domingo, 21 de junio de 2026

«EL DÍA DEL PADRE»... su origen


En México y en muchas partes celebramos el Día del Padre el tercer domingo de junio. Muchos saben que yo soy un apasionado de la historia, porque estoy convencido de que la historia es fundamental para conocer el pasado para desde allí comprender nuestra realidad actual y proyectarnos hacia el futuro. La historia nos otorga identidad, desarrolla nuestro pensamiento crítico y nos enseña valiosas lecciones de los aciertos y errores de la humanidad. Por eso, en este día voy a la historia para que juntos entendamos el valor tan grande del Día del Padre. 

La historia nos dice que la primera persona en querer celebrar oficialmente esta fiesta fue una mujer llamada Sonora Smart Dodd. Su mamá murió en el año de 1898 cuando estaba dando a luz. Entonces, fue la responsabilidad de su papá —un veterano de la Guerra Civil de Estados Unidos—, de cuidar a sus 6 hijos solo. Se llamaba William Jackson Smart y aunque no existen muchos elementos biográficos a los que se pueda recurrir, todo parece indicar que, enfrentando el miedo de quedarse solo con esta tarea descomunal para un hombre, hizo un gran trabajo. 

Ya siendo adulta Sonora Smart Dodd fue a la Iglesia una mañana de mayo de 1909 a la celebración religiosa del recién instaurado Día de las Madres. Ella —quien admiraba mucho a su papá— estaba en el público pensando en una fecha para que también se celebrara la paternidad. Se celebrara a los papás cada 5 de junio, porque ese era el cumpleaños de su papá y así fue como un domingo 19 de junio se llevó a cabo la primera misa del Día del Padre. Como fue una celebración originada en la religión, se decidió que la celebración tendría que ser en domingo y así se llegó al tercer domingo de junio. 

Sonora Smart Dodd falleció en 1978, así que pudo ver cómo su iniciativa se extendió para agradecer a tantos papás que saliéndose del común de muchos hombres que no valoran este don, viven heroicamente su paternidad. 

El Día del Padre es una bendición, no solo porque refuerza la necesidad esencial de los padres, sino porque ofrece a los hombres católicos la oportunidad de reflexionar sobre su propio desempeño como padres valientes que, aunque vayan remando contra corriente. 

Este Día del Padre, independientemente de las fallas del pasado, cada hombre puede ser una nueva creación en Cristo que, bajo la mirada de María, que tuvo que ver mucho con la paternidad de San José. ¡Feliz Día del Padre sin olvidar a los que, como el mío, Don Alfredo Leonel Delgado Laurel, ya han sido llamados a la Casa Paterna!

Padre Alfredo.

«DE PUERTAS ABIERTAS SIN TENER MIEDO»... Un pequeño pensamiento para hoy


Jesús pronunció las palabras recogidas por san Mateo en el Evangelio de hoy (Mateo 10 versículos del 26 al 33) dentro del discurso de misión en el que les da una serie de instrucciones y les señala algunas advertencias para que tengan cuidado con la oposición, sin tener miedo, porque el Padre misericordioso les dirá lo que tienen que decir para defenderse cuando sea necesario. El Maestro sabía que el rechazo de los mensajeros estaba asegurado. Por eso todo aquel que quiera seguirle ha de tener un «temple profético» para dejarse seducir por Dios y no por el temor a los poderosos de este mundo. Cuando uno lee y medita estas sabias palabras se da cuenta de que vivir el compromiso bautismal de «ser profeta» no es simplemente el ser combativos, dispuestos a la polémica, sino mucha más que eso, creer en la verdad del Evangelio que, no mata, sino que trasforma. Jesús pide a sus seguidores hablen a plena luz y pregonen desde las azoteas el mensaje de salvación. 

