Mostrando entradas con la etiqueta Pascua. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Pascua. Mostrar todas las entradas

sábado, 11 de abril de 2020

¿Qué significa el Cirio Pascual?


La palabra «cirio» viene del latín «cereus», de cera, el producto de la abejas. El cirio más importante es el que se enciende en la Vigilia Pascual como símbolo de Cristo «Luz del mundo», y que sitúa sobre una elegante columna o candelabro adornado. El Cirio Pascual representa a Cristo resucitado. Él es la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo y que disipa la oscuridad de la muerte y se enciende del fuego nuevo al inicio de la celebración de la noche de la Vigilia Pascual.

En esa celebración, la única luz que se tiene al iniciar la celebración es la del Cirio Pascual. Luego, con esa llama se encienden los cirios o las velas que portan los feligreses y que simbolizan la fe que todos recibimos y compartimos. Como bautizados y miembros vivos de la Iglesia que peregrina hacia la Pascua Eterna, debemos ser portadores de la luz de Cristo, testigos de su amor, que como una llama enciende y calienta los corazones.

El fuego de la llama también representa una imagen viva de la Resurrección, del hombre que abandona la oscuridad del pecado y nace a una vida nueva. 

El Cirio Pascual tiene una Cruz, que es siempre el símbolo central, el camino que se debe tomar, al igual que Cristo, para llegar al Padre.

Uno de los razgos principales, junto a la Cruz, son las letras Alfa y Omega, la primera y la última del alfabeto griego, que en el Cirio indican que la Pascua de Cristo, principio y fin del tiempo y de la eternidad, nos alcanza con fuerza siempre nueva en el año concreto en que vivimos. Por eso se traza en él el año actual, que simboliza a Dios en el presente, y como Amo y Señor de toda la eternidad.

En el Cirio se ponen cinco granos de incienso, usualmente de color rojo, que están incrustados en el cirio con unos clavos y que representan las cinco llagas de Jesús: los tres clavos que le atravesaron las manos y los pies, la lanza clavada al costado derecho del torso y las espinas sobre su cabeza.

La imagen del Cordero es porque Cristo es representado mediante la figura de un cordero en las profecías de la Sagrada Escritura.

El Cirio Pascual es ya desde los primeros siglos de la historia de la Iglesia, uno de los símbolos más expresivos que tenemos en la Liturgia. Estará encendido en todas las celebraciones durante las siete semanas de la cincuentena, al lado del ambón de la Palabra, hasta la tarde del domingo de Pentecostés. Una vez concluido el Tiempo Pascual, se conserva dignamente en el baptisterio y se enciende en cada celebración del bautismo y en los funerales.

La resurrección de Cristo es simbolizada por la luz, por el fuego nuevo, que ahuyenta las tinieblas de la muerte y resucita victorioso. La luz, elemento natural, se convierte en símbolo de vida, felicidad, alegría y esperanza. Por eso, encendemos nuestros cirios y velas del Cirio Pascual y llevamos la luz de Cristo a nuestros hogares.

Padre Alfredo.

21 momentos de la Pascua para recordar*...

1. Hace 20 siglos, la ciudad de Jerusalén estaba inquieta. Habían crucificado allí a Jesucristo, quien había venido y se había proclamado como Salvador. Se oscurecía el sol y la tierra temblaba. Los soldados romanos que custodiaban a Jesús también se decían los unos a los otros: «verdaderamente era el Hijo de Dios». Al caer la tarde, José de Arimatea, un consejero rico, y Nicodemo, siendo ambos discípulos de Nuestro Señor, fueron al Calvario. Poncio Pilatos, el gobernador romano de Judea, había cedido al atrevido ruego de José para llevarse el cuerpo de Jesús. Quitaron de la Cruz el cuerpo y lo envolvieron en finos linos.

2. En un jardín no muy lejano del monte Calvario, había una tumba nueva que pertenecía a José de Arimatea. Allí colocaron a Jesús, cubriéndole la cara con un pequeño trozo de tela. No podían hacer más porque era ya la víspera del sábado, su día de descanso. Después de cubrir la entrada de la tumba con una losa de piedra, se fueron.

3. Al día siguiente, los Sumos Sacerdotes y los Fariseos, fueron a donde estaba Pilato y le dijeron: «Este hombre quien se decía el Cristo —es decir, el Ungido—, cuando aún estaba vivo, dijo a todo el mundo que después del tercer día resucitaría. Danos una escolta para su tumba, de manera que podamos evitar que sus discípulos roben su cuerpo y luego digan a la gente que se ha levantado del sepulcro resucitando. Consiguieron el permiso del gobernador romano y sellaron la tumba, Poniendo allí centinelas para que vigilaran de día y de noche.

4. Un poco antes del amanecer del tercer día, hubo un temblor de tierra. Cuando había llegado a su mayor intensidad, algo sucedió. Los soldados romanos, que vigilaban allí, se aterrorizaron ante el hecho, cayendo al suelo como muertos.

5. Cuando los guardias romanos volvieron en sí, encontraron la tumba vacía, corrieron a la ciudad y dijeron a los sacerdotes que algo había ocurrido. Los sacerdotes ofrecieron dinero a los soldados para que mintieran diciéndole a todo el mundo que los discípulos de Jesús vinieron por la noche mientras ellos dormían y se llevaron su cuerpo.

6. Mientras el sol comenzaba a surgir aquel mismo día muy de madrugada, María Magdalena acompañada por otras mujeres, se pusieron en camino hacia el sepulcro en donde sabían que estaba el cuerpo de Jesús. Llevaban con ellas especias dulces para untar el cuerpo del Salvador, como era la costumbre y no alcanzaron a hacerlo la víspera de la Pascua. Acercándose se preguntaban quién les podría ayudar a remover de la entrada la pesada losa de piedra. Sin embargo cuando entraron en el jardín, vieron que la pesada piedra había sido ya removida de la entrada y que la tumba estaba vacía. María Magdalena, temiendo lo peor, se volvió para decir a los apóstoles Pedro y Juan, que se habían robado el cuerpo de Jesús.

7. Las otras mujeres entraron en la tumba y se fijaron en que el cuerpo no estaba allí. Un ángel vestido de blanco, guardando el sepulcro vacío les habló y les dijo: «Por qué buscan al que vive entre los muertos, no está aquí. Recuerden lo que dijo él, qué sería sacrificado muerto y sepultado para resucitar al tercer día». Las mujeres recordaron aquellas palabras proféticas de Jesús. Llenas de asombro de todo lo que habían visto y oído en aquella primera mañana de Pascua, se fueron para contar a los discípulos de la resurrección de Jesucristo, nuestro Señor.

8. Cuando María Magdalena encontró a los apóstoles, Pedro y Juan, les dijo con angustia: «Se han llevado a Cristo de la tumba y nosotros no sabemos dónde lo han puesto». Los dos apóstoles salieron a toda prisa hacia el jardín donde estaba el sepulcro.

9. Juan corrió más rápidamente que Pedro y llegó primero, pero esperó a que Pedro llegara. Cuando Pedro le alcanzó, entraron los dos en la tumba, primero Pedro, y la encontraron vacía, con excepción de los linos donde habían devuelto su cuerpo, que se veían plegados nítidamente. Ellos también, se recordarán que Jesús había dicho que resucitaría al tercer día de su muerte. Entonces Juan vio y creyó. Extrañados se alejaron de la tumba.

10. Cuando María Magdalena volvió a la tumba, pero supo que ya habían ido allí Pedro y Juan. Después de mirar tristemente la tumba vacía, se sentó junto a la piedra que había cubierto la entrada y comenzó a llorar. Jesús apareció y le preguntó: «¿Porque lloras?». Creyendo que quien hablaba era el jardinero, respondió María: «porque se han llevado el cuerpo de mi Señor y no sé dónde lo habrán puesto. Si eres tú quien se lo ha llevado, dime dónde le has puesto».

11. Jesús pronunció el nombre de ella dulcemente diciéndole: «¡María!». Reconociéndole al instante, María exclamó: «¡Maestro!» y arrodillándose le abrazó los pies. «No me toques —dijo Él— porque no he subido a mi Padre». Ve adonde están mis hermanos y diles que ascenderé a mi Padre y a mi Dios. María corrió hacia donde estaban los discípulos y les dijo: «He visto a Cristo nuestro Señor».

