Javier Melfi nos comparte su testimonio de conversión:
El blog del padre Alfredo / Fr. Alfredo's blog
Páginas
- PÁGINA PRINCIPAL
- AD GENTES
- VAN-CLAR
- ENCUENTROS VOCACIONALES
- BEATA MARÍA INÉS TERESA
- SACRAMENTOS Y CELEBRACIONES
- «HORAS SANTAS»... Para un encuentro con el Señor de la Misericordia
- LOS MANDAMIENTOS
- COPYRIGHT Y COPYLEFT
- VIDAS CONSAGRADAS QUE DEJAN LA HUELLA DE CRISTO
- UN PEQUEÑO PENSAMIENTO PARA HOY
- CONOCIENDO LA FAMILIA INESIANA
Mostrando entradas con la etiqueta Conversión. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Conversión. Mostrar todas las entradas
domingo, 10 de julio de 2022
martes, 28 de abril de 2020
FE Y CONVERSIÓN... Un tema para reflexionar
Los primeros evangelizadores, en la Iglesia primitiva, fueron siempre cuestionados sobre algo que es básico para alcanzar la salvación: «¿Qué debo hacer para ser alcanzar la salvación?» (Hch 16,30) «¿Qué debemos hacer?» (Hch 2,37).
La respuesta la dan san Pedro y san Pablo y la podemos dar también nosotros desde nuestra propia condición de bautizados:
San Pablo dice: «Cree y te salvarás tú y tu casa» (Hch 16,31). Y san Pedro: «Conviértanse y háganse bautizar» (Hch 2,38). Así, el proceso de salvación necesita dos cosas: La fe y la conversión. Por eso todo evangelizador busca siempre: Que los oyentes crean en Jesús (Hch 13,39) y que se conviertan a Jesús (Hch 20,21).
Es verdad que Cristo ya nos salvó, es decir, él ya puso la parte que le toca en este dinamismo para alcanzar el cielo, pero, a ti y a mí… ¿que nos toca para entrar en comunión con él para hacer nuestra la obra de la salvación? ¿Qué implicación tiene en esta obra quien busca anunciar la Buena Nueva?
En primer lugar necesitamos la fe, porque es la que nos conecta directamente con la fuente de la gracia y nos permite tener acceso a la presencia divina. Por la fe hacemos nuestros los frutos de la redención y por la fe sabemos que llevamos al mismo Cristo en su Palabra para darlo en alimento a nuestros hermanos.
La fe es nuestra respuesta a Dios, es el modo en que nos relacionamos con el invisible, el insondable, es decir aquel a quien no vemos, pero sabemos que camina a nuestro lado y que debemos buscar actuar siempre en su nombre. La beata María Inés se preguntaba seguido: «¿Qué harías tú Jesús amado mío si estuvieras en mi lugar?»
La fe, como es bien sabido, se complementa y se expresa con las obras. San Pablo dice: «El hombre no se justifica por las obras de la ley, sino por la fe en Jesucristo» (Gal 2,16). El evangelio de san Marcos, por su parte afirma: «El que crea y sea bautizado se salvará. El que no crea se condenará» (Mc 16,16).
Para vivir de fe necesitamos creer, sí, creer en Dios y creerle a Dios; necesitamos confiar, es decir, experimentar un abandono incondicional; y necesitamos depender, es decir obedecer a Dios y aceptarle.
Por otra parte, si somos anunciadores de la Buena Nueva, tenemos que estar bien convencidos de lo que anunciamos, tenemos que estar «convertidos». Y conversión implica lo que en el lenguaje de Iglesia se llama «metanoia», que viene del griego y significa un cambio radical.
La fe sin conversión sería como luz que no ilumina, como fuego que no arde, como agua que no moja. San Pablo apunta: «Transfórmense, mediante la renovación de la mente» (Rom 12,2). Porque no se trata solamente de estar cerca de Jesús. Cerca de él estuvo Poncio Pilatos, Herodes, el ladrón malo en la cruz, Judas y hasta el mismo Satanás en el desierto.
La conversión es cambiar mi vida por la de Cristo. La beata María Inés decía que todos debemos esforzarnos para ser una copia fiel de Jesús. Como bautizados y discípulos–misioneros de Cristo, somos los primeros que tenemos que vivir como Hijos de Dios. Buscar una conversión personal, familiar, comunitaria y social, pensando que si yo cambio, mi entorno cambia. El mismo san Pablo, a quien hemos citado ya varias veces, afirma: «El justo vivirá por la fe» (Rm 1,17).
Entonces, queda claro que la fe y la conversión van unidas. Así nos lo enseñan varios pasajes del Evangelio: La hemorroísa (Mc 5,25-34), Zaqueo (Lc 19,8), Pedro (Mt 16,16), Tomás (Jn 20,28), los ciegos de Jericó (Mt 20,31), la pecadora que lava los pies (Lc 7,37-38) y otros más.
Debemos proclamar a Jesús como Señor de todas las áreas de la propia vida, así que la fe y la conversión se manifiestan claramente. Nuestro ser y quehacer de mensajeros de la Buena Nueva, como bautizados y como discípulos–misioneros, no es solamente cosa de un horario, es una manifestación exterior en nuestra forma de ser y en nuestro quehacer. Todo esto unidos a María, porque ella es la mujer de fe cuyo corazón está totalmente convertido a Dios: «Hagan lo que Él les diga» (Jn 2,5).
Padre Alfredo.
viernes, 3 de abril de 2020
EL ESPÍRITU SANTO SONDEA LAS PROFUNDIDADES... Un tema para retiro
El mundo ha perdido el sentido del pecado. Se bromea, como si se tratara de la cosa más inocente del mundo. Condimenta con algunas ideas burlonas del pecado, la venta de sus productos y espectáculos para hacerlos más atractivos. La sociedad actual habla del pecado, incluso de los más graves, pero en diminutivo: pecadillos, pequeños vicios, etc... El mundo actual tiene miedo de todo, de la contaminación atmosférica, de la pérdida de la capa de ozono, de las enfermedades nuevas, de la guerra atómica, menos del pecado.
San Lucas, en su evangelio, en el capítulo 12 nos dice: «Les digo a ustedes, amigos míos: No teman a los que matan el cuerpo, y después de esto no pueden hacer más. Les mostraré a quien deben temer: teman a Aquel que, después de matar, tiene poder para arrojar a la gehena; sí, se los repito: teman a ese» (Lc 12,4-5).
La condición actual de pecado, ejerce una influencia tremenda en todos, incluso en el católico comprometido, aquel que quiere vivir profundamente el evangelio en medio del mundo. El pueblo cristiano ya no reconoce a su verdadero enemigo, muchos de los que hablan de lo que es «pecado», tienen de él una idea completamente inadecuada.
El pecado, con frecuencia, es despersonalizado y puesto en estructuras; se acaba identificando al pecado con los de izquierda o los de derecha, con los del norte o los del sur. Pero, también del pecado vale lo que Cristo dice del reino de Dios en Lucas 17,20-21: «Habiéndole preguntado los fariseos cuándo llegaría el Reino de Dios, les respondió: “el Reino de Dios viene sin dejarse sentir. Y no dirán: ‘Véanlo aquí o allá’, porque el Reino de Dios ya está entre ustedes”». Pudiéramos decir entonces: «Cuando les digan: el pecado está aquí, o el pecado está allá, no lo crean, ¡pues el pecado está dentro de cada uno! Más que liberarse del pecado, todo el empeño está concentrado hoy en liberarse del remordimiento del pecado y, en vez de luchar contra el pecado, se lucha contra la idea de pecado.
Vayamos al texto aquel, del evangelio de San Lucas, en el que Jesús, apareciéndose resucitado a los discípulos les dice: «Miren, yo voy a enviar sobre ustedes la Promesa de mi Padre» (Lc 24,49). La Promesa del Padre es el Espíritu Santo, el Paráclito, el «abogado» que «convencerá al mundo en lo referente al pecado, en lo referente a la justicia y en lo referente al juicio», según el evangelio de San Juan (Jn 16,8). En este pasaje, Jesús añade una explicación que dice: «en lo referente al pecado, porque no creen en mí; en lo referente a la justicia, porque me voy al Padre, y ya no me verán; en lo referente al juicio, porque el Príncipe de este mundo está juzgado» (Jn 16,9-11).
Jesucristo ha venido al mundo para salvarlo y ha prometido la asistencia del Espíritu para que asista al hombre en su debilidad, como dice San Pablo en la carta a los Romanos: «El Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad» (Rm 8,26). El Espíritu Santo, Promesa del Padre, que nos ha sellado (cf. Ef 1,13), nos convence sobre la remisión de los pecados y nos envuelve en un proceso de conversión.
En los primeros momentos, luego de Pentecostés, la acción del Espíritu Santo, queda manifestada por Pedro cuando responde a la pregunta que unos hombres le hacen: «Conviértanse y que cada uno de ustedes se haga bautizar en el nombre de Jesucristo, para remisión de sus pecados; y recibirán el don del Espíritu Santo; pues la Promesa es para ustedes y para sus hijos, y para todos los que están lejos, para cuantos llame el Señor Dios nuestro» (Hch 2,37-39).
“De este modo, el «convencer en lo referente al pecado», llega a ser a la vez un convencer sobre la remisión de los pecados, por virtud del Espíritu Santo. Pedro, en su discurso de Jerusalén exhorta a la conversión, como Jesús exhortaba a sus oyentes al comienzo de su actividad mesiánica (cf. Mc 1,15).
La conversión plena y definitiva, exige la convicción de que hay que renunciar al pecado, porque este es el primer paso para alcanzar la conversión, reconocer el pecado. San Juan decía que, si afirmamos estar sin pecado, nos engañamos a nosotros mismos y convertimos a Dios en un mentiroso (1 Jn 1,8-10). Cristo murió por nuestros pecados.
