domingo, 31 de enero de 2021

«Como quien tiene autoridad»... Un pequeño pensamiento para hoy


En la Palestina de la época de Jesús, había sinagogas o «Casas de oración» no sólo en las grandes ciudades, sino incluso en los pueblos y en las aldeas más pequeños. Los israelitas acudían allí para la oración y para la lectura y la explicación de la ley. No sólo los escribas y los ancianos, sino cualquiera de los participantes, podían ser invitados por el presidente a dirigir la palabra a los demás. Por otra parte, cualquier israelita podía pedir la palabra para intervenir. Es precisamente en una sinagoga, en la de Cafarnaúm, donde Jesús toma la palabra para enseñar. Y es también en la sinagoga donde, según el Evangelio de este domingo, Jesús libera a un hombre poseído del espíritu inmundo (Mc 1, 21-28). Allí la gente quedó asombrada de las palabras de Jesús, pues «enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas», que quizá repetían los mismos discursos aprendidos. Inmediatamente, el evangelista nos cuenta que había allí en aquella reunión, un hombre poseído por un espíritu inmundo que sabía que Jesús era «el Santo de Dios». Esto es interesante, porque vemos que no basta con saber quién es Jesús, eso, como vemos en el relato, hasta los demonios lo saben. 

En tiempos de Jesús estaba extendida la opinión de que los demonios estaban en el origen de cualquier enfermedad, especialmente de las diversas enfermedades mentales, cuyas manifestaciones hacían pensar que el enfermo no era ya dueño de sí mismo. No es extraño entonces que los evangelios hablen según la mentalidad de su tiempo y que el mismo Jesús, en su parte, se haya querido acomodar a ella. No debemos pretender de estas narraciones un diagnóstico médico ni una declaración especulativa sobre la naturaleza de los demonios. Los relatos, como el de hoy, reflejan más bien la lectura «teológica» que un hombre de la época —ante ciertos casos especialmente preocupantes— hacía de los hechos, llegando a la raíz de la situación, allí donde se descubre la huella del enemigo de Dios y del destructor del hombre. Es una lectura teológica que nace de un convencimiento que el evangelio parece imponer: el mal no viene solamente del hombre; detrás de sus diversas manifestaciones está el enemigo por excelencia, el destructor de la creación. El hombre bíblico es de la opinión que las cuentas sobre el mundo y sobre la historia no salen bien si sumamos solamente las fuerzas de la naturaleza, las del hombre y las de Dios; está además la fuerza del maligno que no se puede negar. Satanás existe y hace su tarea.

En aquel pobre hombre Jesús lee el signo de la presencia del adversario, del que divide, o sea, de aquel que impide el plan de Dios y que tiene la tarea de destruir al hombre, de aquel que se apropia de un poseído de Dios, de una propiedad de Dios, de una criatura de Dios. A este adversario el evangelista lo llama «espíritu inmundo», cosa que significa todo lo que no es apto para la más mínima relación con Dios, que es «puro» y «santo». Por eso es absolutamente necesario que el espíritu inmundo sea expulsado para que el hombre deje de ser un prisionero, un poseído, un alienado, y pueda encontrar la armonía y la unidad perdidas. Jesús descubre esta situación de posesión y se enfrenta a ella con autoridad. El proyecto de Jesús es todo lo contrario de un hombre poseído. Por eso el diablo se rebela contra Jesús: «¿Qué quieres de nosotros? ¿Has venido a acabar con nosotros?» En Cristo hay alguien que libra nuestro corazón y nuestra vida librándonos del poder del enemigo. Sólo liberándose del dominio de los espíritus inmundos podrá el hombre aceptar plenamente el mensaje de Jesús; sólo así podrá el hombre conquistar su libertad; sólo así podrá el hombre colaborar en la liberación de toda la humanidad. Por eso coloca san Marcos este episodio al principio de su Evangelio. ¡Cuidado, por tanto, con los demonios, que todavía pueden andar sueltos! Que María Santísima interceda por nosotros para que estemos siempre bien despiertos. ¡Bendecido domingo!

Padre Alfredo.

sábado, 30 de enero de 2021

«La tempestad calmada»... Un pequeño pensamiento para hoy


El Evangelio de san Marcos, que estamos leyendo en estos días, nos ha compartido una serie de parábolas de las que el mismo evangelista cuida de decirnos varias veces que «Jesús lo explicaba todo, en particular, a sus discípulos». (Mc 4,10; 4,34). Ahora, después de esta serie de parábolas, san Marcos abordará una serie de milagros. Los cuatro milagros citados en esta sección a la que entramos no fueron hechos en presencia de la muchedumbre, sino sólo ante los discípulos... para ellos, para su educación. Es algo así como con las parábolas, que, como digo, les explicaba más claramente a ellos. Hoy el relato nos presenta el milagro de la tempestad calmada por Jesús ante el temor de los discípulos de hundirse en medio del lago de Galilea y pone de manifiesto el poder de Jesús, incluso sobre la naturaleza cósmica, ante el asombro de todos. 

El relato que tenemos hoy (Mc 4,35-41), es un relato muy vivo: las aguas encrespadas, el susto pintado en el rostro de los discípulos, la serenidad en el rostro de Jesús que va dormido tranquilamente en medio de la borrasca. Él es el único tranquilo ante la situación. Lo que es señal de lo cansado que quedaba tras las densas jornadas de trabajo predicando y atendiendo a la gente. Ante la adversidad tan tremenda los discípulos, asustados, despiertan al Maestro y le dicen: «¿no te importa que nos hundamos?» Jesús aplaca la furia de la tempestad y les pregunta: «¿Por qué tenían tanto miedo? ¿Aún no tienen fe?» Y es que una tempestad es un buen símbolo de otras muchas crisis humanas, personales y sociales que el simple miedo natural. El mar embravecido es sinónimo, en este pasaje, del peligro y del lugar del maligno. También nosotros experimentamos en nuestra vida borrascas pequeñas o no tan pequeñas. Tanto en la vida personal como en la comunitaria y eclesial, a veces nos toca remar contra fuertes corrientes y todo da la impresión de que la barca se va a hundir. Mientras Dios parece que duerme. Pero a ese Jesús, que parece dormir, sí que le importa la suerte de la barca, sí que le importa que cada uno de nosotros se hunda o no. 

Jesús lanza a los discípulos a la aventura de poder enfrentarse a la vida con fe, ya que la pérdida de fe es pérdida de rumbo en la buena marcha de los compromisos adquiridos con el maestro. Mientras transcurre el tiempo de nuestra vida, necesitamos tener fe, sobre todo en los momentos de mayor dificultad. Ya que en la medida en que nosotros dudemos seremos presa fácil en mano de nuestros opresores que tienen tanta fuerza como aquel mar que hacía tambalear la barca. Pero una fe solida tendrá la fuerza de destruir toda fuerza que genere división y muerte en medio del pueblo. Muchas veces nuestra pequeña barquita también es tambaleada por la fuerte tormenta del egoísmo, de la desilusión, de la falta de fe... pero el Señor no nos deja. No nos dejamos asustar por las dificultades, persecuciones, incomprensiones y demás problemas, ni siquiera por los estragos de una pandemia tan terrible como la que estamos viviendo ahora en la humanidad. Si creemos de verdad que Jesús está presente entre nosotros, como nos lo prometió, debemos mantenernos serenos y confiados frente a los vientos y las olas. Que María Santísima nos ayude a ser fuertes y a mantenernos firmes en la fe. ¡Bendecido sábado!

Padre Alfredo.

viernes, 29 de enero de 2021

«La semilla del Reino de Dios»... Un pequeño pensamiento para hoy


Las parábolas son uno de los elementos más característicos de las enseñanzas de Jesús; enseñanzas capaces, en su simplicidad, de quedar para siempre impresas en la memoria, y de provocar en quien las oye la extrañeza, la admiración, la pregunta que quieren suscitar. Dos parábolas tomadas de la vida del campo y, de nuevo, con el protagonismo de la semilla que es el Reino de Dios, iluminan nuestra vida en el Evangelio de hoy (Mc 4,26-34). La primera parábola de hoy es la de la semilla que crece sola, sin que el cultivador sepa cómo. El Reino de Dios, su Palabra, tiene dentro una fuerza misteriosa, que a pesar de los obstáculos que pueda encontrar, logra germinar y puede dar fruto. Se supone que el campesino realiza todos los trabajos que se esperan de él, arando, limpiando, regando. Pero aquí Jesús quiere subrayar la fuerza intrínseca de la gracia y de la intervención de Dios. El protagonista de la parábola no es el labrador ni el terreno bueno o malo, sino la semilla. La otra comparación es la de la mostaza, que es la más pequeña de las simientes, pero que llega a ser un arbusto notable. De nuevo, la desproporción entre los medios humanos y la fuerza de Dios.

Cuando en nuestra vida hay una fuerza interior —el amor, la esperanza, la ilusión, el interés—, la eficacia del trabajo crece notablemente. Y cuando esa fuerza interior es el amor que Dios nos tiene, o su Espíritu, o la gracia salvadora de Cristo Resucitado, entonces el Reino germina y crece poderosamente. Nosotros lo que debemos hacer es colaborar con nuestra libertad, sin olvidarnos de que el protagonista es Dios. El Reino crece desde dentro, por la energía del Espíritu. No es que seamos invitados a no hacer nada, pero sí a trabajar con la mirada puesta en Dios, sin impaciencia, sin exigir frutos a corto plazo, sin absolutizar nuestros méritos y sin demasiado miedo al fracaso. Cristo nos dijo: «Sin mí nada pueden hacer» (Jn 15,5). Sí, tenemos que trabajar. Pero nuestro trabajo no es lo principal, sino la confianza en Dios. Decía la beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento: «La gratitud y la confianza han tomado asiento en mi corazón». (Ejercicios Espirituales de 1933). Confiamos porque el Reino de Dios ya está aquí, en proceso de construcción en medio de nosotros, ya crece como la semilla oculta en la tierra, como la casi microscópica semilla de mostaza. El Reino de Dios va creciendo en secreto en nuestro mundo, alimentado por el mismo Dios, que lo pone en el corazón de los creyentes que confían, como una semillita que, poco a poco, da abundantes cosechas de solidaridad y de servicio y que echa ramas en las que pueden cobijarse todos en este mundo.

