viernes, 21 de agosto de 2026

«SOMOS INESIANOS, PEREGRINOS DE ESPERANZA»... La herencia del Año Santo 2025.


El Año Jubilar 2025, celebrando como cada 25 años, la Redención, marcó para todos los miembros de nuestra Familia Inesiana un imperativo a la hora de hablar como misioneros en nuestras distintas opciones vocacionales, del presente y del futuro de nuestro ser y quehacer. Este imperativo ha sido «la esperanza». Un imperativo que sintoniza perfectamente con lo que el lema de este año santo nos estampó en el corazón: «Peregrinos de Esperanza». Y es que no debemos olvidar que somos peregrinos y que este jubileo ha sido una invitación a ser conscientes de ello. Vamos andando en este mundo en peregrinación, tanto física como espiritual, viviendo la fe en el camino y buscando acercarnos a Dios y a los demás en caridad. Pero somos peregrinos de esperanza. Y esta esperanza se entiende como la certeza del amor de Dios, la capacidad de superar las tribulaciones y de construir un futuro de paz y fraternidad que nos ha de llevar a metas altas de santidad, pasando por el mundo haciendo el bien como Cristo, que se encarnó para salvarnos (cf. Hb 10,38).

A todos los que estamos aquí en este planeta, como hombres y mujeres de fe, nos consta que es mucho más lo que se puede alcanzar y lo que está por venir, que lo que nuestros ojos apenas pueden ver. El mundo en el que somos misioneros, necesita de esperanza; mucha más esperanza en lo que somos, en lo que hacemos y en lo que vivimos, recordando que hemos sido tocados de un corazón sin fronteras —la Beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento— que, hasta el último aliento de vida, se mantuvo inmerso en la esperanza.

Por encima de todas las pequeñas esperanzas que nos proponen las utopías y las diversas ideologías que en nuestra época van y vienen, los Inesianos, a imitación de nuestra fundadora, ciframos nuestra esperanza en Dios, que es el único que nos puede salvar. 

Es de todos conocido que el mundo actual, caracterizado por el auge del individualismo, el relativismo y un enfoque en lo material en el que la influencia y práctica del cristianismo han disminuido significativamente, resultando en un menor apego a los valores esenciales y a las sólidas enseñanzas e implicando un desplazamiento de lo religioso de la esfera pública a la privada, sufre una pérdida de referentes morales y un vacío espiritual. 

La secularización ha hecho a un lado instituciones y aspectos de la vida que antes estaban vinculados a la religión al hacerlos ahora parte del ámbito civil, causando que la religión pierda su preeminencia pública. 

Nos movemos, como ciudadanos de una sociedad globalizada, en medio de una confusión de orden jerárquico de los valores morales. Sobre todo nuestros adultos jóvenes, los jóvenes y los adolescentes, experimentan una desorientación en los valores y principios básicos que antes eran proporcionados por la fe, lo que ha generado inseguridad y un vacío existencial. La dificultad de educar en la fe ha llevado, sobre todo a los niños, a aprender sus valores de fuentes alternativas como los teléfonos celulares y las redes sociales, en lugar de la familia.

El individualismo y el relativismo, que tanto denunció el papa Benedicto XVI, de feliz memoria, en su brillante encíclica «Spe Salvi» han hecho que la tendencia de la vida de las personas se desplace hacia un individualismo que va degenerando en la «beatificación del antojo», donde todo se percibe como incierto y sin una validez única. 

Por su parte, el predominio del materialismo, va marginando los valores espirituales y la presencia de Dios en la sociedad en favor de un enfoque centrado en lo material, lo que puede ser impulsado por los medios de comunicación y las lógicas del mercado. Si bien este concepto se aplica especialmente a Europa Occidental y a América, la descristianización coexiste con un leve crecimiento del cristianismo en algunas regiones, de África, el llamado «continente de la esperanza» y de Asia.

Para algunos, incluso gente cercana a nosotros, los misioneros pudiéramos parecer como simples entusiastas que cada mes de octubre celebran el mes de las misiones y nada más. Porque inclusive es triste ver que muchos, incluso consagrados, ya no quieren desinstalarse de este ámbito atractivo y comodón que la tecnología actual nos brinda en las grandes ciudades y que difícilmente llega a las pequeñas y alejadas comunidades a donde pocos quieren ir. 

Benedicto XVI, el gran teólogo y misionero de los últimos tiempos, en esa obra maestra de la Esperanza que ya he mencionado: —Spes Salvi—, afirma que «a lo largo de su existencia, el hombre tiene muchas esperanzas, más grandes o más pequeñas, diferentes según los periodos de su vida. A veces —dice el papa— puede parecer que una de estas esperanzas lo llena totalmente y que no necesita de ninguna otra. En la juventud puede ser la esperanza del amor grande y satisfactorio; la esperanza de cierta posición en la profesión, de uno u otro éxito determinante para el resto de su vida» (Spe salvi 30).  

