MISIÓN SIN FRONTERAS...................... MISSION WITHOUT BORDERS................
El blog del padre Alfredo / Fr. Alfredo's blog
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domingo, 30 de agosto de 2026
ORACIÓN PARA ALCANZAR EL SILENCIO
martes, 25 de agosto de 2026
«Los del plato muy limpio por fuera y sucio por dentro»... Un pequeño pensamiento para hoy
Los fariseos y los escribas eran personas pertenecientes a dos grupos religiosos y sociales muy importantes. Ellos eran los expertos de la ley en el día a día y se caracterizaban por ser muy piadosos, en su mayoría personas del pueblo —no sacerdotes—. Se distinguían por cumplir la Ley de Moisés a la perfección en su vida diaria y además de las Escrituras, seguían leyes orales —tradiciones de los antepasados— para no arriesgarse a desobedecer a Dios. Jesús solía criticarlos porque cumplían las normas, pero desatendían lo importante: la justicia, la misericordia, la lealtad a Dios. A los ojos de los demás eran perfectos, cumplidores de la ley, escrupulosos; pero a los ojos del Señor no lo eran. En el relato de hoy, Jesús los compara a una copa limpia por fuera, pero sucia por dentro. En otras ocasiones, como veremos mañana, les llamará «sepulcros blanqueados».
Al ver a estos hombres una y otra vez estos días en que hacemos una lectura continuada del Evangelio de San Mateo, uno se pregunta: ¿De qué sirve el aparentar una cosa si luego somos otra muy distinta? ¿A quién pretendemos engañar? Nunca debemos olvidar que lo más importante son las cosas del alma. Madre Inés lo recuerda cuando dice: «La cultura, claro, ayuda, pero es lo de menos. Lo principal es el espíritu, la vida de amor que se viva en nuestro Señor, haciendo siempre su santísima voluntad, no solamente cuando nos agradan los sucesos, los acontecimientos que esos de por sí son fáciles de aceptar, sino de manera especial todo lo que es doloroso, sabiendo encontrar en cada uno de mis hermanos a Cristo nuestro Señor. La misa tiene sentido, la misa es solemne, no cuando los cantos son hermosos o hacemos las posturas correctas, De nada nos aprovechará si estamos lejanos de nuestros hermanos. Nuestros actos externos deben ser reflejo de nuestro interior, tiene que haber unidad entre lo que somos y lo que los demás ven de nosotros. Pidamos a la Virgen su ayuda para lograr el ser coherentes. ¡Bendecido martes!
Padre Alfredo.
lunes, 24 de agosto de 2026
«¡VEN Y VERÁS!»... Un pequeño pensamiento para hoy
Felipe y Bartolomé eran dos discípulos aventajados que profundizaban en el sentido pleno de las Escrituras. Descubrieron con prontitud los rasgos de identidad del mesías en Jesús de Nazaret. Los dos tenían integrado en su esperanza a un Mesías lleno de bondad, aún más, la plena bondad. La bondad desde la antigüedad judía se atribuye a Dios, que es rico, grande en este atributo, lo muestra y con ella guía al pueblo rescatado, su mano es bondadosa, muestra su bondad en su misericordia y en el perdón. El «Ven y verás» que mueve el corazón del apóstol en cuestión, es ahora una invitación a que vayamos al Evangelio a conocer más a Jesús y a seguirle con la misma pasión de la Beata María Inés que en su Testamento Espiritual nos abre los ojos y el corazón diciéndonos: «Que nunca, nunca nos salgamos, ni se salgan —aunque yo no viva— del espíritu del Evangelio, el que debemos practicar con tanto amor».
Como Bartolomé, todos necesitamos de una experiencia viva de Jesús. Aunque normalmente la vida cristiana comience con el anuncio que nos llega a través de uno o varios testigos que nos dicen: «¡Ven y verás!», es importante llegar pronto a una relación personal con Jesús. La franqueza de este israelita intachable lleva al Señor a alabarlo en voz alta abriendo un diálogo que acaba por conquistar el corazón del nuevo discípulo. Jesús conoce la vida íntima de Bartolomé y la nuestra. Su llamada nos recuerda la libertad de Dios, que sorprende nuestras expectativas apareciendo precisamente donde no lo esperábamos, a veces en nuestra tranquilidad, debajo de una higuera o aquí en Yakarta al hacer una Lectio Divina como me acaba de suceder. Si nos dejamos conquistar por Jesús, llegaremos a ver «cosas mayores». Pero eso hay que reconocerlo, como María, que confesó ante todos que el Señor hizo cosas grandes en Ella, por eso le pedimos que nos ayude a estar atentos al «¡Ven y verás!». ¡Bendecido lunes!
