lunes, 9 de diciembre de 2019

«La Inmaculada Concepción de María»... Un pequeño pensamiento para hoy


El día 9 de diciembre, la Iglesia celebra a san Juan Diego Cuauhtlatoatzin, el indito que nació en 1474 en en Cuauhtitlán y a quien en 1531 se le apareció la Virgen de Guadalupe, sin embargo, al haber coincidido el Segundo Domingo de Adviento —el día de ayer— con la Solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen María, ésta celebración ha debido ser trasladada al día de hoy lunes 9 de diciembre porque la celebración de los domingos de Adviento prevalece sobre otras fiestas marianas como ésta que, en México —desde donde escribo— no es de precepto. Así, con el permiso de quien San Juan Pablo II llamó «el confidente de la dulce Señora del Tepeyac» (L'Osservatore Romano, 7-8 maggio 1990, p. 5), haré mi oración esta mañana con los textos de la fiesta de la Inmaculada, seguro y convencido de que el santo vidente de Santa María de Guadalupe, no se sentirá sino que más bien se llenará de gozo al dejarle su lugar a la Madre «del verdadero Dios por quien se vive». 

La Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen María, que es el dogma de fe según el cual la Madre de Jesús fue preservada del pecado desde el momento de su concepción, es decir, desde el instante en que comenzó su vida humana, fue declarado como tal por el Papa Pío IX con su bula «Ineffabilis Deus» el 8 de diciembre de 1854. El Papa expresó en aquel documento: «...declaramos, proclamamos y definimos que la doctrina que sostiene que la beatísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de la culpa original en el primer instante de su concepción por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Cristo Jesús Salvador del género humano, está revelada por Dios y debe ser por tanto firme y constantemente creída por todos los fieles...» Como cada año, esta fiesta mariana se asienta en una realidad de presencia de mal, pero de una prevalencia del bien en nuestro mundo. No podemos ocultar que el mal invade los ámbitos humanos, no podemos negar su presencia en nuestras vidas, pero esta solemnidad nos llena de esperanza y certeza de que el verdadero discípulo de Jesús es capaz de vencer todo mal. Desde la primera lectura (Gn 3,9-15.20) encontramos cómo Eva nos vistió de luto y nos privó de Dios, pero en María, por virtud de la resurrección de Jesús, encontramos nuevos caminos que nos llevan a la paz y que nos ayudan a superar tantos males. 

Las palabras del ángel en el Evangelio a la Virgen María (Lc 1,26-38): «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo» nos dan el sentido profundo de lo que hoy celebramos. El ángel se dirige a Ella como si su nombre fuese precisamente «la llena de gracia». Por eso a lo largo de los siglos la Iglesia ha tomado conciencia de que María «llena de gracia» por Dios ha sido redimida desde su concepción. Se trata de un singular don concedido para que ella pudiese dar el libre asentimiento de su fe al anuncio de su vocación tan particular. Era necesario que María estuviese totalmente investida por la gracia de Dios para responder adecuadamente al plan de Dios sobre ella. El Padre eligió a María «antes de la creación del mundo para que fuera santa e inmaculada en su presencia en el amor» (cf. Ef 1,4). En la carta a los Efesios (Ef 1,3-6.11-12) san Pablo indica cómo el Padre nos ha elegido desde la eternidad en Cristo para ser santos e inmaculados en su presencia en el amor. El primer fruto excelente de este plan salvífico es María, quien en previsión de los méritos de Cristo, fue preservada de toda mancha de pecado original en el primer instante de su concepción. Por eso hoy nos encomendamos a Ella y le pedimos también para nosotros pureza de corazón, esa pureza que se nos restaura cada vez que nos acercamos al valioso sacramento de la reconciliación. Así, esta fiesta, enmarcada por el Adviento, nos puede alentar a acercarnos al sacramento y recibir así mejor, mucho mejor, a Jesús, que ya se acerca. ¡Bendecido lunes! 

Padre Alfredo.

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