Los discípulos–misioneros de Cristo estamos en la hora del anuncio del Reino de Dios, la hora de una Iglesia en salida sin miedos ni complejos, una Iglesia «de puertas abiertas». Por fin vamos entendiendo que una Iglesia encerrada en sí misma, una Iglesia que sólo piensa en su propio prestigio por miedo, es una Iglesia que se empobrece. La Iglesia en salida, que soñó y estableció el finado Papa Francisco, la Iglesia que va al encuentro de las personas, la Iglesia que escucha, que conoce los problemas, es una Iglesia que se enriquece, porque descubre nuevas virtualidades del evangelio y nuevas posibilidades de hacer el bien. El encuentro con el mundo —sin ser del mundo— nos ayuda a descubrir lo valiosa que es y la presencia escondida de su Señor en tantas personas desenfocadas o cautivadas por el mundo del consumismo, del materialismo que es «de puertas cerradas» porque atrapa y no deja salir con facilidad. La sociedad actual, atrapada en el encierro de la adoración del dios dinero y sus nefastas consecuencias, necesita oxígeno y la Iglesia con las puertas abiertas puede mirar a los ojos y escuchar acompañando al que, asqueado por ese encerramiento, va quedando tirado al borde del camino, porque ha descubierto que el dinero no lo da todo. (cf. Evangelii Gaudium, 46).

Quiero reservar el tercer largo párrafo de este día —que será bastante largo— a la celebración del Día del Padre. Es que este domingo en México y en muchas partes, celebramos esta fiesta. Muchos saben que yo soy un apasionado de la historia, porque estoy convencido de que la historia es fundamental para conocer el pasado para desde allí comprender nuestra realidad actual y proyectarnos hacia el futuro. La historia nos otorga identidad, desarrolla nuestro pensamiento crítico y nos enseña valiosas lecciones de los aciertos y errores de la humanidad. Por eso, en este día en que el Evangelio habla de que «no hay que tener miedo», voy a la historia para que juntos entendamos el valor tan grande del Día del Padre. La historia nos dice que la primera persona en querer celebrar oficialmente esta fiesta fue una mujer llamada Sonora Smart Dodd. Su mamá murió en el año de 1898 cuando estaba dando a luz. Entonces, fue la responsabilidad de su papá —un veterano de la Guerra Civil de Estados Unidos—, de cuidar a sus 6 hijos solo. Se llamaba William Jackson Smart y aunque no existen muchos elementos biográficos a los que se pueda recurrir, todo parece indicar que, enfrentando el miedo de quedarse solo con esta tarea descomunal para un hombre, hizo un gran trabajo. Ya siendo adulta Sonora Smart Dodd fue a la Iglesia una mañana de mayo de 1909 a la celebración religiosa del recién instaurado Día de las Madres. Ella —quien admiraba mucho a su papá— estaba en el público pensando en una fecha para que también se celebrara la paternidad. Se celebrara a los papás cada 5 de junio, porque ese era el cumpleaños de su papá y así fue como un domingo 19 de junio se llevó a cabo la primera misa del Día del Padre. Como fue una celebración originada en la religión, se decidió que la celebración tendría que ser en domingo y así se llegó al tercer domingo de junio. Sonora Smart Dodd falleció en 1978, así que pudo ver cómo su iniciativa se extendió para agradecer a tantos papás que saliéndose del común de muchos hombres que no valoran este don, viven heroicamente su paternidad. Creo, entonces, que este domingo unos destinatarios privilegiados del Evangelio son los papás. El Día del Padre es una bendición, no solo porque refuerza la necesidad esencial de los padres, sino porque ofrece a los hombres católicos la oportunidad de reflexionar sobre su propio desempeño como padres valientes que, aunque vayan remando contra corriente. Este Día del Padre, independientemente de las fallas del pasado, cada hombre puede ser una nueva creación en Cristo que, bajo la mirada de María, que tuvo que ver mucho con la paternidad de San José. ¡Bendecido domingo Días del Padre sin olvidar a los que, como el mío, ya han sido llamados a la Casa Paterna!

Padre Alfredo.

sábado, 20 de junio de 2026

«NO PODEMOS SERVIR A DIOS Y AL DINERO»... Un pequeño pensamiento para hoy


Viendo el Evangelio del día de hoy, tomado del capítulo 6 de San Mateo, en los versículos del 24 al 34, inicio mi reflexión del día de hoy con algunas frases que el Papa Francisco n os heredó en la Evagelii Gaudium: «El hombre ha creado nuevos ídolos. La adoración del antiguo becerro de oro —cf. Ex 32,1- 35— ha encontrado una versión nueva y despiadada en el fetichismo del dinero y en la dictadura de la economía sin un rostro y sin un objetivo verdaderamente humano» (EG 55). «En este sistema, que tiende a fagocitarlo todo en orden a acrecentar beneficios, cualquier cosa que sea frágil, como el medio ambiente, queda indefensa ante los intereses del mercado divinizado, convertidos en regla absoluta» (EG 56). «Los mecanismos de la economía actual promueven una exacerbación del consumo, pero resulta que el consumismo desenfrenado unido a la inequidad es dañino al tejido social… Solo sirve para pretender engañar a los que reclaman mayor seguridad» (EG 60). 

