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martes, 13 de septiembre de 2022

10 cosas que los católicos estamos cansados de escuchar y son falsas...


Hay personas que, sin conocer bien la religión católica, nos acusan de idólatras y de que la Iglesia Católica ha inventando innumerables reglas para mantener a los fieles mansos. Algunos dicen que no somos cristianos, que adoramos a la Virgen y a los santos y no sé que otras cosas más.  

Aquí están las principales cosas que «nos achacan» como católicos y que son falsas:


1. Los católicos adoran imágenes.

No solo es completamente falso, sino que es absurdo. Siendo realistas, la mayoría de esas personas tiene fotos en sus casas, lo cual es completamente normal. Muchos tienen fotos de sus seres queridos, tanto de los vivos como de los que han fallecido. ¿No es entonces algo hipócrita decir que los católicos son idolatras cuando estas familias que no comprenden la presencia de imágenes en nuestra vida, tienen retratos de sus seres queridos en las paredes? Si ellos pueden tener fotos de sus familiares difuntos colgadas en la pared, entonces la Iglesia católica puede tener fotos de nuestro amado Jesús, sus discípulos y los santos.


2. Los católicos le rezan a María en lugar de a Dios.

Este es un error muy común en toda la comunidad protestante, y aunque se puede entender su motivo,  desanima el hecho de que muchos de ellos saltan de inmediato con una dura conclusión sobre la fe católica. Los Católicos le oramos a María con cariño y gratitud, sobre todo con el rezo del Santo Rosario que nos trae a la mente y al corazón distintos misterios de la vida de Cristo, pero pidiendo su poderosa intercesión, que ore por nosotros ante Dios, al igual como un protestante le pide a su abuelo fallecido que vele por ellos.


3. Los santos no pueden oír sus oraciones porque están muertos.

Empecemos este apartado con una pregunta: ¿Desde cuándo una persona que está en el Cielo se considera un muerto? Lo llamamos el más allá por una razón. De hecho hay una prueba bíblica de que los santos pueden escuchar nuestras plegarias:

«Cuando lo tomó, los cuatro Seres Vivientes se postraron ante el Cordero. Los mismo hicieron los veinticuatro acianos que tenían en sus manos arpas y copas de oro llenas de perfumes, que son las oraciones de los santos.» (Ap 5,8).

«Otro ángel vino y se paró delante del altar de los perfumes con un incensario de oro. Se le dieron muchos perfumes: las oraciones de todos los santos que iban a ofrecer en el altar de oro colocado delante del trono; y la nube de perfumes, con las oraciones de los santos, se elevó de las manos del ángel hasta la presencia de Dios.» (Ap 8,3-4).


4. La Virgen María no es importante; ella es como cualquier otra persona.

Si la Santísima Madre no es importante, entonces cada mujer hubiese tenido una Concepción Inmaculada. Es por esa razón que la anterior declaración no tiene sentido, por supuesto que la Virgen María es importante, ella dio a luz a nuestro Señor y Salvador, Jesucristo.

Una de las cosas que hace tan asombrosa a la fe católica que profesamos, es que reconocemos la importancia de María y la veneramos. Ella es un modelo a seguir y una santa para todos los cristianos, alguien a quien admirar porque ella se rindió ante Dios por completo.

Hasta el día en que otra mujer dé a luz a Jesús, nadie será como María, una mujer muy especial, una mujer sagrada.


5. Los católicos han inventado todas sus reglas.

Cada una de las tradiciones que tenemos en la Iglesia Católica tiene raíces bíblicas. Por no mencionar el hecho de que Jesús es el fundador de la Iglesia. Toda enseñanza de la Iglesia está basada en la Sagrada Escritura, en la Tradición y en el magisterio de la Iglesia. Contando desde esta día, hacia atrás, nos damos cuenta de que la única Iglesia que llega hasta los tiempos de Cristo en una forma directa, es la Iglesia Católica, las demás han ido surgiendo en los siglos subsiguientes.


6. Dios dijo que le confesáramos los pecados a Él, no a un sacerdote.

Ante esto podemos ver lo que la Biblia dice al respecto:

«Reconozcan sus pecados unos ante otros y recen unos por otros para que sean sanados. La súplica del justo tiene mucho poder con tal de que sea perseverante». (Santiago 5,16).

Es cierto que debemos orar directamente a Dios y pedirle perdón, sin embargo por los pecados —mortales— que cometemos, debemos confesarnos unos a otros —con nuestros sacerdotes— como indicó Jesús.

Él les dio esta instrucción directamente a sus discípulos, para que por medio de Él, ellos fuesen capaces de perdonar los pecados (Jn 20,21-23). Este poder fue transmitido a cada sacerdote, sucesivamente hasta nuestros días.


7. El catolicismo es un culto más.

Jesucristo fundó la Iglesia Católica hace más de 2000 años. Difícilmente lo pudiéramos llamar un culto. La Iglesia tiene una tradición para celebrar la Eucaristía que viene desde los primeros cristianos. Rendimos culto a Dios no como un culto más, sino con celebraciones litúrgicas que están bien fundamentadas.


8. Los católicos no son cristianos

La palabra cristiano se relaciona con cualquier persona que siga las enseñanzas de Cristo, y ya que la Iglesia Católica hace justamente eso, entonces somos los primeros cristianos. Todas las demás denominaciones cristianas, incluidos los cultos que nacen por aquí y por allá hasta en cocheras de casas, han surgido tiempo después del catolicismo. 

Nosotros somos cristianos católicos y «católico» significa «universal», porque nuestra Iglesia está presente en el mundo entero.


9. Los católicos agregaron libros a la Biblia.

Durante 300 años no hubo Biblia, solo escritos al azar de los profetas como y cartas de san Pedro, san Pablo y otros etc. hasta que los monjes católicos compilaron y establecieron un canon con lo que hoy se conoce como Santa Biblia. Esto fue así hasta que ocurrió la reforma protestante y un hombre llamado Martin Lutero eliminó siete libros sólo porque no quiso reconocerlos como inspirados por Dios. 

Los libros que los protestantes eliminaron de la Biblia y que consideran apócrifos son: Tobías, Judit, Ester (protocanónico con partes deuterocanónicas), Daniel (protocanónico con partes deuterocanónicas), I Macabeos, II Macabeos, Sabiduría, Eclesiástico (también llamado "Sirac") y Baruc. 


10. Los católicos creen que pueden pagar el camino hacia el Cielo.

Por supuesto que los católicos no creemos eso. Se trata de un malentendido enorme que se produjo durante la Reforma Protestante. A pesar de los muchos estereotipos que se ciernen sobre nuestra fe, lo importante es recordar que nuestra Iglesia ha resistido la prueba del tiempo y que se ha mantenido durante más de 2000 años. Este reclamo de ellos es por las indulgencias que se pueden ganar por diversas prácticas para eliminar la pena que hay que pagar por los pecados cometidos.


Espero que estas 10 cosas bien clarificadas, nos ayuden a vivir con más profundidad nuestra fe como católicos.

Padre Alfredo.

martes, 30 de enero de 2018

Jerusalén y nuestro compromiso misionero...


Estando en Tierra Santa, en concreto en la ciudad antigua de Jerusalén, uno se da cuenta del número tan reducido de cristianos en el lugar. Hace unos días estuvimos con Fray Artemio Vítores, sacerdote franciscano vicecustodio emérito de Tierra Santa y guardián (superior) del Convento Franciscano Santa Catalina «ad Nativitatem». Él nos explicaba que, además, a estas alturas y por diversas circunstancias políticas y religiosas, la minoría cristiana ya se ha reducido aún más. Desde 1948, la población cristiana de Israel ha descendido del 30% al 1,2%, unas cifras que muestran claramente la trágica realidad que vive la tierra del Señor y María Santísima.

Muchos de los que viven en Jerusalén —la tierra que vio nacer al Salvador— no conocen aún a Cristo; pero nosotros, que somos parte de un país «católico», podemos decir que quizá en la propia familia, entre nuestros amigos, entre los compañeros de clase a los que vemos diariamente sucede lo mismo que aquí en la Tierra Santa. Es posible que muchos hayan oído hablar de Cristo, pero en realidad no le conocen. 

Jerusalén, para todos los cristianos, es el corazón de la Tierra Santa, la síntesis de la acción de Dios en favor de los hombres. Así lo afirmaba san Juan Pablo II en una ocasión: «¡Cuántos recuerdos, cuántas imágenes, cuánta pasión y qué gran misterio envuelve esta palabra: Jerusalén!... ¡Cuántas veces, en los libros históricos, en los Salmos, en los Profetas, en los Evangelios, resuena el nombre de Jerusalén, siempre amada y deseada, pero también vituperada y llorada, pisoteada y resucitada, amonestada, consolada y glorificada. En verdad, ¡es una ciudad única en el mundo!». Todos los miembros de la Iglesia, de una o de otra manera, tenemos el sueño de subir a Jerusalén como subió Jesús. Es un camino difícil, pero hay que decidirse: Jesús, «estando para cumplirse los días de su elevación, tomó la decisión irrevocable de subir a Jerusalén» (Lc 9,51).

