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El libro de los Hechos de los apóstoles nos presenta a Esteban como «un hombre lleno de fe y de Espíritu Santo» (Hch 6, 5), elegido junto a otros seis para la atención de las viudas y de los pobres en la primera comunidad de Jerusalén y nos relata con detalle su martirio: cuando, tras un discurso de fuego que suscitó la ira de los miembros del Sanedrín, fue arrastrado fuera de las murallas de la ciudad y lapidado. Y viendo en el cielo a Dios y a Jesús, san Esteban dijo: «Estoy viendo los cielos abiertos y al Hijo del hombre que está en pie a la diestra de Dios». Esteban murió como Jesús, pidiendo el perdón para sus asesinos (Hch 7,55-60).Y es que los ángeles de Navidad jamás anunciaron a un «Jesusito» dulzón, anunciaron a un «Salvador»; y es por la cruz que Jesús nos salva. Esteban, según los Hechos de los Apóstoles es el «primer mártir», el primero en seguir a su maestro, al llevar, él también, su cruz. Esteban reproduce la muerte misma de Jesús.
El Evangelio de hoy (Mt 10,17-22) nos presenta el anuncio anticipado de Jesús de las persecuciones que acompañarán a sus discípulos, como para que no nos olvidemos, aun en medio de este ambiente de la Navidad, que el niño que nace morirá en la Cruz para salvarnos. Cristo anuncia a sus seguidores que les llevarán a los tribunales, que les perseguirán, que algunos creerán que hacen un acto de culto a Dios eliminándolos. Pero los discípulos–misioneros no tienen que temer: el Espíritu es el que les inspirará lo que deben decir. Por eso hemos de entender que la Navidad apunta hacia la Pascua, con su gran decisión de entrega y de cruz, para Cristo y para sus seguidores. Tal vez a nosotros no se nos conceda el honor de dar nuestra vida por el Evangelio, pero sí es una exigencia de nuestra fe el testimoniarla delante de los demás, con nuestra vida y con nuestras palabras, con nuestras actitudes y con nuestro compromiso por construir un mundo más humano y más justo, donde podamos vivir en paz y dignamente los que nos consideramos hijos de Dios. Donde hagamos realidad las enseñanzas de aquel cuyo nacimiento estamos celebrando en estos días. Pidamos a María nos alcance esa gracia de su Hijo Jesús, a quien ahora contemplamos recién nacido. ¡Bendecido jueves sacerdotal y eucarístico!
Padre Alfredo.
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