viernes, 24 de febrero de 2017

«AGUA BENDITA»... Un sacramental que es fuente de bienes espirituales


El agua bendita es un sacramental de la Iglesia Católica. Los sacramentales son signos sagrados, muchas veces con materia y forma (pueden ser «cosas» o «acciones» y que son actos públicos de culto y santificación), por medio de los cuales se reciben efectos espirituales por la intercesión de la Iglesia (Cfr. CIC. no.1166).

Los sacramentales fueron instituidos por la Iglesia, a diferencia de los sacramentos, que fueron instituidos por Cristo. Tienen ciertas semejanzas con los sacramentos. Son signos de la oración de la Iglesia y nos disponen para recibir la gracia. Estos símbolos materiales sacramentales actúan «ex opere operantis», es decir, en razón de la Iglesia. En general los sacramentales dignamente recibidos producen los siguientes efectos: Obtienen las gracias actuales con especial eficacia por la intervención de la Iglesia (ex opere operantis Ecclesiae); perdonan los pecados veniales por vía de impetración (ex opere operantis), en cuanto que por las buenas obras que hacen practicar y por la virtud de las oraciones de la Iglesia excitan en el sujeto sentimientos de contrición y actos de caridad;
a veces perdonan toda o parte de la pena temporal debida por los pecados pasados, en virtud de las indulgencias que suelen acompañar al uso de los sacramentales (por ejemplo el agua bendita) y nos obtienen gracias temporales si son convenientes para nuestra salvación (como el recobrar la salud corporal, defensa contra las tempestades, etc.) A continuación doy respuesta a algunas de las preguntas que con frecuencia surgen en torno al agua bendita:

¿Es el agua bendita el más importante de todos los sacramentales?

Efectivamente. El agua bendita, es el más importante de los sacramentales. El agua , en las Sagradas Escrituras, está relacionada directamente con la Salvación. Ha sido frecuentemente usada en la liturgia desde los inicios de la Iglesia. Desde tiempos de la Iglesia primitiva el agua era objeto de bendición especial antes de que se confiriera el bautismo. Los documentos más antiguos con que se cuenta sobre la bendición del agua (bautismal) son originarios de la Iglesia de África, de finales del S II.

A causa de la bendición a ella adjunta, la Iglesia recomienda encarecidamente a sus hijos el uso del agua bendita, especialmente cuando les amenaza algún peligro. Su uso nos recuerda nuestro bautismo y las promesas que en él hicimos. Nuestras promesas bautismales incluyen renunciar a Satanás y rechazar el pecado, pero es probable que rara vez tengamos esto en mente al usar agua bendita. Todo hogar católico debería tener siempre agua bendita disponible, ya que cada gota de agua bendita contiene tesoros indecibles de auxilio espiritual para el alma y para el cuerpo. El agua bendita es un regalo de Dios para ayudar a las familias a santificar la vida cotidiana y mantener santificadas las cosas que habitualmente se utilizan. Si nos detenemos a pensar en lo que realmente representa para nosotros, la utilizaremos con más frecuencia, conciencia y gratitud. Algunos padres de familia incluso utilizan agua bendita para bendecir las cosas que sus hijos usan regularmente, tales como bicicletas y libros escolares. Muchas personas rocían con agua bendita sus instrumentos de trabajo implorando la bendición de Dios sobre el mismo.

¿Cuáles son los principales efectos del agua bendita?

Si uno se santigua con agua bendita con devoción, ello produce tres efectos: Atrae la gracia divina, purifica el alma y aleja al demonio. El gesto de santiguarse con agua bendita, nos trae gracias divinas por la oración de la Iglesia. La Iglesia ha orado sobre esa agua con el poder de la Cruz de Cristo. El poder sacerdotal ha dejado una influencia sobre esa agua.

Al mismo tiempo, el agua bendita purifica parte de nuestros pecados, tanto los veniales como el reato que quede en nuestra alma.

El agua bendita aleja al demonio. El demonio puede entrar perfectamente en una iglesia, sus muros no le contienen, el suelo sagrado no le refrena; sin embargo el agua bendita sí que le aleja. Aunque nosotros «con los ojos del cuerpo», no podamos ver la Cruz que forma el agua bendita en nuestro cuerpo al santiguarnos, el demonio sí que la ve. Para él esa Cruz es de fuego, es como una coraza que no puede traspasar. Santa Teresa de Ávila, doctora de la Iglesia, tenía una fe profunda en el poder del agua bendita. Ella personalmente la usaba para expulsar al demonio y repeler las tentaciones. «Sé por propia experiencia  —decía la santa— que no hay nada mejor que el agua bendita para expulsar al demonio de nuestro lado».

¿Cómo podemos utilizar el agua bendita?

El agua bendita se rocía orando, y a lo largo de la oración de bendición, se reza al Señor para que la aspersión de esta agua nos procure los tres beneficios siguientes: el perdón de nuestros pecados, nuestra defensa contras las trampas tendidas por el Maligno y el don de la protección divina.

La bendición de uno mismo:

En muchos templos, a la entrada, se encuentran pilas o recipientes con agua bendita para que el domingo, día del Señor, los asistentes a la Misa Dominical, al hacer la señal de la cruz con ella recuerden su compromiso de bautizados y además, entre semana, en cada visita, se implore la protección e Dios. Mantener una pila de agua bendita en la casa es una gran idea para usarla bendiciéndose en el hogar. 

La bendición de la casa:

La casa es iglesia doméstica y también necesita protección espiritual. Todos podemos rociar agua bendita en nuestros hogares, o se puede pedir a un sacerdote que bendiga formalmente la casa con agua bendita, como parte de la ceremonia de bendición del hogar. Se puede hacer esta oración: Te suplicamos Señor que visites esta casa y repele lejos de ella todos los obstáculos del enemigo, que tus santos ángeles vengan a habitarla para permanecer en la paz y que tu bendición permanezca para siempre sobre nosotros por Cristo Nuestro Señor. Amén. Se reza un Padrenuestro, un Avemaría y un Gloria. 

La bendición a la familia:

Se puede utilizar el agua bendita para orar y hacer la señal de la cruz sobre el cónyuge e hijos antes de ir a dormir por la noche. La unión de la familia entre sí y con Dios de esta manera es una gran tradición familiar para adoptar. Mantener una botellita de agua bendita a un lado de la cama con este propósito es una muy buena costumbre.

La bendición del espacio de trabajo:

Es una gran idea rociar el espacio de trabajo con agua bendita, no sólo para protección espiritual mientras se desempeñan las diversas labores, sino también para santificar el trabajo diario para la gloria de Dios.

La bendición de los vehículos:

Los medios de transporte, probablemente, son el espacio más peligroso en el que se pasa una cantidad significativa de tiempo diario. Nunca hay que subestimar el poder del agua bendita aplicada a los vehículos para mantenerse a salvo del peligro, cuando se utiliza con fe y confianza en Dios. De hecho, también se puede pedir al sacerdote que bendiga los vehículos de la familia o de trabajo con agua bendita.

La bendición del jardín o huerto:

Esta era una práctica común en la Edad Media. La gente rociaba sus huertas con agua bendita. En momentos en que la gente era muy dependiente de los cultivos para su subsistencia, la falta de lluvia o heladas tempranas resultaba devastadora. El uso de agua bendita para bendecir y santificar las plantas que se utilizarían para el sustento de la familia mostraba confianza en la gracia de Dios. Es una práctica que se puede seguir haciendo.

La bendición a los enfermos:

Si hay algún amigo o familiar enfermo, al visitarlo se puede llevar agua bendita y poner un poco al enfermo orando con él, lo cual además será una obra corporal y espiritual de misericordia. Si se visita a los enfermos en un hospital o asilo de ancianos, se puede rociar el agua bendita invocando la bendición de Dios sobre su espacio vital y déjales una botella de agua bendita como un consuelo en sus momentos de necesidad.

La bendición de las mascotas:

Muchas parroquias en la fiesta de San Francisco de Asís tiene un rito de bendición para mascotas. Las mascotas son amados compañeros para individuos y familias y, a menudo nos proporcionan un gran servicio, e incluso estos pueden ser bendecidos con agua bendita, porque toda la creación tiene el fin de dar gloria a Dios. Esto también se aplica a los animales de granja que proveen mano de obra, medios de subsistencia y alimento para los seres humanos.

¿Es mágica el agua bendita?

No. El agua bendita no es como enseñan muchos curanderos, brujos y adherentes de la Nueva Era (New Age) como algo mágico que contenga propiedades energéticas para limpiar el hogar, o lavar cualquier tipo de objetos, (vasijas, muebles, o cuadros) ni tampoco para traerla colgada al cuello para prevenir el mal de ojo, ni contra los vampiros, ni contra las reumas, ni se usa con fines supersticiosos de buena suerte para bendecir objetos deportivos como raquetas o balones. El agua bendita no es un talismán para guardarse de las influencias negativas ni para rociar billeteras o bolsos para que se multiplique el dinero. 

A raíz del mal uso del agua bendita y de otros sacramentales y de sus abusos, es de donde los no-caóticos muchas veces se basan para atacar estas practicas católicas y tacharlas de propias de fanáticos. Debemos conocer bien el uso debido del agua bendita y enseñar al que no sabe que significa este sacramental.

Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U.

domingo, 19 de febrero de 2017

Que no se vayan con febrero el amor y la amistad...


Estamos a punto de finalizar el mes más corto del año, el mes de febrero, marcado por dos celebraciones que giran en torno al amor, una fiesta religiosa: «La Presentación de Jesús al Templo» y la otra de la sociedad mexicana y de otras naciones: «El Día del Amor y la Amistad». 

El amor es una palabra que en este mes se expresa, en medio de los católicos, en una convivencia el día 2 con la convivencia de esta fiesta, llamada también «Día de la Candelaria», compartiendo, en la cultura mexicana, los deliciosos tamales que son preparados o comprados, por aquellos a quienes el día de Reyes les tocó, en la rebanada de rosca, la imagen del Niño Dios. ¡Qué bonitas convivencias llenas de amor en estos días en tantas y tantas familias que celebran esta fiesta!