Tierra Santa —me comentaba en estos días un comerciante de artículos religiosos que de hecho es mi tocayo porque se llama Alfredo— se está quedando sin cristianos. Alfredo me decía hace un rato que regresábamos del Santo Sepulcro: «Vengan en peregrinación padres, traigan a su gente, sólo así, los cristianos podremos trabajar, comer y ganarnos la vida, y nos veremos obligados a irnos. Somos —me decía hablando en italiano porque su abuela era italiana— como mendigos que necesitamos su limosna». Y esto, es una realidad. Mucha gente gasta cantidades de dinero estratosféricas en cruceros y viajes a lugares recónditos que a un cristiano no le dicen nada. Y esta situación no se debe a que Israel sea un estado judío (y de hecho el número de judíos convertidos al cristianismo en Israel ha aumentado y a pesar de que el judaísmo rabínico talmúdico, la religión oficial de Israel, manifieste una oposición fundamental a Cristo y a su Iglesia) sino al crecimiento del número de musulmanes. Aquí los cristianos cada vez son menos y los musulmanes más y más. Un estudio estadístico prevé que para 2050 el número de musulmanes será similar al de cristianos, casi un 30% de la población mundial. Es increíble cómo al ir pasando por diversas ciudades y pueblos, destacan por aquí y por allá los «minaretes», esas torre anexas a las mezquitas desde donde el «muecín» o «almuédano» convoca a los fieles musulmanes para que acudan a la oración. Sus oraciones en árabe se escuchan a través de grandes bocinas instaladas en lo alto de esas torres.

Digo que los musulmanes son quienes están desplazando la presencia cristiana en Israel porque por parte del pueblo judío se han venido suscitando conversiones que hacen que sea muy probable que el número de cristianos aumente de forma constante en las próximas décadas por parte de ellos. En el Estado de Israel hay católicos, aunque los de origen judío son muy escasos (apenas unos 500) y la mayoría católica es de raza árabe (se calcula que existen unos 27000, repartidos por todo el Estado). Aunque desde luego, el grupo más nutrido, unos 50.000, proceden de la abundante inmigración producida durante los últimos años. En total existen seis parroquias católicas oficiales en Israel, por lo que no es la comunidad cristiana más abundante, pero están aquí y debemos orar por ellos, los que predominan son los cristianos de origen ortodoxo, como la Iglesia Armenia, o la Iglesia Siriaca. El Señor ha querido que nosotros naciéramos católicos, para que participemos en su misión de salvar al mundo y ha dispuesto que el afán misionero sea un elemento esencial e inseparable de la vocación cristiana que compartimos con ellos. 

Junto al afán misionero, creo que debe estar muy vivo el de adentrarnos a conocer muy de carca Jerusalén y en general la Tierra Santa. Hoy es tan fácil, se puede hacer por medio de libros, videos, películas, audios y, por qué no... un viaje a estos hermosos lugares donde cada una de las piedras habla de ese paso del Señor Jesús por aquí. Yo por mi parte me comprometo a que poco a poco voy a ir compartiendo algo de cada uno de los lugares sagrados de Israel y Palestina. Creo que quien se decide a seguir a Cristo —y nosotros le seguimos— se convierte en un apóstol misionero con una responsabilidad concreta: «Conocer y amar cada día más a Cristo para seguirle más de cerca. Amarlo y hacerlo amar del mundo entero» valiéndose de cuantos medios sean posibles. 

El afán misionero, el deseo de acercar a muchos al Señor, no lleva a hacer cosas raras o llamativas, y mucho menos a descuidar los deberes de cada día. Es precisamente en medio de las tareas de cada día, aprovechando las relaciones humanas normales, donde encontramos nuestro campo para la misión y para dar a conocer nuestro cristianismo con alegría. Yo nunca había venido a la Tierra Santa, y ahora que me encuentro aquí, gozo viendo todos aquellos lugares que ya conocía en papel, en video o por boca de quienes ya habían tenido esta experiencia. Pero cuántos hay que no saben nada de Cristo ni de los lugares concretos en dónde Él se movió... ¡Si aquí hay muchos que no le conocen!... ¿cómo andaremos en nuestras familias y en nuestros ambientes?

En medio del mundo, donde Dios nos ha puesto, debemos llevar a los demás a un encuentro con Cristo y la Tierra Santa. Recuerdo que a veces, en las clases de cristología, antes las explicaciones que yo daba de los lugares santos, su geografía, su historia, su herencia espiritual, no faltaba quién me decía: «¡Pero usted porque ya conoce!» y en cierto sentido tenían razón, porque, aunque no había venido, Internet y you tube ya me habían traído a visitar lugar por lugar.

Preguntémonos hoy qué tanto somos discípulos–misioneros del Señor Jesús y de su Tierra Santa. Preguntémonos si hemos buscado conocer en libros o videos los lugares por donde pasó Cristo y a cuántos hemos hablado de estos lugares y si significado en nuestra fe. Veamos a quiénes hemos ayudado a venir virtual o físicamente a conocer la Tierra Santa. Yo, por mi parte, no me alcanzo a agradecer a quienes hicieron posible que ahora yo esté aquí en este curso de «Renovación Sacerdotal»: A los padres Legionarios de Cristo, a Logos, a mis papás y a tantos más que con su ayuda y sus oraciones, han sostenido este viaje. 

De los primeros cristianos se decía: «Lo que el alma es para el cuerpo, eso son los cristianos para el mundo» ¿Se podrá decir lo mismo ahora de nosotros? Hagamos unos momentos de oración en silencio luego de leer esto y pidámosle a María Santísima, la misionera por excelencia, su materna intercesión para que seamos cada día unos discípulos–misioneros que cada día se enamoren más de su Hijo Jesús y del anhelo misionero de establecer el Reino de Cristo.

Padre Alfredo.

miércoles, 15 de marzo de 2017

La práctica del Yoga... un tema resbaladizo para el cristiano


A MANERA DE INTRODUCCIÓN:

No es poco común en nuestros días, ver propaganda y promociones del Yoga en muchos de los gimnasios grandes y pequeños. Circula también una gran cantidad de libros sobre el Yoga que se venden hasta en las tiendas de autoservicio; abundan los sitios en el Internet que se ocupan de su filosofía y práctica; y seminarios de divulgación en gimnasios, clubs deportivos, centros de Pilates y grupos del cuidado para la salud. El Yoga ha penetrado tan exitosamente en nuestra cultura occidental que incluso, personas católicas, sin tener un pleno conocimiento de lo que es el yoga, lo practican, digamos, de una manera «light» incorporándolo a sus vidas y admirando su propia actitud «inclusiva» —como se dice ahora—, o bien, no ven nada incorrecto con practicarlo y estarían muy sorprendidos de saber que representa alguna amenaza espiritual de cualquier tipo para el cristiano.

El Día Internacional del Yoga, que el 11 de diciembre de 2014, las Naciones Unidas proclamaron para celebrarse cada 21 de junio , ha sido una gran plataforma de difusión de esta práctica. Pero... ¿hasta dónde es algo asumible para el cristianismo? Hablar de Yoga y fe cristiana es un tema ciertamente polémico y de antemano sé que muchos pensarán que exagero, o que soy un sacerdote cortado «a la antigua». Por un lado, hay quienes defienden su plena compatibilidad, según el tipo de técnicas que se empleen y su supeditación a la experiencia cristiana, o incluso hay algunos que llegan al extremo de proponer algunas formas de «yoga cristiano». Por otro lado, hay quienes, exagerando demasiado las cosas, se refieren a la práctica del Yoga como una de las vías ordinarias por las que una persona puede acceder a ser objeto de la acción extraordinaria del demonio. 

I. UN TEMA BASTANTE CONTROVERTIDO:

Hablar de este tema es controvertido y las posturas encontradas y enconadas hacen difícil una reflexión seria, a la luz de la revelación cristiana, sobre este tema. Yo trataré de exponer la postura de la Iglesia a la luz de documentos del magisterio y de la experiencia de fe de la Iglesia Católica, una voz que tiene un valor especial para los creyentes. Es sorprendente el número de católicos —especialmente católicas— que ignoran las consecuencias de practicar el Yoga y que, caen, con cierta frecuencia, en el sincretismo religioso. El Yoga as algo mucho más complejo que lo que suele entenderse por esta palabra en Occidente, donde apenas se conocen los rudimentos psicotécnicos del hatha-yoga y del raja-yoga, de ordinario fuera de su concepción teórica del cuerpo humano y de su contexto filosófico y religioso. Para los verdaderos yoguis, su sistema es una forma de vida integral: existe un modo yóguico de comer, de beber, de realizar la higiene de los diferentes miembros y funciones fisiológicas, de vivir durante el día y de dormir, así como de trabajar, aprender, enseñar, amar, obedecer, mandar, etc.

Es triste ver cómo hoy en día, muchos católicos van perdiendo la confianza en las grandes prácticas espirituales y místicas para la oración y la disciplina que recibieron de grandes santos como Ignacio de Loyola, Francisco de Asís, Francisco de Sales, Santa Teresa de Avila, etc. y ahora siguen espiritualidades y místicas orientales que provienen del Hinduismo y del Budismo. A este respecto, un cristiano sincero debería informarse sobre la compatibilidad del Yoga con la espiritualidad cristiana y sobre la conveniencia de incorporar sus técnicas en la oración y en meditación cristianas. ¡Qué diferencia entre cómo los santos buscan la paz interior, la Paz de Dios y cómo se busca la paz en el Yoga! Si alguna creatura ha estado completamente unida a Dios en Paz ha sido la Inmaculada Virgen María. Así describe el beato Cardenal Henry Newman la paz mística que La Santísima Virgen alcanzó por medio del Verdadero Espíritu Santo, Creador y Fuente de Vida: “Como entonces por flores y frutos se significa, en un sentido místico, los dones y gracias del Espíritu Santo, por lo tanto por un jardín se significa místicamente un lugar de reposo espiritual, quietud, paz, refresco y delicia. […] Tal fue el jardín en el que la Rosa Mística, la Inmaculada María fue cobijada y cuidada para ser la Madre del Todo Santo Dios, desde su nacimiento hasta su desposorio con san José […] Esto fue el resultado de la Inmaculada Concepción. (Meditaciones sobre la Letanía de Loreto para el mes de mayo). 

