viernes, 12 de junio de 2026

MENSAJE DEL SANTO PADRE LEÓN XIV A LOS SACERDOTES EN OCASIÓN DE LA JORNADA POR LA SANTIFICACIÓN SACERDOTAL [Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, 12 de junio de 2026]


Queridos hermanos sacerdotes:

En el día en el que la Iglesia contempla el Corazón traspasado de su Señor, del que brota una fuente inagotable de paz y unidad para todo el género humano, dirijo sobre todo a mí mismo y a todos ustedes las palabras que Dios dirigió al pueblo de Israel: «Sean santos, porque yo, el Señor su Dios, soy santo» (Lv 19,2; cf. 1 P 1,16). Esta llamada divina atraviesa los siglos, resonando también hoy con fuerza para todo creyente y, con exigencia particular, para nosotros sacerdotes. La santidad no es una opción entre tantas ni un ideal abstracto; tiene que ver con la identidad misma de cada persona que quiere participar en la vida del Resucitado.

Santidad y participación en el misterio de Cristo

Dios nos invita a participar de su misma santidad. Cuando nos llama a ser santos porque Él es santo, nos indica el camino a seguir: dejarnos modelar según su Corazón. Y para nosotros, queridos hermanos, esta llamada es particularmente radical. El Señor prometió: «Les daré pastores según mi corazón, que los apacentarán con ciencia y prudencia» (Jr 3,15). La santidad que se nos pide es un abandono confiado: dejarnos transformar por su Santo Espíritu. Sin embargo, precisamente aquí surge la gran paradoja de nuestra vida sacerdotal: estamos llamados a participar de la misma santidad de Dios, pero llevamos este tesoro en vasijas de barro (cf. 2 Co 4,7), somos limitados e imperfectos, a menudo estamos marcados por debilidades y cansancios, a veces por heridas. ¿Cómo puede un corazón humano, tan vulnerable, responder a una llamada tan alta? El sacerdote vive esta tensión, pero sabe dónde encontrar paz: en el costado abierto del Señor Jesús.

Un camino de unión

La unión de nuestro corazón con el Corazón de Cristo no es una experiencia reservada a unos cuantos elegidos, sino un camino sacramental, eucarístico, que se realiza en lo cotidiano. Queridos hermanos, en la Ordenación hemos sido configurados con Cristo, pero es necesario reavivar siempre en nosotros el don de la gracia por medio de la celebración cotidiana de la Eucaristía, de la oración, de la meditación de la Palabra de Dios y del servicio humilde a los hermanos y hermanas. Permanecemos unidos a Cristo en todo: en lo que hacemos y en lo que nos sucede cotidianamente. La santidad, entonces, en vano buscada con esfuerzos aislados, se revelará por lo que es: correspondencia a la gracia que nos precede, nos sostiene y nos transfigura. No existen, en efecto, compartimentos estancos en nuestra humanidad. La oración, el ministerio, las relaciones, el cansancio, las alegrías y los fracasos, incluso el tiempo aparentemente perdido o el amor que parece malgastado, todo se vuelve un lugar privilegiado de la revelación de Dios y de su amor infinito.

El sacerdote que tiene un corazón íntegro, sencillo y puro es contemplativo en la acción, misericordioso, fiel en la prueba y alegre en la entrega de sí. El mundo tiene una gran necesidad de pastores que no ofrezcan sólo palabras o programas, sino el testimonio vivo de un corazón reconciliado, difundiendo el buen olor de la santidad de Cristo. Una vida sacerdotal sólida y configurada con el Corazón de Jesús es signo creíble de unidad, de paz y de misericordia. Así, en un tiempo marcado por divisiones y miedos, podemos ser constructores de paz, testigos de la ternura del Buen Pastor, que sabe reunir al que está extraviado y sanar al que está herido, y nuestro celo no es agitación, sino el desbordamiento de un amor que «es éxtasis, es salida, es donación, es encuentro» (Francisco, Carta enc. Dilexit nos, 28).  

El Corazón de Cristo es el corazón de los santos

La respuesta a la vocación a ser santos no está tanto en el esfuerzo de ascesis y perfección, que es necesario, sino en la adhesión confiada al amor revelado en el Corazón traspasado de Jesús. El apóstol Juan nos hace contemplar el costado abierto del Crucificado (cf. Jn 19,34), donde Dios nos muestra definitivamente cómo Él es santo: no en la distancia inaccesible de una perfección separada, sino en un amor que se entrega hasta hacerse herir y que puede, por tanto, ser manantial de misericordia y de vida. El Sagrado Corazón de Jesús es la imagen por excelencia del amor de Dios: un amor omnipotente precisamente porque es capaz de hacerse vulnerable, de cambiar el dolor en gracia, el sufrimiento en esperanza.