En la sociedad el amor y la amistad se celebran el 14 de febrero, en donde el amor se expresa en signos como flores, un corazón, un peluche. En febrero se siente y se ve la palabra «amor» por todas partes, en ropa y en diversos accesorios, mantas y toda clase de adornos, incluso, en febrero y sobre todo a raíz de la fiesta del amor y de la amistad, se ha llamado «amor» a lo que no es. ¡La amistad y el amor, solamente pueden entenderse si están fundados en el verdadero amor, que es el amor a Dios y el amor al prójimo, porque Dios... Es Amor (1 Jn 4,8). Dios debe ser, por eso, nuestro más querido y entrañable amigo y en Él, es que podemos vivir el precioso don de la amistad.

En la primera carta del apóstol san Juan, en el capítulo 3, hay un trozo que me parece fuerte, como pudiera parecer esta reflexión para algunos. Hay, en este pasaje de la Sagrada Escritura, algo fuerte que a la vez es claro y concreto: «En esto hemos conocido lo que es el amor: en que él dio la vida por nosotros. También nosotros debemos dar la vida por los hermanos. Si alguno que posee bienes de la tierra, ve a su hermano padecer necesidad y le cierra su corazón, ¿cómo puede permanecer en él el amor de Dios? Hijos míos, no amemos de palabra ni de boca, sino con obras y según la verdad. En esto conoceremos que somos de la verdad». 

Así está la cuestión. No podemos hablar de amor sin hablar del prójimo. Como sacerdote, me he ido dando cuenta de que, en nuestros días, hay una tentación muy grande, la tentación de querer encontrar el camino directo hacia la divinidad sin tener que pasar por el camino del contacto con el prójimo. Hay gente —y no hago distinción de religiones y creencias— que se refugia en un templo o en un lugar de oración y meditación, olvidando que a Dios se le encuentra también y en primer instancia, en el prójimo. Y lo que es aún peor y más común en nuestros días, muchos, escudándose en decir que son ateos o agnósticos, reducen el ser humano a un objeto de placer, justificando que eso, utilizar al otro como un instrumento de satisfacción, es amor.

El prójimo, como objeto del amor, es precisamente una representación de Dios, una auténtica manifestación, nosotros somos su expresión, somos su pueblo, ovejas de su rebaño a quien ama entrañablemente y por quienes en Cristo, nos a alcanzado la amistad eterna con Él al darnos la salvación. El prójimo, aún para el que hoy en día afirma no creer en Dios o ser un agnóstico, debería representar algo grande, otro yo, un ser que vive y que siente como yo. El amor al prójimo va más allá de una cuestión de solución meramente social, económica o política. El amor al prójimo va más allá de todos los presupuestos humanos. El prójimo irrumpe en la vida de cada uno al margen de todas las previsiones y por encima de toda planificación. El prójimo no se selecciona, sino que se acepta aún en los momentos más inoportunos. El prójimo es gratuito, sin color concreto ni estructura clasificada. El prójimo irrumpe en nuestra vida  impulsándonos a amar, como irrumpieron aquellos novios de Caná en la vida de María la Madre de Dios y le hicieron exclamar: «¡Hijo, mira que no tienen vino!» (Jn 2, 3).

A lo largo de la historia de la humanidad, se ha intentado inmanentizar el amor al prójimo, hacer que no trascienda o por lo menos achicarlo, hacerlo de bolsillo, convertirlo en algo —no se como explicarlo— instantáneo pero para que sea otro el que lo lleve a cabo, no uno mismo. El mundo actual, consumista y materialista, lo quiere reducir a reglas detalladas y minuciosas que eliminen de nuestra vida la sorpresa y la inseguridad. La sociedad actual dice muchas veces que hay que planificar todo, y entonces, el amor queda tan planificado que no hay lugar para ir más allá y dar amor al otro. Cuando llega el prójimo, que irrumpe en un de repente, no hay lugar para él. Hemos planificado en nuestro mundo, en nuestras familias y en nuestras instituciones excesivamente el amor al prójimo... A ver si queda tiempo. ¡Disculpe, es que ya estoy ayudando aquí o allá! ¡Perdona, es que no tengo tiempo! ¡Me hubieras dicho antes, me agarraste en las prisas!

Lo primero que exige el amor, es una profunda sintonía con los hombres y mujeres de nuestro tiempo —con los que nos rodean y con los que están lejos—, con los cercanos y los lejanos. Una espiritualidad angelista, que saque al hombre de su momento histórico y lo transporte a regiones y épocas trasnochadas, está faltando gravemente a este deber de amor. El hombre es cuerpo y espíritu que no se pueden separar y la fiesta del amor no puede reducirse a un mes de año que, además, por si fuera poco, es el más corto del año.

En una ocasión, antes de la llegada de Internet, que me ha tocado ver y utilizar con tanto provecho, una persona se quejaba conmigo de un convento de monjas al que todos los días llegaba puntualmente el periódico: —Esas monjas deberían de regalar lo que gastan el periódico — decía—. ¿Cómo? —le pregunté yo— Ese es el instrumento mediante el cual estas mujeres, consagradas de por vida día y noche, saben algo del prójimo por el que están orando y por el que están dando la vida. ¿Cómo podemos decir que amamos al prójimo si no lo conocemos, si nos situamos al margen de un mundo cuyas miserias ni siquiera se conocen?

La pregunta que Dios hace a todo hombre y mujer al llegar al final del mes del amor y de la amistad, está en el libro del Génesis: ¿Dónde está tu hermano? Ese es el amigo, el prójimo gratuito, trascendente, presente en lo más hondo del corazón que se sabe amado por Dios. No se puede hablar de amor ni de amistad si no es haciendo a un lado la teoría y ejerciendo la caridad, amando de verdad y con ternura. De eso son muestra tantos amigos que nos rodean y desde lejos nos recuerdan, nos quieren, nos alientan, nos cuestionan, nos acompañan, nos apoyan haciéndose cercanos en las buenas y en las malas.

La beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento vivía así, sin tiempo de teorizar el amor sino con la tarea ininiterrumpida de hacerlo vida: «Que todos te conozcan y te amen, es la única recompensa que quiero» era su jaculatoria contante dirigiéndose al Amor de los amores.

Amemos así, con los pies puestos en la tierra y el corazón en el cielo, luchando día a día por hacer presente el amor de Dios, compartiendo penas y alegrías, amando a quienes llegan a nuestro lado para pedir apoyo espiritual y material, amando a quien irrumpe en el camino para pedir un pedazo de pan, un pequeño servicio, una sonrisa. No tenemos ni oro ni plata para solucionar un problema económico; no tenemos nada material para ofrecer seguridad al que no tiene; no tenemos muchas cosas visibles que dar... Pero podemos ofrecer, ante todo, el don de la amistad, el amor de un Dios que está siempre cercano a la humanidad, un Dios que es Amigo de todos. Cada día convivimos con la familia, con el obrero y la viuda, con el niño y el vendedor de casa en casa. Cada día nos topamos con nuestro prójimo que vende chicles o mazapanes, con el que pide caridad, con el vecino triste y afligido, con el compañero de trabajo que sufre alguna pena moral y brindamos nuestra amistad para llevar a todos a Dios.

Quiero terminar esta reflexión con un pensamiento de san León Magno que reza así: «Si Dios es amor, no podemos poner límite alguno al amor, ya que la divinidad es infinita».

Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U.
(Reflexión basada en un discurso dado en una reunión con bienhechores de los M.C.I.U. El 13 de febrero de 1993).

jueves, 9 de febrero de 2017

La Vid, los sarmientos y nuestra ofrenda agradable a Dios...


Una vez entró a una Iglesia un hombre que con frecuencia vivía preocupado entre el temor y la esperanza. Ahí en la Iglesia se puso a rezar de rodillas delante del altar y se decía: «ojalá supiera que voy a perseverar en mi vida cristiana hasta el fin». Después de un rato de estar rezando, oyó de Dios las respuesta que estaba esperando, sintió que Dios le decía: «¿Qué harías si supieras que vas a perseverar hasta el fin?... pues haz ahora lo que en ese caso harías y así estarás bien seguro». Inmediatamente que oyó la voz de Dios que le daba la respuesta, este hombre se llenó de consuelo, se fortaleció, se abandonó a la voluntad de Dios y se le quitó aquella preocupación tan penosa. Ya no quiso volver a investigar sobre su futuro ni se angustió ansiosamente por el porvenir; más bien, desde aquel entonces, se esforzaba por saber cual era la voluntad de Dios, cómo agradarle en todo momento y como realizar toda clase de buenas obras.

Este relato, tomado del conocido libro, tan leído por la beata María Inés Teresa «Imitación de Cristo», de Tomás de Kempis, abre muy bien la reflexión que quiero compartir y en la que saboreamos la acción de Dios en nuestras vidas, meditando un breve pasaje de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos en el capítulo 12, versículos 1 y 2 relacionado con el pasaje del Evangelio de la Vd y los sarmientos.  El pasaje de la carta a los Romanos dice: «Los exhorto, hermanos, por la misericordia de Dios, a presentar sus cuerpos como hostia viva, santa, agradable a Dios; éste es su culto razonable. Y no se ajusten a este mundo, sino transfórmense por la renovación de la mente, para que sepan discernir lo que es la voluntad de Dios, lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto».

Todos, en esta vida, tenemos una misión encomendada, una tarea que realizar, una llamada a realizar el plan que Dios ha trazado sobre cada uno de nosotros. Dios nos ha enviado a este mundo para ser testigos de su amor, de manera que sea conocido entre todas las naciones. El gozo de cada hombre y de cada mujer de este mundo, no puede ser otro que el de ser un testigo que de la vida por cada uno de los hermanos. Cada uno de nosotros hemos sido revestidos de Cristo en el bautismo, hemos sido llamados a aprender de Cristo el modo de amarlo con ternura y con fuerza, para que todos le conozcan y le amen.

En el tiempo en que Dios ha juzgado conveniente, hemos recibido una misión específica que realizar: unos como sacerdotes, otros como religiosos y religiosas, algunos han sido llamados a vivir la soltería, la inmensa mayoría de respuesta en el matrimonio y todos, como misioneros. A través del hombre, Dios hace germinar en el mundo de la caridad, la paz, la justicia, el bienestar y, por medio de las diversas vocaciones, su amor llega hasta los últimos rincones del mundo. Todos los habitantes del mundo somos hijos de Dios, Él así nos quiere ver siempre, como sus hijos; sin embargo, no todos lo saben, no todos experimentan este gozo, no todos viven este compromiso de amor. 