Esas esperanzas, sin embargo, no bastan, sobre todo porque los humanos —aunque no todos sean hiperactivos como habemos alguno que otro— tenemos un corazón inquieto en el que muchos obstáculos impiden lograr lo que deseamos. 

Nosotros nos hemos dejado alcanzar por Cristo. En Él tenemos un referente para no quedar atrapados en un simple optimismo de una u otra reunión internacional que no deje eco en el corazón. Entre la esperanza cristiana y el optimismo hay una gran diferencia. ¡No son iguales! El optimismo pasa y la única y auténtica esperanza para todos los creyentes es la cruz de nuestro Señor Jesucristo que permanece y que nosotros hemos abrazado. Si es verdad que muchas diócesis, instituciones, familias misioneras, congregaciones —incluso muchas comunidades contemplativas—, están viviendo momentos difíciles, por la escasez de vocaciones y por falta de compromiso por parte de los seglares, hemos de reconocer y agradecer el don de la fidelidad, de la perseverancia y el espíritu de confianza en Dios que está presente en la Iglesia.

Solo en Dios podemos llegar a vislumbrar esa gran esperanza. Benedicto XVI nos lo dice: «Esta gran esperanza solo puede ser Dios, que abraza el universo y que nos puede proponer y dar lo que nosotros por sí solos no podemos alcanzar. De hecho, el ser agraciado por un don forma parte de la esperanza. Dios es el fundamento de la esperanza; pero no cualquier dios, sino el Dios que tiene un rostro humano y que nos ha amado hasta el extremo, a cada uno en particular y a la humanidad en su conjunto» (Spe salvi, n. 31). 

Cuando nuestra amada fundadora, la Beata María Inés Teresa fundó la Familia Inesiana, con nuestras hermanas Misioneras Clarisas, pilares de lo que somos y hacemos, lo hizo llena de esperanza en un mundo que parecía muerto a la esperanza. La época estaba marcada principalmente por la Segunda Guerra Mundial, el Holocausto y las consecuencias de la Gran Depresión, incluyendo la pobreza y el desempleo que persistieron. Ataques aéreos, hambrunas, así como el inicio de la Guerra Fría y la amenaza de la energía atómica envolvían la faz e la tierra en la desesperanza. Es en ese tiempo en el que ella, llena de esperanza funda nuestra familia misionera.

Pero eso no es todo. Años antes, México había sufrido también un tiempo marcado, para muchos, con desesperanza: la persecución cristera. Una época que se veía como interminable y parecía acabar con la fe de un pueblo que, cobijado por el manto de la Guadalupana, se debatía en la lucha cristera mientras que los templos estaban cerrados y las columnas de la vivencia de la fe, iban al exilio. Se estima que entre 250 mil y 300 mil personas murieron durante la Guerra Cristera (1926-1929) en la que solamente tres obispos permanecieron ocultos en el país: Pascual Orozco y Jiménez, José María González y Valencia y san Rafael Guizar y Valencia, que fue el único que pudo mantener abierto un seminario oculto en la clandestinidad.

En medio de todo esto, la Beata María Inés Teresa, llena de esperanza, buscó la manera de responder al llamado que Dios le hacía para consagrar su vida como religiosa e ingresó a una comunidad de Clarisas exiliada en Los Ángeles, California, en 1929. Su experiencia de persecución y exilio la llevó a mantener viva la esperanza para dedicarse a cumplir la voluntad de Dios con alegría, aún en medio del sufrimiento. 

No me bastaría ni siquiera un día entero, para compartir con ustedes tantos testimonios y anécdotas de aquellas dos épocas de la vida de Madre Inés en los que la esperanza se hizo siempre presente. 

Ciertamente no quiero hacer un intrincado y extenso escrito sobre la esperanza. Quiero más bien invitarles a no apartar nuestra mirada de la vida y e la obra de la Beata María Inés para vivir como ella, no en el simple entusiasmo pasajero de algo que se consume como una llamarada de petate, sino en esperanza, en esa esperanza que, como dice San Pablo en la carta a los Romanos: no defrauda (Rm 5,5).

Somos esperanza en el mundo desde la normalidad de nuestra vida de familia con la fraternidad, el complemento de las diversas expresiones de nuestro carisma en los diferentes miembros en su forma de ser, la disponibilidad para la misión y viviendo la evangelización donde la Iglesia nos llama, compartiendo nuestra espiritualidad de sacerdotes, de consagrados y de laicos al estilo inesiano. Y el Señor, recordemos, «no abandonará a todos los que esperan en él» (Florecillas de san Francisco nº. 287; cf. Sal 33,23). 

Nuestra Madre fundadora, fue una mujer que con convicción firme, esperó siempre en el Señor. En una carta colectiva escribe: «Alguien me dice que me promete confiar en Dios… contra toda esperanza ¡magnífico! es algo que me da tanta alegría. La confianza en Dios todo lo puede» (Carta colectiva de Marzo 14 de 1963). 

