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lunes, 22 de octubre de 2018

«El dinero y los bienes en las manos del creyente»... Un pequeño pensamiento para hoy



Dios nos ha amado antes de que lo mereciéramos. Después de haber celebrado ayer el DOMUND, el día en que la Iglesia recuerda su naturaleza misionera (AG 1), San Pablo nos recuerda, siguiendo con la lectura a los Efesios (Ef 2,1-10) que el amor misericordioso que Dios nos tiene no se debe a nosotros o a que lo hayamos ganado por nuestros méritos, sino que es un don del mismo Dios que nos ha llenado de su vida porque es misericordioso. «Él nos dio la vida con Cristo y en Cristo», «por el gran amor con que nos amó», «nos ha hecho vivir con Cristo, nos ha resucitado con Cristo, y con él nos ha reservado un sitio en el cielo». Gracias a la acción misericordiosa de Dios, hemos muerto y resucitado con Cristo en nuestro bautismo, vivimos con él y tenemos reservado un espacio en el cielo junto a Dios. Y todo eso tiene como consecuencia que nuestra vida debe ser coherente con este misterio: «somos hechura de Dios, creados por medio de Cristo Jesús para hacer el bien que Dios ha dispuesto que hagamos».

San Pablo nos recuerda que Dios ha intervenido en la vida de cada uno de nosotros cuidando de nuestra fragilidad, porque sabemos que el mundo de hoy sigue estando, como en tiempos de Pablo, dominado por «el príncipe de este mundo» (1 Jn 5,19). El mal que enfrentaban los efesios sigue existiendo y nos obliga a una lucha permanente, de manera que ya no recaigamos en una vida «según los instintos, deseos y pensamientos de nuestro desorden y egoísmo». Cada uno somos débiles y encima de esto el mundo nos tienta en todas direcciones, pero nosotros seguimos a Cristo, somos sus discípulos–misioneros. Le hemos abierto las puertas de nuestras vidas decididamente, tratando de actuar conforme Él nos enseña con su Palabra. Pero seguimos pidiendo a Dios su fuerza, para que podamos perseverar en ese camino. Para que no estemos unidos a Cristo sólo teológicamente, por el bautismo, sino de hecho, también llevando un estilo de vida que, en mucho, contrasta con el estilo de vida del mundo, este mundo en el que países ricos construyen «graneros» cada vez más grandes para guardar allí lo que les sobra y tienen de más, mientras que muchos países pobres cuentan los granos de arroz que les son repartidos a sus habitantes en una sola comida al día, si es que alcanzan.

El mundo piensa que se puede comprar la vida, encerrarla, dominarla, asegurarla «en graneros». El común de la gente que ha sacado a Dios de sus vidas piensa «atrapar» la vida o eso por lo menos intenta cada día, y la vida se le escapa, como al hombre que aparece en la parábola del Evangelio de hoy (Lc 12,13-21). «¡Necio! Esta misma noche tu alma será reclamada». Ni el dinero, ni los lujos que se puedan tener, ni el montón de cosas que se acumulen aquí en este mundo, son la última palabra sobre el hombre y su existencia, por eso el creyente toma una actitud inversa a la de los que se quedan atrapados por el mundo, los cuales «no dan gloria a Dios» (Rm 1, 21). El hombre y la mujer de fe, a pesar de su fragilidad y sus miedos —que pueden ser iguales a los de todos los demás creyentes y no— se apoyan totalmente en Cristo y hallan en Él el dinamismo y el sentido de la vida, el gusto de vivir, la alegría de estar aquí cada día hasta ser llamados a dejar este mundo sabiendo que el poder divino ha sido puesto a disposición del hombre en este mundo para hacer el bien y alcanzar el cielo conscientes de que todo es un don de Dios (cf. Ef 2,8-10). «¿Por qué te afanas y preocupas?», le pregunta Jesús a Marta en otra escena del Evangelio al verla tan atareada (Lc 38,42); «sólo hay necesidad de una cosa». «Busquen el Reino de Dios, y todo lo demás se less dará por añadidura» (Mt 6,33). En cuanto al dinero y a los cosas materiales que con él se adquieren, hay que recordar que están hechos solo para la vida en este mundo; hay que gastarlo y usar las cosas a tiempo y debidamente, hay que compartir los bienes, hay que hacer rendir y fructificarlo que se tiene para la felicidad de todos, como María, la Madre del Señor, que seguramente al visitar a Isabel no llegó con las manos vacías y más tarde buscó, no por sus méritos, sino por los de su Hijo, que el vino alcanzara para todos. El uso que hacemos del dinero y de todo bien material lo cambia todo: quien lo usa «para sí», es un insensato, quien lo usa «para Dios y los hermanos», es un sabio. No hay más que decir. ¡Bendecido lunes!

Padre Alfredo.

lunes, 15 de octubre de 2018

«La libertad de los hijos de Dios»... Un pequeño pensamiento para hoy


Después de estar leyendo varios días la Carta a los Gálatas —y la continuaremos leyendo durante tres días más— a estas alturas nos debe quedar claro que la Ley era para San Pablo una esclavitud en la medida en que se buscaba en ella justificarse uno mismo, basando todo en el cumplimiento de la letra y por el propio esfuerzo. Esta cuestión es igualmente importante en la primera lectura de hoy (Gal 4,22-24.26-27.31-5,1). Muchos cristianos de diversas denominaciones, entre ellos por supuesto algunos católicos, en lo que a esto se refiere, se han quedado en la «antigua Alianza», porque no viven en libertad, sino en el miedo de Dios, en el ansia de las «obligaciones y preceptos» que hay que cumplir. De hecho hay personas que para referirse al precepto dominical de asistir a Misa dicen: «yo ya cumplí». La vivencia de nuestra religión no puede ser una cosa «opresora», una carga que hay que cumplir en compromisos que solamente son externos y están marcados por la Ley. El «cumplimiento auténtico» de los preceptos de nuestra fe nos deben de llevar a vivir en la alegría y en la libertad. Para san Pablo, ser de veras «hijo de Dios» es ser «libre», es tener con el Padre unas relaciones tan inmediatas en donde no hay espacio para el miedo, y donde la ley no es una ley escrita y exterior alienante: «¡ama, y haz lo que quieras!» será la traducción de san Agustín de toco esto. Hoy San Pablo utiliza una comparación, que él mismo considera como una alegoría. Abrahán tuvo dos mujeres: una era esclava, Agar, que fue la madre de Ismael; la otra, era libre, Sara, de la que, según la promesa, nació Isaac (cf. Gn 16 y 21). Los que viven bajo la ley son como Ismael, hijo de Agar, la esclava; los que son libres viven como el hijo de Sara, la mujer libre. Aquí la cuestión sería preguntarnos: ¿vivo el cristianismo, mi relación con Jesús y el Padre en el Espíritu Santo con corazón libre, de hijo, de hermano, de enviado, o con actitud de miedo, de esclavo?

