martes, 22 de agosto de 2017

«MARÍA REINA»… Un pequeño pensamiento para hoy

¡Feliz martes lleno de bendiciones! Apenas acabamos de celebrar la asunción de María a los cielos y ya estamos de fiesta con ella nuevamente celebrándola como «María Reina». En la Biblia, dos veces, la Madre de Dios se adjudica el título de «sierva» (Lc 1, 38.48) y nunca se autonombra «Reina». A María, la mujer más santa que haya existido en la tierra, la llamamos Reina porque es Madre de Cristo, Rey de reyes, Señor de señores y Rey del universo. María también es Madre de todos los hombres y reina en nuestras vidas junto a su Hijo Jesús. Además, al ser asunta al cielo, fue coronada como tal por la Santísima Trinidad. El libro del Apocalipsis (Ap 12,1), en clave mariológica, nos muestra a la santísima virgen María con la luna bajo los pies y «una corona de doce estrellas sobre la cabeza». Según muchos estudiosos la luna representa la creación material y las estrellas, el mundo espiritual. Así, María es reina y señora del universo. En la comunión de los santos, María Reina sigue cooperando al designio salvador del Padre. Sigue siendo la misma, la mismísima: la que se entrega, como sierva, rendidamente a la voluntad de Dios. Ese es su reinado, esa es su corona, porque, al igual que su Hijo, nos muestra que su reino no es de este mundo (Jn 18,36).

¡Qué difícil es entrar en ese reino, el Reino de los Cielos, si se tienen ataduras en este mundo! Jesús, el Rey del universo nos lo recuerda en el Evangelio (Mt 19,23-30). Pero, como humanos, hemos de reconocer que sentimos siempre la atracción a las riquezas y a los bienes materiales, entonces, ¿quién podrá salvarse y alcanzar con María ese Reino de los Cielos? Jesús dice que es más fácil que un camello entre por el ojo de una aguja, que un rico entre en el Reino de los Cielos (Mt 19,24. El proverbio del camello y del ojo de la aguja se usaba en aquellos tiempos para hablar de una cosa que era imposible, humanamente hablando porque un camello no entraba por el ojo de una aguja de coser ni por la aguja de las ciudades amuralladas. Por otra parte, la expresión «que un rico entre en el Reino», no se trata, en primer lugar de la entrada en el cielo después de la muerte, sino de la entrada en la comunidad que vive en torno a Jesús. Y hasta hoy es así. Los ricos difícilmente entran y se sienten en casa en las comunidades que tratan de vivir el evangelio según las exigencias de Jesús y que tratan de abrirse a los pobres, a los migrantes, a los excluidos de la sociedad. El cristiano, el seguidor de Jesús, es el que ha puesto su corazón en Jesús, en la amistad de Jesús, en vivir como Jesús vivió, porque sabe y experimenta que Jesús le da mucho más que las riquezas de este mundo, le da sentido, ilusión, amor, perdón, la alegría de vivir en esta tierra y la plenitud de la felicidad más allá de la muerte.

Pero Cristo nos dice que también los ricos pueden salvarse, porque para Dios todo es posible (Mt 19,26) y se requiere para ello una sola condición: que saquen de su corazón a las riquezas para colocar en su centro a Jesús. Pedro pregunta a Jesús por la «paga» que él y los demás seguidores del Reino van a recibir por lo que han hecho y dejado. Posiblemente, después de andar tanto con Jesús, Pedro no le volvería hacer esta pregunta. Se conformaría con seguir disfrutando de su amor, de su amistad, de su luz… en esta vida y en la otra gozando de los frutos del Reino, como María… ¡Una excelente paga! 

Padre Alfredo.

lunes, 21 de agosto de 2017

«Juventud y juventud acumulada»... Un pequeño pensamiento para hoy

¿Qué debo hacer con mi vida? ¿Alguna vez te has formulado esa pregunta? ¿Alguna vez se la has hecho a Jesús? La vida del creyente tiene sentido desde Cristo y desde sus amores. Seguir a Jesús exige esfuerzo, desprenderse de lo que uno más ama. Significa sacrificio, junto con alegría y realización humana. No hay que tener miedo a lo que nos exija la vivencia auténtica de nuestro cristianismo, porque no estamos solos. ¿Acaso Cristo nos va a abandonar? ¿No nos acompaña con sus sacramentos? ¿No nos va a consolar cada vez que le hablemos en la oración? Seguir a Cristo es el camino para aprovechar bien la vida. Aunque seguirle de cerca, es un gran compromiso, vale más que cualquier cosa. De ahí la pregunta: «Maestro bueno, ¿qué debo hacer para ganar la vida eterna?» (Mt 19,16).

Benedicto XVI —el Papa emérito—, comentando el pasaje del Evangelio que hoy ocupa mi reflexión matutina, que es sobre «el joven rico» (Mt 19,16-22) y explicándolo a los jóvenes dice unas palabras que me dejan pensando: «Ustedes han creído que Dios es la perla preciosa que da valor a todo lo demás: en la familia, en el estudio, en el trabajo, en el amor humano... en la vida misma. Han comprendido que Dios no les quita nada, sino que les da el ciento por uno y hace eterna su vida, porque Dios es Amor infinito: el único que sacia nuestro corazón. Me gustaría recordar la experiencia de san Agustín —dice el Papa, un joven que buscó con gran dificultad, durante mucho tiempo, fuera de Dios, algo que saciase su sed de verdad y de felicidad. Pero al final de este camino de búsqueda ha comprendido que nuestro corazón está sin paz mientras que no encuentre a Dios, mientras no repose en Él. ¡Queridos jóvenes! ¡Conserven su entusiasmo, su alegría, la que nace de haber encontrado al Señor, y sepan comunicarla también a sus amigos» (5 de julio de 2010).

El joven del evangelio sentía una inquietud en el fondo de su alma. Había decidido romper con el pecado. Seguramente tendría, como muchos de nosotros, amigos que estaban refugiados en el egoísmo, los placeres, la violencia, la indiferencia ante el sufrimiento de los demás. Pero él no era así. Quería llegar a la vida eterna, y por eso se acercó a Jesús para preguntarle qué debía hacer. Pero este joven, aunque estaba bien dispuesto, no supo estar a la altura y se fue triste (Mt 19,22). ¡Qué contradicción! Poseía muchos bienes, había sido atrapado por el consumismo, por el materialismo y, en lugar de estar alegre, se marchó con un rostro marcado por la tristeza y el desengaño. En el fondo, no estaba dispuesto a decir sí a Jesús y optó por seguirse a sí mismo. Es la vida no solamente de gente joven, sino de mucha gente de diversas edades del mundo globalizado en el que vivimos. Muchos, apegados a tantas cosas, fácilmente se olvidan de Jesús y lo relegan a un lugar secundario alegando que no hay tiempo para ir a Misa el domingo, que no les alcanza el día para rezar el rosario, que es imposible formar parte de algún grupo en la Iglesia, que no alcanzan a leer ni siquiera un versículo de la Biblia. La beata María Inés decía, con el buen humor que la caracterizaba: «La juventud no se acaba, solo se acumula» ¡Cuánta verdad encierra esta frase! ¡Y con cuanta razón nos podemos aplicar la pregunta que se hace el joven del evangelio aunque seamos viejos! Que María Santísima, que siempre conservó el fuego de su juventud, cuando el Ángel le anunció que sería la Madre del Salvador y ella comprendió que eso significaba dejarlo todo por seguir la voluntad divina, nos ayude a descubrir que de nada sirve tener o hacer muchas cosas, si no está su Hijo Jesús en el centro de la vida. La observancia de los mandamientos es apenas el primer grado de una escala que va mucho más lejos y más alto (Mt 19,17). ¡Jesús pide más y con nuestra juventud, tal vez acumulada… le podemos seguir más de cerca! Feliz inicio de semana en este bendecido lunes.

Padre Alfredo.

domingo, 20 de agosto de 2017

«¡Ten compasión de mí!»… Un pequeño pensamiento para hoy

«Los dones y la llamada de Dios son irrevocables» (Rm 11,29). Dios no se equivoca al llamarnos, somos nosotros los que fallamos al cambiar muchas veces los planes de Dios. Todos somos hermanos de todos, sin distinción de razas, ni lenguas, hombre o mujer, esclavo o libre, porque todos somos hijos de un mismo Dios que nos ha llamado y su llamada es irrevocable, al igual que los dones que nos ha dado y que nos capacitan para seguirle. Los llamados somos todos hermanos en Cristo y por Cristo. La respuesta a esa llamada, cuando es sólida y verdadera, se convierte en una poderosa arma capaz de vencer todo obstáculo. La llamada cuando es escuchada de una manera confiada, produce una respuesta que sabe esperar contra toda esperanza. La respuesta a la llamada, cuando es insistente, se convierte en un método que nos hace discípulos-misioneros que actúan a tiempo y a destiempo y con insistencia suplican al Señor que siga derramando sus dones y fortalezca la fe. 

Todos —incluidos por supuesto los que asistimos cada domingo a Misa— necesitamos un poco del corazón de la mujer cananea que se encuentra con Cristo (Mt 15,21-28). Un corazón que sabiéndose llamado y amado, sea capaz de suplicar con fuerza la misericordia, gracias a los dones recibidos, incluida, por supuesto la fe. Cada domingo, en la Palabra que escuchamos y en el pan consagrado que comemos, vamos acrecentando la fe y los demás dones que hemos recibido. El Padre nos ha llamado a todos a la existencia, Jesús, entonces, al toparse con esta insistente mujer, no puede hacer otra cosa que atender su petición. El mismo Jesús tuvo que aceptar que su misión rompía los límites de las fronteras, razas, culturas y religiones. El amor de Dios se dirige a toda la humanidad sin excepción. No hay nadie despreciable para Dios. Todos están llamados a sentarse a su mesa. Y no como perritos, sino como hijos, porque en ella hay sitio para todos. Abrir las fronteras y no despreciar a nadie por ser diferente es una gran lección del evangelio de este domingo. Reconocer a las personas que, cerca de nosotros y de muchas maneras diferentes, gritan como la cananea: «Ten compasión de mí» (Mt 15,25), acogerlas y sentir con ellas, es nuestra misión como discípulos-misioneros. Así vamos preparando ya desde ahora el banquete del Reino al que Dios ha invitado a toda la humanidad. La bondad de Dios es universal, no excluye a nadie.

