Mostrando entradas con la etiqueta Santos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Santos. Mostrar todas las entradas

sábado, 31 de enero de 2026

LA BENDICIÓN DE LOS TAXIS Y MONSEÑOR LUIS MARÍA MARTÍNEZ...


En una ocasión invitaron al Siervo de Dios Luis María Martínez, arzobispo primado de México, a bendecir una flotilla de taxis de aquellos llamados "Cocodrilo" en Ciudad de México —en aquel entonces Distrito Federal—, en verdad muy numerosos; pasaban de un centenar. Cuando al llegar al sitio donde estaban estacionados, el jefe de los taxistas vio la botellita insignificante de agua bendita que cargaba monseñor, y exclamó: —"¡Huy! Monseñor, esa agua no le va a alcanzar ni para el primer taxi"... —A mí me invitaron para bendecirlos, no para lavarlos contestó.

miércoles, 15 de marzo de 2023

Interesting words of Saint Charles de Foucauld…

“God calls all the souls he has created to love him with their whole being, here and thereafter, which means that he calls all of them to holiness, to perfection, to a close following of him and obedience to his will. But he does not ask all souls to show their love by the same works, to climb to heaven by the same ladder, to achieve goodness in the same way. What sort of work, then must I do? Which is my road to heaven? In what kind of life am I to sanctify myself?”

Saint Charles de Foucauld.

lunes, 27 de septiembre de 2021

San José en el Evangelio...


Recordando que estamos en el Año de san José, quiero traer ahora a colación los pasajes del Evangelio en donde se habla de él. 

Sobre san José solo nos hablan dos Evangelistas: Mateo y Lucas. De ellos podemos saber pocas cosas del santo Patriarca, en concreto:

San Mateo:

Desposado con María (1,18).
Un «hombre justo» (1,19).
Tuvo cuatro sueños (1,20; 2,13.19.22).
Testigo de la adoración de Magos (2,1-12).
Fue a Egipto como extranjero y regresó para establecerse en Nazaret (2,13-18).
Fue un humilde carpintero (13,55)

San Lucas:

Estaba desposado con María (1,27).
Dispuesto a hacer la voluntad de Dios manifestada en su ley (2, 22.27.39).
Vio nacer al Mesías en un pesebre (2, 7).
Presenció la adoración de los pastores (2,8-20).
Con María lo buscaron angustiados y lo encontraron en el templo (2, 41-50).

La figura de san José puede captarse fácilmente a partir de ambas perspectivas (la de san Mateo y san Lucas) leídas de manera conjunta, pues enriquecen nuestro entendimiento sobre el padre nutricio de Jesús.

No dejemos de encomendarnos a San José no solamente en el año dedicado a él, sino siempre.

Padre Alfredo.

viernes, 15 de mayo de 2020

Carta que Benedicto XVI escribe por el centenario del nacimiento de San Juan Pablo II...


Ciudad del Vaticano, 4 de mayo del 2020.

El 18 de mayo, se cumplirán 100 años desde que el papa Juan Pablo II nació en la pequeña ciudad polaca de Wadowice.

Polonia, dividida durante más de 100 años por las tres grandes potencias vecinas – Prusia, Rusia y Austria –, había recuperado su independencia al final de la Primera Guerra Mundial. Fue una época llena de esperanza, pero también de dificultades, ya que la presión de las dos grandes potencias, Alemania y Rusia, siguió pesando sobre el Estado que se estaba reorganizando. En esta situación de angustia, pero sobre todo de esperanza, creció el joven Karol Wojtyla, que perdió muy pronto a su madre, a su hermano y, finalmente, a su padre, de quien había aprendido una piedad profunda y cálida. El joven Karol era particularmente apasionado de la literatura y el teatro, y después de estudiar para sus exámenes de secundaria, comenzó a dedicarse más a estas materias.

«Para evitar la deportación, en el otoño de 1940, comenzó a trabajar en una cantera que pertenecía a la fábrica química de Solvay» (cf. Don y Misterio). «En Cracovia, había ingresado en secreto en el Seminario. Mientras trabajaba como obrero en una fábrica, comenzó a estudiar teología con viejos libros de texto, para poder ser ordenado sacerdote el 1 de noviembre de 1946» (cf. Ibid.). Por supuesto, no solo estudió teología en los libros, sino también a partir de la situación específica que pesaba sobre él y su país. Es una especie de característica de toda su vida y su trabajo. Estudia con libros, pero experimenta y sufre las cuestiones que están detrás del material impreso. Para él, como joven obispo – obispo auxiliar desde 1958, arzobispo de Cracovia desde 1964 – el Concilio Vaticano II se convirtió en una escuela para toda su vida y su trabajo. Las grandes preguntas que surgieron especialmente sobre el llamado Esquema 13 – luego Constitución Gaudium et Spes – fueron sus preguntas personales. Las respuestas desarrolladas en el Concilio le mostraron el camino a seguir para su trabajo como obispo y luego como Papa.

Cuando el cardenal Wojtyla fue elegido sucesor de San Pedro el 16 de octubre de 1978, la Iglesia estaba en una situación desesperada. Las deliberaciones del Concilio se presentaban al público como una disputa sobre la fe misma, lo que parecía privarla de su certeza indudable e inviolable. Un pastor bávaro, por ejemplo, comentando la situación, decía: «Al final, hemos acogido una fe falsa». Esta sensación de que no había nada seguro, de que todo estaba en cuestión, fue alimentada por la forma en que se implementó la reforma litúrgica. Al final, todo parecía factible en la liturgia. Pablo VI había cerrado el Concilio con energía y determinación, pero luego, una vez terminado, se vio confrontado con más asuntos, siempre más urgentes, lo que finalmente puso en tela de juicio a la Iglesia misma. Los sociólogos compararon la situación de la Iglesia en ese momento con la de la Unión Soviética bajo Gorbachov, cuando toda la poderosa estructura del Estado finalmente se derrumbó en un intento de reformarla.

Una tarea que superaba las fuerzas humanas esperaba al nuevo Papa. Sin embargo, desde el primer momento, Juan Pablo II despertó un nuevo entusiasmo por Cristo y su Iglesia. Primero lo hizo con el grito del sermón al comienzo de su pontificado: «¡No tengan miedo! ¡Abran, sí, abran de par en par las puertas a Cristo!» Este tono finalmente determinó todo su pontificado y lo convirtió en un renovado liberador de la Iglesia. Esto estaba condicionado por el hecho de que el nuevo Papa provenía de un país donde el Concilio había sido bien recibido: no el cuestionamiento de todo, sino más bien la alegre renovación de todo.

El Papa ha viajado por el mundo en 104 grandes viajes pastorales y proclamó el Evangelio en todas partes como una alegría, cumpliendo así su obligación de defender el bien, de defender a Cristo.

En 14 encíclicas, volvió a exponer completamente la fe de la Iglesia y su doctrina humana. Inevitablemente, al hacerlo, provocó oposición en las iglesias del Occidente llenas de dudas.

Hoy, me parece importante enfatizar sobre todo el verdadero centro desde el cual debe leerse el mensaje de sus diferentes textos. Este centro vino a la atención de todos nosotros en el momento de su muerte. El Papa Juan Pablo II murió en las primeras horas de la nueva fiesta de la Divina Misericordia. Permítanme agregar primero un pequeño comentario personal que revela un aspecto importante del ser y el trabajo del Papa. Desde el principio, Juan Pablo II se sintió profundamente conmovido por el mensaje de Faustina Kowalska, una monja de Cracovia, que destacó la Divina Misericordia como un centro esencial de la fe cristiana y deseaba una celebración con este motivo. Después de todas las consultas, el Papa había escogido el domingo in albis. Sin embargo, antes de tomar la decisión final, le pidió a la Congregación de la Fe su opinión sobre la conveniencia de esta fecha. Dijimos que no porque pensamos que una fecha tan antigua y llena de contenido como la del domingo in albis no debería sobrecargarse con nuevas ideas. Ciertamente no fue fácil para el Santo Padre aceptar nuestro no. Pero lo hizo con toda humildad y aceptó el no de nuestro lado por segunda vez. Finalmente, hizo una propuesta dejando el histórico domingo in albis, pero incorporando la Divina Misericordia en su mensaje original. En otras ocasiones, de vez en cuando, me impresionó la humildad de este gran Papa, que renunció a las ideas de lo que deseaba porque no recibió la aprobación de los organismos oficiales que, según las reglas clásicas, había de consultar.

Mientras Juan Pablo II vivió sus últimos momentos en este mundo, la Fiesta de la Divina Misericordia acababa de comenzar tras la oración de las primeras vísperas. Esta celebración iluminó la hora de su muerte: la luz de la misericordia de Dios se presenta como un mensaje reconfortante sobre su muerte. En su último libro, Memoria e Identidad, publicado en la víspera de su muerte, el Papa resumió una vez más el mensaje de la Divina Misericordia. Señaló que la hermana Faustina murió antes de los horrores de la Segunda Guerra Mundial, pero que ya había dado la respuesta del Señor a este horror insoportable. Era como si Cristo quisiera decir a través de Faustina: «El mal no obtendrá la victoria final. El misterio pascual confirma que el bien prevalecerá, que la vida triunfará sobre la muerte y que el amor triunfará sobre el odio».

A lo largo de su vida, el Papa buscó apropiarse subjetivamente del centro objetivo de la fe cristiana, que es la doctrina de la salvación, y ayudar a otros a apropiarse de ella. A través de Cristo resucitado, la misericordia de Dios es para cada individuo. Aunque este centro de la existencia cristiana solo nos lo da la fe, también es importante filosóficamente, porque si la misericordia de Dios no es un hecho, debemos encontrar nuestro camino en un mundo donde el poder último del bien contra el mal es incierto. Después de todo, más allá de este significado histórico objetivo, es esencial que todos sepan que, al final, la misericordia de Dios es más fuerte que nuestra debilidad. Además, en esta etapa actual, también se puede encontrar la unidad interior entre el mensaje de Juan Pablo II y las intenciones fundamentales del Papa Francisco: Juan Pablo II no es un rigorista moral, como algunos lo intentan dibujar en parte. Con la centralidad de la misericordia divina, nos da la oportunidad de aceptar el requerimiento moral del hombre, aunque nunca podemos cumplirlo por completo. Sin embargo, nuestros esfuerzos morales se hacen a la luz de la divina misericordia, que resulta ser una fuerza curativa para nuestra debilidad.

Cuando murió el Papa Juan Pablo II, la Plaza de San Pedro estaba llena de personas, especialmente jóvenes, que querían encontrarse con su Papa por última vez. No puedo olvidar el momento en que Mons. Sandri anunció el mensaje de la partida del Papa. Sobre todo, el momento en que la gran campana de San Pedro repicó, hizo que este mensaje resultara inolvidable. El día del funeral, había muchas pancartas diciendo «¡Santo súbito!». Eso fue un grito que, de todos lados, surgió a partir del encuentro con Juan Pablo II. No solo en la plaza, sino también en varios círculos intelectuales, se discutió la idea de darle el título de «Magno» a Juan Pablo II.

La palabra «santo» indica la esfera de Dios y la palabra «magno» la dimensión humana. Según el reglamento de la Iglesia, la santidad puede ser reconocida por dos criterios: las virtudes heroicas y el milagro. Los dos criterios están estrechamente vinculados. La expresión «virtud heroica» no significa una especie de hazaña olímpica; al contrario, en y a través de una persona se revela algo que no proviene de él, sino que se hace visible la obra de Dios en y a través de él. No es una competencia moral de la persona, sino renunciar a la propia grandeza. El punto es que una persona deja que Dios trabaje en ella, y así el trabajo y el poder de Dios se hacen visibles a través de ella.

Lo mismo se aplica a la prueba del milagro: aquí tampoco se trata de un evento sensacional sino de la revelación de la bondad de Dios que cura de una manera que va más allá de las meras posibilidades humanas. El santo es un hombre abierto a Dios e imbuido de Dios. El que se aleja de sí mismo y nos deja ver y reconocer a Dios es santo. Verificar esto legalmente, en la medida de lo posible, es el significado de los dos procesos de beatificación y canonización. En los casos de Juan Pablo II, ambos procesos se hicieron estrictamente de acuerdo a las reglas aplicables. Por lo tanto, ahora se nos presenta como el padre que nos deja ver la misericordia y la bondad de Dios.

