martes, 10 de enero de 2017

Breve oración a san Benito...

Glorioso Padre Benito, ayúdanos
en la lucha contra el demonio,
el mundo y la carne.
Aleja de nosotros cualquier
influencia maligna: las tentaciones,
el poder del mal, los peligros
para nuestro espíritu
y para nuestro cuerpo.
Ayúdanos a confiar en el amor de
Dios, nuestro Padre, en la fuerza
de Cristo nuestro Salvador, y en la
presencia del Espíritu Santo,
nuestro defensor. Amén.

domingo, 1 de enero de 2017

Santa María, la Madre de Dios... Año Nuevo

«Qué el Señor me mire con benevolencia» (Núm 6,25). Para el pueblo de Israel, estar o quedar bajo la mirada de Dios era hacerlo a él centro de la vida cotidiana, era experimentar siempre su presencia en cada día. Y la experiencia del acontecer diario se sacramentalizaba con el culto, para vivir iluminados y habitados en su presencia.

También nuestra experiencia cristiana de la Navidad, en el cristianismo, es que Dios nos mira con benevolencia y ternura infinitas. A él, que es amor, lo celebramos en estas fechas como a alguien muy cercano a nosotros. Lo celebramos como un bebé: Un bebé que llora y sonríe, un bebé que ha llegado en medio de la noche, un bebé que llega venciendo la violencia y el desorden del mundo para traernos la paz. Dios nos mira, en este pequeño niño, con benevolencia.

Un día, una jovencita modesta, hija del pueblo, con grandes destinos, recibe una misteriosa embajada, la de un ángel que le hace la más inverosímil de las revelaciones que uno puede imaginarse. El ángel embajador le anuncia que, por el poder de Dios, está destinada —si ella acepta— a ser la Madre del Verbo Encarnado y a ser una Madre Virgen. Al dar su consentimiento, el Verbo de Dios se hace carne por obra y gracia del Espíritu Santo en las entrañas purísimas de aquella joven a la que Dios miró con benevolencia. Recordando este misterio, san Pablo dirá: «Al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo nacido de una mujer» (Gal 4,4).

Dios nos ha mirado con benevolencia en María, en ella, que es uno de los nuestros. Y esa mirada despierta también la confianza en el ser humano. El niño que nace de la virgen es el Hijo de Dios, el Rey que gobierna cielo y tierra. Su nacimiento marca el inicio de una nueva era; el año primero de la última edad del mundo. Todo eso es para pensar lo ahondado en este misterio, como lo hacía la Virgen que conservaba todo en su corazón.

Nacido de mujer, el Hijo de Dios se ha hecho hombre y ha entrado en parentesco con todos los hombres, para traernos la paz y salvarnos. El Hijo de Dios se hace hombre para que todos los hombres nos podamos hacer hijos de Dios. Ahora nos colocamos ante la presencia de este misterio, un acontecimiento increíble, manifestación de amor de Dios para con los hombres, a quienes Él mismo quiere dirigir su mirada amorosa, a su estilo, a su manera, para quien nada hay imposible.

Con esta impresión de lo misterioso, quiere la Iglesia que comencemos cada año civil, celebrando, desde hace muchos años, la jornada mundial por la paz.

En los umbrales del año nuevo, nos amenazan dos sentimientos: el de la vida rutinaria y sin relieve, que tal vez hemos llevado en el año que termina y el de lo incierto, frente a lo desconocido, en los diferentes planos que forman nuestra vida. La gente se pregunta: ¿Cómo vendrá la crisis? ¿Qué estará de moda? ¿Por fin encontraré novia? ¿Cómo nos irá este año ahora que el niño entrará a la escuela? ¿Podré terminar la carrera? ¿Me seguirá avanzando la enfermedad que me acaban de detectar? ¿Cómo nos irá ahora de casados? ¿Se hará lo del viaje? y que se yo, tantas preguntas más.

Los buenos deseos del Año Nuevo, que nos damos unos a otros, generalmente no pasan de que la persona a quien felicitamos la pase bien, tenga suerte, esté contento. En un cristiano, las felicitaciones del Año Nuevo tienen que ser deseos de paz, de salud del alma y de serenidad en el alma.

El mundo anhela la paz, el mundo tiene una «urgente necesidad de paz», y, sin embargo, el año que acaba de terminar, como los anteriores, nos presenta un balance de guerras, conflictos, violencia, inestabilidad social, pobreza... ¡La paz parece a veces una meta verdaderamente inalcanzable! ¿Cómo esperar una nueva era de paz, que solo los sentimientos de solidaridad y de amor pueden hacer posible? Dios quiere que la humanidad viva en paz y en armonía, porque la paz está inscrita en proyecto divino originario de todo.

El hombre y la mujer de fe han de mirar el Año Nuevo como una nueva oportunidad de Dios para alcanzar la paz, esa paz que tiene que brotar del interior para luego manifestarse, en primer lugar, en la familia, la institución más inmediata a la naturaleza del ser humano en la que se expresan y consolidan los valores de la paz. Luego la sociedad en que vivimos, recordando aquello que decía san Juan Pablo II: «De la familia nace la paz de la familia humana».

¡Qué hermoso sería si todas las familias fueran como aquella que encontraron los pastores en la cueva de Belén! Una familia de paz, comunión de vida y de amor —Jesús, José y María— lugar de acogida, de esperanza, de solidaridad para todo el mundo. ¡Cuánto hay que trabajar en muchas de las familias de ahora en las que no se ha encarnado la paz! ¡Cuánto hay que luchar para transformar esos espacios de tensión y prepotencia en espacios de paz, de solidaridad y de amor que se contagia alrededor!

Ojalá que ante esta fiesta, que se celebra cada 1 de Enero, cada una de las familias fundadas por hombres y mujeres de fe, renueven su programa de vida cristiana para el año que se estrena, buscando tener un espacio para María, para José y para Jesús, con una vida fecunda en buenas obras de misericordia, de caridad, de paciencia y de conformidad con la voluntad de Dios. ¡Qué cada familia, bajo el amparo de María la Madre de Dios y Reina de la paz, sea lo que debe ser! ¡Que cada familia exija la paz, rece por la paz, trabaje por la paz!

Todos los padres y madres de familia tiene una misión especialísima y única, una misión de educar a sus familias en la paz. Todos los hijos deben apreciar el don de la familia y busquen vivir en paz. cada abuelo y abuela, que representan en la familia unos vínculos insustituibles y preciosos entre las generaciones, aporten generosamente su experiencia para unir el pasado con el futuro en un presente de paz. Que hermoso es pensar en un Año Nuevo en el que todas las familias vivan de manera plena y consciente su misión de paz, en donde cada uno de los miembros sea, como decía la beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento: «Un alma pacífica y pacificadora».