Como ha dicho el papa Francisco, «la petición de la mujer cananea es el grito de toda persona que busca amor, acogida y amistad con Cristo» (17.8.2014). Las enseñanzas contenidas en la Palabra de Dios tienen, por supuesto, un destino comunitario, una tarea dirigida a toda la Asamblea del Pueblo de Dios, pero también son una llamada personal e individual a todos y cada uno de quienes hemos recibido innumerables dones. Nosotros también somos «extranjeros», ¿nos sentimos próximos o lejanos de la mentalidad de esta mujer cananea? A veces creemos que hacen falta milagros para que brote la fe. Jesús, en su Evangelio, nos hace ver que es la fe la que hace brotar los milagros en cualquier lugar que se presente. Dios extiende su compasión a quienes creen en él. Como dice María en el Magníficat: «su misericordia alcanza de generación en generación» (Lc 1,50). Que ella nos ayude para comprender la gentileza del Señor que nos ha llamado y nos da sus dones. “¡Qué grande es tu fe!» (Mt 15,28), le dice el Señor a la mujer. Y... ¡qué gentil es el Señor! Nos da crédito por lo que no viene de nosotros sino de él. ¡Si la fe es un regalo que él mismo nos ha dado! Que pasen un excelente domingo.

Padre Alfredo.

sábado, 19 de agosto de 2017

Ser como niños para entrar al Reino... Un pequeño pensamiento para hoy

Para entrar en el Reino de los Cielos hay que hacerse como niños, dice Jesús en el Evangelio (Mt 19,13-15). De alguna manera, cuando leemos este pasaje, entendemos que la lógica de Jesús no es la nuestra. Los niños no contaban para nada en el mundo judío de la época de Jesús, de la misma manera que hoy sucede en algunas culturas, por eso a los discípulos les resultaba hasta molesto que la gente pretendiera que los niños se acercaran a Jesús. Él, como muchas otras veces, les desconcierta. ¡El reino de los cielos va a ser para los que son como los niños! Pero en este mundo... ¿a quién se le antoja ser como los niños? Pretendemos crecer y ser adultos, «madurar» y dejarnos de infantilismos... ¡Y seguro que todo ello está bien! Pero con el paso del tiempo hemos dejado de ser niños y, sin saber por qué, parece que hemos perdido a la vez, aquella inocencia que nos hacía dignos de entrar en el Reino de los cielos. En los tiempos de Cristo, los niños no eran conocedores de la Ley y, por supuesto no la practicaban. Se les despreciaba como a los pobres, a las mujeres, a los enfermos crónicos, a los extranjeros. Y si se les despreciaba, no querían que Cristo los bendijera. 

A la frase de Jesús pidiendo que los niños se acerquen a Él, le siguió la que todos tenemos grabada en el corazón y que lo dice todo: «porque de ellos es el Reino de los Cielos» (Mt 19,14). La vida de Jesús estuvo llena de detalles hacia los niños, mujeres, pobres y enfermos, las personas menos consideradas por la sociedad de la época. La Iglesia que hemos de seguir construyendo es esta, la que Cristo inició, la que no puede despreciar a nadie, mucho menos a los más pequeños que en plena Misa se sueltan llorando, que quieren correr por el pasillo central porque les parece enorme, que preguntan que por qué Jesusito está «morido», que a la hora de comulgar piden a los papás «papitas de Dios»... ¿Dejamos que los niños se acerquen a Dios, o preferimos que mejor no vengan al Templo para que no molesten? ¿Dejamos que los niños conozcan a Dios explicándoles desde pequeños nuestra fe o los dejamos a la deriva que corran, salten y brinquen en plena Misa? ¿Los llevamos a la Misa Dominical y nos hacemos responsables de ellos o mejor no vamos? ¿Les llevamos un juguetito «silencioso» o les soltamos las llaves para que hagan cuanto ruido puedan y se entretengan? ¿Sabemos las estadísticas de los abortos diarios por el desprecio a los niños? ¡Qué va! También en nuestro ambiente se desprecia con frecuencia entonces a los niños. No se les hace caso, no se les ayuda a crecer como Dios quiere en nuestra fe... ¡Hay mucho que hacer por ellos, para llegar a ser como ellos y entrar al Reino! 

¿Cómo tratarían José y María a Jesús niño? ¿Qué recuerdos le quedarían a él de su participación en la sinagoga de pequeño? ¿Cómo iría aprendiendo a vivir la fe y a comportarse en las celebraciones de su tiempo? ¡Por algo diría que el Reino de los Cielos es de los que son como los niños! Y es que el niño es alguien que no se vale por sí mismo, tiene que ser enseñado, acompañado: El niño es tan débil como el pobre o el marginado, tiene necesidad de los demás. Ojalá dejemos que José y María, que deben haber sido unos padres extraordinarios, iluminen este sábado y siempre el corazón de tantos papás y abuelos que cuidan de los niños, para no dejar escapar esta Palabra de Dios sin que fecunde su actuar. y entender lo que Jesús pretende decir Al reino se entra por la pobreza y por la debilidad. Con un corazón de niño: Un corazón sencillo, un corazón limpio, un corazón sin prejuicios un corazón siempre abierto a la novedad. Hasta el mismo Dios se hizo niño como cualquier niño. Y hasta Jesús nos propone al niño como modelo para ingresar al Reino de Dios. ¡Bendecido sábado! 

Padre Alfredo.

viernes, 18 de agosto de 2017

Dos realidades vividas con felicidad... Un pequeño pensamiento para hoy

El estilo de vida que yo llevo, como célibe, viviendo en castidad consagrada, no equivale a arrojar una sombra sobre el estado matrimonial. Por el contrario, conviene tener presente siempre lo que afirma el Catecismo de la Iglesia Católica: «Estas dos realidades, el sacramento del matrimonio y la virginidad por el reino de Dios, vienen del Señor mismo, Es él quien les da sentido y les concede la gracia indispensable para vivirlos conforme a su voluntad. La estima de la virginidad por el reino y el sentido cristiano del matrimonio son inseparables y se apoyan mutuamente» (n.1.620; cf. Redemptionis donum, 11). Yo creo que cada una de estas dos vocaciones, con sus dones y exigencias, exige «la debida madurez psicológica y afectiva» (Perfectae caritatis, 12). Esta madurez es indispensable para perseverar. ¡Cómo me duele que hoy sea tan fácil dejar una y otra vocación sin luchar! ¡No entiendo a mucha gente joven que, a la primera de cambio se divorcia o deja el convento o el ministerio sacerdotal! ¡Me cuestiona mucho ver vidas consagradas y matrimoniales vividas a medias entregando muy poco! ¡Tenemos que ser más fuertes, más valientes, más audaces como tantos santos casados y consagrados que lo dieron todo y vivieron alegres por seguir a Jesús! ¡Veamos juntos a María que vivió estas dos realidades con tanta felicidad!

El Evangelio nos da las condiciones para seguir con fidelidad a Cristo en este aspecto: la confianza en el amor divino y su invocación, estimulada por la conciencia de la debilidad humana, una conducta prudente y humilde; y, sobre todo, una vida de intensa de unión con Cristo en la oración. Unos y otros, casados y consagrados, hemos de rezar pidiendo al Señor la perseverancia y la fidelidad. Aquí estriba, bien lo sabemos, el secreto de la fidelidad a Cristo como esposo único del alma en estas dos vocaciones, única razón de nuestro existir. Bien decía la beata María Inés Teresa: «La única realidad, eres Tú, Jesús». Unos versículos del Evangelio de san Mateo (19,3-12), hablan de estas dos vocaciones. Jesús, en este trocito del Evangelio, lanza una llamada a favor de la indisolubilidad del matrimonio. El texto afirma que «solo pueden entender esta palabra los que han recibido el don», ya que para Jesús la concepción humana del amor conyugal es «un don de Dios» y su doctrina no es entendida por todos. Respecto al celibato, invita a la continencia perpetua a los que quieran consagrarse exclusivamente al Reino de los Cielos. 

Cabe destacar la insistencia de Jesús en dos puntos: primero, la libertad que requiere la decisión del celibato «por razón del reino de Dios», cuestión que no es impuesta ni por la naturaleza ni por la fuerza; y segundo, que el Reino de Dios es la motivación profunda de esta decisión voluntaria. El Papa Francisco dice a los matrimonios: «el matrimonio no es "una ficción" sino que pertenece a la "vida real" por lo que tendrán que afrontar "con reciprocidad" las diversas circunstancias con las que se topen en su camino. Y un consejo “Para un buen matrimonio hay que enamorarse muchas veces, siempre de la misma persona”» (14 sep. 2014). A los consagrados, el Papa nos recuerda: «Cuanto más enraizados estemos en Cristo, más vivos y fecundos seremos. Así el consagrado conservará la maravilla, la pasión del primer encuentro, la atracción y la gratitud en su vida con Dios y en su misión”. En este sentido, la calidad de nuestra consagración depende de cómo sea nuestra vida espiritual» (29 abr. 2017). Vivamos felices nuestra vocación y hoy, que es viernes, y recordamos la entrega de Cristo por nuestra salvación, démoslo todo también nosotros, para seguir construyendo una nueva civilización en el amor. ¡Feliz y bendecido día!

Padre Alfredo.

jueves, 17 de agosto de 2017

«Hasta setenta veces siete»... Un pequeño pensamiento para hoy


Jesús enseña en el Evangelio, que hay que perdonar. Y habla de perdonar al hermano en todo, no de perdonar algún tipo de falta en específico. El perdón que exige el Maestro no depende del tipo de falta o la gravedad de la misma. No se puede perdonar más o menos. O sí, o no, sino simplemente «perdonar». Ello nos exige ser compasivos con los demás como el Padre es compasivo con nosotros (cf. Lc 6, 36-38). El Evangelio habla de «perdonar setenta veces siete» (cf. Mt 18,21-35.19,1) y eso quiere decir «siempre», en todas las ocasiones y todas las veces que se nos pida, porque Dios mismo perdona y da una nueva oportunidad siempre. «¡Hasta setenta veces siete!» (Mt 18,22). A veces decimos que hay que esperar a que el tiempo nos haga olvidar los malos recuerdos, esperando que las cosas se borren de la memoria.


Eso no sería perdonar, sino enterrar, y es tener dentro de nosotros una especie de cadáver que ocupa espacio y perturba. Jesús en su enseñanza y en su exigencia va más allá, se trata de perdonar, de poder recordar a esa persona con compasión, con misericordia, sin odio ni deseos de venganza, porque ciertamente no se le puede olvidar, ni a ella ni al momento, sino ponerla en la mente y en el corazón en el lugar que le corresponde, el de la misericordia. La Iglesia, como Madre y Maestra, sabe lo que esto cuesta, por eso nos ofrece algo que no es patrimonio únicamente de la Cuaresma; cuando no podamos perdonar, los sacrificios, los ayunos y todos los momentos de oración, se hacen «camino hacia el perdón», un intento de disponer nuestro interior para poder dar el paso del perdón. Pienso en la pregunta limitante que hace Pedro (Mt 18,21) y en la respuesta generosa de Jesús (Mt 18,22).