En esta confianza que se debe tener, hay dos aspectos: el individual y el social. En la primera parábola de hoy, Jesús propone el aspecto individual: el hombre se realiza mediante un proceso interno de asimilación del mensaje, que culmina en la disposición a la entrega total. La siembra se hace en la tierra, indicando la universalidad (cf. Mc 2,10), y el que siembra debe respetar ese proceso interior sin que él sepa cómo. La cosecha significa el momento en que el individuo se integra plenamente en la comunidad, tanto en su fase terrestre como en su fase final (cf. Mc 13,27). En los versículos 30 al 32 viene la enseñanza social: A partir de mínimos comienzos ha de extenderse el Reino de Dios por todo el mundo, pero sin el esplendor ni magnificencia que son los emblemas del poder dominador. No hay continuidad con el pasado, la semilla es nueva. Tampoco se planta en un monte alto, sino en la tierra, indicando universalidad; el resultado será una realidad de apariencia modesta, pero que ofrecerá acogida a todo hombre que busca libertad. El Reino, por tanto, excluye la ambición de triunfo personal y de esplendor social. Que María interceda por nosotros para seamos capaces de construir el Reino en nuestro corazón y en la sociedad en la que vivimos. ¡Bendecido viernes!

Padre Alfredo.

jueves, 28 de enero de 2021

«Adoro Te Devote»... Un hermoso canto de Santo Tomás de Aquino.


Esta versión es una propuesta fiel al original gregoriano —mantiene inalterada la melodía— que a la vez intenta revitalizarlo en el contexto del siglo XXI, y lo logra con creces. Con acompañamiento instrumental de órgano, guitarra y cuerdas, y en un estilo vocal más cercano al popular, las primeras exposiciones son de solistas, las siguientes se completan con armonizaciones corales, primeramente recurriendo a acordes más propios del clasicismo y luego apelando a técnicas más modernas de modulaciones y contrapuntos.

Disfruten de esta bella pieza de música sacra.

«Ser luz»... Un pequeño pensamiento para hoy

A los discípulos–misionero de Cristo no nos basta ser bautizados, dentro de nosotros se esconde un misterio que tiene que manifestarse a los demás. Dios ha puesto su Espíritu Santo y su Palabra, en cada uno de nosotros, una Luz que no puede quedarse solo en nuestro corazón, sino que ha de ser conocida y amada por toda la humanidad porque somos templos vivos del Espíritu Santo y eso nos hace portadores de su Palabra, heraldos del Evangelio. En la medida que dejamos que el Espíritu dirija nuestra vida y hablamos de Jesús a los que nos rodean, en esa medida la Luz brilla y el Reino de los cielos va siendo una realidad. No podemos tener miedo de dejar que Jesús y la vida en le Espíritu se transparente en nosotros. Somos el instrumento por el cual el mundo conocerá de una manera más clara a Dios. Esta es, en resumidas cuentas, la enseñanza del Evangelio de hoy (Mc 4,21-25).

Desde el momento de nuestro bautismo, somos unos iluminados: nacimos de la luz que es Cristo y recibimos la misión de irradiar esa luminosidad a nuestro alrededor. Si no arde o no ilumina nuestra luz, no alcanzamos a realizarnos como lo que debemos ser. La contradicción es patente. Por eso, la parábola de la vela colocada debajo de la cama, oculta debajo de una olla, o substraída, en fin, a su función esencial de iluminar, expresa perfectamente la contradicción de los cristianos que no saben dar la cara, los que no permiten que su vida y sus obras ordinarias queden transidas de la luminosidad que emerge de la fe. Necesitamos ser luz e iluminar. Necesitamos que la Palabra de Dios nos avive el sentido de las dimensiones de la realidad. Necesitamos tener la visión exacta de las cosas, de los momentos, de los espacios en donde nos desarrollamos Hoy nos toca ser luz en una época muy difícil en medio de una pandemia y aquí es donde tenemos que ser luz, luz que dé confianza en Cristo el señor que viene a iluminar el sendero en medio de estas tinieblas que vive la humanidad. Dios nos quiere como luz; como luz brillante, como luz fuerte que no se apague ante las amenazas, ni ante los vientos contrarios, ni ante la entrega de la propia vida por creer en Cristo y, desde Él, por amar al prójimo. 

A la luz del Evangelio, vemos que Dios nos llama para que colaboremos en la disipación de todo aquello que ha oscurecido el camino de los hombres; que vivamos fieles a la vocación que de Dios hemos recibido. Si lo damos todo con tal de hacer llegar la vida, el amor, la paz y la misericordia de Dios a los demás, esa misma medida la utilizará Dios cuando, al final de nuestra existencia en este mundo, nos llame para que estemos con Él eternamente. Creer en Cristo, desde esta perspectiva, es aceptar en nosotros su luz y a la vez ser luz para comunicar con nuestras palabras y nuestras obras esa misma luz a toda la humanidad que anda a oscuras. Por eso cabría preguntarnos si somos nosotros luz que ilumina a los demás con nuestro testimonio en saber escuchar a los demás, en perdonarles cuando nos han ofendido, en prestarles nuestra ayuda cuando lo necesiten, etc. O por el contrario somos malos conductores de la luz de Cristo. Roguémosle al Señor que nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de vivir como un signo vivo, creíble y valiente del Reino de Dios entre nosotros. ¡Bendecido jueves sacerdotal y eucarístico!

Padre Alfredo.


miércoles, 27 de enero de 2021

«La parábola del sembrador»... Un pequeño pensamiento para hoy


El Reino de Dios, que está más allá de nuestras experiencias, puede ser comprendido solamente «en parábolas», indirectamente, es decir, mediante comparaciones sacadas de nuestra vida. Las parábolas del Evangelio se arraigan en la vida cotidiana. De este origen tan humilde es de donde se derivan las tres propiedades que caracterizan al lenguaje parabólico que utiliza Jesús en el Evangelio. Es un lenguaje que está sacado de la vida de cada día, aunque su finalidad es expresar algo que está más allá, algo más profundo. Pero al mismo tiempo es un lenguaje que se abre a lo trascendente, capaz no ciertamente de expresarlo, pero sí de aludir a él, porque si es verdad que el Reino de Dios no se identifica con la realidad de nuestra historia, también es verdad que guarda una gran relación con ella. Finalmente, las parábolas son enseñanzas que obligan a pensar: no desarrollan todo el discurso, no son una perspectiva tranquilizante —como la de un discurso, que pretende definir una realidad, permitiéndonos dominarla—, sino que las parábolas son simplemente un primer paso que nos invita a seguir adelante, en un discurso global, que deja intacto el misterio del Reino, pero señalando su impacto en nuestra existencia, el vínculo existente entre el Reino y la vida. De este modo las parábolas hacen pensar, inquieta y compromete.

Esta del sembrador, de la que habla el Evangelio de hoy (Mc 4,1-20), es ciertamente una de las más conocidas de todas las que pronunció Jesús. La parábola del sembrador pretende afirmar que el Reino está ya presente —aunque a nivel de semilla y aunque aparentemente aplastado—: el Reino está aquí, en medio de las oposiciones, en medio de los fracasos —y no simplemente que los fracasos se transformarán en éxitos—. De todas formas, sigue siendo verdad que los fracasos cambiarán de signo. Por eso la parábola —además de ser una afirmación de la presencia del Reino— se convierte en un estímulo para quienes lo anuncian. Esta parábola llama la atención sobre el trabajo del sembrador —un trabajo abundante, sin medida, sin miedo a desperdiciar—, que parece de momento inútil, infructuoso, baldío; sin embargo —dice Jesús—, lo cierto es que alguna parte dará fruto, y un fruto abundante. Porque el fracaso es sólo aparente: en el Reino de Dios no hay trabajo inútil, no se desperdicia nada. De todas formas —y entonces la parábola se convierte en advertencia—, haya o no haya éxito, haya o no haya desperdicio, el trabajo de la siembra no debe ser calculado, medido, precavido; sobre todo no hay que escoger terrenos ni echar la semilla en algunos sí y en otros no. 

En este relato el sembrador echa el grano sin distinciones y sin regateos; así es como actúa Cristo en su amor a los hombres y así es como ha de actuar la Iglesia en el mundo. ¿Cómo saber —a la hora de sembrar— qué terrenos darán fruto y qué terrenos se negarán? Nadie tiene que adelantarse al juicio de Dios. Así pues, la parábola llama la atención sobre la presencia del Reino en el seno de las contradicciones de la historia, presencia que es imposible discernir con los criterios del éxito o del fracaso, en los que se apoya el cálculo de los hombres. Es éste el primer aspecto que hay que comprender. Jesús nos asegura que la semilla dará fruto. Que a pesar de que este mundo nos parece terreno estéril —la pandemia que ha hecho que no se puedan tener las celebraciones litúrgicas presenciales, la juventud de hoy tan despistada en las cosas de Dios, la sociedad distraída y materializada gastando hasta en las modas de mascarillas de marca, la falta de vocaciones, los defectos que descubrimos en la Iglesia—, Dios ha dado fuerza a su Palabra y germinará, contra toda apariencia. No tenemos que perder la esperanza y la confianza en Dios. Es él quien, en definitiva, hace fructificar el Reino. No nosotros. Nosotros somos invitados a colaborar con él. Pero el que da el incremento y el que salva es Dios. Pidamos a María que ella no ayude a no desanimarnos y a seguir sembrando. ¡Bendecido miércoles!

Padre Alfredo.

martes, 26 de enero de 2021

«La familia de Jesús»... Un pequeño pensamiento para hoy


En unas cuantas palabras, en el Evangelio de hoy (Mc 3,31-35), el Señor nos enseña que somos sus familiares, que lo somos por la fe y por el cumplimiento de la voluntad de su Padre. En eso, podemos afirmar, por como habla Jesús, exactamente somos igual que María —guardadas siempre las debidas distancias entre ella y nosotros en el modo de acoger la Palabra y en la manera de cumplirla—. María, la primera discípula, es familiar de Jesús por un parentesco mucho más fundamental que por el meramente biológico: ella es dichosa más por ser creyente que por ser madre, más por haber creído en su Hijo que por haberle dado a luz. Por eso, junto con María, debemos aprender a decir: Hágase en mi según tu Palabra. 

Para ser de la familia de Jesús, es necesario que cumplamos la voluntad de Dios. Y la voluntad de Dios consiste en que creamos en Aquel que Él nos envió. Y creer en Jesús no es sólo profesar con los labios que es nuestro Dios y nuestro Señor. Hay que creerle a Jesús, de tal forma que hagamos vida en nosotros su obra de salvación. Su Palabra ha de ser sembrada en nosotros como discípulos–misioneros para hacerla nuestra y para predicarla a los demás, y no puede caer en un terreno malo e infecundo, sino que, por la obra de santificación que realice el Espíritu Santo en nosotros, ha de producir abundantes frutos de buenas obras. Entonces nosotros, a imagen de Jesucristo, pasaremos haciendo el bien a todos. Nos debe quedar muy en claro, a la luz de este pasaje evangélico, que no basta escuchar la Palabra de Dios, sino hay que ponerla en práctica y darnos a los demás como Él se entregó.

