosidad en un sacerdote —cuyo nombre omito porque no le pedí permiso de compartirlo— que se consagró de una manera especial al Señor para seguir dando vida y vida en abundancia con generosidad en su ministerio sacerdotal y misionero. Cada vez que veo estos testimonios, como el de este sacerdote, el de san Lorenzo y el de muchos más, me pregunto por el nivel de mi generosidad. 

Creo que esto es algo que todos deberíamos de preguntarnos en el examen diario de conciencia al llegar al final del día, aunque no nos espere una parrilla para achicharrarnos en defensa de la fe como al diácono Lorenzo, cuyo servicio que hizo con tanta dedicación y caridad, lo llevó hasta ofrecer su vida. Que él, bajo la mirada dulce de María, nos alcance fortaleza ante las pruebas, ayuda en nuestras necesidades económicas o laborales y un corazón generoso para ayudar a los más necesitados, inspirados por su amor a los pobres. Cómo me gusta este himno de Vísperas, compuesto por el padre José Luis Blanco Vega S.J. y que se reza en las Vísperas del lunes de la I semana del Tiempo Ordinario en la Liturgia de las Horas en el que rezamos: «Qué mi corazón no se me quede desentendidamente frío». ¡Bendecido lunes y que nuestro corazón se mantenga cálido y no frío para ser generosos hasta dar la vida!

Padre Alfredo.

P.D. ¡Felicidades a todos los diáconos en su día, especialmente a los de nuestra parroquia :Juanito y Paco! 

domingo, 9 de agosto de 2026

«LOS JUDÍOS, NUESTROS HERMANOS MAYORES Y EL DEJARSE AMAR»...


En medio de la polvareda que se ha levantado en mi cerebro en estos días en que se intercalan diversas tareas entre las causas, la preparación de conferencias, el ministerio y demás, se me atraviesa San Pablo con esta segunda lectura hermosísima (Rm 9,1-15) en la misa de este domingo XIX del tiempo ordinario. Y digo hermosísima porque Pablo comienza, con estas líneas, uno de los momentos más abrumadores de su carrera apostólica y lo refleja aquí. Hoy se nos lee únicamente lo que podemos llamar el «preámbulo» de todo ese conjunto. San Pablo es claro al mostrarnos su radicalidad al anunciar el Evangelio: Nadie puede salvarse si no es por la fe en Cristo que nos lleva a al amor de Dios. 

Si los que vamos a misa los domingos, si los que nos congregamos para celebrar la eucaristía queremos ser el verdadero pueblo de Dios, hemos de aceptar a Dios verdaderamente como los judíos. Pero tenemos que aceptar, como dirá más adelante san Pablo, que Cristo es el final de la ley (Rom 10,4). Nuestra práctica de la fe no es un juego o un rato de entretención cada domingo, sino una vida comprometida que habla de la verdad sobre Dios y sobre la salvación. Los cristianos nunca podremos olvidar que hemos conocido al Dios de la salvación por medio de un judío como Jesús de Nazaret. Nunca debemos olvidar que ese pueblo ha mantenido la antorcha religiosa por mucho tiempo. Pero es el mismo Dios quien ha decidido otra cosa y esto es muy significativo: ¡Cristo, el Señor, es el centro de nuestras vidas!

San Pablo plantea esta «cuestión judía» de la que poco hablamos y que es importante meditar. Por el pueblo judío es que tenemos a Cristo que dio cumplimiento a la Ley. Hay que recordar aquella famosa frase que llama a los judíos «nuestros hermanos mayores» y que fue acuñada por san Juan Pablo II durante su histórica visita a la Sinagoga de Roma en abril de 1986. Pero hay una cosa y espero no decir una herejía... ¡Hay hermanos mayores que se empeñan en querer tener la razón a la fuerza! El pueblo judío —nuestros hermanos mayores— está llamado a no «exigirle» a Dios que lo salve, sino a dejarse salvar por amor. Su ley no les garantiza nada, porque Dios no salva por cualquier cosa, sino porque ama y hay que dejarse amar. A eso venimos cada ocho días a la celebración eucarística, a dejarnos amar por Dios que nos dio a su Hijo Jesús, nacido de María para nuestra salvación. Ella, por supuesto nos acompaña. ¡Bendecido domingo!