¡Qué claro y exagerado contraste desarrolla Jesús ayudándose de la parábola del siervo despiadado! (Mt 18,23-35) Medito en mi disposición a perdonar de corazón y en el anhelo permanente de ser perdonado y me vienen preguntas: ¿A quién debo perdonar de corazón y aún no lo he hecho? ¿Le pongo límites a mi perdón? ¿Soy tolerante y generoso con el perdón que espero recibir y con el que estoy dispuesto a dar? El amor de Cristo es suficiente no sólo para salvarnos de nuestros pecados, sino para aún perdonarnos y darnos, con el sacramento de la reconciliación, la garantía de que la presencia del pecado será erradicada de nosotros. Así que tenemos una pregunta pasada, una respuesta presente y una redención futura que ha de ser manifestada a plenitud. Dios nos perdona cada vez que vamos a él arrepentidos y nos confesamos. ¡Porque su gracia es mayor que las cuentas matemáticas que podamos hacer desde nuestra mezquindad!... Aprovecho para pedir perdón, otorgar mi perdón y para invitarles a vivir intensamente este Jueves agradeciendo el don que recibimos en el sacramento del perdón.

Padre Alfredo.

miércoles, 16 de agosto de 2017

Discípulos-misioneros en comunidad... Un pequeño pensamiento para hoy

La primera invitación que Jesús hace a toda persona, que ha vivido el encuentro con él, es la de ser su discípulo para poner sus pasos en sus huellas y formar parte de la comunidad. ¡Nuestra mayor alegría es la de ser discípulos suyos y formar parte de una comunidad: La Iglesia! Él nos llama a cada uno por nuestro nombre, conociendo a fondo nuestra historia y las dificultades que envuelven nuestra existencia (cf. Jn 10,3), para convivir con él y con los hermanos y enviarnos a continuar su misión (cf. Mc 3,14-15). ¡Somos discípulos-misioneros en una comunidad! Y como dice el documento de Aparecida: «Cuando crece nuestra conciencia de pertenencia a Cristo, crece también el ímpetu de comunicar a todos el don de ese encuentro» (cf. DA 145).

Somos corresponsables de la vida y de la felicidad de los hermanos. En la comunidad no se debe perder ningún aliento de vida. Hemos recibido la encomienda de ser «discípulos-misioneros» para ir juntos, alentar, acompañar, animar y ayudarnos con la corrección fraterna, con la que hay que remediar lo que rompe la convivencia cristiana. El discípulo-misionero, dentro y fuera de la comunidad de los creyentes, vive siempre desde una actitud de servicio y no desde una supuesta primacía moral o hipocresía de este mundo; vive desde la autoconciencia de la propia debilidad y no desde la perfección ética del que indirectamente humilla con la debilidad que se pretende corregir al que supuestamente nada sabe o anda mal. La corrección fraterna, cuando brota de un corazón que se ha encontrado con Cristo, se ejerce como una experiencia compartida de misericordia, donde el que corrige, como el corrector, se sienten necesitados de perdón y acogida, porque, en la convivencia de las personas siempre hay desajustes, roces, molestias. Nadie estamos libres de estas situaciones. Como suele  decirse, «esto pasa hasta en las mejores familias». Cuánto más en la comunidad cristiana o en el grupo de apostolado.

La comunidad de los creyentes es un espacio fraterno en donde todos, en esa condición de discípulos-misioneros, crecemos cada día en la fe, sabedores de que nuestra fuerza es nuestra patente debilidad, como lo reconoce san Pablo cuando dice: «Cuando soy débil, entonces soy fuerte» (cf. 2 Cor 12,10). La comunidad, es el domicilio conocido de Jesús de Nazaret y de su Espíritu, garantes en todo momento del gozo, de la alegría, de la esperanza y del perdón que todos en ella recibimos y disfrutamos. Una comunidad orante, es lugar cierto de la presencia de Cristo que nos reúne en torno a él y a su Madre Santísima. Por eso es tan importante rezar en comunidad, en familia, con los amigos, en el grupo, con los compañeros de trabajo. Entonces la fuerza de nuestra oración es infinita (Mt 18,19). ¡Que tengan un miércoles muy bendecido en su comunidad!

Padre Alfredo.

martes, 15 de agosto de 2017

Ganar la Indulgencia Plenaria a lo largo de nuestra vida...


El Papa Francisco, cuando concluyó el «Año de la Misericordia»  dijo que aunque se clausuraba ese especialísimo jubileo, nos recordaba que la puerta de la misericordia de nuestro Dios siempre permanece abierta. Al igual que no termina la misericordia, tampoco desaparece la posibilidad de ganar la indulgencia plenaria a lo largo de nuestra vida. Siempre tenemos la posibilidad de ganar esa gracia en la vida de la Iglesia.

Recordemos que hay dos tipos de indulgencia, la plenaria, que borra todas las penas debidas a nuestros pecados, y la parcial, que lo hace solo en parte. Y para obtenerlas, tan solo debemos realizar algunos actos concretos que nos marca nuestra santa madre la Iglesia y que están descritos en un decreto vaticano llamado: «Enchiridium Indulgentiarum», siempre y cuando reunamos las debidas disposiciones: desapego total del pecado; confesar sacramentalmente los pecados; recibir la sagrada Eucaristía; y orar por las intenciones del Papa.

Aquí tenemos una lista con los actos concretos con los que un católico puede ganar la indulgencia plenaria:

• Rezar la oración «Te Deum» el 1 de enero o en la solemnidad de Pentecostés.

• Rezar la oración «Tantum ergo» el Jueves Santo después de la Misa In Coena Domini o en la acción litúrgica del Corpus Christi.

• Rezar públicamente la oración de acto de desagravio del Papa Pío XI el día del Sagrado Corazón.

• Rezar la oración «Oh mi amado y buen Jesús…» los viernes de Cuaresma ante Jesucristo Crucificado.

• Rezar la oración «Veni Creator» el 1 de enero o en la Solemnidad de Pentecostés.

• Rezar el Vía Crucis ante las estaciones, pasando de una a una, por lo menos quien lo dirige, meditando las escenas si se desea, con alguna oración vocal.

• Rezar del Santo Rosario en una iglesia, en un oratorio, en familia, o en comunidad.

• Adorar al Santísimo durante media hora o más.

• Adorar la Cruz en la acción litúrgica del Viernes Santo.

• Realizar Ejercicios Espirituales al menos de tres días de duración.

• Recibir la bendición papal Urbi et Orbi de modo presencial, por radio o televisión.

• Asistir al rito con que se clausura un Congreso Eucarístico.

• Al sacerdote que celebra los 25, 50, 60 años de su ordenación (extensiva a quienes le acompañen en la Santa Misa).

• Leer la Sagrada Escritura durante al menos media hora.

• Visitar la iglesia parroquial en la fiesta titular y el 2 de agosto (indulgencia de la Porciúncula). Lo mismo vale para la Iglesia catedral o co-catedral o para las iglesias cuasi-parroquiales.

• Recibir la bendición apostólica en peligro de muerte inminente.

• Visitar una iglesia u oratorio el día de su patrono o fundador, rezando un padrenuestro y un credo.

• Visitar las Basílicas Patriarcales o Mayores de Roma el día de la fiesta titular, rezando el padrenuestro y un credo.

• Visitar una iglesia u oratorio el día de todos los fieles difuntos. (Esta indulgencia sólo es aplicable a las almas del purgatorio).

• Visitar una iglesia o altar en el día de su dedicación, rezando un padrenuestro y un credo.

• Usar el día de los Santos Pedro y Pablo (29 de junio) algún objeto piadoso bendecido por el Papa o un obispo, rezando un credo.

• Al nuevo sacerdote en su primera Misa solemne y a quienes asistan a ella.

• Renovación de las promesas del bautismo: en la Vigilia pascual o en el aniversario del bautismo.

• Visitar la iglesia en que se celebra el Sínodo diocesano mientras éste dura, rezando el padrenuestro y el credo.

• Visitar las iglesias estacionales en su día propio, asistiendo a las funciones de la mañana o de la tarde.

• Al quien hace la Primera Comunión y a quienes le acompañan.

• Visita al cementerio en los primeros ocho días del mes de noviembre, orando por los fieles difuntos.

Esto nos puede ayudar a no desperdiciar esta gracia especialísima de la Indulgencia Plenaria.

Padre Alfredo.

«La asunción de María a los cielos»... Un pequeño pensamiento para hoy

¡Feliz fiesta de la asunción de María a los Cielos! Yo creo que lo mejor y más significativo de este día, en que recordamos que la Santísima Virgen fue llevada a los cielos y que es dogma de fe, está contenido en el relato del Evangelio que la liturgia nos propone: El Magníficat (Lc 1,39-56). Este cántico maravilloso que nos ha quedado como el testamento de la Madre de Dios, quien acepta, con fe, el proyecto salvífico de Dios.. Es lo que Ella nos diría como compendio de su experiencia de Hija predilecta del Padre, Madre de Cristo, Madre nuestra y Esposa fiel del Espíritu Santo. El Catecismo de la Iglesia Católica nos dice que «la Asunción de la Santísima Virgen constituye una participación singular en la Resurrección de su Hijo y una anticipación de la resurrección de los demás cristianos» (Nº. 966). ¡Qué esperanza tan hermosa!

La Virgen fue llevada a los alto de los cielos para gozar por siempre de la contemplación de Dios que es, sobre todo, fuente de alegría y de salvación. En el Magníficat Ella nos dice: «Se alegra mi espíritu en Dios mi salvador» (Lc 1,47). Para Ella Dios es Amor sin límites: Su misericordia se derrama de generación en generación (Lc 1,50) porque Él ha derribado del trono a los poderosos y enaltecido a los humildes (Lc 1,52). María —como queda consignado en este maravilloso cántico— es una mujer perpetuamente «enamorada de Dios». Esa es la fuerza que impulsa la teología de la asunción de María. Ella ha sido llevada al cielo y nos enseña que si se cuenta con Dios en la vida, todo es posible. Ella, con su asunción, nos enseña que Dios es la fuerza de los que no son nada en esta sociedad siempre instalada, de los que no tienen nada en este mundo materialista, de los que, como Ella, no depositan su confianza en los poderes pasajeros, sino que se enamoran perpetuamente de los planes de Dios.

Sabemos que la Asunción de María en cuerpo y alma al cielo es un Dogma de nuestra fe católica, expresamente definido por el Papa Pío XII, una verdad de obligatoria creencia para todo Católico. Por el Dogma de la Asunción sabemos que María, «terminado el curso de su vida terrena, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial» (de la Bula que declara el Dogma de la Asunción el 1-11-1950). No sabemos si la Santísima Virgen murió o no. La Iglesia celebra que su cuerpo no quedó sometido a la corrupción del sepulcro y que ha sido ya glorificado. EN sus Notas Íntimas, la beata María Inés escribe: «Ir al Cielo con Ella (María) en raudo vuelo, es para mi alma cuestión de un instante».¡Vayamos es espíritu al cielo para celebrarla! Un buen día de entre semana para ir a Misa y dar gracias por el regalo de María. En Costa Rica y en otras naciones hoy es «Día de las Madres» y por algo será hoy... ¡Felicidades a todas las mamás! Feliz fiesta de la asunción de María este martes 15 de agosto de 2017.