12. El mismo día, pero más tarde, dos de los discípulos de Jesús iban caminando de Jerusalén hacia la pequeña villa de Emaús en donde vivían. Mientras hablaban el uno al otro, Jesús, apareciendo a su lado se les se acercó y les preguntó: «¿Porque hablan tan tristemente?» Cleofás, quien no le reconoció, dijo: «¿Eres extranjero en Jerusalén, de manera que no sabes nada de los sucesos singulares de los días pasados?». «¿Cuál es sucesos?» inquirió Jesús. Y Cleofás le dijo: «No has oído hablar de Jesús de Nazaret, quien era un gran profeta, y de cómo los sacerdotes y nuestro jefes le crucificaron. Habíamos esperado que salvar a Israel». «¿No debía sufrir Cristo antes de entrar en su gloria?» les amonestó Jesús, y comenzando con Moisés y los profetas, les explicó mientras que caminaban, todas esas cosas que se profetizaron en la Escritura sobre su nacimiento y su muerte.

13. Cuando, por fin, llegaron a la puerta de su casa en Emaús, Jesús siguió caminando, no deseando inmiscuirse. «¡Quédate con nosotros!», le pidieron, porque ya se hace tarde y el día declina.

14. Jesús aceptó y entrando se sentó a comer con ellos. Antes de tomar la comida, bendijo el pan. Al verle bendecir al pan, los dos discípulos notaron de inmediato quién era. En el mismo instante Jesús desapareció de su vista. Ambos exclamaron: «¡Qué no nos ardía el corazón mientras él no se explicaba las escrituras!». Llenos de alegría, se levantaron de la mesa y volvieron a Jerusalén para decir a los otros discípulos que Jesús se les había aparecido.

15. En Jerusalén, Cleofás y su compañero encontraron a los apóstoles juntos en un cuarto, las puertas habían sido aseguradas por dentro ante el temor de los judíos . Uno de los apóstoles les saludo diciendo: «El Señor ha resucitado verdaderamente y se apareció a Pedro». A su vez los dos discípulos dijeron como Jesús se les había parecido en el camino a Emaús y había desaparecido de nuevo durante la cena.

16. Mientras que hablaban, Jesús se apareció en medio de ellos, y los apóstoles se asustaron del miedo, creyendo ver un espíritu. «¿Porque están inquietos?» les preguntó Jesús. «Miren mis manos y mis pies, pueden convencer sé que soy yo. Pueden tocar mis heridas. Un espíritu no tiene carne y hueso como yo». Jesús les enseñó sus pies y manos que habían sido clavadas en la cruz, y aún quedaban sus heridas. Tomó entonces Jesús un trozo de pescado y un poco de miel. Viendo que al fin le creían, les habló de su misión en la tierra. «Está escrito —dijo— que Cristo sufriríais y resucitaría al tercer día y que debían predicarse el arrepentimiento y la remisión de los pecados en su nombre».

17. El apóstol Tomás no estaba allí cuando Jesús apareció a los otros. Tomás no quería creer en el milagro. «Hasta que yo no ponga mis dedos en las huellas de los clavos y pueda poner mi mano junto a él, no creeré» declaró. Ocho días después, Jesús se apareció de nuevo a los apóstoles y Tomás estaba con ellos. «Dame tu mano, pon aquí tu dedo —le mandó a Tomás— y toca las huellas dejadas por los clavos en mis manos. Por aquí tu mano y tócame mi cuerpo». Tomás hizo lo que le mandó el Señor y exclamó Señor mío y Dios mío. Luego Jesús le dijo: «Tú crees porque me has visto, benditos sean aquellos que crean sin ver.

18. Unos días más tarde vieron de nuevo a Jesús. Después de haber pescado toda la noche en el mar de Galilea, sin logra sacar nada, arrojaron la red a donde el Señor les indicó, y la hallaron tan llena de pescados, que era difícil arrastrarla a la barca. Juan, reconociéndoles, dijo a Pedro: «¡Es el señor!» Pedro no puedo esperar y se lanzó al agua y nadó hasta la costa. Cuando desembarcaron encontraron listo un fuego con algo de pescado y pan puesto para ellos Pedro les ayudó a arrastrar la red a tierra repleta de una rica pesca. «Vengan a comer, traigan algo de lo que pescaron», dijo Jesús y les dio pan y pescado.

19. Después de cenar, Jesús preguntó a Pedro: «¿Me amas más que estos?» Pedro replicó: «Sí, Señor, tú sabes que te amo por sobre todas las cosas». Jesús le dijo: «Apacienta mis ovejas». Dos veces más repitió Jesús su pregunta y estando seguro de que Pedro de verdad le amaba, le dijo: «Apacienta a mis ovejas y atiende a mis corderos». Esto afligió mucho a Pedro, porque hacía pocas semanas que había renunciado tres veces a Jesús diciendo que no lo conocía. Pero Jesús profetizó que Pedro le serviría por muchos años y al fin sería crucificado.

20. Llegando a la hora que Jesús tuvo que partir dejando a sus discípulos, les condujo a la cumbre del monte de los Olivos. Allí les bendijo y les mandó: «Vayan y enseñan a todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo. Enséñales a observar mis mandamientos. Yo estaré con ustedes siempre hasta el fin de los siglos».

21. En el momento en que bendecida a sus discípulos, tuvo lugar un milagro. Se abrió el firmamento y Jesús ascendió al cielo. Sus discípulos, volvieron a Jerusalén alabando a Dios Nuestro Señor. 

* Las escenas de la resurrección de Jesús, están en el Evangelio en los siguientes capítulos y versículos de los 4 evangelistas y en el libro de los Hechos de los Apóstoles:

Mateo 28,1-20.
Marcos 16,1-20.
Lucas 24,1-53.
Juan 20,1-21,25.
Hechos 1,3-11.

Padre Alfredo.

sábado, 8 de junio de 2019

«EN VÍSPERAS DE PENTECOSTÉS»... Un pequeño pensamiento para hoy


Mañana celebraremos ya la solemnidad de Pentecostés que cierra y sella, con el fuego del Espíritu el tiempo pascual. Papá y yo seguimos aquí en el hospital, el de paciente —¡y vaya que tiene que ser paciente!— y yo de acompañante, pues no llego ni siquiera a aprendiz de enfermero. La ciencia sigue echando manos de sus modernidades y don Alfredo está mucho mejor. No me queda duda alguna que el Espíritu Santo ha guiado las manos, la mente y el corazón de todos los doctores que en estos días, desde hace poco más de una semana, ha n estado involucrados en la búsqueda de darle a mi padre, de 85 años de edad, calidad de vida al trabajar para restablecer su salud. Pero eso no hace que yo me desentienda de estas últimas horas de la Pascua y me viene la idea de hacer una especie de cuestionario para que, al responderlo cada quien, se le presente mañana domingo o desde las vísperas de este sábado, al Espíritu Santo como frutos obtenidos en el tiempo pascual que es un buen tiempo, cincuenta días transcurridos: ¿Cómo ha sido para mí la Pascua de este 2019? ¿He experimentado alguna victoria en medio de «tanta guerra» en este mundo que parece impermeable a Dios y a su Palabra? ¿En qué caminos se me ha hecho más visible la presencia del Resucitado? ¿He metido mis dedos en algunas heridas para comprobar que efectivamente era Él? ¿Con qué animo me dispongo a celebrar la irrupción del Espíritu y a seguir caminando en la vida ordinaria? Estas y muchas otras preguntas, nos podemos hacer ya casi llegando al final del camino pascual. 

Terminando el tiempo pascual, terminamos también de leer el libro de los Hechos de los Apóstoles. Porque la primera consecuencia de la fe en la resurrección de Jesús es el comienzo entusiasta de la misión eclesial para anunciar la Buena Nueva, el Evangelio del amor misericordioso de Dios por todos los seres humanos; amor hasta la muerte, la de Cristo en la cruz, y hasta la vida, la existencia nueva de los bautizados que esperamos confiados el don de la vida eterna por Jesucristo. Esto fue lo que hicieron los apóstoles según hemos leído en este libro bíblico que es apasionante: predicar el evangelio, fundar y congregar las comunidades cristianas, dar testimonio de Jesús por todas partes. Después de este acompañar cada día de la Pascua a la Iglesia primitiva, no podemos vivir nuestra fe de cristianos en el anonimato y en la pasividad. Debemos, al contrario, abrirnos a testimoniar nuestra fe, a difundir el evangelio, la alegre noticia del amor de Dios por todos nosotros como hacían aquellos primeros cristianos impulsados por lo que iban conociendo del Antiguo Testamento y lo que ellos mismos, predicaban y buscaban ponerlo por escrito. 