El Espíritu Santo, con su asistencia, nos ayuda a reconocer en nosotros la asistencia del pecado, no se aleja Él de nosotros, aunque nosotros no lo dejemos actuar. «El Espíritu, que “todo lo sondea, hasta las profundidades de Dios”, conoce desde el principio lo íntimo del hombre. Precisamente por esto sólo él puede plenamente “convencer en lo referente al pecado”» (Dominum et Vivificantem, n. 35). «El hombre no puede decidir por sí solo lo que es bueno y malo, no puede “conocer el bien el mal como dioses”. Sí, en el mundo creado Dios es la fuente primera y suprema para decidir sobre el bien y el mal, mediante la íntima verdad del ser, que es reflejo del Verbo, el eterno Hijo, consubstancial al Padre. Al hombre, creado a imagen de Dios, el Espíritu Santo da como don la conciencia, para que la imagen pueda reflejar fielmente en ella su modelo, que es sabiduría y ley eterna, fuente del orden moral en el hombre y en el mundo» (Dominum et Vivificantem, n. 36).
El Espíritu Santo hace al hombre darse cuenta de su mal y, al mismo tiempo, lo orienta hacia el bien. El Espíritu Santo se hace «lumbre de los corazones» (cf. Secuencia del Espíritu santo) que ilumina el camino del hombre en el retorno al bien. En virtud de los siete dones del Espíritu santo, todos los males pueden ser destruidos y se puede producir todo bien.
El evangelio de San Lucas nos narra una parábola preciosísima en la que se muestra este primer paso para reconocer el pecado, es la bastante conocida parábola del hijo Pródigo, en la que el famoso hijo menor, luego de haber pecado y de haber despilfarrado la herencia, reconoce su pecado y se propone decirle a su padre una frase que parece que llega hasta lo profundo de su corazón y se queda grabada: «Padre, pequé contra el cielo y ante ti. Ya no merezco ser llamado hijo tuyo...» (Lc 15,18-19). Conocemos de sobra la reacción del padre cuando el muchacho vuelve a repetir, ya de frente a él: «Padre, pequé contra el cielo y ante ti; ya no merezco ser llamado hijo tuyo» (El relato completo es Lc 15,11-32). Bajo el influjo del Paráclito, se realiza, por lo tanto, la conversión del corazón humano, que es condición indispensable para el perdón de los pecados.
El segundo paso para alcanzar la conversión es el arrepentirse del pecado. Para alcanzar la conversión es necesario arrepentirse del mal. La palabra «arrepentirse», del griego «metanoein», indica un cambio de pensamiento, de mentalidad. Sustituir nuestro modo de pensar por el modo de pensar de Dios. Arrepentirse es entrar en el juicio de Dios. Dios tiene un juicio sobre nosotros, sobre nuestro estado espiritual, sobre nuestra conducta, y este juicio es el único total y absolutamente verdadero; sólo Dios conoce hasta el fondo nuestro corazón, nuestras responsabilidades y también nuestros atenuantes. Dios lo sabe todo sobre nosotros. Arrepentirse es hacer nuestro ese juicio de Dios sobre nosotros, diciendo: «Dios mío, me someto a tu juicio».
Un componente esencial del arrepentimiento, cuando es sincero es el dolor. El creyente se entristece por haber actuado mal y se duele de aquello. En el arrepentimiento obra, por supuesto, el Espíritu Santo. El Espíritu Santo, «dedo del fuego de Dios», toca nuestro corazón, o sea, nuestra conciencia, que “es el «sagrario íntimo» donde «resuena la voz de Dios» (Dominum et Vivificantem, n. 43) y hace que broten deseos de renovarse. Nada regenera más la esperanza y la confianza que el decir, cuando es necesario: «¡He pecado, me he equivocado!» y, a veces, se ha de llegar hasta las lágrimas.
Una vez, un fariseo le rogó a Jesús que fuera a su casa y comiera con él, allí acudió también una mujer pecadora que, arrepentida, lloró a los pies de Jesús por sus pecados. Ya conocemos la historia, y sabemos lo que Jesús dijo al fariseo casi al final del relato: «Por eso te digo que quedan perdonados sus muchos pecados, porque ha mostrado mucho amor» (Lc 7,47) y lo que dijo a la mujer: «Tus pecados quedan perdonados... tu fe te ha salvado. Vete en paz». (Conviene leer todo el relato en Lc 7,36-50).
El salmo 32, describe maravillosamente la transformación que se alcanza con el arrepentimiento: «¡Dichoso el que es perdonado de su culpa, y le queda cubierto su pecado!... Cuando yo me callaba, se sumían mis huesos en mi rugir de cada día, mientras pensaba, día y noche, tu mano sobre mí; mi corazón se alteraba como un campo en los ardores del estío... Mi pecado te reconocí, y no oculté mi culpa; dije: “Me confesaré a Yahveh de mis rebeldías”. Y tú absolviste mi culpa, perdonaste mi pecado...» (Sal 32,1.3-5). Mientras el hombre conserva dentro de sí el pecado y rechaza el reconocerlo sin arrepentirse, éste lo consume y lo mantiene triste; pero cuando se arrepiente y decide confesarlo a Dios, experimenta de nuevo la paz y la dicha.
El tercer paso en este itinerario de la conversión es «romper definitivamente con el pecado». Este paso consiste, pudiéramos decir, en «pararle el alto» al pecado. Es la fase del propósito de no pecar más. Ciertamente nadie de nosotros se convertirá en impecable y plus cuam perfecto de un día para otro. El pecado nos tiene esclavizados mientras no le decimos un verdadero y fuerte «¡Basta!».
El pasaje de Zaqueo, en el evangelio, nos ilustra al respecto: «Zaqueo, puesto en pie, dijo al Señor: “Daré, Señor, la mitad de mis bienes a los pobres; y si en algo defraudé a alguien, le devolveré el cuádruplo”» (Lc 19,8). Zaqueo se hizo un propósito, tomó una determinación. «El hombre, pues, lejos de dejarse “enredar” en su condición de pecado, apoyándose en la voz de la propia conciencia, “ha de luchar continuamente para acatar el bien, y sólo a costa de grandes esfuerzos, con la ayuda de la gracia de Dios, es capaz de establecer la unidad en sí mismo”» (Dominum et Vivificantem, n. 44). Es el Espíritu Santo el que puede ayudar a decir: ¡Basta! y a huir de las ocasiones de pecado.
La beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento, en sus primeros años de vida religiosa, se hizo un propósito que mantuvo firme toda su vida: «Señor, en lo que hasta ahora haya delinquido, quiero repararlo con tu gracia y no cometer jamás falta deliberada» (Ejercicios Espirituales de 1933). El último paso en el que pudiéramos pensar para alcanzar la conversión es el de «destruir el cuerpo del pecado». El hombre puede cometer el pecado, pero no puede perdonarlo, hay que unir el arrepentimiento al sacramento de la Reconciliación para destruir así el cuerpo del pecado.
«La sangre de Jesús —dice San Juan— nos limpia de todo pecado» (1 Jn 1,7). La sangre de Cristo es el gran y potente «disolvente» que, en el sacramento de la penitencia, gracias a la potencia del Espíritu santo que obra en él, puede disolver el cuerpo del pecado. A la Iglesia le ha sido concedido el poder de perdonar los pecados en nombre de Jesús y en virtud del Espíritu Santo. «Reciban —dijo Jesús a sus apóstoles— el Espíritu Santo; a quienes les perdonen los pecados, les quedarán perdonados» (Jn 20,22). El Espíritu Santo no se limita, pues a «convencernos en lo referente al pecado», sino que Él nos libra del pecado. Más aún, es Él mismo «la remisión de los pecados».
Debemos dejar actuar al Espíritu Santo para que el sacramento de la Reconciliación no sea un rito, un hábito o una obligación, sino una necesidad del alma que se sabe amada por Dios y que busca su perdón. Luego de la confesión, hemos de sentirnos como Zaqueo y escuchar aquellas mismas palabras de Jesús: «Hoy ha llegado la salvación a esta casa, porque también éste es hijo de Abraham, pues el Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido» (Lc 19,9-10).
A este Sacramento, por supuesto, se une la Eucaristía. Los Padres de la Iglesia y los teólogos de todos los tiempos, siempre han reconocido en la Eucaristía una eficacia general para la liberación del pecado. Cada vez que recibimos a Jesús en la Eucaristía, a ese Jesús que la noche de la Cena Pascual dijo: «Con ansia he deseado comer esta Pascua con ustedes» (Lc 22,15), el pecado sale un poco más consumido, como un bloque de hielo cuando es acercado al fuego.
La penitencia, el sacrificio, la mortificación, son elementos que nos ayudan a cooperar con lo que está de nuestra parte para la destrucción del pecado. El Espíritu inspira siempre diversas formas de hacer penitencia, de ofrecer sacrificios y de vivir la mortificación. Una joven apóstol —de la que no tengo referencias, más que sólo esta que menciono— sufrió persecución y cárcel, se llamaba Paquita Rovira Nebot, es desconocida para nosotros y es conocida para algunos, porque fundó una Institución Apostólica y trabajo muchos años en ello. Esta santa mujer decía que aprendió a «comulgar» diciendo «fiat» a todos los sacrificios que se le presentaban, cuando murió, sus últimas palabras fueron: «De mí ya no queda nada... “Fiat”, “Magnificat”» (Del Testimonio dado por Mons. Juan Esquerda Bifet en “La fuerza de la debilidad”, p. 67). La beata María Inés Teresa decía cuando estaba en la Clausura: «Practicaré los actos de penitencia prescritos por la Regla y Constituciones con espíritu de humildad y compunción por mis propias faltas y por las de los demás, ofreciéndolas a Dios unidas a sus méritos divinos para negociar con ellas en los intereses de Jesús. Si todo esto no es la santidad, sí es un medio para ir a ella» (Ejercicios Espirituales de 1943).