Padre Alfredo.
domingo, 23 de agosto de 2026
«LOS ENCARGADOS DE LAS LLAVES»... Un pequeño pensamiento para hoy
Pero conviene recordar que Pedro es un hombre que tiene debilidades y fortalezas. Es débil porque es cobarde, niega a Jesús y luego llora amargamente. Pero es fuerte, porque es arrojado y audaz. La elección que Jesús hace de él, no procede de sus cualidades personales sino del amor que el Señor le tiene. Los Evangelios muestran sus debilidades, sus miedos y hasta sus negaciones, pero también su energía y su ardor. Ante el mundo que le rodea, sabe que hay amenazas, pero busca oportunidades. Lo que en definitiva le sostiene, es la fe en Cristo. Jesús, en este encuentro con los suyos, interrogándoles sobre quién creen que es él y designando a Pedro como el responsable de las llaves, nos enseña que toda comunidad, incluida por supuesto la comunidad eclesial, no se construye sobre la perfección de los hombres, sino sobre la confesión de que Jesús es el Mesías y el Hijo de Dios. Esa es la roca que permanece firme a través de los siglos.
Cada domingo es un día de gracia, porque nos damos cuenta de que, en el bautismo, el Señor nos ha entregado «las llaves». Nosotros no somos el dueño de la casa, pero hemos de cuidar la misión que se nos ha confiado y estamos llamados a edificar nuestra vida, nuestra vida sobre esa misma roca. No sobre nuestras seguridades, nuestros éxitos o nuestras fuerzas, sino sobre Cristo. A él lo escuchamos en la mesa de palabra y lo recibimos en la mesa e la Eucaristía. Que María santísima nos ayude a trabajar nuestras debilidades, a hacer crecer nuestras fortalezas, a aprovechar las oportunidades y a vencer, con la gracia del mismo Cristo, las amenazas que se puedan presentar. ¡Bendecido domingo!
Padre Alfredo.
sábado, 22 de agosto de 2026
«Bunda Maria, la Reina de todo lo creado»... UN PEQUEÑO PENSAMIENTO PARA HOY
El Evangelio de San Lucas nos presenta a María, como una jovencita de Nazaret, un pueblo minúsculo de Israel. En esa muchacha de aquel pueblecito lejano, alejada de los focos del mundo, se posó la mirada del Señor, que la había elegido para ser la madre de su Hijo. La historia de la Virgen es la historia de un Dios que, como digo muchas veces, siempre sorprende. Ella se deja sorprender ante el anuncio del Ángel, no oculta su admiración. Es el asombro de ver que Dios quiere hacerse hombre, y que la ha elegido precisamente a ella, para ser su madre. La expresión, “llena de gracia”, tan familiar para el pueblo cristiano, es un saludo de gran profundidad, porque le recuerda la grandeza de su vocación: Ella ha sido elegida para ser la Madre de Dios y por ello ha sido preservada del pecado original en el instante mismo de su Concepción. La "llena de gracia" es el nombre que Dios mismo le da para indicar que desde siempre y para siempre es la amada, la escogida para acoger el don más precioso, Jesús, el amor encarnado de Dios.
Dios nos sorprende siempre, rompe nuestros esquemas, pone en crisis nuestros proyectos, y nos dice: fíate de mí, no tengas miedo, déjate sorprender, sal de ti mismo y sígueme. Él espera que nos dejemos sorprender: en la sencillez, en la humildad de nuestra vida. Ahí quiere manifestarse. Contemplando a María Reina podemos reconocer nuestro destino verdadero, nuestra vocación más profunda: ser amados, ser transformados por el amor, por la belleza de Dios. Dios ha puesto su mirada de amor sobre cada uno de nosotros, con nombre y apellidos. De la misma manera que a María, Él nos ha elegido antes de la creación del mundo, para ser santos e inmaculados en el amor y para ser también nosotros reyes desde el bautismo al estilo de Jesús y al de ella, a quien le pedimos interceda ante el Señor. ¡Bendecido sábado!
Padre Alfredo.
jueves, 20 de agosto de 2026
«SOMOS INESIANOS, PEREGRINOS DE ESPERANZA»... La herencia del Año Santo 2025.
El Año Jubilar 2025, celebrando como cada 25 años, la Redención, marcó para todos los miembros de nuestra Familia Inesiana un imperativo a la hora de hablar como misioneros en nuestras distintas opciones vocacionales, del presente y del futuro de nuestro ser y quehacer. Este imperativo ha sido «la esperanza». Un imperativo que sintoniza perfectamente con lo que el lema de este año santo nos estampó en el corazón: «Peregrinos de Esperanza». Y es que no debemos olvidar que somos peregrinos y que este jubileo ha sido una invitación a ser conscientes de ello. Vamos andando en este mundo en peregrinación, tanto física como espiritual, viviendo la fe en el camino y buscando acercarnos a Dios y a los demás en caridad. Pero somos peregrinos de esperanza. Y esta esperanza se entiende como la certeza del amor de Dios, la capacidad de superar las tribulaciones y de construir un futuro de paz y fraternidad que nos ha de llevar a metas altas de santidad, pasando por el mundo haciendo el bien como Cristo, que se encarnó para salvarnos (cf. Hb 10,38).
A todos los que estamos aquí en este planeta, como hombres y mujeres de fe, nos consta que es mucho más lo que se puede alcanzar y lo que está por venir, que lo que nuestros ojos apenas pueden ver. El mundo en el que somos misioneros, necesita de esperanza; mucha más esperanza en lo que somos, en lo que hacemos y en lo que vivimos, recordando que hemos sido tocados de un corazón sin fronteras —la Beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento— que, hasta el último aliento de vida, se mantuvo inmerso en la esperanza.
Por encima de todas las pequeñas esperanzas que nos proponen las utopías y las diversas ideologías que en nuestra época van y vienen, los Inesianos, a imitación de nuestra fundadora, ciframos nuestra esperanza en Dios, que es el único que nos puede salvar.
Es de todos conocido que el mundo actual, caracterizado por el auge del individualismo, el relativismo y un enfoque en lo material en el que la influencia y práctica del cristianismo han disminuido significativamente, resultando en un menor apego a los valores esenciales y a las sólidas enseñanzas e implicando un desplazamiento de lo religioso de la esfera pública a la privada, sufre una pérdida de referentes morales y un vacío espiritual.
La secularización ha hecho a un lado instituciones y aspectos de la vida que antes estaban vinculados a la religión al hacerlos ahora parte del ámbito civil, causando que la religión pierda su preeminencia pública.
Nos movemos, como ciudadanos de una sociedad globalizada, en medio de una confusión de orden jerárquico de los valores morales. Sobre todo nuestros adultos jóvenes, los jóvenes y los adolescentes, experimentan una desorientación en los valores y principios básicos que antes eran proporcionados por la fe, lo que ha generado inseguridad y un vacío existencial. La dificultad de educar en la fe ha llevado, sobre todo a los niños, a aprender sus valores de fuentes alternativas como los teléfonos celulares y las redes sociales, en lugar de la familia.
El individualismo y el relativismo, que tanto denunció el papa Benedicto XVI, de feliz memoria, en su brillante encíclica «Spe Salvi» han hecho que la tendencia de la vida de las personas se desplace hacia un individualismo que va degenerando en la «beatificación del antojo», donde todo se percibe como incierto y sin una validez única.
Por su parte, el predominio del materialismo, va marginando los valores espirituales y la presencia de Dios en la sociedad en favor de un enfoque centrado en lo material, lo que puede ser impulsado por los medios de comunicación y las lógicas del mercado. Si bien este concepto se aplica especialmente a Europa Occidental y a América, la descristianización coexiste con un leve crecimiento del cristianismo en algunas regiones, de África, el llamado «continente de la esperanza» y de Asia.
Para algunos, incluso gente cercana a nosotros, los misioneros pudiéramos parecer como simples entusiastas que cada mes de octubre celebran el mes de las misiones y nada más. Porque inclusive es triste ver que muchos, incluso consagrados, ya no quieren desinstalarse de este ámbito atractivo y comodón que la tecnología actual nos brinda en las grandes ciudades y que difícilmente llega a las pequeñas y alejadas comunidades a donde pocos quieren ir.