Ese Corazón bendito, por tanto, es el “lugar” en el que la santidad se muestra como proximidad y ternura. La santidad del sacerdote entonces puede manifestarse en la cercanía humilde y valiente, en el ser de todos y para todos, manteniendo abierta la puerta del redil para que muchos puedan entrar y encontrar alimento y descanso (cf. Jn 10,9). Por eso, se nos pide una relación con Dios que no nos aleje de los hombres, sino que nos acerque a todos, que forje corazones pacientes, tiernos, capaces de cercanía, de compasión y de escucha. Así, por medio de la unión de nuestro corazón imperfecto con el Corazón traspasado de Jesús, se realiza nuestro camino de santidad. Ya no vivimos nosotros, sino que Cristo vive en nosotros (cf. Ga 2,20). Una tal santidad no se vive en soledad. Cuiden la fraternidad sacerdotal: búsquense, escúchense, sosténganse. El sacerdote que se aísla, lentamente se apaga; el sacerdote que camina con los hermanos crece. Nos lo recuerda san Agustín: «¿Cómo evitaremos estar en tinieblas? Amando a los hermanos. ¿En qué se prueba que amamos la fraternidad? En que no rasgamos la unidad, en que mantenemos la caridad» (Homilía sobre la Segunda Carta de San Juan a los Partos II, 3).

Queridos sacerdotes, renueven cada día su “aquí estoy” ante el Corazón traspasado de Cristo. Entréguense totalmente a Él, para que puedan amar a su pueblo con el mismo amor con el que Él lo ama. Y recuerden con alegría, como le gustaba repetir al santo Cura de Ars, que «el sacerdocio es el amor del corazón de Jesús» (cf. Benedicto XVI, Carta para la convocación del Año Sacerdotal [16 junio 2009]: AAS 101 [2009], 569). Este amor es prenda y garantía de que nada de nosotros se perderá, si todo lo nuestro lo entregamos y ofrecemos. Les encomiendo a todos y a cada uno a la Virgen María, Madre de los sacerdotes. Ella, que conservó en su corazón el misterio del Hijo, nos enseñe a conservar y a hacer latir en nosotros el Corazón de Cristo, Salvador del mundo.

12 de junio de 2026, Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús.

Leon XIV.


 


LEÓN PP. XIV

«PORTADORES DE MISERICORDIA»... Un pequeño pensamiento para hoy


Hace rato acabo de terminar la última confesión en Vilna —Vilnius—, justo unos minutos antes de la misa de la clausura del congreso. Nunca antes cruzó por mi mente el que un día estaría en el epicentro de peregrinación internacional de la Divina Misericordia. Cada pasada que daba de Catedral al lugar del congreso, hacía una «escala técnica» para orar ante el lienzo original de Jesús de la Divina Misericordia —pintado según las revelaciones de Santa Faustina Kowalska—. No siempre tenía oportunidad de rezar allí la coronilla y, cuando lo hice, no eran las 3 de la tarde, pero... ¡en algún lugar del mundo serían las 3:00 p.m.! —eso pensaba y me unía a ese lugar—. Esta imagen se remonta a una visión de Santa Faustina Kowalska el 22 de febrero de 1931 en Płock, Polonia. En ella, Jesús le pidió que pintara un cuadro exactamente como lo veía, con la inscripción «Jesús, en Ti confío». La creación del cuadro se le confió al artista Eugeniusz Kazimirowski, supervisado por Santa Faustina y su confesor, el Beato Michał Sopoćko. El pintor la terminó en 1934 buscando que la imagen reflejara fielmente la visión de Santa Faustina. Cuando la obra estuvo terminada, Santa Faustina lloró porque la imagen no lograba capturar la belleza divina que había presenciado. Sin embargo, el Señor le reveló que la verdadera grandeza del cuadro no residía en la técnica artística, sino en la gracia que derramaría sobre quienes la veneraran. 