En la vivencia de nuestra fe, de acuerdo a nuestra religión en la liturgia, en la teología, en la organización de la misma Iglesia y según nuestra vocación específica, en la apertura al mundo hemos de vivir movidos por el Espíritu del Señor que es Espíritu de amor y «de libertad». A Jesús, desde que estaba entre nosotros, le gustaba que la gente viviera en esa libertad, no le agradaba la idea de que le pidieran «signos» y milagros. Quería que le creyeran a él libremente por su palabra, como enviado de Dios, no por las cosas maravillosas que pudiera hacer. Aunque también las hiciera. Así se entiende que en el Evangelio de hoy le diga a toda esta gente que el único «signo» que les va a dar es el de Jonás, añadiendo luego el ejemplo de la reina de Saba que libremente fue al encuentro de la sabiduría de Salomón, quejándose de la poca fe de muchos de los que le rodeaban y cumplían aparentemente la Ley (Lc 11,29.32). San Lucas pone a Jonás como alguien que fue signo, sin milagros, apoyado solamente en la Palabra de Dios que obedeció finalmente, con libertad y que hizo que los paganos supieran reconocer la voz de Dios en los signos de los tiempos. Cristo vivía en medio de un pueblo que pedía milagros. Puede quedar retratada aquí nuestra generación, cuyo afán, en una sociedad globalizada, de búsqueda de cosas espectaculares y sensacionales, apariciones y revelaciones, es también insaciable. Pero sabemos que el signo mejor que nos ha concedido Dios es Cristo mismo, su persona, su palabra, su testimonio de libertad. 

El 4 de julio de 2013, el Papa Francisco, en su homilía en la capilla de la Casa de Santa Martha, dijo que si existiera un «documento de identidad» para los cristianos, ciertamente la libertad figuraría entre los rasgos característicos de ésta. «Nadie nos puede privar de esta identidad», puntualizó el Papa y al finalizar su homilía exclamó: «Esa es la raíz de nuestra valentía: soy libre, soy hijo, el Padre me ama y yo amo al Padre». Por eso Jesús se alza contra la dicotomía rancia que marca la religión caduca y decrépita de los fariseos, llena de multitud de normas y leyes que se quedan solo en la letra muerta, con la intención de separar lo sagrado de lo profano, lo religioso de lo humano. Desde que el Hijo de Dios se hizo hombre, el tiempo sagrado y el tiempo humano se han diluido para dar paso al único tiempo, el que viven y gozan los hijos de Dios en libertad. Dios se une con lo cotidiano de los hombres, ya no hay que buscar a Dios fuera del futuro del hombre. El único culto agradable a Dios nace de vivir en libertad esa filiación divina en el corazón del hombre y no hay más normas o leyes que la del amor y de allí se desprende todo en la vida: «Ama y haz lo que quieras». Que la Virgen María, Madre de la Iglesia, la mujer libre, dueña de sí misma, madura, nos acompañe en nuestro caminar como Pueblo de Dios y nos ayude a ser discípulos–misioneros de la verdad; de esa auténtica verdad que hace libres y capacita para liberar a los demás como ella misma proclama en el Magnificat: «Desde ahora —es decir desde el momento que ha desposado «libremente» el plan de Dios sobre ella y el mundo— todas las generaciones me llamarán bienaventurada Sí, que seamos libres para amar, servir, ser felices y hacer felices a los demás. ¡Bendecido lunes! 

P. Alfredo.

lunes, 8 de octubre de 2018

«Ser con la Iglesia como el Buen Samaritano»... Un pequeño pensamiento para hoy

Se dice y se escucha por aquí y por allá que la Iglesia está en crisis, que la Iglesia Católica enfrenta una de las peores tempestades de la historia. En diversas partes del mundo hay católicos atrapados entre dos alternativas: abandonar la Iglesia o quedarse en ella. Las desagradables luchas entre tradicionalistas y progresistas y la situación de inestabilidad causada por la crisis de la ideología de género alienan más todavía a los que están atrapados en el medio de esos extremos. Muchos que aman y desean servir a la Iglesia se sienten profundamente desilusionados o heridos. Hoy y durante semana y media, estaremos leyendo en Misa —como primera lectura— una de las cartas de San Pablo, la carta a los Gálatas. Una carta que fue escrita en plena «crisis» de la Iglesia primitiva. Algunos cristianos de origen judío, ciertamente extremistas, pretendían imponer a los cristianos de origen pagano, un cierto número de ritos tradicionales de la ley de Moisés por un lado y, por otro, no faltaba quienes, de entre los llegados del paganismo, se habían relajado en la vivencia de la fe acomodándose a los criterios del mundo. San Pablo se da cuenta de que es el meollo mismo de la fe cristiana lo que está en juego en medio de las divisiones y confusiones. Si se va a los extremos la novedad de Cristo queda reducida a la nada. Por su parte, los que se sentían pluscuamperfectos y cumplidores, y que venían del judaísmo, acostumbrados al cumplimiento de la ley, habían buscado desacreditar a Pablo, insinuando que no poseía la verdadera doctrina: «después de todo, ese Pablo, ¿con qué derecho introduce novedades en la tradición de Moisés?, no forma parte del grupo de los Doce que vivieron con Jesús, y, además, ¡es un antiguo perseguidor!» Pablo responde a todo eso con esta carta. 

¿No se parece eso un poco a lo que se vive hoy en la Iglesia? ¿Por qué asustarse de estas situaciones que si dejamos que nos opriman paralizan la práctica de la fe que se manifiesta en el amor a la Iglesia fundada por Jesucristo? El amor a Cristo y a su Evangelio en la Iglesia es lo que más ama San Pablo. El término «Evangelio» está escrito siete veces en la página que leemos hoy y sesenta y una vez en el conjunto de las cartas escritas por el Apóstol de las Gentes. San Pablo escribe, convencido de su fe, esta carta dura y polémica y de entrada la liturgia de hoy nos lleva a la primera página (Gal 1,6-12), sin detenerse siquiera en el saludo para ir al tema central: «Me extraña mucho que tan fácilmente hayan abandonado ustedes a Dios Padre, quien los llamó a vivir en la gracia de Cristo, y que sigan otro Evangelio». San Pablo desautoriza «duramente» a estos falsos maestros que se han infiltrado en Galacia: «si alguien, yo mismo o un ángel enviado del cielo, les predicara un Evangelio distinto del que les hemos predicado, que sea maldito» (Gal 1,8), y enseguida insiste: «Se lo acabo de decir, pero se lo repito: si alguno les predica un Evangelio distinto del que ustedes han recibido, que sea maldito» (Gal 1,9). Porque el Evangelio que enseñó san Pablo «no es un invento humano», pues como dice: «no lo he recibido ni aprendido de hombre alguno, sino por revelación de Jesucristo» (Gal 1,12). 