María Santísima, alma pura y llena del Espíritu Santo, no hizo a un lado el sufrimiento, lo asumió con amor que unió a los méritos del Redentor, desde que escuchó aquellas palabras del anciano Simeón, que las dijo también, lleno del Espíritu Santo: «¡Y a ti misma una espada te atravesará el alma!» (Lc 2,35).
La vida de la gracia es maravillosa, y vivir bajo el influjo del Espíritu es don, pero también tarea, es regalo de Dios, pero también es conquista. Cuán cierto es aquello que San Agustín decía: «Nos has hecho, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta encontrarte a ti».
Padre Alfredo.
viernes, 5 de julio de 2019
«En proceso de conversión»... Un pequeño pensamiento para hoy
«¿Quién podrá contar las hazañas del Señor y alabarlo como él merece?» dice hoy el salmista en el fragmento del salmo 105 [106] que el salmo responsorial nos presenta. Este es un salmo de contrastes, como lo es nuestra vida de hombres y mujeres de fe, un salmo en el que abunda la infidelidad del pueblo de Dios al mismo tiempo que la infinita misericordia del Señor. Los israelitas que formaban el pueblo elegido de Dios eran gente del común de los mortales y, como nosotros, personas que cometían errores y fallaban, personas que pecaban y se arrepentían. Leer este salmo todo completo, es una delicia para adentrarse en la misericordia y compasión de nuestro Dios que llena de esperanza incluso los más fríos corazones, que distantes de Dios, pueden volverse hacia Él y recibir una nueva vida. Dios aparece en este salmo como el gran perdonador. Y es que antes nos cansamos nosotros de pedir perdón, que él de concederlo (Gn 18). Da la impresión de que disfruta perdonando. Su perdón es infinitamente mayor y más completo que el nuestro: cuando Él perdona, no solo olvida nuestras culpas, sino que las borra, las hace desaparecer y deja que prevalezca su misericordia. «Tú borras nuestras rebeldías» (Sal 65,4). «Has quitado la culpa de tu pueblo, has cubierto todos sus pecados» (Sal 85, 3).
Hay gente que se pregunta cómo Dios puede manifestarse y estar presente en medio de ciertos ambientes especialmente malos o perversos, en ciertas situaciones de injusticia que a primea vista lo envuelven todo. Dios se encuentra siempre allí... para salvar, para curar, para transformar. El salmista clama por esa misericordia del Señor que, como he dicho, prevalece sobre todo: «Sálvanos, Señor, para que veamos la dicha de tus escogidos y nos alegremos y nos gloriemos junto con el pueblo que te pertenece». Y... ¿quiénes son esos escogidos? El Evangelio de hoy, junto a este salmo, abre los ojos de nuestro corazón para ver las maravillas que Dios puede hacer valiéndose de quien quiera seguirlo a pesar de la condición de la que sea llamado. El Evangelio de hoy (Mt 9,9-13) nos habla de que Jesús no duda en elegir a alguien cuya situación social es terrible... La reputación de los «publicanos» era ante todo la de gente que se enriquecía en gran parte, a cuenta de los pobres: ¡solían ser ricos! A los pescadores ya llamados en la orilla del lago (Mateo, 4,18-22) Jesús añade ahora a un hombre, que no inspira demasiada confianza: ¡es algo raro el equipo que Jesús está constituyendo allí! Y la tradición atribuye a Mateo la redacción de este Evangelio. Toda la Escritura, no solamente este salmo o esta perícopa evangélica, nos urge a que sepamos sobrepasar la noción de justicia y a descubrir la misericordia infinita de Dios por los pecadores.
Nosotros solemos tener menos paciencia que el Señor, y quisiéramos vernos santos y pluscuamperfectos y ver a los demás así, sin fallas, sin pecados, sin errores... Quisiéramos que brillara ese esfuerzo que todos hacemos por corregirnos, por quitar nuestra miseria y ver los resultados de nuestro trabajo de conversión, del de los demás y experimentar las promesas de Dios a un plazo más corto. Hoy, junto Mateo y al salmista, aparece Abraham, que, en la primera lectura (Gn 23,1-4.19;24,1-8.62-67) resulta un magnífico modelo de fe y de confianza en Dios para los que intentamos ser buenos creyentes en el mundo de hoy, y trabajamos para que se cumplan los planes de Dios con nuestro esfuerzo de evangelización y testimonio a pesar de nuestras grandes fallas y miserias que no quisiéramos tener para no ofender a Dios ni a nuestros hermanos. Tal vez durante años no nos pertenecerá ni un palmo de terreno, como a Abraham, sino hasta el final. Tal vez, nos quejaremos de no tener una conversión plena, o de que eso de «los cielos nuevos y la tierra nueva» es una utopía. Pero Dios sigue adelante en su proyecto de salvación. Igual que en al Antiguo Testamento se le llamó «el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob», en el Nuevo Testamento nosotros sabemos que es además «el Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo», y que ahora está con la Iglesia, la comunidad de su Hijo, formada por santos y pecadores, guiándola y dándole fuerza por su Espíritu, y que sigue amando a toda la humanidad. Y que el éxito de la obra no se deberá a nuestras técnicas y méritos, sino a la bondad de Dios, que actúa por medio de nosotros a pesar de que estamos «in fieri» como se dice en latín, es decir en proceso y proceso de conversión. Lo que tenemos que hacer es purificar nuestras intenciones, no buscarnos a nosotros mismos, mirar a María, la llena de gracia, la Madre de los pecadores y dirigir nuestra vida hacia Dios. ¡Bendecido viernes!
Padre Alfredo.
P.D. Esperemos que hoy den de alta a mi papá. Lo seguimos encomendando a sus oraciones.
sábado, 28 de julio de 2018
«La paciencia de nuestro Dios»... Un pequeño pensamiento para hoy
Si se lee y escucha al profeta, hay que escucharle hasta el final: y resulta que es precisamente una vida comprometida y auténtica la que se exige aquí prioritariamente. Como se exigen también las normas más elementales de la conciencia: respetar los bienes del prójimo, respetar la vida, respetar la sexualidad, respetar la verdad... y esto es cosa de todos los tiempos. Cristo, como Mesías salvador, tratará de purificar el Templo (Mateo 21,12-13). La clave de la seguridad no consiste en afirmar que el Señor está en medio de nosotros en su templo y que por eso somos trigo y no cizaña, sino en obrar de acuerdo con esta presencia de Dios en nuestras vidas, no solamente cuando estamos en el templo y todos nos portamos requetebién. Hay que hacer justicia velar por nuestros hermanos, no oprimir al que tiene menos, al huérfano y a la viuda, no derramar sangre inocente, no seguir dioses extranjeros (Jer 7,5-6). Pero Dios es paciente, soporta la cizaña y soporta el daño que la cizaña causa al buen grano (Mt13,30). Así revela su infinita misericordia para con todos nosotros que así, salimos beneficiados, porque si Dios hubiera decidido destruir la cizaña, hubiera tenido que destruir también una parte de nosotros mismos. Cuando los discípulos querían hacer llover fuego del cielo sobre un poblado que había rechazado a Jesús, el Maestro se lo prohibió (Lc 9,54).
Hay que ponerse a cooperar pacientemente en el lento trabajo de Dios: ¡otorgándole nuestra confianza! Esto supone una Fe muy sólida, una gran bondad y la paciencia de Jeremías y muchos de los profetas. Ni aparentar ser católicos de hueso colorado, o contentarse con ser religiosos o haber sido llamado a ser ministros del Altar, son, de por sí, una garantía de fidelidad o de salvación. Ni tampoco el decir unas cuantas oraciones de memoria o llevar medallas al cuello o participar en la Eucaristía ¡sólo de bulto!, nos salvarán solo por el simple hecho de hacerlo. Jesús nos dijo que «no todo el que dice... sino el que cumple la voluntad de Dios» (Mt 7,21). Jeremías nos advierte que la prueba de nuestra fidelidad no está en nuestras visitas al Templo que, naturalmente, ¡son cosa buena y necesaria!», sino en la caridad, en la justicia, en nuestro trato con el prójimo y en nuestra fe en Dios, evitando quemar incienso al Baal de turno. Ante esto me hago unas preguntas: ¿Cuál es mi participación en las misas o en otros oficios según mi vocación? Mis gestos y actitudes religiosas ¿corresponden a un esfuerzo de conversión verdadera en mi vida ordinaria? ¿Salgo de la celebración eucarística cada vez más convencido de mejorar mis comportamientos concretos con los demás? Cada una de mis oraciones y de mis plegarias, ¿me «remiten» a mis responsabilidades y a mi «deber de estado»? Y termino, hoy que es sábado, con unas palabras de la beata Madre María Inés Teresa: «Que María Santísima sea nuestra guía en el peregrinar en esta tierra, para que, guiados por su mano, lleguemos con menos tropiezos al cielo» (Carta colectiva de junio de 1978). Bendecido sábado a todos.
