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jueves, 16 de noviembre de 2017

«Un “YA” pero “TODAVÍA NO”»... Un pequeño pensamiento para hoy


La inquietud sobre el día del fin del mundo la conozco desde que tuve uso de razón. Recuerdo que de pequeño escuchaba que nuestros hermanos Testigos de Jehová decían que en 1974 se iba a acabar el mundo. Pero eso no era una novedad, los fariseos del tiempo de Jesús ya tenían esa turbación en sus vidas. Es que ellos esperaban un Mesías triunfante, que restableciera el antiguo esplendor de Israel y Jesús, desde el comienzo, decía que su Reino no era de este mundo. El Reino es algo más espiritual, invisible, pero presente desde el momento en que Jesús se encarnó. Como nos enseñaba el padre José Antonio Muguerza en la clase de Liturgia cuando era seminarista: «Un “YA” pero “TODAVÍA NO”» (Lc 17,21). Es que el Reino, si nos hemos dejado alcanzar por Jesús, está ya dentro de nosotros. Y por eso no debemos ponernos nerviosos, pensando en la llegada del último día. Lo importante es centrarse en el «aquí y ahora» y estar preparados como discípulos-misioneros. Este es el tema del Evangelio de hoy (Lc 17,20-25) y de los próximos días en que la liturgia nos hablará de la llegada del fin de los tiempos.

El Reino de Dios ya está entre nosotros pues, pero no completamente. Está entre nosotros porque Jesús ya ha venido a la tierra y nos ha dejado su presencia. Pero todavía falta algo. Es necesario que el Reino llegue al corazón de cada hombre. Sólo entonces podremos decir que ya ha llegado en toda su plenitud. Y esa llegada de la plenitud Reino no depende de los pronósticos que se hagan por las guerras, terremotos o situaciones de cambio social que se presenten... ¡estos han existido siempre!, sino que es algo mucho más sutil, menos notorio. Es un gobierno sobre los corazones, cuya ley es la caridad y Cristo es el soberano. Pero, una cosa si es cierta, antes de la llegada de ese Reino está la presencia de la Cruz (Lc 17,25). «Así será la venida del Hijo del hombre en su día. Pero antes tiene que padecer mucho y ser rechazado por los hombres de esta generación». La Cruz siempre nos acompañará como «expresión de la sabiduría y del poder de Dios (1Cor 1,23). El camino para la Gloria, cuando se completará el gozo que el Reino nos trae, tiene que pasar necesariamente por la cruz. La vida de Jesús es nuestro canon, es la norma canónica para todos nosotros, no hay otra manera de alcanzar esta plenitud.

Creer en Jesús y en Su Reino es lo que a nosotros nos toca. Pero este no es un asunto racional, al que llegaremos por el convencimiento basado en el método científico. Es cuestión de Fe. Para esto es preciso dejarse alcanzar por Jesús, oírle, dejar que su Palabra penetre en nuestras vidas; amarle y hacerle amar. Si pretendemos desentrañar y demostrar científicamente que esto es lo que debemos hacer, nos perderemos en disquisiciones. Solo abrazando la Cruz y poniéndonos en manos de Dios nuestro testimonio de vida podrá ser tan claro y diáfano —«como el relámpago que atraviesa e ilumina todo el cielo de extremo a extremo» (Lc 17,24)—que hable de la llegada del Reino a los demás demostrando que Dios es el centro de nuestras vidas, de nuestra historia y del universo entero. Y todo lo que tenemos que hacer para mostrar que el Reino ya está entre nosotros es amar: amar a Dios por sobre todas las cosas y a nuestro prójimo como a nosotros mismos (Mc 12,30-31). Una ley que parece adversa a la del mundo actual que se empeña en propiciar la defensa egoísta de nuestro bienestar, de nuestro prestigio, de nuestro poder, de nuestra comodidad y de nuestras riquezas. El seguimiento de Jesús exige el amar como María, en cuyo corazón el Reino se empezó a establecer cuando pronunció su «Sí» a los planes de Dios. Su reino es el Reino de Cristo, un reino de amor porque de su eximia caridad nos ama con corazón maternal como hijos suyos y hermanos de su Hijo (cfr. 1 Cor 13,8). ¡Bendecido Jueves rogando a Jesús Eucaristía que «Venga a nosotros su Reino»!