Hay que ver que para algunos el Yoga es un medio de relajación y de alivio de la tensión, para otros es un ejercicio que promueve la salud y el estar en forma y, para una minoría, es un medio para la curación de enfermedades. Los fines religiosos y espirituales del Yoga son a menudo olvidados o negados en un contexto occidental, la mayoría de la gente se entusiasma de entrada y lo ve simplemente como una forma física de ejercicio. Esta simplificación es injustificada y peligrosa. La reducción del Yoga a una mera técnica de embellecimiento con frecuencia crea efectos desagradables. Son muchos los cristianos que comenzaron a practicar el Yoga por razones de salud física y luego lo han seguido por razones de espiritualidad. Además, los hechos revelan que cuanto más la persona practica Yoga, más propensa es a disminuir su adhesión al cristianismo y más probable se da el hecho de que se adhiriera a la espiritualidad no religiosa y al budismo. 

II. EL YOGA Y SU ESENCIA:

El Yoga podría ser de algún modo compatible con el cristianismo en su vertiente psicotécnica, no en cuanto a su trasfondo ideológico y religioso, ya que para entender el Yoga hay que enmarcarlo en el hinduismo, una religión muy diferente a la cristiana, distante en su concepción de lo divino y lo humano. De hecho, la misma palabra sánscrita «Yoga» viene de la raíz yug o yuj, que significa «unir, juntar, conectar, atar, cargar juntos», lo que equivaldría al término latino «religio», que viene de «religare» «religión». 

Los orígenes del yoga se remontan hasta 5.000 años y durante mucho tiempo sus principios se difundieron a través de la transmisión oral. Finalmente esta tradición fue puesta por escrito y entonces el yoga hizo su aparición en los cuatro antiguos textos hindúes conocidos como los Vedas, el más antiguo de los cuales data del 1.500 a.C. Más tarde, un individuo llamado Patañjali compiló y codificó la suma total del saber sobre el yoga. Las fuentes discrepan sobre cuándo ocurrió esto, con fechas que van del siglo IV a.C. al II d.C. Su obra, llamada el Yoga Sutra, es el texto de más autoridad sobre el yoga, reconocido por todas sus escuelas. Una persona que practica Yoga como una forma de vida se llama un yogui.

III. RESULTADOS DE UNA ENCUESTA REVELADORA:

En el número de junio de 2016 del Journal of Health Psychology ha aparecido un interesante artículo en el que varios investigadores de la Universidad de Connecticut (EE.UU.) han abordado las razones por las que la gente se inicia en el Yoga y permanece después en su práctica. En una encuesta a nivel nacional, en los Estados Unidos, los autores han estudiado a 360 estudiantes de yoga y a 156 maestros. Unos y otros habían participado al menos en cinco sesiones de Yoga en los últimos tres meses. A todos, varones y mujeres, se les hizo una doble pregunta: ¿Por qué comenzaste a practicar yoga? y ¿Han cambiado tus motivaciones iniciales con el tiempo? Los investigadores de Connecticut llegan a concluir en cuanto al inicio en el Yoga que «tanto los estudiantes como los maestros adoptaron la práctica del Yoga primeramente para hacer ejercicio y reducir el estrés, aunque señalaron otras muchas razones que incluyen la flexibilidad, ponerse en forma y reducir la depresión o la ansiedad». 

Por otra parte, si pasamos a la permanencia en esta disciplina, por parte de los encuestados, «el 62 por ciento de los estudiantes y el 85 por ciento de los maestros informaron de que habían cambiado su razón primaria para practicar o que habían descubierto otras razones; para ambos, la razón primaria que más había cambiado era la espiritualidad». La conclusión, entonces,  de tal encuesta, es que «los hallazgos sugieren que la mayoría se inicia en la práctica del Yoga para hacer ejercicio y reducir el estrés, pero para muchos la espiritualidad se convierte en la razón principal para mantener la práctica».

IV. PRACTICAR YOGA PUEDE SER PELIGROSO PARA LOS CRISTIANOS:

Aunque a simple vista parezca exagerado, practicar Yoga puede ser peligroso para los cristianos por lo que se deduce de estos 15 puntos:

1. Es una disciplina o práctica milenaria, mística-espiritual hindú (1,800 a.C.). cuyas posiciones y ejercicios son inseparables de su cosmovisión; «no hay hinduismo sin yoga, y no hay Yoga sin hinduismo». Nosotros, como cristianos, debemos tener siempre presente lo que la Sagrada Escritura nos dice: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón con toda tu alma y toda tu mente. Este es el principal y el primer mandamiento. El segundo es semejante a éste: Amarás al prójimo como a ti mismo» (Mt 22: 37-39).

2. La historia nos demuestra que Christopher Isherwood y la Sociedad Teosófica fueron quienes trajeron a Occidente el budismo zen y el Yoga del Oriente. Estas creencias no se conocían antes en nuestra cultura occidental. Los gobiernos estadounidense y británico impulsaron sus planteamientos. Sabemos que la Sociedad Teosófica fue dirigida por masones y ocultistas (Helena P. Blavatsky, Annie Besant, Alice Bailey).

3. En cualquiera de sus formas, la finalidad del Yoga no es únicamente la relajación, la correcta respiración ni el bienestar o control físico, sino la «iluminación». Es, entonces, una «vía de perfección» (de ocho pasos) a través del control de los «elementos físicos y psíquicos» de la persona que pretende el «nirvana» (extinción del sufrimiento) para alcanzar la «iluminación» (apertura del «tercer ojo») y la «unión con Dios». Los yoguis hindúes afirman que los primeros cinco pasos (disciplina moral, purificación corporal y espiritual, posturas gimnásticas-corporales, control respiratorio y desconexión sensorial) son la preparación para alcanzar los grados más altos del «Yoga regio« o «raja Yoga».

4. La «Iluminación» —según las creencias del Yoga— se logra despertando a Shiva (deidad hindú) en forma de serpiente (kundalini), que se dice mora al final de la espina dorsal, o bien, en los genitales, con objeto de que ascienda desde ese punto por la columna vertebral y vaya «activando» uno a uno los seis o siete chakras (centros de energía ubicados a lo largo la espina dorsal), y así se una a su esposa Parvati (diosa «energía») que le espera en la cabeza. El enlace Shiva-Parvati abre el «tercer ojo» a nivel psíquico y… ¿físico? Esta es la meta del «Yoga kundalini» y de la «meditación dinámica». Shiva tiene prominencia entre los dioses del Yoga. Él es el «patrón» de todos los practicantes de Yoga; Él es la deidad de los yoguis por excelencia y es a menudo representado como un yogui. Alrededor de su cuello hay una serpiente, símbolo de su poder sobre la muerte. En su frente hay un tercer ojo, a través del cual se obtiene la visión y el conocimiento místico.  Su toque de tambor para crear el OM se dice que resuena en el corazón y en todo el universo.

5. Distintos instructores y difusores de Yoga, como Ana Paula Domínguez (Directora del Instituto Mexicano del Yoga) confirman que, en efecto, las diferentes posiciones de ese método encarnaban al dios Shiva, a quien los hundues solían adorar mediante un símbolo fálico llamado linga, y que «el objetivo era obtener la liberación al fundirse con aquella poderosa deidad». En Argentina, la maestra Amrit Dev Kaur, especialista en «kundalini yoga», explica así su propio aspecto personal: «el turbante representa votos profundos que tomamos para ser personas que guían a nuestra comunidad. El blanco ayuda a los resultados de la meditación que hacemos, aumenta el aura y el campo electromagnético». Esta gurú dice que el objetivo del Yoga, que se hace trabajando sobre el templo que es el cuerpo, es «unirse con el Uno, con la divinidad». Aunque insiste en aclarar que «el Yoga no es una religión», después afirma que «el Yoga puede ayudar a conectar en un camino personal hacia esta divinidad, conectarte con el alma». Yendo más allá en lo doctrinal, ella plantea que «tenemos un destino y en cada encarnación tenemos la posibilidad de llegar a este destino. En Yoga es ser unido con el infinito, literalmente ser iluminado».

6. La llamada «apertura del tercer ojo» ha sido motivo de interés de los yoguis, swamis y «maestros» orientales, como también de los ocultistas occidentales, pues afirman que con ello se tiene acceso al conocimiento de todo cuanto existe, de toda la realidad, aún de la sobrenatural (por ejemplo, sobre el futuro). Por ello, personalidades como el fundador del satanismo, Aleister Crowley (el satanista más depravado de todos los tiempos), y Jon Klimo (el médium más famoso de la historia), practicaban y recomendaban ampliamente el Yoga. Uno sólo tiene que hojear las páginas del Antiguo Testamento para ver que tales habilidades son realmente poderes ocultos y que están condenados por Dios en la forma más inequívoca y enérgica. (Lev 19, 26.31; Dt. 18,9-14; 2 Re 17,13-15. 17-18; 2 Cro 33,1-2.6)

7. Asociaciones como la Masonería (excomulgada por la Iglesia Católica) promueven dicha práctica oriental. En el ritual llamado «Paladión», el segundo paso (de cinco en total) consiste en la «iluminación» o apertura del «tercer ojo». Willian Shnoebelen (ex satánico y ex masón), quien practicó el ritual, afirma que ese ojo «es el punto de contacto entre los humanos y la conciencia de Lucifer», y se comienza a «pensar como él piensa y a ver con sus ojos...».

8. Gopi Krishna, ex yogui de Cachemira, quien introdujo la teoría del “Kundalini” («energía vital» y «serpiente»), estuvo a punto de caer en la demencia completa en el año de 1937, mientras meditaba sobre su «chakra» superior (o «tercer ojo»). Dijo: «De aquí en adelante, durante largo tiempo, tuve que vivir pendiente de un hilo, debatiéndome entre la vida y la muerte, entre la salud y la enfermedad. (…) He pasado por casi todas las etapas de (...) tipos de mente: mediúmnica, psicótica y otros; durante un tiempo estuve alternando entre la cordura y la locura».