La Iglesia ha transmitido al mundo, a lo largo de la historia, la verdad que ha aprendido de la fuente misma de la revelación: Cristo. A través de esa tradición viva que lleva más de dos mil años, esta Iglesia, intenta serle fiel a su fundador y, si es el caso, defender la pureza de esa fe contra posibles desviaciones en una dirección o en otra. Los interrogantes de ayer y hoy pueden ser de distinta naturaleza. Siempre, como vemos en la primera lectura de hoy, existirá la tentación de configurar la doctrina de Jesús según diversos gustos y mentalidades. O sea, la tentación de crear «un evangelio de origen humano», que tenga el aplauso de muchos, pero con una imagen de Dios reducido a nuestros criterios. Hoy, en una de las páginas más felizmente redactadas y famosas del evangelio: la parábola del buen samaritano, que sólo nos cuenta Lucas (Lc 10,25-37), un letrado hace una buena pregunta: «Maestro, ¿qué debo hacer para conseguir la vida eterna?» (Lc 10,25). Y Jesús hace que el letrado llegue por su propia cuenta a la conclusión del mandamiento fundamental del amor. Si amo a Cristo, amo a su Iglesia y entonces, la voz de Jesús suena hoy claramente para mí: «Anda y haz tú lo mismo» (Lc 10,37). Ante una Iglesia que ha sido golpeada, atacada fríamente por algunos de fuera y otros de dentro; ante una Iglesia a la que veo tirada en el camino, abandonada por algunos que han pasado de largo... ¿qué hago yo ahora?, ¿cómo la miro cuando la tengo tan de cerca?, ¿a quien o a dónde acudo para curar sus heridas?... y entonces corro al regazo de María, pensando en tantos santos de la Iglesia que eso han hecho en medio de situaciones como la que vivimos, y le pido que su divino Hijo, el «Buen Samaritano», nos renueve a todos en la Iglesia conforme a su imagen, sabiendo que Él, dirige, compasivo, nuestros pasos por las sendas del único y verdadero Evangelio que tenemos, para que nos conceda el don de la caridad para amar a la Iglesia y serle fiel. Recurro a María, porque ella, la Madre de Dios, —como decía San Alberto Magno— «no es una mera ayudante». Es, como Madre de la Iglesia, cooperadora y compañera. Participa en nuestra vida eclesial exactamente igual a como participó en los sufrimientos del Señor por todo el género humano. En este mes del Rosario, cuya fiesta hemos celebrado ayer día 7, no dejemos de invocarla, con ese hermoso rezo, la oración «bajo tu amparo» y pidamos, como también lo suplica el Papa Francisco, la asistencia de San Miguel Arcángel que venga a librarnos de las insidias y las asechanzas del demonio, que solamente busca dividir y entristecer a quien se deje atrapar. ¡Bendecido lunes! 

Padre Alfredo.

lunes, 1 de octubre de 2018

«Santa Teresita, la doctora de la Iglesia que es patrona de las misiones»... Un pequeño pensamiento para hoy

¡Ya estamos en octubre! Y esta semana seguramente, si Dios nos presta vida, se irá igual de rápido que las anteriores... ¡como agua! Hemos dicho ayer adiós al mes de la Biblia, al mes de la patria y nos adentramos, con la fiesta del día de hoy, recordando a la doctora de la Iglesia, la santita predilecta de la beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento y de muchas almas más, la extraordinaria santa Teresita del Niño Jesús, en el mes de las misiones, de las que ella es patrona, en el mes del Santo Rosario y en el mes de la fiesta patronal, que, en esta comunidad parroquial que peregrina bajo el cuidado de Nuestra Señora de Fátima, la celebra el día 13, rememorando el día de su última aparición a los santos pastorcitos Jacinta y Francisco y a su prima Lucía, la sierva de Dios que va camino a los altares, que fue la única de ellos tres que llegó a vivir muchos años y cuyo proceso de canonización va muy avanzado. Octubre es también el mes en que se celebra el día de la Raza, en el que nosotros, como creyentes, hemos de dar gracias por la llegada de la fe a nuestro continente, con aquel pequeño grupo de misioneros de diversas órdenes religiosas que, desde el segundo viaje de Cristóbal Colón (1494-1496) a nuestro continente, participaron con tareas que abarcaban dos campos: la evangelización de los nativos y la prestación de servicios religiosos a la población europea que llegaba. Pero hoy es día de Santa Teresita, que, además, es patrona secundaria de la Familia Inesiana junto con San Francisco —que celebraremos el próximo jueves— y Santa Clara, porque así lo dispuso la beata María Inés quien le suplicaba a Dios: «Quiero hacer mías las palabras de tu virgen santa Teresita; “¡En el corazón de mi Madre la Iglesia, yo seré el amor!”» (Ejercicios Espirituales de 1950, f. 886.) 

Algo de lo que más admiro en la santita de Lisieux, a la que le agradezco su asistencia diaria —en especial desde el día en que me ordené— y de quien el doctor al nacer dijo: «¡será misionera!», es que, en medio de los infortunios que se abatían sobre ella por la dura enfermedad de la tuberculosis que la hizo volar al cielo a los escasos 24 años de edad desde su húmeda celda en el monasterio del que nunca salió, mantuvo una entereza y serenidad impresionantes. A pensar en eso me lleva hoy la primera lectura de la Misa, tomada del libro de Job (Job 1,6-22): «El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó; ésa fue su voluntad: ¡Bendito sea el nombre del Señor!» Job es el prototipo no solo de santa Teresita, sino de todo aquel que abrace, en la condición que sea, la voluntad de Dios. Amante de leer la Escritura, este libro inspirado del Antiguo Testamento que hoy empezamos a leer en la Misa diaria, le inspiraba sobre todo en los últimos momentos de su vida, cuando se entregó con más fuerza al amor divino del que la había llamado a consagrarse por entero a él y decía como Job: «Aunque Dios me matara confiaría siempre en él» (Job 13,15). El libro de Job, la vida de Santa Teresita y la de la beata María Inés, nos dejarán ver en la vida sencilla y ordinaria de cada día el debate de todos los tiempos, un proceso que se da entre Dios; el hostigador Satanás, que busca siempre sembrar la división entre Dios y el hombre diciéndole al Creador: «¡Los hombres te olvidarán!», y al hombre: «¡Dios te ha olvidado!», y Job, Teresita o cualquiera de nosotros que, sin sospecharlo, nos convertimos a la vez en árbitros de este debate y después en vencedores con Dios de la batalla. 