Ahora voy al pasaje evangélico que nos presenta la Vid y los sarmientos. El texto del santo Evangelio según san Juan, en el capítulo 15, versículos del 1al 8 reza así: «Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el viñador. Todo sarmiento que en mí no da fruto, lo corta, y todo el que da fruto, lo limpia, para que dé más fruto. Ustedes están ya limpios gracias a la Palabra que les he anunciado. Permanzcan en mí, como yo en ustedes. Lo mismo que el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid; así tampoco ustedes si no permanecen en mí. Yo soy la vid; ustedes los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto; porque separados de mí no pueden hacer nada. Si alguno no permanece en mí, es arrojado fuera, como el sarmiento, y se seca; luego los recogen, los echan al fuego y arden. Si permanecen en mí, y mis palabras permanecen en ustedes, pidan lo que quieran y lo conseguirán. La gloria de mi Padre está en que den mucho fruto, y sean mis discípulos».

La cosa está clara: Cristo es la Vid, nosotros los sarmientos y el Padre de las misericordias es el viñador. Todos nosotros, como sarmientos, estamos unidos a la Vid, y, por lo tanto, estamos destinados a dar fruto. La gloria de Dios está en que demos mucho fruto y ese fruto permanezca. Cada uno está obligado a descubrir la misión que Dios confiere, cada uno debe saber que clase de frutos espera Dios encontrar cuando llegue el tiempo de la cosecha. Todos sabemos que no nos pide a todos lo mismo, pero también todos sabemos que no tenemos derecho a entregar al viñador un montón de uvas agrias y mal nutridas. Estamos unidos a la Vid, estamos nutridos por su sabia.

Haciendo a un lado toda clase de preocupaciones que agobian y las diversas dudas que en la vida de seguimiento de Cristo puedan surgir, debemos gozarnos en el Señor y buscar permanecer unidos a Él para siempre. El Divino Viñador nos ha invitado, desde nuestro bautismo, a permanecer unidos a Él, hemos escuchado su voz y nos debemos esforzar por permanecer unidos en todo momento a la Vid, porque, en cualquier momento, el Viñador puede llegar a visitar su viña y bien sabe qué clase de frutos puede encontrar en su viñedo. La beata María Inés teresa del Santísimo Sacramento, hablando de esta unidad escribe: «Si Jesús en Nazareth, vivía íntimamente unido a su Padre Celestial, no solo como Dios, sino también como hombre; cómo debo trabajar porque mi unión con Él sea tan estrecha que no pueda pensar, desear, querer, obrar, sino en Él y por Él».

En determinado momento de la vida, el Viñador, como he dicho, puede llegar, y a veces no precisamente para recoger ya los frutos, sino a abonar el terreno, a reforzar esas ramas unidas. Los frutos van creciendo, van madurando, unos muy de prisa, otros más lentamente, pero todos, son fruto de sarmientos unidos a la Vid, pues el Viñador, al sarmiento que no da fruto... lo corta.

¿Qué nos querrá decir el Señor con estos dos pasajes que traigo a colación para meditar? ¿No querrá el Señor que cada uno, según la vocación que hemos recibido, ofreciéndonos como víctima viva y agradable a sus ojos, demos frutos de amor que permanezcan? No todos desempeñamos la misma función en el cuerpo místico de Cristo que es la Iglesia, pero todos somos invitados a permanecer unidos a la Vid. La misión de cada uno es única e irrepetible. La gloria del Padre está en que todos, absolutamente todos, demos fruto abundante y ese fruto permanezca. 

Estos dos pasajes de la Sagrada Escritura, son «escuela» para todo aquel que se considere «discípulo-misionero» de Cristo y que quiera permanecer unido a Él «como hostia viva, santa, agradable a Dios» para dar mucho fruto. ¡Qué Dios tome de cada uno de nosotros lo que le podamos ofrecer! 

Si miramos a María, la «Divina Jardinera» como le día Madre Inés, nos va a ayudar. Ella nos mostrará el tesoro de su corazón que es el mismo Viñador, ella nos fortalecerá para que trabajemos alegres en nuestra santificación y demos frutos de amor, permaneciendo siempre unidos a su Hijo Jesús, el Viñador.

Terminemos nuestro momento de reflexión orando a nuestro Padre Celestial:

Siembra, Padre Santo,
en cada una de nuestras vidas
a tu Hijo Jesucristo, Vid Verdadera.
Danos tu Espíritu Santo
para ser fieles sarmientos que crezcan 
bajo el cuidado maternal de María.
Cultívanos con amor
en tu Viña que es la Iglesia
y llévanos a dar frutos de generosidad.
Aquí estamos, Señor,
dispuestos a armonizar
acción y contemplación.
¿Qué esperas para sembrar y transformar?

Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U.

(Reflexión basada en una homilía pronunciada el 11 de agosto de 1992 en la Profesión Perpetua de un grupo de Misioneras Clarisas del Santísimo Sacramento en la Casa Madre en Cuernavaca, Morelos, México).

viernes, 3 de febrero de 2017

Ver al prójimo en el enfermo y desde el enfermo...


Se acercan dos días muy especiales, el 5 de febrero, en que celebramos a San Felipe de Jesús y el 11 de este mismo mes, en que celebramos, año con año, la jornada mundial del enfermo. Me viene ahora el compartir con ustedes una reflexión en torno al tema de la enfermedad, incluyendo la mía propia, y, al mismo tiempo, invitarles a ver de cerca la figura de san Felipe de Jesús y de la beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento, a quien tanto admiro y tanto le debo.

Cuando uno lee el evangelio de san Lucas, se topa, en el capítulo 10, con una pregunta: ¿Y quién es mi prójimo? Es la pregunta que hace un doctor de la ley a Jesús (Lc 10, 25-37), y él, el salvador de los hombres, no duda en responder poniendo un ejemplo, un caso de proximidad y solidaridad con un herido que está abandonado en el camino y, para que parece ser, nadie, entre las prisas del diario ir y venir, tiene tiempo para atenderle. Un sacerdote, un levita y tal vez muchos más, pasaron de largo sin detenerse si quiera a contemplar aquella escena, tal vez solamente sacándole la vuelta para no contaminarse o involucrarse en cualquier cosa que hubiera sucedido. El que se detiene —según el relato evangélico— es un samaritano, uno de esos que no eran bien vistos porque de ellos, de los samaritanos, nada se podía esperar.

Este samaritano no tiene nada de doctor ni de enfermero, y, además, solamente «pasaba por el camino» como todos los demás. El hombre aquel, cuyo nombre —como el de muchos de los samaritanos de los relatos bíblicos— desconocemos, tal vez utiliza los medios adecuados que tiene a su alcance para curar al herido, pero los pone al revés, primero el aceite y después el vino, como si ahora se pudiera primero el ungüento y después el alcohol desinfectante, pero, el Padre de las Misericordias, que ve hasta la más insignificante de nuestras intenciones, vela por sus hijos y, en aquel samaritano, a pesar de todo, envía la curación al herido.

Si nos fijamos bien en el relato, no encontramos ningún milagro o algo parecido. Todo ocurre del modo más natural que pudiéramos imaginar. Jesús no sigue siempre los criterios que esperamos. La soberbia de los jactanciosos, los motiva siempre a buscar la justificación de los que hacen o dicen, por eso este doctor de la Ley, para justificar su intervención, le hizo a Jesús esa pregunta: «¿Y quién es mi prójimo?» y como respuesta, Jesús nos pone esta bellísima parábola, que se ha convertido en una narración que es ya «clásica» en nuestros ambientes y que, recalco, no narra un milagro, sino un hecho que nos hace ver que, ante los infortunios de los accidentes y de las enfermedades, a veces lo que queremos es un milagro y lo que llega es la acción de Dios a través de alguien que se detiene.

La parábola  nos quiere dar ese precepto de amar a nuestro prójimo y, lo más prójimo o próximo que tenemos, está en nosotros mismos, nuestro corazón, morada preferida del Señor, allí donde el amor se expresa más intensamente y en donde muchas veces hay heridas, viejas o nuevas heridas que los asaltos de la vida han hecho por el camino. Muchos hombres y mujeres de fe, ante esas heridas de la vida, quieren un milagro, una curación inmediata. Incluso hay gente que si ve que Dios nos hace el milagro, reniegan, se retiran de la Iglesia o, como se usa mucho ahora, se van a alguna de las sectas de moda o la santería. Hay que ver las heridas de la vida con ojos de fe, y descubrir con claridad que el Señor nos ama y nos pone a alguien que se detiene en el camino, quizá quien menos esperamos, quien menos sabe de la cuestión, quien parece lejano y se hace nuestro prójimo. El Señor nos ama y nos da lo que nos conviene, no siempre hace milagros a nuestro antojo.

¡Cuántas vidas se han purificado a través de las heridas de la vida! ¡Cuántos enfermos y enfermas y cuantos heridos por diversas situaciones del andar de esta vida, han convertido el corazón de sus familias, han unido a los que estaban alejados, han alcanzado, en el lecho del dolor, o en el derramar de lágrimas, la santidad para ellos y los que se han detenido en su camino a auxiliarles.

Este pasaje del Evangelio, conocido como «El Buen Samaritano», nos narra todo lo que el enfermero improvisado hizo por aquel malherido. En primer lugar el escritor sagrado nos dice que «se compadeció de él» deteniéndose, haciendo a un lado el asunto que lo llevaba a pasar por ahí, haciendo un espacio de tiempo para gastarlo con aquel pobre necesitado de auxilio. Ungió sus heridas con aceite y vino, que era lo que tenía a su alcance porque «iba por el camino»: El samaritano no traía merthiolate o alcohol, simplemente se las ingenió para ayudar como pudo y después puso al herido sobre su cabalgadura, que de un momento a otro se convirtió en ambulancia (como una carretilla que me tocó ver una vez en Sierra Leona en donde transportaban a un enfermo) y buscó una hospedería que sirviera de hospital. Allí lo cuidó cuanto tiempo pudo y hasta puso de su bolsillo sin conocerlo. Es más, aquel buen samaritano involucró al dueño del mesón y le encargó cuidarlo hasta que de regreso viera como seguía y le pagara si había gastos de más, dejando en garantía solo su palabra y su buena voluntad.

