viernes, 3 de agosto de 2018

«Instrumentos de Dios»... Un pequeño pensamiento para hoy


La relación litúrgica que se vive con Dios, sobre todo en la celebración de la Santa Misa, no puede darse al margen de un contacto personal, vivo y verdadero con Él. Es lo que Dios mismo quiere que entendamos hoy por medio del profeta Jeremías (Jer 26,1-9). La escena representa uno de los momentos culminantes de la vida del valiente y fiel profeta: delante del pueblo y de las autoridades (acaba de subir al trono el rey Joaquín), anuncia de parte de Dios que deben convertirse de sus malos caminos y que, si no lo hacen, Dios conformará la desgracia total y el Templo será destruido. Como lo había sido el de Silo, siglos antes —ese templo donde había crecido el joven Samuel—. Pero, se quiere hacer callar a este profeta molesto, como se hará callar a Juan Bautista, como se hará callar a Jesús. Sacerdotes, profetas y todo el pueblo oyeron a Jeremías pronunciar fuertes palabras en el Templo del Señor. Y, cuando Jeremías terminó de pronunciar todo lo que el Señor le había ordenado decir a todo el pueblo, esos sacerdotes y profetas lo apresaron diciéndole al pueblo: «¡Este hombre debe morir! ...» Y todo el mundo se juntó en torno a Jeremías, en el Templo del Señor. Los amigos del Señor, sus portavoces, sus seguidores más fieles son a menudo rechazados por el mundo. Basta pensar en la legión de mártires que en México y en todas partes del mundo están inscritos en los libros de historia de las diversas naciones y en general, de la Iglesia. 

A pesar de que muchas veces la gente nos rechace porque hablamos la verdad —aunque parezcamos ave de mal agüero—, los discípulos–misioneros, convencidos de la verdad, no podemos cerrarnos al anuncio y testimonio del Evangelio. El Señor ha encendido en nosotros la Luz de su amor, de su misericordia y de su gracia, y no podemos querer ocultarla cobardemente bajo nuestros miedos y temores, pues no hemos recibido un espíritu de cobardía, sino al Espíritu de Dios que amándonos a todos, quiere que todos nos salvemos y lleguemos al pleno conocimiento de la Verdad, esa Verdad que ningún «mesías terreno» por más que ofrezca podrá alcanzarnos. Debemos sentirnos como el profeta y como Cristo, seguros solamente en las manos del Padre, pobres y necesitados de Dios para poder comprender la fragilidad de nuestro prójimo, y saber luchar para que también Él alcance la salvación que Dios ofrece a todos sin distinción, aunque ni el pueblo ni sus dirigentes lo comprendan. Seremos muchas veces rechazados como Jeremías y como el mismo Cristo que «vino a los suyos y los suyos no lo recibieron» (Jn 1,11). No podemos acudir al culto y cerrar los oídos para evitar que la Palabra de Dios nos transforme, nos incomode y nos transforme poniéndonos en camino de servicio en el amor fraterno hacia todos aquellos que necesitan del perdón, de la salvación o de la solidaridad de alguien en las diversas necesidades que padecen. Ojalá y al final no se nos desmorone y se nos escape de las manos la salvación a causa de no haber vivido nuestra fe en un tono de auténtico amor comprometido, no sólo hacia Dios, sino también hacia nuestro prójimo, aunque eso nos cueste, como a Jeremías o a Cristo, la misma vida. 

Quien se decida por anunciar el Evangelio como testigo del mismo, trabajando para que conforme al designio salvador de Dios llegue a todos el perdón y la paz, encontrará grandes dificultades, que tendrá que padecer por el mismo Evangelio. Ciertamente el lugar más difícil para que nuestro testimonio y nuestro anuncio evangélico sea aceptado es nuestro propio medio, y más aun, nuestra propia casa, en medio de los que nos conocen. Ni para el mismo Jesús fue diferente, según nos narra el Evangelio de hoy (Mt 13,54-58). Generalmente la gente que vive con nosotros no es fácil de convencer, no nos creen, como no creyeron a Jeremías, a Cristo y a los Apóstoles. Sin embargo es ahí donde podemos verdaderamente ser luz, ser modelo, ser esperanza de un mundo nuevo. Así es la vida y así es la fuerza de la Palabra por medio de un apóstol, de un profeta, de un discípulo–misionero: puede herir y puede salvar; puede recuperar y puede herir y suscitar conflictos de muerte. Pero esto no debe sorprendernos, pues a Jesús no siempre le fue mejor que a nosotros, como consta en Evangelio: Tú, le dicen, hijo del carpintero, que tienes una larga familia de tu misma condición de iletrados entre nosotros; tú que no perteneces a la jerarquía del templo ni a la clase de los poderosos, ¿cómo te atreves a predicar un Reino Nuevo y te presentas haciendo milagros en caridad? La Virgen agradeció al Señor que se hubiera fijado en su pequeñez. La beata María Inés Teresa, en su preciado libro «La Lira del Corazón» exclama llena de gratitud a Dios por haberla elegido: «¿Qué podrán todos los enemigos contra un deforme instrumento, pero manejado por tu mano poderosa e invencible? Señor, mi fuerza, mi poder, mi confianza, mi fe ciega está en mi miseria, puesta al servicio de tu misericordia. Con esto lo digo todo» (Lira del Corazón). Yo también con esto lo digo todo por hoy. ¡Bendecido viernes, recordando la entrega de Cristo por nosotros en su pasión, muerte y resurrección! 

Padre Alfredo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario