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martes, 30 de septiembre de 2025

ALLÁ EN LA OTRA PARROQUIA...

“Allá en la otra parroquia, el padre predica breve y muy bien, ¡Que tipazo!”

“Allá en la otra parroquia, el coro y el sonido del templo es impresionante”.

“Allá en la otra parroquia, todo el mundo se saluda”.

“Allá en la otra parroquia todos están unidos y se apoyan”.

“Allá en la otra parroquia todo está muy bien organizado”.

“Allá en la otra parroquia, las celebraciones litúrgicas y los retiros son mucho más animados”.

“Allá en la otra parroquia la pastoral juvenil si está comprometida, todos los jóvenes están felices y unidos”.

¿Sabes lo que no hay en la otra parroquia, ni en ninguna otramás?

¡¡¡TÚ!!!

Tú… que participas a veces muy poco, pero te quejas mucho.

Tú… que solamente ves el mal en la cara de todos y aún así hablas de falta de unidad.

Tú… que no contribuyes, pero hablas de falta de inversiones y fondos, pero te olvidas de apoyar e incluso de dar tu ofrenda semanal.

Tú… que llegas sin saludar y no le diriges la palabra con nadie, pero piensas que las homilías y predicaciones son débiles.

Tú… que no reconoces el trabajo y entrega  de tu párroco, catequistas, evangelizadores, y de todas las personas que se entregan por amor y para dar vida a la comunidad parroquial; pero eso sí, gastas saliva alabando a los de lejos, y te la pasas  criticando y calumniando a los que sirven en la tuya.

En lugar de vivir haciendo comparaciones, es mejor hacer la diferencia donde tú estás, ser la Iglesia que deseas... colabora, involúcrate, ora, haz tus donaciones; lánzate en este compromiso de "no asistir a la Iglesia" sino a "ser Iglesia" y de preferencia una Iglesia saliente que se reúne para orar, fortalecerse y formarse  y así poder evangelizar y servir en las necesidades del pueblo de Dios.

“También ustedes, como piedras vivas, edifíquense y pasen a ser un Templo espiritual, una comunidad santa de sacerdotes que ofrecen sacrificios espirituales agradables a Dios, por medio de Cristo Jesús” (1 Pe 2, 5).

viernes, 16 de abril de 2021

«TENDER AL BIEN EN LA UNIDAD»*. El valor del respeto mutuo en la comunidad eclesial... Un tema para retiro y reflexión


1. El respeto.

Primero que nada hemos de ver que la palabra respeto proviene del latín «respectus» y significa «atención» o «consideración» —de acuerdo al diccionario de la Real Academia Española (RAE)—, y que el respeto está relacionado con la veneración o el acatamiento que se hace a alguien o a algo. El respeto incluye miramiento, consideración y deferencia. Por otra parte significa mirar algo, o mirar a alguien con atención y consideración, aunque también puede hacer referencia al temor o al recelo. Por ejemplo: «Al mar hay que tenerle respeto, ya que puede ser peligroso».

El respeto es un valor que permite que el hombre pueda reconocer, aceptar, apreciar y valorar las cualidades del prójimo y sus derechos. Es decir, el respeto es el reconocimiento del valor propio y de los derechos de los individuos y de la sociedad, por eso, en la vida de los cristianos, es un valor imprescindible en el día a día, ya que el respeto no sólo se manifiesta hacia la actuación de las personas o hacia las leyes, sino también se expresa hacia la autoridad, como sucede con los alumnos y sus maestros o con los hijos y sus padres. 

El respeto permite que una familia, un grupo o una comunidad, pueda vivir en paz y en una sana convivencia, en base a normas, reglamentos y determinaciones. Implica reconocer en sí mismo y en los demás los derechos y las obligaciones, por eso suele sintetizarse en la frase que dice «no hagas a los demás lo que no quieres que te hagan a ti». El respeto, al igual que la honestidad y la responsabilidad son valores fundamentales para hacer posibles las relaciones de convivencia y comunicación eficaz entre las personas ya que son condición indispensable para el surgimiento de la confianza en toda comunidad social. 

Hoy, en la época tan llena de conflictos que nos ha tocado vivir, se percibe por doquier una falta de respeto que es causa de la laxitud en la que ha caído la cultura moderna, por el excesivo énfasis que se ha puesto en la libertad y los derechos de los individuos, con el olvido de la responsabilidad y el deber de estar unidos a quienes nos rodean como contraparte complementaria. Esta actitud egoísta ha traído como consecuencia una mala interpretación de lo que significa la dignidad de la persona y su responsabilidad social y un olvido de la «unidad», que siempre es necesario vivir para ejercer el respeto. 

Es curioso que en diversos ámbitos, incluido el religioso, se deja hoy sentir una interpretación muy generalizada de que nuestro individualismo es tan «sagrado», que al sentirnos dueños de nuestra propia manera muy personal de interpretar al mundo, podemos criticar a quien sea y ridiculizar a la persona que represente cualquier autoridad aún en detrimento de la unidad. Así, la falta de respeto, empezando por la familia, genera violencia y enfrentamientos que atentan contra la solidaridad y el bien común.


2. El respeto y la unidad en la comunidad eclesial.

Para vivir en plenitud este valor del respeto, quienes forman el grupo, movimiento o comunidad eclesial, tienen la fuerza de la Palabra de Dios, que les regala, entre tantas cosas maravillosas, unos cuantos versículos del capítulo 12 de la carta a los Romanos, en los que san Pablo habla del Cuerpo místico de Cristo, y son los versículos del 3 al 8.

Comencemos por reproducir el texto en cuestión (Rm 12,3-8): [3] «Por lo que los exhorto a todos ustedes, en virtud del ministerio que por gracia se me ha dado, a que en su saber o pensar, no se levanten más alto de lo que deben, sino que se contengan dentro de los límites de la moderación, según la medida de fe que Dios ha repartido a cada cual. [4] Porque así como en un solo cuerpo tenemos muchos miembros, mas no todos los miembros tienen un mismo oficio, [5] así nosotros, aunque seamos muchos, formamos en Cristo un solo cuerpo, siendo todos recíprocamente miembros los unos de los otros. [6] Tenemos por tanto dones diferentes, según la gracia que nos es conferida; por lo cual el que ha recibido el don de profecía, úselo siempre según la regla de la fe; [7] el que ha sido llamado al ministerio de la Iglesia, dedíquese a su ministerio; el que ha recibido el don de enseñar, aplíquese a enseñar; [8] el que ha recibido el don de exhortación, exhorte; el que reparte limosna, dela con sencillez; el que preside o gobierna, sea con vigilancia; el que hace obras de misericordia, hágalas con apacibilidad y alegría».

Para dar más autoridad a su exhortación, san Pablo comienza por alegar su condición de Apóstol, recordando que lo hace «en virtud del misterio que por gracia se me ha dado», es decir: «con todo respeto». Por lo tanto, que nadie se presuma más alto de la «medida de fe que Dios ha repartido». Sin embargo, la «medida de fe», a la cual alude san Pablo, no es la fe en cuanto tal, es decir, el asentimiento a la verdad divina, sino los dones o carismas que Dios distribuye de modo variable a los fieles conjuntamente con la fe —o sea, en la medida de fe— teniendo en vista la función que cada uno debe desempeñar en la Iglesia (cf. v. 6 ss.).

Para explicitarnos todo esto más claro, san Pablo se vale de una imagen sumamente expresiva —el cuerpo humano—, que siendo uno solo, tiene una gran variedad de miembros, cada cual con su función, y todos al servicio unos de los otros: «así nosotros, aunque seamos muchos, formamos en Cristo un solo cuerpo». Se trata de una realidad profunda, que constituye la doctrina revelada del Cuerpo Místico de Cristo, a la cual san Pablo alude de modo explícito también en otras de sus cartas (1 Cor. 10,17; 12,12-27; Ef. 1,13; 2,16; 3,6; 4,4 y 12-16; Col. 1,18 y 24; 2,19; 3,15).

Según esta doctrina, podemos captar que la Iglesia —y por lo tanto nuestra familia, nuestro grupo, nuestra comunidad— no es un conglomerado amorfo de individuos, sino un cuerpo organizado, con diversos miembros y sus propias funciones, personas sobre las cuales Jesucristo ejerce una acción unitiva y vivificadora, personas que se respetan y se aman para vivir en unidad. Así, es perfectamente adecuada la expresión «Cuerpo Místico de Cristo» para designar a la Iglesia. Dice la beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento: «Les recomiendo siempre, en todas las cosas, la unión de corazones, de voluntad, de servicio, en la alegría característica de nuestro instituto, pero en una alegría sobrenatural, en el deber cumplido por amor» (Carta colectiva desde Roma en junio de 1978).

En los diversos textos mencionados, san Pablo resalta ya sea uno, ya sea otro aspecto de esta divina doctrina. Cuando quiere inculcar la necesidad de unión y colaboración entre los fieles, destaca que nuestra unión con Cristo es tal que forma con Él una unidad o cuerpo único. Empero, cuando necesita denunciar a los falsos predicadores que cuestionaban la posición única de Cristo, insiste sobre todo en que Él es la verdadera Cabeza —aunque invisible— de la comunidad cristiana, o sea, católica y apostólica, punto de partida de todo el influjo vital en la Iglesia y su Jefe indiscutible.

Aquí cabe observar —no sin asombro— que existen concepciones erróneas acerca del Cuerpo Místico de Cristo que recorren toda la historia dos veces milenaria de la Iglesia, a tal punto que el Papa Pío XII se sintió obligado a escribir una encíclica especial para refutar las falsas doctrinas en curso en los medios católicos de su tiempo, y que llegan hasta nuestros días. Se trata de la encíclica «Mystici Corporis», del 29 de junio de 1943, cuya lectura recomiendo para enriquecimiento personal. 


3. El respeto, la unidad y los dones o ministerios en la comunidad eclesial.

Los dones o carismas (carísmata, en griego), de que habla san Pablo, no parece que deban concebirse como algo extraordinario y pasajero, propio de los comienzos de la Iglesia, conforme generalmente se piensa, sino como algo estable que durará mientras dure la Iglesia, por lo tanto hasta el fin de los tiempos (excepto, claro está, algunos carismas muy especiales, como el don de milagros). Según la concepción de san Pablo, todos los cristianos formamos «en Cristo un solo cuerpo» (v. 5), y cada cual tiene una función que desempeñar ordenada a la vida de ese cuerpo; y puesto que, según el mismo Apóstol, la adaptación de cada miembro para el desempeño de su función es obra de los dones que recibió, se deduce que éstos deben ser un hecho normal en la vida de la Iglesia.

