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sábado, 30 de abril de 2016

«La vocación a la vida misionera»... Para hablar a los niños y adolescentes sobre la vocación VIII*.

Antes de su ascensión, dijo Jesús a sus apóstoles: «Vayan por todo el mundo y prediquen el Evangelio a todas las criaturas. El que crea y sea bautizado, se salvará; el que no crea, se condenará» (Mc 16, 15-16). Así que la Iglesia es misionera por naturaleza. Las misiones constituyen una de las obras más importantes de la Iglesia. Hay aún muchos millones de seres humanos que están esperando la Buena Nueva. Además, hoy día la incredulidad va creciendo y llega hasta los países más alejados y arrebata a los hombres lo poco que saben de Dios. La caridad de Cristo llama a algunos con una especial vocación para impulsarles a hacer todo lo posible para que también los idólatras y los más alejados conozcan la verdad y alcancen la fe. Más de los dos tercios de la humanidad no es aún cristiana. Todos los años vienen al mundo unos 17 millones de niños a los que no se bautiza.

La vocación misionera es una llamada especial que Dios hace a hombres y mujeres a dejar todo lo que tiene para ir a tierras lejanas o a donde se ha dejado de amar a Dios para anunciar su mensaje de amor. En los países de misiones trabajan sacerdotes, hermanos, hermanas,catequistas, maestros, médicos y otros auxiliares casados y solteros llevando el Evangelio. Muchos de los misioneros y misioneras proceden de países cristianos, otros son del propio país. Todos ellos, obedeciendo al llamado que Dios les hace, tratan de ganar hombres y mujeres para Cristo por medio de la predicación y la enseñanza, la oración y el culto divino, la educación de la juventud y el cuidado de los enfermos.  

Todos debemos ayudar a que se cumpla el mandato misional del Señor. Misioneros y evangelizados esperan nuestra ayuda. Sobre todo podemos ayudar con nuestras oraciones y sacrificios y pidiéndole a nuestro amigo Jesús que si quiere, nos llame para ser nosotros también misioneros y misioneras, pues sin la gracia del llamado ningún hombre y ninguna mujer pueden ir a Cristo. También podemos y debemos sostener el trabajo de las misiones, contribuyendo con dinero y otros donativos, sacrificios, oraciones y suscribiéndonos y propagando las revistas misioneras, recogiendo y pidiendo para las misiones. El dinero sirve para la construcción de iglesias, escuelas y hospitales, para el sostenimiento de misioneros y para la fundación de nuevos centros de catecismo.

El que quiera ir a misiones debe sentir el llamado y el gozo de poder colaboraren la extensión del reino de Cristo ; pero, además, debe disfrutar de buena salud y reunir las cualidades suficientes. Es una gracia especial de Dios el ser llamado a misiones. Quien siente que Dios le llama para las misiones, debe seguir gozoso esta llamada siempre. La beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento decía, hablando de su vocación como misionera: "“Si todos los cristianos debemos ser misioneros por las oraciones y el sacrificio, de manera especial las almas que hemos escuchado este llamado del Buen Pastor, para apacentar a sus ovejas, para llevarlas a pastos fértiles, escuchando la voz de todo un Dios omnipotente que nos pide a nosotros miserables, el que le ayudemos en tan hermoso afán: «Conquistar almas para el cielo..con nuestra acción misericordiosa».”

Todos los cristianos pueden ayudar a los mensajeros de la te por medio de oraciones, donativos y propaganda para las misiones. El penúltimo domingo de octubre se celebra el día mundial de las misiones (Domund); el domingo último de enero, el día mundial de misiones de los niños (día de la Santa Infancia o Dominf). Los santos patronos de las misiones son San Francisco Javier y Santa Teresita del Niño Jesús, quien es también Doctora de la Iglesia. 

*Con el deseo de que estas reflexiones ayuden a los catequistas para que hagan a los niños y a los adolescentes cercana la tarea de descubrir la vocación, les dejo en sus manos este material que cada uno, que cada una, podrá fácilmente ampliar.

Alfredo Delgado, M.C.I.U.

«La vocación a la vida consagrada»...Para hablar a los niños y adolescentes sobre la vocación VII*.

Entre los primeros que siguieron a Jesús, estuvieron, por supuesto, los Apóstoles, los discípulos y algunas mujeres que quisieron seguir más de cerca a Jesús. Jesús a todos ellos los eligió y los llamó, primero, para estar con Él, y luego, para enviarlos a predicar. Los Apóstoles fueron doce. Jesús escogió a sus Apóstoles para que continuaran su obra. Los discípulos fueron 72, a los cuales luego se fueron añadiendo más y más. Las mujeres que seguían a Jesús eran primero unas cuantas, luego el número fue creciendo. Siguieron a Jesús los sencillos, los pobres, los que de verdad quieren reconciliarse con el Padre y quieren convivir con El. Los amigos de Jesús, con su testimonio y su forma de vida anuncian el Reino de Dios en el mundo hasta nuestros días y de una manera especial, los más cercanos son los llamados a la vida consagrada.

Los Religiosos o la Vida Consagrada (aquí utilizamos ambas expresiones como sinónimas) han dado una respuesta particular y radical a la llamada de Dios. Entregados totalmente a Él, con su opción y con su vida, los religiosos y las religiosas levantan muy en alto la bandera del «Solo Dios basta», como santa Teresa de Jesús, o dicen a Jesús como la beata Madre María Inés Teresa Arias: “Que todos te conozcan y te amen es la única recompensa que quiero” para que los demás discípulos no olvidemos lo esencial: amar a Dios sobre las cosas y hacerle amar del mundo entero. (Ese amor a Dios también lo expresan las otras vocaciones cristianas, como el Laicado en la vida matrimonial o de soltería, o el Ministerio Ordenado, pero de una manera distinta).

