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jueves, 6 de julio de 2017

«LA FUERZA DEL MISIONERO ESTÁ EN SABER VIVIR A LA ESPERA»... Enfermedad, ancianidad y misión X.


¡Cómo agradezco al Señor que me haya concedido esta gracia de compartir esta serie de reflexiones! ¡Cómo agradezco también el regalo de compartir la fe con quienes llevan la cruz de la enfermedad, de la ancianidad u otra clase de debilidad para que esa fe se haga más fuerte y más firme en mi corazón de padre, de hermano, de amigo y en la de cada uno de ustedes! 

En la reflexión anterior hablé de la Eucaristía, que es la Acción de Gracias por excelencia. Es deber nuestro, ser agradecidos. Gracias por su paciencia al leer estas reflexiones. Gracias a quienes me facilitaron el material necesité. Gracias a tanta gente que ora por todos los enfermos, incluido yo por supuesto, en diversas partes del mundo.

Con esta reflexión, más breve que las anteriores, cierro este ciclo de reflexiones en torno a la enfermedad, la ancianidad y la misión que tenemos como bautizados. Ahora, creo yo, después de leer estas reflexiones, nos damos cuenta de que el Señor ilumina nuestro propósito de re-estrenar cada día la vida, con su Palabra, aceite que mantendrá encendido en nuestros corazones el deseo de mantenernos despiertos para esperar al Esposo de nuestras almas, viviendo día a día a la sorpresa de Dios.

Nada es casualidad en este mundo, todo es «dioscidencia» como dice Dennis, una buena amiga y excelente comadre, mamá de un sacerdote que es mi ahijado. ¡Que hermoso nos ha hablado san Pablo en estos días. ÉL ahora nos dice: «Lo que Dios quiere de ustedes es que se santifiquen» (1 Tes 4,3).

Pienso ahora en aquel Evangelio de las Vírgenes Prudentes (Mt 25,1-13). Esas damas de honor de la novia, jóvenes no casadas, vírgenes que esperaban a la entrada de la casa de la novia la llegada del esposo. El evangelista nos dice que eran diez, cinco eran necias, pues no traían aceite suficiente, y cinco eran prudentes, pues fueron previsoras y cautas. Unas y otras se durmieron, pues no sabían cuanto podría durar la espera. Pero, cuando a medianoche se oyó la voz: «Ya llega el esposo» (Mt 25,6), sólo las que habían llevado el aceite de reserva estaban preparadas para salir a su encuentro.

Dios habla al corazón, y nos enseña que no basta haber iniciado el camino que nos lleva a Cristo Esposo: es preciso mantenernos en él. con un alerta continuo, porque la tendencia del que sufre, del que está enfermo, del que experimenta el dolor o la ancianidad, es la de suavizar la entrega que lleva consigo la vocación cristiana específica que vive.

Casi sin darnos cuenta, al menor descuido se introduce en el alma el deseo de hacer compatible el seguir de cerca de Cristo con un ambiente flojo, despreocupado en el campo espiritual. Cuantos cristianos de nuestros tiempos, incluso sanos y gozando de sus plenas facultades, se han volcado al confort y a la comodidad, perdiendo el espíritu de sacrificio; muchos de los consagrados incluso, al iniciar el camino vocacional, están llenos de buen espíritu, pero se cansan pronto, y no llegan despiertos y con aceite suficiente para recibir al Esposo.

¡Qué pena! Si no estamos atentos en la espera, el Señor nos encontrará sin el brillo de las buenas obras, dormidos y con la lámpara apagada, sin aceite de reserva. El aceite que puede mantener nuestras lámparas encendidas es la Palabra de Dios, Palabra que alienta y conforta, Palabra que cuestiona y corrige, Palabra que abre los ojos y el corazón para despertar y contemplar a Jesús. Ese aceite es La Eucaristía, centro de la vida del Cristiano. Ese aceite es el amor a María, la primera en creer. Ese aceite es la oración.

Al concluir estas reflexiones, cada uno habremos de ser muy sinceros con Dios y con sí mismos, para estar abiertos a sus requerimientos, combatiendo toda tentación. Quien le quiera sacar la vuelta al sacrificio, a la abnegación, a la abyección; quien se deje llevar solamente por ansias de satisfacciones personales; quien sucumba ante la tentación de hacer a una lado la cruz, no encontrará las fuerzas necesarias para darse todo a Dios y salvar almas, muchas almas, infinitas almas.

El Señor, al terminar esta serie de reflexiones, nos pide perseverancia y fidelidad en el amor, en lo próspero y en lo adverso, en la salud y en la enfermedad; porque Él es el Esposo de cada alma. Hay que empezar una nueva vida, sin desánimos, sin desaliento. Cuando el discípulo-misionero pierde la actitud de espera, cede al pecado venial y deja que se enfríe la esperanza de la llegada del Esposo, se queda a oscuras; sin luz para sí mismo y para los demás. Cuando se va dejando a un lado el espíritu de mortificación y se descuida la oración…, la luz se debilita y termina por apagarse. 

No está el gozo de la vocación cristiana en haber comenzado –incluso con mucho fervor– a vivir la fe, sino en perseverar, en recomenzar una y otra vez. El deseo de amar siempre más a Cristo, la lucha contra los defectos y flaquezas recomenzando una y otra vez, mantendrá la lámpara encendida aunque sea tiempo de dormir. El aceite de la vasija, Palabra, Eucaristía, María, oración, etc., no permitirá que se apague el brillo de la vocación de hijos de Dios y hermanos en Cristo, que debe lucir siempre en nuestras vidas, hasta el último momento.

Hay un dicho en latín que dice: «Frater qui adiuvatur a fratre, quasi civitas firma», es decir: «El hermano ayudado por su hermano es tan fuerte como una ciudad amurallada». No olvidemos que los cristianos bautizados somos familia en la fe, una comunidad que atiende a san Pablo que hoy nos dice: «Vivan como conviene, para agradar a Dios» (1 Tes 4,1).

Amemos y protejamos nuestra comunidad eclesial con nuestra ofrenda de la enfermedad, con nuestro testimonio en la ancianidad, con nuestra firmeza en medio de la debilidad. Cada bautizado es muy valioso, cada uno, sano o enfermo, joven o anciano, fuerte o débil, tiene su lamparita, cada uno trae su aceite de reserva. Tal vez los discípulos-misioneros enfermos, ancianos y débiles son quienes traen más aceite, porque ayudan diariamente con su oración a todos los miembros de la Iglesia a mantenerse firmes en la espera; porque el Esposo llegará sin avisar.

Si la comunidad de creyentes vive así, viene también María, la Virgen que iluminando el andar, con la lámpara más potente que todas las que podamos imaginar, nos introducirá en el banquete de bodas, en el Amor sin medida y sin fin, cuando llegue el momento justo. Estemos pues preparados… porque no sabemos ni el día, ni la hora (Mt 25,13).

Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U.

ALGO DE BIBLIOGRAFÍA QUE PUEDE SER ÚTIL

Fernando Urbina de la Quintana,
“Misión, Vocaciones para una comunidad Misionera”,
Editorial EDICEP,
Valencia, 1974.

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Editorial Javier Vergara Editor,
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“Mi Corazón se fue tras Él, Diccionario Doctrinal de M. María Inés Teresa Arias”,
Editorial Atlántida,
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A.M. Besnard,
“Horizontes para la Tercera Edad”,
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Miguel Rizzo Jr.,
“Sufrimiento Victorioso”,
Ed. Alba,
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Mateo Bautista,
“Para mi amigo enfermo”,
Ed. San Pablo,
Buenos Aires 2004.

Octavio Díaz V., fmap,
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Ed. Paulinas,
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Miguel Ángel Velasco,
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“En nombre del amor, Juan Pablo II, memoria de un hombre santo”, 
Ed. Planeta,
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Stanislaw Dziwisz – Czeslaw Drazek – Renato Buzzonetti – Angelo Comastri,
“Dejadme ir a la Casa del Padre, (La fuerza en la debilidad de Juan Pablo II”,
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«LA FUERZA DEL MISIONERO ESTÁ EN EL AMOR A MARÍA Y A LA EUCARISTÍA»... Enfermedad, ancianidad y misión IX.


He escrito en la reflexión anterior, del tema de la Cruz, y ahora viene a mi mente un himno latino, que evidencia el vínculo entre la cruz y la Eucaristía , es el Ave verum. Una obra compuesta en el siglo XIII para acompañar la elevación de la Hostia en la Santa Misa. Se presta ahora para que piense en la elevación de Cristo en la cruz, porque en el momento de la Consagración ya no se permite tocar música alguna durante la Celebración Eucarística. Son apenas cinco versos, cargados sin embargo de mucho contenido:

Ave verum corpus natum de Maria Virgine
Vere passum, immolatum in cruce pro homine
Cuius latus perforatum fluxit aqua et sanguine
Esto nobis praegustatum mortis in examine
O Iesu dulcis, o Iesu pie, o Iesu fili Mariae!

¡Salve, verdadero cuerpo nacido de María Virgen! 
Verdaderamente atormentado e inmolado en la cruz por el hombre.
De tu costado traspasado brotó agua y sangre.
Sé para nosotros prenda en el momento de la muerte.
¡Oh Jesús dulce, oh Jesús piadoso, oh Jesús, hijo de María!

