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miércoles, 1 de abril de 2020

LA BEATA MARÍA INÉS TERESA DEL SANTÍSIMO SACRAMENTO, UNA MUJER DE CONVICCIONES...

A lo largo de la historia de nuestra salvación, Dios ha querido usar de hombres y mujeres para manifestar su amor al mundo y para acercarnos a Él y a sus designios de salvación. Ordinariamente el Señor elige hombres y mujeres que, diríamos, son en principio del común de los mortales y, luego, con el correr de los años, van pasando a ser del común de los santos, del común de vírgenes y del común de los mártires. San Pablo, dirigiéndose a los corintios dice que «Dios ha escogido más bien lo necio del mundo para confundir a los sabios. Y ha escogido Dios lo débil del mundo, para confundir lo fuerte». (1 Co 1,27). Los santos, han sido personas ordinarias que, respondiendo al llamado de Dios han sido gente de convicciones. Gente que ha descubierto a lo largo de sus vidas que sin convicción, no hay nada que realmente importe, y no se transmite nada trascendente en el mensaje de salvación. 

Pero, ¿qué es una convicción? La palabra viene del latín «convictio». La convicción es el convencimiento que se tiene sobre algo. Quienes tienen una convicción poseen razones o creencias que les permiten sostener un determinado pensamiento, discurso o acción y defenderlo frente a lo que sea. Se dice que la convicción es fundamental para encontrar la motivación a la hora de llevar a cabo determinadas acciones, para ser positivo y confiar en que las cosas que vamos a realizar se van a conseguir e incluso para convencerse de que uno mismo está y estará bien. Por ejemplo: Yo que soy mexicano puedo decir «Tengo la convicción de que saldremos campeones en el mundial de futbol». Si alguien ha experimentado una sacudida eléctrica, no hace falta advertirle que es peligroso tocar un cable pelado.  El ya está convencido que no le conviene hacerlo.  Así son las convicciones.  Son creencias firmes.  Es una creencia que no vamos a abandonar fácilmente.

En nuestro campo eclesial, podemos afirmar que si nuestra vida no está plenamente arraigada en una fe fundada en la Eucaristía, en la Palabra de Dios y en el Magisterio de la Iglesia, es difícil formarse convicciones y responder en plenitud al llamado del Señor a ser santos. Como bautizados, debemos tener convicciones que definan nuestra identidad y hemos de tener convicciones que determinen nuestro estilo de vida particular y en torno a él la manera de seguir a Cristo. De las convicciones de fe y de razón que se van entrelazando en nuestras vidas, va surgiendo el convencimiento para caminar en perseverancia y fidelidad en nuestra consagración bautismal, porque la fe es una convicción que no está basada en el raciocinio, mientras que la razón crea convicciones que se fundan en la lógica. Así, de esa conjunción entre fe y razón, se van trazando las convicciones en las que se fundamenta la respuesta al compromiso adquirido desde el bautismo: «Sean santos como su Padre Celestial es santo» (Mt 5,48).

Como bautizados, sabemos que somos misioneros, y en especial, los miembros de la Familia Inesiana, sabemos que somos hijos de un corazón que supo vivir en plenitud su pertenencia a Dios y que se forjó una serie de convicciones en las que se mantuvo siempre firme, como anclada en una serie de creencias sólidas y firmes, basada en la confianza en Jesús Eucaristía como centro e su vida y aderezando cada momento de su existencia con la Palabra de Dios. El amor a la Eucaristía, el recurso constante a la Palabra y el amor a la Iglesia, le hizo a Manuelita de Jesús —ese fue su nombre de pila—, desde que era una jovencita, y me atrevería a decir, desde niña, estar completamente convencida del amor de Dios y de la llamada a la santidad, de tal manera que asumió paulatinamente y mantuvo, como un hilo conductor, una postura en donde las convicciones por seguir a Cristo fueron moldeando, no solo su fe, sino también la manera en la que vivió y en la que murió. Sus hijos espirituales hemos llegado a ser como una ciudad que se asienta sobre una colina y que no se puede ocultar (Mt 5,14). Cada uno de nosotros ha sido llamado para imitar esas mismas convicciones y prolongar el anhelo misionero de la beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento. Somos partícipes de sus convicciones, lo cual conlleva una responsabilidad personal y comunitaria de un gran calibre. Nuestras responsabilidades son personales porque la vivencia de nuestra consagración bautismal es una cuestión personal según la vocación específica de cada uno. Pero, son comunitarias porque el testimonio es una cuestión no de uno solo sino de todos como familia.

Las convicciones que la beata María Inés se hizo para seguir a Cristo casto, pobre y obediente, definen su identidad y proveen una dirección sólida que a todos sus hijos nos mantienen en el camino correcto sin importar las circunstancias o tentaciones que enfrentemos, pero sería imposible hacer una lista de las convicciones que ella tuvo, pues sería exhaustiva. Por la gracia de Dios, podemos decir que Madre Inés dejó la corriente de este siglo y la senda amplia que lleva a la perdición (Mt 7,13); se negó a sí misma y tomó su cruz para seguir a Cristo (Mt 16,24); fue consciente de que era necesario que a través de muchas tribulaciones entre en el reino de Dios (Hch 14,22); al igual que San Pablo dijo: «De ninguna cosa hago caso ni estimo preciosa mi vida para mi misma, con tal de que acabe mi carrera con gozo» (cf. Hch 20,24). Todo esto requirió de ella la vivencia de unas convicciones, y convicciones muy profundas que vivió con perseverancia y fidelidad. 

La primera convicción que podemos ver en la beata Madre Inés es querer ser santa. Ella mantiene viva siempre esa determinación de ser santa. En una carta que escribe a las hermanas de California en 1960 anota: «Siempre he sentido el deseo inmenso de santificarme y de que todas mis hijas se santifiquen para que así podamos dar a Dios toda la gloria que merece» (Carta a las hermanas de California el 20 de febrero de 1960). Y desde 1933, en las resoluciones de sus Ejercicios Espirituales escribe: «Quiero ser santa, pronto santa, a todo trance santa. Llena Jesús mío todas las aspiraciones de mi corazón y ayuda mi flaqueza, sostenme en el vuelo que quiero emprender, no me dejes, que en ti confío» (Ejercicios Espirituales de 1933, f. 773). Así que en ella, esta convicción es una determinación, una decisión seria de querer ser santa sin quedarse en deseos, sino buscando la manera de cómo alcanzarlo y teniéndolo como un hilo conductor.

Otra convicción que marcó la vida de la beata y que ha querido dejarnos en herencia es la necesidad de la oración. En sus meditaciones escribe: «La oración es la vocación esencial de mi vida» (Meditaciones, f. 518). Nunca dejó la oración a pesar de las grandes encomiendas en la clausura que la dejaban exhausta o de las penas y mortificaciones que le inundaban el día ya como fundadora y superiora general. Decía: «Todas las gracias y sobre todo las de conversión y santificación, nos vienen por la oración» (Experiencias espirituales). 

Madre Inés siempre encontró tiempo para orar porque estaba convencida de que no tener tiempo para orar, era no tener tiempo para amar; y sin amor y sin oración, la vida está vacía. En sus últimos años de vida escribe en una carta colectiva: «Seamos ya intensamente almas de oración, de fe, confianza, almas que solo busquen el amor y vivamos para el amor» (Carta colectiva de junio de 1978). «La oración y el sacrificio —decía— son las dos alas poderosas con que se vuela por el campo misional en busca de palomitas que presentar al Amado. Al alma que siempre se eleva por las regiones de lo sobrenatural, nada ni nadie puede impedirle el vuelo; en vano le tenderán lazos; sus dos fuertes alas la sostienen, y la llevan infaliblemente a su fin: conquistar almas para Cristo» (Lira del Corazón, pp.126-127).

Una convicción importantísima en la beata Madre María Inés Teresa del Santísimo Sacramento es la conservación del ideal. Desde sus notas de los ejercicios espirituales de 1933 se hace notar esto: «A pesar de mis muchos defectos y faltas, mi alma está enamorada del ideal, él es, el que me ha de salvar, de corregir, de perfeccionar. En la sed ardiente que siento por la salvación de las almas, el es el que me ha de proporcionar medios y ocasiones, de renunciamientos, de vencimientos, de pequeños y ocultos sacrificios, que son las monedas con que se compran las almas para Jesús» (Ejercicios Espirituales de 1936). 

Madre Inés tenía convicciones que hablaban de ideales, de sueños, de cosas que debían quedar firmemente establecidas y que luego serían un ejemplo para nosotros. «Hay almas —escribía en una de sus cartas colectivas— que tienen grandes ideales de perfección; no nos quedemos nosotros medianos» (Carta colectiva desde Karuizawa, Japón, el 14 de mayo de 1957. f. 3232).  En otra carta, ésta de 1971 apunta: «En nosotros no existe ningún nacionalismo, ni división; no tenemos ninguna distinción…sólo existe un ideal, el de ser santos, porque sabemos que todos somos iguales ante los ojos de Dios y que, para Dios, no hay razas clases sociales; sólo existe el amor. Dios quiere hijas, que esto sea toda una realidad en cada nación y en cada casa. Lo pido tanto a nuestro Señor» (Carta colectiva de febrero de 1971).

Ella supo siempre hacia donde se dirigía en esto de la búsqueda de la perfección, es decir, de la santidad, y anduvo por un camino definido para alcanzar ese ideal, el de establecer un sagrario en cada uno de los corazones de cuantos son los habitantes del mundo y afirmaba: «Un alma sin ideales comenzaría por desfallecer y acabaría por morir. Pero con ideales se rejuvenece continuamente» (Ejercicios Espirituales de 1936).

La siguiente convicción que quiero mencionar es el amor de Madre Inés al Evangelio de Jesucristo, descubriendo, en él, valores que no dependen de la cultura, del tiempo, ni de la sociedad, sino que apuntan a transformar las mentes de todos los seres humanos. «El Evangelio no pasa de moda, no tiene “aggiornamento”», escribía en una carta colectiva en los años setentas (Carta colectiva de marzo de 1972). Y un poco antes había escrito: «No nos hagamos ilusiones hijas, no hay otra santidad que la del Evangelio, bien interpretado, no acondicionado a nuestra comodidad» (Carta colectiva de enero de 1971).

