jueves, 2 de mayo de 2019

Bendeciré al Señor a todas horas»... Un pequeño pensamiento para hoy

«Bendeciré al Señor a todas horas; no cesará mi boca de alabarlo», comienza diciendo hoy el escritor inspirado en el salmo responsorial (Sal 33 [34],2) como invitándonos —así lo siento yo en este amanecer de un día más— a pensar en lo que es vivir en la conciencia de la presencia de Dios en nuestras vidas. Hemos de reconocer, con admiración y agradecimiento que, en nuestra historia de salvación, como pueblo elegido desde aquellos lejanos tiempos del Antiguo Testamento, ha habido almas que han caminado siempre con esa conciencia clara de la presencia de Dios en nuestras vidas personales, familiares y comunitarias, sabiéndose acompañadas de su presencia divina y misericordiosa. El autor de este salmo —que los estudiosos suponen es David— nos deja ver que él se sabe así, acompañado y protegido por el Señor en todo momento. A la luz de este hermoso salmo uno puede ver que para sostenerse en la fe y en la vocación específica —ayer conversaba sobre esto con el padre Abundio, mi amigo y compañero en la tarea parroquial de cada día— uno no puede darse el lujo de solamente ser un «católico dominguero», y eso si acaso un balón — y no lo digo porque mis Tigres hayan perdido ayer— o algún otro objeto, animal, persona o cosa, interfiera con la hora de estar en Misa. 

Sólo alguien que tenga ennegrecido el corazón y el alma, no se da cuenta de la época tan particular y difícil que los católicos vivimos. Son tiempos muy difíciles, de mucha persecución y de mucha confusión que la influencia del «New Age» ha venido a «empobrecer» con un montón de ideas y pensamientos mezclados y contradictorios que sumergen a miles de corazones de creyentes o agnósticos, en una ensalada de creencias que nada resuelven y que llevan al alma a perderse en la nada que produce el relativismo que todo esto causa. En Pascua, junto a estos salmos que tienen todos muchas y valiosas palabras de aliento, leemos de manera continuada el libro de los Hechos de los Apóstoles que nos muestra cómo los primeros cristianos tenían una conciencia muy clara de vivir en la presencia de Dios para cumplir su voluntad (Hch 5,27-33) y caminar por el andar en el mundo con un testimonio impresionante y con un claro amor a la verdad enseñándonos a la vez que vivir en la presencia de Dios resulta más sencillo de lo que parece: «Primero hay que obedecer a Dios y luego a los hombres»; porque, si todo aquello que hacemos se lo encomendamos a Dios y le regalamos los resultados pensando que Él está realmente junto a cada uno de nosotros mientras hacemos lo que nos corresponde... ¡Ya está! Teniendo esa conciencia de que Dios está con nosotros en todo momento, estoy seguro que buscaremos vivir lo mejor posible, servir lo mejor posible y amar lo mejor posible. Muchos santos, beatos y venerables nos muestran en sus vidas el gozo de vivir en esa presencia, porque, como dice el mismo libro de los Hechos: «En él vivimos, nos movemos y existimos» (Hch 17,28). Pero el mundo —confundido como digo— con tanta mescolanza, queda como aturdido, dopado, adormilado y sumergido en un profundo sopor haciendo a un lado la presencia de Dios. 

En general —lo sabemos todos—, muchos «católicos» o que se autonombran así, se ocupan muy poco de Dios en la vida diaria y sus intereses más bien buscan entretener al alma con cosas raras i vanas. La Biblia, que encierra mucho de lo que Dios nos quiere decir nos avisa: «Ya es hora de que despertemos del sueño» (Rm 13,11) y de que abramos los ojos para ver que Dios está aquí y ahora junto a nosotros. La presencia de Cristo resucitado en la Eucaristía es una presencia real. Él está en la Hostia (Víctima) Consagrada pero también está en su Palabra y se manifiesta en el hermano, en los acontecimientos... desde el catecismo, si no es que antes en casa, aprendemos que «Dios está en el cielo, en la tierra y en todo lugar». Me encontré una hermosa oración que, aunque la reflexión de hoy ya es bastante larga, no puedo dejar de transcribir para cerrar esto y reza así: «¡Oh Jesús, no permitas que duerma todo el día en el olvido de tu presencia! Mira que no puedo defenderme del sueño. Vigila tú por mí. Concédeme el conocimiento de tu Padre y del Espíritu Santo a través de tu mirada puesta en mí, y que pueda amar a través de tu amor». María la Madre del Señor y Madre nuestra, vivió siempre en esa presencia real y a nosotros, sus hijos, nos dice: «¿Qué no estoy yo aquí que soy su Madre?» Si dejamos entrar a María en nuestras vidas, en nuestra mente y en nuestro corazón, con ella viene Jesús y ella, como Madre amorosa, nos ayudará a cuidar y cultivar esa presencia. ¡Bendecido jueves sacerdotal y eucarístico! 

Padre Alfredo.

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