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sábado, 15 de diciembre de 2018

EL DIEZMO, QUÉ ES Y PARA QUÉ SIRVE...


¿QUÉ ES EL DIEZMO?

El diezmo (del angolsajón «teotha», que significa una décima), es una práctica de la antigüedad (tanto entre los babilonios, persas, griegos y romanos, como entre los hebreos). También es ley en la actualidad entre los musulmanes, judíos y muchos grupos cristianos.

Para los católicos el diezmo es la forma de colaborar con el plan de Dios en el establecimiento de su Reino de amor, de vida, de justicia y de paz al compartir los bienes recibidos de Dios para ayudar a la Iglesia en sus necesidades, en esfuerzos de evangelización y apoyo a la comunidad.

EL DIEZMO EN EL ANTIIGUO TESTAMENTO.

En la Biblia, el diezmo (décima parte) aparece en el Antiguo Testamento. Estaba reservado antes que nada para los miembros de la tribu de Leví (sacerdotes y levitas), que, por dedicarse al culto, habían quedado sin parcela al repartirse la tierra de Canaán (Núm 18,21-33; 2 Cro 31,5-19). Después, estaba destinado también para ayudar a los más necesitados, especialmente las viudas y los huérfanos: «El tercer año, el año del diezmo, cuando hayas acabado de apartar el diezmo de toda tu cosecha y se lo hayas dado al levita, al forastero, a la viuda y al huérfano, para que coman de ello en tus ciudades hasta saciarse» (Dt 26, 12-14).  

En su sentido literal, el diezmo era la décima parte de todos los frutos adquiridos, que se debe entregar a Dios como reconocimiento de su dominio supremo (Cf. Lv 27,30-33). El diezmo se le ofrecía a Dios pero se transfería a sus ministros (Cf. Núm 28,21). Siempre que se habla en la Escritura del diezmo se trataba de una entrega en especie, ya sea de fruta ó de animales. Así aparece ya en Génesis 14 cuando Abraham ofrece el diezmo al sacerdote Melquisedec. En Génesis 28, Jacob da el diezmo de todas sus posesiones al Señor.

En el Antiguo Testamento, toda una serie de medidas jurídicas (año jubilar, prohibición del préstamo a interés, retención de la prenda, obligación del diezmo, pago cotidiano del jornalero, derecho de rebusca después de la vendimia y la siega) corresponden a la exhortación del Deuteronomio: «Ciertamente nunca faltarán pobres en este país; por esto te doy yo este mandamiento: debes abrir tu mano a tu hermano, a aquél de los tuyos que es indigente y pobre en tu tierra» (Dt 15,11). Jesús hará suyas estas palabras en el Evangelio: «Porque a los pobres siempre los tendrán con ustedes; pero a mí no siempre me tendrán» (Jn 12, 8). Con esto, no hace caduca la vehemencia de los oráculos antiguos: «comprando por dinero a los débiles y al pobre por un par de sandalias...» (Am 8,6), sino que nos invita a reconocer su presencia en los pobres que son sus hermanos (Catecismo de la Iglesia Católica 2448-2449).

EL DIEZMO EN EL NUEVO TESTAMENTO.

En el Nuevo Testamento no se habla del diezmo como obligación. Cristo no rechaza el diezmo, pero enseña una referencia nueva: Dar ya no el 10% sino darse del todo por amor, sin tener en cuenta porcentajes ni costos. En ninguna de las cuatro veces que el diezmo aparece en el Nuevo Testamento (Mt 23,23; Lc 11,42; 18,12; Hb 7,2-9) se habla de esta práctica como obligatoria. Y es que la Nueva Alianza no se limita a la ley del 10% sino que nos refiere al ejemplo de Jesucristo que se dio sin reservas. Jesús vive una entrega radical y nos enseña que debemos hacer lo mismo. El Corazón traspasado de Jesús es el modelo de entrega total. Se entregó hasta la muerte en el Calvario, hasta la última gota de Su Preciosa Sangre. Él nos da Su gracia para saber dar y darnos como Él se dio. Todo le pertenece a Dios y somos administradores de nuestros recursos según el Espíritu Santo ilumina la conciencia.

