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martes, 14 de septiembre de 2021

«Permiso, gracias, perdón»... Tres palabras importantes en un discurso del Papa Francisco


Mi sobrina Irina, felizmente casada con su marido Pablo con quien tiene a su pequeño hijo Juan Pablo, recuerda, en una de sus publicaciones de Facebook, este hermosísimo mensaje del Papa Francisco que ahora yo quiero compartir con ustedes. Son palabras que el Papa Francisco, en su viaje a Polonia en el año 2016, siguiendo con la tradición instaurada en sus días por Juan Pablo II pronunció asomándose a la ventana del arzobispado de Cracovia saludando a los fieles reunidos en la plaza, entre los que se encontraban numerosas parejas de recién casados. Como muchos de ellos lo hablaban o entendían el Santo Padre les  habló en castellano en aquella ocasión.

«Yo, cuando encuentro a uno que se casa… les digo: “¡Estos son los que tienen coraje!” Porque no es fácil formar una familia. No es fácil comprometer la vida para siempre. Hay que tener coraje. Y los felicito, porque ustedes tienen coraje”, dijo.

“A veces me preguntan cómo hacer para que la familia vaya siempre adelante y supere las dificultades. Yo les sugiero que practiquen siempre …tres palabras que expresan tres actitudes…que los pueden ayudar a vivir la vida de matrimonio, porque en la vida de matrimonio hay dificultades: el matrimonio es algo tan lindo tan hermoso, que tenemos que cuidarlo, porque es para siempre. Y las tres palabras son “permiso, gracias, perdón”. Permiso. Permiso: siempre preguntar al cónyuge (la mujer al marido, el marido a la mujer) “¿qué te parece?¿te parece que hagamos esto? Nunca atropellar. Permiso.

La segunda palabra: ser agradecidos. Cuántas veces el marido le tiene que decir a la mujer “gracias”.  Y cuántas veces la esposa le tiene que decir al marido “gracias”. Agradecerse mutuamente. Porque el sacramento del matrimonio se lo confieren los esposos, el uno al otro. Y esta relación sacramental se mantiene con este sentimiento de gratitud. “Gracias”.

Y la tercera palabra es “perdón”, que es una palabra muy difícil de pronunciar. En el matrimonio, siempre –o el marido o la mujer- siempre tiene alguna equivocación. Saber reconocerla y pedir disculpas, pedir perdón, hace mucho bien. Hay jóvenes familias, recién casados, muchos de ustedes están recién casados, otros están por casarse. Recuerden estas tres palabras, que ayudarán tanto a la vida matrimonial: permiso, gracias, perdón.  Repitámoslas juntos: permiso, gracias, perdón. ¡Más fuerte, todos!”

Bueno, todo esto es muy lindo, es muy lindo decirlo en la vida matrimonial. Pero siempre hay en la vida matrimonial problemas o discusiones. Es habitual y sucede que el esposo o la esposa discutan, alcen la voz, se peleen.  Y a veces vuelen los platos.  Pero no se asusten cuando sucede esto. Les doy un consejo: nunca terminen el día sin hacer la paz.

¿Y saben por qué? Porque la guerra fría al día siguiente es muy peligrosa. ¿Y cómo tengo que hacer, padre, para hacer la paz?, puede preguntar alguno de ustedes. No hacen falta discursos. Basta un gesto. Y se acabó. Está hecha la paz.Cuando hay amor, un gesto arregla todo.

Los invito antes de recibir la bendición a rezar por todas las familias aquí presentes: por los recién casados, por los que están casados desde hace tiempo y por los que se van a casar.

Recemos juntos un avemaría, cada uno en su lengua”.

Después de rezar todos juntos el Ave María, el Papa pidió a las parejas, esta vez en italiano, que rezasen por él.»

Discurso del Santo Padre, en Papa Francisco el 29 de julio de 2016. 

domingo, 14 de marzo de 2021

EL SACRAMENTO DEL MATRIMONIO... Casados para la misión.

Hay sacramentos que responden a una situación humana tan clara como el del Matrimonio. El Matrimonio es un sacramento que institucionaliza el amor de la pareja humana.

El sacramento del Matrimonio no celebra el flechazo, ni el enamoramiento pasajero o el arreglo de conveniencia; no es un modo de instalarse cómodamente en la sociedad. Celebra el amor, es decir, el encuentro con el otro, el afecto sereno, la entrega mutua, la confianza y la confidencia sin reserva, la comunicación, la aceptación que sigue al conocimiento real de dos personas que quieren compartir la vida; en una palabra, la situación en la que el amor por el otro es el conocimiento, la razón y el común denominador de la vida.Este sacramento celebra el amor, es decir, el amor con futuro. El lenguaje del amor añade al "te quiero", su complemento obligado: "para siempre". El sacramento, siguiendo la dirección básica de la fe, exige respeto absoluto al amor, entrega total a él, confianza ilimitada y empeño indomable por recomponer cualquier cisura.

El sacramento del matrimonio celebra el amor, es decir, la fidelidad a quien se ama, hasta ser capaz de dar la vida por él. El lenguaje del amor junto al "te quiero" une, también el "a ti solo". A pesar de que toda entrega es balbuciente, en ella hay un deseo de totalidad, de dar sin reservas, de entregarlo todo. De lo contrario el amor es falso.

Aunque el amor es la vocación básica del hombre, no todos llegan a él, ni a todo sentimiento se le puede llamar amor. No se debería confundir el amor con su encamina-miento o aprendizaje. El amor supone una madurez personal; no tiene por qué coincidir con determinados años. Quede, por tanto, constancia de que casarse es uno de los pasos más serios de la vida de un hombre y una mujer.

Casados para la misión.

Ninguna clase de amor, incluido el de la pareja, empuja a recluirse en su propio hogar, para hacer de él una torre cerrada e inexpugnable. No es excepción el caso de quienes con el matrimonio cambian las inquietudes por la seguridad, el servicio a los demás por el propio, las preocupaciones sociales por los intereses reducidos de su familia.

El amor es misión, relación con los demás. Quien más capacidad de amor posee, más capacidad de servicio debe desarrollar. La dimensión humana del amor, y su dimensión cristiana, no se agotan en la mera relación afectiva con los otros, sino que implican al mismo tiempo, un servicio al hombre y a la mujer en la sociedad en que se vive para acercar amigos a Cristo.

La familia no debe ser considerada como organismo cerrado, sino como una célula abierta al servicio de la sociedad para conquistar a quienes rodean al matrimonio para Cristo, dado que, como sacramento, es u  reflejo del amor de Cristo y la Iglesia.

El servicio misionero, la tarea apostólica, no debe ser descartado de la agenda de los esposos. "Casarse por la Iglesia" significa también "casarse para la Iglesia".

Padre Alfredo.

viernes, 3 de abril de 2020

ORACIÓN DE LOS ESPOSOS EN SU ANIVERSARIO DE BODAS*...

Señor, Padre santo, 
Dios omnipotente y eterno,
te damos gracias 
y bendecimos tu santo Nombre:
Tú has creado al hombre y a la mujer
e instituiste el vínculo conyugal.

Acuérdate hoy de nosotros.
Protégenos y concédenos 
seguir viviendo en plenitud
la fecundidad espiritual,
para que nuestro amor 
siga siendo entrega y don,
a imagen de Cristo y de la Iglesia

Ilumínanos y fortalécenos,
haz que sigamos viviendo
el uno para el otro
los años que Tú quieras
regalarnos en alegría y paz,
para que nuestros corazones
sigan elevando siempre hacia Ti,
por medio de tu Hijo,
en el Espíritu Santo,
la alabanza y la acción de gracias.

Bendice y confirma nuestro amor,
bajo la mirada dulce de María
y la protección de su fiel esposo José,
para que sigamos expresando
en nuestra vida matrimonial,
el gozo del sacramento 
que hace N. años celebramos en la fe.
Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.