Cuantas escenas en torno a enfermos y heridos pueden venir a nuestra mente, un sin fin e situaciones de enfermedades y heridas del cuerpo y del alma. Quizá algunos —como es mi caso— hayamos ya experimentado la enfermedad física casi al grado de la muerte, otros tal vez han pasado cerca de ella solamente de forma transitoria. Algunos cargamos con enfermedades de toda la vida y otros sufren heridas del alma que han dejado huellas tremendas. Lo cierto es que si vemos con ojos de fe, la enfermedad y las heridas del cuerpo y del alma, siempre se hacen visita inesperada de Dios que nos llama a unirnos con pasión a su pasión viviendo el amor de la entrega. Bien dice el salmista: «Bendito sea Dios, que en mis horas de angustia ha prodigado las pruebas de su amor... En mi inquietud, Señor, llegué a pensar que me habías quitado de tu vista; pero oíste la voz de mis plegarias cuando clamaba a ti» (Salmo 30).

San Felipe de Jesús (5 de febrero), un hombre que además de haber experimentado la tarea del cuidado de los enfermos en el hospital de la Misericordia, en Manila, vivió las consecuencias del dolor físico en carne propia, cuando le fue arrancada la oreja izquierda como parte de su martirio y, sin la cual, caminó por diversos pueblos del legendario Japón más de un mes. Si "Felipillo" —como le llamaba su nana— no hubiera trabajado con tanto amor y delicadeza por el prójimo, como buen samaritano, en el cuidado de los enfermos y pobres en aquel hospital filipino atestado de gente, no hubiera sido capaz de aguantar el suplicio del martirio.

El protomartir mexicano, mirando siempre a Cristo, en aquel arduo trabajo en el hospital, había encontrado la razón de ser del dolor, había entendido que las heridas y la enfermedad —esa visita inesperada de Dios— es oportunidad de crecer en el amor de donación y dejarse caer, como única esperanza, en los brazos amorosos del Padre, experimentando la mirada dulce de María, esa mirada que cura de todo dolor, de todo sufrimiento, de toda angustia. Nadie, años antes, esperaría que aquel chiquillo inquieto y travieso, aquel "Felipillo", fuera a desarrollar aquella sensibilidad hacia el enfermo y el pobre. San Felipe es santo, el primer santo mexicano, y se santificó a través del dolor, del dolor que contempló en los enfermos que atendía y a través del dolor de su propio martirio. Cuando su nana, en México, supo por intuición divina, que Felipe estaba muriendo en las lejanas tierras del Japón, gritó llena de fervor: "Felipillo es santo, Felipillo es santo" y sí, efectivamente, Felipillo es santo, y santo del dolor.

Como ya mencioné, seguro alguno o algunos de los que lean este mal hilvanado escrito, estén pasando por un momento de dolor o vivan ya con la presencia de la enfermedad como compañera inseparable del camino. Tal vez no con enfermedades aparatosas que llamen la atención, pero sí con la compañía calla de esas heridas en el cuerpo o en el alma, que no nos dejarán sino hasta que acabe el peregrinar por esta tierra. Hoy hablamos de «alta presión», de «azúcar» (Diabetes), de colesterol, de triglicéridos o de otras heridas y enfermedades que no se ven. Tal vez algunos —como yo— estamos enfermos de artrosis, o de enfermedades causadas por la descodificación de alguna o algunas enzimas, reumatismo, artritis, gota y qué se yo, cuánto más, pero... ¡Qué oportunidad tan grande de abrazar la cruz como Felipe, que fue el primero de aquel grupo de mártires en ser crucificado! ¡Qué oportunidad para exclamar en medio del dolor que se presenta día a día, aquellas mismas tres palabras que el santo pronunció antes de morir!: ¡Jesús, Jesús, Jesús!

Algunos hemos experimentado el estar en cama por semanas o mesas, hemos entrado y salido del hospital casi como nuestra segunda casa. Ahora, en este mismo instante, muchos hermanos nuestros alrededor del mundo se están debatiendo, incluso, entre la vida y la muerte, tal vez familiares, vecinos a amigos... ellos son nuestro prójimo, y tal vez no tenemos ni siquiera un poco de aceite y un tanto de vino, ni vendajes, ni cabalgadura ni nada, pero tenemos el poder curativo de la oración.

¿Y si nosotros somos los enfermos? Los brazos paternos de Dios se extienden para protegernos. El Padre, que nos ha dado la vida como un don, nos dará la gracia y nuestra generosidad, tocada por esa mano misericordiosa, nos llevará a expresar un «sí» generoso en los momentos de prueba o de dolor.

Vienen a mi mente tantas personas que se han cruzado en mi camino, en los momentos de salud y enfermedad... pienso en Kerime, una chiquilla que siendo la adoración de toda su familia, los dejó —para volar al cielo— a los 9 años de edad enferma de leucemia... recuerdo a Mónica, una jovencita que por una rara enfermedad de falta de azúcar, se quedó siempre del tamaño de una niña de 5 años de edad en quien siempre vi una sonrisa y murió a los 15 en medio del dolor... casi veo a Jesusita, aquella ancianita feliz con el bastón que le regalé cuando me dieron de alta después de uno de mis largos períodos de enfermedad, ofreciendo siempre sus dolores por las misiones hasta que el Señor la llamó.

Recuerdo también a la hermana Esther Ocampo, inmóvil por años en su cama, una misionera clarisa a quien siempre vi feliz, aún en medio de los dolores causados por la artrosis al final de sus días y que parecían insoportables. Nuestro querido amigo y vecino Felipe Morales, quien caminó no solamente un mes en condiciones tortuosas como san Felipe, sino muchos meses más acompañado del dolor pero confiando siempre en Dios. Me acuerdo mucho de mi abuelo Gerónimo, siempre envuelto en una generosidad impresionante frente a cualquiera que de momento se hacía su prójimo, enfermo de cáncer en el estómago por varios años y alegre a sus 89 años, antes de morir diciendo de broma y con una sonrisa traviesa que solamente nos estaba robando el oxígeno. Dicen que a su funeral asistió mucha gente que mi familia no sabía ni quienes eran y agradecían que el abuelo les había ayudado en sus trabajos, que les dio estudio, que les regaló tal o cual cosa, que los sacó adelante... en fin. 

Amparito, aquella mujer que duró tanto en el hospital del Seguro contenta por haberse reconciliado con el Señor antes de dejar este mundo, agradeciendo la atención de doctores y enfermeras... «¡tan buenos todos!» decía con voz quedita... y así, una lista extensa de gente muy querida y admirada... ¡cuántos, cuántos más tendría que aumentar a la lista!

Como enfermo, puedo hablar de mi propia experiencia, cuando por meses y meses fui atendido, en las crisis más fuertes, por seminaristas misioneros que me atendían llenos de misericordia y dedicación y en quienes vi a mi prójimo como buen samaritano ayudándome y sosteniéndome cuando yo no caminaba, conduciéndome con gusto y precaución en la silla de ruedas e incluso hasta darme de comer en la boca cuando la situación no me daba para mover ni siquiera los dedos en medio de la osteoartrosis tan tremenda que me ha atacado toda la vida. Recuerdo a tantos médicos y enfermeras que, desde pequeñito, han tenido cuidado de mi organismo, tan aquejado y atacado por diversas circunstancias tal vez debidas al hecho de haber llegado a este mundo en condiciones de salud muy especiales (Falta de producción de todas las enzimas digestivas, que son las que ayudan en la digestión de la comida, las proteasas (que digieren proteínas), las amilasas (hidratos de carbono) y las lipasas (para digerir las grasas), haber nacido con fórceps librando mi ahorcamiento por tener el cordón umbilical dos veces enredado en el cuello y luego de estar nueve meses y tres semanas en el vientre materno.

¡Cuánta misericordia, cuánta bondad, cuánta entrega en tantos y tantos médicos, enfermeros y enfermeras que nos atienden a todos... a muchos de ustedes y a mí. La lista de toda esta gente —por lo menos en mi vida— es interminable y claro, tengo que decirlo, mi querida beata Madre María Inés Teresa del Santísimo Sacramento, que desde el cielo es siempre próxima a mí en cuestión de salud y de todo.

Antes de ingresar al seminario y luego de unos meses de estar ya estudiando en Monterrey, escribí a la beata y, aunque le leyeron mis cartas, no me pudo ya contestar, porque había perdido la vista casi en su totalidad. Invadida por el cáncer en un área del cerebro y con graves dolores, entregó su vida al Señor un año después de que yo ingresé al seminario, en 1981. Ella, como san Felipe de Jesús y como muchos otros, se entregó de lleno al cuidado de los enfermos y los necesitados y, al final de sus días, le entregó todo al Señor, acompañada de sus hijas misioneras clarisas, que como el buen samaritano, cuidaron de ella, que, con su mismo ejemplo, se había hecho invitación viva para velar por el prójimo.

En estos días, en que se acerca esta fiesta de san Felipe y la Jornada Mundial del Enfermo, hay que adentrarse en el corazón de Nuestra Señora de la Salud para que nos aliente a todos, sanos y enfermos, en especial a todos los que están graves o mal atendidos y nos fortalezca alcanzándonos de su Hijo la curación del alma y el corazón para que le amemos y, junto a san Felipe y a la beata María Inés, nos ganemos, por sus méritos (los méritos de la pasión de Cristo) el cielo que tenemos prometido, donde alcanzaremos la salud total, plena y definitiva, cuando veremos a Dios tal cual es y no habrá llanto ni dolor.

¡Abracemos la Cruz como san Felipe diciendo Jesús, Jesús, Jesús!*

Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U.

(Basado en una homilía que pronuncié el 1 de febrero de 1999 en el Templo de San Felipe de Jesús, de Morelia Mich.)

domingo, 29 de enero de 2017

ORACIÓN POR LOS ESTUDIANTES UNIVERSITARIOS...