Una incorrecta interpretación de este pasaje ha llevado a algunos a pensar que con estas palabras y esta actitud que nos presenta san Marcos, Jesús está menospreciando a su Madre, apoyando su actitud de indiferencia —cuando no de rechazo— hacia María Santísima. Nada más contrario en la intención de Jesús. Primeramente, en ningún momento se dice que Jesús no salió inmediatamente después a atender a su mamá. Sin embargo, como siempre, Jesús usa de un evento o situación particular para instruir a la comunidad. Jesús, con su actitud, destaca más bien, como vemos, el hecho de que María es el modelo perfecto de aquellos que hacen la voluntad de Dios, por lo que no solo es su madre en sentido físico, sino también lo es de manera espiritual y trascendente. Roguémosle al Señor, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, que nos conceda la gracia de vivir con la apertura suficiente para dejarnos conducir por el Espíritu Santo, para que, haciendo en todo, la voluntad de Dios, unidos a Cristo, en Él nos convirtamos en los hijos amados del Padre. ¡Bendecido martes!

Padre Alfredo.

lunes, 25 de enero de 2021

«La conversión de san Pablo»... Un pequeño pensamiento para hoy

La «Conversión de san Pablo Apóstol» es una fiesta que la Iglesia universal celebra con gran alegría. San Pablo convirtió a muchos por su predicación y todavía hoy, mientras vive en Dios una vida más feliz, no deja de trabajar en la conversión de los hombres por su ejemplo, su oración y su doctrina. Él mismo fue un converso y por eso la Iglesia lo celebra, por ser un hombre que dejándose «tumbar» por el Señor abrazó su causa y se hizo Apóstol de las gentes. De ser un gran pecador y un gran perseguidor de los cristianos, se convirtió, por la acción misericordiosa del Señor, de lobo en cordero. Saulo, nacido en Tarso, hebreo, fariseo rigorista, bien formado a los pies de Gamaliel, muy apasionado, ya había tomado parte en la lapidación del diácono Esteban, guardando los vestidos de los verdugos «para tirar piedras con las manos de todos», como interpreta agudamente San Agustín. Melancólico, terco, orgulloso y ambicioso en la primera parte de su vida, se dejó alcanzar por Cristo que lo llenó de gracias y bendiciones y se volvió humilde y caritativo, tanto que dice de sí mismo que es el menor de los apóstoles y el mayor de los pecadores y que se ha hecho todo para todos a fin de ganarlos a todos.»

¡Qué vocación tan singular la de Pablo! Normalmente las llamadas del Señor son mucho más sencillas, menos espectaculares. No suelen llegar en medio del huracán y la tormenta, sino sostenidas por la suave brisa, por el aura tenue de los acontecimientos ordinarios de la vida, pero, la vocación de Pablo, es un caso singular. Es como toda vocación, un llamado personal de Cristo. Pero no quita valor al seguimiento de Pablo que pasa de un extremo de perseguidor de Cristo a ser perseguido por la causa de Cristo. «Dios es un gran cazador y quiere tener por presa a los más fuertes», dice un autor espiritual. San Pablo se rindió y se dejó cautivar por Cristo y su mensaje de salvación. A la luz de este testimonio, nos damos cuenta de que todos tenemos nuestro camino de Damasco. A cada uno nos acecha el Señor en el recodo más inesperado del camino. Nos quiere para él y nada más para él, para que le amemos y le hagamos amar del mundo entero. San Pablo mismo narrará su vocación y lo que esto conlleva (Hch 22,3-16).

El Evangelio de hoy, celebrando esta fiesta, nos trae a la memoria el pasaje del envío de los Apóstoles (Mc 16,15-18) haciéndonos ver que san Pablo, aunque no fue de aquel primer grupo de llamados, comparte el gozo y la gran tarea de la evangelización. Jesús, a su manera, dirigió esta misma encomienda que dio a los Once a san Pablo, eso lo dijo a los Apóstoles, a san Pablo y nos lo dice a nosotros: ¡vayan!, ¡anuncien! La alegría del evangelio se experimenta, se conoce y se vive solamente dándola, dándose uno mismo. Que, como san Pablo, nosotros también seamos capaces de dejar el conformismo, la comodidad, las cosas del mundo y seamos evangelizadores como el Apóstol de las gentes. A esto el Señor nos invita hoy en esta fiesta y nos dice: La alegría, el cristiano la experimenta en la misión: «Vayan por todo el mundo y prediquen el Evangelio a toda criatura» Y hay que hacerlo al estilo de san Pablo que no conoció fronteras. Sus innumerables viajes para llevar la Buena Nueva hablan por sí solos de la calidad de aquella conversión que vivió camino a Damasco. Que nosotros también experimentemos el gozo de la conversión y caminemos bajo la mirada de María haciendo más y más discípulos–misioneros de Cristo. ¡Bendecido lunes!

Padre Alfredo.

domingo, 24 de enero de 2021

Oración del Padre Pío para expulsar el miedo, incluso a la muerte*...

Quédate conmigo, oh Jesús,

porque el día empieza a morir y la vida pasa;

se acercan la muerte, el juicio y la eternidad.

Es necesario que renueve mis fuerzas 

para no detenerme en el camino,

y para eso te necesito a Ti.

Se hace tarde y se acerca la muerte,

y yo tengo miedo a la oscuridad.

Temo a las tentaciones, la sequedad, la cruz, los sufrimientos.

¡Oh, cuánto te necesito, Jesús mío, en esta noche de exilio!

Quédate conmigo esta noche, Jesús; 

con todos los peligros de esta vida, te necesito.

Permíteme reconocerte 

como lo hicieron tus discípulos al partir el pan,

para que la comunión sea luz que disperse las tinieblas,

la fuerza que me sostenga y el gozo de mi corazón.

Quédate conmigo, oh, Jesús, 

para que a la hora de mi muerte desee permanecer unido a ti,

si no en la comunión, al menos en gracia y amor.

Quédate conmigo, oh, Jesús; 

no te pido consuelo divino, pues no lo merezco,

pero la gracia de tu presencia, oh, esa sí te la pido.

Quédate conmigo, Jesús, porque solo a ti te busco.

Tu amor, tu gracia, tu corazón, tu espíritu,

porque te amo y no pido más recompensa 

que la de amarte más y más.

Con un Amor firme te amaré con todo mi corazón mientras viva

y seguiré amándote por toda la eternidad.


* Publicada originalmente en la página de Aleteia.

«Pescadores de hombres»... Un pequeño pensamiento para hoy


El Evangelio de hoy, con el llamado de los primeros Apóstoles (Mc 1,14-20), nos enseña que a partir del encuentro inicial con Jesús, todas las realidades de este mundo quedan transformadas. Las realidades humanas: redes, familia, barca, negocios, trabajo, quedarán definitivamente descentradas, esto es, no que lo demás sea despreciado, sino que el centro es Jesús. Por eso, en adelante, el cristiano llora como los demás, pero no llora como si no hubiera consuelo. El cristiano ríe y se divierte como los demás, pero no como si tuviera la felicidad completa. Trabaja y negocia como los demás, pero no como si esto fuera su verdadera vocación y destino. La llamada del Señor marca por lo tanto una respuesta muy especial que le da un sentido cristocéntrico a lo que somos y a lo que hacemos. Se trata de anunciar una Buena Nueva, de desear y ofrecer desinteresadamente al otro el gozoso hallazgo que cada uno de nosotros, que hemos sido llamados, hemos hecho.

Jesús llama a aquellos primeros hombres para hacerles —cambiándoles de oficio y utilizando una metáfora que les puede resultar familiar— pescadores de hombres. Buen aprendizaje les quedaba a aquellos cuatro primeros para prepararse a la tarea que les esperaba y sobre la que no tenían nada claro. Lo que sí está claro en este primer momento es el arranque y generosidad de quienes lo dejan todo para seguir a Jesús. La Buena Nueva, ese reino de Dios que Jesús acaba de poner en marcha, es algo que necesita de personas concretas como Simón, Andrés, Juan y Santiago para ponerse en marcha. Necesita personas que se apunten, que se enrolen. No basta con hablar o escuchar, por eso nosotros, como discípulos–misioneros de Cristo no podemos ser como meros espectadores en el camino de la historia de la salvación. Somos también nosotros «pescadores de hombres» esforzados, decididos y valientes. Esto lo deja claro Jesús desde el principio y así debemos entenderlo.

Al contrario de lo que sucedía con los rabinos de su tiempo, que eran elegidos por sus discípulos, Jesús llama y elige él mismo. A los llamados corresponde tomar una decisión que será la raíz y fundamento de la dirección de toda su vida. El seguimiento de Jesús no se inicia con una conquista sino con un ser conquistado, con un fiarse incondicional que va más allá de todo cálculo e incluso de toda prudencia humana. No hemos elegido nosotros a Cristo, él nos amó primero (1 Jn 4,19) y nos llamó para seguirle como aquellos primeros cuatro. Desde el punto de vista de la fe, la gran profesión del hombre es esa de ser «pescador de hombres», porque es la profesión del Evangelio y de hacer ver que la vida humana no es otra cosa que hacer la voluntad de Dios. Por eso y para eso hay que dejarlo todo cuando sea preciso. Por la misma razón que Pedro, Andrés, Santiago y Juan dejaron las redes y la barca, hemos de dejar lo que no se centra en Cristo para seguirlo a él y ganar a muchos para él. Pidámosle a María Santísima que nunca perdamos de vista nuestra condición de «pescadores de hombres». ¡Bendecido domingo!

Padre Alfredo.

sábado, 23 de enero de 2021

«La locura de Jesús»... Un pequeño pensamiento para hoy


El Evangelio de hoy es bastante corto (Mc 3,20-21). En sólo dos versículos el evangelista nos deja una gran enseñanza que yo desmenuzaré también en un pensamiento más breve que de ordinario. Los que amamos a Cristo, los que escuchamos su voz y nos comprometemos a vivir conforme a su Evangelio como sus discípulos–misioneros, podremos tal vez ser tildados de locos, de ilusos, de soñadores. Sin embargo sólo quien en verdad vive unido a Dios y comprometido en la salvación de todas las personas, podrá hacer suyo ese camino de Cristo, no quedándose en una utilización del Evangelio para el propio provecho, sino que sabrá salir al encuentro de los demás para hacerles cercano el perdón y el amor de Dios; y sabrá salir al encuentro de todo hombre que sufre para manifestarle la misericordia divina no sólo con palabras, sino con la propia entrega, con obras que le ayuden a recobrar una vida más digna. 

