martes, 31 de diciembre de 2019

«El último día del año 2019»... Un pequeño pensamiento para hoy

El tiempo es la medida de lo perecedero, de lo fugaz, de lo que pasa. El tiempo es la medida de nuestro rápido paso por este mundo de camino hacia la eternidad de Dios. El tiempo mide el transcurrir de nuestra vida que, por un acto de amor creativo, comienza y corre en este mundo hasta desembocar en la eternidad de Dios, donde ya no existirá el tiempo y todo será plenitud. Hoy se termina un año, y cada vez que cerramos un ciclo, es bueno ver hacia atrás para evaluar cómo ha sido el transcurrir de este período de tiempo. Y es bueno también mirar hacia adelante, para ver cómo quisiéramos que transcurran los días que el Señor de la vida y del tiempo nos concederá. Pero cada día que pasa, debemos ser conscientes de que el único espacio de tiempo que podemos vivir es «el hoy», el presente. Los santos vivieron intensamente el presente, sin dejar de mirar en el horizonte el destino final, la patria eterna y hoy no es la excepción para hablar de alguno de ellos. 

Hoy, que es el último día del año, celebramos a San Silvestre I, el XXXIII Papa de la Iglesia católica, entre el 31 de enero de 314 y el 31 de diciembre de 335. Este Santo Padre ejerció su pontificado en la época en la que Constantino decretó la libertad para los cristianos, dando alto a las persecuciones. El emperador Constantino le regaló a San Silvestre el palacio de Letrán en Roma, y desde entonces estuvo allí la residencia de los Pontífices. Silvestre no desaprovechó nunca «el hoy» y entregándose arduamente pudo realizar muchas cosas a favor de la Iglesia. Él fue el primero en ceñir la tiara, o triple corona pontificia y algunos historiadores le atribuyen la institución oficial del domingo como Día del Señor, para recordar la Resurrección. Se sabe que durante su Pontificado se reunió en el Concilio de Nicea (año 325), el importantísimo Concilio en el cual los obispos de todo el mundo declararon que quien no crea que Jesucristo es Dios, no es católico. Allí compusieron el Credo de Nicea. Algunos historiadores dicen que a San Silvestre le correspondió el honor de bautizar a Constantino, el primer emperador cristiano. En fin, este Santo Padre hizo muchas cosas teniendo a Cristo siempre como centro de su vida. 

El Evangelio de hoy nos invita a contemplar a Jesús (Jn 1,1-18), en Él está toda la gracia y el amor de Dios en el hoy, en el ayer y en el mañana; y esta gracia y amor los hemos visto en su hacerse hombre, en su carne. Sólo en la vida concreta de este Jesús podemos encontrar la gloria de Dios, el sentido de todo. Podemos dar gracias por el año 2019 que acaba, por la salvación que Dios nos ha continuado dando; y pedir perdón por lo que hay de «anticristo» en nosotros (1 Jn 2,18-21), porque somos anticristos cuando tenemos criterios de «mentira», criterios que no son los de Jesús, criterios que siempre nos tientan por aquí y por allá. Pidamos a María Santísima la gracia de abrir bien los ojos cada día para vivir en el presente lo que el Señor quiere, así podremos recordar un pasado hermoso y animarnos a construir un futuro mejor. Les invito a cerrar este 2019 con una sencilla oración: «Señor, dueño del tiempo y de la historia, tu misericordia es infinita, lo descubro en las bendiciones que he recibido a cada paso. Gracias por este año del 2019 que me has regalado, ayúdame a aprovechar cada día del 2020 cuya llegada es inminente. Señor asísteme con tu gracia para que valore altamente el tiempo y la vida que me das para construir contigo una historia de amor, de crecimiento, de solidaridad, de perdón. Ayúdame a vivir cada día que me regalas como un escalón que me acerque más a ti y a mis hermanos. Amén. ¡Bendecido martes, el último de este año y muy feliz y santo año 2020! 

Padre Alfredo.

lunes, 30 de diciembre de 2019

Algunas citas bíblicas que prueban que Dios no reprueba que sean hechas imágenes...


Nuestros hermanos separados hablan con insistencia de que la Biblia prohíbe hacer imágenes sin descender a que lo que la Biblia prohíbe es que se hagan imágenes de los ídolos. Dios prohíbe ciertamente la adoración (lo que sólo se le debe a Él), no la construcción de imágenes: «No te hagas estatua ni imagen alguna de lo que hay arriba, en el cielo, abajo, en la tierra, y en las aguas debajo de la tierra. No te postres ante esos dioses, ni les sirvas» (Ex 20,4-5). Dios mismo, en ciertas ocasiones, es quien ordena la fabricación de imágenes, como encontraremos en algunas citas de la Sagrada Escritura. 

Dios no se puede contradecir, no podría decir sí y no al mismo tiempo, pues ya no sería perfecto y por tanto no sería Dios. Pero si entendemos el verdadero sentido de la Biblia, descubrimos que lo que Dios prohíbe es el adorar las imágenes, es decir, rendirles culto como si se trataran de Dios mismo, cosa que ningún buen católico hace. Los católicos sólo veneramos las imágenes de Jesús, de María y de los santos, en cuanto representan o nos recuerdan a la persona a quien va dirigido nuestro culto, pero la adoración única y exclusivamente se la debemos a Dios, y eso es lo que siempre ha enseñado y enseña la Iglesia Católica. Incluso vemos que el pueblo de Israel, se postraba ante el Arca de la Alianza (la cual estaba formada por dos querubines de oro, porque sabía que estos sólo representaban la presencia de Dios, pero no eran Dios: «Entonces Josué y todos los jefes de Israel … permanecieron postrados delante del Arca de Yahvé» (Jos 7,6).

Les dejo aquí algunas citas que nos pueden aclarar la cuestión:

1) Éxodo 25, 16-22 

«En el arca pondrás las tablas del Testimonio que yo te daré. También harás una tapa de oro puro, de ciento veinticinco centímetros de largo por setenta y cinco de ancho, y en sus dos extremos forjarás a martillo dos querubines de oro macizo. El primer querubín estará en un extremo y el segundo en el otro, y los harás de tal manera que formen una sola pieza con la tapa. Ellos tendrán las alas extendidas hacia arriba, cubriendo con ellas la tapa; y estarán uno frente a otro, con sus rostros vueltos hacia ella. Después colocarás la tapa sobre la parte superior del arca, y en ella pondrás las tablas del Testimonio que yo te daré. Allí me encontraré contigo, y desde allí desde el espacio que está en medio de los dos querubines, yo te comunicaré mis órdenes para que se las transmitas a los israelitas». 

2) Números 21, 8-9 

«Y el Señor le dijo: ‘Fabrica una serpiente abrasadora y colócala sobre un asta. Y todo el que haya sido mordido, al mirarla, quedará curado’. Moisés hizo una serpiente de bronce y la puso sobre un asta. Y cuando alguien era mordido por una serpiente, miraba hacia la serpiente de bronce y quedaba curado». 

3) 1 de Reyes 6, 23-27 

«En el lugar santísimo hizo dos querubines de madera de olivo; cada uno medía cinco metros de altura. Las alas de primer querubín medían dos metros y medio cada una, de manera que había cinco metros desde el extremo de una de sus alas hasta el extremo de la otra. El segundo querubín medía también cinco metros; los dos querubines tenían la misma dimensión y la misma forma: uno y otro medían cinco metros de altura. Salomón puso los querubines en medio del recinto interior. Estos tenían las alas desplegadas: un ala del primer querubín tocaba el muro y un ala del segundo tocaba el muro opuesto; y las alas extendidas hacia el centro de la Casa se tocaban una con otra». 