Las distintas esperanzas humanas, que inspiran las actividades diarias de todos los miembros de nuestra familia inesiana, corresponden, desde que el Señor estableció su reinado, al anhelo de felicidad que Dios ha puesto en el corazón de cada uno de nosotros que hemos sido llamados y confiamos en Dios (f. Catecismo de la Iglesia católica, nº. 1818). Dice Nuestra Madre: «La esperanza es una virtud obligatoria; radica en el espíritu, pero irradia en todo el ser» (Ejercicios Espirituales de 1933).

Y por otra parte afirma: «La confianza en Dios es precisamente la esperanza, pues, como confiamos en él, esperamos lo que nos ha prometido». Ella recomienda en una carta: «Confiemos siempre en Dios, aun sobre toda esperanza y… triunfaremos en todo. El es infinitamente misericordioso».  

Ante esto podemos preguntarnos en sintonía con Madre Inés: ¿Cuáles son mis esperanzas?, ¿a dónde tiende mi corazón misionero? «Dile a Cristo —escribe la beata María Inés— que, aunque toques y no te conteste, aunque pidas y no te dé, aunque busques y no encuentres, en él confías y que confías en él contra toda esperanza, y que aún cuando estuvieras sentada en sombras de muerte en él esperarías. Es esta esperanza, esta confianza lo que deleita su corazón». 

Para terminar, quiero invitarles a contemplar con los ojos de la esperanza a la Santísima Virgen, vestida de Guadalupana que habló a la Beata María Inés y la llenó de esperanza ante una realidad que ella aún desconocía: «Si entra en los designios de Dios servirte de ti para las obras de apostolado...». Ella, en ese entonces, era una religiosa de clausura en el exilio... ¿qué podía hacer? Pensando en aquella escena, creo que todos podemos experimentar interiormente la serena certeza de que la esperanza cristiana, nuestra esperanza, es cierta. No es vano producto de una ilusión quimérica o la proyección ilusa de un ideal inalcanzable. Nuestra esperanza es cierta. Es, como dice la Carta a los Hebreos, ancla del alma, segura y firme (Hb 6,19). Segura y firme dice, es decir cierta.

Por tanto, no debemos olvidar que la Virgen santísima, santa María de Guadalupe, alma del alma de nuestra familia misionera, es modelo de nuestra esperanza. Y una esperanza cierta, sin la cual nuestra fe se convertiría en simple ideología y nuestra caridad en una solidaridad intrascendente. A fines del siglo XIX un poeta francés, Charles Péguy decía: «La esperanza es la pequeña de la casa, insignificante en apariencia y que apenas cuenta, pero sin la cual ni la fe ni la caridad se sostendrían».  Cerremos nuestra reflexión recordando que el Catecismo de la Iglesia Católica nos dice que la esperanza es la virtud teologal por la que aspiramos al Reino de los cielos y a la vida eterna como felicidad nuestra, poniendo nuestra confianza en las promesas de Cristo y apoyándonos no en nuestras fuerzas, sino en los auxilios de la gracia del Espíritu Santo.  Eso es lo que hizo Madre Inés.

Padre Alfredo, M.C.I.U.


Roma, octubre de 2025.
Encuentro Internacional de la Familia Inesiana.
Año Jubilar de la Encarnación.

«Un lugar para el banquete en la frenética Yakarta»... UN PEQUEÑO PENSAMIENTO PARA HOY


Todos los hombres y mujeres de fe sabemos que Dios Padre, ya aquí y ahora, nos hace partícipes del banquete eterno, de las realidades del cielo. Cada día, en cada Eucaristía, Jesús nos hace una invitación, nos llama a su mesa, nos sienta con Él y nos sirve. Es más, Él mismo se nos da como alimento. La comunión de su Cuerpo y su Sangre nos limpia y purifica, nos sana, nos redime, nos nutre, nos anima, nos vuelve a la vida, nos transforma y nos hace uno con Él dándonos un adelanto de lo que será el Banquete Celestial. Pero eso que comprendemos plenamente los que creemos en el misterio de la Eucaristía no lo ven ni lo viven todos. Hoy el evangelio (Mateo 22,1-14), con la parábola del banquete de bodas que un rey mandó preparar para su hijo y que fue despreciado, ha de tocar nuestro corazón para llevarnos a agradecer esa invitación que el Señor nos ha hecho.

Estoy en la ciudad más poblada del planeta. Yakarta sobrepasa los 42 millones de habitantes en un ir y venir descomunal y una contaminación que impide ver el sol que se esconde en un cielo grisáceo plagado de polución. Aquí conviven imponentes rascacielos financieros con humildes barriadas tradicionales —kampungs— junto a un rico legado colonial holandés —como su hermosísima catedral— junto a la frenética modernidad del sudeste asiático con unas calles por las que circulan entre 9 y 14 millones de motocicletas al día. Las motocicletas representan aproximadamente el 76% del total de vehículos que congestionan la ciudad fuera de las autopistas a las que no pueden acceder. Pero, de entre estos millones de gentes... ¿cuántos saben del Banquete de Cristo? La gran mayoría de los habitantes de la ciudad profesa el islam —más del 87 %—, mientras que las minorías cristianas unos 400,000, lo que representa cerca del 3.5% de su población total. Aquí los misioneros, fieles al mandato de Jesús de ir por todo el mundo a predicar el Evangelio, salen a los cruces de los caminos —traducción del griego «diexodous ton hodon» que se refiere alas salidas de los caminos o rincones—, es decir a las periferias geográficas y existenciales para ofrecer la fe a quienes no la conocen. 