El texto del Evangelio de hoy, que como digo, es muy breve, puede bien dividirse en dos partes, y es interesante por cierto lo que resulta. En la primera parte Jesús está en casa con los discípulos y muchísima gente lo busca. En la segunda parte sus parientes —literalmente: «los de él»— aseguran que está trastornado. Es interesante unir esas dos partes: si alguien convoca a tantos enfermos y aquejados de males es porque se entrega demasiado. Y entregarse demasiado... es una locura. Jesús cumple su Misión con una fidelidad amorosa a la voluntad de su Padre Dios. Él no busca el poder temporal ni el aplauso, pues su Reino no es de este mundo. Su entrega no es primero un sí y luego un no. Su compromiso es total y de un modo consciente, Él sabe que camina hacia la entrega de su propia vida por nosotros. A esos extremos lleva el amor verdadero. Pero la gente pensaba que se había vuelto loco. Para fortuna nuestra Jesús no se curó de esa locura, que lo llevó al extremo de tanto amor, que es la Cruz. 

Para el mundo resulta difícil entender a Jesucristo y su camino. Hoy vemos cómo los propios de su parentela se atreven a decir de Él que «está fuera de sí» (Mc 3,21). Una vez más, se cumple el antiguo proverbio de que «un profeta sólo en su patria y en su casa carece de prestigio» (Mt 13,57). Ni que decir tiene que esta lamentación no «salpica» a María Santísima, porque desde el primero hasta el último momento —desde la encarnación hasta cuando ella se encontraba al pie de la Cruz— se mantuvo sólidamente firme en la fe y confianza hacia su Hijo. Ojalá y no nos dejemos dominar por intenciones torcidas, que nos lleven a buscar dignidades o aplausos humanos. Dios espera de nosotros una vida de fe totalmente comprometida con el Evangelio en las locuras de Jesús. Seamos esa Iglesia del Señor que vive no para servirse del Evangelio, sino para estar al servicio del Evangelio hasta sus últimas consecuencias imitando al Señor. ¡Bendecido sábado!

Padre Alfredo.

viernes, 22 de enero de 2021

«La elección de los Apóstoles»... Un pequeño pensamiento para hoy


San Marcos nos cuenta, en el Evangelio de hoy (Mc 3,13-19), la elección de los doce Apóstoles que siguieron a Jesús porque él los llamó. De entre los discípulos, que creen en él y le van reconociendo como el Mesías esperado, él elige a doce, que a partir de ahora le seguirán y estarán con él en todas partes. Apóstol, en griego, significa «enviado». Estos doce son llamados para convivir con él y para ser enviados luego a predicar la Buena Nueva, con poder para expulsar demonios, como lo ha hecho él. O sea, estos Apóstoles van a compartir su misión mesiánica y serán la base de la comunidad eclesial para todos los siglos. El número de doce no es casual: es evidente su simbolismo, que apunta a las doce tribus de Israel. La Iglesia va a ser desde ahora, con los doce, el nuevo Israel, unificado en torno a Cristo Jesús.

Algo muy significativo del texto es que dice: «llamó a los que él quiso». Es una elección gratuita y que no solamente elige individualmente, sino que crea una comunidad. También a nosotros, en nuestra época, nos ha elegido el Señor gratuitamente para la fe cristiana y para consolidar nuestra respuesta en una vocación específica única e irrepetible. En línea con esa lista de los doce, que son muy diferentes unos a otros, estamos también nosotros. No somos sucesores de los Apóstoles —como lo son los obispos— pero sí miembros de una comunidad que forma la Iglesia «apostólica». Al ver el conjunto de estos Apóstoles encontramos de todo, y con ello nos damos cuenta de que el Señor no nos elige por nuestros méritos, porque somos los más santos ni los más sabios o porque estamos llenos de cualidades humanas, sino simple y sencillamente porque él así lo ha querido. Hoy deberíamos sentir el llamado de Jesús a seguirle, a ayudarle en la tarea de la predicación del Evangelio y de la construcción de la Iglesia. Lo deberíamos sentir todos, hombres y mujeres, niños, jóvenes, adultos y ancianos. Porque a todos nos sigue llamando y enviando Jesús.

Probablemente también entre nosotros hay personas débiles, como en aquellos primeros doce. De entre ellos uno hasta resultó traidor, otros le abandonaron en el momento de crisis, y el que él puso como jefe le negó cobardemente. Nosotros seguro que también tenemos momentos de debilidad, de cobardía o hasta de traición. Pero siempre deberíamos confiar en su perdón y renovar nuestra entrega y nuestro seguimiento, aprovechando todos los medios que él nos da para ir madurando en nuestra fe y en nuestra vida cristiana. Como los doce, también nosotros buscamos estar con él para ser enviados y creo yo, en este momento concreto, a dar un poco de esperanza a esta humanidad que sufre por esta condición tan terrible de una pandemia que parece extenderse más y más. Que María Santísima, la Reina de los Apóstoles, nos ayude para que nos sepamos llamados y enviados. ¡Bendecido viernes!

Padre Alfredo.

jueves, 21 de enero de 2021

«Jesús no tuvo tiempo de teorizar»... Un pequeño pensamiento para hoy

Desde el inicio de su predicación, a Jesús lo seguía mucha gente, no sólo eran los judíos de Palestina quienes corrían tras de Jesús, sino gentes de todas las comarcas y regiones vecinas: algunos paganos sin duda, atraídos por su Palabra y por las curaciones milagrosas que hacía. El Evangelio de hoy (Mc 3,7-12) nos pone una maravillosa escena muy concreta en la que uno encuentra toda la vehemencia y la simplicidad de las gentes del pueblo. Hasta aquí, en lo que hemos visto en estos días en san Marcos, el evangelista no nos da ni un solo discurso de Jesús. El Jesús que nos describe no es alguien que habla y habla, sino que actúa y sana. Así que después de cinco escenas conflictivas con los fariseos, el pasaje de hoy es una página más pacífica, un resumen de lo que hasta aquí había realizado Jesús en Galilea y que por estar con el tema de los fariseos y su cerrazón, no se había compartido. Con Jesús todo cambia, es como si se volviera a nacer. Jesús cura y cambia la mentalidad. Ya en las primeras páginas del Evangelio es «el Salvador», el que da la salud (de cuerpo y alma). Apenas a comenzado a enseñar cuando ya los enfermos acuden a él. Le son llevados de todas partes. Parece como si en torno a él se abriera un vacío y hacia él se precipitara un torbellino. Vienen ellos, se les conduce, se les transporta, y él va por entre la muchedumbre doliente y «salía de él una fuerza que los curaba a todos».

Quiero insistir en esta reflexión, en esto que digo de que Jesús no es solamente alguien que habla y habla. La narración nos dice que la gente acudía a Jesús «al oír lo que hacía». No dice san Marcos que acudía a él la gente al oír lo que decía, sino lo que hacía. Lo que hacía Jesús se hacía oír. Su práctica hacía ruido. Seguramente que hablaba también y lo que decía corría de boca en boca, porque su palabra no era abstracta o inoperante, sino concreta, referida a la práctica y desencadenadora de praxis pasando del decir al hacer. Su decir, seguramente, también era una forma de hacer: su «práctica teórica». Decir y hacer, simultáneamente, como formas de práctica. Hay momentos en los que la única forma de decir es ciertamente el hacer. Jesús no tuvo tiempo de teorizar, fue siempre orientado a la práctica, a la construcción del Reino de Dios, ya fuera con su palabra, con su testimonio personal o con sus acciones concretas de liberación.

El Evangelio de hoy nos dice también que muchos que padecían algún mal «se le echaban encima» a Jesús. ¿Qué buscaban estas gentes? Ciertamente que ser sanadas, liberadas de los demonios que les atormentan. La gente llegaba incluso a arrojarse sobre Jesús para tocarlo, hasta que él —dice el Evangelio—, tuvo que subirse a una barca. Hoy Jesús sigue sanando milagrosamente de nuestras enfermedades, sobre todo de la enfermedad del egoísmo, él hace que nos ayudemos los unos a los otros, que ayudemos especialmente a los enfermos de nuestra comunidad, que carguemos con sus dolores y problemas como él cargó con los de sus contemporáneos que lo buscaban. ¿O no es así? ¿No nos importan los que sufren a nuestro alrededor en esta situación tan adversa de la pandemia que estamos viviendo? ¿No queremos que exista un orden social justo, en el cual sean atendidas las necesidades de todos, especialmente de los más débiles, de los descartados? ¿No debemos trabajar y luchar para que sea así? El ejemplo de Jesús nos urge a asumir estas responsabilidades y a no bajar la guardia acomodándonos porque nosotros, quizá estamos bien. Que la Virgen María que se encaminó presurosa a servir, interceda por nosotros para que seamos como Jesús. ¡Bendecido jueves sacerdotal y eucarístico!

Padre Alfredo.

miércoles, 20 de enero de 2021

«Los daños del legalismo exagerado»...

Para Dios lo más importante es el hombre, el bien del hombre. Y éste es verdaderamente el punto más nuevo del razonamiento de Jesús. «La gloria de Dios es el hombre viviente» dirá san Ireneo. Para los judíos, ya lo hemos venido diciendo, el sábado era un día importantísimo para cumplir la ley a rajatabla y entre las cosas que no se podían hacer estaba el curar. En el pasaje de hoy (Mc 3,1-6) los fariseos están espiando a Jesús para ver si cura en sábado y él ciertamente lo hace devolviéndole la salud a un hombre tullido. Ante esto vienen unas peguntas que hay que hacerse y que los fariseos no se hacían: ¿Es la ley el valor supremo? ¿o lo es el bien del hombre y la gloria de Dios? En su lucha contra la mentalidad legalista de los fariseos, ayer nos decía Jesús que «el sábado es para el hombre» y no al revés. Hoy aplica el principio a este caso concreto, contra la interpretación que hacían algunos, más preocupados por una ley minuciosa y exagerada que del bien de las personas, sobre todo de aquellos que sufren. Es curioso que por no comprender bien la ley, había tantas injusticias en aquel mundo como sucede hoy, que, por no entender la ley o por hacerla extremista, muchas veces se lleva de encuentro a la caridad.