Padre Alfredo.

sábado, 19 de agosto de 2017

Ser como niños para entrar al Reino... Un pequeño pensamiento para hoy

Para entrar en el Reino de los Cielos hay que hacerse como niños, dice Jesús en el Evangelio (Mt 19,13-15). De alguna manera, cuando leemos este pasaje, entendemos que la lógica de Jesús no es la nuestra. Los niños no contaban para nada en el mundo judío de la época de Jesús, de la misma manera que hoy sucede en algunas culturas, por eso a los discípulos les resultaba hasta molesto que la gente pretendiera que los niños se acercaran a Jesús. Él, como muchas otras veces, les desconcierta. ¡El reino de los cielos va a ser para los que son como los niños! Pero en este mundo... ¿a quién se le antoja ser como los niños? Pretendemos crecer y ser adultos, «madurar» y dejarnos de infantilismos... ¡Y seguro que todo ello está bien! Pero con el paso del tiempo hemos dejado de ser niños y, sin saber por qué, parece que hemos perdido a la vez, aquella inocencia que nos hacía dignos de entrar en el Reino de los cielos. En los tiempos de Cristo, los niños no eran conocedores de la Ley y, por supuesto no la practicaban. Se les despreciaba como a los pobres, a las mujeres, a los enfermos crónicos, a los extranjeros. Y si se les despreciaba, no querían que Cristo los bendijera. 

A la frase de Jesús pidiendo que los niños se acerquen a Él, le siguió la que todos tenemos grabada en el corazón y que lo dice todo: «porque de ellos es el Reino de los Cielos» (Mt 19,14). La vida de Jesús estuvo llena de detalles hacia los niños, mujeres, pobres y enfermos, las personas menos consideradas por la sociedad de la época. La Iglesia que hemos de seguir construyendo es esta, la que Cristo inició, la que no puede despreciar a nadie, mucho menos a los más pequeños que en plena Misa se sueltan llorando, que quieren correr por el pasillo central porque les parece enorme, que preguntan que por qué Jesusito está «morido», que a la hora de comulgar piden a los papás «papitas de Dios»... ¿Dejamos que los niños se acerquen a Dios, o preferimos que mejor no vengan al Templo para que no molesten? ¿Dejamos que los niños conozcan a Dios explicándoles desde pequeños nuestra fe o los dejamos a la deriva que corran, salten y brinquen en plena Misa? ¿Los llevamos a la Misa Dominical y nos hacemos responsables de ellos o mejor no vamos? ¿Les llevamos un juguetito «silencioso» o les soltamos las llaves para que hagan cuanto ruido puedan y se entretengan? ¿Sabemos las estadísticas de los abortos diarios por el desprecio a los niños? ¡Qué va! También en nuestro ambiente se desprecia con frecuencia entonces a los niños. No se les hace caso, no se les ayuda a crecer como Dios quiere en nuestra fe... ¡Hay mucho que hacer por ellos, para llegar a ser como ellos y entrar al Reino! 

¿Cómo tratarían José y María a Jesús niño? ¿Qué recuerdos le quedarían a él de su participación en la sinagoga de pequeño? ¿Cómo iría aprendiendo a vivir la fe y a comportarse en las celebraciones de su tiempo? ¡Por algo diría que el Reino de los Cielos es de los que son como los niños! Y es que el niño es alguien que no se vale por sí mismo, tiene que ser enseñado, acompañado: El niño es tan débil como el pobre o el marginado, tiene necesidad de los demás. Ojalá dejemos que José y María, que deben haber sido unos padres extraordinarios, iluminen este sábado y siempre el corazón de tantos papás y abuelos que cuidan de los niños, para no dejar escapar esta Palabra de Dios sin que fecunde su actuar. y entender lo que Jesús pretende decir Al reino se entra por la pobreza y por la debilidad. Con un corazón de niño: Un corazón sencillo, un corazón limpio, un corazón sin prejuicios un corazón siempre abierto a la novedad. Hasta el mismo Dios se hizo niño como cualquier niño. Y hasta Jesús nos propone al niño como modelo para ingresar al Reino de Dios. ¡Bendecido sábado! 