El compromiso de los Religiosos con Dios y con los hermanos se hace visible en los consejos evangélicos de pobreza (no tienen nada propio), de castidad (no se casan) y de obediencia (tienen un superior o superiora a quienes deben obedecer) y en la vida de una comunidad de hermanos o hermanas. Es decir, abandonan públicamente todas aquellas seguridades que parecen tan indispensables a la gente normal: el dinero, la posición social, el compañero o la compañera en el matrimonio, la cultura, los cargos o el poder, ya que éstas no constituyen la verdadera vocación de todo hombre. Así se convierten en seguidores más libres de Jesucristo y hacen más visibles a todos los fieles los valores del Reino.

La consagración de los religiosos y las religiosas es una opción que se manifiesta en el radicalismo del don de sí mismo por amor a Jesús y, en él, a cada miembro de la familia humana. La vida consagrada imita más de cerca y hace presente continuamente en la Iglesia la forma de vida que el mismo Jesús abrazó y propuso a los discípulos que lo seguían. La vida religiosa, en el corazón de la Iglesia, es un memorial viviente del modo de existir y de actuar de Jesús como verbo encarnado ante el Padre y ante los hermanos. A través de la historia ha habido gran variedad y riqueza de órdenes, o congregaciones, instituciones y movimientos, que responden a una línea de espiritualidad y a impulsos apostólicos diversos, según el contexto de cada época o de cada país. La vida consagrada proporciona una gran libertad y disponibilidad en el servicio de Dios y de los hermanos.

Los que hacen profesión de los consejos evangélicos han de buscar y amar ante todo, a Dios, que nos amó primero, y preocuparse de favorecer la vida escondida con Cristo en Dios. Es de ahí de donde brota y se impulsa el amor al prójimo para la salvación del mundo y la edificación de la Iglesia.

A grande rasgos, y con una pincelada rápida, la vida religiosa se expresa en la vocación monástica y contemplativa, definida como la escuela del servicio divino, donde se armoniza oración y trabajo y nada se antepone al amor de Cristo. También la hallamos en la vida religiosa apostólica, en las que tantas órdenes y congregaciones, masculinas y femeninas, se dedican a la actividad apostólica y misionera y a múltiples obras de caridad y solidaridad con los más pobres. Y, también en nuestra época, el Espíritu ha suscitado nuevas formas de vida consagrada, aprobadas por la Iglesia, como los Institutos seculares, cuyos miembros viven la consagración a Dios en medio del mundo, con la práctica de los consejos evangélicos, y proponen inyectar la fuerza de las Bienaventuranzas dentro del mundo para transformarlo. Todos debemos hacer oración por aquellas personas que están viviendo su vocación específica en la Vida Religiosa.

*Con el deseo de que estas reflexiones ayuden a los catequistas para que hagan a los niños y a los adolescentes cercana la tarea de descubrir la vocación, les dejo en sus manos este material que cada uno, que cada una, podrá fácilmente ampliar.

Alfredo Delgado R., M.C.I.U.

«La vocación a la vida de soltería»...Para hablar a los niños y adolescentes sobre la vocación VI*.

En el libro de los Hechos de los Apóstoles leemos de la vida de los primeros cristianos: «Todos acordes acudían con asiduidad al templo, partían el pan en las casas y tomaban su alimento con alegría y sencillez de corazón, alabando a Dios en medio del general favor del pueblo» (Act, 2 46-47). Es decir, este libro de la Biblia nos presenta la alegría de la gente que compartía el gozo de la fe. Entre ellos estaban los sacerdotes, aquellos y aquellas que estaban de alguna manera más consagrados a Dios, los casados y por supuesto, los solteros, lo que no se habían casado y vivían en medio del mundo dando testimonio del amor de Dios.

Aquel que al paso de los años de su vida, va descubriendo que Dios lo llama a no casarse, es quien tiene la vocación a la soltería. Ese es el estado natural de la persona que se encuentra sin una pareja con la que mantener una convivencia el resto de su vida en la vocación matrimonial pero tampoco se siente llamado a consagrar su vida a Dios en la vida consagrada o sacerdotal. Ejerciendo alguna profesión o desarrollando algún oficio, las personas solteras viven en el mundo y cuando son conscientes de su vocación, tiene una vida muy cercana a la Iglesia. 

La vocación a la soltería es un signo de la libertad en Jesucristo, manifestando al mundo que se está dispuesto siempre para la misión de servir a los demás en medio del mundo, más allá de las fronteras de la propia familia (Cf. Mt 19, 11-12). Esta vocación existe en la Iglesia y en el mundo como una opción libre y voluntaria por un estilo de vida que se hace por motivos nobles y legítimos, pero estrictamente humanos y naturales. Se opta por ese estilo de vida como proyecto humano de existencia, como manera de realizarse en cuanto hombre o en cuanto mujer, es decir, en cuanto persona humana: como ser abierto a una relación universal, no acaparada por ninguna persona en particular. No es un replegamiento sobre sí mismo, sino una apertura a los demás. A este hecho y a esta situación se le llama celibato. Se da, además, con esta vocación, la opción libre y voluntaria por un estilo de vida en configuración con Cristo virgen y en respuesta a una especial vocación divina, porque la persona debe ser consciente de que Dios le  ha llamado a vivir así. Por esto debemos guardar sus mandamientos y esforzarnos en evitar todo pecado, por pequeño quesea.

El soltero, la soltera, no pueden seguir a Cristo si no están dispuestos al sacrificio. Cristo dice: «El que no lleva la cruz y no me sigue, no puede ser mi discípulo» (Le 14, 27). Pero si aquel que vive en medio del mundo le sigue en su camino de la cruz y persevera valerosamente en las ocupaciones de cada día, Cristo le promete: «Al que venciere le haré sentarse conmigo en mi trono» (Apoc 3, 21).