Ciertamente que todos hemos de reconocer que la ley es un valor y una necesidad. ¿Qué haríamos en muchos momentos si no existieran leyes como por ejemplo los semáforos en las leyes de tránsito? Pero detrás de cada ley hay una intención que debe respirar amor y respeto al hombre concreto. Es interesante que el Código de Derecho Canónico, el libro que señala las normas para la vida de la Iglesia, en su último número (1752), afirme que se haga todo «teniendo en cuenta la salvación de las almas, que debe ser siempre la ley suprema en la Iglesia». Estas son las últimas palabras de nuestro Código. Detrás de la letra está el espíritu, y el espíritu debe prevalecer sobre la letra. La ley suprema de la Iglesia de Cristo son las personas, la salvación de las personas. El encuentro de aquel hombre con Jesús le cambió la vida: recibe la orden de ponerse en medio y Jesús, resuelto a romper ese círculo de legalismo ciego que hace que el sábado pese sobre los pobres y los humildes le devuelve la salud con gozo. Aquel hombre del brazo paralizado quedó sanado por Jesús, que juzgó severamente la dureza de sus contrincantes, incluso, dice el evangelista, que los miró con ira. Y que éstos resolvieron matarlo.

Al anunciar el Reino, Jesús se da cuenta de que el primer enemigo de este Reino es la ley llevada a la exageración como hacían los fariseos, que es tenida como valor supremo, incuestionable, absoluto, que como oprime tanto al hombre termina por destruirlo. Mientras que el Reino propone la reconstrucción del ser humano, desde dentro y desde fuera. En los evangelios se ve simbólicamente que esta reconstrucción va sucediendo gradualmente: una vez en la vista, otra en sus manos o en sus acciones, y del todo cuando resucita a alguien, etc. Para Jesús «dejar de hacer el bien» el sábado, negando una curación a un pobre que la necesita, es pecar. Así, la dinámica del Reino también para nosotros es exigente: si no reconstruimos, estamos colaborando a la destrucción. Los que seguimos la dinámica de este Reino que Jesús anuncia, no podemos entrar en la misma dinámica exagerada de la ley. El Reino exige que se trabaje por la reconstrucción del ser humano, individual y social. Y con su testimonio Jesús nos hace entender que la despreocupación por las personas, como ocurre siempre en todo legalismo, es pecado. Ese pecado, que es el egoísmo, que engendra todas las otras acciones pecaminosas, es lo que Jesús viene a destruir y nos lo deja claro hoy. Pidamos a María, la mujer del «sí» incondicional que interceda por nosotros. ¡Bendecido miércoles!

Padre Alfredo.

martes, 19 de enero de 2021

«Las espigas y el sábado»... Un pequeño pensamiento para hoy

El pasaje evangélico de hoy es sencillo y mi reflexión también. Fijémonos cómo el simple desgranar unas espigas «en sábado» por parte de los discípulos de Jesús (Mc 2,23-28) es motivo de escándalo para los fariseos. Jesús se remonta a la práctica de David, y toma pie de la ocasión para proclamar el principio fundamental que tantas veces proclamará de la supremacía del se humano y del amor sobe la ley y el legalismo. El problema no era desgranar las espigas del camino, eso era algo que se consideraba lícito. Lo que estaba a la orilla del camino, fueran granos o frutas, podía ser comido por los transeúntes, pero la cosa es que era sábado. Esto nos habla de la jerarquía de valores evangélica que debemos una y otra vez confrontar con la nuestra: «El sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado».

Jesús nos enseña con su palabra y con sus actitudes: el tema de controversia de hoy, que es, como vemos, el sábado, el día de descanso sagrado para los judíos, durante el cual asistían a las sinagogas a alabar a Dios y a escuchar su Palabra, y no podían realizar ninguna clase de trabajo es aclarado por Cristo. Los rabinos fariseos habían catalogado las actividades prohibidas ese día, y las pocas actividades permitidas. Resultaba que el cumplimiento de las minucias y enredos de la ley hacía olvidar su verdadero significado: que la gloria de Dios es la vida y la felicidad de sus hijos, los seres humanos. Por eso los fariseos se escandalizaban de que los discípulos arrancaran espigas «en sábado», para disimular el hambre. Por eso insisto en que Jesús nos enseña que las leyes, aún las más sagradas, no pueden estar por encima de la vida, las necesidades, la felicidad, la plena realización existencial de los seres humanos. 

Jesucristo es el Señor del sábado, Señor de la ley, la puede interpretar, incluso abolir. Y lo hará cuando se ponga en juego la dignidad humana, que tantas leyes inhumanas pretenden someter. Ante esto habrá que preguntarnos: ¿No somos a veces demasiado legalistas? ¿No juzgamos con dureza a nuestros hermanos cuando creemos que no cumplen las leyes, sean las humanas o las de la Iglesia, o las mismas leyes divinas? ¿No nos falta la misma comprensión de Jesús, su sentido humanístico, cuando afirmó solemnemente que la ley solamente tiene sentido en cuanto beneficie a los seres humanos? A la luz de la enseñanza del Evangelio de hoy y en medio de la situación tan inusual que vivimos por la pandemia, cabría hacernos estas otras preguntas: Los ritos que hacemos en nuestras casas al orar en familia o al participar de las celebraciones en Internet, ¿están llenos de significado o los hemos vaciado de sentido y son para nosotros solamente algo de un rato? ¿De qué somos esclavos ahora? ¿Qué liberación anhelamos o nos mantenemos confortablemente en nuestros sillones y mirando solamente todo por televisión o en Internet? Lo que a unos escandalizó, a otros les hizo ver en Jesús un destello de lo divino. ¿Dónde estamos nosotros? Que María Santísima nos ayude a examinarnos. ¡Bendecido martes!

Padre Alfredo.

lunes, 18 de enero de 2021

«El ayuno y el vino nuevo»... Un pequeño pensamiento para hoy


El tema del Evangelio de hoy (Mc 2,18-22) es el del ayuno en los tiempos de Cristo.  Los judíos ayunaban dos veces por semana —los lunes y los jueves— dando a esta práctica un tono de espera mesiánica. También el ayuno de Juan el Bautista y sus discípulos apuntaba a la preparación de la venida del Mesías. Ahora que ha llegado ya, Jesús les dice que no tiene sentido dar tanta importancia al ayuno porque él es el Mesías y ya ha llegado. Con unas comparaciones muy sencillas y profundas se retrata a sí mismo: Él es el Novio y por tanto, mientras esté el Novio, los discípulos están de fiesta; ya vendrá el tiempo de su ausencia, y entonces sí que ayunarán; él es la novedad, por eso el paño viejo ya no sirve; los odres viejos estropean el vino nuevo. Los judíos tienen que entender que han llegado los tiempos nuevos y adecuarse a ellos.

El cristianismo es fiesta y comunión, en principio. Así como en el Antiguo Testamento se presentaba con frecuencia a Yahvé como «el Novio o el Esposo de Israel», ahora en el Nuevo Testamento es Cristo quien se compara a si mismo con el Novio que ama a su Esposa, la Iglesia. Y eso provoca alegría, no tristeza. Por eso el ayuno no es un «absoluto» en nuestra fe. Lo primario es la fiesta, la alegría, la gracia y la comunión. Lo prioritario es la Pascua, aunque también tengan sentido el Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo como preparación e inauguración de la Pascua. También el amor supone muchas veces renuncia y ayuno. Pero este ayuno no debe disminuir el tono festivo, de alegría, de celebración nupcial de los cristianos con Cristo, el Novio. Los seguidores de Jesús, por la adhesión a él, han borrado su pasado pecador y obtenido el Espíritu, el favor de Dios (Mc 2,5.10). Por eso afirma aquí Jesús que no tienen motivo para el ayuno y la tristeza, sino que viven en ambiente de alegría —comparación con la boda—. Niega así valor religioso a la ascética tradicional y, en particular, al ayuno, que se entendía solamente como expresión ocasional de tristeza y luto y no como nosotros lo entendemos ahora que es el usar moderación en todo, es decir, ser sobrios, no dejándonos deslumbrar u ofuscar por la realidad del entorno.

Por su parte, el vino nuevo del que nos habla la perícopa de hoy, es el Evangelio de Jesús. Los odres viejos, las instituciones judías y sobre todo la mentalidad de algunos. La tradición —lo que se ha hecho siempre— es más cómoda. Pero los tiempos mesiánicos exigen la incomodidad del cambio y la novedad. Los odres nuevos son la mentalidad nueva, el corazón nuevo que todo discípulo–misionero de Cristo habrá de adquirir. De esta manera, la parábola del remiendo y el vino nuevo pone de manifiesto la novedad del Reino, la capacidad de riesgo y creatividad que el Reino exige para vivir el Evangelio. Con su testimonio Jesús demuestra que la vieja estructura debe ser cambiada de raíz, que el Reino no es una reforma de la ley, que no vino a poner algo nuevo sobre lo viejo. Lo más cierto es que todo debe ser nuevo entre nosotros sus seguidores. Pidamos al Señor por mediación de María su Madre, que sepamos ver siempre el Evangelio con ojos nuevos y no nos cansemos de ser portadores de la Buena Nueva con alegría. ¡Bendecido lunes!

Padre Alfredo.

domingo, 17 de enero de 2021

10 razones que explican el poder del Rosario*...

El padre Dwight Longenecker, párroco de Our Lady of the Rosary en Carolina del Sur (Estados Unidos), compartió un artículo para el National Catholic Register con 10 razones por las cuales la oración del Rosario es una de las más “poderosas” para los católicos.

“Los santos lo dicen. Los papas lo dicen. El Rosario es un arma poderosa contra el mal. ¿Pero te has detenido a descubrir por qué?”, escribió el presbítero en la introducción de su artículo publicado en 2020.


Aquí las 10 razones que explican el poder del Rosario:

1. Porque el Rosario involucra la voluntad

“La voluntad humana es poderosa porque es compartir el poder de Dios. Nos da la voluntad de elegir hacer el bien o hacer el mal, y esa voluntad, en sí misma, es un arma poderosa en el ámbito espiritual. Es por eso que Satanás busca esclavizarnos e incapacitar nuestra voluntad mediante adicciones. Cuando nuestra voluntad se une con la voluntad de Dios a través de la oración, literalmente aprovechamos la fuente de poder de Dios”.

2. Porque el Rosario es físico 

Cuando “usamos los aspectos físicos de la oración”, como adoptar una postura intencional o sacramentales como “velas bendecidas, agua bendita, inciensos y cuadros o estatuas sagradas”, entonces “estamos usando herramientas que tenemos y que Satanás no tiene”, lo que significa una ventaja. “Los ángeles, y esto incluye a los demonios, son criaturas puramente espirituales. No tienen forma física y, por lo tanto, son inferiores a nosotros”. 