Tal vez esté leyendo esto alguien que por varios y variados motivos esté sin familia, o lejos de los suyos. A estas personas les quiero recordar y mencionar textualmente lo que san Juan Pablo II decía en la Jornada Mundial de la paz de 1994: «A ellos quiero decir que tienen también una familia: La Iglesia es casa y familia para todos. La misma Iglesia abre de par en par las puertas y acoge a cuantos están solos o abandonados; en ellos ve a los hijos predilectos de Dios, cualquiera que sea su edad, cualesquiera que sean sus aspiraciones, dificultades y esperanzas».

Quiero dirigirme con todos ustedes a María Santísima, la Madre de Dios y decirle:

Santa Madre de Dios,
Tú que eres la Reina de la paz,
vuelve tu mirada a cada una de nuestras familias,
a los hombres y mujeres que las formamos
y nos esforzamos por alcanzar el vivir en armonía,
Danos el gozo de caminar unidos en el espíritu
y alegres en la fe,
para acoger con nosotros,
como hiciste Tú, Madre de Misericordia,
a Jesucristo, el Príncipe de Paz,
única esperanza del mundo.

Qué este año sea para todas las familias, un año de grandes bienes espirituales y materiales, entre ellos el don precioso de la paz. ¡Feliz Año Nuevo a todos!

Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U.

sábado, 31 de diciembre de 2016

Aquel que es la Palabra, habitó entre nosotros...

El comienzo del prólogo del Evangelio de san Juan nos remonta, cada vez que lo leemos, a lo más alto y más sublime del misterio trinitario. «Aquel que es la Palabra estaba con Dios y era Dios. Ya en el Principio Él estaba con Dios... y esa Palabra puso su morada entre nosotros» (Jn 1,1ss).

Una noche, hace más de 2,000 años, el Señor decidió plantar su tienda entre nosotros. La Palabra cambió la vecindad de Dios por la vecindad de los hombres y, el resplandor de la gloria, acampó, habitó junto a la debilidad de nuestra carne. El que estaba junto al Padre puso su morada en un lugar descampado de un pueblo desconocido que no tenía categoría por sí solo. Hay que precisar —para que se ubique con exactitud el lugar— que Belén era un lugar perteneciente a Judea, porque ese pequeño lugar no era conocido como lo era Jerusalén o Roma. Y, desde allí, desde los brazos de María, Dios habló a los hombres de todos los tiempos haciéndose cercano a cada uno por medio de su Hijo muy amado, resplandor de la gloria del mismo Dios, porque Él es verdadero Hombre y verdadero Dios.

La gloria de Dios es la manifestación sensible de su santidad. El «resplandor» de Dios brilla en la creación y en los acontecimientos o «maravillas» que jalonan la historia del pueblo. La gloria brilla en Jesús, presencia viva, entrega total.

A Dios no le bastó el paraíso de Adán, ni la zarza ardiente de Moisés, ni los mensajes cálidos de los profetas. Quiso hacerse niño desvalido y pequeño, quiso hacerse hombre y desarrollar su vida enganchado totalmente a la vida de los hombres. La revelación definitiva de Dios tiene rostro humano. Es una realidad cercana a nosotros... ¡Esto es la Navidad, un amor loco de Dios al hombre, un amor que no lo entienden sino solamente aquellos que aman!

Navidad es presencia de Dios en el mundo, ese Dios que irrumpe en nuestra vida ordinaria haciendo saltar en pedazos la insolidaridad. Él es encarnación, es cercanía, es proximidad. Navidad es superación de distancias y diferencias, convivencia fraterna en el amor. Navidad es locura de un amor divino recio y profundo que vino a cambiar la historia del mundo. EL Hijo de Dios se hizo hombre entre los hombres para salvar a los hombres.

El inmenso e in finito, el insondable y todopoderoso, se hizo pequeño por nosotros. El eterno entra a nuestro tiempo, a  nuestra historia, a nuestras vidas. El omnipotente y majestuoso se hace pobre y necesitado de cuidados. El Dios puro se reviste de nuestra carne. Esta suprema expresión del amor del Padre es, claro está, un reclamo a nuestro amor. 

No olvidemos que cada Navidad, somos nuevamente invitados a vivir un compromiso de amor, porque Aquel que es la Palabra, habitó entre nosotros... y como decía santa Teresita del Niño Jesús: «Amor con amor se paga».

Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U.

viernes, 30 de diciembre de 2016

Cada día de la Navidad...

Al leer estos días de Navidad, el vivo y maravilloso relato del Evangelista san Lucas (Lc 2,1-14), me ha venido a la mente y al corazón, compartir con ustedes una breve reflexión. Creo que en estos días de Navidad, nos podemos hacer más, sino trasladarnos en primer lugar nosotros también, como los pastores, hasta el humilde portal de Belén.

El frío y el silencio lo envuelven todo. Estos dos elementos son elegidos por Dios para manifestarse, en medio de ellos, al mundo. Estas noches de Navidad, tal vez el frío y el silencio nos ayuden a identificarnos más con Jesús. 

¿Quién se ha dado cuenta de que hace apenas unos días ha nacido el Salvador? Muchos duermen en la tranquilidad de sus hogares al calor del fuego o la calefacción. Algunos de los que no le dieron posada tal vez se lamentan, aunque tal vez muchos ni saben a quién le negaron la entrada. El canto que tradicionalmente se entona en estos días: «Noche de Paz», dice en una de sus estrofas: «¡Todo duerme en derredor!».

Había por allí unos pastores pobres que cuidaban sus rebaños. Ellos, hombrecillos insignificantes para muchos, como tantos pobres de hoy, marginados quizá, hombres y mujeres a los que otros no tomaban en cuenta, son los primeros en tener, en medio del silencio de la noche, la dicha de ver al Salvador y experimentar su misericordia redentora. Su pobreza, en medio del silencio envolvente de aquellas noches, se transformó en la riqueza más maravillosa que pueda existir... ¡Qué puede hacer falta cuando se tiene al Salvador!

Estas noches de Navidad, nosotros también somos invitados a ir al pesebre a adorar al Niño Jesús. Estos días, en nuestras celebraciones, cantamos el gloria por el gozo de sentir a Dios entre nosotros. Él ha descendido de la altura, a la pobreza de una gruta, de un establo, de un pesebre, para estar con nosotros. Allí está él, un Dios humanado en un niño pobre, pequeño, indefenso, necesitado. Este pequeño niño está cobijado por su Madre, que lo ha envuelto en pañales. Está protegido por san José, su padre custodio aquí en la tierra. La pobreza de lugar se engalana con la presencia de DIos que todo lo transforma. En el cielo todo es fiesta. Una legión de ángeles ha bajado para anunciar a los pastores una Buena Nueva cuyo gozo se prolonga cada día del tiempo de la Navidad: ¡Gloria a Dios en el cielo y paz en la tierra a los hombres que ama el Señor!