Al modo como María y los discípulos se encontraban desde las vísperas de Pentecostés reunidos en ese saloncito que el año pasado conocí y que es conocido como «el Cenáculo», expectantes, ansiosos, necesitados de nueva luz y calor para poder salir a comunicar al mundo la Buena Noticia del Señor, también nosotros podemos hacer del día de hoy, vísperas de Pentecostés, un momento feliz de encuentro con Dios y con los hombres, dejándonos animar por María la Madre del Señor y aquellos primeros cristianos anhelando la llegada del Espíritu. Sabemos muy bien que no hay día ni hay lugar donde no actúe el Santo Espíritu que lo llena todo, y que no hay persona alguna que no sea objeto de su amor y de su gracia. Pero la celebración comunitaria y solemne de los grandes acontecimientos que han dirigido la historia de salvación nos invita a una mayor interiorización de esas verdades en nuestras conciencias. Por eso la liturgia de hoy nos invita a meditar con el salmo 10 en que vemos cómo Dios se deleita en los justos, a quienes ve como a sus hijos amados y en quienes Él se complace. Dios —dice el salmista— no se olvida de nadie, incluidos los pecadores. Él no quiere castigar ni destruir al pecador, sino que se convierta y viva. En su gran amor hacia nosotros nos envió a su propio Hijo, para el perdón de nuestros pecados y para hacernos participar de su Vida y de su Espíritu, haciéndonos así hijos suyos. Aprovechemos este día de gracia del Señor, pues Él ha venido a buscar y a salvar todo lo que se había perdido y nos envía con el Padre misericordioso al Espíritu Santo, el Paráclito, para seamos una continua alabanza del Nombre de nuestro Dios. ¡Bendecido sábado, vísperas de Pentecostés! 

Padre Alfredo.

viernes, 7 de junio de 2019

«No olvidemos los beneficios del Señor»... Un pequeño pensamiento para hoy


Esta vez escribo desde el hospital acompañando a mi padre que ha tenido que pasar la noche aquí no por algo grave gracias a Dios, sino por una deshidratación muy severa, lo cual me ha dado la oportunidad de acompañarle durante la noche y aprovechar algunos momentos de estas horas para experimentar un encuentro inesperado con Dios en unos momentos de silencio y oración que saben a gloria siempre. ¡Qué grande es el Señor! No hay duda alguna de que Dios nos tiene de la mano y no nos suelta, él nos va dando lo que necesitamos y en el momento justo. Papá pasó muy bien la noche, se va recuperando y ya está convencido —creo yo— de que debe comer, tomar agua y suero, si no quiere volver al hospital del que esperamos, hoy mismo salga. 

Ya nos vamos acercando a la fiesta de Pentecostés con la que se cierra este hermoso tiempo de Pascua, el salmista irrumpe el silencio de la alborada invitándonos a bendecir al Señor por su bondad y su misericordia para con nosotros. Él nos invita en este día, con el salmo 102 [103] a meditar en que Dios ha hecho el mayor de todos los beneficios y ha ido más allá de nuestras esperanzas, pues por medio de su Hijo no sólo nos ha perdonado nuestros pecados, sino que nos ha hecho hijos suyos. Nuestra alabanza al Señor no la daremos sólo con nuestros labios, sino con todo nuestro ser, pues a pesar de que Dios tiene su trono santo en el cielo, no nos contempla como juez, ni conforme a los criterios de los gobernantes de este mundo, sino como un Padre lleno de amor y de ternura por sus hijos. Después de estar leyendo varios días el Evangelio de san Juan en escenas de la Última Cena, viendo precisamente este amor y ternura manifestado a sus apóstoles y en ellos a todos nosotros hoy, lo que leemos, no pertenece ya a esas escenas de la Última Cena, sino a la aparición del Resucitado a siete discípulos a orillas del lago de Genesaret. La perícopa evangélica de hoy (Jn 21, 15-19) tiene como protagonista a san Pedro, con las tres preguntas de Jesús y las tres respuestas del apóstol que le había negado. Y a continuación Jesús le anuncia «la clase de muerte con que iba a dar gloria a Dios». 

Pedro, el apóstol impulsivo, el que decía que de veras amaba a Jesús, aunque se había mostrado débil por miedo a la muerte, tiene aquí, en este relato, la ocasión de reparar su triple negación con una triple profesión de amor. Jesús le rehabilita delante de todos: «apacienta mis corderos... apacienta mis ovejas». A partir de aquí, como hemos visto en el libro de los Hechos, Pedro dará testimonio de Jesús ante el pueblo y ante los tribunales, en la cárcel y, finalmente, con su martirio en Roma. Llegando casi al final de la Pascua, cada uno de nosotros podemos reconocer que muchas veces hemos sido débiles, y que hemos callado por miedo o vergüenza, y no hemos sabido dar testimonio de Jesús, aunque tal vez no le hayamos negado tan solemnemente como Pedro. En este contexto, la Iglesia nos deja oír la voz del salmista que nos dice: «no te olvides de sus beneficios». Roguémosle al Señor, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, que nos conceda la gracia de saber vivir en un auténtico amor a Dios, convirtiéndonos en templos suyos, de tal forma que, desde ese amor y presencia del Señor en nosotros, podamos vivir también con autenticidad el compromiso de salvación que debemos cumplir en favor de nuestro prójimo. ¡Bendecido viernes! 

Padre Alfredo.

miércoles, 5 de junio de 2019

«Regalos que Jesús nos deja»... Un pequeño pensamiento para hoy


En el contexto de un «Año de Gracia», el autor del salmo 67 [68] que hoy tenemos nuevamente como salmo responsorial, nos invita a no ofrecerle al Señor solamente «tributos externos»; sino a ofrecernos nosotros mismos dándole gloria, como pide a los reyes de aquellos tiempos. El Señor quiere que nosotros seamos suyos, y que lo glorifiquemos con una vida intachable. Algún día vendrá, lleno de gloria. Entonces habrá terminado el año de gracia, y el Señor aparecerá como juez de todas las naciones. Pero quienes le hayamos vivido y perseverado fieles hasta el final no tendremos ningún temor, pues permaneceremos de pie en su presencia. Por eso, ya desde ahora, el salmista nos invita a dejar que la Gloria del Señor resplandezca sobre el rostro de su Iglesia, porque nuestras buenas obras son las que manifiestan que, en verdad, Dios permanece en nosotros y nosotros en Él. 

Estamos cerrando ya casi el tiempo de Pascua —faltan unos cuantos días para la fiesta de Pentecostés—. Los discípulos, en sus experiencias pascuales, se fueron dando cuenta de que el Señor lo que pide nosotros para perseverar es el cuidado de la vida interior con todo los valores que ésta tiene, Ellos fueron los primeros en vivir estos esos regalos de la vida del alma, entre ellos el de la alegría por ejemplo, que era tanta, que casi no se lo podían creer, una alegría que no consiste en acunarse en un estado emocional placentero por las cosas del mundo, sino en el encuentro con el Resucitado. También el valor del anuncio de la palabra, pues las experiencias pascuales culminan en el envío. La alegría del encuentro y el envío para anunciar la palabra, son dos momentos inseparables de toda experiencia pascual y de toda dinámica pascual. Si durante este tiempo nos hemos abierto a la acogida de estos regalos, si hemos crecido en ellos y si nos hemos reafirmado una vez más en la dedicación a la misión recibida, no se ha frustrado la Pascua en nosotros sino que ha sido un tiempo valioso que nos ha dejado con una fe más firma y más profunda. 

Con las lecturas de hoy (Hch 20,28-38 y Jn 17,11-19) nos queda claro que la última semana del tiempo pascual es una semana «testamentaria». En el evangelio de hoy Jesús le pide al Padre por sus discípulos, «por los que me has dado»: para que no se pierdan, para que sean uno, para que tengan alegría, para que sean preservados del mal y santificados en la verdad. Fortalecidos por estos regalos del Padre, podrán entonces ser enviados. Por eso, el fragmento testamentario de hoy termina con un envío: «Como tú me enviaste al mundo, así los envío yo también al mundo». Jesús nos envía a sus discípulos–misioneros, como el Padre lo envió a él. Somos sus embajadores para transformar el mundo revoltoso en un mundo de hijos obedientes de Dios. Así nos consagraremos en la verdad, es decir, nos habremos puesto incondicionalmente en el camino de cumplir siempre y únicamente la voluntad de Dios, como Jesús. Con María Santísima y los Apóstoles, vayamos preparando nuestros corazones para recibir el don del Espíritu Santo, que nos hará fuertes para el cumplimiento y la realización de la tarea que tenemos encomendada. ¡Bendecido miércoles! 