Quiero invitarles, en esta reflexión, a detenernos un poco en este himno. El primer verso proporciona la clave para comprenderlo todo. Berengario de Tours ( c. 1000 – 1088) fue un religioso y teólogo francés que negó por mucho tiempo la realidad de la presencia de Cristo en el signo del pan, reduciéndola a una presencia simbólica, cuestión de la que al final de su vida se arrepintió y murió dentro de la fe y dogmas de la Iglesia. Para quitar todo pretexto a esta herejía el canto afirma, en las primeras líneas, la identidad total entre el Jesús de la Eucaristía y el de la historia. El cuerpo de Cristo presente en el altar es definido «verdadero» (verum corpus) para distinguirlo de un cuerpo puramente «simbólico» e incluso del cuerpo «místico» que es la Iglesia. Todas las expresiones siguientes en este hermoso canto, se refieren al Jesús terrenal: nacimiento de María, pasión, muerte, traspasamiento del costado. El autor se detiene en este punto; no menciona la resurrección porque ésta podría hacer pensar en un cuerpo glorificado y espiritual, y por lo tanto no lo suficientemente «real».

Hoy la teología ha vuelto a una visión más equilibrada de la identidad entre el cuerpo histórico y el eucarístico de Cristo, e insiste en el carácter sacramental, no material —si bien real y sustancial— de la presencia de Cristo en el sacramento del altar. 

Pero, aparte de esta diferente acentuación, permanece intacta la verdad de fondo afirmada por el himno. El Jesús nacido de María en Belén es el mismo que «pasó haciendo el bien a todos» ( Hch 10,38) y es el mismo que murió en la cruz y resucitó al tercer día. Ese Cristo es el mismo que está presente hoy en el mundo, acompañando al que sufre, al que está solo, al que está enfermo. La Eucaristía es el modo inventado por Dios para ser para siempre el «Emmanuel», Dios-con-nosotros. ¡Cuántos enfermos se sienten confortados con el Pan del Cielo! ¡Cuántos ministros ordinarios y extraordinarios recorren el mundo llevando a Jesús para dar consuelo y para fortalecer tantos corazones!

La presencia de Jesús en la Eucaristía no es una garantía y una protección sólo para la Iglesia, sino para todo el mundo. ¡Dios está con nosotros!. «Dios ha reconciliado al mundo consigo en Cristo, no tomando en cuenta las transgresiones de los hombres» dice san Pablo, a quien constantemente hemos recurrido estos días (2Co 5,19). Cristo viene al mundo entero, no a una parte; a todos los hombres, no a un solo pueblo. Dios está con nosotros: Esto es que Dios está de parte del hombre, es su amigo y aliado contra las fuerzas del mal. Es el único que personifica todo y en especial el frente del bien contra el frente del mal. Esto ha dado la fuerza a mucha gente como Dietrich Bonhoeffer (1906 – 1945), el pastor protestante y teólogo luterano que, como líder religioso alemán, participó en el movimiento de resistencia contra el nazismo. Bonhoeffer,, fue arrestado y encarcelado. Mientras estaba preso fue acusado de pretendidamente haber formado parte en los complots planeados por miembros de la Abwehr (Oficina de Inteligencia Militar) para asesinar a Adolf Hitler y por esa razón fue finalmente ahorcado. En la cárcel y en espera de la sentencia de muerte escribió: «Envueltos de maravilla por fuerzas amigas esperamos con calma lo que ocurra. Dios está con nosotros en la noche y en la mañana, estará con nosotros cada nuevo día». 

«No sabemos —escribió San Juan Pablo II, a quien también hemos recurrido tanto en estos días— qué acontecimientos nos reservará el milenio que está comenzando, pero tenemos la certeza de que éste permanecerá firmemente en las manos de Cristo, el “Rey de Reyes y Señor de los Señores" (Ap 19,16)» (Cf. Novo millennio ineunte).

Siguiendo con este himno, tras el saludo inicial, viene la invocación: «Esto nobis praegustatum mortis in examine», que traducido sería «Sé para nosotros, oh Cristo, prenda y anticipo de vida eterna en la hora de la muerte». Ya el mártir Ignacio de Antioquía llamaba a la Eucaristía «medicina de inmortalidad», o sea, remedio a nuestra mortalidad. En la Eucaristía tenemos «la prenda de la gloria futura»: «et futurae gloriae nobis pignus datur». 

Algunas investigaciones recientes, han revelado un hecho extraño: hay, entre los creyentes, personas que creen en Dios, pero que no creen en una vida para el hombre después de la muerte. ¿Pero cómo se puede pensar algo así? Cristo, dice la Carta a los Hebreos, murió para procurarnos «una redención eterna» (Hb 9,12), ¡no temporal, sino eterna! Se objeta, para sostener eso, que nadie ha vuelto jamás del más allá para asegurarnos que existe de verdad y que no se trata sólo una piadosa ilusión. ¡Pero esto no es cierto! Hay uno que cada día vuelve del más allá para asegurarnos y renovar sus promesas si sabemos escucharle. Aquél hacia el cual estamos encaminados, nos sale al encuentro en la Eucaristía, para darnos una muestra (praegustatum!) del banquete final del reino.

Debemos gritar al mundo esta esperanza, para ayudarnos a nosotros mismos y a los demás, a vencer el horror que nos provoca la enfermedad y la muerte, y reaccionar al sombrío pesimismo que flota en nuestra sociedad. Se multiplican los diagnósticos desesperados sobre el estado del mundo: «un hormiguero que se desmorona», «un planeta que agoniza» «un mundo que se extingue»... La ciencia traza con detalles cada vez mayores el posible escenario de la disolución final del cosmos. «Se enfriará la tierra y los demás planetas, se enfriará el sol y las demás estrellas, se enfriará todo... Disminuirá la luz y aumentarán en el universo los agujeros negros... La expansión un día se agotará y comenzará la contracción y al final se asistirá al colapso de toda la materia y de toda la energía existente en una estructura compacta de densidad infinita. Ocurrirá entonces el Big Crunch o gran implosión, y todo volverá al vacío y al silencio que precedió a la gran explosión o Big Bang, de hace quince mil millones de años...» sostienen algunas teorías. 

Nadie sabe si las cosas se desarrollarán verdaderamente así o de otra forma. En cambio la fe nos asegura que, aunque así fuera, no será ese el final total. Dios no ha reconciliado al mundo consigo para abandonarlo después a la nada; no ha prometido permanecer con nosotros hasta el fin del mundo para después retirarse, solo, en su cielo, cuando este fin acontezca. «Con amor eterno te he amado», aseguró Dios al profeta en las Sagradas Escrituras (Jr 31,3), y las promesas de «amor eterno» de Dios, no son como las del hombre. 

Prosiguiendo idealmente la meditación del «Ave verum», el autor del también hermoso himno «Dies irae», eleva a Cristo una abrasadora oración que en ninguna otra reflexión, como en ésta, podemos hacer nuestra: «Recordare, Iesu pie, quod sum causa tuae viae: ne me perdas illa die»: «Acuérdate, oh buen Jesús, que por mí subiste a la cruz: no permitas que me pierda en ese día». «Quaerens me sedisti lassus, redemisti crucem passus: tantus labor non sit cassus»: «Al buscarme, te sentaste un día cansado en el pozo de Siquem y subiste a la cruz para redimirme: que tanto dolor no sea malgastado». 

El «Ave verum» se cierra con una exclamación dirigida a la persona de Cristo: «O Iesu dulcis, o Iesu pie». Estas palabras nos presentan una imagen exquisitamente evangélica de Cristo: el Jesús «dulce y piadoso», esto es, clemente, compasivo, que no parte la caña quebrada y no apaga la mecha mortecina (Cf. Mt 12,20). El Jesús que un día dijo: «Aprendan de mi, que soy manso y humilde de corazón» (Mt 11,29). La Eucaristía prolonga en la historia la presencia de este Jesús. 

La última invocación del Ave verum evoca la persona de la Madre: «O Iesu filii Mariae». Dos veces es recordada, en el breve himno, la Virgen María: al principio y al final. Por lo demás, todas las exclamaciones finales del himno son una reminiscencia de las últimas palabras de la Salve Regina: «O clemens, o pia, o dulcis virgo Maria»: «oh clemente, oh pía, oh dulce Virgen María». La insistencia en el vínculo entre María y la Eucaristía no responde a una necesidad sólo devocional, sino también teológica. Nacer de María fue, en tiempo de los Padres, el argumento principal contra el docetismo, herejía que negaba la realidad del cuerpo de Cristo. Coherentemente, este mismo nacimiento, atestigua ahora la verdad y realidad del cuerpo de Cristo presente en la Eucaristía.