Padre Alfredo.
viernes, 20 de abril de 2018
«¡Qué importante es el «sí» que Dios nos pide!»... Un pequeño pensamiento para hoy
La fiesta de la conversión de San Pablo se celebra el 25 de enero, pero, como en el tiempo de Pascua leemos el libro de los Hechos, hoy nos topamos con el capítulo noveno (Hch 9,1-20) en donde se narra de la conversión de Saulo de Tarso. Como la mayoría sabemos, camino a Damasco este brillante personaje fue enviado al suelo por el mismo Jesús a través de una luz del cielo cegándolo por espacio de tres días (Hch 9,3-9). Saulo permaneció en casa de un judío llamado Judas, sin comer ni beber. El cristiano Ananías, por petición de Cristo, fue al encuentro de Saulo, quien recuperó la vista y se convirtió, accediendo al bautismo, recibiendo el nombre de Pablo y predicando sobre el Hijo de Dios. Así, el antiguo perseguidor se convirtió en apóstol y fue elegido por Dios como uno de sus principales instrumentos para la conversión del mundo. Como ya me he detenido en este «Gigante de la misión» precisamente el 25 de enero, hoy reflexiono ayudado de Ananías, que aparece en este relato como una especie de actor secundario. Me llama la atención que, cuando lo llama el Señor, sin saber para qué, responde sin vacilar diciendo: «Aquí estoy, Señor» (Hch 9,10; cf. 1 Sam 3,10). Seguro que Ananías se ha de haber quedado, como decimos «con los ojos cuadrados» cuando supo que se trataba de aquel Saulo que se dedicaba a perseguir a los cristianos. Sin embargo, en una obediencia «dialogada» (Hch 9,13-14) le hizo caso al Señor y se dirigió a la casa de Judas.
¡Qué importante es el «sí» que Dios nos pide!, aunque de momento no entendamos lo que quiere y el por qué o para qué. Indiscutiblemente que al ver a Ananías he pensado en el «sí» de Cristo, enviado por el Padre (Jn 6,57), en el «sí» de María (Lc 1,38) y en el de tantos que, como «actores secundarios» de una historia o de una misión, se han dejado llevar de la mano de Cristo. Por la imposición de las manos de Ananías, Pablo recobró la vista recibiendo la gracia del Espíritu Santo (Hch 9,17-18). Cristo también es un enviado para abrir los ojos no a uno, como en el caso de san Pablo, sino el de todos. «Qué todos te conozcan y te amen» dice Madre Inés en el «sí» que también ella ha pronunciado al haber sido llamada. El Hijo de Dios se hizo hombre, carne y sangre de nuestra raza, en el seno de María Virgen, por obra del Espíritu Santo para abrirnos los ojos al amor del Padre. Jesús dice «Nadie viene al Padre si no es por mí» (Jn 14,16). La lectura y meditación del Evangelio que la liturgia de la palabra nos propone para hoy (Jn 6,53-60), nos abre los ojos para ver y valorar que quien se alimenta de Jesús en la Eucaristía hace suya la Encarnación y la Redención que Dios nos ofrece en Cristo Jesús compartiendo con nuestro «sí» su misión. Como Ananías, como María, no somos los actores principales, por eso si no nos alimentamos de Él no tendremos vida en nosotros, pues sólo aquel que lo coma vivirá por Él y podrá sostener el «sí», ya que sólo Él es el verdadero Pan del cielo que nos da vida, y Vida eterna.
Pienso hoy, en mi reflexión, en mi respuesta al llamado que Dios me ha hecho y con el que me ha invitado a ser su discípulo– misionero yendo al encuentro de Cristo, no sólo para escucharle, no sólo para reconocerlo como nuestro Dios por medio de la fe, no sólo para arrodillarme y suplicarle que me socorra en mis necesidades, sino para hacerme uno con Él y entonces pienso en el «sí» de cada uno de los que lee mis mal hilvanados «pequeños pensamientos». Por ahora termino mi reflexión pensando en Fidel, un señor que anoche ungí con el óleo de los enfermos en el hospital de «La Raza» y que me hizo reflexionar en dos cosas: Primero, me recordó el «sí» de mi muy querida Almita (Almaminta) esa incansable misionera de Villa Universidad, brazo derecho en la parroquia de «Nuestra Señora del Rosario» por tantos años y mamá de varios de nuestros hermanos Vanclaristas (mamá de Joel González, coordinador nacional en México, a quien muchos conocen). Una mujer que vive un «sí» callado a la voluntad de Dios en una condición de salud que la tiene postrada y sin hablar en cama. Allí en «La Raza» la vi por primera vez en esas condiciones y percibí su respuesta a esa a veces «extraña» voluntad de Dios. Segundo, yo no iba a ver a Fidel, sino a Antonio, pero, al terminar de ungir a este papá de una de las personas de la parroquia, una señora, la esposa de Fidel, me llamó para que lo visitara. Al ver a Fidel, me vio y me dijo con voz serena y ayudado del oxigeno para respirar: «Aquí estoy, acompañando a Cristo»... ¿Qué más se puede decir? ¡Bendecido viernes ya de lleno en el ministerio sacerdotal aquí en la parroquia de Fátima en la vuelta a la realidad de cada día!
Padre Alfredo.
martes, 13 de febrero de 2018
«Vencer las tentaciones»... Un pequeño pensamiento para hoy
Como decía ayer, hoy la liturgia de la palabra nos presenta como primera lectura un trocito de la carta del apóstol Santiago (St 1,12-18). No leeremos más estos días esta carta que llega al corazón, nos quedaremos solamente en el primer capítulo porque mañana iniciaremos el privilegiado tiempo de la Cuaresma. Hoy nos encontramos en ella el tema de la tentación. Santiago nos dice que Dios no es el que tienta. La tentación, como inclinación al mal la llevamos en nuestro interior, en nuestro corazón que se deja llevar por la concupiscencia "que arrastra y seduce" (St 1,14). Lo que viene de Dios es siempre el bien, nunca el mal. Dios nos ama y por eso quiere siempre para nosotros el bien invitándonos a ir a metas más altas de santidad cada día. Un bien que hemos de buscar a través de los acontecimientos de la vida, que no son siempre agradables y deseables pero que debemos leerlos siempre desde el corazón, u corazón que quiere hacerse como el de Jesús: "manso y humilde" (Mt 11,29). Incluso cuando todo parezca ir mal, debemos ver que la voluntad de Dios nos inclina al bien, a mirarlo a Él y a buscar realizar su proyecto para con cada uno de nosotros y a través de nosotros, como discípulos-misioneros suyos, para los demás. Cada uno debemos ser, como decía la Madre Teresa Botello, aquella mujer maravillosa que muchos recordamos y que por más de 20 años caminó junto a la beata María Inés como su más fiel colaboradora: "un espacio de santificación para nuestros hermanos".
Pero nosotros, entendemos poco y muchas veces hasta culpamos a Dios de las tentaciones que se nos presentan en medio de las adversidades de la vida que, siendo tan sencillas, como lo que les pasa a los apóstoles en el Evangelio de hoy cuando olvidan los panes y solo tenían uno (Mc 8,14-21) nos dejamos despintar el corazón. "¿Todavía no entienden ni acaban de comprender? ¿Tan embotada está su mente? cuestiona Jesús a los que iban con él en la barca (Mc 8,17). Los apóstoles de han dejado llevar por la tentación de la duda, de la falta de confianza en el Maestro. ¡Están preocupados por los panes cuándo Él acaba de hacer una multiplicación! A ellos por el momento los preocupa más la comida material que el pensamiento del Maestro. Al oír hablar de "la levadura de los fariseos y de la de Herodes" (Mc 8,15) piensan antes en el pan material y la tentación de quedarse sin comer o de culpar a alguno que olvidó la comida, ya no escuchan al Señor.
A todos nos puede suceder que la tentación nos ciegue. Puede pasar que a lo largo del día descubramos que la causa de nuestros miedos, de nuestras dudas, de nuestros enojos y demás, sea a causa de alguna tentación grande o pequeña que nos haya nacido en el corazón. Esta es una mala experiencia que hemos tenido y que está siempre buscando atacar. "Quédense despiertos y oren para que no caigan en tentación" dice Jesús a los apóstoles en medio de otra situación más difícil que la falta de pan para la comida (Mt 26,41). Entonces, cuando nos damos cuenta de que el enemigo nos está tentando, tenemos que detenernos para pedir al Espíritu Santo que sane ese corazón afligido por la tentación, que derrame su poder, que nos regale una firme confianza para que esa tentación abandone nuestra mente y nuestro corazón y hacer presente a Cristo en ese momento abrazándonos, rescatándonos, liberándonos de aquella tentación, arrancándonos de esa congoja. Para superar las tentaciones es entonces sumamente importante que pidamos la luz del Espíritu Santo y enfrentemos con coraje y sinceridad al enemigo, aunque precisamente nos cause terror encontrarnos con nuestra propia miseria. Es desde nuestra miseria que podemos lanzarnos a vencer la tentación con la luz del Espíritu y convertirnos en "un espacio de santificación" para quienes nos rodean. Colosenses 3,2 dice: "Pongan la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra". De lo alto no vendrán tentaciones sino el inmenso amor de un Dios misericordioso a quien decimos: "No nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal". Si nuestras mentes y corazones buscan la santidad de Dios, el amor y la compasión de Cristo en su Palabra y en su Eucaristía, encontraremos que así se puede vencer la tentación. Que María, la llena de gracia, la hija predilecta del Padre, la Madre de Cristo y la esposa fiel del Espíritu Santo interceda por nosotros y nos aliente a seguir en la lucha por vencer el mal. Hoy termina la primera parte del tiempo ordinario y mañana empezamos la Cuaresma... ¡Una buenísima oportunidad para confesarse! Feliz martes.
Padre Alfredo.
lunes, 12 de febrero de 2018
«Señales»... Un pequeño pensamiento para hoy
El texto de la primera lectura que este lunes nos propone la liturgia de la palabra de la Eucaristía es el inicio de la carta de Santiago, en el que se expresa quien es el autor y quienes son los destinatarios de la misma (St 1,1-11). El nombre de «Santiago» es la forma griega del nombre hebreo Jacobo. Sabemos de Santiago que se convirtió en un apóstol y líder respetado de la Iglesia de Jerusalén (cf Hch 1,15). Esta carta que se le atribuye, se dirige a las doce tribus de Israel en la diáspora o lo que es lo mismo, a la totalidad del pueblo de Dios y por supuesto hasta nosotros. El autor presenta, a modo de índice, diversos temas que desarrollará a lo largo de la carta en la que solo meditaremos dos días, ya que el próximo miércoles, con la imposición de la ceniza, empezamos la cuaresma y con ella un ciclo especial de lecturas. En su carta Santiago habla de temas tales como: la sabiduría que permite al cristiano reconocer en la prueba, un crisol para crecer en la fe, o el tema de la tentación de la riqueza como centro de la vida, una de las principales tentaciones de la comunidad de aquel entonces y de hoy.