La tarea de nuestras hermanas Misioneras Clarisas y de los Vanclaristas aquí en Yakarta parte de una casa llamada «Our Lady of Guadalupe House of Prayer» Una casa en donde el centro lo ocupa una grande capilla que, rodeada por sencillas instalaciones, crea un espacio para que todos, creyentes y no creyentes, vengan al encuentro de la paz que solo Cristo puede dar. Incluso los musulmanes o budistas que vienen hablan de esa paz que aquí se respira y que me alberga por casi un mes. Esta casa de nuestra Familia Inesiana, ofrece, de esta manera, la invitación de Dios a todos por igual, confiando en que el amor del Rey transforma los corazones de los invitados a la boda. Pidamos a María de Guadalupe, que cuida esta casa en donde se celebra el Banquete de su Hijo, que reina en el Sagrario, que muchos vengan, conozcan y amen a Cristo como Madre Inés lo anheló. ¡Bendecido jueves sacerdotal y eucarístico!

Padre Alfredo.

miércoles, 19 de agosto de 2026

«LOS PASTORES DEL PUEBLO DE DIOS»... Un pequeño pensamiento para hoy


Seguimos en la lectura continuada del libro del profeta Ezequiel en la primera lectura desde hace ya un buen tiempo. Hoy estamos en los versículos del 1 al 11 del capítulo 34 donde Ezequiel profetiza, tal como le ordena Dios, contra los pastores, reprochándoles no solo que hayan descuidado su obligación, sino que han abusado y maltratado a las ovejas. En adelante será Dios mismo quien cuidará del rebaño. En la Iglesia sabemos que así es, es Dios quien elige a los pastores para cuidar de toda la grey. Ya sabemos que el Papa, vicario de Cristo en la tierra se elige en un cónclave al que asisten los cardenales menos de 80 años, pero tal vez no todos sepan cómo se eligen los obispos.

El Papa nombra libremente a los obispos, pero se basa en un proceso confidencial de consulta y selección coordinado por el representante del Vaticano en cada país. El Proceso de Selección es así: En primer lugar los obispos de cada región o país proponen de forma secreta nombres de sacerdotes aptos cada pocos años. Cuando una diócesis queda libre, el Nuncio Apostólico —el embajador del Papa en cada país— investiga el perfil y consulta en secreto a sacerdotes y laicos. El Nuncio envía a Roma una lista con tres candidatos recomendados. El Dicasterio para los Obispos revisa estos tres nombres y el Papa toma la decisión final para ver a quien elige de entre ellos. Finalmente, el Nuncio pregunta al sacerdote si acepta el cargo antes de que el Vaticano haga público el nombramiento.

Todo esto nos lleva a recordar que Jesús Resucitado encomendó a Pedro que cuidara del rebaño.  Por eso la Iglesia sí tiene pastores y estos pastores vienen de Dios. Es bueno rezar por ellos, sin olvidar que Cristo es el Pastor Supremo. Tanto en la parroquia de Nuestra Señora del Rosario en San Nicolás como en todas las demás comunidades de la Familia Inesiana, los jueves, tanto la misa como la exposición del Santísimo se ofrece por los sacerdotes. Como comunidad orante pedimos en especial por los sacerdotes que viven situaciones espirituales y materiales muy diversas: por los que trabajan bien y mucho y por los que sufren de distintas maneras y de manera especial por el Santo Padre. Pidamos a la Virgen María, Madre del Buen Pastor por la perseverancia de los 5,525 obispos, los 407,421sacerdotes y los 52,102 diáconos permanentes que hay en el mundo actualmente. ¡Bendecido miércoles... mi Day Off también acá en Indonesia!

Padre Alfredo.

martes, 18 de agosto de 2026

«Riquezas, dones y cualidades»... UN PEQUEÑO PENSAMIENTO PARA HOY


La primera lectura de la misa de hoy tomada del libro del profeta Ezequiel (Ez 28,1-10), me lleva a contemplar al hombre y a la mujer de hoy que, atrapados por tantas ideologías, no alcanzan a ver la mano de Dios en sus vidas, y si adquieren algún poder, se creen con derecho, incluso, a legislar sobre la vida y la muerte de ellos mismos y de todos. La mayoría de la gente, sobre todo la gente joven se siente tan poderosa y tan fuertes, que Dios deja de tener voz y solo escuchan su propia voz; una voz que les lleva, como vemos en esta lectura, por derroteros equivocados. Los dones y las cualidades que tenemos son una bendición que hay que reconocer como venidos de lo Alto y al igual que la riqueza, podemos considerar que son bienes que se reciben de nuestro Creador y Padre. El problema viene cuando el hombre se vuelve a considerar «dios» y se arroga el derecho a acumular en su beneficio, lo propio y lo ajeno.