Los exegetas observan que en ninguno de los lugares en que habla de los dones o carismas, san Pablo pretende dar una lista completa de ellos. Veremos ahora cómo en una comunidad se pueden dar estos dones y deben contribuir, con todo respeto, al bien de la unidad de la misma.

3.1. Profecía: Don ordenado a la predicación del mensaje evangélico, descubriendo a veces secretos del corazón y prediciendo el futuro (cf. Hch. 13, 1; 1 Cor. 14, 24-25). Hablando de aquellos a quienes les es concedido el don de profecía, explica el cardenal Charles Journet (1891-1975): «Ellos sabrán discernir, a la luz divina, los sentimientos profundos de su época; ellos sabrán diagnosticar los verdaderos males y prescribir los verdaderos remedios. Mientras  la masa parecerá alcanzada por la ceguera, mientras hasta los mejores titubearán o avanzarán a tientas, ellos, con un instinto sobrenatural e infalible, irán directo al blanco» (L’Église du Verbe Incarné, Desclée de Brouwer, París, 1962, 3ª ed., vol. I, pp. 173-175).

3.2. Ministerio: Don de significado difícil de precisar, pero que probablemente engloba las cinco funciones o servicios a continuación mencionados.

3.3. Ministerio de la enseñanza: Don para instruir convenientemente en las verdades de la fe. 

3.4. Ministerio de la exhortación: Don para llegar fácilmente al corazón de los demás con palabras apropiadas. 

3.5. Ministerio de la limosna: Don que estimula a dar de los propios bienes y hacerlo con simplicidad, con vistas a ayudar al prójimo y no por motivos inconfesables. 

3.6. Ministerio de gobierno: Don para los que están al frente de las personas y de las diversas obras de la comunidad, para que lo hagan con celo y diligencia. 

3.7. Ministerio de la práctica de la misericordia: Don para atender con suavidad y buenas maneras el cuidado de los enfermos, peregrinos, personas moralmente debilitadas, etc.


4. Respeto y unidad viviendo los diversos ministerios en la comunidad eclesial.

Ante un mundo roto y deseoso de unidad es necesario proclamar con gozo y fe firme que Dios es comunión, Padre, Hijo y Espíritu Santo, —unidad en la distinción que respeta, comparte y anima—, el cual llama a todos los hombres a que participen de la misma comunión trinitaria. Es necesario proclamar que esta comunión es el proyecto magnífico de Dios [Padre]; que Jesucristo, que se ha hecho hombre, es el punto central de la misma comunión, y que el Espíritu Santo trabaja constantemente para crear la comunión y restaurarla cuando se hubiera roto. Es necesario proclamar que la Iglesia es signo e instrumento de esa comunión querida por Dios, iniciada en el tiempo y dirigida a su perfección en la plenitud del Reino. 

La Iglesia es signo de comunión porque sus miembros, como sarmientos, participan de la misma vida de Cristo, la verdadera vid (Cf. Jn 15, 5). En efecto, por la comunión con Cristo, Cabeza del Cuerpo místico, entramos en comunión viva con todos los creyentes y por eso respetamos lo que Dios ha dado a cada uno. Vivir el don de la Iglesia como la comunión —koinonía— de los creyentes en Cristo «que tenían un solo corazón y una sola alma» (Hch 4,32), debe ser una prioridad permanente para nuestra vida religiosa. La comunidad es y debe ser el espacio vital y natural en el que podamos encontrar, escuchar, celebrar, vivir y difundir integralmente el acontecimiento de Cristo en medio del mundo. La comunión es obra del Espíritu, pero también requiere del respeto y de la participación y colaboración de todos para que, donde quiera que estemos y en todo lo que hagamos, contribuyamos a fortalecerla, superando hábitos adquiridos y criterios puramente territoriales o funcionales. 

Esto, en cada comunidad eclesial, implica la comprensión y vivencia del misterio de la misma comunidad como edificación del único Cuerpo de Cristo, del cual somos miembros, cada uno con dones y carismas al servicio de todo el Cuerpo para su edificación en el amor (Cf. Ef. 4). El Apóstol siempre afirmó la primacía de la unidad y la caridad sobre los demás carismas (Cf. 1 Cor 13 y 14), pues aunque proceden del mismo Espíritu, son dones al servicio de la edificación del único Cuerpo de Cristo, el cual crece hacia su plenitud en el amor (Cf. Ef 4). 

En cada una de las comunidades eclesiales existen diversos ministerios con unidad de misión. A los apóstoles y a sus sucesores Cristo les confirió la función de enseñar, santificar y gobernar en su propio nombre y con su autoridad. En nuestros grupos siempre habrá superiores y súbditos, pero siempre todos «hermanos» formando un Cuerpo en la unidad por la diversidad. El superior, en función de su ministerio, ejerce la labor de presidir la comunidad y de estar al servicio de ella, se convierte en pastor de su rebaño. Dice la beata Madre Inés: «Le pido a Nuestro Señor que siempre trabajen unidos, llenos de comprensión los unos para los otros, y cada uno olvidándose de sí mismo, para ver por sus hermanos que en esto consiste el «no ser egoístas», pues al tener más en cuenta a nuestros hermanos, que a nosotros mismos, reinará la paz, apenas algo comparada con la del Cielo. Y no olvidemos que, el Cielo lo podemos llevar desde la tierra, dentro del alma, viviremos siempre en el Cielo sin cavilaciones, sin sospechas, sin buscarnos a nosotros mismos» (Carta a la comunidad de Lunsar, marzo 4 de 1977).

Es importante asumir las diferencias de cada uno y vivir el respeto cada día. Nuestra unión se fundamenta en la potenciación de los dones de todos los hermanos que tenemos a nuestro lado. Hemos de alegrarnos de los talentos que Dios da a cada cual. El diálogo y el respeto mutuo nos pueden ayudar a conseguir esta unidad. La comunidad misma tiene el reto de potenciar los carismas de cada persona. Todos tenemos capacidades, es necesario descubrirlas y ofrecerlas a los demás. No las escogemos nosotros; Dios nos las ha dado para que las hagamos fructificar y para ponerlas al servicio de los demás dentro de los parámetros que nuestro espíritu y espiritualidad nos ofrecen.

Al igual que en nuestra comunidad local, en la Iglesia todos somos iguales pero con funciones diferentes. No se entendería ninguna comunidad eclesial sin el clérigo pero tampoco sin los laicos. Ambos conforman la única Iglesia de Cristo. Sin el presbítero no puede haber comunidad, él tiene la responsabilidad de ayudar a potenciar los carismas de los diferentes miembros, tiene la misión de unir a la comunidad para que forme el cuerpo místico de Cristo.


5. Respeto, unidad, diversidad y vida diaria en la comunidad eclesial.

Cuando tenemos la desgracia de que se nos rompa un vaso de vidrio en muchos pedazos, nos damos cuenta de lo frágil que era su unidad; un golpe bastó para dejar de ser vaso. Dicen los filósofos que hay diversos grados de unidad. Existe la unidad material como la del vaso o la de un carro o una máquina. Pero hay una más fuerte. Por ejemplo, la unidad que hay entre los miembros de una comunidad religiosa, unidos por los lazos que ha dejado en herencia su fundador. También la persona mantiene una unidad: todo su cuerpo está unido gracias a su alma que lo vivifica. Por ello, si una parte de su cuerpo le duele, una mano por ejemplo, toda la persona lo resiente, y no sólo la mano. Gracias al alma se mantiene la unidad en el cuerpo humano.

San Agustín acude a la unidad que hay del alma espiritual con el cuerpo humano para explicar que de modo semejante se da la unidad entre el Espíritu Santo y la Iglesia: «Lo que nuestro espíritu, es decir, nuestra alma, es para nuestros miembros, eso mismo es el Espíritu Santo para los miembros de Cristo, para el Cuerpo de Cristo que es la Iglesia» (Sermón 267,4). El Espíritu Santo tiene una importancia esencial en la vida de la comunidad eclesial: nos mantiene a todos unidos entre sí viviendo un mismo carisma, —en el caso de la Familia Inesiana es el carisma de Madre Inés—, y con Jesucristo, que es la Cabeza de la Iglesia nos hace ser «Uno», como dice la beata Madre Inés: «Otro Cristo». El Concilio Vaticano II afirma esto: El Espíritu Santo «une a todos en Cristo tan íntimamente que es el Principio de la unidad de la Iglesia» (Unitatis redintegratio, n.2). 

Hay un cuento que narra que dos amigos caminaban juntos uno de ellos era católico y el otro cristiano y uno de ellos, el cristiano, decía que el camino para llegar a Dios era también uno solo, y que por eso su camino y el de los católicos eran prácticamente iguales: creían en un solo Dios, en la vida eterna, en el Cielo y en el Infierno; sólo que los cristianos no admitían la autoridad del Papa como primado. Entonces el católico se limitó a cortar una rama de un árbol diciendo: «Mira, esta rama es recia como las otras; es flexible como las otras; sólo hay una diferencia, y es que las otras están unidas al tronco, y ésta no. Y aunque la diferencia no es mucha, las ramas unidas al árbol conservarán su lozanía y su vida, crecerán y se llenarán de fruto. En cambio, la que se separó del tronco no tardará en secarse».

Jesucristo tomó el ejemplo de la vid para expresar la necesidad de la unión que había de tener con Él: «Permanezcan en mí y yo en ustedes. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco ustedes, si no permanecen en mí. Yo soy la vid, ustedes los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante, porque sin mí nada pueden hacer» (Jn 15, 4-6).


6. Para vivir el respeto mutuo tendiendo al bien en la unidad.

Hemos de vivir agradecidos con el Señor al permitirnos vivir esa unidad con Él. Y podemos favorecerla si busquemos esa unión con Cristo especialmente en nuestra oración diaria, en la Adoración y en la celebración de la Eucaristía en comunidad. Como decía san Juan Pablo II: «De la verdad de nuestra unión con Jesucristo en la Eucaristía queda patente en si amamos o no amamos de verdad a nuestros compañeros (...), en cómo tratamos a los demás y en especial a nuestra familia (...), en la voluntad de reconciliarnos con nuestros enemigos, y en el perdón a quienes nos hieren u ofenden» (Phoenix Park, 29-IX-1979). La unidad con Cristo nos llevará a vivir fomentando el respeto y la unidad con todos los demás.

La unidad es un don que se alcanza más allá de todo esfuerzo humano. Para ello necesitamos rezar con insistencia a Dios pidiéndole este don y la capacidad de asumir las diferencias de cada uno de los que formamos la comunidad. 