Es más difícil definir correctamente el término «magno». Durante los casi 2.000 años de historia del papado, el título «Magno» solo prevaleció para dos papas: León I (440-461) y Gregorio I (590-604). La palabra «magno» tiene una connotación política en ambos, en la medida en que algo del misterio de Dios mismo se hace visible a través de la actuación política. A través del diálogo, León Magno logró convencer a Atila, el Príncipe de los Hunos, para que perdonara a Roma, la ciudad de los príncipes de los apóstoles Pedro y Pablo. Desarmado, sin poder militar o político, sino por el solo poder de la convicción por su fe, logró convencer al temido tirano para que perdonara a Roma. El espíritu demostró ser más fuerte en la lucha entre espíritu y poder.

Aunque Gregorio I no tuvo un éxito tan espectacular, también logró proteger a Roma contra los lombardos, de nuevo al oponerse el espíritu al poder y alcanzar la victoria del espíritu.

Si comparamos la historia de los dos Papas con la de Juan Pablo II, su similitud es evidente. Juan Pablo II tampoco tenía poder militar o político. Durante las deliberaciones sobre la forma futura de Europa y Alemania, en febrero de 1945, se observó que la opinión del Papa también debía tenerse en cuenta. Entonces Stalin preguntó: «¿Cuántas divisiones tiene el Papa?». Es claro que el Papa no tiene divisiones a su disposición. Pero el poder de la fe resultó ser un poder que finalmente derrocó el sistema de poder soviético en 1989 y permitió un nuevo comienzo. Es indiscutible que la fe del Papa fue un elemento esencial en el derrumbe del poder comunista. Así que la grandeza evidente en León I y Gregorio I es ciertamente visible también en Juan Pablo II.

Dejamos abierto si el epíteto «magno» prevalecerá o no. Es cierto que el poder y la bondad de Dios se hicieron visibles para todos nosotros en Juan Pablo II. En un momento en que la Iglesia sufre una vez más la aflicción del mal, este es para nosotros un signo de esperanza y confianza.

Querido San Juan Pablo II, ¡ruega por nosotros!

Benedicto XVI

viernes, 1 de noviembre de 2019

La fiesta de «Todos los Santos» y la celebración del «Día de Muertos» en México


En México, mucho más que en otras partes del mundo, la celebración en el calendario católico de las fiestas de «Todos los Santos» y del «Día de Muertos», ha ocupado siempre un lugar preponderante.

La forma de celebrar en cada rincón del país puede variar, pero el mensaje y el contenido, forma parte muy arraigada de las costumbres y de las tradiciones de nuestros pueblos indígenas sobre todo. 

Con alegría podemos ver que se han recuperado tradiciones en torno a estas dos grandes fiestas, como la celebración de desfiles y festivales en torno a las vidas de los santos, del día de los fieles difuntos y la visita a los lugares en donde reposan los restos mortales de nuestros seres queridos.

El «Día de Muertos» sigue celebrándose con la intensidad de siempre, a pesar de que muchos de nuestros familiares y amigos difuntos, en algunos lugares como sucede en Monterrey, no están ya en el panteón, sino en las criptas, nichos o culumbarios de muchas de nuestras parroquias. Sí, la fe ha logrado conservar la reminiscencia de la etapa anterior reflejada todavía en los más profundos sentimientos de algunos, especialmente particularizado en la asistencia a Misas, a pesar de que en México ninguno de los dos días es de precepto, como en Estados Unidos y otros lugares, en donde el día de Todos los Santos es de obligación.

Es cierto que los humanos por naturaleza, somos antojadizos y muy dados a copiar lo que vemos y en cierto modo es bueno, porque significa cambiar, innovar y no anquilosarse, pero da gusto ver que en torno a nuestra fe, hemos rescatado nuestras sagradas tradiciones y costumbres que son las que definen la raza y la entidad de un pueblo. 

La beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento, fundadora de la Familia Inesiana, le pedía a Dios siempre una buena y santa muerte, y después la gloria eterna del Cielo y... lo alcanzó. Cuando contemplamos su imagen, con ese rostro sonriente, no podemos sino anhelar nosotros también la santidad, apostando por «las almas», como ella decía, y queriendo también ser intercesores como ella, cuando ya estemos en el cielo. Por lo pronto desde aquí en la tierra le decimos al Buen Dios que nos espera: «Que todos te conozcan y te amen, es la única recompensa que quiero».

Comparto ahora, para terminar esta breve reflexión, algunos extractos de escritos de la beata María Inés en donde habla de la muerte:

«¡Yo quiero siempre, y a la hora de mi muerte confiar en ese Dios tan bueno que ha sido para mí, a pesar de mi inmensa miseria!». (Carta al director espiritual el 17 de febrero de 1962).

«Y ojalá, ¡Jesús mío!, que después de haber vivido siempre en tu presencia, pudiese también morir de amor al pie de tu Altar, entregando al Eterno Padre, a mi Amado Padre Celestial, en unión con la Víctima Sagrada, esta miserable y pequeña víctima…» (Lo que me dice el cuadro de la Anunciación).

«El premio del amor es la posesión eterna del amor… todo lo suyo es mío… el misionero después de muerto, derramará sobre la tierra las rosas de sus favores». (Lira del Corazón, 2ª parte, cap.XII).

«Se van los hombres tras las riquezas pasajeras, tras esas riquezas que tienen que dejar a la hora de su muerte, si no es que algún ladrón se las arrebata antes; y no piensan en las riquezas imperecederas que nuestro buen Jesús vino al mundo a derramar a manos llenas». (Notas Íntimas, pág. 33).

«¡Qué grande es nuestra fe! ¡Qué hermosa nuestra esperanza! Qué consolador nuestro amor, ese amor divino que nos hace aceptar, tanto a los que parten de este mundo, como a los que nos quedamos, las amarguras de la separación, puesto que esperamos vernos todos reunidos un día en la mansión de los elegidos, bajo la mirada amorosa de Dios, que nos envuelve y nos penetra de su felicidad sin términos». (Experiencias Espirituales).

«No sé cuándo llegará mi hora, cuando Dios quiera, ni antes ni después la deseo, sino a la hora precisa que El quiera, cuando El quiera, en la forma que quiera». (Testamento Espiritual).

«Que no tengamos, a la hora de la muerte, la tristeza de comprobar, que pude haber hecho mucho y, no lo hice por cobarde, porque me faltó espíritu de oración, porque no trate de ser humilde y obediente, porque no estuve dispuesta a aceptar la santa voluntad de Dios». (Consejos).

«Cuando ustedes se presenten ante Dios a darle cuenta de lo bueno y lo malo que hayan hecho; estarán sólo sus obras; y en esta vida contamos con la infinita misericordia de Dios y con el amor ternísimo de nuestra dulce madre y reina Santa María de Guadalupe». (Las Bienaventuranzas).

«Ni siquiera pienso cómo será mi muerte, la dejo en las manos de Dios totalmente. Yo sé que estará conmigo en esos momentos para llevarme con El, como lo espero en su infinita misericordia y mi Madre Santísima también. Ella no me dejará nunca, como nunca me ha dejado. Así confío». (Testamento Espiritual).

«Que María Santísima sea nuestra guía en el peregrinar en esta tierra, para que, guiados por su mano, lleguemos con menos tropiezos al cielo». (Carta colectiva de Junio de 1978).

Alfredo Delgado, M.C.I.U.

lunes, 29 de julio de 2019

«Creo firmemente»... Un pequeño pensamiento para hoy

Adentrarse en el Salterio (la colección de los 150 salmos) es sumergirse en el alma de Israel, ese pueblo escogido por Dios, ese pueblo difícil y lleno de contrastes, conducido por el Dios vivo. En el salterio circulan reyes y pobres, himnos de victoria y lamentaciones nacionales, solemnidades litúrgicas y meditaciones íntimas, imprecaciones y cantas nupciales, levitas y profetas, doctores de la ley y campesinos, ancianos y jóvenes, confesiones de fe e historia que nos llevan todos al corazón de Dios. Pero ese pueblo, de cabeza dura —como en nuestro tiempo— olvidaba pronto las intervenciones evidentes de la misericordia divina al enfrentarse a la incertidumbre que siempre presenta un nuevo día. Hoy el salterio nos invita a ir a un breve fragmento del larguísimo salmo 105 [106] que nos recuerda el pecado de ingratitud, incredulidad e idolatría que está consignado en Éxodo 32 (Sal 105 [106],19-23). El Dios que hizo grandezas, maravillas y cosas formidables al sacar al pueblo de Egipto, fue ignorado, fue hecho a un lado en sus alabanzas al becerro de oro. Pero, como dice san Gregorio Magno: «La suprema misericordia no nos abandona, ni siquiera cuando la abandonamos» (Homilía 36 sobre los Evangelios). 

Hoy es día de santa Marta, y precisamente a la luz del salmo responsorial podemos medir el calibre de nuestra fe en el Señor de la Misericordia al que no vemos, pero sabemos a nuestro lado. Este Señor, nuestro Dios le dice a Marta: «Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y todo aquel que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre» (Jn 11,19-27). A Dios no lo veremos cara a cara sino hasta el día que llegue nuestro encuentro con Él al dejar este mundo, mientras tanto tenemos que entender que la fe en Jesús es el inicio de una vida sobrenatural, que es participación en la vida de Dios; y sabemos que Dios es Eternidad. Vivir en Dios equivale a decir vivir eternamente (cf. Jn 1-2; 3-4; 5-11 ss.) sin necesidad alguna de hacer representaciones falsas de Él, como buscó hacer el pueblo de Israel al querer representarle en un becerro de oro. Todo becerro de oro siempre será vistoso y llamativo. Poner la vida y el corazón al servicio de un Dios que no vemos ni nos dice lo que hay que hacer a ciegas, siempre será más pequeño, más humilde, más arriesgado. Es como el grano de mostaza del Evangelio o como la mujer que amasa harina con levadura para poder disfrutar del pan algún día. Marta lo ha entendido, ella, que se sumergía primero en las ocupaciones de la limpieza de la casa sin hacer un alto para estar a los pies de Jesús (Lc 10,42). Es ahora la que corre a su encuentro y recibe el premio de fortalecer su fe en el Cristo vivo que le muestra la certeza de la resurrección. 

Nuestro Señor pronunciara palabras tan consoladoras para nosotros, mortales que caminamos hacia la eternidad con la esperanza de vivir para siempre en compañía del que es la resurrección y la vida. Marta —al igual que nosotros— deberá entender que Jesús, aunque resucita a Lázaro, no viene a prolongar la vida física que todo hombre posee, suprimiendo o retrasando indefinidamente la muerte; no es un médico ni un taumaturgo; viene a comunicar la vida que él mismo posee y de la que dispone (5,26). Esa vida es su mismo Espíritu, la presencia suya y del Padre en el que lo acepta y se atiene a su mensaje; y esa vida despoja a la muerte de su carácter de extinción, Lázaro será resucitado, pero morirá algún día como todos nosotros. En nuestra existencia hay realidades que nos cuesta mucho aceptar que nos hacen exclamar como Marta: «si hubieras estado aquí...», «si se hubiera hecho esto...», «si no hubiera ido...», «si no hubiera dicho...». Lo que tiene que suceder, sucede. La muerte de Lázaro hará que la fe de Marta se robustezca y seguramente hizo que amara y atendiera con más delicadez y atención a sus hermanos Lázaro y María. No sabemos cuántos años más vivió Lázaro antes de ser llamado por el Padre a la vida eterna, pero seguramente Marta no desvió su mirada ni sus acciones a tantos becerros de oro que a veces se fabrican en el interior del corazón y que impiden descubrir claramente a Dios en los acontecimientos y en el curso de la vida. Es necesario que la palabra de Jesús nos saque a nosotros también de esa especie de tumba en la que a veces caemos, que nos libere de nuestras ataduras interiores, para poder tener actitudes de vida con los demás. Pidámosle a María Santísima que como Marta, sepamos creer firmemente que Cristo es el Mesías, el Hijo de Dios vivo, el que tenía que venir al mundo para aumentar nuestra fe y confianza en la misericordia infinita de Dios. ¡Bendecido lunes y felicidades a todas las que llevan este nombre! 