*Esta oración la hicieron mis padres cuando cumplieron 50 años de casados. Su Misa se celebró en la parroquia del Espíritu Santo de la arquidiócesis de Monterrey, el mismo Templo en el que el 18 de junio de 1960 celebraron su matrimonio. Es la parroquia a la que pertenecemos.

jueves, 9 de mayo de 2019

«Lo que ha hecho Dios por mí»... Un pequeño pensamiento para hoy

Una frase del salmo de hoy (65 [66]), me remonta a este sábado pasado, a dos acontecimientos que viví. El salmista canta: «Cuantos temen a Dios, vengan y escuchen, y les diré lo que hecho por mí». Y eso me hace ir al corazón de Juanito y María, de cuyo matrimonio fui testigo al mediodía del 4 de mayo pasado. Desde la puerta de entrada, antes de la procesión solemne con el cortejo que les acompañaba, Juanito me reveló su edad: ¡92 años!... María, como es de suponerse en toda mujer, no me dijo cuántos años tenía pero ciertamente, al igual que el novio, era ya de «juventud acumulada» como diría Madre Inés. Por diversas circunstancias, durante años, buscaron casarse por la Iglesia, pero, por una cosa o por otra, esa gracia no llegaba, dice Juanito que recorrieron varias parroquias buscando les ayudaran a la búsqueda de documentos para realizar los trámites necesarios, pero, por una cosa o por otra, las cosas no se daban hasta que se llegó el día. El salmista invita a que escuchen lo que Dios ha hecho por él. Igual Juanito y María el sábado, con unos rostros radiantes que manifestaban a primera vista el gozo por lo que el Señor estaba haciendo por ellos. 

Juanito, antes de iniciar la Misa, cuando me compartió cuántos años tenía, me explicó rápidamente que mucha gente, incluidos algunos sacerdotes les decían: «ya para qué»... pero ellos querían una boda con Misa y todo porque cada domingo van a Misa y ya eran ansias las que tenían por comulgar. ¡Cuántas cosas hace Dios por nosotros y cuántas no agradecemos porque las vemos tan ordinarias, tan sencillas, tan poca cosa!... «ya para qué» les decían, y resulta que tuvimos una Misa hermosa, con los novios llenos de fervor acompañados de sus hijas y de muchos familiares y amigos ante los que con una voz fuerte y decidida dieron su «sí» en el momento del consentimiento matrimonial. Quien ha recibido los beneficios de Dios; quien ha sido hecho hijo de Dios participando de su misma Vida y de su mismo Espíritu, no puede quedarse como inerte ante la bondad y misericordia de Dios y esta pareja, después de andar peregrinando por diversos templos, encontró en la parroquia, un espacio en donde Monseñor Pedro los escuchó, el padre Abundio los confesó y yo fui testigo de su matrimonio. Aquel mandato de Cristo que dijo una vez en el Evangelio: «Ve a los tuyos, a los de tu casa, y cuéntales lo misericordioso que ha sido Dios para contigo» (Mc 5,19) se cumplió en esta pareja que imagino aún estarán de fiesta, porque fueron objeto del amor divino y de su misericordia. Juanito y María me recordaron que hay que alabar al Señor agradecidos por todo lo que de Él hemos recibido; y hay que proclamar ante el mundo entero lo que Él hizo por nosotros, pues nos envió a su propio Hijo, el cual entregó su vida para que fuésemos hechos hijos de Dios. ¡Si vieran cuántas fotos querían al final con familiares, amigos y con un servidor! Aquello era un verdadero jolgorio donde la gracia de Dios y su misericordia se desbordaban.

Así, cuando yo pensaba el sábado estar en la beatificación de Conchita Cabrera de Armida, que era a esa misma hora, Dios, que cumplido sus promesas de salvación para con cada uno de nosotros me tenía reservada esta sorpresa. ¡Qué maravillosa invitación de una pareja de ancianos para acudir al Señor y dejar que su salvación se haga realidad en nosotros, pues Él nos ama sin medida y sin distinción de personas y edades! Fue una boda que se convirtió para este padrecito y para todos los participantes, en un anuncio eficaz de la Buena Nueva de salvación que Dios quiere que llegue a todos y hasta el último rincón de la tierra. Y viendo también el Evangelio de hoy (Jn 6,44-51) pienso que la Iglesia de Cristo camina en la fe en su Señor dejándose no sólo instruir por Él, sino alimentándose de Él para que Él continúe asegurando su presencia salvadora en el mundo por medio de la comunidad de creyentes que vive los sacramentos. Con situaciones como ésta, la Iglesia, no sólo proclama el nombre del Señor con las palabras, sino que se hace «Pan de Vida eterna» para el mundo, haciéndole cercano a Dios, a ese Dios que continuamente experimentamos en nuestra vida y con quien entramos en una verdadera comunión de Vida en la participación Eucarística. Al final de la Misa consagramos su matrimonio a María Santísima y María le ofreció su ramo. El sábado felicité enormemente a Juanito y a María a quienes no les estorbó el «ya para qué» y cierro mi reflexión con otras palabras del salmo de hoy pensando en ellos: «Bendito sea Dios, que no rechazó mi súplica, ni me retiró su gracia». ¡Bendecido jueves sacerdotal y eucarístico!

Padre Alfredo.

martes, 30 de octubre de 2018

«El sentido cristiano del amor matrimonial»... Un pequeño pensamiento para hoy

La unión del hombre y la mujer en el matrimonio —unión que brota de la ternura y el amor mutuos—, es, para todo católico, el sacramento que habla de la unión de Cristo y la Iglesia. Ya el profeta Oseas, en el Antiguo Testamento (Os 1,3-9), había visto en el sentimiento tan profundo que tenía por Gomer, su mujer —a pesar de su infidelidad tan terrible— un reflejo del amor de Dios a la humanidad; así el matrimonio, con sus alegrías y sus penas, con su parte de traiciones y de perdones, estaba destinado a convertirse en el símbolo más puro de la alianza eterna que Dios había establecido con los hombres. El pasaje, que hoy San Pablo nos ofrece es uno de los mejores textos que ilumina esta doctrina eclesial sobre la Iglesia y el matrimonio (Ef 5,21-33). Partiendo de una situación concreta, común en aquella época, que era la autoridad incondicional del padre de familia, San Pablo ilumina claramente la visión de la pareja humana. Para él, esta autoridad es, ante todo, una autoridad de servicio: el marido tiene que amar a su mujer como a su propio cuerpo, un cuerpo al que alimenta y cuida, como lo hace Cristo con la Iglesia. La Iglesia ha nacido del sacrificio supremo de Cristo en la Cruz, de su exceso de amor, de un amor como debe ser el del esposo por la esposa y viceversa en la unión matrimonial.

No siempre será fácil dar este sentido cristiano al amor, y muchas veces habrá que acudir expresamente al recuerdo y al Espíritu de Cristo para ser capaces de llevar el amor hasta el extremo que Él lo llevó (Ef 5,25-28). Los esposos, son invitados a continuar, en su estado propio, el misterio realizado por Cristo en su Iglesia. Cristo se ha desposado con su Iglesia, se ha vinculado a ella, ha hecho causa común con ella, y nunca se separará de ella... ¡porque la ama! El Señor ha «entregado» su vida por ella, ¡ha muerto por ella para embellecerla! ¡La quiere santa e inmaculada en el amor! ¡Cuida de ella y con ella quiere ser sólo uno, se dan totalmente el uno al otro, para dar a luz al mundo nuevo. Apoyándose en el estado social de la época, San Pablo insiste en la sumisión de la Iglesia a Cristo, porque el «esposo es la cabeza». El Apóstol de las Gentes les da a los Efesios, y con ello a nosotros también, a Cristo y a la Iglesia como modelo de la vivencia del amor. No existe modelo más alto: la relación conyugal y la sexualidad en la pareja, son promovidos a nivel de «sacramento», de signo de gracia, de vía de santidad. Para evitar toda irritación inútil a las parejas «modernas» y a los encarnizados defensores de ideas raras que se quieren infiltrar en nuestra cultura eclesial, bastaría releer estos textos, pensando que en una pareja, desde el punto de vista esencial, no se reparten los papeles en dirección única: marido y mujer han de ser fuente de gracia, y de santidad, el uno para el otro, entregándose y haciendo crecer el amor que empieza como el tamaño de «un granito de mostaza» y debe crecer «como la levadura en la masa».

El amor, en los esposos cristianos, debe crecer en las mismas dimensiones que lo hace el Reino: en extensión, como el grano de mostaza que se transforma en un arbusto en el que vienen a anidar los pájaros y, en intensidad, como la levadura que hace crecer la masa (Lc 13,18-21). el mostacero no puede llegar a ser un árbol grande si no se cuida, si no se abona la tierra en donde está, si no se poda a tiempo; ni ninguna mujer puede llegar a amasar tres medidas de harina si no tiene amor a los que va a alimentar. El amor mutuo exige una tarea que hay que cumplir y que se realiza en un proceso de crecimiento que deja espacio para los demás. Un matrimonio ha de ser fecundo, no sólo o únicamente de forma biológica, sino con una fecundidad que vaya más allá, en donde algunos puedan hacer nido y otros puedan comer. Así como el Reino escatológico es una obra por hacer, un edificio por construir, un proyecto de catolicidad que se ha de realizar progresivamente, el matrimonio también se ha de estar edificando continuamente, teniendo a Cristo y a la Iglesia como modelo. Ese crecimiento que edifica, tanto la relación entre Cristo y la Iglesia, como la de los esposos, es un crecimiento incoercible, que no se puede frenar, porque es la potencia misma de la vida. Así es de maravilloso el amor de Dios y desde Dios, pero se ve poco hoy... ¡Agradezco y admiro a cada uno de los matrimonios cristianos que luchando cada día nos ofrecen la oportunidad de profundizar en este concepto del amor y del Reino! La Virgen y San José los acompañen para que, como el arbolito de mostaza y la levadura que fermenta la masa, sigan creciendo y nos sigan regalando a todos los que vivimos otra vocación, el gozo de entender cómo ama el Señor a su Iglesia. ¡Los bendigo y los encomiendo a todos en la Basílica e Guadalupe esta tarde de martes!