Oh Señor, omnipotente y eterno, Dios de la sabiduría y de la ciencia,
en quien todas las verdades tienen su origen y su ejemplo,
y todas pueden ser contempladas y admiradas como en su propia fuente,
escucha benigno las súplicas que, con fe, te dirigimos,
suplicándote por todos los estudiantes universitarios.

Sé tú, oh Señor, su ayuda en las arduas horas de estudio,
Sé tú también, oh Verdad Infinita,
la luz que ilumine constantemente sus pasos 
y les manifieste el camino seguro, disipando ante sus ojos 
las nieblas y las sombras del engaño y de la mentira. 

Concede que estos jóvenes conquisten la verdad,
Concédeles el sentido sobrenatural de su vocación y misión,
a fin de que se consagren a plasmar en sus almas
la formación de la inteligencia, la consolidación del carácter,
la comunicación de la ciencia y la adquisición de las virtudes,
sin rehuir los sacrificios que procure su tarea. 

Infunde, en cada uno de los estudiantes universitarios,
el ánimo, con la conciencia de su responsabilidad,
para corresponder a tan excelentes medios de formación
que nuestra sociedad les ofrece en la Universidad a la que asisten,
un ferviente amor a la verdad y al estudio,
con la esperanza de contarse siempre entre los más fieles hijos de la Iglesia
y valerosos ciudadanos de nuestra patria,
al mismo tiempo que les das ese espíritu de respeto y de disciplina
que nunca son incompatibles con la alegría 
y el dinamismo de sus años jóvenes. 

Señor, bajo el amparo de María Santísima «Trono de la Sabiduría», 
te suplicamos que, todos unidos, estudiantes junto con sus familiares, 
profesores, estudiantes, amigos y colaboradores, formen, 
en sus Universidades, una verdadera familia,
un hogar en el que seas Tú el Padre, 
a fin de que, como en esta vida
estos jóvenes siguen tus pasos con sus estudios,
así puedan en la vida eterna,
contemplarte cara a cara y ser felices por toda la eternidad. 
Por Jesucristo, Nuestro Señor. Amén.

(Basada en una oración del beato Pío XII)

domingo, 22 de enero de 2017

LA ÍNTIMA AMISTAD CON CRISTO... al estilo de san Pablo

Si sumamos, más o menos, la cantidad de kilómetros recorridos por san Pablo en sus viajes misioneros, tendríamos un total de más de 15,000 kilómetros... ¡Imaginen para aquellos tiempos! Tres grandes viajes misioneros en tres años, más todo lo demás. Aquel apóstol sintió que llegó hasta el final de la tierra anunciando a aquel que lo había conquistado haciéndosele encontradizo por el camino y cambiando totalmente sus planes de vida. Si el Señor conquistó a Pablo y lo llamó a vivir una amistad de intimidad con él... lo hará con cualquiera, contigo y conmigo.

San Pablo, cuando ocurre aquel incidente trágico de la muerte de Esteban en manos de los que lo apedrearon, no sería más que un jovencito de unos 17 años. Sabía quien era Cristo y quienes eran y qué querían alcanzar los cristianos, pero necesitaba un fuerte vínculo que de perseguidor lo convirtiera en perseguido por vivir una amistad profunda con aquel amigo entrañable. Sabemos que fue condenado a muerte y fue mártir por su amistad con Cristo.

Hoy, en nuestros tiempos, hay pocos cristianos amigos de Cristo. Ya Gandhi lo decía: «Creo en Cristo, pero no en los cristianos». ¿Cómo afrontaríamos la mayoría de los cristianos de hoy en este mundo occidental dominado por el consumismo, una persecución religiosa? ¿Tendríamos la misma valentía de nuestros hermanos de Medio Oriente? ¿Recordaríamos, en medio del dolor y el sufrimiento, que Cristo ofrece su amistad como declaración de amor a perpetuidad? (cf. Jn 15,13-14). Sin una amistad íntima con Cristo, muere la fe.

Estamos celebrando en estos días, la «Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos», que abarca desde el 18 de enero hasta el día 25 en que celebramos la conversión de san Pablo. Me parece una buena oportunidad para reflexionar en la íntima amistad que a todos y cada uno de los cristianos debe unirnos al Salvador, porque, para seguirle en fidelidad y en unidad, hay que escuchar los latidos de su corazón que nos dice: «Permanezcan en mi amor» «Cómo mi Padre me amó, así los he amado a ustedes» (cf. Jn 15,9).

El cristianismo es la religión más difundida en el mundo y más o menos Cristo tiene hoy poco más de 2,180 millones de personas que le siguen, es decir casi un tercio de la población mundial, de estos, los católicos somos el 50,1 % y el resto está integrado por las diversas denominaciones que llamamos hermanos protestantes o hermanos separados (que sigo yo «esperados»).

En los últimos cien años, los seguidores de Cristo nos hemos cuadruplicado, pero el crecimiento de la población mundial ha dejado prácticamente igual el porcentaje sobre la población mundial. Hace cien años —precisa la agencia de información vaticana— los cristianos éramos 600 millones y ahora rebasamos los 2.180 millones, pero al mismo tiempo la población ha pasado de 1.800 millones a 6.900 millones, lo que supone que hace cien años representaban el 35 % de la población y ahora solo el 32 %. Los cristianos han aumentado en África y Asia y han descendido en Europa. Si en 1910 el 66,3 % de los cristianos vivían en Europa, el 27,1 % en América, el 4,5 % en Asia-Pacífico, el 1,4 % en África subsahariana, el 0,7 % en Oriente Medio y África del Norte, ahora la situación ha cambiado radicalmente. Hoy Europa está en el segundo puesto (25,9 %), mientras que el mayor número está en América (36,8 %).

Pero viendo el mundo y las condiciones en que está, uno pudiera preguntarse: ¿Cómo es posible, que en medio de esta vorágine social, yo tenga un lugar especial en el corazón de Cristo y él me ame tanto? ¿Cómo es que —como san Pablo— puedo percibir que a cada uno de los cristianos, él nos espera en algún momento de su pasión? Es que perecería que con el viento del relativismo que en esta época corre en todas direcciones, todo se cae, nada permanece, pero... el amor de Cristo es firme, es camino, es verdad y es vida. El amor de Cristo es de amistad íntima con cada uno de los cristianos sin que nadie pueda ser irremplazable y sin que él mismo pueda ser irremplazable para cada cristiano. Nada ni nadie puede ocupar el lugar de Cristo en el corazón del que ha captado su íntima amistad. A Jesús no lo suple nadie.

Cristo quiere estar en el corazón de cada uno de sus seguidores y hacer de cada uno «su amigo». «A ustedes no los llamo siervos, los llamo amigos». Otros grandes santos, enamoradísimos de Cristo como san Pablo,  al pensar en la amistad íntima con Jesús se preguntaban como san Policarpo,: «¿Por qué le he de traicionar?». 

Hay un dicho popular que reza así: «Dime con quien andas y te diré quién eres». San Pablo no se despegó nunca de Jesús, por eso su ejemplo ha impregnado el corazón de muchos santos y beatos. Santa Teresa de Ávila decía: «¡Con tan buen Amigo presente, todo se puede sufrir!». La beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento, hablando de la amistad íntima con Cristo apunta: «escuchando la palabra divina, penetrándose de ella, gustándola, rumiándola por el don de Sabiduría, viene el alma a despojarse del hombre viejo y a revestirse del nuevo, a hacer suyos los conceptos del Maestro, a apropiarse su lenguaje, sus sentimientos, sus modales. Llega a poder decir como san Pablo: “No soy yo quien vivo; es Cristo quien vive en mí” (Gal 2,20)» (Estudios y Meditaciones, f. 706). Es así, a la luz de la vida de los santos que entendemos que para ser amigos de Jesús no es suficiente un amor de sentimientos, de emociones. Hay que amar a Jesús con un amor de entrega, de fidelidad y e imitación.

¿Y como es esa íntima amistad que Cristo brinda? En el Evangelio lo podemos ver. Jesús, como amigo, se dirige hacia los demás con un corazón abierto, sin aislarse o evadir el trato; va al encuentro de todos los que ama (cf Mt 11, 28). Cura, consuela, perdona, da de comer, procura hacer descansar a sus íntimos. Se compadece de quien está necesitado (cf Mt 9, 36). No discute con sus amigos; los corrige, pero no choca con disputas hirientes (cf Mt 20, 20-28). Se alegra con ellos en sus momentos felices (cf Lc 10, 21). Rechaza sus intenciones desviadas (cf Mt 16, 23). No desea nada de los hombres; no busca dar para recibir. Y cuando una vez busca consuelo en la agonía, no lo encuentra (cf Mt 26, 40). Se siente incomprendido por ellos, pero era parte de su cruz, pues aún no había venido el Espíritu Santo que les hiciera comprender todo (cf Jn 12, 24). Jesús ama a sus amigos sobrenaturalmente, no por sus cualidades humanas (cf Jn 13, 14). 

Finalmente, en el mismo Evangelio, Jesús nos dice: «Ustedes son mis amigos, si hacen lo que yo les mando» (Jn 15, 14).

Alfredo Delgado Rangel.

viernes, 20 de enero de 2017

Algunas recomendaciones para hacer una buena confesión...



1. NO DEJES LA CONFESIÓN PARA ÚLTIMA HORA SIN HABER HECHO UN EXAMEN DE CONCIENCIA.

El «Examen de Conciencia» es una parte básica del sacramento de la Reconciliación. Si se llega al confesionario sin haberlo hecho, puede ser que se viva el momento como una experiencia frustrante.

Hay personas que le dicen al confesor: "Padre... ¿me ayuda?". Eso no debe ser, pues el sacerdote confesor no vive la misma realidad, no convive en su diario vivir y no sabe de las situaciones que cada feligrés enfrenta cada día según su situación. Presentarse a confesarse así denota que no se ha hecho un examen de conciencia.

Con anticipación, y en un ambiente de oración, hay que reflexionar, por lo menos un día o unas horas antes de ir al confesionario, sobre las acciones y actitudes negativas; incluso se puede hacer un examen por escrito.

Aquí encontrarás algunas ideas para hacer un buen examen: «Examen de conciencia».