Para conseguir la unidad necesitamos, por un lado, intensificar nuestra relación íntima con Dios Padre, nivel necesario para progresar en el deseo de la comunión. Jesús tenía una estrecha comunión con Dios Padre. En segundo lugar, es importante la práctica de la vida sacramental como eje de nuestra relación con Cristo, vivida con los demás desde nuestra adhesión plena a la propia comunidad. Cristo es el centro de nuestras vidas. Finalmente, el ejercicio de la caridad es constitutivo del talante genuino del respeto y de la unidad.


7. ¿Cómo conseguir este respeto en el grupo para vivir la unidad que Jesús nos pide?

Para conseguir el valor del respeto mutuo que nos hace tender al bien en la unidad es necesario:

—La conversión: proceso interior de cambio para mejorar nuestra vida con Dios y con los demás.

—Saber escuchar.

—Capacidad de discernimiento. Descubrir aquello que el hermano nos quiere decir con sus palabras.

—La unidad, que se fragua en la humildad, en la aceptación del hermano y de sus carismas.

—El amor de fraternidad: amar incondicionalmente al modo de Dios.

—La libertad: necesaria para desarrollar los mejores dones que Dios nos ha dado.

Además, para que haya una profunda comunión, es necesario el oxígeno del Espíritu Santo. Hemos de abrirnos a su aliento y dejar que corra por nuestro cuerpo. Regados por la gracia de Dios y animados por la fuerza del Espíritu Santo seremos capaces de conseguir la unidad verdadera.

María de Nazareth es un estupendo ejemplo de todo esto. Ella dejó, como Esposa fiel del Espíritu Santo, que corriera por todo su ser. Nuestra Señora, al pie de la Cruz, respetó los planes del Padre y vivió en medio del dolor íntimamente unida a su Hijo, asociada a Él. Allí, Jesús, viendo a su Madre y al discípulo al que amaba, dijo a su madre: «Mujer, he ahí a tu hijo». Después dije al discípulo: He ahí a tu madre. Y desde aquel momento el discípulo la recibió en su casa. María estuvo siempre atenta a respetar el plan de salvación y vivió no sólo en ese momento de Cruz, sino siempre, muy unida a su Hijo, como ninguna criatura lo ha estado ni lo estará jamás, y de modo muy particular en aquellos últimos momentos en los que se consumaba nuestra redención. 

En el Calvario «mantuvo fielmente su unión con el Hijo hasta la Cruz, junto a la cual, no sin designio divino, se mantuvo erguida» (cfr. Jn 19, 25), sufriendo profundamente con su Unigénito y asociándose con entrañas de madre a su sacrificio, consintiendo amorosamente en la inmolación de la Víctima que Ella misma había engendrado; y, finalmente, fue dada por el mismo Cristo Jesús, agonizante en la Cruz, como madre al discípulo, en el que estábamos representados todos los hombres. Ella es Madre de todo el género humano y especialmente de todos aquellos que por el Bautismo hemos sido incorporados a Cristo. El Concilio Vaticano II nos recuerda la necesidad de volver nuestra mirada hacia la Madre común: «ofrezcan todos los fieles súplicas apremiantes a la Madre de Dios y Madre de los hombres, para que Ella (...) interceda en la comunión de todos los santos ante su Hijo, hasta que todas las familias de los pueblos, tanto los que se honran con el título de cristianos como los que todavía desconocen a su Salvador, lleguen a reunirse felizmente, en paz y concordia, en un solo Pueblo de Dios, para gloria de la Santísima e indivisible Trinidad». A Ella acudimos pidiéndole que este amor al respeto y a la unidad nos mueva a crecer cada vez más en una vida de comunidad sencilla, constante y eficaz.

Alfredo Delgado, M.C.I.U.

*Este tema lo impartí originalmente a un grupo de Ministros Extraordinarios de la Comunión Eucarística de la parroquia de Fátima en Azcapotzalco con sus debidas adaptaciones.

sábado, 18 de abril de 2020

¿TE IDENTIFICAS CON ALGUIEN?... Un poco de buen humor y un mucho de realidad


Aprovechando que estos días he estado en casa, he estado revisando papeles que tenía guardados desde hace tiempo por cuestiones que me llamaban la atención. Me encontré  una caracterización de roles que me pareció muy curiosa, graciosa y real y que quiero ahora compartir. Es un resumen de algún artículo que hice hace años que ayuda a entenderse en un grupo, equipo o colectividad por la diversidad de personalidades que interactúan en él y así poder tratarse y ayudarse mejor. Aquí va:


EL ETERNO PREGUNTÓN:

Le gusta entorpecer o indagar las opiniones ajenas; trata siempre de hacer apoyar su punto de vista.

No hay que resolver sus problemas, ni tomar partido, hay que ayudarle a que encuentres respuestas.


EL QUERELLADOR:

Le gusta herir a los demás, o tiene razones legítimas para estarse quejando.

Hay que decirle que por falta de tiempo se tratara ese asunto después, y permanecer tranquilos.

EL EMBROLLÓN:

Le gusta discutir, oponerse por placer o por hallarse fuera decí por cuestiones personales.

Hay que tratar de aprovechar lo bueno que aporte, hablarle en particular y hablarle de la importancia del trabajo en equipo.


EL OBSTINADO:

Ignora sistemáticamente el punto de vista de los demás. No quiere aprender nada de nadie porque siente que no vale la pena.

Hay que decirle que es interesante discutir a solas con él, pero que tiene que aceptar el punto de vista de los demás.


EL SABELOTODO:

Quiere imponer su opinión a todos. Puede ser que por estar efectivamente bien informado, o por ser un simple charlatán.

Hay que detenerlo mediante preguntas difíciles y buscar que el grupo no se deje dominar por él y pierda la identidad de comunidad.


EL MUDO VOLUNTARIO:

Se desinteresa de todo. Se cree por debajo o por encima de los problemas que atañen al grupo.

Hay que tratar de despertar su interés, pidiéndole su opinión sobre un punto que conozca, y darle seguridad para hablar con confianza.


EL TIPO IDEAL:

Siempre dispuesto ayudar. Seguro de sí mismo. Convencido y con vencedor con su testimonio. Participa ador y alienta a participar. Pacífico y pacificador.

Es un elemento muy valioso. Hay que hacerle a portar su contribución y darle las gracias. Animarlo a que siga adelante pero sin exageraciones o adulaciones.


EL CHARLATÁN:

Habla y habla de todo fuera de tema y de una forma incontrolable e incontenible.

Se necesita pararle la cuerda, cuando se detiene para tomar aliento.


EL TÍMIDO:

Tiene ideas, pero no participa por temor, o porque no sabe cómo hacerlo. Le da pena todo o casi todo.

Hay que ayudarlo, hacerle preguntas fáciles. Aumentar su confianza en sí mismo. Atraer la atención sobre sus buenas intervenciones.


EL DE IDEAS FIJAS:

Tiene manías y la repiten sin cesar. Habla de ellas interminablemente. Es susceptible.

Se deben aprovechar las ideas interesantes que expresa. Tratar de comprenderlo y tratarlo con cuidado.


EL DE LAS NUBES:

Es distraído, y además distrae a los demás. Puede hablar de varios temas y da esa impresión como que siempre de andar en las nubes.

Hay que hablarle por su nombre y buscar la manera de atraer su atención con preguntas directas y claras.


EL DE CUELLO DURO:

Trata a todos de una manera activa. No se interesa por la comunidad y se siente perfecto en todo.

No hay que herir sus susceptibilidades ni criticarlo. Ayudarle a que vaya bajando el cuello y vea al grupo para integrarse en él.


Éstos son solamente algunos tipos de personalidad que se pueden dar en un grupo equipo o colectividad. Hay más, por supuesto, y sobretodo se da el caso de la combinación de diversas actitudes. Debemos buscar el conocernos lo mejor posible para poder darnos a los demás y hacer un buen trabajo de equipo.

Padre Alfredo.

sábado, 12 de mayo de 2018

«Somos familia en la fe»... Un pequeño pensamiento para hoy...


¡Qué importante es la comunicación de experiencias y el compartir para sentirse hermanos, para saberse amigos, para experimentar la pertenencia a una familia! Así se fue haciendo «familia» la Iglesia de los primeros tiempos. Cada comunidad que iba naciendo se mantenía en comunicación con las demás y recibía a quienes llegaban procedentes de aquí y de allá hasta allende se había establecido la Iglesia. Un hogar cristiano, unos laicos cristianos se encargan de Apolo para ayudarle a avanzar en su fe y seguir con su formación en la fe, que, entre paréntesis, hemos de afirmar que nunca termina (Hch 18, 23-28). Apolo era un judío que se había formado en Alejandría de Egipto, y hablaba muy bien, porque era experto en el Antiguo Testamento. Aunque conocía sólo el bautismo de Juan, predicaba en las sinagogas sobre Jesús. Áquila y Prisca, matrimonio amigo de Pablo, fueron quienes tomando a Apolo por su cuenta, le explicaron con más detalle el camino del Señor. Y así Apolo llegó a ser un colaborador muy valioso en la evangelización, reconocido también por Pablo. Los laicos, afortunadamente cada vez más, tienen un papel importante en la tarea de la evangelización encomendada a toda la Iglesia familia de los hijos de Dios. Es una de las consignas más comprometedoras del Vaticano II. 

No debemos olvidar que los católicos somos una familia, la familia de los hijos de Dios. En esta familia de fe, todos debemos involucrarnos en el anuncio del Evangelio. Esto nos debe llevar a preocuparnos con toda lealtad de la mutua evangelización, así como nos dedicamos a la evangelización de los no creyentes, pues la Iglesia no sólo debe ser evangelizadora, sino también evangelizada. Tal vez haya muchos sectores de nuestra Iglesia que viven casi como paganos; por lo menos yo veo una inmensa gama en mi «Selva de Cemento», corazones en los que ya no se conoce a Dios. El Señor nos envía a evangelizar a quienes no han oído hablar de Él porque, aun cuando se les bautizó, jamás se les habló del Señor y se dejó que la vida de fe se marchitara demasiado pronto. Ayer precisamente, me encontré con dos jóvenes que con inmensa alegría cumplían con su tarea de despachadores de café y al ver que era sacerdote me preguntaron que qué hacía y cuando les dije que era misionero se asombraron y uno de ellos exclamó: «¡Disculpe mi ignorancia padre!, ¿qué es eso de misionero? Le pregunté a los dos chicos que si estaban bautizados y me dijeron que sí, pero que no sabían más y que les daba gusto platicar con un padre porque nunca lo habían tenido «tan cerquita» y que cuando quisiera fuera a visitarlos. ¡Me topé así con el neopaganismo del que hablaba ayer! Ojalá Dios me de la oportunidad de siempre sembrar por lo menos la inquietud de revivir la fe. 