Padre Alfredo.

domingo, 7 de octubre de 2018

«Desposorio»... Un pequeño pensamiento para hoy

Este domingo empezamos a leer como segunda lectura de Misa la carta a los Hebreos. Leeremos durante siete domingos, hasta el final del Tiempo Ordinario —ya en las puertas del Adviento—fragmentos de esta carta atribuida durante muchos años a San Pablo y hoy considerada como anónima. Se trata de un mensaje dirigido —según se lee— a cristianos procedentes del judaísmo y que tiene como contenido fundamental la superioridad del sacerdocio de Cristo sobre los otros sacerdocios del rito de la antigua alianza. Ese sacerdocio sublime de Cristo que en su Sacrificio se desposa con la Iglesia y libera al género humano de la esclavitud del pecado. El fragmento del capítulo segundo que se lee hoy (Heb 2,8-11) pone de manifiesto la realidad salvadora del sacrificio de la Cruz, porque allí, crucificado, es donde Jesucristo consuma su unión esponsal. Es un texto muy bello, muy expresivo, el cual merece la pena leerlo no una sola vez sino varias, para que sirva de motivo de meditación. El estilo de esta carta es muy místico, muy espiritual. El autor sagrado no trata de cosas concretas, pero quiere dar respuesta a un «estado» de vida de la comunidad cristiana. Este «estado» consiste en que los cristianos se han adormecido, han perdido el dinamismo inicial, la ilusión que tenía la primera generación de la Iglesia como «esposa» de Cristo. Parece que los destinatarios de esta sublime epístola, se han habituado a ser cristianos de nombre, pero han empezado a perder el sentido que ello tenía para sus inmediatos antepasados; con ello se les ha desdibujado también la figura de Cristo: no recuerdan tanto la cruz como la gloria y como desposorio y, por tanto, viven una existencia cristiana en la que el sacrificio, la entrega, el compromiso... se han relajando. El estilo de vida del Hijo de Dios encarnado, hecho hombre, puede dejar de revivir en aquellos que se llaman cristianos y que olvidan que el ser discípulos–misioneros implica un amor como el de Cristo Esposo. 

Por eso, apenas iniciada la lectura de ésta hoy, se nos dice: «Al que Dios había hecho poco inferior a los ángeles, a Jesús...»; y recuerda «su pasión y muerte» sin olvidar la «gloria» y que el camino hacia la «salvación» pasa por los «sufrimientos». La Carta a los Hebreos nos recuerda que el amor hay que cuidarlo, como cuidamos una planta para que no se seque, como un esposo debe cuidar a su esposa y viceversa. Y sólo se cuida el amor cuando se dedica el tiempo necesario al otro, cuando se cultiva y, a esos destinatarios de la Carta a los Hebreos, que bien pudiéramos ser nosotros, les falta mucho por entender. El Amor —dicen por ahí— es un ejercicio de jardinería, hay que arrancar lo que puede dañar al jardín, hay que preparar el terreno, sembrar, abonar pacientemente la tierra, regar y no descuidar nada. Y hay que estar preparado porque habrá plagas, sequías o excesos de lluvias, mas no por eso se abandona el jardín... ¡Y que lo digan los casados! Esos matrimonios de 30, 40, 50 o más años que siguen cultivando ese hermoso jardín de su vocación, en donde la vid se mantiene fecunda y el olivo sigue dando sus frutos (cf. Sal 127). Por cierto que el tema del amor tocando la relación de pareja y del valor y el sentido del matrimonio para los cristianos no es que aparezca muy a menudo en la Escritura y por tanto no aflora mucho tampoco en nuestras lecturas de Misa y reflexiones diarias. Pero hoy sí que emerge tanto en la primera lectura como en el salmo y el Evangelio (Gén 2,18.24; Sal 127; Mc 10,2-16). Y, por tanto, hoy será un buen día para reflexionar sobre esta vocación, como reflejo del amor «esponsal» de Cristo y la Iglesia. 

En el matrimonio, como en cualquiera de las otras vocaciones en la Iglesia, conviene recuperar de vez en cuando la ilusión de los orígenes, recordar que el amor sigue siendo bendecido por Dios y sigue siendo «sacramento» para la Iglesia. Para mantener y afirmar el amor, se precisa volver a la figura del jardín de la que he hablado y pensar en el esfuerzo que hay que invertir, un esfuerzo que merece la pena hacer: si se alimenta el fuego del amor, este fuego podrá mantenerse siempre, intenso y vivo en el matrimonio, en el sacerdocio, en la vida consagrada, en la soltería y así, en la comunidad, sea la familiar o la eclesial. Y realizar ese esfuerzo es seguir el camino de Dios, y ser testigos del amor de Dios. Y ser testigos de que realmente, el proyecto de Jesucristo es un proyecto que merece la pena y se vive día a día en lo concreto, hasta llegar como María, amando al pie de la cruz, «cuando llegue la hora», expresión que en el evangelio de Juan expresa la hora del sacrificio. Jesús, una y otra vez —Caná y la Cruz— no la llamará «madre», sino «mujer», como la nueva Eva que está al lado del nuevo Adán, engendrando a los hombres y mujeres nuevos. Pienso en tantos esposos ejemplares que conozco, y les recuerdo aquella indulgencia parcial de 300 días que san Juan XXIII concede a los matrimonios en el día de su aniversario, para favorecer el amor y la fidelidad conyugal: «Su Santidad Juan XXIII concede a los cónyuges que piadosamente besaren, individualmente o en común, el anillo nupcial y recitaren con devoción y contrición la invocación "concédenos, Señor, que amándote, nos amemos, el uno al otro y vivamos según tu santa ley", u otra semejante, el poder beneficiarse una vez en el día del aniversario de la boda de una indulgencia parcial de 300 días. Sin que obste nada en contrario» (Roma 23 de noviembre de 1959). ¡Bendecido domingo a todos y en especial, mi bendición a todos los matrimonios! 

Padre Alfredo.

martes, 19 de junio de 2018

«Hoy no salimos a ningún lado»... Un pequeño pensamiento para hoy

Ayer mis papás celebraron sus primeros 58 años de casados. Por teléfono lo primero que me dijo mi papá fue: «¡Hoy no salimos a ningún lado, la pasamos como un día ordinario, aquí estuvimos!»... y siguió platicando conmigo haciéndome ver lo maravilloso que pasaron el día en casa. Cuando me dijo: «Te paso a tu mamá para que ella te cuente», gocé al palpar el gozo del amor de unos esposos que muy entrados en años, de edad y de casados, que saben vivir cada día con sus afanes. «Ayer estuvieron todos los Delgado Cantú aquí en casa» me dijo mi madre y me compartió el gozo del domingo día del padre y el festejo en familia de sus años de ese caminar juntos que hablan de perseverancia, fidelidad, comprensión, aguante y tantas cosas más que hoy es difícil percibir en muchas parejas de casados. El verdadero amor no pasa nunca. ¿Y quién no anhela un amor así? Es increíble, pero cuando leí la primera lectura para hoy contemplé a un profeta Elías y en él a un hombre cabal, totalmente entregado a Dios, y totalmente entregado a sus hermanos los hombres. Un hombre capaz de vivir en relación con lo invisible, en la oración y capaz de arriesgarse, en servicio de la justicia y pensé en «el riesgo» que todo matrimonio corre para perseverar en esa historia de amor que hoy y siempre es «invadida» por testimonios tan terribles como el que deja el matrimonio de Ajab y Jezabel. 