Ella vivió siempre convencida de que tenía que tener el mismo corazón «manso y humilde» del Cristo del Evangelio. Solamente en la lira del corazón (Gracias al análisis que la Hna. Martha Gabriela Hernández nos presenta en su libro «Cantaré eternamente las misericordias del Señor»). Hay 50 referencias al Evangelio de San Mateo; 15 de San Marcos; 66 de San Lucas y su evangelista preferido, sin duda alguna, San Juan, aparece 62 veces, digo que San Juan es su evangelista preferido porque de él hay mas citas textuales.

La beata entendió muy bien que los miembros de la Iglesia no estamos llamados a plegarnos al mundo sino a ser, como dice Cristo en el Evangelio, luz y sal de la tierra para que ayudemos a los que viven en tinieblas a que no desorienten su vida del fin último que es Dios mismo. En sus Estudios y Meditaciones nos lo recuerda de esta manera: «Dice Nuestro Señor de sus Apóstoles que: «son la sal de la tierra, y que si la sal se hace insípida, ¿con qué se le volverá el sabor? Para nada sirve, sino para ser arrojada y pisada por las gentes»… Esto mismo se puede decir del misionero; es la sal de la tierra por el ejemplo de sus virtudes, por su inmolación silenciosa, por su oración continua, por su vida penitente; es la sal, sí, porque, con todo esto coopera a la difusión del Evangelio, a la conversión de los pecadores, a la santificación de las almas» (Estudios y Meditaciones, f. 659). 

Por eso ella, para hacerse firmes convicciones, puso su mirada en rostros humanos que le fueron guiando hacia ese encuentro con el Cristo del Evangelio con sus cosas sencillas de cada día y nos los dejó como patrones que cuidan también de nuestras convicciones como lo hicieron con ella: «Que precio, casi infinito el de nuestras pequeñas y escondidas acciones, como Jesús, María y José en Nazaret. Y, quien vive con ellos, juntito a ellos, ¿se puede sentir solo y triste?» (Carta a una comunidad de religiosas, 28 de agosto de 1969, f. 5199). San José, San Francisco, Santa Clara y Santa Teresita del Niño Jesús, gente ordinaria y sencilla que asumió convicciones claras y seguras, afianzadas en un «sí» tan sincero como el de María, le motivaron con la realización de las cosas ordinarias de cada día. Se fijaba en ellos para motivar sus convicciones de ser santa: «Nuestros criterios tienen que unificarse en el de Cristo nuestro Señor, su Evangelio, su pasión, su muerte y su resurrección. Esto, y no otra cosa, hizo de san Francisco y santa Clara los santos tan seráficos que son. Es decir: amaron a Dios con amor de serafines» (Carta colectiva del 3 de diciembre de 1971). «Si el alma quiere llegar a la santidad por un atajo, y corto, debería ella misma proporcionarse las humillaciones, buscando aquellas cosillas que mucho hieren el amor propio y que dejan al descubierto nuestras llagas y miserias. Por eso los santos, sobre todo san Francisco, llegó tan pronto a las alturas, porque descendió mucho muy bajo por la humildad» (Carta Colectiva, San Antonio, 6 de marzo de 1956, f. 3162). «El amor que tú inspiras en mi pobre y miserable corazón —escribe en sus apuntes de ejercicios espirituales— me hace tener contigo estas audacias. Quiero hacer mías las palabras de tu virgen santa Teresita; “¡En el corazón de mi Madre la Iglesia, yo seré el amor!”» (Ejercicios Espirituales de 1950, f. 886).

Y aquí, contemplando su amor a Jesús en el Evangelio, viene otra convicción muy fuerte en ella: el amor a María: «Fue María la que al fin, haciendo la luz en las obscuridades de mi alma, en las tinieblas de mi corazón, me dio a conocer, en un instante, en un abrir y cerrar de ojos, que la dicha la encontraría completa, entera, absoluta, en la posesión de su divino Hijo» (María es mi Madre). 

Todos los santos, sin excepción, han sido muy devotos de María. Madre Inés percibió siempre la ayuda que Dios le ofrecía por medio de la Santísima Virgen. En sus meditaciones de ejercicios espirituales apunta: «Sin María no hubiera habido Jesús; luego sin María no llegaremos a Él; necesitamos pasar por este puente para llegar al término de nuestro viaje. ¡Qué grande eres Madre!» (Ejercicios Espirituales de 1941). Invocándola como a una Madre cariñosa y vestida de Guadalupana, se consagró a Ella con detalles tan pequeños pero tan insistentes como el de no dejar de hablar de Ella y dedicarle algo especial cada sábado, además de ofrecerle cada día el ofrecimiento, el santo rosario, y detalles que eran entendibles cuando para todo se le escuchaba decir: «¡Vamos María!»  En sus últimos años de vida suplicaba: «Que María Santísima sea nuestra guía en el peregrinar en esta tierra» (Carta colectiva de marzo de 1978).

Toda la vida de la beata madre fue un acto de amor a Dios. Estaba plenamente convencida de que todo debemos hacerlo por Él, con Él y en Él. Ya fuera estudiar, cocinar, caminar, trabajar, comer... lo vivía como dice San Pablo: «Ya coman, ya beban, ya hagan cualquier otra cosa, háganlo todo para gloria de Dios» (1 Co 10,31). «¡Todo por Jesús, María y las almas!» solía decir. Esta es otra de sus convicciones que bien podemos imitar y que unida a una muy profunda: su gran amor a Jesús Eucaristía como centro de su vida. Cuando aún era una jovencita que estaba en el mundo escribió: «Es de fe, que Jesús en la Eucaristía es el mismo Jesús del Evangelio. Tendré hacia Él los mismos sentimientos de inmensa confianza que tuvieron todos aquellos sencillos de corazón que tuvieron la dicha de contemplarlo en su vida mortal» (A mis queridas compañeras de la Acción Católica). En sus Experiencias Espirituales anota: «Fijo mis ojos en la Eucaristía, me reclino como el discípulo amado sobre su Corazón adorable» y nos pregunta: «¿Quisieras conquistar todos los reinos para Jesús Eucaristía? ¿Quisieras sembrar de Sagrarios, aquellas tierras en donde no es conocido el Dios del amor? Si quieres todo esto, pídeselo a Jesús en tu comunión» (Carta personal, 21 de junio de 1943).

A sus compañeras de la Acción Católica, cuando tenía unos 17 años de edad les dice: «Es de fe, que Jesús en la Eucaristía es el mismo Jesús del Evangelio. Tendré hacia Él los mismos sentimientos de inmensa confianza que tuvieron todos aquellos sencillos de corazón que tuvieron la dicha de contemplarlo en su vida mortal» (A mis queridas compañeras de la Acción Católica). Así llegamos a otra convicción que como hilo conductor vivió: La confianza total en Dios como condición indispensable para alcanzar la santidad y crecer en el amor de Dios. Nuestra Madre confió siempre, sin condiciones. «Confiad siempre, inmensamente, con esa esperanza plena del niño que se duerme en el regazo de su padre» escribió en sus Ejercicios Espirituales de 1941.

Eso es confianza con convicción, confiar hasta el límite de decirle que ponga y quite de nosotros lo que quiera, sea salud o enfermedad, pobreza o riqueza, prestigio o cargos importantes... Ella decía: «Padre, me pongo en tus manos, haz de mí lo que tú quieras», enseñándonos que la verdadera santidad consiste en hacer siempre la voluntad de Dios con una sonrisa. ¿Por qué? Porque, si amamos a Dios y creemos en su amor, debemos confiar hasta el punto de creer firmemente que su voluntad es lo mejor para mí y debo seguirla sin condiciones. En esos mismos Ejercicios Espirituales de 1941 pregunta: »¿Quién, viendo tan dulce Señor, tan amante, tan fino, tan exquisito, no pone en Él toda su confianza, esa confianza que en la vida práctica es el vínculo principal que nos une con Nuestro Señor, vínculo dulcísimo, que eleva, que levanta de la postración de las propias miserias hasta su abrazo de misericordia, hasta las efusiones más tiernas y delicadas entre el Esposo y la esposa?»

Para ella, todo era un milagro de Dios por su confianza total. Ella hablaba de que «es cuestión de lanzarse al mar de la infinita misericordia, confiando solamente en Dios». El desarrollo de la obra que el Señor le pidió fue cosa de fiarse del mismo Dios y dejarse llevar por Él. Y todo fue llegando poco a poco... hasta las cosas que parecían irrealizables, pero la obra se realizó y ella misma pudo visitar las misiones que de su corazón oferente iban brotando. El permanecer firme en las convicciones en la carrera que le tocó correr para llegar la meta, y luego asumir los riesgos del profetismo anunciando el Evangelio de vida trajo a la beata persecución, aún de las almas más cercanas a ella, pero María Inés Teresa, mujer de convicciones bien ancladas en el Señor, confió siempre. «La virtud por la que mi alma se siente más fuertemente atraída en relación directa con Nuestro Señor —escribe en una de sus refleciones— me parece que es la confianza en Él, en su infinita misericordia, en su bondad; porque siempre mi actitud respecto a Él, excepto poquísimas excepciones (y procuraré que en adelante no sea ni una), es la del niño que se abandona en brazos de su madre, con filial y entera confianza, en la seguridad de que todo lo que Él haga en mí y por mí, será lo que más me convenga» (Ejercicios Espirituales de 1941).

Con estas y otras convicciones, que, como decía casi al inicio, es difícil terminar de ennumerar, Madre Inés supo asumir ese espíritu profético, desde el cual, hizo realidad el mensaje del Evangelio en el que Jesús expresa: «He venido a traer fuego al mundo y cuanto deseo que esté ardiendo» (Lc 12,49). Es el fuego que la beata nos comunica, el fuego del Cristo. Dice el Catecismo de la Iglesia Católica: «Como todos los creyentes forman un solo cuerpo, el bien de los unos se comunica a los otros» (CEC 947). Esto quiere decir que «el menor de nuestros actos hecho con caridad, repercute en beneficio de todos los hombres, vivos o muertos. Y todo pecado daña esta comunión» (CEC 953). De manera que contemplar e imitar las convicciones de Madre Inés, nos ayuda enormemente en nuestro progreso espiritual y en la vivencia de nuestra consagración como personas llamadas a vivir en pobreza, castidad y obediencia de manera individual y comunitaria. Dejemos que hable ahora al Señor diciendo: «Conviértenos en fuego Señor, para abrasar el mundo entero» (Notas Íntimas). «Quisiera que pegaras tu fuego divino por nuestro conducto, aunque no nos necesitas, a esos millones de paganos que no pueden aún extasiarse en tu Augusta presencia y caer de hinojos diciendo en explosión de fe y amor: “Tú eres Cristo, Hijo de Dios vivo”» (Experiencias Espirituales, f. 544). «Que el amor que arda en tu corazón comunique el fuego sacro a todos los que se te acerquen y a todos aquellos por quienes ores» (Lira del Corazón).