4) 1 de Reyes 7, 28-30 

«Estaban hechos de la siguiente manera: tenían unos paneles encuadrados en un armazón; sobre esos paneles había figuras de leones, de toros y de querubines, y lo mismo sobre el armazón. Tanto arriba como abajo de los leones y toros había unos adornos en bajorrelieve. Cada soporte tenía cuatro ruedas de bronce, con ejes también de bronce, y refuerzos en sus cuatro patas. Estos refuerzos estaban fundidos debajo de los recipientes de agua, sobre el lado opuesto a los bajorrelieves».

Padre Alfredo.

«La salvación de Jesús es para todos»... Un pequeño pensamiento para hoy

Hoy la Iglesia recuerda al santo que defendió fuertemente la doctrina sobre la Trinidad de Dios y sobre la Encarnación del Verbo afirmando la «divinidad y humanidad de Jesucristo» y las «dos naturalezas distintas en una sola persona». Se trata de San Félix I Papa, quien ejerció su pontificado del año 269 al 274. De este santo se desconoce mucho, entre eso, por ejemplo, no se sabe cuándo nació, pero sí se sabe que murió el año 274, que fue el papa nº 26 de la Iglesia católica y que defendió el carácter universal de la celebración de la Santa Misa, pidiendo que se dejaran de celebrar Misas privadas, decretando que las Misas habrían de celebrarse en las catacumbas que había o en las Basílicas. Fue sepultado en la catacumba de san Calixto el 30 de diciembre. No se sabe más de él, pero no se necesita saber más; el hecho de defender que Dios es «Uno y Trino» y que la segunda persona de Dios se encarnó entre nosotros, basta para ver la entereza de este Santo Papa que se entregó por defender las verdades de la fe hasta que le sorprendió la muerte. 

La celebración de la Eucaristía, como deja claro San Felix I, forma parte del mundo, por su pan y su vino, por las palabras que en ella son proclamadas, por los hombres que reúne y no puede ser algo privado, aunque se colocan intenciones especiales, la Santa Misa conserva su carácter universal porque es al mismo tiempo iniciativa de Dios a la que se remiten los miembros de la asamblea, cada uno con las intenciones que lleva en su corazón. Esa visión universalista de la celebración de la Santa Misa queda clara si desde esta perspectiva se lee el Evangelio de hoy (Lc 2,36-40) cuando la profetisa Ana se acercó a la Sagrada Familia en el Templo «dando gracias a Dios y hablando del niño a todos los que aguardaban la liberación de Israel». Jesús, es para todos, no para unos cuantos. Eso es lo que en este fragmento de la presentación de Jesús en el Tempo, Lucas quiere transmitir con urgencia. De manera que las naciones y las personas que acogen a Jesús, que lo toman en los brazos, se obligan a un nuevo discurso y nueva praxis universal que lleva a la liberación. 

Además de Esteban, Juan, los Inocentes, el anciano Simeón, los pastores, los magos, y sobre todo José y María, ahora es esta buena mujer, sencilla, de pueblo, que desde hace tantos años sirve en el Templo, y que ha sabido reconocer la presencia del Mesías dando gracias a Dios y hablando del Niño a todos los que la quieran escuchar. Ana no prorrumpe en cánticos tan acertados como los de Zacarías o Simeón. Ella habla del Niño y da gloria a Dios. Es «vidente» en el sentido de que tiene la vista de la fe, y ve las cosas desde los ojos de Dios. Es una mujer sencilla, viuda desde hace muchos años. Y nos da ejemplo de fidelidad y de amor como lo da también el Papa San Félix I. En lo sencillo y lo cotidiano anda Dios. Como también sucedió en los años de la infancia y juventud de Jesús. El evangelio de hoy termina diciendo que su familia vuelve a Nazaret, y allí «el niño iba creciendo y fortaleciéndose, se llenaba de sabiduría y la gracia de Dios estaba con él.» Los vecinos no notaban nada. Sólo José y María sabían del misterio que traía repercusiones universales. Pero Dios ya estaba entre nosotros y actuaba a favor de todos. Sigamos viviendo estos días de la Navidad con ese corazón universal, pidiendo por todos y queriendo llevar a todos al portal de Belén. ¡Bendecido Lunes! 

Padre Alfredo.

domingo, 29 de diciembre de 2019

«La Sagrada Familia»... Un pequeño pensamiento para hoy

Cada 29 de diciembre la Iglesia celebra la memoria de Santo Tomás Becket, el santo que de hombre de Estado pasó a ser mártir por amor a Cristo y a la Iglesia. Fue Canciller del soberano inglés Enrique II y elegido obispo de Canterbury hubo de afrontar a su amigo el rey para defender la verdad y la libertad. Fue asesinado en la Catedral de esa ciudad el 29 diciembre 1170. Pero, este domingo especial, Santo Tomás deja cancha libre a la Fiesta de la Sagrada Familia, pues el Calendario dispone que el siguiente domingo a la Navidad se celebre esta solemnidad dedicada a Jesús, José y María. Dios quiso compartir con nosotros todo. Vino a vivir nuestra misma vida, quiso existir visiblemente en medio de nosotros y además, para que no faltara nada, para que no tuviéramos ninguna duda de su encarnación, quiso nacer, crecer y madurar en medio de una familia modelo. Una familia que, con la única arma del amor, nos invita a dar cabida y potenciar el gran amor que Dios nos tiene. 

En este mundo nuestro en el que el tema de la familia es tan mencionado y a la vez está tan golpeado, la liturgia nos muestra cuál es el modelo de todas las familias cristianas: Jesús, José y María, la familia de Nazaret. Si hay algo que forma parte indispensable de nuestra existencia en este mundo es la familia. La familia ha sido y sigue siendo una célula fundamental en la sociedad, pues de la familia se recibe la educación primera y más importante, en ella se forja la personalidad; en la familia, de ordinario, se encuentra el apoyo cuando se atraviesa por alguna necesidad, y en familia se celebran los acontecimientos más importantes de la vida. Pues del mismo modo que para cualquier persona humana la familia es importante, Dios, al tomar la condición humana, quiso nacer también en una familia. Escuchamos en el Evangelio de hoy (Mt 2,13-15.19-23) la responsabilidad de María y de José como padres de Jesús en su vida diaria y oculta en Nazaret. 

Es hermoso imaginar cómo Jesús, desde su nacimiento, iría educándose y creciendo de la mano de María, su madre, y de san José. De ellos aprendería tantas cosas, como cualquier niño, y sus padres irían formando poco a poco la naturaleza humana de Jesús. Dios nace y se educa en una familia, como cualquier persona, pues Dios se hizo hombre con todas sus consecuencias. Que Jesús, José y María nos ayuden a cuidar de esa gran institución en la que hemos nacido. Se suele decir que una cosa no se valora hasta que no se pierde. Que, nosotros, sepamos dar gracias a Dios por esa gran escuela, universidad, taller y semillero de valores —religiosos, sociales, culturales...— que son nuestras familias. Sólo así, lejos de ser «clones» de una sociedad interesada y caprichosa, seremos hombres y mujeres con raíces profundas, con criterios propios y con luz personal. ¡Bendecido domingo, día de la Sagrada Familia! 