Quien vive la vocación a la soltería, tiene una especial tarea de ser para los demás invitación a vivir como discípulo y misionero de Cristo en el mundo. El discípulo de Jesús, al igual que su Maestro, no busca su propia gloria. Es humilde: ante Dios ve su insignificancia, y es modesto y servicial con sus semejantes. A veces el que vive soltero en el mundo tiene una tarea muy específica que ocupa todo su tiempo. A veces en nuestras familias hay alguien que cuida a los papás o está dedicado a alguna tarea específica en la Iglesia como ser catequista de tiempo completo. Jesucristo dijo: «Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón» (Mt ir, 29). San Pablo escribe: «Tengan los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús, que se anonadó tomando la forma de esclavo» (Phil 2, 5-7).

Cristo quiere llevar a quienes viven esta vocación a la perfección. Él les invita con las siguientes palabras: «Sed perfectos, como perfecto es vuestro Padre en el cielo»(Mt 5, 48). Él mismo es el más excelso modelo de perfección; es el reflejo de la santidad de Dios. La perfección se manifiesta ante todo en el amor especial que el soltero y la soltera tienen a Dios y al prójimo. Jesucristo dice : «Alegraos y regocijaos, pues vuestro premio en el cielo es grande» (Mt 5, 12).

*Con el deseo de que estas reflexiones ayuden a los catequistas para que hagan a los niños y a los adolescentes cercana la tarea de descubrir la vocación, les dejo en sus manos este material que cada uno, que cada una, podrá fácilmente ampliar.

Alfredo Delgado, M.C.I.U.

«La vocación a la vida matrimonial»... Para hablar a los niños y adolescentes sobre la vocación al matrimonio*.

Todos hemos venido al mundo como fruto del amor entre una mamá y un papá. Antes de venir a este mundo éramos un pensamiento de Dios, un latido de su corazón y él quiso que naciéramos, y nuestros papás nos amaron y le prestaron sus corazones para recibirnos con amor. Muchos niños no nacen, porque hay mamás y papás que no han amado al bebé por nacer, ni han querido colaborar con Dios. Nosotros debemos estar muy agradecidos por este regalo maravilloso que Dios nos ha dado.

Los fines de esta vocación que sella con una bendición el amor entre un hombre y una mujer, nos dejan ver claramente, que el matrimonio es un regalo que Dios ha dado a la humanidad. Estos fines se pueden resumir en tres palabras: “Formar una familia”. La vocación al matrimonio fue elevada por Cristo Nuestro Señor a la dignidad de sacramento entre bautizados y el elemento esencial de la realización de esta vocación en el sacramento del matrimonio es el intercambio del consentimiento entre los esposos; “si ese consentimiento falta, no hay matrimonio”.

El “Yo, n. te acepto a ti n. …” debe ser algo libre porque como vocación es un llamado de Dios que necesita una respuesta del ser humano para perfeccionar el amor de los esposos, para fortalecer su unidad. Por medio de esta gracia "se ayudan mutuamente a santificarse con la vida matrimonial y en la acogida y educación de los hijos que Dios les quiera dar". Con la vocación del matrimonio, los casados reciben una verdadera misión eclesial, que consiste en crear una verdadera «Iglesia doméstica». En la familia los padres han de ser para sus hijos los primeros anunciadores de la fe con su palabra y con su ejemplo, y han de fomentar la vocación personal de cada uno y, con especial cuidado, la vocación a la vida consagrada y perpetuar la Iglesia con los hijos, a quienes deben educar en la fe.

Los papás son los principales y primeros educadores de sus hijos. En este sentido, la tarea fundamental del matrimonio y de la familia es estar al servicio de la vida. El matrimonio cristiano es así una verdadera vocación, y un camino de santidad. Para responder al llamado vocacional, la persona tiene que prepararse muy bien, por eso existe la obligación y la necesidad de prepararse bien para el matrimonio y vivir un noviazgo limpio que verdaderamente prepare para la vida matrimonial.

En la vocación al matrimonio, como en las otras vocaciones específicas de la Iglesia, el amor se funda en el Amor de Cristo, que es entrega y sacrificio... Además, como recordaba Tobías a Sara, en el relato de la Sagrada Escritura, los esposos saben que son hijos de santos, y no pueden juntarse a manera de los gentiles, que no conocen a Dios. El matrimonio y la familia se cuentan entre los bienes más valiosos de la humanidad. Son la célula fundamental de la comunidad humana: El bienestar de la persona y de la sociedad humana y cristiana está estrechamente ligado a la prosperidad de la comunidad nupcial y familiar.

Jesús estuvo presente en una boda en Caná de Galilea, reconociendo con su presencia el valor humano del matrimonio. Además recogiendo la imagen matrimonial de la alianza que sugieren los profetas, compara el Reino de Dios con un banquete de bodas en el que se identifica con el esposo. Durante este banquete los amigos del novio no ayunan (Mt 9, 14-15), son invitados los que están en los caminos mientras que algunos rechazan la llamada (Mt 22, 1-14; Lc 14, 16-24), y es preciso estar alerta para participar en la fiesta (Mt 25, 1-13).

En Mt 19, 3-9 Jesús reafirma el ideal originario de la creación (Gen 2,24) al defender la firmeza y permanencia de la alianza matrimonial. Jesús en este momento, supera la Ley, manifestando la profunda relación que existe entre el orden de lo creado y la Alianza. Aquí esta el origen del sacramento del matrimonio: Jesús le reconoce como instituido desde la creación, cobrando para él una dimensión especial. Esta significación particular será claramente expresada por San Pablo en la carta a los Efesios: "Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos un solo ser. Este símbolo es magnífico; yo lo estoy aplicando a Cristo y a la Iglesia, pero también vosotros, cada uno en particular, debe amar a su mujer como a sí mismo, y la mujer debe respetar al marido" (Ef 5, 31-33)

Para todos nosotros en la Iglesia, esta vocación de la mutua entrega de un hombre y una mujer bautizados es sacramento, es decir, un signo que expresa y realiza la alianza de amor y fidelidad de Cristo con su pueblo, la Iglesia. Cristo quiso nacer y crecer en el seno de la Sagrada Familia de José y de María. La Iglesia no es otra cosa que la "familia de Dios". Desde sus orígenes, el núcleo de la Iglesia estaba a menudo constituido por los que, con toda su casa, habían llegado a ser creyentes. Cuando se convertían, deseaban también que se salvase toda su casa. Estas familias convertidas eran islas de vida cristiana en un mundo no creyente.