En el Evangelio de hoy (Lc 9,46-50), Jesús, que manifiesta una vez más el conocimiento profundo del corazón del hombre y la mujer de fe, nos lleva a darnos cuenta de lo importante que es «hacerse pequeño» para actuar y decidir, para ofrecer y buscar los bienes del Reino y para servir a los demás llevándolos a Dios. A la «santita» que celebramos hoy, no le llamaban la atención las acciones deslumbrantes, sino el encontrar la verdadera alegría en lo «cotidiano y lo sencillo» de las pequeñas cosas ordinarias y por eso nos deja un «caminito», ese, que los grandes teólogos llaman «el caminito de la infancia espiritual». Nueve años en el Carmelo de Lisieux le bastaron a esta joven santita —Teresa del Niño Jesús y de la Santa Faz— hija de los también santos Luis Martin y Celia Guérin —el primer matrimonio en ser canonizado en una misma ceremonia en la historia de la Iglesia— para observar perfecta y amorosamente las reglas y constituciones de la Orden viviendo con generosidad y entrega heroicas hasta en los más mínimos detalles en la caridad con sus hermanas religiosas. Pobreza delicada y minuciosa. Sonrisa en los labios siempre. Alegría en la recreación. Igualdad de trato con todas y un corazón misionero sin fronteras que la hizo volar espiritualmente hasta los últimos rincones de la tierra para acompañar, hasta el día de hoy, a los misioneros más solos y alejados de la faz de la tierra. El 29 de septiembre, antes de morir, teresita pudo exclamar: «Lo he dicho todo... Todo está cumplido. ¡Sólo cuenta el amor!». El 30 fue para ella una larga agonía. «No me explico cómo puedo sufrir tanto si no fuese por mi ardiente deseo de salvar almas...» «No, yo no me arrepiento de haberme entregado al Amor...». La Virgen de la sonrisa —Nuestra Señora de las Victorias— velaba junto a su hijita. ¡Cuánto y qué delicadamente había ella amado a María! Ahora la miraba con un ansia especial... A las siete y minutos de la tarde vino el postrer grito: «¡Oh..., le amo! ¡Dios mío..., te amo!» Luego un éxtasis maravilloso, celestial que duró poco más de un credo. El último golpe ¡lo daba el Amor! Bendecido lunes y bendecido mes de octubre, rezando, como el Santo Padre lo ha pedido, el Santo Rosario cada día con la oración de «Bajo tu amparo» y la oración a «San Miguel Arcángel». 

Padre Alfredo.

lunes, 24 de septiembre de 2018

«¿Por qué equivocamos la dirección de nuestros pasos?»... Un pequeño pensamiento para hoy


Toda «sabiduría humana» deriva, lo sabemos, de la Sabiduría de Dios, puesto que el hombre inteligente, al descubrir una parte de la verdad, participa de alguna manera de la «inteligencia divina». Todos los hombres y mujeres de fe quisiéramos la verdadera sabiduría, para caminar por esta vida sobre seguro, sin equivocar la dirección de nuestros pasos. Tres días, en la Misa diaria, estaremos leyendo unos pasajes del Libro de los Proverbios, hecho de centenares de frases breves, atribuidas a hombres ilustres del Antiguo Testamento que, basándose en la sabiduría divina y la fe en Dios, pero también en el buen sentido y en la experiencia de la vida, nos quieren orientar doctamente en nuestra conducta de cada día. Hoy la liturgia nos invita a reflexionar en unos cuantos versículos del capítulo 3 (Prov 3,27-34) y dan pie a que haga mi pequeña reflexión que será más bien larguita según veo. El libro de «Los proverbios de Salomón», llamado también así porque lo conforman escritos atribuidos, muchos de ellos a este sabio rey, fueron escritos alrededor del 900 a.C. Durante su reinado como rey de Israel, la nación alcanzó su clímax espiritual, política, cultural, y económicamente. Mientras aumentaba la reputación de Israel, también lo hacía la de Salomón. Dignatarios extranjeros de los confines del mundo conocido, viajaban grandes distancias para escuchar hablar al sabio monarca (1 Reyes 4,34). 

Leyendo este libro inspirado, vemos con claridad que el conocimiento humano no es más que la acumulación de hechos en bruto, pero la sabiduría que viene de lo alto es la que da la habilidad de ver a la gente, los eventos, y las situaciones como Dios las ve para buscar lo que Dios quiere. En el Libro de Proverbios, el autor sagrado revela la mente de Dios en asuntos altos y sublimes y también en situaciones comunes, ordinarias, y cotidianas. Parece que ningún tema escapó a la reflexión del autor. Asuntos pertenecientes a la conducta personal, como el carácter, las relaciones sexuales, el alcohol, la bondad; temas que tocan temas sociales como la política, los negocios, la riqueza, la caridad, la ambición, la venganza, la disciplina; y cuestiones que de refieren a situaciones familiares como las deudas, la crianza de los hijos, el carácter de la persona y la bondad están entre muchos otros tópicos tratados en esta rica colección de dichos sabios. Pero, ¡qué pena que el hombre haga a un lado esa búsqueda de la sabiduría divina que es sencilla e ilumina todo su actuar! El mismo Salomón, en determinado momento de su vida, se dejó cautivar por el mundo (1 Re 11,4) e hizo a un lado esa sabiduría que él mismo había pedido a Dios (1 Re 3,9; 2 Cro 1,10). Esto ha hecho ayer un grupo de hinchas de Tigres y Rayados que se enfrentaron ayer poco antes de que se disputara el Clásico Regio en el Estadio Universitario allá en mi natal Sultana del Norte, cuando dos microbuses con aficionados de ambas escuadras se encontró, provocando un enfrentamiento entre ambos grupos, uno de los cuales se lanzó en conjunto contra un solitario fan de uno de los conjuntos, a quien golpearon de forma salvaje hasta dejarlo herido de gravedad, desnudo e inconsciente sobre la carpeta asfáltica. 

El libro de los Proverbios entre lo que hoy nos propone leer dice: «No pienses en hacerle daño a tu prójimo, que ha puesto su confianza en ti. Con nadie entables pleito sin motivo, si no te ha hecho ningún daño» (Prov 3,28-29). ¡Cuántos años han pasado desde que aquello se consignó por escrito y que poco ha entendido el hombre! Cristo, en el Evangelio de hoy (Lc 8,16-18) dice que «nada hay oculto que no llegue a descubrirse, nada secreto que no llegue a saberse o a hacerse público» (Lc 8,17). Un balón debe ser motivo para jugar, para hacer fiesta, para competir sanamente, y resulta que en torno a ello estalla la violencia que deja muy en claro lo que hay en el interior de algunos corazones que brota y se llega a conocer. Pero, ¿qué hace violento a un grupo de personas? ¿Por qué reaccionan así? ¿Qué entienden ellos por pasión? El mundo vive día a día y en todos los ámbitos como si la violencia fuese la norma de nuestra conducta. «Y se corrompió la tierra delante de Dios; y estaba la tierra llena de violencia» (Gn 6,11). Así describe la Biblia la condición del mundo en la antesala del diluvio universal... ¿qué estamos esperando que no entendemos? El apóstol Santiago, a quien leíamos ayer, como el libro de los Proverbios y otras de la Escritura nos cuestionan: «¿De dónde vienen las guerras y pleitos entre nosotros? ¿No es de nuestras pasiones, las cuales combaten en nuestro interior?» (St 4,1). La pasión por dominar, por sobresalir, por imponerse a toda costa, la inconformidad con las ideas de los demás, cierran el corazón y el alma. No puede haber paz en una sociedad irritada, que no tiene la capacidad de tratarse, de soportar y convivir entre si. Nos peleamos por todo y con todos; nos irrita la espera y nos hacemos de mecha corta en nuestro diario vivir. La impaciencia y la ansiedad dominan nuestra sociedad desde los niños hasta los viejos... todo parece conseguirse con gritos, pleitos y protestas y como si fuese poco, los programas de televisión y las Redes Sociales proyectan lo mismo. ¿Cómo podemos esperar una sociedad sosegada regalando armas de juguete a los niños, películas y juegos de guerra? Si seguimos sembrando viento, cosecharemos tempestades. Necesitamos la sabiduría que viene de Dios. «El fruto de justicia se siembra en paz para aquellos que hacen la paz» (St 3,18). El fin de la violencia llega cuando el Evangelio se convierte en una relación de tú a tú con el Señor; cuando el temperamento humano es transformado por aquel que dijo: «La Paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da» (Jn 14,17). Hoy me quedo un rato contemplando en el interior de mi dolido corazón a Nuestra Señora de la Paz. ¡Qué Dios nos bendiga y nos libre de todo mal! Amén. 