Benedicto XVI, el gran teólogo y misionero de los últimos tiempos, en esa obra maestra de la Esperanza que ya he mencionado: —Spes Salvi—, afirma que «a lo largo de su existencia, el hombre tiene muchas esperanzas, más grandes o más pequeñas, diferentes según los periodos de su vida. A veces —dice el papa— puede parecer que una de estas esperanzas lo llena totalmente y que no necesita de ninguna otra. En la juventud puede ser la esperanza del amor grande y satisfactorio; la esperanza de cierta posición en la profesión, de uno u otro éxito determinante para el resto de su vida» (Spe salvi 30).
Esas esperanzas, sin embargo, no bastan, sobre todo porque los humanos —aunque no todos sean hiperactivos como habemos alguno que otro— tenemos un corazón inquieto en el que muchos obstáculos impiden lograr lo que deseamos.
Nosotros nos hemos dejado alcanzar por Cristo. En Él tenemos un referente para no quedar atrapados en un simple optimismo de una u otra reunión internacional que no deje eco en el corazón. Entre la esperanza cristiana y el optimismo hay una gran diferencia. ¡No son iguales! El optimismo pasa y la única y auténtica esperanza para todos los creyentes es la cruz de nuestro Señor Jesucristo que permanece y que nosotros hemos abrazado. Si es verdad que muchas diócesis, instituciones, familias misioneras, congregaciones —incluso muchas comunidades contemplativas—, están viviendo momentos difíciles, por la escasez de vocaciones y por falta de compromiso por parte de los seglares, hemos de reconocer y agradecer el don de la fidelidad, de la perseverancia y el espíritu de confianza en Dios que está presente en la Iglesia.
Solo en Dios podemos llegar a vislumbrar esa gran esperanza. Benedicto XVI nos lo dice: «Esta gran esperanza solo puede ser Dios, que abraza el universo y que nos puede proponer y dar lo que nosotros por sí solos no podemos alcanzar. De hecho, el ser agraciado por un don forma parte de la esperanza. Dios es el fundamento de la esperanza; pero no cualquier dios, sino el Dios que tiene un rostro humano y que nos ha amado hasta el extremo, a cada uno en particular y a la humanidad en su conjunto» (Spe salvi, n. 31).
Cuando nuestra amada fundadora, la Beata María Inés Teresa fundó la Familia Inesiana, con nuestras hermanas Misioneras Clarisas, pilares de lo que somos y hacemos, lo hizo llena de esperanza en un mundo que parecía muerto a la esperanza. La época estaba marcada principalmente por la Segunda Guerra Mundial, el Holocausto y las consecuencias de la Gran Depresión, incluyendo la pobreza y el desempleo que persistieron. Ataques aéreos, hambrunas, así como el inicio de la Guerra Fría y la amenaza de la energía atómica envolvían la faz e la tierra en la desesperanza. Es en ese tiempo en el que ella, llena de esperanza funda nuestra familia misionera.
Pero eso no es todo. Años antes, México había sufrido también un tiempo marcado, para muchos, con desesperanza: la persecución cristera. Una época que se veía como interminable y parecía acabar con la fe de un pueblo que, cobijado por el manto de la Guadalupana, se debatía en la lucha cristera mientras que los templos estaban cerrados y las columnas de la vivencia de la fe, iban al exilio. Se estima que entre 250 mil y 300 mil personas murieron durante la Guerra Cristera (1926-1929) en la que solamente tres obispos permanecieron ocultos en el país: Pascual Orozco y Jiménez, José María González y Valencia y san Rafael Guizar y Valencia, que fue el único que pudo mantener abierto un seminario oculto en la clandestinidad.
En medio de todo esto, la Beata María Inés Teresa, llena de esperanza, buscó la manera de responder al llamado que Dios le hacía para consagrar su vida como religiosa e ingresó a una comunidad de Clarisas exiliada en Los Ángeles, California, en 1929. Su experiencia de persecución y exilio la llevó a mantener viva la esperanza para dedicarse a cumplir la voluntad de Dios con alegría, aún en medio del sufrimiento.
No me bastaría ni siquiera un día entero, para compartir con ustedes tantos testimonios y anécdotas de aquellas dos épocas de la vida de Madre Inés en los que la esperanza se hizo siempre presente.