Ciertamente, vivir esta comunión con la beata María Inés Teresa, y vivir esta común unión con quienes comparten esos mismos intereses en la familia de todos los bautizados, es una experiencia gozosa y maravillosa. Imaginemos a un niño que debe recorrer un largo camino entre selvas y montañas, llenas de peligros y animales salvajes. Él tiene la firme convicción de que llegará al fin, pero... ¿será inteligente de su parte rechazar toda ayuda que puedan brindarle sus hermanos mayores, que lo pueden llevar en brazos, cuando se canse, y que se preocuparán de su salud, de su comida, de sus necesidades y lo defenderán de los peligros? Pues bien, nosotros tenemos que recorrer un largo camino en esta vida para llegar al cielo. Si vamos solos, con unas convicciones dormidas u ofuscadas, probablemente vamos a sucumbir ante tantos peligros y tentaciones que hay en nuestra vida consagrada, pero si nos dejamos ayudar por gente como la beata María Inés Teresa, podemos estar seguros de que, si ella, con estas convicciones, llegó a la meta, llegaremos nosotros también. A bordo de un barco, en un largo viaje hacia Oriente, escribe: «Amemos de verdad nuestra vocación, y sepamos defenderla y sepamos defender nuestras convicciones, según el espíritu en que se nos ha formado, dando a los actos la seriedad que merecen, en el cumplimiento perfecto de nuestro deber» (Carta colectiva bordo del barco «Mukoharu Karu», mayo 12 de 1960).

La vida de Madre Inés nos enseña que una convicción es mucho más fuerte que una simple creencia y que hay que defender nuestras convicciones. Se trata de un convencimiento irreversible. ¡Es una creencia por la cual ella estaba dispuesta a arriesgar mucho... hasta su propia vida! A la luz de todo esto podemos preguntarnos, al llegar al final de esta reflexión: ¿Qué convicciones tengo yo? ¿Son mis convicciones tan firmes como las de la beata madre María Inés Teresa? El bautizado que no revisa constantemente sus convicciones y las alimenta para que estén fuertes no tendrá fuerza interior, sino será como un esclavo del medio ambiente en que se encuentra. Busquemos tener, como Madre Inés, convicciones firmemente arraigadas en la Palabra de Dios, seamos consecuentes con ellas y luchemos para compartirlas con los demás.

Padre Alfredo.

domingo, 13 de enero de 2019

«El Bautismo del Señor»... Un pequeño pensamiento para hoy

Ayer algunos de los comerciantes y prestadores de servicios que conozco, mientras hacía el recorrido sabatino para visitar a algunos enfermos de la comunidad, me decían: «¡padrecito, esto está muerto, es que la gente está muy gastada!»... Incluso en la lavandería hay poco trabajo, me dijo Mauricio. En los aparadores de las tiendas de ropa es el tiempo de las rebajas. Se ponen a la venta por aquí y por allá artículos que «no salieron» durante el período navideño que hoy se cierra. Incluso en el Mall más cercano quitaron el árbol el 6 en la noche y cambiaron los letreros navideños por un sin fin de motivaciones para que la gente siga comprando hasta con descuentos del 70%. Los discípulos–misioneros, en medio de todo esto, corremos el mismo peligro que los comerciantes, que después de la Navidad nos desinflemos y volvamos de nuevo a la rutina malbaratando lo que hemos logrado. La cuesta de enero a veces cuesta mucho subirla, sin embargo, es ahora cuando tiene que notarse que la Navidad ha servido para algo en nuestras vidas. Hemos llegado al final del Tiempo de Navidad, que sin duda ha pasado muy deprisa. Hemos acudido varios días consecutivos al templo. Y así estamos ante esta fiesta del Bautismo del Señor, puerta de su vida pública y que a nosotros, litúrgicamente, nos sitúa ya en los umbrales del Tiempo Ordinario. 

La liturgia de este día del Bautismo del Señor nos aposta un hermoso salmo responsorial tomado del salmo 103 (104 en la Biblia). El salmista celebra con un acento sublime y conmovedor, las misericordias de Dios en una serie de frases que respiran un gran espíritu de fe y de esperanza alabando a Dios por la creación y en nombre de toda la creación como un eco sublime de la narración de la Creación y, como diría de este salmo el célebre geógrafo, astrónomo, humanista, naturalista y explorador prusiano Alejandro de Humboldt (1769-1859): «es una brizna del mundo dibujado en pocos rasgos. Todo está invadido de un carácter sublime que ajusta y conmueve». Con este salmo Dios nos invita a fijar nuestros ojos en su obra creadora, pero especialmente en el elegido, en el amado, en el Mesías, en Jesús, que hoy es bautizado en el Jordán. Hay que mirar, dentro de la obra de la creación, al predilecto, al bienamado. Sobre él ha descendido el Espíritu Santo. Se ha posado en el Hijo de Dios hecho hombre. Se han abierto los cielos. El Padre eterno ha hablado: «Tú eres mi Hijo, el predilecto; en ti me complazco» (Lc 3,15-16.21-22). 

Hemos celebrado, en estos días, que Jesús nació en Belén, pero lo importante para la primitiva Iglesia era que fue dado a conocer en el Jordán. Allí lo presentó Juan, también llamado el Bautista. Hace un año estuve en el Jordán renovando las promesa bautismales con un grupo de sacerdotes escuchando el «acuérdate del bautismo que recibiste, que se hizo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» mientras recibía el agua que corre por el Jordán llegando al lugar por entre las minas antipersona que se han ido desenterrando dejando espacio para pasar y llegar hasta el río. Jesús inició su ministerio humildemente allí, entre aquellos que en aquel momento rodeaban a Juan y suplicaban el bautismo. Pedirlo era signo de sumisión, de obediencia y, en su caso, de implorar para nosotros, los que en verdad vamos cargados de pecado, el favor divino. Tal era la magnitud del gesto, que fue preciso que la Santísima Trinidad se hiciera visible para algunos, no todos y de la misma manera. Fue como una solemne Epifanía. Inicio para la humanidad entera del proyecto de Salvación que culminaría en el Calvario y ya venía anunciándose desde antiguo. Es importante en este día caer en la cuenta de que el bautismo de Juan no era como nuestro bautismo y, aunque el día propio para recordar nuestro bautismo es la noche de la Vigilia Pascual, hoy es un buen día para recordarlo, porque aunque nuestro bautismo no es igual que éste, pues es un sacramento, cuando nosotros fuimos bautizados, también Dios dijo de nosotros lo que dijo de Jesús en el día de su bautismo: «Este es mi hijo, el predilecto». Dejemos por tanto atrás todo aquello que es contrario a este nombre de hijos de Dios y no malbaratemos la Navidad, vivamos cada día, en este Tiempo Ordinario que comenzamos, con la alegría de sabernos amados por Dios Padre y bajo la mirada de María que, seguramente, desde lejos y sin afán alguno de protagonismos, fue siguiendo los pasos de Jesús. ¡Bendecido domingo en esta fiesta del Bautismo del Señor! 

Padre Alfredo.

miércoles, 30 de mayo de 2018

«El precio de la redención»... Un pequeño pensamiento para hoy


Apenas este lunes pasado, en la clase de Cristología, acabamos de tocar el tema de la redención. Este hecho que implica la restauración del hombre, de la esclavitud del pecado a la libertad de los hijos de Dios, a través de las satisfacciones y méritos de Cristo, «que no vino a ser servido, sino a servir y dar su vida como rescate por una muchedumbre». (Mt 20,28; cf. Mc 10,45). Este es el tema que toca hoy Pedro en la primera lectura. Él les recuerda a los recién bautizados a quienes se dirige originalmente esta carta, la suerte que han tenido, porque ahora creen en Cristo Jesús y han sido rescatados de su antigua vida para volver a nacer de Dios (1 Pedro 1,18-25). Ser rescatados significa que alguien ha pagado el precio, la fianza por su liberación y ese alguien —lo sabemos— ha sido Cristo, que no ha pagado con una cantidad de dinero, sino con su propia sangre derramada en la cruz. Con eso ha cambiado la situación de estos neófitos: ahora su fe y su esperanza deben estar puestas en Dios, que ha resucitado a Cristo de la muerte y los ha rescatado. Han vuelto a nacer, no de un padre mortal, sino de Dios mismo, de su Palabra viva y duradera, el Evangelio. El autor de la carta quiere que todos los cristianos saquemos de esta convicción una consecuencia concreta: «Ámense unos a otros de corazón» (1 Pe 1,22). Si todos hemos nacido del mismo Dios, todos somos hermanos por el bautismo. 

Estar bautizado significa muchas cosas, es estar dispuesto a obedecer a Dios, es estar llamado a hacer su voluntad por amor, es adoptar su proyecto sobre el mundo y su plan de salvación, es la exigencia de ser un verdadero hijo para con Dios y un hermano para con todos... Esto, como vemos, no es tan sólo un privilegio, ¡es una gran responsabilidad! El bautismo es un compromiso. ¡Estar bautizado es vivir para Dios y los hermanos! Quien recibe el Bautismo no puede seguir siendo ya una persona cualquiera, como lo efímero del mundo, sino que tiene que hacerse uno con Jesús crucificado y resucitado que nos ha redimido; el bautizado es un hombre nuevo, un hombre de Dios, y por lo tanto, alguien que lucha por vivir como Jesús vivió, entregándose como él se entregó, sirviendo como él sirvió y finalmente amando como él amó: «Los que han sido incorporados a Cristo por el Bautismo, se han revestido de Cristo» (Gál 3,27). Ser bautizados es lo más grande que podemos tener, por eso la celebración del Bautismo es siempre alegre y festiva y eso es lo que todos deberíamos recordar siempre la fecha en que fuimos bautizados. Pero qué fácil se olvida lo que no brilla, que fácil se hace a un lado una fecha importantísima pero que no da regalos ni descuentos en el restaurante por ser un día especial. El hombre se enterca siempre en buscar las cosas de la tierra, lo que caduca pero que da prestigio, gloria y privilegios. Hoy, en el Evangelio dos de los más destacados en el grupo de los Apóstoles manifiestan claramente su ambición (Mc 10,32-45). 