Después de la fechoría del matrimonio de Ajab y su mujer, llega la denuncia por parte del profeta (1 Re 21,17-29) que echa en cara valientemente a Ajab la grave falta que ha cometido sin preguntar siquiera a su mujer como es que Nabot o por qué Nabot fue apedreado: Ajab ha asesinado y robado y ha hecho «pecar a Israel» con la idolatría y con no haber enseñado a su mujer lo que es y para qué es el udo del poder. Y es que «no hubo otro que se vendiera como Ajab para hacer lo que el Señor reprueba, empujado por su mujer Jezabel». ¡Qué terrible puede resultar un matrimonio que no camina por la Voluntad del Señor! ¡Cuántas fechorías se cometen cuando uno, cegado por la ambición, se deja llevar por malas decisiones del compañero o compañera de vida! Elías le anuncia un duro castigo de Dios, aunque luego, por el arrepentimiento mostrado por el débil y voluble rey, le dice que sucederá más tarde. La justicia social entra también, y de modo muy importante, en el campo de la actividad de los esposos. El Catecismo de la Iglesia católica cita una dura homilía de san Juan Crisóstomo, en la que se queja de unos cristianos que muestran un culto muy cuidadoso al Cristo eucarístico, pero no tienen en cuenta al Cristo que está en la persona del hermano: «Has gustado la sangre del Señor y luego no reconoces a tu hermano... Dios te ha invitado a esta mesa, y tú, aun así, no te has hecho más misericordioso» (CEC 1 397). La misericordia empieza en casa, y empieza precisamente entre los esposos... ¿Qué era más importante, la unidad y la paz entre Ajab y Jezabel, la fidelidad y concordia en su matrimonio o una viña que era capricho de él? 

En el sermón de la montaña sigue Jesús contraponiendo la ley antigua con su nuevo estilo de vida: esta vez, en cuanto al amor a los enemigos (Mt 5,43-48) y con eso me he puesto a ver que cualquier matrimonio que quiera perseverar, tiene enemigos a los que debe amar, pero no secundar sus fechorías... Lo que ha de caracterizar a los matrimonios cristianos es algo «extraordinario». En la pequeña historia que cada día vive un matrimonio —«¡Hoy no salimos a ningún lado, la pasamos como un día ordinario, aquí estuvimos!»— suceden muchas cosas, se comenta, se planea, se comparte, se riñe, se decide... se crea un campo de examen y de propósito para seguir perseverando amando poniendo buena cara a los hijos, a los amigos y a los que no lo son tanto. ¡Qué bonito es para un hijo sentir por teléfono a unos papás que por 58 años han buscado actuar como Dios, que es Padre de todos y manda su sol y su lluvia sobre todos! Tal ves papás no le han dado lluvia a nadie, pero sí han podido ofrecer una buena cara como la del sol que brilla, en la acogida, la ayuda, las palabras amables y, cuando haga falta, el perdón a muchos que han pasado por casa, tal vez no todos en son de una amistad sincera, pues en tantos años hay de todo. Lo que Jesús trajo al elevar el matrimonio a sacramento, fue una propuesta de un hombre y mujer nuevos, superadores de las cadenas del egoísmo y de la venganza. Jesús predicó que no basta amar a los que nos aman —lo cual es fácil, sale de dentro, y lo hacen hasta los paganos—, sino también a los que no nos son agradables, y a los que nos perjudican, incluso a los que nos quieren mal o nos causan mal. El matrimonio es una comunidad de vida y amor que, según enseñó Jesús, debe ser más que un par de tórtolos bondadosos entre sí. Deben ser hermanos capaces de hacer fecundo su amor, de ir más allá perdonar y de perdonarse, de rogar por aquel que les daña y de devolver bien por mal en una sociedad que, instigada como Jezabel por el ansia del poder, del tener y del placer vive, buscando argumentos racionales equivocados y egoístas sin seguir el ejemplo del Padre Celestial que, «casado con su pueblo en la Iglesia», actúa con nosotros siempre cuidándonos, dándonos lo mejor y devolviéndonos bien por mal, ya que a pesar de nuestros pecados igual gozamos de los bienes naturales como si fuésemos buenos. Ante esta sociedad que se mueve bajo los criterios de la ley de la compensación, del amor interesado o incluso de la venganza, el Reino de Dios se yergue como una verdadera alternativa en matrimonios como los de Alfredo y Blanca, porque sé, que gracias a Dios hay muchos otros así que, imitando a José y María en Nazareth, nos dejan ver a Jesús que vive ahí en el gozo del compartir cada día en sencillez y alegría. ¡Hoy en la Basílica pido por ellos y por tantos matrimonios así y encomiendo, de manera muy especial, a quienes han luchado por perseverar y han visto quebrantado su ideal porque la otra parte no quiere dar más y heroicamente le han dejado ir amando y diciendo: «te perdono»! Han de dispensar lo interminable de la reflexión de hoy. Amén. 

Padre Alfredo.

viernes, 27 de abril de 2018

«Camino, verdad y vida»... Un pequeño pensamiento para hoy

Esta noche contraerá matrimonio aquí en Monterrey mi sobrina Irina Delgado Cantú con el joven Pablo Elizondo Treviño, este es uno de los motivos de mi estancia estos días en mi tierra natal, la «Sultana el Norte» que en estos días se ha portado bastante bien en cuanto al clima y a los momentos de convivencia familiar con tíos y primos que han ido llegando de diversas partes para compartir con los muchachos que me han invitado a presidir la concelebración del gozo de su enlace matrimonial. Irina y Pablo emprenderán, desde esta noche, un nuevo camino que, de alguna manera, nace de la unión del que cada uno de ellos ha recorrido hasta ahora en el amor de Dios gracias a sus padres Eduardo y Gloria; Oscar y Carmen, y al maravilloso ambiente de fe que sus familias, con sus hermanos, les han permitido vivir. ¿Qué le diría a este par de jovencitos este tío entrado en años y padrecito desde hace tanto tiempo? Ante todo, lo que el Evangelio de hoy nos dice a todos: que caminen en la Fe y no tengan miedo: «no pierdan la calma: crean en Dios y crean también en mí» (Juan 14,1-6). Todos, en cualesquiera de las diversas vocaciones en la Iglesia, estamos destinados a ir a donde va Cristo, a «las muchas estancias que hay en la casa del Padre» (Jn 14,2) y a la búsqueda y consolidación de nuestra vocación específica, que es el andar que nos va conduciendo, desde este mundo, a esa plena realización en el amor de Dios. 

Estas semanas de la Pascua, estos días que están año con año enmarcados en la alegría, le hemos escuchado decir a Jesús que Él es el «pan de vida» (Jn 6,35), la «puerta del redil» (Jn 10,9), el «buen pastor de las ovejas» (Jn 10,14), la «luz del mundo» (Jn 8,12)... y hoy, como un colofón a todo esto, se nos presenta con el símil tan dinámico y expresivo del camino. Ante la interpelación de Tomás, «no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?» (Jn 14,5), Jesús llega, como siempre, a la manifestación del «Yo soy» y dice: «Yo soy el camino, y la verdad, y la vida: nadie va al Padre, si no es por mí» (Jn 14,6). En la Pascua es cuando más claro vemos que Cristo es nuestro camino. Una metáfora hermosa y llena de fuerza, que en la celebración de la boda veremos en ese camino de los novios hacia el altar con el que se inicia la celebración y recordando la evocación de cantos de Pascua que tocan el tema («camina, pueblo de Dios...», «caminaré en presencia el Señor...» «somos un pueblo que camina...»). La contemplación de Cristo, como camino, es no solo para los que se casan, sino para todo discípulo–misionero, un compromiso de amistad muy particular con el que nos ha llamado, porque es un seguimiento en el amor, confianza y tranquilidad: «No pierdan la calma» (Jn 14,1), porque no vamos en la «vida» sin rumbo, sino avanzando en nuestra realización en la «verdad». Cristo nos señala el camino, él es el camino. 