La carta en cuestión viene bien a nuestra época y la situación de muchos discípulos-misioneros de hoy, pues es un escrito que nos exhorta a vivir como un gozo la experiencia de la prueba, ya que la crisis nos obliga a hacer un alto para profundizar en nuestra condición de creyentes y nos conduce al estudio de la realidad y a la reflexión para vivir en Cristo. Santiago nos ayuda a sanear las motivaciones (Gn 22,1.12; Dt 8,2) y a revisar nuestras actitudes o capacidades recibidas de Dios. Yo diría que la lectura de la carta del apóstol Santiago ayuda a quien la medite a abrir los ojos y ver aquello que no podíamos o no queríamos ver en nuestra condición de cristianos. Y, unos días antes de la cuaresma, se convierte en una especie de puente para llegar a los territorios esenciales y más valiosos de uno mismo y empezar a trabajar con más fuerza y sabiduría en el camino de conversión y santificación personal. Dice el apóstol y escrito sagrado: «Si a alguno de ustedes le falta sabiduría, que se la pida a Dios y él se la dará: porque Dios da a todos con generosidad y sin regatear» (St 1,5). Si la tenemos bien, y si no, hay que pedirla para poder vivir la cuaresma ya próxima con tal sabiduría, que sepamos aprovechar todos los espacios que nos ofrece para resucitar con Cristo en la Pascua a una viuda nueva.
Por su parte, el brevísimo relato del Evangelio de hoy nos dice que la gente del tiempo de Cristo "pedía señales" (Mc 8,11-13), querían cerciorarse, por la sabiduría que veían que salía de Aquel Hombre, si no que anunciaba era verdad. La comodidad de caminar por las sendas de siempre los tenía muy a gusto e instalados, y la novedad de la Buena Nueva y del anuncio del Reino que Jesús hacía, venía a remover demasiado. Las controversias de Jesús, sobre todo con los fariseos de su tiempo denotan en estos algo de "instalación" que tal vez pudiera estar también en nosotros. La pregunta de aquellos hombres va más por miedo a tener que cambiar que por otra cosa. Y esto nos interpela a nosotros también hoy. ¿Qué capacidad tenemos de apertura ante una nueva propuesta que nos pueda hacer Jesús en esta próxima cuaresma? ¿Qué docilidad para revisar lo ya sabido y avanzar en nuestro caminar de discípulos-misioneros en este tiempo litúrgico de cuaresma que es privilegiado para cambiar? El Señor, al ir empezando una nueva semana laboral y de estudio, nos invita -Gracias a Santiago y a Marcos- a vivir, no a un mero instalarnos; sino a vivir nuestra condición de "pueblo en marcha". No hay otra señal más que la llamada que Dios nos hace y que reclama un sí generoso e incondicional como el de María. Vamos pidiéndole a ella que nos ayude a prepararnos estos dos días para iniciar la cuaresma el miércoles, cuya llegada, es ya inminente.
Padre Alfredo.
domingo, 11 de febrero de 2018
«Señor, si tú quieres, puedes curarme»... Un pequeño pensamiento para hoy
¡Me encanta el domingo! Es el día en que puedo compartir la Eucaristía una, dos, tres o más veces con mucha gente, a diferencia de entre semana en que, como la Misa no obliga, es poca la asistencia -a menos que alguien se haya muerto y haya novenarios y depósitos de cenizas-. La Misa del domingo es una oportunidad hermosa de unirnos en la fe para alabar al Señor, trayendo, a una celebración viva, lo que cada día hacemos para gloria de Dios (1 Cor 10,31-11,1) y fortalecernos con la Eucaristía y la Palabra. Yo sé que celebrando la Misa dominical con una liturgia viva, alegre y vigorosa, se estimula la esperanza de quienes viven en medio de este mundo que a veces, por las condiciones que les rodean, es medio gris. El domingo, al saludar a los feligreses al término de cada Misa, me gusta palpar cómo encuentran muchos en la Celebración Eucarística una especie de astillero en el que se repara la esperanza herida por los altibajos de la vida. Hoy, por ejemplo, la liturgia es muy confortadora. San Pablo nos recuerda que el Señor está siempre con nosotros y que todo debemos hacerlo para gloria de Dios, aún esas cosas que no lucen, que no se aprecian o tal vez hasta se desprecian, en un mundo que ya no sabe mucho de educación y de atención a los demás. San Pablo dice que él no busca su propio interés sino el de los demás para que se salven.
También la liturgia de la palabra del día de hoy nos pone en alerta ante la desesperanza que puede surgir en la lucha de cada día por hacer presente a Dios en donde se le ha sacado o hecho a un lado. Los discípulos-misioneros somos un signo público de esperanza. Es en el entorno en que nos movemos en donde repercute no solo lo que hacemos u omitimos en nombre de Dios, sino también la manera de cómo lo hacemos. Una vida que se desgasta por los demás, siembra alegría y pone esperanza en donde no la hay. Este domingo, el último antes de la Cuaresma, vemos a Jesús que llena de esperanza el corazón de un pobre leproso que con humildad se le acerca y le suplica: "Si tú quieres, puedes curarme" (Mc 1,40-45). ¡Es esperanzador el Evangelio de hoy! En el relato es el enfermo quien se acerca con esperanza a Jesús. Jesús le autoriza a romper la distancia de seguridad que marcaba la Ley y le permite que hable. El Maestro lo acepta y toca al leproso, lo cual estaba completamente prohibido. Es cierto que podría haberle curado sin rozarle, con solo una palabra, pero le toca y eso en presencia de todos, de las multitudes que le seguían cotidianamente. Para que no quepa duda de que su gesto es humano y humanitario, un gesto que colma la esperanza de aquel pobre como colma la esperanza de muchos hoy que viven sumergidos en el dolor de tantas lepras de diversas clases que existen en la humanidad.
¡Qué dura era la vida de un leproso en tiempos de Cristo! Los libros del Deuteronomio y del Levítico, marcaban las reglas a seguir para con ellos (cf. Lev 13,1-2.44-46). Al mismo tiempo que se veía la enfermedad física, se consideraba al enfermo como castigado por Dios, culpable de un pecado, tal vez oculto, que en definitiva era la causa de aquel mal. Así, el pobre leproso no sólo tenía que sufrir su dolencia física, sino que además tenía que padecer, desesperanzado, la humillación y la vergüenza de ser considerado un hombre empecatado. También nuestra carne está enferma y podrida. El corazón se inclina muchas veces al orgullo y a la vanidad, al egoísmo y la soberbia, a la pereza y la sensualidad. También nosotros, en cada Misa -en especial en la del domingo- como aquel leproso, contemplamos a Jesús y entre oraciones, cantos y alabanza, escuchando su Palabra y alimentados con su Cuerpo y con su Sangre, esperamos que nos mire y se compadezca de nosotros, tan sucios y podridos quizás, tan llenos de desesperanza por el propio pecado y el que nos rodea. Desde lo más hondo de nuestro ser repetimos la sencilla plegaria del leproso: "Señor, si tú quieres, puedes curarme". Así una y otra vez. Podemos estar seguros de que Jesús volverá a enternecerse, nos llenará de esperanza y nos dirá: "¡Sí quiero: Sana!" Qué María santísima, la toda pura, Nuestra Señora de la Esperanza, nos aliente a acercarnos a su Hijo Jesús y a vivir intensamente la Misa dominical que a mí tanto me fascina.
Padre Alfredo.
lunes, 29 de enero de 2018
«No dejarse seducir»... Un pequeño pensamiento para hoy
El poder del mal siempre quiere oprimir, maltratar y alienar la vida de muchas personas hoy como lo ha hecho en el pasado, a veces Dios lo permite por cuestiones que, a nuestro poco alcance, no logramos comprender. La estrategia de Absalón, seducido por el mal en cuestión de política, era robar los corazones de la gente por medio de su atractivo personal, grandes apariciones, aparente preocupación por la justicia y abrazos amistosos, cosas con las que dejaba a muchos con los ojos cuadrados, sin embargo, más tarde, Absalón demostró ser un gobernante malvado. —ni que decir, que nosotros no sabemos de casos como ese—. La primera lectura de hoy (2 Sam 15,13-14.30; 16,5-13) nos ayuda, por una parte, a ver la necesidad que tenemos de evaluar a nuestros líderes para asegurarnos de que su carisma no sea una máscara que cubra sus artimañas, la decepción o el hambre de poder y por la otra a reconocer que los errores del padre, a menudo se ven reflejados en las vidas de sus hijos. En Absalón, David vio una repetición y amplificación amarga de muchos de sus propios pecados anteriores.
Dios había predicho que la familia de David sufriría por su pecado contra Betsabé y Urías. Su corazón fue quebrantado cuando se dio cuenta de que las predicciones de Dios se estaban volviendo realidad. Dios perdonó a David, pero no canceló las consecuencias de su pecado. Absalón habría sido un excelente rey. El pueblo lo amaba. Pero en lo íntimo de su ser, carecía de buenas cualidades y del control necesarios en un buen líder. Su apariencia, habilidades y posición no lograron cubrir su falta de integridad personal. Los pecados de David lo separaron de Dios, pero el arrepentimiento lo llevó nuevamente a él. Por el contrario, Absalón pecó, y continuó pecando. No fue lo suficientemente sabio como para evaluar los consejos que recibía. Dios nos ofrece el perdón, pero no lo experimentaremos hasta que admitamos genuinamente nuestros pecados y los confesemos a Dios. Absalón rechazó el amor de su padre, y a la larga, el amor de Dios. ¿Cuán a menudo se pierde la oportunidad de regresar al amor de Dios a través de la puerta del perdón?