3. Porque el Rosario involucra nuestras funciones lingüísticas 

“Satanás no tiene los medios del habla física”, en cambio el hombre fue provisto por Dios de “lenguas para alabarlo” y “cuerdas vocales y aliento para hablar y cantar”. “Por eso debemos rezar el Rosario en voz alta, moviendo nuestros labios. Esto compromete nuestros cuerpos físicos y nuestro intelecto a través del cual podemos producir el habla”.

4. Porque el Rosario implica nuestra imaginación 

Cuando meditamos en los misterios del Rosario, involucramos la parte no verbal de nuestra mente, que se comunica a través de imágenes, “de una manera positiva y purificadora”.  “A Satanás le gusta cautivar nuestra imaginación a través de imágenes pecaminosas. Estas imágenes se pueden comunicar a través de Internet, televisión o cualquier estímulo visual, pero también quiere que nuestra imaginación se quede en imágenes que son destructivas. Por lo tanto, nuestra imaginación puede usarse para fantasías lujuriosas, imaginaciones violentas contra nuestros enemigos o disfrutar de recuerdos negativos”. Meditar en los misterios del Rosario “limpia nuestra imaginación y compromete y usa la imaginación para promover la voluntad de Dios en lugar del mal”.

5. Porque recitar el Rosario a través del lenguaje lleva a la meditación

“Nuestras mentes generalmente funcionan en un modo lingüístico: usando el habla y los conceptos del habla para pensar en los problemas, pensar en el futuro, planificar lo que viene después, etc.”. Entonces, cuando se reza el rosario la imaginación puede “limpiarse” con “la meditación”. “Al rezar el Rosario, este canal de nuestra mente está ocupado y las puertas se pueden abrir a la imaginación y lo que podemos llamar las partes ‘sublingüísticas’ de nuestro ser”.

6. Porque con el Rosario se accede a experiencias de días pasados para sanar

“Las verdaderas emociones son irracionales e inexplicables”, y por tanto, es en “el área emocional del alma donde tenemos nuestras experiencias fundamentales”. “En el útero materno y en las etapas prelingüísticas de la vida, experimentamos la vida de una manera irracional y emocional. Mientras rezamos el Rosario y el canal lingüístico está ocupado y el canal imaginativo está ocupado, el Espíritu Santo puede acceder a las experiencias sublingüísticas, profundas y crudas de nuestros primeros días. Si hay heridas y malos recuerdos emocionales, la Madre María puede sanarlos”.

7. Porque con el Rosario se aplican los “misterios curativos”

“Al rezar el Rosario, los misterios sobre nacimiento, el ministerio, la pasión y la gloria de Cristo se abren y el Espíritu Santo los aplica a nuestras propias necesidades internas. Donde hay impurezas, se purgan. Donde hay malos recuerdos, se curan. Donde hay heridas, el doctor Jesús y la enfermera María atienden nuestras necesidades”.

8. Porque el Rosario es el arma idónea para la batalla espiritual

“Satanás odia el Rosario. Odia a María. Odia el Evangelio. Odia a Dios. Odia a Cristo el Señor. Odia la oración del Señor. Odia el Ave María. Te odia cada vez que rezas el Rosario porque estás entrando en el territorio que él quiere reclamar como suyo. Él quiere controlar tu voluntad y tú le quitas eso. Él quiere controlar tus palabras, pero tú le quitas eso. Él quiere tener control sobre tu imaginación, pero tú le quitas eso. Él quiere tener control sobre tus emociones y tus primeros años de vida; tú se lo quitas”.

9. Porque se aplica a la vida real las mismas victorias sobre el mal relatadas en los Evangelios

“En muchos sentidos, los misterios del Evangelio dan vida a la victoria de Cristo sobre Satanás, y al rezar el Rosario podemos aplicar esas victorias contra la obra de Satanás en el mundo”.

10. Porque el Rosario es accesible y fácil para todos

Es “increíblemente sorprendente” que Dios, a través del Rosario, genera una “curación muy profunda en vidas individuales y en el mundo de la manera más accesible y fácil”. “No es necesario realizar largas sesiones de psicoanálisis o asesoramiento. En cambio, los hombres, mujeres y niños y niñas comunes pueden simplemente rezar el Rosario. Todas estas cosas buenas suceden incluso cuando no son conscientes de que están teniendo lugar estos aspectos profundos de rezar”. 

* Artículo tomado de ACI prensa traducido y adaptado inicialmente por Diego López Marina y ahora por un servidor. Publicado originalmente en CNA.

«Este es el Cordero de Dios»... Un pequeño pensamiento para hoy


Después de haber celebrado los misterios del nacimiento de Jesús, la liturgia de estos primeros domingos del año nos va introduciendo poco a poco en el conocimiento de Cristo. Los textos bíblicos que leemos son textos de presentación de la persona y de la obra de Jesús. Así, podemos recordar que el domingo pasado, que celebramos la fiesta del bautismo del Señor, escuchamos la voz del Padre que nos decía: «Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto». Jesús es el Hijo de Dios; sobre esta palabra del Padre descansa la profesión de nuestra fe. En el Evangelio de este domingo (Jn 1,35-42), avanzamos un paso más en la comprensión del misterio de Cristo. Hoy escuchemos a Juan Bautista con la presentación que hace del Señor: «Este es el Cordero de Dios». Ciertamente, no podría haber dicho más en menos palabras. La Iglesia aprecia de tal modo estas palabras del Bautista que todos los días en la celebración de la Eucaristía nos las recuerda antes de la comunión. Jesús es el Cordero de Dios, aquél que fue sacrificado en el altar de la cruz para quitar el pecado del mundo. 

En la presentación que Juan el Bautista hace de Cristo como el Cordero, queda compendiada toda la misión de Juan y la de todo discípulo–misionero de Cristo: ser simplemente «indicador de Jesús». Son sorprendentes el desprendimiento y la sencillez con que Juan, en medio de su fama, nos presenta a Jesús y le da el relevo. Así nos enseña que la tarea evangelizadora no se trata de ganar a las personas para nosotros, sino de ganarlas para Jesús, que significa ayudarles a ser más ellas mismas. Ante esto nos podemos preguntar: ¿qué significa, en la vida concreta o real del hombre y de la mujer de hoy, encontrarse con Jesús, como se encontró Juan el Bautista? ¿De qué modo, por tanto, podemos aún hoy día encontrarnos con Jesús y escuchar su voz? Pero volviendo al relato evangélico, vemos que después de que Juan señala a Cristo para que le sigan, el mismo Cristo hace una pregunta a dos de los discípulos, Juan y Andrés: «¿Qué buscan?». Es, por así decir, la primera palabra de Cristo en sus vidas, el primer sonido de esa voz que les va a revelar cosas extraordinarias y a llevarlos muy lejos. Jesús ve perfectamente que ellos están buscando. Hasta entonces, seguían a Juan Bautista; sin vacilar y ahora lo dejan para seguir a aquel desconocido. Será su oportunidad más fantástica, y Juan indica con esmero la hora: las cuatro de la tarde. Jesús simpatizó pronto con ellos; le gustan los hombres capaces de dejarlo todo por él. Y aquella su primera pregunta que empieza a penetrar en ellos nos la puede hacer el Señor a cada uno de nosotros: «¿Qué buscan? ¿Qué esperan de mí?»

Aquellos dos discípulos le preguntaron a Jesús que dónde vivía. Y el les respondió con una invitación: «Vengan a ver». Esa es también la misma invitación que el Señor nos hace, una invitación a compartir la vida con él. Jesús quiere conducir a sus seguidores a la felicidad de su Reino. El es la puerta y el camino y el alimento, el pan bajado del cielo, pero para conocerlo y aceptarlo hay que estar con él: «Vengan a ver». En este evangelio de Juan encontramos el inicio del camino de fe de aquellos primeros seguidores de Cristo a quien Juan les ha presentado. La fe comienza por la contemplación de su gloria, la del Padre que Jesús refleja y que invita a estar con él. Pero siempre están en la base de la fe, según este evangelio, los signos. En Caná fue el vino nuevo, el mejor. Para el apóstol Tomás, fueron las llagas gloriosas, abiertas como una clivia en flor, disponibles en su mano tímida y avergonzada. Para estos dos es el ver el lugar en donde vive Jesús. En todo caso, entonces y ahora, la fe comienza en la experiencia, en la vida de cada día. El Evangelio dice: «Fueron, pues, vieron dónde vivía y se quedaron con él ese día. Eran como las cuatro de la tarde»... un lugar, un tiempo, un espacio. Que Dios nos conceda reconocerle como el Cordero de Dios y que por intercesión de María Santísima nos animemos siempre a convivir con él cada día. ¡Bendecido domingo!

Padre Alfredo.

sábado, 16 de enero de 2021

«La vocación de Mateo»... Un pequeño pensamiento para hoy


La vocación siempre será un misterio. Dios elige a quien Él quiere y como quiere. En las circunstancias familiares y sociales de cada época, Dios se sirve de pequeños acontecimientos o de palabras que parecen intrascendentes para sembrar su vocación. Todo depende de cómo sepamos responder y si alguien nos sabe decir la palabra amiga y certera que nos guíe en el reconocimiento de la voz de Dios y en la maduración de nuestras cualidades. Dios nos llama porque confía en nosotros. Nos ha llamado para la vida cristiana y luego para una vocación específica —sacerdotal, religiosa, misionera, laical—. Él es quien nos da su Espíritu, el que nos unge para la misión, el que, a través de su Palabra, de los sacramentos y de la ayuda de la comunidad y de tantas personas, hace posible que respondamos con generosidad y fidelidad a su elección.

A Mateo, según nos narra el episodio evangélico de hoy (Mc 2,13-17), le bastó escuchar un «Sígueme», el sígueme que le marca Jesús y que le cambia su vida por completo. Mateo es un «pecador» según todas las convenciones de la época. Pero Jesús le llama y él le sigue inmediata e incondicionalmente. Jesús no pasa de largo frente a nadie, considerado Leví —Mateo— impuro según la ley judía; a pesar de esto, es importante para Jesús. Como no se siente ignorado, Leví acude presto a la invitación. Luego se muestra a Jesús en una comida, rodeado de simpatizantes con su proyecto, entre quienes había «muchos publicanos y pecadores». Los enemigos de Jesús no le pierden pisada a ninguna de sus actitudes, descalificando a todas las que no estén de acuerdo con la tradición y la ley. Pero Jesús es firme en las respuestas a sus detractores: los silencia sabiamente cuando sentencia sobre el por qué de su predilección por los pecadores para la iniciación de su misión. «Todos somos pecadores» nos recuerda constantemente el Papa Francisco. 