El mismo Cristo nos da el siguiente modelo en el Evangelio: «Llegó también una viuda pobre y echó dos moneditas, o sea, una cuarta parte del as. Entonces, llamando a sus discípulos, les dijo: "Les digo de verdad que esta viuda pobre ha echado más que todos los que echan en el arca del Tesoro. Pues todos han echado de lo que les sobraba, ésta, en cambio, ha echado de lo que necesitaba. Ha dado todo cuanto poseía, todo lo que tenía para vivir» (Mc 12,42-44).

San Pablo enseña y vive la misma entrega radical: «Pues conocen la generosidad de nuestro Señor Jesucristo, el cual, siendo rico, por ustedes se hizo pobre a fin de que se enriquecieran con su pobreza» (2 Cor 8,9). Y habla  del deber de mantener a los ministros: «¿No saben que los ministros del templo viven del templo? ¿Que los que sirven al altar, del altar participan?» (1 Cor 9,13).

EL DIEZMO HOY.

En la actualidad, la Iglesia Católica mantiene la enseñanza de San Pablo sobre la obligación de los fieles de contribuir generosamente con las necesidades de la Iglesia según sus posibilidades, pero la manera en que lo hacen no esta definida por la ley, debe entenderse según el espíritu evangélico de una entrega de corazón por amor. Personas con recursos podrían dar mucho mas, mientras que para un pobre y sin trabajo, dar el 10% podría significar negarle a sus hijos el alimento.

El diezmo, en la actualidad, es una cooperación diocesana «anual» que los creyentes ofrecen a la Iglesia para la realización de sus tareas pastorales como la caridad, la evangelización, la promoción humana y el sostenimiento de proyectos de formación de agentes de pastoral. Es una manera de expresar la alegría de ser cristianos y pertenecer a una familia en la fe católica tomando conciencia de que todos somos corresponsables en la construcción de la Iglesia y su misión evangelizadora. De manera que actualmente el diezmo permite que juntos hagamos efectiva la caridad y solidaridad con nuestra Madre la Iglesia especialmente hacia los más pobres. El Catecismo de la Iglesia Católica, en el número 2043 dice: «El quinto mandamiento (ayudar a la Iglesia en sus necesidades) señala la obligación de ayudar, cada uno según su capacidad, a subvenir a las necesidades materiales de la Iglesia (cf. CIC can. 222)».

A todo miembro de la Iglesia Católica le debe entonces quedar bien claro que, al no precisar una cuota, la Iglesia Católica no exime de la obligación de contribuir; al contrario, la Iglesia enseña que el cristiano debe dar a la medida de Cristo y por amor a Él, según las necesidades de la Iglesia y sus propias posibilidades. Dar es una obligación y también un privilegio, un gozo, porque es parte integral de nuestra vocación de discípulos–misioneros de Cristo de hacer todo lo necesario para propagar el Reino de Dios. La Nueva Evangelización no puede prescindir de una reestructuración del aspecto económico, si quiere hacer frente a los nuevos retos que se presentan. Lo importante es que cada uno dé con generosidad, «cada cual dé según el dictamen de su corazón, no de mala gana ni forzado, pues: Dios ama al que da con alegría» (2 Cor 9, 7).

Cada Conferencia Episcopal establece la manera de cumplir con el diezmo. En México, por ejemplo, el diezmo corresponde a un día de salario anual.

¿PARA QUÉ ES EL DIEZMO?

Con el diezmo la Iglesia busca lograr que todas las parroquias sean misioneras, para llegar a las periferias que necesitan la luz del Evangelio.

Gracias a las aportaciones del diezmo la Iglesia impulsa las obras de asistencia y promoción humana a favor de los más necesitados: los pobres, los adultos mayores (incluidos los pastores enfermos o ancianos), las viudas, los migrantes, los presos, etc. para que vivan con dignidad.

Cierta parte del diezmo se destina a apoyar la formación de los miembros de la Iglesia (Sacerdotes, seminaristas, religiosos y laicos) para que sean sal y luz en las realidades temporales.

La Iglesia, apoyada por estas ayudas del diezmo, puede tener medios suficientes para atender a los niños y jóvenes ofreciéndoles espacios dignos para la catequesis y la formación, además de la posibilidad de servir, en el caso de los jóvenes, en espacios y actividades de voluntariado.