Los versos iniciales del Evangelio de hoy (Mc 5,1-20), describen la situación de la gente antes de la llegada de Jesús. Marcos describe el comportamiento del endemoniado, y asocia el poder del mal al cementerio (muerte), a los puercos (impureza), al mar (caos) y a una legión (opresión). El mal es un poder sin rumbo, amenazador, descontrolado y destructor, que da miedo, como el de los malos gobernantes, o incluso cualquier tipo de gente, que se deja engatusar por el mal y se priva de conciencia, de autocontrol y de autonomía llenándose de muerte y de impureza, en un caos que le oprime el corazón y le impide amar. Ante la simple presencia del amor de Dios, el poder del mal se desmorona y se desintegra. En la manera de describir el primer contacto entre Jesús y el hombre poseído, Marcos acentúa ¡la desproporción total! El poder, que antes parecía tan fuerte, se derrite y se derrumba ante Jesús. Lo mismo ha pasado en la situación de David y de muchos, aunque se reconozcan como los más pecadores, al abrir el corazón al amor de Dios, la vida se transforma y se abre un horizonte nuevo: «Vete a tu casa —dice Jesús al exorcizado— a vivir con tu familia y cuéntales lo misericordioso que ha sido el Señor contigo». Pidamos a la Madre de Dios, «refugio de pecadores» que nos ayude a amar más el sacramento de la Reconciliación y a transformar nuestra vida para llevarla, cada día, a metas más altas de santidad. ¡Bendecido lunes!
Padre Alfredo.
domingo, 21 de enero de 2018
«Convertirse para re-estrenar el sí»... Un pequeño pensamiento para hoy
Corintio era una ciudad muy importante en el istmo (franja estrecha de tierra) que separa el norte del sur de Grecia, pero era una comunidad en donde sexo, dinero y poder, se entremezclaban como alimento indispensable de aquel puerto. San Pablo pasó allí 18 meses en su segundo viaje misionero y estableció allí una comunidad cristiana que, luchando contra corriente y entre altas y bajas, supo ser a la vez una comunidad evangelizada y evangelizadora. En el libro de los Hechos de los Apóstoles (Hch 8) se relata de manera prolija todo lo que el Apóstol de las Gentes logró realizar en aquella ciudad. Al terminar su visita a Corintio, san Pablo emprendió de nuevo un viaje, esta vez para visitar Éfeso, Jerusalén, Antioquía, y Galacia (Hechos 18,18-23). Hoy, parece que nosotros vivimos en una nueva «Corinto», en muchas Corintos en las que más de medio mundo celebra el sexo, el dinero, y el poder como valores supremos sin querer dejarse afectar por la manera de pensar de Cristo en cuya fe, la mayoría, ha sido bautizada.
En medio de este mundo, cegado, como el Corinto, por una serie de antivalores que parecen encadenar muchos corazones, ocurren eventos que nos hacen pensar más profundamente. En muchos casos cuando, por ejemplo, la enfermedad toca a la puerta o el problema moral se acrecienta, las cosas que hacía poco parecían a la gente tan importantes, pasan automáticamente al olvido. En una crisis, por mencionar otra cosa, rápidamente todos nos volvemos a enfocar en lo que de verdad es importante en la vida, como por ejemplo en el terremoto en CDMX en septiembre pasado (Este año hubo mucha más gente en las Misas de Navidad y Año Nuevo que el anterior). San Pablo, cuando escribe a los Corintios y percibe en medio de aquella turbulenta situación que rodeaba a los primeros cristianos, que aquel Reino que Cristo anunciaba y que todos esperaban, ya estaba presente en sus vidas, y ellos no lo sabían o no lo percibían (cf. Lc 17,21), les ayudaba a leer la realidad con una mirada diferente. Jesús había revelado a los pobres de su tierra esta presencia escondida del Reino en medio de la gente. Es ésta la semilla del Reino que había recibido la lluvia de su palabra y el calor de su amor y que ahora san Pablo compartía.
Aquel «¡Conviértanse!» que el Maestro había pronunciado al llamar a los primeros discípulos, siguió resonando en el corazón de Pablo y de todos los demás Apóstoles. El sentido exacto de aquello era reformar la manera de pensar y de vivir, aunque se remara contra corriente (1 Cor 7,29-31). Es esa la misma tarea del discípulo¬–misionero de hoy para poder percibir la presencia del Reino en la vida y compartir la Buena Nueva. Todo aquel que sea invitado a seguir a Cristo tendrá que empezar a pensar y a vivir de forma distinta. Tendrá que cambiar de vida y encontrar otra forma de convivencia con el mundo que le rodea. Tendrá que dejar de lado el pasado y permitir que la nueva experiencia de Dios invada su vida y le dé ojos nuevos para leer y entender los hechos. Todo aquel que quiera seguir a Cristo tendrá que «re-estrenar» la vida y mantener un «sí sostenido» como el de María. Pidamos a la Madre de Dios que interceda por nosotros y nos ayude a levantar el corazón hacia Dios para tener el fuego de los primeros discípulos, el fuego de san Pablo y el de tantos beatos y santos que a lo largo de la historia y hasta el día de hoy, siguen expandiendo la Buena Nueva, que, definitivamente, es el mismo fuego que tuvo que poner Jonás en su corazón a pesar de no tener muy claro el plan de Dios. «Levántate y vete a Nínive, la gran ciudad, y predícale el mensaje que te digo.» (Jon 3,1-5.10). Solamente se trata de dejarnos conducir por Dios y re-estrenar el sí. ¡Qué tengas un excelente y bendecido domingo!
Padre Alfredo.
lunes, 20 de noviembre de 2017
«UNA AUTÉNTICA REVOLUCIÓN»... Un pequeño pensamiento para hoy
El día de hoy celebramos en nuestro México lindo y querido un aniversario más de la Revolución, esa revolución del pasado, a la que es importante que, como discípulos-misioneros respondamos con la revolución del presente. No una revolución armada, sino una revolución interior, en la mente y en el corazón, una revolución —conversión— que crezca en anhelos de construir una nueva civilización del amor y establezca la paz interior, la única capaz de transformar el fuero externo. Una revolución que nos quite la ceguera de pensar que con las armas o la violencia se puede cambiar definitivamente algo. ¿Cuántos años han pasado de aquellos enfrentamientos sangrientos y cuánto se ha logrado cambiar? Mientras no haya esa revolución interior que los cristianos llamamos así: «conversión», el mundo seguirá sumergido en sus tejes y manejes, seducido por ideas que parecen mesiánicas y que están muy lejos de llegar a brindar la verdadera y auténtica libertad a la que estamos llamados. No niego que la Revolución Mexicana haya traído cambios a la nación, pero los cristianos tenemos mucho, mucho más que hacer por nuestra tierra, mientras llega el momento del juicio del que esperamos salir absueltos para abrazar la vida eterna.
En el Evangelio de hoy, aparece un ciego que, ante la pregunta de Jesús, cuando es llamado por Él debido a los gritos que daba, expresa: «¡Señor, que vea!» (Lc 18,41). Aquí y ahora también Jesús escucha el grito de tantos pobres que el mundo poderoso no quiere escuchar. De hecho ayer el Papa Francisco celebró la Jornada Mundial de los Pobres y, en su mensaje afirmaba: «Hoy en día, desafortunadamente, mientras emerge cada vez más la riqueza descarada que se acumula en las manos de unos pocos privilegiados, con frecuencia acompañada de la ilegalidad y la explotación ofensiva de la dignidad humana, escandaliza la propagación de la pobreza en grandes sectores de la sociedad entera. Ante este escenario, no se puede permanecer inactivos, ni tampoco resignados. A la pobreza que inhibe el espíritu de iniciativa de muchos jóvenes, impidiéndoles encontrar un trabajo; a la pobreza que adormece el sentido de responsabilidad e induce a preferir la delegación y la búsqueda de favoritismos; a la pobreza que envenena las fuentes de la participación y reduce los espacios de la profesionalidad, humillando de este modo el mérito de quien trabaja y produce; a todo esto se debe responder con una nueva visión de la vida y de la sociedad» (Mensaje del Santo Padre Francisco, Primera jornada mundial de los pobres n0 5. Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario, 19 de noviembre de 2017). ¿Y qué no es esto una revolución?
Jesús le dijo al ciego «Recobra tu vista; tu fe te ha curado» (Lc 18,42). Y al instante aquel hombre recobró la vista y seguía glorificando a Dios. La curación es el fruto de su fe en Jesús. Curado, vive una revolución en su interior y sigue a Jesús y sube con él a Jerusalén donde será crucificado. De este modo, se vuelve discípulo-misionero, modelo para todos nosotros que queremos «seguir a Jesús por el camino» hacia Jerusalén buscando un cambio de vida. ¡Esa es la auténtica revolución! Creer más en Jesús que en nuestras ideas materialistas que aspiran a cambios superficiales. La verdadera revolución se alcanza siguiendo a Cristo, y éste —como dice san Pablo— crucificado (1 Cor 2,2), pues la cruz no es una fatalidad, ni una exigencia de Dios sino un instrumento de cambio. Desde ahí el Señor Jesús revolucionó al mundo. María estaba al pie de la cruz (Jn 19,25) y ahí, en Juan, nos recibió a todos como hijos para que, nosotros también seamos revolucionarios al estilo de su Divino Hijo. Ella nos forma y nos contagia de su «sí» a los planes del Padre para creer en Jesús y entregarse (Lc 9,23-24), para aceptar ser los últimos (Lc 22,26), para beber el cáliz y cargar con la cruz de cada día (Mt 20,22; Mc 10,38) y, al igual que el ciego, aun teniendo las ideas no muy claras, nos decidamos a «seguir a Jesús por el camino» (Lc 18,43). En esta certeza de caminar con Jesús está la fuente de la audacia y la semilla de la victoria sobre la cruz. ¡Qué tengamos un día lleno de bendiciones y que sigamos trabajando en la «revolución» de un corazón que sea nuevo!
