
Ayer que venía de mi querida Selva de Cemento —CDMX— a la Sultana del Norte, mi tierra natal y base en estos años de mi ser y quehacer como Misionero de Cristo, presencié, en el aeropuerto Benito Juárez una de las escenas más traumantes e inhumanas que he visto a lo largo de mi larga vida —porque aunque digan que 65 años que voy a cumplir el próximo día 28 son pocos, en realidad no lo son— como viajero para llevar la Palabra de Dios. Resulta que una chiquilla de 14 años, por una confusión debida a los mismos miembros de una conocida aerolínea mexicana que constantemente causa maltratos, confusiones, cambios inesperados de itinerarios, cobros excesivos por uno o dos kilos de más y no aclarados en la compra de boletos, falta de insumos de lo que ofrecen vender sobre la aeronave, caminatas kilométricas para abordar o descender del avión... y cuyo nombre no necesito pronunciar, fue duramente maltratada y exhibida como una tonta que perdió su vuelo. A la pequeña la había dejado la mamá hasta el filtro, donde ya no permiten pasar prometiéndole que le ayudarían en todo lo necesario... Pero, ¿qué es todo lo necesario para orientar a una persona de 14 años que se queda sola en el aeropuerto más grande de América Latina? La mujer del mostrador le dijo que lo sentía mucho pero que ese no era su vuelo. La niña explicó toda la desorientación que le habían dado los mismos miembros de la compañía que la trajeron de una a otra puerta. Ante la mirada extrañada de todos, la mujer le empezó a gritar con irá y la niña marcó al celular de su mamá para que le explicaran qué se podía hacer. De la mismísima manera, la prepotente y despostizada dama revestida de una actitud tiránica, inmisericorde e implacable, que asustó incluso a sus compañeras de trabajo cuyo rango obviamente era menos y les impidió actuar, le colgó el teléfono a la mamá y le dijo gritando a la niña —que era ya un mar de lágrimas y confusión—que ella no tenía la más mínima obligación de hacer algo por una persona que, por distraída, perdía un vuelo.
El silencio a su alrededor fue sepulcral porque muchos sabíamos que nada se puede hacer para defender a alguien por el caos que se provoca y porque el que se mete de defensor pierde automáticamente el vuelo —¡por faltas de respeto al personal con una conducta inapropiada!—. En ese momento el oficial de operaciones aéreas —llamado también despachador de vuelo— es el mandamás que tiene el control. Le siguió gritando a la pequeña indicándole que se alejara del mostrador de inmediato y que saliera del área. La chiquilla se fue literalmente corriendo y llorando y la mujer les indicó a sus subalternas que ellas se encargaran del vuelo y despareció... Esta escena, que se ve a veces en aeropuertos, en centros comerciales, en escuelas, en bancos, en restaurantes de comida rápida y desgraciadamente a veces también en alguna que otra notaría parroquial habla más que mil discursos de cómo estamos viviendo no aquí, sino en el mundo mundial... ¡al haber ido sacando a Dios de la escena de nuestro diario ser y quehacer! ¿Qué pasaría con esa pequeña? ¿Sería de allí o no? ¿Irá a poder volar hoy en un nuevo intento? ¿La estaría esperando su mamá o sería un caso como el que me tocó hace tiempo donde un jovencito volaba solo al funeral de su papá y se acogió a mi resguardo? No lo sé.
Al estar ya sentado en mi asiento—que tampoco pude ceder a la niña desde tierra y quedarme, porque me esperaba la misa de 7:00 p.m. a la que gracias a Jorge y a Angie llegué raspando, y las 4 misas de hoy— y orando por la pequeña, volvió a mi mente la frase que Jesús pronuncia en el Evangelio de este domingo (Mateo 14,13-21) : «¡Denles ustedes de comer!» y recreando en mi mente el horrendo rostro de arpía de la mujer perversa, violenta y soberbia pensé: Con muy pocos recursos —cinco panes y dos peces— los discípulos de Jesús, atentos a lo que él les indicó, dieron de comer a una gran multitud, demostrando que en sus manos lo poco, gracias a que dejaron actuar a Jesús, se convierte en abundancia para todos. Esta mañana al volver a escribir, vuelvo a ver ese rostro y le pido al Señor que aparezca alguien en su vida que, de parte de Jesús... ¡le dé de comer! Porque gente de esta calaña pulula como dije, pero cada día hay menos gente que movidos por Cristo, como aquellos pobres colaboradores, den de comer el pan de la palabra, el pan de la escucha, el pan de la serenidad, el pan de la buena atención, el pan de la palabra, el pan de la empatía, el pan que proviene de hacerse «Pan Partido» como nuestro Buen y Misericordioso Dios en la Eucaristía. No digo más y me acojo a la mirada consoladora de María, que con tanto amor y siendo la Madre más ocupada, llevó en su vientre a quien ahora nosotros recibimos convertido en Pan para darlo a los demás. ¡Bendecido domingo!
Padre Alfredo.