Padre Alfredo.

domingo, 30 de julio de 2017

Un tesoro, una perla, una red... Un pequeño pensamiento para hoy

El Papa Emérito, Benedicto XVI, en su libro «La sal de la tierra» escribe: «Tener trato con Dios para mí es una necesidad. Tan necesario como respirar todos los días, como ver la luz o comer a diario, o tener amistades... Si Dios dejara de existir, yo no podría respirar espiritualmente. En el trato con Dios no hay hastío posible. Tal vez pueda haberlo en algún ejercicio de piedad, en alguna lectura piadosa, pero nunca en una relación con Dios como tal». Dios y el trato con él es el gran tesoro que tenemos, porque allí, en esa relación con él, tenemos el tesoro, la perla preciosa y la red que le da sentido a nuestra vida.

Hoy es domingo, en un rato o unas horas más, escucharemos  en el evangelio de Misa que el reino de Dios es como encontrar un tesoro o una perla preciosa, o como echar una red; y recitaremos como familia en la fe el «Padrenuestro» diciendo: «venga a nosotros tu Reino». Por el Reino de los cielos —dice Jesús— vale la pena dejarlo todo. Pero ¿qué es todo en esta sociedad «desencantada»? «Todo» es... ¡todo!:  seguridad económica, buena fama, expectativas, el «yo»... para vivir al estilo de Jesús. En una combinación de lo nuevo que hay que descubrir y lo antiguo que vale la pena conservar, vamos encontrando el Reino y sus valores.

¿Estamos buscando nosotros fe, como hombres y mujeres de  fe, algo o a Alguien en este mundo? ¿Creemos de verdad que hay un tesoro escondido o una perla preciosa? ¿Estamos dispuestos a venderlo todo a cambio de ese tesoro o de esa perla?... Nuestro tiempo para asistir a Misa, algo de nuestro dinero para ayudar  a quien lo necesita, nuestra voz para dar un poco de aliento al que lo necesita... De la mano de María pidamos a Dios, como Salomón, que nos dé discernimiento y sabiduría para descubrir el tesoro, la perla... la red. ¡Feliz y bendecido domingo!

Padre Alfredo.

viernes, 19 de mayo de 2017

«EL REINO DE DIOS»... Una realidad que empieza a vivirse aquí en la tierra

Nuestro Señor Jesucristo vino a establecer su reino predicando constantemente sobre el Reino de Dios, el Reino de los Cielos, con palabras, parábolas, imágenes, milagros y con su mismo testimonio de vida. Al mismo tiempo que nuestro Señor Jesucristo predicó, quiso asdemás hacer de ese reino una organización visible, esta organización visible es la Iglesia (cf. Mt. 16, 18; 18, 17).

Aún cuando se trate de un misterio interior, el Reino de Dios no puede reducirse solamente a este solo aspecto. El término «Reino» está primordialmente relacionado con el misterio de la vivencia de nuestra fe, así como el término «Iglesia» subraya más bien una institución visible y organizada.

Este reino consiste en la nueva y eterna alianza entre Dios y los hombres, esta alianza fue realizada por Cristo, se trata de un misterio de perdón, de comunión íntima, siendo ésta un don gratuito de Dios a los hombres; es un misterio de acogida y de opción libre que se realiza en nuestro señor Jesucristo.

La realización de este reino es una cosa progresiva, desde el momento en que el Señor apareció el reino se hace presente ya en medio de nosotros en su persona, es decir, en la persona de Cristo (Cf. Lc, 17-21). Como nos decía en clase el padre José Antonio Muguerza cuando yo era seminarista, hace algunos ayeres y un antier... El Reino de Dios «es un ya... pero todavía no». O sea, un «ya», en el sentido de que en el momento en que Cristo lo instaura, deja de ser una promesa; y un «todavía no» porque es a la vez una realidad del mundo futuro, un hecho que no está totalmente realizado. El creador de este reino es Dios mismo. La predicación que Cristo hace acerca de este reino es una preparación para recibirlo en plenitud.