Yo creo que ciertamente el símil del camino ayudó a los primeros miembros de la Iglesia a mantenerse en la fe (Hch 13, 16. 26-33). El andar de los primeros miembros de nuestra Iglesia, que eran conocidos como «los seguidores del camino» (Hch 18,24-26; Hch 19,8-9), nos puede ayudar a preguntarnos, no solo a Pablo e Irina sino a todos: ¿Quiero seguir con fidelidad el camino central, que es Jesús, distinguiendo este camino de otros senderos y atajos que nos pueden parecer en este mundo más atractivos, más fáciles, mas agradables y atrayentes a corto plazo? La realidad de nuestra vocación en medio del mundo es hoy dura y desesperanzadora para muchos. No se alcanza a ver muchas veces la belleza del camino, pese a que hemos sido evangelizados por el cristianismo... ¡mataron a otro sacerdote que secuestraron! —incluso es alguien que compartía mi ministerio de confesor en la Basílica de Guadalupe en CDMX—. Nos invaden por todas partes proyectos económicos que parecen arrasar la vida y para colmo se extiende el individualismo en una sociedad consumista y se desarticula la confianza en las redes sociales en el mundo cibernético que nos une... y en medio de todo esto, surge el «sí» valiente y sincero de dos jovencitos que vienen a decirnos: «¡Vale la pena el camino del amor en Cristo!» La pregunta que hoy puede aflorar a nuestros labios de «¿cómo vamos a saber el camino?» (Jn 14,5) se responde así, en la gente joven que, como Irina y Pablo, emprenden un nuevo camino en el amor misericordioso del Señor y bajo la mirada amorosa y consoladora de María. Es aquí, en estos testimonios de la gente joven, en donde podemos entender que nuestra existencia, mientras vamos de paso por este mundo, no es una autopista que ya está terminada. Jesús es camino en la medida en que nosotros optamos por caminar por él y le permitimos que oriente nuestros pasos, nuestro ser y quehacer. ¡Muchas felicidades a la nueva familia Elizondo–Delgado y a todos los que, como ellos, vamos reconociendo que «se hace camino al andar»! 

Padre Alfredo.

viernes, 18 de agosto de 2017

Dos realidades vividas con felicidad... Un pequeño pensamiento para hoy

El estilo de vida que yo llevo, como célibe, viviendo en castidad consagrada, no equivale a arrojar una sombra sobre el estado matrimonial. Por el contrario, conviene tener presente siempre lo que afirma el Catecismo de la Iglesia Católica: «Estas dos realidades, el sacramento del matrimonio y la virginidad por el reino de Dios, vienen del Señor mismo, Es él quien les da sentido y les concede la gracia indispensable para vivirlos conforme a su voluntad. La estima de la virginidad por el reino y el sentido cristiano del matrimonio son inseparables y se apoyan mutuamente» (n.1.620; cf. Redemptionis donum, 11). Yo creo que cada una de estas dos vocaciones, con sus dones y exigencias, exige «la debida madurez psicológica y afectiva» (Perfectae caritatis, 12). Esta madurez es indispensable para perseverar. ¡Cómo me duele que hoy sea tan fácil dejar una y otra vocación sin luchar! ¡No entiendo a mucha gente joven que, a la primera de cambio se divorcia o deja el convento o el ministerio sacerdotal! ¡Me cuestiona mucho ver vidas consagradas y matrimoniales vividas a medias entregando muy poco! ¡Tenemos que ser más fuertes, más valientes, más audaces como tantos santos casados y consagrados que lo dieron todo y vivieron alegres por seguir a Jesús! ¡Veamos juntos a María que vivió estas dos realidades con tanta felicidad!

El Evangelio nos da las condiciones para seguir con fidelidad a Cristo en este aspecto: la confianza en el amor divino y su invocación, estimulada por la conciencia de la debilidad humana, una conducta prudente y humilde; y, sobre todo, una vida de intensa de unión con Cristo en la oración. Unos y otros, casados y consagrados, hemos de rezar pidiendo al Señor la perseverancia y la fidelidad. Aquí estriba, bien lo sabemos, el secreto de la fidelidad a Cristo como esposo único del alma en estas dos vocaciones, única razón de nuestro existir. Bien decía la beata María Inés Teresa: «La única realidad, eres Tú, Jesús». Unos versículos del Evangelio de san Mateo (19,3-12), hablan de estas dos vocaciones. Jesús, en este trocito del Evangelio, lanza una llamada a favor de la indisolubilidad del matrimonio. El texto afirma que «solo pueden entender esta palabra los que han recibido el don», ya que para Jesús la concepción humana del amor conyugal es «un don de Dios» y su doctrina no es entendida por todos. Respecto al celibato, invita a la continencia perpetua a los que quieran consagrarse exclusivamente al Reino de los Cielos. 

Cabe destacar la insistencia de Jesús en dos puntos: primero, la libertad que requiere la decisión del celibato «por razón del reino de Dios», cuestión que no es impuesta ni por la naturaleza ni por la fuerza; y segundo, que el Reino de Dios es la motivación profunda de esta decisión voluntaria. El Papa Francisco dice a los matrimonios: «el matrimonio no es "una ficción" sino que pertenece a la "vida real" por lo que tendrán que afrontar "con reciprocidad" las diversas circunstancias con las que se topen en su camino. Y un consejo “Para un buen matrimonio hay que enamorarse muchas veces, siempre de la misma persona”» (14 sep. 2014). A los consagrados, el Papa nos recuerda: «Cuanto más enraizados estemos en Cristo, más vivos y fecundos seremos. Así el consagrado conservará la maravilla, la pasión del primer encuentro, la atracción y la gratitud en su vida con Dios y en su misión”. En este sentido, la calidad de nuestra consagración depende de cómo sea nuestra vida espiritual» (29 abr. 2017). Vivamos felices nuestra vocación y hoy, que es viernes, y recordamos la entrega de Cristo por nuestra salvación, démoslo todo también nosotros, para seguir construyendo una nueva civilización en el amor. ¡Feliz y bendecido día!

Padre Alfredo.

jueves, 23 de junio de 2016

¿POR QUÉ LA IGLESIA NO ACEPTA EL MATRIMONIO IGUALITARIO?... Algunas consideraciones

La Iglesia, remontándose a la razón humana, a la Sagrada Escritura y a toda la tradición, sigue insistiendo y defendiendo que el matrimonio es la unión conyugal de un hombre y de una mujer, orientada a la ayuda mutua y a la procreación y educación de los hijos.

La palabra «matrimonio» procede del latin y tiene varias raíces: «matrimonium», con origen en los términos matrem (madre) y monium (calidad de): Matris munium puede ser otra de las raíces, que proveniente de dos palabras del latín: matris (madre) y munium (gravamen o cuidado), viniendo a significar «cuidado de la madre», en tanto se consideraba que la madre era la que contribuía más a la formación y crianza de los hijos. Otra posible derivación provendría de matreum muniens (idea de defensa y protección de la madre), implicando la obligación del hombre hacia la madre de sus hijos. De manera que es evidente la necesidad de la complementariedad sexual para su existencia. Desde el punto de vista jurídico-formal, en los inicios, el matrimonio fue considerado siempre como la unión legal de dos personas de sexo diferente, Es frecuente hoy en día la unión de parejas que forman un hogar sin estar casadas, lo cual se conoce como concubinato. Además de eso, existen nuevas leyes que aprueban al matrimonio con la unión de dos personas con el mismo sexo, porque últimamente, según criterios derivados de encuestas sociológicas hechas solamente en ciertos colectivos, resulta que ha de llamarse matrimonio a la institución social que, de cualquier forma, constituya la forma reconocida para fundar una familia. 

Para la Iglesia y para todo hombre y mujer de fe firme, en lo teológico, el matrimonio es la unión del hombre y la mujer dirigida al establecimiento de una plena comunidad de vida y amor. Así, en la Iglesia Católica, el matrimonio no es una institución meramente «convencional» ni es el resultado de un acuerdo o pacto social. El matrimonio tiene un origen más profundo. Se basa en la voluntad creadora de Dios. Dios une al hombre y a la mujer para que formen «una sola carne» (Mc 10,8) y puedan transmitir la vida humana: «Sean fecundos y multiplíquense y llenen la tierra» (Gn 1,28; 9,7). Es decir, el matrimonio es una institución natural, cuyo autor es, en última instancia, el mismo Dios. Jesucristo, al elevarlo a la dignidad de sacramento, no modifica la esencia del matrimonio; no crea un matrimonio nuevo sólo para los católicos frente al matrimonio natural que sería para todos. El matrimonio sigue siendo el mismo, pero para los bautizados es, además, un sacramento.

En la defensa a ultranza de la institución matrimonial como fue diseñada desde el plan de Dios, la Iglesia «no gana nada». No obtiene ningún beneficio. No aumenta su poder, ni su influencia, ni incrementa la cantidad de donativos que pueda recibir. Al contrario, se expone al escarnio público por parte de algunos colectivos muy influyentes y al rechazo de sus posiciones por parte de sectores importantes de población. Si a pesar de este costo, la Iglesia sigue insistiendo en su mensaje, es que algo muy serio está en juego. Lo que está en juego, en este caso como en cualquier otro en el que la Iglesia alza la voz, es el respeto a la dignidad de la persona humana y a la verdad sobre el hombre. El sujeto de derechos es la persona, no una peculiar orientación sexual. Para la Iglesia y por lo tanto, en la Iglesia, el matrimonio no es cualquier cosa; no es cualquier tipo de asociación entre dos personas que se quieren, sino que es la íntima comunidad conyugal de vida y amor abierta a la transmisión de la vida; comunidad conyugal y fecunda que sólo puede establecerse entre un hombre y una mujer. Por otra parte, no se puede privar a los niños del derecho a tener padre y madre, del derecho a nacer del amor fecundo de un hombre y de una mujer, del derecho a una referencia masculina y femenina en sus años de crecimiento. La Iglesia considera que la relación sexual es una expresión de amor entre un hombre y una mujer, que se dan el uno al otro totalmente. Dicha entrega debe ser sostenida por Dios, que le da a los esposos la gracia de amarse como Él los ama, ser fieles y mantenerse unidos hasta que la muerte los separe.