Parte del diezmo sirve a la Iglesia para promover actividades que acompañen a las familias en sus problemas y necesidades, de manera que sea más fácil realizar su vocación en la Iglesia y la sociedad.

A MANERA DE CONCLUSIÓN.

Para todo católico el mensaje bíblico del significado del diezmo es muy claro. Se trata de abrirse con valentía al compartir. El diezmo es la cooperación que los feligreses dan para el sostenimiento de la Iglesia Diocesana y es distinto a la colecta que se hace en las misas, que es para el sostenimiento de los gastos de cada parroquia.

Llevar a cabo su misión evangelizadora es la principal tarea de la Iglesia diocesana. Para realizarla se requieren estructuras, formación pastoral de agentes, personal, y todo lo que cualquier institución necesita. Pero para cubrir lo anterior la Iglesia se vale en buena parte del diezmo, sin cuya ayuda, el funcionamiento de la Iglesia, en muchos de estos campos sería imposible. Por ello cada año se realiza una campaña intensiva del diezmo conscientes de que la vida de la Iglesia, su caminar, su misión y la luz del evangelio recae en manos de todos sus miembros.

El diezmo lo damos no es por un motivo bíblico que sea obligatorio, sino por amor a Jesucristo y a su Iglesia como fruto de la madurez en la fe. Ojalá y diéramos eso y más, pues es mucho más lo que Dios nos ha dado y nos ha bendecido.

Padre Alfredo.

viernes, 17 de noviembre de 2017

«EL BUEN FIN»... Un pequeño pensamiento para hoy


Hoy empieza el «maratón» de ventas más importante del año en los comercios de México, el llamado «Buen Fin», una estrategia sensacional de un sistema económico que, si lo analizamos a detalle, es una maniobra un tanto inhumana e injusta, que atrapa bastantes vidas para cautivarlas al lucro, desangrando bolsillos y plásticos de cuanto banco y tienda departamental podamos imaginar, robando a muchas almas la capacidad de vivir dignamente una vida sencilla y gozosa con sentido en el «SER» y no en el «TENER». Hay gente que el año pasado compró en el «Buen Fin» armatostes, cachivaches y ajuares –casi todos innecesarios, aunque hay gente que sabe comprar bastante bien– a crédito por 18 meses; de tal manera que ahora que vuelvan a comprar, seguirán pagando lo del año pasado más lo de éste... porque el crédito se les empalmó. Pero, en fin, es la sociedad consumista en la que estamos inmersos y que a todos o casi a todos atrapa. Me parece muy ilustrativa la primera lectura de hoy, tomada, como en todos estos días, del libro de la Sabiduría (Sab 13,1-9), especialmente la parte que dice: «Si fascinados por la belleza de las cosas, pensaron que éstos eran dioses, sepan cuánto las aventaja el Señor de todas ellas».

Por su parte Jesús nos sigue hablando en el Evangelio sobre la llegada del fin de los tiempos y continúa dándonos pistas para preparar la venida del Reino (Lc 17,26-37). Ciertamente el tiempo de Dios no es como nuestro tiempo. Como en los días de Noé y de Lot, nosotros podemos vivir rutinariamente. Comer, beber, plantar, construir… ¡comprar! Caemos en la rutina, y nada más, incluso en el «Buen Fin», pues es cada año y hay que volver a comprar, aunque sea jazmines para el alma. No pierdan tiempo, no miren atrás, nos dice Jesús (Lc 17,31-32). Muchos tenemos la experiencia de que, dando, se recibe, pero hoy parece ser que todo se quiere comprar. La mecánica que sigue Jesús es al revés de la del mundo del comercio... Hay que dar la vida «gratis» para ganar el Reino, que ese sí que será un «Buen Fin». Por eso el Señor nos recuerda que debemos estar vigilantes. Como decían las abuelas de antes: ¡Dios nos agarre confesados! Y la única forma –lo sabemos– es vivir como Dios manda, teniendo a Jesús como centro de nuestras vidas. 