Desde la resurrección de Cristo, el Reino de Dios se ha empezado a establecer. El Reino de los Cielos lucha cada día para derrotar al príncipe de este mundo e ir estableciendo un adelanto del cielo en la tierra gracias a la Iglesia. Si somos fieles a Cristo y a la Iglesia, la victoria será nuestra: «Si sufrimos con Él, reinaremos también con Él» (2 Tim. 2,12). 

En el Evangelio, las parábolas del reino en el capítulo 13 del evangelio de san Mateo, expresan un crecimiento en el Reino, se aplican exclusivamente al Reino de Cristo en la Iglesia, preparando el Reino escatológico de Dios. Vale la pena leerlas y meditarlas: La Parábola del Sembrador (Mt 13, 3-9, 18-23). La Parábola del Trigo y la Cizaña (Mt 13,24-30, 36-43). La Parábola de la Semilla de Mostaza (Mt 13,31-3). La Parábola de la Levadura (Mt 13,33). La Parábola del Tesoro Escondido (Mt 13,44). La Parábola de la Perla de Gran Precio (Mt 13,45-46). La Parábola de la Red (Mt 13,47-50).

El Reino de Dios en el «ya pero todavía no», es la alegría, la intrepidez y el entusiasmo que el Reino ha suscitado en grandes hombres y mujeres de Iglesia (Santos, beatos y venerables) que hicieron a un lado lo que el mundo les prometía a manos llenas, cuando se encontraron con Cristo y entraron a formar parte de su reino. San Francisco, por ejemplo, regaló todo lo que pudo y no rehusó dejar la casa paterna, para entregarse a la dama pobreza, y ser el hombre más libre del mundo. Santa Teresa de Calcuta no dudó en entregar su vida entera a atender y a consolar a los más pobres entre los pobres, para llevarlos a todos al cielo. La beata María Inés Teresa decía que su única recompensa era ese «Oportet Illum Regnare» (1 Cor 15,25) que dejó como lema de su familia misionera: «Urge que Él Reine». Es necesario que el Reino llegue al corazón de cada hombre. Sólo entonces podremos decir que ya ha llegado en toda su plenitud.

El Papa Francisco ha dicho: «Nosotros sabemos que la historia tiene un centro: Jesucristo, encarnado, muerto y resucitado; que está vivo entre nosotros y que tiene una finalidad: el Reino de Dios, Reino de paz, de justicia, de libertad en el amor. Y tiene una fuerza que la mueve hacia aquel fin: es la fuerza del Espíritu Santo. Todos nosotros tenemos el Espíritu Santo que hemos recibido en el bautismo. Y él nos empuja a ir hacia adelante en el camino de la vida cristiana, en el camino de la historia, hacia el Reino de Dios. Este Espíritu es la potencia del amor que ha fecundado el seno de la Virgen María; y es el mismo que anima los proyectos y las obras de todos los constructores de paz. Donde hay un hombre y una mujer constructor de paz, es exactamente el Espíritu Santo quien ayuda y lo empuja a hacer la paz» (S.S. Francisco, 1 de enero de 2014).

Empecemos a establecer el Reino de Dios en nuestro corazón y en nuestra casa. Que cada día Dios sea lo más importante en nuestras vidas, en nuestro ser y quehacer. Buscquemos que el Reino de Dios viva en nuestro corazón de discípulos–misioneros, a través de la oración y la entrega a los demás para que todos conozcan y amen al Señor.

Pidámosle a María, la Reina del Cielo, que sea nuestra guía, nuestra senda de llegada al Reino. Que ella toque con tu suave mirada la dureza de tantos corazones fríos, que ella llene de esperanza los días de oscuridad de este mundo y permita que el mundo vea en nosotros sus hijos el reflejo del fruto de su vientre, que es Jesús que está vivo y resucitado entre nosotros y sigue estableciendo su Reino en el «ya... pero todavía no».