Padre Alfredo.

lunes, 14 de agosto de 2017

Dar la vida, el ejemplo de san Maximiliano... Un pequeño pensamiento para hoy

¡Feliz lunes! Una semana más que se llega, un día en que muchos de nuestros jovencitos inician sus estudios en preparatorias y bachilleres o regresan a las aulas en diversas universidades con el anhelo de prepararse más y mejor para seguir construyendo nuestro mundo y nuestra sociedad. Hoy, la Iglesia celebra la memoria de San Maximiliano Kolbe, un hombre que amó el estudio y la preparación intelectual, un hombre que termina su recorrido en este mundo con un sacrificio impresionante y nos recuerda que, como a Cristo, al final la vivencia coherente de nuestra fe, nos llevará irremediablemente a la entrega de la vida.  Ojalá de entre nuestros jóvenes estudiantes salgan muchos Maximilianos Kolbes amantes de María como él, estudiosos y generosos con lo que el Señor pide al corazón.

Maximiliano Kolbe entregó su vida en un impresionante acto de generosidad. Es uno de los mártires modernos que murió en la Segunda Guerra Mundial en el campo de concentración de Auschwitz. En las nefastas rifas que hacían para dar muerte a los presos, a quien le correspondió ese día dio un grito y exclamó: «Dios mío, yo tengo esposa e hijos. ¿Quién los va a cuidar?». En ese momento el padre Kolbe dijo al oficial: «Yo me ofrezco para reemplazar a quien ha sido señalado para morir de hambre, él tiene esposa e hijos que lo necesitan. En cambio yo soy soltero y solo, y nadie me necesita». Y el prisionero Kolbe, un santo sacerdote, fue llevado a morirse de hambre en un subterráneo. Aquellos tenebrosos días son de angustia y agonía continua. Como los guardias necesitan ese local para otros presos que están llegando, le pusieron una inyección de cianuro y lo mataron. Era el 14 de agosto de 1941. Su vida estaba ya comprometida radicalmente con el Crucificado en el día a día. 

La libertad no se puede vender. Pero podemos moderarla buscando el mayor bien de los demás. ¡Qué difícil es en la práctica este discernimiento! El padre Maximiliano nos enseña que puede ser posible porque él vivió plenamente el Evangelio que a veces puede parecer chocante (Mt 17,22-27). Esta parte del Evangelio parece como una lección de «diplomacia cristiana». Pagar impuestos a una potencia dominante es propio de esclavos. Jesús no quiere un pueblo de esclavos sino de hijos libres. Y, sin embargo, accede a pagar para no darles motivo de escándalo. Se adivina detrás de este relato la situación de la iglesia primitiva y sus relaciones con los poderes públicos: tirantes en ocasiones (como se comprueba, por ejemplo, en el libro del Apocalipsis); corteses en otras (como aparece en la carta a los romanos y en otros escritos del Nuevo Testamento). Así es nuestra relación con el mundo y «diplomáticamente» como san Maximiliano, hay que dar la vida día a día a cambio de ganar el reino para los demás. Día a día hemos de buscar dar lo mejor para los que tenemos a nuestro lado. María, a quien san Maximilano amó entrañablemente como «Inmaculada» nos ayudará. ¡Que tengan una semana llena de bendiciones!

Padre Alfredo.

domingo, 13 de agosto de 2017

Lo espectacular y lo ordinario... Un pequeño pensamiento para hoy

Es muy significativo que el Evangelio de este domingo (Mt 14, 22-33), nos presente a Jesús —luego del episodio de la multiplicación de los panes— retirándose a solas para orar y entrar en contacto con el Padre en una experiencia muy personal y particular, que refleja muy claramente de dónde recibe Jesús esa «fuerza salvífica» de la que hablan los evangelistas. Mientras Jesús ora, los discípulos, en la barca, están tal vez comentando el acontecimiento espectacular de la multiplicación, ya que el impacto debe haber sido tremendo, pero el viento es contrario y cuando ven acercarse a Jesús piensan que es un fantasma y dan gritos de terror. El Señor los calma y Pedro se emociona de ver que Jesús se ha acercado caminando sobre las aguas... ¡Qué osadía de Pedro... pedirle a Jesús que lo haga ir hacia Él caminando sobre la superficie! ¿Estamos diseñados para caminar sobre las aguas? ¡Pero si Jesús camina así y si multiplicó los panes por qué yo no!, debe haber pensado Pedro.

¡Cómo nos llama la atención lo espectacular, lo que se salga de lo ordinario, lo que sea llamativo! Pobre Pedro, emocionado pensando solamente en él, deja a los otros en la barca, se olvida de su comunidad, de sus amigos, y se lanza a algo muy atrevido. No nos conocemos suficientemente, nos emocionamos por lo espectacular y nos olvidamos de bajar a lo profundo de nosotros mismos. Pedro era un hombre generoso, pero también impulsivo, terco y primario, por eso se lanza fácilmente a realizar algo que no es ordinario, creyendo que así será más fácil ir con Jesús sin tener en cuenta a los demás. De alguna forma Jesús le desafió a que confiara en él y no en sí mismo. ¿Por qué no le invitó a subir a la barca con todos? ¿Por qué si Jesús le dijo «¡Ven!» él no les dijo a los demás «¡Vamos!»

Pedro es uno de los que con todos gritan por el fantasma, pero después, envalentonado, pasa a una actitud petulante y atrevida, como para presumir a los demás, y al final, se angustia al ver su propia realidad. Ha sido egoísta y presuntuoso, se da cuenta de que sólo la fe en Jesús sostiene nuestras vidas, por eso grita: «¡Señor, sálvame!» (Mt 14,30). ¡Qué poca fe! Como tú y yo tantas veces. Pero, no importa, acudamos como Pedro al Señor. También a nosotros nos tomará de la mano cuando por nuestro egoísmo y vanidad todo parezca perdido y nos salvará. Jesús pasó la vida haciendo el bien (Hch 10,38), curando a los enfermos y amando a todos los que se encontró por el camino precisamente en nombre de Dios, no solamente haciendo cosas espectaculares. Y a nosotros se nos olvida que es así como podemos imitarlo. Somos hombres y mujeres de poca fe, olvidando que en la vida ordinaria de cada día es donde podemos imitarle y seguirle, como María, que en su sencillez de Nazareth no hizo otra cosa que vivir para Él guardando sus enseñanzas en el corazón (Lc 2,19) y luego las ponía en práctica (Mt 12,50). ¡Feliz domingo, sin tantas cosas espectaculares y con el gozo de asistir a Misa!

Padre Alfredo.

sábado, 12 de agosto de 2017

El cuidado de un enfermo terminal...


A lo largo de 28 años de vida sacerdotal, me ha tocado, muchas veces y entre otras cosas por el ministerio, asistir y acompañar a enfermos que están ya en etapa terminal o que han sido desahuciados. Creo que no debemos engañar a un hermano enfermo si está cerca de la muerte, porque no estaría bien decirle que todo marcha bien y que no hay por que preocuparse. La beata María Inés Teresa era muy consciente de esto y de hecho pidió que a ella misma no le ocultaran nada con respecto a su salud. Pero, en este tema, no debemos olvidar que es de vital importancia el que seamos misericordiosos con el enfermo, ya que se trata de un tiempo en que él mismo debe aprovechar para prepararse al encuentro con el Señor que ha tenido la delicadeza —como decía san Alberto Hurtado— de darle esa oportunidad. Los últimos días de vida del enfermo terminal, cuando está consciente, pueden ser decisivos para la vida eterna, ya que es un tiempo muy favorable para recibir los Sacramentos de la Reconciliación, la Unción de los enfermos y el viático (la Comunión ante la muerte inminente).

Me ha tocado conocer algunos casos en que la gente realmente prepara las maletas para su viaje a la vida eterna, y se alistan para el momento que Dios lo disponga,.Algunos casos han quedado grabados en mi corazón dejándome una gran enseñanza sobre el viaje final hacia la eternidad en la que no habrá llano ni dolor (Ap 21,4).

Para los hombres y mujeres de fe, parte de esta preparación la constituye el sacramento de la Unción de los Enfermos. No podemos dejar de lado este sacramento que se debe recibir tan pronto se sepa que llega la visita inesperada de Dios en la enfermedad, especialmente si lo diagnosticado es grave, recordando que este Sacramento no es para dejarse hasta que el paciente esté en coma, sino para ponerse en las manos de Dios y expresar la apertura a su voluntad, incluida por supuesto, la esperanza de la curación y fortalecerse para llevar la cruz de la enfermedad con fe y generosidad.

Es necesario, cuando se tiene un enfermo terminal en casa o se le acompaña en alguna institución especial para el caso, sensibilizarse y, por consiguiente, asegurar la mejor asistencia posible al enfermo sin hacer de su cuidado una rutina que se quede solamente en el plano humano, sin sobrenaturalizarlo. Hay que ayudar al enfermo a valorar, en el plano humano y sobre todo en el espiritual, el sufrimiento que le asemeja a Cristo crucificado por la salvación del mundo. Mantener al párroco o a un sacerdote cercano a la familia, al tanto de la situación del enfermo para que constantemente esté pidiendo por él y pedir a religiosas sus oraciones. Buscar que un Ministro Extraordinario de la Comunión le lleve la Eucaristía. De manera especial rezar con el enfermo —si su condición lo permite— el Santo Rosario y otras devociones.

El Papa Francisco, dice que: «Como santa Bernadette —a quien se le apareció la Virgen en Lourdes— estamos bajo la mirada de María». El Papa cuenta que «la humilde muchacha de Lourdes cuenta que la Virgen, a la que llamaba "la hermosa Señora", la miraba como se mira a una persona. Estas sencillas palabras describen la plenitud de una relación. Bernadette, pobre, analfabeta y enferma, se siente mirada por María como persona. La hermosa Señora le habla con gran respeto, sin lástima. Esto nos recuerda que cada paciente es y será siempre un ser humano, y debe ser tratado en consecuencia. Los enfermos, como las personas que tienen una discapacidad incluso muy grave, tienen una dignidad inalienable y una misión en la vida y nunca se convierten en simples objetos, aunque a veces puedan parecer meramente pasivos, pero en realidad nunca es así».

San Pablo dice: «Tengo por cierto que las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse» (Rm 8,18), y unos versículos después: «Porque en la esperanza fuimos salvados» (Rm 8,24). Cuando tenemos un enfermo terminal a nuestro lado, comprendemos con más claridad que las circunstancias dolorosas del tiempo en que vivimos nos van acercando vertiginosamente a su final; son advertencias apremiantes del cielo, para que fortalezcamos y reavivemos nuestra esperanza. El tiempo es corto y, muy pronto, llegará el fin de todos los llantos, clamores y dolores del presente, vivamos esta magnífica esperanza que es prenda de la salvación y acompañemos a nuestros hermanos enfermos que viven su etapa terminal en este mundo mientras se llega el día en que «ya no habrá muerte, ni llanto ni dolor... porque el mundo viejo ha pasado» (Ap 21,4).

Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U.

Los milagros se dan si hay fe... Un pequeño pensamiento para hoy

Ciertamente que seguimos viviendo en medio de una sociedad que en mucho se parece a esa generación «incrédula y perversa» de la que habla Jesús en el Evangelio (Mt 17, 14-20), una generación que no cree en los milagros. Yo sí creo y claro que creo. Ayer me tocó revisión medica de mi problema en la fosa nasal derecha y cuál va siendo mi sorpresa que el especialista, el Dr. Guevara, me dice que está maravillado de cómo ha ido evolucionando lo que se esperaba que no resultara... ¡Él mismo dice: «no podemos descartar un milagro, esperaremos cuatro semanas más para hacer la tomografía y ver si no será necesario volver a operar»! Cierto que el resultado final no lo puedo predecir pero... ¿por qué no esperar un milagro?

Si el libro del Deuteronomio  nos dice que el Señor es nuestro Dios, que hay que amarlo con todo tu corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas y que eso hay que llevarlo en el corazón y repetirlo por doquier estando en casa y yendo de camino, acostado y levantado (Dt 6, 4-13) por qué no creer y esperar en los milagros? ¡Cuántos milagros suceden en nuestras vidas cada día y pasan desapercibidos! Cuando veo de cerca la incredulidad, incluso entre los que estamos «cercanos» a Dios, siento como si Cristo preguntara a los que formamos la Iglesia: ¿Qué gente tengo a mi lado?, ¿en manos de estos puedo dejar la construcción del Reino?, ¿Iglesia: crees tú en mí? 

Los discípulos no entendían en qué habían fallado (Mt 17,19). Jesús, en pocas palabras les da la respuesta y les dice: «por su poca fe». No les dice que no la tengan, sino que aún es muy pequeña. Es sábado, un día dedicado a María siempre. Ella es la mujer de fe por excelencia que nos sostiene y acompaña en los momentos de duda y de incredulidad para que contemplando su «sí» incondicional, reformulemos nuestra fe y la hagamos crecer aunque sea al tamaño de un granito de mostaza (Mt 17,20). ¿Cómo es mi fe? Todo es posible para el que cree. ¡Bendecido sábado y mil y mil gracias por el testimonio de su fe y por rezar por mi!

Padre Alfredo.

viernes, 11 de agosto de 2017

Salvar la vida amando... Un pequeño pensamiento para hoy

La predicación de la Cruz —de la mortificación, del sacrificio, del sufrimiento— como un bien y como medio de salvación, chocará siempre en nuestro mundo materialista y de vista corta, con quienes la miren solamente con ojos humanos. Nadie estamos exentos de la tentación de «sacarle la vuelta» a la Cruz. El Señor no tiene otra cosa que ofrecernos para alcanzar la salvación que la Cruz: «El que quiera venir conmigo, que renuncie a sí mismo, que tome su cruz y me siga» (Mateo 16, 24). Eso entendió santa Clara, a quien hoy celebramos y eso captaron como ella, muchos santos que han quedado registrados en la historia de la Iglesia y nos constatan que lo que Jesús dice es verdad.

En toda Cruz que cargamos —con ayuda de María «Corredentora»— Cristo viene a nuestro encuentro con todo su amor y le da sentido a nuestro paso por este mundo. De nada nos servirá el nombre, títulos y todo lo material que tengamos, si al final perdemos la vida y por ende nuestra alma. Los padecimientos nos ayudan a identificarnos con el Crucificado. ¿Estás pasando por dificultades y sufrimientos? ¿Se libra en tu interior una batalla entre el bien y el mal? Jesús quiere estrecharte cariñosamente en sus brazos y te invita a morir a ti mismo, para abrazar la Cruz cada día y recibir el amor, la paz y el gozo que el Espíritu quiere derramar con abundancia en el corazón de quien le sigue.

Clara de Asís, contagiada por el testimonio de Francisco, en quien percibió la verdadera alegría, comprendió que si morimos a nosotros mismos y seguimos a Jesús con toda humildad y confianza, llegaremos a ser partícipes de su pasión, y, si compartimos su pasión, también tendremos parte en su resurrección. Por eso ella no perdió el tiempo y lo adoró constantemente en su presencia Eucarística con todo el amor de que fue capaz y exclamando: «El amor que no puede sufrir no es digno de ese nombre». A Cristo le seguimos desde el Amor, y es, partiendo del Amor, desde donde comprenderemos el sacrificio, la negación personal el dolor, la soledad, el desgaste por los demás: «Quien quiera salvar su vida, la perderá, pero quien pierda su vida por mí, la encontrará» (Mt 16,25).

Padre Alfredo.

jueves, 10 de agosto de 2017

Conocer y enseñar la Palabra de Dios... Una necesidad del discípulo-misionero


La beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento, en una carta colectiva de 1974, escribía que el estudio principal para todo bautizado es la Sagrada Escritura. «Allí —decía la beata— se han forjado los santos; de allí han sacado toda su ciencia, como un santo Tomás y un san Buenaventura».

En otra parte la beata apunta: «Hemos estudiado la Sagrada Escritura, la hemos meditado, hemos amado lo que Dios allí nos enseña, de manera especial su vida, escrita sucintamente por los evangelistas, y nos hemos enamorado de él, como Esposo de nuestras almas; por esto tratamos de evangelizar siempre, y nuestra misión como evangelizadores no consiste en enseñar una sabiduría propia, sino en enseñar la Palabra de Dios».

Parece —a primera vista— algo complicado realizar un estudio continuado del Libro Sagrado que marca nuestras pautas de vida como creyentes, como cristianos y como bautizados. Pero, para alguien que se ha encontrado con Cristo, que se ha dejado alcanzar por él, no bastaría la sola lectura de la Biblia con fe y devoción. Hay que reunir la fe, la oración y la devoción con el estudio, como dice Madre Inés, porque leer la Biblia sin una adecuada preparación, sería tentar a Dios. El discípulo-misionero debe prepararse para leerla y estudiarla. Si no, puede suceder cualquier cosa. La historia de nuestra fe es así. 

Por lo tanto, es necesario introducirse en el estudio de la Sagrada Escritura sea cual sea nuestra edad y condición. Hoy, más que nunca, debemos tener una cierta preparación para iniciar una lectura seria de la Biblia y en muchas parroquias e instituciones se nos brinda esta ayuda a todos los niveles. Para muchos de nuestros católicos, la Biblia sigue siendo un hermoso libro cerrado que adorna la sala o la biblioteca. El problema es: ¿cómo leer, cómo comenzar con este libro? Siempre ha sido difícil la iniciación a la lectura de la Biblia. Exige del neófito paciencia, humildad, serenidad y una cierta disciplina intelectual.

¿Qué pasaría si tratamos la Biblia como tratamos a nuestro teléfono móvil?, se pregunta el Papa Francisco? «Si la lleváramos siempre con nosotros, o al menos el pequeño Evangelio de bolsillo, ¿qué sucedería?» —nos cuestiona el Santo Padre y puntualiza: «Si tuviéramos la Palabra de Dios siempre en el corazón, ninguna tentación podría alejarnos de Dios y ningún obstáculo podría desviarnos del camino del bien; sabríamos vencer las sugerencias cotidianas del mal que está en nosotros y fuera de nosotros; seríamos capaces de vivir una vida resucitada según el Espíritu, acogiendo y amando a nuestros hermanos, especialmente a los más vulnerables y necesitados, e incluso a nuestros enemigos».

La Biblia fue escrita en el seno del pueblo y para el Pueblo de Dios por escritores inspirados. Es la Palabra de Dios que animó y llenó de esperanza tanto al pueblo de Israel como a las primeras comunidades cristianas, impulsando una profunda fe y, a su vez, llamando a un auténtico testimonio cristiano que, en nuestros días, sigue acompañando el caminar de la humanidad. Desafortunadamente, en la Iglesia Católica de hoy, la Biblia no ocupa todavía el lugar que debería ocupar.

El espacio que se le concede a la Biblia en la Iglesia Católica, casi se sigue limitando para muchos a la liturgia de la Palabra en la Misa y sólo para unos cuantos, al estudio académico. En la liturgia, con frecuencia, se desaprovecha la oportunidad de profundizar en el mensaje de la Escritura y, por otra parte, los estudios académicos no están al alcance de la mayoría de los cristianos. Pero, existen otros espacios y tiempos creados por el Pueblo de Dios para la reflexión y vivencia de la Palabra de Dios.

Hay que empezar por un paso muy sencillo, dar un primer paso en la comprensión de la Biblia para profundizar luego, en el conocimiento de la misma. Lo que interesa es tener por lo menos un conocimiento básico y una comprensión general sobre la Sagrada Escritura para luego, como María, después de escucharla, guardarla en el corazón y ponerla en práctica (cf. Lc 2,19; 8,21).

Alfredo Delgado, M.C.I.U.

Si el grano de trigo no muere... Un pequeño pensamiento para hoy

El «Jueves» siempre ha sido, en la Iglesia, un día «Eucarístico», pero hoy, al celebrar a san Lorenzo mártir, lo es de una manera muy especial. En el tiempo de la Roma imperial, Lorenzo era uno de los diáconos que asistían al Papa Sixto II, el Papa que fue asesinado mientras celebraba la Eucaristía. Lorenzo era el encargado de la economía de la Iglesia de aquel tiempo . El alcalde de Roma quiso confiscar todos los bienes de la comunidad cristiana y Lorenzo se dedicó durante tres días a repartir todos los bienes eclesiásticos entre los más pobres, vendiendo cálices, copones, candeleros y demás. Cuando el alcalde fue a recoger los bienes, se encontró con un gran grupo de pobres, que Lorenzo había reunido. Y Lorenzo le dijo: «¡Este es el tesoro de la Iglesia!». El alcalde despechado, decidió darle muerte lenta, quemándolo vivo en una parrilla un día como hoy del año 258. Esta historia ha llegado hasta nuestros días a través de los escritos de san Ambrosio, san Agustín, el poeta Prudencio y una inscripción del Papa Dámaso.

El afán del «poder» y del «dinero» siempre ha estado presente en el mundo. Es fruto del egoísmo económico que lleva al corazón a la esterilidad, como lo vemos en el mundo de hoy. Jesús nos dijo en su Evangelio, que si el grano de trigo no cae y muere, no produce fruto (Jn 12,24-26). La generosidad es la fuente de la multiplicación y la puerta al cielo, pero la generosidad implica morir para dar vida. La generosidad de Jesús fue palmaria: siendo rico, por nosotros se hizo pobre. En sus manos todo, todo, se multiplicaba: el vino, el pan, sus milagros, su amor por los niños y por los pobres. Él mismo, en la Eucaristía, es un «Pan» que se parte y se reparte.