Como madre y maestra, la Iglesia se preocupa por todos sus hijos, quiere que estén lo mejor posible, y si percibe que corren algún riesgo, se los advierte. Este es el caso del llamado «matrimonio igualitario». La Iglesia no reconoce el tipo de uniones homosexuales como matrimonios porque no quiere que nadie sufra los daños que este tipo de unión suele provocar: daños a la salud física, psicológica y espiritual. La Iglesia Católica, sin olvidar la maternidad espiritual a la que está llamada. dedica un amoroso cuidado maternal a los homosexuales que se acercan viviendo en castidad y para ellos, y los que están en búsqueda de vivir en gracia, las puertas están siempre abiertas. En el Catecismo de la Iglesia Católica se enseña que las relaciones homosexuales «no pueden recibir aprobación» (CEC 2357), pero también enseña que los homosexuales «deben ser acogidos con respeto, compasión y delicadeza. Se evitará todo signo de discriminación injusta» (CEC 2358). Cuando el Papa Francisco dijo: «Si una persona gay se acerca a Dios y tiene buena voluntad, ¿quién soy yo para criticar?», no estaba aprobando la relación homosexual, sino invitando a los homosexuales a acercarse a Dios, y a experimentar la dicha y la paz de amoldar su vida a la divina voluntad.

La Iglesia no odia a los homosexuales, los ama, y sufre si ellos sufren, por eso es que precisamente se opone a que las uniones entre homosexuales reciban el nombre de «matrimonio». A la Iglesia le duele tanto el hombre como la mujer. Le preocupa lo que vaya a ser de cada uno. En definitiva, no se lava las manos ante la suerte de lo humano, aunque esta defensa sea incomprendida y acarree críticas. La Iglesia no teme hablar con la verdad, aunque ya sabe que, como dice el dicho, «la verdad no peca, pero incomoda«, y en ciertos casos no sólo incomoda, sino enfurece. Ni modo, no hay para dónde hacerse, porque la Iglesia recibió la misión de ser profeta de Aquél que dijo: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida» (Jn 14,6), aunque lo que diga no sea «políticamente correcto» y sea tomado a mal por mucha gente. A un sacerdote católico le escupieron participantes de una marcha del orgullo gay. Un padre de familia que pidió ser avisado cuando en la escuela dieran lecciones de homosexualidad, para no enviar a su hijo, fue arrestado. Una maestra que se negó a leer un cuento gay a los niños de guardería, fue despedida. Los centros de adopción son presionados para dar prioridad a parejas homosexuales que desean adoptar niños. Negocios relacionados con bodas (pastelerías, florerías, salones, etc.), cuyos dueños se han negado a dar servicio a bodas gay han sido multados y/o clausurados... ¿es qué no tenemos todos libertad para estar de acuerdo con algo o no? 

Los homosexuales de nuestros tiempos  exigen tolerancia pero son, en su mayoría, intolerantes. Hay quienes —sobre todo colectivos gays y lésbicos— se quejan de que la Iglesia no se pone al día, que no se moderniza, que su pensamiento es retrógrada, que no es democrática, que no toma en cuenta las encuestas como otras iglesias. Es que la Iglesia Católica no se manda sola. La Iglesia Católica es consciente de que es depositaria del tesoro de la fe que le encomendó el que la fundó: Cristo, y sabe que debe mantenerse fiel a Él y a nadie más. La Iglesia Católica no está para darle gusto a las masas o colectivos; no es política, ni agente de relaciones públicas; no busca caer bien o quedar bien para ganar público. La Iglesia, como he dicho, es madre y maestra. Lo que le interesa es acoger y encaminar amorosamente a todos sus hijos a la salvación, y si para eso hace falta exhortarlos, los exhorta, y si hace falta decirles para su bien algo que no les guste oír, se los dice.

A la unión legal de un hombre con una mujer (sexos diferentes) se le ha llamado siempre «Matrimonio». Los contrayentes adquieren la condición de Familia y de esta manera perpetúan la especie humana por medio de la procreación. La familia tradicional es la célula básica y el soporte vital de nuestra sociedad. Por lo tanto, la unión de dos hombres o de dos mujeres (con sexos iguales y que no pueden procrear entre si) nunca podrá ser matrimonio, por esa rotunda imposibilidad física y biológica de transmitir la vida. Y cabe aclarar que a estas parejas masculinas o femeninas yo las respeto absolutamente y las acompaño espiritualmente si lo piden, pero, llamar Matrimonio a lo que hablando con propiedad, nunca ha sido, no es, ni puede ser algo correcto.

La cosa, entonces, no es como algunos medios de comunicación han planteado, ni por un conservadurismo que la hace aferrarse neciamente a tradiciones arcaicas, ni porque odie a los homosexuales. Lo que la Iglesia propone tiene siempre dos razones: ser fiel a lo que dice la Palabra de Dios, y buscar lo que pueda ayudar al ser humano a ser verdaderamente libre, pleno, feliz, encaminándolo a su salvación.

Un barco transatlántico que navegaba en medio de una noche oscura, de pronto avistó a lo lejos una luz que parecía avanzar directo hacia él. El capitán envió de inmediato un mensaje: «Están en ruta de colisión con nuestra nave, cambien de rumbo». Le contestan: «No. Más bien ustedes deben cambiar su rumbo». El capitán vuelve a insistir y los otros también. Luego de intercambiar varios mensajes en los que nadie cedía, el capitán, exasperado, escribió: «Estoy transmitiendo desde el buque de su majestad, ¡les ordeno que cambien de rumbo!». Y le contestan: «¡Cambie usted de rumbo! Nosotros estamos transmitiendo desde el faro del puerto...»

Me dio risa esta anécdota que encontré en un artículo y comparto con ustedes, pero plantea algo muy cierto: lo que está sólidamente asentado no puede moverse, hacerse para otro lado, cambiar. La Iglesia Católica es como ese faro del puerto. Además, el principio de no contradicción de Aristóteles dice claramente: una cosa no puede ser y no ser al mismo tiempo lo que es. Y el matrimonio, para el hombre y la mujer de fe, en el seno de la Iglesia, no puede ser, al mismo tiempo clara y rotundamente, lo que no es: porque la Palabra de Dios lo rechaza; porque no santifica ni da vida; porque causa daños físicos, psicológicos y espirituales; porque donde se ha legalizado se ha atentado contra la libertad de conciencia y de expresión, porque como se opone a la voluntad de Dios, pone a los involucrados, en grave riesgo de perder su salvación.

Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U.

Nota: Este artículo está tomado de diversas fuentes del Catecismo de la Iglesia, de la Sagrada Escritura, de la Tradición y el Magisterio de la Iglesia y de algunos artículos de Internet de blogs serios.

GUARDIANES, TALENTOS Y VIDA... Amor y justicia en el matrimonio

La omisión del amor y de la justicia es el gran pecado de nuestros tiempos y de siempre. «Acaso soy el guardián de mi hermano?» (Gn 4,9), pregunta Caín al Señor apenas en los inicios de la creación. Se ven letreros que hablan del amor o ropa con corazones... ¿pero, cómo se vive el amor en nuestro mundo actual? Se hacen marchas, protestas, reclamaciones en favor de la justicia, pero en las cosas pequeñas de cada día... ¿cómo se promueve la vida de justicia? Estas dos cosas, bien sabemos los creyentes, se empiezan a vivir en la familia, que es fruto de la unión de un hombre y una mujer que son llamados a compartir su ser.

En el Nuevo Testamento, la parábola de los talentos (Mateo 25,14-30, Lucas 19,12-28) es siempre una invitación a reivindicar la eficacia del amor y la justicia bien entendida. No se trata de ver el pragmatismo de una eficacia inmediata, pero sí es la responsabilidad por los efectos profundos de nuestras acciones. No basta tener buenas intenciones para amar o para ser justos.