Padre Alfredo.

sábado, 28 de diciembre de 2019

«Los Santos Inocentes»... Un pequeño pensamiento para hoy

Aunque el día de hoy, 28 de diciembre, día de «Los Santos Inocentes» todo mundo hace bromas, yo escribo en serio en este nuevo amanecer. Y empiezo diciendo esto por la antiquísima costumbre de guasear en este día en que los mayores también bromean en recuerdo del modo de ser juguetón y alegre de aquellos bebés que no tuvieron tiempo de hacerlas diciendo al que cae: «¡inocente para siempre!». Hoy, dentro de la octava de Navidad, es un buen día para hacer agradable la vida a los demás, con admiración y sorpresa, en desagravio del mal que provocó el egoísmo de Herodes, que tanto se fijó en lo suyo aplastando a los demás. El baño de sangre fue para el monarca un simple asunto administrativo, aunque cuando pase un tiempo falten hombres para la siembra, sean escasos los brazos para segar y no haya novios para las muchachas casaderas; hoy él solo verá un dolor pasajero para las familias sin nombre, sin fuerza, sin armas y sin voz. Algunos de esos pequeñitos ya habían iniciado sus correteos, y balbuceaban las primeras palabras; otras colgaban todavía del pecho de sus madres. Pero para Herodes era el precio de su tranquilidad. 

Aquellos niños pequeñitos de Belén, sin saberlo ellos, y sin ninguna culpa, son mártires porque dan testimonio no de palabra sino con su muerte. Sin saberlo, se unen al destino trágico de Jesús que también será mártir por amor a todos los hombres. Ellos son inocentes y son santos. La escena que nos narra el Evangelio de hoy (Mt 2,13-18) muestra la oposición de las tinieblas contra la luz, de la maldad contra el bien. Se cumple lo que Juan dirá en su prólogo: «vino a los suyos y los suyos no le recibieron». No hay explicación fácil para el sufrimiento, y mucho menos para el de los inocentes. El sufrimiento escandaliza con frecuencia y se levanta ante muchos como un inmenso muro que les impide ver a Dios y su amor infinito por los hombres. ¿Porqué no evita Dios todopoderoso tanto dolor aparentemente inútil? El dolor es un misterio y, sin embargo, el cristiano con fe sabe descubrir en la oscuridad del sufrimiento, propio o ajeno, la mano amorosa y providente de su Padre Dios que sabe más y ve más lejos, y entiende de alguna manera las palabras de San Pablo: «Todo contribuye para el bien de los que aman a Dios» (Rm 8, 28), también aquellas cosas que hoy, como ayer, nos resultan dolorosamente inexplicables o incomprensibles. 

Jesús, desde pequeño, corre la misma suerte del Pueblo que viene a salvar. Pueblo perseguido; pero protegido por Dios. Pueblo expulsado de Egipto; pero conducido por Dios hacia la tierra que Él había prometido a sus antiguos padres. Jesús, incomprendido, perseguido, crucificado fuera de la ciudad, se levantará victorioso sobre sus enemigos y entrará en la Gloria de su Padre Dios. Pero no va sólo. Lo acompañamos los que creemos en Él y formamos su Iglesia. Entramos en comunión de vida con el Señor, unidos a Él nos convertimos en testigos del amor que el Padre continúa manifestando, por medio nuestro, al mundo entero, llamando a todos a la conversión y a la plena unión con Él. Unidos a Cristo estamos dispuestos a correr su misma suerte de aquellos pequeños, no sólo siendo perseguidos, sino, incluso, llegando hasta derramar nuestra sangre para que, unida a la de Cristo en la Cruz, sirva para el perdón de los pecados. Roguémosle al Señor que nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de saber vivir fieles en el seguimiento de Cristo, aún a costa de tener que dar el testimonio supremo de nuestra fe no sólo para alcanzar nuestra salvación, sino para colaborar con el Espíritu de Dios en la salvación de los demás. ¡Bendecido sábado y cuidado con quienes nos quieran hacer inocentes con las bromas del día de hoy! 

Padre Alfredo.

viernes, 27 de diciembre de 2019

«Heraldos como Juan Apóstol y Evangelista»... Un pequeño pensamiento para hoy


La Iglesia nos insiste en que no nos quedemos en el «Jesusito», en el «Niñito Jesús» del 24 en la noche. La fiesta de la Navidad no es un infantilismo: sólo la Fe nos permitirá interpretar y superar los «signos» materiales para acceder al «misterio» que se esconde detrás de este niño recostado en un pesebre. En este clima navideño ayer evocamos la Redención y la cruz, a través del martirio de San Esteban y hoy se nos invita a reflexionar en la Resurrección, a través del testimonio de San Juan, Apóstol y Evangelista. Juan fue el «discípulo amado» del Señor, que junto con su hermano Santiago el Mayor y Pedro, fue testigo de la gloria de la transfiguración de Jesús y de su agonía en el Huerto. En la última cena reclinó su cabeza sobre el pecho de Jesús y éste le comunicó la traición de Judas. Estuvo presente en el Calvario, al pie de la cruz en la que moría Jesús, y de sus labios recibió a María como su segunda madre. Con ella vivió después en Efeso, según la tradición. Fue también el primero en llegar a la tumba vacía del Resucitado y el primero en creer, como nos dice el Evangelio de hoy (Jn 20,2-8). Juan es también el escritor. De él tenemos un evangelio, tres cartas y el Apocalipsis. 

Juan es también el teólogo de la Navidad. Nadie como él ha sabido condensar la teología del Nacimiento de Cristo: la Palabra, que era Dios, se ha hecho hombre para habitar entre nosotros y traernos la salvación. Gracias a su testimonio, miles y millones de personas a lo largo de dos mil años han entendido mejor el misterio del Dios hecho hombre, que luego se entregó en la Cruz para la salvación de la humanidad y, resucitado de entre los muertos, está vivo y presente en la Eucaristía para seguir dando vida a su Iglesia a lo largo de la historia. Celebrar a Juan es por tanto celebrar a la fe que se apoya en un creer por amor, que aporta los contenidos de la misma fe que luego ha de creer toda la iglesia. Nuestro creer, por lo tanto, es una responsabilidad para toda la iglesia y para todos los demás creyentes. 

Esta fiesta del apóstol y evangelista san Juan, celebrada en este tiempo de Navidad, nos hace percatarnos de que no se trata sólo de los villancicos, las luces y los regalos, las tradicionales comidas de estos días, la música y los bailes. Que todo eso estará bien para quienes se toman en serio su fe de cristianos, si corre parejo con una actitud de maduro compromiso con el Señor como discípulos–misioneros, para llevar su Palabra a quienes no la han escuchado o recibido, para testimoniar su amor entre los humildes, los pobres y los sencillos. Todo como lo hizo San Juan y el resto de los apóstoles. En la lectura del evangelio se nos presenta la figura de un discípulo anónimo, solamente identificado como «el discípulo amado de Jesús». Él corre junto con Pedro hasta el sepulcro del Señor cuando María Magdalena les lleva la noticia de que la tumba está vacía. De los dos, él es el que cree después de observar las vendas con que había sido envuelto Jesús, tiradas por el suelo, y el sudario que había cubierto su rostro muerto, doblado y colocado aparte. Este misterioso discípulo ha sido tradicionalmente identificado con Juan y su figura ejemplar es un llamado a nuestra responsabilidad de cristianos: no basta cantar y gozarse ante el pesebre; no basta únicamente contemplar la belleza y la ternura de la Navidad, cuando el Hijo de Dios reposa dormido y confiado en el regazo de su joven madre, la virgen María. Hemos de convertirnos en heraldos, por la vida y por la palabra, del Verbo de Dios hecho ser humano, cuyo nacimiento celebramos. ¡Bendecido viernes! 