Impregnados por los criterios del mundo, Santiago y Juan pretenden tergiversar el contenido del mensaje del Reino, queriéndose sentar uno a la derecha y el otro a la izquierda de Jesús, pretendiendo el poder de los primeros puestos. Ante la lucha por el poder, Jesús responde de dos maneras. A los dos los confronta con la capacidad de entrega de la propia vida y del sacrificio, lo cual se convierte en la clave para entender el discipulado. Han pedido un trono de poder ya cambio el Maestro les ofrece beber el cáliz y ser bautizados, haciendo que ellos puedan mantenerse fieles a la causa y a la entrega hasta la muerte. Los otros diez, que estaban llenos de indignación, no porque creyeran que la petición hubiera sido inconveniente, sino porque todos pensaban lo mismo y esos dos se les habían adelantado. Son también aleccionados por Cristo sobre la autoridad y el servicio colocándose a sí mismo como el modelo: «El Hijo del Hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos» (Mc 10,45). Así, Jesús nos enseña también a nosotros, que hemos sido rescatados por su sangre derramada en la cruz, que la única medida que califica el grado en que vivimos nuestro compromiso bautismal, es el servicio y la entrega al Padre misericordioso y a los hermanos. Jesús con sus respuestas pone una vez más la entrega de la propia vida como base de todo seguimiento. El día que Jesús murió para redimirnos, ninguno de los discípulos optó por los primeros puestos, por ser crucificados con él. En su lugar tuvieron dos bandidos. El miedo les venció y ninguno de ellos puso en práctica la lección de amor que el Maestro les había dado. Pero había alguien que si había captado el precio de esa redención, María, la humilde esclava del Señor. Ella, al pie de cruz, recibiría a Juan en su corazón de Madre viéndolo a ÉL y a nosotros con el mismo amor a su Hijo Jesús y cuidando de todos para que valoremos el precio de nuestro rescate. ¡Qué fuerte! La Virgen Madre nos habla con su silencio ya casi al terminar mayo, el mes dedicado a ella y su silencio lo dice todo sin necesidad de comentarios. ¡Si no recuerdas la fecha de tu bautismo, busca la boleta y celebra ese día grande! Es miércoles ya, la semana corre de prisa y nosotros con ella. ¡Que Dios bendiga tu día!... 

Padre Alfredo.

lunes, 8 de enero de 2018

«EL BAUTISMO DEL SEÑOR»... Un pequeño pensamiento para hoy


Nuestra reflexión diaria, en torno a la Liturgia que sigue la Iglesia, da hoy un gran salto. Del Niño Jesús al que ayer los Magos de Oriente adoraron, pasamos en un día a contemplar a Juan el Bautista bautizando a Jesús ya adulto. Con la fiesta del Bautismo del Señor cerramos el ciclo de Navidad y asistimos al arranque de la vida pública de Jesús. Después de treinta años de vida oculta, inadvertido del mundo, el Dios hecho hombre crecía en gracia, sabiduría y edad (Lc 2,52) en una de las más recónditas y olvidadas aldeas de la Palestina de aquellos tiempos. Hoy Marcos nos dice que de allí el Mesías descendió hacia el Jordán para iniciar su ministerio público (Mc 1,7-11). Hasta entonces su enseñanza había sido sin palabras, aunque desde luego una enseñanza muy elocuente e importante, porque de todo ello tomará los valiosos ejemplos en las parábolas para enseñar: la levadura, la lámpara, la puerta, las gallinas, las ovejas, la higuera... Además, en ese tiempo del que nada relevante se quedó escrito, nos hizo comprender el valor de una vida sencilla, de una existencia ordinaria en sus cosas pequeñas desarrollada en el amor. Lección fundamental para nosotros, porque la vida oculta de Cristo, antes del bautismo en el Jordán, nos lleva a dar valor a lo más pequeño y ordinario que, al vivirlo con amor y esmero en hacer todo bien, puede alcanzar la bendición y la sonrisa de Dios a la vez que, como decía Madre María Inés Teresa, lo convertimos en monedas para salvar almas.

Si ya Jesús compartía nuestra condición humana desde pequeño, con la fiesta del Bautismo, se pone junto a nosotros, se suma a la fila de aquellos que nos sentimos pecadores, con la finalidad de devolvernos la gracia, la vida de Dios arrancándonos de un mundo de oscuridades para llevarnos a una atmósfera de luz divina. Jesús recurre al bautismo que Juan hacía, porque ha venido a cargar con todos los pecados de la Humanidad y a redimir así al hombre de la servidumbre a la que estaba sometido desde la caída de Adán. Jesús, como había profetizado Isaías, es el Cordero de Dios que carga sobre sus hombros los pecados del mundo para expiarlos con su mismo sacrificio. Así pues, en su Bautismo empieza su misión redentora, inaugurando una nueva era al dar a las aguas el poder de purificar a cuantos creyendo en Él, se bautizarían no ya con el bautismo de arrepentimiento de Juan, sino en nombre de la Trinidad, una vez consumada la redención en la cruz. El Bautismo de Cristo, recordado ahora en el rosario como el primero de los misterios de la luz, es un modelo de lo que es el nuestro. También nosotros adquirimos la filiación divina al ser bautizados, pues además de ser purificados del pecado original, hemos sido objeto del amor del Padre, hemos recibido al Espíritu Santo que ha morado, y permanece si estamos en gracia de Dios, en nuestro cuerpo y en nuestra alma como en su propio templo.

Cristo se bautizó como uno más de los creyentes de su tiempo, ha dejado a su Madre en la casita solariega de Nazareth, pero Ella se ha quedado contenta porque su Hijo ha venido a encontrarse con su Padre del cielo de quien escuchará la voz poderosa que lo declara desde el cielo «su Hijo amado, en quien tiene puestas sus complacencias» (cf. Mc 1,11). El Padre ha decidido que es el momento que cese aquel anonimato de Jesús. Ayer domingo, al celebrar la Epifanía, se nos mostraba lo mismo: la presencia pública y jubilosa del Niño Dios al mundo, representado por los Magos de Oriente. Ahora, en su Bautismo, el Espíritu Santo unge a Jesús para la misión redentora, dando inicio al reinado de la paz y del amor, de la misericordia y de la compasión. En ese equilibrio entre fuerza y suavidad está lo mejor que podemos aprender nosotros de nuestro Dios en esta fiesta el Bautismo del Señor. Entramos litúrgicamente al llamado «Tiempo Ordinario», un tiempo de camino común y corriente, tras las maravillas que hemos celebrado en Navidad. Pero seguirá siendo, a la vez, un tiempo de espera y de conversión. Esta primera parte del Tiempo Ordinario terminará el Miércoles de Ceniza —el próximo 14 de febrero— y se iniciará la Cuaresma, continuando con el ascenso hasta la Pascua gloriosa. Todos los tiempos y los momentos sirven para nuestra conversión. Hay que leer y releer las lecturas de hoy. Y meditarlos en el silencio de nuestro corazón y en la deseable paz de nuestras almas. ¡Bendecido lunes!

Padre Alfredo.

jueves, 13 de julio de 2017

La pobreza evangélica en el discípulo-misionero hoy...


Desde que la Palabra Encarnada, Jesucristo, asumió nuestra naturaleza humana, pertenece también, como todos nosotros, al mundo del «tener y no tener». De ahí, que es de Cristo mismo de quien aprendemos el significado verdadero de la pobreza evangélica, porque el Señor Jesús no se pertenece en nada —Dios de Dios, Luz de Luz—. Su mismo ser pertenece al Padre y a nosotros, a los que ha sido enviado en misión de amor.

La pobreza evangélica es algo que el que quiere seguir a Cristo más de cerca no puede hacer a un lado. La pobreza, vivida como seguimiento del Señor, no puede limitarse al mero atenerse a una reglamentación de orden económico y financiero de alguna institución. La pobreza evangélica implica un  don de sí, de la misma manera que constituye el ser mismo del Señor, que engloba su ser casto (puro) y obediente. Eso es lo que San Ignacio llamaba «suma pobreza espiritual» (EE 147), don que debe pedirse en un coloquio, de corazón a corazón, con el Señor pobre, porque se trata de una conversión del corazón. 

Para que el discípulo y misionero sea pobre evangélicamente, debe cultivar conscientemente los mismos sentimientos de Cristo, quien siendo de condición divina, no hizo alarde de ello, sino que se humilló, tomando la condición de siervo y haciéndose obediente hasta la muerte y una muerte de cruz (cf. Flp 2,6-8). Siendo rico, se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza (cf. 2 Cor 8.9). Y ha elegido identificarse con los pequeños (cf. Mt 25,31-46). 

Jesús nació pobre —el más pobre entre los pobres— nació en un establo y fue recostado en un pesebre. Ante el misterio de Cristo recién nacido, la beata María Inés Teresa del Santísimo Sacramento hace esta reflexión: «Todo lo que puede tener de despreciable y repulsivo en sí la pobreza, desaparece en vista de este Niñito adorable, quien siendo Dios elige para sí una manera tan desusada para nacer, con un séquito de privaciones y pobrezas, que después de Él, ninguno ha venido al mundo como Él» (Ejercicios Espirituales de 1941).