Ciertamente no quiero hacer un intrincado y extenso escrito sobre la esperanza. Quiero más bien invitarles a no apartar nuestra mirada de la vida y e la obra de la Beata María Inés para vivir como ella, no en el simple entusiasmo pasajero de algo que se consume como una llamarada de petate, sino en esperanza, en esa esperanza que, como dice San Pablo en la carta a los Romanos: no defrauda (Rm 5,5).
Somos esperanza en el mundo desde la normalidad de nuestra vida de familia con la fraternidad, el complemento de las diversas expresiones de nuestro carisma en los diferentes miembros en su forma de ser, la disponibilidad para la misión y viviendo la evangelización donde la Iglesia nos llama, compartiendo nuestra espiritualidad de sacerdotes, de consagrados y de laicos al estilo inesiano. Y el Señor, recordemos, «no abandonará a todos los que esperan en él» (Florecillas de san Francisco nº. 287; cf. Sal 33,23).
Nuestra Madre fundadora, fue una mujer que con convicción firme, esperó siempre en el Señor. En una carta colectiva escribe: «Alguien me dice que me promete confiar en Dios… contra toda esperanza ¡magnífico! es algo que me da tanta alegría. La confianza en Dios todo lo puede» (Carta colectiva de Marzo 14 de 1963).
Las distintas esperanzas humanas, que inspiran las actividades diarias de todos los miembros de nuestra familia inesiana, corresponden, desde que el Señor estableció su reinado, al anhelo de felicidad que Dios ha puesto en el corazón de cada uno de nosotros que hemos sido llamados y confiamos en Dios (f. Catecismo de la Iglesia católica, nº. 1818). Dice Nuestra Madre: «La esperanza es una virtud obligatoria; radica en el espíritu, pero irradia en todo el ser» (Ejercicios Espirituales de 1933).
Y por otra parte afirma: «La confianza en Dios es precisamente la esperanza, pues, como confiamos en él, esperamos lo que nos ha prometido». Ella recomienda en una carta: «Confiemos siempre en Dios, aun sobre toda esperanza y… triunfaremos en todo. El es infinitamente misericordioso».
Ante esto podemos preguntarnos en sintonía con Madre Inés: ¿Cuáles son mis esperanzas?, ¿a dónde tiende mi corazón misionero? «Dile a Cristo —escribe la beata María Inés— que, aunque toques y no te conteste, aunque pidas y no te dé, aunque busques y no encuentres, en él confías y que confías en él contra toda esperanza, y que aún cuando estuvieras sentada en sombras de muerte en él esperarías. Es esta esperanza, esta confianza lo que deleita su corazón».
Para terminar, quiero invitarles a contemplar con los ojos de la esperanza a la Santísima Virgen, vestida de Guadalupana que habló a la Beata María Inés y la llenó de esperanza ante una realidad que ella aún desconocía: «Si entra en los designios de Dios servirte de ti para las obras de apostolado...». Ella, en ese entonces, era una religiosa de clausura en el exilio... ¿qué podía hacer? Pensando en aquella escena, creo que todos podemos experimentar interiormente la serena certeza de que la esperanza cristiana, nuestra esperanza, es cierta. No es vano producto de una ilusión quimérica o la proyección ilusa de un ideal inalcanzable. Nuestra esperanza es cierta. Es, como dice la Carta a los Hebreos, ancla del alma, segura y firme (Hb 6,19). Segura y firme dice, es decir cierta.
Por tanto, no debemos olvidar que la Virgen santísima, santa María de Guadalupe, alma del alma de nuestra familia misionera, es modelo de nuestra esperanza. Y una esperanza cierta, sin la cual nuestra fe se convertiría en simple ideología y nuestra caridad en una solidaridad intrascendente. A fines del siglo XIX un poeta francés, Charles Péguy decía: «La esperanza es la pequeña de la casa, insignificante en apariencia y que apenas cuenta, pero sin la cual ni la fe ni la caridad se sostendrían». Cerremos nuestra reflexión recordando que el Catecismo de la Iglesia Católica nos dice que la esperanza es la virtud teologal por la que aspiramos al Reino de los cielos y a la vida eterna como felicidad nuestra, poniendo nuestra confianza en las promesas de Cristo y apoyándonos no en nuestras fuerzas, sino en los auxilios de la gracia del Espíritu Santo. Eso es lo que hizo Madre Inés.
Padre Alfredo, M.C.I.U.
Encuentro Internacional de la Familia Inesiana.
Año Jubilar de la Encarnación.