Padre Alfredo.


sábado, 8 de agosto de 2026

«La madre Sofía Garduño, ni activista ni desentendida»... UN PEQUEÑO PENSAMIENTO PARA HOY

Nuevamente he volado a mi querida Selva de Cemento. Anoche llegamos el padre Sergio y yo en medio de una lluvia descomunal que ocasionó que nuestro recorrido hasta Tlalpan, a donde teníamos que ir, fuera, como decimos en México: «a vuelta de rueda». Llegamos al Seminario Conciliar de México, donde pernoctamos, casi a medianoche a pesar de que del aeropuerto salimos poco después de las 9:30 p.m. ¡La vida en las grandes ciudades es así debido al mal trazado que ocasiona el construir sin ton ni son! El padre Tanis —Estanislao—, rector del Seminario no estaba esperando y nos condujo a nuestras habitaciones. Para mí estar en cualquier seminario o casa de formación es llevarme de nuevo a mis maravillosos años de formación inicial en Monterrey, en Saltillo y en la Ciudad Eterna, a donde volaré el próximo martes para salir de allí a Indonesia con nuevas tareas apostólicas.

Mientras tanto hoy estoy aquí de fiesta. Las Misioneras de los Sagrados Corazones de Jesús y de María me invitaron a presidir —en ausencia del señor cardenal Carlos Aguiar Retes— la misa de acción de gracias por los 50 años de la partida a la Casa del Padre, de su fundadora que murió en olor de santidad: La madre Sofía Garduño Nava. Así que por ser una fiesta especial, las lecturas fueron estas que hacen referencia a lo que fue y vivió la madre Sofía (Os 2, 16.17–21-22; Ap 19, 5-9 y Lc 10,38-42). El profeta Oseas nos lleva al misterio de la vocación mística: «La llevaré al desierto y le hablaré al corazón» expresa con gozo y esperanza. Y es que el desierto no es solamente un lugar geográfico, el espacio del silencio, del despojo y del encuentro nupcial con Dios. La Madre Sofía escuchó esa voz del en el desierto de su tiempo y como joven catequista, comprendió que, antes de ser una mujer de acción, era una mujer amada por Dios. El Señor, fijando su mirada en ella, la coronó de compasión y misericordia, como promete esta profecía de Oseas.

El pasaje de San Lucas nos sitúa en Betania, donde Marta y María reciben a Jesús. Es allí donde el Maestro pronuncia esas palabras eternas: «Marta, Marta, muchas cosas te preocupan y hacen que te agites, y sin embargo, haz de comprender que pocas son necesarias, o más bien una sola. María ha escogido la mejor parte, y no le será quitada». La Madre Sofía fue una de esas intrépidas mujeres que supieron amalgamar perfectamente estas dos dimensiones Ella no fue una Marta activista sin espíritu, pero tampoco una María aislada de las necesidades, los dolores y los gritos del mundo. La escucha atenta de la Palabra a los pies del Maestro, como María, la llevaron a contemplar el amor herido del Corazón de Cristo y el dolor traspasado del Corazón de María.  Cincuenta años después de su partida el desafío para cada uno de nosotros y de manera especial para sus hijas misioneras, sigue siendo el mismo: no perder la frescura del primer amor manteniéndonos firmes junto al vaivén de un mundo que, acorralado por el relativismo, el materialismo y una clara cultura de la muerte, parece anegarse en aguas turbias que reclaman nuestro rescate con la oración, el sacrificio y la disponibilidad para ser enviados. Que María y la madre Sofía, a quien poco a poco voy conociendo más, intercedan por nosotros. ¡Bendecido sábado!

Padre Alfredo.

viernes, 7 de agosto de 2026

«Así se construye la historia»... Un pequeño pensamiento para hoy


Hoy me llamó la atención la primera lectura, tomada del libro del libro de Nehemías (2,1. 3;3,1-3.6-7), que está marcada por un fuerte contraste. Por un lado, aparece la bellísima imagen del mensajero que corre por los montes anunciando la paz y que nos recuerda a tantos misioneros esparcidos por el mundo llevando la palabra de Dios; por otro, la descripción patética de Nínive, una ciudad marcada por la violencia, la mentira y la opresión que me lleva, en lo personal, a recordar tantas ciudades que recorro en mi peregrinar por este mundo y que parecen estar retratadas en el relato. Así se construye la historia, como nos lo recuerda el magistral documento del Concilio Vaticano II  Gaudium et spes, que fue aprobado y promulgado hace muchos años, el 7 de diciembre de 1965 y que comienza con la famosa frase: «Las alegrías y las esperanzas, las penas y las angustias de los hombres de esta época, especialmente de los pobres y los afligidos, son las alegrías y las esperanzas, las penas y las angustias de los seguidores de Cristo».