Jesús Eucaristía viene también a nuestro encuentro en el que necesita. Hay que morir al «yo» para que el otro —el que está cerca y el que está lejos— tenga vida. Morir a mis quereres, a mis anhelos, a mi tiempo, a mis disposiciones, a mis necesidades y hasta a mis necedades. Morir como Lorenzo, dándolo todo. Morir como María, que con su «sí», renunció a su «yo» y nos dio a Jesús. ¡Contemplémoslo hoy Jueves en la Eucaristía y pidamos el valor de seguir muriendo para dar vida!

Padre Alfredo.

miércoles, 9 de agosto de 2017

«¡Ten compasión de mí!»... Un pequeño pensamiento para hoy

¡Feliz miércoles! Mitad de semana y para mí, el día de cada semana para hacer un alto, planear y arrancar hacia el fin de semana. Ayer que compartía con ustedes mi reflexión, hablaba de la fe en el Corazón de Jesús que viene a salvarnos de cualquier atolladero. Hoy dirijo mi mirada hacia ese mismo y hacia otro corazón, el corazón de la mujer cananea que, en el Evangelio (Mt 15,21-28) también grita como Pedro: «¡Señor, hijo de David, ten compasión de mí!». Y pienso que todos, de alguna manera, necesitamos un poco del corazón de esa mujer. Un corazón que sea capaz de contemplar la presencia de Jesús aunque de momento no hable. De intuir que, en la Palabra que se escucha y en el pan que se come, podemos alcanzar la salud espiritual y material para nuestro existir porque detrás de todo está el Señor.

La cananea se reconoce al lado de Jesús como uno de esos perritos pedigüeños que hay en tantas casas de hoy —como Olaf y Mali que conozco— y se gana, como Pedro, el «Sagrado Corazón de Jesús». Buscaba con ansia la curación de su hija y recibe mucho más: Salud para la pequeña enferma y elogio de la Fe que tiene la madre intercesora: «Sagrado Corazón de Jesús, en Ti confío». A mitad de semana, se me viene el invitar a cada uno de mis queridos amigos y seguidores a que, como yo, se examine y se pregunte: ¿Me siento próximo o lejano a la mentalidad de esta mujer? ¿Eres consciente de tu pobreza para ser capaz, como la cananea, de confiarte a la palabra salvífica de Jesús? La mujer grita, confía y espera... Jesús exclama: «qué grande es tu fe... que te suceda como deseas» (Mt 15,28). 

Si analizamos nuestra vida, encontraremos que este pasaje del Evangelio se ha repetido y se continúa repitiendo muchas veces en nosotros . ¿Cuántas veces, cuando nos acercamos a Dios con humildad y sencillez, a pesar de nuestra pequeñez, él nos ha mostrado su amor y misericordia? Tengamos confianza en el Señor como esta mujer. Él, aunque parezca que calla y no atiende a la súplica, tiene siempre una explicación de lo que hace y por qué lo hace así. Él no nos deja, y a su debido tiempo y muy a su estilo, nos resuelve la vida. Tengamos fe, Dios no nos va a dejar sin las «migajitas» de su amor que, para un hambriento del amor de Dios, serán como aquel lugar prometido al pueblo del Antiguo testamento  en el que mana «leche y miel» (Ex 3,17). Sólo hay que gritar, confiar y esperar en Dios con fe. Así lo hizo María, así lo hizo santa Teresa Benedicta de la Cruz (Edith Stein) a quien hoy celebra la Iglesia... así lo puedes hacer tú también.

Padre Alfredo.

martes, 8 de agosto de 2017

Hombre de poca fe... Un pequeño pensamiento para hoy

La fe en nuestro Señor Jesucristo no puede ser solo una cuestión racional; la fe —lo sabemos de sobra por nuestra experiencia— es también una cuestión del corazón, de un corazón que se adhiere a Cristo. Así lo fueron aprendiendo los Apóstoles (Mt 14,22ss). El que se arriesga a creer y confiar en Cristo con la razón y con el corazón, es sostenido por ese su Sagrado Corazón. Es por eso que decimos: «Sagrado Corazón de Jesús, en Ti confío». Pedro, cuando con el viento en contra, es invitado por Jesús a caminar con Él sobre las aguas, ve que se hunde y le grita: «!Señor, sálvame!» (Mt 14,30). El que cree en Jesucristo debe confiar en Él aún en medio de los problemas y dificultades de cada día y decirle: «Sagrado Corazón de Jesús, en Ti confío».

La Beata María Inés Teresa Arias, en una de sus meditaciones en torno a esto, escribe: «Aunque el alma esté agitada por todos los vientos; aunque la tempestad parezca inundar la débil barquita; aunque el cielo esté encapotado; aunque la furia de la tempestad haga de la pobre barca un juguete, no puede temer, si la fe sigue iluminando su sendero; si la fe es el faro luminoso que la llevará al puerto; si María, la dulce estrella de los mares, la conduce. Entonces, que no tema nada: Dios es débil, ante el poder de una oración confiada». (Estudios y meditaciones). Jesús —dice el Evangelio— extendió la mano, agarró a Pedro que parecía hundirse al no poder caminar sobre las aguas, y le dijo: «Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?» (Mt 14, 31).

Muchas veces nuestra vida se parece a esa barca zarandeada por las olas a causa del viento contrario. La «débil barquita» puede ser la vocación, el propio matrimonio, la salud, los negocios… El viento contrario puede ser la incomprensión, la hostilidad, la dificultad para encontrar casa o trabajo, etc. Ante situaciones angustiosas, parece que el corazón«se apachurra». ¡Hay que tener fe y gritar: «Sagrado Corazón de Jesús, en Ti confío», porque nos falta fe, no tenemos la suficiente fe para confiarnos al corazón misericordioso del Señor que no nos dejará hundirnos. En cada tormenta que puede surgir en el agitado mar de nuestro corazón, Dios siempre viene a nosotros y nos rescata. El puede devolvernos la serenidad, la calma. El es capaz de tranquilizar el viento y las olas de nuestra vida, sin olvidar nosotros que, allí a nuestro lado, aunque no veamos, está siempre María su Madre. ¡Feliz y bendecido martes!

Padre Alfredo.

lunes, 7 de agosto de 2017

«Denles ustedes de comer»... Un pequeño pensamiento para hoy

Un lunes más y una semana laboral y de estudios que arranca de lleno hoy. Leyendo el Evangelio para este día, me topo de golpe con esta frase que me impacta: «Como se hizo tarde, se acercaron sus discípulos a decirle: Estamos en despoblado y es muy tarde; despide a la multitud para que vayan a las aldeas y se compren de comer. Jesús les replicó: No hace falta que vayan, dadles vosotros de comer» (Mt 14,15). «Despide a la multitud para que vayan a las aldeas» dicen los Apóstoles, como expresándole a Jesús que el hambre de la gente no es su problema... «despídelos», desaste del problema que se puede venir... es asunto de ellos no tuyo y por lo tanto ni nuestro tampoco.

El corazón de Jesús es siempre un corazón sin fronteras, por eso «hay que escucharle». Su lógica no es la de este mundo en donde los problemas son de cada quien y punto... Expresiones como estas son comunes en nuestro día a día: «¡A ver cómo le hace para salir del atolladero!» «¡Es su bronca!» «¡Ni te metas por que no es asunto nuestro!». El Señor no actúa así, su lógica es otra, una que funciona «a lo divino» diciéndoles: «No tienen por qué irse; denles ustedes de comer.» Los Apóstoles le dicen que sólo tienen cinco panes y dos pescados... ¡Sí! El milagro no lo harán ellos, el milagro lo hará el Señor pero con lo que a ellos les toca... ¡Involucrarse en el asunto!

Que fácil es caminar hoy en el egoísmo pensando que el problema de los otros no es nuestro ni de Dios y pensando que... ¡ni modo, así les tocó! Siempre hay algo que hacer aunque parezca poco lo que tenemos: Cinco padrenuestros y dos avemarías por esa necesidad, cinco minutos para ayudar y dos palabritas de aliento para animar; cinco pesos de limosna y dos latitas de atún para la canasta de la solidaridad... El milagro lo hará el Señor, porque Él, como a los Apóstoles, nos dirá: «Hagan algo por ellos». ¿Cómo podríamos traducir este pasaje evangélico a nuestro hoy si no es de esta manera? Es lunes, hay toda una semana por delante para dar a nuestros hermanos de comer repartiendo en nombre de Jesús con María.

Padre Alfredo.

domingo, 6 de agosto de 2017

Escuchar a Jesús... Un pequeño pensamiento para hoy

Hoy es domingo... «Día del Señor» y es 6 de agosto, día en que la Iglesia celebra «La transfiguración», esa experiencia profunda de fe tenida por Pedro, Santiago y Juan, los amigos más íntimos de Jesús en el Tabor (Mt 17,1-9). Aquel debe haber sido un instante de éxtasis, pues esos tres amigos, elegidos por el maestro para aquel momento tan especial e íntimo, vieron la realidad gloriosa de Jesús. Es que así es, para llegar a conocer los momentos más transcendentes de Jesús, necesitamos ser sus amigos íntimos y «escucharle»; que esa es la parte más fuerte cuando se establece una comunicación profunda, como la que ellos tuvieron para percibir a Jesús en su verdadera identidad. Por eso el Padre, que sale de la nube dice: «¡Escúchenlo!». La voz de Cristo debe imperar sobre cualquier otra de las voces que escuchamos cada día.

Hay que preguntarnos: ¿Escucho a Cristo en mi vida? ¿Busco la manera de acallar los ruidos externos e internos que no me dejan oír su voz cada día? ¿Salgo de mí mismo, de mis ruidos, de mis seguridades, de mis terquedades, para escuchar y dejarme guiar por Jesús? Quizá lo que ocurre a muchos católicos de hoy es que muchas veces al asistir a Misa de domingo no están dispuestos a «escuchar» a Jesús, como nuestro Padre Dios lo pide; por eso tal vez se vive en nuestra sociedad actual una fe desencarnada de la realidad y cuesta tanto unir vida y fe. «Escuchar» a Cristo es la gran tarea del cristiano. La gran tentación es quedarse quieto, porque en el Tabor se está muy bien. El Papa Francisco, habla seguido de la necesidad de una Iglesia de salida, una Iglesia que no se quede en la sacristía, o en el templo perpetuamente, sino que luego de un encuentro profundo con Cristo, se encamine hacia el prójimo como María, a servir (Lc 1,39). 

Los tres apóstoles se sentían tan a gusto contemplando a Jesús transfigurado, que querían quedarse instalados allí en la montaña. Pero Jesús les manda bajar, volver a la realidad y seguir un camino lleno de peligros y sufrimientos, hacia Jerusalén. Hay que «escuchar» a Jesús en la oración —no solo dominical sino en la de cada día— y salir de la Iglesia a la tarea complicada y difícil de buscar las ovejas perdidas, para traerlas al redil de Cristo. Esa es nuestra tarea, la tarea de Iglesia de Cristo hoy. Solo «escuchando» a Jesús es que se nos transfigura la vida, Él nos ayuda a descubrir la presencia de Dios en nosotros y nos llama a ser sus testigos ante un mundo de contradicciones que nos ha tocado vivir... ¡Vámonos a Misa!