Padre Alfredo.

lunes, 17 de septiembre de 2018

«Señor, yo no soy digno»... Un pequeño pensamiento para hoy

San Pablo, en la lectura continuada que estamos haciendo de la Primera Carta a los Corintios, nos interroga hoy sobre algo importantísimo: ¿Somos coherentes entre lo que celebramos en el sacramento de la Eucaristía y lo hacemos vida? ¿La comunión que se establece entre la Eucaristía y nuestro actuar se traducen en el día a día en un compartir fraterno y solidario con los que más nos necesitan? (1 Cor 11,17-26). ¡Qué difícil debe haber sido para San Pablo conducir aquella primera comunidad corintia de creyentes para librarles de todo tipo de desviación en la que, atraídos por la vaciedad de un mundo multicultural y totalmente secularizado —como el nuestro— les cerraba muchas veces los ojos y el corazón! Y es que, cuando el creyente «se mundaniza» como dice el Papa Francisco, pierde piso y piensa que vive y «cumple» con Dios celebrándolo, sin pensar en el hermano, sobre todo en el más pobre y necesitado. El Apóstol les abre los ojos para enfrentar una desviación que se está produciendo en la comunidad. ¿Cómo es posible que los que tienen más no compartan con los que tienen menos y así sientan que han celebrado una Eucaristía fructífera? San Pablo les habla claro: «¿Qué quieren que les diga? ¿Qué los alabe?». Lo que se celebra en cada Eucaristía en la que los discípulos–misioneros participamos, siguiendo el mandato de Cristo, debe de llevarnos a celebrarlo también en la vida, en un compromiso que es siempre de caridad y que se expresa en una serie de obras de misericordia (Mt 25) que no debemos nunca olvidar, sólo eso nos hará bienaventurados (Mt 5) y hará que haya una conexión con lo que celebramos sin romper con la vida práctica. 

En estas palabras de San Pablo, en las que nos topamos, además, con el testimonio más antiguo (año 57) de las palabras de Jesús en la última cena —palabras que han quedado consignadas en el Evangelio (Mt 26 y Lc 22) y que claramente el Apóstol no considera suyas, sino herencia de Cristo— nos encontramos con que la celebración de la Eucaristía no es simplemente un hecho externo de un recuerdo de algo que aconteció, sino el encuentro vivo con Cristo: «cada vez —dice San Pablo— que ustedes comen de este pan y beben de este cáliz, proclaman la muerte del Señor, hasta que vuelva» (1 Cor 11,26. Respuesta II en el momento de la consagración de la celebración de la Eucaristía). Cada vez que celebramos la Eucaristía, el Cristo del Evangelio está presente con nosotros. Esta es su «Presencia Real». Cuando celebramos la Eucaristía, hacemos memoria de la Pascua de Cristo y ésta se hace presente en el aquí y ahora: el sacrificio que Cristo ofreció de una vez para siempre en la cruz, permanece siempre actual (cf Hb 7,25-27): «Cuantas veces se renueva en el altar el sacrificio de la cruz, en el que "Cristo, nuestra Pascua, fue inmolado" (1Co 5, 7), se realiza la obra de nuestra redención» (LG 3. Catecismo de la Iglesia Católica 1364). Una asamblea «dispersa» porque cada uno va a lo suyo, una asamblea que se encierra en su individualismo, sin pensar en los demás, da un contratestimonio de Jesucristo. Celebrar el «cuerpo de Cristo» no puede ser sólo respetar las especies sacramentales en una liturgia impecable, sino también prestar atención a los hermanos, y cuidar muy particularmente ese signo del «Cuerpo de Cristo» que da o no da nuestra «asamblea». 

El Evangelio de hoy (Lc 7,1-10) nos deja ver de cerca a un centurión, que era uno de aquellos gentiles cuya hambre religiosa no se saciaba con la sabiduría de los filósofos y diosecillos que el mundo pagano le presentaba. Era temeroso de Dios, profesaba la fe en el Dios único, tomaba parte en el culto judío, pero no había pasado definitivamente al judaísmo. Buscaba la salvación de Dios. Su fe en el Dios único, su amor y su temor de Dios lo manifestaba en el amor al pueblo de Dios y en la solicitud por la sinagoga que él mismo había edificado. Sus sentimientos se expresaban en obras. Eso mismo nos ha pasado en algunos lugares de nuestras misiones en África, en donde musulmanes y no creyentes nos han donado terrenos para los Templos o nos han ayudado a construirlos. ¿Es que ellos pueden ver más allá de nosotros las necesidades de los hermanos? El centurión fue a pedir, no algo para él, sino para «un criado muy querido» (Lc 7,2) y le dice a Jesús esas palabras que nosotros hemos de pronunciar siempre antes de acercarnos a recibir a Jesús Eucaristía: «yo no soy digno de que tú entres en mi casa... con que digas una sola palabra y mi criado quedará sano» (cf. Lc 7,6-7). Si el contacto con Cristo no nos lleva a pensar en el hermano, en el amigo, en el vecino, en el pobre, en el solo... ¿a dónde nos puede llevar? Que María Santísima nos lleve a amar de veras a Jesús Eucaristía y a celebrar dignamente cada encuentro del Señor en el Sacramento. San Juan Pablo II afirma que «la piedad del pueblo cristiano ha visto siempre un profundo vínculo entre la devoción a la Santísima Virgen y el culto a la Eucaristía... María guía a los fieles a la Eucaristía» (R.M.44). ¡Bendecido lunes! 

Padre Alfredo.

lunes, 10 de septiembre de 2018

«Tullidos»... Un pequeño pensamiento para hoy

He hablado ya otras veces de la enigmática Corinto, esa ciudad cosmopolita, con dos puertos y una población —realmente numerosa para sus tiempos— marcada por la convivencia entre una diversidad de culturas, religiones y cultos, una vida desordenada en general y una prosperidad económica impresionante. Es en este contexto en donde san Pablo y sus acompañantes hacen prender el mensaje del Evangelio con una rapidez extraordinaria sobre todo entre los esclavos y la gente de baja condición social y económica, pues para ellos se trataba verdaderamente una «Buena noticia» que les abría un camino de esperanza y les devolvía la dignidad como personas. Sin embargo, aquellos primeros cristianos del lugar, contagiados por tanta diversidad de ideas y por esa vida licenciosa, se ven envueltos en una situación dolorosa causada por conductas y situaciones corruptas que se dan no solo al rededor, sino al interno de la naciente comunidad. San Pablo llama la atención a la comunidad sobre estos abusos, divisiones internas y comportamientos escandalosos (1 Cor 5,1-8). Al Apóstol le duele la pasividad con que la comunidad contempla y soporta ciertos casos de inmoralidad sancionados tanto por la legislación judía como por la romana. El caso de la lectura de hoy es de uno que convivía con la mujer de su padre, o sea, con su madrastra. Esto estaba perseguido legalmente tanto entre los judíos como por la ley romana. 