En aquellos tiempos sucedía lo mismo que hoy en día acontece entre nosotros y en la sociedad en general, porque no solo se trata de mirar las guerras y violencias más o menos cercanas, sino también de mirar nuestra actitud ante el mundo que nosotros mismos estamos edificando a nuestro alrededor. El profeta contempla la caída de una ciudad que parecía invencible, como muchas de las de ahora. Nínive representaba la fuerza de los imperios que someten a los débiles y creen que su poder durará eternamente. No obstante, la Palabra de Dios nos recuerda que ningún imperio construido sobre la injusticia puede ser eterno. Todo aquello que se sostiene sobre la violencia acaba derrumbándose. Pero en medio de este panorama aparece una buena noticia: «El Señor restaura la dignidad de Jacob y de Israel». Dios no permanece indiferente ante el sufrimiento de su pueblo. Ve las heridas, conoce las humillaciones y trabaja callado para devolver la esperanza perdida. La restauración comienza cuando alguien vuelve a creer que la paz es posible.

También hoy vivimos rodeados de noticias que hablan de guerras, de enfrentamientos, de ausencia de paz. También hoy somos escuchas de discursos agresivos que fracturan nuestros pueblos, comunidades y familias. A veces parecería que la violencia tiene más fuerza que la bondad. Sin embargo, esta lectura nos abre los ojos para mirar más lejos. Dios sigue suscitando mensajeros de paz y si queremos esos podemos ser nosotros. No solo Nehemías nos alienta... El Evangelio siempre nos llama a ser mensajeros. No porque tengamos grandes discursos o tengamos soluciones instantáneas a tantas penas, angustias y conflictos, sino porque en la oración y en la acción de una vida comprometida, nos hemos dado cuenta de que Dios sigue restaurando la vida allí donde parecía derrotada. Que María nos enseñe a desinstalarnos y a pensar siempre en que fácilmente podemos ser portadores de la paz. ¡Bendecido viernes!

Padre Alfredo.

jueves, 6 de agosto de 2026


Celebramos llenos de alegría la Fiesta de la Transfiguración del Señor, una fiesta que nos regala un evangelio (San Mateo 17,1-9) que aparece en el tiempo de cuaresma en el segundo domingo, donde la Transfiguración del Señor alienta la esperanza en el camino hacia la Cruz. Con esta celebración recordamos aquel momento en el que San Pedro afirma categóricamente esto: «No nos fundábamos en fábulas fantasiosas cuando os dimos a conocer el poder y la venida de nuestro Señor Jesucristo». Este es el testimonio no solo de Pedro, sino de todos los apóstoles, porque está fundamentado en que «hemos comido y bebido con Él». Pedro recuerda que lo han visto, lo han palpado, lo han escuchado. Y en especial yo me imagino que aquel recuerdo del día de la transfiguración permaneció en su mente y en su corazón toda su vida, incluso en los tremendos momentos en los que negó al Señor. 

Nuestra fe no es una fábula, no es una serie de recuerdos melancólicos del pasado, sino una historia de salvación que es continuada porque acontece en momentos concretos, con acontecimientos salvíficos, como éste de la Transfiguración del Señor, cuando por un momento fulgurante, dejó ver su gloria a Pedro, Santiago y Juan y solamente a ellos y no a todos, porque, este «cuadro chico», debía recibir un fuerte testimonio íntimo de la divinidad de su Maestro para confirmar a sus hermanos en la fe. Este trío cercano presenció momentos clave para fortalecer su fe antes de la cruz. Recordemos que la ley judía exigía un mínimo de tres testigos para validar un hecho extraordinario. Ciertamente no fue algo que estos discípulos merecieran, no fue un regalo por un logro alcanzado, fue una revelación del ser divino del Señor, que se grabó a fuego en el corazón de Pedro, Santiago y Juan.