Alfredo Delgado, M.C.I.U.

martes, 31 de mayo de 2016

«EN EL CORAZÓN DE LA IGLESIA, CON MARÍA REINA»... Un tema mariano de reflexión


El Evangelio, en realidad, nos presenta muy pocos aspectos de la vida de María Santísima, la Madre Dios y Reina del Cielo, en su vida terrena. Allí, entre algunos renglones de los evangelistas, nos encontramos a la Virgen creyente que, evangelizada antes de que naciera el Evangelio de Dios, trae, hasta nuestros días, el amor de su Hijo “pan partido”. 

Me doy cuenta, que uno no puede uno dejar de hablar de la Virgen Madre en todo tiempo. En el solo Magnificat, que publica su propia experiencia de Dios, pudiera quedarse uno días enteros haciendo una profunda reflexión. ¡Con razón los santos no se cansan de hablar de ella! Basta ver la vasta doctrina de la beata María Inés Teresa y darse cuenta cómo está impregnada de esa presencia mariana.

La Virgen, experta en el Dios al que ha dado cobijo en su seno, nos habla al corazón acerca de su Hijo y de sus amores desde el momento de la anunciación, que fue posible gracias a su fe, iniciando y recorriendo un camino durante el cual crece su Hijo a la par de la oscuridad en su corazón. La presentación de Jesús niño en el templo es, en este proceso de crecimiento, un signo premonitorio de una vía aún más dolorosa. María tendrá que convivir en casa con un Hijo que se sabe de Dios, pero que le está sujeto por un tiempo. 

El distanciamiento entre Jesús y María es palpable, luego de que el Mesías dejó el hogar para tener el reino como tarea de por vida; Jesús eligió como familia propia a los oyentes de Dios, en presencia de su Madre (la primera entre todos) y sus hermanos (dígase primos y demás familiares). Y antes de morir, y sin pedirle consentimiento,  la dejó cuidando del discípulo más amado y de todos nosotros. En su última aparición dentro del Nuevo Testamento María se queda compartiendo esperas y oraciones con los apóstoles; la comunidad de creyentes es la meta de su peregrinar.

Semejante aventura personal de fe ha convertido a la Santísima Virgen María en la mejor pedagoga para la infancia: la de Jesús, la de la fe incipiente de los discípulos, la de la comunidad cristiana... la de san Luis María Griñón de Montfort, la de san Juan Pablo II, la de la beata María Inés Teresa, la de su santita predilecta santa Teresita, y la nuestra. María está allí, como «Reina y Madre» donde haya de nacer el Salvador, donde se precise cuidar sus primeros pasos viéndolo crecer. En realidad, entonces, es acercándose a María como se puede vivir la llamada “infancia espiritual”, porque al ver a María tan de cerca, se entiende que hay que hacerse como niños para entrar el Reino de los Cielos (Mt 18,3).

Sí, María encuentra un lugar para quedarse y reinar allí donde haya de nacer la fe en el corazón de los discípulos, aunque sea a costa de anticipar el día del Señor y su gloria. Quienes quieran seguir más de cerca a Jesús hoy, necesitan tener a María como reina de sus corazones si quieren, curándose de su curiosidad, convertirse en creyentes. María pertenece reina allí donde nace y crece la iglesia llena siempre de miedos y de esperanzas, allí donde la iglesia vibra en oración y entre la koinonía de los apóstoles. Huérfana de María, no podría, una iglesia que se sabe enviada al mundo, soportar la espera del Espíritu sin perder la esperanza. Por esta y muchas razones a ella se le llama «Reina».

Hoy, la Iglesia del tercer milenio, sigue encontrando en ella una memoria activa y materna que le recuerda y le hace efectiva su fe y su esperanza. San Juan Pablo II hablaba, en su documento "Pastores Gregis" de “María, «memoria» de la Encarnación del Verbo en la primera comunidad”. (PG 14).