Lo que da seguridad a nuestras vidas no es el cúmulo de artilugios, bártulos y parafernalias que el mundo nos hace necesitar. Lo que da seguridad, no es tampoco saber la hora del fin del mundo y no querer hacer nada por transformar nuestra sociedad; sino la certeza de la presencia de la Palabra de Jesús que ilumina nuestras vidas y les da sentido. «El mundo pasará, pero la Palabra de Dios no pasará jamás» (Cf. Is 40,7-8). La rutina puede envolvernos de tal forma que no conseguimos pensar en otra cosa, en nada más que consumir. Y el consumismo contribuye a aumentar en muchos de nosotros esta total desatención a la dimensión más profunda de la vida. Dejamos entrar la polilla en la viga de la fe que sustenta el tejado de nuestra existencia. Cuando llegue un temblor y derribe el techo, muchos le echarán la culpa a la compañía que construyó diciendo: «¡Qué mal servicio!» fue por comprar la casa en el «Buen Fin»... cuando en realidad, la causa de la caída fue nuestra prolongada desatención. La alusión a la destrucción de Sodoma como figura de lo que va a suceder al final de los tiempos, es una alusión a la destrucción de Jerusalén de parte de los romanos en el año 70 dC (cf Mc 13,14) y también a la destrucción de nuestras vidas si no cimentamos nuestras vidas en el «SER» y nos quedamos solamente con el «TENER» como decía la beata María Inés. Yo creo que José y María compraban, no sé si habría allá un «Buen Fin» en los comercios de Nazareth; pero lo que sí sé, es que, con la mirada en el cielo y los pies bien puestos en la tierra, María velaría de tener lo necesario y lo que valiera la pena para la casa y José para la carpintería... ¡Qué tengan un «Buen Fin».

Padre Alfredo.

sábado, 11 de noviembre de 2017

«No se puede servir a Dios y al dinero»... Un pequeño pensamiento para hoy


¡Con cuánta claridad habla Jesús muchas veces y que lejos de muchos corazones el entender sus palabras! Así sucede este sábado: «¡No pueden ustedes servir a Dios y al dinero!» (Lc 16,9-15). No se puede vivir consumiendo egoístamente toda clase de bienes y pretender, al mismo tiempo, ser fieles a un Dios que pide amor, desprendimiento y solidaridad. La meta de la vida de todo discípulo-misionero de Jesucristo, es que sus caminos coincidan con los de Dios, que aquello que se busca en la vida sea lo que a Dios le agrada: el cumplimiento de su voluntad, la salvación de las almas, la extensión de su Reino, etc. San Lucas nos da, en el mensaje de Cristo, una guía práctica para hacer uso del dinero. Dios ama al que da con alegría (2 Cor 9,7), al que comparte sin lamentarse, al que da sin distinciones ni pesar, al que brinda ayuda sin pensar que hace una inversión a su favor. Los bienes hay que usarlos con los criterios de la misericordia, de la bondad, de la caridad y de la justicia. ¡Hay tanto por hacer en este mundo que lo que necesitamos son bienes para hacerlo! Pero... ¿Qué hacemos con los bienes que Dios nos permite tener? ¿Cómo distribuimos el dinero que llega a nuestras manos?

Un estudio realizado por una ONG ecologista «WWF», junto con la organización «Global Footprint Network», aprovechando la celebración del llamado «Día de la Sobrecapacidad de la Tierra» reveló a la ONU que la población mundial consume más recursos naturales de los que la tierra puede regenerar en todo el año, por lo que está agotado el «presupuesto ecológico anual» con el que cuenta el planeta, antes de tiempo. «Estamos viviendo a costa de los recursos naturales de las futuras generaciones», han expresado. A raíz de esto, la ONU ha revelado que, en los siete primeros meses de 2017, se consumió el presupuesto para todo el año. Según sus cálculos, el consumo de la humanidad excede el 70% de los recursos disponibles. Es decir, se necesita el equivalente de 1.7 planetas para satisfacer las necesidades humanas de hoy. «La Tierra clama por el daño que le provocamos a causa del uso irresponsable», dice el Papa Francisco en su encíclica «Laudato Sí’». Y los estudios científicos que les comparto le dan la razón, y es que la humanidad «vive a crédito». Es decir, hemos «consumido» todos los recursos naturales que el planeta puede producir en un año y estamos endeudados. Pero... ¿Qué hemos dado?