Todos conocemos la pintura de la Divina Misericordia. La hemos visto con los rayos que emanan del corazón de Jesús representando la Sangre —rayo rojo, sangre de redención que limpia las culpas. — y el Agua —rayo pálido, gracia que imparte vida nueva al alma cansada—. El primer Domingo de la Misericordia se celebró en Vilna el 28 de abril de 1935 coincidiendo con el domingo posterior a la Pascua. La imagen del Jesús Misericordioso se exhibió públicamente por primera vez en la galería de la famosa Puerta de la Aurora —Ostra Brama, de la que hablaré mañana Dios mediante— porque Jesús mismo lo pidió así expresamente a través de las revelaciones a Santa Faustina. Él solicitó que esta fiesta se instituyera el primer domingo posterior a la Resurrección. Y esto tiene un gran sentido, porque el Triduo Pascual —Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo— revela el amor supremo de Dios. La misericordia es la manifestación de ese amor hacia los pecadores. La Octava prolonga el gozo de la Pascua y la Misericordia cierra con broche de oro. En el año 2000, durante la canonización de Santa Faustina Kowalska, San Juan Pablo II oficializó esta fecha para toda la Iglesia, estableciendo la celebración a nivel universal uniendo el triunfo de Cristo sobre la muerte con el perdón y el refugio para las almas. Por eso Vilna es conocida como «La ciudad de la misericordia». 

Hay que decir que tal vez la imagen más popular de la Divina Misericordia no es esta, sino la que en 1943 pintara el artista Adolf Hyła en Cracovia, como exvoto —promesa o manda— por haber sobrevivido a la guerra. Esta versión muestra a Jesús mirando fijamente al espectador y se ha ido haciendo viral a nivel mundial por las gracias concedidas a través de ella, propiciando que sus reproducciones se hayan extendido por todo el mundo, convirtiéndose en la imagen más conocida de la Divina Misericordia. Esta otra imagen es venerada en la capilla del convento de las Hermanas de la Madre de Dios de la Misericordia en el Santuario de la Divina Misericordia en Cracovia junto a la tumba de santa Faustina, en donde estuve hace una semana. Bueno, pues dentro de este maravilloso marco de «misericordia» se clausura este magno congreso en el día en que la Iglesia contempla el sagrado corazón de Jesús traspasado por la lanza de donde brota sangre y agua. En el Evangelio de esta fiesta (Mt 11,25-30) Jesús nos introduce en su escuela de humildad y mansedumbre que, lejos de implicar despreocupación o pasividad, enseña a vivir desde la sabiduría del corazón. Como Hijo amado del Padre nos acoge en su corazón. Hoy se cierra este encuentro de mi miseria con la misericordia del Señor en este lugar santo y mañana, antes del amanecer, emprendo mi regreso a Monterrey. Sin que la carga sea suprimida, con todo lo aquí vivido, estoy seguro que para Diego, para Josaphat, para Cristian, para Juan Pablo y todos los demás sacerdotes que misericordiamos en estas tierras bálticas, se hace más llevadera. Sin que el yugo desaparezca, no se lleva nunca en solitario, sino que es sobrellevado por Cristo, sosteniendo nuestro «sí». ¡Bendecido viernes, fiesta del Sagrado Corazón!

Padre Alfredo.

jueves, 11 de junio de 2026

«NO PODEMOS QUEDARNOS QUIETOS»... Un pequeño pensamiento para hoy


Ya casi terminan mis andanzas misioneras en estas tierras de la lejana Europa Báltica. Lituania, junto con Letonia y Estonia, forman el grupo de los países bálticos, conocidos por este nombre debido a que comparten la costa del mar báltico. Estos tres países formaron parte de la Unión Soviética hasta su disolución, siendo tres de las 15 repúblicas que formaron parte de la URSS y se independizaron. Lituania fue la primera en abandonar la URSS en 1990. Y a pesar de qué según la historia esta fue la última nación pagana de Europa, en la edad media adoptó el catolicismo y se alineó culturalmente con Roma y el resto de occidente, marcando un destino nuevo, de tal manera que la religión católica, hasta el día de hoy, sigue siendo el pilar de la identidad lituana. Durante el imperio ruso se intentó imponer la iglesia rusa, pero como una forma de resistencia cultural, los lituanos siguieron conservando el catolicismo; después, en la época de adhesión a la Unión Soviética, el catolicismo fue duramente perseguido, pero se mantuvo. Hay alrededor de 65 iglesias en la ciudad de Vilnius que es la capital y todas se mantienen activas. Aunque solamente en algunas se ve la presencia de jóvenes, pues con en todo el mundo, las nuevas ideologías envuelven a muchos adolescentes y jóvenes alejándolos de la fe.