Mientras el mundo duerme, el Mesías ha llegado a traer la paz y la dicha... ¡la felicidad! Estos días, nosotros también, como los pastores, vamos hacia el portal de Belén con lo que somos, hacemos y tenemos, y contemplamos a José y a María junto al pequeño niño envuelto en pañales, como los pastores y los reyes venidos de oriente... ¿Qué le hemos traído? ¿Cómo hemos venido?

Hemos caminado juntos como familia durante los días de las posadas, hemos pedido posada para Él y nos la han dado hasta a nosotros, celebrando luego juntos la noche dichosa de la Navidad. Ahora gozosos seguimos anunciando a nuestro entorno el gozo de la llegada del Salvador, nuestro Rey y Salvador.

Cada día del privilegiado tiempo litúrgico de la Navidad, corremos al pesebre a mostrarle al pequeño niño nuestro cariño y gratitud. Le mostramos nuestro cariño porque lo amamos como nuestro Rey y Mesías salvador. Le mostramos nuestra gratitud porque está en medio de nosotros. Le entregamos nuestro corazón para renazca y reine siempre en él. Nosotros también, como aquellos pastorcillos, nos reconocemos pobres en todo sentido, pero, al igual que ellos, nos gloriamos de ser hombres y mujeres de fe que venimos presurosos a adorarle. Nosotros también, como ellos, sabemos reconocer al Dios insondable y misericordioso en ese pequeño niño envuelto en pañales. Él es Dios, así, pequeñito e indefenso, recién nacido. Él es el Señor y Mesías, el Salvador. A él contemplamos cada día de Navidad en una imagen de un pequeñito recién nacido y recostado en un pesebre y le presentamos nuestro ser y quehacer como discípulos misioneros que quieren amarlo amar más y hacerlo amar del mundo entero.

Cada día de la Navidad, llegamos al pesebre a presentar la alegría de todos los niños, el amor a la vida, el entusiasmo y la inocencia, el deseo de que cada niño crezca y se convierta en un hombre y una mujer que busque ser santo para agradarle con lo que es, con lo que tiene y con lo que hace: sencillos como los pastores y sabios como los reyes venidos de oriente a adorar al Niño, humildes como los pastores y generosos como los reyes.

Cada día de la Navidad, presentamos ante el pesebre la fuerza de nuestra gente joven; esa energía e inquietud espiritual por aprender y conocer más de este misterio de amor, los valores de un dinamismo constante y el deseo de superación de tanto adolescente y jovencito de nuestra sociedad que busca el sentido de la vida, en medio de un mundo que confunde y oscurece su andar.

Cada día de la Navidad, le traemos al pequeño Niño la entrega de tantos adultos; especialmente la entrega y el testimonio de tantos hombres y mujeres fuertes y firmes en la fe, que se debaten en medio de un mundo que sufre, cumpliendo con su tarea de padres y madres de familia providentes, trabajadores como san José y los pastores, sosteniendo el «Sí» a la voluntad de Dios como María.

Cada día de la Navidad, nos inclinamos ante el pesebre para dar gracias por la experiencia valiosa de nuestros ancianos, hombres y mujeres amables y sencillos que viven a la escucha de la palabra y llegan con nosotros al portal de Belén cargados de un cúmulo de conocimientos, experiencia y amor.

Cada día de la Navidad, nos postramos ante el Señor en el humilde portal de Belén con lo que cada uno podemos traer... nuestro «Sí» que se identifica con el recién nacido y que pide el cuidado de María y de José.

Este tiempo de la Navidad nos compromete, es un tiempo de ternura y de amor que no se queda en adornos, sino en una invitación a trabajar, a construir, a ir gozos al mundo para contar lo que hemos visto y oído en el portal como los pastores, que «regresaron, glorificando y alabando a Dios por todo lo que habían oído y visto» (Lc 2,20). El Señor nos ha visitado, la gracia de Dios se nos ha manifestado. ¡Felices fiestas de la Navidad a todos y que, bajo el amparo de María y José, dejemos que cada día nazca el Señor!

Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U.

domingo, 25 de diciembre de 2016

Navidad... La fiesta del 25 de Diciembre, historia y tradición

No es sino hasta el siglo III que tenemos noticias sobre la fecha del nacimiento de Jesús. Los primeros testimonios de Padres y escritores eclesiásticos señalan diversas fechas al respecto. El primer testimonio indirecto que se tiene de la natividad en el 25 de diciembre lo ofrece Sexto Julio Africano en el año 221. La primera referencia directa de su celebración es la del calendario litúrgico filocaliano del año 354 (MGH, IX,I, 13-196): VIII kal. Ian. natus Christus in Betleem Iudeae (“el 25 de diciembre nació Cristo en Belén de Judea”). 

Ciertamente que, aunque la fecha del nacimiento de nuestro Salvador no es un dogma de fe de la Iglesia, o sea algo que «debemos de creer» los católicos, a partir del siglo IV los testimonios de este día como fecha del nacimiento de Cristo son comunes en la tradición occidental, mientras que en la oriental prevalece la fecha del 6 de enero. Aunque el año con exactitud no se sabe, es seguro que vino al mundo entre finales del reinado de Herodes el Grande, rey de Judea, y la muerte de éste, acaecida en lo que hoy designamos el año 4 a.C.

Una explicación muy convincente que se tiene, por parte de los estudiosos en la Iglesia, hace depender la fecha del nacimiento de Cristo de la fecha de su encarnación, que a su vez se relacionaba con la fecha de su muerte. En un tratado anónimo sobre solsticios y equinoccios se afirma que «nuestro Señor fue concebido el 8 de las kalendas de Abril en el mes de marzo (25 de marzo), que es el día de la pasión del Señor y de su concepción, pues fue concebido el mismo día que murió» (B. Botte, Les Origenes de la Noël et de l´Epiphanie, Louvain 1932, l. 230-33). El Papa Benedicto XVI afirmó: «Lo más decisivo fue la relación existente entre la creación y la cruz, entre la creación y la concepción de Cristo» (J. Ratzinger, El espíritu de la liturgia, 131). En la tradición oriental, apoyándose en otro calendario, la pasión y la encarnación del Señor se celebraban el 6 de abril, fecha que concuerda con la celebración de la Navidad el 6 de enero. Pero hay que recordar que la Navidad no es la celebración de una fecha, sino de un hecho, el nacimiento del Mesías Salvador.