Estando en comunión de vida con Cristo, como su familia, es como podemos, desde Él, dirigir nuestra oración de unos por otros para fortalecernos y anunciarle a tiempo y a destiempo. Dios nos quiere como testigos suyos en el mundo. Él nos concederá todo lo que necesitemos para cumplir fiel y eficazmente con esa misión que nos confía. « Pidan y se les dará», dice hoy Cristo en el Evangelio (Jn 16,23-28). Por eso la celebración de la Eucaristía más que un acto de piedad, especialmente el domingo —o sábado por la tarde en la Misa de precepto— es un momento especial para reunirnos como familia en la fe y llenarnos de Dios para poder llevarlo a la humanidad entera, desde la experiencia que de Él hayamos tenido en su Iglesia. Al recibir los dones de Dios, es como podemos escuchar y entender el clamor de los pobres, de los enfermos, de los deprimidos y de los más desprotegidos. Dios quiere continuar salvando, haciendo el bien y socorriendo a la humanidad que ha sido deteriorada por el pecado y azotada por la pobreza. Sus discípulos–misioneros, que hacemos la familia de Dios, somos un signo creíble del amor de Dios para nuestros hermanos. Por eso no sólo debemos pretender ser escuchados por Dios, sino que también nosotros debemos escuchar a los demás para darles una palmadita y fortalecerles en el camino de la vida. Aprendamos a estar a los pies de Jesús por medio de la escucha fiel de aquellos que, como sucesores de los apóstoles, nos transmiten la verdad sobre Jesucristo. Pero no nos guardemos lo aprendido y vivido. Llevémoslo a los demás con el ardor de la fe y del amor que proceden del Espíritu que Dios ha derramado en nuestra propia vida. Una forma sencilla puede ser compartiendo esta u otras reflexiones sobre la Palabra de Dios para revitalizar y extender la familia de los hijos de Dios. Que Dios nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, a quien veneramos especialmente hoy que es sábado, la gracia de sabernos amar como verdaderos hermanos, buscando siempre el bien unos de otros, hasta que juntos podamos gozar de los bienes eternos, como familia, como hijos amados de nuestro Dios y Padre, que es siempre misericordioso, fiel y paciente. ¡Bendecido sábado! 

Padre Alfredo.

viernes, 15 de septiembre de 2017

La revisión de vida en el andar de una comunidad...


La revisión de vida es algo muy necesario en toda comunidad —dígase familia, grupo, fraternidad—. Es un incentivo que tiene como finalidad la purificación de cada uno de los miembros que caminan al unísono en un grupo, la ayuda mutua espiritual, el crecimiento de la vida de los que viven el compromiso cristiano fraternalmente, el conocimiento recíproco de los miembros, el amor mutuo, la solidaridad con todos, la confianza de los unos con los otros, la vida que imita a los apóstoles con Cristo. 

La revisión de vida se realiza dentro de un clima de oración y respeto. Hay que tener bien claro que es una «revisión de vida» que hará cada uno de los miembros compartiendo de su propia vida y respetando las vidas de los demás. Hay varias formas de hacer una revisión de vida. Aquí te muestro una que puede ayudarte:

FASES DE UNA REVISIÓN DE VIDA:

1. Se sientan todos en círculo, propiciando un silencio respetuoso de recogimiento y se invoca al Espíritu Santo (puede ser una oración o un canto apropiado).

2. Se hace un examen de conciencia particular durante algunos momentos (se pueden dar pistas para orientar la revisión de vida a uno o varios aspectos).

3. Vienen luego las manifestaciones individuales, en donde uno tras otro va explicando a los demás miembros del grupo lo que está experimentando en su interior a nivel de oración, de estudio, de trabajo, de relaciones interpersonales, de la familia, de algún cargo o comisión que tenga, etcétera; expresando con sencillez cómo se siente.

4. Además de hablar de sí mismo, se puede hablar de la marcha de la comunidad, cómo la ve, cómo la siente; pero sin acusar ni atacar a nadie. Puede ser, por ejemplo, que alguno manifieste su parte de culpa en las cosas que no van como deberían ir, y manifestar su resolución como aportación personal para impulsar o corregir algo que se tenga que mejorar.

5. Puede ser que al terminar de hablar todos, alguno o algunos quieran decir algo más.

6. Quien dirige la revisión de vida tErmina con una exhortación y viene luego la oración final y un canto.

REGLAS IMPORTANTES PARA LA REVISIÓN DE VIDA:

1. Nadie tiene que ser obligado o forzado moralmente a manifestarse si no quiere.

2. Cada uno tiene que hablar tan solo de lo que libremente quiera, es decir, de lo que percibe como un bien para sí y para los demás, o como un mal para sí mismo.

3. También puede hablarse de los demás que están presentes, pero no hablar nunca mal, ni acusar, juzgar o atacar. Puede decirse de los demás lo que en su conducta hace bien y sirve de ayuda al grupo, pero siempre con sencillez y discreción, sin adular ni poner a nadie en apuros; tomando en cuenta que siempre habrá miembros de la comunidad que por motivos familiares, de trabajo o de amistad, conviven más y se conocen mejor.

4. Hay que justificarse de la conducta propia solamente en lo que haya que aclarar para evitar el escándalo y la interpretación menos justa. Por ejemplo: no haber asistido a una reunión importante por tal o cual causa justificada, etc.

5. Ser humildes y presentar con sencillez las propias debilidades humanas sin justificarlas. Es decir, abrir el corazón a los demás miembros del grupo en un ambiente de confianza familiar.

6. No hablar de cosas —aunque sean verdaderas— que pueden escandalizar a las personas con poca experiencia o que son nuevas en esta experiencia.

7. Eventualmente, los que escuchan, pueden responder a la persona que se manifiesta, para animarla, para ayudarle a expresar lo que se comprende que quiere externar y se le dificulta, o para pedirle que aclare mejor algo de lo que haya dicho y que no se haya comprendido bien.

LO QUE DEBEN HACER LOS DEMÁS MIENTRAS ALGUNO SE MANIFIESTA:

1. Escuchar con respeto y atención.

2. Acoger y aceptar con amor y comprensión todo lo que se manifiesta.

3. No criticar en público lo que uno ha dicho en la revisión de vida, aunque se trate de algo que no debería haber dicho. En ese caso hay que aceptar incluso ese error y pecado, y luego, en particular, el padre de familia, el dirigente, el asesor o quien dirige la revisión, puede comentarle algo, sugerir alguna cuestión o corregir.

CON LO QUE HAY QUE TENER CUIDADO EN UNA REVISIÓN DE VIDA:

1. Estar con ánimo de participar en la revisión cooperando. Porque puede haber algunos que sean tímidos y que estén esperando la participación de otros para animarse a hablar.

2. Puede haber personas que no conozcan mucho o participen poco en la comunidad y por eso no sientan confianza. Hay que ayudarles antes a disponerse a participar.

3. Puede que haya algunos que no quieran hablar por falta de sencillez. A estos sí hay que ayudarles a vencer eso y participar.

4. El que dirige la revisión, o las personas que tengan cargos o responsabilidades y estén presentes, deben de tener cuidado de no mostrarse autoritarios o aparecer como los que todo lo saben y todo lo hacen bien.

5. Hay que hacer a un lado la falsa humildad.

SOBRE LA ORACIÓN FINAL EN LA REVISIÓN DE VIDA:

1. Puede ser dirigida espontáneamente por una sola persona o tenerla preparada antes.

2. Puede ser una acción de gracias al Señor por las cosas buenas que han sucedido en la comunidad. Puede ser participada o realizada por una sola persona con una respuesta común.

3. Se pueden hacer algunas promesas de esfuerzo personal y comunitario para el buen ejemplo en la perseverancia. Cada miembro de la comunidad puede ir expresando algo.

4. Pueden hacerse propósitos por escrito y quemarlos al final en una fogata.

5. Puede recurrirse a otras formas, un canto, algo expresado por escrito, etc.

EL SECRETO PROFESIONAL O SIGILO EN LA REVISIÓN DE VIDA:

Es muy importante que todos los participantes en la revisión de vida sean conscientes de que cuanto ha tenido lugar en la sesión, es decir, todo lo que cada uno ha manifestado, es considerado materia de sigilo o secreto profesional. Cada uno puede hablar con los demás tan solo de sus propias manifestaciones. Solamente por causa grave se podrá comentar con quien ha dirigido la revisión, siempre en privado y con la debida seriedad.

UN EJEMPLO DE PREGUNTAS PARA LA REVISIÓN DE VIDA DE UN GRUPO APOSTÓLICO:

1. LA VIDA DE ORACIÓN.
.- ¿Hago, o trato de hacer de mi vida una oración?
.- ¿Busco la presencia de Jesús en lo sencillo y rutinario de cada día?
.- ¿Tengo cuidado de servirle a mis hermanos viendo en ellos a Cristo?

2. LA RELACIÓN CON LOS DEMÁS.
.- ¿Trato de animarlos cuando noto que atraviesan un momento de crisis?
.- Justifico sus errores en vez de criticarlos, sin conocer los motivos de sus faltas?
.- Les doy con mi ejemplo, con mi vida, con mis actitudes, una imagen fiel de Jesús?

3. LA RELACIÓN CON LA COMUNIDAD.
.- ¿Doy dentro y fuera de mi comunidad el ejemplo que Dios espera de mí?
.- ¿Mi asistencia a las actividades de la comunidad es por costumbre o por verdadera convicción y amor?
.-¿Cómo siento que me muestro fuera del grupo, en mis actividades ordinarias?
.- ¿Me esfuerzo por darme a mi comunidad?
.- ¿Trato de animar a los miembros que noto desalentados?
.- ¿Soy positivo en mi relación con la comunidad, apoyando los proyectos aunque no hayan surgido de mi creatividad personal o no me agraden del todo?

MI VIDA APOSTÓLICA:
.- ¿Hago de mi vida de familia, estudio o trabajo un campo de misión?
.- ¿Rezo por los miembros de mi comunidad, especialmente por quienes se encuentran en dificultades?
.- ¿Me acuerdo de orar por todos los misioneros del mundo entero?
.- ¿Procuro vivir la conversión intensamente?
.- ¿Cuál es mi colaboración para la conversión del mundo?
.- ¿Me esfuerzo por vivir la caridad y las demás virtudes cristianas?