Y bueno, pues en este penúltimo día de confesiones, celebramos la fiesta de San Bernabé. A la luz de esta fiesta viene a mi mente y a mi corazón, el contemplar a Jesús, que envía a sus discípulos a anunciar el Evangelio, a salir, a llevar la salvación. Me atrevo a decir que si un discípulo se queda quieto y no sale a dar lo que recibió en el bautismo... ¡no será nunca un verdadero discípulo–misionero de Jesús!, le falta salir de sí mismo para llevar algo de bien a los demás... ¿Tú qué haces para llevar la alegría del Evangelio? El recorrido del discípulo de Jesús es ir más allá para llevar esa buena noticia al mismo tiempo que recorre el camino interior, la ruta dentro de sí, el sendero que lleva al Señor todos los días en la oración, en la meditación, en el encuentro con él en eucaristía. El camino del seguimiento de Cristo es gratuito porque nosotros hemos recibido la salvación gratuitamente, por pura gracia. Ninguno la hemos comprado y nadie la merecemos de por sí. Es pura gracia del Padre en Jesucristo. Es triste encontrar bautizados e incluso comunidades cristianas, ya sean parroquias, congregaciones religiosas o diócesis, que se olvidan de salir, olvidando que la vida del cristiano no es para sí mismo, sino para los demás, como lo fue la vida de Jesús, la de San Bernabé y la de tantos santos, beatos, venerables, siervos de Dios y cristianos de todos colores y sabores.

Mientras estamos de camino en esta vida en nuestra condición de peregrinos, que vamos sembrando la misericordia a nuestro paso con la alegría del Evangelio, no falta quien, de lejos o incluso de cerca, nos riñe, nos critica, nos acusa, nos dice que de qué nos sirve rezar y predicar. Pero son muchos más los que reclaman nuestro amor, nuestra escucha, nuestra atención; los que mendigan una palabra de aliento, un poco de nuestro tiempo, algo de compañía, una mano amiga, una oración solidaria… Como san Bernabé, hemos de ser dóciles al Espíritu Santo, que nos llena del amor de Dios, y a seguir el camino de Jesús, misericordiando, perdonando y haciendo el bien. Que con María a nuestro lado brille en nosotros la justicia de los hijos de Dios y que viéndolo, una multitud considerable se adhiera al Señor. Hace rato un sacerdote lituano me platicaba de lo impactado que estuvieron anoche en Catedral por la cantidad de conversiones que se dieron en las confesiones. Los misioneros de la misericordia no paramos. Anoche fueron casi cuatro horas dispensando la alegría del perdón. Creo que entonces puedo concluir que las largas horas en el concesionario producen frutos. ¡Bendecido jueves sacerdotal y eucarístico!

Padre Alfredo.

miércoles, 10 de junio de 2026

«Vi su sonrisa y me llamó la atención, por eso vine a confesarme»... UN PEQUEÑO PENSAMIENTO PARA HOY

Es de todos los creyentes sabido que de Jesús tenemos la plenitud de la revelación. Él es la palabra de Dios que se ha hecho hombre y que viene a nosotros para darnos a conocer quién es el Padre misericordioso y cómo nos ama. Él nos enseña que este Dios que es bueno y cariñoso espera de nosotros una respuesta de amor, manifestada en el cumplimiento de lo que nos pide vivir: «si me aman, guardarán mis mandamientos» (Jn 14,15). En el evangelio de hoy tomado de San Mateo en el capítulo cinco, del versículo 17 al 19, Jesús enseña que no vino a anular la ley, sino darle plenitud. El sacramento de la reconciliación refleja perfectamente este espíritu: porque ciertamente, no se trata de descartar las leyes, aún las que vienen desde el Antiguo Testamento, sino de vivirlas con amor, sanando las faltas y restaurando nuestra relación con Dios. Claro que me viene hablar de esto porque casi toda la semana, he pasado largas horas en la catedral de Vilnus y en el lugar donde se desarrolla el congreso apostólico internacional de la Divina Misericordia confesando; dispensando misericordia a tanta gente que llega del mundo entero a un congreso como éste. Pero es curioso, desde antes de venir no faltó quien me dijera: ¡siéntate a confesar en tu parroquia! Y claro que lo hago, la gente lo sabe, a tiempo y a destiempo y en cualquier espacio, pero no puedo olvidar que tengo un compromiso dictado por el Papa como misionero de la misericordia para recorrer el mundo llevando perdón y viendo el gozo de las almas que se reconcilian con Dios.