Padre Alfredo.
lunes, 2 de octubre de 2017
«RESCÁTAME, SEÑOR»... Una sencilla oración que suele rezar el Papa Francisco
Señor, me he dejado engañar,
de mil maneras escapé de tu amor,
pero aquí estoy otra vez para
renovar mi alianza contigo.
Te necesito.
Rescátame de nuevo, Señor,
acéptame una vez más entre
tus brazos redentores.
Amén.
miércoles, 19 de julio de 2017
El Señor nos llama... Un pequeño pensamiento para hoy
Cada nuevo día es una oportunidad que el Señor nos da para ser nuevos, estar atentos y escuchar su voz. ¡Cómo Moisés en el libro del Éxodo, cuya misión la liturgia de la palabra nos está presentando en estos días en la primera lectura tomada del libro del Éxodo.
La Biblia nos presenta, en Moisés, a un hombre que se sabe pecador (había matado a un hombre en Egipto) y perdonado por Dios. ¿Es posible que el Señor de una tarea tan importante a una persona que se ha dejado llevar por su carácter y ha reaccionado de una forma tan primaria? Cuando Dios habla a Moisés, en la zarza ardiente, él «se cubrió el rostro, porque temía ver a Dios» (Ex, 3,6), como Adán, que se le quiso esconder a Dios (Gn 3,9). ¡Qué difícil es entender que Dios nos ama tal cual somos por espera siempre que «seamos nuevos».
Hoy es miércoles y el Señor, en su infinita misericordia, nos llama a vivir. Tiene una misión para la realicemos el día de hoy amando y sirviendo en su nombre. La actitud del hombre y de la mujer de fe es mirar la vida desde una perspectiva nueva con la encomienda que nos da Dios y lanzarse a responder, como María (Lc 1,38). ¡Que valiosa oportunidad para comprometerse con Dios a vivir con una misión que bien sabemos cuál es! Como dice san Pablo: «Olvido el pasado y fijo la mirada en lo que tengo por delante» (Flp 3,13). ¡Feliz y bendecido día!
Padre Alfredo.
domingo, 16 de julio de 2017
jueves, 6 de octubre de 2016
NOVENA A SANTA TERESA DE ÁVILA... Para pedirle nos alcance la conversión y la santidad de vida
DÍA PRIMERO.
ORACIÓN PREPARATORIA PARA TODOS LOS DÍAS:
¡Oh! dulcísimo, amantísimo y reverendísimo Jesucristo, padre de todas las misericordias: aquí me tienes a tus pies para manifestarte que te amo sobre todas las cosas y con el pesar de haberte ofendido, y te suplico de todo corazón me perdones mis culpas y pecados; te suplico también pidas a tu queridísima Madre, María Santísima, me conceda la gracia para rezar esta Novena en honor de tu seráfica y predilecta hija Santa Teresa de Ávila.
ORACIÓN PARA EL PRIMER DÍA:
¡Oh! Amada en Jesucristo y de su querida Madre. ¡Gloriosísima Santa Teresa de Jesús!, inspirada por Dios para reformar la Sagrada orden del Carmen, fuiste espejo de castidad y pureza abrasada en el amor de Dios, ¿por qué no me has de conseguir la gracia de imitarte hasta la muerte? Aquí me tienes postrado a tu divinas plantas deseando obres en mí esa celestial sabiduría que te hizo predilecta para Jesucristo y su divina Madre, María Santísima. Yo te dedico esta novena para honra y gloria tuya y bien de mi alma. Amén.
Tres Padrenuestros, Avemarías y Glorias a la Santísima Trinidad y hacer la petición que se desea obtener por medio de esta novena.
ORACIÓN FINAL PARA TODOS LOS DÍAS:
Santa Teresa, esposa virgen, especialmente amada del Crucificado, y doctora de la Iglesia, alcánzame que a imitación tuya prefiera cumplir la voluntad y ganar la amistad el Sumo Bien, antes que todos los goces de la tierra. Dame fortaleza para seguir tu ejemplo de servir públicamente a Cristo con la perfección que Él pide, a pesar de todas las contradicciones. Y que con tu auxilio pueda superar las dificultades de esta vida y merecer el descanso sin fin del cielo. Amén.
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
__________
DÍA SEGUNDO.
ORACIÓN PREPARATORIA PARA TODOS LOS DÍAS:
¡Oh! dulcísimo, amantísimo y reverendísimo Jesucristo, padre de todas las misericordias: aquí me tienes a tus pies para manifestarte que te amo sobre todas las cosas y con el pesar de haberte ofendido, y te suplico de todo corazón me perdones mis culpas y pecados; te suplico también pidas a tu queridísima Madre, María Santísima, me conceda la gracia para rezar esta Novena en honor de tu seráfica y predilecta hija Santa Teresa de Ávila.
ORACIÓN PARA EL SEGUNDO DÍA:
Aquí me tienes ¡oh Dios mío! a mí, vil gusanillo de la tierra, ciego por el camino de la perdición, que no teniendo en cuenta lo que padeciste por toda las criaturas, sufriendo tu sacratísima pasión y muerte por todos los pecadores, dame, Señor, esa luz divina que me inspire en tu bondad y misericordia infinita, para que sea digno de alcanzar la bienaventuranza, como la alcanzó la seráfica y gloriosa virgen Santa Teresa de Jesús. Amén.
Tres Padrenuestros, Avemarías y Glorias a la Santísima Trinidad y hacer la petición que se desea obtener por medio de esta novena.
ORACIÓN FINAL PARA TODOS LOS DÍAS:
Santa Teresa, esposa virgen, especialmente amada del Crucificado, y doctora de la Iglesia, alcánzame que a imitación tuya prefiera cumplir la voluntad y ganar la amistad el Sumo Bien, antes que todos los goces de la tierra. Dame fortaleza para seguir tu ejemplo de servir públicamente a Cristo con la perfección que Él pide, a pesar de todas las contradicciones. Y que con tu auxilio pueda superar las dificultades de esta vida y merecer el descanso sin fin del cielo. Amén.
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
__________
DÍA TERCERO.
ORACIÓN PREPARATORIA PARA TODOS LOS DÍAS:
¡Oh! dulcísimo, amantísimo y reverendísimo Jesucristo, padre de todas las misericordias: aquí me tienes a tus pies para manifestarte que te amo sobre todas las cosas y con el pesar de haberte ofendido, y te suplico de todo corazón me perdones mis culpas y pecados; te suplico también pidas a tu queridísima Madre, María Santísima, me conceda la gracia para rezar esta Novena en honor de tu seráfica y predilecta hija Santa Teresa de Ávila.
ORACIÓN PARA EL TERCER DÍA:
¡Oh! mi buen Jesús, Dios y Señor de todo lo criado; yo te adoro y te amo de todo corazón con arrepentimiento sincero de todas mis culpas y pecados. ¿Por qué mi Dios y Señor, no has de abrasar mi corazón como a tu amada esposa Santa Teresa de Jesús? Comunícame, Señor, esa llama celestial que limpie mi alma de toda culpa, para que pueda alcanzar la gloria que tanto deseo. Amén.
Tres Padrenuestros, Avemarías y Glorias a la Santísima Trinidad y hacer la petición que se desea obtener por medio de esta novena.
ORACIÓN FINAL PARA TODOS LOS DÍAS:
Santa Teresa, esposa virgen, especialmente amada del Crucificado, y doctora de la Iglesia, alcánzame que a imitación tuya prefiera cumplir la voluntad y ganar la amistad el Sumo Bien, antes que todos los goces de la tierra. Dame fortaleza para seguir tu ejemplo de servir públicamente a Cristo con la perfección que Él pide, a pesar de todas las contradicciones. Y que con tu auxilio pueda superar las dificultades de esta vida y merecer el descanso sin fin del cielo. Amén.
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
__________
DÍA CUARTO.
ORACIÓN PREPARATORIA PARA TODOS LOS DÍAS:
¡Oh! dulcísimo, amantísimo y reverendísimo Jesucristo, padre de todas las misericordias: aquí me tienes a tus pies para manifestarte que te amo sobre todas las cosas y con el pesar de haberte ofendido, y te suplico de todo corazón me perdones mis culpas y pecados; te suplico también pidas a tu queridísima Madre, María Santísima, me conceda la gracia para rezar esta Novena en honor de tu seráfica y predilecta hija Santa Teresa de Ávila.
ORACIÓN PARA EL CUARTO DÍA:
Te saludo resplandeciente lirio de la hermosura y sosegada primavera, Virgen Sagrada, divina esposa de Jesucristo que mereciste los dones celestiales y la predilección de María Santísima dando al mundo ejemplos de virtud y de ternura, por lo que mereciste ser colmada de los dones celestiales. Te suplico ¡oh Santa Teresa de Jesús! me comuniques la gracia del Eterno que tú mereciste para ser admitida en el seno de los cielos, para tener la dicha de acompañarte en la mansión de los justos. Amén.
Tres Padrenuestros, Avemarías y Glorias a la Santísima Trinidad y hacer la petición que se desea obtener por medio de esta novena.
ORACIÓN FINAL PARA TODOS LOS DÍAS:
Santa Teresa, esposa virgen, especialmente amada del Crucificado, y doctora de la Iglesia, alcánzame que a imitación tuya prefiera cumplir la voluntad y ganar la amistad el Sumo Bien, antes que todos los goces de la tierra. Dame fortaleza para seguir tu ejemplo de servir públicamente a Cristo con la perfección que Él pide, a pesar de todas las contradicciones. Y que con tu auxilio pueda superar las dificultades de esta vida y merecer el descanso sin fin del cielo. Amén.