Recordemos finalmente que, en el modo de proceder del grupo de revisión de vida, hay un supuesto de fe. Dios se manifiesta y revela su proyecto de salvación en los acontecimientos cuando estos son acogidos y leídos desde la persona de Jesús de Nazaret, centro y sostén de nuestras vidas. En consecuencia, la revisión de vida lleva al encuentro con Dios y a una mayor disponibilidad para hacer su voluntad en las circunstancias concretas en las que transcurre la vida cotidiana de una comunidad. Se pretende llegar, con ayuda de la revisión de vida, a una actuación que se pueda llamar cristiana; para ello, en docilidad al Espíritu Santo, hay que llegar a tener «los mismos sentimientos de Cristo Jesús» (Flp. 2,5).

P. Alfredo Delgado, M.C.I.U.

domingo, 10 de septiembre de 2017

«La ley del amor»... Un pequeño pensamiento para hoy


San Pablo, el Apóstol de las gentes, fue siempre muy claro en sus palabras y en su testimonio de vida, porque sabía que hablaba y obraba impulsado por el Espíritu Santo. Para un judío de su tiempo era muy fuerte decir que toda la ley se resume en el amor, como asegura san Pablo (Rm 13,9). Los fariseos y autoridades judías decían que lo primero es cumplir la ley. Incluso ahora, nosotros solemos valorar la bondad social o religiosa de una persona por su cumplimiento de la ley. Sabemos que Cristo nos enseñó que el amor que ponemos en todo es lo que habla de la fe que profesamos. San Pablo dice que «uno que ama a su prójimo no le hace daño; por eso amar es cumplir la ley entera» (Rm13,10). Por supuesto, que para que esto sea cierto hay que entender siempre la palabra «amor» en un sentido auténticamente cristiano, como lo captó san Pablo, porque lo que es hoy, la palabra «amor» se usa en sentidos que no tienen nada que ver con el auténtico significado cristiano de esta palabra. El Evangelista san Mateo nos muestra cómo este amor es tan auténtico como el ver por el bien del hermano, buscando su salvación, aunque eso implique corregirle cuando ha errado (Mt 18,15).

Todos los que vivimos dentro de una comunidad, por muy amplia que esta sea, somos responsables, por amor y en el amor, los unos de los otros. Todos los cristianos podemos ser en algún momento mensajeros de Dios para amar ayudando a los hermanos a ser un poco mejores. Con nuestra palabra o con nuestro ejemplo. Siempre que actuamos con verdadero amor cristiano estamos siendo de algún modo auténticos mensajeros y profetas de Dios. Sólo actuando así seremos verdaderos discípulos–misioneros de Jesús de Nazaret. Los discípulos participan como una comunidad que se ama, en el culto: «Donde dos o tres estén reunidos en mi nombre...» (Mt,18,20), como unos hermanos que se saben unidos por el amor, en la oración: «Si dos de ustedes se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo...» (Mt 18,19), y como hijos que se saben amados por Dios que da siempre una misión que cumplir: «Todo lo que aten en la tierra quedará atado en el cielo...» (Mt 18,18). Pero también y al mismo tiempo, como un grupo de hermanos que caminan alentándose en la corrección fraterna, preocupándose los unos de los otros: «Si tu hermano peca, repréndelo a solas...» (Mt 18,15)). La vivencia del amor, y el mantenerlo vivo, es, pues, responsabilidad de la comunidad y de cada uno de sus miembros. La construcción de la civilización del amor, de la que tanto hablaba san Juan Pablo II, no es exclusiva de ninguna persona en la comunidad sino de todos y cada uno.

Tal vez lo más difícil de todo esto sea la corrección fraterna, pues no se puede ejercer para salir victoriosos de alguna rencilla, para atacar a algún miembro de la comunidad o para vengarse. El Papa Francisco dice: «No se puede corregir a una persona sin amor y sin caridad. No se puede hacer una intervención quirúrgica sin anestesia: no se puede, porque el enfermo moriría de dolor. Y la caridad es como una anestesia que ayuda a recibir la cura y a aceptar la corrección. Llamarlo personalmente, con mansedumbre, con amor y hablarle» (Misa en Santa Martha 2014-09-12). Cada miembro de la comunidad precisa del favor que los hermanos en la en la corrección fraterna junto a otras ayudas imprescindibles como son la oración, la mortificación y el buen ejemplo, que constituye un medio fundamental para alcanzar la santidad, contribuyendo así a la extensión del Reino de Dios en el mundo. La familia es una comunidad, el grupo de amigos es una comunidad, la parroquia es una comunidad. Si como comunidad, nos reunimos, así como los apóstoles en torno a la Ley de Cristo con María (Hch 1,14), ella, la más amorosa de las Madres, nos ayudará a vivir en el amor nuestra vida fraterna en comunidad, algo que es del todo necesario porque, como dice san Juan de la Cruz: «Al atardecer de nuestras vidas, seremos juzgados en el amor». Sería bueno preguntarse hoy: En nuestra comunidad, ¿se da amor a todos? ¿Son todos amados de una manera particular? ¿Cómo expreso el amor en mi comunidad? Cuándo tengo que decir algo a un hermano, familiar o amigo, ¿lo hago con la suficiente humildad y como fruto de mi amor por él? ¿He usado alguna vez la corrección fraterna para atacar a otro o para vengarme? ¡Bendecido domingo reunidos como comunidad en la Santa Misa en la que les pido me encomienden!

Padre Alfredo.

miércoles, 16 de agosto de 2017

Discípulos-misioneros en comunidad... Un pequeño pensamiento para hoy

La primera invitación que Jesús hace a toda persona, que ha vivido el encuentro con él, es la de ser su discípulo para poner sus pasos en sus huellas y formar parte de la comunidad. ¡Nuestra mayor alegría es la de ser discípulos suyos y formar parte de una comunidad: La Iglesia! Él nos llama a cada uno por nuestro nombre, conociendo a fondo nuestra historia y las dificultades que envuelven nuestra existencia (cf. Jn 10,3), para convivir con él y con los hermanos y enviarnos a continuar su misión (cf. Mc 3,14-15). ¡Somos discípulos-misioneros en una comunidad! Y como dice el documento de Aparecida: «Cuando crece nuestra conciencia de pertenencia a Cristo, crece también el ímpetu de comunicar a todos el don de ese encuentro» (cf. DA 145).

Somos corresponsables de la vida y de la felicidad de los hermanos. En la comunidad no se debe perder ningún aliento de vida. Hemos recibido la encomienda de ser «discípulos-misioneros» para ir juntos, alentar, acompañar, animar y ayudarnos con la corrección fraterna, con la que hay que remediar lo que rompe la convivencia cristiana. El discípulo-misionero, dentro y fuera de la comunidad de los creyentes, vive siempre desde una actitud de servicio y no desde una supuesta primacía moral o hipocresía de este mundo; vive desde la autoconciencia de la propia debilidad y no desde la perfección ética del que indirectamente humilla con la debilidad que se pretende corregir al que supuestamente nada sabe o anda mal. La corrección fraterna, cuando brota de un corazón que se ha encontrado con Cristo, se ejerce como una experiencia compartida de misericordia, donde el que corrige, como el corrector, se sienten necesitados de perdón y acogida, porque, en la convivencia de las personas siempre hay desajustes, roces, molestias. Nadie estamos libres de estas situaciones. Como suele  decirse, «esto pasa hasta en las mejores familias». Cuánto más en la comunidad cristiana o en el grupo de apostolado.

La comunidad de los creyentes es un espacio fraterno en donde todos, en esa condición de discípulos-misioneros, crecemos cada día en la fe, sabedores de que nuestra fuerza es nuestra patente debilidad, como lo reconoce san Pablo cuando dice: «Cuando soy débil, entonces soy fuerte» (cf. 2 Cor 12,10). La comunidad, es el domicilio conocido de Jesús de Nazaret y de su Espíritu, garantes en todo momento del gozo, de la alegría, de la esperanza y del perdón que todos en ella recibimos y disfrutamos. Una comunidad orante, es lugar cierto de la presencia de Cristo que nos reúne en torno a él y a su Madre Santísima. Por eso es tan importante rezar en comunidad, en familia, con los amigos, en el grupo, con los compañeros de trabajo. Entonces la fuerza de nuestra oración es infinita (Mt 18,19). ¡Que tengan un miércoles muy bendecido en su comunidad!

Padre Alfredo.

miércoles, 18 de enero de 2017

Semana de oración por la unidad de los cristianos 2017...


Como cada año, desde 1908, esta semana, del 18 al 25 de enero, celebramos la semana de oración por la unidad de los cristianos. 

El lema de este año es: «Reconciliación. El amor de Cristo nos apremia».

El texto bíblico para este año  es el de 2 Cor 5,14-20, un texto que subraya que la reconciliación es un don de Dios destinado a toda la creación.

Como consecuencia de la acción de Dios, la persona que ha sido reconciliada en Cristo está llamada a su vez a proclamar esta reconciliación con palabras y obras: «El amor de Cristo nos apremia» (v.14). «Somos embajadores de Cristo y es como si Dios mismo os exhortara sirviéndose de nosotros. En nombre de Cristo les pedimos que hagan las paces con Dios» (v.20). 

Este texto bíblico pone de relieve que la reconciliación no se da sin sacrificio: Jesús entregó su vida, murió por todos. Los embajadores de la reconciliación están llamados, en su nombre, a dar su vida de forma parecida. No se puede vivir para uno mismo; es necesario vivir para aquel que murió por nosotros para ganarnos la salvación.

El amor de Cristo nos apremia a orar, pero también a ir más allá de nuestras oraciones por la unidad entre los cristianos. Todas las Iglesias y las congregaciones de creyentes cristianos necesitamos el don de la reconciliación con Dios como fuente de vida. Pero aún más, lo necesitamos para brindar un testimonio de amor común en Cristo ante el mundo: «Te pido que todos vivan unidos. Como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, que también ellos estén en nosotros. De este modo el mundo creerá que tú me has enviado» (Jn 17,21).

El mundo globalizado y lleno de megatendencias de toda clase, necesita embajadores de reconciliación que rompan barreras, que construyan puentes, que sean artífices de paz, que muestren Iglesias de puertas abiertas a nuevas formas de vida en el nombre de aquel que nos reconcilió con Dios, Jesucristo. Su Espíritu Santo nos conduce por el camino de la reconciliación en su nombre.