*Con el deseo de que estas reflexiones ayuden a los catequistas para que hagan a los niños y a los adolescentes cercana la tarea de descubrir la vocación, les dejo en sus manos este material que cada uno, que cada una, podrá fácilmente ampliar.


Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U.

«La vocación a la vida sacerdotal»... Para hablar a los niños y adolescentes sobre la vocación IV*.

El sacerdocio es una vocación gracias a la cual la misión confiada por Cristo a sus apóstoles sigue siendo ejercida en la Iglesia hasta el fin de los tiempos. Esta vocación es un único sacramento que comprende tres grados: el episcopado, el presbiterado y el diaconado. Todos los que reciben de Dios esta vocación, quedan consagrados como verdaderos sacerdotes de la Nueva Alianza, a imagen de Cristo, sumo y eterno Sacerdote (Hb 5,1-10; 7,24; 9,11-28), para anunciar el Evangelio a los fieles, para dirigirlos y para celebrar el culto divino.

Cristo, a quien el Padre santificó y envió al mundo, hizo a los obispos partícipes de su misma misión por medio de los Apóstoles de los cuales son sucesores. Estos han confiado legítimamente la función de su ministerio en diversos grados a a los presbíteros para que, constituidos en el orden del presbiterado, fueran los colaboradores del Orden episcopal para realizar adecuadamente la misión apostólica confiada por Cristo. Los Obispos son los transmisores de la semilla apostólica. Tienen la plenitud del sacramento del Orden, están incorporados al Colegio Episcopal. En cuanto sucesores de los apóstoles y miembros el Colegio Episcopal, participan en la responsabilidad apostólica y en la misión de toda la Iglesia, enseñan y gobiernan bajo la autoridad del Papa, sucesor de San Pedro y cabeza visible de la Iglesia.

Los Presbíteros están unidos a los obispos en la dignidad sacerdotal y al mismo  tiempo dependen de ellos en el ejercicio de sus funciones pastorales. Son llamados a ser cooperadores diligentes de los obispos, forman en torno a su obispo el Presbiterio que asume con él la responsabilidad de la Iglesia particular. Reciben del obispo el cuidado de una comunidad parroquial o de una función eclesial determinada. A los presbíteros los llamamos comúnmente: «Sacerdotes» o «Padres».

Los Diáconos son ministros ordenados para las tareas de servicio de la Iglesia, no reciben el sacerdocio ministerial, pero la ordenación les confiere funciones importantes en el Ministerio de la Palabra, del culto divino, del Gobierno Pastoral y del servicio de la caridad, tareas que deben cumplir bajo la autoridad pastoral de su obispo. Ellos tienen la vocación de realizar un servicio sobre todo en la caridad, en el amor. 

La vocación sacerdotal, se da a la persona de una vez y para siempre y quien recibe este llamado ha de ser un varón bautizado. Es decir, los niños pueden ser sacerdotes, las niñas no. Esto es porque Cristo, para realizar esta vocación, llamó solamente a varones, que fueron los apóstoles y los apóstoles hicieron lo mismo cuando eligieron a sus colaboradores (1 Tm 3,1-13; 2 Tm 1,6; Tt 1,5-9) que les sucederían en su tarea (S.Clemente Romano Cor, 42,4; 44,3). Es así porque Cristo lo hizo y lo quiso así, y la Iglesia se siente vinculada por esta decisión del Señor.

Aquel niño o joven que cree reconocer las señales de la llamada de Dios al ministerio ordenado, debe someter humildemente su deseo a la autoridad de la Iglesia a la que corresponde la responsabilidad y el derecho de llamar a recibir este sacramento. Como toda gracia, el sacramento sólo puede ser recibido como un don gratuito que viene de Dios. Esta vocación, como hemos dicho, es un sacramento y en la celebración de este sacramento podemos encontrar tres partes: La primera es la preparación, que está integrada por la llamada a los candidatos, presentación al Obispo, elección y alocución del Obispo, un pequeño diálogo y las letanías de los Santos. Luego viene la imposición de manos que conlleva en toda la tradición bíblica (Núm 27, 15-23; Dt 34,9; 1 Tim 4,14; 2 Tim 2,6) la idea de la transmisión de un oficio y la oración consecratoria, que hacen de éste el momento central del sacramento. Por último está el gesto de diferentes acciones explicativas del ministerio que va a ejercerse:

Al Obispo se le otorgan el báculo y se le impone un anillo episcopal, también recibe el libro de los evangelios y se sienta en la cátedra, ungiéndosele la cabeza. Los Presbíteros reciben la patena y el cáliz, se les ungen las manos y se les coloca la estola y la casulla. A los Diáconos se les entrega el libro de los evangelios, imponiéndoles la estola cruzada por el pecho y la dalmática.

Los sacerdotes no se casan. Unida a esta vocación hay un llamado de la Iglesia a vivir el celibato como un don de Dios, y el sacerdotal tiene su razón de ser en la configuración con Cristo y la entrega entera a Dios y los hombres. El Sacerdote —sea quien sea— es siempre otro Cristo. Todos los niños y niñas del mundo entero  deben pedir para los sacerdotes, los de ahora y los que vendrán, que amen de verdad, que amen a sus hermanos los hombres, y que sepan hacerse querer de ellos.