San Juan Pablo II, que vivió siempre amando a María y martirizado por los alfilerazos del dolor y de la enfermedad muchos años de su vida, concluye su carta apostólica «Mane nobiscum Domine», remitiéndose precisamente a las palabras del himno: «El Pan eucarístico que recibimos —escribe el santo Papa— es la carne inmaculada del Hijo: “Ave verum corpus natum de Maria Virgine”. Este Papa nos recordó que a María se la descubre partiendo de Jesús. «Repasando los pasos y gestos, meditando los discursos y documentos de Juan Pablo II, se constata su afecto a María como fuente de inspiración que caracterizaba su camino en el seguimiento de Jesús» (Stanislaw Dziwisz – Czeslaw Drazek – Renato Buzzonetti – Angelo Comastri, “Dejadme ir a la Casa del Padre, La fuerza en la debilidad de Juan Pablo II”, Ed. San Pablo, México, 2006, p. 178).

En agosto de 2004, poco menos de un año antes de morir, san Juan Pablo II viajó al santuario mariano de Lourdes como un Papa enfermo, que quiso dar fuerza y esperanza a todos los hombres y mujeres también enfermos como él, y le pidió a la Virgen que le enseñara a quedarse con ella cerca de las numerosas cruces que hay en el mundo. Muchas veces pidió a la Virgen alrededor del mundo, la fuerza del cuerpo y del espíritu para cumplir hasta el final la misión que le había sido confiada por su Hijo Jesús. Desde que volvió a Roma de su primer viaje a México, siempre tuvo sobre su escritorio una imagen de la Virgen de Guadalupe, Madre del verdadero Dios por quien se vive.

Y ¿qué decir del amor entrañable de la beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento a la Virgen María? Bastará recorrer algunos de sus escritos para dejar que ella misma nos hable: «Todo este trabajo espiritual lo haré en unión de mi Madre del cielo; Ella seguirá siendo mi guía, mi consejera, mi amiga y mi Madre» (Ejercicios Espirituales de 1941). «Vayamos a nuestra Madre del Cielo para que ella nos enseñe y nos guíe» (Escrito sin fecha). «Que María santísima sea nuestra guía en el peregrinar en esta tierra, para que, guiadas por su mano, lleguemos con menos tropiezos al cielo» (Carta colectiva de marzo de 1978). «A Jesús por María, es el camino más corto, más dulce y más seguro… ¿Qué harías tú Madre mía, si estuvieras en mi lugar?... A todos les sugiero, les suplico esta dependencia habitual de María…» (Carta colectiva de marzo de 1963). «Gracias Madre por tu FIAT, gracias en mi nombre y en el de todas las criaturas, hasta las irracionales, de las inanimadas, porque tú eres Reina de todas; por Ti las crió el Altísimo, por Ti hizo tan hermosa la naturaleza; por Ti visitó las praderas y pobló los espacios y los mares; por Ti, por tu FIAT, hizo todo lo que existe”. “¡Qué grande eres Madre! ¡Cómo me siento feliz y dichosa de que Dios te haya escogido para que lo revistieras de nuestra pobre humanidad! Y escogiéndote a Ti por Madre suya, te hace también mi Madre, con lo que llega al colmo mi dicha» (Notas Íntimas).

San Pablo, con cierta reverencia, nos dice que Cristo vino a este mundo, «nacido de Mujer» (Gal 4,4), así llama Jesús a su Madre. En el misterio de Cristo, ella, su Madre, está presente ya antes de la creación del mundo y si en medio de la noche del dolor, de la enfermedad, del sufrimiento, buscamos a María, encontraremos necesariamente a Jesús. El antídoto para todos los daños que causa la ansiedad, la depresión y la soledad al hombre de hoy, es desarrollar un corazón más confiado en el Señor, un corazón como el de María, a quien le podemos suplicar siguiendo aquel canto: «Préstame tu corazón Virgen María, para hospedar a Jesús en este día». María Santísima, dice san Bernardo, vivió un martirio en el alma muy especial: «Por ventura no fueron peores que una espada aquellas palabras que atravesaron verdaderamente tu alma y penetraron hasta la separación del alma y del espíritu: "Mujer, ahí tienes a tu Hijo" (Jn 19,26)? ¡Vaya cambio! Se te entrega a Juan en sustitución de Jesús, al siervo en sustitución del Señor, al discípulo en lugar del Maestro, al hijo de Zebedeo en lugar del Hijo de Dios, a un simple hombre en sustitución del Dios verdadero. ¿Cómo no habrían de atravesar tu alma, tan sensible, estas palabras, cuando aun nuestro pecho, duro como la piedra o el hierro, se parte con solo recordarlas? No os admiréis, hermanos, de que María sea llamada mártir en el alma. Que se admire el que no recuerde haber oído como Pablo pone entre las peores culpas de los gentiles el carecer de piedad. Nada más lejos de las entrañas de María, y nada más lejos debe estar de sus humildes servidores» (San Bernardo, Sermón en el domingo de la infraoctava de la Asunción, 14-15: Opera omnia, edición cisterciense, 5 [1968], 273-274).

Me parece un regalo especial que el documento de «Aparecida», fruto de la V Conferencia del CELAM, que es la última que ha habido, nos diga lo siguiente casi al final del documento: «Nos ayude la compañía siempre cercana, llena de comprensión y ternura, de María Santísima… Que nos enseñe a salir de nosotros mismos en camino de sacrificio, amor y servicio, como lo hizo en la visitación a su prima Isabel, para que, peregrinos en el camino, cantemos las maravillas que Dios ha hecho en nosotros conforme a su promesa» (n. 553).

Ahora termino esta reflexión mal hilvanada. Todo tiempo es un tiempo de gracia y con la ayuda de María, cada uno, en la visita inesperada de Dios en la enfermedad o en la ancianidad, recibimos un nuevo impulso para ofrecerlo todo reconociendo cada vez más en la Eucaristía la fuente y la cumbre de toda nuestra vida de bautizados. La beata Madre Inés nos invita a ver a María y a contemplarla con Jesús, el Pan de Vida entre sus manos para decirle «que abogue por nosotros, que pida interiormente a su Hijo una mirada de compasión… y que nos permita imprimir a todos en su manita, un ardiente beso, del que salgamos transformados, cambiados por completo» (Ejercicios Espirituales de 1941) .

Concluyamos volviendo al himno que ha dado pie a mi reflexión. El signo más claro de la unidad entre Eucaristía y misterio de la cruz, es que nosotros podemos ahora emplear las palabras del Ave verum, sin cambiar una sílaba, para saludar a Cristo, a quien en la Eucaristía lo veremos elevado ante nosotros. Humildemente, por ello les invito a unirse a mí y proclamar en voz alta, con conmovida gratitud y en nombre de todos los hombres redimidos por Cristo:

¡Salve, verdadero cuerpo nacido de María Virgen! 
Verdaderamente atormentado e inmolado en la cruz por el hombre.
De tu costado traspasado brotó agua y sangre.
Sé para nosotros prenda en el momento de la muerte.
¡Oh Jesús dulce, oh Jesús piadoso, oh Jesús, hijo de María!

Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U.

miércoles, 5 de julio de 2017

LA FUERZA DEL MISIONERO ESTÁ EN FIJAR LA CRUZ EN SU CORAZÓN... Enfermedad, ancianidad y misión VIII.


Hace relativamente poco tiempo, en varias naciones del mundo se dio una situación que llamó la atención y que ha seguido. En diversos países se empezó a hacer presión para retirar el crucifijo de los salones de las escuelas y universidades y de los lugares públicos, y alguien, el predicador de la Casa Pontificia, el padre Raniero Cantalamessa O.F.M. Cap., decía: «Nosotros, los cristianos, lo debemos fijar más que nunca en las paredes de nuestro corazón» (Ejercicios Espirituales a la Curia Romana, 7 abril 2006).

En la reflexión anterior de esta serie que comparto sobre estos temas de «Enfermedad, ancianidad y misión» hablé de la muerte, recorriendo el testamento de san Pablo, el de san Juan Pablo II y el de la beata Madre Inés. Ahora me detendré en el tema de la Cruz, porque el misionero, si quiere ser fuerte y llegar con entereza a ese momento de la expiración, debe caminar al Calvario y entrar en la Pasión del alma de Jesús, que es mucho más dolorosa que la que se puede sufrir en el cuerpo, para desvelar, uno a uno, todos los elementos que confluyeron en ella, y llenarse de valor para la entrega del último momento. El misionero debe pasar de la contemplación de la Pasión, a la propia respuesta a ella, pues como subraya el Apóstol Pablo, Jesús «fue entregado a la muerte “por nuestros pecados”» (Rm 4,25). Y la Pasión, inevitablemente, nos es ajena mientras no se entra en ella por esa puertecita estrecha del «por nosotros». Conoce verdaderamente la Pasión sólo aquel que reconoce que es también obra suya.

La «pasión» de Jesús forma parte de su misterio pascual. Indica su sufrimiento, especialmente desde Getsemaní hasta la cruz, pero como «paso» o «Pascua» hacia la resurrección. Jesús mismo profetizó varias veces su pasión, señalando siempre el objetivo redentor por medio de su muerte y resurrección (cf. Mt 16,21; 17,22-23; 20,17-19.28). En la tradición de la Iglesia y en la vivencia de los santos, se ha recalcado siempre que la verdadera causa de la pasión y muerte de Cristo han sido nuestros pecados (cf. CEC 598). El egoísmo humano va produciendo, a través de la historia, estas expresiones de injusticia y de muerte de los inocentes; pero el caso típico es lo que se ha hecho con Jesús, el hijo de Dios, que vive y sufre en cada corazón humano (cf. Mt 25,40).