Algunos comentan, por diversos tratados de historia, que el 25 de diciembre era celebrado por los romanos como parte del Natalis Invicti (el cumpleaños del invicto) romano que se llevaba a cabo en medio de un festival genérico dedicado al sol. El día 25, según se ha llegado a constatar, tenía gran importancia para los romanos y tenía ese marcado carácter solar. Se dice que cuando el emperador Constantino se convirtió al Cristianismo en el siglo IV, uno de los principales retos que afrontó, al haberse dejado cautivar por Cristo, fue la tarea de colaborar en la conversión de una sociedad llena de paganos. De allí fue que se tomó la decisión de celebrar el nacimiento de Jesús en una fecha que ya era sagrada para las antiguas tradiciones. resulta interesante saber que la opción del 25 de diciembre es el resultado de los intentos realizados por los primeros cristianos para averiguar la fecha de nacimiento de Jesús, basándose en cálculos de calendario que nada tenían que ver con los festivales paganos.

Estudiando más profundamente el tema, se sabe que el festival pagano del "Nacimiento del Sol Invicto", instituido por el emperador romano Aureliano el 25 de diciembre de 274, fue casi con toda certeza un intento de crear la alternativa pagana a una fecha que ya gozaba de cierta importancia para los cristianos romanos. Así pues, "los orígenes paganos de la Navidad" son un mito sin fundamento histórico. Los primeros acercamientos a la celebración del 25 de diciembre aparecen en los escritos de San Cipriano de Cartago, (De pasch. Comp., XIX): «¡Oh, qué maravillosamente actuó la Providencia, que en el día en el que nació el Sol… Cristo debía nacer».

Como todo hecho neotestamentario, la Navidad tiene precedencia bíblica. Inclusive, el día 25 de Diciembre ya era celebrado en la Antigua Alianza.

En 1 Macabeos 4, 52-53 leemos: «El día veinticinco del noveno mes, llamado Quisleu, del año ciento cuarenta y ocho, se levantaron al despuntar el alba y ofrecieron un sacrificio conforme a la Ley, sobre el nuevo altar de los holocaustos que habían erigido». Obviamente los no católicos y no cristianos, no incluyen este libro en su canon, porque no lo consideran libro de inspiración divina, pero no pueden negar su valor histórico. Judas Macabeo y sus hermanos ordenaron a los sacerdotes que purificaran el santuario y echaran fuera el altar profanado. En su lugar se edificó un nuevo altar y en la madrugada del 25 de Quisleu, correspondiente a nuestro mes de diciembre, fue consagrado. La fachada del templo fue adornada, se encendieron luces y fue grande la alegría en el pueblo.

Como lo importante para nosotros, como católicos, es el significado del día, todo lo anterior nos invita a profundizar en que debemos ser conscientes de que hubo un día en el que Dios encarnado llegó a nuestras vidas, las cuales deben estar listas para fructificar bajo su luz («Yo soy la luz del mundo» dijo Jesús en Jn 8, 12). Como dijo san Juan Pablo II: «Jesús nace para la humanidad que busca libertad y paz; nace para todo hombre oprimido por el pecado, necesitado de salvación y sediento de esperanza.»

La Sagrada Escritura consigna lo más sobresaliente del hecho de la Navidad en diversos pasajes:

1) El nacimiento (Mt 1,25; LC 2,1-7)
2) La visita de los pastores esa misma noche (Lucas 2,8-17).
3) La circuncisión a los ocho días de nacido (Lucas 2,21).
4) La presentación en el templo a los cuarenta días (Lc 2,22-38).
5) La visita de los magos de oriente (Mt 2,1-12).
6) La huida a Egipto (Mt 2,13-15).
7) La persecución de los santos inocentes (Mt 2,19-23).

El Catecismo de la Iglesia Católica, hablando de la Navidad nos dice:

525 Jesús nació en la humildad de un establo, de una familia pobre (cf. Lc 2, 6-7); unos sencillos pastores son los primeros testigos del acontecimiento. En esta pobreza se manifiesta la gloria del cielo (cf. Lc 2, 8-20). La Iglesia no se cansa de cantar la gloria de esta noche: «Hoy la Virgen da a luz al Transcendente. Y la tierra ofrece una cueva al Inaccesible. Los ángeles y los pastores le alaban. Los magos caminan con la estrella: Porque ha nacido por nosotros, Niño pequeñito el Dios eterno» (San Romano Melodo, Kontakion, 10)

526 "Hacerse niño" con relación a Dios es la condición para entrar en el Reino (cf. Mt 18, 3-4); para eso es necesario abajarse (cf. Mt 23, 12), hacerse pequeño; más todavía: es necesario "nacer de lo alto" (Jn 3,7), "nacer de Dios" (Jn 1, 13) para "hacerse hijos de Dios" (Jn 1, 12). El misterio de Navidad se realiza en nosotros cuando Cristo "toma forma" en nosotros (Ga 4, 19). Navidad es el misterio de este "admirable intercambio": «¡Oh admirable intercambio! El Creador del género humano, tomando cuerpo y alma, nace de la Virgen y, hecho hombre sin concurso de varón, nos da parte en su divinidad» (Solemnidad de la Santísima Virgen María, Madre de Dios, Antífona de I y II Vísperas: Liturgia de las Horas).

Los católicos nos alegramos y celebramos el hecho de Aquel que no cabe en el universo quiso nacer de una virgen en este pequeño planeta del inmenso universo para reconciliar al hombre con su Creador. A pesar del trasfondo tan complicado de muchas tradiciones de diciembre que se entremezclan, y de si Jesús nació realmente el 25 de diciembre o no, nuestro objetivo, como hombres y mujeres de fe, es fijar los ojos de todos los hombres al verdadero Creador y Cristo de la Navidad. La luz del mundo ha venido a nosotros para que seamos luz de un mundo que aún camina en tinieblas. Y la temporada y la celebración de la Navidad ofrece a cada bautizado y a la Iglesia en general, muchas oportunidades maravillosas para predicar la Buena Nueva.

Así, mis queridos hermanos y amigos, en este 25 de Diciembre celebremos que Nuestro Señor nació y nos salvó con su sacrificio. Que en esta Navidad llegue el niño Dios al pesebre de su corazón y que ustedes le abran la puerta al Rey de reyes y Señor de señores. ¡Feliz Navidad!