El afán de tener de todo a costa de todo en la sociedad actual, equivale a celebrar un culto sin tregua y sin piedad como despliegue máximo de aquello que se venera. El culto al dios dinero no puede parar ni el domingo que, anteriormente, por más del 90 % de la sociedad creyente, era considerado el día del Señor. Ante la frase evangélica, centro de la reflexión de hoy: «Nadie puede servir a dos señores. Porque despreciará a uno y amará al otro; o, al contrario, se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No pueden servir a Dios y al dinero», tenemos que preguntarnos en qué o en quién ponemos nuestra confianza: ¿En nosotros? ¿En nuestra fortaleza personal? ¿En nuestro poder adquisitivo? ¿En el dinero aunque no lo tengamos? Tal vez solamente cuando todo a la gente le falta el dinero es cuando se acuerda de Dios. Por eso, muchas veces decimos que la pobreza, o la enfermedad nos evangelizan. Ellas ponen al descubierto nuestra vulnerabilidad y nos ayudan a poner nuestro corazón y nuestra vida en las manos de Dios.

Ayer, una tormenta inesperada colapsó Monterrey, mi tierra natal y el lugar en donde vivo. Sumergido en una inmensa laguna de agua y un océano de automóviles, contemplaba las construcciones excéntricas que el dios dinero ha venido imponiendo en esta megalópolis sin ton ni son: Edificios que rascan el cielo y están vacíos, con departamentos que exigen rentas inimaginables, restaurantes a los que menos del 2 % de los habitantes de la ciudad puede ingresar. Descomunales centros comerciales que empobrecen más a quienes no tienen y compran a crédito lo que tal vez nunca acabarán de pagar. Puentes con estructuras imponentes que hablan de millones de pesos gastados en acero para sostener lo que con unas cuantas varillas se puede lograr. Tiendas de conveniencia que obtienen inmensas ganancias para unos cuantos, estadios que venden los boletos a precios que succionan meses y meses de sueldo de trabajadores que no quieren quedarse atrás y están allí... y me falta decir mucho más. Tal vez tenemos que preguntarnos qué es lo que de verdad llena nuestro corazón y se ha hecho centro de nuestra vida. La naturaleza, creada por Dios no es la primera vez que vence la ambición millonaria de una ciudad mal planeada porque no ha sido hecha con la visión de hacer un pueblo de desarrollo, sino con la idea de crear un ídolo como el Becerro de Oro, que distrae al ser humano de su auténtico ser y quehacer.

Apartarnos de Dios, como el pueblo de Israel hizo tantas veces a lo largo de su historia y que hoy denuncia Jesús con unas cuantas palabras, no silencia la voz de aquellos que tiene hambre, que padecen enfermedades por estar desnutridos; la voz de aquellos que esperan el transporte público más de 40 minutos y que corren el riesgo de morir, como la mujer que ayer murió aplastada por un panorámico que sabrá Dios cuánto haya costado y cuya noticia se ha silenciado para no poner en evidencia a la constructora; la voz de quienes tienen que entorpecer la línea de las cajas en el supermercado porque tienen que estar regresando lo que no alcanzar a pagar y que es de consumo básico; la voz de quienes hacen casi tres horas de ida y 3 de regreso del trabajo porque no hay un bue n transporte para quien no puede comprar un carro; la voz de quienes son estafados por quienes se aprovechan de su ignorancia... Creo que palabras como estas, que en Evangelio pueden pasar como una frase más, nos deben llamar a nosotros, que no queremos al dinero como dios de nuestras vidas, a descubrir un modo nuevo y diferente de ser para vivir como profetas que somos desde el bautismo, ayudando a descubrir la verdadera felicidad. María, la mujer que se supo pobre y necesitada de Dios nos ayude. ¡Bendecido sábado!

Padre Alfredo.

viernes, 19 de junio de 2026

TRIDUO EN HONOR DE LA BEATA MARÍA INÉS TERESA DEL SANTÍSIMO SACRAMENTO.


Oración Inicial para todos los días:

Se rezará al comenzar cada día.