9. El Swami Prabhavananda advierte sobre los peligrosos efectos físicos que pueden resultar de los ejercicios de respiración de las técnicas de Yoga: «A menos que se hagan correctamente, hay una buena posibilidad de dañar el cerebro. Y las personas que practican este tipo de respiración sin una supervisión adecuada, pueden sufrir una enfermedad que ninguna ciencia o médico conocidos pueden curar». Los ejercicios respiratorios tienen como finalidad, en la religión hindú, aspirar el prana = la esencia del éter, el Atman-Brâhman, lo divino, la «fuerza vital”» (la energía). Asimismo, el yogui Shakta Kaur Khalsa afirma: «El mito de que el kundalini es peligroso sólo sería posible mediante una muy mala práctica... la técnica y preparación adecuadas son el aislante necesario para el flujo correcto de la energía kundalini». Toda postura tiene un significado relacionado con el hinduismo, por ejemplo, en la postura del saludo al sol se adora al dios Surya.

10. Ana Paula Domínguez y Marco Antonio Karam (Director de Casa Tíbet México), reconocieron juntos en el programa radiofónico «¿Qué tal Fernanda?», en el año 2004, que el Yoga puede presentar un riesgo para quienes lo practican, debido, en parte, a que en México existen numerosos institutos o escuelas no autorizados para enseñarlo.

11. El sacerdote católico Manuel Guerra, un importante investigador de las sectas, afirma que es un riesgo «suprimir la conciencia», pues según el segundo principio del «sutra» (discurso de Buda), «el Yoga consiste en impedir que la conciencia/pensamiento tome formas diversas», o sea, es la «cesación de la actividad mental».

12. Otro sacerdote estudioso del tema, Alfonso Uribe Jaramillo considera: «El Yoga puede ser instrumento válido para el hindú que busca con sinceridad la salvación y no ha conocido la verdad revelada por el Verbo de Dios. Pero para el cristiano, es un camino erizado de peligros y, a la larga, si no lo aparta de Jesucristo, lo llevará a una gran confusión, pero no a la verdadera perfección cristiana». Al final del artículo comparto un video con el testimonio del padre Joseph Marie Verlinde, un ex yogui convertido al catolicismo, que vale mucho la pena ver.

13. El Cardenal Norberto Rivera Carrera, Arzobispo Primado de México señala: «El Yoga es, en su esencia, un ejercicio espiritual y corporal nacido de la espiritualidad hindú. Las posturas y ejercicios, aunque se presentan como un simple método, son inseparables de su sentido propio en el contexto del hinduismo. El Yoga es una introducción a una tradición religiosa muy ajena al cristianismo. La palabra «Yoga» significa «unión». Habría que preguntarnos: ¿unión con qué?». Debido a que el Yoga indica unión, debemos preguntarnos: ¿qué une el yoga? La tradición Yoga clásica sostiene que todo Yoga debe asociarse a los dioses del hinduismo.

14. El Consejo Pontificio para la Cultura y el Consejo Pontificio para el Diálogo Interreligioso del Vaticano, ubican al Yoga como parte de las muchas prácticas de la New Age, al mismo tiempo en que lo cuestiona como forma de «iluminación».

15. Existen ya testimonios de posesiones demoniacas, parciales o totales, en personas que han practicado el Yoga, debido a que todo eso debilita el alma y deja la puerta abierta al enemigo. Los mismos ocultistas y médiums ya mencionados, confirman lo anterior, pues usaban su cuerpo con esta técnica para entrar en contacto con los «muertos» (espíritus malignos).

V. LO QUE LA IGLESIA CATÓLICA AFIRMA DEL YOGA:

Podemos afirmar que, la Iglesia Católica, no está a favor del Yoga, pero, la Iglesia Católica tampoco está en contra del Yoga. Y no se trata de un juego de palabras, sino de un resumen simple de lo que señala el Magisterio. Algo que podemos encontrar explicado, sobre todo, en un documento que publicó en 1989 la Congregación para la Doctrina de la Fe, firmado por su entonces prefecto, el cardenal Joseph Ratzinger (Hoy Papa Emérito Benedicto XVI), y aprobado por san Juan Pablo II. Se conoce con su inicio en latín, «Orationis formas», y se trata, como su mismo título indica, de una «Carta a los obispos de la Iglesia Católica sobre algunos aspectos de la meditación cristiana» cuyo enlace está al final de este artículo.

Esta carta responde a una preocupación de nuestros pastores por el interés que empezaron a suscitar desde aquellos años, diversas formas de meditación ligadas a algunas religiones orientales y a sus peculiares modos de oración, interés que hacía precisos «criterios seguros de carácter doctrinal y pastoral». El documento insiste en que se refiere a la cuestión del «valor que pueden tener para los cristianos formas de meditación no cristianas», y más específicamente habla de «los métodos orientales». ¿De qué métodos habla? Como explica en su primera nota a pie de página, son «métodos inspirados en el hinduismo y el budismo, como el «zen», la «meditación trascendental» o el «Yoga» que, no pocas veces hoy en día, son utilizados también por algunos cristianos en su meditación».

El dicasterio vaticano encargado de velar por la integridad de la fe podría haber contestado, como pasa en otras ocasiones, con un «sí» o un «no» a la pregunta de si un católico puede practicar el Yoga. Así lo ha hecho en algunos casos, como cuando se le ha preguntado por la validez del bautismo administrado por algunos movimientos de apariencia cristiana. O con una respuesta explicada y razonada, como por ejemplo hicieron los obispos de los EE.UU. hace unos años al tratar el tema del reiki, señalando que es incompatible con la fe cristiana. En el caso del Yoga, según la Iglesia, es necesario un discernimiento cuidadoso, y eso es lo que pretende esa carta que vale la pena leer.

La carta subraya el resumen que hace San Agustín de la experiencia espiritual: «desprecia el mundo exterior y entra en ti mismo; sin embargo, prosigue, no te quedes allí, sino sube por encima de ti mismo, porque tú no eres Dios: Él es más profundo y grande que tú». El hombre descubre dentro de sí mismo algo que lo trasciende. Si se identifica a sí mismo con ello, se equivoca. Por otro lado, no podemos llegar al amor perfecto de Dios si no es en su revelación definitiva: Jesucristo. En él, Dios se ha dado a los hombres.

De entre todas las observaciones del documento, destaca la que habla sobre la consecuencia espiritual y física en el número 28 —cuestión que resulta de la práctica del Yoga, por ejemplo— afirmando que no es siempre lo que parece ser: «Algunos ejercicios físicos producen automáticamente sensaciones de quietud o de distensión, sentimientos gratificantes y, quizá, hasta fenómenos de luz y calor similares a un bienestar espiritual. Confundirlos con auténticas consolaciones del Espíritu Santo sería un modo totalmente erróneo de concebir el camino espiritual. Atribuirles significados simbólicos típicos de la experiencia mística, cuando la actitud moral del interesado no se corresponde con ella, representaría una especie de esquizofrenia mental que puede conducir incluso a disturbios psíquicos y, en ocasiones, aberraciones morales». Me vienen a la mente unas palabras que san Pablo dirije a los Corintios en su segunda carta: «No se maravillen, pues también Satanás se disfraza de ángel de luz» (2 Cor 11,14).

En el año 2003, el Consejo Pontificio de la Iglesia Católica para el Diálogo Interreligioso, publicó un documento titulado «Jesucristo: Portador del Agua de la Vida» (cuyo enlace está también al final de este artículo) que, está centrado en el movimiento de la «New Age» (Nueva Era), encontramos incluido nuevamente el tema del Yoga en el número 2: «Entre las tradiciones que confluyen en la Nueva Era pueden contarse: las antiguas prácticas ocultas de Egipto, la cábala, el gnosticismo cristiano primitivo, el sufismo, las tradiciones de los druidas, el cristianismo celta, la alquimia medieval, el hermetismo renacentista, el budismo zen, el Yoga, etc.».

VI. EJERCICIO FÍSICO Y MEDICINA ALTERNATIVA:

Está claro teóricamente para algunos, que me rebaten en este tema, que es posible un Yoga despojado de todo elemento de cosmovisión, filosofía o espiritualidad oriental. Algo que sería asumible por cualquier persona, tenga las convicciones que tenga. Pero la realidad, de la que he hablado y a la vez tomado una muestra aquí, parece demostrar que cada vez es más difícil. Un católico —lo digo a manera de pregunta— ¿podría recibir la Eucaristía y no ser participe de algo religioso? O planteándolo de otra manera: Si un ateo toma y consume una Hostia consagrada ¿podemos sostener que no ha recibido el Cuerpo de Cristo porque no cree que sea lo que es? ¿Podríamos afirmar que simplemente ha «experimentado los mecanismos físicos» de recibirlo pero no se ha involucrado en una actividad espiritual? Técnicamente hablando, la Eucaristía tiene una realidad espiritual independiente de las creencias de quien la recibe, y los estudiosos de la materia afirman que lo mismo ocurre con el Yoga. Así como la presencia real de Cristo está contenida dentro de la Hostia consagrada, independientemente de si quien la recibe cree o no, así también el Yoga tiene un componente espiritual que es real, independientemente del propósito específico de quien lo practica. Recientemente el papa Francisco, por su parte, se preguntaba en una de sus homilías en Santa Marta (9/01/15): «¿Quién nos enseña a amar?». Y contestaba: «tú puedes hacer mil cursos de catequesis, mil cursos de espiritualidad, mil cursos de yoga, zen y todas esas cosas. Pero todo eso nunca será capaz de darte la libertad de hijo».