Alfredo Delgado, M.C.I.U.

viernes, 23 de diciembre de 2016

The Shepherds in Bethlehem and the light of vocation…

When Saint Luke recounts the Christmas story, it tells us that, when Jesus was born, shepherds were keeping watch in the night, and a light shone in the darkness.

Christ borns in our world like a light. God comes inside of what’s commonplace and inside as well in the darkness of sin, or violence, or war, or greed, and the indifference, that sometimes appear everywhere. God is light that being seen inside of darkness.One of the things that Christmas asks us to do is to imitate the shepherds and keep watch, hoping to see “light inside of darkness”. Because God is inside ordinary life and our job is to see God there, sometimes also, amid the darkness.

Classically, this was expressed in the concept of “divine providence”, namely, the notion that inside the conspiracy of accidents that shape our lives we can see the finger of God writing history from another point of view. God shines forth, in some way, in everything that happens.

We are like the shepherds when we look at our world, with all that’s in it, both good and bad, and see light there, namely, God’s presence, grace, graciousness, forgiveness, love, unselfishness, innocence. The darkness surrounding our world is deep. We live in a world where what we see is often simply bitterness, wound, non- forgiveness, anger, greed, false pride, lust, injustice, and sin. Where do we see light inside of that?

Light comes to our lives and Christmas speaks of childlikeness, wonder, innocence, joy, love, forgiveness, family, community, and giving. These make light shine in the darkness. Christ told us that we are the light of the world… ¿Do we really are light for others?

We can see light in darkness most clearly and easily in the face of a newborn, a baby, where innocence can still stun us into wonder and soften, for a while, the edges of our cynicism and hardness. That, in fact, is one of the main challenges of Christmas… But, we need to see the light and to be light not only in the moment of Christmas or facing a newborn baby…

Like the shepherds we’re asked to watch in the night and we’re watching when, in our hearts, there is more wonder than familiarity, more childlike trust than cynicism, more love than indifference, more forgiveness than bitterness, more joy in our innocence than in our sophistication, and more focus on others than on ourselves.

I think Christmas is a good time to see that the world lives in darknes and the world needs shepherds like the Christmas’s shepherds in Betlehem. Men that with open eyes listen the voices of angels and go to the manger like them… I think is a good time to think in vocation.

Priests are called «pastors», shepherds that always are watching the light of Christ that shining in the darkness. Men full of mercy and light for all the souls. Men poor, detached, generous. Men that lead the flock always to find Christ.

Do you like to be a pastor?

Fr. Alfredo Delgado.

sábado, 17 de diciembre de 2016

Un buen examen de conciencia con los diez mandamientos...


¿Cómo puedo hacer un buen examen de conciencia?

1) Se comienza pidiendo al Espíritu Santo luz para recordar cuáles son los pecados que más le están disgustando a Dios.

2) Se puede hacer repasando los diez mandamientos para saber qué faltas se han contra ellos.

Los Diez Mandamientos de la Ley de Dios son:

PRIMERO:
Amarás a Dios sobre todas las cosas.

SEGUNDO:
No tomarás el Nombre de Dios en vano.

TERCERO:
Santificarás las fiestas.

CUARTO:
Honrarás a tu padre y a tu madre.

QUINTO:
No matarás.

SEXTO:
No cometerás actos impuros.

SÉPTIMO
No robarás.

OCTAVO:
No darás falso testimonio ni mentirás.

NOVENO:
No consentirás pensamientos ni deseos impuros.

DÉCIMO:
No codiciarás los bienes ajenos.

Los primeros tres mandamientos tienen que ver con nuestra relación con Dios, mientras que los últimos siete rigen nuestra relación con el prójimo. El amor que le tenemos al prójimo es meramente una extensión o una expresión de nuestro amor a Dios. Si no veo al otro en relación con Dios, es decir, como perteneciente a Él, no pasará mucho tiempo antes de que comience a amarlo principalmente por lo que él hace por mí. Sólo cuando lo veo desde el punto de vista de Dios puedo amar a mi prójimo por su bien, y no por mi propio bien, porque Dios amó a cada una de las personas que existen por su bien.

El examen puede hacerse así:

PRIMER MANDAMIENTO:
Sin importar la forma que tome, la violación del primer mandamiento, que es el pecado de la idolatría, no es más que egolatría; dado que la búsqueda del poder y del dinero como meta principal es, en definitiva, la búsqueda de uno mismo como centro de la propia vida.

¿Realmente ocupa Dios el primer lugar en mi vida o lo hago a un lado? ¿Me acuesto o me levanto ordinariamente sin rezar? ¿Me avergüenzo de aparecer como creyente ante los demás? ¿He creído en supersticiones, por ejemplo; amuletos, sales, brujas, lectura de cartas o de humo de cigarro, de café o recurro a espiritistas? ¿He blasfemado? ¿Le doy al poder o al dinero el primer lugar entre mis intereses?

SEGUNDO MANDAMIENTO:
La forma principal de violar este mandamiento es jurar utilizando el nombre de Dios: «... te lo juro por Dios santo que me ayude" (invocando a Dios como testigo de que se está diciendo la verdad) y luego mentir. Eso es jurar en falso.

¿He dicho el Nombre de Dios sin respeto y por cualquier tontería? ¿He puesto a Dios de testigo de algo que luego no he cumplido? ¿He mencionando el nombre de Dios en forma frívola, sin ningún tipo de reverencia?

TERCER MANDAMIENTO:
Para los miembros de la Iglesia Católica, como Cristo resucitó de entre los muertos un domingo, el día santo comienza el sábado por la tarde y continúa a lo largo de todo el domingo. El domingo está apartado de los demás días como un día de adoración y contemplación, dedicado al Señor. La cultura occidental ha perdido el sentido de esta noción del domingo como día santo. El consumismo se ha transformado en la nueva religión y los centros comerciales se han convertido en nuevas iglesias, así, el pecado más grave contra este mandamiento es el no vivir el di¡omingo como día dedicado al Señor.

¿He faltado a misa los domingos y fiestas obligatorias (1 de Enero, Corpus Christi, Virgen de Guadalupe y 25 de diciembre? ¿Cuántas veces? ¿Cuántos domingos voy a misa cada mes?

CUARTO MANDAMIENTO:
El no ver por nuestros padres en la mayor medida que podamos, es la falta más grave contra este mandamiento. Estamos llamados a honrar a nuestros padres y a quienes, en nuestro diario vivir, representan una autoridad.

¿He desobedecido a mis padres o autoridades competentes? ¿No les he querido ayudar? ¿Los he tratado mal? ¿He perdido el tiempo en vez de estudiar o trabajar? ¿Me he burlado de quienes para mí representan autoridad?