2. HAZ UN PLAN DE VIDA EN TORNO AL SACRAMENTO DE LA RECONCILIACIÓN.

Cada alma es única e irrepetible, cada alma tiene diversas necesidades para su crecimiento espiritual, recordando que el enemigo, «como león rugiendo, ronda buscando a quien devorar» (1 Pe 5,8). Así, cada uno irá cuidando de su vida espiritual recurriendo al sacramento de la Reconciliación con la frecuencia que sea necesaria, formando la conciencia para que no pasen largos periodos ni se exagere en buscar la recepción del sacramento. Los tiempos de Adviento y de Cuaresma, son espacios privilegiados para hacer una muy buena confesión y luego, durante el año, cada quien verá de buscar esa confesión frecuente según su propia conciencia por los momentos que vaya pasando, ya que la conciencia no se puede programar sino formar y cuidar.


3. NO CONFUNDAS LA CONFESIÓN CON LA DIRECCIÓN ESPIRITUAL.

La Confesión es un Sacramento y en ella sólo se dicen en concreto los pecados; además, el Sacramento obliga al sacerdote al «sigilo sacramental», que implica que todo lo que se haya dicho en confesión nunca será revelado, de lo contrario se caería en pena de excomunión. Según el Derecho Canónico, canon 931, el que se confiesa puede elegir a la persona con quien más tiene confianza; jamás se le obliga a confesarse con alguien en específico, aunque es recomendable tener un confesor que te ayude a crecer en la vida espiritual.

La dirección espiritual, por su parte, es una «orientación espiritual», un proceso en el cual una sola persona «el director espiritual» ayuda a la persona en el crecimiento espiritual y puede tocar un tema continuado o según la necesidad del momento. Las visitas o entrevistas en la dirección espiritual son periódicas, para lo cual hay que programarse y prepararse mediante la oración.


4. SE BREVE Y CONCRETO EN TU CONFESIÓN.

Confiesa solamente tus propios pecados, no los de otros y hazlo de manera concreta, sin rodeos innecesarios, para eso es el examen de conciencia que haz hecho antes de llegar al confesionario. Evita contar historias en cada pecado y piensa en las demás almas que están esperando la reconciliación.


5. SIGUE LOS PASOS DEL RITO DE LA CONFESIÓN EN LO QUE A TÍ CORRESPONDE.

Ordinariamente el rito a seguir es el siguiente (aunque el sacerdote puede proceder de forma diferente para dar la absolución):

Sacerdote: Ave María Purísima.
Feligrés: Sin pecado original concebida.

Sacerdote: ¿Cuánto tiempo tienes de no confesarte?
Feligrés: (Decir cuánto tiempo, por lo menos aproximadamente).

Sacerdote: Dime tus pecados.
Feligrés: (Exponer de forma clara y concisa los pecados).

Tal vez en este momento el sacerdote de algún consejo o haga alguna recomendación.

Sacerdote: Di tu acto de contrición.
Feligrés: Pésame Dios mío...
Sacerdote: Yo te absuelvo... (da una penitencia a realizar y te invita a irte en paz).

miércoles, 18 de enero de 2017

Semana de oración por la unidad de los cristianos 2017...


Como cada año, desde 1908, esta semana, del 18 al 25 de enero, celebramos la semana de oración por la unidad de los cristianos. 

El lema de este año es: «Reconciliación. El amor de Cristo nos apremia».

El texto bíblico para este año  es el de 2 Cor 5,14-20, un texto que subraya que la reconciliación es un don de Dios destinado a toda la creación.

Como consecuencia de la acción de Dios, la persona que ha sido reconciliada en Cristo está llamada a su vez a proclamar esta reconciliación con palabras y obras: «El amor de Cristo nos apremia» (v.14). «Somos embajadores de Cristo y es como si Dios mismo os exhortara sirviéndose de nosotros. En nombre de Cristo les pedimos que hagan las paces con Dios» (v.20). 

Este texto bíblico pone de relieve que la reconciliación no se da sin sacrificio: Jesús entregó su vida, murió por todos. Los embajadores de la reconciliación están llamados, en su nombre, a dar su vida de forma parecida. No se puede vivir para uno mismo; es necesario vivir para aquel que murió por nosotros para ganarnos la salvación.

El amor de Cristo nos apremia a orar, pero también a ir más allá de nuestras oraciones por la unidad entre los cristianos. Todas las Iglesias y las congregaciones de creyentes cristianos necesitamos el don de la reconciliación con Dios como fuente de vida. Pero aún más, lo necesitamos para brindar un testimonio de amor común en Cristo ante el mundo: «Te pido que todos vivan unidos. Como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, que también ellos estén en nosotros. De este modo el mundo creerá que tú me has enviado» (Jn 17,21).

El mundo globalizado y lleno de megatendencias de toda clase, necesita embajadores de reconciliación que rompan barreras, que construyan puentes, que sean artífices de paz, que muestren Iglesias de puertas abiertas a nuevas formas de vida en el nombre de aquel que nos reconcilió con Dios, Jesucristo. Su Espíritu Santo nos conduce por el camino de la reconciliación en su nombre.

Propongo ahora una breve reflexión para cada día de este octavario, siguiendo el esquema que propone el "Consejo Pontificio para la promoción de la unidad de los cristianos". Los materiales de este año se han preparado en Alemania debido a los 500 años de la Reforma. Se puede seguir de forma individual o comunitaria:



PRIMER DÍA DEL OCTAVARIO.
DÍA 18 DE ENERO: «Uno murió por todos» (2 Cor 5, 14)

Cuando Pablo se convirtió a Cristo llegó a un entendimiento radicalmente nuevo: una persona murió por todos. Jesús no murió solo por su pueblo, ni solo por aquellos que simpatizaban con sus enseñanzas. Murió por todos los pueblos, pasados, presentes y futuros. Muchos cristianos, fieles al Evangelio, han entregado sus vidas por sus amigos a lo largo de los siglos. Una de estas personas fue el franciscano Maximiliano Kolbe, que fue encarcelado en el campo de concentración nazi de Auschwitz, y que en 1941, voluntariamente, entregó su vida para que un compañero prisionero pudiera vivir.

Ya que Cristo murió por todos, «todos en cierto modo han muerto» (2 Cor 5, 14). Muriendo con Cristo, nuestro viejo modo de vida se ha vuelto una cosa del pasado y hemos entrado en una nueva forma de existencia: la vida en abundancia —una vida en la que podemos experimentar consuelo, confianza y perdón, también hoy— una vida que continúa teniendo sentido también después de la muerte. Esta nueva vida es vida en Dios.

Habiendo llegado a este entendimiento, Pablo sentía que el amor de Cristo lo apremiaba a predicar la Buena Noticia de la reconciliación con Dios. Las Iglesias cristianas comparten este mismo mandato de proclamar el mensaje evangélico. Debemos preguntarnos a la luz de nuestras divisiones cómo podemos anunciar este Evangelio de la reconciliación.

Preguntas:
1. ¿Qué significa decir que Jesús «murió por todos»?
2. El pastor alemán Dietrich Bonhoeffer escribía: «Soy hermano de otra persona gracias a lo que Jesucristo hizo por mí y me hizo a mí; la otra persona se ha vuelto un hermano para mí gracias a lo que Jesucristo hizo por él». ¿Cómo afecta esto a la forma en la que veo a los demás?
3. ¿Cuáles son las consecuencias de esto para el diálogo ecuménico e interreligioso?

Oración:
Dios y Padre, en Jesús nos diste a aquel que murió por todos. Él vivió nuestra vida y murió nuestra muerte. Tú aceptaste su sacrificio y lo elevaste a una nueva vida junto a ti. Concédenos a nosotros, que hemos muerto con él, poder hacernos uno por el Espíritu Santo, y vivir en la abundancia de tu divina presencia ahora y por siempre. Amén



SEGUNDO DÍA DEL OCTAVARIO.
DÍA 19 DE ENERO: «Ya no vivan más para sí mismos» (2 Cor 5, 15)

Por medio de la muerte y la resurrección de Jesucristo hemos sido liberados de crearnos nuestro propio sentido y de vivir solo a partir de nuestras fuerzas. Por el contrario, vivimos en el poder dador de vida de Cristo, que vivió, murió y resucitó por nosotros. Cuando «perdemos» nuestra vida por él, la encontramos.

Los profetas se enfrentaron constantemente a la pregunta acerca del modo correcto de vivir cara a Dios. El profeta Miqueas (Miq 6, 6-8) encontró una respuesta muy clara a esta pregunta: «respetar el derecho, practicar con amor la misericordia y caminar humildemente con tu Dios». El autor del salmo 25 sabía que no podemos hacer esto por nuestra cuenta y clamaba a Dios para que le diera luz y fuerza.

En los últimos años, el aislamiento social y la creciente soledad se han vuelto asuntos importantes en Alemania, como también en otras sociedades contemporáneas. Los cristianos están llamados a desarrollar nuevas formas de vida comunitaria en las que compartimos nuestros medios de sustento con los demás y afianzamos la ayuda entre las generaciones. El llamamiento evangélico a no vivir para nosotros mismos sino para Cristo es también un llamamiento a abrirnos a los demás y a romper las barreras que nos aíslan.

Preguntas:
1. ¿De qué manera nuestra cultura nos tienta a vivir solo para nosotros mismos en vez de para los demás?
2. ¿De qué formas podemos vivir para los demás en nuestra vida de todos los días?
3. ¿Cuáles son las implicaciones ecuménicas del llamamiento a no vivir ya para nosotros mismos?

Oración:
Dios Padre nuestro, en Jesucristo nos has liberado para una vida que va más allá de nosotros mismos. Condúcenos con tu Espíritu y ayúdanos a vivir nuestras vidas como hermanos y hermanas en Cristo, que vivió, sufrió, murió y resucitó por nosotros y que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.



TERCER DÍA DEL OCTAVARIO.
DÍA 20 DE ENERO: «A nadie valoramos con criterios humanos» (2 Cor 5, 16)

Encontrarse con Cristo cambia todo de arriba a abajo. Pablo tuvo esa experiencia de camino a Damasco. Por primera vez pudo ver a Jesús como quien era realmente: el Salvador del mundo. Su perspectiva cambió radicalmente. Tuvo que poner a un lado su juicio humano y mundano.