Padre Alfredo.

viernes, 26 de julio de 2019

«Santos Joaquín y Ana, los abuelos de Jesús»... Un pequeño pensamiento para hoy


Cuando los mandamientos se viven con amor, sabiendo que Dios nos los ha dado para que seamos felices, se ven «más deseables que el oro y las piedras preciosas y más dulces que la miel de un panal que gotea» dice hoy el salmista (Sal 18 [19]). Mediante este salmo, entramos en contacto con el alma de Israel, aferrada a la ley divina (la Torah) mediante un amor ardiente y sincero. Para todo judío fervoroso, la ley, lejos de ser una traba minuciosa, una regla legalista y formalista —como lo era para muchos fariseos—, es un verdadero «don de Dios». Por eso el salmista recalca hoy con sus propias palabras que, al revelar al hombre la ley de su ser, Dios hace Alianza con él, para ayudarlo en sus comportamientos vitales: «En los mandamientos de Dios hay rectitud y alegría para el corazón; son luz los preceptos del Señor para alumbrar el camino». En el don de la ley hay algo así como la alegría de las nupcias, ¡es un misterio nupcial! La letanía de cualidades atribuidas a la ley, que desarrolla el escritor sagrado en este salmo, recuerda las cualidades que se dan los enamorados. La mitad de estas cualidades es objetiva, pues definen la ley en sí misma: es perfecta... segura... recta... límpida... pura... justa... Hoy celebramos en la Iglesia la dicha de un matrimonio judío que, viviendo profundamente la ley, es decir, cumpliendo con alegría los mandatos del Señor, recibe un don imponderable: ser los papás de la Santísima Virgen María. Ambos santos, llamados patronos de los abuelos, fueron personas de profunda fe y confianza en Dios que plasmaban los mandamientos en sus vidas educando en el camino de la fe a su hija María, alimentando en ella el amor hacia el Creador y preparándola para su misión escuchando la Palabra. 

El Papa Emérito, Benedicto XVI, un 26 de julio en 2009, resaltó —a través de las figuras de San Joaquín y Santa Ana—, la importancia del rol educativo de los abuelos, que en la familia «son depositarios y con frecuencia testimonio de los valores fundamentales de la vida». Por su parte, en el 2013, cuando el Papa Francisco se encontraba en Río de Janeiro por la Jornada Mundial de la Juventud y coincidiendo su estadía con esta fecha, destacó que «los santos Joaquín y Ana forman parte de esa larga cadena que ha transmitido la fe y el amor de Dios, en el calor de la familia, hasta María que acogió en su seno al Hijo de Dios y lo dio al mundo, nos los ha dado a nosotros. ¡Qué precioso es el valor de la familia, como lugar privilegiado para transmitir la fe!». Es poco lo que sabemos de Joaquín y Ana, es más bien la tradición y algunos escritos antiguos quienes nos hablan de ellos. A la luz de sus vidas, que seguramente fueron tan sencillas y ordinarias como las nuestras, Cristo nos pide que seamos sencillos y sinceros cumpliendo los mandamientos como lo hicieron sus abuelos. San Juan Damasceno afirma que los conocemos por sus frutos: «La bienaventurada Virgen María», ella es el gran fruto que dieron a la humanidad, por eso hoy termino mi reflexión con una oración dirigida a ellos: 

«Insigne y glorioso patriarca San Joaquín y bondadosísima Santa Ana, ¡cuánto es mi gozo al considerar que fueron escogidos entre todos los santos de Dios para dar cumplimiento divino y enriquecer al mundo con la gran Madre de Dios, María Santísima! Por tan singular privilegio, han llegado a tener la mayor influencia sobre ambos, Madre e Hijo, para conseguirnos las gracias que más necesitamos. Con gran confianza recurro a su protección poderosa y les encomiendo todas mis necesidades espirituales y materiales y las de mi familia. Especialmente la gracia particular que confío a su solicitud y vivamente deseo obtener por su intercesión. Como ustedes fueron ejemplo perfecto de vida interior, obténgame el don de la más sincera oración. Que yo nunca ponga mi corazón en los bienes pasajeros de esta vida. Denme vivo y constante amor a Jesús y a María. Obténganme también una devoción sincera y obediencia a la Santa Iglesia y al Papa que la gobierna para que yo viva y muera con fe, esperanza y perfecta caridad. Que yo siempre invoque los santos Nombres de Jesús y de María, y así me salve. Amén» ¡Bendecido viernes acompañados de San Joaquín y Santa Ana! 

Padre Alfredo.

jueves, 4 de julio de 2019

«La Sierva de Dios Gloria María Elizondo García»... En camino hacia la beatificación II

Hoy quiero hablar un poco sobre Sor Gloria María Elizondo, la extraordinaria mujer que va camino a los altares y cuya fecunda vida espiritual, la llevó a unir esa dimensión de su ser de bautizada a la vida consagrada en la Congregación de las Misioneras Catequistas de los Pobres.

Gloria Esperanza Elizondo García nació en Durango el 26 de agosto de 1908 y recibió su bautismo el 4 de octubre de ese mismo año. Al contar con un año de vida enfermó gravemente de una fiebre maligna y los médicos le daban poca probabilidad de vida, sin embargo, Dios tenía otros planes y la pequeña se recuperó. 

A la edad de 4 años, Gloria empezó a ir al colegio para acompañar a su hermano mayor, Alberto. Las maestras quedaban sorprendidas por la inteligencia de la niña tan pequeña. Debido a la revolución de 1910, la familia se vio obligada a emigrar a Monterrey donde se forjó el carácter y el espíritu de lucha de Gloria. Allí recibió el sacramento de la confirmación el 5 de enero de 1913 e hizo su Primera Comunión el 8 de mayo de 1919. Ya más grande, estudió la Carrera Comercial y se graduó en Teneduría de Libros a los 12 años. 

El 8 de septiembre de 1933 murió don Alberto su padre, y desde entonces se convirtió en un fuerte apoyo para su madre, la señora Otila García ayudándola tanto en la cuestión económica como en la formación de sus hermanos más pequeños confiando siempre en la devoción que su madre le había enseñado al Santo Niño de Praga.

Entre sus grandes dotes estaba el dibujo y la pintura, al grado de que llegó a dar clases de estas disciplinas. En piedras pequeñas, dibujaba admirables paisajes, algunos de los cuales aún se conservan.

Desde muy joven demostró su amor al servicio y una gran caridad hacia todos. Tenía como apostolado, por aquellos años, el visitar a los enfermos mentales en el Hospital Universitario donde cada domingo les llevaba dulces, galletas y ropa. En Navidad les organizaba una comida y les llevaba regalos especiales como cobertores y otros artículos de uso personal. Desde aquellos años se veía cómo el servicio y la caridad de esta extraordinaria mujer convertía el corazón de algunos de estos enfermos que se serenaban, lloraban y hasta le besaban las manos, agradecidos. Su apostolado tuvo también como campo de acción la Penitenciaría del Estado, a donde hacía frecuentes visitas llevando consuelo y palabras de aliento, especialmente a la sección de mujeres, por quienes sentía una gran preocupación.

El servicio en el amor al prójimo estuvo presente de manera muy especial toda su vida ayudando de cuanta manera podía a quienes de una u otra forma necesitaban que alguien les echara una manita.

Su primer trabajo lo desempeñó en una casa comercial en donde destacó de inmediato y fue ascendida de puesto, llegando rápidamente a ocupar un cargo de mucha importancia en la compañía. El dueño de ésta abrió una nueva empresa, una empacadora y de inmediato la trasladó allá para que le ayudara a establecer lo misma. Lo mismo sucedió poco después al crearse una nueva empresa en donde se le pidió a Gloria organizar y dirigir la empresa.

En 1940, y llena de experiencia laboral, esta comprometida mujer abrió su propia compañía empacadora de pescado y de otros productos en Ciudad Victoria, Tamaulipas. Allí cuido de dar trabajo a la mayor cantidad de empleados que pudo, sin saber que en aquel lugar encontraría un campo muy amplio para realizar una extraordinaria tarea apostólica. A su empresa le dio el nombre de «Productos Cruz de Oro» y propició un ambiente familiar entre todos los trabajadores infundiéndoles a través del servicio, el amor a Cristo. En 1946 recibió en esa entidad la medalla de Hija de María.

Gloria aderezaba sus compromisos de empresaria con una gran labor social y de servicio apostólico, motivando a las mujeres a inscribirse en la Acción Católica Femenina y organizando en Ciudad Victoria algo nunca visto antes: una serie de conferencias para profesionistas y maestros por una parte y reuniones para matrimonios por otra, además de dar un gran impulso al catecismo de los niños, por los que siempre tuvo una especial predilección. Para lograr catequizar a tantos niños, involucró a sus mismas trabajadoras, a quienes las impulsaba a ir como parte de sus horas de trabajo sin descontarles alguna parte del sueldo.

Cada sábado alquilaba un camión para llevar a los niños a Misa por la mañana y al parque por la tarde para que disfrutaran jugando. Los domingos y los días de fiesta de precepto, rentaba también algún camión para que la gente pudiera ir a Misa hasta que tuvo la oportunidad, con ayuda de otros empresarios de construir una Iglesia cercana dedicada a la Madre de Dios bajo el título de «Nuestra Señora del Sagrado Corazón». En fin, con un incansable espíritu de servicio veló incluso por las jovencitas que se dedicaban a la prostitución para sacarlas de esa condición y por los pobladores de «La Pesca» el pequeño poblado de donde le enviaban el pescado. Logró que las Madres del Buen Pastor se establecieran en Cd. Victoria en donde hasta la fecha hacen mucho bien a muchas jovencitas de la región salvándolas de la mala vida. Instaló un taller de oficios para mujeres de cualquier edad para que tuvieran un trabajo digno como modistas, mecanógrafas, estilistas y demás.

Para ella no había ningún obstáculo invencible tratándose de acercar las almas a Dios. Gracias a su dedicación —por poner un ejemplo—en el año de 1942, preparó a 80 parejas que regularizaron su matrimonio en una sola celebración. Visitaba frecuentemente el Hospital Civil de Cd. Victoria llevando fruta, ropa, medicinas, ayuda espiritual y recursos para ayudar a pagar cuentas de gente pobre. Ella misma aseaba y curaba a los más necesitados y abandonados. Siempre humilde, rehuía a toda clase de homenajes pensando en aquello de «Que tu mano izquierda no sepa lo que hace tu mano derecha» (Mt 6,3). Aunque por su destacada labor de servicio no pudiendo escapar a todos.

En 1950, no deseando estar más tiempo separada de su familia, regresó a Monterrey a trabajar en la empresa familiar como directora del departamento de Instalaciones. Allí buscó la forma de entrar en contacto con los trabajadores de la planta organizando con ellos y para ellos reuniones, misas y convivencias para acercarlos más a Dios. Para los más pobres y desamparados reservaba siempre lo más exquisito de su bondad atrayente y persuasiva.

En medio de todo aquello, en el año de 1954, Gloria respondió al llamado vocacional que Dios le hacía e ingresó a la Congregación Religiosa de las Catequistas de los Pobres, instituto fundado por el Sr. Ob. José Juan de Jesús Herrera y Piña y la R.M. Angelina Rusconi Rollere de la congregación de las Hijas de María Auxiliadora. Allí, desde postulante, llevó una vida ejemplar unida siempre a Dios.

Allí, ya en el convento, escribió un libro de la vida de Nuestro Señor Jesucristo que alcanzó más de 90,000 ejemplares, sabiendo que este era un medio sencillo para que la gente pudiera conocer a Jesucristo más de cerca. Hizo su profesión religiosa el 16 de abril de 1957 y tomó el nombre de «Gloria María de Jesús» y recién profesa fue nombrada Delegada ante la Pontificia Unión Misional del Clero debido a su gran espíritu misionero y además era maestra de postulantes.

En 1961, aún siendo religiosa de votos temporales, fue elegida superiora general de este instituto. Ella sabiendo que no era una candidata factible, pues no era de votos perpetuos, estaba en la Capilla rogándole a Dios, con los brazos en cruz, que eligieran a la religiosa que el instituto necesitara. Sor Gloria María se sorprendió cuando supo la noticia y preguntó: ¿Yo? ¿No se habrán equivocado? A los dos días de la elección hizo su profesión perpetua. 