La llamada de Jesús es universal y no conoce fronteras. Hasta ahora Jesús, según el Evangelio de estos días, ha invitado a seguirlo a hombres integrados en el pueblo de Israel. Ahora, llevando a la práctica el mensaje universalista que ha expuesto, invita a este personaje, Leví, que, aunque de origen judío, es considerado, a causa de su profesión —recaudador de impuestos—, un descreído sin Ley, prácticamente un pagano, y que, por ello, está excluido de Israel. Jesús lo llama como a los cuatro primeros (Mc 1,16-21a). Así l que estaban religiosa y socialmente marginados y excluidos de la alianza entran en el Reino de Dios lo mismo que los que proceden del judaísmo. Muestra así Jesús el amor de Dios a todos los hombres: todo individuo, de cualquier religión, creencia o catadura moral, que esté dispuesto a cambiar de vida, es apto para el Reino y puede responder a la llamada. La ruptura de Mateo con su pasado de injusticia está expresada por la oposición entre «estaba sentado y se levantó». es decir, él abandona su estilo de vida para seguir a Jesús, que eso es lo que se ha de hacer para poder responder. No mirar atrás y lanzarse a responder a la llamada. Que María Santísima, con su «sí» nos ayude a nosotros también a responder al llamado. ¡Bendecido sábado!

Padre Alfredo. 

viernes, 15 de enero de 2021

«El paralítico de Cafarnaúm»... Un pequeño pensamiento para hoy


Hoy tenemos en el Evangelio un episodio que me parece un tanto simpático (Mc 2,1-12). La fama de Jesús se ha extendido por toda la región alrededor del lago de Galilea; al regresar a Cafarnaúm, mucha gente quiere ir a verlo y el habla a las multitudes. En esta ocasión traen un paralítico que está completamente a merced de las buenas personas que lo cargan en su camilla, tal vez sus familiares que persisten en ayudarle. Ante la gran cantidad de gente que no deja entrar a los que lo traen, se les ocurre bajarlo por una abertura que hacen en el techo de la choza hasta donde está Jesús. ¡Justo a los pies de Jesús! Maravilla no solo la ocurrencia, sino tanta fe, tanta determinación y hasta cierta osadía de aquellos hombres para ayudar al paralítico. Jesús no los alaba de entrada, no sana la parálisis, sino que le perdona al paralítico sus pecados, causando escándalo entre los especialistas de la ley, los escribas presentes, porque según ellos, solamente Dios puede perdonar los pecados, por tanto, Jesús está blasfemando, atribuyéndose poderes divinos.

Jesús adivina sus pensamientos y les sale al paso de inmediato: «Para que vean que el Hijo del hombre tiene poder de perdonar pecados», sana al paralítico. Y así el perdón de los pecados queda manifestado en la salud corporal recuperada, en la autonomía personal ya no necesitada de la asistencia de los demás, en la liberación de las ataduras de los miembros impedidos de movimiento, en la posibilidad de seguir a Jesús, de valerse por sí mismo, de servir a los demás, de ayudar ahora él mismo a llevar las camillas de los demás. El perdón de Dios, concedido por Cristo sin condiciones ritualistas, sin mediaciones interesadas, de manera absolutamente gratuita, como respuesta a la fe que busca empecinadamente recuperar la dignidad humana, alcanza la plena liberación de cualquier atadura antihumana; restablece la relación dialogante entre el hombre y Dios. Por eso la gente sencilla, presente cuando Jesús perdona y sana al paralítico, dice acertadamente: «nunca hemos visto nada igual»; lo mismo que tenemos que decir hoy, nosotros, cuando leemos este Evangelio, esta buena noticia de nuestra liberación en este, como digo, simpático texto.

Jesús, nuestro Salvador, quiere dejarnos una esperanza cierta de salvación: Él es capaz, incluso, de perdonar los pecados y de compadecerse de nuestra debilidad moral. Antes que nada, dice categóricamente: «Hijo, tus pecados te quedan perdonados» (Mc 2,5). Después, lo contemplamos asociando el perdón de los pecados —que dispensa» incansablemente— a un milagro extraordinario, «palpable» con nuestros ojos físicos. Como una especie de garantía externa, como para abrirnos los ojos de la fe, después de declarar el perdón de los pecados del paralítico, le cura la parálisis: «Yo te lo mando: levántate, recoge tu camilla y vete a tu casa». El hombre se levantó y, al instante, tomando la camilla, salió a la vista de todos (Mc 2,11-12). Ahora estamos comenzando un nuevo tiempo ordinario. Y se nos recuerda a los discípulos–misioneros la urgente necesidad que tenemos del encuentro sincero y personal con Jesucristo misericordioso. Él nos invita en este tiempo a no hacer rebajas ni descuidar el necesario perdón que Él nos ofrece en la Iglesia. Que día a día podamos renovar nuestra confianza en Dios y demos gracias por tanta gente buena que ayuda a llevar la camilla de los demás y a tener la iniciativa para buscar la manera de acercarles a Jesús. ¡Nos queda mucho por hacer! María Santísima nos asistirá, ella que está al tanto de los demás como en Caná. ¡Bendecido viernes!

Padre Alfredo.

jueves, 14 de enero de 2021

«¡Sí quiero: sana!»... Un pequeño pensamiento para hoy


La lepra es una enfermedad infecciosa crónica que, en tiempos de Cristo causaba muchos estragos. Se trataba de una enfermedad espantosa, porque excluía de la comunión con el pueblo, o sea, segregaba al infectado de sus relaciones con el pueblo de Dios. «¡Impuro, impuro!», tenía que ir gritando el leproso desde lejos, de manera que todos se pudieran parar y evitar así acercarse a él (Lev 13, 45). Los rabinos consideraban al que sufría de esta enfermedad como si estuviera muerto y pensaban que su curación era tan improbable como una resurrección. Como enfermedad contagiosa, la lepra exigía aislar al enfermo del resto de las personas. Sólo tras un dictamen competente podía el ex leproso incorporarse al grupo social. La regulación del procedimiento a seguir puede verse en la Biblia (Lev 14,2-32). En aquel entonces la lepra, y la mayor parte de las enfermedades contagiosas, eran consideradas en cierto modo como un castigo que venía del cielo... y por eso las gentes se defendían como podían poniendo al apestado al margen de la sociedad, con una interdicción de entrar en contacto con él.

Hoy, en el Evangelio, Jesús realiza la curación de un leproso que le suplica que le cure (Mc 1,40-45). El Maestro responde a la petición del leproso, lo sana, pero le hace una recomendación: no divulgar lo sucedido. Con esta prohibición Jesús no pretende pasar de incógnito, ni se trata tampoco es una falsa modestia; sencillamente, no quiere que las gentes se refieran a él como el hijo de Dios, o como el Mesías, basados en acontecimientos considerados maravillosos —los milagros—, con el riesgo de no descubrir lo profundo del nuevo mensaje y las exigencias que conlleva el descubrirse hermanos, hijos de un mismo padre en una sociedad que discrimina a los enfermos, a los pobres y a la mujer. además de todo lo dicho sobe la lepra, el infectado, al ser considerado impuro, era asimilado al pecador, por lo cual el sistema religioso establecía una purificación ritual hecha por los sacerdotes. Era menester que el beneficiado pagara una ofrenda en especies, después de lo cual quedaba certificado para ser admitido nuevamente en la comunidad. Jesús sabe que el leproso sanado debe pasar por este proceso para ser integrado a su grupo, y le recomienda hacerlo, lo cual no significa que estuviera de acuerdo con aquellas prescripciones legalistas. Al tocar Jesús al leproso también se convirtió en «impuro», según la Ley, y por eso debería en adelante no entrar a los pueblos; sin embargo, el pueblo lo busca al conocer sus realizaciones.

El leproso está tan agradecido, que no puede contener su alegría y proclama quién ha sido su curador, a pesar de la expresa prohibición de Jesús. Los signos de curación que Jesús hace van extendiendo su fama en estos momentos iniciales de su ministerio. Pero no nos podemos quedar únicamente con la contemplación de aquel hecho como algo del pasado. El Evangelio de hoy nos debe recordar que también hay leprosos en nuestro tiempo. Y como en la época de Cristo, también en la nuestra los segregamos, no queremos ni verlos, está prohibido tocarlos, hablarles, los dejamos solos con su enfermedad. Hay que ver que el leproso se acercó a Jesús y le pidió confiadamente que lo sanara y Jesús lo hizo «¡tocándolo!» y suplicándole que no le dijera a nadie de aquel milagro para que no lo creyeran un simple curandero, y por si alguno se escandalizaba de que hubiera tocado al leproso. También a nosotros nos ha purificado Jesús de nuestros males; también podemos contar, a todos los que nos encontremos, las maravillas que la fe en Jesús ha realizado en nuestras vidas, los milagros que en la vida diaria se van suscitando. ¡Ojalá que nuestra conversión la pidamos con la misma fe y confianza con que el leproso se presentó ante Jesús! Él es el único que puede hacer posible aquello que por nosotros mismos resultaría imposible. Dejemos, bajo el cuidado y protección de María Santísima, la «toda pura», que Dios actúe con su gracia en nosotros para que nuestro corazón sea purificado y, dócil a su acción llegando a ser cada día más un corazón a imagen y semejanza del corazón de Jesús. Él, con confianza, nos dice: «¡Sí quiero: sana!» (Mc 1,41). ¡Bendecido jueves sacerdotal y eucarístico!

Padre Alfredo.

miércoles, 13 de enero de 2021

«Misericordia en acción»... Un pequeño pensamiento para hoy


En una homilía del 24 de marzo de 2016, el Papa Francisco afirmaba: «La Misericordia de nuestro Dios es infinita e inefable y expresamos el dinamismo de este misterio como una misericordia “siempre más grande”, una misericordia en camino, una misericordia que cada día busca el modo de dar un paso adelante, un pasito más allá». Al leer el pasaje evangélico que la liturgia marca para este día (Mc 1,29-39), me llama la atención esa «Misericordia» de Cristo en camino, esa misericordia que se detiene para curar a la suegra de Pedro que está enferma, pero que no hace a un lado el sufrimiento y el dolor de los demás enfermos hacia los que también se acerca a curarlos con esa misma misericordia y compasión. Este relato es la continuación de una serie de milagros contados por san Marcos, ya que ese mismo día Jesús había expulsado los demonios de un hombre en la sinagoga. Sus días serán así, siempre esparciendo esa misericordia para cada uno en particular y para todos en general.