Padre Alfredo.

domingo, 2 de junio de 2019

«Entre voces de júbilo, Dios asciende a su trono. Aleluya»... Un pequeño pensamiento para hoy

Sabemos, sobre todo por lo que san Pablo nos platica en sus cartas, que las primeras comunidades cristianas tuvieron muchas dificultades para seguir siendo fieles al mandato que el Maestro les había hecho antes de despedirse, el mandato de seguir predicando el Evangelio del Reino, esa disposición que había dejado Cristo a los suyos antes de subir a los cielos (Lc 24,46-53). El autor de la carta a los Hebreos les anima a no desanimarse, a no perder nunca la esperanza, porque Dios va a seguir siendo fiel a su promesa (Heb 9, 24-28;10,19-23). El Señor, antes de despedirse, les había prometido su intercesión ante el Padre, desde el mismo cielo. Han pasado muchos, muchos años y nosotros ahora, también tenemos problemas y dificultades para predicar el evangelio de Jesús a un mundo siempre ocupado en otras cosas, la mayoría de ellas pasajeras y muchas que no valen la pena. El día de hoy, en el que la liturgia nos recuerda que «entre voces de júbilo, Dios asciende a su trono», como repetimos en el salmo responsorial (Sal 46 [47]), la Iglesia nos invita a que no nos desanimemos, a que no perdamos la esperanza, porque Jesús sigue intercediendo por nosotros ante el Padre, y nuestro Dios es un Dios fiel a sus promesas. El hombre y la mujer de fe, que se saben discípulos–misioneros de Cristo, saben que el triunfo de Jesús sobre la muerte —que celebramos todo este tiempo pascual— es también nuestro triunfo e incluso la victoria de toda la humanidad, porque fue por nosotros los hombres y por nuestra salvación que «subió al cielo, y está sentado a la derecha del Padre» —como recitamos en el Credo—. Por ello, no sólo la Iglesia, sino incluso todos los pueblos deben, como nos dice el salmista, aplaudir y aclamar a Dios con cantos de alabanza y de júbilo. 

El salmo 46 [47] tiene un puesto privilegiado en la liturgia de este día de la Ascensión del Señor. Por medio de él, la Iglesia celebra el triunfo de Cristo al fin de su vida mortal y su entrada solemne en el Cielo, después de haber conquistado para nosotros la Tierra Prometida. Este salmo —que bien podemos releer en casa, además de tenerlo en la Misa—, nos ayuda a asistir al momento culminante de la Pascua del Señor Resucitado, a su entronización y glorificación. Desde que aquellos primeros cristianos confesaban a Dios como «Creador del cielo y de la tierra», todo discípulo–misionero sabe que Dios está en el cielo, en la tierra y en todo lugar, de esta manera vemos que transciende su propia obra. Está presente, sin duda alguna, en el cielo de los niños, de los poetas, de los enamorados, de los que padecen hambre y sed de justicia, es decir, en el corazón del hombre, en la más profunda intimidad de nuestra esperanza. Subir al cielo es, para nosotros, hombres y mujeres de fe, recorrer el camino de la esperanza, llegar hasta el fondo de las auténticas aspiraciones humanas. La expresión del salmista: «Entre voces de júbilo y trompetas, Dios, el Señor, asciende hasta su trono», nos hace sumergirnos con una inmensa gratitud, en la hondura de nuestro corazón, para no quedarnos parados mirando el cielo (Hch 1,1-11) «paralizados» por la trampa del progreso. 

La fe en la ascensión del Señor y en su venida es también hoy, como digo, una fe combatida, porque la auténtica esperanza ha sido sustituida por la trampa de expectativas que están puestas en cosas materiales que no son las del cielo. La sociedad actual, que ha sacado a Dios y lo que querido encerrar «en su cielo», siente en el fondo la angustia de otras fronteras y se ve encerrado, «paralizado» en la prisión de su propia técnica. Se planifica el nacimiento, se programa la educación, se racionaliza el trabajo, se dicta lo que tenemos que consumir, y se convence a muchos de que no existe más futuro que lo que vemos en este mundo. Así, sin esa visión del salmista y de los primeros cristianos, se mata la esperanza, se apoca la fantasía y se recorta la libertad. Sin esperanza, sin fantasía y sin libertad no podremos ascender al cielo que nos propone Jesús. No queremos quedarnos encerrados en los pequeños paraísos que el mundo nos ofrece a corto plazo, queremos alcanzar ese cielo donde podremos ver al Señor cara a cara y gozar de la presencia de María, de los santos, de todos aquellos que sin haberse quedado parados «paralizados», pusieron los pies en la tierra y la mirada en el cielo, poniendo las manos en el trabajo apostólico para alcanzar la vida eterna. ¡Feliz y bendecido domingo de la ascensión del Señor! 

Padre Alfredo.

domingo, 26 de mayo de 2019

«La bendición de Dios»... Un pequeño pensamiento para hoy

El salmo responsorial de este domingo es un salmo con un maravilloso enfoque misionero. El salmista reconoce que el pueblo elegido tiene el propósito de hacer conocer la salvación de Dios a todas las naciones. Pone todo su interés en la gloria de Dios y pide que todos los pueblos le alaben y pide un avivamiento para el pueblo de Dios, y este avivamiento resultará, precisamente, en la expansión misionera que alcanzará a todas las naciones. Siempre hace falta una continua renovación en el pueblo de Dios. «Que nos bendiga Dios y que vuelva sus ojos a nosotros» se basa en la bendición aarónica de Num 6,24-26. Y hay que notar que en Jerusalén, en una tumba del tiempo de Ezequías, los arqueólogos han encontrado esta bendición escrita en un rollo de cobre. La bendición de Dios, en el contexto en que está escrito este salmo, se manifiesta en el bienestar total de la vida (física, emocional, espiritual) del individuo y de la comunidad. El salmo es una oración pidiendo que la bendición recibida de Dios ilumine a todos en todos los aspectos de la vida. 

El énfasis de la bendición está en que llegue a todos los pueblos. Dios es tan grande que su misericordia hacia otros pueblos que se vuelvan a él no disminuirá su interés personal en cada uno de los elegidos. Así el salmista termina con un resumen de su tema principal: Dios bendice a su pueblo para que sea instrumento de la bendición de Dios para todos los confines de la tierra. Pero ¿qué entendemos nosotros por «bendición»? A menudo se confunde la palabra «bendición» con «éxito» o «prevención de dificultades». Y hay gente que se pregunta por qué se nos presentan problemas si amamos al Señor, luchamos por vivir en sus sendas y oramos insistentemente día y noche. Incluso hay quienes insisten en que a quien ama a Dios y cumple su voluntad, nada malo le puede pasar. Bendición y éxito no son términos necesariamente emparentados. Si hubiera que identificar los dos términos, entonces habría que concluir que Jesús no fue un bendecido por Dios ya que su obra fue un aparente fracaso a los ojos del mundo. También los que aman a Dios se enferman, tienen dificultades y mueren, pero no por eso vamos a afirmar que no son bendecidos por el Señor. La bendición debe entenderse más bien como el acompañamiento que hace Dios para que, en medio de las tormentas, el barco de nuestra vida llegue a puerto seguro.

Cercanos ya a la solemnidad de la Ascensión y a la solemnidad de Pentecostés, el Evangelio de hoy, la palabra de Dios que nos muestra siempre la bendición de Dios para su pueblo, nos recuerda la promesa del envío del Espíritu Santo (Jn 14,23-29). Desde ya, experimentamos la bendición de Dios y vamos preparándonos para acoger este don que Dios Padre nos hace desde el cielo a través de Jesucristo. El Espíritu nos guía a cada uno de nosotros y a toda la comunidad de la Iglesia. Que nunca nos falte esta asistencia, esta bendición del Espíritu Santo, y que nunca nos falte la docilidad para dejarnos llevar siempre por Él. La Virgen María, bendecida siempre por Dios, nos alienta, con su vida y su testimonio, a deducir que el creyente no está solo, no es un huérfano, es alguien que en todo momento posee la bendición de Dios. Primero, porque el Padre no es alguien lejano y distante y segundo, porque por su bendición, somos santuario y morada de Dios mismo: «vendremos a él y haremos en él nuestra morada». Caminemos en la bendición de Dios y avancemos alegres por la vida, desgranando nuestros días en un ambiente de incesante gozo pascual. Que nada ni nadie nos turbe. Que pase lo que pase, conservemos la calma, vivamos serenos y optimistas gozando de esa bendición que Dios nos da, persuadidos de que Jesús, con su muerte y con su gloria, nos ha salvado de una vez para siempre. ¡Bendecido domingo!