Propongo ahora una breve reflexión para cada día de este octavario, siguiendo el esquema que propone el "Consejo Pontificio para la promoción de la unidad de los cristianos". Los materiales de este año se han preparado en Alemania debido a los 500 años de la Reforma. Se puede seguir de forma individual o comunitaria:



PRIMER DÍA DEL OCTAVARIO.
DÍA 18 DE ENERO: «Uno murió por todos» (2 Cor 5, 14)

Cuando Pablo se convirtió a Cristo llegó a un entendimiento radicalmente nuevo: una persona murió por todos. Jesús no murió solo por su pueblo, ni solo por aquellos que simpatizaban con sus enseñanzas. Murió por todos los pueblos, pasados, presentes y futuros. Muchos cristianos, fieles al Evangelio, han entregado sus vidas por sus amigos a lo largo de los siglos. Una de estas personas fue el franciscano Maximiliano Kolbe, que fue encarcelado en el campo de concentración nazi de Auschwitz, y que en 1941, voluntariamente, entregó su vida para que un compañero prisionero pudiera vivir.

Ya que Cristo murió por todos, «todos en cierto modo han muerto» (2 Cor 5, 14). Muriendo con Cristo, nuestro viejo modo de vida se ha vuelto una cosa del pasado y hemos entrado en una nueva forma de existencia: la vida en abundancia —una vida en la que podemos experimentar consuelo, confianza y perdón, también hoy— una vida que continúa teniendo sentido también después de la muerte. Esta nueva vida es vida en Dios.

Habiendo llegado a este entendimiento, Pablo sentía que el amor de Cristo lo apremiaba a predicar la Buena Noticia de la reconciliación con Dios. Las Iglesias cristianas comparten este mismo mandato de proclamar el mensaje evangélico. Debemos preguntarnos a la luz de nuestras divisiones cómo podemos anunciar este Evangelio de la reconciliación.

Preguntas:
1. ¿Qué significa decir que Jesús «murió por todos»?
2. El pastor alemán Dietrich Bonhoeffer escribía: «Soy hermano de otra persona gracias a lo que Jesucristo hizo por mí y me hizo a mí; la otra persona se ha vuelto un hermano para mí gracias a lo que Jesucristo hizo por él». ¿Cómo afecta esto a la forma en la que veo a los demás?
3. ¿Cuáles son las consecuencias de esto para el diálogo ecuménico e interreligioso?

Oración:
Dios y Padre, en Jesús nos diste a aquel que murió por todos. Él vivió nuestra vida y murió nuestra muerte. Tú aceptaste su sacrificio y lo elevaste a una nueva vida junto a ti. Concédenos a nosotros, que hemos muerto con él, poder hacernos uno por el Espíritu Santo, y vivir en la abundancia de tu divina presencia ahora y por siempre. Amén



SEGUNDO DÍA DEL OCTAVARIO.
DÍA 19 DE ENERO: «Ya no vivan más para sí mismos» (2 Cor 5, 15)

Por medio de la muerte y la resurrección de Jesucristo hemos sido liberados de crearnos nuestro propio sentido y de vivir solo a partir de nuestras fuerzas. Por el contrario, vivimos en el poder dador de vida de Cristo, que vivió, murió y resucitó por nosotros. Cuando «perdemos» nuestra vida por él, la encontramos.

Los profetas se enfrentaron constantemente a la pregunta acerca del modo correcto de vivir cara a Dios. El profeta Miqueas (Miq 6, 6-8) encontró una respuesta muy clara a esta pregunta: «respetar el derecho, practicar con amor la misericordia y caminar humildemente con tu Dios». El autor del salmo 25 sabía que no podemos hacer esto por nuestra cuenta y clamaba a Dios para que le diera luz y fuerza.

En los últimos años, el aislamiento social y la creciente soledad se han vuelto asuntos importantes en Alemania, como también en otras sociedades contemporáneas. Los cristianos están llamados a desarrollar nuevas formas de vida comunitaria en las que compartimos nuestros medios de sustento con los demás y afianzamos la ayuda entre las generaciones. El llamamiento evangélico a no vivir para nosotros mismos sino para Cristo es también un llamamiento a abrirnos a los demás y a romper las barreras que nos aíslan.

Preguntas:
1. ¿De qué manera nuestra cultura nos tienta a vivir solo para nosotros mismos en vez de para los demás?
2. ¿De qué formas podemos vivir para los demás en nuestra vida de todos los días?
3. ¿Cuáles son las implicaciones ecuménicas del llamamiento a no vivir ya para nosotros mismos?

Oración:
Dios Padre nuestro, en Jesucristo nos has liberado para una vida que va más allá de nosotros mismos. Condúcenos con tu Espíritu y ayúdanos a vivir nuestras vidas como hermanos y hermanas en Cristo, que vivió, sufrió, murió y resucitó por nosotros y que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.



TERCER DÍA DEL OCTAVARIO.
DÍA 20 DE ENERO: «A nadie valoramos con criterios humanos» (2 Cor 5, 16)

Encontrarse con Cristo cambia todo de arriba a abajo. Pablo tuvo esa experiencia de camino a Damasco. Por primera vez pudo ver a Jesús como quien era realmente: el Salvador del mundo. Su perspectiva cambió radicalmente. Tuvo que poner a un lado su juicio humano y mundano.

Encontrarnos con Cristo cambia también nuestra perspectiva. Sin embargo, muchas veces permanecemos en el pasado y juzgamos según criterios humanos. Pretendemos decir y hacer cosas «en el nombre del Señor», cuando en realidad pueden ser autorreferenciales. A lo largo de la historia, en Alemania y en muchos otros países, tanto las Iglesias como los gobernantes han abusado de su poder e influencia para perseguir fines políticos injustos.

En 1741, los cristianos de la Iglesia de Moravia (Herrnhuter), transformados por su encuentro con Cristo, respondieron al llamamiento de no valorar a nadie con criterios humanos y eligieron «someterse al gobierno de Cristo». Al someternos nosotros hoy al gobierno de Cristo, estamos llamados a ver a los demás como los ve Dios, sin desconfianza ni prejuicios.

Preguntas:
1. ¿Dónde puedo identificar yo experiencias de Damasco en mi vida?
2. ¿Qué es lo que cambia cuando miramos a los demás cristianos y a las personas de otras confesiones con los ojos de Dios?

Oración:
Dios trino, eres el origen y el fin de todo lo que existe. Perdónanos cuando solo pensamos en nosotros mismos y nos ciegan nuestros propios criterios. Enséñanos a ser amables, acogedores y misericordiosos, para que podamos crecer en la unidad que es un don tuyo. A ti sea el honor y la alabanza por los siglos de los siglos. Amén.



CUARTO DÍA DEL OCTAVARIO.
DÍA 21 DE ENERO: «Lo viejo ha pasado» (2 Cor 5, 17)

Muchas veces vivimos desde el pasado. Mirar atrás puede ser útil y con frecuencia es necesario para sanar la memoria, pero también nos puede paralizar y nos puede impedir vivir en el presente. El mensaje de Pablo aquí es liberador: «lo viejo ha pasado».

La Biblia nos anima a tener en cuenta el pasado, a tomar fuerzas de la memoria y a recordar lo que Dios ha hecho, pero también nos pide dejar lo viejo, incluso lo que ha sido bueno, para poder seguir a Cristo y vivir una vida nueva en él (Flp 3, 7-14).

A lo largo de este año muchos cristianos están conmemorando la labor de Martín Lutero y de otros reformadores. La Reforma cambió muchas cosas en la vida de la Iglesia de occidente. Muchos cristianos dieron un testimonio heroico y muchos fueron renovados en su vida cristiana. Al mismo tiempo, como nos muestra la Escritura, es importante que el pasado no nos limite, sino que dejemos que el Espíritu Santo nos abra a un nuevo futuro en el que se superen las divisiones y el pueblo de Dios sea salvado.

Preguntas:
1. ¿Qué podemos aprender al leer juntos la historia de nuestras divisiones y desconfianzas?
2. ¿Qué debe cambiar en mi Iglesia para superar las divisiones y fortalecer lo que nos une?

Oración:
Señor Jesucristo, el mismo ayer, hoy y siempre. Cura las heridas de nuestro pasado; bendice hoy nuestra peregrinación hacia la unidad y condúcenos hacia tu futuro, en el que serás todo en todos, con el Padre y el Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Amén.



QUINTO DÍA DEL OCTAVARIO.
DÍA 22 DE ENERO: «Una nueva realidad está presente» (2 Cor 5, 17)

Pablo se encontró con Cristo, el Señor resucitado, y se convirtió en una persona nueva, así como le pasa a todos los que creen en Cristo. Esta nueva realidad no es visible a simple vista. Es una realidad de fe. Dios vive en nosotros por el poder del Espíritu Santo y nos hace participar en la vida de la Trinidad.

Por este acto de nueva creación se supera el pecado original y se nos inserta en una relación salvífica con Dios. De ahí que se puedan decir cosas verdaderamente extraordinarias de nosotros. Como dijo Pablo: en Cristo somos una nueva criatura; en su resurrección la muerte ha sido vencida; ninguna persona o cosa nos puede arrebatar de las manos de Dios; somos uno en Cristo y él vive en nosotros. En Cristo somos «un reino de sacerdotes» (Ap 5, 10), al darle gracias por haber vencido la muerte y al proclamar la promesa de una nueva creación.

Esta nueva vida se hace visible cuando le permitimos que tome forma en nosotros y nos volvemos «compasivos, benignos, humildes, pacientes y comprensivos». También tiene que hacerse visible en nuestras relaciones ecuménicas. Una convicción común en muchas Iglesias es que cuanto más estemos en Cristo, más cerca estaremos unas de otras. De un modo especial en este 500 aniversario de la Reforma, recordamos tanto los éxitos como también las tragedias de nuestra historia. El amor de Cristo nos apremia a vivir como nuevas criaturas, buscando activamente la unidad y la reconciliación.

Preguntas:
1. ¿Qué es lo que me ayuda a reconocer que soy una nueva creación en Cristo?
2. ¿Qué pasos tengo que dar para vivir mi nueva vida en Cristo?
3. ¿Cuáles son las implicaciones ecuménicas de ser una nueva creación?

Oración:
Dios trino, te nos has revelado como Padre y Creador, como Hijo y Salvador, como Espíritu y dador de vida, y sin embargo eres uno. Superas y trasciendes nuestras fronteras humanas y nos renuevas. Danos un corazón nuevo para superar todo lo que pone en peligro nuestra unidad en ti. Lo pedimos en el nombre de Jesucristo, por el poder del Espíritu Santo. Amén.