Sí, como ella dice: «ninguno ha venido al mundo como Él». Su nacimiento fue el de una persona pobre, muy pobre, la más pobre, pues nació en un establo y su madre lo colocó en un pesebre (Cf. Lc 2,7c). Es más, desde antes de nacer, experimentó la pobreza en el seno materno, porque no había lugar «para ellos» en las posadas. Desde bebé fue llevado a otro  país (Mt 2,13-18). Luego, su vida toda fue la de un pobre que durante treinta años vivió en una familia en la que su padre se ganó el pan de cada día trabajando como  carpintero, y Él mismo compartió este trabajo. Fue siempre pobre y era conocido como «el carpintero» (Mc 6,3). Después, en su vida pública, Jesús dijo de Él mismo: «El Hijo de Hombre no tiene donde reclinar su cabeza». Ejerció un extenso ministerio, durante tres años, en los que evangelizó a los pobres, dio la vista a los ciegos y redimió a quienes eran cautivos de diversas dolencias 

En su ministerio misionero, Cristo recorrió aldeas y pueblos, privilegiando a los pobres cuyas dolencias y miserias curó, aun contra prejuicios institucionales. Murió en la cruz. En su Triduo Pascual, nos redimió de la dolencia más radical, la del pecado. Murió sobre una cruz como un esclavo, literalmente despojado de todo. En su humanidad, Cristo nos mostró la gloria de Dios, como amor fiel que brilla en las tinieblas del mundo. Esa gloria de Dios pudimos contemplarla en Belén, como la omnipotencia de Dios reducida, por amor a los hombres, a la impotencia de un niño recién nacido y envuelto en pañales. En el Tabor, admiramos su gloria en el brillo deslumbrante de su ropa resplandeciente y en su rostro transfigurado. En el Gólgota la adoramos en su rostro desfigurado como el Siervo de Dios, despreciado, desecho de hombres, varón de dolores ante quien se oculta el rostro. La omnipotencia de Dios se manifestó allí en la impotencia de un varón semidesnudo como cuando había nacido, clavado en una cruz, coronado de espinas y con el costado herido. Se trata del amor manifestado como la vida que se entrega voluntariamente: «la sangre», y se comunica libremente: «el Espíritu».

Pero ese Jesús pobre materialmente es el «Rey del universo». Así lo anuncia el letrero que corona su cruz, en latín, griego y hebreo —INRI— (Jesús Nazareno, rey de los judíos). Y así nos lo recuerda la fiesta de Cristo Rey que celebramos cada año, el último domingo del tiempo ordinario en la liturgia, antes de iniciar el Adviento, coronando con ese título al que está despojado de todo, porque lo ha dado todo. Él es el único Salvador de todo el que siente la necesidad de un médico y un redentor. Él, el que eligió ser pobre hasta el fondo.

Este es el Cristo que contemplan los pobres de nuestro mundo globalizado y de mercados abiertos de libre comercio, sujetos sólo a las exigencias de la oferta y la demanda, del tráfico de armas y drogas, de la marginación, la desnutrición y la cultura de la muerte. Con razón, san Juan Pablo II decía: «la pobreza evangélica es un valor en sí misma, en cuanto evoca la primera de las Bienaventuranzas en la imitación de Cristo pobre. Su primer significado, en efecto, consiste en dar testimonio de Dios como la verdadera riqueza del corazón humano» (Vita Consecrata 90).

Jesús, a todo aquel que llamaba e invitaba a seguirlo, le pedía que compartiera su misma pobreza mediante la renuncia a los bienes, fueran pocos o muchos. Es el caso de la invitación que dirige al joven rico: «Cuanto tienes véndelo y dáselo a los pobres» (Mc 10, 2 l). Era esta una exigencia fundamental repetida muchas veces, aunque se tratara de dejar la casa o los campos (cf. Mc 10, 29; par), la barca (cf. Mt 4, 22) o incluso todo: «Cualquiera de ustedes que no renuncie a todos sus bienes, no puede ser discípulo mío» (Lc 14, 33). A sus discípulos, es decir, a los llamados a seguirlo mediante la entrega total de sí mismos, Jesús les decía: «Vendan sus bienes y den limosna» (Lc 12, 33). Al enviarlos para predicar la Buena Nueva del reino, lo hacía insistiendo en que no tenían necesidad de llevar nada con ellos: «No llevéis morral, ni alforja, ni sandalias...» (Lc 9,3). « Y les dijo: Cuando os envié sin bolsa, ni alforja, ni sandalias, ¿acaso os faltó algo? Y ellos contestaron: No, nada» (Lc 22,35).

El mundo, a través de la pobreza de los discípulos-misioneros de Jesús, puede conocer el rostro compasivo de Cristo pobre entre los pobres por nuestra caridad fraterna y creativa, que no se conforma sólo con la eficacia de las ayudas prestadas, sino que sabe solidarizarse con el que sufre, «para que el gesto de ayuda sea sentido, no como limosna humillante, sino como un compartir fraterno» (NMI 70). En la pobreza del discípulo-misionero de hoy, como signo, el mundo puede encontrar nuevamente el amor y la misericordia del pobre Niño de Belén, no solamente en un nacimiento colocado cuando se llega la época de Navidad, sino en la alegría de una comunidad parroquial, un instituto religioso, un grupo que se hace familia y que se ha desprendido de lo superfluo, de lo que está de más, para seguirle a Él con el deseo de que todos lo conozcan y lo amen. 

La pobreza evangélica revela a los seres humanos la actitud de Cristo que se sacrificó para mostrar una realidad que va más allá de lo que las criaturas humanas puedan poseer. La pobreza de Cristo tiene este significado salvífico como «una fuente» para enriquecer otros. Por su vida divina el Señor Jesús se hizo pobre para el bien de muchos, haciendo a quienes quisieran seguirle más de cerca, ricos en su pobreza. La pobreza evangélica es un incentivo para una justa distribución de bienes entre toda la gente (destruyendo la pobreza material) con precisión, porque esto revela a Dios más allá de sus regalos. Por el signo de pobreza, Cristo manifiesta su amor divino y humano en su entrega desinteresada. De este modo la pobreza tiene un valor que evangeliza la realidad humana.

El valor esencial de la pobreza evangélica seguirá siendo siempre «ser imitación real de Cristo», por ella se participa de la pobreza de Cristo, que, siendo rico, se hizo pobre por nosotros, a fin de enriquecernos con su pobreza. El Papa Francisco, en la cuaresma del año 2013 afirmaba: «La pobreza de Cristo es la mayor riqueza: la riqueza de Jesús es su confianza ilimitada en Dios Padre, es encomendarse a Él en todo momento, buscando siempre y solamente su voluntad y su gloria. Es rico como lo es un niño que se siente amado por sus padres y los ama, sin dudar ni un instante de su amor y su ternura. La riqueza de Jesús radica en el hecho de ser el Hijo, su relación única con el Padre es la prerrogativa soberana de este Mesías pobre. Cuando Jesús nos invita a tomar su “yugo llevadero”, nos invita a enriquecernos con esta “rica pobreza” y “pobre riqueza” suyas, a compartir con Él su espíritu filial y fraterno, a convertirnos en hijos en el Hijo, hermanos en el Hermano Primogénito (cf. Rom 8,29)» (Mensaje de Cuaresma de 2013).

Cristo se hizo tan pobre, que se deja llevar y traer en lo que a simple vista parece un pedacito de pan y un poco de vino. El que quiera seguir las huellas de Cristo tendrá que ser así, pobre como Él. La pobreza del discípulo-misionero es participación real de la pobreza de Cristo y una expresión sacramental de su misterioso despojamiento de todo lo terreno. La virtud de la pobreza evangélica exige del bautizado un despojo verdadero para que, bastándonos Cristo, podamos decir con verdad como san Francisco de Asís: «Mi Dios y mi todo». «Experimenté el deseo de no amar más que a Dios, el de no encontrar alegría sino en él únicamente» escribía muchas años más tarde la doctora de la Iglesia santa Teresita del Niño Jesús.

El Papa Benedicto XVI escribió en su encíclica Deus Caritas Est: «Cristo ocupó el último puesto en el mundo —la cruz», y precisamente con esta humildad radical nos ha redimido y nos ayuda constantemente. Quien es capaz de ayudar reconoce que, precisamente de este modo, también él es ayudado; el poder ayudar no es mérito suyo ni motivo de orgullo. Esto es gracia. Cuanto más se esfuerza uno por los demás, mejor comprenderá y hará suya la palabra de Cristo: « Somos unos pobres siervos» (DCe 35). 

El panorama mundial, como sabemos, es de fuertes contrastes. Es un mundo dividido entre los del norte y los del sur; los del primer mundo y los del tercero. Una riqueza desmedida de un lado, y del otro, una miseria que raya en la exageración. El Documento de Puebla, escrito hace muchos años, sigue siendo actual cuando dice: «Ricos cada vez más ricos a costa de pobres cada vez más pobres» (Tercera Conferencia del CELAM, Puebla, conclusiones n. 29).

Todo esto desafía a los discípulos-misioneros de hoy, y hay que dar una respuesta: «La profesión de la pobreza evangélica, vivida de maneras diversas, y frecuentemente acompañada por un compromiso activo en la promoción de la solidaridad y de la caridad» (VC 41). Le consagramos al Señor, de una forma personal y comunitaria, nuestras capacidades, nuestros deseos y nuestra necesidad de poseer; una disposición interior, una convicción profunda de la propia indigencia y de la radical dependencia de Dios. Meditando sobre la pobreza, la beata María Inés escribe: «La pobreza pone el alma en la dulce necesidad de recurrir a su Padre Celestial en todo momento, en toda ocasión, puesto que esta excelsa virtud la tiene despojada amorosamente de todo, absolutamente de todo» (Ejercicios Espirituales de 1950).

Cuando uno se detiene a ver de cerca la figura de Madre Inés, y contempla como es que ella pudo vivir la pobreza evangélica, se da cuenta de que al sentirse siempre pobre, la beata captó, en primer lugar, que ella tenía siempre demasiado, porque al vivir plenamente el espíritu de pobreza, experimentaba con sencillez el sentimiento de tener siempre de sobra para sí. El que tiene espíritu de pobreza, siempre tiene demasiado, y el que no tiene espíritu de pobreza, siempre piensa que tiene demasiado poco. Madre Inés veía que todo cuanto tenía era un don inmerecido, gratuito y por eso escogía para ella lo más común y corriente, incluso lo peor, observando en todo las pequeñas y grandes exigencias de la pobreza religiosa por igual. Al usar las cosas, experimentaba siempre un recuerdo espontáneo de los que pasaban necesidad: una sana y espontánea «inquietud» a la hora de tener que «gastar» para ella.

La beata María Inés vivió la pobreza en una disponibilidad para el servicio desinteresado de los demás. No buscando compensaciones materiales o afectivas. Por eso pudo desarrollar una especial sensibilidad para captar las necesidades del prójimo. Una especie de connaturalidad que le permitía detectar casi instintivamente las necesidades, incluso las no expresadas, de los que le rodeaban.