Señor Dios, Padre nuestro, que concediste a la Beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento una sed ardiente de la gloria de Dios y la salvación de las almas, infunde en nuestros corazones ese mismo celo misionero. Que su amor entrañable a la Santísima Virgen de Guadalupe y su entrega total a la Eucaristía nos guíen para hacer de nuestra vida una constante ofrenda de amor. Concédenos, por su intercesión, la gracia que hoy te pedimos con fe. Amén.


Día 1: El Amor al Santísimo Sacramento.

Reflexión: La Beata María Inés centró toda su existencia en Jesús Sacramentado. En el Sagrario encontraba la fuerza para su labor misionera. Ella nos enseña que la oración contemplativa es el motor de toda acción apostólica.

Oración: Jesús Sacramentado, te pedimos, por intercesión de la Beata María Inés, que aumentes nuestra fe y devoción a la Sagrada Eucaristía. Que sepamos buscarte, como ella, en el Sagrario, con un corazón puro y humilde, reconociendo que solo en ti se encuentra la verdadera paz y la alegría del alma. Rezar un Padre Nuestro, un Ave María y un Gloria.


Día 2: El Espíritu Misionero y Universal.

Reflexión: El lema de la Beata María Inés era: "Urge que Cristo reine". Su corazón no conoció fronteras; deseaba que todos los hombres, en todos los continentes, conocieran el Evangelio y el amor de Dios. «Que todos te conozcan y te amen, es la única recompensa que quiero» le decía al Señor.

Oración: Dios de bondad, enciende en nosotros el fuego de la caridad misionera como lo hiciste en el corazón sin fronteras de Madre Inés. Ayúdanos a comprender que todos somos responsables de llevar tu palabra a los demás, empezando por nuestras familias y comunidades. Danos la valentía de anunciar tu Reino sin miedo, con alegría y sencillez. Rezar un Padre Nuestro, un Ave María y un Gloria.


Día 3: La Confianza Filial en María de Guadalupe.

Reflexión: Bajo la mirada de la Virgen de Guadalupe, la Beata María Inés caminó con absoluta confianza filial. Aprendió de María a ser dócil a la voluntad del Padre y a interceder con ternura por los más necesitados y alejados. «Vamos María» se le escuchaba decir.

Oración: Madre Santísima de Guadalupe, Virgen de la Promesa, tú que fuiste la gran inspiradora y protectora de la Beata María Inés, enséñanos a confiar plenamente en la Divina Providencia. Alcánzanos un corazón humilde como el tuyo, para aceptar con amor los planes de Dios en nuestra vida ordinaria. Rezar un Padre Nuestro, un Ave María y un Gloria.


Oración Final para todos los días. 

Se rezará al terminar cada día. 

Beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento, intercede ante el Padre Celestial para que alcancemos la gracia de una fe viva, una esperanza firme y una caridad ardiente. Pide para nosotros la bendición de vivir siempre en sintonía con el Corazón de Jesús y el de tu amada Madre de Guadalupe. Te encomendamos de manera especial esta petición: (Mencione aquí su intención personal). Ruega por nosotros, Beata María Inés, para que seamos dignos de alcanzar las promesas de Nuestro Señor Jesucristo. Amén.

Padre Alfredo.

 

jueves, 18 de junio de 2026

«En el marco de los recuerdos rezo el Padre Nuestro»... Un pequeño pensamiento para hoy


Cuando un matrimonio vive en plenitud su vocación sacramental, la fecha de su aniversario hace revivir en el corazón todo el camino recorrido, sea corto o largo. Mis papás cumplían años de casados el 18 de junio, y el Señor siempre me concedió felicitarlos y agradecerles el testimonio de su perseverancia y fidelidad. No me tocó acompañarlos en sus «Bodas de Plata», pues me encontraba estudiando en Roma. Viví aquella celebración a distancia, cuando todavía era muy difícil comunicarse; sin embargo, en una audiencia llevé a san Juan Pablo II la «Bendición Apostólica» que les envié, y él, con gusto, la bendijo. Pude celebrarles los 30 años de casados en 1991, siendo yo ya sacerdote y, finalmente, el Señor me concedió presidir la misa de sus «Bodas de Oro» en la misma iglesia donde se casaron en 1961: la parroquia de «El Espíritu Santo», a la que pertenecemos y que ha marcado tantas fechas importantes de nuestra vida familiar; allí descansan ahora las cenizas de mi papá. Ellos llegaron a cumplir 59 años de casados, ya con papá muy enfermo, a poco menos de un mes de su retorno a la Casa del Padre. Allí, junto a su lecho, les celebré la misa. Recuerdo que él le dijo a mi mamá: «En lo próspero y en lo adverso, en la salud y en la enfermedad… y ahora es en la enfermedad». Ellos compartieron con un gozo inmenso sus últimos años juntos. A veces se nos perdían a mi hermano y a mí porque se daban sus escapadas; solían contar que la vida era muy diferente cuando se casaron, pero que se seguían amando.

