Pero, ¿hacia dónde se dirige ese designio de amor? ¿Quiénes están llamados a recibirlo? Aquí es donde estas palabras del cardenal Walter Kasper resuenan con una fuerza profundamente evangélica en estas palabras que vuelo a retomar: «Jesús abre el acceso a Dios, no sólo a unos cuantos justos, sino a todos; en el reino de Dios, hay sitio para todos, nadie es excluido». El designio de Dios no es una invitación VIP para un grupo selecto de personas que se creen perfectas. El Reino que Jesús vino a derrumbar los muros de la exclusión. En tiempos de Jesús, muchos pensaban que Dios solo pertenecía a los cumplidores de la ley, a los puros, a los «justos»; escribas, fariseos, doctores de la Ley. Pero Jesús rompió los esquemas comiendo con pecadores, abrazando a los marginados y abriendo las puertas del cielo de par en par a todos… «¡a todos!» como decía el papa Francisco.
Si Dios activa en nosotros el querer y el obrar, es precisamente para que seamos canales de esa misma inclusión fundada en la misericordia divina. El papa Francisco nos insiste constantemente en esa convicción de que la Iglesia debe ser una casa con las puertas abiertas. Y es que si reconocemos que Dios es misericordioso, pone en el corazón el deseo de perdonar, el deseo de ayudar para que nadie quede excluido de tu misericordia. San Carlos Borromeo, a quien celebramos en este día vivió así, abrió las puertas de la Iglesia y las mantuvo así. Que él nos ayude a dejarnos transformar por este Dios que actúa en lo escondido de nuestro corazón. Que cada uno de nosotros, nuestra familia, nuestro grupo, nuestra comunidad con la ayuda de María, sean un reflejo de este Reino: un lugar donde no se juzgue, donde no se excluya a nadie y donde todos puedan experimentar que son amados por el designio de un Dios que es Padre de todos. ¡Bendecido miércoles!
Padre Alfredo.