La perspectiva en que se mueve Jesús es la de la Pascua, como realización de la Nueva Alianza o pacto de amor. Por esto, Él afronta la pasión como «esposo» (cf. Mt 9,15; 22,2). En esta perspectiva pascual, la pasión es para Jesús «la copa de bodas» que el Padre le ha preparado, para dar la vida por su esposa la Iglesia (cf. Jn 18,11; Lc 22,20; Mc 10,38). El «da la vida» así, como esposo de toda la humanidad (cf. Jn 10,15-18). Sus últimas palabras y su costado abierto (cf. Jn 19,34-37), son la expresión de una vida donada, que se ha convertido en la razón de ser de la vida de los santos: «Murió por todos, para que los que viven, no vivan ya para ellos, sino para el que ha muerto y resucitó por ellos» (2Cor 5,15).

Por medio de los sacramentos, el cristiano recibe el fruto de este sacrificio. Por medio de los sufrimientos transformados en donación, puede «unirse más íntimamente a la Pasión de Cristo» (CEC 1521) y «completar» sus sufrimientos (cf. Col 1,24). En la Eucaristía se hace presente el sacrificio redentor de Cristo «La justificación nos fue merecida por la pasión de Cristo, que se ofreció en la cruz como hostia viva, santa e agradable a Dios y cuya sangre vino a ser instrumento de propiciación por los pecados de todos los hombres» ( CEC 1992). La meditación de la pasión de Cristo siempre ha sido una constante de la vida de los santos, y debe serlo en la vida del misionero. La pasión se ha presentado siempre como un itinerario de santidad. Un conocerse a sí mismo a la luz del amor de Cristo, para decidirse a amarle y hacerle amar con su mismo amor. La predicación y la meditación de la Pasión son un momento privilegiado para acelerar este itinerario de santidad y de misión. A veces se ha expresado este itinerario por medio de las llagas de Cristo: por sus pies (purificación) y sus manos (iluminación), hacia su Corazón (unión).

Según la enseñanza de los santos, como puede verse en las meditaciones de los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola, la pasión se medita desde los sentimientos o amores de Cristo. En realidad, se trata de «tener los mismos sentimientos de Cristo Jesús» (Flp 2,5) en su «anonadamiento» y en su «glorificación» (cf. Fil 2,5-1). Se intenta entrar en sintonía con Cristo, hasta experimentar «dolor con Cristo doloroso» (San Ignacio de Loyola, tercera semana de los Ejercicios Espirituales). Jesús fue prendido en el Huerto de los Olivos, allí el Señor experimentó en su propia carne hasta que punto una experiencia crucial es capaz de derribar las más firmes voluntades. «Me muero de tristeza: quédense aquí y velen conmigo. Y adelantándose un poco cayó rostro en tierra y oraba diciendo: Padre mío, si es posible, que pase y se aleje de mí este cáliz. Pero no se haga mi voluntad sino la tuya» (Mt 26,38-39).

Algunos comentaristas, estudiosos de la Sagrada Escritura, siguiendo el ejemplo de los santos, han dado mucha importancia a la meditación sobre Getsemaní, a modo de «clave» para entrar en los sentimientos de Cristo. Se quiere captar la interioridad de Cristo desde sus mismas palabras y gestos, a partir de su amor al Padre y a toda la humanidad, hasta dar la vida en sacrificio. Este amor es fuente de dolor. Dios no es amado («el Amor es amado», dice San Francisco de Asís). La humanidad está en pecado —del que Cristo se hace responsable—, su donación total se encuentra con el aparente «silencio» de Dios expresado en el sudor de sangre en Getsemaní y en el «abandono» en la cruz. La predicación y la meditación de la Pasión, ha sido llamada «la escuela de los santos y de los apóstoles», precisamente como momento privilegiado para entrar en sintonía con la interioridad de Cristo, para «crucificarse"» con él (Gal 2,19; 1Cor 2,2). Esa es la clave para captar la reacción de los «santos», no sólo ante la persecución, sino principalmente ante las humillaciones, la marginación por parte de los demás, y el conocimiento claro de la propia falta de generosidad ante tanto amor de Cristo. De esta sintonía ha nacido el «celo de las almas», como contagio de la «sed» de Cristo en la cruz (Es el caso, entre otros, de Santa Teresita del Niño Jesús). Las dificultades del apostolado, en medio de la adversidad por la enfermedad, la ancianidad o alguna otra debilidad, se convierten en una nueva maternidad eclesial a ejemplo de María al pie de la cruz (cf. Jn 16,21-23; Gal 4,19).

San David Uribe, santo mexicano que forma parte del grupo de 25 mártires encabezado por san Cristóbal Magallanes, que nació en 1881 y murió fusilado el 12 de abril de 1927, cuando manifestó que quería ser sacerdote, platicó con su papá y le dijo que sentía llamado al sacerdocio, el papá le dijo: «Se acerca el tiempo en que los sacerdotes serán perseguidos, maltratados, ultrajados y a muchos los matarán». David le contestó: «Esto no me da miedo; ojalá tuviera la dicha de dar mi vida por Jesús». En febrero de 1927, dos meses antes de ser fusilado escribió en una carta: «Si fui ungido con el óleo santo que me hizo ministro del Altísimo, ¿por qué no he de ser ungido con mi sangre en defensa de las almas redimidas con la sangre de Cristo? Éste es mi único deseo, éste es mi anhelo». El apóstol ama a Cristo y sólo a Él. El encuentro diario y profundo con Jesús, fortalece el corazón del misionero y lo lleva a unirse a Él en su pasión. Dice la beata María Inés: «Sabes que a pesar de mi fragilidad y mi miseria, sólo a Ti te amo, pero quiero amarte, no a medias, sino con toda mi alma, con todas mis fuerzas, con pasión» (Ejercicios Espirituales de 1933).

Nadie puede llegar a dar la vida por Cristo si no se encuentra con Él. Para vivir la vocación plenamente «se requiere, ante todo, valor y la exigencia de "vivir íntimamente unidos" a Jesucristo» ( Pastores dabo vobis 46). La beata María Inés, reflexionando en todo esto escribe: «¿Qué cosa en la vida podrá parecernos dura? ¿Qué humillación, qué desprecio, qué desolación, qué dolor podrá parecernos grande si comparamos esto a las humillaciones de Jesús, a sus deshonras, a sus afrentas, a sus desolaciones, a sus abandonos? Todo es nada comparado con lo que «el Maestro» sufrió por mí: entonces yo, por amor a Él; aceptaré con alegría todo lo que me venga de penoso, de doloroso; y más aún, iré a buscarlo, así como el Señor fue al encuentro del traidor Judas» (Notas Íntimas).

No sabemos si el Señor nos encuentre dignos del martirio de sangre, pero, ciertamente, a lo largo de nuestra vida consagrada, hemos descubierto ya la presencia de un martirio de la vida de cada día, en el constante «entregarlo y hacerlo todo por amor al crucificado», buscando hacer la voluntad de Dios, ejercitando nuestro compromiso bautismal. Dice Madre Inés a los miembros de la Familia Inesiana por ella fundada: «El cumplimiento amoroso de sus deberes es una de las características de un misionero. Todos y cada uno haciendo lo que la obediencia le haya encomendado y como se lo hayan ordenado sin inmiscuirse en lo de los demás. En todas las casas hay muchísimo quehacer, cada uno se va a poner a desempeñar lo suyo con amor, con alegría y ayudar a sus hermanos siempre que le sea posible» (Carta circular de 1958).

San Pablo, que bien supo de sufrimiento, de dolor y de pasión, escribe: «Nosotros predicamos a un Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; más para los llamados, lo mismo judíos, que griegos, un Cristo, fuerza de Dios y sabiduría de Dios» (1 Cor 1,23-24). Él predicaba con implacable ardor, porque tenía grabada en su propia vida, la contemplación de la Pasión. Gozos, penas, alegrías, tristezas, tentaciones del ser humano, no le son ajenas a Dios. En Cristo crucificado Él lo comparte todo. El amor que Dios nos tiene es tan grande que se ha identificado con nosotros y lo ha entregado todo. «Quien quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su Cruz de cada día y sígame» (Mc 8,34).

El Papa Emérito, Benedicto XVI, en el discurso que en la Navidad del 2005 dio a la Curia Romana decía: «El sufrimiento de Dios crucificado no es sólo una forma de sufrimiento al lado de los demás... Cristo, sufriendo por todos nosotros, confirió un sentido nuevo al sufrimiento, lo introdujo en una dimensión nueva, en nuevo orden, el orden del amor... La Pasión de Cristo en la Cruz ha conferido un sentido radicalmente nuevo al sufrimiento, lo transformó desde dentro... Es el sufrimiento lo que quema y consume el mal con la llama del amor... Todo sufrimiento humano, todo dolor, toda enfermedad encierra una promesa de salvación… debemos hacer lo posible para que los hombres puedan descubrir el sentido del sufrimiento y unirlo al sufrimiento de Cristo» (L’Osservatore Romano, 23 de diciembre de 2005). 