Padre Alfredo.

martes, 21 de mayo de 2019

«No pierdan la paz ni se acobarden»... Un pequeño pensamiento para hoy

Gracias a los cientos de kilómetros recorridos, a pie, quizá a caballo o en burro y en embarcaciones de la época, la Fe se fue enraizando en una tierra concreta, en comunidades humanas y en sus culturas, en grupos humanos del tiempo de Pablo, Bernabé y tantos más de los que nos habla el libro de los Hechos de los Apóstoles que estamos leyendo de manera continuada en este tiempo de Pascua. Pablo y Bernabé no se contentaban con anunciar el evangelio. En un segundo tiempo, algunos años después de sus viajes de ida, vuelven, fundan comunidades estructuradas y designan a «ancianos» para jefes de las mismas. El término «anciano» traduce el término griego «presbitre» del que vino más tarde la palabra «presbítero». La propia Fe, nos enseña este libro en la liturgia de la palabra del día de hoy (Hch 14,19-28), no puede vivirse individualmente. Es necesario vivirla en Iglesia, con otros. Al pasar por cada comunidad, los Apóstoles y aquellos primeros misioneros que les acompañaban, reafirmaban en la fe a los hermanos, exhortándoles a perseverar en la fe, «diciéndoles que hay que pasar muchas cosas para entrar en el Reino de Dios». Iban nombrando presbíteros o responsables locales, orando sobre ellos, ayunando y encomendándolos al Señor. 

Por eso el salmo que la Iglesia nos propone para orar hoy, como salmo responsorial es un salmo consecuentemente «misionero» y entusiasta: «que todos tus fieles te bendigan. Que proclamen la gloria de tu reino y den a conocer tus maravillas» (Sal 144 [145]). ¡Cuánto tenemos que aprender de aquel entusiasmo del salmista y de los primeros cristianos para quienes este tipo de salmos representaban palabras de aliento para su recia perseverancia, su fidelidad a Cristo y su decisión en seguir dando testimonio de él en medio de un mundo distraído como el nuestro! Dice el salmista: «Que mis labios alaben al Señor, que todos los seres lo bendigan ahora y para siempre» (Sal 144 [145],20). Por eso, hay en la liturgia de hoy una lección muy especial. Los primeros cristianos se sentían, no francotiradores que van por su cuenta —como muchos hermanitos de esos que vemos de casa en casa atacando a la Iglesia y hablando mal de la Virgen, del Papa y de los santos—, sino enviados por la comunidad, a la que dan cuentas de su actuación. Se sienten corresponsables con los demás. Y la comunidad también actúa con decoro, escuchando y aprobando este informe que abre caminos nuevos de evangelización más universal. Si en el ámbito de una parroquia, o de una comunidad religiosa, o de una diócesis, tuviéramos este sentido de corresponsabilidad, tanto por parte de los pastores y agentes de la animación como por parte de la comunidad, ciertamente saldría ganando una más eficaz evangelización en todos los niveles. Por eso la preocupación del Papa Francisco de que tengamos una Iglesia de puertas abiertas. 

Hoy, al leer esto cabe preguntarnos: ¿Comparto yo mi fe con otras personas? o bien, ¿la vivo solo? ¿Qué sentido tiene para mí la Iglesia? ¿Cómo participo de la vida de la comunidad local? ¿Conozco quién es mi obispo y rezo por él? ¿Pido por mi párroco y sus vicarios si los hay? ¿Observo que hay comunidades de religiosos o religiosas y se identificarlos? Así, sólo así, conociendo y valorando nuestra Iglesia, es como podemos tener comunidades fuertes y firmes en la fe. La consigna de Jesús es clara en el evangelio de hoy (Jn 14,27-31): «No pierdan la paz ni se acobarden... Es necesario que el mundo sepa que amo al Padre y que cumplo exactamente lo que el Padre me ha mandado». También ahora necesitamos esta fuerza. Porque puede haber, en nuestro ser y quehacer como discípulos–misioneros, tormentas y desasosiegos más o menos graves en nuestra vida personal o comunitaria y sólo nos puede ayudar a recuperar la verdadera serenidad interior la conciencia de que Jesús está presente en nuestra vida y quiere que todos le conozcan y le amen: «yo estoy con ustedes todos los días», «donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo», «lo que hicieron a uno de estos pequeños, a mí me lo hicieron»... La presencia del Señor sigue siendo misteriosa y sólo se entiende a partir de su ida al Padre, de su existencia pascual de Resucitado: «Me voy, pero volveré a su lado». Que la Virgen María, como acompañó a aquellos primeros cristianos llenándolos de fuerza y amor al Señor, nos acompañe en nuestro compromiso misionero de hoy para que nadie nos arrebate la alegría de vivir para Cristo y lo podamos seguir dando a los demás. ¡Bendecido martes! 

Padre Alfredo.

viernes, 17 de mayo de 2019

«Camino, verdad y vida»... Un pequeño pensamiento para hoy

A lo largo de la historia, en el Antiguo Testamento, la promesa de un salvador se enfocaba más y más hacia un rey salvador y hacia el establecimiento de un momento especial en el que Dios establecería su Reino, cumpliendo las promesas hechas a David y llevando a la plenitud la alianza establecida con el pueblo. Esas promesas que hoy leemos en el salmo 2, se han cumplido en Cristo. Él es el portador de la promesa y el centro de nuestras vidas, en él se cumple todo lo que el Señor quería venir a dar a la humanidad: la certeza de saberse amados, elegidos, acompañados por su presencia salvadora. Jesús es nuestro camino, él ha venido a nosotros y se ha hecho nuestro estableciendo las bases de su Reino, ahora nos corresponde a nosotros ir hacia él una y otra vez y hacernos suyos. Más que hacer cosas distintas a las que hacemos o hacer cosas nuevas, es vivir de un modo nuevo. Para ir estableciendo su Reino hemos de obrar como él, llevar una vida como la suya, dejarnos mover por un amor como el suyo. Él es «el camino, la verdad y la vida» (Jn 14,1-6). 

El Evangelio de este día, como el de ayer, nos sumerge en el discurso de la Última Cena. Después de que el Señor ha lavado los pies a los discípulos. A ellos Jesús les ha explicado muchas veces que va hacia la plenitud de la vida del Padre y que el camino que conduce a esta plenitud es su entrega por amor hasta la muerte: los discípulos tendrían que entender que ellos deben seguir este camino, pero aún no lo han comprendido, y por eso preguntan. Y el que pregunta ha de ser Tomás, a quien ya conocemos por esta característica. Más adelante él necesitará «ver para creer». En su respuesta, Jesús se presenta a sí mismo como «camino»: el que se una a él y haga como él, irá al Padre. Pero añade aún un nuevo paso: él es la «verdad», es decir, la auténtica realización humana, porque manifiesta y hace lo que Dios es y quiere; y es la «vida», es decir, la plenitud del ser hombre, la culminación plena de todo, la superación de todo mal y de la misma muerte. En él está todo lo que es el Padre; él, es la única manera de llegar al Padre. 

En el tiempo de Pascua —que es el que estamos viviendo— es cuando más claro vemos que Cristo es nuestro camino, que él es la verdad y que es la vida. Una metáfora hermosa y llena de fuerza, que se repite en algunos cantos de la Iglesia: «camina, pueblo de Dios», «somos un pueblo que camina», «caminaré, en presencia del Señor»... Cristo como camino es a la vez la verdad —porque tenemos que seguir tras él— y es vida —porque él calma y da sentido a nuestro ir y venir—. Con él y en él, porque no vamos sin rumbo, vamos dando sentido a nuestras vidas. La meditación de hoy debe ser claramente cristocéntrica. Al «yo soy» de Jesús le debe responder nuestra fe y nuestra opción siempre renovada y sin equívocos a pesar de los pesares, aunque a veces nuestra vida vaya por cañadas oscuras, por pruebas, por caminos difíciles de transitar. Los creyentes debemos estar convencidos, aun cuando el sufrimiento se haga presente en la enfermedad, en el dolor, en la soledad, en el fracaso, de que fuera de él no hay verdad ni vida, porque él es el único camino. Eso, que podría quedarse en palabras muy solemnes, debería notarse en los pequeños detalles de cada día, porque intentamos continuamente seguir su estilo de vida en nuestro diario vivir con María su Madre que siempre nos conducirá a él. Cristo es el que va delante de nosotros, seguir sus huellas es seguir su camino, buscar la verdad y darle sentido a nuestra vida. ¡Bendecido viernes! 

Padre Alfredo.

miércoles, 15 de mayo de 2019

«Que alaben al Señor todas las naciones»... Un pequeño pensamiento para hoy


En este día, me encuentro con un salmo responsorial que me recuerda que la Iglesia es misionera por excelencia. El salmo 66 [67] involucra en sus palabras de alabanza al Señor todo el horizonte de la humanidad. El salmista anhela que Dios sea conocido y amado por todas las naciones. También las naciones paganas pueden conocer el camino de salvación, el proyecto salvífico de Dios y gozar de la felicidad de saberse amadas y elegidas por él. Por eso es que pueden participar de la alabanza y alegría mesiánicas que trae el Salvador. En Cristo, el Padre misericordioso ha bendecido con toda clase de bendiciones espirituales a la humanidad entera. Por eso, agradecidos, alabamos al Señor con este salmo: «Ten piedad de nosotros y bendícenos; vuelve, Señor, tus ojos a nosotros. Que conozca la tierra tu bondad y los pueblos tu obra salvadora... Que nos bendiga Dios y que le rinda honor el mundo entero». 

Dios debe ser conocido y amado en este mundo pluriforme, en el que no es difícil darnos cuenta de que, entre tantas propuestas que encontramos, la única verdad absoluta es Dios. Por ello, una de las grandes obras que realiza el Espíritu en nosotros es «el guiarnos a la verdad plena», es decir guiarnos a Dios para cumplir con alegría su voluntad. Esta verdad eterna, involucra todas las cosas creadas pues como dice san Pablo: «En él somos, existimos y nos movemos» (Hch 17,28). No es por ello raro que en la medida en que dejamos que el Espíritu tome posesión de nosotros, nuestro entendimiento con los demás sea más claro y nuestra posición delante de la vida moral y religiosa se clarifique, pues la Verdad se va haciendo patente a nuestro entendimiento. Debemos como quiera, estar atentos, pues somos buscadores incansables de la verdad plena. Toda nuestra vida será crecer en ella. La humildad y la oración hacen posible que ésta crezca y se manifieste en nosotros como: sabiduría, prudencia, y amor a Dios y nuestros hermanos. El tiempo de Pascua, previo a Pentecostés, es propicio para pedir incesantemente: «Ven Espíritu Santo y muéstranos la verdad, muéstranos tu Verdad, la única Verdad que es Jesucristo «Camino, Verdad y Vida» (Jn 14,6). 

En el Evangelio de hoy (Jn 12,44-50) Jesús «grita» —exclamó con fuerte voz, dice el salmista—, grita como quien dice palabras que deben ser escuchadas claramente por toda la humanidad. Su fuerte voz sintetiza su misión salvadora, pues ha venido para «salvar al mundo» (Jn 12,47), pero no por sí mismo, sino en nombre del «Padre que me ha enviado y me ha mandado lo que tengo que decir y hablar» (Jn 12,49). La importancia de esta obra del Padre y de su enviado, espera una respuesta personal de quien escucha. Esta respuesta es el creer, es decir, la fe (cf. Jn 12,44); fe que nos da —por el mismo Jesús— la luz para no vivir en tinieblas, como muchos en este mundo. Aceptar a Jesús y su Palabra, es creer, ver, escuchar al Padre, significa no estar en tinieblas, obedecer el mandato de vida eterna y vivir bajo la acción del Espíritu de Verdad. El Señor ha tenido piedad de nosotros y nos ha bendecido al enviarnos a su propio Hijo como Salvador nuestro. Quienes hemos sido beneficiados con el don de Dios debemos convertir toda nuestra vida en una continua alabanza de su nombre. Si queremos que el mundo entero vuelva al Señor y bendiga su nombre y le rinda honor, debemos anunciarlo desde una vida que se convierta en testimonio creíble de la eficacia de la salvación que Dios ofrece a todos, pues si vivimos sujetos a la maldad ¿cómo creerá el mundo que el Dios que les ofrecemos en verdad los librará del pecado y los llevará sanos y salvos a su Reino celestial? Tenemos mucho que hacer como discípulos–misioneros y hoy, es un buen día para actuar. ¡Bendecido miércoles! 

Padre Alfredo. 

P.D. Felicidades a todos los maestros en su día, sobre todo a los que de una u otra manera han marcado mi vida y los que, con esta hermosa vocación han sido extensión de mi ministerio misionero.

domingo, 12 de mayo de 2019

«Alabanza y adoración a Cristo Buen Pastor»... Un pequeño pensamiento para hoy

La alabanza y la adoración a Jesús Eucaristía siempre han ocupado un lugar importante dentro del culto de nuestra Santa Madre Iglesia. EL salmo 99 [100] que hoy la liturgia dominical nos presenta, es una bellísima exhortación a alabar a Dios y nos gloriamos en él. Este canto de alabanza considerado como una profecía, nos lleva a pensar en ese extraordinario momento en el que todas las personas sabrán que el Señor es Dios, y se harán sus adoradores, y ovejas de su rebaño. Es toda una invitación a sentirnos familia de Dios que le rinde adoración con alegría y gratitud. La cuestión de la alabanza, y los motivos para ello, son muy importantes sobre todo el domingo, el «Día del Señor» en el que nos reunimos alrededor del Buen Pastor. El salmista quiere que todo el mundo sepa que el Señor es nuestro Dios, porque Él es quien nos hizo, y no nosotros a nosotros mismos, somos su pueblo y ovejas de su rebaño. En una sociedad que sólo da visiones fragmentadas de la realidad, que no sabe cómo encontrar los valores morales fijos, que ha perdido sus utopías humanizantes y que todo lo convierte en instrumento —incluso al hombre mismo—, la figura del «Buen Pastor» nos marca la dirección. 

Jesús es nuestro Pastor y los creyentes somos su pueblo y ovejas de su prado. No puede haber auténtica vida cristiana si no hay un seguimiento del Buen Pastor, no hay pertenencia a la Iglesia sin saberse miembros de un pueblo, ovejas de un rebaño. No se puede decir que se es católico si alguien vive a sus aires, desentendiéndose de los demás —y mucho menos menospreciando a los demás, sean quienes sean estos «demás», amigo o no tanto— no se puede decir que se es católico sin aceptar que formamos parte de una Iglesia, aunque haya en nuestra Iglesia cosas que nos molestan o nos duelen. Este tiempo de Pascua que estamos celebrando no es sólo celebración alegre de la Resurrección de Cristo, anuncio de Vida nueva y eterna para todos. Es también celebración de formar parte del rebaño del Buen Pastor. En la Eucaristía celebramos que somos la comunidad de los seguidores de nuestro Señor. El mensaje de este domingo tanto en el salmo como en el Evangelio (Jn 10,27-30) tiene un gran sentido en el contexto pascual, cuando celebramos la resurrección de Jesús. Porque si Jesús no hubiera resucitado, a lo más sería para nosotros una doctrina o un ejemplo a imitar, pero no el Buen Pastor que nos llama y nos conoce y al que nosotros seguimos. No habría entre él y nosotros una comunión de vida. 

En el Señor resucitado, el Buen Pastor, se nos revela un amor más fuerte que la muerte. Los que reciben ese amor, los que se dejan abrazar por ese amor, superan con Jesús todas las dificultades de la vida y resucitan con él. Participan de su resurrección y la muerte no es para ellos, como discípulos–misioneros del Buen Pastor ya otra cosa que el paso a la verdadera vida. Somos víctimas de una lluvia tan abrumadora de palabras, voces y ruidos que la liturgia de este domingo nos invita a estar atentos, porque inmersos en el ruido del mundo, corremos el riesgo de perder nuestra capacidad para escuchar la voz que necesitamos oír para tener vida, la voz del Buen Pastor. Nadie como María Santísima ha estado atenta respondido a la llamada del Buen Pastor en cada instante. Su deseo: «Hágase en mí según tu palabra», manifiesta un querer, siempre eficaz, de escuchar y responder con santidad a su vocación. Hagamos nuestras sus palabras de modo que lleguen a ser como una canción de fondo en nuestra vida, en cada jornada; especialmente en este día tan vocacional del Buen Pastor. Pidámosle que abra nuestra mente, nuestros oídos y nuestro corazón para escuchar al Buen Pastor, que él, él bien que nos conoce. ¡Bendecido domingo! 

Padre Alfredo.

sábado, 11 de mayo de 2019

«Estamos en el tiempo de Pascua»... Un pequeño pensamiento para hoy

No podemos olvidar que estamos en el tiempo de Pascua y que seguimos respirando y gozando del suave y penetrante olor de la resurrección de Cristo, que ha vencido a la muerte. Este tiempo pascual nos recuerda que las cadenas que nos ataban, han quedado definitivamente rotas. Jesús nos ha salvado. ¿Cómo pagar tan inmenso bien? La celebración de la Eucaristía es la acción de gracias más agradable al Padre y este sábado, en el salmo responsorial (115 [116]) el escritor sagrado se hace una pregunta que es la misma que podemos hacernos cada uno de nosotros: «¿Cómo le pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho? Levantaré el cáliz de salvación e invocaré el nombre del Señor». Es lo que hacemos en cada Misa, agradecer el don que el Señor nos ha hecho con la resurrección de su Hijo Jesucristo que llena de esperanza nuestros corazones. 

Quien invoca al Señor jamás es defraudado por Él. Desde la resurrección de Cristo el camino de la humanidad tiene un nuevo significado: Quien crea en Cristo Jesús, aun cuando tenga que pasar por la muerte, debe saber que después de la cruz está la resurrección y la glorificación junto a Él. Por eso no tenemos miedo en ofrecerle a Dios nuestra propia vida como una ofrenda agradable a su Santo Nombre, sabiendo que Él velará siempre por nosotros y nos llevará sanos y salvos a su Reino celestial. Cristo es el Dios de la vida y no de la muerte. Él ha venido a restaurar nuestra humanidad herida por el pecado y del que el pago es la muerte. Nosotros tenemos el precio de lo que vale la sangre derramada por el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo —como lo recordamos en cada Misa—, para que ya no vivamos para nosotros mismos, sino para Aquel que por nosotros murió y resucitó. Al participar de la Eucaristía estamos permitiéndole a Dios Padre que por medio del Misterio Pascual de su Hijo seamos restaurados en lo más íntimo de nuestro ser, para que volvamos a Él ya no como esclavos, sino como hijos en el Hijo. Si nos hemos hecho uno con Cristo, ha de notarse esto en nuestras buenas obras, porque el Espíritu Santo nos conduce a confesar no sólo con los labios, sino con la vida, cada vez que celebramos la Eucaristía, que Cristo es realmente nuestro Dios y Señor. 

Nosotros, discípulos–misioneros del resucitado, gracias a la bondad de Dios, somos de los que han hecho una clara opción por Cristo Jesús. No le hemos abandonado. El Evangelio de hoy (Jn 6,60-69) me hace pensar en el fruto de cada Eucaristía, donde acogemos con fe su Palabra en las lecturas y le recibimos a él mismo, Pan de Vida, como alimento, e imitamos la actitud de Pedro: «Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna y nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios» (Jn 6,69). Que Dios nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de ser portadores de signos de Vida y no de muerte, pues hemos sido bautizados en Cristo, Señor de la vida y Vida eterna, que quiere que ya desde ahora poseamos y manifestemos, como verdaderos discípulos–misioneros suyos, el Don que de Él hemos recibido hasta que lleguemos a la posesión definitiva de los bienes eternos. ¡Bendecido sábado! 

Padre Alfredo.

jueves, 2 de mayo de 2019

Bendeciré al Señor a todas horas»... Un pequeño pensamiento para hoy

«Bendeciré al Señor a todas horas; no cesará mi boca de alabarlo», comienza diciendo hoy el escritor inspirado en el salmo responsorial (Sal 33 [34],2) como invitándonos —así lo siento yo en este amanecer de un día más— a pensar en lo que es vivir en la conciencia de la presencia de Dios en nuestras vidas. Hemos de reconocer, con admiración y agradecimiento que, en nuestra historia de salvación, como pueblo elegido desde aquellos lejanos tiempos del Antiguo Testamento, ha habido almas que han caminado siempre con esa conciencia clara de la presencia de Dios en nuestras vidas personales, familiares y comunitarias, sabiéndose acompañadas de su presencia divina y misericordiosa. El autor de este salmo —que los estudiosos suponen es David— nos deja ver que él se sabe así, acompañado y protegido por el Señor en todo momento. A la luz de este hermoso salmo uno puede ver que para sostenerse en la fe y en la vocación específica —ayer conversaba sobre esto con el padre Abundio, mi amigo y compañero en la tarea parroquial de cada día— uno no puede darse el lujo de solamente ser un «católico dominguero», y eso si acaso un balón — y no lo digo porque mis Tigres hayan perdido ayer— o algún otro objeto, animal, persona o cosa, interfiera con la hora de estar en Misa. 

Sólo alguien que tenga ennegrecido el corazón y el alma, no se da cuenta de la época tan particular y difícil que los católicos vivimos. Son tiempos muy difíciles, de mucha persecución y de mucha confusión que la influencia del «New Age» ha venido a «empobrecer» con un montón de ideas y pensamientos mezclados y contradictorios que sumergen a miles de corazones de creyentes o agnósticos, en una ensalada de creencias que nada resuelven y que llevan al alma a perderse en la nada que produce el relativismo que todo esto causa. En Pascua, junto a estos salmos que tienen todos muchas y valiosas palabras de aliento, leemos de manera continuada el libro de los Hechos de los Apóstoles que nos muestra cómo los primeros cristianos tenían una conciencia muy clara de vivir en la presencia de Dios para cumplir su voluntad (Hch 5,27-33) y caminar por el andar en el mundo con un testimonio impresionante y con un claro amor a la verdad enseñándonos a la vez que vivir en la presencia de Dios resulta más sencillo de lo que parece: «Primero hay que obedecer a Dios y luego a los hombres»; porque, si todo aquello que hacemos se lo encomendamos a Dios y le regalamos los resultados pensando que Él está realmente junto a cada uno de nosotros mientras hacemos lo que nos corresponde... ¡Ya está! Teniendo esa conciencia de que Dios está con nosotros en todo momento, estoy seguro que buscaremos vivir lo mejor posible, servir lo mejor posible y amar lo mejor posible. Muchos santos, beatos y venerables nos muestran en sus vidas el gozo de vivir en esa presencia, porque, como dice el mismo libro de los Hechos: «En él vivimos, nos movemos y existimos» (Hch 17,28). Pero el mundo —confundido como digo— con tanta mescolanza, queda como aturdido, dopado, adormilado y sumergido en un profundo sopor haciendo a un lado la presencia de Dios. 

En general —lo sabemos todos—, muchos «católicos» o que se autonombran así, se ocupan muy poco de Dios en la vida diaria y sus intereses más bien buscan entretener al alma con cosas raras i vanas. La Biblia, que encierra mucho de lo que Dios nos quiere decir nos avisa: «Ya es hora de que despertemos del sueño» (Rm 13,11) y de que abramos los ojos para ver que Dios está aquí y ahora junto a nosotros. La presencia de Cristo resucitado en la Eucaristía es una presencia real. Él está en la Hostia (Víctima) Consagrada pero también está en su Palabra y se manifiesta en el hermano, en los acontecimientos... desde el catecismo, si no es que antes en casa, aprendemos que «Dios está en el cielo, en la tierra y en todo lugar». Me encontré una hermosa oración que, aunque la reflexión de hoy ya es bastante larga, no puedo dejar de transcribir para cerrar esto y reza así: «¡Oh Jesús, no permitas que duerma todo el día en el olvido de tu presencia! Mira que no puedo defenderme del sueño. Vigila tú por mí. Concédeme el conocimiento de tu Padre y del Espíritu Santo a través de tu mirada puesta en mí, y que pueda amar a través de tu amor». María la Madre del Señor y Madre nuestra, vivió siempre en esa presencia real y a nosotros, sus hijos, nos dice: «¿Qué no estoy yo aquí que soy su Madre?» Si dejamos entrar a María en nuestras vidas, en nuestra mente y en nuestro corazón, con ella viene Jesús y ella, como Madre amorosa, nos ayudará a cuidar y cultivar esa presencia. ¡Bendecido jueves sacerdotal y eucarístico! 

Padre Alfredo.

domingo, 28 de abril de 2019

«La misericordia del Señor es eterna»... Un pequeño pensamiento para hoy

«La misericordia del Señor es eterna. Aleluya», canta la Iglesia entera hoy en el salmo responsorial (Sal 117 [118]) que, como ya sabemos, es el salmo pascual por excelencia que con un tono de fiesta nos invita a hacer nuestra la exclamación del salmista. Para comprender a fondo la verdad de estas palabras, este domingo hemos de dejar que la liturgia entera nos guíe al corazón del acontecimiento salvífico, que une la muerte y la resurrección de Cristo a nuestra existencia y a la historia del mundo. Este prodigio del conocimiento y profundización de la misericordia divina, cambia radicalmente el destino de quien se deja llenar todo su ser por lo que brota del corazón de Jesús. Jesús muestra sus manos y su costado, es decir, señala las heridas de la Pasión, sobre todo la herida de su corazón, fuente de la que brota la gran ola de misericordia que se derrama sobre la humanidad. De ese corazón, santa Faustina Kowalska vio salir dos haces de luz que deseaban iluminar al mundo entero: «Estos dos haces —le explicó un día Jesús mismo— representan la sangre y el agua». (Diario 132). En ese mismo diario de la santa polaca a quien le debemos el gozo de la celebración de este domingo de la Divina Misericordia, se encuentrasn otras frases que vale al pena leer y reflexionar junto a la liturgia de este día que cierra la Octava de Pascua: «Hija mía, di que soy el Amor y la Misericordia en persona» (Diario, 374); «prepararás al mundo para mí última venida» (Diario 429); «habla al mundo de mi misericordia… es señal de los últimos tiempos después de ella vendrá el día de la justicia. Todavía queda tiempo que recurran, pues, a la fuente de mi misericordia» (Diario 848); «habla a las almas de esta gran misericordia mía, porque está cercano el día terrible, el día de mi justicia» (Diario 965); «estoy prolongándoles el tiempo de la misericordia, pero ay de ellos si no reconocen este tiempo de mi visita» (Diario 1160); «antes del día de la justicia envío el día de la misericordia» (Diario 1588); «quien no quiera pasar por la puerta de mi misericordia, tiene que pasar por la puerta de mi justicia”. (Diario 1146).

La misericordia divina llega a los hombres a través del corazón de Cristo que después de haber sido crucificado, ha resucitado y se ha quedado con nosotros para siempre. La luz de la misericordia divina, que el Señor quiso volver a entregar al mundo mediante el carisma de sor Faustina, ilumina el camino de cada discípulo–misionero. Cristo Resucitado nos enseña que «el hombre no sólo recibe y experimenta la misericordia de Dios, sino que está llamado a “usar misericordia” con los demás: "Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia" (Mt 5, 7)» (Dives in misericordia, 14). Y nos señala, además, los múltiples caminos de la misericordia, que no sólo perdona los pecados, sino que además sale al encuentro de todas las necesidades de cada hombre y de cada mujer que le sabe descubrir, amar, seguir y anunciar. Jesús, el Cristo Resucitado y presente en la Eucaristía se inclina sobre todas las miserias humanas, tanto materiales como espirituales. Tanto los creyentes como los no creyentes pueden admirar en el Cristo humillado y sufriente, crucificado para luego resucitar, una solidaridad sorprendente, que lo une a nuestra condición humana más allá de cualquier medida imaginable. La cruz, incluso después de la resurrección del Hijo de Dios, «habla y no cesa nunca de decir que Dios Padre es absolutamente fiel a su eterno amor por el hombre. (...) Creer en ese amor significa creer en la misericordia» (Dives in misericordia, 7).

El domingo, la Pascua semanal, el día que dedicamos a Cristo, o mejor dicho, el día que Cristo Resucitado, presente en nuestra vida los siete días de la semana, nos muestra su cercanía de un modo especial, nos da su Espíritu, nos comunica su paz, nos envía a anunciar la misericordia y celebra nuestra fe. Cierto que la Pascua es el corazón del año. Pero para el verdadero discípulo–misionero, cada domingo es Pascua y cada día es domingo. Por eso cada día es Pascua, es «el día que ha hecho el Señor, el día en que actuó el Señor». Cada día, para nosotros que caminamos por este mundo de la mano de María, Madre de Misericordia, es día de victoria y alabanza, de regocijo y acción de gracias, día de ensayo de la resurrección final conquistando al pecado, que es la muerte, y abriéndose a la alegría, que es la eternidad. Cada día hay revuelo de ángeles y alboroto de mujeres en torno a la tumba vacía porque la misericordia se extiende sobre toda la tierra: ¡Cristo ha resucitado! Creer en Cristo Resucitado ya siempre será así: sentirse atraído por su divina misericordia y desde allí experimentar que Cristo vive en uno mismo para darse a los demás. Yo hoy renuevo mi compromiso de ser fiel a ese encargo que me ha dado el Papa Francisco de ser uno de sus Misioneros de la Misericordia y tratar de esparcirla por donde quiera que pase. No puedo olvidar que él, de manera personal, me dio la bendición para llevarla en su nombre. ¡Bendecido domingo de la misericordia!

Padre Alfredo.

sábado, 27 de abril de 2019

«Cristo resucitado, el sol que alumbra nuestras vidas»... Un pequeño pensamiento para hoy



Me ha llamado mucho la atención el fragmento del salmo responsorial de hoy (117 [118]) que dice: «El Señor es mi fuerza y me alegría: en el Señor está mi salvación» y es que sabiendo que en él lo tenemos todo, el mundo actual, alejado no solo de Dios sino de muchos valores que dan fortaleza y alegría, anda buscando eso donde nunca lo va a encontrar atiborrándose de cosas materiales que nunca van a llenar el corazón del ser humano que no ha sido para quedarse en eso. Hace muchos años, vivió un filósofo llamado Diógenes (hacia el 412 a. C.) que no dejó ningún legado escrito, pero se dice que habitaba en un tonel y que no poseía más bienes que una capa, un bastón y una bolsa de pan. Se cuentan, entre sus anécdotas, una que hoy me viene muy bien para mi reflexión. Resulta que un día, estaba Diógenes tomando el sol delante de su tonel y le visitó nada menos que Alejandro Magno con toda su pompa y circunstancia, que, colocándose delante del sabio le preguntó si deseaba alguna cosa, si le hacía falta algo. Diógenes le contestó escuetamente: «Sí, que te hagas a un lado un poco y no me tapes el sol». Y es que, ¿qué se necesita para sentirse fuerte y llenarse de alegría? Para nosotros, que somos creyentes, podemos decir que necesitamos solamente ese sol que es Cristo Resucitado y lo demás, irá llegando conforme se necesite, como la bolsa de pan de Diógenes.

El mundo de hoy se complica mucho la existencia, y cada vez parece que necesitamos de más y más cosas. Los países poderosos se llenan de armas, porque dicen que allí está su fuerza y en los países menos afortunados mucha gente piensa que en la cantidad de cosas materiales que se tenga está la alegría plena. Más que en Diógenes, pienso ahora en Cristo, el Señor Victorioso a quien hoy contemplamos en esta Octava de Pascua resucitado y queriéndonos llenar de luz como el sol radiante, ante el que se ponía aquel sabio para fortalecer su cuerpo. Hoy el evangelio, de forma resumida y sencilla nos muestra el itinerario de las pariciones del Señor resucitado (Mc 16,9-15) dejándonos entrever cómo aquellos momentos llenaban de fortaleza y alegría a sus discípulos, hombres y mujeres que reconocían que no necesitaban más. La fe y el contacto cotidiano con la Palabra de Dios y con el Resucitado en su Eucaristía, son capaces de transformar a los más débiles en hombres valientes y seguros de sí mismos y a los corazones tristes, como los de los discípulos de Emaús, en los más alegres proclamadores del mensaje de salvación.

«¡Cristo ha resucitado!». Desde hace una semana, lo cantamos en todos los tonos habidos y por haber. Pero nuestra alegría no es la afirmación de un hecho del pasado, todo lo importante que se quiera, pero que no pasaría de ser un piadoso recuerdo. Es que hoy y cada día, damos testimonio de que para nosotros y para todo hombre, Jesús vive en la situación de resucitado para fortalecernos y llenarnos de alegría. Hombre entre los hombres, y verdadero Dios, el Nazareno se encuentra con todos los hombres de todos los tiempos en lo secreto de su corazón, en la fuente inexpresable de su vida para llenar nuestras vidas de valentía y de alegría a la vez. Con él habitando en el corazón, nadie puede sentirse debilucho y triste. Al confesar la resurrección de Jesús damos un fuerte testimonio de que vale la pena hacer a un lado las cosas que nos estorban para quedarnos con lo necesario. «La única realidad eres tú Jesús» le decía la beata María Inés Teresa, mujer valiente y alegre en todo momento y ante toda circunstancia. Creo que este salmo de hoy, mesiánico y pascual, nos ayuda a entrar aún más en la gozosa convicción de esta semana: «Hay cantos de victoria en las tiendas de los justos... no he de morir, viviré para contar las hazañas del Señor». Con María, sigamos viviendo esta Octava de Pascua hasta el día de mañana y prolonguemos el gozo de la alegría con la valentía que todo discípulo–misionero debe tener. No necesitamos más. ¡Bendecido sábado de la Octava de Pascua!

Padre Alfredo.