Ni la riqueza ni el tener muchos dones y muchas cualidades es algo malo; el mal uso de ello si lo es, pero el mal uso lo hace el hombre no la riqueza ni los dones en sí. Aprendamos que Jesús, en el Evangelio de hoy (Mateo 19,23-30) que va en la misma línea de la lectura, está avisando y no condenando a los ricos, a los «príncipes» endiosados, para que al ver esto que ellos viven, cambiemos nuestras pautas de conducta, porque no es más «rico», en el aviso de Jesús, el que más tiene, sino el que atesora avariento lo mucho o lo poco. Debemos, tenemos, que ser conscientes y vivir de acuerdo con lo que Dios pone en nuestras manos, sean riquezas o cualquiera otro don y cualidad. Lo que recibimos lo es para que podamos repartirlo y compartirlo y eso cuesta, ¡Claro que cuesta!, porque nuestro instinto, nuestra tendencia natural, se dirige a conservar aquello que llega a nuestras manos por un simple temor a «lo que pueda venir». Así acumulamos riquezas que no usamos ni necesitamos, por lo que pueda venir en el futuro, un futuro que no sabemos si llegará, pero queremos tener controlado.

Contra este afán de acumular es contra el que van estas y todas las condenas de Jesús en el Evangelio. Ciertamente será muy difícil entrar por la puerta estrecha si vamos cargados de un enorme equipaje de riqueza, tradición, cerrazón, etc. que nos dificulta la entrada, e incluso el caminar. Tenemos que estar ligeros de equipaje y solamente así podremos salvarnos: caminando ligeros, sin ánimo de conservar ni cargar de más, sin derroches absurdos, pero dispuestos a poner nuestras riquezas, dones y cualidades, al servicio de los hermanos.  Que la Virgen María, llena de dones y cualidades que supo dar y con ello darse Ella misma, nos ayude. Yo mientras tanto sigo aquí en esta hermosa tierra de Indonesia, a donde el Buen Dios me ha traído a compartir lo que tengo y lo que soy. ¡Bendecido martes!

Padre Alfredo.

lunes, 17 de agosto de 2026

«¿SOBRE QUÉ FUNDAMENTO CONSTRUIMOS NUESTRAS VIDAS?... Un pequeño pensamiento para hoy

Esta mañana, a las 7:30 aterrizamos en el moderno Aeropuerto Internacional Soekarno-Hatta, el principal aeropuerto de Yakarta en la isla de Java en Indonesia. Está situado a unos 20 kilómetros de la ciudad en el distrito de Cengkareng, por lo cual la gente lo conoce como el aeropuerto de Cengkareng (CGK). Este aeropuerto fue diseñado por Paul Andreu, el arquitecto francés que también diseñó el Aeropuerto de París-Charles de Gaulle y destaca por sus preciosos jardines y por ser uno de los más puntuales del mundo. Aquí nos esperaba un grupito de Misioneras Clarisas que nos dieron la bienvenida y nos llevaron a desayunar, dado que la casa está un poco retirada. Llegamos a casa a media mañana y nos esperaba otro recibimiento con unos ramos de flores que ofrecimos a Nuestro Señor y a la Virgen en la capilla en donde las hermanitas hicieron una oración de bienvenida en indonesio, idioma en el cual solamente sé una que otra palabra y que gracias a Google translate me puedo comunicar.

En la tarde hemos tenido la santa misa, y es por eso que hasta ahora, luego de la cena, hago mi pequeña reflexión, esta vez, en torno a la primera lectura tomada del libro de Ezequiel (24,15-24) El texto de Ezequiel que es uno de los textos más duros y a la vez más conmovedores de la Escritura; una señal concreta de que Dios nos habla y siempre, aunque nuestra mirada y oídos distraídos estén puestos en otro lugar. En este texto, Dios anuncia la muerte de la esposa de Ezequiel, «el encanto de sus ojos», y le pide que no haga los gestos habituales de duelo. Así, el profeta experimenta en su propria carne el dolor de una perdida sin hablar del sufrimiento desde la teoría, sino desde su propia vida. Con esto no he dejado de pensar en mis tíos Arturo y Angélica la hermana de mi madre y sus hijas mis primas Adriana y Celina, porque el sábado, mientras estaba aún en Roma, recibí la noticia de la partida a la Casa del Padre de mi prima Laura Angélica, la hija mayor de mis tíos que, invadida por el cáncer, vivió muy poco tiempo luego del inesperado descubrimiento de la enfermedad. Como ellos y mi familia materna, hay mucha más gente que sufre pérdidas que le rompe el corazón: la muerte de un ser querido, una enfermedad, un fracaso laboral, una separación o pérdida de la fe, etc.… nadie estamos exento de pasar por momentos en los que parece que el suelo desaparece bajo nuestros pies. Pero en mis tíos y mis primas, Dios, siempre misericordioso, me permite admirar la profunda fe de quienes viven con la esperanza puesta en Dios. ¡Desde aquí los acompaño!