Padre Alfredo.

jueves, 26 de diciembre de 2019

«El primer mártir de la Iglesia»... Un pequeño pensamiento para hoy

Hoy, al día siguiente del nacimiento del Hijo de Dios, celebramos el nacimiento al cielo de San Esteban, el primer mártir de la Iglesia. Y es que el Niño–Dios que recién ha nacido, es aquel que, por fidelidad al camino de Dios, llegará hasta la cruz; y como él, sus seguidores seremos llamados a ser testigos —«mártires»— de la Buena Noticia con la totalidad de nuestra vida. En el martirio, la violencia es vencida por el amor; la muerte es vencida por la vida. La Iglesia ve por eso en el sacrificio de los mártires su «nacimiento al cielo». Después de la generación de los Apóstoles, los mártires asumen un lugar de primer plano en la consideración de la comunidad cristiana. En los tiempos de mayor persecución, su elogio alivia el arduo camino de los fieles y anima a quienes buscan la verdad al convertirse al Señor. Por eso, la Iglesia, por disposición divina, venera las reliquias de los mártires y los honra con sobrenombres como «maestros de vida», «testigos vivos», «columnas vivas», «silenciosos mensajeros» (Gregorio Nacianceno, Oratio 43, 5: PG 36, 500 c).

El libro de los Hechos de los apóstoles nos presenta a Esteban como «un hombre lleno de fe y de Espíritu Santo» (Hch 6, 5), elegido junto a otros seis para la atención de las viudas y de los pobres en la primera comunidad de Jerusalén y nos relata con detalle su martirio: cuando, tras un discurso de fuego que suscitó la ira de los miembros del Sanedrín, fue arrastrado fuera de las murallas de la ciudad y lapidado. Y viendo en el cielo a Dios y a Jesús, san Esteban dijo: «Estoy viendo los cielos abiertos y al Hijo del hombre que está en pie a la diestra de Dios». Esteban murió como Jesús, pidiendo el perdón para sus asesinos (Hch 7,55-60).Y es que los ángeles de Navidad jamás anunciaron a un «Jesusito» dulzón, anunciaron a un «Salvador»; y es por la cruz que Jesús nos salva. Esteban, según los Hechos de los Apóstoles es el «primer mártir», el primero en seguir a su maestro, al llevar, él también, su cruz. Esteban reproduce la muerte misma de Jesús.

El Evangelio de hoy (Mt 10,17-22) nos presenta el anuncio anticipado de Jesús de las persecuciones que acompañarán a sus discípulos, como para que no nos olvidemos, aun en medio de este ambiente de la Navidad, que el niño que nace morirá en la Cruz para salvarnos. Cristo anuncia a sus seguidores que les llevarán a los tribunales, que les perseguirán, que algunos creerán que hacen un acto de culto a Dios eliminándolos. Pero los discípulos–misioneros no tienen que temer: el Espíritu es el que les inspirará lo que deben decir. Por eso hemos de entender que la Navidad apunta hacia la Pascua, con su gran decisión de entrega y de cruz, para Cristo y para sus seguidores. Tal vez a nosotros no se nos conceda el honor de dar nuestra vida por el Evangelio, pero sí es una exigencia de nuestra fe el testimoniarla delante de los demás, con nuestra vida y con nuestras palabras, con nuestras actitudes y con nuestro compromiso por construir un mundo más humano y más justo, donde podamos vivir en paz y dignamente los que nos consideramos hijos de Dios. Donde hagamos realidad las enseñanzas de aquel cuyo nacimiento estamos celebrando en estos días. Pidamos a María nos alcance esa gracia de su Hijo Jesús, a quien ahora contemplamos recién nacido. ¡Bendecido jueves sacerdotal y eucarístico!

Padre Alfredo.

miércoles, 25 de diciembre de 2019

«Ese pequeñín»... Un pequeño pensamiento para hoy


Hoy es Navidad, hoy el Dios humanado nace para nuestra salvación; hoy Dios llega a nosotros hecho carne para que nosotros veamos de cerca las prerrogativas de Dios. En ese pequeño niño, la humanidad entera se acerca a ver no a uno como tantos, porque, aunque se hizo semejante a nosotros menos en el pecado, no se trata de un ser creado, sino de un Niño–Dios que no tuvo principio como no tendrá fin. (Hb 13,8;1,8, compárese con Is 9,6; Prov 8,22-30; Miq 5,2). En ese niño envuelto en pañales, la humanidad entera contempla al Dios Omnipotente, o sea, al Dios todo lo puede. Ese pequeño a quien los pastores y los reyes encuentran en el regazo de su Madre la Inmaculada María, es el Todopoderoso (Ap 1,8;4,8; Col 1,16; Ap 5,6; Jn 1,1-3). En ese Niño-Dios está la plenitud de poder, del conocimiento, de la sabiduría y de la plenitud divina. En ese pequeño niño a quien José custodia con sumo cuidado está el Dios Omnisciente, el Dios que todo lo sabe (Mt 12,25; Juan 2,25;6,64;13,1;16,30; Lc 5,22), el Dios Inmutable que no muda, que no cambia. Él es el mismo Dios ayer, hoy y siempre (Hb 1,11-12;13,8). 

En ese pequeño Niño recostado en el pesebre, se hace visible para todos el Santo de los santos. En Belén, ese pequeño niño, como dijo el Papa Francisco, Dios se hace pequeño para ser nuestro alimento: «Él sabe que necesitamos alimentarnos todos los días», dijo el Papa Francisco en la Misa de Navidad, precisando que en ello descubrimos que Dios «no es alguien que toma la vida, sino Aquel que da la vida», «Al hombre, acostumbrado desde los orígenes a tomar y comer, Jesús le dice: “Tomen, coman: esto es mi cuerpo”. El cuerpecito del Niño de Belén propone un modelo de vida nuevo: no devorar y acaparar, sino compartir y dar. Dios se hace pequeño para ser nuestro alimento. Nutriéndonos de él, Pan de Vida, podemos renacer en el amor y romper la espiral de la avidez y la codicia». Cada vez que celebramos la Eucaristía nos encontramos de nueva cuenta con ese Dios que se hizo hombre para salvarnos y se ha quedado igual de pequeño que en Belén pero ahora en una hostia consagrada, en un poco de vino consagrado que se hacen cuerpo y sangre del Señor. 

En «la casa del pan"» —eso significa «Belén» en español—, Dios nace en un pesebre, y esto es, señaló el Papa Francisco, como si nos dijera: «Aquí estoy para ustedes, como su alimento». Jesucristo que el Dios con nosotros, el Emmanuel, «no toma, sino que ofrece el alimento», explicó. No viene a darnos «algo», sino que «se da a sí mismo». Él mismo es la vida y viene a darnos vida para que la humanidad entera le conozca y le ame y pueda así gozar de la vida eterna. El hermoso prólogo del Evangelio de San Juan (Jn 1,1-18) corona la liturgia del día de hoy. Jesús es la Palabra mencionada por Juan en su evangelio, es Dios, es la Vida y la Luz de la humanidad, es el que haciéndose carne puso su morada entre nosotros. Damos gracias a Dios por ese regalo suyo que nos enriquece, nos acerca a Él, nos hermana, nos ilumina, nos vivifica. Hoy, en el Portal de Belén, el pequeño niño, que es Dios hecho hombre nos invita a abajarnos, a ir espiritualmente a pie, por decirlo así, para poder entrar por el portal de la fe y encontrar a Dios, que es diferente de nuestros prejuicios y nuestras opiniones: el Dios que se oculta en la humildad de un pequeño niño recién nacido. Mirando a ese pequeño niño en brazos de su madre María, recuerda uno sin entenderlo quizá plenamente, que el evangelista San Juan nos dice que es el Verbo Dios y que en él, pequeño, Dios algo nos quiere decir: que la santidad no está en la grandeza de nuestras acciones, sino en la pureza, en la sencillez, en la rectitud de un corazón que parece a simple vista muy pequeño, pero que es grande para amar. Contemplemos con sencillez y detenimiento en este día el nacimiento que seguramente, hemos puesto en casa, detengámonos a ver la escena, allí María y José custodiando a Jesús, el pequeño niño, pueden ennoblecer y santificar nuestras pequeñas acciones... Créanlo. ¡Feliz Navidad en este bendecido miércoles! 

