La primera lectura de este domingo muestra cómo el pueblo se enfrenta a Moisés a consecuencia de la sed que padecen en el desierto. Su reacción revela que prefieren la esclavitud con el estómago lleno antes que la libertad envuelta en incertidumbre. Esta manera de reaccionar no deja de ser un reflejo del miedo que siempre trae consigo la vida cuando el horizonte se muestra especialmente árido. Sin embargo, desde ese abismo de ansiedad, frustración y absoluta desconfianza es desde donde se experimenta, como el pueblo de Israel, que Dios no mira desde la distancia, sino que se acerca y nos escucha.
Dios mismo, en este bellísimo libro del Éxodo, —nos recuerda el papa— «se había revelado a Moisés desde la zarza ardiente, muestra de que la escucha es un rasgo distintivo de su ser: “Yo he visto la opresión de mi pueblo, que está en Egipto, y he oído los gritos de dolor” (Ex 3,7). La escucha del clamor de los oprimidos es el comienzo de una historia de liberación, en la que el Señor involucra también a Moisés, enviándolo a abrir un camino de salvación para sus hijos reducidos a la esclavitud», aunque estos hijos rebeldes, como mucha de la gente que nos rodea, no quiera escuchar.
Dios se manifiesta y precisamente en lo que nos parece estéril, difícil o inaccesible, como una roca. Pero Dios no es un mago que elimina el obstáculo, Él, escuchando nuestro clamor, es una fuente que surge desde dentro mismo de la situación y aún de entre la roca . Porque Dios es la fuente de agua viva que, como promete a la samaritana del Evangelio de hoy, brota desde nuestra dureza y nos impulsa a abrazar el futuro con una esperanza activa.
En la segunda lectura de este domingo, san Pablo quiere trasmitir qué efecto produce en el ser humano el amor de Dios. Y para llevar a cabo su propósito, recurre a lo que Dios mismo ha realizado a través de Jesucristo. El Apóstol hace ver que toda la iniciativa parte de Él; es decir, está en las manos de Dios. Y aunque a priori cueste un poco entenderlo desde nuestros cálculos mentales, la muerte de Jesús en la cruz es la máxima expresión visible de ese amor que Dios siente —sin hacer excepción alguna— por toda la humanidad. Por ello, lo ocurrido en la cruz se convierte en la acción indiscutible de nuestra paz con Él.
En Cuaresma, de una manera muy particular, hemos de avanzar contemplando en la Cruz nuestra comunión con el Señor, porque la cruz de Cristo nos hace descubrir el valor del sacrificio, del ayuno, de la penitencia. El papa León, en su reflexión, nos recuerda también que el ayuno no es solamente un dejar de comer, sino que debe incluir también otras formas de privación destinadas a hacernos adquirir un estilo de vida más sobrio, ya que « sólo la austeridad hace fuerte y auténtica la vida cristiana», porque eso nos hace no querer hacer a un lado la cruz. Bien dice la Venerable Madeleine Delbrêl que «para adquirir la nacionalidad cristiana, hay que haber sufrido al menos un poquito» (16 de octubre de 1954).
El Santo Padre nos invita a vivir una forma de abstinencia muy concreta y a menudo poco apreciada: «La de abstenerse de utilizar palabras que afectan y lastiman a nuestro prójimo». El Papa dice: «Empecemos a desarmar el lenguaje, renunciando a las palabras hirientes, al juicio inmediato, a hablar mal de quienes están ausentes y no pueden defenderse, a las calumnias. Esforcémonos, en cambio, por aprender a medir las palabras y a cultivar la amabilidad: en la familia, entre amigos, en el lugar de trabajo, en las redes sociales, en los debates políticos, en los medios de comunicación y en las comunidades cristianas. Entonces, muchas palabras de odio darán paso a palabras de esperanza y paz».