Algunas personas que practican el Yoga como ejercicio físico, pueden encontrar una alternativa para en los ejercicios «Pilates», un sistema de acondicionamiento físico —cada vez más popular— desarrollado en el siglo 20 por Joseph Pilates (1880-1967). Hay que decir que el Yoga no trata, primordialmente, de la flexibilización del cuerpo; pero sí del uso de los medios físicos para llegar a un fin espiritual. Por lo tanto el problema de separar en él lo físico de lo espiritual es en verdad una contradicción en sus propios términos. De hecho, si uno consulta la masiva cantidad de material disponible, se hace patentemente claro que las consideraciones referidas a los beneficios físicos son secundarias. Normalmente, el Yoga es presentado como algo que trata primordialmente de actualizar el potencial espiritual propio, logrando «libertad», trascendiendo el ego y cosas semejantes.

Pilates llamó a su método «Contrología», porque creía que su método utiliza la mente para controlar los músculos. El programa se centra en los músculos que rodean la columna vertebral y los órganos internos, que ayudan a mantener el cuerpo equilibrado y que son esenciales para proporcionar apoyo. Pilates —que debo aclarar que yo no lo practico— se basa en ciertos principios para acondicionar el cuerpo entero: la alineación adecuada, centrado, concentración, control, precisión, respiración y movimiento fluido. A partir de esta descripción de los ejercicios de Pilates, me parece que no hay razón alguna de alarma para los cristianos. Todos los cristianos deben estar preocupados con una dieta adecuada y ejercicio para que nuestros cuerpos, que son el templo del Espíritu Santo (1 Corintios 6,19), se mantengan en tan buenas condiciones como sea posible. La mayoría de los programas de Pilates se concentran exclusivamente en los ejercicios físicos. Sin embargo, de todas maneras, hay que tener cuidado porque algunos, tratan de incorporar los aspectos de las religiones orientales o el pensamiento del New Age.

Lo prudente que debe hacer todo cristiano que está considerando la posibilidad de hacer Pilates, es hablar primero con el instructor para determinar sus inclinaciones filosóficas. Si el instructor enseña Pilates puro, no hay nada que impida a los cristianos el participar. 

Respecto a la utilización del Yoga como medicina alternativa, hay tratamientos de medicina alternativa que parecen bastante seguros y que no se oponen a la fe, a menos que al aplicarlos le revuelvan un discurso religioso raro. Las pastillas o nódulos de la homeopatía, las agujas de la acupuntura y los masajes de los quiroprácticos, son ejemplos de ello, aunque en todos los casos —como ya mencioné— hay que ver quién aplica el tratamiento, en qué circunstancias, de que manera y diciendo qué discurso. Hay médicos que dicen que el Yoga puede ser cristiano, si se le mira como una forma de «pacificar» y «armonizar» el organismo, sobre todo a base de ejercicios de respiración. Yo creo que aprender algunas técnicas básicas de relajación es algo que nos hace bien a todos, pero hay que saber que el riesgo de que le revuelvan algo al Yoga es muy, muy alto. Pronto los instructores hablarán de chacras y reservorios energéticos, y de ahí pasarán al aura, o a una versión sobre el alma humana que está diseñada para hablar luego de reencarnación. El efecto final será desastroso. 

A MANERA DE CONCLUSIÓN:

He tocado un tema bastante resbaladizo y lleno de enredos, que tal vez me traerá, como dije al inicio, algunas discrepancias con alguno que otro católico, para elaborarlo consulté la Sagrada Escritura, varios artículos, manuales, documentos de la Iglesia, libros de doctrina católica y protestante, encuestas, etc. de lo cual mucho se puede encontrar bien fundamentado en Internet. Lo que expongo no significa que debamos condenarlo todo, sino sólo discernir, discernir mucho y en todo lugar desde nuestra fe católica, nuestra fe cristiana. La fe vale más que la salud misma, pues hay un salmo que le dice al Señor: «Tu gracia vale más que la vida» (Salmo 62). Dedico esta mi aportación sobre el tema, a todos mis compañeros del energy fitness, que día a día nos encontramos para practicar el ejercicio físico que sostiene de buena manera nuestro cuerpo, Templo vivo en donde mora el Espíritu Santo y que me preguntaron hace unos días: ¿Padre, qué piensa usted del Yoga?

Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U.

jueves, 9 de junio de 2016

LOS ARTÍCULOS DE LA FE DE LA IGLESIA CATÓLICA...

Las enseñanzas de la Iglesia Católica, están extraídas con toda fidelidad de la Biblia y de la Tradición, son expuestas por el Magisterio y forman lo que llamamos un cuerpo de doctrina. Es importante destacar su coherencia y fidelidad a través de los siglos. La doctrina católica no ha variado en 2000 años, aunque sí ha evolucionado incorporando los conocimientos nuevos que la ciencia aporta. Con gran prudencia ha sabido aplicar sus principios inmutables a circunstancias nuevas manteniéndose completa e integral. La doctrina de la Iglesia no solamente propone una serie de verdades, sino que desde el principio ha enseñado a la humanidad a vivir de esas verdades aplicándolas a la vida diaria. Y no solamente eso, sino que también proporciona al hombre los medios para vivir dichas verdades conocidas como los Artículos de la fe católica..

Los Artículos de la fe católica (En griego, arthron; en latín, articulus, articulación) son estas verdades sobrenaturales reveladas tal como las contenidas en el Símbolo o Credo de los Apóstoles. Los términos no fueron usados por los Padres o por los escritores eclesiásticos en la Alta Edad Media. San Bernardo y Ricardo de San Víctor los usaron, y éste los aplicó a las verdades que tienen a Dios por objeto y tan explícitamente establecidas que requieren asentimiento. Para Santo Tomás de Aquino, el artículo de fe es cualquier verdad sobrenatural revelada que sea distinta en sí misma de otras verdades pero a las que se une para formar un todo orgánico de enseñanza cristiana.

Así, los artículos del Credo anuncian verdades que en sí mismas son distintas unas de otras pero todas son partes de un sumario completo de verdades que han sido reveladas para ayudarnos a ganar nuestro fin último. Son para la teología cristiana lo que los principios fundamentales para al ciencia. No toda verdad revelada es un artículo de fe, ni los teólogos concuerdan en lo que constituye una verdad un artículo de fe. Algunos limitarían estos artículos al contenido del Credo de los Apóstoles. Otros dicen que cada verdad definida por la Iglesia, o de otra manera explícitamente propuesta para nuestra creencia, es un artículo de fe. Los Artículos de la fe católica son las verdades principales o primarias que son la base de otras verdades reveladas o principios.

Es en el Catecismo del Concilio de Trento (p. 1, c. 1, q. 4), donde las verdades del Credo de los Apóstoles son llamadas “Artículos”, por una especie de símil utilizada frecuentemente por nuestros antepasados; pues según los miembros del cuerpo están divididos por articulaciones (articuli), así también en la profesión de fe cualquier cosa que ha de ser creída por nosotros distinta y separadamente de cualquier otra cosa, la llamamos apropiada y oportunamente un artículo.

Según una antigua tradición, atestiguada ya por San Ambrosio de Milán (340-397) se acostumbra enumerar doce artículos del Credo, simbolizando con el número de los doce apóstoles el conjunto de la fe apostólica.

Hablando del Credo o Símbolo de los Apóstoles, se pueden destacar doce artículos que son:

1. Creo en Dios, Padre todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra.
2. Creo en Jesucristo, su Único hijo, Nuestro Señor.
3. Creo que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, nació de Santa María Virgen.
4. Creo que padeció bajo el poder de Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y sepultado.
5. Creo que descendió a los infiernos, al tercer día resucitó de entre los muertos.
6. Creo que subió a los cielos, y está sentado a la derecha de Dios, Padre todopoderoso.
7. Creo que desde allí ha de venir a juzgar a los vivos y muertos.
8. Creo en el Espíritu Santo.
9. Creo en la Santa Iglesia Católica.
10. Creo en la comunión de los santos.
11. Creo en el perdón de los pecados.
12. Creo en la resurrección de la carne y la vida eterna.

Tradicionalmente en el Catecismo se estudian los Artículos de la fe católica en catorce apartados: los siete primeros pertenecen a la Divinidad, y los otros siete, a la santa Humanidad de nuestro Señor Jesucristo, Dios y Hombre verdadero.

Los que pertenecen a la Divinidad son:

1. Creer en un solo Dios todopoderoso.    
2. Creer que es Padre.    
3. Creer que es Hijo.    
4. Creer que es Espíritu Santo.    
5. Creer que es Criador.    
6. Creer que es Salvador.    
7. Creer que es Glorificador.

Los que pertenecen a la santa Humanidad son:

1. Creer que nuestro Señor Jesucristo, en cuanto hombre, fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo.    
2. Creer que nació de Santa María Virgen, siendo ella Virgen antes del parto, en el parto y después del parto.    
3. Creer que recibió muerte y pasión por salvar a nosotros, pecadores.    
4. Creer que descendió a los infiernos, y sacó las ánimas de los santos Padres, que estaban esperando su santo advenimiento.    
5. Creer que resucitó al tercero día de entre los muertos.    
6. Creer que subió a los Cielos y está sentado a la diestra de Dios Padre todopoderoso.    
7. Creer que vendrá a juzgar a los vivos y a los muertos. A los buenos para darles gloria porque guardaron sus santos Mandamientos, y a los malos pena perdurable porque no los guardaron.

Alfredo Delgado, M.C.I.U.

domingo, 4 de octubre de 2015

¿ESTÁ CERCA EL FIN DEL MUNDO? ¿SE ESTÁ CUMPLIENDO EL APOCALIPSIS? ¿YA LLEGA EL DÍA FINAL?