SEXTO DÍA DEL OCTAVARIO.
DÍA 23 DE ENERO: «Dios nos ha reconciliado con él» (2 Cor 5, 18)

La reconciliación tiene dos caras: es al mismo tiempo fascinante y aterradora. Nos atrae de modo que la deseamos: dentro de nosotros, entre nosotros y entre nuestras diferentes tradiciones confesionales. Pero nos damos cuenta del precio a pagar y esto nos aterra, ya que la reconciliación implica renunciar a nuestro deseo de poder y de reconocimiento. En Cristo, Dios nos reconcilia gratuitamente consigo, aunque nos hayamos separado de él. La acción de Dios, sin embargo, trasciende también esto: Dios no solo reconcilia consigo a la humanidad, sino a toda la creación.

En el Antiguo Testamento Dios es fiel y misericordioso con el pueblo de Israel, con el que hizo una alianza. Esta alianza sigue vigente: «los dones y el llamamiento divinos son irrevocables» (Rm 11, 29). Jesús, que inauguró la nueva alianza en su sangre, era un hijo de Israel. Muchas veces a lo largo de la historia nuestras Iglesias han fallado a la hora de reconocer esto. Desde el Holocausto se ha vuelto un compromiso distintivo de las Iglesias en Alemania combatir el antisemitismo. Del mismo modo, todas las Iglesias están llamadas a llevar a cabo la reconciliación en sus comunidades y a resistir cualquier forma de discriminación humana, ya que todos somos parte de la alianza de Dios.

Preguntas:

1. ¿En cuanto comunidades cristianas cómo entendemos el formar parte de la alianza de Dios?
2. ¿Qué tipos de discriminación deben combatir nuestras Iglesias hoy en nuestra sociedad?

Oración:
Dios misericordioso, desde el amor hiciste una alianza con tu pueblo. Danos fuerza para resistir toda forma de discriminación. Haz que el don de tu alianza de amor nos llene de alegría y nos inspire una mayor unidad. Te lo pedimos por medio de Jesucristo, el Señor resucitado, que vive y reina contigo y el Espíritu Santo por los siglos de los siglos. Amén.


SÉPTIMO DÍA DEL OCTAVARIO.
DÍA 24 DE ENERO «El ministerio de la reconciliación» (2 Cor 5, 18-19)

La reconciliación entre Dios y la humanidad es la realidad central de nuestra fe cristiana. Pablo estaba convencido de que el amor de Cristo nos apremia a hacer que la reconciliación de Dios se haga presente en todos los ámbitos de nuestra vida. Hoy en día esto nos lleva a examinar nuestras conciencias acerca de nuestras divisiones. Como demuestra la historia de José, Dios siempre otorga la gracia necesaria para sanar las relaciones rotas (Gén 50, 15-21).

Los grandes reformadores como Martín Lutero, Ulrico Zuinglio y Juan Calvino, como también muchos que permanecieron católicos, como Ignacio de Loyola, Francisco de Sales y Carlos Borromeo, intentaron conseguir que la Iglesia occidental se renovara. Sin embargo, lo que debería haber sido una historia de la gracia de Dios, estuvo también marcada por el pecado de los hombres y se volvió una historia del desgarramiento de la unidad del pueblo de Dios. De la mano del pecado y de las guerras, la hostilidad mutua y la sospecha fueron creciendo a lo largo de los siglos.

El ministerio de la reconciliación incluye la tarea de superar las divisiones dentro del cristianismo. Hoy en día, muchas Iglesias cristianas trabajan juntas con mutuo respeto y confianza. Un ejemplo positivo de reconciliación ecuménica es el diálogo entre la Federación Luterana Mundial y el Congreso Mundial Menonita. Después de que se hicieron públicos los resultados de este diálogo en el documento «La sanación de las memorias: reconciliación por medio de Cristo», las dos entidades organizaron juntas una celebración penitencial en 2010 que fue seguida de otras celebraciones penitenciales por toda Alemania y en muchos otros países.

Preguntas:
1.¿Dónde percibimos la necesidad de un ministerio de la reconciliación en nuestro contexto?
2. ¿Cómo estamos haciendo frente a esta necesidad?

Oración:
Dios de toda bondad, te damos gracias por habernos reconciliado a nosotros y a toda la creación contigo en Cristo. Capacítanos a nosotros, a nuestras congregaciones y a nuestras Iglesias para el ministerio de la reconciliación. Sana nuestros corazones y ayúdanos a propagar tu paz. «Donde haya odio, que sembremos amor; donde haya ofensa, perdón; donde haya duda, fe; donde haya desesperación, esperanza; donde haya tinieblas, luz; donde haya tristeza, gozo». Te lo pedimos en el nombre de Jesucristo, por el poder del Espíritu Santo. Amén.



OCTAVO DÍA DEL OCTAVARIO.
DÍA 25 DE ENERO Reconciliados con Dios (2 Cor 5, 20)

¿Y si...? ¿Y si las profecías de la Biblia se hicieran realidad? (Miq 4, 1-5) ¿Y si las guerras entre los pueblos se detuvieran y se hicieran de las armas instrumentos de vida? ¿Y si la justicia de Dios y la paz reinaran, una paz que fuera más que la simple ausencia de guerra? ¿Y si toda la humanidad se juntara para una celebración en la que ni tan siquiera se marginara a una persona? ¿Y si no hubiera ya luto, ni llanto, ni muerte? (Ap 21, 1-5a). Sería la plenitud de la reconciliación realizada por Dios en Jesucristo. ¡Sería el cielo!

Los salmos, los cánticos y los himnos cantan el día cuando toda la creación llegada a su plenitud finalmente alcance su meta, el día en que Dios será «todo en todos». Hablan de la esperanza cristiana, del cumplimiento del reino de Dios en el que el sufrimiento se convertirá en alegría. En aquel día, la Iglesia será revelada en su hermosura y gracia como el único cuerpo de Cristo. Siempre que nos reunimos en el Espíritu para cantar juntos el cumplimiento de las promesas de Dios, se abren los cielos y empezamos a bailar aquí y ahora al son de la melodía de la eternidad.

Puesto que ya podemos experimentar esta presencia del cielo, celebremos juntos. Podemos sentirnos inspirados para compartir imágenes, poesías y cantos de nuestra tradición particular. Estos recursos pueden abrir espacios para que experimentemos nuestra fe común y nuestra esperanza del Reino de Dios.

Preguntas:
1. ¿Cómo te imaginas el cielo?
2. ¿Qué canciones, historias, poesías e imágenes de tu tradición te transmiten la sensación de estar participando en la realidad de la eternidad de Dios?

Oración:
Dios trino, Padre, Hijo y Espíritu Santo, te damos gracias por esta Semana de Oración, por estar juntos como cristianos y por los distintos modos en que hemos sentido tu presencia. Haz que siempre podamos alabar juntos tu santo nombre para que podamos seguir creciendo en la unidad y la reconciliación. Amén.


Alfredo Delgado, M.C.I.U.

(Traducción al castellano de los textos originales: Saúl Botero-Restrepo).

viernes, 29 de julio de 2016

«EVANGELIZADOS PARA EVANGELIZAR, EVANGELIZAR PARA SER EVANGELIZADOS»... Una Iglesia en estado permanente de misión


¿Quién evangeliza hoy? ¿Cuál es el sujeto agente de la nueva evangelización? ¿Cómo evangelizar de nuevo al pueblo de Dios, usando de la imposición o de la proposición? ¿Cómo llevar a todos la Palabra y el espacio de silencio en el que habla Dios? ¿Cómo llevar a todos el conocimiento de la encarnación del Señor y el valor de su muerte redentora? ¿Cómo aportar, desde el propio estado de vida, elementos que ayuden a la nueva evangelización? Éstas y otras muchas cuestiones, circundan el corazón del hombre y de la mujer que, en los inicios del tercer milenio, se saben sujetos portadores de la evangelización para reconstruir un mundo que se ha alejado de Dios, que lo ha sacado —como dice el Papa Francisco— de su ambiente vital.

Si la Iglesia —nacida de la misión del Espíritu Santo por el Padre y el Hijo crucificado y resucitado— es fundamentalmente comunión, la evangelización es una tarea que compete a todo el pueblo de Dios en su conjunto. Todos los miembros de la Iglesia somos misioneros desde nuestro bautismo. Mientras vivimos en el mundo, la Iglesia va contagiando al mundo los valores del reino de verdad, libertad, justicia, amor, solidaridad, etc. La Iglesia está en el tiempo para sacramentalizar, proclamar, celebrar y compartir el gozo del Evangelio de la alegría. Evangelizar es hacer presente en el mundo el Reino de Dios (EG 176). 

Desde hace algunos años, escuchamos mucho hablar de una «nueva evangelización». Del 7 al 28 de octubre de 2012 se celebró la XIII Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos sobre este tema de la nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana. Allí se recordaba que la nueva evangelización convoca a todos y se realiza fundamentalmente en tres ámbitos; Primeramente el ámbito de la pastoral ordinaria, «animada por el fuego del Espíritu, para encender los corazones de los fieles que regularmente frecuentan la comunidad y que se reúnen en el día del Señor para nutrirse de su Palabra y del Pan de vida eterna». En segundo lugar, el ámbito de «las personas bautizadas que no viven las exigencias del Bautismo», que no tienen una pertenencia cordial a la Iglesia y ya no experimentan el consuelo de la fe y, finalmente, el ámbito de quienes no conocen a Jesucristo o siempre lo han rechazado (cf EG 14). 

La Iglesia, nos recuerda el Papa Francisco en Evangelii Gaudium, no crece por proselitismo sino «por atracción» (EG 14) y por eso, en esta nueva evangelización, es invitada a utilizar nuevos métodos y nuevas expresiones, en un nuevo ardor, para llevar a Cristo a todos. Para llevar a cabo esta nueva evangelización, la Iglesia tiene que transformarse a sí misma en el horizonte del reino. Solamente una comunidad evangelizada, tiene el vigor de la nueva evangelización. En la medida en que sea Iglesia seguidora de Jesús, puede ser sacramento de la salvación del mundo. Siendo Iglesia viva, se hace entonces Iglesia evangelizadora. «La Iglesia no evangeliza si no se deja continuamente evangelizar» (EG 174). 

La evangelización será nueva si tiene en cuenta —tratando de sacar provecho— las consecuencias de la nueva situación histórica del pueblo de Dios en el horizonte del reino. El necesario ardor y las nuevas expresiones del misterio de la fe, no podrán ignorar las nuevas perspectivas, los nuevos horizontes y la invitación que hace el llamado del mismo pueblo de Dios a repensar, afrontar, analizar y reconstruir temas como estos: La reforma de la Iglesia en salida misionera, las tentaciones de los agentes de pastoral, la Iglesia entendida como la totalidad del Pueblo de Dios que evangeliza, la homilía y su preparación, la inclusión social de los pobres, la paz y el diálogo social y las motivaciones espirituales que llevan a la tarea misionera (EG 17). Si la nueva evangelización logra articular estos horizontes en programas pastorales operativos y movilizadores, estará siendo realmente nueva; si logra convertirse en idea fuerza para las iglesias locales y despertar la conciencia y potencial evangelizador de las personas, las instituciones, los grupos... estará siempre nueva.