Padre Alfredo.

sábado, 5 de agosto de 2017

Vivir para siempre en una alegre entrega... Votos Perpetuos de 8 Misioneras Clarisas


En una celebración en donde se experimentó la esencia misionera de la Iglesia, que es así por naturaleza (AG 1) un grupo de 8 Misioneras Clarisas, dieron el paso definitivo en su consagración como religiosas, al hacer su Profesión Perpetua, inundadas de la alegría de vivir el Evangelio en pobreza, castidad y obediencia. 

Estas ocho hermanas mexicanas, misioneras que viven su consagración religiosa como misioneras en España, Estados Unidos, Vietnam y algunos lugares de México, se suman a las filas de más de 600 hermanas religiosas misioneras clarisas que, en 14 naciones y de muy diversas nacionalidades, llevan el gozo de vivir y anunciar la Buena Nueva.

Los votos perpetuos marcan a la persona consagrada para siempre, haciéndole signo visible y transparencia de Cristo, que vivió así, pobre, casto y obediente al Padre. Estas hermanas han realizado su entrega dentro de una Concelebración Eucarística en la parroquia de San Felipe de Jesús en Cuernavaca Morelos México, cuna de la fundación de este instituto misionero que hiciera hace muchos años la beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento. Por delegación de su superiora general Martha Gabriela Hernández, los votos fueron recibidos por la hermana María Elena de Luna, superiora de la región de México. La Liturgia de la Palabra iluminó el momento con la Carta a los Filipenses: «Todo eso lo he dejado a un lado, y lo considero basura, con tal de llegar a conocer bien a Cristo, pues no hay mejor conocimiento. Y quiero que Dios me acepte, no por haber obedecido la ley, sino por confiar en Cristo, pues así es como Dios quiere aceptarnos» (Flp 3,8) y con el Evangelio de Mateo: «Porque ¿de qué le sirve a uno ganarse todo el mundo, si pierde su alma? ¿O qué puede dar uno a cambio de su alma?» (Mt 16,26). La Misa le presidió un sacerdote americano venido de la diócesis de Orange en California, el padre Philip, y a un servidor le tocó la gracia de predicar la homilía.

Pero tal vez surja  la pregunta de para qué sirven estos votos al mundo de hoy y por qué una profesión perpetua en un mundo donde casi todo es desechable y todo pasa tan de prisa. Veamos:

La pobreza, abandono voluntario de los bienes exteriores, es un signo poco atractivo para muchos en en nuestro mundo extremadamente materialista. La fuerza atrayente de la pobreza, contrastando con la realidad consumista de nuestra sociedad, es un medio eficaz del que Dios se vale para llamar a las almas a librarse de todo estorbo para aferrarse solamente a la Divina Providencia. En medio de nuestro ruidoso mundo, atrapante y queriendo llenar cuantos vacíos haya con cosas materiales, la mujer consagrada, por este voto, queda libre para contemplar a su Señor y tenerlo como única posesión. La vivencia de este voto en su realización definitiva, constituye un aliciente para la contemplación de Dios, que es amado por encima de todas las cosas y que debe reinar sobre todas las cosas.

El voto de castidad, asiste positivamente a la consagrada en su vocación activa y contemplativa, manteniéndola eternamente enamorada de Jesús, «esposo divino» de su alma, y la lleva a ocuparse en pensar en las cosas de Dios en ofrenda total de su ser. Además, el mismo amor de Cristo Esposo, que inspira a la religiosa a profesar este voto de manera permanente, inspira todo su ser y quehacer para ofrecerse a Dios por la salvación de las almas, como decía Madre Inés, no solo con los labios, sino con el corazón. La castidad se hace testimonio de las realidades futuras sobrenaturales: la resurrección de la carne, la patria celestial, y la vida en unión perpetua con Dios. Por este voto, el corazón e la mujer consagrada se inmola y se da totalmente a Dios y muestra que es posible volar a metas altas de santidad. Finalmente, el amor autentico que empuja a profesar este voto es una declaración contra la dominante mentalidad hedonista de nuestros días que vuelve todo amor superficial y egoísta.[22]

La obediencia, impresa de manera definitiva en el corazón de la religiosa, en la profesión perpetua, le da a la consagrada la posibilidad de vivir la dependencia a la voluntad de Dios en un holocausto espiritual. Hablar de obediencia consagrada al mundo de hoy, es hablar de una obediencia configurada realmente con la vivida por Jesús. O, mejor dicho, es hablar de una vocación y de un compromiso —ratificado con un voto— de revivir en la Iglesia el mismo misterio de obediencia radical vivido por Jesús en su existencia terrena al hacer siempre la voluntad del Padre. Este voto abarca todo el proyecto evangélico de vida de la Misionera Clarisa, y comprende todas las mediaciones: la propia conciencia, la palabra de Dios, el magisterio de la Iglesia, los signos de los tiempos, las necesidades y aspiraciones de los hombres, la voz humilde de los hermanos, la voz más solemne de la propia comunidad, las constituciones del propio instituto y, de un modo especial, sus respectivas superioras. Por eso, es obediencia radical y perpetua.

Al llegar a estos momentos del itinerario de la vida de la religiosa, con la profesión perpetua, quien hace el voto muestra al mundo que la obediencia consagrada no es simplemente un buen consejo de Cristo,  como tampoco lo son la castidad y la pobreza, sino un verdadero carisma, es decir, un especial don de gracia, concedido por el Espíritu Santo a la Iglesia, y en ella a determinadas personas, mediante la vocación a la vida consagrada, para revivir intensamente esta dimensión de la vida y del misterio de Jesús. 

Estas ocho hermanas, han sido llamadas por Dios mismo a vivir en una alegre entrega estos preciosos consejos evangélicos, dando un testimonio elocuente de la primacía de Dios, particularmente necesario en la tarea misionera de la Iglesia. Por medio de la profesión perpetua, estas mujeres consagradas a Dios han transfigurado su vida y se han convertido en una huella indeleble que Cristo- Esposo deja en la historia gracias al espíritu y espiritualidad de la beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento, cuyo ejemplo de vida las motiva y las impulsa de día en día a ser misioneras.

Damos gracias a Dios por el don de la vocación religiosa de Blanquita, Tere, Karina, Chayito, Mayra, Yajaira, Cristy y Mónica, a quienes me ha tocado acompañar de cerca en su camino vocacional y pedimos, por la intercesión de la santísima Virgen María, en su advocación de Guadalupe, Patrona de las Misioneras Clarisas, la gracia de la perseverancia y la fidelidad a su alianza definitiva. 

Por mi parte, puedo decir que gocé en grande esta celebración, agradeciendo este mismo día de la ceremonia, 5 de agosto, el que hace 28 años fui ordenado sacerdote. ¿Puede haber mejor regalo?

Las Misioneras Clarisas están presentes en Irlanda, España, Italia, Sierra Leona, Rusia, India, Japón, Korea, Indonesia, Nigeria, Estados Unidos, Costa Rica, Argentina y México.

Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U.

Vivir contracorriente... Un pequeño pensamiento para hoy

Si hay algo que parece reinar en el mundo globalizado en el que nos ha tocado vivir, es la frivolidad. Vivimos en medio de una sociedad que, en general, comete graves injusticias y hace que reine la idolatría del dinero y de la codicia. El Papa Francisco lo ha denunciado varias veces, alertando a los católicos para no sucumbir entre el torbellino causado por la mezcla de tantas y tantas ideologías de diverso tipo que, a fin de cuentas, dejan la felicidad del hombre en último lugar, aplastada por el ansia de tener, de poder y de placer aunque sea viviendo en apariencias.

¡Qué tremenda la frivolidad de los personajes que el relato del Evangelio de hoy nos presenta al compartirnos la escena que envuelve el martirio de Juan el Bautista (Mt 14,1-12): Un rey (Herodes) que no se tienta el corazón para arrebatarle la esposa al hermano, una madre (Herodías) que ante la amenaza que le causa la predicación del Bautista manda pedir su cabeza y una muchachita (Salomé) que, eclipsada por los aplausos, pierde piso y no sabe decidir lo que le hará feliz... ¡Ese es el retrato de muchos que hoy, parecen ir vagando por el mundo de la misma manera! Corazones fríos, egoístas e indecisos. Ayer me tocó predicar en la celebración de Votos Perpetuos de un grupo de Misioneras Clarisas enviadas a varias partes de México, España y Estados Unidos. ¡Qué hermoso contraste! Ocho mujeres que dejándolo todo han sabido decidir lo mejor, dejarlo todo y vivir en castidad, pobreza y obediencia para seguir a Jesús que es, como dice la beata María Inés: «La Única Realidad». 

Hace 28 años en un día como hoy, presidí por primera vez la celebración de  la Eucaristía. Hoy el Señor me permite encontrarme de nueva cuenta —dentro de un rato y solo por un rato— con Mons. Juan Esquerda,  que en aquella ocasión, habiendo sido mi padrino de ordenación,  predicó una homilía que aún vibra en mi corazón y me alienta a seguir viviendo mi sacerdocio, aunque yo también tenga que «contrastar» con el mundo y sus ideas engañosas, como Cristo y María su Madre, como José de Nazareth, como Juan el Bautista y tantos santos, como la beata María Inés y como muchos de ustedes que también navegan contra corriente buscando a Cristo como centro de la vida.¡Feliz y bendecido sábado!

Padre Alfredo.

viernes, 4 de agosto de 2017

El ejercicio físico y el cuidado de nuestro cuerpo...

Nuestro cuerpo fue creado a imagen y semejanza de Dios. Es un regalo maravilloso que nos permite experimentar el gozo de vivir y seguir pareciéndonos cada vez más a nuestro modelo, que es el mismo Dios en la persona de Jesucristo. La forma en que tratamos nuestro cuerpo habla también del amor a Dios, porque somos templo suyo. Cuando tratamos nuestro cuerpo como un templo de Dios, obtenemos bendiciones físicas, emocionales y espirituales. Del pensar en todo esto tal vez surjan algunas preguntas como estas: ¿Puede el católico ejercitarse? ¿Qué dice la Biblia acerca de la salud y del cuidado del cuerpo?

La Sagrada Escritura nos puede dar algunas pistas. En primer lugar hay que ir al libro del Génesis, que en el capítulo 2, versículo 7 dice:  «El Señor Dios plasmó al hombre con la arcilla del suelo, insufló en sus narices un aliento de vida y el hombre se volvió un ser viviente». Por lo tanto, hemos de ver que el hombre en su totalidad es querido por Dios. Génesis 39,1-21 y Daniel 1,3-21 hablan acerca del cuidado y respeto que dos grandes personajes, como son José y Daniel, manifestaron por su cuerpo. San Pablo, en 1 Corintios 6,19-20 nos recordará que somos el templo de Dios y esto merece una atención especial. 