Con duras palabras —como las que ahora la Iglesia tiene que pronunciar y que no a todos caen bien— san Pablo hace ver a la comunidad cristiana de Corinto que es ella misma la que continuamente ha de ponerse en actitud de conversión. A ella se ha dirigido la palabra de Dios y ella asumió y se responsabilizó un día de tal palabra. Si está permitido algún juicio, es el que la propia comunidad debe ejercer en su seno; éste es el único juicio purificador mientras haya tiempo, porque ella posee siempre la fuerza del Señor. La comunidad cristiana no puede aplaudir situaciones que sabe que no están bien, eso no sería mas que una falsa misericordia. Pablo por eso echa en cara a esta comunidad que tolere ese escándalo y les urge a que «excomulguen» a esa persona. San Pablo toma esta medida, por drástica que parezca, con una intención medicinal que es la que siempre ha buscado la Iglesia y que es, para un mundo «light» como en el que ahora vivimos, difícil de captar. Ciertamente se entiende que aquel hombre que vivía mal, al ser reprendido y expulsado de la comunidad, se sentirá humanamente destrozado, pero será la única manera de que la persona se sane y se salve en el día del Señor. ¡Cuánto nos falta entender hoy de todo esto! Hace unos días se felicitaba, por parte de algunos, a un sacerdote por dejar el ministerio, y se aplaude a algunos por divorciarse sin causas graves, se llevan a bendecir anillos a la Iglesia para uniones ilegítimas y no se cuantas cosas más. San Pablo pone el ejemplo del pan ácimo, sin levadura, que es el que los judíos usaban y siguen usando para la Pascua. Aplica esa imagen a la comunidad, que debe ser, toda ella, «pan ácimo», sin «levadura vieja de corrupción y de maldad», sino un pan «ácimo con sinceridad y verdad», porque los cristianos de ese tiempo y de hoy, debemos vivir permanentemente en Pascua, porque Cristo es el Cordero Pascual que se ha inmolado. 

Pero somos así, «¡Tercos, duros de corazón y torpes de oídos!» (Hch 7,51), necios como los escribas y fariseos que aparecen en el Evangelio de hoy (Lc 6,6-11) y se fijan, para hacer un problemón, en una situación en donde a nada se falta y más bien se busca la curación y la felicidad de un miembro de la comunidad. Jesús se da cuenta del dolor de un hombre tullido. El enfermo con el brazo paralizado no le dice nada, pero se debía leer en su cara la súplica que hacía. Los fariseos están al acecho para ver qué hará. Jesús «sabía lo que pensaban», y primero les provoca con su pregunta: «¿qué está permitido en sábado?». Y no le contestan. Entonces Jesús, «después de recorrer con la vista a todos», curó al de la mano paralizada. Jesús nos enseña actitudes profundas, más preocupadas por la vida interior, por la vida de gracia. Los cristianos, o lo somos de corazón o no somos nada. Rezamos y celebramos la Eucaristía juntos, y debemos mostramos fraternos y «sanantes» de nuestros hermanos, aunque sanar laceraciones y descalabradas cause malestar y dolor al herido y a la sociedad. Los discípulos–misioneros del Señor Jesús no podemos asumir sin más los mismos criterios éticos que predominan en la sociedad secularizada del mundo occidental, ampliamente difundidos por los medios de comunicación y que mantienen paralizada a mucha gente. Según una encuesta publicada por Religion Today, «el 33 por ciento de los jóvenes evangélicos de Gran Bretaña acepta como correcta la convivencia prematrimonial. El 10 por ciento considera aceptable el hurto de artículos pequeños, y la tercera parte declara que a veces es necesario el uso de la mentira». ¿Qué será entre nuestros jóvenes católicos? Recordemos aquel dicho popular que dice: «Amor no quita conocimiento» y pidamos fortaleza y caridad para esos momentos difíciles en los que hay que corregir a alguien, aunque nos duela y le duela. Hoy es lunes y al rato iremos a la Basílica de Guadalupe a concelebrar la Santa Misa con el padre Pepe que mañana regresa a la misión de Mange Bureh (Sierra Leona) allá en África. ¡Están todos encomendados en el Altar al pie de la Morenita! 

Padre Alfredo.

lunes, 3 de septiembre de 2018

«Predicar con pasión»... Un pequeño pensamiento para hoy

Dice San Pablo con toda sencillez el día de hoy en la primera lectura (1 Cor 2,1-5), que él se presentó «débil, asustado y temblando de miedo» (1 Cor 2,3) con el temor de que hablara y predicara nada más con un lenguaje humano, solamente «con palabras de hombre sabio» (1 Cor 2,1), para convencer a sus oyentes. Él con todo ese temor y temblor, decidió hablar a aquellos hombres desde su corazón y movido por el Espíritu (cf. 1 Cor 2,4). Ojalá muchos de los predicadores de hoy captáramos lo que esto significa. Muchos de ustedes me conocen, y saben que a mí me molestan las homilías aburridas, no precisamente esas que son largas y parecen no saber que todo tiene un final, sino aquellas que no brotan del corazón de predicador, esas que son palabras leídas, un «copy page» de algún buen artículo pero que no suenan como salidas del alma, sino solo del papel o del Internet a última hora, esas que son palabras y palabras sin alma. La elocuencia del lenguaje humano puede llegar muy lejos en apariencia, pero nunca hasta el centro del corazón para llenarlo de fuego. Sí, me molestan las homilías que llegan al cerebro quizá, y tal vez se instalen ahí; pero no siguen hasta llegar al alma. San Pablo predicaba con pasión, llegando al alma y al corazón porque hablaba de un amor que le brotaba de dentro, él hablaba no de «algo», sino de «Alguien», ese Dios vivo y verdadero en quien «nos movemos, existimos y somos» (Hch 17,28) y de quien él aprendió a amar a su estilo, desde la Cruz. Por eso dice lleno de convencimiento: «Resolví no hablarles sino de Jesucristo, más aún, de Jesucristo crucificado» (1 Cor 2,2). 

San Pablo dice eso porque sabe que esta es la misma manera en la que Cristo hablaba, y lo podemos nosotros ver en la lectura evangélica que nos presenta san Lucas —a quien empezamos a leer en este ciclo II del Evangelio diario— en el Evangelio de hoy (Lc 4,16-30). En este pasaje, Cristo desenrolla el libro del profeta Isaías que le dan en la sinagoga y lee el pasaje que lo retrata totalmente (Lc 4.18-19), pero al leerlo a la asamblea, no lo hace con un corazón desentendido y frío —como si se tratara de anuncios parroquiales a los que poca o nada atención se presta—. Seguramente desde que lo vieron levantarse para hacer la lectura, notaron su pasión, e manera que, cuando acabó su lectura, «los ojos de todos los asistentes a la sinagoga estaban fijos en él» (Lc 4,20). ¿Por qué no se quedaron como muchos de los oyentes de algunas lecturas y homilías de hoy, que gozan más, mucho más con los diálogos que se muestran en el teatro? Cristo y su mensaje no tiene por qué parecer más aburridos que el cine o una serie del Netflix. «Todos le daban su aprobación y admiraban la sabiduría de las palabras que salían de sus labios» (Lc 4,22). ¿Por qué? ¿Qué había en su forma de hablar?... «¿No es éste el hijo de José?» (Lc 4,22). 