Como religiosa su espíritu de servicio se acrecentó. Siempre tenía tiempo para «consultarlo todo con Nuestro Señor» y para escuchar a todos dentro y fuera del instituto. A iniciativa suya se inició en Monterrey el Movimiento de «Cursillos de Cristiandad» para mujeres, apoyada por la célebre escritora Ana María Rabatté y Cervi como rectora del primer cursillo para damas.

Entre otras cosas y en medio de todas las ocupaciones que una superiora general puede tener, todos los días, después de la oración, visitaba a las religiosas que estaban enfermas, llevándoles una palabra de consuelo, por la noche hacía lo mismo y les daba su bendición.

Al cabo de algún tiempo, ella también, la Madre Gloria María fue visitada por la enfermedad, un cáncer que aceptó con paciencia, resignación y una gran paz ofreciéndose por entero al Señor por la santidad de las religiosas de su comunidad, por los sacerdotes, por las familias de todas las hermanas y por las almas del purgatorio. El 12 de noviembre de 1966 se le administró la Unción de los Enfermos y con gran sencillez, para prepararse a tal acontecimiento al que pidió asistieran todas las religiosas dijo: «Pónganme guapa, así como a los niños cuando se preparan para la Primera Comunión» y cuando le dijeron que tenían la esperanza de que Nuestro Señor le hiciera el regalo de devolverle la salud, ella dijo: «Sería lamentable que me la devolviera después de que estoy tan alborotada; sería una desilusión muy grande para mí, pero lo que Dios disponga, yo acepto gustosa su voluntad. Si Él cree que mi vida todavía puede servir para algo, acepto lo que el disponga y será lo mejor». Murió en olor de santidad el 8 de diciembre de 1966, fiesta de la Inmaculada Concepción.

El Papa Francisco, hablando a los jóvenes en su Exhortación «Christus Vivit» les dice algo que me parece importante para terminar esta reflexión: «Por favor, no balconeen la vida, métanse en ella. Jesús no se quedó en el balcón, se metió; no balconeen la vida, métanse en ella como hizo Jesús. Pero sobre todo, de una manera o de otra, sean luchadores por el bien común, sean servidores de los pobres, sean protagonistas de la revolución de la caridad y del servicio, capaces de resistir las patologías del individualismo consumista y superficial.

Es fácil, hablar de amor y de caridad, pero resulta muy difícil vivirlos, porque amar significa «servir», y «servir» exige renunciar a sí mismo. Amar cuesta, porque servir cuesta. Sirve la mujer que plancha hasta tarde la camisa que su marido necesita; o que pasa la noche junto al hijo enfermo. Sirve quien apaga la televisión para recibir al vecino y escuchar sus problemas. Sirve quien renuncia a unas horas de descanso para ir a pasear con sus hijos, para participar en una reunión parroquial o para auxiliar a alguien. Sirve quien como la Sierva de Dios Gloria María, responde al compromiso bautismal como seglar o como consagrado.

P. Alfredo Delgado Rangel,
Vice-postulador de la Causa.


ORACIÓN DE INTERCESIÓN:

Oh Señor, Buen Dios, que guiaste a la Madre Gloria María para que amara profundamente a Jesucristo y a su Iglesia, dejándose guiar por el Espíritu Santo, viviendo en sencillez y sabiduría su vida cristiana; por ese amor a Ti se dedicó a servir y amar a los más necesitados a ejemplo de Cristo, tu hijo amado; suplicámoste por su intercesión nos concedas la gracia que te pedimos. Se hace la petición y se reza un Padre Nuestro, un Ave María y un Gloria. Te rogamos que sea elevada a la gloria de los altares, y su ejemplo nos ayude a vivir cada día mejor nuestra vida cristiana.

sábado, 29 de junio de 2019

«San Pedro y San Pablo»... Un pequeño pensamiento para hoy


¿Cómo, apenas escribiendo a estas horas cuando ya estamos en las Vísperas del «Día del Señor»? No es una nueva modalidad, es una adaptación a la situación especial que estoy viviendo estos días y que le dan un sabor un poco diferente a mi vida y a mi ministerio con la situación de enfermedad por la que atraviesa mi padre y con él la familia y amigos cercanos, doctores y enfermeras, y, toda la gente que, alrededor del mundo ora por don Alfredo. Hoy al meditar en esta fiesta eclesial tan grande de «San Pedro y San Pablo», saltó inmediatamente a mi vista el fragmento del salmo responsorial que dice: «Confía en el Señor y saltarás de gusto, jamás te sentirás decepcionado» (Sal 33 [34]). 

Quien confiesa en medio de este mundo un poco selvático, a Jesús como centro y sostén de su vida, sabe que no puede ser un creyente que sólo se dedica a opinar, sino alguien que tiene que «confiar» en el Señor que lo ha llamado a formar parte de la Iglesia; sabe que no puede creer con tibieza, sino que está llamado a «arder« por un amor ardiente que arriesga el todo por el todo; sabe que en la vida no puede conformarse con «vivir a como vayan saliendo las cosas según los sentimientos van y vienen» y que no puede acomodarse en el bienestar que aparentemente los «ismos» ofrecen —materialismo, consumismo, hedonismo...—, sino que tiene que correr el riesgo de ir mar adentro, confiando en el Señor como lo hicieron los dos grandes apóstoles que hoy celebramos en la Iglesia, renovando cada día, como ellos, el don de sí mismo que construye, que edifica, que levanta la Iglesia. Todo el que confiesa que sigue a Jesús, ha de comportarse como Pedro y Pablo, que lo siguen hasta el final; no hasta un cierto punto, sino hasta el final, y lo siguen en su camino, en el espacio y tiempo que les ha tocado vivir. Su camino es el camino de la vida nueva, de la alegría y de la resurrección, el camino que pasa también por la cruz y la persecución. 

Pedro conoció al Señor «personalmente en persona» y confió en él, a Pablo se le apareció y confió en él. Pedro convivió con él en el diario andar de tres años en los que aprendió desde condición de hombre dudoso a confiar en él. Pablo, se convenció de que para él la vida era Cristo y la muerte una ganancia para estar siempre con él... dos maneras de confiar, dos formas diversas de depositar todo el ser y el quehacer en el Señor, dos caminos que, en la confianza en el Señor, llevan al mismo fin. Una de las definiciones de la fe es: «confiar en Dios». Hoy, viendo la figura de estos dos grandes santos, pilares de la Iglesia, ponemos nuestra confianza en la veracidad y en la bondad de Dios. La confianza de los hijos de Dios tiene su raíz en la fe que nace del amor a la voluntad divina. El mejor ejemplo de la confianza que debe privar en cualquiera de nosotros es indiscutiblemente, como seguramente lo fue para san pedro y San Pablo, María Santísima, que ella interceda hoy que es sábado, en este día solemne que aún no termina, para que aumentemos nuestra confianza en el Señor. 



Padre Alfredo. 



P.D. Mi padre está un poco mejor, pero seguimos en el hospital. ¡Gracias por sus oraciones y todo su apoyo!

lunes, 24 de junio de 2019

«NATIVIDAD DE SAN JUAN BAUTISTA»... Un pequeño pensamiento para hoy


Hoy la Iglesia celebra la fiesta de el nacimiento de san Juan Bautista. En general, en la liturgia católica, se celebra la fiesta de los santos el día de su nacimiento a la vida eterna, que es el día de su muerte, hay algunas excepciones, como es el caso de la beata María Inés Teresa, cuya celebración no es el día de su muerte sino el día en que dio inicio a su gran obra misionera. En el caso de San Juan Bautista, se hace una excepción muy especial y se celebra el día que nació, y es, de esta manera, el único santo al cual se le celebra la fiesta el día de su nacimiento. San Juan Bautista, fue santificado en el vientre de su madre cuando la Virgen María, embarazada de Jesús, visita a su prima Isabel en Ain Karim, según nos narra el Evangelio. Esta fiesta, que se celebra desde antiguo, conmemora el nacimiento «terrenal» del Precursor. Y vaya que es digno de celebrarse el nacimiento del Precursor, ya que es motivo de mucha alegría, para todos los hombres, tener a quien viene delante, para anunciar y preparar la próxima llegada del Mesías, o sea, la llegada de Jesús. Así que esta fue una de las primeras fiestas religiosas y, en ella, la Iglesia nos invita a recordar y a aplicar el mensaje de Juan. El nacimiento de Juan fue fruto de la compasión manifestada por el Señor y fue motivo de felicitaciones y de alegría para todos. 

Dios siempre tiene algo que ver en el nacimiento de sus servidores y de todos nosotros, y, en ese niño recién nacido, había puestas muchas esperanzas. Por eso todos se preguntaban: «¿Qué llegará a ser este niño?» Beda el Venerable (c. 672 – 27 de mayo de 735) dice que «san Juan fue engendrado de padres justos, a fin de que pudiese dar a los pueblos preceptos de justicia con tanta más confianza cuanto que él no los había aprendido como nuevos, sino que los guardaba como recibidos de sus antepasados por derecho hereditario, de donde sigue: ·”Pues eran ambos justos delante de Dios”. (Hasta aquí he alcanzado a escribir el día de hoy y retomo esto a más de una hora de haber empezado, pues la presencia de un enfermito en casa nos cambia todos los planes y eso se nota quizá en estos últimos días en que mis reflexiones van de repente sin orden y concierto alguno, ¡mil perdones! Papá a veces necesita ayuda sin importar la hora y las ocupaciones). Quiero comentar un poco el salmo 70 [71] que hoy la liturgia nos regala para meditar en este día de fiesta. «Me enseñaste a alabarte desde niño y seguir alabándote es mi orgullo» (v. 6) dice el último párrafo de la parte del salmo que la Iglesia toma para el día de hoy. El motivo que dio origen a este salmo fue la entronización de un nuevo monarca. Israel, que experimentó con frecuencia a donde le llevaban los malos gobernantes, pide en este salmo que el nuevo rey esté adornado de las mejores cualidades: que sea justo, que cuide de los pobres, que tenga prestigio ante los reyes vecinos y triunfe en las batallas... 

Gracias a Juan el Bautista, nosotros hemos llegado a conocer al Rey definitivo, el que se sentó para siempre en el trono de David su padre y por eso, a la luz de la celebración del nacimiento del Bautista, contemplamos la gloria de Cristo y de su reino, y, por otra parte, pedimos que este mismo reino del Ungido de Dios —la Iglesia— tenga aquella prosperidad que Israel pedía para su pueblo y que en Juan Bautista se va manifestando. Juan nace para ser el Precursor, para irnos anunciando el regalo maravilloso que nos traerá Cristo al venir a traernos la salvación. Juan Bautista, desde la visita de María, que era portadora del Mesías en su vientre, «salta de contento». Cada vida es valiosa desde el seno materno y, como nos recuerda el profeta Jeremías en la primera lectura de hoy, «antes de formarnos en el seno materno, Dios ya nos tiene destinados para una misión muy especial, ser, como el mismo Jeremías y Juan el Bautista: “profetas”» (cf. Jer 1,4-10). Todos los que llamamos profetas en la Biblia, están marcados por muy diversas características: desde el tiempo que dedicaron a la actividad profética, el modo de entrar en contacto con Dios y el modo de transmitir el mensaje. Juan es el más grande de los profetas (cf. Mt 11,11-15; Lc 7,28) y es un ejemplo a seguir. Como él, nosotros también nacimos a este mundo para realizar una misión: ser precursores de Cristo y su Reino. ¡Bendecido lunes! 

Padre Alfredo. 