*Con el deseo de que estas reflexiones ayuden a los catequistas para que hagan a los niños y a los adolescentes cercana la tarea de descubrir la vocación, les dejo en sus manos este material que cada uno, que cada una, podrá fácilmente ampliar.


Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U.

«La vocación a la vida cristiana»... Para hablar a los niños y adolescentes sobre la vocación III*.

Cristo, nuestro amigo y hermano, nos invita a seguirle y nos da ejemplo de entrega libre a la voluntad de nuestro Padre Dios. Durante toda su vida, Jesús se muestra como nuestro modelo (cf. Rm 15,5; Flp 2, 5): Él es el "hombre perfecto" (GS 38) que nos invita a ser sus discípulos y a seguirle. Con su entrega, nos ha dado un ejemplo para que lo imitemos desde pequeños (cf. Jn 13, 15). Con su oración atrae a la oración a todos los niños, jóvenes y adultos del mundo entero.(cf. Lc 11, 1). Con su pobreza, nos llama a aceptar libremente la escasez y las persecuciones (cf. Mt 5, 11-12). 

Al llamarnos por nuestro nombre Dios Padre nos invita a vivir una vida única, singular e irrepetible en la que nuestro amigo Jesús esté siempre presente. Nuestro Padre bueno y cariñoso nos llama a ser amigos de Jesús y a hacerle muchos amigos a Jesús. Dios nos llama en Cristo, él primero piensa en nuestra vida como misión y luego nos otorga las cualidades necesarias para llevar a cabo esa misión que nos ha encomendado. Dios nos llama a todos. Nos ha elegido a todos en Cristo, antes de la creación del mundo, con una vocación común, que nos impulsa a ser santos. Todos los fieles, de cualquier estado o régimen de vida, somos llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad’ (LG 40). Todos somos llamados a la santidad: ‘Sean perfectos como su Padre celestial es perfecto’ (Mt 5, 48).

Nuestra vocación a la vida cristiana es al mismo tiempo vocación a la santidad. Para alcanzar esta perfección, todos los creyentes hemos de emplear nuestras fuerzas, según la medida del don de Cristo, para entregarnos totalmente a la gloria de Dios y al servicio del prójimo. Lo haremos siguiendo las huellas de Cristo, haciéndonos conformes a su imagen, y siendo obedientes en todo a la voluntad del Padre. De esta manera, la santidad del Pueblo de Dios producirá frutos abundantes, como lo muestra claramente en la historia de la Iglesia la vida de los santos. (LG 40. Catecismo de la Iglesia, 2013). Los primeros cristianos tenían una conciencia clara de la llamada universal (es decir, general, dirigida a todos) a la santidad. Entre los primeros cristianos hay un niño de 11 años que nos ayudará ahora a entender como debe ser nuestra respuesta a esta llamada que Dios nos hace en la vocación a la vida cristiana. 

En el siguiente relato de un autor actual se evoca su martirio: "Es un día especial para los primeros cristianos de Roma. Sixto es ahora el sucesor del pontífice Esteban al que han matado los perseguidores. Todos cantan salmos, en medio de un gran silencio se leen algunos trozos del Evangelio. El diácono Lorenzo pone pan y vino sobre la mesa y el anciano sacerdote comienza la fórmula de la consagración. Antes de comulgar se dan el saludo de la paz. Todos conocen las consecuencias de su vocación cristiana, y la viven con coherencia, aunque pueda llevarlos a la muerte. Antes de dispersarse se habla del encargo de llevar la comunión a los encarcelados; son los confesores de la fe; no han querido renegar. Rezan por ellos, deseando hacerles partícipes de los santos misterios para que le sirvan de fortaleza en la pasión y en los tormentos. ¿Quién puede y quiere afrontar el peligro? Hace falta un alma generosa. Delante del nuevo papa Sixto un niño, Tarsicio, extiende la mano. Aceptan: nadie sospechará de un niño. Jesús Eucaristía es envuelto en un fino lienzo y depositado en sus manos. Sólo tiene once años y es conocido por su fe y su piedad; no se ha amilanado en la furia de la persecución, aunque vio cómo mataban al papa Esteban.

Pasa junto al Tíber. Al verlo, unos amigos le llaman para jugar. Se niega; ellos se acercan: "¿Qué llevas ahí? Queremos verlo". Quiere echar a correr, pero es tarde. Uno de los que se ha acercado al grupo se hace cargo de la situación y dice: "Es un cristiano que lleva sortilegios a los presos". Pequeños y mayores emplean ahora, bajo excusa de la curiosidad, con furia y saña, palos y piedras. Recogieron el cuerpo destrozado de Tarsicio y lo enterraron en la catacumba de Calixto. Al fin de la persecución, el papa Dámaso mandó poner sobre su tumba estos versos: «Queriendo a san Tarsicio almas brutales arrebatar el sacramento de Cristo, prefirió entregar su corta vida antes que los misterios celestiales."

Dios nos da la vocación a la vida cristiana para que seamos todos santos —felices en esta tierra y en el Cielo, unidos a la Cruz de Cristo— recorriendo el camino irrepetible de cada una, de cada uno. La vocación, por tanto, es al mismo tiempo comunitaria (todos tenemos vocación) y personal (yo tengo mi vocación, una vocación singular). Todos tenemos una misión específica. Cada persona es un misterio único de amor y de vocación: “Todos los miembros de la Iglesia, aunque de diferentes maneras, tienen parte en este envío” (Catecismo de la Iglesia Católica, 864).