La Cruz nos acompaña cada día, la cruz es la compañera inseparable, la dulce compañera que, cuando se sabe aceptar y amar, llena de dicha todos los intereses de la vida. Desilusiones, incomprensiones, malos entendidos, problemas, fracasos, burlas, acusaciones, zancadillas... no nos pueden detener ni vencer. Vamos tras un Jesús crucificado y vamos con la propia cruz que a veces es la enfermedad, el dolor, la incomprensión, la soledad, la debilidad. Una vida sin problemas no sería una vida cristiana, porque sería una vida sin cruz.

Quiero ahora colocar aquí otro testimonio, es el testimonio de una muchacha italiana, llamada Ileana, quien descubrió a los 21 años que tenía una enfermedad incurable. Sufrió mucho, porque no entendía como es que, tan joven, habría de vivir así esperando la llegada de la muerte. El 2 de abril de 2005, cuando ya era de noche, vio llorar a su madre frente a la televisión y se acercó. El toque de las campanas anunciaba el fin de la agonía de san Juan Pablo II. De repente se dio cuenta de que estaba rezando con su madre llorando, en medio de un diluvio de lágrimas que inundaba el mundo, por la muerte de alguien a quien nunca quiso escuchar, la vida de aquel gran hombre, se había apagado como una vela, después de haber encendido otras miles. Fue el tiempo de la reflexión y del silencio. «En ese momento, —dice la chica—, vislumbré por primera vez el proyecto que Dios tenía para mí. Entendí que el sufrimiento que me había dado hacía posible que esa noche captara e hiciera mío el testimonio de Juan Pablo II: El Papa había aceptado plenamente su sufrimiento para que nosotros aceptásemos el nuestro y lo mostráramos al mundo. Los hombres necesitan ver que además del propio dolor, existe el de los demás, necesitan compartirlo para poderlo soportar. Durante años no había entendido la razón por la cual Juan Pablo II había continuado estando a la cabeza de la Iglesia, a pesar de su enfermedad y sus crecientes limitaciones. Entendí sólo después de su fallecimiento, que la enfermedad estaba destruyendo su cuerpo, pero reforzando su alma. Sólo esa noche comprendí que un cuerpo sin alma, no podía sobrevivir, mientras un alma podía resplandecer después de la transformación de la materia» (Valentina Alazraki, “En nombre del amor, Juan Pablo II, memoria de un hombre santo”, Ed. Planeta, México 2006. p.p. 196-197).

Después de dos meses exactos de la muerte de san Papa Juan Pablo II, esta chica pudo, a pesar de su salud bastante deteriorada, visitar la tumba del santo y cuenta que, desde ese día, decidió que aceptaría su cruz, la cruz de aquella enfermedad incurable, porque la compartiría con él. A partir de aquel momento, a pesar del empeoramiento de la enfermedad, encontró la fuerza para seguir adelante en su camino, por doloroso que fuera. El Papa Juan Pablo II había optado por no bajarse de la Cruz y quiso consumirse hasta el extremo de sus fuerzas. Su testimonio fortaleció a Ileana y a muchos más. 

«Llevar la cruz sólo con la fuerza humana, es exponerse a derrotas inesperadas. Llevarla con los estímulos de la creencia en la bondad infinita, es asumir una actitud que presta al hombre auxilios vigorosos para alcanzar espléndidos triunfos en los más amargos trances de la vida» (Miguel Rizzo Jr., “Sufrimiento Victorioso”, Ed. Alba, México, 1938, p. 74).

La Escritura nos dice que al pie de la Cruz del Crucificado estaba María su Madre. La Madre del Señor y Madre nueestra, la que más sabe del amor a Dios y a la humanidad. Cristo nos deja en sus manos para que podamos llevar la cruz de cada día. Pensando en cada uno de nosotros, desde la cruz, le dice: «Mujer, ahí tienes a tu hijo» (Jn 19,26).

Recemos juntos: Señor Jesús, que moriste por mí, cuatro cosas hoy te vengo a pedir: Paciencia para sufrir, fuerza para abrazar la cruz, valor para resistir hasta el finaly serenidad al momento de partir. Amén.

Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U.

martes, 4 de julio de 2017

«LA FUERZA DEL MISIONERO ESTÁ EN SABER VIVIR LA HUMILDAD»... Enfermedad, ancianidad y misión VII.


En una de sus homilías, Benedicto XVI, el Papa Emérito expresó: «Como en los inicios, también hoy Cristo necesita apóstoles dispuestos a sacrificarse. Necesita testigos y mártires como san Pablo: un tiempo perseguidor violento de los cristianos, cuando en el camino de Damasco cayó en tierra, cegado por la luz divina, se pasó sin vacilaciones al Crucificado y lo siguió sin volverse atrás. Vivió y trabajó por Cristo; por él sufrió y murió. ¡Qué actual es su ejemplo!» (Homilía del 29 de junio de 2007). El libro de los Hechos de los Apóstoles, en el capítulo 20, nos presenta el testamento pastoral de san Pablo, que dirige a los jefes de la principal de las Iglesias que él estableció. El gran misionero que siguió a Jesús con toda fidelidad, da unas recomendaciones, que sirven hasta nuestros días, a todo aquel que quiere, seguir caminando, tras las huellas de aquel mismo Dios que vino a visitar a su pueblo, haciéndose en todo igual a nosotros, menos en el pecado.

El impulso del camino de san Pablo lo sostuvo su confianza y su fidelidad al Señor. El Apóstol de las Gentes no se cansó de hablar de Jesucristo y lo llevó a todas partes; todo lo supo transformar para Él, con Él y en Él. San Pablo cristificó cuanto lugar pisó. El apóstol vivió su misión con humildad y confianza en el Señor, transmitiendo esa humildad y confianza a sus discípulos. Su vida fue donación total en humildad y confianza plenas en el amigo que no abandona, y en boca de quien el escritor sagrado pudo estas palabras: «Hay mayor felicidad en dar que en recibir» (Hch 20,35. San Lucas no ha dejado estas palabras en su Evangelio, sino que las ha consignado en el libro de los «Hechos de los Apóstoles» en boca de san Pablo, que habla recordando el dicho de Jesús y pone en práctica estas palabras con una donación total que le hará exclamar: "Me debo a los griegos y a los bárbaros; a los sabios y a los ignorantes" (Rm 1,14)».

Al igual que san Pablo, los grandes misioneros de todos los tiempos saben que prolongan, con su seguimiento fiel, la obra salvadora de Cristo. Podemos pensar entre otros en san Daniel Comboni, de salud raquítica y casi sólo en el África Central. En el padre Damián, entre los leprosos. En la beata María Inés, haciendo del mundo su hogar para salvar todas las almas. Todo misionero debe vivir pendiente de la presencia de Cristo que lo llama y acompaña. A Él anunciamos y comunicamos en cada etapa de nuestra vida. Con profunda humildad, el misionero debe confiar en Jesús que lo ha llamado.

No habrá nada más triste que un apóstol carente de humildad y de confianza en el Señor. La humildad y la confianza será como una especie de sello distintivo que haga diferencia a un auténtico misionero de uno que sea falso. Dice la beata María Inés: «El misionero debe vivir penetrado de confianza en Él; y confiar, precisamente, cuando todo parece perdido. Es una gloria inmensa la que le damos entonces a Dios. No le privemos nunca de esta dicha» (Carta colectiva de marzo de 1963).

Es posible que en más de una ocasión, Cristo actúe y se manifieste a través de sus misioneros de una forma muy diversas a como ellos mismos lo esperaban, pero por la humildad, el misionero reconoce la acción de Dios que lo identifica como seguidor de Cristo que con él cumple la voluntad del Padre. Si el misionero, cualquiera que sea su condición, tiene la confianza puesta en el Señor, la humildad florece y el apóstol entonces se hace invencible, «sirviendo al Señor con toda humildad y lágrimas» (Hch 20,19). Sin duda alguna, el sufrimiento representa un gran tesoro que hay que saber aprovechar. El que sufre con Cristo, se purifica siempre más y se acerca más a Él hasta volverse en una imagen suya, en otro «Cristo vivo» presente entre nosotros. 

En un mundo dominado por la eficiencia materialista y el espíritu hedonista, el sufrimiento no tiene sentido, es, en nuestros días para muchos, sinónimo de fracaso. Para el cristiano, al contrario, el sufrimiento representa el supremo recurso que el hombre tiene para, «ser» alguien y «actuar» a favor de la iglesia y la humanidad entera, siguiendo el ejemplo de Cristo y de los grandes héroes del cristianismo, que son los santos. 