QUINTO MANDAMIENTO:
El valor de la vida y por consiguiente de la persona humana no puede calcularse en base a su utilidad, ya que ello implicaría reducirla a un mero instrumento. La diseminación de esta mentalidad utilitaria en la cultura trae aparejado un aumento en el número de asesinatos directos e indirectos (aborto, infanticidio, eutanasia, fraude, asesinato de reputaciones, indiferencia hacia los enfermos, los que sufren y los pobres, etc.) El pecado contra este mandamiento es negar la vida o atacarla conscientemente.

¿He deseado que a otros les vaya mal? ¿He peleado? ¿He dicho maldiciones o groserías que ofenden a mi prójimo? ¿Tengo resentimientos contra alguna persona y no le quiero perdonar? ¿No rezo por los que me han tratado mal? ¿Me he burlado de alguien? ¿He puesto sobrenombres? ¿He tratado con dureza? ¿He dicho palabras ofensivas e hirientes? ¿He hablado mal de otras personas? ¿He contado lo malo que han hecho o lo que dicen de ellos? ¿He escandalizado? (o sea, ¿he enseñado lo malo a los que no lo saben?) ¿Cuántas veces? ¿Me he aprovechado de los más débiles para golpearlos o humillarlos? ¿Me he practicado o he participado en un aborto? (El pecado del aborto causa excomunión*).

SEXTO MANDAMIENTO:
La sexualidad es un don que Dios ha dado al ser humano. El acto de la unión sexual es una expresión de la unión del hombre y la mujer en una sola carne. El acto de infidelidad a Dios, en este mandamiento, reduce la vivencia de la sexualidad a un mero instrumento de placer. El pecado contra este mandamiento incluye, dentro de su alcance, a toda otra actividad sexual que se practique fuera de los designios naturales que Dios ha marcado, por eso la masturbación y la práctica de la homosexualidad son pecados graves.

¿He mirado películas impuras, o revistas pornográficas o escenas impuras en Internet o por televisión? ¿He dicho o celebrado chistes malos? ¿He hecho acciones impuras conmigo mismo o con algunas personas? ¿Tengo alguna amistad que me hace pecar? ¿Estoy a favor del mal llamado «matrimonio igualitario»? ¿Recurro a la masturbación? ¿Practico o estoy de acuerdo con relaciones homosexuales?

SÉPTIMO MANDAMIENTO:
Todos tenemos derecho a los bienes que necesitamos para vivir, pero esos bienes deben comprarse y la primera medida que debemos tomar para comprar esos bienes consiste en desarrollar nuestra capacidad para generar las riquezas necesarias (es decir, bienes y/o servicios). Robar es tomar un bien que por legítimo derecho le pertenece a otra persona. Esa conducta viola la justicia.

¿He robado? ¿Cuánto vale lo que he robado? ¿Pienso devolverlo o dar eso a los pobres? ¿He devuelto lo prestado? ¿He tenido pereza en cumplir los deberes? ¿He cobrado de más al prestar algún servicio? ¿Me he quedado con cambio que me han dado de más? ¿He cometido algún fraude? ¿Si tengo personas a mi cargo, les pago lo justo?

OCTAVO MANDAMIENTO:
La mentira es una violación inmediata de la «integridad» de alguien o de algo; dado que existe una separación entre lo que aparece en las palabras del mentiroso y lo que está en su mente. A pesar de que la verdad está en su mente, no lo está en sus palabras. Si nuestras palabras están cada vez más unidas al contenido de verdad que está dentro de nosotros y cada vez más llenas de dicha verdad, nos pareceremos cada vez más a Dios. Cuanto más vacías de ese contenido estén nuestras palabras y cuanto más se utilicen para expresar una falsedad en vez de lo que tenemos dentro seremos cada vez más diferentes a Dios. El único remedio contra la mentira es un compromiso que la excluya por completo, para siempre, en todo lugar y bajo cualquier circunstancia.

¿He dicho mentiras? ¿He inventado de otros lo que no han hecho o dicho? ¿He hecho trampas en negocios o estudios? ¿He creído que Dios no me va a ayudar? ¿Me he habituado a vivir en un mundo de mentira presumiendo lo que no soy o lo que no tengo? ¿Celebro las mentiras de los demás y sigo la corriente?

NOVENO MANDAMIENTO:
El corazón es la sede de la personalidad moral: «de dentro del corazón salen las intenciones malas, asesinatos, adulterios, fornicaciones» (Mt 15, 19). La lucha contra la concupiscencia de la carne pasa por la purificación del corazón, por eso es tan importante este mandamiento. La «permisividad de las costumbres» es el pecado que va contra este mandamiento, porque se basa en una concepción errónea de la libertad humana que, para llegar a su madurez, necesita dejarse educar previamente por la ley moral. Es necesario auto-formarse en las cualidades del corazón y de la dignidad moral y espiritual del ser humano para no faltar.

¿He detenido en mi cerebro por varios minutos pensamientos o deseos impuros? ¿He codiciado la mujer o el esposo de mi prójimo?  ¿He mirado a un hombre a una mujer de manera impura? ¿He vivido el  pudor de los sentimientos como también un pudor del cuerpo, de acuerdo al momento y espacios como se requiere?

DÉCIMO MANDAMIENTO:
Codiciar significa tener un deseo desordenado de algo o alguien. Quién codicia está insatisfecho con lo que tiene; o más específicamente, con lo que es. El pecado se suscita aquí porque nos amamos demasiado a nosotros mismos y por eso debemos pasar el resto de nuestras vidas trabajando para ir disminuyendo la intensidad de ese amor desmesurado hacia nosotros mismos con el objeto de ir aumentando cada vez más el amor a Dios. Codiciar es un signo de que falta mucho por hacer, es un indicio de que hay que superar nuestras limitaciones naturales, ser más de lo que somos. Y esa es la raíz de el pecado de la codicia y de muchos otros en este mundo; nos amamos demasiado a nosotros mismos y no tanto a los demás. 

¿He codiciado los bienes ajenos? ¿He sido envidioso deseando lo que no es mío? ¿He sido avaro? ¿He comido más de lo que necesito? ¿He sido orgulloso, vanidoso o soberbio? ¿Me la paso pensando en lo que hacen los otros sin valorar y dar gracias por lo que yo soy y hago? ¿Tengo envidia de posiciones o puestos que ocupan los demás?

¿Qué otras preguntas me puedo hacer al examinar mi conciencia?