Dios, al darnos una vocación, nos concede la gracia necesaria y conveniente para llevarla a cabo, para cumplir su Voluntad: para aceptar y encarnar en la vida la vocación que nos ha dado. Cuando la persona va creciendo, va descubriendo que Dios le confía una misión concreta e irrepetible (una tarea de apostolado, de ayudar a salvar a unas almas determinadas, con nombres y apellidos) que debe realizar durante toda la vida, una vida cuya duración sólo Él conoce. Cada persona debe recorrer ese único camino de santidad por el camino particular por donde Dios le llame: sacerdote, laico soltero o casado, religioso, religiosa o misionero.

*Con el deseo de que estas reflexiones ayuden a los catequistas para que hagan a los niños y a los adolescentes cercana la tarea de descubrir la vocación, les dejo en sus manos este material que cada uno, que cada una, podrá fácilmente ampliar.

Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U.

«La vocación a la existencia»... Para hablar a los niños y adolescentes sobre la vocación II*.

Dios   ha creado a los hombres y mujeres de este mundo. Dios dijo: «Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza.» Y Dios creó al hombre como fiel imagen suya. Lo formó del polvo de la tierra, y le infundió el aliento de la vida. Entonces lo puso en un hermoso y fértil jardín (el paraíso terrenal) para que lo cultivara y conservara. Dios formó el cuerpo del hombre del polvo de la tierra. El alma la creó de la nada; por medio de ella dio al  cuerpo la vida humana. El primer hombre fue Adán, y la primera mujer fue Eva. De ellos procede todo el género humano  (son   nuestros   primeros padres).

El  alma del hombre es una  substancia   espiritual. Tiene   entendimiento   para comprender y voluntad para decidirse libremente. Porque  el   alma   es   sustancia espiritual, por eso  es asimismo inmortal. Por su alma espiritual, el hombre es semejante a Dios, que es espíritu infinitamente perfecto, y está muy por encima de todas las demás criaturas de la tierra. Llevado de su amor, también creó Dios a los hombres para que un día pudieran contemplarle y vivir eternamente junto a Él. Por esto les hizo partícipes de su vida divina. A este grande e inmerecido don lo denominamos la vida de la gracia, o la gracia santificante (don sobre natural). Por la vida de la gracia nuestros primeros padres eran hijos de Dios y semejantes a Él de una manera especial. Dios concedió todavía a nuestros primeros padres otros magníficos dones. Podían vivir en el paraíso, en donde se hallaban particularmente  cerca de Dios. 

Iluminó su entendimiento con luz especial y fortaleció su voluntad con fuerza igualmente especial. Sus ansias y tendencias estaban dirigidas únicamente hacia el bien. Nuestros primeros padres se veían libres de la inclinación al mal y vivían felices en la presencia de Dios. El trabajo no era ninguna carga para ellos. Estaban libres de dolor,   enfermedad  y  demás males; incluso debían verse preservados de la muerte. Todos estos dones los llamamos gracias especiales del paraíso terrenal (dones preternaturales). Al recibir la vocación a la existencia, nuestros primeros padres habían recibido la misión de transmitir los dones recibidos por éstos  a toda  la  humanidad.  Todos los hombres y mujeres del mundo debían heredar de Adán, juntamente con la vida del cuerpo, la vida de la gracia y demás dones especiales de que disfrutaron nuestros primeros padres en el paraíso. 

Dios, nuestro Padre bueno y cariñoso, nos llama a la existencia en este mundo porque antes de venir a este mundo éramos un latido de su corazón. La vocación a la existencia la recibimos gratuitamente. Dios, por medio de los papás, va llamando a la vida a los seres humanos. Nosotros no somos el resultado casual de una unión de un hombre y una mujer, sino que Dios ha asociado en su obra creadora a nuestros papás. Traer a un nuevo ser a la existencia, es la respuesta al deseo de Dios expresado bellísimamente en el libro del Génesis con esas palabras divinas: “Crezcan y multiplíquense, llenen la tierra” (Gen 1,28). No importa la mucha o poca conciencia que los esposos tengan del hecho de traer un niño a este mundo, ellos están de cualquier manera colaborando con la obra de Dios, Y sabemos, por la fe, que el Señor, atento a todo lo que los hombres y mujeres de este mundo hacen, crea personalmente el alma de cada niño concebido, por eso nuestra Madre la Iglesia siempre defenderá la vida desde el primer momento de su existencia en el vientre de la mamá.

Una vocación, es una misión que Dios nos ha encomendado, y vivir la vida como vocación es dejar actuar a Dios en nuestras vidas. Dios toma la iniciativa de llamar a todos los hombres y mujeres de todas las épocas. Los hombres, atentos al plan de Dios, que contempla a toda la humanidad, responden desde su libertad. Decir “Sí” a la propuesta de amor de Dios es dar una respuesta salvadora a las necesidades de los hombres y a las necesidades del mundo. Vivir nuestra vida como vocación, desde niños, es vivir la fe cristiana. Él me llamó a la existencia por mi nombre. Así, la primera llamada es la Creación, la vocación a la Vida. En el origen, Dios creó el mundo pensando en el hombre, es decir, pensando en mí (es muy bonito, ¿no?) Pues es así, pensó en mí desde el principio y mirando a su Hijo, lo creó todo para que nada me faltase y me creó y me dio la vida y así “el universo está lleno de su presencia” y toda “la creación es alabanza de su gloria”. 

Sabemos que Dios tiene un proyecto de amor concreto para todos y cada uno. Su amor es universal y a la vez, su amor es personal: es decir, el amor con que me ama a mí es único, sólo para mí. De tal manera que sólo seremos verdaderamente felices en la medida en que sepamos responder a ese amor con el que somos amados. Descubrir ese amor es descubrir la vocación. Y si todo el mundo es amado, todo el mundo “tiene” vocación. Pero no todos lo saben y no todos lo han descubierto. Dios quiere que todos, desde pequeños, descubran que tienen una vocación. La vocación es un misterio que se va desarrollando conforme vamos viviendo y creciendo. No hay que buscar la vocación como “algo” aparte de la vida de cada día sino que hay que “vivir la vida como vocación”. Y la vocación, como la vida, no consiste en un momento sino que es una totalidad en continuo desarrollo, aunque tenga momentos “inolvidables”.