Para María, nuestra vida en Cristo sigue siendo su primera y principal preocupación, de manera que cada uno llegue a ser «otro Cristo». Para ella, cada uno somos un hijo «único» en el que ella quiere reinar y ver a su Hijo Jesús. La Iglesia de hoy se siente siempre, como la de siempre, invitada a recurrir a María para encontrar allí el eco de todo el evangelio. En la "Veritatis Splendor", san Juan Pablo II anotaba: “María, acogiendo y meditando en su corazón acontecimientos que no siempre puede comprender, se convierte en el modelo de todos aquellos que escuchan la palabra de Dios y la cumplen” (VS 120).

La actitud de todo creyente de nuestros días respecto a María como reina, ha de ser de la de dependencia de un vasallo que, al mismo tiempo, es hijo. Vivir en comunión de vida con ella como dice san Juan Pablo II: “dejándola entrar en todo el espacio de la vida interior” (Rma 45). Eso quiere hacer la Iglesia cuando la recuerda coronada por la Santísima Trinidad, orando, meditando, contemplando y buscando imitar la excelencia de la Reina de los Cielos para seguir trabajando en nuestro proceso de configuración con Cristo en la misión universal a la que hemos sido llamados.

La misión de la Iglesia, acompañada por María Reina, es nuestra misión y en medio de esta Iglesia, Jesús Eucaristía nos hace dirigir la mirada hacia su Madre, que está pendiente de que no falte el «vino bueno» o vino nuevo de las promesas mesiánicas, que es fruto de “la hora”, es decir, del misterio pascual siempre actualizado de su Hijo Jesús.

El sacrificio u «oblación pura» que se prefiguraba en el Antiguo Testamento y que se ofrecería en medio de todos los pueblos, según la profecía de Malaquías (Ml 1,11), es ahora la Eucaristía. Todos los pueblos formamos el único pueblo de Dios. El agua de la vida nueva en el Espíritu, que brota del corazón traspasado de Cristo, contemplado por su Madre en la Cruz, es el Espíritu Santo, el mismo que ha hecho posible la formación del cuerpo y la sangre de Cristo en el seno de María. El mismo que ahora hace posible a la Iglesia, que el pan y el vino  se conviertan en el cuerpo y sangre del Señor, inmolado en sacrificio y hecho comunión para alimentar a su pueblo hasta que se clausuren los siglos y comience la eternidad. María Reina cuida de cada uno de los vasallos de su Hijo para que sean fieles a su tarea de conquistar el mundo para Él hasta el último momento y sean misioneros de alma, vida y corazón. 

Santa Teresita del Niño Jesús, la santita predilecta de Madre Inés, ya en los últimos momentos de su vida, es encontrada por su médico trenzando dos coronas para adornar una estatua de la Virgen a la que llamaba: “La Virgen de la Sonrisa”. Él se muestra consternado por el mal estado en que ve a la santita. El pulmón izquierdo de santa Teresita estaba ya enteramente invadido por la tuberculosis. Teresita se ahogaba, ya no podía hablar sino con frases entrecortadas y sin embargo, dirigiéndose a la estatua exclama: “¡Mamá!... Me falta el aire de la tierra, ¿cuándo me dará Dios el aire del cielo? Y sin dejar su buen humor, refiriéndose al aire que le falta para respirar dice: ¡Ah!, nunca ha sido esto tan escaso! Su cariño a la Virgen se veía recompensado con una paz inexplicable. Tersita había tenido la delicadeza de decirle tiempo antes a la Virgen: “¡María, si yo fuese la Reina del cielo y Tú fueras Teresa, quisiera ser Teresa para que Tú fueras la Reina del Cielo!” (Oración 21).

Dice la beata María Inés: “Id primero a María, ¡que al fin Madre!, y ella sabrá admirablemente preparar en vuestro favor el Corazón de su Hijo Jesús; luego acompañados de ella id a él, que, ya ganado su Corazón, os acogerá con ternuras indecibles, porque sus entrañas de misericordia se desharán en vuestro favor, primero en consideración y por amor a su Madre a quien nada puede negar, y luego, porque sois el precio de su sangre divina” (CINCO CUADERNITOS f. 476).