Todo esto revela —a mi juicio— que Jesús tiene muchísima razón en lo que dice en el Evangelio del día de hoy en este pasaje que es una mezcla de diferentes aspectos de la vida, pero con el énfasis puesto en la calidad de la vida que vivimos. Fácilmente podemos perder el verdadero valor de nuestras vidas si nos enredamos en el aquí y ahora de nuestra vida diaria, queriendo servir al mismo tiempo a Dios y al dinero, sin dar el primer lugar a Dios. Y aquí la palabra «dinero» puede ser entendida literalmente, pero también se le puede dar un significado metafórico que exprese todo lo que distrae del cuidado de los bienes que Dios ha dado a nuestro mundo «la casa común» y el despilfarro de tantos y tantos recursos que se hacen entonces «líquidos», como dice el sociólogo Zigmunt Bauman. Desde el punto de vista de Jesús, el «dinero» es para compartir y para ayudar a dar dignidad al hombre y su entorno, no para acabarse todo en un consumismo galopante. Los recursos se deben usar para hacerse amigos a los pobres, a los marginados, a los necesitados, a los solos, a los tristes, a los deprimidos... Si cada discípulo-misionero de Cristo, al encontrarse con alguien menos afortunado que él o ella, mantiene el propósito firme de compartir algo y no despilfarrar, el mundo de mañana será un mejor lugar en donde los recursos alcancen porque todo se aprovecha para el bien. Permitamos al Espíritu Santo que nos guíe en el uso de nuestros recursos materiales y pidamos a la Santísima Virgen María que ella, que se encaminó «presurosa» a compartir de lo suyo, interceda y nos ayude. ¡Bendecido sábado!

Padre Alfredo.

jueves, 4 de mayo de 2017

Una invitación constante... Reflexionar sobre el materialismo y las cosas de arriba

Una situación frecuente que se da en nuestro mundo, tan materializado, es la rivalidad causada entre familiares por los pleitos en las herencias… ¡aún hasta entre las familias más unidas! La codicia es Algo que va acabando con toda relación humana y va arruinando la vida, puesto que la va llevando a una situación sin más horizonte que el tener y acumular más y más. Qué sabias las palabras del libro del Eclesiastés (Capítulos 1 y 2) entre las que están estas: «Hay quien se agota trabajando y pone en ello todo su talento, su ciencia y su habilidad, y tiene que dejárselo todo a otro que no trabajó. Esto es una vana ilusión y una gran desventura».

En nuestra sociedad de consumo, todo se reduce a una invitación contante a poseer más… Todos necesitamos siempre más cosas, más bienestar, más confort y en última instancia, más dinero, porque cada día arriban al mercado nuevos productos que se nos van presentando como «necesarios»: La mujer feliz compra champú X, el hombre actual se viste en Y lugar, el niño que quiere ser inteligente pide una computadora de tal marca, el matrimonio ideal compra casa en el fraccionamiento Z… y así entre X, Y y Z, la publicidad va afectando nuestro esquema de valores más fundamentales buscando la manera de manipular la felicidad.

¡Qué cosa! La calidad de una persona está caracterizada y condicionada por su dinero… ¡Eres una persona feliz si tienes dinero o aparentas tenerlo —por la cuestión de los créditos— o si puedes gastar!

Hay personas que pasan todo el año de mal humor trabajando para pagar las vacaciones del año pasado, porque hay que ir al lugar que está de moda y por lo tanto ha costado un dineral, pero esto los hace sentirse más importantes ante amigos y vecinos. Parece que el nivel económico es la señal de la dignidad o la motivación profunda por la que merece el respeto de los demás.

De esta manera, vamos poco a poco convirtiendo nuestra vida en una pura ansiedad; casi en la amargura de vivir para poder ganar más y más dinero. El consumo va acabando con la fe cristiana. El hombre consumista de nuestra era, considera que no necesita esperar nada de Dios porque ya se procura todo por sí mismo. La herencia de la creación se sigue repartiendo injustamente porque el hombre es quien administra a sus anchas y una tercera parte de la humanidad se ha quedado con todo. ¡Qué tal si escuchamos a Jesús! Qué tal si dejamos que nos repita aquellas palabras del Evangelio: «Eviten toda clase de avaricia, porque la vida del hombre no depende de la abundancia de los bienes que posea».