Encontrarnos con Cristo cambia también nuestra perspectiva. Sin embargo, muchas veces permanecemos en el pasado y juzgamos según criterios humanos. Pretendemos decir y hacer cosas «en el nombre del Señor», cuando en realidad pueden ser autorreferenciales. A lo largo de la historia, en Alemania y en muchos otros países, tanto las Iglesias como los gobernantes han abusado de su poder e influencia para perseguir fines políticos injustos.

En 1741, los cristianos de la Iglesia de Moravia (Herrnhuter), transformados por su encuentro con Cristo, respondieron al llamamiento de no valorar a nadie con criterios humanos y eligieron «someterse al gobierno de Cristo». Al someternos nosotros hoy al gobierno de Cristo, estamos llamados a ver a los demás como los ve Dios, sin desconfianza ni prejuicios.

Preguntas:
1. ¿Dónde puedo identificar yo experiencias de Damasco en mi vida?
2. ¿Qué es lo que cambia cuando miramos a los demás cristianos y a las personas de otras confesiones con los ojos de Dios?

Oración:
Dios trino, eres el origen y el fin de todo lo que existe. Perdónanos cuando solo pensamos en nosotros mismos y nos ciegan nuestros propios criterios. Enséñanos a ser amables, acogedores y misericordiosos, para que podamos crecer en la unidad que es un don tuyo. A ti sea el honor y la alabanza por los siglos de los siglos. Amén.



CUARTO DÍA DEL OCTAVARIO.
DÍA 21 DE ENERO: «Lo viejo ha pasado» (2 Cor 5, 17)

Muchas veces vivimos desde el pasado. Mirar atrás puede ser útil y con frecuencia es necesario para sanar la memoria, pero también nos puede paralizar y nos puede impedir vivir en el presente. El mensaje de Pablo aquí es liberador: «lo viejo ha pasado».

La Biblia nos anima a tener en cuenta el pasado, a tomar fuerzas de la memoria y a recordar lo que Dios ha hecho, pero también nos pide dejar lo viejo, incluso lo que ha sido bueno, para poder seguir a Cristo y vivir una vida nueva en él (Flp 3, 7-14).

A lo largo de este año muchos cristianos están conmemorando la labor de Martín Lutero y de otros reformadores. La Reforma cambió muchas cosas en la vida de la Iglesia de occidente. Muchos cristianos dieron un testimonio heroico y muchos fueron renovados en su vida cristiana. Al mismo tiempo, como nos muestra la Escritura, es importante que el pasado no nos limite, sino que dejemos que el Espíritu Santo nos abra a un nuevo futuro en el que se superen las divisiones y el pueblo de Dios sea salvado.

Preguntas:
1. ¿Qué podemos aprender al leer juntos la historia de nuestras divisiones y desconfianzas?
2. ¿Qué debe cambiar en mi Iglesia para superar las divisiones y fortalecer lo que nos une?

Oración:
Señor Jesucristo, el mismo ayer, hoy y siempre. Cura las heridas de nuestro pasado; bendice hoy nuestra peregrinación hacia la unidad y condúcenos hacia tu futuro, en el que serás todo en todos, con el Padre y el Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Amén.



QUINTO DÍA DEL OCTAVARIO.
DÍA 22 DE ENERO: «Una nueva realidad está presente» (2 Cor 5, 17)

Pablo se encontró con Cristo, el Señor resucitado, y se convirtió en una persona nueva, así como le pasa a todos los que creen en Cristo. Esta nueva realidad no es visible a simple vista. Es una realidad de fe. Dios vive en nosotros por el poder del Espíritu Santo y nos hace participar en la vida de la Trinidad.

Por este acto de nueva creación se supera el pecado original y se nos inserta en una relación salvífica con Dios. De ahí que se puedan decir cosas verdaderamente extraordinarias de nosotros. Como dijo Pablo: en Cristo somos una nueva criatura; en su resurrección la muerte ha sido vencida; ninguna persona o cosa nos puede arrebatar de las manos de Dios; somos uno en Cristo y él vive en nosotros. En Cristo somos «un reino de sacerdotes» (Ap 5, 10), al darle gracias por haber vencido la muerte y al proclamar la promesa de una nueva creación.

Esta nueva vida se hace visible cuando le permitimos que tome forma en nosotros y nos volvemos «compasivos, benignos, humildes, pacientes y comprensivos». También tiene que hacerse visible en nuestras relaciones ecuménicas. Una convicción común en muchas Iglesias es que cuanto más estemos en Cristo, más cerca estaremos unas de otras. De un modo especial en este 500 aniversario de la Reforma, recordamos tanto los éxitos como también las tragedias de nuestra historia. El amor de Cristo nos apremia a vivir como nuevas criaturas, buscando activamente la unidad y la reconciliación.

Preguntas:
1. ¿Qué es lo que me ayuda a reconocer que soy una nueva creación en Cristo?
2. ¿Qué pasos tengo que dar para vivir mi nueva vida en Cristo?
3. ¿Cuáles son las implicaciones ecuménicas de ser una nueva creación?

Oración:
Dios trino, te nos has revelado como Padre y Creador, como Hijo y Salvador, como Espíritu y dador de vida, y sin embargo eres uno. Superas y trasciendes nuestras fronteras humanas y nos renuevas. Danos un corazón nuevo para superar todo lo que pone en peligro nuestra unidad en ti. Lo pedimos en el nombre de Jesucristo, por el poder del Espíritu Santo. Amén.



SEXTO DÍA DEL OCTAVARIO.
DÍA 23 DE ENERO: «Dios nos ha reconciliado con él» (2 Cor 5, 18)

La reconciliación tiene dos caras: es al mismo tiempo fascinante y aterradora. Nos atrae de modo que la deseamos: dentro de nosotros, entre nosotros y entre nuestras diferentes tradiciones confesionales. Pero nos damos cuenta del precio a pagar y esto nos aterra, ya que la reconciliación implica renunciar a nuestro deseo de poder y de reconocimiento. En Cristo, Dios nos reconcilia gratuitamente consigo, aunque nos hayamos separado de él. La acción de Dios, sin embargo, trasciende también esto: Dios no solo reconcilia consigo a la humanidad, sino a toda la creación.

En el Antiguo Testamento Dios es fiel y misericordioso con el pueblo de Israel, con el que hizo una alianza. Esta alianza sigue vigente: «los dones y el llamamiento divinos son irrevocables» (Rm 11, 29). Jesús, que inauguró la nueva alianza en su sangre, era un hijo de Israel. Muchas veces a lo largo de la historia nuestras Iglesias han fallado a la hora de reconocer esto. Desde el Holocausto se ha vuelto un compromiso distintivo de las Iglesias en Alemania combatir el antisemitismo. Del mismo modo, todas las Iglesias están llamadas a llevar a cabo la reconciliación en sus comunidades y a resistir cualquier forma de discriminación humana, ya que todos somos parte de la alianza de Dios.

Preguntas:

1. ¿En cuanto comunidades cristianas cómo entendemos el formar parte de la alianza de Dios?
2. ¿Qué tipos de discriminación deben combatir nuestras Iglesias hoy en nuestra sociedad?

Oración:
Dios misericordioso, desde el amor hiciste una alianza con tu pueblo. Danos fuerza para resistir toda forma de discriminación. Haz que el don de tu alianza de amor nos llene de alegría y nos inspire una mayor unidad. Te lo pedimos por medio de Jesucristo, el Señor resucitado, que vive y reina contigo y el Espíritu Santo por los siglos de los siglos. Amén.


SÉPTIMO DÍA DEL OCTAVARIO.
DÍA 24 DE ENERO «El ministerio de la reconciliación» (2 Cor 5, 18-19)

La reconciliación entre Dios y la humanidad es la realidad central de nuestra fe cristiana. Pablo estaba convencido de que el amor de Cristo nos apremia a hacer que la reconciliación de Dios se haga presente en todos los ámbitos de nuestra vida. Hoy en día esto nos lleva a examinar nuestras conciencias acerca de nuestras divisiones. Como demuestra la historia de José, Dios siempre otorga la gracia necesaria para sanar las relaciones rotas (Gén 50, 15-21).

Los grandes reformadores como Martín Lutero, Ulrico Zuinglio y Juan Calvino, como también muchos que permanecieron católicos, como Ignacio de Loyola, Francisco de Sales y Carlos Borromeo, intentaron conseguir que la Iglesia occidental se renovara. Sin embargo, lo que debería haber sido una historia de la gracia de Dios, estuvo también marcada por el pecado de los hombres y se volvió una historia del desgarramiento de la unidad del pueblo de Dios. De la mano del pecado y de las guerras, la hostilidad mutua y la sospecha fueron creciendo a lo largo de los siglos.

El ministerio de la reconciliación incluye la tarea de superar las divisiones dentro del cristianismo. Hoy en día, muchas Iglesias cristianas trabajan juntas con mutuo respeto y confianza. Un ejemplo positivo de reconciliación ecuménica es el diálogo entre la Federación Luterana Mundial y el Congreso Mundial Menonita. Después de que se hicieron públicos los resultados de este diálogo en el documento «La sanación de las memorias: reconciliación por medio de Cristo», las dos entidades organizaron juntas una celebración penitencial en 2010 que fue seguida de otras celebraciones penitenciales por toda Alemania y en muchos otros países.

Preguntas:
1.¿Dónde percibimos la necesidad de un ministerio de la reconciliación en nuestro contexto?
2. ¿Cómo estamos haciendo frente a esta necesidad?

Oración:
Dios de toda bondad, te damos gracias por habernos reconciliado a nosotros y a toda la creación contigo en Cristo. Capacítanos a nosotros, a nuestras congregaciones y a nuestras Iglesias para el ministerio de la reconciliación. Sana nuestros corazones y ayúdanos a propagar tu paz. «Donde haya odio, que sembremos amor; donde haya ofensa, perdón; donde haya duda, fe; donde haya desesperación, esperanza; donde haya tinieblas, luz; donde haya tristeza, gozo». Te lo pedimos en el nombre de Jesucristo, por el poder del Espíritu Santo. Amén.



