lunes, 20 de agosto de 2018

«En culto verdadero y el seguimiento de Cristo»... Un pequeño pensamiento para hoy


El libro del profeta Ezequiel, es todo él una profecía. De hecho, el leccionario de España —que es se utiliza aquí en Roma para las Misas en español— al enunciar la lectura dice: «Lectura de la profecía de Ezequiel...». Este escrito inspirado por Dios está lleno de símbolos y es una gran ayuda para discernir ante el Señor en dónde está nuestro corazón y qué es lo que buscamos realmente en nuestra vida. En el trozo que nos ha tocado leer hoy —porque hace ya muchas horas que celebré y hasta ahora encuentro un espacio para escribir— Dios le dice al profeta que lo más querido a sus ojos —refiriéndose su esposa— morirá y que no debe guardarle luto. Ezequiel obedece a Dios totalmente, como lo hizo Oseas cuando se le ordenó casarse con una mujer infiel (Os 1,2-3). Los versículos 16 y 17 del capítulo 24 de Ezequiel, en donde se habla de esto, nos ofrecen una de las más completas descripciones de los ritos funerarios en todas las Escrituras que precisamente él, por mandato divino, no debe observar. El propósito de estos hechos inusuales en los profetas, es para que sirvan de actos simbólicos que ilustraren la relación de Dios con su pueblo. La obediencia a Dios puede tener un alto costo. Lo único que tal vez sea más doloroso que perder al cónyuge sin poder guardar luto, sería perder la vida eterna por no obedecer a Dios. Ezequiel, en todo el libro que vale la pena leer de corrido, siempre obedece a Dios con todo su corazón. Nuestras vidas, a su imagen, deberían mostrar también a nuestro mundo la misma obediencia, como dice Madre Inés: «pronta, sincera, sin réplica y con espíritu de fe». 

La obediencia a Dios tiene sentido al hacer todo lo que Él nos pide, nos sugiere y nos ordena en las Escrituras y a través de la oración en las inspiraciones que nos manda por la acción de su Espíritu, aun cuando no tengamos deseos. ¡Qué cosas tan extrañas pide Dios en ocasiones!... ¿estamos dispuestos a seguir y servir a Dios tan completamente como lo hizo Ezequiel? (Ez 24,15-24) A Ezequiel no se le permitió guardar luto por la muerte de su mujer para poder mostrar a sus compatriotas cautivos que no debían guardar luto por Jerusalén cuando la destruyeran, porque la pertenencia al Señor no está en el cumplimiento de lo externo de los ritos, sino en la huella que estos dejen en el corazón del cual Dios es dueño absoluto. Necesitamos examinarnos a nosotros mismos a la luz de esta profecía. Cuando vamos a la iglesia, ¿adoramos en realidad a Dios o vamos solo «para cumplir»? ¿Nos acercamos a recibir la Eucaristía si podemos hacerlo? ¿Le amamos realmente y lo queremos dentro de nuestro corazón? Juan, en su Evangelio nos deja una pregunta en boca de Cristo que es la misma que nos puede hacer ahora en medio de nuestros ritos litúrgicos para ser si son vivencia o solo cumplimiento. El Señor Jesús le preguntó tres veces a Pedro: «¿Me amas?» (Jn 21,15,16,17) Y solo cuando Pedro pudo decir que le amaba, entonces el Señor le dijo: «Apacienta mis ovejas» (Jn 21,17). Solo a partir de la certeza del amor es que el Señor lo destinó a ser pastor de pastores. 

En el relato evangélico de hoy, un hombre cumplidor se presenta ante Jesús y lo quiere seguir más de cerca (Mt 19,16-22) —es el mismo relato que hace días habíamos leído en Marcos (Mc 10,17-31)—:«¿Qué tengo que hacer de bueno para obtener la vida eterna?» En la respuesta que Jesús le da a tan seria y comprometedora pregunta, omite los tres primeros mandamientos del decálogo que conciernen a nuestros deberes para con Dios y se va a los deberes para con los hombres y añade el mandamiento del amor al prójimo, porque nos enseña lo mismo que en la profecía de Ezequiel, que no basta «el cumplir» sino es necesario el «vivir en el corazón» la pertenencia al Señor. Así, según Jesús, a pesar de que aquel que se le acerca «cumple», no vive en realidad un culto perfecto a Dios, porque su corazón no pertenece del todo al Señor... su corazón está «anclado» a sus posesiones. Está bloqueado por ellas. Esos supuestos «bienes» son males que le estorban, obstáculos que le ponen trabas en vez de ayudarlo. Y el resultado es la tristeza y la instalación, la inercia. Ayer recé el Ángelus en la plaza de San Pedro junto al Vicario de Cristo en la tierra y ayer, que la liturgia se centraba toda ella en Jesús, el Pan de Vida, el Santo Padre no dejó de llevarnos a «completar» el culto a Dios haciéndonos orar, además del Ángelus, un Avemaría por nuestros hermanos que en Kerala, allá en la región de la India en donde están algunas de nuestras hermanas Misioneras Clarisas, y en donde debido a las terribles inundaciones, el número de muertos desde el 29 de mayo se ha elevado a 370, de los cuales 230 perecieron en los últimos doce días. Yo me quedo pensando y rezo nuevamente uno, dos, tres avemarías, no sé cuantos más y me pregunto: ¿hago creíble mi tarea de evangelización con el lenguaje de la solidaridad que todos entienden al bajarme del Altar, el lenguaje de la oración, del sacrificio, de las obras de misericordia? He optado por la esperanza de una vida y un mundo mejor al seguir a Cristo... pero, ¿se logra esta ver en lo que soy y en lo que hago? ¡Bendecido lunes a todos! 

Padre Alfredo.

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