P.D. Felicidades a todos los Juanes y Juanitas en este día... ¡Tengo muchos amigos con este nombre, les mando una especial bendición!

sábado, 4 de mayo de 2019

«Nuestra misión de ser y hacer santos»... Un pequeño pensamiento para hoy


La Iglesia no sólo está llamada a anunciar el nombre de Dios a mundo entero; su vocación mira a manifestarle al mundo sobre todo el rostro amoroso y misericordioso del Padre para que todos sean santos. Todo aquel que entre en relación con la Iglesia debe saber que ha entrado en contacto con Dios y no solamente para saber de él, sino para amarle y hacerle amar experimentando su presencia en la vida diaria, cosa que podrá hacerlo en la comunidad de los fieles en Cristo. Por eso el discípulo–misionero sabe que no puede dar a conocer al mundo a Cristo sólo con las palabras; se necesitan las obras para no traicionar al Evangelio y a la misión que el Señor nos ha confiado. Nuestro Señor Jesucristo es el que nos revela al Padre y nos muestra el camino hacia el Padre. En su persona y en sus obras encontramos los destellos que necesitamos para reconocer la presencia del Padre en medio de nosotros. Hoy celebramos en la Iglesia la fiesta de dos santos apóstoles: Felipe y Santiago, dos grandes hombres que dan testimonio de que todo esto que digo es el camino a seguir. La 1ª lectura, tomada de la 1ª carta de Pablo a los Corintios (I Cor 15,1-8), nos recuerda el núcleo fundamental, esencial, de la fe cristiana; aquello sin lo cual seríamos cualquier otra cosa, menos discípulos de Jesús y miembros de su Iglesia. Es el llamado «kerygma» o proclamación inicial de la fe. Lo que éstos y los demás apóstoles seguramente predicaron, adaptándolo a las diversas circunstancias y auditorios. San Pablo lo recuerda a los corintios entre los cuales algunos se atreven a negar la realidad de la resurrección, o mejor, se atreven a afirmar que la resurrección es algo completamente espiritual, místico, que no afecta para nada nuestro cuerpo ni tiene repercusiones en nuestra existencia mortal. 

En el pasaje evangélico de hoy (Jn 14,6-14) Felipe, uno de los dos Apóstoles que hoy festejamos, hace a Jesús una petición audaz e inusitada: «Señor, muéstranos al Padre y eso nos basta». Nada menos, como si a Dios se le pudiera mostrar aquí o allá, como se muestra a una persona o a una cosa cualquiera. Como si Dios pudiera ser contemplado con nuestros ojos mortales, cuando en el Antiguo Testamento es constante la afirmación de que quien vea a Dios necesariamente morirá (cf. Ex 33, 20; Is 6, 5). Pero con su audacia, el Apóstol Felipe ha hecho que Jesús nos revele el verdadero rostro de Dios: «Quien me ve a mí, ve al Padre». Conocer a Jesús, escuchar sus palabras, vivir sus mandamientos, equivale a conocer plenamente a Dios, a contemplar su rostro amoroso reflejado en la bondad de Jesucristo, en su misericordia y amor hacia los pobres y sencillos. Así, mientras en el evangelio Felipe aparece como un buscador de Dios en medio de los que el Señor ha elegido; Santiago, en la primera lectura, se nos presenta como testigo de la resurrección de Jesús, pero no en solitario, sino como eslabón de una larga cadena de testigos. De los sabemos muy pocas cosas. Y, sin embargo, cada pequeña perla «escondida» en la Escritura sobre los Apóstoles, aquellos seguidores iniciales del Señor, nos basta para estimular una vida de seguimiento de Jesús. 

Repetimos hoy en el Salmo responsorial una expresión de que el clamor y la gloria de Dios llegan a toda la Creación: «El mensaje del Señor llega a toda la tierra. Aleluya» (Sal 18 [19]). ¿Qué nos quieren expresar el cielo, el firmamento, el día, la noche en esta fiesta de dos de aquellos primeros seguidores del Señor? Seguro que comprendamos que la voluntad y la gracia de Dios lo recorren todo y nos llegan a todos. Su gracia, su providencia, su misericordia y su mensaje inundan a toda la creación. ¿Cuál ha de ser nuestra actitud ante este Mensaje que la Escritura nos susurra en este salmo en este día de fiesta? Yo creo que al contemplar la figura excelsa de estos dos testigos del Evangelio, la meditación del salmo nos debe llevar a una profunda seguridad y confianza en la mano providente de un Dios que es todo gracia. Que cuida día a día lo que ha creado y especialmente al hombre. Dios no nos falla nunca. Su voluntad y su gracia nos llenan de seguridad y confianza en su misericordia. De Dios podemos fiarnos como Felipe y Santiago porque nunca abandona a los seres creados por Él. Hoy, que es sábado, queremos unirnos al canto del universo con estos dos ínclitos hombres, con María, con el conjunto de santos y beatos, entre los cuales hoy se inscribirá el nombre de Concepción Cabrera de Armida. Queremos unirnos al clamor de la creación que agradece y celebra el valor del testimonio, y por eso, le pedimos al Señor que nos ayude a ser un canto de la gloria de su amor con nuestra vida cotidiana. Hoy es sábado y junto a la fiesta de estos dos Apóstoles, con el gozo de la beatificación de Conchita Cabrera de Armida y con María, Madre nuestra por la bondad de Dios, la Iglesia nos recuerda que Cristo es nuestro Hermano mayor, el Hijo del Eterno Padre que nos invita a ser santos. ¡Bendecido sábado! 

Padre Alfredo.

miércoles, 1 de mayo de 2019

«San José Obrero y mi vocación de misionero»... Un pequeño pensamiento para hoy

Hoy, en este calendario que parece que avanza a velocidad supersónica, escribimos una nueva hoja del libro de nuestra vida y empezamos un nuevo mes. Es 1 de mayo, día en que además celebramos a san José obrero y comenzamos el mes tradicionalmente dedicado a la Santísima Virgen María. Debo reconocer que una de las celebraciones litúrgicas que más llena mi corazón de alegría y me trae recuerdos de mi encuentro con el Cristo, es esta fiesta de San José Obrero, recordando mi ingreso a Van-Clar gracias a una kermés en la parroquia de San José Obrero en la colonia Cuauhtémoc, allá en San Nicolás de los Garza, al frente de la cual estaba un muy querido y recordado sacerdote: el padre Armando de Jesús Galván, «el padre Galván», un santo varón de un decidido y marcado «Sí» que había acompañado a mi padre desde que estaba en la Acción Católica Juvenil de la parroquia del Sagrado Corazón y luego fue a dar vida a esa comunidad nicolaíta en donde esta el convento de nuestras hermanas Misioneras Clarisas y a contagiarnos a muchos jovencitos del gozo de vivir para Cristo. La historia de mi ingreso a Van-Clar (el grupo de laicos misioneros de nuestra familia inesiana es larga y algún día la contaré) tiene que ver mucho con San José Obrero y cada vez que por algo me toca celebrar en ese hermoso templo, en donde también hice mi primera profesión pública como Misionero de Cristo, recuerdo y agradezco aquel llamado que me dio luego el regalo de encontrar mi vocación como Misionero de Cristo para la Iglesia Universal. 

Así que podrán imaginar cómo resuenan hoy en mi corazón las palabras del salmista en el salmo 33 [34] que hoy nos regala la liturgia del día: «Bendeciré al Señor a todas horas, no cesará mi boca de alabarlo... Yo me siento orgulloso del Señor... Proclamemos la grandeza del Señor y alabemos todos juntos su poder... Cuando acudí al Señor me hizo caso... Confía en el Señor y saltarás de gusto... Haz la prueba y verás que bueno es el Señor...» Todas esas frases me llevan a la docilidad, a la confianza, a la esperanza en aquel pobre carpintero que fue rico al ser el padre nutricio de Jesús y a la vez me hacen agradecer lo que el Señor, que bien sabe de carpintería en nuestras vidas, hizo con el trozo de madera de mi vida. La fiesta de «San José Obrero», patrono del trabajo, es una fiesta instituida por el Papa Pío XII en 1955, con el propósito de cristianizar el «Día Internacional del Trabajo» que en este día la sociedad celebra. En los antiguos textos griegos del Evangelio según San Mateo, se refiere el oficio de San José como «Tekton», palabra griega que ha sido traducida como «artesano», «carpintero» u «obrero». Desde antiguo, como lo denotan tan variadas traducciones de los Evangelios, se popularizó en la Iglesia universal atribuir a San José el oficio de carpintero, recordando que en tiempos de Jesús, los carpinteros no se dedicaban únicamente a la elaboración de muebles de madera y similares como hoy en día, sino que se trataba también eran verdaderos «albañiles», que se dedicaban a la construcción sobre todo de pequeñas viviendas, por tanto, verdaderos artesanos y obreros. 

En el evangelio de san Mateo, en el momento que hoy nos relata, en el que Jesús regresa a su pueblo y habla en la sinagoga, se pone de relieve el estupor de sus conciudadanos por su sabiduría, y la pregunta que se plantean es: «¿No es el hijo del carpintero?» (Mt 13, 54-58). Así, uno percibe que Jesús entra en nuestra historia y viene en medio de nosotros, naciendo de María por obra de Dios, pero con la presencia de José, el padre legal que lo protege y le enseña también el valor del trabajo. Jesús nace y vive en una familia, en la Sagrada Familia, aprendiendo de san José el oficio de carpintero, en el taller de Nazaret, compartiendo con él el trabajo, la fatiga, la satisfacción y también las dificultades de cada día. Hoy una gran cantidad de gente busca «dinero fácil» para gastarlo en jazmines para el alma —como decía una escritora cuyo nombre no recuerdo— y olvida el valor del trabajo. Yo recuerdo el trabajo cansado no solo de aquella kermés en la que el Señor me llamó a ser misionero, sino el trabajo pesado de los cargadores del mercado de abastos, el de los choferes, los albañiles, los empacadores, los obreros y también el de los profesionistas, los oficinistas —los llamados simpáticamente «Godínez»—, los maestros, los mozos, en fin... y sé que San José acompaña a cada uno en su labor. Imagino a María al final del día con su marido y Jesús, barriendo y recogiendo el humilde taller para volver a trabajar al día siguiente. ¡Bendecido miércoles de descanso para muchos y de arduo trabajo en nuestra tarea de seguir construyendo un mundo mejor! 

Padre Alfredo.

miércoles, 10 de abril de 2019

«EL VALOR DEL SILENCIO EN NUESTRAS VIDAS»... Un tema para retiro


La mayoría de los problemas y complicaciones que los seres humanos tenemos en la vida están rodeados generalmente de un entorno de mucho ruido y, como es lógico, el ruido se da principalmente en las grandes ciudades. Vivimos sumergidos en ambientes de charlatanería, liviandad y estridencias con una bulla que nos acompaña la mayor parte del día entre el ruido de la calle, los medios de comunicación, la familia, el ámbito laboral, etc. Escasos son los que en medio del ruido que nos rodea saben cuándo hablar y cuándo callar; raros los que saben usar los silencios; pocos los que se atienen a las reglas de cortesía necesarias en una buena conversación, diálogo, convivencias o debates. Pocas veces se tiene en cuenta el valor del silencio para una escucha considerada y activa. La gente no sabe disfrutar del silencio, que es algo que no tiene precio, sin embargo, son muchos los que están dispuestos a gastar para escuchar ruidos molestos. Nosotros, como creyentes, como hombres y mujeres de fe, sabemos que el silencio es una bendición, un bálsamo y comprendemos que el silencio no dificulta el habla, sino que la hace posible. 

El silencio es la antítesis de la palabra, sin embargo, debido a la gran importancia que tiene en la comunicación humana, hace que habla y silencio sean complementarios. Las cosas superficiales son ruidosas para destacarse porque están vacías de contenido, a diferencia de lo que es esencial y verdadero, que puede permanecer perfectamente en el silencio. Hasta la naturaleza tiene silencios que son sagrados, cuando parece que hasta los pájaros dejan de cantar y la brisa deja de soplar para no quebrantar el silencio de Dios. El silencio predispone a la calma y a la reflexión. Nuestras celebraciones litúrgicas, en nuestros templos, necesitan del silencio, porque solamente en el silencio está lo sagrado, en el espacio entre los pensamientos; en nuestra interioridad, en la eternidad y el ser verdadero. Por eso la celebración de la Misa, debe estar marcada por momentos de silencio que van mucho más allá de los cantos estridentes, aplausos y expresiones que corren el riesgo de quedarse en la superficie sin penetrar el alma. La música se expresa en función del silencio que la precede y en los momentos de mayor dramatismo, es más elocuente el silencio, que la música. El silencio es piadoso, ordenado y misericordioso. El silencio es la mejor plegaria, el mejor camino hacia el autoconocimiento, la vía recta a la divinidad. El ruido caótico define a una civilización y a su gente como desordenada, salvaje y turbulenta, con individuos no tienen ninguna consideración hacia el otro.