Este gesto de Ezequiel, se convierte en un signo para nosotros, porque ninguna institución, tradición o seguridad humana puede sustituir una relación viva con Dios que hemos de vivir y que nos sostiene hasta llegar al encuentro definitivo con él. Laura fue una mujer de fe, un alma que supo entregar cada paso del proceso que le fue arrebatando no solo su hermoso cabello, sino todo su ser que, reclamado por un Dios celoso, quiso su alma para sí. Nunca podemos apoyar y basar nuestra vida en las seguridades de este mundo: el dinero, la salud, el prestigio, el trabajo o incluso la práctica religiosa rutinaria como costumbre. Porque cuando alguna de estas realidades se tambalea, descubrimos que no constituyen el fundamento ultimo de nuestra existencia. Y no se trata de hacer una exaltación del sufrimiento, pues Dios no disfruta del dolor humano e incluso en medio de la prueba, Él sigue presente. La fe y el creer en Dios no elimina las lágrimas y la vida ha de seguir. Yo apenas voy llegando a esta hermosa y misteriosa tierra de misión en donde estaré poco más de un mes y desde aquí, y meditando sobre el sufrimiento y la muerte en el largo viaje que me trajo desde la Ciudad Eterna hasta aquí, capto con Ezequiel, que el sufrimiento no tiene la última palabra porque sabemos que Dios no abandona nunca a sus hijos. Todo invita al encuentro con Dios cuando se tiene fe. María es la mujer de la fe más profunda, de la f que supo vivir a la sorpresa de Dios. Con ella hay que preguntarnos: ¿sobre qué fundamento estoy construyendo realmente mi vida: sobre lo pasajero o sobre el Señor que permanece para siempre? ¡Bendecido lunes, inicio de semana e inicio de mi labor misionera en Indonesia!

Padre Alfredo.

domingo, 16 de agosto de 2026

«Hermanos unos de otros sin distinción alguna... UN PEQUEÑO PENSAMIENTO PARA HOY


El pensamiento de este domingo lo comparto desde el aeropuerto de Doha la capital de Qatar, el «Doha Hamad International» considerado el aeropuerto más hermoso del mundo, a donde he volado hace unas 6 horas con dos hermanas Misioneras Clarisas para hacer conexión a Yakarta, la capital de Indonesia a donde vamos a dar unos cursos y talleres a miembros de nuestra Familia Inesiana en ese país. El aeropuerto es simplemente «espectacular». Una construcción hiper moderna en medio del desierto, con grandes árboles en su jardín interior llamado «The Orchard», un sin fin de tiendas de lujo, restaurantes e incontables musalas —o musallás, en árabe مصلى—, esas salas de rezo adaptada para las oraciones en los aeropuertos. Aquí la ausencia de todo signo cristiano es totalmente ausente. Cristo, muchas veces, como en estos países árabes, está escondido en la vida de misioneros y un número muy reducido de cristianos y como diría san Pablo en Colosenses 3,3 viven «una vida escondida con Cristo en Dios».

Aquí viene muy bien el núcleo del mensaje de Jesús en el Evangelio de este domingo (Mateo 15,21-28) que es una llamada a sentirnos hermanos unos de otros para actuar en consecuencia desde el amor, que es el corazón de la identidad cristiana. El relato, que destaca por la referencia que Jesús hace «a los perritos», empieza desde la perspectiva judía de aquellos tiempos que levantaba una barrera que impedía ir al encuentro de «los gentiles», los que no pensaban igual. Las palabras de Jesús, duras al principio como una piedra, no son suyas, sino de la teología oficial judía. Los discípulos querían quitarse de encima a la mujer que inoportuna y Jesús les dio una lección majestuosa. Hoy sucede lo mismo en estas naciones musulmanas de la península arábiga, bañados por el golfo pérsico e impregnados por una doctrina que hace menos a los cristianos. Cristo rompió con aquella forma de pensar en este encuentro en el que la cananea, comparándose con los perritos que comen de lo que cae de la mesa de los amos, tocó el corazón misericordioso de Cristo que transformó una forma de pensar y de vivir.

Después de tantos años, parecería que en el corazón del ser humano sigue habiendo un instinto de división, un miedo a aceptar al que es distinto, una cierta incapacidad para mirarnos desde el respeto, el diálogo y la fraternidad. ¡Qué gran lección nos da también la mujer! Ella se comportó mejor que los judíos, fue más que una hija de Israel, una pagana capaz de mover el mundo y llegarse al corazón de Dios. Jesús sabe, como experiencia personal que en realidad «ha sido enviado para salvar a todos». Jesús muestra quién es y qué ha venido a hacer: llamar a todos, salvar a todos. La fe de la cananea fue capaz de mover montañas y eso, precisamente, no ocurría ni en la religión ni en la patria de Jesús. La lección está dada. El demonio de la incomprensión, de la incomunicación, de la inhumanidad entre pueblos y religiones ha de ser expulsado. El reino de la salvación debe llegar a todos aunque aún ahora, después de siglos, las religiones extremistas nos separen. Que el encuentro con el Dios de Jesús, que hoy se me revela en este lugar tan lejano a mi tierra natal, abra mi corazón para ser más misionero y me haga ver, en verdad y con implicaciones reales, que todos somos hermanos en Cristo.

