sábado, 12 de septiembre de 2026

«Un cristiano no puede envenenar su corazón»... UN PEQUEÑO PENSAMIENTO PARA HOY

Uno de los libros más transcendentales del Antiguo Testamento es el Eclesiástico, cuyo autor hebreo se conoce como el Sirácida, por eso es llamado también «Sirácide». Se le llama «Eclesiástico» debido a su por su amplitud de temas sapienciales, catequéticos, teológicos. Durante siglos solamente se conoció el texto griego, hasta que paulatinamente, primero en una antigua sinagoga del El Cairo, y después en Qumrán y en Massada, fue apareciendo el texto hebreo y se ha reconstruido en su totalidad. Este domingo la liturgia de la palabra nos muestra una parte de este libro maravilloso (Eclesiástico 27,33-28,9) en la que aparece una serie de sentencias sapienciales, que consisten en una exhortación al perdón recalcando que hay que desterrar sobre todo el rencor y la ira que hacen tanto daño al corazón no del otro, sino de quien los anida en su corazón y da espacio a la venganza. 

Lo anterior contrasta con la segunda lectura de este domingo, que tiene una connotación escatológica inigualable que nos centra en el kerygma, en la proclamación de la muerte y resurrección del Señor, que es lo que da sentido a nuestro paso por este mundo y que, contrario al rencor y a la ira que se pueda llevar en el corazón, el cristiano no puede envenenar su corazón con el deleite del egoísmo por la venganza. El cristiano tiene que afrontar un reto que es el desvivirse por los demás sin guardar ninguna cosa que reconcoma el corazón.

El rencor y la cólera que no salen del corazón destruyen a la persona: Ciegan el alma y aniquilan la esperanza guardando cosas y más cosas de un pasado caduco que no vale la pena guardar. El evangelio de hoy (Mt 18,21-35) one el dedo en la llaga y nos mueve a reconocer que Dios no es vengativo ni rencoroso. Creo que nos bastaría recordar cuántas veces Dios ha tenido paciencia con nosotros, cuántas veces nos ha esperado mientras vivíamos encerrados en nuestras propias cuentas, cuántas veces Dios ha vuelto a empezar conmigo cuando yo ya había dejado de creer en mí mismo. Cuántas veces su misericordia fue más grande que mi pecado. Solo así se puede dar paso al perdón acompañado del olvido y no de raciones de cólera o rencor. María no guardó rencor con los verdugos de su Hijo Jesús... ¿quién soy yo para guardar rencor, a veces de cosas tan insignificantes? Hay que recordar: «setenta veces siete». ¡Bendecido domingo!

Padre Alfredo.

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