Por ahora doy gracias de que llego al final de estos días en que hemos profundizado en la Misericordia que llega de lo Alto y la que nosotros hemos de vivir con los hermanos reconociendo, como dice Jesús hoy en el Evangelio (Mateo 13,54-58) que «nadie es profeta en su tierra» y que es sumamente difícil «hablar a los de casa». Sin embargo debo admitir que nuestras hermanas Misioneras Clarisas, con quienes convivo desde pequeño y conocen bien quién soy y qué hago, son almas sencillas y alegres que, con gozo y sencillez acogen la palabra. Toda esta semana he centrado mi reflexión en Jeremías y hoy no es la excepción, porque la primera lectura de misa (Jeremías 26,1-9) nos confronta a quienes tenemos fuertes raíces en la experiencia de Dios y asumimos el proyecto de Dios para la humanidad a pesar de las reacciones de quienes creen que tienen todas las respuestas y certezas sin Dios.
Así se escribe la Historia de la Salvación, también nuestra historia personal en medio de un pueblo que muchas veces se cierra al anuncio de la Buena Nueva porque quiere que venga de personas pluscuamperfectas o por lo menos famosas. Estos días hemos visto que no es suficiente que Dios sea misericordioso y quiera nuestra salvación, es necesario un compromiso personal y colectivo de «escucha». Si nos quedamos a nivel de la defensa institucional sin acoger el proceso de conversión y del amor infinito de Dios, los tiempos de incertidumbre revelan que nuestras seguridades no están en Dios y que la confianza que profesamos con los labios no existe como tal. Vivir sostenidos por Dios implica una seguridad en Él que nos permite arriesgarlo todo por causa del «fuego que nos consume» aunque como se dice vulgarmente «nos tiren a Lucas». Vivir sostenidos por Dios significa que estamos dispuestos como María a ser portadores de un mensaje que tal vez incomode a los potentados, a los que creen saberlo todo, a los indiferentes y demás. Pero ella misma nos brinda su intercesión para seguir adelante. ¡Bendecido viernes!
Padre Alfredo.