viernes, 17 de agosto de 2018

«Fidelidad a la alianza»... Un pequeño pensamiento para hoy


El día de hoy, la liturgia de la palabra, en le primera lectura (Ez 16,59-63) nos presenta una de las páginas más bellas de la Escritura, un fragmento de Ezequiel cargado de fuerza y pasión. Con una preciosa alegoría y recurriendo a un lenguaje poético y expresivo, mediante la imagen del matrimonio, el profeta describe toda la historia de Israel, lo que son las relaciones entre Dios y su pueblo desde sus orígenes hasta la renovación de la alianza. La historia es sencilla y está colmada de misericordia y ternura: Una niña, que Dios ha encontrado abandonada de todos, es adoptada por Él y se nos ofrece una descripción de los favores con que rodea a esta niña, hasta convertirla en una mujer madura y hermosa, adornándola con detalles muy humanos. Pero ella, al verse llena de atractivo, se olvida de su bienhechor y se prostituye con cualquiera de los que pasan a su lado, olvidando a su Dios y yéndose tras dioses falsos. El relato, en el que Yahvé es el Esposo e Israel la esposa, va en la línea de la comparación esponsal que siguen otros profetas como Jeremías y Oseas. La niña es Jerusalén, que al principio era una ciudad pagana y sin importancia, pero que Dios eligió como su ciudad, sobre todo con David, y la hizo grande y famosa. Y cuando podía esperar amor de ella, se encontró con una esposa infiel. La parábola resume toda la historia del pueblo de Israel, esposa casquivana y prostituida, infiel al amor de Dios. 

Cierto que, a nuestros ojos de discípulos–misioneros de Jesucristo, la parábola no se puede entender como solamente dirigida a Israel. Hay que aplicarla a la Iglesia, el nuevo Israel, que ha sido «adornada» por Dios con dones todavía más extraordinarios que aquellos con los que adornó al pueblo de la Antigua Alianza. También puede aplicársenos este relato personalmente. Porque Dios ha puesto sus ojos en cada uno de nosotros y se ha hecho ilusiones sobre lo que podíamos hacer para colaborar en el plan de salvación que Él tiene para este mundo. Luego de esta lectura y reflexión habrá que preguntarnos: ¿Le somos fieles a Dios? ¿Seguimos a Cristo Jesús con rectitud de intención? ¿He cometido adulterio, faltando a la fidelidad para con Dios? Más aún, ¿Nos hemos prostituido, siguiendo al primero que ofrece algo apetecible, según la moda del momento? Cada quien sabe su propia historia. San Pablo expresaba así su convicción del ver cómo Dios nos amó primero: «Dios, rico en misericordia, por el grande amor con que nos amó, estando muertos a causa de nuestros delitos, nos vivificó juntamente con Cristo: por su gracia han sido salvados» (Ef 2,4). 

Estamos en la Casa de Garampi, aquí en Roma, en estos días del «ferro agosto» —llamado así en Italia por el intenso calor del mes— en Ejercicios Espirituales con un grupito de misioneras clarisas rusas costarricenses y mexicanas. Precisamente estamos reflexionando en ese «desposorio» de Dios con nuestras almas, esa alianza que exige renovar la entrega, renovar los odres que reciben el vino de la vocación, dándonos cuenta de que ese Dios que nos llamó sigue enamorado, sigue deseando que volvamos a Él de nuestros corazones que se han desposado con sus quereres desde el día de nuestro compromiso inicial. Cristo, siendo el mismo Dios que Ezequiel nos presenta, pero en su segunda persona, toma en serio, como su Padre, toda relación que establece con quien ha llamado a pertenecerle, no con los planteamientos superficiales de su tiempo y de ahora, que mera buscan meramente una satisfacción que puede ser pasajera. Ni el matrimonio ni toda otra vocación, puede quedar sujeta a un sentimiento pasajero o a un capricho. La entrega es para siempre, según nos dice hoy (Mt 19,3-12). Jesús es bastante claro. No podemos confundir la ternura de Cristo con el laxismo de moda, ni podemos revolver irresponsablemente las afirmaciones sobre la misericordia de su corazón con los caprichos y las debilidades alocadas de nuestros propios corazones que poco entienden de amor del bueno. A la luz del Antiguo Testamento y por supuesto del Nuevo, en textos como el de hoy, hemos de entender que no se puede vivir de recuerdos, aunque sean los recuerdos más bellos y grandiosos. Se necesita un principio de vida que sea nuevo cada nuevo día y por eso hay que reformar la vida, hay que analizar, hay que reflexionar y volver a empezar. Tal es la obra que el Espíritu Santo, regalo precioso de la Pasión de Jesucristo hace en Ejercicios Espirituales. Quiero pensar en María, siempre nueva, siempre fiel, siempre abierta a la gracia y pedirle que nos ayude a perseverar hasta el final con un corazón rebosado de gratitud por haber sido llamados. En un día como hoy, 17 de agosto, pero de 1980, llegué al Seminario de Monterrey para iniciar mi camino vocacional. La beata María Inés, que me había aceptado en su Instituto el 1 de junio de ese año, dispuso que estudiara allí... y, desde aquel día —¡A gritos y sombrerazos como se dice en México!— aquí estoy. ¡Estoy convencido de que me sostienen sus oraciones, las de tanta gente en tantos años... me encomiendo a estas oraciones en este bendecido viernes y siempre! 

Padre Alfredo.

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