«AMOR Y LIBERTAD. LA INDEPENDENCIA DE INDONESIA»... Un pequeño pensamiento para hoy
El Evangelio de hoy (Mateo 22,34-40), apenas a unos días —el lunes pasado— de haber celebrado la independencia de este maravilloso país, ilumina esta reflexión que comparto con mis 13 lectores. Porque hablar del alcance de una independencia es pensar en la solidaridad de un pueblo que, puesto en marcha, es hablar del alcance del Amor. Sí, el Amor con mayúsculas, que es Dios que, en el caso de la independencia que hace 81 años alcanzó esta nación, cuida de las garantías de libertad de sus hijos. Muchos misioneros pioneros como el jesuita holandés Frans van Lith transformaron la educación en estos lugares a principios del siglo XX. Otro, por amor a Dios y a todos, crearon escuelas abiertas a todas las etnias y religiones, formaron líderes que posteriormente organizarían el camino a la independencia y el nuevo Estado. Fueron aquellos misioneros, llenos de amor por Indonesia, quienes comprendieron pronto que la Iglesia no sobreviviría si seguía siendo europea.
En 1940, poco antes de la independencia, el Papa Pío XII nombró a Albertus Soegijapranata como el primer obispo nativo de Indonesia, quien con su testimonio de vida, desgastándose en el amor, fue un puente hacia la libertad. Impulsó a miles de jóvenes católicos a unirse a las milicias independentistas de Sukarno y trasladó su sede episcopal a Yogyakarta —la capital revolucionaria— para acompañar físicamente al gobierno republicano asediado. La Santa Sede, atenta a los informes de los misioneros que constataban la irreversibilidad del movimiento nacionalista, actuó con rapidez. En 1947, el Vaticano se convirtió en uno de los primeros Estados en reconocer oficialmente la independencia de Indonesia, ayudando a garantizar la libertad religiosa en un país de abrumadora mayoría musulmana, alejando a la Iglesia de los privilegios coloniales y forzándola a encarnarse en la cultura local. Esta historia de independencia nos deja ver que el amor a Dios y a los hermanos no puede separarse nuestro ser y quehacer como bautizados. Que María nos ayude a vivir amando. ¡Bendecido viernes!
Padre Alfredo.
«Un lugar para el banquete en la frenética Yakarta»... UN PEQUEÑO PENSAMIENTO PARA HOY
Estoy en la ciudad más poblada del planeta. Yakarta sobrepasa los 42 millones de habitantes en un ir y venir descomunal y una contaminación que impide ver el sol que se esconde en un cielo grisáceo plagado de polución. Aquí conviven imponentes rascacielos financieros con humildes barriadas tradicionales —kampungs— junto a un rico legado colonial holandés —como su hermosísima catedral— junto a la frenética modernidad del sudeste asiático con unas calles por las que circulan entre 9 y 14 millones de motocicletas al día. Las motocicletas representan aproximadamente el 76% del total de vehículos que congestionan la ciudad fuera de las autopistas a las que no pueden acceder. Pero, de entre estos millones de gentes... ¿cuántos saben del Banquete de Cristo? La gran mayoría de los habitantes de la ciudad profesa el islam —más del 87 %—, mientras que las minorías cristianas unos 400,000, lo que representa cerca del 3.5% de su población total. Aquí los misioneros, fieles al mandato de Jesús de ir por todo el mundo a predicar el Evangelio, salen a los cruces de los caminos —traducción del griego «diexodous ton hodon» que se refiere alas salidas de los caminos o rincones—, es decir a las periferias geográficas y existenciales para ofrecer la fe a quienes no la conocen.
La tarea de nuestras hermanas Misioneras Clarisas y de los Vanclaristas aquí en Yakarta parte de una casa llamada «Our Lady of Guadalupe House of Prayer» Una casa en donde el centro lo ocupa una grande capilla que, rodeada por sencillas instalaciones, crea un espacio para que todos, creyentes y no creyentes, vengan al encuentro de la paz que solo Cristo puede dar. Incluso los musulmanes o budistas que vienen hablan de esa paz que aquí se respira y que me alberga por casi un mes. Esta casa de nuestra Familia Inesiana, ofrece, de esta manera, la invitación de Dios a todos por igual, confiando en que el amor del Rey transforma los corazones de los invitados a la boda. Pidamos a María de Guadalupe, que cuida esta casa en donde se celebra el Banquete de su Hijo, que reina en el Sagrario, que muchos vengan, conozcan y amen a Cristo como Madre Inés lo anheló. ¡Bendecido jueves sacerdotal y eucarístico!