Alguien pudiera objetar que el mismo san Pablo, en 1 Timoteo 4,8 nos dice: «Pues aunque el ejercicio físico trae algún provecho, la piedad es útil para todo, ya que incluye una promesa no sólo para la vida presente sino también para la venidera» Pero nótese que el versículo no dice que el ejercicio no tenga validez. Dice que hay que establecer bien las prioridades al decir que la piedad es de mucho más valor. La primera parte del versículo dice: «trae algún provecho.» pero a veces como creyentes nos saltamos la primera mitad del verso y nos centramos únicamente en la segunda mitad, cuando habla de la piedad. El famoso escritor CS Lewis dijo: «uno no tiene un alma, somos el alma y tenemos un cuerpo». El Concilio Vaticano II explica que «la unidad de cuerpo y alma, el hombre, por su propia condición corporal, sintetiza en sí los elementos del mundo material, que en él alcanza su plenitud y presenta libremente al Creador una voz de alabanza» (GS 14,1).

El mismo san Pablo menciona, en otra parte, el entrenamiento físico en 1 Corintios 9,24-27 cuando dice: «¿No saben que los que corren en el estadio, todos a la verdad corren, pero uno solo se lleva el premio? Corran de tal manera que lo obtengan. Todo aquel que lucha, de todo se abstiene; ellos, a la verdad, para recibir una corona corruptible, pero nosotros, una incorruptible. Así que, yo de esta manera corro, no como a la ventura; de esta manera peleo, no como quien golpea en el aire, sino que golpeo mi cuerpo, y lo pongo en servidumbre, no sea que habiendo sido heraldo para otros, yo mismo venga a ser eliminado.» Por otra parte, en 2 Timoteo 2,5 está escrito: «Y también el que lucha como atleta, no es coronado si no lucha legítimamente», y en 2 Timoteo 4,7: «He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe.»

Aunque el entrenamiento en la piedad sólida es lo más importante que debemos hacer como católicos, eso no quiere decir que los miembros de la Iglesia tengamos que devaluar el cuerpo que Dios nos ha dado. Es muy importante y del todo necesario, cuidar el cuerpo que lleva el alma, porque es tan delicado y resistente a la vez, dice 2 Cor 4,7, como una «vasija de barro» que, si no se cuida, no podrá albergar el alma.

No hay nada de malo en que el cristiano se ejercite. De hecho, la Sagrada Escritura, en 2 Cor 6,19.20 es clara en que debemos cuidar de nuestros cuerpos. Efesios 5,29 nos dice esto que hay que tomar en consideración: «Porque nadie aborreció jamás a su propia carne, sino que la sustenta y la cuida…» Y la Biblia también nos advierte contra la glotonería en Dt 21,20; Prov 23,2; 2 Pe 1,5-7; 2 Tim 3,1-9 y 2 Cor 10,5. 

¿Cuánto debo dedicar al cuidado de mi cuerpo?, ¿cuánto rato debo hacer ejercicio?, ¿dónde debo hacer ejercicio? se preguntarán algunos. La Palabra de Dios no da medidas exactas, pero nos advierte contra la vanidad en 1 Sam 16,7; Prov 31,30 y 1 Pe 3,3-4). ¡Lo importante es que seamos sanos para servir mejor al Señor! ¿Cómo alcanzamos esa meta? Practicando ejercicio moderado y comiendo razonablemente. Ese es el patrón bíblico para la salud y el ejercicio: «Acaso no saben que su cuerpo es templo del espíritu Santo, quien está en ustedes y al que han recibido de parte de Dios? Ustedes no son sus propios dueños, fueron comprados por un precio. Por tanto, honren con su cuerpo a Dios», dice 1 Cor 6,18-19. Es importante no concederle un cuidado exagerado al cuerpo, recordando que el alma es más importante que el cuerpo; éste un día morirá, pero el alma es inmortal.

En este mundo globalizado en donde la imagen parece ser lo más importante para muchos, el cuerpo es uno de los énfasis centrales de la moda que hoy dirige y comanda a la humanidad para cambiar lo que Dios nos ha regalado,   que es nuestro cuerpo. Hay una epidemia de inconformidad con el cuerpo que va haciendo a muchos ir de cirugía en cirugía y hasta cambiar de sexo con la confusión que ha creado la llamada «identidad de género». Muchas personas gorditas quieren  ser tan delgadas que las intensas dietas las  llegan a enfermar; otros, en el extremo,  se dejan engordar hasta llegar a tener graves problemas de salud. Si alguien tiene una   nariz chata la quiere larga y respingada,  si la tiene grande la quiere  recortar. El de pelo chino lo quiere lacio y el greñudo quiere estar rapado mientras el pelón se realiza implantes de cabello. ¿Por qué no estar conforme con lo que Dios nos dio?

No somos dueños de nuestros cuerpos, sino administradores de nuestro cuerpo y por lo tanto no debemos profanarlo sino cuidarlo como algo ajeno, decía la beata María Inés Teresa afirmando: «Debo ser consciente de que no me pertenezco» (Ejercicios Espirituales 1941). Por  consiguiente, si nuestro espíritu habita  y se moviliza en el cuerpo para darle gloria a Dios y para edificación de la iglesia, hay que cuidarlo. Desafortunadamente nuestra sociedad concede al cuerpo un cuidado exagerado en el sentido de dar culto a la belleza a toda costa. Existe hoy una verdadera “dictadura de la belleza” que esclaviza especialmente a las mujeres. Los medios de comunicación muchas veces les impone un patrón de belleza; y hace sufrir a aquellas que no alcanzan este patrón.

Es excelente cuidar la salud, hacer deportes, asearse, nutrirse, pero si se lleva esto a una exageración, se  corre el peligro de desplazar  a Dios por el cuidado del cuerpo en el campo exterior  y se puede llegar a la idolatría del mismo olvidando lo que dice el libro del Deuteronomio en el versículo 19 del capítulo 8: «Mas si llegaras a olvidarte de Yahvé tu Dios, y anduvieras en pos de dioses ajenos, y les sirvieras y a ellos te inclinaras, yo lo afirmo hoy contra ti y todos ustedes, que de cierto perecerán.»

Debemos tener mucho cuidado y ejercitarnos física y espiritualmente, de manera que en todo sentido cuidemos nuestros cuerpos como templos del Espíritu Santo, pues con este mismo templo, podemos decir palabras deshonestas, calumniar a otra personas, chismear, criticar, etc. Es por eso que debemos de estar en constante oración para que Dios nos libre de usar nuestro templo para hacer cosas pecaminosas como dice Gál 5,19-21 el cual pide hacer a un lado el adulterio, la fornicación, la inmundicia, la lascivia, la idolatría, la hechicería, la enemistad, los pleitos, los celos, la ira, las contiendas, las disensiones, las herejías, las envidias, el homicidio, las borracheras, las orgías y cosas semejantes a estas que van matando el cuerpo y dejan sin la herencia del reino de los cielos. Todas las formas de vicios acaban afectando la salud. La vigorexia, ese trastorno del comportamiento que se caracteriza por la obsesión de conseguir un cuerpo musculoso, puede causar estragos porque es también un vicio, que incluso lleva a algunos a inyectarse sustancias tóxicas con las que lentamente van matando su organismo. Es necesario cultivar la virtud de la templanza pues nos ayuda a evitar toda especie de exceso, el abuso de la comida, del alcohol, del humo, de las medicinas usadas de manera equivocada.

Hay por ahí una frase que dice: «Todo con medida». Sí, debemos cuidar el cuerpo con una nutrición balanceada, con el ejercicio físico necesario, ir al médico periódicamente para el  chequeo general y cuando se necesita. Debemos practicar deporte para mantenernos bien de salud, pero que no se convierta todo esto en una carga o un vicio que nos aleje de Dios. A la par de todo esto también hay que  «ejercitar las rodillas»  para orar  al Señor y caminar en obediencia en su presencia, recordando que el cuerpo es clave para alabar a Dios y servirle al prójimo, pues incluso la llegada de la enfermedad, cuando cuidamos nuestro cuerpo y ponemos todo lo que está de nuestra parte, será vista como la llegada de «un tesoro» para colaborar a la salvación de las almas. No se puede despreciar la vida corporal; al contrario, debemos estimar y honrar el cuerpo, porque fue creado por Dios y destinado a la resurrección en el último día.

La Iglesia nos recuerda, en el número 2288 del Catecismo de la Iglesia Católica, que «la vida y la salud física son bienes preciosos confiados por Dios. Debemos cuidar de ellas racionalmente, tomando en cuenta las necesidades ajenas y el bien común. El cuidado de la salud de los ciudadanos requiere la ayuda de la sociedad para obtener las condiciones de vida que permitan crecer y alcanzar la madurez: alimento, ropa, vivienda, cuidado de la salud, enseñanza básica, empleo, asistencia social». En el número 2289 el Catecismo dice: «Si la moral pide respeto por la vida corporal, no hace de ella un valor absoluto, oponiéndose a una concepción neo-pagana que tiende a promover el “culto al cuerpo”, sacrificando todo para idolatrar la perfección física».

En resumen, nuestro ser se compone de dos partes: el cuerpo mortal y el espíritu inmortal. El Señor llama a nuestro cuerpo «templo», ya que se trata de la residencia temporal de nuestro espíritu eterno (1 Cor 3,16). Puesto que el espíritu y el cuerpo unidos conforman una unidad, lo que afecta a uno, afecta al otro. Al cuidar de nuestros cuerpos, logramos que nuestro «templo vivo» sea una aceptable morada para nuestro espíritu. No pensemos que cuidar nuestra salud sea algo malo. El Señor nos ha dado un cuerpo para que lo cuidemos lo mejor posible. La falta de una buena dieta, ejercicio físico y sanos hábitos, nos hacen vivir por debajo de lo que Dios ha diseñado para nuestras vidas. Un buen ejemplo de lo bien que hace el ejercicio es el gimnasio «Divine Mercy Crossfit» en Denver, Colorado, en donde un buen número de sacerdotes, consagrados y fieles laicos acuden a diario. Y, como este, seguro habrá otros centros en los que como dice el padre Brian Larkin miembro de este gym: «Tú puedes ofrecer tus sufrimientos durante el tiempo de ejercicio por la salvación de las almas».

Termino recordando un hecho de la Santísima Virgen María que me hace pensar en la necesidad del ejercicio físico. ¿La Virgen María en este tema? Sí, claro. La Sagrada Escritura en Lc 1,39, nos dice que «María se encaminó "presurosa" a visitar a su pariente Isabel». Si no hubiera estado en buena forma... ¡no hubiera podido encaminarse "presurosa"!

Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U.