Hay dos textos del Nuevo Testamento que tocan la figura de María y quiero referirme a ellos ahora para cerrar esta reflexión: Gálatas 4,4 y Apocalipsis 12,1-18.

En el texto de Gálatas, san Pablo confiesa que Dios ha enviado a su Hijo, nacido de mujer. El texto afirma la condición humana, frágil (cfr. lb 14,1), del Hijo de Dios; nada dice sobre el modo de hacerse hombre; ni la ausencia de varón evoca la concepción virginal de Jesús ni la mención de «mujer» obliga a negarla. San Pablo, en sus cartas, no habla de María e ignora la concepción virginal de Jesús. Aquí algo interesante es la frase: «La plenitud de los tiempos», porque esta plenitud se concreta en la concepción virginal de Cristo por obra del Espíritu Santo en el seno de María, y esto invita a discernir «los signos de los tiempos» (Mt 16,3) en la historia de la Iglesia hasta nuestros días. María, como Reina y Madre, sigue acompañando a la Iglesia e incentivándola a vivir como comunidad de hijos, de creyentes y de vasallos.

El texto del Apocalipsis, donde aparece la mujer vestida de sol que logra dar a luz mientras es acosada por el dragón, es un escrito, como todos los del Apocalipsis, confuso; porque, desde hace años, el descubrimiento de la biblioteca de Qumrán ha contribuido a entender que la mujer es figura de un resto fiel de Israel, del que se esperaba diera a luz al Mesías (1 QH 3,7-12); el autor del Apocalipsis ve cumplido ese nacimiento el día de pascua; la mujer parece ser más bien símbolo de la comunidad, más bien celestial que terrena; pero una lectura acomodaticia ha permitido entenderla referida a la Madre de Jesús como Reina que es, precisamente, figura de la Iglesia peregrina, que camina hacia el encuentro definitivo con Cristo resucitado en el más allá para ganar la corona. María, precediendo a la Iglesia, ya ha llegado a esta realidad escatológica, final que es fruto de la redención de Cristo y ha recibido la corona.

Mientras nos encaminamos hacia ese final, la Reina de cielos y tierra va con nosotros acompañándonos en los misterios de la vida, que son los mismos de su Hijo: Gozo, luz, dolor y gloria; todo se entremezcla en la vida del creyente. Son los misterios del santo Rosario, que alientan nuestro ir y venir de cada día. Es el mismo rosario de la Virgen decía san Juan Pablo II: “Los recuerdos de Jesús, impresos en su alma, la han acompañado en todo momento, llevándola a recorrer en el pensamiento los distintos episodios de su vida junto al Hijo. Han sido aquellos recuerdos los que han constituido, en cierto sentido, el rosario que Ella ha recitado constantemente en los días de su vida terrenal”. María Inmaculada y asunta a los cielos y coronada allá en lo alto, es «la gran señal» para la Iglesia peregrina: “Mirándola a ella conocemos la fuerza transformadora que tiene la Eucaristía. En ella vemos el mundo renovado por el amor”. (EdE 62)

1. ¿Me ayuda esta reflexión a encontrar un propósito para crecer en mi amor a María?
2. ¿Cómo puedo enamorarme más de María y hacer que reine en mi corazón buscando cosas concretas que me ayuden a ello?
3. ¿Cómo resumiría la experiencia Eucarística y Mariana de mi vida?
4. ¿Qué podré dar a los demás de mi amor a María
4. ¿Con qué cosas de cada día puedo coronar a María?