Cada vez somos testigos de menos celebraciones de matrimonio en nuestros templos. Muchos de nuestros hermanos y amigos, llenos de talentos, dones y cualidades que el Señor les dio para compartirlos, se contentan con irse a vivir juntos para evitar compromisos de amor y de justicia y buscan solamente pasar un tiempo juntos. Un matrimonio de nuestra época —de esta era de la postmodernidad en la que impera el pragmatismo— no puede buscar solamente compartir la vida con buenas intensiones para dividir gastos o pasar el rato sin la bendición de Dios. En la unión matrimonial, tanto el hombre como la mujer son llamados a establecer esta unión para ser «guardianes» el uno del otro y buscarse cada día compartiendo en amor y justicia el conjunto de talentos que Dios ha dado, tanto al hombre como a la mujer. El amor no puede ser auténtico en una pareja si no vive el uno para el otro como guardián y si cada uno no desentierran los talentos que Dios les dio y los multiplican.

Con demasiada frecuencia se desconoce, por parte del creyente, que el matrimonio y la familia son un proyecto de Dios que invita al hombre y a la mujer, creados por amor, a realizar su proyecto de amor y justicia en fidelidad hasta la muerte. El hombre y la mujer, siendo imagen y semejanza de Dios que es amor, son invitados a vivir en el matrimonio el misterio de la comunión. Hombre y mujer son llamados al amor en la totalidad de su cuerpo y de su espíritu en una vida de compromiso justo, compartiendo lo que son, lo que hacen y lo que tienen.

Los esposos, para vivir el amor y la justicia, deben cultivarse, prepararse, organizarse, discernir. No se pueden refugiar en la frágil y muy debilitada moral de la época, que se queda muchas veces en buenas intenciones. Hay que tomarse en serio e invertir los talentos para que se multipliquen en los hijos.

¿Por qué será que el mundo vive tanta confusión, especialmente en este campo del matrimonio, del amor, de la justicia, de la familia, del ejercicio de la sexualidad? ¿Por qué se habla de brindar el sagrado nombre de «matrimonio» a uniones de convivencia que bien pudieran tener otro nombre? Hoy están muy en boga las encuestas y las entrevistas a personas más o menos famosas para que eso de pautas a seguir. Aparecen en el radio, en la televisión, en el periódico y no se diga en Internet. Imaginen que ahora estos personajes famosos fueran interrogados con preguntas como estas: ¿Qué es para ti el matrimonio? ¿Por qué crees que el matrimonio es la unión de un hombre y una mujer? ¿Qué es lo que más le importa a la sociedad de hoy de la vida matrimonial? ¿Cómo piensas llenar tu vida matrimonial o cómo la llevas si ya la vives? ¿Qué sentido tiene para ti el tiempo en la vida matrimonial? ¿Qué crees tú que le pueda esperar a un mundo sin niños?

El hombre y la mujer de fe, saben que la vida matrimonial la diseñó Dios invitando al hombre y a la mujer a compartir los talentos que ha recibido. Cualidades, bienes, posibilidades... deben conocerlos y reconocerlos como dados por Dios para compartirlos en un tiempo diseñado por Dios —hasta que la muerte los separe— para poner en juego esos talentos: comunidad de vida y amor en la familia, actividad profesional, responsabilidad de casados, vida de unión espiritual como pareja con Dios.

El hombre y mujer, en la relación matrimonial no pierden su libertad; en justicia saben que esa libertad es parte de los dones que Dios regaló a cada uno y la deben conservar como un tesoro. Cada uno de los dos es libre: sus decisiones y sus actos seguirán siendo fruto de la libertad. Libremente llegan ante al altar a comprometerse a multiplicar sus talentos en la vocación matrimonial. Se les pedirá  cuentas de cómo lleven su unión conyugal pero cada día recibirán la fuerza de lo alto para crecer en el amor y en la justicia. La última instancia nos será el gusto egoísta, el bienestar materialista o la propia comodidad. La última instancia será la voluntad de Dios que los ha unido y los ha invitado a trabajar con amor y en justicia sus talentos como matrimonio, en la edificación de una sociedad de más amor y más justicia.

Para acrecentar en el matrimonio tanto el amor como la justicia, tiene mucho que ver también aquel otro principio del Evangelio: «El que guarde su vida, la perderá, y el que pierda su vida, la encontrará» (Mateo 10,39; Mateo 16,25; Marcos 8,35; Lucas 9,24; Lucas 17,33).

¿A que llama entonces Dios al matrimonio a un hombre y una mujer?

.- A vivir conforme a la moral del evangelio.
.- A trabajar unidos por establecer una comunidad de vida y amor.
.- A hacer de la vida un servicio justo del uno para el otro y juntos para los demás.
.- A salir del propio egoísmo dando la vida por el otro.

Eso es ganar otros cinco, tres o un talento más. Eso es ganar la vida.

Que cada matrimonio de hoy, bien fundamentado en el amor y la justicia, sea una invitación para todas las parejas —unidas por la Iglesia o no— a vivir amándose alertas y vigilantes en la justicia. Que no se dejen vencer por la comodidad, por la pereza, por la rutina. Que no los impregne el pragmatismo de sentir que se tiene valor como persona sólo si se es útil económicamente para el otro. Que no busquen su realización si no es respetando la vocación que han recibido de lo alto. Que no se dejen enredar por modas pasajeras y criterios que llegan de culturas ajenas a la fe. Que muestren al mundo que los talentos se multiplican en una vida ordinaria y de sencillez, ayudando a quien lo necesita, apoyando al que está  triste, alentando al que está  deprimido.

Una última cosa en esta reflexión. Que cada matrimonio abra su corazón a María. Ella les dará la clave para invertir y multiplicar los talentos recibidos. Ella los guiará  en su unión matrimonial para «perder» la vida en la entrega de amor y justicia al otro. Ella, que estuvo presente en las boda de Caná, sabrá de sus necesidades, Ella los alentará cada día para ser, de todo corazón, el uno, guardián del otro.

Alfredo Delgado, M.C.I.U. 

sábado, 18 de junio de 2016

HACE 56 AÑOS SE CASARON MIS PADRES... ¡Gracias por su testimonio de amor!

Hace 56 años mis padres, Alfredo y Blanca, se juraron vivir para siempre en el amor que se tienen como esposos. Esa fidelidad y perseverancia en el amor, lo sabemos, es fruto de la gracia de Dios y del re-estreno diario que hacen de ese amor. La gracia propia que se recibe en el sacramento del matrimonio no es estática, sino que fluye diariamente en un dinamismo que, en ellos dos, ha continuado viva años y años. Esa gracia siempre ha estado presente en mis padres y se ha manifestado según la voluntad de Dios y en una vida de familia en la Iglesia.

Ayer, acomodando unos libros en la Biblioteca de la casita de Alfredo y Blanca, dimos con el periódico "El Norte" del 19 de junio de 1960, en el que aparece la foto de los novios y la crónica que ahora copio tal cual: 

«Ayer, a la una de la tarde, en el Templo del Espíritu Santo, de manos del Sr. Pbro. don Salvador Martínez, recibieron la bendición nupcial la guapa y gentil Srta. Blanca Margarita Rangel Montoya y el Sr. Alfredo Leonel Delgado Laurel.

La encantadora novia entró al sagrado recinto del brazo de su señor padre el Sr. Gerónimo Rangel González, luciendo una hermosa creación de primavera (que ella misma diseñó). Siguiendo en la comitiva el novio del brazo de su señora madre doña Dora H. Laurel Vda. de Delgado y la corte de amor integrada por las guapas señoritas Elida Ayala G., María Luisa Ayala G., Sylvia Iga, Loretta Frech, Rosamagda Guajardo, Guadalupe Fernández, Rosa González y Cristian González. Las madrinas fueron las señoritas Romelia Yolanda Delgado L., de anillos; Teresita González Lozano, de ramo; Delia Sánchez Laurel, de arras; Guadalupe Fernández, de libro; Olga Peña González, de Rosario; Rosamagda Guajardo, de guantes y Ernestina Laurel de abanico. Marcela Medina, de aretes, Ana María Treviño, de pañuelo, la Sra. Margarita Valdez Vda. de Bernal, de cake; Martha Elsa Villarreal de copas y Melva Sánchez Laurel, de álbum.

Después de la ceremonia de bendición de arras y anillos, los novios escucharon la Misa de Velación estando cerca de ellos sus padres el Sr. Gerónimo Rangel González y la Sra. Dora H. Laurel Vda. de Delgado, así como sus padrinos los señores Nicolás Martínez y Sra., Joel B. García y Sr. Hugo Garza y Sra., Celestino Pineda y Sra., Alejandro Garza Galván y Sra., y los padrinos de cojines Sr. Raúl Treviño y Srta. Amelia Chavarría.