Ahora mamá tiene siete años de viuda. Yo la acompaño lo más que puedo, entre las andanzas de la parroquia, los ires y venires de mi vida ministerial, las diversas encomiendas y los viajes que he de hacer. Sigue firme como un roble y, cada día que pasa, piensa en mi padre. Algunas veces, junto a mí, agradece a papá cada instante compartido, cada beso, cada palabra de amor; y el amor que se tuvieron sigue iluminando sus días. Y es que, todos lo sabemos, no hay despedida para un amor tan grande, porque la gente —como a veces suelo decir— sigue más viva que antes en los recuerdos y en el corazón. Mamá dice que lo siente en cada rincón de nuestra casa, en cada susurro del viento, en cada colibrí que llega y, sobre todo, en cada una de las misas que le celebro en casa o que ella sigue por la T.V. o en su computadora «mágica», que tanto la acompaña y la acerca al mundo de ayer, al de hoy y al de mañana: WhatsApp, Zoom, YouTube y todas las aplicaciones que maneja. Facebook no le gusta mucho; dice que es un «chismógrafo». Yo veo que, a sus 91 años cumplidos, cada día trata de ser fuerte, pero también se permite extrañarlo, seguramente derramar sus lagrimitas y amarlo como si nunca se hubiera ido de su lado. Ojalá muchos matrimonios vivieran como ellos lo hicieron. Creo que ese amor tan intenso que ellos vivieron es, en gran parte, lo que ayuda a mamá a seguir adelante sin él aquí. Lo recuerda en cada paso lento que da, en cada decisión que ha de tomar y en cada alegría que vuelve a sentir cuando lo evocamos juntos, hasta que llegue el día de volver a encontrarnos.

En el marco de este recuerdo me encuentro con el Evangelio de hoy —Mateo 6, 7-15—, donde Jesús nos entrega las siete peticiones del Padrenuestro. Son, por así decirlo, las súplicas de los hijos que hemos sido adoptados para ser amados por el Padre con la misma calidad de amor con que Él amó a Jesús. Decimos: «Santificado sea tu nombre», reconociendo y honrando a nuestro Padre. «Venga a nosotros tu reino», invitándolo a ser parte central de nuestra vida diaria. «Hágase tu voluntad», disponiéndonos a obedecerle en todo tiempo y lugar. «Danos hoy nuestro pan de cada día», rogando que no nos falte el alimento material, ni el alimento de su Palabra y de los sacramentos. «Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden», agradeciendo el perdón recibido y extendiéndolo a los demás miembros de la familia. «No nos dejes caer en tentación», pidiendo la gracia de no hacerlo a un lado en nuestras decisiones y acciones. Finalmente imploramos: «Líbranos del mal», suplicando su protección ante los ataques del maligno. Todo esto lo aprendí también gracias al matrimonio de Alfredo Leonel y Blanca Margarita… ¿Cómo no recordar aquel día de su «sí»? Que la Virgen Santa, que siempre está a nuestro lado, nos ayude a sabernos hijos de Dios e hijos de quienes nos dieron la vida, y a vivir siempre con un corazón agradecido. ¡Bendecido jueves sacerdotal y eucarístico!

Padre Alfredo. 

miércoles, 17 de junio de 2026

«No para lucirnos ante los demás, sino para agradar a Dios... UN PEQUEÑO PENSAMIENTO PARA HOY


En una de sus homilías, el recordado papa Benedicto XVI señaló que, en el seguimiento del Señor, la verdadera recompensa no es la admiración de los demás, sino la amistad con Dios y la gracia que de ella brota: una gracia que da paz y fortaleza para hacer el bien, amar incluso a quien no lo merece y perdonar a quien nos ha ofendido. Hoy, cuando Jesús en el Evangelio —Mt 6, 1-6.16-18— nos invita a obrar para la gloria de Dios y agradar al Padre, recuerdo estas sabias palabras, que iluminan el sentido de nuestro compromiso de fe. Ése es el sentido de nuestra vida y nuestro honor: agradar al Padre y complacer a Dios. Ése es el testimonio que Cristo nos dejó.