OCTAVO DÍA DEL OCTAVARIO.
DÍA 25 DE ENERO Reconciliados con Dios (2 Cor 5, 20)

¿Y si...? ¿Y si las profecías de la Biblia se hicieran realidad? (Miq 4, 1-5) ¿Y si las guerras entre los pueblos se detuvieran y se hicieran de las armas instrumentos de vida? ¿Y si la justicia de Dios y la paz reinaran, una paz que fuera más que la simple ausencia de guerra? ¿Y si toda la humanidad se juntara para una celebración en la que ni tan siquiera se marginara a una persona? ¿Y si no hubiera ya luto, ni llanto, ni muerte? (Ap 21, 1-5a). Sería la plenitud de la reconciliación realizada por Dios en Jesucristo. ¡Sería el cielo!

Los salmos, los cánticos y los himnos cantan el día cuando toda la creación llegada a su plenitud finalmente alcance su meta, el día en que Dios será «todo en todos». Hablan de la esperanza cristiana, del cumplimiento del reino de Dios en el que el sufrimiento se convertirá en alegría. En aquel día, la Iglesia será revelada en su hermosura y gracia como el único cuerpo de Cristo. Siempre que nos reunimos en el Espíritu para cantar juntos el cumplimiento de las promesas de Dios, se abren los cielos y empezamos a bailar aquí y ahora al son de la melodía de la eternidad.

Puesto que ya podemos experimentar esta presencia del cielo, celebremos juntos. Podemos sentirnos inspirados para compartir imágenes, poesías y cantos de nuestra tradición particular. Estos recursos pueden abrir espacios para que experimentemos nuestra fe común y nuestra esperanza del Reino de Dios.

Preguntas:
1. ¿Cómo te imaginas el cielo?
2. ¿Qué canciones, historias, poesías e imágenes de tu tradición te transmiten la sensación de estar participando en la realidad de la eternidad de Dios?

Oración:
Dios trino, Padre, Hijo y Espíritu Santo, te damos gracias por esta Semana de Oración, por estar juntos como cristianos y por los distintos modos en que hemos sentido tu presencia. Haz que siempre podamos alabar juntos tu santo nombre para que podamos seguir creciendo en la unidad y la reconciliación. Amén.


Alfredo Delgado, M.C.I.U.

(Traducción al castellano de los textos originales: Saúl Botero-Restrepo).

martes, 10 de enero de 2017

Breve oración a san Benito...

Glorioso Padre Benito, ayúdanos
en la lucha contra el demonio,
el mundo y la carne.
Aleja de nosotros cualquier
influencia maligna: las tentaciones,
el poder del mal, los peligros
para nuestro espíritu
y para nuestro cuerpo.
Ayúdanos a confiar en el amor de
Dios, nuestro Padre, en la fuerza
de Cristo nuestro Salvador, y en la
presencia del Espíritu Santo,
nuestro defensor. Amén.

domingo, 1 de enero de 2017

Santa María, la Madre de Dios... Año Nuevo

«Qué el Señor me mire con benevolencia» (Núm 6,25). Para el pueblo de Israel, estar o quedar bajo la mirada de Dios era hacerlo a él centro de la vida cotidiana, era experimentar siempre su presencia en cada día. Y la experiencia del acontecer diario se sacramentalizaba con el culto, para vivir iluminados y habitados en su presencia.

También nuestra experiencia cristiana de la Navidad, en el cristianismo, es que Dios nos mira con benevolencia y ternura infinitas. A él, que es amor, lo celebramos en estas fechas como a alguien muy cercano a nosotros. Lo celebramos como un bebé: Un bebé que llora y sonríe, un bebé que ha llegado en medio de la noche, un bebé que llega venciendo la violencia y el desorden del mundo para traernos la paz. Dios nos mira, en este pequeño niño, con benevolencia.

Un día, una jovencita modesta, hija del pueblo, con grandes destinos, recibe una misteriosa embajada, la de un ángel que le hace la más inverosímil de las revelaciones que uno puede imaginarse. El ángel embajador le anuncia que, por el poder de Dios, está destinada —si ella acepta— a ser la Madre del Verbo Encarnado y a ser una Madre Virgen. Al dar su consentimiento, el Verbo de Dios se hace carne por obra y gracia del Espíritu Santo en las entrañas purísimas de aquella joven a la que Dios miró con benevolencia. Recordando este misterio, san Pablo dirá: «Al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo nacido de una mujer» (Gal 4,4).

Dios nos ha mirado con benevolencia en María, en ella, que es uno de los nuestros. Y esa mirada despierta también la confianza en el ser humano. El niño que nace de la virgen es el Hijo de Dios, el Rey que gobierna cielo y tierra. Su nacimiento marca el inicio de una nueva era; el año primero de la última edad del mundo. Todo eso es para pensar lo ahondado en este misterio, como lo hacía la Virgen que conservaba todo en su corazón.

Nacido de mujer, el Hijo de Dios se ha hecho hombre y ha entrado en parentesco con todos los hombres, para traernos la paz y salvarnos. El Hijo de Dios se hace hombre para que todos los hombres nos podamos hacer hijos de Dios. Ahora nos colocamos ante la presencia de este misterio, un acontecimiento increíble, manifestación de amor de Dios para con los hombres, a quienes Él mismo quiere dirigir su mirada amorosa, a su estilo, a su manera, para quien nada hay imposible.

Con esta impresión de lo misterioso, quiere la Iglesia que comencemos cada año civil, celebrando, desde hace muchos años, la jornada mundial por la paz.

En los umbrales del año nuevo, nos amenazan dos sentimientos: el de la vida rutinaria y sin relieve, que tal vez hemos llevado en el año que termina y el de lo incierto, frente a lo desconocido, en los diferentes planos que forman nuestra vida. La gente se pregunta: ¿Cómo vendrá la crisis? ¿Qué estará de moda? ¿Por fin encontraré novia? ¿Cómo nos irá este año ahora que el niño entrará a la escuela? ¿Podré terminar la carrera? ¿Me seguirá avanzando la enfermedad que me acaban de detectar? ¿Cómo nos irá ahora de casados? ¿Se hará lo del viaje? y que se yo, tantas preguntas más.

Los buenos deseos del Año Nuevo, que nos damos unos a otros, generalmente no pasan de que la persona a quien felicitamos la pase bien, tenga suerte, esté contento. En un cristiano, las felicitaciones del Año Nuevo tienen que ser deseos de paz, de salud del alma y de serenidad en el alma.

El mundo anhela la paz, el mundo tiene una «urgente necesidad de paz», y, sin embargo, el año que acaba de terminar, como los anteriores, nos presenta un balance de guerras, conflictos, violencia, inestabilidad social, pobreza... ¡La paz parece a veces una meta verdaderamente inalcanzable! ¿Cómo esperar una nueva era de paz, que solo los sentimientos de solidaridad y de amor pueden hacer posible? Dios quiere que la humanidad viva en paz y en armonía, porque la paz está inscrita en proyecto divino originario de todo.

El hombre y la mujer de fe han de mirar el Año Nuevo como una nueva oportunidad de Dios para alcanzar la paz, esa paz que tiene que brotar del interior para luego manifestarse, en primer lugar, en la familia, la institución más inmediata a la naturaleza del ser humano en la que se expresan y consolidan los valores de la paz. Luego la sociedad en que vivimos, recordando aquello que decía san Juan Pablo II: «De la familia nace la paz de la familia humana».

¡Qué hermoso sería si todas las familias fueran como aquella que encontraron los pastores en la cueva de Belén! Una familia de paz, comunión de vida y de amor —Jesús, José y María— lugar de acogida, de esperanza, de solidaridad para todo el mundo. ¡Cuánto hay que trabajar en muchas de las familias de ahora en las que no se ha encarnado la paz! ¡Cuánto hay que luchar para transformar esos espacios de tensión y prepotencia en espacios de paz, de solidaridad y de amor que se contagia alrededor!

Ojalá que ante esta fiesta, que se celebra cada 1 de Enero, cada una de las familias fundadas por hombres y mujeres de fe, renueven su programa de vida cristiana para el año que se estrena, buscando tener un espacio para María, para José y para Jesús, con una vida fecunda en buenas obras de misericordia, de caridad, de paciencia y de conformidad con la voluntad de Dios. ¡Qué cada familia, bajo el amparo de María la Madre de Dios y Reina de la paz, sea lo que debe ser! ¡Que cada familia exija la paz, rece por la paz, trabaje por la paz!

Todos los padres y madres de familia tiene una misión especialísima y única, una misión de educar a sus familias en la paz. Todos los hijos deben apreciar el don de la familia y busquen vivir en paz. cada abuelo y abuela, que representan en la familia unos vínculos insustituibles y preciosos entre las generaciones, aporten generosamente su experiencia para unir el pasado con el futuro en un presente de paz. Que hermoso es pensar en un Año Nuevo en el que todas las familias vivan de manera plena y consciente su misión de paz, en donde cada uno de los miembros sea, como decía la beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento: «Un alma pacífica y pacificadora».

Tal vez esté leyendo esto alguien que por varios y variados motivos esté sin familia, o lejos de los suyos. A estas personas les quiero recordar y mencionar textualmente lo que san Juan Pablo II decía en la Jornada Mundial de la paz de 1994: «A ellos quiero decir que tienen también una familia: La Iglesia es casa y familia para todos. La misma Iglesia abre de par en par las puertas y acoge a cuantos están solos o abandonados; en ellos ve a los hijos predilectos de Dios, cualquiera que sea su edad, cualesquiera que sean sus aspiraciones, dificultades y esperanzas».

Quiero dirigirme con todos ustedes a María Santísima, la Madre de Dios y decirle:

Santa Madre de Dios,
Tú que eres la Reina de la paz,
vuelve tu mirada a cada una de nuestras familias,
a los hombres y mujeres que las formamos
y nos esforzamos por alcanzar el vivir en armonía,
Danos el gozo de caminar unidos en el espíritu
y alegres en la fe,
para acoger con nosotros,
como hiciste Tú, Madre de Misericordia,
a Jesucristo, el Príncipe de Paz,
única esperanza del mundo.

Qué este año sea para todas las familias, un año de grandes bienes espirituales y materiales, entre ellos el don precioso de la paz. ¡Feliz Año Nuevo a todos!

Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U.