En la Biblia tenemos un libro llamado «Apocalipsis» que, a diferencia de lo que piensan muchos, no se trata de un libro que habla sólo del final de los tiempos o de la destrucción del mundo.

El Apocalipsis es un libro que al leerlo, nos deja un mensaje siempre actual que ilumina la realidad de la persecución y el sufrimiento vivido por los cristianos de cada época. Algunas veces, como en los tiempos de Nerón, otras como en la época de las cruzadas o de la Cristiada en México, esta persecución se intensifica y se muestra más encarnizada. Cada atacante del cristianismo, que surge en la historia que vamos viviendo día a día alrededor del mundo, es, en sí, una nueva bestia del Apocalipsis, como lo fue Nerón, por ejemplo.

En los países dominados por dictaduras comunistas, en muchos países de mayoría musulmana y en los de que son devorados por el consumismo, vemos correr sin descanso la sangre de los mártires aún en nuestros días. El Papa constantemente nos invita a orar por la paz en estos lugares de persecución. 

Incluso entre nosotros, la persecución es durísima, pero no es una persecución que hiera ni mate al cuerpo. Es un tipo de persecución peor, una persecución que ataca y mata el alma por la imposición ideológica que se va infiltrando en nuestra cultura, en los medios de comunicación y en las instituciones educativas. Debido a tantas ideas extrañas, los cristianos de hoy sufrimos una gran presión para negar a Jesucristo y aceptar los valores que Jesús y su Iglesia condenan.

Y digo "entre nosotros", porque muchos cristianos frecuentan la Iglesia, realizan prácticas devocionales, y, en contraste con esto, actúan, fuera de la vida eclesial, como verdaderos paganos que atacan y dejan en mal a la Iglesia. Son el tipo de personas que tienen miedo a perder el trabajo, a ser excluidos por los amigos o a padecer los prejuicios a causa de su fe, incluidos dirigentes y líderes religiosos que no abrazan la verdad, sino las ideas del mundo hedonista y consumista que nos quiere devorar.

Ya la beata María Inés Teresa, con ese corazón misionero que la distinguió y que sigue latiendo en todos los miembros de la Familia Inesiana, en 1974, en una carta escribía: “Se necesitan corazones para orar, manos para trabajar, y pies para caminar en pos de las ovejas de Cristo, no sólo en las misiones propiamente tales, sino también en el mundo entero que cada día se paganiza más.”

Nuestro Señor Jesucristo no se puede equivocar, Él nos dijo que no sabemos ni el día ni la hora, y que debemos estar preparados (Mt 24,36). Hay que estar atentos, ¡sí, por supuesto! Pero no con un alarmismo que nos desvíe de lo que debe ser nuestro objetivo. Los cristianos trabajamos día a día en nuestra conversión, en lucha contra los propios pecados, y los pecados sociales recordando que el mensaje de Cristo es siempre un mensaje de «Buenas Nuevas» que invita a la conversión y a caminar juntos hasta que llegue ese cielo nuevo y esa tierra nueva cuando Él lo disponga.

Algunos falsos profetas alarmaron a muchos hermanos nuestros asegurando que en Septiembre se acaba el mundo. Mucha gente vivió miedo y angustia relacionando algunos hechos con algunos de los textos de la Sagrada Escritura que nos hablan de esto:

“Porque voy a crear cielos nuevos y una tierra nueva, y ya no se recordará lo pasado, y ya no habrá de ello memoria” (Is. 65, 17 - cf. 66, 22).

“Se oscurecerá el sol, y la luna no dará su luz, y las estrellas caerán del cielo, y las columnas del cielo se conmoverán” (Mt. 24, 29).

“El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán” (Lc. 21, 33).

“Después será el fin, cuando entregue a Dios Padre el reino ...” (1 Co. 15, 24).

“El fin de todo está cercano. Sed, pues, discretos y velad en la oración”(1Pe.4, 7).

“Llegará el día del Señor, como un ladrón. Entonces los cielos incendiados se disolverán con gran ruido. Los elementos ardientes se derretirán por el fuego, y la tierra con todo lo que encierra quedará consumida. Nosotros esperamos, según la promesa de Dios, cielos nuevos y tierra nueva, un mundo en que reinará la justicia” (2 Pe. 3, 10-13).

“Vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra habían desaparecido; y el mar no existía ya” (Ap. 21, 1).

Hoy vemos, entre tantas cosas, que, a pesar de estos miedos y angustias, el relativismo impera y la fe cristiana muere en muchos países ricos mientras que el martirio flagela a los cristianos de Oriente.

La beata María Inés decía: «Urge que Cristo reine» (1 Cor 15,25),  esta era la invitación de la beata a vivir conforme al Evangelio, que urge para todos y cada uno, aunque el mundo se acabe al rato, en este día o dentro de mil años, porque la verdad, como dice el Evangelio, no sabemos ni el día ni la hora... ¡Cristo no lo quiso revelar ni tampoco dijo que encargaría a alguien revelarlo! (Mc 13,33-37 y Mt 24,42).

La segunda venida de Cristo,  es designada frecuentemente en la Sagrada Escritura con el término griego «parusía», que en el lenguaje profano significaba la entrada solemne de un emperador en una ciudad o provincia, donde era saludado como salvador de aquella tierra. El momento de la entrada, que siempre tenía algo de inesperado, era tenido como día de fiesta y, a veces, era el punto de partida para un nuevo cómputo del tiempo. Con la parusía se quería indicar que con aquel acontecimiento comenzaba algo nuevo. 

Para nosotros, la llegada de Cristo será la gran fiesta, pues el alma se unirá de nuevo a su propio cuerpo, y comenzará un «nuevo cómputo del tiempo», una nueva forma de existencia, donde cada uno cuerpo y alma dará gloria a Dios en una eternidad sin fin. Hay quienes, en medio de tanta confusión, hacen alusión a un rapto en el cual Jesús aparecerá en el cielo un poco antes del final de los tiempos de forma invisible, para raptar a la Iglesia. Esto, en la teología católica, es totalmente falso, Jesucristo vendrá al fin del tiempo en medio de un ambiente de fiesta, en una venida visible y gloriosa que nadie podrá ignorar (Cf. Ap 1,7) Será entonces cuando ocurrirá el juicio final; vivos y muertos serán llevados de este mundo a la presencia del Señor. No existirá un "rapto secreto" anterior al fin del mundo. Esta falsa doctrina es tan novedosa que no aparece en los diccionarios clásicos de espiritualidad de la Iglesia Católica, sin embargo es sumamente popular en la actualidad gracias a la corriente fundamentalista fascinada hoy con el tema de los últimos tiempos. El rapto es el tema de numerosos "best-sellers" y películas. ¡Podríamos decir que la palabra «rapto» ha sido raptada por los proponentes de una nueva doctrina!

La segunda venida de Cristo al final de los tiempos (Mt. 24, 3) será el momento del juicio final, de la resurrección general y de la instauración definitiva del Reino de Dios. Nuestra esperanza tiende hacia ese cielo nuevo y esa tierra nueva, por eso la Sagrada Escritura, en el libro del Apocalipsis, termina con estas palabras de espera: «¡Ven, Señor Jesús!» (Apoc. 22, 20). Los cristianos de la primera época, deseosos de ver el rostro glorioso de Cristo, repetían esta dulce invocación: ¡Ven, Señor Jesús! Esta era una jaculatoria tantas veces repetida, que incluso quedó plasmada en arameo, la lengua que hablaba Jesús y los Apóstoles, en los escritos de los primeros cristianos. Hoy, traducida a los diversos idiomas, ha quedado como una de las aclamaciones posibles en la Santa Misa, después de la consagración y adoración. 

Cristo resucitado advirtió a sus Apóstoles que no les correspondía a ellos —tampoco a nosotros— conocer los tiempos ni los momentos que el Padre ha fijado en virtud de su poder soberano (cfr. Hech. 1, 7) en que veamos los cielos nuevos y la tierra nueva. El mundo como lo conocemos y según como vemos en la Biblia sobre todo en el libro del Apocalipsis, se acabará en algún momento y, aunque la Sagrada Escritura nos da algunas señales por las que se puede conjeturar la cercanía o lejanía de ese momento final, realmente no sabemos el día ni la hora... ¡Debemos estar preparados para vivir en este mundo como si este momento fuera el último!

Vivificados por el Espíritu, los cristianos caminamos como peregrinos siempre alerta, con la lámpara encendida hacia la consumación de la historia humana, la cual coincide plenamente con su amoroso designio divino de restaurar en Cristo todo lo que hay en el cielo y en la tierra. Nuestra actuación en medio del mundo, mientras llega el día final, deberá ser siempre mirar frecuentemente al Cielo, la Patria definitiva, teniendo muy bien asentados los pies aquí en la tierra, trabajando con intensidad para dar gloria a Dios, atendiendo lo mejor posible las necesidades de la propia familia y sirviendo a la sociedad a la que pertenecemos. La vida presente tiene pleno sentido entonces por sí misma, lo que proyectamos para el futuro, está ya aquí y ahora a nuestro alcance. Aquí y ahora, podemos vivir la eternidad, puesto que podemos conectar con lo que hay de Dios en cada uno. Aquí y ahora el cristiano puede alcanzar la plenitud, porque teniendo a Dios se tiene todo al alcance de la mano.