El silencio, por lo tanto, no es renuncia, sino contención, pausa y reflexión. El silencio es prudencia, elocuencia y escucha. Hay silencios que dicen más que mil palabras. Hay silencios que gritan, que consienten, que censuran, que claman, que duelen... El lenguaje nuestro debe ser siempre palabra y silencio. La Sagrada Escritura nos lo dice cuando afirma: «Hay un tiempo para callar y un tiempo para hablar» (Ecl 3,7). Hay una dinámica de la palabra y del silencio, que marca la vida de todo discípulo–misionero de Cristo porque el Señor Jesús así fue llevando su vida. El silencio tiene la capacidad de abrir en la profundidad de nuestro ser un espacio interior, para que Dios habite, para que permanezca su mensaje, y nuestro amor por Él penetre la mente, el corazón, y aliente toda nuestra existencia. Con frecuencia, los Evangelios nos presentan al Señor que se retira solo y en silencio a un lugar apartado para orar. El silencio es el elemento fundamental para que la mente analice los problemas y busque la solución a ellos. El silencio además, junto al tiempo, es una excelente cura para las heridas del alma. Allí donde ese sufrimiento parece interminable, el silencio prepara el camino para la reflexión, el análisis inteligente y el enfoque correcto para una vida con paz mental. Es por ello que se puede afirmar que el silencio es el principio fundamental de la oración cristiana, que hace, de esos momentos, un encuentro profundo y sincero con el Señor.

Santa Teresa de Calcuta afirma que no podemos entrar inmediatamente en la presencia de Dios, sino a condición de que hagamos la experiencia de un silencio interior y exterior. Por eso, dice la santa madre, hemos de adoptar como propósito especial el silencio de la mente, de los ojos y de la boca. El silencio de la boca para hablar con Cristo, que siente amor especial por esa virtud. El silencio de los ojos, que nos ayudará siempre a ver a Dios, porque los ojos son como dos ventanas a través de las cuales Cristo y el mundo penetran en nuestro corazón. El silencio de la mente, que nos asemeja a la Virgen María, que conservaba cuidadosamente todas las cosas en su corazón. ¡No podríamos encontrar un argumento mejor para convencernos de la necesidad de silencio! Creo que así —dice la Madre Teresa— el camino hacia una más profunda unión con Dios se hace clarísimo.

En el silencio hablan la alegría, las preocupaciones, el sufrimiento, que precisamente en él encuentran una forma de expresión particularmente intensa. Si nos dejamos guiar por el libro más antiguo de oración: los Salmos bíblicos; encontraremos en ellos dos formas diversas de oración. Por un lado la lamentación y la llamada de auxilio, por otra el agradecimiento y la alabanza. Pero también destaca el silencio, como el Salmo 27 «Mantengo mi alma en paz y en silencio… Pon tu esperanza en el Señor, ahora y por siempre» o el 131, que no es más que calma y confianza y que hace exclamar al salmista: «Acallo y modero mis deseos, como un niño en brazos de su madre.» La oración entonces no siempre necesita palabras, quizá ni reflexiones y mucho menos gritos estridentes, que de esos, ya bastante hay en la ruidosa sociedad en que vivimos. San Juan Pablo II afirmó que las numerosas oportunidades de relación y de información que ofrece la sociedad moderna corren el riesgo en ocasiones de quitar espacio al recogimiento, hasta hacer que las personas sean incapaces de reflexionar y rezar. «En realidad —nos dice san Juan Pablo— sólo en el silencio el hombre logra escuchar en lo íntimo de la conciencia la voz de Dios, que verdaderamente le hace libre». Así que «hay que buscarnos espacios para redescubrir y cultivar esta indispensable dimensión interior de la existencia humana» —nos recuerda el santo Papa—. «Uno de los límites de una sociedad tan condicionada por la tecnología y los medios de comunicación es que el silencio se hace cada vez más difícil», observa san Juan Pablo II (Carta Apostólica Rosarium Virginis Mariae, 31).

Por eso alcanzar el silencio no es nada fácil y menos del silencio interior. La agitación de nuestros pensamientos está a veces en una tempestad como la que sacudió la barca de los discípulos en el mar de Galilea cuando Jesús dormía (Mt 8,23-24). También a nosotros nos ocurre estar perdidos, angustiados, incapaces de apaciguarnos a nosotros mismos. Pero también Cristo es capaz de venir en nuestra ayuda. Así como amenazó el viento y el mar y «sobrevino una gran calma», él puede también calmar nuestro corazón cuando éste se encuentra agitado por el miedo y las preocupaciones (Mc 4,19). Se puede afirmar que hay tanta variedad de silencios como de palabras, y que no todos los silencios significan lo mismo ni trasmiten lo mismo; a veces son incluso diametralmente opuestos. Para muchos «el silencio consiste simplemente en la ausencia de ruido y de palabras; pero la realidad es mucho más compleja» (Robert Sarah, “La fuerza del silencio”, Madrid 2017, p. 220). A veces permanecemos en silencio, pero solo por fuera, porque en nuestro interior discutimos fuertemente, confrontándonos con nuestros interlocutores imaginarios o luchando con nosotros mismos. Mantener nuestra alma en paz alcanzar el silencio interior con una cierta sencillez: «No pretendo grandezas que superan mi capacidad» dice el salmista (Sal 131). 

Lograr el silencio interior implica reconocer que mis preocupaciones no pueden mucho. El «silencio interior» es, pudiéramos decir —sobre todo yo que me encanta la música—, como la batuta del director de orquesta, que va dando entrada a cada instrumento en el momento adecuado, atempera los más enérgicos y anima a los más delicados, de manera que se produzca el «concierto»: una pieza única y armónica que responda a los sentimientos que el compositor pretendía transmitir. Hacer silencio interior es dejar a Dios lo que está fuera de mi alcance y de mis capacidades. Un momento de silencio, incluso muy breve, es como un descanso sabático, una santa parada, una tregua respecto a las preocupaciones. El silencio interior es a menudo el «lugar» en el que Dios nos espera: para que logremos escucharle a Él, en vez de escuchar el ruido de nuestra propia voz. Santa María Faustina Kowalska apunta en su diario que «el silencio es una espada en la lucha espiritual; un alma habladora —anota sor Faustina— no alcanzará la santidad. Esta espada del silencio cortará todo lo que quiera pegarse al alma. Somos sensibles a las palabras y queremos responder de inmediato, sensibles, sin reparar si es la voluntad de Dios que hablemos. El alma silenciosa es fuerte; ninguna contrariedad le hará daño si persevera en el silencio. El alma silenciosa es capaz de la más profunda unión con Dios; vive casi siempre bajo la inspiración del Espíritu Santo. En el alma silenciosa Dios obra sin obstáculos» (Diario, Nº477).

El silencio, como he dicho ya, es muchas veces el más elocuente de los gritos. La misma Santa Faustina cuenta: «Cuando me enviaron para un tratamiento a la casa de Plock, tuve la suerte de adornar con flores la capilla… La Hermana Tecla no siempre tenía tiempo, pues a menudo yo sola adornaba la capilla. Un día recogí las más bellas rosas para adornar la habitación de cierta persona. Al acercarme al pórtico, vi al Señor Jesús que estaba de pie en ese pórtico y me preguntó amablemente: —Hija Mía, ¿a quién llevas estas flores? —Mi silencio fue la respuesta al Señor, porque en aquel momento me di cuenta de que tenía un sutil apego a esa persona de lo que antes no me daba cuenta. Jesús desapareció en seguida. En el mismo instante tiré las flores al suelo y fui delante del Santísimo Sacramento con el corazón lleno de agradecimiento por la gracia de haberme conocido a mi misma». Al hacer silencio, ponemos nuestra esperanza en Dios que nos habla, que nos cuestiona, que nos corrige. El salmo 65 sugiere que el silencio es también una forma de alabanza. El primer versículo del salmo 65 que en la versión griega que nosotros seguimos dice: «Oh Dios, tú mereces un himno en Sión», en la versión hebrea dice: «Para ti, oh Dios, el silencio es alabanza en Sión». Cuando cesan las palabras y los pensamientos, Dios es alabado en el asombro silencioso y la admiración.

Cuando la palabra de Dios se hace «voz de fino silencio», es más eficaz que nunca para cambiar nuestros corazones. En el monte Sinaí, Dios habló a Moisés y a los israelitas. Truenos, relámpagos y un sonido te trompeta cada vez más fuerte precedía y acompañaba la Palabra de Dios (Ex 19). Siglos más tarde, el profeta Elías regresa a esa misma montaña de Dios y vuelve a vivir la experiencia de sus ancestros: huracán, terremoto y fuego, y se encuentra listo para escuchar a Dios en el trueno. Pero el Señor no se encuentra en los fenómenos tradicionales de su poder. Cuando cesa el ruido, Elías oye «un suave murmullo», «un silbo apacible y delicado», «una suave brisa», «un sonido suave y delicado», «un susurro silencioso» y es entonces cuando Dios le habla. (cf. 1 Re 19,12). La versión griega de los Setenta y la Vulgata han traducido de todas estas maneras, probablemente para evitar la aparente contradicción entre ruido o voz, de una parte, y silencio, de otra. Pero lo que significa la palabra hebrea «demama» es precisamente «silencio». El huracán del monte Sinaí resquebrajaba las rocas, pero la palabra silenciosa de Dios es capaz de romper los corazones de piedra. Para el propio Elías, el súbito silencio era probablemente más temible que el huracán y el trueno. Las manifestaciones poderosas de Dios le eran, en cierto sentido, familiares. Es el silencio de Dios lo que le desconcierta, pues resulta tan diferente a todo lo que Elías conocía hasta entonces. En el silencio, la palabra de Dios puede alcanzar los rincones más ocultos de nuestro corazón. En el silencio, la palabra de Dios es «más cortante que una espada de doble filo: penetra hasta la división del alma y del espíritu.» (Hb 4,12). Al hacer silencio, dejamos de escondernos ante Dios y la luz de Cristo puede alcanzar y curar y transformar incluso aquello de lo que tenemos vergüenza. 

Necesitamos abrirnos al silencio de Dios, porque tenemos necesidad de silencio para acoger al Señor. La beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento escribe: «El misterio de la encarnación del Verbo se realiza en el silencio, como todas las cosas de Dios, pero el Padre, con su mudo lenguaje, dejando descender sobre todas las obras de su creación un destello de su divinidad, parece decirnos en cada una de ellas: Yo te he dado mi Verbo, mi Palabra increada, mi amor esencial; toda la naturaleza lo proclama a voces; y con Él, te doy su Madre, la Madre purísima del Hijo, mi amadísima Hija, la purísima entre todas las criaturas salidas de mis manos creadoras» (Notas Íntimas). Silenciosos y pobres, nuestros corazones quieren ser conquistados por el Divino Verbo, De manera humilde pero cierta, el silencio nos conduce a amarle y hacerle amar el mundo entero. La beata Madre escribe en una de sus cartas: «Tengo hambre y sed de estar callada, y esto hace mucho bien a mi alma» (Carta colectiva desde Gardena, California, el 3 de agosto de 1961). Y solía decir: «El mayor atractivo de mi alma es la contemplación callada, silenciosa (Ejercicios Espirituales de 1950).

«El silencio custodia el misterio», dice el Papa Francisco (Homilía en Santa Marta, 20-XII-2013), el misterio de Dios. Y los espacios de oración nos invitan a entrar en este silencio si queremos encontrarle. En este tiempo de tanto ruido, como empecé diciendo en esta reflexión, María santísima se hace para nosotros modelo perfecto de escucha de Dios, que habla al corazón humano. Nos dirigimos a ella, que fue concebida sin la mancha del pecado original y guardó en el silencio de su corazón tantas cosas (Lc 2,19). Que Ella, a quien me gusta mucho verla vestida de Guadalupan, nos ayude a percibir en la belleza y el valor del silencio y nos aliente a buscar con todas nuestras energías la cumbre espiritual de la santidad.

Padre Alfredo.

martes, 9 de abril de 2019

«EL SERVICIO COMO FUENTE DE SANTIFICACIÓN»... Tema para retiro


Esta es la tercera conferencia de una serie de tres:
(Haz click al tema que quieras ser direccionado)

1. UNA IGLESIA UNIDA Y DE PUERTAS ABIERTAS AL SERVICIO DEL PUEBLO DE DIOS.
2. ALEGRARSE EN EL SEÑOR.
3. EL SERVICIO COMO FUENTE DE SANTIFICACIÓN.