Qué bonito hubiera sido que nuestros primeros padres hubieran entendido con claridad cuál era el plan de Dios, pero la humanidad —representada en ellos— y que podía haber respondido a la llamada de Dios de un modo libre y total y hacer de la tierra el paraíso, no entendió bien eso de obedecer la vocación de Dios y quiso seguir la terrible tentación de obedecer sólo a su propia voz: “seréis como dioses”  y cayó en la nada maligna del pecado, dando la espalda a Dios. Rota la relación fundamental, rompió todas las demás y tuvo miedo de dar la cara y se escondió de Él, convirtiendo el jardín en un estéril y triste desierto.  Esto no pasó sólo al principio hace mucho tiempo, esto sigue pasando hoy y aquel pecado original sigue causando más pecados que originan la suma de todos los pecados de la humanidad, también los de los niños que se portan mal, que destrozan la unidad de sus familias con caprichos y malas acciones, de los amigos entre sí y del hombre con la entera creación.

Pero Dios, en su entrañable amor lleno de compasión, no se resistió a perder su criatura y ante el pecado irracional, contrapuso el amor de elección y recomenzó una Historia de Salvación, una nueva llamada. Dios llama a hombres de un pueblo elegido: Abraham, Isaac, Jacob, José, Moisés, los jueces, los profetas, los reyes, el resto de Israel... Una dramática historia de amor, de promesas y sacrificios, de alianzas y de destierro, de ira celosa y de tierno consuelo, de fidelidad y de infidelidad... Una historia que prepara el gran acontecimiento, la gran llamada para toda la humanidad.

Y en “la plenitud de los tiempos”, la gran maravilla: Dios nace en su pueblo. Jesús de Nazaret, el hijo de María la virgen y de José el carpintero. Jesucristo, el Hijo llamado y la Palabra  que llama. Cristo, el Único que une de nuevo al hombre con Dios; el que trae el cielo a la tierra, su Espíritu Santo. Él es el que nos revela el gozo de ser hijos de Dios. Cristo, vivo por su Resurrección, es la gran llamada para todo hombre de toda época y lugar, es “la piedra angular”, la “puerta abierta” donde Dios vuelve a ser cercano y nos llama a un paraíso de intimidad. 

*Con el deseo de que estas reflexiones ayuden a los catequistas para que hagan a los niños y a los adolescentes cercana la tarea de descubrir la vocación, les dejo en sus manos este material que cada uno, que cada una, podrá fácilmente ampliar.

Alfredo Delgado R., M.C.I.U.

«La vocación»... Para hablar a los niños y adolescentes sobre la vocación I*.

En el ambiente de Iglesia, sobre todo en los grupos aún de niños pequeños en la catequesis, es común oír hablar del término “vocación” y de por sí en las parroquias o en los mismos grupos se hace referencia a la vocación cuestionando a los niños y niñas acerca de la misma: ¿Has pensado cuál es tu vocación? ¿Te has puesto a pensar que vocación tendrás cuando seas grande?, pero hay una pregunta que poco se toca y es esta: ¿Cuándo nace la vocación? 

La vocación nace cuando es concebida la persona, porque toda criatura, al nacer, tiene una misión que realizar en la vida porque dentro del ámbito de la creación, todo ser humano está llamado a compartir la vida con Cristo. No sabemos el cómo, pero Dios hace nacer la vocación de seguimiento de Cristo en cada uno y el mismo Cristo sale al encuentro de todos: “El Hijo de Dios, con su encarnación, se ha unido, en cierto modo, con todo hombre” (Gaudium et spes n. 22, Cf. Jn 1,14).

Con la vocación a la vida nace la vocación cristiana, porque todo fue hecho por Él y para Él. Cuando un nuevo ser nace las personas preguntan: ¿Qué fue?, ¿niño o niña? Dentro de esta diferencia de sexo hay un llamado especial que es para todos, un llamado a seguir a Cristo, a configurarse con Él. Este es el nacimiento de la vocación a la vida, a la vocación cristiana. Esta vocación cristiana es el inicio de un camino en el que la llamada de Dios se vendrá repitiendo para invitarnos a seguirle más de cerca en una respuesta que se va a concretizar luego en una vocación específica.

Cada persona es diferente, nunca se da una igualdad en las personas, aún los llamados “gemelos idénticos” tienen sus diferencias de fondo. La vocación nace en cada persona como algo único e irrepetible, no hay dos vocaciones iguales por eso no hay dos santos que sean iguales. Cada persona tiene sus gustos, sus gestos particulares, su forma de ver y vivir la vida y desde allí ha nacido la vocación particular de cada uno. La vocación nace pues, en el momento mismo en que se nace a la vida, pero se va tomando conciencia de este llamado a lo largo de los primeros años de la vida, especialmente con la ayuda de catequistas, orientadores y orientadoras de los colegios, sacerdotes o religiosos amigos de la familia que van haciendo a los niños conscientes de una elección en el tiempo de la adolescencia y de la juventud. Toda persona está llamada a construir la civilización del amor.

Al nacer un nuevo ser, nace alguien que con el tiempo vendrá a ser un buen padre de familia, una madre muy bondadosa, un cristiano ejemplar, un hermano religioso dedicado a la educación o una religiosa enfermera; un sacerdote muy generoso o un obispo entregado de lleno al servicio de su pueblo; un san Juan Pablo II, un san Juan Bosco, una beata Teresa de Calcuta, una beata María Inés Teresa Arias recibieron ese llamado al nacer.