La pobreza evangélica lleva siempre al discípulo-misionero en un compás de espera en la providencia del Padre, que da el pan nuestro de cada día y, así, fomenta la paciencia y la esperanza. Cristo nos enseña en el Padrenuestro, a ser pobres: «Danos hoy, nuestro pan de cada día». El Señor se complace en el pobre, en aquel que espera su pan para cada día. La pobreza evangélica es un don del Espíritu, una gracia que hay que pedir, un aprendizaje que hay que hacer a diario de la mano del Maestro. 

El valor esencial de la pobreza evangélica consiste en que es un don para que el discípulo-misionero pueda ser imitación real de Cristo. Por ella se participa de la pobreza de Cristo, que, siendo rico, se hizo pobre por nosotros, a fin de enriquecernos con su pobreza. El que quiera seguir las huellas de Cristo tendrá que ser pobre como Él. La pobreza evangélica es participación real de la pobreza de Cristo y una expresión sacramental de su misterioso despojamiento de todo lo terreno. Cuentan una anécdota de la vida de San Francisco que dice que una vez uno de los frailes pidió a Francisco permiso para tener como suyo un salterio. El santo le contestó: «Cuando tengas el salterio, querrás un breviario. Y cuando ya tengas el breviario, te sentarás en tu sillón como un gran prelado y dirás a un hermano tuyo: —Oye, tráeme mi breviario.

Al discípulo-misionero no le basta con ser o vivir pobre materialmente, es además necesario dar un contenido a esa pobreza, motivarla evangélica y sobrenaturalmente. «Jesucristo, siendo rico, se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza» (2 Cor 8,9). Cristo era rico, pero renunció a su riqueza y se hizo pobre por amor a nosotros. Así también la pobrez de quien quiera seguirle e imitarle debe pasar por la caridad y la entrega a Él. En cuanto bautizados, Cristo no nos llama a tener o poseer, sino a ser con Él, a participar de su pobreza en cualesquiera que sea nuestra vocación específica dentro de la Iglesia; esto es, participar de su vida y de su destino. Cristo es pobre por su misterio pascual; yo me hago pobre sumergiéndome por los sacramentos en su misterio. 

San Pablo en el cántico de Filipenses (Flp 2,5-11), describe la pobreza de Cristo como anonadamiento, kénosis o vaciamiento, enajenación de su condición divina, encarnación u hominización, obediencia hasta la muerte y muerte de cruz. Así también en mí: no hay pobreza sin humillación, sin vaciamiento de mi orgullo. 

Ser pobre, a imitación de Cristo, exige por lo tanto, una renuncia a los propios caprichos y veleidades, incluso a los buenos deseos y propósitos personales, en aras de un sometimiento al querer de Dios y de una obediencia a ultranza a su plan de salvación, a su llamada, a su luz, a las mociones de su Espíritu. La pobreza conlleva una mortificación constante, es un dar muerte cada día a las apetencias de la carne, creando espacios cada vez más amplios a la acción del Espíritu. 

Cristo exige pobreza a sus seguidores (cf. Mt 10,9; Mc 6,8-11) y llama bienaventurados a los pobres (Lc 6,20). Por eso hoy se pide a  todo discípulo-misionero de Cristo un nuevo y decidido testimonio de abnegación y sobriedad, un estilo de vida fraterna inspirado en criterios de sencillez que empape al mundo del espíritu de austeridad que haga espacio para recibir el reino de los cielos. La pobreza evangélica es un don que conduce, a quien la vive, a una mayor pureza y radicalidad en el seguimiento de Cristo. La pobreza no tiene fin en sí misma, sino función de medio. Comprende, por consiguiente, todo aquello que es capaz de hacer a la persona más disponible para buscar e identificar las huellas de Cristo y marchar detrás. 

Como ejemplo de esto tenemos a diversas fundaciones religiosas de los últimos siglos, que están casi todas marcadas por la pobreza. Desde un punto de vista humano, resulta paradójico que sus fundadores intenten remediar miserias morales o físicas sobre la base de una pobreza total. A los fundadores de mediados del siglo pasado y de lo que va de este, les mueve un auténtico sentido de la fe que, por medio de una oración confiada y constante, fuerza a Dios —desde su pobreza— a poner remedio cuando el hombre es impotente.

Cuando San José María de Yermo y Parres fundaba su congregación de las Siervas del Sagrado Corazón de Jesús y de los Pobres decía en medio de la pobreza: «Quiero imitar a Cristo, mi buen Jesús, que vino a enseñarnos con su Palabra y con su ejemplo, el amor de preferencia para con los pobres y desgraciados que el mundo desprecia». El venerable Félix de Jesús Rougier, en plena persecución religiosa, era despojado de las propiedades de la congregación que hacía poco había fundado, los Misioneros del Espíritu Santo. Sus hijos le decían: «Nuestro Padre, ¡nos están quitando las cinco casas que tenemos!» Y él les dijo serenamente: —Denle gracias a Dios que sólo cinco tenemos.

Santa María Soledad Torres «era una profesional de la pobreza» dicen sus biógrafos. En ella, aseguran, la pobreza era «libertad y alegría». Cuenta una de sus hijas: «El día de san Isidro, patrono de Madrid, organizaba su día de campo: Hacía traer ramas y follaje verde, con las cuales adornaba una pequeña habitación, pues la casa era muy pequeña, sin huerta ni jardín, y así, arreglada a lo campestre, todas se sentaban en el suelo sobre la verde hierba, y nuestra Madre, con una santa alegría que comunicaba a todas sus hijas, repartía la pobre merienda que les había podido proporcionar, pasando todas un rato llenas de santa y verdadera alegría» (De los testimonios para su causa de canonización).

La beata madre María Inés escribe en 1950: «Hasta la Providencia se ha manifestado amorosísima hacia nosotras. No sólo no nos sobra, sino que tenemos muchas deudas, pero nos esperan pacientemente, y por lo demás nunca nos ha hecho falta el vestido y el sustento, y la obra sigue creciendo, y la Capilla, muy hermosa, está por terminarse. ¡Gracias Dios mío por tu infinita misericordia! Gracias por tus ternuras de madre para nuestra pequeñita comunidad». La verdadera pobreza nos despega de todo aquello que no es Cristo; nos enseña a valorar y a jerarquizar, a ordenar la caridad y a discernir: «El que conserve su vida, la perderá, y el que pierda su vida por mí, la conservará» (Mt 10,37-39). 

Todo es valioso y digno de ser amado, pero sólo en segundo término. Todo es relativo, sólo Cristo es el Absoluto. La pobreza evangélica trae siempre el don precioso de la libertad. Y libre es aquel que no tiene nada que perder fuera de sus propias cadenas. Y por esto tiene todo un mundo que ganar para Cristo y su Evangelio. El hombre de hoy necesita urgentemente de alguien que le esté recordando que los bienes temporales son relativos y precarios, y que los bienes absolutos y definitivos son los celestiales. La pobreza evangélica es apertura, libertad y disponibilidad que contesta enérgicamente la idolatría del dinero, presentándose como voz profética en una sociedad que, en tantas zonas del mundo del bienestar, corre el peligro de perder el sentido de la medida y hasta el significado de las cosas, perdiéndose en una carrera de consumismo desmedido que parece nunca saciar a las personas.

Pobreza, dicsipulado y misión, son conceptos que van juntos. «Vayan. No lleven oro ni plata ni calderilla en su faja; ni tampoco alforja para el camino, ni dos túnicas ni sandalias ni bastón» (Mt 10,6.9) La pobreza evangélica queda interpelada por un mundo en abundancia y a la vez sumamente necesitado. ¿Cómo reaccionar frente a esa vorágine del consumismo actual? ?Cómo vivir frente a una sociedad que ha hecho de lo superfluo una norma? ¿Qué hacer para que la pobreza evangélica vivida en la vida diaria tenga valor de testimonio evangélico y abra a nuestra sociedad a la trascendencia? 

Quisiera que viéramos a María, la mujer pobre con la que podemos encontrarnos siempre cada día. Ciertamente no encontramos textos explícitos en el Evangelio que nos hablen de la pobreza de la Virgen… pero los pocos que se refieren a Ella, nos iluminan e invitan a penetrar en el misterio de su vida, que es también misterio de pobreza. Una pobreza que es apertura humilde y que se manifiesta llena de esperanza en la Anunciación; un servicio sencillo y afectuoso en la Visitación, un caer en la cuenta de las necesidades de los demás en Caná; un saber renunciar a los gozos de Madre, cuando el Hijo se encamina definitivamente hacia la misión; una sensación de impotencia frente al misterio de la Pasión —qué doloroso debió de ser para Ella el no poder hacer nada para suavizar el destino el Hijo y aceptar ser salvada por Él—; cuánta humilde pobreza encierra en este momento su «SÍ» de fecundidad al pie de la Cruz... María, la mujer pobre de Nazareth, nos invita a enriquecer nuestra pobreza de estos matices. La vida de María, la Virgen pobre, no la podemos imaginar más que en un marco de pobreza real y efectiva, de sencillez, de humildad, de austeridad, de dependencia del Padre y del trabajo de cada día.

El «Magnificat», el Cántico de María en el principio del Evangelio (Lc 1,46-55), es una actitud que sella la pobreza ante la Palabra de Dios, manifestándose como una llamada a una misión, a la proximidad de la Epifanía de Dios, a un regalo conyugal y una reunión de la revelación final en una visión y posesión definitiva de Dios. Somos la Iglesia de los pobres. Y la Iglesia tiene como misión ser transparencia de Cristo pobre. La Iglesia, como una Epifanía de Cristo, encuentra en la Virgen María, la humilde sierva del Señor, la invitación a ser pobre, para que el Señor haga maravillas en ella y a través de ella.

No dejemos de ver a María «intrépida en la pobreza» (VC 112), y de decirle que queremos, junto con ella, cantar el Magníficat. Que el testimonio de todo discípulo-misionero en la pobreza evangélica, se transforme en un desprendimiento como el de ella, que nos haga capaces de pronunciar un alegre «Fiat».