Finalmente voy al Evangelio, en este hermosísimo pasaje de la Samaritana que ocurre junto a un pozo, cosa que no es ninguna casualidad; y porque se trata, nada más y nada menos, que del pozo de Jacob: todo un símbolo de la tradición y de la Ley. El papa nos recuerda que en la Escritura, se subraya el ayuno, unido a la Ley. Por ejemplo —afirma el papa—, «cuando se narra en el libro de Nehemías que el pueblo se reunió para escuchar la lectura pública del libro de la Ley y, practicando el ayuno, disponiéndose a la confesión de fe y a la adoración, con el fin de renovar la alianza con Dios (cf. Ne 9,1-3).
Además, el hecho de que la conversación gire en torno al agua nos pone sobre la pista de que nos encontramos ante un texto —y no hay que olvidar que estamos en el Evangelio de Juan— que busca transmitirnos un mensaje de nuevo nacimiento, es decir, un nuevo comienzo por medio del Espíritu.
Así, el Evangelio de este tercer domingo de Cuaresma, nos indica que este comenzar de nuevo se hace realidad en la samaritana: esa mujer cuya vida estuvo marcada por incesantes búsquedas frustradas y naufragios afectivos, y que acabó viciando su relación con Dios como inevitable resultado de tantos desencantos. Su existencia y su vivencia de lo religioso estaban inmersas en un pozo de aguas muertas, o dicho de otra manera, en un caudal estancado que ya no servía siquiera para refrescar en el bochorno más pesado.
Sin embargo, precisamente desde esa sequedad y estancamiento es desde donde Jesús va a tomar la iniciativa. Su ofrecimiento de una nueva búsqueda para descubrir un agua distinta no solo sorprende y destantea a la samaritana, sino que poco a poco le va haciendo salir de su superficialidad y le hace sentir sed de profundidad espiritual. Así se desarrolla un diálogo maravilloso entre Jesús y esta mujer. De hecho el Santo Padre enfatiza, en este mensaje de Cuaresma, que la conversión a la que estamos llamados no se alcanza solos, sino en una invitación «a la calidad del diálogo, a la capacidad de dejarse interpelar por la realidad y de reconocer lo que realmente orienta el deseo, tanto en nuestras comunidades eclesiales como en la humanidad sedienta de justicia y reconciliación».
Por ello, esta mujer no necesitará el cántaro. Porque una vez que ha comprendido que todo lo que llevaba buscando durante tanto tiempo se encuentra en su interior, ese cántaro se ha convertido en un peso y un estorbo que es preciso dejar atrás. Fray Luis de Granada, en uno de sus sermones de Cuaresma, nos dice que el hecho de dejar el cántaro supone «la valentía de salir corriendo a predicar la gloria de Cristo el Señor». Y es que el cántaro simboliza todo aquello que nos ata a una religiosidad vacía e idólatra, que nos aleja del Dios vivo que es capaz de transformarlo todo. Recuerdo, viendo esto de «una religiosidad vacía e idólatra» que dice el Papa, cómo monseñor Santiago Cavazos, cuando era yo un muchacho ya decido a ingresar al seminario nos decía: «La Iglesia, si sigue así, enfriándose lentamente, se va a convertir en una Iglesia de “cumplimiento”, y la palabra cumplimiento tiene dos partes: “cumplo” y “¡miento!”, así irá viniendo a menos. Nosotros tendremos mucho qué hacer».
Que durante este tiempo de Cuaresma seamos mendicantes de esa «agua viva» que nos propone Jesús en el Evangelio de hoy. Que tengamos el coraje de dejar nuestros cántaros a un lado y nos dejemos embriagar con la frescura de este mensaje que el Papa termina así: «Queridos hermanos, pidamos la gracia de vivir una Cuaresma que haga más atento nuestro oído a Dios y a los más necesitados. Pidamos la fuerza de un ayuno que alcance también a la lengua, para que disminuyan las palabras que hieren y crezca el espacio para la voz de los demás. Y comprometámonos para que nuestras comunidades se conviertan en lugares donde el grito de los que sufren encuentre acogida y la escucha genere caminos de liberación, haciéndonos más dispuestos y diligentes para contribuir a edificar la civilización del amor.»
¡Que la Virgen, siempre dócil a cada llamada del Señor, nos ayude!
Padre Alfredo.