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
__________
DÍA QUINTO.
ORACIÓN PREPARATORIA PARA TODOS LOS DÍAS:
¡Oh! dulcísimo, amantísimo y reverendísimo Jesucristo, padre de todas las misericordias: aquí me tienes a tus pies para manifestarte que te amo sobre todas las cosas y con el pesar de haberte ofendido, y te suplico de todo corazón me perdones mis culpas y pecados; te suplico también pidas a tu queridísima Madre, María Santísima, me conceda la gracia para rezar esta Novena en honor de tu seráfica y predilecta hija Santa Teresa de Ávila.
ORACIÓN PARA EL QUINTO DÍA:
¡Oh! mi amada Santa Teresa de Jesús; yo te escojo como ayuda piadosa, Madre de mi flaqueza, de mis atenciones y necesidades; yo me entrego en tus brazos, lleno de arrepentimiento de todos mis pecados, para que me cubras con tu hábito seráfico como a hijo tuyo, para que me consueles con tu gracia pidiendo a tu Esposo, Jesucristo, y a su purísima Madre por este mortal que desea de todo corazón participar de la gloria reservada a las almas justas. Amén.
Terminar con tres Padrenuestros, Avemarías y Glorias a la Santísima Trinidad y hacer la petición que se desea obtener por medio de esta novena.
ORACIÓN FINAL PARA TODOS LOS DÍAS:
Santa Teresa, esposa virgen, especialmente amada del Crucificado, y doctora de la Iglesia, alcánzame que a imitación tuya prefiera cumplir la voluntad y ganar la amistad el Sumo Bien, antes que todos los goces de la tierra. Dame fortaleza para seguir tu ejemplo de servir públicamente a Cristo con la perfección que Él pide, a pesar de todas las contradicciones. Y que con tu auxilio pueda superar las dificultades de esta vida y merecer el descanso sin fin del cielo. Amén.
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
__________
DÍA SEXTO.
ORACIÓN PREPARATORIA PARA TODOS LOS DÍAS:
¡Oh! dulcísimo, amantísimo y reverendísimo Jesucristo, padre de todas las misericordias: aquí me tienes a tus pies para manifestarte que te amo sobre todas las cosas y con el pesar de haberte ofendido, y te suplico de todo corazón me perdones mis culpas y pecados; te suplico también pidas a tu queridísima Madre, María Santísima, me conceda la gracia para rezar esta Novena en honor de tu seráfica y predilecta hija Santa Teresa de Ávila.
ORACIÓN PARA EL SEXTO DÍA:
Amada Santa Teresa de Jesús; aquí me tienes sumiso y arrepentido de todos mis pecados, pidiéndote la protección de Jesús y de su divina Madre, María Santísima, para que por su intercesión me concedas tres cosas: la primera, que tenga Dios misericordia de mí por mis muchos pecados cometidos; segunda, gracia para servirle cumpliendo los Mandamientos de Dios y no caer en pecado mortal, y la tercera, que me socorras en el trance crítico de la muerte para morir en su santa gracia, que ruegues por mí le pido a Nuestro Señor Jesucristo y a la Santísima Virgen María. Amén.
Terminar con tres Padrenuestros, Avemarías y Glorias a la Santísima Trinidad y hacer la petición que se desea obtener por medio de esta novena.
ORACIÓN FINAL PARA TODOS LOS DÍAS:
Santa Teresa, esposa virgen, especialmente amada del Crucificado, y doctora de la Iglesia, alcánzame que a imitación tuya prefiera cumplir la voluntad y ganar la amistad el Sumo Bien, antes que todos los goces de la tierra. Dame fortaleza para seguir tu ejemplo de servir públicamente a Cristo con la perfección que Él pide, a pesar de todas las contradicciones. Y que con tu auxilio pueda superar las dificultades de esta vida y merecer el descanso sin fin del cielo. Amén.
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
__________
DÍA SÉPTIMO.
ORACIÓN PREPARATORIA PARA TODOS LOS DÍAS:
¡Oh! dulcísimo, amantísimo y reverendísimo Jesucristo, padre de todas las misericordias: aquí me tienes a tus pies para manifestarte que te amo sobre todas las cosas y con el pesar de haberte ofendido, y te suplico de todo corazón me perdones mis culpas y pecados; te suplico también pidas a tu queridísima Madre, María Santísima, me conceda la gracia para rezar esta Novena en honor de tu seráfica y predilecta hija Santa Teresa de Ávila.
ORACIÓN PARA EL SÉPTIMO DÍA:
¡Oh Dios misericordioso y clemente! cuyo espíritu de bondad manifiestas a los mortales cuanto más pecadores se te manifiestan. Eres, pues, pastor de las ovejas descarriadas que con tu infinita bondad y misericordia las diriges al redil de la bienaventuranza. Te pido, mi buen Jesús, infiltres en mí ese espíritu divino para que yo me arrepienta de todos los pecados cometidos durante mi vida; sea yo tan feliz mereciendo la gracia que prodigaste a Santa Teresa de Jesús, haciéndola esposa tuya y que merezca los dones que recibió de tu querida Madre para alabarte, bendecirte y gozarte en la gloria por siempre jamás. Amén.
Terminar con tres Padrenuestros, Avemarías y Glorias a la Santísima Trinidad y hacer la petición que se desea obtener por medio de esta novena.
ORACIÓN FINAL PARA TODOS LOS DÍAS:
Santa Teresa, esposa virgen, especialmente amada del Crucificado, y doctora de la Iglesia, alcánzame que a imitación tuya prefiera cumplir la voluntad y ganar la amistad el Sumo Bien, antes que todos los goces de la tierra. Dame fortaleza para seguir tu ejemplo de servir públicamente a Cristo con la perfección que Él pide, a pesar de todas las contradicciones. Y que con tu auxilio pueda superar las dificultades de esta vida y merecer el descanso sin fin del cielo. Amén.
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
__________
DÍA OCTAVO.
ORACIÓN PREPARATORIA PARA TODOS LOS DÍAS:
¡Oh! dulcísimo, amantísimo y reverendísimo Jesucristo, padre de todas las misericordias: aquí me tienes a tus pies para manifestarte que te amo sobre todas las cosas y con el pesar de haberte ofendido, y te suplico de todo corazón me perdones mis culpas y pecados; te suplico también pidas a tu queridísima Madre, María Santísima, me conceda la gracia para rezar esta Novena en honor de tu seráfica y predilecta hija Santa Teresa de Ávila.
ORACIÓN PARA EL OCTAVO DÍA:
Señor mío Jesucristo: yo te adoro y te amo de todo corazón y quisiera participar de los dolores de tu Pasión y muerte que sufriste por nosotros los pecadores: pase por mí también el amargo cáliz de tantos padecimientos, ya que marchaste al sacrificio de tu pasión y muerte, lleve yo esa cruz al calvario de mis culpas como te dignaste favorecer a Santa Teresa de Jesús, para que mi alma quede purificada y pueda alcanzar la gloria que tienes reservada a los que te sirven. Amen.
Terminar con tres Padrenuestros, Avemarías y Glorias a la Santísima Trinidad y hacer la petición que se desea obtener por medio de esta novena.
ORACIÓN FINAL PARA TODOS LOS DÍAS:
Santa Teresa, esposa virgen, especialmente amada del Crucificado, y doctora de la Iglesia, alcánzame que a imitación tuya prefiera cumplir la voluntad y ganar la amistad el Sumo Bien, antes que todos los goces de la tierra. Dame fortaleza para seguir tu ejemplo de servir públicamente a Cristo con la perfección que Él pide, a pesar de todas las contradicciones. Y que con tu auxilio pueda superar las dificultades de esta vida y merecer el descanso sin fin del cielo. Amén.
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
__________
DÍA NOVENO.
ORACIÓN PREPARATORIA PARA TODOS LOS DÍAS:
¡Oh! dulcísimo, amantísimo y reverendísimo Jesucristo, padre de todas las misericordias: aquí me tienes a tus pies para manifestarte que te amo sobre todas las cosas y con el pesar de haberte ofendido, y te suplico de todo corazón me perdones mis culpas y pecados; te suplico también pidas a tu queridísima Madre, María Santísima, me conceda la gracia para rezar esta Novena en honor de tu seráfica y predilecta hija Santa Teresa de Ávila.
ORACIÓN PARA EL NOVENO DÍA:
Dios y Señor de todo lo criado: ¡cuán grata es a tu divinísima misericordia la muerte de los que abandonan en gracia esta miserable vida y van a ser partícipes de la eterna bienaventuranza! concédeme, Señor, a mí esa virtud con que favoreciste a Santa Teresa de Jesús por sus muchas virtudes dándole una muerte feliz, cuya alma voló al cielo en forma de blanca paloma donde la esperaban gozosos para celebrar su triunfo millares de coros de vírgenes, ángeles, arcángeles y serafines. Te suplico, oh Santa Teresa de Jesús, que pidas por mi a tu esposo, Nuestro Señor Jesucristo y a su bendita Madre, María Santísima, me conceda una buena muerte y que vaya después a gozar la eterna gloria. Amén.
Terminar con tres Padrenuestros, Avemarías y Glorias a la Santísima Trinidad y hacer la petición que se desea obtener por medio de esta novena.
ORACIÓN FINAL PARA TODOS LOS DÍAS:
Santa Teresa, esposa virgen, especialmente amada del Crucificado, y doctora de la Iglesia, alcánzame que a imitación tuya prefiera cumplir la voluntad y ganar la amistad el Sumo Bien, antes que todos los goces de la tierra. Dame fortaleza para seguir tu ejemplo de servir públicamente a Cristo con la perfección que Él pide, a pesar de todas las contradicciones. Y que con tu auxilio pueda superar las dificultades de esta vida y merecer el descanso sin fin del cielo. Amén.
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)






