Ahora que el Señor me permitió pasar poco más de un mes en Indonesia, quedé maravillado de ver cómo estamos viviendo en América, acelerados, peleando, insultando —basta ver los pleitos al conducir— y cómo viven en el lejano Oriente. Yakarta tiene un tráfico como 10 veces peor que Monterrey. ¡Imaginen más de 100 motocicletas seguidas por un buen número de carros esperando que cambie el semáforo y ver cómo sin pelear, sin insultarse, sin meterse a la fuerza, todos avanzan! Las pocas veces que salí a la calle y veía esto pensaba: ¿para qué nos afanamos tanto y andamos en tantas preocupaciones por la vida y, tantas veces, víctimas del estrés en América? ¿vale la pena? Esto se completó al llegar al aeropuerto Haneda de Tokio, en donde multitudes caminaban en silencio —nadie usando el teléfono o hablando en voz alta— y en medio de un orden impresionante. Lo que más me impacta es que se trata allá de un mundo en donde los musulmanes —en Indonesia— y los budistas y sintoístas —en Japón— son la mayoría y los cristianos una minoría casi insignificante.
El evangelio de hoy (Lucas 9, 7-9) cuenta que Herodes sólo quería conocer a Jesús por curiosidad, quería espectáculo y circo, incluso quería presenciar algún milagro. Eso me hace pensar en tantos Herodes disfrazados de cristianos —católicos y protestantes— que no buscan tener un encuentro con Jesucristo, porque tener un encuentro con Cristo es algo muy profundo y comprometedor que transforma la vida y la manera de ser y actuar, es estar dispuesto a que Cristo entre en tu corazón y te cambie la vida. Quizás sea este un buen momento para preguntarnos si realmente hemos dejado entrar los criterios de Cristo, que van más allá de los de Mahoma o Buda en nuestros corazones de «creyentes», aun sabiendo que este encuentro puede poner nuestras vidas patas arriba para darnos una vida nueva y un corazón nuevo que sepa amar, esperar, acompañar, escuchar, tolerar... En la sociedad regiomontana y en muchas más de América, hay curiosidad, hay algunos que buscan lo milagrero y otros para los que Jesucristo ni existe o tiene un mensaje caduco. Pero, no lo puedo negar, aunque sea un número más reducido, como decía Benedicto XVI, hay también muchas personas que «desean ver a Jesús», aunque no se den cuenta a quién están buscando de verdad. Nosotros, los discípulos¬-misioneros de Cristo debemos dar testimonio con nuestra vida de que Cristo es la respuesta a todas nuestras búsquedas. Que la Virgen de la Merced, a quien hoy celebramos, nos ayude. ¡Bendecido jueves sacerdotal y eucarístico!
Padre Alfredo.