Alfredo Delgado, M.C.I.U.

sábado, 30 de abril de 2016

«Quien no acoja el reino de Dios como un niño no entrará en él»... Marcos 10,13-16)


Hoy la sociedad mexicana, desde 1924, celebra el día del niño, coincidiendo con la presentación del primer documento sobre los derechos de los niños, que se promulgó y aprobó por la ONU hasta 1989. Este día ofrece una buena oportunidad para que los «adultos» meditemos en ese pasaje evangélico en el que Nuestro Señor nos pide ser como niños para acoger el reino de Dios en nuestras vidas. ¿Qué significa «acoger el reino de Dios como un niño»? ¿Qué hay en un niño para que Jesús hable de esta manera? Este pasaje corresponde a una palabra del mismo Jesús en el evangelio de san Mateo: «Si no cambian y no se hacen como niños, no entrarán en el reino de los cielos.» (Mateo 18,3) 

Hace 27 años, en un día como hoy, recibí la ordenación diaconal. No puedo dejar de pensar, cada año, que algo me quiso decir el Señor por haber recibido esta gracia tan especial «en el día del niño» y me viene ahora compartir una reflexión con cosas de aquí y de allá en torno a este pasaje evangélico.

Hacerse como niños para acoger el reino es lo mismo que volver a nacer, o comenzar la vida otra vez con un nuevo optimismo que despierte una vida nueva, haciendo a un lado el pesimismo que tenemos respecto a nuestra propia vida.  Las palabras de Jesús abren un horizonte de esperanza. ¡También nosotros tenemos la oportunidad de realizar nuestra vida como la vive un niño! Un niño no ha cometido tantos errores, como nosotros sí los hemos amontonado. Un niño no ha desperdiciado tantas oportunidades como las que nosotros hemos arruinado. Pero un niño tampoco ha tomado ninguna decisión acertada y tampoco ha aprovechado aún ninguna oportunidad. En esto estamos en igualdad de condiciones. Descubrir que nuestra vida siempre puede ser distinta de lo que ha sido hasta hoy, y animarnos a intentarlo, es realizar las palabras de Jesús sobre hacernos como niños para acoger el reino de Dios..

Un niño es capaz de amar todo, de admirar lo más simple, desde una pequeña conchita a la orilla del mar hasta algo inmenso y maravilloso como el despegue o el aterrizaje de un avión. Para un niño cualquier cosa es impresionante, cualquier momento presente es eterno, el amor es su estado natural. Jesús les enseña a sus discípulos que el comportamiento de todo ciudadano del Reino de los cielos debe ser como el de un niño.

Un niño es humilde, no distingue lo que es ser más que otro, un niño rico puede jugar con un niño pobre y el no se da cuenta de eso. Un niño es servicial, siempre quiere ayudar. Un niño es curioso, todo lo quiere saber, pregunta mucho, todo quiere conocer. Un niño no tiene malicia, por esto no da espacio al pecado. Un niño confía sin reflexionar, no puede vivir sin confiar en quienes le rodean, su confianza es una realidad vital. Un niño no sabe guardar rencor, pelea y olvida. Un niño vive la vida feliz, sin preocupaciones, sin guardar odios ni resentimientos. Un niño siempre sabe que depende de otros, reconociendo que solo no puede hacer muchas cosas. 

Si Jesús, en determinado momento, colocó a un niño en medio de sus discípulos reunidos, es también para que ellos mismos acepten ser pequeños porque solo desde lo pequeño es que se puede acoger lo grande. Volveremos a ser como niños cuando dejemos de «pretender grandes cosas y de tener aspiraciones desmedidas» (Sal 131,1-2). Cuando valoremos las pequeñas cosas de cada día, y no especulemos indefinidamente con las grandes cosas que nunca haremos... Hacerse como niños para acoger el reino de Dios es vivir la infancia espiritual que vivió María, que vivieron los santos, que vivió la beata María Inés Teresa que dice: “Infancia espiritual, vida de Nazareth, sabiduría del pobre, entrega amorosa en manos de Dios nacida de esa íntima confianza en él, llena de esperanza y amor, porque él es amor, y porque sabemos en quien nos confiamos, dando así Gloria al Señor”.

Acoger el reino de Dios como un niño es velar y orar para acogerle cuando venga, siempre al improvisto, a tiempo o a destiempo... ¡Es vivir como un niño... a la sorpresa de Dios!

Alfredo Delgado, M.C.I.U.