Volviendo al evangelio de quisiera destacar cómo el escritos sagrado nos recuerda que Jesús lleva los mandamientos más allá de la simple obediencia externa, buscando la transformación del corazón. En la confesión, no sólo se numeran errores, sino que se busca el arrepentimiento sincero, queriendo alcanzar un cambio interior. La reconciliación nos devuelve el estado de gracia, fortaleciéndonos para evitar el mal y obrar en justicia y caridad viviendo la alegría del Evangelio. Justamente ayer una de las personas que se acercó a confesarse en inglés me dijo que estaba pensando en el suicidio pero vio el anuncio del congreso y que su parroquia estaba organizando una peregrinación para venir. La verdad no recuerdo si me dijo que era de Londres o de Edimburgo, de la Florida o Samoa, porque se ha acercado tanta gente que confundo luego los lugares y claro un poco los idiomas también. Esta persona salió del confesionario totalmente nueva, sintiéndose escuchada atendida, perdonada por ese Jesús, por ese Señor de la Misericordia. Cuando pienso en quienes me critican por estar lejos y no en mi Monterrey del alma, pienso ciertamente que quisa Dios hubiera puesto otros sacerdotes en el camino de estas persona,s pero a la vez me queda la interrogante: ¿porque yo Señor?, ¿por qué de repente alguna gente cuando se acerca me dice: vi su sonrisa y me llamó la atención, por eso vine a confesarme?

La verdad siempre me ha gustado confesar y confesarme. Es una gracia que Dios concede. Y las experiencias que en torno a este sacramento he vivido en diferentes lugares de la faz de la tierra, han sido, muchas de ellas, impresionantes de verdad. De alguna manera, en el confesionario, tanto quien confiesa como quien se acerca a recibir la absolución, entiende que la ley de Dios no es un conjunto de normas pasadas de moda que tenemos que seguir viviendo a regañadientes, sino un camino de amor, de verdad, de misericordia, de conversión y salvación eterna. En estos tiempos, donde en cualquier parte del mundo reina la confusión, donde se llama bien al mal y se desprecia la voluntad de Dios, Jesús en el confesionario nos recuerda que su Evangelio es eterno, que sus mandamientos no caducan, ni envejecen, sino dan la paz interior, Jesús, a través del sacerdote, aunque sea tan miserable y vagabundo como yo, eleva los mandamientos, los lleva el corazón, los hace vida. Y por eso no basta con acercarse y decir: no robo, no mato y nada más... Debemos ser puros de corazón, cuidar los ojos, ser fieles en la mente y en el alma. Que María santísima nos ayude a entender a los confesores y a amar más este regalo de la misericordia divina. No dejen de orar por los Misioneros de la Misericordia que vamos por el mundo repartiendo perdón. Por eso, aunque critiquen, hablen y respinguen algunos, no tengo miedo de ser diferente, de ser uno de estos sacerdotes que sin mérito alguno puede perdonar, incluso los pecados reservados a la santa sede. Eso me ayuda a buscar ser fiel a Cristo en esta vida, para ganar la eternidad, no sólo para mí, sino para todos los que se acerquen al confesionario. ¡Bendecido miércoles!

Padre Alfredo.

martes, 9 de junio de 2026

CORPUS CHRISTI... La fiesta del Cuerpo y la Sangre de Cristo, el regalo inmerecido de la presencia de Jesucristo en la Eucaristía.


Corpus Christi es la solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo para agradecer el regalo inmerecido de la presencia de Jesucristo en la Eucaristía. Este día, que en algunos lugares se celebra en jueves, recordando el día de la institución de la Eucaristía, y en otros en domingo, para facilitar la asistencia de los fieles, recordamos, en la Iglesia Católica la institución de la Eucaristía que se llevó a cabo el Jueves Santo durante la Última Cena, al convertir Jesús el pan y el vino en su Cuerpo y en su Sangre.

Para todo el catolicismo es una fiesta muy importante, porque la presencia de Jesús en la Eucaristía es el regalo más grande que Dios nos ha hecho, movido por su querer quedarse con nosotros después de la Ascensión.

La historia nos recuerda que Dios se valió de santa Juliana de Mont Cornillon para propiciar esta fiesta. Esta santa nació en Retines cerca de Liège, Bélgica en el año de 1193. Se sabe que desde muy pequeña quedó huérfana y que fue educada por las madres Agustinas en Mont Cornillon. Allí mismo ingresó a esa congregación religiosa y con el paso del tiempo fue nombrada superiora de su comunidad. Por diferentes intrigas tuvo que dejar el convento. Murió el 5 de abril de 1258, en la casa de las monjas Cistercienses en Fosses y fue enterrada en Villiers, en la región de Valonia, en la misma Bélgica.

Desde joven, esta santa mujer tuvo una gran veneración al Santísimo Sacramento y deseaba que se tuviera una fiesta especial en su honor. Este deseo se intensificó por una visión que tuvo de la Iglesia bajo la apariencia de luna llena con una mancha negra, que significaba, aseguraba ella, la ausencia de esta solemnidad.