¿Cuáles son las faltas que más cometo y repito? ¿Cuáles serán las causas por las cuales cometo esos pecados de forma repetitiva? Por ejemplo: Soy muy flojo: ¿Por que será? ¿será que no descanso bien? ¿Será que me entretengo en pequeñeces y pierdo el tiempo o no rindo lo suficiente? Soy muy enojón: ¿Por qué será? ¿Será que quiero que todos piensen como yo? ¿Será que exijo demasiado? ¿Será que tengo un problema interno que no he resuelto? ¿Será que me preocupo demasiado como si Dios no cuidara de mí y no me fuera a ayudar? ¿Será que no me conformo con lo que Dios permite que me suceda?

Otros ejemplos: Hablo mal de los demás y critico: ¿Por qué será? ¿Será que vivo juzgando a los otros olvidando lo que dijo Jesús: «no juzguen y no serán juzgados, no condenen y no serán condenados» (Mt 7,1), o será que trato con personas murmuradoras que me contagian de su murmuradera? Me vienen pensamientos o deseos impuros: ¿Por qué será? ¿será que veo cosas impuras o malas en Internet o Televisión, o veo pornografía o no hago bastante ejercicio físico?

Otra pregunta que nos podemos hacer: ¿Cuál será el pecado mío que más le está disgustando a Dios? Si Cristo se me apareciera a ofrecerme quitarme un pecado, ¿Cuál le pediría que me quitara? ¿Qué voy a hacer para tratar de no cometer ese pecado?

¿Qué es arrepentirse de los pecados?


Arrepentirse de los pecados es sentir tristeza o pesar de haber ofendido a Dios que es tan bueno y por haber hecho, pensado o dicho lo que nos hace daño a nosotros mismos o a los demás.


Terminar haciendo un breve acto de contrición que puede ser:

«Dios mío me pesa haberte ofendido porque eres tan Bueno, perdóname, no quiero ofenderte más».



Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U.

Misionero de la Misericordia

El Canon 1398 del Código de Derecho Canónico menciona que «una persona que realiza un aborto exitoso, incurre en la excomunión automática»(latae sententiae). Esto significa que en el mismo momento en que el aborto es consumado exitosamente, la mujer y todos los participantes son excomulgados. La excomunión es la expulsión, permanente o temporal, de una persona de la Iglesia. Durante el período de la excomunión, el afectado sigue formando parte de la comunidad, pero debe cumplir sentencia de ahí el nombre de la misma, del latín ex communicatio[ne] latae sententiae. La Iglesia cuenta con normas para la excomunión o el trato con los excomulgados y ordinariamente no cualquier sacerdote puede perdonar esta falta. El Papa Francisco ha dado autorización, desde el Año de la Misericordia, a todo sacerdote para perdonar este pecado y ayudar a quienes están excomulgados por lo mismo, a regresar a la Iglesia cumpliendo la debida penitencia.

jueves, 15 de diciembre de 2016

«ADVIENTO»... Una verdad esencial del cristianismo, un tema para retiro


Estamos ya muy familiarizados con el término «ADVIENTO». Ya sabemos lo que significa esta palabra porque hemos vivido la experiencia de este tiempo litúrgico en otros años. Pero, tal vez, al adentrarnos más en la vida de la Iglesia, no hemos llegado a captar toda la ri­queza que encierra dicho concepto.

«Adviento», esta palabra que viene del griego, tiene varias connotaciones, quiere decir: «Venida», «Llegada comenzada», «Presencia por llegar». Por tanto, a la luz de estos significados, debemos pregun­tarnos: ¿Quién es el que viene? y ¿para qué viene?

Esto hasta un niño de catecismo nos lo responde, todo mundo en la Iglesia sabe que es Jesús el que viene, ese Jesús a quien también ya nos hemos acostumbrado a ver como hombre. Estamos tan familiarizados con la encarnación de Jesús (el Hijo de Dios hecho Hombre), que no nos maravillamos ya cuando leemos la páginas del Evangelio que narran la historia de la encarnación del Verbo y del nacimiento.

Creo que es necesario recobrar y mantener vivo el sentido de la admiración, el sentido de la sorpresa y de la adoración frente a este misterio de los misterios. Precisamente para eso disponemos de es­te tiempo del Adviento, para que podamos adentrarnos en esta verdad esencial del cristianismo cada año: Jesús, el Verbo Encarnado, ha asumido la naturaleza humana y de nuestra naturaleza ha tomado también las dimensiones terrenas.

El, Hijo del Padre en la eternidad, ciudadano de la eternidad y del Cielo por derecho natural, se ha hecho Hijo del hombre y ciudadano de la tierra. Así, el cristianismo brota de una relación particular: «DIOS-HOMBRE». El itinerario que Jesús ha recorrido de lo alto hacia lo bajo, para convertirse en el Hijo del Hombre y ciu­dadano de la tierra, es el mismo itinerario de lo bajo hacia lo alto, que nosotros debemos recorrer para hacernos hijos de Dios y ciudadanos de la eternidad. Se trata de una realidad profunda y sencilla, que resulta cercana a la comprensión y sensibilidad de todos los hombres y, sobre todo, de quien sabe hacerse niño con ocasión de la noche de Navidad. No en vano dijo Jesús una vez: «Si no se convierten y se hacen como niños, no entrarán en el reino de los cielos» (Mt 18,3). Solamente haciéndonos como niños podemos:

— Renovar el sentido gozoso de la espera.
— Sentir necesidad de convertirnos.
— Rejuvenecer la esperanza.

Según la lógica sobrenatural, nosotros deberíamos razonar así, como niños para quienes todo pasa pronto: es bello que todo pase y pase pronto, porque así el Señor viene, y viene pronto. Se trata de ver las cosas con otros ojos, con ojos limpios, con un corazón nuevo. De manera que nuestra vida asuma una semejanza profunda con el misterio de Jesucristo, que viene en un compromiso de caridad y para hacer público cómo es que Él ama a su Padre y ama a quienes el Padre le ha dado. Todo pasa y mientras que este pasar de todas las cosas sea manantial de tristeza, quiere decir que la criatianización de las almas, de las conciencias, de los pueblos, de la civiliza­ción, no está todavía completa, porque la única reacción cristiana al hecho de que todo pasa, no puede ser más que una reacción de alegría. Todo pasa y Dios viene. Y si llega Él, aquél es el día de gloria, día de felicidad.

Por eso la alegría es un elemento fundamental del tiempo de Adviento. Si el Adviento es tiempo de vigilancia, de oración, de conversión; lo es además, de ferviente y gozosa espera. El motivo de la alegría es claro: Todo pasa y «El Señor está cerca» (cf. Flp 4,5). «¡Exulta, alégrate!» le dice el ángel a María (Lc 1,28), y a ella, antes que a nadie, le anuncia una alegría que luego se proclamará para todo el pueblo que aún vive sumergido en la tristeza de un mundo de egoísmo, de rivalidad y de discordias.