Pero, en los días de hoy y por muchos temores egoístas, tenemos miedo de hablar, de predicar con la pasión de Cristo, que es la que heredaron Pablo, Teresa de Calcuta, Monseñor Romero, María Inés Teresa Arias, Thomas Merton y otros. Los asistentes a la sinagoga, por la pasión que Cristo puso en su mensaje, se sintieron involucrados, aludidos, cuestionados e incomodados, «se llenaron de ira y levantándose lo sacaron de la ciudad para despeñarlo» (Lc 4,28-29). Así le fue a san Pablo, así le fue a Felicitas y Perpetua, así a Miguel Agustín Pro y así le va hoy a Francisco, el Papa, que, desde la Cátedra de San Pedro, no deja de hablarnos con su palabra sencilla y valiente, con su testimonio de vida, con su pasión por la Iglesia y por Cristo crucificado. Hay que pedir hoy al Espíritu Santo esa valentía para hablar nosotros también de Cristo crucificado no con la aparente y superficial sabiduría del mundo, hay que ver hoy a María de Nazareth que poco habló, porque hablando de predicación la cuestión no se trata de muchas o pocas palabras, sino de pasión por la Cruz. ¡Bendecido lunes! 

Padre Alfredo.

lunes, 27 de agosto de 2018

«Familia de Dios y familia de sangre»... Un pequeño pensamiento para hoy


Dicen los estudiosos de la Biblia que las dos cartas de san Pablo a los Tesalonicenses son las primeras epístolas escritas por él, hacia el año 51... y al mismo tiempo los primeros textos del Nuevo Testamento. En esta fecha, veinte años después de la muerte de Jesús, las vivencias en torno a Cristo eran divulgadas oralmente, pero no habían sido aún redactadas tal como las conocemos actualmente con certeza de que son inspiradas por Dios como autor principal. Hoy lunes empezamos la lectura de la segunda carta que el Apóstol de las Gentes dirigió a los fieles de Tesalónica (2 Tes 1,1-5.11-12). Pablo conoce la creciente constancia en la fe de aquellas primeras familias creyentes que, como dicen otras partes del Nuevo Testamento, se convertían a la fe y vivían plenamente su compromiso bautismal desde los padres y abuelos, hasta los más pequeños, que juntos eran bautizados y crecían en el amor mutuo y en la caridad (Hch 16,15; 16,33; 18,8; 1Cor 1,16); para infundirles ánimo san Pablo les dice que siente el deber de dar gracias a Dios por esa bendición y, a la vez, el orgullo de verlos perseverar. ¡Qué esperanza tan grande se veía ayer en el rostro del Santo Padre que, como san Pablo, camina como heraldo de la Buena Nueva en medio de un mundo que se debate entre el bien y el mal desde aquella horrible situación que se dio en la primera familia que habitó la tierra con la muerte del primer ser humano, Abel, en manos de su hermano Caín! Todos recordamos aquella trágica escena que se da en el seno de la primera familia de la humanidad, que nos deja ver que el odio, la envidia y los celos lo carcomen todo (Gn 4,1-7; Hb 11,4). 

Sancho Panza, en el Quijote, decía que: «Cada uno es como Dios lo hizo, y un poco peor», pero sabemos que Cristo viene y nos llena de esperanza para ser un poco mejores que ayer. El Papa Francisco, como Pablo, entiende que la persecución y la perseverancia son una prueba del justo juicio de Dios, que quiere hacerlos dignos de su reino (2 Tes 1,5), y esa persecución es la que vive hoy la familia de Dios y la familia de sangre. Pero, lo que importa a todo apóstol, en todos los tiempos y lugares, es que la fe y la vida cristiana no se debiliten ante las dificultades que los rodean y que en ocasiones pueden venir, incomprensiblemente, de la familia o de la misma Iglesia. El Papa Francisco dijo ayer que «Dios quiere que cada familia sea un faro que irradie la alegría de su amor en el mundo»... ¡y cuánto la necesitamos! «Nadie dice que esto sea fácil» dijo el Papa, afirmando: «Ustedes lo saben mejor que yo». Mientras que el mundo tiende a exagerar lo más grande posible lo negativo que en la familia de Dios —la Iglesia— y en la institución familiar tradicional — fruto de la unión matrimonial del hombre y de la mujer— pueda existir, el Papa, entonando en Irlanda ayer desde temprana hora un gran mea culpa en el que enumera todos los errores de la Iglesia católica, invocó la misericordia de Dios y se mostró esperanzado en la familia, en la familia de Dios y en la familia de sangre, para transformar el mundo. 

Ayer, en Irlanda, el Papa Francisco exclamó: «El matrimonio cristiano y la vida familiar manifiestan toda su belleza y atractivo si están anclados en el amor de Dios, que nos creó a su imagen, para que podamos darle gloria como iconos de su amor y de su santidad en el mundo. Padres y madres, abuelos y abuelas, hijos y nietos: todos llamados a encontrar la plenitud del amor en la familia. La gracia de Dios nos ayuda todos los días a vivir con un solo corazón y una sola alma. ¡También las suegras y las nueras!» El Papa asegura que las familias ofrecen los mejores antídotos contra el odio, los prejuicios y la venganza que envenenan las vidas de las personas y de las comunidades, ya que «las familias generan paz, porque enseñan el amor, la aceptación y el perdón. El Evangelio de hoy (Mt 23,13-22) nos presenta a un Jesús triste e indignado. Un Jesús que explota en su tristeza con una exclamación que en griego «Quai!» (¡Ay!), no significa una maldición, sino que expresa más bien un profundo dolor, una indignación, una amenaza profética. Nadie puede ni debe cerrar a los hombres el Reino de los cielos. Con las personas normales, por débiles y pecadoras que sean, Jesús no se suele mostrar tan duro. Pero sí, con los guían al pueblo. Los que tenemos alguna responsabilidad en la vida de la familia o en el campo de la educación o en la comunidad eclesial (Sacerdotes, padres, madres, religiosos, maestros...), tenemos una gran obligación de dar ejemplo a los demás, de no hacer divisiones entre lo que enseñamos y lo que hacemos, de no ser exigentes con los demás y tolerantes con nosotros mismos, de no ser como los hipócritas, que presentan por fuera una fachada, pero por dentro son otra cosa. Las acusaciones de Jesús nos las hemos de aplicar a nosotros que debemos buscar la gloria de Dios en la familia de Dios y en cada familia de sangre, si perdemos el tiempo en inútiles discusiones de palabras, en estar criticando, en sumergirnos en la desesperanza de la queja, si dejamos que se mate el espíritu con una casuística y condenación exagerada no habrá más que hacer. Aunque mi reflexión ya es de por sí bastante larga, quiero terminar con la oración que el Papa pronunció allá en ese hermoso país que Dios, hace tiempo, me concedió conocer y palpar en el la vida eclesial que tiene sed de ser lo que los católicos debemos ser: «Dios, Padre nuestro, somos hermanos y hermanas en Jesús, tu Hijo, una familia, en el Espíritu de tu amor. Bendícenos con la alegría del amor. Haznos pacientes y bondadosos, amables y generosos, acogedores de aquellos que tienen necesidad. Ayúdanos a vivir tu perdón y tu paz. Protege a todas las familias con tu cuidado amoroso, Especialmente a aquellos por los que ahora te pedimos: («Pensemos especialmente en todas las queridas familias», pidió el Papa). Incrementa nuestra fe, fortalece nuestra esperanza, protégenos con tu amor, haz que seamos siempre agradecidos por el regalo de la vida que compartimos. Te lo pedimos, por Jesucristo nuestro Señor, Amén. María, madre y guía, ruega por nosotros. San José, padre y protector, ruega por nosotros. San Joaquín y Santa Ana, rueguen por nosotros. San Luis y Santa Celia Martin, rueguen por nosotros». ¡Bendecido lunes! 