Padre Alfredo.

«ORACIÓN A LA VIRGEN DEL ROBLE»... Patrona de Monterrey y su arquidiócesis


Haz virgen del Roble, 
que no pierda nunca la esperanza en ti 
y la confianza en la voluntad de Dios, 
haz que tenga fortaleza y paciencia y no desespere.
También pido tu auxilio 
para hacer una buena persona, 
por ello te pido no me abandones nunca, 
que tu ejemplo esté presente en mi vida 
y el amor que siento hacia ti aumente cada día.
Madre santísima de Roble, cúbrenos con tu manto



sábado, 15 de agosto de 2026

«LA ASUNCIÓN DE MARÍA: PRONTITUD, PEQUEÑÉZ Y SERVICIO»... Un pequeño pensamiento para hoy


Este año celebro la solemnidad de la Asunción de María a los cielos con mis hermanas Misioneras Clarisas de las casas de Roma: La Casita —la casa general donde están los restos de nuestra Beata Madre fundadora— y Garampi —la casa de peregrinos que acoge a mi padrino Mons. Juan Esquerda desde hace muchos años y que me recibe todas las veces que vengo a esta querida Ciudad Eterna. Y es un gusto venir y contemplar en estas santas mujeres y por supuesto en mi padrino, el gozo de la prisa del servicio misionero y el canto de la pequeñez de nuestras vidas que se consagran al Señor. Quiero pensar hoy en tantos consagrados y consagradas que, alrededor del mundo, vamos camino al Cielo de la mano de María que se nos adelanta asegurándonos que allá, por la infinita misericordia de nuestro Dios, llegaremos como Ella.

Tanto la prisa del servicio como el canto de la pequeñez, relucen en el Evangelio de este día de fiesta (Lucas 1,39-56). Este relato de san Lucas nos regala el encuentro de dos madres y el canto más hermoso de la Escritura: «El Magníficat». María no se queda mirándose a sí misma tras el anuncio del ángel, sino que se levanta y se encamina presurosa a la montaña para servir a su prima Isabel. Esta actitud de María define la esencia de la vida consagrada. La prisa de la Virgen no es ansiedad; es la urgencia del amor que no puede guardarse el don que ha recibido de lo alto. Nuestra vocación de misioneros nació de un encuentro con el Señor que nos puso en camino hacia los demás como María. Al igual que ella, nuestra misión es llevar a Cristo en el silencio del corazón y derramarlo en el servicio alegre de una misión marcada por el «Oportet Illum Regnare» —porque debe Él reinar— que nos recuerda la segunda lectura (1 Cor 15,20-27a). Cuando María llega con Isabel, portadora de Jesús en su vientre, proclama su alma la grandeza del Señor. Ella no canta sus propias virtudes, sino la fidelidad de Dios que ha mirado la pequeñez de su sierva. 

Esta fiesta, por lo tanto, me recuerda que la vida religiosa florece cuando se vive desde la humildad, desde la pequeñez, desde la aceptación de la propia miseria. Dios no hace grandes obras en los soberbios, sino en los corazones que se reconocen pequeños y necesitados de su gracia y ponen su miseria —como dice madre Inés— al servicio de su misericordia. Por eso este día, año con año, me alienta para que cuando el cansancio o la rutina quieran apagar mi alegría de consagrado, vaya al Magníficat y recuerde con María las maravillas que el Poderoso ha hecho en mi historia personal y en la de todos los consagrados. Contemplemos hoy a la Madre y Hermana mayor en la Iglesia —como nos ayuda a verla el Apocalipsis 11,19a;12,1.3-6a.10ab): «Asunta al cielo». Que ella sea siempre el faro de nuestra vida. Que nos enseñe a servir con prisa evangélica, a orar con profunda humildad y a mantener los ojos fijos en la meta del cielo. No caminamos solos. La misma que fue asunta a la gloria nos acompaña en cada jornada. ¡Bendecido sábado, fiesta de la Asunción de María!

Padre Alfredo.

P.D. Felicito a todos mis hermanos y amigos sacerdotes que hoy, en especial en la arquidiócesis de Monterrey, celebran su aniversario de ordenación sacerdotal. ¡Ad multos annos vivant!

«EL SELLO DE LA ALIANZA»... Un pequeño pensamiento para hoy


Al leer una y otra vez la primera lectura del día de hoy (Ezequiel 16,1-15.60.63), impresiona la fuerza tan expresiva que lleva la narración, los matices y la acción apasionada de Dios en todo el desarrollo. Este relato de Ezequiel nos confronta con la cruda realidad de la historia compartida de muchas parejas que no han captado que el matrimonio no nace de la perfección de dos seres idílicos, sino del encuentro de dos vulnerabilidades que Dios decide abrazar. Así como Jerusalén fue recogida del abandono en su nacimiento, cada matrimonio tiene un origen bendecido por una gracia que le precede; los esposos no se unen porque son perfectos, sino porque han sido amados primero por Dios que los acompaña en las diferentes etapas de la vida —en el entusiasmo de la juventud, en la madurez de los compromisos y en los momentos de fragilidad—.