Este pensamiento, puede parecer muy alto, muy utópico… ¡De dónde sacamos alegría en un mundo como este! Sin embargo es en realidad un pensamiento que debemos hacer familiar en cada momento de nuestra vida. Nuestros días, tan llenos de cosas, nuestros días, tan llenos de quehaceres que resultan un afán sin paz y sin descanso, en realidad, deben transformarse en días de una paz serena, en la seguridad de que Dios viene, que Dios pasa para no ocultarse jamás, en todos los momentos de nuestra vida. El Adviento es una reafirmación del ca­mino eterno del hombre hacia Dios; cada año marca un nuevo co­mienzo de este camino: ¡La vida del hombre no es un camino imprac­ticable, sino vía que lleva al encuentro con el Señor! ¡Vamos en espiral a su encuentro… cada año más arriba! Por eso el cristiano, esta criatura que tiene tanta esperanza en el cielo, es paciente, no se inquieta nunca ante las agitaciones de la vida de todos los días... así la encarnación se da en una realización his­tórica de la vida cotidiana: la pobreza de la Madre, el ambiente de un pueblo, los comentarios de la gente.

Con todo esto, se podría pensar que si para Nuestro Señor encarnarse ha sido un itinerario de humildad, para nosotros, divi­nizarnos debería ser un itinerario de gloria, ya que si Él baja, nosotros hemos de subir. Pero, no es así, por­que nuestra vida no puede ser una competencia con aquella sobera­nía que le pertenece exclusivamente a Dios. Debemos ser conscientes de que todo es un don, de que todo es misericordia y dignación de Dios y que en este tiempo de Adviento nos reconozcamos peregrinos y sabo­reemos la humildad que debe haber en nuestras vidas. Nuestra condición de seres humanos y de hombres pecadores por naturaleza; nuestra respon­sabilidad de pecadores por nuestros pecados personales, todo esto, nos pone frente a Dios en condición de humildad.

Cada Adviento... ¡Cuantas cosas tenemos que aprender! Hay que entender que el misterio de la venida del Señor se nos presenta como el misterio que nos compromete de una manera formidable a ser sobrenaturales, y por tanto a abandonar con supremo desapego to­do aquello que no es transferible a la eternidad y que, mientras nos compromete en este modo tan austero de vivir, nos llena de una alegría sin fin. El Adviento del Señor anticipa en lo más profun­do de nuestro corazón y de nuestra vida, experiencias, o al menos presentimientos, nostalgias de otra vida, la eterna, donde, final­mente, el advenimiento del Señor será un misterio cumplido, ya que la única casa del Padre será habitada por la totalidad de los hijos y, desde ese día, en la familia de Dios no habrá ocaso.

El Adviento es prospectiva gozosa de ir a la casa del Se­ñor" (cf. Sal 121,1) de llegar al término de esta gran peregrina­ción en que debe consistir la vida terrena. El hombre está llamado a vivir en la casa del Señor. Allí está su casa verdadera. La pere­grinación es figura de nuestro camino hacia la casa del Padre y el Adviento nos estimula a apresurar el paso con esperanza. El Adviento es la espera del día del Señor, es decir, de la ho­ra de la verdad. Es la espera del día en que el Señor será juez de las gentes y árbitro de muchos pueblos (Is 2,4). El Adviento tiene un significado escatológico, puesto que atrae nuestro pensamiento y propósitos hacia realidades futuras. Nos exhorta a prepararnos bien a las realidades celestiales, de modo que la llegada del Se­ñor no nos encuentre desprevenidos y mal dispuestos. Esperamos a Cristo, que si vino ya en la realidad de nuestra carne (y lo vamos a recordar en Navidad), vendrá también al final del mundo cuando se hayan cumplido todos los signos de los tiempos y viene constantemente ahora, en el tiempo presente, a nuestras almas.

En Adviento contemplamos, entonces estas tres venidas del Señor.  San Bernardo, abad, en uno de sus sermones habla acerca de estas tres venidas de Cristo, la primera: en el portal de Belén, la última: al final de los tiempos; y la intermedia: la actual, aquella que se hace presente a cada instante en su Iglesia peregrina de este mundo. 

La primera en la carne, la intermedia en el alma, la última a la hora del juicio. La primera tuvo lugar en medio de la noche según las palabras del evangelio: “A medianoche se oyó un grito: Ya está ahí el Esposo.” (Mt 25,6) Esta primera llegada ya ha pasado, porque Cristo se ha hecho visible en la tierra y ha conversado con los hombres.

Ahora, nosotros estamos ahora en la intermedia, a condición que estemos preparados para que pueda venir a nosotros, pues ha dicho que “si le amamos vendrá a nosotros y habitará en nosotros” (cf Jn 14,23). Esta venida intermedia es para nosotros una venida mezclada con incertidumbre, porque ¿quién sino el Espíritu de Dios conoce los que son de Dios? Aquellos que son arrebatados por el deseo de Dios saben bien cuándo viene, pero no saben “ni de dónde viene ni a dónde va” (Jn 3,8).

En cuanto a la última venida, es cierto que tendrá lugar e incierto cuándo tendrá lugar; ya que no hay cosa más cierta que la muerte, ni cosa más incierta que el día de la muerte. “Cuando los hombres hablen de paz y seguridad, entonces, caerá sobre ellos la ruina de improviso, igual que los dolores de parto sobre la mujer embarazada, y no podrán escapar.” (1 Tes 5,3) La primer venida se efectuó en la humildad y ocultamiento, la intermedia es misteriosa y llena de amor, la última será manifiesta y terrible... ¡Fascinante! En su primera venida, Cristo ha sido juzgado por los hombres injustos; en la intermedia nos hace justicia por la gracia; en la última juzgará todo con justicia y rectitud: Cordero en la primera venida, León de Judá en la tercera, Amigo lleno de ternura en la segunda venida.

Los buenos cristianos viajan siempre con su documentación en regla, por si la muerte les sorprende de improviso. El Adviento es un clarinazo, y un grito que dice ¡ALERTA! Viene el Señor. Lo que inte­resa a fin de cuentas, es que como buenos cristianos estemos siem­pre listos para el encuentro con el Hijo del Hombre, con nuestro Señor Jesucristo, como quien se va a encontrar con un amigo, el mejor de todos. Preparémonos al encuentro con Cristo como se prepararon los pro­fetas, los patriarcas, como se preparó Juan el Bautista, como se preparó la Santísima Virgen. Con grandes deseos, con oraciones pro­longadas, con espíritu de conversión y reconciliación.


Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U.