Cada uno tiene una tarea en la vida, una misión que será única e irrepetible. Lo que uno deje de hacer no lo hará nadie de la misma forma. Cada uno tiene una tarea por hacer en la vida de acuerdo a sus propias capacidades. Cada uno es, como dice la beata Madre María Inés Teresa del Santísimo Sacramento: “Un pensamiento de Dios, un latido de su corazón” un ser único e irrepetible que ha sido llamado a poner su granito de arena en la edificación de nuestro mundo, en la construcción de la civilización del amor. Cada uno es un ser irrepetible en el modo de vivir la vida de Cristo, que es vida en el Espíritu, y en el modo de prolongar su misión. La vocación no es un modo de instalarse en este mundo, sino una invitación, en declaración de amor, a ser constructores de un mundo que nos vaya acercando al cielo. Cada vocación o llamada tiene como objetivo ordenar las cosas según el amor, es decir, dar un paso más hacia la construcción de la historia según los planes de Dios para el bien de la humanidad.

Todo aquel que ha descubierto que en él ha nacido una vocación que lo hace cumplir una misión en la vida, está obligado a buscar la manera concreta y efectiva de realizar esa vocación. El mundo está siempre incompleto, hay que seguir edificando la parte del Reino de Cristo que empieza en este mundo y por eso el que se sabe llamado no puede esperar. ¿A quién le toca perfeccionar este mundo para llevarlo a metas altas de desarrollo humano y espiritual? Ese perfeccionamiento le corresponde a cada persona que forma parte de la humanidad, esa tarea la ha dejado Dios en el corazón de cada uno de los llamados.

Hay que hacer que los pequeños se pongan a pensar en preguntas como estas: ¿Te has puesto a pensar cuál es tu primera vocación y cuándo nació? ¿En manos de quién está el mundo? ¿Ya es perfecto el mundo? ¿Cómo puedes colaborar cuando seas grande para hacer este mundo mejor? 

Hay muchas personas que no se sienten llamadas. Otras, ya en la pista de una vocación específica, se han hecho unos «arreglos» que no tienen nada que ver con el seguimiento de Cristo. A pesar de todas las limitaciones que pudiéramos encontrar, todas las personas, los acontecimientos y las cosas nos hablan de «alguien» que se nos ha hecho encontradizo para convertir nuestra vida en donación: “Cristo descubre al hombre la sublimidad de su vocación” (Gaudium et spes n. 22).

Si el hombre no descubre que la vocación ha nacido en él desde el momento mismo de su concepción la vida se hace hueca, nada y vacío, un mundo absurdo. Si el hombre no estuviera vocacionado o no fuera fiel a su vocación, surgirían en espiral indefinida un montón de dudas sobre su propia identidad.

Entre tantas figuras que se pudieran presentar, podemos hablar de San Francisco de Asís, que llamaba al sol: «hermano sol» y a la luna: «hermana luna». Cuando el corazón de Francisco de Asís comenzó a latir en sintonía con el de Cristo, las cosas dejaron entrever su mensaje y Francisco se convirtió en el «hermano universal», como anhela ahora ser el Papa Francisco, que, en cierto sentido, por eso adoptó este nombre al llegar al pontificado. El secreto del cambio de Francisco de Asís, estuvo en haber tomado conciencia del nacimiento de la vocación cuando abrió el corazón a Cristo, que sigue llamando a cada uno para compartir la vida con Él. La vida es un encuentro con Cristo para compartir con Él nuestra existencia. Una cara arrugada por el tiempo, unas manos callosas por el trabajo, una salud deteriorada que habla de una entrega de años... todo ello habla de gente que entendió cuándo nació su vocación, la vocación de seguir a Cristo.

«Vocación» significa llamada, insistiremos a los niños. Y Cristo llama a cada uno para comunicarle una vida nueva (Jn 3,5; 4,14) y para hacerle portador de esta misma vida. De cada uno de los que saben que en ellos ha nacido una vocación, Cristo quiere hacer su prolongación, su instrumento, su signo visible, ante el Padre y ante los hombres. La vocación se hace, pues, un desafío permanente. Nace del encuentro con Cristo y se desarrolla en su amistad. La relación personal se hace compromiso esponsal para toda la vida. Cristo sigue llamando a cada uno con un amor irrepetible y para una misión irrepetible, como ya lo hemos dicho. 

En 1985, hablando a los jóvenes san Juan Pablo II decía: “Él mira con amor a todo hombre. El evangelio lo confirma a cada paso. Se puede decir también que en esta mirada amorosa de Cristo está contenida casi como en resumen y síntesis toda la Buena Nueva” (Juan Pablo II, Mensaje a los jóvenes, 31 de marzo de 1985). A partir de esta realidad fuertemente «cristiana», todo llamado siente el respeto y el amor por la vocación de los demás hermanos: casados, solteros, ministros ordenados, religiosos y misioneros. Cada vocación se complementa con las demás para vivir y llevar la Buena Nueva.

En todos nosotros, ha nacido una vocación que nos hace conscientes de que todos somos llamados a amar con todo el corazón y, por ello mismo, a sentirse unidos a los hermanos que construyen en comunión la civilización del amor, Pueblo de Dios, cuerpo místico de Cristo, Iglesia sacramento universal de salvación. Algunos quizá, desde muy pequeños, tuvimos ayuda para irlo descubriendo. Ahora nosotros somos portadores de este gozo de vivir la vocación. Cada uno de nosotros somos una página de la biografía de los demás, porque en todos ha nacido esa vocación a formar la única biografía del «Cristo total». “Nos ha elegido en Él antes de la creación del mundo” (Ef 1,4). Toda llamada de Dios es declaración de amor que espera un «Sí» como el de la Virgen María (Lc 1,38) para compartir la vida con Cristo.

*Con el deseo de que estas reflexiones ayuden a los catequistas para que hagan a los niños y a los adolescentes cercana la tarea de descubrir la vocación, les dejo en sus manos este material que cada uno, que cada una, podrá fácilmente ampliar.

Alfredo Delgado, M.C.I.U.