Con la sencillez que caracteriza a tantas mujeres consagradas en la Iglesia, expuso al obispo de Liège, Roberto de Thorete y a un docto fraile de los Dominicos, de nombre Hugh, que más tarde fue cardenal legado de los Países Bajos, así como a Jacques Pantaleón, en aquel tiempo archidiácono de Liège, después obispo de Verdun, Patriarca de Jerusalén y finalmente al Papa Urbano IV. El obispo Roberto se impresionó favorablemente y como en ese tiempo los obispos tenían el derecho de ordenar fiestas para sus diócesis, invocó un sínodo en 1246 y ordenó que la celebración se tuviera el año entrante. El Santo Padre, motivado por la petición de la celebración, ordenó, que un monje de quien solo se sabe que se llamaba Juan, escribiera el oficio para esa ocasión. El decreto está preservado en Binterim (Denkwürdigkeiten, V.I. 276), junto con algunas partes del oficio original.

El obispo Roberto no vivió para ver la realización de su orden, ya que murió el 16 de octubre de 1246, pero la fiesta se celebró por primera vez por los cánones de San Martín en Liège. Jacques Pantaleón llegó a ser Papa el 29 de agosto de 1261. La ermitaña Eva, con quien Juliana había pasado un tiempo y quien también era ferviente adoradora de la Santa Eucaristía, le insistió a Enrique de Guelders, obispo de Liège, que pidiera al Papa que extendiera la celebración al mundo entero.

En ese mismo periodo aconteció un hecho extraordinario, el sacerdote alemán, Pedro de Praga, se detuvo en la ciudad italiana de Bolsena, mientras realizaba una peregrinación a Roma. Era un sacerdote piadoso, pero dudaba en ese momento de la presencia real de Cristo en la Hostia consagrada. Cuando estaba celebrando la misa junto a la tumba de Santa Cristina, al pronunciar las palabras de la consagración, comenzó a salir sangre de la Hostia consagrada y salpicó sus manos, el altar y el corporal. El sacerdote estaba confundido, quiso esconder la sangre, pero no pudo. Interrumpió la misa y fue a Orvieto, lugar donde residía el Papa Urbano IV. Este escuchó al sacerdote y mandó a unos emisarios a hacer una investigación. Ante la certeza del acontecimiento, el Santo Padre ordenó al obispo de la diócesis llevar a Orvieto la Hostia y el corporal con las gotas de sangre y eso fue lo que ocasionó que el Papa se convirtiera en un ferviente admirador de esta fiesta.

Al recibir la prueba el milagro eucarístico, el Papa organizó una procesión con los arzobispos, cardenales y algunas autoridades de la Iglesia y puso la Hostia en la Catedral. Actualmente, el corporal con las manchas de sangre se exhibe con reverencia en la Catedral de Orvieto. A partir de entonces, miles de peregrinos y turistas visitan la Iglesia de Santa Cristina para conocer donde ocurrió el milagro.

Luego de esto publicó la bula «Transiturus» el 8 de septiembre de 1264, en la cual, después de haber ensalzado el amor de nuestro Salvador expresado en la eucaristía, ordenó que se celebrara la solemnidad de «Corpus Christi» el jueves después del domingo de la Santísima Trinidad, otorgando muchas indulgencias a todos los fieles que asistieran a la santa misa y al oficio. Encargó el oficio definitivo al doctor angélico santo Tomás de Aquino, que es uno de los más hermosos en el breviario Romano y ha sido admirado aun por algunas de las iglesias protestantes. 

La muerte del Papa Urbano IV el 2 de octubre de 1264, un poco después de la publicación del decreto, ocasionó que no se difundiera la fiesta, pero el Papa Clemente V tomó el asunto en sus manos y en el concilio general de Viena en 1311, ordenó una vez más la adopción de esta fiesta. Publicó un nuevo decreto incorporando el de Urbano IV. Luego Juan XXII, sucesor de Clemente V cuidó de la aplicación y continuidad de esta fiesta con carácter universal. La fiesta fue aceptada en Colonia en 1306; en Worms en 1315; en Estrasburgo en 1316. En Inglaterra fue introducida de Bélgica entre 1320 y 1325. 

Ninguno de los decretos que se hicieron habla de la procesión con el Santísimo como un aspecto de la celebración. Sin embargo estas procesiones fueron dotadas de indulgencias de los Papas Martín V y Eugenio IV y se hicieron bastante comunes a partir del siglo XIV. Fue hasta el Concilio de Trento cuando la Iglesia declaró que todos los años, determinado día festivo, se celebrara esta fiesta con singular veneración y solemnidad, y reverente y honoríficamente el Santísimo Sacramento fuera llevado en procesión por las calles y lugares públicos. En esto los cristianos atestiguan su gratitud y recuerdo por tan inefable beneficio, por el que se hace nuevamente presente la victoria y triunfo de la muerte y resurrección de Nuestro Señor Jesucristo.