P. Alfredo L. Delgado R., M.C.I.U.

lunes, 26 de junio de 2017

«LA IMPORTANCIA DE LA AUTOFORMACIÓN EN NUESTROS DÍAS»... Un compromiso de todo bautizado


Los cambios vertiginosos a los cuales esta siendo constantemente sometida nuestra sociedad, la llevan a poseer un rápido tiempo de reacción, que involucra el análisis de los mismos y su posterior adaptación a través de nuevas propuestas. Es por esto que, ante los cambios impuestos por las nuevas tendencias que influye la tecnología, el veloz acceso a la información y a la educación; la expansión incontrolable de la New Age, el amplio sincretismo religioso y la misma como nueva tendencia a hacer un «mix» de todo, incorpora nuevas formas de aprender y crecer para el creyente que forma parte de una Iglesia que está inmersa en medio de esta sociedad. Todos y cada uno de nosotros, participantes en el proceso educativo del mundo globalizado como sujetos sociales, y sobre todo como seres humanos en búsqueda de Dios para pertenecerle por completo. 

Todo bautizado requiere una formación que le permita entender los cambios sociales que actualmente experimentamos y que influyen en la vivencia de nuestra fe y de nuestra vocación específica; proyectar la importancia del aspecto humano en la fe, (es decir unir fe–vida); implementar los medios necesarios en las débiles áreas de formación que el mundo ofrece con una formación que debe ir encaminada a la reflexión de nuestro actuar frente a los demás seres humanos dentro y fuera de casa y de nuestra Iglesia, ya que cada bautizado debe ser capaz de mirarse hacia dentro y responder a sí mismo qué tanto está dispuesto a dar para ser mejor persona y transparentar a Cristo en su vida para contribuir a que la sociedad se impregne del Evangelio respondiendo al llamado de Cristo: «Vayan por todo el mundo y prediquen el evangelio a toda criatura» (Mt 16,15). En este sentido, «la educación es un campo de actividad sin límites, que se da en todos los ámbitos de la acción y de la interacción de la comunidad, y por tanto, en cierto sentido, escogemos ser agentes pasivos o activos de la educación» (cf. Arredondo, 1991).

El tema de la «autoformación» en la fe, nos lleva a considerarla como aquella que se promueve en el bautizado, sea cual sea su condición y vocación en la vida. Es una actividad eminentemente humana por medio de la cual todo hijo de Dios es capaz de recrear la cultura, esto sería conociéndola primero, ya que ¿cómo sería posible analizar y proponer posibles soluciones a los problemas de nuestra sociedad desde la vivencia de fe y lo más importante, sensibilizarme frente a ella, si no la conozco?

Con sorpresa solemos escuchar  a católicos que desconocen lo que ocurre a su alrededor, mucho más nos entristece si dicha manifestación proviene de un sacerdote o religioso, pero esto nos hace esforzarnos por presentar un modelo de creyente, hombre y mujer de fe, que sea íntegro, crítico, que en su formación constante contenga las áreas humana, intelectual, espiritual y apostólica, y además posea condiciones de ser autónomo, capaz de pensar por sí mismo, responsable en asumir la realidad con sus consecuencias y causas; capacidad de  decisión; tomar posturas equilibradas; seres sensibles a los distintos aspectos de la vida; predispuestos a conquistar su  felicidad y la de los demás; encontrando el sentido de su vida como bautizados, solidarios, en fin, lejos de limitarnos a lo que pudiera ser como el campo del profesional en el mundo, que solamente se preocupa de una sola área, la autoformación en el bautizado, invade todos los dominios; uno se forma en múltiples actividades, ya sea como sacerdote, como religioso, como laico, como misionero, como agente de pastoral es decir, en todos los niveles de responsabilidad, y de ser posible en forma permanente.

Tenemos entonces que, la autoformación se va desarrollando en la medida en que uno piensa sobre lo que hace, sobre su significación, sobre los fracasos que vive y los triunfos que alcanza viviendo cada día la fe. Es así como la autoformación nos hace recordar y experimentar que somos diferentes de las máquinas, porque somos hijos de Dios, y eso nos lleva a entrar en nosotros mismos reflexivamente para ser como Cristo. Eso nos lleva a mirar nuestras motivaciones, angustias, deseos, formas de enfrentar temores; esto es lo que nos hace real con respecto a nosotros mismos y de esta forma nos permite ésta reflexión, a su vez, llevarnos a la proyección con los demás, a la búsqueda de soluciones a las problemáticas reales que el mundo de hoy vive. El bautizado, en su autoformación en la fe, deja de centrarse en sí, para salir de sí, hacia los demás.

Si logramos que la autoformación de cada miembro de la Iglesia, vaya encaminada a una proyección positiva del ser humano y su entorno, tendremos entonces que nuestra vivencia bautismal, se hace una respuesta reflexiva y consecuente de la autoformación, y nos ayuda a juzgar las crudas realidades de hoy ante la violencia, el egoísmo, las expectativas amenazantes de la explosión de una guerra, y nos hace descubrir, desde el fondo de nuestro ser, qué es lo que haría Cristo frente a eso.

En este aspecto, hablamos de los bautizados que conscientes de la necesidad de su autoformación, se acercan en sus parroquias o comunidades a las distintas áreas de formación y por supuesto también a la literatura y páginas formativas en la Internet. El bautizado que es consciente de su compromiso por crecer en la vivencia de la fe, maneja una «disciplina interna». 

El proceso de «autoformarse» no puede ser más que un trabajo sobre sí mismo, libremente imaginado, deseado y perseguido, realizado a través de medios que se ofrecen o que uno mismo se procura haciendo uso de la reflexión ética, entendida como la capacidad de esclarecer, valorar, apreciar los hechos, fenómenos, situaciones de la realidad desde perspectivas globales, interdisciplinarias, con el fin de optar, de decidir por lo que se juzgue lo más significativo, lo más valioso para vivir el cristianismo en el mundo de hoy. Como miembro de la Iglesia, el bautizado debe saberse miembro de una comunidad formativa, ante los retos que el mundo le pone y ante los duelos a que está obligado a enfrentar, pues toda elección implica una renuncia y el hecho de haber elegido vivir la fe católica, representa una renuncia a muchas cosas que el mundo globalizado de hoy, relativista, materialista y consumista ofrece de forma barata y constante.

El bautizado que busca «autoformarse»  tiene que reflexionar su entorno en la familia, en la escuela, en el trabajo, y además, decidir su nivel y el tipo de participación que tendrá en su realidad inmediata como miembro de la Iglesia. L «autoformación», para el bautizado, debe ser como «un retorno sobre sí mismo, sobre sus motivaciones, deseos, angustias, maneras de tener miedo de sí mismo, del otro, o no, tratamiento del otro como un hermano, enemigo, u objeto de poder o no; cuando hace, entonces, ese trabajo, está efectuando un trabajo sobre sí mismo, que de alguna manera lo constituye en sujeto real como persona con respecto a sí mismo y no como una máquina.» (Filloux, 1996). La autoformación en todo bautizado, es una tarea que empezó desde que hay uso de razón y que se va desarrollando «en la medida en que uno piensa sobre lo que hace, sobre su significación, sobre los fracasos que uno vive...» (Filloux, 1996). De la autoformación uno espera definitivamente, el dominio de las acciones y situaciones nuevas, en fin, la vivencia plena y comprometida de la fe.

I. FORMACION ESPIRITUAL DEL BAUTIZADO.

Como hijo de Dios, cada bautizado bien haría en preguntarte: ¿Qué cimientos estoy poniendo en mi vida para poder vivir la fe que a veces me lleva a remar contra corriente? Todo bautizado debe buscar una formación espiritual recia, profunda, afincada en Dios, único fundamento que da consistencia a una vida plena, para que cuando vengan los huracanes de las dudas, las tempestades de las crisis no se derrumbe la vida. La formación espiritual debe estar centrada en Cristo, es decir, debe ser cristocéntrica, de manera que el bautizado adquiera «un conocimiento amoroso de la persona de Cristo» (CEC 429) de quiene s discípulo–misionero. De tal manera que Cristo, debe ser el criterio para juzgar todas las cosas en casa, en el estudio, en el trabajo y así ser espacio de santificación para para el mundo que le rodea. Cristo debe ser el centro, para que nadie ni nada arrebate el corazón que quiere vivir con Cristo, por él y en él —como decimos en cada Misa—. Cristo ha de ser el Modelo a quien debemos imitar en todo independientemente de la vocación que tengamos en la Iglesia y en el mundo. 

La formación espiritual, en la Iglesia Católica, se ve consolidada en las virtudes teologales que se recibieron en el bautismo y debe estar nutrida en la Sagrada Escritura, que será siempre el alimento que debemos tomar y dar a los hombres en la misión como católicos en el mundo. Hay muchas maneras de cuidar y crecer en esta área. Numerosos autores nos ofrecen sus libros con lenguaje accesible y profundo a la vez, las vidas de los santos, los cursos y talleres en las universidades católicas, instituciones, parroquias y comunidades religiosas ofrecen espacios para una formación rica, variada, sana, tan asequible en espacios y horarios que no hay excusa. 

II. FORMACION INTELECTUAL DEL BAUTIZADO. 

En un miembro de la Iglesia que quiera vivir auténticamente su cristianismo, la formación intelectual debe ser sólida, de manera que no se forme como una persona endeble en conocimientos de Dios y del mundo que solamente tiene lo que estudió en el catecismo para su Primera Comunión. El mundo no necesita católicos que se caen y se desmoronan ante la primera pregunta o duda que te expongan los miembros de otras religiones, sectas, diversas creencias o los enemigos de la Iglesia. La autoformación intelectual de todo miembro de la Iglesia, en especial de los agentes de pastoral, debe ser profunda, es decir, que no se conforme con tres o cuatro cosillas mal aprendidas y atadas de un hilo en un cursillo anual de algo. 

La formación intelectual debe ser selecta y por eso hay que saber autoformarse y elegir bien. Hoy mucha gente sabe de todo nada o casi nada. Tenemos que seleccionar todo aquello que vaya conforme a nuestra fe y a nuestro compromiso como discípulos–misioneros. ¿En qué Universidad estudió por citar a algunos, Santa Teresita del Niño Jesús o la beata María Inés Teresa para saber tantas cosas? Esa es autoformación. Debemos recordar que cada bautizado es un misionero, un mensajero del Evangelio, un maestro de la fe, un  hijo de la luz, una antorcha en el mundo. Hay que luchar contra los enemigos de la formación intelectual como son la i inconsciencia, la inconstancia, la pereza, la cerrazón, la derrota anticipada, la falta de visión que no pone esfuerzo y quiere dejar todo a los padrecitos y las monjitas. 