Así es la misericordia de Jesús, que siente compasión por todos. Sanar, entrar en la casa, sanar, orar, predicar, sanar... Son las acciones de ese Jesús misericordioso en su jornada. Ya sabemos que predica el reinado de Dios, su voluntad de salvación y de felicidad para toda la humanidad. Su predicación se hace realidad en la salud que difunde en torno suyo. Todo a partir, seguramente, de su intensa relación con Dios, por medio de la oración. ¿No es esta agenda misericordiosa de Jesús una agenda para la Iglesia, para nuestra comunidad, para cada uno de nosotros sus discípulos–misioneros? Jesús nunca se ha cansado de ser misericordioso. Hoy aún sigue siendo el hombre más misericordioso de todos. Han llegado a la casa de Simón, y encuentra a la suegra de éste enferma. Jesús la toma de la mano y la cura. Él todo poderoso; Él conocedor de los sufrimientos humanos; Él, que tanto ha amado al mundo, ¿se iba a quedar tranquilo viendo a los hombres perderse? No, hay que salvarlos a toda costa. Por eso allí está, sirviendo en los momentos de mayor intimidad con sus discípulos. 

La suegra aprendió muy bien la lección de ese día: «En ese momento se le quitó la fiebre y se puso a servirles». ¿Cuántas lecciones tenemos que sacar de este pequeño acto de donación? Se dice que arrastra más un ejemplo que muchas palabras. Aquí lo tienen. El ejemplo está claro: Cristo es misericordioso. Aunque haya pasado toda una tarde de enseñanzas con sus discípulos, Él al atardecer extendió su misericordia hacia los demás, para darles la Vida y que la tuvieran en abundancia. No sólo actuó en ese pueblo, sino que su amor misericordioso se extendió, durante su vida terrena, a los judíos, pero ahora sigue haciendo el bien, a través de un ejemplo de uno de sus consagrados, a través de la oración abnegada de todos los días de una madre de familia, o la sencillez de corazón de un jovencito que hace un acto de amor para con el viejecito que está cruzando la calle. El actúa hoy de muchas formas en el mundo, principalmente a través de los actos de misericordia. ¡Queda tanto por hacer...! Que María santísima nos ayude a no perder de vista que tenemos que ser misericordiosos como Jesús. ¡Bendecido miércoles!

Padre Alfredo.

martes, 12 de enero de 2021

«Con autoridad»... Un pequeño pensamiento para hoy


El pasaje de del Evangelio de hoy (Mc 1,21-28) busca entre otras cosas hacernos notar la autoridad tan especial que tiene Jesús. La autoridad de Cristo va más allá incluso de lo que sus contemporáneos pudieran pensar, pues no es un rabí cualquiera, sino que se trata del Hijo de Dios. En el relato evangélico podemos ver que la palabra de Jesús es poderosa y eficaz, es una palabra que no solo instruye, sino que sana y libera. San Marcos comenta: «Quedaban asombrados de su doctrina, porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los escribas» (Mc 1,21). Esta observación inicial es impresionante. En efecto, la razón de la admiración de los oyentes, por un lado, no es la doctrina, sino «el Maestro»; no aquello que se explica, sino «Aquél» que lo explica; y, por otro lado, no ya el predicador visto globalmente, sino remarcado específicamente: Jesús enseñaba «con autoridad», es decir, con poder legítimo e irrecusable. Esta particularidad queda ulteriormente confirmada por medio de una nítida contraposición: «No lo hacía como los escribas». Vamos entrando al Tiempo Ordinario de la Liturgia y la Palabra de Dios nos anima. Los discípulos–misioneros, por nuestra unión a Jesucristo, tenemos el gran compromiso de esforzarnos para que el Reino de Dios vaya haciéndose realidad en los diversos ambientes en que se desarrolle nuestra vida. 

El anuncio del Evangelio lo hemos de hacer con la fuerza que nos viene de la presencia del Espíritu Santo en nuestra vida. Y, siendo los primeros en vivir lo que proclamamos, nos hemos de presentar ante los demás —no solamente en tiempos especiales como Navidad o pascua, sino siempre— no como charlatanes, sino como quienes tienen autoridad para hablar del Señor desde una vida convertida en testimonio personal de la salvación que Dios ofrece a toda la humanidad. Ciertamente que en el camino de la vida nos encontraremos con muchas personas que han sido dañadas, tal vez fuertemente, por la maldad y dominadas por el pecado. A nosotros corresponde, por voluntad de Dios, llegar a ellos para ayudarles a encontrar en Cristo su amor misericordioso, su salvación y un compromiso nuevo para trabajar a favor del Reino. Por eso procuremos no quedarnos en el anuncio de la palabra de Dios mientras descuidamos nuestra respuesta personal a la misma. Quien anuncia el Evangelio y continúa, voluntariamente, sujeto al pecado, en lugar de procurar la salvación de los demás, no podrá hablar con autoridad y les estará llevando a una vida de hipocresía y de falta de compromiso real con el Señor. Mientras la Palabra de Dios no transforme realmente al hombre, liberándolo de su esclavitud al pecado y al autor del pecado, será una palabra inútil dicha sin autoridad, tal vez proclamada con bombo y platillos, con palabras eruditas, pero sin la fuerza del Espíritu Santo. 

No es el hombre que proclama el Evangelio quien debe ser admirado. Tampoco anunciamos el Evangelio para que todos los hombres admiren a Jesucristo sino para que acepten la salvación que el Padre Dios nos ofrece en su Hijo. Proclamamos el Nombre del Señor y su Palabra con autoridad para que transforme el Corazón de todos. Por eso la Iglesia debe estar consciente de que continúa dándole cuerpo, pies, manos, boca a Aquel que es la Palabra, para que continúe realizando su obra de salvación en el mundo y su historia. Si en algún momento quienes nos escuchen alabaran nuestras palabras y nuestras explicaciones, hagamos nuestro aquello que hace días veíamos que decía Juan el Bautista y digamos: «Yo sólo soy la voz de Aquel que es la Palabra; es necesario que Él crezca y que yo venga a menos». Pero recordemos también que la Palabra de Dios, antes que nada, debe producir en nosotros mismos abundantes frutos de salvación. Si Jesús anunciaba con autoridad el Evangelio, era porque Él mismo se había convertido en un Evangelio viviente. Quienes seguimos las huellas de Cristo y anunciamos su Nombre a los demás, no podemos sino realizar lo mismo: vivir, antes que anunciar; pues sólo así seremos auténticos testigos y tendremos la autoridad suficiente para hacer llegar a todos el Evangelio de salvación. Roguémosle al Señor que nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de vivir con lealtad nuestra fe en Cristo, de tal forma que nuestra existencia misma se convierta en un Evangelio viviente del amor que el Padre Dios tiene a toda la humanidad. ¡Bendecido martes!

Padre Alfredo.

lunes, 11 de enero de 2021

«Convertirse para ser pescadores de hombres»... Un pequeño pensamiento para hoy


Estamos comenzando la primera semana del tiempo ordinario. Y la liturgia de la palabra, en su «lectura continuada», abre hoy para nosotros el evangelio sinóptico de san Marcos. San Marcos nos presenta, en una apretada síntesis (Mc 1, 14-20), la actividad de Jesús al comienzo de su ministerio. El evangelista dice que iba predicando por toda Galilea la «Buena Noticia», el «Evangelio»: el tiempo había llegado a su madurez, se había cumplido el plazo anhelado, el «reinado de Dios» estaba cerca, era inminente. Llamaba urgentemente a la conversión y a la fe en su predicación. También nos dice san Marcos que, ya desde el principio, Jesús llamó a algunos discípulos invitándolos a seguirle. Estos serán los testigos de su palabra y de sus milagros y terminará enviándolos a proclamar su mensaje, que ha llegado hasta nosotros, gracias a que ellos le fueron fieles. Como aquellos hombres, los primeros llamados, nosotros también debemos convertirnos en testigos suyos, uniéndonos a la misión que el Padre Dios le confió. Hay que echar las redes para pescar hombres para Dios; y si las redes están rotas hay que remendarlas para que queden preparadas para la pesca. Ante el seguimiento de Cristo no puede haber impedimentos de barcas o familia. Dios nos quiere con un amor hacia su Hijo muy por encima de todo. Quien siga esclavo de lo pasajero podría llegar a utilizar la fe para negociar con ella. Y el Señor nos quiere leales a nuestro compromiso con Él, libres de intenciones torcidas en la proclamación de su santo Nombre.

Hemos cerrado el ciclo de Navidad y más tarde vendrá la Cuaresma con el Miércoles de Ceniza el 17 de febrero y luego el ciclo pascual. Estos ciclos nos remiten a momentos decisivos de la historia de Jesús y de la historia de la salvación. Pero el resto del tiempo, que es el Tiempo Ordinario, vamos siguiendo la vida pública de Jesús paso a paso y hoy se habla del inicio de su ministerio. Jesús comienza esta tarea llamando a dos parejas de hermanos, enseñándonos, desde el inicio, que el reino de Dios o comunidad cristiana será una comunidad de iguales. Y los invita a seguirlo, para entregarles su Espíritu, como Elías invitó a Eliseo en el libro primero de los Reyes (Re 19,20s). Ellos quedarán capacitados para ser «pescadores de hombres» para llamar a todos, sin distinción de personas, a formar parte de la comunidad cristiana, que —hoy como ayer— debe formar la familia de los hijos de Dios en torno a Cristo. Además de este inicio del ministerio de Cristo, el Evangelio de hoy nos invita a la conversión. «Conviértanse y crean en el Evangelio» (Mc 1,15). 

Convertirse significa acoger agradecidos el don de la fe y hacerlo operativo por la caridad. Convertirse quiere decir reconocer a Cristo como único Señor y Rey de nuestros corazones. Convertirse implica descubrir a Cristo en todos los acontecimientos de la historia a sabiendas de que Él es el origen, el centro y el fin de toda la historia y que por Él todo ha sido redimido y en Él alcanza su plenitud. Convertirse supone vivir de esperanza, porque Él ha vencido el pecado, al maligno y la muerte, y la Eucaristía es la garantía. Convertirse comporta amar a Nuestro Señor por encima de todo aquí en la tierra, con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma y con todas nuestras fuerzas. Convertirse presupone entregarle nuestro entendimiento y nuestra voluntad. Convertirse requiere, entonces, amar la voluntad de Dios en Cristo por encima de todo y gozar, agradecidos, de todo lo que acontece de parte de Dios, incluso contradicciones, humillaciones, enfermedades y todo lo que suceda en nuestro «tiempo ordinario». Convertirse pide, así, como los apóstoles Simón, Andrés, Santiago y Juan, dejar «inmediatamente las redes» e irse con Él (cf. Mt 1,18). Por eso seguiremos a Cristo en todo este «Tiempo Ordinario» y lo seguiremos de todo corazón bajo la mirada dulce de María que goza de que vayamos detrás de su Hijo Jesús que nos llama. ¡Bendecido lunes!

Padre Alfredo.