Quiero invitarles en esta reflexión, a contemplar de cerca la vida de un santo francés de apariencia muy poco atrayente, pequeño de estatura y algo enfermo. Un verdadero y auténtico sacerdote misionero que poco salió de su parroquia. Parecía a los ojos de muchos, muy poca cosa, con muchos obstáculos por delante y en un ambiente muy adverso. Desprovisto de muchas ventajas humanas, pero sumamente humilde y con la confianza siempre puesta en el Señor, de tal manera que, al igual que san Pablo, cristificó todo aquello con lo que tuvo contacto: personas, ambiente, costumbres. Es el santo cura de Ars, san Juan María Vianey, a quien ahora dejo que nos hable él mismo con la humildad que le caracterizó y nos comparta su secreto para cristicarlo todo: «Mi secreto es muy sencillo de entender —decía— darlo todo y no quedarse sin nada... el sacerdote, ante todo, debe ser un hombre entregado a continua oración... lo que nos impide a nosotros los sacerdotes ser santos es la falta de reflexión; no penetramos en nosotros mismos; y así no sabemos lo que debemos hacer. Nos es necesaria la oración, la reflexión, la unión con Dios... Cuando llegué a Ars, si hubiese previsto los sufrimientos que allí me esperaban me habría muerto de aprensión al momento» (De los Escritos de san Juan María Vianney). 

Que necesaria es la humildad y la confianza en Dios para el misionero. La beata Madre Inés nos dice: «Confiar, confiar siempre, confiar por encima de todo; la confianza humilde, cautiva el corazón de Dios» (Ejercicios Espirituales de 1933). Si estas dos cosas se pierden, la persona se busca a sí misma. 

Entre las Bienaventuranzas hay una que dice: «Bienaventurados los limpios de corazón, porque verán a Dios» (Mt 5,5ss), y sabemos que lo que decide la pureza o impureza de una acción es la intención. Si se hace para ser vistos por los hombres o para agradar a Dios, si se hace pensando en sí mismo o por las almas. Y es que en realidad la pureza de corazón no indica, en el pensamiento de Cristo, una virtud particular, sino una cualidad que debe acompañar a todas las virtudes, para que sean de verdad virtudes y no «espléndidos vicios»; por eso su contrario más directo no es la impureza, como muchas veces se piensa, sino la hipocresía. Y ese es el pecado que denuncia con más fuerza Dios a lo largo de toda la Biblia, porque con la hipocresía el hombre rebaja a Dios, le sitúa en el segundo lugar, colocando, en el primero, a sí mismo. De manera que la hipocresía es esencialmente falta de fe, falta de confianza en Dios y de humildad, pero también falta de caridad hacia el prójimo, en el sentido que tiende a reducir a las personas a admiradores o «fans» como se dice ahora, de manera que, cuando a la persona se le acaba esa fama aparente, se le acaba todo. 

Casi nunca se habla de la relevancia social de la bienaventuranza de los puros de corazón, pero esta bienaventuranza puede ejercer hoy una función crítica entre las más necesarias en nuestra sociedad, pues se trata del vicio humano tal vez más difundido y menos confesado. El hipócrita sólo se mira a sí mismo y por eso busca quedar bien en todo y con todos. Esto se traduce en llevar dos vidas: una es la verdadera, la otra la imaginaria, que vive de la opinión, propia o de la gente; se traduce en la cultura de la apariencia, en la tendencia que tiende a vaciar a la persona, reduciéndola a imagen, o a simulacro. Es penoso que la hipocresía acecha a las personas, aún muy religiosas, por un sencillo motivo, donde más fuerte es la estima de los valores del espíritu, de la piedad y de la virtud, allí es más fuerte también la tentación de ostentarlos para no parecer privados de ellos. Pero existe un medio sencillo e insuperable para rectificar varias veces al día nuestras intenciones; nos lo deja Jesús en las tres primeras peticiones del Padrenuestro: «Santificado sea tu nombre. Venga a nosotros tu reino. Hágase tu voluntad» (Mt 6,9-13). 

Se pueden recitar estas frases como oraciones, como mantras, pero también como declaraciones de intención: «todo lo que hago, quiero hacerlo para que sea santificado tu nombre Señor, para que venga tu reino y para que se cumpla tu voluntad». Sería una preciosa contribución para la sociedad y para la comunidad cristiana si la bienaventuranza de los puros de corazón nos ayudara a mantener despierta, en nosotros, la nostalgia de un mundo limpio, verdadero, sincero, sin hipocresía —ni religiosa ni laica—, un mundo donde las acciones se corresponden con las palabras, las palabras con los pensamientos y los pensamientos del hombre con los de Dios. 

Volviendo al testamento pastoral de san Pablo al que he hecho referencia, se puede ver cómo el incansable Apóstol nos muestra a un hombre que sin hipocresías y con humildad, nos platica cómo fue su vida apostólica: enseñando en público y en las casas, esforzándose en dar testimonio sin acobardarse cuando en algo podía servir. ¡Qué humildad! Puesto que nos comenta que derramó lágrimas. En el relato continúa diciendo: «Miren que ahora yo, encadenado en el espíritu, me dirijo a Jerusalén, sin saber lo que allí me sucederá; solamente sé que en cada ciudad el Espíritu Santo me testifica que me aguardan prisiones y tribulaciones. Pero yo no considero mi vida digna de estima, con tal que termine mi carrera y cumpla el ministerio que he recibido del Señor Jesús, de dar testimonio del Evangelio de la gracia de Dios» (Hch 20,22-24). 

Pablo continúa hablando y nos deja ver que la perseverancia de los discípulos le ha costado tres años de amonestaciones y lágrimas (Hch 20,31). Al llegar al final de este testamento, san Pablo anota: «Yo de nadie codicié plata, oro o vestidos. Vosotros sabéis que estas manos proveyeron a mis necesidades y a las de mis compañeros. En todo os he enseñado que es así, trabajando, como se debe socorrer a los débiles y que hay que tener presentes las palabras del Señor Jesús, que dijo: Hay mayor felicidad en dar que en recibir» (Hch 20,33-35). Con humildad, el Apóstol misionero nos presenta cómo ha sido su plan de vida, su tarea misionera. De hecho él pensaba que ya no regresaría a Éfeso, sin embargo el Señor tiene sus planes y él volvió allí. El apóstol tiene puesta su confianza en Dios y lo deja todo a Cristo que fue humilde siempre: nació pobre, vivió pobre y así murió. Fue conocido como el hijo del carpintero, su Madre fue pobre también, humilde como él. 

No puedo dejar ahora a un a san Juan Pablo II. Ese santo campeón en la humildad y en la confianza en Dios. En 104 viajes apostólicos por el mundo, san Juan Pablo visitó a leprosos, a enfermos terminales, a drogadictos y alcoholizados, a minusválidos, a niños desahuciados, a personas totalmente marginadas, a enfermos mentales. El santo Papa testimonió con su misma vida que Dios ama a todos sin distinción. La humildad, selló el corazón de este hombre maravilloso que fuera de lo común, iba siempre más allá de las fronteras de todo tipo, y con su mirada, sus palabras y sus gestos, transparentaba el amor de Cristo por toda la humanidad. A lo largo de 26 años de pontificado, con la gracia que le caracterizaba y que brota precisamente de la sencillez y humildad, este santo llegó a decir que tuvo tres residencias: El Vaticano, Castelgandolfo y el Hospital Gemelli.

San Juan Pablo II dejó un testamento. Un conjunto de unas 15 hojas de apuntes escritos a mano, en diferentes momentos de su pontificado. En él está escrito: «No dejo tras de mí ninguna propiedad de la que sea necesario tomar disposiciones. Por lo que se refiere a las cosas de uso cotidiano, pido que se distribuyan como se considere oportuno. En cuanto a su funeral, pidió, al igual que el beato Paulo VI, que fuera sepultado en un sepulcro en la tierra y no en un sarcófago. Así fue… su cuerpo fue colocado en un sencillo ataúd de ciprés» (Valentina Alazraki, “En nombre del amor, Juan Pablo II, memoria de un hombre santo”, Ed. Planeta, México 2006. p. 300). 

La beata María Inés Teresa tiene también un testamento al que ya hicimos referencia. Muchas veces lo hemos meditado o escuchado en comunidad: «Me siento muy agradecida a nuestro Señor ¡muchísimo! De todo lo que ha hecho, y del esfuerzo de cada uno de los hijos… Que nunca, nunca nos salgamos, –ni se salgan cuando yo no viva– del Espíritu del Evangelio, el que debemos practicar con tanto amor… Que nunca vaya a haber una desunión, una crítica, nada de murmuraciones ¡jamás, jamás! Sino siempre adheridos a la voluntad de Dios… No se cuando llegará mi hora. Cuando Dios quiera, ni antes ni después la deseo… ahora sólo el amar es mi ejercicio» (cf. Testamento Espiritual). Hablando de Madre Inés, el Cardenal Angelo Rossi (1913-1995), cuando era Prefecto de la Congregación para Nueva Evangelización, recordando a la beata afirmó: «Noté que su sencillez y bondad inspiraban inmediatamente simpatía, confianza y benevolencia». 

Cuando llegue el momento de nuestra muerte, ¿qué vamos a dejar en este mundo? Hay que recorrer el camino de la vida sin perder de vista el bien que se pueda hacer en humildad y sencillez, con la confianza puesta en Dios. La finalidad suprema de la vida, no se realiza evitando sacrificios y esquivando el dolor, sino cumpliendo fiel y valerosamente los deberes que el derecho de vivir impone. 