«EL SERVICIO COMO FUENTE DE SANTIFICACIÓN»

Nuestra investidura de cristianos no debe ser nunca un motivo de alimentar nuestro ego, ni un motivo para creernos mejores y más importantes que los demás, sino la fuerza que nos impulsa a sudar la gota gorda del esfuerzo por servir a los demás. Nuestra dignidad de cristianos nos impulsa a salir al mundo y a trabajar incansablemente por los demás. El día en que hayamos amado, el día en que hayamos puesto las necesidades de los demás por encima de las propias, podremos poner la cabeza en la almohada y rezar con toda tranquilidad el Padre nuestro, sabiendo que cuando digamos «Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielO», habremos trabajado por ello.

Hoy el tema de esta conferencia es acerca de cómo debemos asumir nuestro servicio apostólico en nuestra vida de discípulos–misioneros. En la Iglesia el más grande y el más importante es el servidor de todos, de allí el título del Papa: «Siervo de los siervos». Los puestos que se puedan ocupar, no son para alimentar nuestro ego, sino servicios grandes y pequeños, un compromiso para trabajar por los demás. La más alta jerarquía de nuestra Iglesia, el Papa Francisco, nos demuestra que él vino a servir y no a ser servido… ¡como Jesús lo haría! 

En una de las ocasiones que los discípulos vinieron a Jesús, le preguntaron quién podría ser el primero de entre todos ellos, y Él les respondió con el texto que les invito ahora a leer: «El de ustedes que quiera ser grande, que se haga el servidor de ustedes, y si alguno de ustedes quiere ser el primero entre ustedes, que se haga el esclavo de todos; hagan como el Hijo del Hombre, que no vino a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por una muchedumbre». (Mt 20,26-28).

Los santos son los hombres y mujeres más inteligentes en este tema, o los que han usado mejor la inteligencia para servir; los que han realizado un negocio redondo, los que han logrado lo único necesario. Recordemos las palabras de Jesús: «¿De qué le sirve al hombre ganar todo el mundo, si pierde su alma?» (Mt 16,26; Mc 8,36) O estas otras: «Busquen primero el Reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se les dará por añadidura» (Mt 6,33). Los santos, los beatos, los venerables, los siervos de Dios, son los que han obtenido el ciento por uno y la vida eterna en grado perfecto precisamente por haber sido servidores; servidores del Dios Altísimo y servidores de los demás, especialmente los más necesitados, los pobres, los descartados.

El servicio fue una de las mayores manifestaciones del amor de Cristo hacia nosotros. Desde que inició su ministerio en la tierra, tras ser bautizado por Juan el Bautista, nuestro Señor dedicó su tiempo a enseñar sobre el reino de los cielos, a sanar a los enfermos, a auxiliar a los necesitados, a formar a sus discípulos, a resucitar a los muertos, etcétera.

Debió ser abrumador, día tras día, permanecer en esa actitud de servicio, ver a las multitudes venir en pos de Él en busca de ayuda, y ofrecer siempre compasión y misericordia a aquellos que lo necesitaban. Sin embargo, es obvio que su servicio era una respuesta natural de su amor hacia el Padre y hacia la humanidad. Era esto lo que lo impulsaba a continuar haciendo el bien a los demás, y a seguir obedeciendo la voluntad de su Padre.

El servicio de Jesús era parte de su naturaleza humilde. Y dicho servicio fue tan legítimo, tan constante y tan extremo, que pronto se convirtió en sacrificio. El Padre lo envió, pero Jesús decidió entregar su vida voluntariamente por todos nosotros, a pesar de que sabía que al final el precio sería la muerte: «A mí nadie me quita la vida, yo la doy porque quiero» (Jn 10,18). Su tiempo, su dedicación, su vida entera fueron dedicados a un propósito específico, a una misión única: la salvación de la humanidad, y no se detuvo sino hasta llegar al final, hasta llegar a la cruz.

Sí, lo sabemos y hoy nos queda bastante claro, Jesús de Nazaret nunca perdió una oportunidad de servir a los demás. Él nos cuenta la parábola del buen samaritano que ayudó a un  judío, enemigos naturales en aquel tiempo; para ilustrar cómo debemos amar a nuestro prójimo. Enseñándonos que la actitud de servicio es hacia todos, amigos y enemigos siendo a éstos últimos los que más cuesta por lo que el servicio se hace más meritorio (cf. Lc 10,25-37).

Lo que debe inspirarnos a buscar la santidad como discípulos–misioneros es servir con amor. El amor a Dios y el amor a los demás va marcando la pauta del himno de alabanza que podemos elevar a Dios y ofrecer a nuestros hermanos. Dice san Pablo: «Cualquier trabajo que hagan, háganlo de buena gana, pensando que trabajan para el Señor y no para los hombres». (Col 3,23). Sin embargo, sabemos que también el amor a los demás nos inspira a servirlos cuando tienen alguna necesidad. No para obtener alabanza y mérito, sino por un amor puro, no sólo incondicional sino sacrificial.

Los primeros depositarios o receptores de nuestro amor servicial deben ser los integrantes de nuestra propia familia, pues ¿cómo podemos ir y amar y servir a otros a otros si no amamos y servimos antes a nuestra familia y hacemos nuestro hogar el lugar óptimo para el servicio? A veces en algunas casas, el desorden existente, el encontrar las cosas regadas por aquí y por allá, el andar siempre en fachas, lo sucio, lo desaliñado hablan no de la pobreza material, sino de una mala o pobre calidad en el servicio amoroso en la familia. De igual manera muchas veces, un templo sucio, descuidado, dejado, es una muestra de que en esa comunidad falta o falla el servicio. 

En este siglo, se habla mucho del amor propio, de la autoestima, de los derechos civiles, de la equidad, de la inclusión y todo parece relativo. Pero lo que Cristo quería es que, cuando una persona decide servir a los demás, sin límites, aprovechando cada oportunidad, o incluso buscando la oportunidad, su dedicación y entrega pueden ser comparables a las de un siervo en la cultura hebrea o a las de un esclavo entre los romanos de aquellos tiempos. Quien elige ser servidor de otros lo hace por deseo propio, y lo hace gozoso, sin ningún dejo de amargura. Dios ama a los que sirven, a los que se humillan y los exalta, les da un lugar especial y los recompensa abundantemente con la santidad.

Yo creo que todos recordamos el texto del Evangelio de San Mateo que habla de las obras de misericordia (Mt 25, 34-40): «Vengan, benditos de mi Padre, tomen posesión del reino preparado para ustedes desde la creación del mundo. Porque tuve hambre, y me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; era un extraño, y me hospedaron; estaba desnudo, y me vistieron; enfermo, y me visitaron; en la cárcel, y fueron a verme. Entonces le responderán los justos: Señor, ¿Cuándo te vimos hambriento y te alimentamos; sediento y te dimos de beber? ¿Cuándo fuiste un extraño y te hospedamos, o estuviste desnudo y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a verte? Y el rey les responderá: Les aseguro que cuando lo hicieron con uno de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicieron».

Jesús se identifica con las personas en desventaja, con los más necesitados, los descartados —dice el Papa Francisco— los que no tienen las mismas oportunidades que nosotros. El acoger a los miembros más abandonados en una comunidad, a los despreciados, a los que no tienen a nadie, los que no son bien vistos, es reconocer a Jesús en el otro y hacerse servidores como él.

El camino de fe no consiste sólo en rezos, sacrificios aislados y posturas piadosas. Esto, indudablemente, tiene su valor y es un medio válido para vivir la fe, sobre todo en el tiempo de la Cuaresma, pero no es lo único, ni lo más esencial de este tiempo litúrgico ni de toda la vida eclesial. Vamos en camino hacia la Pascua actuando en el servicio como Jesús nos enseñó. Viendo a Jesús en el otro. Celebrando a Jesús vivo, proclamamos un humanismo cristiano activo, reconociendo que nuestra labor en la familia, en la escuela, en la comunidad, en la parroquia, se cumple solamente en la formación de hombres y mujeres con actitud de auténtico servicio para llegar así a la santidad. 

El servicio, actitud del espíritu para ayudar ante cualquier necesidad que puedan tener los demás, nos facilita salir de nuestro estado de comodidad, de pasividad, nos ayuda a abandonar la zona de confort donde nos encontramos, abriéndonos a un mundo rico en experiencias donde podemos sacar lo mejor de nosotros mismos para dar algo a los demás y a su vez enriquecernos con los demás.

El servicio es un estado interno que nos predispone a estar pendientes de las necesidades ajenas; lo cual nos lleva a aprender a ser humildes. Se desarrolla el amor hacia los demás, aprendemos a renunciar a nuestro tiempo, a nuestras necesidades, nos ayuda a comprender al prójimo por lo que nos resulta más fácil perdonar. El ponernos al servicio de los demás, nos engrandece como personas, nos hace mejores, dándole un pleno sentido a la vida. Siendo una de las primeras consecuencias de esta predisposición la alegría interna que sentimos

Los tiempos actuales marcan una época que nos lleva a vivir con rapidez, estresados, pensando en todo lo que tenemos que hacer a lo largo del día, encerrándonos en nuestro pequeño mundo que nubla nuestras vistas y no nos deja ver más allá de nuestras necesidades y deseos, sin poder ver lo que sucede a nuestro alrededor y sin voluntad de hacerlo. Viviendo hacia dentro, la cultura de la relatividad en la que nos desenvolvemos como sociedad, nos hace más egoístas; cediendo el paso, en ocasiones, a estados de soledad, de tristeza, de desánimo e incluso de depresión. Malgastar las ocasiones de servicio que nos ofrece la vida, es perder oportunidades de crecer interiormente, de ir pasito a pasito, consiguiendo que vaya germinando el amor que tenemos todos en el fondo del corazón, desarrollando sentimientos sinceros y momentos de alegría que nos ayuda a transitar el camino que hacemos. Teresa de Calcuta decía: «El que no vive para servir, no sirve para vivir». Así, en el servicio ella y muchos más, pasaron su vida como Cristo haciendo el bien (cf. Hc 10,38).

En la Exhortación Apostólica del Papa Francisco, llamada «Gaudete et exultate», que toca el tema de la santidad. El Santo Padre dice: «Muchas veces tenemos la tentación de pensar que la santidad está reservada solo a quienes tienen la posibilidad de tomar distancia de las ocupaciones ordinarias, para dedicar mucho tiempo a la oración. No es así. Todos estamos llamados a ser santos viviendo con amor y ofreciendo el propio testimonio en las ocupaciones de cada día, allí́ donde cada uno se encuentra. ¿Eres consagrada o consagrado? Sé santo viviendo con alegría tu entrega. ¿Estás casado? Sé santo amando y ocupándote de tu marido o de tu esposa, como Cristo lo hizo con la Iglesia. ¿Eres un trabajador? Sé santo cumpliendo con honradez y competencia tu trabajo al servicio de los hermanos. ¿Eres padre, abuela o abuelo? Sé santo enseñando con paciencia a los niños a seguir a Jesús. ¿Tienes autoridad? Sé santo luchando por el bien común y renunciando a tus intereses personales» (GE 14).

En ese mismo documento, en el número 30 el Papa, haciendo referencia la época que vivimos afirma: «Los mismos recursos de distracción que invaden la vida actual nos llevan también a absolutizar el tiempo libre, en el cual podemos utilizar sin límites esos dispositivos que nos brindan entretenimiento o placeres efímeros. Como consecuencia, es la propia misión la que se resiente, es el compromiso el que se debilita, es el servicio generoso y disponible el que comienza a retacearse. Eso desnaturaliza la experiencia espiritual. ¿Puede ser sano un fervor espiritual que conviva con una acedia en la acción evangelizadora o en el servicio a los otros? ¡Y vaya que Francisco tiene razón! Cuánto tiempo desperdicia mucha gente viendo tontera y media en Internet y enviando cosas inútiles a través de las redes sociales. La beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento decía que «si no es para salvar almas, no vale la pena vivir». ¿Cuántas almas podremos salvar siendo servidores de los demás?