Padre Alfredo.

lunes, 20 de agosto de 2018

«En culto verdadero y el seguimiento de Cristo»... Un pequeño pensamiento para hoy


El libro del profeta Ezequiel, es todo él una profecía. De hecho, el leccionario de España —que es se utiliza aquí en Roma para las Misas en español— al enunciar la lectura dice: «Lectura de la profecía de Ezequiel...». Este escrito inspirado por Dios está lleno de símbolos y es una gran ayuda para discernir ante el Señor en dónde está nuestro corazón y qué es lo que buscamos realmente en nuestra vida. En el trozo que nos ha tocado leer hoy —porque hace ya muchas horas que celebré y hasta ahora encuentro un espacio para escribir— Dios le dice al profeta que lo más querido a sus ojos —refiriéndose su esposa— morirá y que no debe guardarle luto. Ezequiel obedece a Dios totalmente, como lo hizo Oseas cuando se le ordenó casarse con una mujer infiel (Os 1,2-3). Los versículos 16 y 17 del capítulo 24 de Ezequiel, en donde se habla de esto, nos ofrecen una de las más completas descripciones de los ritos funerarios en todas las Escrituras que precisamente él, por mandato divino, no debe observar. El propósito de estos hechos inusuales en los profetas, es para que sirvan de actos simbólicos que ilustraren la relación de Dios con su pueblo. La obediencia a Dios puede tener un alto costo. Lo único que tal vez sea más doloroso que perder al cónyuge sin poder guardar luto, sería perder la vida eterna por no obedecer a Dios. Ezequiel, en todo el libro que vale la pena leer de corrido, siempre obedece a Dios con todo su corazón. Nuestras vidas, a su imagen, deberían mostrar también a nuestro mundo la misma obediencia, como dice Madre Inés: «pronta, sincera, sin réplica y con espíritu de fe». 

La obediencia a Dios tiene sentido al hacer todo lo que Él nos pide, nos sugiere y nos ordena en las Escrituras y a través de la oración en las inspiraciones que nos manda por la acción de su Espíritu, aun cuando no tengamos deseos. ¡Qué cosas tan extrañas pide Dios en ocasiones!... ¿estamos dispuestos a seguir y servir a Dios tan completamente como lo hizo Ezequiel? (Ez 24,15-24) A Ezequiel no se le permitió guardar luto por la muerte de su mujer para poder mostrar a sus compatriotas cautivos que no debían guardar luto por Jerusalén cuando la destruyeran, porque la pertenencia al Señor no está en el cumplimiento de lo externo de los ritos, sino en la huella que estos dejen en el corazón del cual Dios es dueño absoluto. Necesitamos examinarnos a nosotros mismos a la luz de esta profecía. Cuando vamos a la iglesia, ¿adoramos en realidad a Dios o vamos solo «para cumplir»? ¿Nos acercamos a recibir la Eucaristía si podemos hacerlo? ¿Le amamos realmente y lo queremos dentro de nuestro corazón? Juan, en su Evangelio nos deja una pregunta en boca de Cristo que es la misma que nos puede hacer ahora en medio de nuestros ritos litúrgicos para ser si son vivencia o solo cumplimiento. El Señor Jesús le preguntó tres veces a Pedro: «¿Me amas?» (Jn 21,15,16,17) Y solo cuando Pedro pudo decir que le amaba, entonces el Señor le dijo: «Apacienta mis ovejas» (Jn 21,17). Solo a partir de la certeza del amor es que el Señor lo destinó a ser pastor de pastores. 

En el relato evangélico de hoy, un hombre cumplidor se presenta ante Jesús y lo quiere seguir más de cerca (Mt 19,16-22) —es el mismo relato que hace días habíamos leído en Marcos (Mc 10,17-31)—:«¿Qué tengo que hacer de bueno para obtener la vida eterna?» En la respuesta que Jesús le da a tan seria y comprometedora pregunta, omite los tres primeros mandamientos del decálogo que conciernen a nuestros deberes para con Dios y se va a los deberes para con los hombres y añade el mandamiento del amor al prójimo, porque nos enseña lo mismo que en la profecía de Ezequiel, que no basta «el cumplir» sino es necesario el «vivir en el corazón» la pertenencia al Señor. Así, según Jesús, a pesar de que aquel que se le acerca «cumple», no vive en realidad un culto perfecto a Dios, porque su corazón no pertenece del todo al Señor... su corazón está «anclado» a sus posesiones. Está bloqueado por ellas. Esos supuestos «bienes» son males que le estorban, obstáculos que le ponen trabas en vez de ayudarlo. Y el resultado es la tristeza y la instalación, la inercia. Ayer recé el Ángelus en la plaza de San Pedro junto al Vicario de Cristo en la tierra y ayer, que la liturgia se centraba toda ella en Jesús, el Pan de Vida, el Santo Padre no dejó de llevarnos a «completar» el culto a Dios haciéndonos orar, además del Ángelus, un Avemaría por nuestros hermanos que en Kerala, allá en la región de la India en donde están algunas de nuestras hermanas Misioneras Clarisas, y en donde debido a las terribles inundaciones, el número de muertos desde el 29 de mayo se ha elevado a 370, de los cuales 230 perecieron en los últimos doce días. Yo me quedo pensando y rezo nuevamente uno, dos, tres avemarías, no sé cuantos más y me pregunto: ¿hago creíble mi tarea de evangelización con el lenguaje de la solidaridad que todos entienden al bajarme del Altar, el lenguaje de la oración, del sacrificio, de las obras de misericordia? He optado por la esperanza de una vida y un mundo mejor al seguir a Cristo... pero, ¿se logra esta ver en lo que soy y en lo que hago? ¡Bendecido lunes a todos! 

Padre Alfredo.