En Agosto de 1964, setecientos años después de la institución de la fiesta de Corpus Christi, el Papa San Paulo VI celebró Misa en el altar de la Catedral de Orvieto. Doce años después, él mismo visitó Bolsena y habló en televisión para el Congreso Eucarístico Internacional. Dijo que la eucaristía era «un maravilloso e inacabable misterio».

El Concilio de Trento declara que muy piadosa y religiosamente fue introducida en la Iglesia de Dios la costumbre, que todos los años, determinado día festivo, se celebre este excelso y venerable sacramento con singular veneración y solemnidad, y reverente y honoríficamente sea llevado en procesión por las calles y lugares públicos. En esto los cristianos atestiguan su gratitud y recuerdo por tan inefable y verdaderamente divino beneficio, por el que se hace nuevamente presente la victoria y triunfo de la muerte y resurrección de Nuestro Señor Jesucristo.

Padre Alfredo.


«¿Qué ocupa el lugar de Dios en el corazón de muchos adolescentes y jóvenes?»... UN PEQUEÑO PENSAMIENTO PARA HOY


He pasado, en estos días del congreso, muchas horas confesando y confieso que por momentos se me va la voz y se me va la onda, como dicen en México, porque luego de dos o tres gentes de habla inglesa llega de repente uno de habla italiana y casi nadie en español, porque los españoles están ocupados con el Papa y los de América Latina están muy lejos de estas tierras que, incluso para mí que soy pata de perro, eran inhóspitas antes de cautivarme. Entre uno y otro llega algún lituano que en su lengua y a señas, hace que comprenda que lo que quiere es una bendición. Aquí, como en casi todo el mundo, la ausencia de adolescentes y jóvenes en los eventos eclesiales es mucho muy notoria. En tres días he confesado, entre esa oleada de peregrinos, solamente unos 4 jóvenes y ningún adolescente, a pesar de que en el congreso hay actividades musicales para ellos. ¡Qué gusto que la visita del Papa a España haya sido un llamado muy sonoro para los adolescentes y jóvenes que vaya que han disfrutado los encuentros con él!

Contemplando esta ausencia de «la racita», como suelo decirle a los adolescentes y jóvenes, me viene esta pregunta: ¿Qué propuestas sociales y culturales pretenden ocupar el lugar de Dios en el corazón de estas criaturas? ¿Por qué de niños ellos y ellas gozan el catecismo y luego de teenagers se van? Creo, en primer lugar, que es natural que un estudiante en una sociedad anticristiana y secular enfrente desafíos a su propia fe que inevitablemente provoquen preguntas escépticas de todo tipo. Una mamá me decía en estos días que su hijo dejó de ir a misa al entrar a la high school y le dijo que no volvería a misa porque él no está tonto como para estar oyendo siempre lo mismo. ¿Qué tipo de sermones reciben estos muchachos en sus parroquias? En la mayoría de los casos, ha habido una falla de nosotros los sacerdotes en las homilías y más particularmente en la programación y acompañamiento para adolescentes y jóvenes. Dondequiera que he impartido charlas, conferencias, y sermones, «la racita» se queja de que las preguntas que plantean no reciben respuesta. No quiero pensar que hay sacerdotes que dejan el cerebro en la sacristía para salir a predicar con un espiritualismo ajeno a ellos. 

Creo que el Evangelio de hoy (Mt 5,17-19) viene muy «ad hoc» porque nos recuerda que Jesús busca que podamos ser fieles al proyecto de Dios desde la perspectiva del Reino. Por eso nos impulsa a crecer y madurar en la fe, a no quedarnos en ese falso espiritualismo que no pone los pies en la tierra y a veces ni siquiera los ojos en el cielo sino simplemente en sentimientos que van y vienen. Jesús nos invita a no quedarnos en un mero cumplimiento sino a vivir en plenitud lo que creemos. A encarnar en nuestra humilde realidad cotidiana el amor de Dios nos convertimos, como dice el Papa León: «en una Biblia viviente». Yo creo que es hora de descruzar los brazos y apoyar a los sacerdotes para desarrollar nuestras potencialidades y capacidades poniéndolas al servicio de los adolescentes y jóvenes que ml que bien, son siempre la esperanza de un futuro mejor. Para enseñarles, no podemos seguir con las mismas homilías aburridas y a veces sosas. Nuestras ideas, puestas a la luz de la Palabra y del Sagrario para preparar nuestros sermones, se convierten de inmediato en acciones. Pero si la cosa está aburrida y sin cuerpo, si el predicador no le pone «enjundia» como decimos en Monterrey... ¿qué verán de interesante nuestros adolescentes y jóvenes? Se fabricarán un «jesucito» a su manera, como dice el padre Van Troi. Que la Virgen, que está más ocupada que nosotros, nos ayude. ¡Bendecido martes desde Lituania!