Quiero terminar esta reflexión bajo el amparo de la Virgen, y dirigiéndonos a su Hijo Jesús para repetirle unas palabras que llegaron a mis manos y no se por quien fueron escritas: 

«Despiértame, Señor, si me duermo acostado en mis dudas, cobijado con la distracción; búscame, si me extravío en el laberinto de las calles, por entre los rascacielos de las cosas inútiles. Jamás permitas que mi corazón se doble ante el violento oleaje de la mayoría. Que yo mantenga alta mi frente orgulloso de ser tu servidor. Amén. 

Alfredo Delgado, M.C.I.U.

«LA FUERZA DEL MISIONERO ESTÁ EN NO DEJARSE VENCER EN LA TENTACIÓN»... Enfermedad, ancianidad y misión VI.


En aquella película famosa de «La Pasión», del aclamado director Mel Gibson, aparece en ciertos momentos decisivos, la figura de Satanás, como recordando que el mismo que tentó a Jesús en el desierto, antes del comienzo de la vida pública (Mt 4,1-11; Mc 1,12-13; Lc 4,1-13), seguirá hostigándolo y tentándolo hasta el final. El Demonio es astuto y sabe como llegarle a cada quien. A Cristo le hace ver que si es el Hijo de Dio, entonces puede, por medios sobrenaturales, saciar el hambre y recuperar las fuerzas perdidas; pero en realidad lo está invitando a actuar al margen de su Padre usando vanamente sus cualidades y capacidades. Seguirá actuando siempre de forma sutil, callado y oculto, como lo muestra estupendamente la película a la que hago referencia.

Nos encontramos ante el escenario de un mundo sacudido por fuerzas misteriosas que no son visibles y que de ordinario no comprendemos, aunque se trata de fuerzas que se agitan en la historia de cada día. La tentación se presenta como un poner a prueba con malicia, un tratar de hacer caer en una trampa oculta o disfrazada, un llevar a alguien a situaciones, por lo menos aparentemente, sin salida. Esta es la dinámica de la tentación: llevar al hombre a través de lo que sea, a situaciones de las que ya no se pueda liberar, y así quede esclavizado fácilmente en el pecado. En el momento de la tentación, el alma se encuentra en un laberinto inexplicable y se pierde la esperanza de poder salir adelante. Es una situación que se repite a lo largo de la historia de la humanidad desde aquella vez en que Eva fue tentada. El misionero tiene que estar listo y renovar la vigilancia contra todas las iniciativas del enemigo. Parece que de una forma sigilosa, la tentación se viene encima con todas las fuerzas del mal disfrazadas, casi siempre, de un bien aparente.

En el Nuevo testamento, aparece frecuentemente la expresión: «Estén vigilantes», como una especia de exhortación a mantener los ojos siempre abiertos ante la presencia del maligno. Ese estar vigilantes, significa mantenerse sobrios, vivir en abstinencia y conservar una fuerte capacidad para luchar contra todo aquello que nos quiere volver sordos, ciegos, sordomudos a la voluntad de Dios. San Pablo invita al cristiano a vestirse la armadura, es decir, invita a esta lucha a la que hace referencia: no contra los enemigos de carne, sino contra los espíritus del mal (Ef 6, 10-20).

En el caso del enfermo, o del que ejerce su misión entre los enfermos, del anciano, del encarcelado, del que ha sido abandonado o es incomprendido, la tentación irá siempre en el tono del desaliento, de la impaciencia, de la desesperación o de dejarlo todo. Volvamos a escuchar ahora al cardenal vietnamita, el Venerable François Xavier Nguyên Van Thuân, de quien ya he compartido algo. Cuando dio, en el año 2000, los Ejercicios Espirituales en la Curia Romana dijo: «Durante mi larga tribulación de nueve años de aislamiento en una celda sin ventanas, iluminado en ocasiones con luz eléctrica durante días enteros sin apagarse nunca, o a oscuras durante semanas, sentía que me sofocaba por efecto del calor, de la humedad. ¡Estaba al borde de la locura! 

Yo era todavía un joven obispo con ocho años de experiencia pastoral —dice Van Thuân. No podía dormir. Me atormentaba el pensamiento de tener que abandonar la diócesis, de dejar que se hundieran todas las obras que había levantado para Dios. Experimentaba una especie de revuelta en todo mi ser. Una noche, en lo profundo de mi corazón, escuché una voz que me decía: —¿Por qué te atormentas así? —Tienes que distinguir entre Dios y las obras de Dios. Todo aquello que has hecho y querrías continuar haciendo: visitas pastorales, formación de seminaristas, religiosos, religiosas, laicos, jóvenes, construcción de escuelas, misiones para la evangelización de los no cristianos..., todo esto es una obra excelente, pero son obras de Dios, no son Dios. —Si Dios quiere que tú dejes todas estas obras poniéndote en sus manos, hazlo inmediatamente y ten confianza en Él. Él confiará tus obras a otros, que son mucho más capaces que tú. Tú has escogido a Dios, y no sus obras.

Esta luz me dio una nueva fuerza, que ha cambiado totalmente mi manera de pensar —continuaba explicando el arzobispo vietnamita— y me ha ayudado a superar momentos que físicamente parecían imposibles de soportar. Desde aquel momento, una nueva paz llenó mi corazón y me acompañó durante trece años de prisión. Sentía la debilidad humana, pero renovaba esta decisión frente a las situaciones difíciles, y nunca me faltó la paz. Escoger a Dios y no las obras de Dios. Este es el fundamento de la vida cristiana, en todo tiempo. De este modo, —añadíó el cardenal Van Thuân— comprendo que mi vida es una sucesión de decisiones, en todo momento, entre Dios y las obras de Dios. Una decisión siempre nueva que se convierte en conversión. La tentación del pueblo de Dios siempre consistió en no fiarse totalmente de Dios y tratar de buscar apoyos y seguridad en otro sitio. Esta es la experiencia que sufrieron personajes tan gloriosos como Moisés, David, Salomón...».

San Ignacio del Loyola, en sus célebres Ejercicios Espirituales, nos hace ver que en la vida diaria, se presentan siempre dos caminos, dos banderas: La de Lucifer y la de Cristo. El santo dice que hay que tener en cuenta que en la época actual, Lucifer actúa de una manera muy sutil y muy confusa. Su triunfo —decía el beato papa Paulo VI— es hacer creer al mundo que «no existe».

Cuando una persona está enferma o agobiada por el peso de los años, aparece la tentación del cansancio y del desánimo, queriendo atacar la esperanza cristiana —que parece una utopía— para acabar con ella. En la actualidad, muchos hombres y mujeres, ancianos y enfermos, han caído en la tentación de disgustarse con Dios porque permite que en el mundo haya enfermedades incurables, penas, guerras, desastres naturales y toda clase de males que aquejan a la humanidad. Muchos han caído en la tentación de buscar nuevas doctrinas para cambiar el curso de la redención, algunos se han ido a la New Age, aunque encierre doctrinas falsas, porque dicen que cómo es posible que Dios haya enviado a su Hijo al mundo a sufrir y a permitir que lo crucificaran. Otros han caído en la tentación de ese enemigo invisible tan fastidioso como es «la rutina». «La rutina es la fuerza más desestabilizadora de las instituciones humanas y de la vida misma» (Ignacio Larrañaga, “Del Sufrimiento a la Paz”, Ed. Paulinas, Madrid 1985, p. 66).

Hay otras tentaciones que se entrecruzan con la rutina, cuando ya ésta va logrando atrapar el corazón: aburrimiento, monotonía, tedio, nausea. Es posible ver hasta personas, incluso consagradas, que han caído en esta tentación de la época que luego lleva sin remedio a depresiones y angustias terribles, porque la persona va sintiendo que no sirve para nada, y va poco a poco perdiendo la capacidad de asombro ante la sorpresa de Dios, que hace nuevas siempre todas las cosas. «Un espíritu abierto al asombro viste de novedad al universo entero» (Ignacio Larrañaga, “Del Sufrimiento a la Paz”, Ed. Paulinas, Madrid 1985, p. 70). Dice la beata Madre Inés: «Yo no quiero otra cosa que agradarlo (a Dios); anhelo… mi reforma interior… para que Él esté contento; no para gozar con sus consolaciones divinas, sino para comprarle almas» (Ejercicios Espirituales de 1944).

En 1995, Daniel Goleman, quien acuñó el término: «Inteligencia Emocional» escribía: «Estos últimos años del milenio, anuncian la llegada de la Era de la Melancolía, así como el siglo XX se transformó en la Era de la Ansiedad. Datos internacionales muestran que parece cundir una moderna epidemia de depresión, que se extiende a lo largo y a lo ancho adoptando nuevas modalidades en cada lugar del mundo. Cada nueva generación, desde principios de siglo, ha corrido un riesgo mayor que la generación de sus padres, de sufrir una depresión más importante —no ya tristeza— sino un desinterés paralizante, desaliento y autocompasión, más una abrumadora desesperanza–, en el curso de su vida» (Daniel Goleman, “La Inteligencia emocional”, Ed. Javier Vergara, México 1995, p. 278).