A veces, incluso dentro de la Iglesia, la falta de rectitud de intención resulta grave cuando se manifiesta en acciones como la oración, el ayuno o la limosna, pues son actos de piedad y caridad que deben realizarse por amor a Dios y no para aparentar. Sin embargo, sabemos que en todas partes hay personas que buscan lucirse y presentarse con orgullo como las más santas, perfectas o correctas. En el fondo, desean apropiarse de pequeños grupos o conversaciones, movidas por intereses personales, ideas teológicas equivocadas o teorías conspirativas, con tal de ocupar el primer lugar y llamar la atención. Son como moscas en la sopa: pueden arruinar cualquier momento. También pueden convertirse en una verdadera dificultad para un párroco, un coordinador de grupo o un superior religioso, porque esas actitudes tóxicas dañan la sinodalidad en la Iglesia.

Por eso conviene atender con seriedad lo que hoy dice el Maestro: «Cuiden de no practicar su justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario, no tendrán recompensa de su Padre celestial» (Mt 6, 1). ¿Cómo podríamos agradar a Dios si buscamos, ante todo, ser vistos viviendo de apariencias y quedar bien delante de los demás? No se trata de escondernos para que nadie nos vea, sino de orientar nuestras buenas obras, primero y directamente, hacia Dios, buscándolo como «la única recompensa», como decía la beata María Inés. No importa, ni es malo, que otros nos vean; al contrario, nuestro testimonio coherente puede edificarlos. Lo verdaderamente importante es que, a través de nuestras acciones, veamos a Dios y caminemos hacia Él. Que la Virgen, siempre activa y contemplativa, nos ayude. ¡Bendecido miércoles!

Padre Alfredo.

martes, 16 de junio de 2026

«Cuando llueve, llueve para todos»... UN PEQUEÑO PENSAMIENTO PARA HOY


Cuando llueve, llueve para todos, solemos decir. Con la misma lógica deberíamos de decir que cuando hay pan, hay pan para todos; pero aquí la lógica se desquebraja y se esfuma la solidaridad pensando que en esto del sustento cada uno debe arreglárselas como pueda. Jesús trae a colación esta cuestión de la lluvia en el Evangelio de hoy (Mt 5,43-48) para recordarnos que en las actitudes que hemos de tener con los demás no tenemos que estar haciendo distinción alguna o buscando preferencias. Jesús está hablándonos del amor que debe envolver nuestra vida como característica de los creyentes y que ha de ser como la razón de ser de lo que hacemos o del trato que tengamos con los demás. Por eso ese no podemos ir por el camino de las exclusividades ni tenemos que actuar con la Ley del Talión, esa del «ojo por ojo y diente por diente».

El Señor, en el Evangelio nos propone algo que rompe muchos esquemas, nos pide una renovación muy profunda de nuestras actitudes y de la manera que tengamos de tratar a los demás. Porque nos está hablando de un amor que ha de tener una categoría universal. Jesús viene a romper aquel esquema de que solo hemos de amar a los amigos, que solo vamos a responder con amor cuando nos hayan ofrecido amor. La regla económica de la oferta y la demanda no aplica en esta cuestión. El Señor es claro. No podemos seguir actuando según los parámetros antiguos que se asoman en el Antiguo Testamento.

En este fragmento del Evangelio que hoy contemplamos, Jesús nos pide una de las cosas más difíciles desde el punto de vista humano... nos pide amar a los que nos provocan daño, a los que nos odian, a los que nos persiguen, cuando nuestro instinto natural sería totalmente contrario. Cristo ofrece una serie de razones para justificar su aseveración, recordando que el Padre celestial hace salir el sol para malos y buenos, y manda lluvia sobre justos e injustos, porque es misericordioso. ¡Qué difícil! Pero qué alivio cuando eso se puede hacer realidad. Es que si sólo amamos y tratamos a nuestros amigos, haremos algo que no tiene ningún mérito, porque, lo realmente difícil, es lo contrario. Que la Virgen nos ayude, Ella, la llena de gracia. ¡Bendecido martes!

Padre Alfredo.