El Señor, en cada matrimonio, sella con los esposos una alianza que transforma la debilidad en dignidad real. Dios invita a los esposos a volver siempre al primer amor, a reconocer que la belleza y la fuerza de su unión no provienen de sus propias fuerzas, sino de un compromiso sagrado y gratuito que sostiene sus vidas desde el principio. Pero, a medida que el tiempo transcurre y el matrimonio alcanza estabilidad, prosperidad o reconocimiento, surge el peligro latente que llevó a Jerusalén a la perdición: la soberbia de creer que el éxito es un logro exclusivamente humano. El texto profético denuncia con dolor cómo la riqueza, el esplendor y los dones recibidos pueden transformarse en armas de doble filo si los esposos olvidan de dónde los rescató el Señor, cayendo en la ingratitud, el desprecio mutuo y la infidelidad a la promesa original. El pecado en el matrimonio muchas veces no comienza con grandes rupturas, sino con el sutil orgullo de la autosuficiencia. 

El esplendor de la vida matrimonial es un don prestado que requiere de un buen aderezo de humildad diaria para no prostituir la confianza ni traicionar al Amor que los unió. Creo que si todos los matrimonios cristianos le echaran un buen vistazo a esta fidelidad conyugal y reflexionaran el hecho de que es una bendición, entenderían que la cuestión fundamenta no es ser mágicamente perfectos, sino dejar que sea la fidelidad de Dios la que sane y bendiga. Al final del camino, el perdón no es el premio al esfuerzo humano, sino la obra maestra de un Dios fiel que abraza la fragilidad de los esposos para recordarles que, por encima de cualquier caída, el amor siempre tiene la última palabra. Como el matrimonio, la historia de salvación es en esencia una historia de amor. No somos nosotros los que nos transformamos en buenos ciudadanos de este mundo, es Dios quién con visión va haciendo su obra en nosotros como la hizo en san Maximiliano Kolbe, porque Dios es fiel. ¡Bendecido viernes!

Padre Alfredo.

jueves, 13 de agosto de 2026

«Dios nos perdona todo a todos, nos perdona siempre, y nunca nos pasa factura»... UN PEQUEÑO PENSAMIENTO PARA HOY


No sé cuántas veces he venido al aeropuerto de Madrid-Barajas que es el cuarto aeropuerto en lo que se refiere a carga de pasajeros europeos y uno de los más grandes y mejor comunicados del mundo. Barajas se inauguró al tráfico aéreo en 1931 y desde entonces no ha dejado de crecer. Es uno de los pocos aeropuertos que cuenta con transporte público directo. su buena ubicación hace posible que se pueda acceder tanto por metro como por tren, lo que hace que sea uno de los espacios aéreos mejor comunicados de Europa, junto con el Aeropuerto de Heathrow en Londres. Esta vez estoy aquí para conectar a Roma y salir de allí, el domingo 16, a Yakarta, en Indonesia.

Mientras espero mi conexión viendo pasar por enfrente de mí a trabajadores, pilotos, azafatas, policías, empresarios, familias y turistas; aprovecho la oportunidad para hacer un rato de oración y contemplando el ir y venir de tanta gente —casi 6,5 millones de personas pasaron por aquí en julio— agradezco al Señor que seamos agraciados por la misericordia sin límites de nuestro Dios. Y es que la parábola de este jueves, en el Evangelio (Mateo 18,21–19, 1) habla de la inmensidad de la donación de Dios que se entrega a sí mismo a nosotros, entre otras formas, en la del perdón generoso que trata de infundir alegría al que es perdonado. Pienso en esa belleza de nuestra fe cristiana que es el saber que Dios no nos perdona sólo una o dos veces; sino cada vez que acudimos a Él con pureza de corazón y rectitud de intención, buscando el perdón a toda velocidad, como la gente que veo correr aquí para que el avión no los deje.  

El Señor nos enseña que el perdón que recibimos de nuestro Padre Dios conlleva una responsabilidad: extender esa misma gracia a los demás. ¿Cuánta de esta gente conocerá a Dios y será consciente del perdón que nos otorga? Así como recuerdo las tantas veces que he pisado este aeropuerto desde 1984, quiero recordar las acciones de Dios —a lo que nos invita el salmista hoy—, para que reconozcamos las infinitas veces en que hemos sido perdonados. Si Dios nos perdona todo a todos, nos perdona siempre, y nunca nos pasa factura. Que la Virgen María, que también fue viajera para ir a Belén, a Ain Karem, a Egipto y a Nazareth, nos acompañe en el viaje por este mundo, buscado el perdón de Dios hasta llegar al Cielo, nuestro destino final. ¡Bendecido jueves eucarístico y sacerdotal! 

Padre Alfredo.