Padre Alfredo.
miércoles, 19 de agosto de 2026
«LOS PASTORES DEL PUEBLO DE DIOS»... Un pequeño pensamiento para hoy
El Papa nombra libremente a los obispos, pero se basa en un proceso confidencial de consulta y selección coordinado por el representante del Vaticano en cada país. El Proceso de Selección es así: En primer lugar los obispos de cada región o país proponen de forma secreta nombres de sacerdotes aptos cada pocos años. Cuando una diócesis queda libre, el Nuncio Apostólico —el embajador del Papa en cada país— investiga el perfil y consulta en secreto a sacerdotes y laicos. El Nuncio envía a Roma una lista con tres candidatos recomendados. El Dicasterio para los Obispos revisa estos tres nombres y el Papa toma la decisión final para ver a quien elige de entre ellos. Finalmente, el Nuncio pregunta al sacerdote si acepta el cargo antes de que el Vaticano haga público el nombramiento.
Todo esto nos lleva a recordar que Jesús Resucitado encomendó a Pedro que cuidara del rebaño. Por eso la Iglesia sí tiene pastores y estos pastores vienen de Dios. Es bueno rezar por ellos, sin olvidar que Cristo es el Pastor Supremo. Tanto en la parroquia de Nuestra Señora del Rosario en San Nicolás como en todas las demás comunidades de la Familia Inesiana, los jueves, tanto la misa como la exposición del Santísimo se ofrece por los sacerdotes. Como comunidad orante pedimos en especial por los sacerdotes que viven situaciones espirituales y materiales muy diversas: por los que trabajan bien y mucho y por los que sufren de distintas maneras y de manera especial por el Santo Padre. Pidamos a la Virgen María, Madre del Buen Pastor por la perseverancia de los 5,525 obispos, los 407,421sacerdotes y los 52,102 diáconos permanentes que hay en el mundo actualmente. ¡Bendecido miércoles... mi Day Off también acá en Indonesia!
Padre Alfredo.
martes, 18 de agosto de 2026
«Riquezas, dones y cualidades»... UN PEQUEÑO PENSAMIENTO PARA HOY
Ni la riqueza ni el tener muchos dones y muchas cualidades es algo malo; el mal uso de ello si lo es, pero el mal uso lo hace el hombre no la riqueza ni los dones en sí. Aprendamos que Jesús, en el Evangelio de hoy (Mateo 19,23-30) que va en la misma línea de la lectura, está avisando y no condenando a los ricos, a los «príncipes» endiosados, para que al ver esto que ellos viven, cambiemos nuestras pautas de conducta, porque no es más «rico», en el aviso de Jesús, el que más tiene, sino el que atesora avariento lo mucho o lo poco. Debemos, tenemos, que ser conscientes y vivir de acuerdo con lo que Dios pone en nuestras manos, sean riquezas o cualquiera otro don y cualidad. Lo que recibimos lo es para que podamos repartirlo y compartirlo y eso cuesta, ¡Claro que cuesta!, porque nuestro instinto, nuestra tendencia natural, se dirige a conservar aquello que llega a nuestras manos por un simple temor a «lo que pueda venir». Así acumulamos riquezas que no usamos ni necesitamos, por lo que pueda venir en el futuro, un futuro que no sabemos si llegará, pero queremos tener controlado.
Contra este afán de acumular es contra el que van estas y todas las condenas de Jesús en el Evangelio. Ciertamente será muy difícil entrar por la puerta estrecha si vamos cargados de un enorme equipaje de riqueza, tradición, cerrazón, etc. que nos dificulta la entrada, e incluso el caminar. Tenemos que estar ligeros de equipaje y solamente así podremos salvarnos: caminando ligeros, sin ánimo de conservar ni cargar de más, sin derroches absurdos, pero dispuestos a poner nuestras riquezas, dones y cualidades, al servicio de los hermanos. Que la Virgen María, llena de dones y cualidades que supo dar y con ello darse Ella misma, nos ayude. Yo mientras tanto sigo aquí en esta hermosa tierra de Indonesia, a donde el Buen Dios me ha traído a compartir lo que tengo y lo que soy. ¡Bendecido martes!
Padre Alfredo.