Valdría la pena preguntarnos qué momentos de transfiguración hemos tenido en nuestro camino de fe. Si hemos escuchado la Palabra del Padre en nuestra vida dictándonos que hay que escuchar a Jesús para seguirlo. Cuando Pedro, Santiago y Juan contemplaron la divinidad de Jesucristo, no acertaron a descubrir qué es lo que estaba pasando, sería más tarde, «cuando el Hijo del hombre resucite de entre los muertos», cuando comprendan el abismo de generosidad que ha tenido el Padre al manifestar a su Hijo. Como dice San Juan Damasceno comentando este texto: «Hoy se manifiesta lo que los ojos de carne no pueden ver: un cuerpo terrestre irradiando esplendor divino, un cuerpo mortal rebosando la gloria de la divinidad. Las cosas humanas pasan a ser las de Dios y las divinas las de los hombres». Que María santísima nos ayude a estar atentos a la voz del Padre que nos recuerda en el ser y quehacer de cada día que hay que escuchar a su Hijo muy Amado, especialmente en la mesa de la palabra y en la mesa de la eucaristía. ¡Bendecido jueves sacerdotal y eucarístico!

Padre Alfredo.

miércoles, 5 de agosto de 2026

«LOS HIJOS Y LOS PERRITOS»... Un pequeño pensamiento para hoy


Este miércoles nos topamos con un evangelio que de entrada es un poco desconcertante (Mateo 15,21-28) en el que Jesús se encuentra con una madre extranjera —una cananea— que le suplica sanar a su hija que está enferma. Tras un duro diálogo inicial donde Jesús, haciendo una fuerte comparación prueba su persistencia, elogia la valentía de la mujer exclamando: «¡Grande es tu fe!». Y creo que a todos nos llama la atención la mención de los «hijos» y los «perritos». Esta metáfora refleja tanto la percepción social de la época como una estrategia pedagógica en el diálogo con el Maestro. Los perros, en la antigüedad, en la mayoría de las culturas, eran considerados animales callejeros e impuros. 

En el antiguo Israel, a diferencia de otras culturas como las grecorromanas, donde existían más perros de compañía, la mayoría de los perros eran salvajes o callejeros que se alimentaban de desperdicios. Era un uso cultural frecuente que los judíos de la época llamaran «perros» a los gentiles —personas de naciones no judías— para denotar una separación religiosa y moral respecto al pueblo considerado el «elegido» de Dios. El matiz que Jesús le da al término es especial, porque utiliza un diminutivo. En lugar de usar la palabra para perro salvaje —kuon, emplea un diminutivo —Kynarion—, que evoca al perro pequeño o cachorro que vive dentro de la casa junto a la mesa familiar. Con esta frase sobre el pan de los hijos y los perritos, se alude a que la misión terrenal inmediata de Jesús que estaba enfocada en primer lugar en la concientización del pueblo de Israel, estableciendo un orden temporal —«primero»— antes de extender formalmente el mensaje a los gentiles. Por su parte, la respuesta de la mujer al replicar que los perritos comen las migajas que caen de la mesa de sus amos, deja ver que aun una pequeña porción de la gracia o poder de Jesús es suficiente para sanar a su hija, lo que lleva a Jesús a elogiar su gran fe. 

El pasaje me parece muy apropiado para la gente joven. Porque los jóvenes son «luchones» y no se rinden ante el silencio de Dios y a luchar por los demás. La mujer suplica algo que no es para ella, es para su hija, y sabe Jesús ha salido de su zona cómoda cruzando a tierras paganas. Él rompe las barreras que separaban a su pueblo de los demás sin dejo alguno de discriminación. Creo que los jóvenes pueden encontrar aquí una clara muestra de que el amor de Dios no es exclusivo de un grupo «perfecto» o cerrado. Dios acoge a todos sin importar de dónde vengan. La insistencia vence el silencio cuando Dios parece callar. A veces parace que Dios no contesta o que el cielo está mudo. La cananea insiste, grita y se humilla por amor a su hija. La fe real no se apaga por un «no» temporal o por el silencio, sino que se vuelve más terca y sincera. El reto para muchos jóvenes hoy es interceder por sus amigos que sufren en silencio —depresión, ansiedad, problemas familiares— y llevarlos en oración ante Jesús con la misma fuerza de esta mujer. Que María, joven también, y atrevida como muchos jóvenes esté con todos para decir con determinación: «¡Hagan lo que él les diga!» ¡Bendecido miércoles!

Padre Alfredo.