Padre Alfredo.

martes, 24 de diciembre de 2019

FELIZ NAVIDAD, BENDECIDO 2020


«EN LA VÍSPERA DE LA NAVIDAD»... Un pequeño pensamiento para hoy

Hoy, víspera de la Navidad, tras la preparación de las cuatro semanas de Adviento, el Evangelio nos regala un himno que nos llena particularmente de alegría, pregustando ya la celebración del nacimiento del Señor esta noche. Es el Cántico de Zacarías (Lc 1,67-79), que cada día en la oración de Laudes —de la Liturgia de las Horas— la Iglesia canta con alegría al amanecer y con justa coherencia, recordando «el sol que nace de lo alto», que para nosotros es Cristo Jesús, que viene a iluminar a todos los que caminamos en la tiniebla o en la penumbra, y comprometiéndonos a servirle «en santidad y justicia en su presencia todos nuestros días», y «guiar nuestros pasos en el camino de la paz» a lo largo de la jornada. 

Estamos en vísperas ya de la noche del año en que más desbordamos nuestra ternura. Las familias se reúnen, los recuerdos nos unen a los que tenemos más lejos y a quienes ya nos están entre nosotros. Hoy sacamos de alguna manera al niño que todos llevamos dentro y le dejamos manifestarse, dar y recibir ternura y amor, sin miedos, sin la inhibición con que habitualmente lo reprimimos. Hoy, en lo más central de la Navidad, está permitido ser niño y dejar descansar un poco a nuestro adulto, pero, lo cierto es que todo el año va a ser así... Volverán los días «ordinarios», con las cosas normalitas de cada día. Hoy, y todos estos días de Navidad, son una excepción. Hay que aprovechar este tiempo y aprovechar, aunque sea brevemente, un mundo utópicamente lleno de ternura en el dar un «¡Feliz Navidad!»; en el abrazar al hermano y al amigo, perdonando al enemigo; en el compartir juntos la cena, la comida... qué se yo... es Navidad. 

En la segunda mitad del siglo III, en la península Itálica, vivió un hombre llamado Gregorio, luego conocido como San Gregorio de Spoleto. Un hombre religioso y bueno, del que escasas noticias nos han llegado hasta hoy. Pero un santo varón que vivió en la época de las persecuciones de Diocleciano. Fue hecho preso, es acusado de no querer sacrificar a los dioses y de afirmar que sólo un Dios merece adoración y es «el sol que nace de lo alto»: Jesús. Murió mártir en el año 303 y la Iglesia lo recuerda hoy, precisamente en la víspera de la Navidad. Gregorio no se acomodó a los criterios de este mundo que mandaba el emperador, por eso fue acusado de «ser rebelde a los dioses» de este mundo. Hoy necesitamos muchos Gregorios de Spoleto porque son muchos los que, sobre todo en estos días de Navidad, se acomodan a los criterios de este mundo y se olvidan del que hay que celebrar: el Hijo de Dios hecho hombre para nuestra salvación. Que esta noche tengamos todos una muy feliz Navidad, no por los criterios del mundo, sino celebrando a Cristo, que nace de lo alto. Que lo recibamos con el mismísimo amor con el que lo recibió su Madre y San José. ¡Bendecido martes vísperas de la Navidad! 

Padre Alfredo.

lunes, 23 de diciembre de 2019

PARA PEDIR POSADA EN FAMILIA EL 24 DE DICIEMBRE EN LA NOCHE...


Les presento una forma muy bonita de pedir la posada que creo vendrá muy bien para la última posada en la noche del 24 para hacerla en casa:


Lectura del Santo Evangelio según san Lucas: 

«Sucedió que por aquellos días salió un edicto de César Augusto ordenando que se empadronase todo el mundo. Este primer empadronamiento tuvo lugar siendo gobernador de Siria Cirino. Iban todos a empadronarse, cada uno a su ciudad. Subió también José desde Galilea, de la ciudad de Nazaret, a Judea, a la ciudad de David, que se llama Belén, por ser él de la casa y familia de David, para empadronarse con María, su esposa, que estaba encinta. Y sucedió que, mientras ellos estaban allí, se le cumplieron los días del alumbramiento, y dio a luz a su hijo primogénito, le envolvió en pañales y le acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en el alojamiento.» (Lc 2,1-7)

PRIMERA PETICIÓN:

AFUERA:
En el nombre del cielo,
os pido posada,
pues no puede andar, mi esposa amada.

ADENTRO:
Aquí no es mesón,
sigan adelante,
yo no puedo abrir,
no sea algún tunante.

SEGUNDA PETICIÓN:

Pensemos ahora en todos aquellos que se negaron a recibir a los santos peregrinos debido a los peligros que podían tener ante gente desconocida en una época que, como en la nuestra, había muchos robos y asaltos. Seguramente la mayoría ni siquiera saldrían para ver de qué se trataba. Pidamos por todos los indiferentes que no hospedan a Jesús en sus corazones.

Señor, que sigamos haciendo el bien y buscando la justicia, aunque veamos que muchos nos cierran las puertas sin que haya posada para los portadores de Cristo así como no la hubo para José y María. Fortalece nuestra esperanza sabiendo que al final, como dice San Pablo: «Todo contribuye par el bien de los que aman a Dios» (Rm 8,28).

AFUERA:
Venimos rendidos,
desde Nazareth,
yo soy carpintero,
de nombre José.

ADENTRO:
No me importa el nombre,
déjenme dormir,
pues que ya les digo,
que no hemos de abrir.

TERCERA PETICIÓN:

Tengamos presentes a todos aquellos que necesitan de nosotros, ya que el ayudar causa molestia y pide renuncia a nuestros intereses personales, desde dar tiempo hasta desprendernos de algo que nos gusta o dar una ayuda económica.

Pidámosle a Dios que nos ayude como individuos y como familia a estar abiertos a las necesidades ajenas, aunque nos cueste sacrificio ayudar o servir.

AFUERA:
Posada te pide,
amado casero,
por solo una noche,
la Reina del cielo.

ADENTRO:
Pues si es una reina,
quien lo solicita,
como es que de noche,
anda tan solita.

CUARTA PETICIÓN:

Pensemos en María, Reina del Cielo, la más santa entre todas las mujeres, escogida por Dios como Madre de su Hijo y su transitar por el camino. Al tocar de puerta en puerta era vista como una de tantas, que incluso se convertiría en molestia para algunos.

Pidámosle a Dios que en todo momento reconozcamos a María como Madre de Dios y madre nuestra, como Reina del cielo y colaboradora de la obra redentora del Señor.

AFUERA:
Mi esposa es María,
es Reina del cielo,
y Madre va a ser,
del Divino Verbo.

ADENTRO:
Eres tú José,
tu esposa es María,
entren peregrinos,
no los conocía.

QUINTA PETICIÓN:

Vivamos la alegría de María y José, al ser recibidos por una familia sencilla que les brindó un espacio y un pesebre para el Divino Niño que habrá de llegar.

Gracias Jesús, José y María, por la gente que recibe al peregrino, que sostiene al débil, que apoya al enfermo y al desvalido. Gracias por el que colabora en el esfuerzo de los demás para disminuir su fatiga.

AFUERA:
Dios pague señores,
vuestra caridad,
y os colme el cielo,
de felicidad.

ADENTRO:
Dichosa la casa,
que alberga este día,
a la Virgen pura,
la hermosa María.

ENTRADA DE LOS PEREGRINOS:

Señor Dios, que esta fiesta que conmemoramos en esta noche tan especial, avive nuestra esperanza de ser de aquellos a quienes Cristo Jesús, juez de vivos y muertos colocará a su derecha diciendo: «pasen benditos de mi Padre a mi derecha; vengan a la fiesta eterna que mi Padre ha preparado para ustedes, porque estaba cansado del camino y me recibieron».