A la hora del Santo Evangelio, el Sr. José Juan Delgado Laurel y la Srta. Angélica Azucena Rangel Montoya, colocaron sobre los hombros de los contrayentes el simbólico lazo de unión.

CEREMONIA CIVIL

En la residencia de la novia, el pasado día once se celebró la ceremonia civil ante el Oficial Primero del Registro Civil Sr. Enrique Barrera Leal, formando como padrinos y testigos los señores Ildefonso Treviño y Sra., Eugenio Llanos y Sra., Julián Morales y Sra., José Sánchez González y Sra., Silvestre Peña González y Sra., Sr. Merced G. Rangel y Sra. y Mario Chejade y Sra.

Después de la ceremonia religiosa se efectuó un brindis familiar en la residencia de la familia Rangel, donde la feliz pareja recibió las felicitaciones de sus amistades y familiares.

Más tarde los novios salieron en placentero viaje de luna de miel a la capital de la República y el puerto de Acapulco y otras poblaciones del sur del país."

En una sociedad como la nuestra en que ahora se le da tanto valor al yo, a lo individual, al «ego» como dicen muchos, vemos cómo, cuando se vive de amor y se destila amor... hay unidad, hay entrega, caridad, cooperación y una actitud de protegerse y cuidarse mutuamente por años, quinquenios y décadas. El matrimonio es la base para una familia plena; y es un lugar privilegiado en donde se aprenden los valores morales, espirituales y el buen uso de la libertad, es la primera escuela de valores y el primer centro de catequesis para la niñez; es la iglesia doméstica donde aprendemos a orar, es decir, a conversar con Dios y a amar con perseverancia y fidelidad. Es lo que Alfredo y Blanca nos han heredado en vida a Eduardo mi hermano y a mí.

Un corazón enamorado es un corazón siempre despierto, ilusionado, incandescente; un corazón que sabe vivir día a día a la sorpresa de Dios; un corazón que anhela siempre dar calor en una fecundidad espiritual que sigue dando vida. 

Gracias por enseñarnos con su matrimonio que el amor verdadero es una decisión, no un sentimiento. Gracias por enseñarnos que el amor entre un hombre y una mujer puede mantenerse siempre fresco y durar hasta la muerte. Gracias por enseñarnos que el amor de esposos es fiel y como tal es constancia en lo próspero y en lo adverso; en la salud y en la enfermedad. Gracias por enseñarnos que el esposo y la esposa busca en el otro no algo para disfrutar, sino alguien a quien hacer feliz. Gracias por mostrarnos que el amor matrimonial nunca puede estar ocioso y Gracias por enseñarnos en familia a amar a Dios sobre todas las cosas con un amor total y totalizante y a valorar el significado del «Sí» como el que dio María en unión de José en la casita de Nazareth en torno siempre a Jesús.

Hoy, tanto Alfredo como Blanca, rememoran y renuevan aquel compromiso que hicieron aquel 18 de junio de 1960.

«Oh Dios, Señor del universo, 
que al principio creaste 
al hombre y a la mujer 
e instituiste el vínculo conyugal; 
bendice y confirma el amor de mis padres
y el de todos los matrimonios, 
para que expresen siempre 
en su vida, el sacramento 
que celebraron y re-estrenan cada día en la fe. 
Por Jesucristo nuestro Señor». Amén

sábado, 30 de abril de 2016

«La vocación a la vida matrimonial»... Para hablar a los niños y adolescentes sobre la vocación al matrimonio*.

Todos hemos venido al mundo como fruto del amor entre una mamá y un papá. Antes de venir a este mundo éramos un pensamiento de Dios, un latido de su corazón y él quiso que naciéramos, y nuestros papás nos amaron y le prestaron sus corazones para recibirnos con amor. Muchos niños no nacen, porque hay mamás y papás que no han amado al bebé por nacer, ni han querido colaborar con Dios. Nosotros debemos estar muy agradecidos por este regalo maravilloso que Dios nos ha dado.

Los fines de esta vocación que sella con una bendición el amor entre un hombre y una mujer, nos dejan ver claramente, que el matrimonio es un regalo que Dios ha dado a la humanidad. Estos fines se pueden resumir en tres palabras: “Formar una familia”. La vocación al matrimonio fue elevada por Cristo Nuestro Señor a la dignidad de sacramento entre bautizados y el elemento esencial de la realización de esta vocación en el sacramento del matrimonio es el intercambio del consentimiento entre los esposos; “si ese consentimiento falta, no hay matrimonio”.

El “Yo, n. te acepto a ti n. …” debe ser algo libre porque como vocación es un llamado de Dios que necesita una respuesta del ser humano para perfeccionar el amor de los esposos, para fortalecer su unidad. Por medio de esta gracia "se ayudan mutuamente a santificarse con la vida matrimonial y en la acogida y educación de los hijos que Dios les quiera dar". Con la vocación del matrimonio, los casados reciben una verdadera misión eclesial, que consiste en crear una verdadera «Iglesia doméstica». En la familia los padres han de ser para sus hijos los primeros anunciadores de la fe con su palabra y con su ejemplo, y han de fomentar la vocación personal de cada uno y, con especial cuidado, la vocación a la vida consagrada y perpetuar la Iglesia con los hijos, a quienes deben educar en la fe.

Los papás son los principales y primeros educadores de sus hijos. En este sentido, la tarea fundamental del matrimonio y de la familia es estar al servicio de la vida. El matrimonio cristiano es así una verdadera vocación, y un camino de santidad. Para responder al llamado vocacional, la persona tiene que prepararse muy bien, por eso existe la obligación y la necesidad de prepararse bien para el matrimonio y vivir un noviazgo limpio que verdaderamente prepare para la vida matrimonial.

En la vocación al matrimonio, como en las otras vocaciones específicas de la Iglesia, el amor se funda en el Amor de Cristo, que es entrega y sacrificio... Además, como recordaba Tobías a Sara, en el relato de la Sagrada Escritura, los esposos saben que son hijos de santos, y no pueden juntarse a manera de los gentiles, que no conocen a Dios. El matrimonio y la familia se cuentan entre los bienes más valiosos de la humanidad. Son la célula fundamental de la comunidad humana: El bienestar de la persona y de la sociedad humana y cristiana está estrechamente ligado a la prosperidad de la comunidad nupcial y familiar.

Jesús estuvo presente en una boda en Caná de Galilea, reconociendo con su presencia el valor humano del matrimonio. Además recogiendo la imagen matrimonial de la alianza que sugieren los profetas, compara el Reino de Dios con un banquete de bodas en el que se identifica con el esposo. Durante este banquete los amigos del novio no ayunan (Mt 9, 14-15), son invitados los que están en los caminos mientras que algunos rechazan la llamada (Mt 22, 1-14; Lc 14, 16-24), y es preciso estar alerta para participar en la fiesta (Mt 25, 1-13).

En Mt 19, 3-9 Jesús reafirma el ideal originario de la creación (Gen 2,24) al defender la firmeza y permanencia de la alianza matrimonial. Jesús en este momento, supera la Ley, manifestando la profunda relación que existe entre el orden de lo creado y la Alianza. Aquí esta el origen del sacramento del matrimonio: Jesús le reconoce como instituido desde la creación, cobrando para él una dimensión especial. Esta significación particular será claramente expresada por San Pablo en la carta a los Efesios: "Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos un solo ser. Este símbolo es magnífico; yo lo estoy aplicando a Cristo y a la Iglesia, pero también vosotros, cada uno en particular, debe amar a su mujer como a sí mismo, y la mujer debe respetar al marido" (Ef 5, 31-33)

Para todos nosotros en la Iglesia, esta vocación de la mutua entrega de un hombre y una mujer bautizados es sacramento, es decir, un signo que expresa y realiza la alianza de amor y fidelidad de Cristo con su pueblo, la Iglesia. Cristo quiso nacer y crecer en el seno de la Sagrada Familia de José y de María. La Iglesia no es otra cosa que la "familia de Dios". Desde sus orígenes, el núcleo de la Iglesia estaba a menudo constituido por los que, con toda su casa, habían llegado a ser creyentes. Cuando se convertían, deseaban también que se salvase toda su casa. Estas familias convertidas eran islas de vida cristiana en un mundo no creyente.

*Con el deseo de que estas reflexiones ayuden a los catequistas para que hagan a los niños y a los adolescentes cercana la tarea de descubrir la vocación, les dejo en sus manos este material que cada uno, que cada una, podrá fácilmente ampliar.


Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U.