Somos peregrinos en este mundo mientras llega el día final para el encuentro definitivo de la humanidad con el Señor. Somos peregrinos que lejos de instalarnos en un mundo que vive distraído e inmerso en el consumismo y todos los demás ismos...  permanecemos a la escucha de la Palabra de Dios para acogerla y lanzarnos dócilmente por la ruta señalada. María, la Madre de Dios y madre nuestra, mejor que nadie, nos muestra con su vida el itinerario del seguimiento de la Palabra de Dios. Ella nos invita a estar alerta con la mirada en cielo, los pies bien puestos en la tierra y manos en la tarea de santificación sirviendo con premura a nuestros semejantes. Ella renuncia a toda seguridad y a sus planes personales, ella escucha atenta la Palabra, ella confía en las promesas de Dios, ella nos alienta a vivir el dinamismo de dolor—alegría y la prontitud en el servicio amable. Es ella quien nos conduce hacia su Hijo, el dulce Señor de Nazaret quien nos promete: "Vengan a mí todos los que están fatigados y sobrecargados, y yo les daré descanso" (Mt 11, 29).

Jesús volverá otra vez para llenar el mundo de su luz y gloria y para estar presentes en este suceso, hay que participar en el destino de Cristo que nos invita a ir a Él y seguirle, “Entonces Jesús dijo a sus Discípulos: Si alguno quiere venir en pos de Mí, niéguese a Sí mismo, tome su cruz y Sígame”. (Mt 16, 24). No hay otro camino para salvarse que seguir la causa de Jesucristo, así nos lo dice Él mismo, “Porque el que quiera salvar su vida la perderá, y el que pierda su vida por causa mía la hallará.” (Mt, 16, 25). 

Si vivimos conforme a lo que Él nos enseña en su Evangelio, podemos estar alegres y esperanzados, porque seremos testigos de su regreso. “Porque el Hijo del Hombre ha de venir en la gloria de su Padre con sus ángeles, y entonces recompensará a cada uno” (Mt 16, 27). A su regreso, Jesús, determinará para siempre los destinos de los hombres, no podemos tener duda de ello. Jesús es quien dirá la última palabra. Debemos mantener la fe y estar en constante oración, hasta el día de la parusía, ese será el gran encuentro con el Señor. Pidamos con alegría y sin temor la venida del Reino de Dios, esa es nuestra autentica esperanza como cristianos.

San Pablo nos insta a vivir en cada celebración de la Eucaristía: "siempre que coman este pan y beban de este cáliz, proclamarán la muerte del Señor hasta que el vuelva". Por eso pedimos "vivir siempre libres de pecado mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Salvador, Jesucristo".

Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U.

martes, 29 de julio de 2014

«EL SACERDOTE RELIGIOSO»... Un signo peculiar de Cristo Misionero del Padre

La Iglesia es misionera por naturaleza, esta es su identidad más profunda porque la Iglesia existe para ello, para que todos conozcan y amen a Dios. La misión forma parte de la esencia misma  de la vida cristiana y de todos los que formamos parte de ella, porque fimos llamados para estar con Cristo y para ser enviados por Él a predicar. Cuando se habla del seguimiento de Jesús, se pone siempre de relieve el estilo de seguimiento que tuvieron los Apóstoles. Ellos fueron llamados por Cristo para estar con él y a testimoniar y anunciar el Reino de Dios ( Mc 3,13-14). 

Siempre he tenido claro que la vida consagrada es, por su misma naturaleza, una vida contemplativa y apostólica. “Toda comunidad religiosa, incluso la específicamente contemplativa no se repliega sobre sí misma, sino que se hace anuncio, “diakonía” y testimonio profético. El Resucitado que vive en ella, comunicándole su Espíritu, la hace testigo de la resurrección” (Vida Fraterna en Comunidad no. 58). El documento "Perfectae Caritatis" del Concilio Vaticano II vino a poner en claro esa relación con Dios de los religiosos con el servicio apostólico que deben vivir cuando afirma: “los miembros de cualquier instituto, buscando ante todo y únicamente a Dios, es menester que junten la contemplación, por la que se unen a Dios de mente y corazón, con el amor apostólico, por el que se esfuerzan en asociarse a la obra de la redención y a la dilatación del reino de Dios” (Perfectae Caritatis no. 5). Así, todo consagrado, como todo miembro de la Iglesia, es un discípulo-misionero.

Entre los religiosos, hay algunos que han sido llamados por el Señor a ser sacerdotes, es decir, sin dejar de ser miembros del propio instituto religioso, reciben la ordenación sacerdotal. Es decir, un sacerdote religioso es un hombre que ha hecho votos de obediencia, pobreza y castidad y vive en comunidad con otros religiosos de su instituto, en una casa que puede llamarse de diversas maneras: convento, monasterio, fraternidad, etc. Esta comunidad es para él fuente de oración, apoyo, y reto para vivir el Evangelio. En ella se enfatizan la comunión de ideales, la oración compartida y el compromiso con Dios. Aquí es muy importante hacer una aclaración fundamental: No todos los religiosos son sacerdotes ni todos los sacerdotes son religiosos. Por eso no es raro encontrar en una misma comunidad religiosos sacerdotes y religiosos no sacerdotes. En este artículo me ocuparé de hablar del sacerdote religioso.

Todo sacerdote religioso debe tener claro que la misión es parte integrante de su vida. Su consagración, por medio de la profesión religiosa de los votos  —un modo concreto de seguir a Jesús— le exige estar —como Cristo— en estado constante de misión en el mundo. Por tanto, la misión es parte fundamental de la vida de todo sacerdote religioso.  “En su llamada está incluida por tanto la tarea de dedicarse totalmente a la misión; más aún, la misma vida consagrada, bajo la acción del Espíritu Santo, que es la fuente de toda vocación y de todo carisma, se hace misión, como ha sido la vida entera de Jesús” (Vida Consagrada no. 72). En el orden de la perfección moral la vida religiosa es la más alta vocación a la que uno puede ser llamado. Pues el hombre es libre y lo es para tender hacia su Creador, no para elegir entre muchas cosas buenas. Por eso al obligarse libremente bajo voto público a darse totalmente (en todas sus potencias y operaciones) a Dios, es allí donde alcanza la mayor libertad posible; y, por lo tanto, la mayor perfección como hombre. Así, el sacerdocio ministerial, unido a la consagración religiosa es testimonio, anuncio e interpelación desde Cristo Sacerdote y Víctima. 

En la vivencia del sacerdocio ministerial, el religioso que ha recibido este sacramento debe testimoniar los valores del evangelio de las bienaventuranzas; anunciar y proclamar el proyecto de Dios e interpelar al mundo que no conoce y no ama del todo a Dios. En cuanto a la perfección ontológica, lo sabemos, el ser creado más cercano a Dios y más alto es el sacerdote de Cristo. Es el ser creado más divino. Esto es pues el carácter sacerdotal, algo que produce un cambio ontológico, aunque funcione a modo de accidente: sin hacer que deje de ser hombre, Dios constituye al ordenado en alter Christi. Y por eso su obrar es también el más alto: actúa in Persona Christi. El sacerdote religioso comparte su espiritualidad con los fieles mediante la celebración de los sacramentos, del contacto personal y de las maneras específicas de evangelización que distinguen a su instituto, como en mi caso, la espiritualidad de la beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento. Es pues natural que las parroquias y otros ministerios, atendidos por religiosos tiendan a reflejar su espiritualidad, sin que esto vaya en detrimento o menoscabo de la libertad de cada fiel para vivir la particular espiritualidad a la que se siente llamado siempre y cuando ésta cuente con la aprobación de la Iglesia.

La misión es parte del ser de la vida consagrada y sacerdotal, porque la vida sacerdotal no es una actividad que se añada a la vocación de religioso, ni "la consagración religiosa algo sobrepuesto ni un complemento del sacerdocio, sino más bien un acto que expresa la voluntad de tomar, con mayor compromiso, las exigencias mismas de la ordenación y por tanto, una exigencia nueva a desarrollar en el Misionero de Cristo, la gracia sacramental". (Estatutos M.C.I.U. no. 25). En el sacerdote religioso se unen la mayor dignidad en el ser y la capacidad de obrar, con la mayor vocación de entrega a Dios en la misión.

En la constitución sobre la Iglesia, del Concilio Vaticano II, se habla de la vida religiosa como un don del Espíritu a la Iglesia y no se define como un estado intermedio “entre el de los clérigos y el de los laicos, sino que, de uno y otro, algunos cristianos son llamados por Dios para poseer un don particular en la vida de la iglesia y para que contribuyan a la misión salvífica de ésta, cada uno según su modo” (LG 43). Los votos de castidad, pobreza y obediencia impulsan siempre al sacerdote religioso a vivir, en el ministerio sacerdotal y la caridad pastoral, el amor al estilo de Cristo, lo unen con la Iglesia Esposa y su misterio y le hacen signo, entre otros (porque todos en la Iglesia somos "signo") para quienes le rodean. Bien decía la beata María Inés Teresa: “La vida del Sacerdote se pasa haciendo el bien a ejemplo de su buen Maestro; por eso en su última  hora, cuando tengamos que dejar todas las ri­quezas y bienes perecederos de esta vida, oirá de labios del Señor estas consoladoras palabras: «Siervo bueno y fiel, entra en el gozo de tu Señor»”.

Siempre se nos ha enseñado que la vida consagrada “imita más de cerca y representa perennemente en la Iglesia el género de vida que el Hijo de Dios tomó cuando vino a este mundo para cumplir la voluntad del Padre, y que propuso a los discípulos que le seguían. Al comprometerse con este género de vida, como sacerdote, el religioso manifiesta los bienes celestiales ya presentes en este mundo; se hace testigo de la vida nueva y eterna conquistada por Cristo y prefigura la futura resurrección; proclama de modo especial la primacía del reino de Dios y muestra la fuerza de Cristo que realiza su obra en la Iglesia hecha de personas humanas. En el pueblo de Dios la vida consagrada se hace servicio para la llegada del Reino que tiene lugar en un mundo concreto . 