Padre Alfredo.

lunes, 8 de junio de 2026

«ESCONDIDO EN EL CONFESIONARIO»... Un pequeño pensamiento para hoy


Cómo resuenan en mi corazón unas frases del mandato que da Dios a Elías en la lectura de la misa de hoy lunes (1 Re 17,1-6): «vete de aquí; dirígete hacia el oriente y escóndete en el torrente que queda al este del Jordán. Bebe del torrente y yo les encargaré a los cuervos que te lleven de comer». Y es que a la luz de esto y tan lejos de casa, no puedo olvidar que soy misionero, misionero de Cristo por mi congregación religiosa y misionero de la misericordia, enviado por el Papa. Esta condición me hace vivir desinstalado... para algunos —incluso sacerdotes cercanos— como alguien errante, sin techo ni hogar; sin pertenencia, y tal vez sin un compromiso fijo en algún lugar. Quien no conoce la vida del misionero, le reprocha que no sea alguien estable y que asuma un compromiso fijo que lo ancle. Recuerdo que desde casi recién ordenado sacerdote, la madre Teresa Botello, sucesora de nuestra fundadora en el gobierno de las misioneras clarisas, me presentó ante un grupo de cardenales y obispos en Roma, en un evento de la universidad Lateranense y les dijo: «este es el padre Alfredo, ciudadano del mundo». Por eso me siento siempre conducido por la mano de Dios y seguro de qué como Elías, si atiendo a su voz que me envía, nunca me faltaba nada.

Hoy sigo en Lituania, en esta bellísima ciudad de Vilnus, conocida como la ciudad de la misericordia porque aquí se encuentra la casa —que todavía no conozco— en la que vivió Santa Faustina Kowalska y la imagen original de la divina misericordia ante la que ayer pude orar pidiendo por todos. Esta imagen es la auténtica, pintada en 1934 por Eugeniusz Kazimirowski, bajo la supervisión directa de la misma santa y su confesor, aunque es más famosa la que está en Cracovia que fue pintadas después de la muerte de Faustina. Pero en estos días estoy más bien «escondido» en la parte de atrás de donde se desarrolla el congreso o en mi confesionario asignado en Catedral para escuchar en inglés, en italiano y en español, a quienes buscan la misericordia de Dios... ¡aunque quisiera hablar todas las lenguas del mundo para seguir dispensando el perdón! No puedo olvidar al Papa Francisco, cuando, en Santa María la Mayor, recién instituido —como ya lo he platicado muchas veces— al darme la bendición, para irme a África me dijo con insistencia: ¡Confiesa mucho confiesa mucho... perdona mucho! Por eso el Señor suele «esconderme» en los confesionarios. 

Por otra parte, y más adelante, la lectura dice que los cuervos le llevaban a Elías pan y carne por la mañana y que él bebía con tranquilidad del torrente de agua. ¿Con qué dinero viaja un misionero? A veces hasta los más cercanos me cuestionan y uno que otro, sin saber cómo vivo, quisiera hacer alguna auditoría especial. Andando en las encomiendas misioneras vivo con lo que me dan por aquí y por allá. Duermo a veces en los mejores lugares y otras en estaciones de trenes, aeropuertos o centrales de autobuses. Me alimento, como hoy, de alguna ensalada de una tienda de conveniencia, como a veces con alguna familia que me invita y otras veces en restaurantes «de caché» siempre cosas que no me hagan daño. Traigo a veces suficiente money y otras veces rasco por aquí y por allá. Viajo muchas veces en la última clase de los aviones, en trenes de segunda y camiones de tercera y una que otra vez, gracias a boletos regalados o a millas acumuladas en un mejor asiento. algo que no me haga daño y ciertamente el señor llega de una manera maravillosa. ¿Se pueden imaginar que ayer en el congreso me tocó salmón y ensalada? El misionero vive de la misericordia anunciando el perdón y denunciando el pecado. Por eso Dios cuida de él de una manera sorprendente, como cuidó de Elías. Qué hermoso que de este congreso quede en todos por lo menos una chispita de la Divina Misericordia. Seguro la Virgen nos ayudará porque ella, por lo menos en mi caso, no se me despega nunca. ¡Bendecido lunes!

Padre Alfredo.