TODOS:
Entren santos peregrinos, peregrinos,
reciban este rincón,
que aunque es pobre la morada, la morada,
os la doy de corazón.
Cantemos con alegría, alegría,
todos al considerar,
que Jesús, José y María, y María,
nos vinieron hoy a honrar.

«La Buena Nueva está siempre en marcha»... Un pequeño pensamiento para hoy


Quiero detenerme hoy, para iniciar mi reflexión, en la figura de San Juan de Kety, el santo que la Iglesia celebra en este día ya casi vísperas de la Navidad. Nacido en Kęty, Polonia, en 1390, este santo fue sacerdote y docente de filosofía en la Universidad de Cracovia. En 1417 obtuvo el doctorado en Filosofía, y poco después en Teología. Ordenado de sacerdote, nombrado canónigo de Cracovia, obtuvo una cátedra de teología en la Universidad, y continuó residiendo en el mismo Colegio Mayor en que había residido mientras fue estudiante. Fuera de su estancia en una parroquia y de sus viajes, no conocerá Juan ninguna otra residencia. Elegido luego como preceptor de los príncipes polacos, fue muy estimado por todos debido al ejercicio de la caridad de manera extraordinaria haciendo cosas sencillas y pequeñas cada día, diríamos, pequeñas obras de caridad con los más pequeños. Con su pago por su trabajo en la corte, daba de comer a los pobres que encontraba. Era tan bueno que en su vida hay una anécdota curiosa: En uno de sus viajes fue asaltado por unos ladrones, hecho que demuestra su amor a la verdad. Cuando aquellos infames le hubieron despojado de todo su dinero, le preguntaron si tenía más, contestó que no, pero habiendo recordado que le quedaban unos escudos cosidos en el forro de su manto, llamó a los ladrones para entregárselo. 

Fue un profesor sumamente sencillo y responsable. Y, según la historia de su vida, su rectitud hizo de él un profesor incómodo, de los que no transigen, de los que, con su cumplimiento, constituyen una muda reprensión para los demás. pero muchos lo querían y buscaban imitarle. Se dice que un buen día la Universidad, correspondiendo a una petición de los feligreses de la parroquia de Olkusz, le designó como párroco de la misma. La prueba debió de resultarle dura, porque no suele ser fácil que un intelectual se adapte a las tareas pastorales, en directo contacto con las almas. Pero fue un párroco admirable, y en los años —que no fueron muchos— que estuvo al frente de su parroquia, esta cambió profundamente. Había estado hasta entonces muy descuidada, faltando la instrucción religiosa, existiendo en ella facciones y partidos que se odiaban a muerte, y pudiéndose encontrar no poca indiferencia en algunos feligreses. Pero el párroco consiguió transformar por completo la parroquia: la caridad, la unión fraternal, el destierro de los vicios, proclamaron la fina calidad del buen pastor. En 1340 volvió a su cátedra de teología. Murió durante la Misa de la vigilia de Navidad de 1473. 

La Buena Nueva del Señor, en los santos, está siempre en marcha. Así podemos verlo no solo en la vida de San Juan de Kety sino en muchos más, como hoy en el Evangelio se percibe en el nacimiento de Juan el Bautista (Lc 1,57-66). La presencia de un santo, sea grande, sea pequeño, cambia el entorno. El nacimiento del Bautista se interpreta religiosamente: Dios está en el interesado... es un resultado de su misericordia. Dice la gente que rodea a Isabel y a Zacarías que Dios ha querido este nacimiento porque tiene un proyecto sobre este niño. Y tienen razón los vecinos: ¿qué será de este niño? Juan el Bautista será grande. Durante bastantes días, en este Adviento, hemos ido leyendo pasajes en que se cantan las alabanzas de este personaje, decisivo en la preparación del Mesías: testigo de la luz, voz de heraldo que clama en el desierto y prepara los caminos del Señor, que crea grupos de discípulos que luego orientará hacia el Profeta definitivo, que predica la conversión y anuncia la inminencia del día del Señor. Todos, como discípulos–misioneros del Señor tenemos un quehacer para llevar la Buena Nueva a donde estamos, todos, desde el bautismo, somos profetas como Juan, así vivió San Juan de Kety y así hemos de vivir nosotros. Preparemos muy bien nuestro corazón a recibir a Jesús que ya se acerca, pidamos a María que nos preste el suyo, su corazón sencillo y pobre para hospedar a Jesús. ¡Bendecido lunes! 

Padre Alfredo.

domingo, 22 de diciembre de 2019

«DICHOSO TÚ QUE HAS CREÍDO»... Un pequeño pensamiento para hoy

Aunque los beatos se celebran únicamente en los lugares en donde vivieron o en donde sus obras se desarrollaron, es bueno conocer sus vidas y celebrar con el Señor el triunfo de su santidad, pues esta de la manera de celebrarlos es lo único que los distingue de los santos, a quienes se rinde un culto universal. La más importante veneración que la Iglesia rinde a la persona beatificada es la de un día festivo, con su Misa y oficio —Liturgia de la Horas—. Algunas veces, cuando en el calendario me encuentro que se celebra algún beato que no es tan conocido, procuro leer su vida y compartirlo en mi reflexión como lo hago el día de hoy al hablar del beato Tomás Holland, presbítero y mártir, pues la vida de todos los santos y beatos, se enlaza perfectamente con la Palabra de Dios, pues todos ellos, en su estilo personal y forma de ser, se esmeraron por hacer vida el Evangelio. 

Nacido en 1600 en Gran Bretaña, en agosto de 1621, fue a Valladolid, donde prestó juramento misionero el 29 de diciembre de 1633 cuando comenzaron las negociaciones con el Partido español. En 1624 ingresó al noviciado de la Compañía de Jesús en Warren, en el sur de los Países Bajos, y poco después fue ordenado sacerdote en Lieja. Hizo su profesión religiosa el 28 de mayo de 1634 y, por su debilísima salud, sus superiores lo enviaron a Inglaterra el año siguiente. Era hábil disfrazándose realizando su ministerio clandestinamente, en tiempo del rey Carlos I, cuando los católicos eran perseguidos. Sabía hablar perfectamente francés, español y flamenco, además del inglés, su idioma materno. Su salud no mejoró y los síntomas empeoraron, sin embargo, logró resistir aun por siete años, ejerciendo un apostolado continuo en medio de vicisitudes de todo tipo. Dedicaba todo su tiempo libre a la oración y esto explica por qué los que se le acercaban experimentaban inmediatamente como una atmósfera sobrenatural. Finalmente, fue arrestado bajo sospecha en una calle de Londres el 4 de octubre de 1642 y encarcelado. Como se negó a jurar que no era sacerdote, el jurado lo declaró culpable. Pudo decir misa en prisión donde se congregaron visitantes, a los que hablaba palabras llenas de fe y de elevación espiritual. En la mañana del 22 de diciembre pudo celebrar la misa en la cárcel y luego fue llevado a la horca de Tyburn. Allí se le permitió pronunciar un discurso donde manifestó públicamente su condición de sacerdote y de jesuita, hizo actos de fe y de contrición, ofreció a Dios su vida, perdonó a todos, dio al verdugo el poco dinero que tenía, recibió la absolución de un hermano sacerdote oculto en la multitud. Fue ahorcado mientras juntaba las manos y lo dejaron colgar hasta que muriera. Tenía cuarenta y dos años, diecinueve de los cuales los vivió como jesuita. 