El primer testimonio evangelizador que puede ofrecer un sacerdote religioso es el de una experiencia de Dios. Sin ella no se entiende su papel carismático y profético en la Iglesia como sacerdote religioso. Ese testimonio anunciará el reino si está enraizado en la experiencia del Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Dios de las bienaventuranzas, que hace salir el sol sobre buenos y malos y hace llover sobre justos e injustos (Mt 5,45); que ama a los ingratos y malos (Lc 6,35). El Padre cuyos  caminos no son nuestros caminos (cf. Is 55,8-9), que nos quiere transformar en hijos suyos y hermanos de los demás y que hace colaborar todo para nuestro bien (cf. Rm 8,28). Ese Dios que continúa revelándose en la realidad en la que está presente. Cuyo rostro aparece también en las situaciones de conflicto, en los problemas sociales, en los desafíos del mundo, en los signos de los tiempos y de los lugares. Con la vivencia de sus votos, junto al ministerio sacerdotal, el sacerdote religioso hace a Cristo presente hacia dentro y hacia afuera de su comunidad religiosa.

Con la castidad consagrada al servicio del reino anuncia la alianza liberadora de Dios con el hombre y su llamado a la fraternidad y denuncia todo lo que separa de ella y se opone a la solidaridad universal deformando el sentido y las exigencias del auténtico amor. En el sacerdote religioso el voto de castidad es un decir al Señor en una forma más espontánea: “hago voto de castidad porque soy claramente consciente de su valor positivo por el Reino de los Cielos que me lanza a una caridad siempre más universal” (Estatutos M.C.I.U. no. 29).

Con el voto de pobreza, el sacerdote religioso comparte los bienes y trabaja por la justicia, anuncia la función de los bienes materiales que es la de ser lugar de encuentro con Dios y los hermanos. Denuncia, al mismo tiempo el uso que de los bienes se hace para prestigio y poder en la sociedad. 

La obediencia religiosa, vivida en su dimensión de búsqueda comunitaria de la voluntad de Dios junto con quienes tienen el servicio de la autoridad, puede y debe aparecer en el sacerdote religioso como el anuncio del camino para resolver evangélicamente el problema que surge entre una libertad individualista y una autoridad totalitaria en las relaciones humanas. Comprometiéndose en la búsqueda fraterna de los caminos de Dios, el sacerdote religioso denuncia ese tipo de libertad y autoridad. 

De este modo los votos se sitúan proféticamente dentro del proyecto de Dios para su sacerdocio ministerial: el voto de castidad como concretización de la nueva fraternidad en Cristo en la vida comunitaria y como empeño en la lucha por la igualdad en las sociedades discriminatorias; el voto de pobreza como austeridad, solidaridad y libertad en el uso de los bienes y, al mismo tiempo, compromiso con la justicia en la sociedad y el voto de obediencia como testimonio de la necesidad de vivir como hijos de Dios en el cumplimiento responsable de la propia vocación y misión y como trabajo por los derechos humanos y por la defensa de la dignidad del hombre. El sacerdote religioso, como los demás consagrados en el mundo, vive la castidad en cuanto implica de soledad y carencia de raíces familiares y afectivas propias y permanentes; vive la pobreza en sus exigencias de renuncia al prestigio y poder que dan los bienes materiales y de solidaridad con los pobres y marginados; y vive la obediencia en cuanto compromete a asumir la misión en situaciones especialmente difíciles y peligrosas.

Una característica muy particular del sacerdote religioso en el campo evangelizador ha sido siempre la de abrir caminos y de ser pioneros en el anuncio de la Buena Noticia. Los sacerdotes religiosos de muy diversos institutos, se han hecho presentes en situaciones difíciles y llenas de riesgo, abriendo caminos en el compromiso misionero y apostólico sin buscar nada a cambio. 

Los votos con los que se asumen los consejos evangélicos en su sacerdocio ministerial "por su misma estructura, permiten y exigen sal sacerdote religioso llevar a cabo la radicalidad del seguimiento hasta regiones y situaciones que no son las normales u ordinarias...  y hacen posible que el sacerdote religioso esté presente en el desierto, en la periferia y en la frontera... allí, a donde nadie quiere ir, allí donde de hecho no está nadie más, como ha sido el caso a lo largo de la historia en la presencia de los religiosos en hospitales, escuelas o modernamente en parroquias desatendidas, allí donde no hay poder, sino impotencia, allí donde hay que echar mano de toda clase de imaginación y creatividad cristiana; allí donde mayor pueda ser el riesgo; allí, donde se hace necesario el diálogo ecuménico e interreligioso hecho con respeto y sinceridad y buscando una colaboración en todo aquello que ayuda a conseguir mayor justicia y paz; allí donde más necesaria sea la actividad profética para sacudir la inercia en que se vaya petrificando la Iglesia en su totalidad o para denunciar con más energía el pecado personal y social. 

La encíclica Redemptoris Missio pone de relieve el hecho de que la Iglesia, en su actividad misionera encuentra diversas culturas y se ve comprometida en el proceso de inculturación, exigencia que ha marcado todo su camino histórico, en el que están presentes miles de sacerdotes religiosos que, aún lejos de sus comunidades de origen, han sembrado la semilla del Evangelio hasta los últimos rincones del mundo. Con ello, la Iglesia universal “se enriquece con expresiones y valores en los diferentes sectores de la vida cristiana, como la evangelización, el culto, la teología, la caridad; conoce y expresa aún mejor el misterio de Cristo, a la vez que es alentada a una continua renovación” (Redemptoris Missio no. 52).

En vísperas de la celebración  Año de la vida consagrada, y a unos cuantos días de celebrar el XXV Aniversario de mi ordenación sacerdotal en mi amado instituto de Misioneros de Cristo para la Iglesia Universal, reafirmo mi anhelo de permanecer fiel a este carisma que heredamos de la beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento, nuestra Madre Fundadora y que he de vivir ante un mundo globalizado que presenta muchos desafíos.  

Alfredo Delgado, M.C.I.U.

sábado, 8 de febrero de 2014

Los Portales Católicos en Internet... ¿cómo distinguirlos?

La presencia de la Iglesia Católica en Internet es una realidad cada vez más fuerte. El papa Francisco, hace poco –en su mensaje para la Jornada de las Comunicaciones Sociales– acaba de decir: "No tengan miedo de hacerse ciudadanos del mundo digital", y agregó incluso que Internet "es un don de Dios", aunque advirtió de algunos peligros a los que pueden conllevar, como la "exclusión" y "la manipulación".

Muchos miembros de la Iglesia utilizan Internet para hacer consultas, profundizar en diferentes temas, hacer tareas y buscar orientación sobre muchas cosas. Incluso ahora es facilísimo  acercarse al Magisterio de la Iglesia y en unos cuantos instantes uno tiene las palabras que el Papa y los Obispos acaban de pronunciar; lo mismo que podemos tener acceso a muchísimos documentos de la Iglesia. Sin embargo, como dice el Papa Francisco, hay que tener cuidado con los peligros que representan algunos sitios que se presentan como «católicos» sin serlo. 

Leyendo en varios sitios de Internet, encontré algunos criterios que resumí en 3 que creo vale la pena considerar al visitar un sitio, ya que muchos «guglean» (Googlear, guglear o googlear es un neologismo que es cada vez más común entre los usuarios de internet que utilizan el buscador Google. Su significado se puede traducir por buscar en la web utilizando expresamente el motor de búsqueda Google. La Sociedad Americana de Dialectos eligió el verbo to google como el verbo más útil de 2009) esperando acercarse más a la Iglesia para resolver dudas, crecer en la fe, encontrar horarios de Misas y demás...

1. No basta que el sitio diga «católico».

El hecho de que aparezca la palabra «católico» no es una razón suficiente para que un sitio de Internet lo sea de modo efectivo. Algunas páginas se registran con ese apelativo porque los autores saben que pueden ganar más visitas.

Hay que tomar en cuenta que algunos maliciosos tienen como tarea llegar a fieles católicos pero no para ayudarlos a crecer en su fe, sino para apartarlos de ella o confundirlos, sembrando en ellos la duda y motivándolos a no ser fieles al Magisterio de la Iglesia legítimamente interpretado y transmitido por el Papa y los Obispos.

2. Hay que fijarse en la afinidad con el Magisterio.

Un criterio inicial para discernir si tal o cual portal de Internet es o no un sitio católico, es la afinidad que tenga con el Magisterio de la Iglesia. Incluso hay que fijarse en las fotografías y en los pequeños comentarios.

Un portal católico jamás contendrá ideas contrarias a las enseñanzas de la Iglesia, sobre todo en temas de dogmática, moral, eclesiología o sacramentos. Es fácil darse cuenta de que un sitio no vale la pena si se promueve la crítica o se promueven prácticas contrarias a lo que el Papa o, en virtud de su puesto, sus colaboradores más cercanos, Cardenales, Arzobispos y Obispos dicen o transmiten.

3. Revisar quién es el autor del portal, página o blog.

Un portal auténticamente católico está vinculado normalmente a la Iglesia en sus diferentes espacios: La Santa Sede, un organismo dependiente directamente de ella (por ejemplo un dicasterio como el Consejo Pontificio para las Comunicaciones Sociales, entre muchos otros); una diócesis o una parroquia; una congregación religiosa, organización o un movimiento de apostolado debida y previamente aprobado por la Iglesia. Hay algunos espacios católicos (de eglares o consagrados) que aparecen a título personal pero están respaldados.

Ciertamente no hay –hasta ahora por lo menos– un organismo encargado de conferir cédulas de catolicidad a los espacios en Internet, pero con estos tres puntos, será más fácil discernir sobre lo que vale la pena.

Alfredo Delgado, M.C.