La parábola del rico insensato, que está en el evangelio de san Lucas (Lc 12,13-21), utiliza una expresión fuerte: «¡Insensato! Esta misma noche vas a morir. ¿Para quién serán todos tus bienes?» Esta parábola es de una gran actualidad y nunca pasará de moda. Nuestro mundo actual se divide entre pobres y ricos y el 1% más rico, dispone de tantos recursos como el 99% restante. Desde el año 2008 la desigualdad en el mundo ha crecido de manera alarmante y se palpa en todas las naciones, incluidas aquellas del primer mundo, un empobrecimiento acelerado de las capas más pobres, convirtiendo a los ricos más ricos en una especie de sacerdotes del dios dinero. Jesús ya veía una economía de este tipo cuando expulsaba a los mercaderes del templo (Mt 21,12-17) y advertía que no se podía servir a Dios y al dinero (Mt 6,24). El Documento de Puebla, ya en 1979, preveía esta situación afirmando que hay «ricos cada vez más ricos a costa de pobres cada vez más pobres...»

Jesús hoy sigue hablando, y su invitación sigue siendo constante también. Es una invitación a todos a compartir los bienes recibidos, a no acumular. Y la Iglesia, como madre y maestra nos invita, a través del Apóstol de las Gentes a buscar las cosas de arriba (Col 3,1.2) y a descubrir en dónde está la verdadera riqueza del ser humano.

Si Jesús llegara y a cada uno nos dijera: «¡Esta misma noche vas a morir!»… ¿Qué haríamos? ¿Qué hemos hecho con el don de la vida? ¿En qué ponemos nuestros afanes? Muchos tienen las ilusiones de su vida solamente en lo material, en cosas que se acaban o que se pueden acumular y acumular… ¿Qué es lo que busco? ¿Cuáles son mis sueños? ¿Cuáles son mis más auténticos anhelos?

Una persona que se deja atrapar por el primero yo, luego yo y después yo, no solamente se ha empobrecido ante Dios sino ante sí mismo, pues vive a la defensiva para que nadie le arrebate su «yo» que representa todo lo material que tiene. El que se enriquece en su egoísmo planifica su vida en un solo sentido: come, bebe, date a la buena vida… De esta manera no hay cabida en su mundo para afanarse por construir el reino de Dios, ya tiene sus “diositos” que son el poder, el tener y el placer… No hay lugar para el reino, no hay lugar para los hermanos.

El seguimiento de Cristo ha sido radical siempre. Ya san Pablo le decía a la gente de su tiempo: «No sigan engañándose unos a otros: despójense del modo de actuar del viejo yo y revístanse del nuevo yo, el que se va renovando conforme va adquiriendo el conocimiento de Dios, que lo creó a su propia imagen» (Col 3,9.10). El que se encierra en sí mismo, el que pone su empeño en las riquezas de este mundo no puede vivir en el reino de Dios. Cualquier día, en cualquier momento, seremos convocados a dar cuenta de nuestras vidas, y cada uno es responsable de sí mismo, pero también lo es de los demás.

La herencia del Padre es para todos, tenemos que dejarnos convertir. Nuestra vida de cristianos tiene que ser una vida dinámica, una vida que sin quitar la vista de los hermanos y con los pies bien puestos en la tierra, se dispare necesariamente hacia arriba al haber terminado nuestro andar por este mundo, porque los tesoros sepultados junto a los faraones son solamente para el estudio de la arqueología para ayudarnos a descubrir y valorar la historia de nuestro mundo y además una interesante curiosidad turística.

María Santísima, nuestra Señora de los Ángeles, nos ayudará a llegar a lo alto, ella vela por cada uno de sus hijos y, rodeada de la corte celestial, nos tiene preparado un lugar en su regazo, pero allí, cabemos todos, porque ella, sin atesorar nada para ella misma, sí tiene espacio para todos y quiere que seamos ricos en obras, en caridad, en amor, para que Cristo sea todo en todos (1 Cor 15,28).

Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U.