Tenemos que pensar que somos seres sociables, interrelacionándonos continuamente con las personas que tenemos alrededor. Si en vez de centrarnos solo en nosotros y en nuestro pequeño mundo, aprendemos a meternos en los zapatos del familiar, del amigo, del compañero de trabajo o de la escuela, seremos capaces de percibir las necesidades que tienen las almas que nos rodean, para poder ayudar en la medida de nuestras posibilidades. Unas veces nuestros actos serán visibles, pero habrá ocasiones que no tienen por qué darse cuenta, incluso los beneficiados, de que les hemos brindado alguna ayuda especial. Es entonces cuando empezamos a vivir la virtud del servicio que acrecentaremos otras virtudes como la humildad, la prudencia, la dulzura, la paciencia, la caridad, asumiendo nuestros roles con humildad, pues somos instrumentos de Dios y es Él quien actúa. Pensemos que, al final de la vida, lo único que se queda es lo que hayamos hecho por Dios y por los hermanos; lo que tengamos de santos. Todo lo demás desaparece.

Hoy quiero presentarles la figura de una extraordinaria mujer que seguramente no conocen y que va camino a los altares. Se trata de la Sierva de Dios Gloria María Elizondo García, una mujer que entre otras cosas, se distinguió por su amor al servicio en las diversas etapas de su vida y cuyo testimonio nos puede alentar a eso, a servir a Dios y a nuestros hermanos.

Gloria Esperanza Elizondo García nació en Durango el 26 de agosto de 1908 y recibió su bautismo el 4 de octubre de ese mismo año. Al contar con un año de vida enfermó gravemente de una fiebre maligna y los médicos le daban poca probabilidad de vida, sin embargo, Dios tenía otros planes y la pequeña se recuperó. A la edad de 4 años empezó a ir al colegio para acompañar a su hermano mayor, Alberto. Las maestras quedaban sorprendidas por la inteligencia de la niña tan pequeña. Debido a la revolución de 1910, la familia se vio obligada a emigrar a Monterrey donde se forjó el carácter y el espíritu de lucha de Gloria. Allí recibió el sacramento de la confirmación el 5 de enero de 1913 e hizo su Primera Comunión el 8 de mayo de 1919. Ya más grande, estudió la Carrera Comercial y se graduó en Teneduría de Libros a los 12 años. 

El 8 de septiembre de 1933 murió don Alberto su padre, y desde entonces se convirtió en un fuerte apoyo para su madre, la señora Otila García ayudándola tanto en la cuestión económica como en la formación de sus hermanos más pequeños confiando siempre en la devoción que su madre le había enseñado al Santo Niño de Praga.

Entre sus grandes dotes estaba el dibujo y la pintura, al grado de que llegó a dar clases de estas disciplinas. En piedras pequeñas, dibujaba admirables paisajes, algunos de los cuales aún se conservan.

Desde muy joven demostró su amor al servicio y una gran caridad hacia todos. Tenía como apostolado, por aquellos años, el visitar a los enfermos mentales en el Hospital Universitario donde cada domingo les llevaba dulces, galletas y ropa. En Navidad les organizaba una comida y les llevaba regalos especiales como cobertores y otros artículos de uso personal. Desde aquellos años se veía cómo el servicio y la caridad de esta extraordinaria mujer convertía el corazón de algunos de estos enfermos que se serenaban, lloraban y hasta le besaban las manos, agradecidos. Su apostolado tuvo también como campo de acción la Penitenciaría del Estado, a donde hacía frecuentes visitas llevando consuelo y palabras de aliento, especialmente a la sección de mujeres, por quienes sentía una gran preocupación.

El servicio en el amor al prójimo estuvo presente de manera muy especial toda su vida ayudando de cuanta manera podía a quienes de una u otra forma necesitaban que alguien les echara una manita.

Su primer trabajo lo desempeñó en una casa comercial en donde destacó de inmediato y fue ascendida de puesto, llegando rápidamente a ocupar un cargo de mucha importancia en la compañía. El dueño de ésta abrió una nueva empresa, una empacadora y de inmediato la trasladó allá para que le ayudara a establecer lo misma. Lo mismo sucedió poco después al crearse una nueva empresa en donde se le pidió a Gloria organizar y dirigir la empresa.

En 1940, y llena de experiencia laboral, esta comprometida mujer abrió su propia compañía empacadora de pescado y de otros productos en Ciudad Victoria, Tamaulipas. Allí cuido de dar trabajo a la mayor cantidad de empleados que pudo, sin saber que en aquel lugar encontraría un campo muy amplio para realizar una extraordinaria tarea apostólica. A su empresa le dio el nombre de «Productos Cruz de Oro» y propició un ambiente familiar entre todos los trabajadores infundiéndoles a través del servicio, el amor a Cristo. En 1946 recibió en esa entidad la medalla de Hija de María.

Gloria aderezaba sus compromisos de empresaria con una gran labor social y de servicio apostólico, motivando a las mujeres a inscribirse en la Acción Católica Femenina y organizando en Ciudad Victoria algo nunca visto antes: una serie de conferencias para profesionistas y maestros por una parte y reuniones para matrimonios por otra, además de dar un gran impulso al catecismo de los niños, por los que siempre tuvo una especial predilección. Para lograr catequizar a tantos niños, involucró a sus mismas trabajadoras, a quienes las impulsaba a ir como parte de sus horas de trabajo sin descontarles alguna parte del sueldo.

Cada sábado alquilaba un camión para llevar a los niños a Misa por la mañana y al parque por la tarde para que disfrutaran jugando. Los domingos y los días de fiesta de precepto, rentaba también algún camión para que la gente pudiera ir a Misa hasta que tuvo la oportunidad, con ayuda de otros empresarios de construir una Iglesia cercana dedicada a la Madre de Dios bajo el título de «Nuestra Señora del Sagrado Corazón». En fin, con un incansable espíritu de servicio veló incluso por las jovencitas que se dedicaban a la prostitución para sacarlas de esa condición y por los pobladores de «La Pesca» el pequeño poblado de donde le enviaban el pescado. Logró que las Madres del Buen Pastor se establecieran en Cd. Victoria en donde hasta la fecha hacen mucho bien a muchas jovencitas de la región salvándolas de la mala vida. Instaló un taller de oficios para mujeres de cualquier edad para que tuvieran un trabajo digno como modistas, mecanógrafas, estilistas y demás.

Para ella no había ningún obstáculo invencible tratándose de acercar las almas a Dios. Gracias a su dedicación —por poner un ejemplo—en el año de 1942, preparó a 80 parejas que regularizaron su matrimonio en una sola celebración. Visitaba frecuentemente el Hospital Civil de Cd. Victoria llevando fruta, ropa, medicinas, ayuda espiritual y recursos para ayudar a pagar cuentas de gente pobre. Ella misma aseaba y curaba a los más necesitados y abandonados. Siempre humilde, rehuía a toda clase de homenajes pensando en aquello de «Que tu mano izquierda no sepa lo que hace tu mano derecha» (Mt 6,3). Aunque por su destacada labor de servicio no pudiendo escapar a todos.

En 1950, no desando estar más tiempo separada de su familia, regresó a Monterrey a trabajar en la empresa familiar como directora del departamento de Instalaciones. Allí buscó la forma de entrar en contacto con los trabajadores de la planta organizando con ellos y para ellos reuniones, misas y convivencias para acercarlos más a Dios. Para los más pobres y desamparados reservaba siempre lo más exquisito de su bondad atrayente y persuasiva.

En medio de todo aquello, en el año de 1954, Gloria respondió al llamado vocacional que Dios le hacía e ingresó a la Congregación Religiosa de las Catequistas de los Pobres, instituto fundado por la R.M. Angelina Rusconi y el Sr. Ob. José Juan de Jesús Herrera y Piña. Allí, desde postulante, llevó una vida ejemplar unida siempre a Dios.

Allí, ya en el convento, escribió un libro de la vida de Nuestro Señor Jesucristo que alcanzó más de 90,000 ejemplares, sabiendo que este era un medio sencillo para que la gente pudiera conocer a Jesucristo más de cerca. Hizo su profesión religiosa el 16 de abril de 1957 y tomó el nombre de «Gloria María de Jesús» y recién profesa fue nombrada Delegada ante la Pontificia Unión Misional del Clero debido a su gran espíritu misionero y además era maestra de postulantes.

En 1961, aún siendo religiosa de votos temporales, fue elegida superiora general de este instituto. Ella sabiendo que no era una candidata factible, pues no era de votos perpetuos, estaba en la Capilla rogándole a Dios, con los brazos en cruz, que eligieran a la religiosa que el instituto necesitara. Sor Gloria María se sorprendió cuando supo la noticia y preguntó: ¿Yo? ¿No se habrán equivocado? A los dos días de la elección hizo su profesión perpetua. 

Como religiosa su espíritu de servicio se acrecentó. Siempre tenía tiempo para «consultarlo todo con Nuestro Señor» y para escuchar a todos dentro y fuera del instituto. A iniciativa suya se inició en Monterrey el Movimiento de «Cursillos de Cristiandad» para mujeres, apoyada por la célebre escritora Ana María Rabatté y Cervi como rectora del primer cursillo para damas.

Entre otras cosas y en medio de todas las ocupaciones que una superiora general puede tener, todos los días, después de la oración, visitaba a las religiosas que estaban enfermas, llevándoles una palabra de consuelo, por la noche hacía lo mismo y les daba su bendición.

Al cabo de algún tiempo, ella también, la Madre Gloria María fue visitada por la enfermedad, un cáncer que aceptó con paciencia, resignación y una gran paz ofreciéndose por entero al Señor por la santidad de las religiosas de su comunidad, por los sacerdotes, por las familias de todas las hermanas y por las almas del purgatorio. El 12 de noviembre de 1966 se le administró la Unción de los Enfermos y con gran sencillez, para prepararse a tal acontecimiento al que pidió asistieran todas las religiosas dijo: «Pónganme guapa, así como a los niños cuando se preparan para la Primera Comunión» y cuando le dijeron que tenían la esperanza de que Nuestro Señor le hiciera el regalo de devolverle la salud, ella dijo: «Sería lamentable que me la devolviera después de que estoy tan alborotada; sería una desilusión muy grande para mí, pero lo que Dios disponga, yo acepto gustosa su voluntad. Si Él cree que mi vida todavía puede servir para algo, acepto lo que el disponga y será lo mejor». Murió en olor de santidad el 8 de diciembre de 1966, fiesta de la Inmaculada Concepción.

El Papa Francisco, hablando a los jóvenes en su Exhortación «Christus Vivit» les dice algo que me parece importante para terminar esta reflexión: «Por favor, no balconeen la vida, métanse en ella. Jesús no se quedó en el balcón, se metió; no balconeen la vida, métanse en ella como hizo Jesús. Pero sobre todo, de una manera o de otra, sean luchadores por el bien común, sean servidores de los pobres, sean protagonistas de la revolución de la caridad y del servicio, capaces de resistir las patologías del individualismo consumista y superficial.

Es fácil, hablar de amor y de caridad, pero resulta muy difícil vivirlos, porque amar significa «servir», y «servir» exige renunciar a sí mismo. Amar cuesta, porque servir cuesta. Sirve la mujer que plancha hasta tarde la camisa que su marido necesita; o que pasa la noche junto al hijo enfermo. Sirve quien apaga la televisión para recibir al vecino y escuchar sus problemas. Sirve quien renuncia a unas horas de descanso para ir a pasear con sus hijos, para participar en una reunión parroquial o para auxiliar a alguien. Sirve quien como la Sierva de Dios Gloria María, responde al compromiso bautismal como seglar o como consagrado.

Vamos al Evangelio, para terminar esta larga conferencia y topémonos en el pasaje de la Anunciación (Lc 1,26-38) para ver a la santísima Virgen llena de disponibilidad servicial. Ella se proclama la esclava del Señor. Nosotros muchas veces creemos que estamos sirviendo a Dios porque le rezamos una oración o cumplimos una promesa. Miremos a María a quien en nuestra parroquia la tenemos en esta hermosa advocación de Fátima: Ella entrega toda su vida, para cumplir la tarea que Dios le encomienda por el ángel. Ella cambia en el acto todos los planes y proyectos que tenía, se olvida completamente de sus propios intereses y nos ayuda a nosotros. Digamos juntos Esa bella oración con la que siempre pedimos la bendición de la Madre de Dios:

«Dulce Madre no te alejes,
tu vista de mí no apartes,
ven conmigo a todas partes y nunca solo me dejes.
Ya que me proteges tanto, como verdadera Madre,
haz que me bendiga el Padre, el Hijo, y el Espíritu Santo. Amén.

Padre Alfredo.