III. FORMACION HUMANA DEL BAUTIZADO. 

La formación humana se relaciona con el desarrollo de actitudes y valores que impactan en el crecimiento personal y social del individuo. De esta manera, un sujeto formado desde la dimensión humana, actúa con esquemas valórales, coherentes, propositivos y propios. Es un ser que reconoce su papel en la sociedad, en la institución para la que trabaja y en la familia; que quiere su cuerpo, sus espacios concretos de acción y comprende la diversidad cultural en la que está inmerso; es en consecuencia un sujeto en crecimiento.

En este campo se ha de trabajar en la autoformación de la conciencia, que puede pervertirse si no la iluminamos con los criterios del evangelio, de la doctrina de la Iglesia, de nuestras propias convicciones y compromisos adoptados por el bautismo. La autoformación humana es formación de la voluntad y del carácter, formación de la educación que, como decía la beata María Inés Teresa, «sobrenaturalizada, la educación es la santidad». 

La autoformación humana lleva al cristiano a ser él mismo una escuela de valores y virtudes, una invitación al mundo de vivir plenamente el compromiso bautismal con orden y concierto en relación con los compromisos civiles y sociales. Un bautizado que se autoforma en el campo humano es limpio, ordenado, acogedor, educado, leal, cortés, jovial, etc.

IV. FORMACION APOSTOLICA DEL BAUTIZADO.

El bautizado, discípulo–misionero de Cristo, ha de formarse en el celo por la salvación de las almas al estilo de Madre Inés y tantos santos de toda clase y condición, como san José Sánchez del Río, que dio su vida por Cristo a los 14 años de edad en el martirio en medio de la persecución religiosa de México por ser un apóstol consciente del riesgo de su condición de discípulo–misionero. La autoformación apostólica despierta y alimenta en el bautizado el anhelos de que todos los hombres y mujeres del mundo conozcan y amen a Dios, que cumplan la ley de Dios, que vivan unidos en el amor y amen a María Santísima como modelo a seguir para ser trasparencia de Cristo.

La formación apostólica es oración proyectada, apostólica, comprometida lanzada a todos los espacios, situaciones y condiciones... ¡No hay tiempo para teorizar en esto! Hacer nuestro apostolado callado, silencioso y eficaz, empezando por la propia comunidad y recordando que como decía san Juan Pablo II: «El primer lugar de misión es el propio corazón». Siempre hay un lugar para el quiere ejercer su apostolado.

A MANERA DE CONCLUSIÓN.

En tus manos como bautizado, discípulo–misionero, está tu formación. Sólo tú te formas o te deformas. Hay formadores, ayudas, facilitadores, libros, páginas web y demás, pero sólo uno mismo es el responsable de autoformarse. 

Toma con mucha seriedad tu compromiso bautismal, empieza tal vez buscando tu acta de bautismo para grabarte en el corazón el regalo inmenso que Dios te dio al hacerte su hijo o su hija de quien tanto espera. Está en juego la misión y el apostolado de la Iglesia en el día de mañana. No se puede ser creyente sin una profunda formación espiritual, haríamos el payaso; y si nuestra formación intelectual está floja, tal vez desorientemos a los hombres que nos pidan consejo porque nos ven que vamos a la Iglesia o formamos parte de algún grupo. Y sin una esmerada formación humana, el mensaje quedará rebajado y diezmado, pues la formación social y humana abre las puertas allá por donde pasas la mayor parte del tiempo de tu vida, que no es precisamente el Templo al que asistes.

Alfredo Delgado Rangel, M.C.I.U.

miércoles, 8 de junio de 2016

Santos y misericordiosos como el Padre Celestial... Un tema de reflexión para seguir a Cristo más de cerca

Cómo deben resonar en nuestros corazones misioneros aquellas palabras tan claramente pronunciadas por San Juan en su primera carta: «No dejen que nadie los engañe. Quien practica la santidad es santo, como Cristo es santo... En esto se distinguen los hijos de Dios de los hijos del diablo: todo aquel que no practica la santidad, no es de Dios; tampoco es de Dios el que no ama a su hermano» (Cf 1 Jn 3,7-10)

Todos los hijos de Dios, hemos sido llamados a vivir esta vocación a la santidad. La Iglesia ha recibido como herencia de Cristo la santidad. A estas palabras de San Juan pudiéramos unir nosotros ahora aquellas otras que resuenan en la carta de San Pablo a los Efesios y que dicen: «Cristo amó a su Iglesia: Él se entregó a sí mismo por ella, para consagrarla, purificándola con el baño del agua y la pa-labra, y para colocarla ante sí gloriosa, la Iglesia, sin mancha ni arruga, ni nada semejante, sino santa e inmaculada» (Ef 5, 26).

El Señor Jesús, ha podido comunicar a la Iglesia su santidad, porque Él es el Hijo de Dios, el Cordero de Dios en quien no hay pecado. Él posee la plenitud de la santidad. Y por su santidad ha surgido la Iglesia Santa.

«En aquel tiempo —nos narra el Evangelio— estaban Juan el Bautista con dos de sus discípulos y, fijando los ojos en Jesús que pasaba, dijo: "Éste es el Cordero de Dios"» (Jn 1,35). Los dos discípulos, al oír estas palabras siguieron a Jesús. Él, con su presencia, predicaba la santidad de vida a todos los discípulos, y esto es lo que la Iglesia quiere seguir predicando a los hombres en nuestros tiempos. Cristo nos ganó la gracia necesaria para vencer el pecado y vivir como hijos de Dios y esta es la misión que la Iglesia cumple en el mundo. La Iglesia sigue haciendo la invitación que Cristo hacía a aquellos discípulos: «Vengan a ver» (Jn 1,39). De esta manera la Iglesia es santa porque con su Palabra, con sus sacramentos y con el testimonio de vida de los fieles comunica a los hombres la santidad que ella ha recibido de Cristo.

Con el bautismo, todos hemos recibido la vida nueva de los hijos de Dios, germen de santidad que debemos desarrollar durante toda la vida. Nuestra vocación a la santidad consiste, por lo tanto, en la exigencia de cumplir con la máxima fidelidad posible los compromisos bautismales en la vocación específica a la que hemos sido llamados pero recordando que todos somos discípulos misioneros.

Todos los bautizados estamos llamados a la santidad y Dios da a cada uno una vocación concreta, una vocación específica diversa: unos son llamados al sacerdocio, otros a consagrarse en la vida religiosa o en un instituto secular; algunos otros como seglares, son llamados a formar una familia o a quedarse solteros en el mundo, en fin. Cada uno lleva un estilo diferente, pero todos estamos llamados a llegar a la santidad unidos a Cristo.

En cualquiera de estas vocaciones específicas, la santidad consiste en vivir el espíritu evangélico de amor al prójimo. «Tampoco es de Dios el que no ama a su hermano» dice San Juan (1 Jn 4,20), por eso, la santidad no se puede entender si no tiene una proyección de amor hacia los demás ejerciendo las obras de misericordia. Quien se santifica no se santifica sólo a sí mismo y desde sí mismo, sino también al entorno social en el que se desenvuelve su vida. «Fueron, pues, vieron dónde vivía y se quedaron con Él ese día. Eran como las cuatro de la tarde» (Cf Jn 1,35-39). «Andrés, hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que oyeron lo que Juan el Bautista decía y siguieron a Jesús. El primero a quien encontró Andrés, fue a su hermano Simón, y le dijo: "Hemos encontrado al Mesías. Lo llevó a don-de estaba Jesús."» (Cf Jn 1,40-42).

El mundo de hoy necesita santos así, auténticos. Santos que lleven a plenitud la vida cristiana y la perfección en la caridad ejerciendo las obras de misericordia. Santos que más que cautiven por sus milagros extraordinarios, conmuevan por su amor a Dios y a los hermanos en la vida ordinaria en las pequeñas cosas de cada día. La beata María Inés teresa del Santísimo Sacramento es un claro ejemplo de estos santos que se necesitan en la época actual. Una mujer, gran mujer; sencilla, humilde, serena, alegre, llena de paz y de amor que reflejaba a Dios en una constante sonrisa; una mujer valiente y audaz en la caridad con un corazón misericordioso sin fronteras.

Ella misma nos ha dejado en sus escritos esos anhelos de santidad que todos deberíamos de sentir: «Heme aquí, pues me has llamado.- Me doy a Ti con toda la intensidad de mi alma. ¡Ah Señor!, quiero llegar a la santidad de Santa Teresa, a la de San Francisco y Santa Clara, no en cuanto a las revelaciones, ni a las obras ostentosas y exteriores; las primeras no me atraen, las segundas no son para una miserable chiquilla como yo. El amor, ­¡ah! ese sí me atrae inmensamente, y es tu deseo que todos te amemos con todo el corazón, con toda el alma y con toda la mente...» (Escritos).

Sin duda alguna, al fundar la Familia Inesiana, Nuestra Madre —como cariñosamente llamamos muchos a la beata María Inés— sabía lo que hacía como respuesta a lo que Dios le pedía. Sin duda alguna ella quería entregar santos a la Iglesia y al mundo. Hombres y mujeres, sacerdotes, consagrados, casados y solteros que apoyándose en la fuerza de Dios fueran auténticos hombres y mujeres realizados en su vocación de hijos de Dios.

Bien sabemos, que a diario estamos sometidos a la tentación, bien sabemos que la vida en un mundo atrapado por el consumismo y envuelto en el egoísmo, es difícil, ¡muy difícil! Bien sabemos que el ambiente entre los adolescentes, jóvenes y adultos en nuestra sociedad hedonista es en general adverso a las cosas de Dios. ¡­Ánimo hermanos y hermanas! No nos podemos considerar ahora confirmados en la santidad pero vamos en camino, Cristo nos santifica sin cesar y quiere hacer de cada uno de nosotros una roca firme en la fe capaz de sostener a nuestros demás hermanos que vagan buscando sentido en esta vida. Una roca firme como María, que nos mostró a Cristo al darlo a Luz, una roca firme como José, que en el silencio del pesebre hace un discurso elocuente que invita a la santidad, una roca firme como Pedro, como Juan, como Andrés, como la beata María Inés Teresa.

Lo que necesitamos, lo sabemos, es la misericordia de Dios y confianza y más confianza en Él para todos los días implorar la santidad hasta que llegue el día en que justicia y rectitud sean las normas con las que rija a todas las naciones y se cumpla lo que dice el salmista: Toda la tierra ha visto al Salvador (Sal 97).

Alfredo L. Delgado, M.C.I.U.