Cuánto valor tiene el seguir la voluntad de Dios. Muchas veces lo que pide son cosas agradables, otras muy difíciles, como en el caso del beato Tomás Holland o de san José el esposo de María, de quien el Evangelio de este domingo nos habla y nos dice cómo su condición humana quiere reclamar derechos que sabe muy bien encausar sin dejarse llevar por la ira o la venganza: «no queriendo ponerla en evidencia, pensó dejarla en secreto». El ángel del Señor le aclara las cosas y le dice que el hijo que María espera por obra y gracia del Espíritu Santo se llamará «Jesús», que significa «Dios salva», «Emmanuel, Dios-con-nosotros», anunciando así que la profecía de Isaías se cumple en Jesús de Nazaret. José está desposado con María y por eso va a hacer que el Mesías venga según la dinastía de David. José acepta los planes de Dios. Como tantos otros en la Historia, que se encuentran desconcertados, pero se fían de Dios. José acepta lo que se le encomienda y vive la Navidad desde una ejemplar actitud de creyente. Junto con María, también José es un modelo para todos nosotros, abierto a la Palabra de Dios, obediente desde su vida de cada día a la misión que Dios le ha confiado. También de él podemos decir como de su esposa: «dichoso tú porque has creído». ¡Bendecido domingo! 

Padre Alfredo.

3 FORMAS DE HACER ORACIÓN CON LAS REDES SOCIALES...

Carlos Romero, un seminarista chileno de la Congregación Sagrada Familia de Nazareth de San Juan Piamarta, que es además Licenciado en Letras Hispánicas y estudiante de Filosofía de la Pontificia Universidad Católica de Chile ha compartido en el blog de imision.org tres formas de hacer oración valiéndose de las redes sociales. El artículo me ha parecido bastante interesante y lo comparto:

1. Reza por tus amigos y followers: 

Internet es como una plaza pública donde caminan personas en distintas direcciones. Algunos van con prisa, otros esperan a alguien. En esta plaza, en la Red, quizás no cruces palabras con todas las personas que transitan por ahí, pero, aún así, puedes hacer mucho por ellas ¿Has oído hablar de la oración de intercesión? El Catecismo de la Iglesia Católica lo define como aquello que es «propio de un corazón conforme a la misericordia de Dios». Rezar por quienes te leen y entran en contacto contigo es una forma de hacerte cercano a ellos, de decirle a Dios «Señor, ellos son tus amados, ayúdalos, acompáñalos». Cuántas personas rondan por las calles del Continente Digital buscando alguien que los escuche, que les dé una palabra de aliento, que los haga sentirse amados. Puedes plantearte como propósito rogar a Dios por quienes forman parte de tu comunidad en las redes sociales. De esta manera estarás viviendo el hacerse prójimo en el mundo digital.

2. Da gracias por lo que experimentas en la Red: 

En el mundo digital no todo es negativo. En las redes sociales es posible encontrar personas que, a pesar de la distancia, pueden convertirse en tus amigos en la fe. Internet, entendida como una red de relaciones, nos brinda la posibilidad de entrar en contacto con una infinidad de personas y descubrir en ellas a grandes personas. Es en ese vínculo digital —y no por eso irreal— donde puede nacer la amistad y la fraternidad. Agradece a Dios por lo que te ha hecho pensar que Internet es un don de Dios: por los consejos que has dado o recibido, por los saludos, por las interminables conversaciones, por conocer a personas que te han sacado una sonrisa e, incluso, por esos momentos en que alguien te ha atacado por tu fe.

3. Invoca al Espíritu Santo para que te ayude a ser un buen misionero en la Red: 

Todos hemos recibido el llamado de ser discípulos–misioneros de Jesucristo, personas que salen a anunciar la alegría del Evangelio. Por eso es que el mundo digital se nos presenta como una posibilidad de llevar el mensaje de Cristo a todos los que lo habitan. Y para poder cumplir con esta misión es necesario invocar el don del Espíritu Santo, ya que por nuestras propias capacidades no seremos capaces de hacer nada. Tal vez tienes algo de temor de decir que eres católico en las redes sociales o, tal vez, te sientes poco preparado para anunciar el Evangelio en este ambiente ¡No temas! Pide a Dios que envíe sobre ti los dones del Espíritu y que te ayude a dar a conocer al mundo lo bello que es confiar en el amor y la misericordia de Dios. El mundo quiere testigos, no predicadores. Pide al Espíritu Santo que te ayude a mostrar a los demás cómo el Señor ha ido transformando tu historia y cómo Él te ha acompañado en el camino. Déjate guiar por Dios también en el mundo digital.

Este es el link para ir al original: http://imision.org/iblog/3-formas-de-hacer-oracion-con-las-redes-sociales/

sábado, 21 de diciembre de 2019

«Oraciones para rezar antes de conectarse a internet»*... Una plegaria sencilla y poderosa para tener siempre a mano

Jesús,
tú has hecho buenas todas las cosas
y nos ha dado la libertad
para que pudiéramos confirmar con ella nuestra opción por ti.
Ayúdame y enséñame a usar internet
como corresponde a un apóstol que te ama:
que el tiempo que destine a la web sea para darte gloria;
que mis ojos vean siempre lo que tu verías;
que nunca pierda de vista
el hecho que detrás de cada pantalla hay almas redimidas
Que en el trato con las personas
con que entre en relación
en el ambiente digital
pueda reflejarte adecuadamente para que más te conozcan
y más te amen.
Ilumina y mesura mis palabras
a la hora de emitir juicios, hacer comentarios y ofrecer consejos
de modo que siempre pueda dejar en los corazones
el dulce olor a ti;
que una vez que termine mi navegación por internet
no conserve ni en el corazón ni en el pensamiento
algo que de ti me separe.
Jesús, finalmente, te pido que grabes en lo más hondo de mí
la certeza de que sin ti
ningún fruto para la eternidad es posible
y que haciéndolo y dándolo todo por ti y por tu Reino
no importa lo mucho o lo poco que se pueda hacer
pues eres tú quien actúa en el silencio
y así bendices nuestro apostolado.
Amen

OTRA ORACIÓN:

Dios eterno y omnipotente,
Que nos has creado a tu imagen y semejanza
Y que nos has hecho buscar todo lo que es bueno, verdadero y bello,
Sobre todo en la persona divina
De tu Hijo Unigénito nuestro Señor Jesucristo,
Permítenos que,
A través de la intercesión de San Isidoro, obispo y doctor,
durante nuestras sesiones en internet,
dirijamos nuestras manos y nuestros ojos
solo a lo que a Ti te agrada
y tratemos con caridad y paciencia
a todas las almas que encontremos.
Por Cristo, nuestro Señor.

Amen.


* Las oraciones están tomadas de estas ligas:

https://es.catholic.net/op/articulos/34447/cat/224/para-una-buena-navegacion-oracion-para-antes-de-usar-internet.html#modal

https://es.aleteia.org/2015/08/02/oracion-antes-de-conectarse-a-internet/

«ENAMORADOS DE CRISTO Y LA IGLESIA»... Un pequeño pensamiento para hoy


Preparando la visita de la santísima Virgen María a su parienta Isabel, la primera lectura de la liturgia de este sábado nos ofrece un hermosísimo cántico de amor tomado del Cantar de los cantares (Cant 2,8-14). La novia mira con gozo cómo su amado viene saltando por los montes a visitarla. El novio le canta un poema pidiendo a la joven que se haga ver: «Levántate, amada mía, hermosa mía, y ven... déjame ver tu rostro y hazme oír tu voz». Todo alrededor de este encuentro es poesía y primavera en la naturaleza. Pero sobre todo el amor de los dos jóvenes es lo que llena la escena que encanta a quien la lea: el amor humano, elevado en la Biblia a símbolo y encarnación del amor de Dios a su pueblo. Es sublime que la lectura bíblica nos hable de amor, de enamoramiento, de primavera, de poesía y gratuidad en medio de un mundo que en estos días más que el resto del año, está lleno de interés comercial y de cálculos medidos. Y que este amor juvenil sea precisamente el lenguaje con el que, en vísperas de la Navidad, se nos anuncie la buena noticia: Dios, el novio, se dispone a celebrar la fiesta una vez más, si la humanidad y la Iglesia, la novia, le acepta su amor. 