Ignacio Larrañaga, en su libro «Del Sufrimiento a la Paz», que mi padrino el padre Esquerda me recomendó leer, por tocar los temas que estoy tratando en estas reflexiones sobre enfermedad, ancianidad y misión, da la siguiente recomendación: «Sé feliz, porque son legión los que esperan participar de tu lumbre, contagiarse de tu alegría. Se vive una sola vez. Nadie vuelve atrás . No puedes darte el lujo de despilfarrar tan bella oportunidad. No puedes permitir que se te deshoje inútilmente esta roja amapola. Llena tu "casa" de armonía, y el mundo se llenará de armonía. Ten siempre presente que la existencia es una fiesta, y el vivir, un privilegio. Hay una planta que debes cultivar diariamente con especial cuidado y mimo: la alegría. Cuando esta planta inunde tu casa con su fragancia, todos tus hermanos, y hasta los peces del río, saltarán de alegría» (Ignacio Larrañaga, “Del Sufrimiento a la Paz”, Ed. Paulinas, Madrid 1985, p. 96). En una de sus meditaciones, la beata Madre Inés anota: «Para no caer en este lazo de Satanás; disculpar caritativamente las faltitas de nuestros hermanos, rogar por ellos, sonreír siempre a su paso, mostrarse condescendiente cuando es posible y se debe hacer; en fin, manifestar a los demás la dulce expansión del alma» (Experiencias Espirituales).

El Demonio, en su lucha para que caigamos en la tentación, irá buscando querer lograr que nos deleitemos en las tentaciones para que no demos a los demás los dones y cualidades que de Dios hemos recibido. Con el salmista como música de fondo que nos dice «Descansa sólo en Dios, alma mía, porque él es mi esperanza» (Sal 61,2), es un buen momento de contemplar a san Pablo como un hombre lleno de esperanza que supera toda tentación y nos comparte su fe y su confianza en el Señor en diversos momentos: «El Dios de la esperanza os colme de todo gozo y paz en vuestra fe, hasta rebosar de esperanza por la fuerza del Espíritu Santo (Rom 15,13). «Tenemos puesta la esperanza en Dios vivo, que es el Salvador de todos los hombres, principalmente de los creyentes» (1Tim 4,10). «Cristo Jesús nuestra esperanza» (1Tim 1,1; cfr. Col 1,27) «Vivir... aguardando la feliz esperanza y la manifestación de la gloria del gran Dios y Salvador nuestro Jesucristo» (Tit 2,13). «La esperanza no falla, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado» (Rom 5,5). «Felices en la esperanza» (Rom 12,12).

La esperanza acaba con toda clase de tentaciones del enfermo o del anciano, en torno a lo que hemos comentado, de sentirse inútil o culpable de la enfermedad, y también con las de quien lo cuida y acompaña, que puede ser atacado fácilmente por la tentación del eficientismo y del activismo (cf. “Caminar desde Cristo”, n. 12). La esperanza abre el camino hacia la conversión, como un cambio de corazón. Toda conversión supone un paso de un estado a otro, de un punto de partida a un punto de llegada. El punto de partida, el estado del que se debe salir, es para la Escritura, el de la dureza de corazón que ha dejado paso a la tentación y ha caído en el pecado; el punto de llegada, se puede describir «coherentemente» con las imágenes del corazón contrito, herido, lacerado, circunciso, del corazón de carne, del corazón nuevo.

El corazón es el yo profundo del hombre, su propia persona, en particular su inteligencia y voluntad, el centro de la vida religiosa, el punto en el que Dios se dirige al hombre y el hombre decide su respuesta a Dios. El corazón duro es un corazón esclerotizado, endurecido, impermeable a toda forma de amor que no sea el amor de sí mismo y por eso sucumbe ante la tentación. ¿Cómo se obra este cambio del corazón? ¡Cristo está dentro de cada uno de nuestros corazones y llama a las paredes del corazón para salir! Esto sucede cuando, sin haber sido expulsado por el pecado mortal, el Espíritu Santo permanece en el alma aprisionado y tapiado por el corazón de piedra que se le forma alrededor, por la resistencia del egoísmo de la persona. Carece entonces el Espíritu de posibilidad de expandirse y empapar de sí las facultades, las acciones y los sentimientos de tal persona. Por eso, en este sentido, cuando leemos la frase de Cristo en el Apocalipsis: «Mira que estoy a la puerta y llamo» (Ap 3,20), deberíamos entender que Él no llama desde fuera, sino desde el interior; y quiere salir para ayudarnos a vencer la tentación.

El creyente que busca seguir a Cristo, sabe perfectamente que en él hay muchos puntos débiles, que pueden ser presa de diversas tentaciones, desde no querer despertar, porque se duerme muy a gusto, hasta el renegar de la condición de vida causada por una pena o una enfermedad. La beata María Inés se lamenta de esta condición de nuestra miseria humana y expresa: «Me duele no darle gloria en cada momento; no aprovechar todos ellos en su servicio, no ser generosa, buscarme a mí misma, pensar en las criaturas…» (Notas Íntimas).

Es tiempo de acrecentar la esperanza o recobrarla si se ha perdido. Escuchemos a nuevamente a la beata María Inés Teresa que nos dice: «No se turbe vuestro corazón… Tú Jesús, no lo dejas nunca que se turbe. Cuando el enemigo me asalta, cuando presentándome las cosas insuperables, quisiera él sumirme en la desesperación, cuando quiere hacerme ver (y esto lo ha hecho muchas veces), que la obra y mis ideales están perdidos para siempre, cuando me presenta la ingratitud o la malicia humana bajo sus fases más desconcertantes, aunque es intenso el momento, por la gravedad en que lo veo, ah, Jesús, dulcísimo Jesús, porque no es otro sino tú, quien me arrojas en tus brazos en un acto de inmensa e infinita confianza, y en tu regazo me pierdo, en él me abandono, en el recupero mi paz, (si es que la perdí), pues no lo creo, y se fortalece mi alma, y adquiere nuevos bríos; SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS EN TI CONFÍO. Es la expresión que brota en raudales de confianza segura y sentida. Un acto que se sucede a otro, si es posible, cada vez más intenso, pero en esas pocas palabras le digo tantas cosas, ¡pero… tantas! Al cabo del tercer acto, el demonio se ha ido; no ha podido resistir; no le conviene» (Ejercicios Espirituales).

Santa Genoveva Torres Morales, sufrió desde los ocho o diez años de edad, la amputación de una pierna. Cuando cumplió quince años, sintió el llamado de Dios y con muchas dificultades fue admitida por las Madre de la Misericordia de Valencia, España. En medio de muchas tentaciones salió del convento a los 24 años para regresar a su casa. La vida era difícil sin una pierna. Cuando tenía más o menos cuarenta años, segura de que Dios le había llamado a seguirlo y que el llamado, a pesar de tantas tentaciones que se presentaron en el camino, era auténtico y exigía una respuesta, fundó el Instituto femenino de las Hermanas del Sagrado Corazón de Jesús y de los Ángeles, conocidas como «Las Madres Angélicas», dedicadas al cuidado de las señoras que viven en soledad. 

La Madre Genoveva vivió siempre acompañada por la enfermedad y solo con una pierna. Una vez enfermó de mucha gravedad, y cuando volvió en sí, dijo: «La enfermedad es siempre un aliciente para acudir a Dios, no para sanar, sino para estar conformes con lo que Dios manda». Dos caminos, dos amores, dos ciudades, como decía san Agustín. «Cuando Jesús fue tentado en el desierto tuvo una respuesta tajante para el enemigo: ¡Retírate de aquí Satanás!» (Ignacio Larrañaga, “Del Sufrimiento a la Paz”, Ed. Paulinas, Madrid 1985, p. 70.

Tenemos muchas armas para vencer al enemigo. No estamos solos; Cristo nos fortalece y nos ayuda a no caer en la tentación, porque Él venció. Estemos vigilantes para cuidar nuestra vida de bautizados como templo en el que habita Dios. Y vayamos tras de Cristo porque Él es «el camino, la verdad y la vida» (Jn 14,6).

La Virgen María escuchó siempre a Dios en el interior de su corazón. Allí, en ese corazón, estaban también los dos caminos, ella pudo haberse negado a pronunciar el «Sí» que toda la creación anhelaba. Pero se mantuvo disponible bajo la bandera del autor de la vida, que ahora le pedía traerlo a este mundo. Que Ella, María santísima, nos ayude a vencer y a superar las tentaciones, sobre todo la tentación del desaliento y las más cercanas a cada uno por la condición especial, única e irrepetible que vive como hijo de Dios en su vocación específica. En una carta colectiva, la beata Madre Inés escribía: «Que María Santísima sea nuestra guía en el peregrinar en esta tierra, para que, guiados por su mano, lleguemos con menos tropiezos al cielo» (Carta colectiva de marzo de 1978).

Ahora recemos juntos: Oh Jesús que por amor mío, y por la salvación del mundo, sufriste la agonía y sudaste sangre en la noche de Getsemaní, recibe los sufrimientos, las penas, los dolores y hasta el insomnio en mi vida. No me dejes caer en la tentación y renueva en mí tu pasión salvadora. Haz que ni una sola gota de mi dolor caiga inútilmente. Concédeme ser un ángel de consuelo para ti y para las almas. Amen.

Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U.