Hay que recordar que antes que evangelizadora, la Iglesia es evangelizada; antes que docente, la Iglesia entera es discente; antes que maestra es discípula. Sólo siendo oyente y discípula de la Palabra, el Pueblo de Dios puede irradiar la alegría del Evangelio y hacer discípulos. Claro está que, en términos de proceso, también la inversa es verdadera: Haciendo discípulos es como la Iglesia escucha el Evangelio; irradiando el amor a Cristo, lo acoge; evangelizando es evangelizada. La Iglesia es evangelizada y evangelizadora.

La Iglesia evangelizada es una Iglesia de testigos: Han visto al invisible (Heb 11,27). Han sido alcanzados por la vida del Resucitado a través del testimonio de los primeros a quienes se ha hecho visible el Resucitado (Jn 20,18.25). Una Iglesia que se sabe siempre portadora de buenas noticias (Hch 4,20). Una Iglesia sana, una comunidad. Una Iglesia que no tiene permanentemente cara de funeral (EG 10). Una Iglesia que está en estado permanente de evangelización y que recomienza su nueva evangelización por transformarse a sí misma en una comunidad viva para poder ser «Buena Noticia» de vida, de libertad, de amor. El Concilio Vaticano II, hablando de la Iglesia, nos habló de una apertura a una permanente reforma de sí por fidelidad a Jesucristo para ser siempre esta portadora del mensaje de salvación (Conc. Ecum. Vat. II, Decreto Unitatis redintegratio, sobre el ecumenismo, 6). Nos dice el Concilio que toda la renovación de la Iglesia consiste esencialmente en el aumento de la fidelidad a su vocación y que Cristo llama a la Iglesia peregrinante hacia una perenne reforma, de la que la Iglesia misma, en cuanto institución humana y terrena, tiene siempre necesidad (cf EG 26). Sin una reforma interior de la Iglesia, de su vida, de sus instituciones y estructuras, no será nueva transparencia de la Palabra y del Espíritu que la habita.

La capacidad evangelizadora de la Iglesia en nuestra sociedad pluralista y secular, se juega en la credibilidad social de la misma. Uno de los desafíos del pueblo de Dios en la nueva situación histórica de nuestros tiempos consiste en alcanzar nuevas formas de presencia pública en los medios de comunicación y en las redes sociales, que son las que en la época actual, mueven al mundo. Yo mismo he tenido la experiencia de dialogar en Linkedin o en Whatsapp con personas que no saben o no valoran lo que es la Iglesia y es más, con gente de Iglesia que no sabe lo que es la nueva evangelización y por medio de estas conversaciones va abriendo sus horizontes.

Hoy necesitamos presentar al mundo y a los mismos miembros del Pueblo de Dios —con nuestro testimonio evangelizador y dejándonos evangelizar— una Iglesia creíble que sea «espacio de unidad y comunión» (EG 73), con más sentido de pertenencia y menos fragmentaciones, con más diálogo y comunicación. Una Iglesia «en salida», una Iglesia de «puertas abiertas» (EG 46 y 47), que sale hacia los demás para llegar a las periferias humanas sin que eso implique correr hacia el mundo sin rumbo y sin sentido. Una Iglesia «casa de todos» intelectualmente habitable, donde la búsqueda de la verdad prevalezca sobre toda forma de oscurantismo o de imposición autoritaria (EG 146). Una Iglesia «hogar de libertad» (EG 170), capaz de mostrar que la aceptación del Dios de Jesucristo es fuente de liberación permanente en la existencia humana; capaz de recordar también que la libertad es lo más contrario a la desmoralización permisivista y a la tiranía del capricho. Una Iglesia «humanamente fecunda» especialmente para los jóvenes (EG 108), experta en humanidad y creadora de humanización. Una Iglesia «familia» donde los pobres sean los primeros (EG 48 y 49), en el corazón y en los presupuestos. Una Iglesia «misionera» de los hombres, de la sociedad, del mundo, siguiendo el ejemplo de Jesús, sin dejarse robar el entusiasmo misionero (EG 80).

La dinámica de la encarnación es el estilo de vida de evangelizar de Jesús (Mt 25,31-46). Cristo evangeliza desde la cercanía y desde la simpatía con nuestra condición humana. Su comunión con nosotros es el inicio y la forma de su liberación; desde la pobreza y la debilidad; desde el amor y la palabra limpia; desde la aceptación de cada persona y cada situación del hermano (EG 179). Esto marca el camino de la evangelización de la Iglesia. Anunciar evangélicamente a Jesucristo implica hacerlo con el testimonio cualificado del encuentro con el hermano pobre, necesitado, solo, deprimido, alejado, olvidado, descartado, allí donde éste se encuentra. A este nivel primario y decisivo de la comunicación de la fe por el testimonio, estamos llamados todos. Allí llego la beata María Inés Teresa cuando decía al Señor: «Que todos te conozcan y te amen, es la única recompensa que quiero... y para eso no tengo mas que mi miseria, puesta al servicio de tu misericordia».

La nueva evangelización está recuperando la fuerza de la experiencia, la «teología vivida» de los santos. La fe cristiana, que es básicamente relación personal con Dios Padre en Cristo por el Espíritu, se vive y se aprende también en la vida de los santos que han ayudado a construir, con su granito de arena y su expresión de la misericordia divina, la Iglesia (EG 263). La persona santa contagia, inquieta, suscita preguntas. Es un evangelio vivo: Buena noticia permanente, audible, legible, visible.

Hoy somos evangelizados y evangelizadores especialmente en pequeñas comunidades cristianas que siguen florecientes alrededor del mundo en muchísimas parroquias. Me viene recordar ahora el Santuario de la Virgen Inmaculada «Margarita Concepción» en Mazatán, Chiapas. Allí, gracias al proceso evangelizador de estas pequeñas comunidades, impulsado por los diversos párrocos que han pasado y la tarea titánica de nuestras hermanas Misioneras Clarisas, bajo la guía y acción del Espíritu santo, la Iglesia he entrado en este dinamismo y espíritu de nueva evangelización regalando vocaciones y espacios de vida cristiana para un pueblo en constante desarrollo. Lo mismo he visto en parroquias como Nuestra Señora del Rosario en San Nicolás de los Garza, N.L. a cargo de nuestro instituto misionero, en donde la evangelización llega a través de los 11 sectores que la conforman.

En estas pequeñas comunidades —llámense comunidades eclesiales de base, pequeñas comunidades, sectores o barrios— se escucha la Palabra, se ora, se comparte la misión, se forma en la fe. La Iglesia va recuperando la experiencia de la vida en fraternidad y la consiguiente presencia a partir de pequeñas comunidades que irradian la fe, al mismo tiempo que son evangelizadas. Recuperar la dimensión comunitaria es una tarea urgente en la nueva evangelización, sobre todo para una Iglesia que ha acentuado en el pasado los elementos institucionales y ha sufrido las consecuencias del individualismo de una fe sin comunidad por parte de grandes capas de nuestra población que han dejado de ser cristianos comprometidos.

Parece que por aquí apunta el futuro de la Iglesia y de la evangelización, nueva en su ardor, nueva en sus métodos y nueva en sus expresiones. En esta nueva dimensión, la parroquia de nuestros días, viene a ser —como se describe en el Capítulo V del Documento de Aparecida— un centro en el que se encuentran todas estas pequeñas comunidades como la gran familia de los hijos de Dios. ¿No fue así como comenzó la evangelización hace más de dos mil años? ¿No era la transparencia y la belleza de las fraternidades apostólicas en el seguimiento de Cristo lo que contagió con su entusiasmo las bases del imperio?

La nueva evangelización —iniciada desde tiempos de san Juan Pablo II— será realmente nueva en el ardor y la eficacia si parte de la unidad del pueblo de Dios, si es la evangelización de todos, no solo del Papa Francisco y de los obispos. Será la obra de la colaboración de todos: Consagrados y fieles laicos, todos en una constante tarea de ser evangelizados y evangelizadores para llegar a ser expresión del Evangelio de la Alegría.

¿Nos damos realmente cuenta de las exigencias todavía pendientes? ¿Sufrimos el individualismo y la desconexión de los evangelizadores? ¿Nos duele y nos preocupa la cantidad de energías que se pierden a causa de nuestras inadecuadas actitudes y estructuras de participación y colaboración? ¿Sentimos, de verdad, los miembros de las diversas instituciones eclesiales, como nuestra, la obra de la evangelización o nos caben en la cabeza y el corazón solamente nuestras pequeñas parcelas y olvidamos que nuestros carismas pertenecen al pueblo de Dios? ¿Somos capaces de coordinar los institutos evangelizadores, los misioneros, los educadores, para potenciar el avance y el alcance en la eficacia evangelizadora y no sólo para una gestión más de urgencias? ¿No nos estaremos contentando en demasiadas ocasiones con que nuestras obras sigan funcionando en lugar de poner nuestros mejores desvelaos en que sean realmente evangelizadoras?

¿Qué pasa con las grandes tareas de las Iglesias locales? ¿Estamos respondiendo a la clara invitación que nos lanza el Papa Francisco? Hay que revisarnos constantemente, hay que suplicarle al Espíritu Santo que, como a María, nos cubra con su sombra, para dar a luz a Cristo a todas las naciones sintiendo con ansias, como san Pablo, dolores como de parto con el anhelo de que Cristo sea conocido y amado por todos. María, la mujer de la alegría perenne no perdió el tiempo, siempre tuvo ardor por los intereses de su Hijo, se lanzó presurosa a llevar la Buena Nueva a Isabel (Lc 1,39), hizo que la gente hiciera lo que si Hijo indicaba (Jn 2,5), recibió el encargo de cuidar de los apóstoles al morir su Hijo(Jn 19,25), acompañó en la evangelización primera a los discípulos de su Hijo (Hch 1,14) y con ellos esperó la llegada del Espíritu que vino a dar un nuevo ardor, una nueva expresión, un nuevo método que llevó la evangelización hasta donde estamos el día de hoy (Hch 2,1ss).

«A la Madre del Evangelio viviente le pedimos que interceda para que esta invitación a una nueva etapa evangelizadora sea acogida por toda la comunidad eclesial» (EG 287).

Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U.