Hoy la Iglesia celebra a un santo enamorado de Dios de una manera muy profunda, se trata de san Pedro Canisio, llamado «el segundo evangelizador de Alemania», un hombre venerado como uno de los creadores de la prensa católica y el primero del numeroso ejército de escritores jesuitas de la historia. Pedro nació en Nimega, Holanda en 1521. A los 19 años, obtuvo su licenciatura en teología, y para complacer a su padre se dedicó a especializarse en abogacía. Sin embargo, tras realizar algunos Ejercicios Espirituales con san Pedro Favro, que era compañero de san Ignacio, se entusiasmó por la vida religiosa, hizo votos o juramento de permanecer siempre casto, y prometió a Dios hacerse jesuita. Fue luego admitido en la comunidad y los primeros años de religioso los pasó en Colonia, Alemania, dedicado a la oración, el estudio, la meditación y la ayuda a los pobres. Distinguiéndose por su amor a Cristo, ese amor que le había hecho dejarlo todo para seguirle, fue siempre muy caritativo y amable con las personas que le discutían, pero tremendo e incisivo contra los errores de los protestantes. Por la calidad de sus estudios, alcanzó una especial cualidad para resumir las enseñanzas de los grandes teólogos y presentarlas de manera sencilla para que el pueblo se enamorara del Cristo total. Logró redactar dos catecismos, uno resumido y otro explicado. Estos dos libros fueron traducidos a 24 idiomas y en Alemania se propagaron por centenares y millares. 

Y es que, además de su gran amor a Cristo tenía otro amor, el amor a María Santísima, a quien seguramente la pensaba como dice el Evangelio de hoy: «encaminándose presurosa» (Lc 1,39-45), por eso era incansable y a quien le recomendaba descansar un poco entre su arduo trabajo pastoral, le respondía: «Ya descansaremos en el cielo». En los treinta años de su incansable labor de misionero recorrió treinta mil kilómetros por Alemania, Austria, Holanda e Italia. Entre sus correrías y su afán de que muchos se enamoraran de Cristo nuestro Salvador, san Pedro Canisio se dio cuenta del inmenso bien que hacen las buenas lecturas y se propuso formar una asociación de escritores católicos. Estando en Friburgo el 21 de diciembre de 1597, después de haber rezado el santo Rosario, exclamó lleno de alegría y emoción: «Mírenla, ahí esta. Ahí está». Y murió. La Virgen Santísima había venido para llevárselo al cielo. El Sumo Pontífice Pío XI, después de canonizarlo, lo declaró Doctor de la Iglesia, en 1925. ¿Cómo andamos nosotros en el amor a Cristo y a la Iglesia? ¡Bendecido sábado!

Padre Alfredo.

viernes, 20 de diciembre de 2019

«El "sí" de María y nuestro "sí"»... Un pequeño pensamiento para hoy


El «cúmplase en mí lo que me has dicho» que en boca de María resuena hoy en el evangelio ante el anuncio del ángel (Lc 1,26-38) es el «sí» que debe resonar en cada uno de nuestros corazones a la voluntad de Dios. Así se ha prolongado a lo largo de los siglos la aceptación de la salvación generación tras generación. Es como si cada uno de nosotros volviera a escuchar el anuncio del ángel que espera nuestro «sí» para llevarlo a nuestro Dios. Es el «sí» que muchos santos y beatos han dado a las peticiones del Señor para llegar a muchas almas. En eso consiste la esencia de nuestra vocación, en una respuesta con un «sí». La vocación es en cada uno de nosotros el punto central de nuestra vida. El eje sobre el que se organiza todo lo demás. Todo o casi todo depende de conocer, aceptar y cumplir aquello que Dios nos pide haciendo que nuestro corazón sintonice con el suyo. Pero a pesar de que la vocación es la llave que abre las puertas de la felicidad verdadera, hay quienes no quieren conocerla; prefieren hacer su voluntad en vez de la Voluntad de Dios, sin buscar el camino por el que alcanzarán con seguridad el Cielo y harán felices a muchos más. El Señor hace llamamientos particulares; también hoy. Nos necesita, porque la mies es mucha y los obreros pocos (Mt 9, 37). Hay mieses que se pierden porque no hay quien los recoja. «Cúmplase en mí lo que me has dicho», dice la Virgen. Y la contemplamos radiante de alegría.

El «sí» de María, como nuestro «sí» no es un juego, es algo que implica toda la vida y la implica con seriedad hasta darlo todo, dejándose por completo en las manos de Dios. El beato Miguel Piaszczynski, sacerdote y mártir polaco, fue encarcelado en el extranjero a causa de la fe y llevado al campo de concentración de Sachsenhuse, en Alemania, allí murió como mártir el 20 de diciembre de 1940. Había nacido en Lomza el 1 de noviembre de 1885. Estudió en Sejny y Petersburgo y se ordenó sacerdote el 13 de junio de 1911. Prosiguió sus estudios en Friburgo (Suiza) y se doctoró en Filosofía. Ejerció el cargo de capellán de los mineros polacos en Francia y luego, al volver a su diócesis, se le encargó de la dirección del Instituto Piotr Skarga. En 1925 se produjo la reorganización de la diócesis de Sejny y se le dio como capital la ciudad de Lomaza. Tuvo varios cargos en el seminario diocesano y fue canónigo de la catedral. Luego, empezada ya la guerra, estuvo como director del Instituto de San Casimiro, de Sejny siguiendo con una vida llena de Dios para darlo a los demás, pero allí fue arrestado el 7 de abril de 1940, y enviado al campo de concentración de Dzialdowo para pasar después al de Sachsenhausen, donde tuvo lugar su muerte debido a que lo dejaron morir de hambre y miseria. Su vida fue un constante «sí» a la voluntad de Dios con tantos cargos y encomiendas que no lo apartaron nunca del espíritu de oración y del anhelo de santidad. Fue beatificado el 13 de junio de 1999.

Como el beato Miguel y como muchos más, tenemos que estar atentos porque el anuncio de lo que Dios quiere llega a nosotros una y otra vez. María vio al ángel aquel solamente una sola vez, pero supo interpretar que en los acontecimientos y a travez de otras mediaciones como su esposo José y diversos acontecimientos como la escasez del vino en Caná, el Señor pide renovar el «sí» que sintonice nuestro querer como el suyo. El beato Miguel caminó mientras estuvo por este mundo así, era un hombre inteligente y culto, sacerdote de gran vida interior y de gran entrega como educador. Un hombre, que en su sencillez y pureza de corazón practicó la amistad con los judíos a los que llamaba sus hermanos mayores. Paciente y comprensivo espero la muerte soportando los horrores del campo de concentración a sabiendas de que esa, era la voluntad de Dios. Dios le había llamado a anunciarle, a llevar su palabra a muchos y ahora le llamaba a dar la vida en la soledad y en la miseria de ese lugar en el que lo dejaron morir de hambre. Yo sé que queremos vivir estos últimos días del Adviento como el beato padre Miguel, con el mismo «sí» de María nuestra Madre. Apoyando nuestra humilde condición en la gracia de Dios a quien le pedimos que su Hijo nos encuentre con el corazón dispuesto, dócil a sus mandatos, a sus consejos, a sus sugerencias, a su voluntad. ¡Bendecido viernes!

Padre Alfredo.